Mostrando entradas con la etiqueta t. Muerte: Luto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta t. Muerte: Luto. Mostrar todas las entradas

8/2/23

Decir que se muere... a alguien que se muere

 "Intenté decirle a mi madre que se iba a morir en tres ocasiones. Las dos primeras no salieron del todo bien. Ella me preguntaba y yo le explicaba que tenía difícil solución, que la quimioterapia no estaba funcionando, que las metástasis eran muy agresivas... pero al mismo tiempo encogía los hombros, dejaba la incertidumbre, la posibilidad de una salida. Aunque sentía la determinación de decirle la verdad, llegado el momento me cogía el vértigo, como si la estuviera arrojando a un vacío cósmico.

La tercera vez fue la definitiva. Mamá llevaba días recibiendo cuidados paliativos en casa, a nuestro cargo, en una situación muy dura para todos. Aunque al principio su estado era de cierta paz, por regresar a su cama después de una semana en el hospital, llegaron los días en los que la embargó la inquietud: parecía desesperada, nerviosa, los ansiolíticos no hacían efecto. Estaba mal, mucho peor. 

Comenzaba a sospechar que no estábamos haciendo lo suficiente, a desconfiar de los médicos y de nosotros. Había algo que no le encajaba. Solía despertar llamándome, en mitad de la noche, y yo la encontraba desorientada, mirándome como pidiendo que le explicase el mundo entero. Uno de aquellos amaneceres, en la penumbra de su cuarto, yo sentado en su cama, quiso saber la verdad.

— ¿Pero me estoy muriendo? ¿Me voy a morir?

— Sí —le dije—, mamá, te vas a morir.

— ¿Pero ya? ¿Tan pronto? Yo quiero estar con vosotros, con la niña…

Permanecí en silencio, impresionado por las palabras que acababa de decir. Ella se quedó alternando la mirada entre mis ojos, que le respondían a duras penas, y el borde de la colcha, que agarraba fuerte con la mano, con aquella mano tan débil que se le había quedado. Luego, lentamente, se recostó y trató de conciliar de nuevo el sueño. Bajé un poco la persiana y cuando dejé la habitación rompí a llorar sordamente, como una presa que se quebraba y anegaba toda la provincia. Le acababa de decir a mi madre que se iba a morir.

En los meses que llevábamos acompañando el cáncer pancreático de mamá (“¿El páncreas? ¿Para qué sirve? Mira, parece un helecho”) había leído varios libros y visto algunos vídeos sobre cómo acompañar a morir, sobre cómo decir la muerte. Los expertos pensaban que es contraproducente negar la muerte al que muere, siempre y cuando este desee conocer su destino. Me pongo en la piel del moribundo: siente que algo ocurre, intuye que todo se va apagando, porque todo el que muere sabe íntimamente que está muriendo. Pero alrededor sus seres queridos miran para otro lado, ofrecen palabras de ánimo, ya verás cuando te recuperes y podamos ir de excursión o a cenar fuera, ya verás como eso es pronto.

El enfermo no entiende nada, cuando, en realidad, se encuentra en el trance definitivo. Los otros piensan que ayudan, que mantienen la ilusión, pero solo evitan ese incómodo trámite de dar la noticia, ese que hace temblar las piernas y confunde al corazón. Se genera confusión, frustración, desconfianza, se dificulta una muerte serena y aceptada. Si me estoy muriendo, ¿por qué me dicen que estoy bien? Todo esto escribían los expertos.

Decir la muerte no es fácil, es preciso seguir los ritmos del paciente, respetar su voluntad de conocer (o de no hacerlo), suele haber intentos desastrosos, porque la vida no es una película y está llena de malentendidos, reacciones imprevistas, pequeñas cobardías. Pero creo que la mayor dificultad tiene que ver con la invisibilización, casi negación de la muerte. Morir es una de las pocas cosas que, sin remedio, todos hacemos; sin embargo, el fin de la vida (al contrario que el nacimiento, lleno de luz e información) no está presente en la vida cotidiana, no se ve, no se habla, no existe, da miedo, ocurre lejos, a oscuras, sin fotos de WhatsApp. A mamá su muerte también le parecía extremadamente inverosímil.

