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28/4/23

Spinoza, militante de la potencia de vivir

 "-Vos has escrito varios libros y artículos sobre Spinoza. Tal vez podríamos decir que es tu filósofo de cabecera. ¿Quién era Baruch Spinoza? 

-Podemos decir algunas cuestiones. Fue un filósofo del siglo XVII, 1600. Él vivió una época que estaba signada por la impronta de la religión. La religión era un elemento fundante de la sociedad de toda esa época en Occidente. Digamos que no se concebía una persona que no tuviera o no perteneciera a alguna religión, ya sea judía, católica o mahometana en el caso de las religiones monoteístas.  

Obviamente en Occidente lo hegemónico era la religión cristiana y sus diferentes variables: católica y protestante. Baruch, que nació con el nombre de Bento Spinoza, vivía en Ámsterdam. Nació en Ámsterdam. Perteneció a una familia sefardí, en Ámsterdam había una comunidad muy importante de sefardíes producto de que habían escapado de la Inquisición en España y Portugal. Recordemos que en 1492, cuando se descubre América, se expulsan a todos los judíos de España. Es la forma en que los Reyes Católicos buscan unir a los españoles. Muchos de ellos van a Portugal, en Portugal terminan echándolos y van a distintos lugares.  

Un lugar fundamental es Holanda que vivía una suerte de tolerancia religiosa. Ahí se instala una comunidad judía sefardí muy importante. Sefardí porque viene de Sefarad que era como nombraban a España los judíos en esa época. Y todo este proceso hizo que esta comunidad judía sufriera muchas transformaciones.  

A algunos se los obligaba a ser cristianos, otros se mantenían siendo cristianos mientras que en forma secreta conservaban la religión judía. Todos estos eran los «nuevos cristianos» como se los denominaba. Spinoza venía de una familia así, esto implicaba una subjetividad, una forma de pensar. 

El judío estaba acostumbrado a pensar en secreto, a no decir cosas. Spinoza nace en una familia de comerciantes sefardí. Su madre muere joven, fallece su padre y sus dos hermanos y, en principio, queda él con un hermano dirigiendo una empresa familiar comercial.  

Ya siendo muy joven tiene una formación judía y a partir de ahí empieza a concebir ciertas cuestiones que no eran toleradas dentro de esa sociedad como, por ejemplo, que el alma no iba a trascender luego de la muerte, que no había nada más que el cuerpo y, fundamentalmente, que Dios no era un dios trascendente. No existía un Dios trascendente, lo que él pensaba era un Dios inmanente.  

La inmanencia es un elemento central en Spinoza y forma parte de que no hay nada fuera del mundo, no hay nada fuera de la cosa, no hay nada trascendente en ninguna cosa o en ninguna persona. En este sentido él negaba este Dios trascendente, que podía castigar, sancionar o hablar. A partir de ahí Spinoza empieza a concebir con el tiempo un Dios que llama Naturaleza. Para él la Naturaleza es Dios.  

Algunos hablan de un panteísmo en Spinoza, que casualmente es un término que utilizan para definir la filosofía de Spinoza, pero en realidad no es panteísta. Porque el panteísmo sostiene que en todas las cosas de la naturaleza está Dios, o sea que Dios está en una silla, en una cucaracha, en el ser humano, etc. Acá Spinoza no dice lo mismo, lo que dice es que la Naturaleza es Dios.  

Por eso muchos sostenemos que Spinoza es el padre de los ateos. Pero bueno, antes de desarrollar la mayoría de estas concepciones es reprendido por los rabinos mientras que se lo obliga a que no trate de pensar en estas cosas, él se niega y finalmente se le hace lo que se llama un Hérem, se lo expulsa de la comunidad. El Hérem es uno de máxima, es decir, ninguna persona de la comunidad se puede acercar a unos metros de él ni puede hablar, por supuesto, con él, ya sean amigos o familiares.  

A partir de ahí Spinoza se va de Ámsterdam y empieza a desarrollar su sistema filosófico. Acá hay dos cuestiones a mi entender fundamentales, a partir de ahí se crea todo un mito con relación a Spinoza que era un ser aislado, no es así. Fue una persona que fue un militante, por eso le pongo este nombre al título, porque él militaba su filosofía que era una potencia a la vida, su concepción en relación con la democracia, estaba contra la monarquía. Era conocido del que fue en su momento Primer Ministro republicano en contra de la monarquía en Ámsterdam.  

