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18/7/26

¿Quién quiso la Guerra Civil? Fue el resultado de una conspiración de cinco años de duración. Su corte fue monárquico y fascista a la que, por la fuerza, hubo que incorporar desde su comienzo a generales, jefes y oficiales... Empezó en serio y en términos operativos en 1934 con la firma de un convenio entre monárquicos, civiles y militares, y carlistas con la Italia fascista. Los primeros al menos aseguraron la continuidad de los contactos. De ellos y de las repetidas demandas de fondos para comprar voluntades y costear los gastos de propaganda se encargó en primera línea el exministro Antonio Goicoechea. En retaguardia se situó siempre José Calvo Sotelo. En junio de 1936 se incorporó a las continuas peticiones de fondos José Antonio Primo de Rivera... Los contactos corrieron a cuenta de Sainz Rodríguez y de Ernesto Carpi, un banquero fascista, radicado en Barcelona y agente de varios servicios de inteligencia italianos. En 1935 los conspiradores españoles lo nombraron enlace con el Ministerio de Aeronáutica, cuyo responsable era el propio Mussolini. Esto implica que la conspiración se había percatado que necesitaría aviones... Goicoechea se entrevistó con el Duce en octubre. Le declaró las intenciones de los conspiradores. Si la izquierda volvía al poder, ellos, los falangistas y los militares se sublevarían. En el interín pidió más fondos... El 1 de julio Sainz Rodríguez se desplazó a Italia y firmó cuatro contratos de suministro de aviones de bombardeo y de caza, más tres hidroaviones y abundantísima munición, motores, piezas auxiliares y gasolina de un tipo que apenas si entonces había en España. El pago lo había asegurado previamente Juan March (Ángel Viñas)

"Sobre el 18 de Julio de 1936 (y II)

Lo que desde hacía tiempo se sabía de la Guerra Civil como producto de una conspiración, hoy se ha identificado, no del todo, pero sí lo suficiente

El artículo anterior no alude a la historia que los investigadores españoles (y algunos extranjeros, en particular sir Paul Preston) hemos ido reconstruyendo penosamente. Nuestro foco de la atención ha ido cambiando, merced a influencias exteriores (de la historia política y militar se ha ido pasando a la social, cultural y de género, con las aportaciones de la medicina, arqueología, ciencia de los suelos, psicología social, etc.) y al desplazamiento hacia los vencidos, a la represión y sus circunstancias.

Sin embargo, ha tardado en darse una respuesta a la pregunta del millón. ¿Quién quiso la Guerra Civil? Para ello hay que volver a la esencia del relato histórico: los comportamientos de los seres humanos, en condiciones dadas, creadas desde el pasado y activadas en su presente, en una mezcla de voluntades y acciones colectivas e individuales, en persecución de unos fines u otros.

Lo que desde hacía tiempo se sabía de la Guerra Civil como producto de una conspiración, hoy se ha identificado, no del todo, pero sí lo suficiente. Fue el resultado de una conspiración de cinco años de duración. Su corte fue monárquico y fascista a la que, por la fuerza, hubo que incorporar desde su comienzo a generales, jefes y oficiales. No es, pues, una tesis nueva. La expuso parcialmente en 1951 uno de sus protagonistas (el piloto Juan Antonio Ansaldo) y abundó en ella un dirigente monárquico (el catedrático Pedro Sainz Rodríguez), en 1978. Ambos dejaron de lado la parte esencial y la que escribió ha sido objeto de cuidadosos trabajos académicos por historiadores muy diversos.

Entre ellos destacan españoles (Ismael Saz, Eduardo González Calleja y otros) y extranjeros (sir Paul Preston y Morten Heiberg, que avanzó más que nadie hasta entonces). Ninguno pudo rematarla. No por incompetencia, sino porque no llegaron a conocer sus resultados.

La documentación imprescindible se encuentra en la Fundación Universitaria Española, en la madrileña calle de Alcalá, y se complementa acudiendo a los Ministerios de Relaciones Exteriores (Farnesina) y de Aviación en Roma, sumados al equivalente del primero y al Archivo Militar en París.