No es que desde aquella mañana, en la penumbra de su cuarto, el camino de mamá fuera de rosas. Pero le llegó una paz extraña, la del que acepta lo que es un proceso natural, y que como tal proceso se despliega. Cada persona tiene su propio fuego y su propio mapa, pero lo cierto es que sus últimas semanas trascurrieron de manera secuencial, serena, casi mecánica, en donde cada cosa fue ocurriendo cuando tenía que ocurrir, bajo el acompañamiento de los médicos. Incluso pasamos algunos buenos ratos crepusculares de amigos y de risas, mientras fuera orbayaba sobre la verde fronda del monte Naranco.

Una mañana, muy temprano, no había amanecido, mamá murió, y yo toqué un cuerpo inerte por primera vez, el mismo cuerpo que me dio la vida y que ahora yo acompañaba al abismo. Palpé sus mejillas frías, su mano rígida, susurré a su oído y miré esa mirada que ya no me miraba a mí, sino a través de mí. Han pasado seis meses y aún me parece una historia que soñó algún desconocido. Era, además, el día de su cumpleaños."                        (Sergio C. Fanjul , El País,  14/01/23)

15/3/21

Lo que las cosas dicen de nosotros. Las cosas dicen de nosotros lo que somos tanto como nuestros actos. El viejo jersey que te pones al llegar a casa y que te indica que has entrado en un espacio propio lejos de las obligaciones de vestimenta a la moda... una vieja prenda de la que conoces su biografía porque está entrelazada con la tuya

 "En los días siguientes a la muerte de un familiar querido volvemos a entrar en su casa, ahora vacía de su risas y caricias, mas llena de todo aquello entre lo que desenvolvía su vida. Fotografías, libros, sus tazas preferidas, la bisutería con la que se adornaba, el sillón que usaba para ver la tele. Las lágrimas nos invaden en nuestro recorrido por las habitaciones que nos eran tan familiares y ahora se han vuelto repentinamente extrañas. Lo que era un espacio común ahora no es sino un lugar de tristeza y recuerdo. Cuando las habitaciones se vacíen todo un mundo de remembranzas se irá con las cosas que fueron tan cercanas.

El antropólogo y teórico de la ciencia Bruno Latour ha insistido en la hibridación entre cosas, espacios e identidad. Las colecciones, muestreos, amueblamientos, archivos y bibliotecas, museos, laboratorios, redes digitales y complejos de datos son condiciones que no están por encima ni por debajo del carácter social de las producciones culturales.

En la cultura, los espacios, los artefactos y las comunidades se entrelazan de manera inseparable, constituyendo las varias formas de identidad que caracterizan nuestras trayectorias. Identidades epistémicas y estéticas. Identidades que permiten organizarse a los grupos sociales alrededor de signos y símbolos de afiliación, afinidades y lealtades.

No hay cultura sin artefactos

La cultura existe depositada en redes de artefactos. No hay cultura sin artefactos. Los artefactos no son medios o instrumentos de representaciones antecedentes, sino medios, o entornos, sin los que la cultura no puede crecer ni florecer. No hay religiones sin artefactos: ídolos, tótems, imágenes, mandamientos escritos en piedra, ritos, vestiduras, máscaras, cilicios, reclinatorios, cálices. No hay educación sin academias, estoas, pizarrones, bibliotecas, lapiceros. No son instrumentos: son estructuradores de posibilidades.

La cultura contiene prácticas y símbolos edificados como sistemas de carácter inmaterial, pero los soportes materiales de tales sistemas simbólicos importan como importa lo constitutivo y no lo meramente accesorio o instrumental.

Así como el cuerpo no es el instrumento ni el esclavo de la mente, tampoco lo son los artefactos. La pelota no es el instrumento del fútbol sino el constituyente de un juego que llamamos balompié. La vieja forma idealista de entender la cultura, como un mundo de significados en la cabeza, se asemeja al entrenador que enseñase a jugar al fútbol con tarjetas en las que apareciese la palabra o imagen “pelota”.

Nichos de cultura material

La cultura se organiza en contextos, dominios, disciplinas, áreas… La cultura material está constituida por nichos. La escritura abrió un nicho material al lenguaje objetivado; la materia pictórica a la imagen; la digitalidad a la hibridación de medios; la bio-info-robótica quizá esté ya constituyendo nuevos nichos culturales.

Aún recuerdo clases de informática en la España medio pobre que no disponía de ordenadores en las escuelas e institutos, donde el profesor enseñaba lenguajes extraños en un pizarrón sin que los alumnos pudiesen experimentar esa tan particular experiencia de escribir comandos y ver sus resultados en la pantalla. El ordenador, entonces, no era un objeto sino un poblador de un sueño aún no realizado.