Participó de muchas cuestiones, fundamentalmente después escribe un Tratado Teológico Político, que es una intervención política que hace en esa época sobre cuestiones en relación con la democracia, la monarquía y la multitud, que en términos actuales podríamos decir que es el colectivo social, y donde fundamenta una democracia radical. Una democracia donde todos tienen derecho sobre todas las cosas para poder decidir.  

En síntesis, es un crítico de dos elementos fundamentales. La pregunta que se hace Spinoza es por qué la gente apoya situaciones o posiciones políticas que los transforma en esclavos, creyéndose que pueden ser libres. De ahí se desprenden dos cuestiones que lo transforman en un crítico radical: el miedo y la esperanza.  

A través del miedo se domina a la gente y la esperanza, una esperanza pasiva y no una esperanza activa, no de esa esperanza que nos permite a todos nosotros poder generar una lucha, sino esa esperanza pasiva en la cual estamos esperando que alguien nos solucione los problemas, llámese Dios, llámese Hitler, quien sea. Un ser superior que creemos nos va a solucionar los problemas y no pensarnos a nosotros mismos dentro del colectivo social quienes podemos transformar, modificar y resolver los problemas.  

-¿Por qué estudiar en la actualidad un filósofo del siglo XVII? 

-Esto lo planteo en la Introducción, hay varias cuestiones. Una de las fundamentales va ligada a lo que tiene que ver con pensar una democracia radical. Lo que plantea Spinoza es que el colectivo social, el multitudo, se potencia, textual, no a partir de participar de derechos que da la sociedad, sino de participar en cómo generar la potencia de cada uno de los sujetos, es decir, un colectivo social es importante en la medida que sus miembros puedan potenciar sus posibilidades, lo que él llama las pasiones alegres, potenciar todo eso que nos lleve a la creatividad y no solamente es una cuestión en relación con los derechos. 

 

Hoy las sociedades actuales evidentemente tenemos muchos derechos, pero nos lleva permanentemente a una democracia donde lo que predomina es la impotencia. En este sentido es importante cómo pensar formas de organización democrática donde podamos lograr a nivel individual y colectivo esta generación de potencialidades. En especial, y yo tomo algunas cuestiones, hoy lo que encontramos son formas autoritarias, fascistas o neofascistas, que detrás de un supuesto pensamiento libertario, que nos deja a todos encerrados en nuestro propio narcisismo, nuestro propio individualismo, caemos en cuestiones que nos llevan a estar todos contra todos. Es un desafío que hoy tenemos en la sociedad actual no solo acá en Argentina sino en el mundo. 

-¿Por qué «filósofo marrano»? 

-«Marrano» en el sentido del pensamiento marrano, es un pensamiento organizado en el secreto, en lo no dicho, en un doble sentido o en frases que quieren decir lo contrario de lo que dicen. Es así que los textos de Spinoza están atravesados por todo esto, fundamentalmente la Ética, que es su texto fundamental, está atravesado por este doble sentido que lo hace dificultoso de leer, además que en esa época el paradigma de la escritura era el pensamiento geométrico, por lo tanto, el libro está organizado como si fuera una geometría donde hay cuestiones que se van armando en función de ciertas formulaciones geométricas.  

Todo esto lo hace difícil de leer y fundamentalmente hace que tenga necesariamente múltiples interpretaciones, además de que la vida de Spinoza está llena de secretos, de cuestiones que uno dice una cosa, otro dice otra. Antes de morirse, se quemaron las mayorías de sus cartas, dejaron algunas que es la correspondencia actual. Esto lo hace en forma de cuidado, teniendo en cuenta que en esa época tener este pensamiento no era gratuito, es decir, que tener este pensamiento lo podía llevar a uno a morir quemado en la hoguera. Pensar por fuera de la religión y ser considerado hereje llevaba a que a uno lo matarán. Todo esto no es un cuidado gratuito, sino que formaba parte de una cuestión de época. 

Marx y Freud, lectores de Spinoza 

-La segunda parte del libro está dedicada a las lecturas de Spinoza, en particular a la que hicieron Marx y Freud. ¿Qué nos podés comentar al respecto? 

-Hay varias cosas. Marx fue un lector de Spinoza, cuando era joven hacía resúmenes de las obras que leía y una de ellas es la obra de Spinoza. Lee el Tratado Teológico Político y la correspondencia de Spinoza y a partir de ahí hace un resumen que transcribe en papel, lo manda a que otros lo transcriban y armó un texto que llamó El tratado teológico político de Spinoza. Así se conoce, como si él hubiese sido el autor. Obviamente, este texto nunca se publicó, no se publicó en vida. Tampoco se publicó después, tampoco se publica cuando se hacen las Obras Completas en la época de Stalin, que corre ese texto y recién se publica en 1976.  