Empezó en serio y en términos operativos en 1934 con la firma de un convenio entre monárquicos, civiles y militares, y carlistas con la Italia fascista. Los primeros al menos aseguraron la continuidad de los contactos. De ellos y de las repetidas demandas de fondos para comprar voluntades y costear los gastos de propaganda se encargó en primera línea el exministro Antonio Goicoechea. En retaguardia se situó siempre José Calvo Sotelo. En junio de 1936 se incorporó a las continuas peticiones de fondos José Antonio Primo de Rivera.

Los contactos corrieron a cuenta de Sainz Rodríguez y de Ernesto Carpi, un banquero fascista, radicado en Barcelona y agente de varios servicios de inteligencia italianos. En 1935 los conspiradores españoles lo nombraron enlace con el Ministerio de Aeronáutica, cuyo responsable era el propio Mussolini. Esto implica que la conspiración se había percatado que necesitaría aviones.

Para entonces Goicoechea planeaba un tercer viaje a Roma y entrevistarse con el Duce en un contacto decisivo. Tuvo lugar en octubre, a pesar de la invasión fascista de Abisinia. Le declaró las intenciones de los conspiradores. Si la izquierda volvía al poder, ellos, los falangistas y los militares se sublevarían. En el interín pidió más fondos.

Ansaldo tuvo que huir a Francia para transportar a los tres intervinientes en el intento de asesinato de Luis Jiménez de Asúa, reputado catedrático de Derecho Penal y vicepresidente socialista de las Cortes surgidas de las elecciones de febrero de 1936.

La ocasión la pintaron calva. Ansaldo quedó disponible para resolver el problema de los aviones. Negoció con una empresa aeronáutica (Società Idrovolante Alta Italia) que, como todas las del ramo, estaba controlada por el Ministerio de Aeronáutica. El 1 de julio Sainz Rodríguez se desplazó a Italia y firmó cuatro contratos de suministro de aviones de bombardeo y de caza, más tres hidroaviones y abundantísima munición, motores, piezas auxiliares y gasolina de un tipo que apenas si entonces había en España. Los contratos completos han sido reproducidos en dos libros publicados por Crítica. El pago lo había asegurado previamente Juan March.

El primer envío debía hacerse antes del 31 de julio y los fascistas empezaron a prepararlos, convenientemente disfrazados, en los días siguientes a la firma. No se echaron atrás en ningún momento durante la guerra.

Pregunta: ¿Con qué apoyo extranjero demostrado contaban quienes no iban a sublevarse el 17 y el 18 de julio?"     (Angel Viñas , El País, 18/07/26)  

 

"Sobre el 18 de julio de 1936 (I).

Los historiadores militares del régimen hicieron denodados esfuerzos para justificar el golpe de Estado por la amenaza de una revolución en ciernes.

 Se cumplen ahora 90 años del hecho que cambió la historia de España. Que se me ocurra, solo el 2 de mayo de 1808 es medianamente comparable en sus repercusiones.

Los historiadores hemos investigado el camino hacia el más reciente. Desde el momento mismo del golpe, los militares y civiles sublevados lo defendieron como la única operación imprescindible para prevenir la “revolución comunista” que estallaría en agosto. Se trataba, nada menos, que salvar a ESPAÑA (con mayúsculas) de caer en las garras de Stalin. Aunque no solo a España: también a la Europa occidental y cristiana e impedir que surgiera un foco de subversión en su retaguardia.

Con su supremo sacrificio, los buenos españoles lo evitaron. No solo para sí mismos, sino también para los demás europeos.

La posibilidad de una revolución en ciernes la había anunciado la Embajada británica en Madrid. No la francesa. La confirmó el recién llegado embajador republicano en Londres. El gobierno británico la aceptó. El cónsul general en Barcelona y el propio embajador en Madrid continuaron echando petróleo al fuego.

La tesis la mantuvo la dictadura y Franco se regodeó en un nuevo título de “Centinela de Occidente”. Todavía hay gente, mucha, que se lo cree. Los denodados esfuerzos de los historiadores militares del régimen intensificaron tal interpretación en tres títulos de obligada consulta publicados en los años cuarenta, cincuenta y sesenta por el Servicio Histórico Militar.

