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25/1/17

Un grupo de científicos logra desactivar el ‘instinto asesino’ dentro del cerebro

"¿Es posible localizar el lugar concreto del cerebro en que se ubican los instintos, esas conductas heredadas que permite a los animales sobrevivir? Cabe decir que sí, a la luz de un estudio que se publica hoy y que ha identificado las regiones en las que se activan los distintos aspectos del instinto cazador. 

Los científicos de las universidades de Yale y Sao Paulo han ido más allá, mostrando que apagar y encender ese instinto, como con un interruptor, ya es posible.

"Hemos descrito por primera vez cómo las redes conectadas en el cerebro de los mamíferos organizan un complejo comportamiento de supervivencia, a saber, la caza predatoria", explica a Materia el autor principal de este trabajo, el brasileño Ivan de Araujo. 

Según explica este neurocientífico de Yale, el hallazgo contribuye a nuestra comprensión de cómo el cerebro de los mamíferos puede resolver de forma sencilla y automática complejas tareas computacionales como la que implica cazar: una secuencia pautada de movimientos que requiere gran coordinación para ser efectiva. El cazador necesita que sea eficiente para que ese instinto que comparten en su especie mejore sus opciones de supervivencia.

Los investigadores, que publican sus resultados en la revista Cell, lograron localizar y dominar este instinto predador en un grupo ratones. Estos animalillos no son precisamente unos depredadores de primer orden, pero sí tienen desarrollada una buena capacidad para cazar insectos. Y los científicos ya han aprendido a domar su cerebro gracias a la optogenética, una técnica que ayuda a intervenir sobre determinadas neuronas mediante láser.

Este equipo, además, proporcionó un marco conceptualmente novedoso con respecto a las funciones de una zona cerebral llamada amígdala central, que se sabe que es crítica para el procesamiento emocional en prácticamente todas las especies de vertebrados estudiadas. 

 Porque fue allí donde lograron ubicar el instinto cazador, que a su vez se divide en dos partes bien diferenciadas. Por un lado, la capacidad de reaccionar rápidamente al ver la presa y lanzarse a por ella para capturarla. Por otro, la habilidad para usar la mandíbula, en coordinación con las garras, para asestar la dentellada mortal a su objetivo.

Al activar ese grupo de neuronas de la amígdala, el ratón estudiado se lanzaba denodadamente a la caza contra cualquier objeto que encontrara en su camino, aunque no tuviera hambre. Eso sí, nunca cargaba contra otros ratones que hubiera a su alrededor. 

Esto significa que el instinto cazador se circunscribe a una necesidad específica de alimentarse, según explican los autores del estudio. La nota de prensa de Cell habla de ratones como zombis como los de The walking dead, pero a Araujo no le convence del todo la comparación, precisamente por ese aspecto: no genera una agresión indiscriminada en su entorno.

Posteriormente, atacaron al subconjunto de neuronas que controla las dos secuencias de movimientos para tratar de desactivarlas. Cuando mataron las neuronas encargadas de la caza y captura, los ratones tardaron mucho más tiempo del razonable en lanzarse a por la presa, aunque mantenían la fuerza mordedora en su mandíbula. 

Al apagar las neuronas responsables de la dentellada mortal, las que controlan los movimientos craneofaciales, los ratones cogían con sus patas al insecto, pero no alargaban su cuello para morder y cuando lo hicieron la mordedura era un 50% más débil que en los demás ratones. Habían logrado incapacitarle para matar a su presa, a pesar de que lo buscaba con ansia.

Este logro plantea preguntas interesantes acerca de lo que entendemos por instinto. "Es probable que, siendo empiristas, los científicos infieren instintos al notar que una especie en particular es capaz de realizar ciertas acciones particulares", responde Araujo. Y añade: "La incapacidad para iniciar inmediatamente la búsqueda de presas podría describirse o interpretarse como un instinto depredador defectuoso".

 "Diría, pues, que lo que observamos es principalmente una capacidad defectuosa para perseguir y capturar presas", zanja el investigador de Yale. Su siguiente objetivo: entender mejor cómo se transmiten las percepciones sensoriales, como la visión o el olor de la presa, que hacen que estas neuronas cazadoras se activen."                     (El País, 12/01/17)

3/7/15

La ceguera moral... la nuestra

" El internacionalmente famoso, sociólogo polaco, Zygmunt Bauman nos acaba de sorprender con un nuevo libro impactante, publicado recién en marzo de este año, con el título “Ceguera moral”. Denuncia la insensibilidad moral y el deterioro moral progresivo que según él se está convirtiendo en característica de nuestro tiempo. (...)