Es un texto que lo importante no es solo lo que está ahí escrito sino lo que sacó Marx de los textos de Spinoza. Así, digamos, Marx logra incorporar un pensamiento crítico, con Spinoza va tomando forma en Marx el pensamiento crítico, especialmente sobre las posiciones religiosas que en el siglo XIX todavía tenían una gran importancia. Creo que en este sentido la deuda de Marx hacia Spinoza es desarrollar, avanzar en este pensamiento crítico, que en caso de Marx  le da un desarrollo posterior con El Capital y otros textos.  

En Freud, hay conjunciones y tensiones con el pensamiento de Spinoza. Marx reconoce la influencia de Spinoza aunque no lo nombra, en cambio, Freud tenía temor de citar a filósofos como Spinoza o Nietzsche, para que no pensaran que el psicoanálisis era una filosofía, sino que el psicoanálisis formaba parte del pensamiento positivista de la medicina. En este sentido Freud dice que él es deudor del pensamiento de Spinoza.  

Hay varias cuestiones en esta relación, por ejemplo, la concepción que tiene Spinoza donde plantea que en la vida del ser humano existen pasiones alegres y pasiones tristes. Es decir, las pasiones tristes están determinadas por el odio, la depresión, etc. Mientras que las pasiones alegres son el amor, la solidaridad, etc. La forma de luchar contra las pasiones tristes es apoyarse y sostenerse a pensamientos ligados a las pasiones alegres. 

 Esto recuerda a las pulsiones de vida, al erotismo y las pulsiones de muerte, que están ligadas al odio y a todo lo destructivo y autodestructivo. Acá hay una dicotomía entre Freud y Spinoza que es en relación con la muerte, para Freud la muerte forma parte de la condición propia del ser humano y en la medida que el ser humano genere sus posibilidades de vida, su erotismo, en el sentido amplio de la palabra, va a permitir que la muerte se vaya desplazando paso a paso. La muerte forma parte de la interioridad del ser humano, venimos de la nada y volvemos a la nada, en el medio está la vida.  

En cambio, Spinoza no tenía este pensamiento, porque no incorpora la negatividad, él sostiene que la muerte es un accidente que viene del exterior, no es algo propio del ser humano sino algo propio de la exterioridad del sujeto que lo tiene que asumir, pero como algo exterior.  

Otro punto importante está ligado a la relación entre lo que yo llamo la corposubjetividad que es la ligazón entre lo psíquico, lo cultural y lo orgánico, o sea, hay una interrelación entre estas tres cosas. Spinoza habla de un paralelismo entre lo orgánico y lo psíquico, que él llama pensamiento, en realidad es el alma, cuando desaparece el cuerpo, desaparece el pensamiento, desaparece el alma.  

También plantea que los cuerpos afectan y son afectados dentro del colectivo social, este pensamiento que retomó de diferentes maneras Freud, es lo que hace que exista una relación entre lo psíquico, lo orgánico y la relación con lo social y cultural.  

Acá encontramos cuestiones, figuras importantes como para poder encontrar cierto hilo entre el pensamiento de Spinoza y Freud, y anteriormente Marx. Pero también encontramos cuestiones que se oponen, pensemos que Spinoza estaba muy lejos de pensar como Marx de la lucha de clases o como pensaba Freud el inconsciente, estaba muy lejos, no lo tenía. Por eso, se suele tomar a Spinoza para pensar ciertas cuestiones de Freud y Marx, también es importante pensar ciertas cuestiones de Spinoza de forma dialéctica desde lo que nos plantean Marx y Freud, cómo es la lucha de clases dentro del multitudo, dentro del colectivo social o el inconsciente dentro de la subjetividad de cada uno. 

-¿Querés agregar algo más? 

-Creo que es un pensador importante para poder desarrollar hoy, para poder pensar cómo combatir esta nueva forma de fascismo, para poder pensar cómo se ha vaciado la democracia en tanto ya no permite el desarrollo de nuestras potencias, sino todo lo contrario, más allá de nuestras cuestiones de derechos que son importantes en la medida en que podamos desarrollar nuestras potencias. Nos encontramos con un mundo dónde, por ejemplo, nuestro país tiene 50% de pobreza, aumento de depresión y suicidios, etc. Nos llevan a esta sensación de impotencia, cómo decía Spinoza, el predominio de las pasiones tristes.  