Con las necesarias adaptaciones derivadas de la evolución de las técnicas de comunicación, tales tesis sobreviven hoy. Modernizadas por el creciente énfasis en el supuestamente inmenso y único desbordamiento de asesinatos y asaltos a la propiedad y a las personas en la primavera de 1936.

Coincidiendo con la largo tiempo contenida etapa del desarrollismo en los años sesenta, en el mundo de habla inglesa aparecieron las primeras historias que presentaban la Guerra Civil bajo otro ángulo. Hugh Thomas, Herbert R. Southworth y Gabriel Jackson fueron pioneros en rescatar lo que, en realidad, había ocurrido desde 1931. La dictadura respondió con la censura más abyecta primero y con la “modernización” de la interpretación clásica.

De ello se encargó un avezado técnico de Información y Turismo llamado Ricardo de la Cierva bajo la égida del inolvidable ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne.

Eso sí, los archivos permanecieron celosamente cerrados excepto a los militares (un teniente general glosó las semejanzas entre 1808 y 1936) y consiguió que su panfleto fuera declarado de interés para las Fuerzas Armadas. Le proporcionó un mercado cautivo bastante significativo.

En la retaguardia, el Ministerio de Educación Nacional y la púdicamente denominada Secretaría General del Movimiento), más el aparato policial y judicial en su conjunto, obraron de consuno para que los españoles no se desviaran del camino que se les imponía.

Los años republicanos, en particular, continuaron con la mácula que sobre ellos impusieron los vencedores. Sus tesis, escasamente modificadas siguen empapando la educación y, sobre todo, las nuevas tecnologías de la comunicación. Si acaso no se acentúa tanto que la rebelión del 18 de julio se había adelantado, por meras semanas, a un golpe de Estado comunista teledirigido desde Moscú. A muchos les parece ya un poco exagerado.

Con todo, la vieja interpretación retorna en tiempos absolutamente diferentes. Los desastres de la guerra se achacan básicamente a la izquierda y se desvanecen las hambrunas de la posguerra y la represión en y tras el conflicto. Se ha revivido gran parte de lo señalado por el implacable Abc de la época. Recomiendo echar un vistazo a lo que afirmó el 13 de febrero de 1936.

El general Francisco Franco y el exministro de la Guerra, José María Gil Robles, intentaron dar un golpe blando, hoy todavía muy desfigurado. El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, lo impidió y ordenó la lectura por el conducto reglamentario y reservado de un mensaje suyo a todos los generales, jefes y oficiales.

Anticipaba que “hoy un golpe de Estado lejos de ser sin lucha comenzaría por esta en su forma más feroz” y esto “solo puede llevar a la destrucción de España y del Ejército”.

Claro que esto importaba un bledo a los conspiradores monárquicos, militares y fascistas. Buscaban otra cosa, algo que desde entonces se ha desfigurado en la gran mayoría de las versiones que las derechas han escrito sobre la supuesta gloria del asalto contra el orden legítimo y legalmente establecido. Forzados, claro, por la necesidad de salvar a la PATRIAAAAAAAA.

(Angel Viñas , El País, 17/07/26)

14/11/17

Los mecenas que le pagaron el golpe y la guerra a Franco

"La Guerra Civil española resultó la secuela de un fracaso: el estallido golpista de julio de 1936. Poco importaba el fiasco a los rebeldes. Llegaban a la contienda fratricida con una idea fija, exterminar al rival ideológico. Limpiar España al coste necesario. Y emprendían la tarea con las alforjas llenas. ¿Quiénes fueron los mecenas de un puñado de militares sublevados?

Franco fue patrocinado por Hitler y Mussolini. Con armas, tropas y financiación, apoyo logístico que arribó antes, durante y después de la asonada. Parte de la oligarquía económica del país no dudó en financiar la trama, con el paradigma del contrabandista, banquero y empresario Juan March a la cabeza. 

Desde la iglesia también hubo colaboracionismo y grandes propietarios y terratenientes sumaban donativos a otros más modestos de derechistas locales… Todo sirvió, incluso el robo y el saqueo pueblo a pueblo sobre los derrotados.