Para identificar mejor lo que está pasando, Bauman crea un neologismo de raíz griega: “adiáfora”, aludiendo al hecho concurrente de “situar ciertos actos o categorías de los seres humanos fuera del universo de evaluaciones y obligaciones morales”.

La ética o la moral, como prefieran decir, no existe para ciertos campos del quehacer, del comportamiento humano. Los actores de esos campos de acción (por ejemplo, los actores de la política) ignoran, prescinden de todo compromiso moral. Pueden hacer lo que quieren y les conviene a sus respectivos intereses egoístas, sin que se les ocurra ni permiten que a otros se les ocurra o intervengan, para poner orden y sanción a sus comportamientos corruptos.

Parecería que Zygmunt Bauman estuvo visitando nuestro país, observando a muchos de nuestros políticos, administradores públicos, narcotraficantes, narcopolíticos, criminales y delincuentes para inspirarse y escribir sobre la adiáfora y la ceguera moral.

La ceguera no está solamente en los ojos morales de los actores en esos sectores, está contagiándose también en toda la sociedad, que contempla pasiva y permisivamente la corrupción y nada hace para impedirla, incluso es tanta la ceguera y torpeza que a la hora de las elecciones para las responsabilidades políticas no son capaces de ver que vuelven a elegir a los mismos corruptos que les están robando dinero, oportunidades y esperanzas.

Sucede, como escribe Bauman, que la sociedad parece estar embotada, ha perdido la sensibilidad moral y no le da importancia a los hechos y sus autores que hacen daño grave a todos.

Esa sensibilidad embotada se realimenta con el comportamiento insólito de mucha gente, quizás la mayoría, también niños y adolescentes, que disfrutan dedicando su tiempo libre de distracción y descanso, hasta pagando dinero para ver sin prisa violencias, muertes, asesinatos, crímenes horrendos, destrucciones masivas en películas de cine y televisión que presentan descarnadamente la crueldad y el terror, convertidos en espectáculo.

Estamos bombardeados por tantos y constantes estímulos que nuestra sensibilidad termina acostumbrándose a ver el sufrimiento trágico de los demás sin inquietar nuestra afectividad y nuestra conciencia. El sufrimiento de muchas personas que están en nuestro entorno social resulta pálido e insignificante para sensibilidades embotadas.

La voz de alerta de Bauman se une a una denuncia semejante que pocos años atrás hizo Gilles Lipovetsky, cuando escribió su interesante libro: “El crepúsculo del deber”. El sutil análisis sociológico de Lipovetsky hace ver cómo el “deber” sostenido por criterios razonados y generador de virtud, a partir de la posmodernidad queda relevado por el placer que busca la felicidad individual y subjetiva.

La posmodernidad depuso a la diosa razón e instaló al sentimiento y el placer en su trono, alimentados por el consumo. La hipermodernidad está acelerando el consumo hasta el hiperconsumo, que ya ha superado la simple adquisición del consumo material, moviendo a la sociedad actual en búsqueda, a veces compulsiva, del consumo de emociones, con el turismo erótico, el turismo de aventuras, el consumo de drogas, los espectáculos de la crueldad y el terror.

La ética se ha debilitado tanto, que estamos ciegos y ni la vemos ni la echamos de menos, prescindimos de ella. Las normas del deber nos resultan rígidas, la virtud es cosa del pasado, lo que importa es el placer personal vivido en el individualismo excluyente, tan exclusivo que no se interesa ni asume responsabilidad ni compromiso ni siquiera con la pareja en la experiencia del amor. (...)"             (Publicado en www.abc.com.py , en Ssociólogos)

10/6/15

¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

"(...) ¿Qué es el hambre en lo que tú en el ensayo nombras como el “OtroMundo” y el hambre en nuestras sociedades occidentales?

Aquí nos parece que conocemos el hambre. Tenemos hambre dos o tres veces por día, y lo decimos: “Ay, qué hambre tengo”. Eso no tiene nada que ver con la sensación de no saber si vas a poder conseguir comida mañana, que es lo que le pasa a novecientos millones de personas en el mundo, ni con la situación de pobreza y marginación donde esto se produce.