Tenemos que poder pensar una democracia desde «la alegría de lo necesario», como titulo mi primer libro sobre Spinoza y Freud. La alegría de lo necesario son esas potencias alegres que nos permiten conseguir lo necesario que todos necesitamos. (...)"                       (Entrevista a Enrique Carpintero,  Mario Hernandez  , Rebelión, 28/10/2022)

22/2/23

Ciber-socialismo: democracia directa a gran escala... la única capaz de generar flujos de información con la suficiente agilidad y precisión... A mayor participación y estabilidad de las libertades políticas, más nos acercamos al «óptimo informacional»; al plan más preciso posible

 "«El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia». Marx, K. y Engels, F. 

Esta sentencia expresa una de las consignas más importantes del Manifiesto Comunista y, sin embargo, suele pasar desapercibida. Hay quienes piensan que se debe, simple y llanamente, a su carácter obsoleto; que Marx y Engels dijeron esto frente a las monarquías de su época, pero que la democracia ya está hoy extendida por todo el mundo. Pero, ¿de verdad los fundadores del comunismo moderno eran tan ingenuos como para considerar que en este tipo de regímenes —que ya existían en países como los Estados Unidos— los trabajadores constituían la «clase dominante»? Obviamente no. La «democracia» tenía otro significado para los socialistas de aquellos tiempos. Un significado que necesita ser recordado y repensado.

Marx concebía el futuro poscapitalista, a grandes rasgos, como una sociedad autogobernada de individuos libres e iguales. Es decir, una sociedad sin explotación, servidumbres ni opresiones de ningún tipo, donde nadie disponga de mayor capacidad de decisión que ningún otro, de modo que las decisiones y su aplicación las tomen quienes son afectados por ellas. Aunque no se atrevió a dar demasiados detalles sobre esto, sí aclaro que este proyecto requeriría de dos condiciones básicas, que se implican mutuamente:

  1. Planificación económica: como dispositivo institucional capaz de hacer operativo el principio comunista de regulación consciente y racional de la actividad productiva, superando el proceso atomizado de toma de decisiones característico de la producción mercantil, todo ello por medio de la integración del tejido agro-industrial en un plan económico general.
  2. República democrática: que es el marco jurídico-político basado en la universalidad de las decisiones colectivas, la igualdad y las libertades individuales sin restricciones.

Es fácil entender por qué estas dos condiciones institucionales se implican la una a la otra. Por un lado, sin el control consciente de la sociedad sobre el proceso económico general —un control que exige a su vez la propiedad social de los medios de producción así como la disposición colectiva del excedente— no puede haber nunca verdadera democracia ni independencia civil de los ciudadanos, sino simple sujeción de los individuos y la sociedad al poder ciego mercantil-capitalista, un poder autocrático que impone sus necesidades internas de reproducción a una escala siempre creciente sobre las necesidades de la población. Sin poder disponer de los medios necesarios para llevar a cabo sus designios —porque dichos medios son privados—, la democracia y la voluntad general son algo vacío, no resultan operativos en ningún sentido relevante y, de facto, no existen como tales.

Recordemos que la filosofía política moderna no desliga nunca la cuestión jurídica de los derechos y las libertades de las condiciones materiales para su ejercicio. Derechos y libertades son principios condicionados, pues siempre requieren recursos para ser ejercidos. Por ejemplo, aunque el derecho de expresión pudiera llegar a estar formalmente reconocido para todos, solo sería un derecho real para quienes dispongan de los medios de comunicación. En este sentido, y en tanto la democracia es el sistema de decisión pública que se deriva del derecho igual y la libertad universal, para ser operativa (al igual que sucede con cualquier derecho) exige lógicamente disponer de los medios generales de la sociedad: los medios de producción.

De la misma forma, sin democracia y plenas libertades de comunicación, reunión e información, no puede haber tampoco genuina planificación de la economía, entendida esta como proceso permanente y general de comunicación, deliberación y decisión colectivas. Si el objetivo último de esta es garantizar que el metabolismo social este conscientemente orientado a la satisfacción de necesidades ciudadanas, sin mediación de distorsiones como el dinero, los capitalistas o las ganancias, hemos de sustituir el mecanismo de retroalimentación (feedback) capitalista, el mercado, por otro en el que los trabajadores expresen sus deseos y preocupaciones directamente.