Dinero de Juan March para comprar armas

"Juan March facilitó dinero" en marzo del 36 "para la adquisición de armas en el extranjero", expone el historiador Ángel Viñas. De fuera del país, el político Francesc Cambó recaudó importantes sumas de dinero. 

 La financiación corría desde créditos de entidades y sociedades externas, en ejemplos de que la "conspiración contra la legalidad republicana" no era una trama "solo militar sino también civil", apunta. Un complot latente "siempre" desde 1931 y que "revivió súbitamente" en marzo del 36 tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales.

Con pruebas como la actuación del abogado y político Antonio Goicoechea. "Solicitó a los italianos ayuda financiera para pagar a los pistoleros que sembraban y propulsaban la inquietud social" en España. 

Violencia callejera y atentados terroristas a manos de milicias falangistas y carlistas para romper cualquier atisbo de calma ciudadana. "La explosión de alegría, y de cólera, en las filas de la izquierda fue estimulada conscientemente por la trama civil", subraya Viñas.

El préstamo solicitado en el tramo previo a la guerra no fue el único servicio a los planes golpistas. Como explica el hispanista Paul Preston en su libro El holocausto español, una delegación de derechistas "viajó a Roma en busca de armas y apoyo financiero en su intento de derrocar a la República". 

Tras una entrevista con Benito Mussolini y el gobernador de Libia, Italo Balbo, "recibieron 1.500.000 pesetas, 20.000 rifles, 20.000 granadas de mano y 200 ametralladoras". Llegaron a través de Trípoli y la Portugal de Salazar, país que reclutó todo tipo de aportes a la causa. Centenares de mercenarios serían "entrenados como instructores por el Ejército italiano".

La decisiva colaboración de Alemania e Italia

El soporte de Alemania e Italia resultó determinante. Al envío de municiones, armas e incluso aviones hay que sumar la participación activa en la guerra civil de escuadrones italianos y nazis. La balanza, de otro modo, nunca hubiera caído del lado franquista, según el historiador Francisco Espinosa Maestre. "Los acuerdos con Mussolini y Hitler pusieron en manos de los golpistas, y en condiciones óptimas de pago, hombres y armas sin las cuales poco hubieran podido hacer", relata.

Y no solo la guerra, sino el propio golpe, "se financió de varias formas". Con el componente esencial de la élite económica española, que claudicó ante los intereses rebeldes cuando no sostuvieron la conspiración desde el inicio. Con un nombre subrayado: "Juan March fue clave", apunta Espinosa Maestre. 

A esta ayuda, continúa, "hay que añadir los millones (de pesetas) que salieron de los donativos de los derechistas pueblo a pueblo y el que sacaron de todo lo que fueron robando desde el mismo 18 de julio".

El propio Preston refleja otros episodios que actuaban como gotas para colmar el vaso del patrocinio rebelde. Fondos para "financiar a los agitadores" del clima prebélico, caso de una suscripción abierta desde el periódico ABC para un desconocido sindicato y que recolectó en poco tiempo 350.000 pesetas "donadas por aristócratas, terratenientes, industriales, además de muchos fascistas y falangistas anónimos". 

O aquel "general al que no se identificó" y que compraría "10.000 rifles en Portugal, que posteriormente serían entregados a los militantes falangistas". Corría la mitad del año 35."                 (  , eldiario.es, 17/07/2016)

14/6/16

Franco ganó la guerra gracias a la gasolina norteamericana de la Texaco Oil

"Adam Hochschild recuerda en su nuevo libro ‘Spain in Our Hearts: Americans in the Spanish Civil War, 1936-1939’ la aportación de todos los norteamericanos que sintieron como propia la guerra civil española y que la eligieron para luchar contra el fascismo. 

En su obra también aparece una figura menos conocida en España, pero fundamental para la supervivencia del bando franquista. Torkild Rieber, máximo jefe de la petrolera Texaco, es ese hombre. “Siempre pensaba que era mejor hacer negocios con los autócratas que con las democracias”, según un amigo suyo citado por Hochschild. 
“Decía que con un autócrata sólo tenías que sobornarlo una vez. Con las democracias tienes que hacerlo una y otra vez”.