El profundo túnel de nuestra memoria

Se ha despertado una creciente atención a la dimensión material de la cultura que se originó en trabajos como los de Bourdieu en La distinción, Michel de Certeau en La invención de la vida cotidiana, o del antropólogo Daniel Miller en Culturas materiales y consumo de masas, además de los del ya citado Bruno Latour. Todos ellos han ido elaborando una mirada atenta a la cultura que nace en las fuentes de lo artificial. No es una mera moda o corriente o el prólogo a una nueva disciplina, sino todo lo contrario: el recordatorio de los más profundos túneles de nuestra memoria cultural. 

 El hecho de que en nuestra historia se hayan dejado a un lado las cosas y los artefactos, considerados bien como meras herramientas, bien como objetos de consumo, por ello sometidos a las fuerzas del mercado, indica mucho sobre los orígenes de la cultura moderna. La falta de atención a lo material es el resultado de una trayectoria de ascesis que busca en el desprendimiento una redención de una supuesta condición de caída y pecado. Sin embargo, en el detenimiento con el que Certeau describe la cocina de los proletarios de Lyon o sus ritos en la mesa excava en la condición humana mucho más profundamente que todos los exámenes de la cultura de la conciencia.

Redes que dan sentido a la existencia

La cultura material está hecha de redes de artefactos y prácticas de uso que son el medio en el que la agencia humana se hace realidad. Las cosas se articulan entre sí y con las relaciones sociales que hacen posibles: no tienen existencia más que en el contexto de las relaciones con otros artefactos y con un complejo de instituciones. Estas redes forman contextos complejos que contribuyen a crear el sentido de la acción humana.

Hanna Arendt habla de hacer de la Tierra un hogar, siempre que dejemos de considerar que los objetos son simples instrumentos funcionales. Esa trascendencia, sostiene Arendt, parece encontrarse exclusivamente en el arte y no en el mundo de las cosas funcionales. Pero aquí Arendt se equivoca. Las cosas raramente son exclusivamente funcionales en el mundo de los humanos. El más simple objeto de cocina entra en una compleja serie de relaciones con el usuario y de éste con el resto.

Uno puede tener la manía de desayunar siempre con la misma taza, que lleva años con un pequeño desconchado y que todos le animan a tirar de una vez, pero el desayuno, responde, tendría algo de desasosegante sin ella. El viejo jersey que te pones al llegar a casa y que te indica que has entrado en un espacio propio lejos del jefe y las obligaciones de vestimenta a la moda que exige tu trabajo, una vieja prenda de la que conoces su biografía porque está entrelazada con la tuya.

Incluso el consumista compulsivo, que almacena o cambia cada poco de gadgets y ropa, lo hace precisamente porque la adquisición parece aliviarle una permanente ansiedad e insatisfacción. La mercancía expuesta en el escaparate tiene algo más que valor de uso o valor de cambio: está rodeada de algo parecido al aura que Walter Benjamin encontraba en las obras de arte. 

Es un productor de deseo que activa las emociones y sueños del consumidor, pero no como simple consumidor sino como ser que desea, como habitante, quizás bajo condición de malestar, que busca un lugar en el mundo. Las cosas dicen de nosotros lo que somos tanto como nuestros actos.


Este artículo se basa en la investigación para el libro Espacios de intimidad y cultura material de Fernando Broncano Rodríguez."                   (Fernando Broncano, The Conversation, 24/01/21)

9/7/15

Es el designio del amor que una presencia radiante lo llene todo y la ausencia de esa presencia todo lo vacíe

"Recordando el trauma de la muerte de su padre, escribió Alfonso Reyes: “Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos”. 

¡Afortunado él, que se rehízo! Cuando este cinco de junio tuve ante mí la bulliciosa pradera de Epsom, ferviente de gloriosas expectativas, me dije: “Aquí estuvo el jardín de mis delicias, ahora triunfo de la muerte”. 

Desolado, devastado y sin embargo idéntico. Es el designio del amor que una presencia radiante lo llene todo y la ausencia de esa presencia todo lo vacíe. Sólo una cosa falta y ya todo sobra.  (...)