 Pues bien, los únicos mecanismos capaces de generar tales flujos de información con la suficiente agilidad y precisión son los que hoy se asocian a la denominada «democracia directa». Necesitamos de estos procedimientos y de un marco normativo que, por su propia definición, solo cabe establecerlo de un modo coherente (esto es, efectivo) en términos estrictamente universales. La libertad de comunicación es una libertad que cada uno tiene con respecto a los demás. De modo que si se le impide a X expresar su opinión (sea esta cual sea) se está violando al mismo tiempo el derecho de todos los demás a poder escucharla («si tapas una sola boca estás tapando automáticamente los oídos de todos los demás»). La calidad de los flujos de información depende de una deliberación libre en la que se contrasten opiniones y se desarrolle el pensamiento crítico. A mayor participación y estabilidad de las libertades políticas, más nos acercamos al «óptimo informacional»; al plan más preciso posible.

El programa comunista de socialización de la producción no representaría una simple opción política más (entre otras muchas), sino la condición material e institucional de la democracia misma, entendida como disolución revolucionaria de las escisiones que jerarquizan el cuerpo social: gobernantes y gobernados, trabajadores y propietarios, pueblo y ejercito profesional, etc. Solo así hablaríamos de autogobierno, de la posibilidad real y general de deliberar y hacer cosas en el ámbito público. 

La representación política en el modo de producción capitalista 

«La libre elección de los amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos».  Marcuse, H.  

 Entonces, si no es posible la democracia desde un sistema de competencia entre productores privados, con restricciones a las libertades y a la difusión de información, ¿Qué es lo que existe actualmente? ¿Cuál es la forma política del capitalismo actual?

La burguesía naciente del siglo XVIII aborreció la democracia como mecanismo de toma de decisiones ya que, bajo el riesgo de la demagogia, defendían que era imposible que la clase obrera pudiera decidir cuáles eran los marcos jurídicos legítimos para la reproducción del capital. La mayoría de intelectuales, salvo honorables excepciones (comenzando por Marsilio de Padua y llegando a Babeuf), defendían la representación política de la nación en un organismo soberano. Es decir, buscaban crear una institución que hablase en nombre de la nación en los asuntos públicos, más allá de la producción, asumiendo que los intereses de sus miembros serían equiparables al bien del conjunto de ciudadanos, cuando en realidad únicamente serían equiparables a los de los intereses particulares de cada facción de la burguesía a la que pertenecían. La idea principal era establecer una situación de consentimiento más o menos explícito entre los gobernantes y los gobernados, aduciendo a que en el Antiguo Régimen tal consentimiento no existía. No obstante, la misma diferencia entre gobernantes y gobernados ya plasma un régimen de desigualdad, donde las decisiones colectivas son tomadas por unos pocos. [1-3]

El mecanismo para establecer el consentimiento entre gobernantes y gobernados fue el de las elecciones, que suponen de manera inherente una separación entre electores y elegidos y crea las condiciones para las cuales los elegidos sean los más privilegiados, que pueden acaparar tiempo, dinero, información y méritos para poder posicionarse como políticos. Aristóteles ya identificó las elecciones como el método ideal para la aristocracia, ya que únicamente los mejores pueden ser elegidos, mientras que el sorteo sería el mejor método para la democracia, pues no distingue entre mejores o peores ni entre gobernantes ni gobernados, sino que cualquiera puede ser elegido [4].

En este sentido, la expansión del sufragio no se puede entender propiamente como un «aumento» o un «acercamiento» a la democracia, sino meramente un mayor número de electores, lo que redunda en la posibilidad de que haya más partidos luchando por representarlos. Se reproduce así una lógica similar a la que rige en el ámbito de la producción, donde la toma de decisiones es dominio exclusivo de los propietarios de los medios de producción (primero individuos, más tarde, consejos de administración y juntas de accionistas). De la misma manera que los gobernados, los no propietarios no tienen derecho a decidir sobre qué y cómo producir, únicamente pueden influir indirectamente en ella como consumidores, de manera que cuando compran, depositan la confianza en un productor específico, de forma similar a cuando votan en unas elecciones.

La representación política en el movimiento comunista

«Los soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario». Lenin, V. I. 

 Históricamente, el movimiento comunista ha tenido predilección por una forma concreta de organización política de la sociedad posrevolucionaria: los consejos obreros (o soviets) frente a la habitual defensa de la representación parlamentaria por parte de la socialdemocracia [5-6]. ¿Es esta realmente la manera que corresponde a una sociedad de productores libres para tomar sus decisiones colectivas? ¿Es el sistema de consejos realmente democrático?