Como admirador de Hitler y los fascismos europeos, Rieber no esperaba preocuparse por los sobornos a Franco. Su petróleo y su dinero eran el mejor regalo que podían esperar los militares sublevados.
“En 1935, la República española firmó un contrato con Texaco, ya dirigida por Rieber, que convertía a la empresa en la principal suministradora de petróleo de España. Al año siguiente, después de que Franco y sus aliados se lanzaran a por el poder, Rieber cambió de opinión y apostó por ellos.
Sabiendo que camiones, tanques y aviones no sólo necesitaban combustible, sino también aceite y otros productos para los motores, el consejero delegado de Texaco ordenó rápidamente el envío de suministro a través del puerto francés de Burdeos con un petrolero de la compañía con destino a los necesitados nacionalistas. Fue un gesto que Franco no olvidaría.
Los altos cargos nacionalistas enviaron mensajes con el argumento de que, por mucho que necesitaran el petróleo de Texaco para sus militares, tenían un agudo problema de dinero. Rieber respondió de inmediato con un telegrama –”no se preocupen por el pago”– que se hizo legendario en el círculo más cercano al dictador.
No es una sorpresa que poco después fuera invitado a Burgos, al cuartel general de la insurgencia nacionalista, donde prometió cortar las ventas de combustible a la República, mientras garantizaba a Franco todo el petróleo que necesitaba”.
Ese apoyo era ilegal, según la legislación norteamericana, pero eso nunca fue un obstáculo. Todo lo más, Texaco fue multada con 22.000 dólares.

Petróleo, dinero y también información. Los petroleros que la República utilizaba para importar crudo y combustible fueron hundidos gracias a la información facilitada por Texaco a la que la compañía tenía acceso por su conocimiento del tráfico marítimo internacional.

Cuando Franco ganó la guerra pagó todo lo que debía a Texaco. Según Hochschild, Rieber vendió a los franquistas petróleo por valor de 20 millones de dólares (equivalentes a 325 millones de hoy). Además del dinero que debía, Franco concedió a Rieber la Gran Cruz de Isabel la Católica."               (Guerra eterna, 15/05/16)

24/6/14

Juan March 'engrasó' a Franco con 316 millones (de euros de hoy), para comprar aviones, y...

"(...) La Segunda República ha dado origen a una literatura inabarcable. La cruenta dictadura que le sucedió estableció un canon para justificar la sublevación y la guerra civil. Sus puntos esenciales han vuelto a aflorar. Son perennes. 

Anarquía y desbarajuste continúan siendo los motivos dominantes. Ni rastro de las obras críticas (Rafael Cruz, Francisco Espinosa, José Luis Ledesma, Paul Preston, Francisco Sánchez Pérez, entre muchos otros) que han ahondado en lo que había detrás. La autoridad inmarcesible es Stanley G. Pa yne.

Ahora bien, los comentaristas y políticos (no citaré nombres excepto el de Doña Esperanza Aguirre) han pasado sobre ascuas sobre algunos descubrimientos más o menos recientes.

El primero, señalado por José Ángel Sánchez Asiaín (de la Real Academia de la Historia), es que la conspiración monárquica contra la República empezó el a l atardecer del mismo 14 de abril de 1931, a las pocas horas de su proclamacion. Es lo que se dice vulgarmente, correr.

El segundo, siempre menospreciado, es la inmediata animadversión que la República produjo en el líder de la potencia revisionista por excelencia, Italia, documentada Morten Heiberg. Con consecuencias operativas inmediatas que pocos autores de corte “aguirriano” se han molestado en escudriñar.

Estas consecuencias se tradujeron, tras múltiples contactos, en el famoso acuerdo entre militares, monárquicos y carlistas con Mussolini de 31 de marzo de 1934, es decir, mucho antes de la “revolución de octubre”. 