Hablas de muchos condicionantes de la pobreza: la falta de higiene, la violencia… pero, ¿hay algo que la defina más que el hambre?

No. Es la forma más extrema de la pobreza. Es la más extrema porque es la más insoportable: muchas otras son intolerables en términos éticos pero puedes vivir sufriéndolas. En cambio, el hambre se te hace muy difícil seguir viviendo con él. 

En España, hace cinco o seis años nadie hubiese dicho que había personas pasando hambre. Haz una prueba: pon en Google “España hambre” y la mayor cantidad de resultados son páginas en las que puedes donar dinero para paliar el hambre en Nigeria o la India.

 El Estado español sigue hoy con la misma actitud para con la desnutrición de sus ciudadanos. Si te fijas, no hay estadísticas. Se hace muy difícil encontrar cifras sobre la desnutrición en este país: el Gobierno sigue haciéndose el tonto, pero por lo menos hay más consenso que hace cinco o seis años de que en España hay gente que tiene problemas para comer todos los días.
El lexico perverso sobre el hambre: “subdesarrollados” en lugar de miserables, “villas” en lugar de barrios de chabolas… ¿Crees que este lenguaje está estratégicamente diseñado o lo vamos creando de forma inconsciente para que, de alguna forma, el hambre no esté presente en nuestras vidas?

Hay de todo. Por un lado hay miles de funcionarios, de políticos… que intentan crear lenguajes que no digan lo que deberían decir. “Inseguridad alimentaria” para llamar al hambre es un ejemplo clarísimo. Pero al mismo tiempo, si ese lenguaje prospera, es porque hay muchas personas que prefieren no escuchar. Entonces se produce una alianza perfecta entre quienes no quieren decir y quienes no quieren escuchar.  (...)

En los escenarios del hambre a los que has ido (India, África, Argentina, USA) siempre preguntas “¿Y Dios qué tiene que ver en esto?”.

Digo bastante que no me he encontrado hambrientos ateos porque da la sensación de que, cuando uno está muy jodido, necesita creer que hay algún orden que produce esa desolación, esa miseria. Para que tenga algún sentido, para que uno no tenga del todo la culpa, porque es lo que le han dicho… 

Las religiones siempre han servido para justificar ese tipo de situaciones y aplacar a los hambrientos. Hay una cita en “El Hambre” de la Madre Teresa que habla de la belleza de ver a los pobres sufrir su suerte. Me parece, como dicen los abogados en las series americanas, “I rest my case”.   (...)

Eso sí, al menos en el cristianismo si eres pobre tienes un sitio en el Reino de los Cielos, en cambio en el hinduismo, como cuentas, la idea del karma es terrible, a pesar de que ha sido trasladada a Occidente con este rollo “new age” y buenrrollista.

Lo del hinduismo es increíble. Te dice que si estás pasándolas canutas es porque anteriormente hiciste algo muy malvado y, ahora, catorce encarnaciones más adelante, lo estás pagando. Esto es de una perversidad… si te mueres de hambre es porque te lo has buscado.

Un dilema del libro: la caridad. La caridad como idea puede ser criticada pero en el día a día práctico, sí da de comer a mucha gente.

No tengo respuesta a eso. Como medida de intervención yo la condenaría en la medida en que lo que hace es ayudar a que se sostenga un sistema injusto. Yo preferiría una forma de organización en la que nadie necesitase la caridad y entonces estuviese destinada a desaparecer. Al mismo tiempo, mientras esto no ocurra, es mejor que la haya a que no la haya porque eso hace la diferencia entre la vida y la muerte para muchas personas.

Frase de café que te puede decir cualquier cuñado neoliberal: “El capitalismo será malo pero nunca ningún otro sistema ha dado de comer a tanta gente”. Esto choca con algo que dices en el libro, “estoy a favor de lo impensable”, ¿existe algún otro sistema?

La frase del inicio de pregunta se podría decir, a lo largo de la Historia, de cada uno de los sucesivos sistemas. Lo curioso es que cuando uno estudia la Historia, lo primero que ve es que ha habido desde hace tres o cuatro mil años una sucesión de sistemas de organización social, económica y política que, cada uno de los cuales, estaba convencido de que no podría haber otro. Si en el siglo XVI hubieses salido a la calle y dicho “¿Reyes? ¿Para qué necesitamos reyes? Tenemos que votar”, pensarían que estabas loco.  (...)