¡La alegría, que envidia! Aún me acuerdo un poco de cómo era. Al final de Las palmeras salvajes de William Faulkner, el protagonista aniquilado por la muerte de su amada se detiene ante el abismo: “Entre la pena y la nada, elijo la pena”. Pero ¿y cuando la pena crece más que la nada? Cuando se convierte en una nada que duele…"           (   , El País, 26 JUN 2015)

17/2/11

El duelo de la gente tras el atentado del 11-M

"¿Estaba usted en Madrid cuando los trenes estallaron?
Me enteré al llegar a la sede del CSIC en Medinaceli (el Centro de Humanidades), muy cerca de Atocha. Recuerdo el silencio de todo el mundo. Estábamos conectados con la radio, el shock… llegaban compañeros que venían de Atocha. Y me acuerdo que en ese momento no sabía lo que hacer.

La gente comenzó a poner velas en los lugares. ¿Fue algo instantáneo?

Debió ocurrir casi de inmediato, sobre las propias vías. Decidimos empezar el proyecto un par de días después de los atentados. Cuando llegamos, ya había muchas ofrendas. Se movían de un lugar a otro. Empezaban en pequeños círculos, primero en los andenes.

Altares espontáneos. ¿En qué consistían?

Había de todo. Velas, flores, muchos mensajes, tanto a los fallecidos como a los terroristas. Mensajes religiosos y políticos. Y muchísima poesía. La investigadora Paloma Díaz Mas estudió la parte literaria, donde la parte oral se mezcla con la literatura. En un momento de crisis, de muerte sentida socialmente como algo traumático, lo que cuenta es la palabra, el papel de la poesía. La presencia poética en los 70.000 documentos resulta apabullante.

¿Con qué se puede comparar este memorial del duelo?

En Génova hubo una serie de manifestaciones contra el grupo de los G-8 por la muerte de Carlo Giuliani (en referencia a un activista que murió por un disparo en una manifestación del 20 de julio de 2001). En el sitio del fallecimiento se produjo una estética parecida. O el asesinato de Theo van Gogh en Ámsterdam (un director de cine holandés muerto a manos de un islamista en 2004).

Y por supuesto, están los atentados del 11-S de Nueva York. O bien se trata de gente anónima que muere, y que socialmente se siente como propia, en el sentido de que cualquiera podría haber sido, o bien personalidades mediáticas que producen una reacción social similar.

Este tipo de muertes producen una expresión pública del duelo, y no en los espacios sancionados socialmente, como la Iglesia, el cementerio o un Ayuntamiento. Ocurre en lugares donde no hay una institución detrás que le diga a uno, "ahí hay que ir".

Recuerda un poco a las flores que se renuevan en un punto de una carretera donde alguien murió por un accidente de tráfico. ¿Cual es la diferencia?

Las cruces de la carretera son la memoria de una muerte trágica, que pide una acción concreta. Tienen una tradición muy antigua. No solo se recuerda al fallecido. Su muerte ha sido inútil. Pero hay una relación entre la persona que deposita esas ofrendas y el fallecido.

De lo que hablamos ahora es un duelo de segunda generación. No conocemos a los que han fallecido, pero la gente acude a esos lugares.

Es algo que va unido a los medios de comunicación de masas. No hemos detectado fenómenos así en África o Asia, aunque sí en la isla de Bali, con los atentados que se cometieron. Las ofrendas las hicieron los turistas para los turistas muertos. Se trata de un concepto occidental.

Publicaremos en este año un libro en el que analizamos la reacción de la población local de Bali, que no quería que hubiera memoriales, no deseaban que la gente depositase ofrendas. A los dioses había que apaciguarlos, y ante un atentado así, había que acudir a sus templos, y no al lugar de la masacre.

Hubo un conflicto ante las diferentes formas de entender esa manifestación pública del duelo. Con la muerte de la princesa Diana se produjo un giro. Si ahora hay una muerte traumática, una masacre donde fallecen gente anónima, o personas muy mediáticas, se espera que en el lugar del fallecimiento se produzca este ritual del duelo. Y esto no ocurría hace treinta años.

¿Qué diferencias halló entre el duelo masivo por los atentados de las Torres Gemelas y las bombas de los trenes en Madrid?

En Estados Unidos la gente se aglutinó con la nación, el patriotismo, la bandera norteamericana estaba en todos lados, era monocorde. Aquí los vínculos fueron más locales. Todos somos Madrid, o todos somos ese tren.

¿Hubo algún mensaje que le emocionara en particular de entre aquellos altares espontáneos?

Muchísimos. Los mensajes partían del corazón y llegaban al corazón. Los mensajes (pausa) … los dibujos. Los dibujos de los niños. Más que palabras, había una gran cantidad de dibujos, el dolor visto a través de los niños. Es algo que impacta.

¿Se le quedó enganchada alguna de esas imágenes en particular?