Las implicaciones tampoco suelen destacarse: en España gobernaba el centro lerrouxista, con el apoyo parlamentario de la CEDA, y el ministro de la Gobernación, Rafael Salazar Alonso, se distinguía por la combinación de la mano dura y sus constantes provocaciones a las izquierdas en el marco de una reversión implacable de las previas reformas económicas, sociales y laborales (estudiadas entre otros recientemente por Julio Aróstegui y Ricardo Robledo). 

Que Ismael Saz, Eduardo González Calleja, amén de Sánchez-Asiain, hayan iluminado este vector no importa. Tampoco que ello conllevara un rápido proceso de fascistización de las derechas, en particular las monárquicas. El pensamiento subyacente lo han explicado Raúl Morodo, González Calleja y, muy recientemente, Ferran Gallego. Pero, ¿quién lee estas cosas?

Francisco Franco en campaña

Con todo, hay que juzgar la acción, y en función de ella la retórica y las “ideas”. Desde esta perspectiva tiene mayor importancia el que, fracasados los intentos de anular el resultado de las elecciones de febrero de 1936, monárquicos y militares se dedicaran inmediatamente a negociar la adquisición de modernísimo material de aviación con la Italia fascista, gracias a un préstamo de Juan March equivalente a unos 316 millones de euros de hoy. Una fruslería.

 El importe total de los aviones, municionamiento y utillajes, de los cuales una primera remesa debía enviarse urgentemente en el curso del mes de julio, ascendió a 339 millones. Los contratos correspondientes se firmaron en Roma el día 1. Para entonces Calvo Sotelo y Gil Robles habían pronunciado discursos espeluznantes denunciando el estado en que se encontraba España. 

La benemérita (porque no deja de fabricar historiadores anti-franquistas) Fundación Nacional Francisco Franco se ha hecho eco de ello en estos días. ¡Que no se olvide!

Está por ver si las negociaciones fueron conocidas de Alfonso XIII o de su hijo, Don Juan de Borbón. En cualquier caso hay indicios de que no las ignoraban personajes monárquicos tan relevantes como el general Alfredo Kindelán (uno de los destructores de Gernika y “engrasado” por March en los primeros años de la segunda guerra mundial), el “Técnico” de la conspiración, teniente coronel Valentín Galarza (igualmente agraciado) o el diplomático monárquico José Antonio Sangróniz).

De todo esto no se ha dicho una palabra en la “épica” pero es indudable que sobre los monárquicos recae, en gran medida, la responsabilidad por la guerra civil. Es un tema que hay que ocultar a cualquier precio. (...)

 Pero si uno se retrotrae al período comprendido entre diciembre de 1935 y junio de 1936, se detecta un análisis de la situación española dirigido a la población y a crear (con la ayuda de pistoleros falangistas pagados también por los monárquicos hasta el punto de solicita ayuda financiera a Italia, que no la dio) la sensación de un “estado de necesidad” agudo que justificase la insurrección.

La insistencia en un golpe revolucionario inminente, la denuncia de los aviesos designios de Moscú sobre España y el seguidismo de la propaganda que esparcía el maestro Goebbels fueron siempre en tal dirección. Claro que el propietario de ABC, el marqués de Luca de Tena, se guardó de revelar su papel en la trama civil de la conspiración y, por supuesto, dio gato por liebre a cualquier explicación que no encajara con el canon franquista. (...)"             (Exaltación monárquica e historia, de Ángel Viñas en El Confidencial, en Caffe Reggio, 19/06/2014)

6/5/14

La ayuda militar y económica prestada por Alemania e Italia desde los primeros compases de la guerra fue decisiva para la victoria del ejército de Franco

"Mito número uno de la Guerra Civil española: el conflicto bélico debe ser interpretado en clave interna y la fecha del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se explica por el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio del mismo año y la "anarquía" a la que conducía la República. Mentira. 

La realidad es que la elección del 18 de julio como fecha del golpe se explica por los contratos de compra de armas que los conspiradores monárquicos firmaron con la Italia fascista de Mussolini el 1 de julio mediante los cuales los italianos se comprometieron a entregar a los golpistas 47 aviones de guerra y miles de bombas, ametralladoras y municiones.