La principal innovación teórica de los consejos frente al parlamentarismo está en que se basan en el mandato imperativo, es decir, en la rendición de cuentas constante a sus electores, lo que también supone la revocación de los delegados que no cumplan con su mandato. Los soviets serian asambleas de fideicomisarios en estrecho contacto con su comuna de base que, por esa misma condición, dispondrían de una autonomía muy limitada y recibirían un salario igual al de los camaradas que le dieron su confianza. De esta forma, se conservaba cierta forma de delegación política (asumida como necesaria) a la vez que se prescindía de las campañas electorales, procesos hipercorrompibles en los que la intromisión de poderes fácticos es inevitable. La política dejaría de ser una «carrera profesional».

A partir de aquí, el principal debate dentro del movimiento comunista ha girado en torno a si la organización de los consejos (u órganos, etc.) debía ser dirigida por el partido bajo el supuesto lema del centralismo democrático —como defiende el marxismo-leninismo y se aplicó en los países del llamado socialismo real— o debía ser independiente de un partido comunista único, como defendían los consejistas y tal como se edificó, por poco tiempo, en algunas revoluciones, como la española de 1936, la húngara o la de Baviera en 1919.

En última instancia, no obstante, ambas corrientes defienden la existencia de una pirámide de consejos, desde la base de órganos locales hasta una asamblea para toda la nación, que es, curiosamente y pese a las supuestas diferencias, como estaba estructurada la Unión Soviética. La patente falta de democracia en el país vendría dada, según los consejistas, por el férreo control del partido sobre los candidatos, lo que impedía un pluralismo de opiniones y concentraba el poder en una élite burocrática [7-8]. Algunos defensores de la planificación económica han continuado con la corriente consejista para elaborar sus propuestas de organización consciente de la sociedad futura [9-10].

El consejismo acierta en su crítica en un punto. El centralismo democrático se basó de facto en una dictadura de los miembros del partido, ya que pese a que existían políticos no partidistas, eran una minoría cuya capacidad de acción fue cooptada cuando no seguían las directrices del partido, además de que, evidentemente, no podían aspirar a cargos en órganos superiores, solo de base. El resultado obvio de esto fue que la ciudadanía soviética era indiferente a las elecciones y las estadísticas oficiales se falsificaban sistemáticamente [11].

Sin embargo, nada garantiza que el consejismo apartidista vaya a suponer una mayor participación y un nivel más democrático que el socialismo real, ya que cae en la misma lógica de la representación política. En los consejos se elegirían a los mejores líderes, que la población vería como superiores a los demás por ciertas cualidades; a su vez, estos líderes elegirían a otros que también considerarían mejores, y etcétera, dependiendo de los niveles que tenga la pirámide de los consejos. Esto supone dos problemas fundamentales: primero, que sigue existiendo diferencia entre gobernantes y gobernados; y segundo, que la representación, al escalonarse en varios niveles, puede hacer que la capacidad de influir en la decisión final por parte del electorado de base sea todavía menor y más indirecta que en la representación parlamentaria [12-14].

 Ciertos anarquistas piensan que reducir los consejos a un nivel local podría ser una alternativa más democrática que el consejismo comunista. Sin embargo, restringir la soberanía de los ciudadanos a su concreto encuadre territorial, atomizando el metabolismo social, implica negar el poder de decisión de estos sobre cuestiones que claramente les afecta, pues la producción y distribución de bienes y servicios se encuentra hoy esparcida e interconectada a escala nacional y supranacional. Resulta imposible planificar de manera democrática y eficiente a través de decisiones particulares de miles de pequeños consejos, ya que sus decisiones pueden ser contradictorias y el resultado no necesariamente podría ser el elegido por la población en su conjunto. Lo mismo sucede cuando la actividad económica se delega en cooperativas independientes: su interacción (re)genera la competencia mercantil, tal y como ocurrió en la antigua Yugoslavia. En última instancia, se trata de un problema de escala y agregación [15].

La democracia socialista frente a la representación política

«Lo que a todos atañe, todos deben aprobarlo».  Brocardo romano.

 Entonces, si los consejos están lejos de suponer automáticamente democracia, ¿qué mecanismos creemos que garantizarán una toma de decisiones colectiva universal e igualitaria? El referéndum y el sorteo, los medios principales de la democracia clásica.