“Que tantos consigan comer todos los días es un milagro, que tantos no lo consigan es una canallada”, escribes. Ya sé que tú no la tienes pero, ¿hay alguna solución?

Sí, hay soluciones y son claramente políticas. Insisto en que el hambre contemporánea es el más canalla porque, por primera vez en la Historia, hay comida para todos. Ya no vale la coartada de que no alcanza: algunos concentran tanto que otros no tienen lo que necesitan. Eso solo puede solucionarse a través de decisiones políticas que hagan que se establezca lo que yo llamo en el libro “una forma moral de la economía”, en la que todos tengan suficiente y

ninguno tenga demasiado. El problema es que no sabemos cuál es la forma política que podría llevarlo a cabo.

Te plagio la última pregunta de una que te repites en tu libro, “¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

Lo conseguimos de muchas maneras: la más habitual y eficaz consiste en mirar hacia otro lado. Hay muchos lugares donde mirar que nos permiten olvidar que pasan estas cosas, sobre todo en la medida que estas cosas les pasan a otros. El hambre es el menos igualitario de los problemas que sufrimos. 

Así como se supone que las amenazas ecológicas son igualitarias porque a todos se nos van a joder los pulmones si el aire está poluido, en cambio, sabemos que la miseria y el hambre la van a pasar otros. 

No seremos ni nosotros, ni nuestros parientes, ni nuestros amigos. Eso facilita mucho seguir viviendo. También hay otros mecanismos: la religión, las ideologías, la creencia en el mercado… que hacen que nos digamos que, finalmente, esto es lo mejor que podemos conseguir. 

Si esto es lo mejor que podemos conseguir, estamos como Aisha, la mujer africana que abre el libro, que, cuando el mago le ofrecía cualquier cosa, a ella lo más osado que se le ocurría pedir eran dos vacas. Nosotros deberíamos poder pedir algo más que dos vacas, por lo menos, que todos podamos comer bien."                (Entevista a Martín Caparrós sobre su libro "El hambre", Edu Galán , El diario.es, en Rebelión, 09/06/2015)

2/3/15

Hay un rasgo común a los terroristas de Al-Qaida, de EI, o de ETA... son jóvenes incitados al delirio homicida por viejos

"Es difícil pasar cierto tiempo en hospitales o clínicas y no reflexionar un poco, aunque sea superficialmente, sobre la fragilidad humana. Se hace evidente lo vulnerables que somos, la enorme cantidad de agresiones internas o externas que pueden convertirnos a cualquiera en una pavesa gimoteante y estremecida de dolor.

 Y ante esa evidencia que a todos nos amenaza y a casi todos nos alcanza, antes o después, resulta asombrosa la afición que algunos de nuestros semejantes muestran por asesinar al prójimo, incluso con refinamientos atroces, y luego enorgullecerse de ello como si se tratara de una hazaña.

 ¡Qué afán por competir en crueldad con la naturaleza! ¡Qué impaciencia, cuando para el mayor exterminio de seres humanos basta con aguardar a que transcurra un siglo! Y sobre todo qué ausencia suicida de simpatía ante formas de agonía ajenas que prefiguran y confirman la inevitabilidad de la nuestra.

Fue en la televisión de un cuarto de hospital donde vi el testimonio filmado por sus satisfechos autores de la ejecución del piloto jordano que cayó en las garras del Estado Islámico (EI): dentro de una jaula, quemado vivo por un reguero de fuego que se le acercaba sin que lo pudiera evitar… Es inmediato –y quizá ingenuo– preguntarse qué tipo de persona es capaz de hacer algo así.

 Alguien como usted o como yo, ay, sin duda, que come y caga y se rasca y sueña por las noches. Alguien que se considera especialmente religioso y obligado por sus creencias vehementes a castigar a su prójimo de manera tan indecible, no diré ‘inhumana’ porque ya sabemos que la humanidad incluye también tales aberraciones.

El pensador inglés Richard Dawkins, fogoso abogado del ateísmo, resume el problema así: «En el mundo hay personas buenas que hacen cosas buenas y personas malas que hacen cosas malas. Para que las personas buenas hagan cosas malas, hacen falta las religiones». Por supuesto habría que añadir «y las ideologías políticas», porque los campos de exterminio nazis, el Gulag, Guantánamo, el terrorismo etarra y tantas otras coartadas para la sevicia humana no pueden olvidarse.