"De todos los países que intervinieron en la Guerra Civil el que más recursos invirtió fue, sin duda, Italia, que sin embargo era más débil que Alemania y la Unión Soviética, porque Mussolini consideró que podría influir en la orientación futura de la política española", explica el historiador Ángel Viñas en la obra 75 años después. Las claves de la Guerra Civil española (Ediciones B) de Mario Amorós, que asegura que la firma de los contratos con la Italia fascista demuestran que "los conspiradores pensaban que el golpe de Estado podía fácilmente derivar en una guerra civil" y que el asesinato de Calvo Sotelo no afectó a la sublevación militar. "La sublevación hubiera estallado igualmente. Todo estaba preparado. Incluso el 'detalle' de los aviones", prosigue Viñas.
 
El historiador Ángel Viñas desveló en la obra colectiva Los mitos del 18 de julio (Crítica) los contratos que materializaron la ayuda italiana. Fueron, exactamente, cuatro documentos con sus correspondientes anexos. El primer contrato ascendía a un valor 16.246.750, 55 liras e incluía doce aviones Savoia 81; 10.000 bombas de dos kilogramos; 500 bombas de 50 kilos; 1.500 de 100; y 100 de 250; más carburantes y lubricantes.

 "Es muy importante destacar que los suministros objeto de este primer contrato debían entregarse durante el mes de julio. Es decir, eran la punta de lanza que había de asegurar el éxito de la sublevación en el curso de las siguientes semanas", asegura Viñas.

Los tres siguientes contratos recogieron la compra de decenas aviones caza CR 32, hidroaviones Macchi 41, un hidro Savoia 55X, proyectiles perforantes, más motores, ametralladoras, etc. En total, estos cuatro contratos.

 "El importe final de los contratos romanos ascendió, pues, a la suma de 39.286.876,37 liras (...) En resumen, se trató de un montante de 339 millones de euros. Una cifra nada desdeñable, aunque menos desdeñable era que había que pagar a tocateja, a la entrega del material", escribe Viñas.

El Duce financia a Falange

La ayuda militar contemplada en estos cuatro contratos descritos no fue la única que Mussolini prestó a los sublevados. Desde junio de 1935 el Duce estuvo transfiriendo 50.000 liras mensuales. 

La operación -describe José Ángel Asiaín en La financiación de la Guerra Civilespañola (Crítica)- se rodeó del más estricto secreto, hasta tal punto que incluso José Antonio Primo de Rivera iba cada dos meses a París a recoger personalmente los fondos, no utilizando en ningún momento los servicios de los medios italianos en Madrid, ni la valija diplomática.

"En todo caso, parece claro que esa subvención permitió a Primo de Rivera y a los falangistas emanciparse financieramente y que el partido pudiera satisfacer sus necesidades más perentorias sin recurrir a la ayuda de los monárquicos", escribe José Ángel Asiaín.

Bonos del Tesoro para Mussolini

Una vez acabada la Guerra, el Gobierno de Franco procedió a la negociación de la liquidación de la deuda con el Gobierno italiano. El total del crédito ascendía a 6.926 millones de liras más otros 300 millones que había prestado la banca italiana. El proceso de liquidación no planteó, en cambio, ningún problema, debido a "la generosidad que en todos los momentos las altas jerarquías del Estado italiano", dice Sánchez Asiaín. 

"El Gobierno italiano propuso fijar en 5.000 millones de liras la deuda total. El resto quedaba condonado", escribe el economista, que añade que la devolución del crédito de 300 millones de euros fue objeto de "un acuerdo especial".

Así, para la devolución de tal cantidad de dinero el Gobierno español debía emitir, y consignar a favor del Gobierno italiano, bonos del Tesoro español no transferibles ni pignorables. El acuerdo fue materializado en el BOE el 5 de febrero de 1942 cuando se estableció que, superadas "las dificultades de orden material para confeccionar los títulos en que se ha de quedar representada la deuda al Gobierno de Italia por suministros especiales durante 'la guerra española de liberación' , el ministro de Hacienda emitiría y entregaría a la administración central del Banco de Italia cinco mil bonos del Tesoro español de un millón de liras cada uno.