El referéndum, también llamado democracia directa, supone de manera evidente la forma más directa de toma de decisiones colectiva. Sin embargo, muchos pueden ser escépticos a esta por considerarla ineficiente o imposible, por lo que cabe enfrentarse a ambos argumentos. En primer lugar, el marqués de Condorcet logró probar que, en una votación por mayoría (si asumimos que las personas son capaces de comparar dos o más opciones), conforme el número de electores sea mayor, será casi seguro que se elija la opción que todos crean más beneficiosa. Este teorema —que, en última instancia, no es sino una aplicación de la ley de los grandes números— es fundamental para entender que la democracia directa es, en muchos casos, el mejor mecanismo para tomar decisiones colectivas que nos afectan a todos [16-17]. Es posible discutir que con más de dos opciones el resultado óptimo no es tan obvio, pero existen muchos métodos para manejar esta situación, como hacer la media o una aproximación vectorial [18-19].

Algunos podrán pensar que el referéndum no se puede aplicar de manera masiva, ya sea por motivos técnicos o porque no creen que la sociedad pueda coordinarse así. La primera es bastante naif, ya que el acceso prácticamente universal a internet y el desarrollo de las tecnologías de ciberseguridad permite establecer una votación universal segura y secreta, siendo incluso más eficiente que los comicios actuales. La segunda merece ser tomada en cuenta, pero cabe asumir que en una sociedad donde la información sea también universalmente accesible, el tiempo libre esté garantizado y la mayoría de individuos acepte su papel en la organización consciente de la sociedad, se dan muchos más incentivos a la participación que en los actuales referéndums en algunos países, cuya difusión y realización es muy limitada [14] [20].

En este sentido, podemos destacar dos cuestiones fundamentales que asumimos al hablar de la democracia directa: 1) No es necesario realizar votaciones sobre todas las decisiones públicas, solo las que afecten de manera importante al conjunto de la población y cuyos detalles no sean relevantes. La democracia directa también puede ejercerse en grupos de población específicos siempre y cuando sus decisiones no afecten de manera relevante al resto. 2) Las cuestiones más específicas y técnicas que afecten al conjunto de la población (por ejemplo, proponer soluciones al cambio climático) no pueden ser tratadas mediante referéndum, ya que no todos los individuos son capaces de especializarse en estas. Es razonable defender en estos casos un mecanismo alternativo e igualmente democrático: el sorteo.

El sorteo garantiza la igualdad de todos porque los seleccionados son elegidos de manera aleatoria, sin tener en cuenta sus cualidades, al contrario que en las elecciones. La formación de comités más o menos extensos de personas elegidas por sorteo es relevante para cuestiones técnicas, ya que suponen una muestra representativa de la sociedad, al contrario que un comité de técnicos o un consejo elegido por votación, y también garantiza la deliberación entre sus miembros, ya que tendrán que formarse en común para tratar el tema que tengan que debatir, lo que ha probado buenos resultados en las pocas ocasiones en la que se ha implementado [14] [20].

Alguien podría argumentar que el sorteo es también una forma de representación, solo que más injusta, porque no se elige a los representantes… nada más lejos de la realidad. En primer lugar, si el sorteo es realmente aleatorio y se repite con frecuencia y a diferentes escalas, siguiendo de nuevo la ley de los grandes números, lo más probable es que las decisiones colectivas tomadas en ellos se aproxime a la media de la opinión general. Esto no está garantizado por las elecciones, ya que estás no producen una representación aleatoria de la sociedad, sino sesgada hacia individuos con ciertas cualidades, por lo que el resultado de estas coincidirá con la media de las opiniones de la selección de estos individuos y no de toda la población.

En definitiva, no creemos que la sociedad poscapitalista será un paraíso donde todo esté perfectamente automatizado o donde todas las personas estén siempre de acuerdo, pero cualquiera que se tome en serio el socialismo debería tener claro que no existirá «el dominio del hombre sobre el hombre», por lo que no tenemos más remedio que pensar en este tipo de mecanismos democráticos para la toma de decisiones colectiva. En definitiva, creemos que la suspicacia con la que

muchos izquierdistas ven nuestras sugerencias para la democracia directa nos hace sospechar que, en su imaginación, se ven a sí mismos como parte de una futura clase política. Aunque en realidad es políticamente impotente, este consuelo imaginario les aleja de la democracia directa. Camarada, es mejor admitir que nunca serás un comisario y que los grupúsculos izquierdistas nunca serán partidos gobernantes como el PCUS. Olvida tu desconfianza hacia la gente, ¡olvida estas ambiciones de gobernar! [21]"
 ( , JACOBINLAT, 09/02/23)

19/10/21

Boaventura de Sousa Santos: Quince tesis sobre el partido-movimiento... el partido-movimiento debe construirse a través de procesos no representativos, sino más bien participativos. Consiste en aplicar a la vida interna de los partidos la misma idea de complementariedad entre democracia participativa / deliberativa y democracia representativa que debe orientar la gestión del sistema político

 "El neoliberalismo logró conjugar el fin supuestamente pacífico de la historia con la idea de crisis permanente (por ejemplo, la crisis financiera). Esta es la razón por la que vivimos hoy en el dominio del corto plazo.