Más que un texto o un dibujo en concreto, lo que más me emocionó fue la necesidad de comunicarnos, de buscar espacios de comunicación. Un niño dejaba un dibujo, y otro que pasaba por allí escribía su comentario, y el siguiente añadía algo más.

Recuerdo una imagen, dos torres unidas por un tren. O mensajes, que ponían en árabe y en castellano, los inmigrantes no tienen la culpa. Y uno me conmovió mucho, era de Alcalá de Henares. Se trataba de una ficha de descripción bibliográfica sobre un compañero bibliotecario que había fallecido en el tren. En vez del título del libro, el autor, se hacía referencia a esta persona, a la pérdida que habían sufrido.

Encontramos un paquete de kleenex y pensamos que era basura, que se había colado ahí. Y vimos que estaba cuidadosamente pegado a un trozo de papel para simbolizar los pañuelos usados durante ese día. Poesías mecanografiadas cuando ya no se utilizan máquinas de escribir. El libro El Principito, dejado como ofrenda.

O cortinas arrancadas utilizadas para escribir o pegar cosas. Hubo una gran cantidad de mensajes electrónicos dejados en las máquinas de Renfe. Algo que puede acabar en la basura se convierte en un patrimonio, y eso depende de la decisión de diferentes actores sociales.

Si cerrara usted los ojos, ¿que radiografía surge en su mente después de contemplar estas manifestaciones públicas de dolor?

La variedad. Las múltiples voces que surgen de esos 70.000 documentos. Voces que están unidas por la necesidad de comunicarse, de buscar esos espacios, la necesidad de actuar. Los mensajes que tienen que ver con el conflicto y el odio, los xenófobos, son minoritarios.

La mayor parte de los mensajes tenían que ver con la construcción de un mundo diferente, términos como la paz, que parece que han perdido su vinculación con lo ocurrido con el transcurso de los años. Las industrias del miedo se articularon de forma diferente en Estados Unidos que aquí.

El miedo, explica esta antropóloga, es la gran herramienta de control. Ya lo advertía el filósofo y psicólogo Michel Foucault. La forma más sublime del miedo como control es cuando se hace invisible, se pega al cuerpo.

La gente está atemorizada sin que haya una causa externa palpable, de manera que cada persona se convierte en su propio censor. De las 70.000 ofrendas dejadas tras los atentados de Madrid, el miedo está mucho más ausente que en otras manifestaciones similares.

Sánchez-Carretero aclara en este punto que no ha investigado este aspecto concreto en el duelo público que surgió tras el 11 de septiembre. Su impresión es que el miedo mostrado tras aquella masacre era más explícito.

Los informativos norteamericanos suelen hacerse eco de un código de colores inventado por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos cuando hablan de niveles de riesgos de ataques terroristas. El pasado diciembre ondeaba el amarillo: riesgo elevado.

El miedo se ejercita a cara descubierta. "Las industrias del miedo ni siquiera se esconden, son muy eficaces. En España las tenemos, pero están más escondidas. Sería interesantísimo diseñar una línea de investigación sobre las industrias del miedo.

Los ciudadanos somos más libres si podemos objetivar esos miedos y localizarlos socialmente". Casi como encontrar los focos de una epidemia. Si la crisis actual se deslindara del miedo, asegura esta antropóloga, estaríamos en otra situación. Habría más libertad de acción. (...)

Lo habitual es que la gente no exteriorice su dolor por vergüenza. No está bien visto. A alguien que llora por la muerte de un ser querido seis meses después se le dice que tendría que haberlo superado. Y, sin embargo, y especialmente en los informativos de la televisión, nos bombardean con noticias de asesinatos. ¿No le parece contradictorio este consumo del dolor ajeno?

Hay un distanciamiento entre lo que es el duelo propio y el dolor que puedan sentir los demás. Y este último se consume con toda alegría. Dejamos el nuestro en manos de los profesionales del duelo, los tanatorios… y ante las pérdidas personales se forman unos círculos muy pequeños.

Antes, todo el pueblo iba con la familia al cementerio, el acompañamiento social era mucho más amplio. Y ahora, lo que encontramos es que la muerte se destierra al consumo de la muerte ajena. Hay un desfase. La muerte, en todas las culturas, es una parte integral de cómo nos relacionamos unos con otros. Y no hay que esconderla." (Cristina Sánchez-Carretero: "Un buen etnólogo debe sentir como propio lo de los demás". El País, Semanal, 02/01/2011, p. 30/4)

15/5/09

La muerte de Susan Sontag

"Le confieso que su libro me ha conmocionado. Su madre nunca se resignó a morir, y me pregunto por qué ella, siendo una intelectual tan clarividente, no consiguió conciliarse con lo que era inevitable, de hecho se quedó en la primera de las etapas que describe la psiquiatra... Sí, sí, ya sé, usted se refiere a las famosas fases de Elisabeth Kübler-Ross.