El resultado de la II Guerra Mundial fue favorable a los intereses de España, al menos, en lo referido a la devolución de la deuda. La notable depreciación de la lira, que se produjo en el período 1942-1967, provocó que el peso de la deuda disminuyera considerablemente, en términos reales, para la España de Franco.

La ayuda de la Alemania de Hitler

Pero sí la ayuda de Italia fue la más importante en términos cuantitativos, la alemana tuvo especial importancia en términos cualitativos. Si bien Mussolini había prestado su ayuda con la intención de influir al máximo en la política española, Ángel Viñas relata que fue Hitler y su III Reich el que fascinó al general Francisco Franco.

 "En el transcurso de la Guerra Civil la nación que deslumbraría a Franco fue Alemania, no Italia. Por eso, cuando acabó la contienda, Franco gravitó hacia el III Reich a pesar de los roces que había tenido con ellos", asegura Viñas, que afirma que si bien Franco tomó muchas cosas importantes de la Italia fascista como "los sindicatos verticales" él estaba "fascinado" por los nazis.
 
Al contrario que la Italia fascista, la Alemania nazi no tuvo nada que ver con el golpe de Estado de 1936. Los alemanes no intervinieron en España hasta que comenzó la Guerra Civil. Los golpistas trataron de acercarse desde el primer momento a Alemania en busca de ayuda.

 El proceso oficial de petición de ayuda de los sublevados a Alemania comenzó el 21 de julio, cuando Franco, tratando de llegar a Hitler de la forma más directa y rápida, recibió a Johannes Berbhardt, del que sabía que estaba en condiciones de contactar con facilidad, y sin trámites administrativos, directamente con el propio Hitler.

Entre los motivos por los cuales Hitler aceptó la petición de ayuda de Franco se encuentra, según Sánchez Asiaín, la "simpatía hacia los planteamientos anticomunistas" y la posibilidad de "utilizar el conflicto español como un laboratorio para mejorar las técnicas de los ejércitos alemanes". Así, Hitler decidió mandar unos JU-52 de transporte cuanto antes a Marruecos para trasladar a las tropas de Franco a la península.

Sin embargo, los motivos políticos no fueron los que más pesaron en la decisión de Hitler. Relata el autor de La financiación de la Guerra Civil española que "pronto quedó claro que la península Ibérica formaba parte de sus objetivos comerciales, y que la riqueza minera era un importante objetivo". 

"La intervención alemana en la Guerra Civil española, y el volumen de su ayuda, no puede entenderse sin tener en cuenta la política de aprovisionamiento de materias primas, especialmente de minerales aplicados a las necesidades de guerra", escribe.

A través de varias empresas, Hitler trazó un "perfecto mecanismo" para explotar la dependencia de Franco de la ayuda militar y económica alemana. La más importante de ellas fue Hisma, que se convirtió en un instrumento decisivo de la influencia alemana cuyo último objetivo "era reducir España a una especie de protectorado alemán".

372 millones de marcos

Así, una parte considerable de la deuda que España contrajo con Alemania fue pagada por compensación, es decir, con exportaciones españolas a Alemania, sobre todo de minerales. Cabe recordar que en enero de 1939, casi la mitad del comercio exterior de la España de Franco se dirigía a Alemania y que, por otra parte, ha quedado más que demostrado que los alemanes intentaron cobrarse con creces su ayuda, y que para conseguirlo hicieron todo lo que estuvo en sus manos, al menos, hasta su derrota en la II Guerra Mundial.

Una vez terminada la Guerra Mundial, Alemania fijó la deuda de la España de Franco en 372 millones de marcos, incluyendo el coste de la Legión Cóndor, que los alemanes cifraron en 99 millones de marcos. No obstante, la dictadura de Franco y la de Hitler jamás llegaron a un acuerdo para devolver el importe de la deuda aunque sí que encontraron una solución política de entendimiento mutuo para demorar el acuerdo firmado en 1941 que permitía a los alemanes hacer compras en España sin pagar su importe. "Y minerales, aceite y naranjas, entre otras cosas, fueron enviados a Alemania sin generar divisas para la economía española", concluye Sánchez Asiaín."         (Público, 30/03/2014)