 Lo que yo pongo en duda es que sean ‘buenas personas’ las que así se dejan pervertir por dogmas exterminadores de una u otra impronta. Hace falta, me parece, una mancha negra interior previa, un agujero fatal en el alma donde debía estar lo que nos defiende contra los peores impulsos… Mi amigo Cabrera Infante solía decir que el asesino suele serlo antes de haber encontrado su pretexto para asesinar.

Pero quienes matan por motivos personales (los celos, como el atribulado Otelo, la ambición, como Macbeth, la venganza, como Hamlet, etc…) son conscientes de que toman una decisión cuya responsabilidad, por muchas justificaciones que le busquen, recae innegablemente sobre ellos mismos y su conciencia.

 En cambio, quienes cometen sus crímenes movidos por creencias religiosas o ideológicas delegan esa responsabilidad en alguna entidad superior (sea la divinidad, algún profeta o líder religioso, el Pueblo, el progreso histórico, incluso la Civilización en ciertos casos) de la que se sienten simples ejecutores y a la que deben obediencia. Ellos están en la verdad y su forma de demostrarlo es borrar de la faz de la tierra, de manera ejemplar si es posible, lo que impide la propagación de la verdad.

El exterminio se convierte en una especie de verificación contundente, en el ‘quod erat demonstrandum’ de su dogma, lo cual les absuelve de toda culpa personal. En vano Sebastián Castellio argumentará contra Calvino hasta el martirio, diciendo «matar a un hombre no es nunca defender una doctrina, es solo matar a un hombre» (lo narra con admirable precisión y rigor Stefan Zweig en ‘Castellio contra Calvino’) y señalando que por la vía homicida nunca se refuerza ninguna convicción, por respetable que sea. Como señaló certeramente Sánchez Ferlosio, nadie más peligroso que el que ha decidió ‘cargarse de razón’: una vez bien cargado, que se dispare antes o después con resultados letales es inevitable…

Hay un rasgo común a los terroristas de Al-Qaida o EI, que comparten también con los asesinos etarras y, si nos remontamos en el tiempo, con los más brutales nazis o bolcheviques, incluso con los jacobinos que protagonizaron el Terror en la Revolución francesa: su juventud.

En prácticamente todos los casos apenas rebasan los veinte años y algunos ni siquiera han llegado a cumplirlos. Quienes les incitan al delirio homicida son adultos o incluso viejos abominables (esos ancianos que reclaman de los jóvenes la violencia que ellos no pueden ya llevar a cabo, no hay nadie peor) pero ellos mismos, los feroces verdugos, son de una juventud desoladora, desesperada.

Tienen la edad truculenta en la que no se cultivan ideales, sino que los ideales nos poseen; la edad en la que aún se siente uno tan inmortal que ni siquiera le importa inmolarse, la edad vigorosa que no simpatiza con la debilidad y sus padeceres sino con el huracán que arrasa sin miramientos. 

Son implacables como los niños maleducados a quienes la experiencia de los años aún no ha podido domesticar. Y a veces envejecen sin arrepentirse, por nostalgia de aquella época obtusa y aciaga en que fueron crueles como dioses."              (EL CORREO 22/02/15, FERNANDO SAVATER, en Fundación para la libertad)

23/11/07

Base biológica de la indiferencia

“P.- Vayamos a la situación contraria: la de quienes, por temor o comodidad, dejan de lado los valores y miran a otra parte, como ocurrió en la Alemania de Hitler o ahora en relación con Guantánamo.

R.- Eso es muy triste, pero efectivamente ocurre y forma parte de la naturaleza humana. Ahora que estamos expuestos no sólo a un holocausto, sino a muchos holocaustos en todo el mundo, vemos que todos los seres humanos tienen la potencialidad de ser increíblemente virtuosos, individuos generosos y respetuosos con los demás, pero también de convertirse en bestias horribles. Una de las cosas más dramáticas es que podemos encontrar personas capaces de las más abominables torturas y de extasiarse al mismo tiempo con la música y las artes más refinadas.” (Antonio Damasio: “Todos podemos convertirnos en bestias horribles”. El País Semanal, 11-11-07, pps. 47/8)