Sí, Kübler-Ross describe varias fases en el proceso de asunción de la muerte: negación, rebeldía, depresión, negociación y finalmente aceptación. Parece que su madre quedó atrapada en la de negación. ¿Por qué cree que fue? Yo soy muy escéptico sobre la teoría de Kübler-Ross. No pretendo que ese proceso nunca se dé, pero la idea de que ése es el modelo por el que ha de pasar cualquiera que muere, no concuerda con mi experiencia. Creo que Kübler-Ross es demasiado optimista. Ésa no es mi experiencia de la muerte, desgraciadamente. He visto cómo morían mis padres y algunos conocidos, y la verdad, no creo que haya muchas buenas muertes.

En las unidades de cuidados paliativos se intenta ayudar a la gente a superar esas fases porque se considera que es mejor para ellos. Yo creo que es muy bueno para los doctores, pero no sé si funciona tanto para los pacientes. A los médicos les van bien tener etapas, les facilita el trabajo. Y se sienten mejor porque, al fin y al cabo, por ese camino llevan al paciente a la aceptación de la muerte. Pero no todo el mundo quiere aceptar que va a morir, y no creo que mi madre fuera una persona rara por ello. Conozco a muchos otros escritores que tampoco lo hicieron: Elias Canetti, el poeta Philip Larkin... Y tampoco tengo la idea de que se sintiera atrapada, como en un coche cerrado. Expresaba lo que creía. Sentía la misma tristeza que Samuel Beckett, y los suyos eran unos argumentos que ya encontramos en el libro del Génesis, los de alguien aterrorizado por la muerte.

Pese a que estuvo siempre con ella, usted confiesa que se siente culpable. ¿Por qué? Deben ser reminiscencias de un catolicismo inducido. Yo no soy creyente, pero cuando era pequeño tenía una nanny irlandesa que lo era mucho. Quizá mi concepto de la culpa viene de ahí... Creo que la culpabilidad, más o menos consciente, del superviviente es una emoción muy común. No es algo que pertenezca al mundo racional. Es un sentimiento en el que, en realidad, no importa lo que hiciste: te sientes culpable de todos modos." (DAVID RIEFF: "Susan Sontag no aceptó su muerte y por eso no pude decirle adiós". El País Semanal, 14/12/2008, p. 44)

31/3/09

Cuando el dolor es un fenómeno de masas

"Lady Di, el papa Juan Pablo II y las víctimas de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York y del 11-M de Madrid tienen algo en común. "Son muertes sentidas como socialmente traumáticas", explica la antropóloga Cristina Sánchez-Carretero, del Laboratorio de Patrimonio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Sánchez-Carretero ha dirigido la elaboración del Archivo del Duelo del 11-M, que reúne 70.000 objetos recogidos en los lugares públicos donde la ciudadanía dejó constancia de su dolor: en los santuarios espontáneos de Atocha y las estaciones de El Pozo o Santa Eugenia. "Analizamos la utilización de espacios públicos para un duelo colectivo. El del 11-M fue una especie de duelo de segunda generación; la gente que depositaba flores, velas o poemas no conocía a las víctimas de los atentados, pero se sintió concernida. Hubo una herida social. Y la acción de depositar objetos no fue solamente testimonial, sino que también demandaba medidas -la palabra más repetida en los mensajes era paz-, como las flores y cruces que a veces se colocan en el lugar de un accidente de tráfico, que recuerdan al muerto pero también señalan el punto negro". Ese duelo colectivo, amplificado por los medios de comunicación, tuvo una magnitud inédita, "aunque el detonante [del fenómeno] fue la muerte de Lady Di", dice Sánchez-Carretero.

"La sociedad actual ha desarrollado formas de expresión del dolor inéditas, una mezcla de elementos nuevos y tradicionales, como ese acompañamiento comunal en el dolor", dice. Entre los documentos sonoros del archivo "hay testimonios de chavales que se enfrentaban por primera vez a la muerte. Ése fue otro gran trauma social". (El País, ed. Galicia, 23/03/2009, p. 30/1)