1. No hay ciudadanos despolitizados; hay ciudadanos que no se dejan politizar por las formas dominantes de politización, sean partidos o movimientos de la sociedad civil organizada.

Los ciudadanos y las ciudadanas no están hartos de la política, sino de esta política; la inmensa mayoría de la ciudadanía no se moviliza políticamente ni sale a la calle a manifestarse, pero está llena de rabia en casa y simpatiza con los que se manifiestan; en general, no se afilian a partidos ni participan en movimientos sociales ni están interesados en hacerlo, pero cuando salen a la calle solo sorprenden a las élites políticas que han perdido el contacto con “las bases”.

2. No hay democracia sin partidos, pero hay partidos sin democracia.

Una de las antinomias de la democracia liberal en nuestro tiempo es que se basa cada vez más en los partidos como forma exclusiva de agencia política, mientras que los partidos son internamente cada vez menos democráticos. Como la democracia liberal, la forma tradicional de partido ha agotado su tiempo histórico. Los sistemas políticos democráticos del futuro deben combinar la democracia representativa con la democracia participativa en todos los niveles de gobierno. La participación ciudadana debe ser multiforme y multicanal. Los propios partidos deben estar constituidos internamente por mecanismos de democracia participativa.

3. Estar a la izquierda es un punto de llegada y no un punto de partida y, por lo tanto, se demuestra en los hechos.

La izquierda tiene que volver a sus orígenes, a los grupos sociales excluidos que ha olvidado durante mucho tiempo. La izquierda dejó de hablar o de saber hablar con las periferias, con los más excluidos. Quien habla hoy con las periferias y con los más excluidos son las iglesias evangélicas pentecostales o los agitadores fascistas. Hoy en día, el activismo de izquierda parece limitarse a participar en una reunión del partido para hacer un análisis de la situación (casi siempre escuchar a los que están haciendo). Los partidos de izquierda, tal como existen hoy, no pueden hablar con las voces silenciadas de las periferias en términos que estas entiendan. Las izquierdas deben reinventarse.

4. No hay democracia, hay democratización.

La responsabilidad de la izquierda radica en que es la única que realmente sirve a la democracia. No la limita al espacio-tiempo de la ciudadanía (democracia liberal). Por el contrario, lucha por ella en el espacio de la familia, la comunidad, la producción, las relaciones sociales, la escuela, las relaciones con la naturaleza y las relaciones internacionales. Cada espacio-tiempo exige un tipo específico de democracia. Solo democratizando todos los espacios-tiempos se podrá democratizar el espacio-tiempo de la ciudadanía y la democracia liberal representativa.

5. El partido-movimiento es el partido que contiene en sí a su contrario.

Para ser un pilar fundamental de la democracia representativa, el partido-movimiento debe construirse a través de procesos no representativos, sino más bien participativos y deliberativos. Esta es la transición de la forma tradicional de partido a la forma de partido-movimiento. Consiste en aplicar a la vida interna de los partidos la misma idea de complementariedad entre democracia participativa / deliberativa y democracia representativa que debe orientar la gestión del sistema político en general. La participación / deliberación concierne a todos los dominios del partido-movimiento, desde la organización interna hasta la definición del programa político, desde la elección de los candidatos a las elecciones hasta la aprobación de líneas de acción en la situación actual.

6. Ser miembro de la clase política es siempre transitorio.

Tal calidad no permite ganar más que el salario medio en el país; los parlamentarios electos no inventan temas ni toman posiciones: transmiten los que surgen de las discusiones en las estructuras de base. La política de partidos debe tener rostros, pero no está hecha de rostros; idealmente, existen mandatos colectivos que permiten la rotación regular de representantes durante la misma legislatura; la transparencia y la rendición de cuentas deben ser completas; el partido es un servicio ciudadano a los ciudadanos y por lo tanto debe ser financiado por ellos y no por empresas interesadas en capturar el Estado y vaciar la democracia.

7. El partido-movimiento es una contracorriente contra dos fundamentalismos.

Los partidos convencionales sufren de un fundamentalismo antimovimiento social. Consideran que tienen el monopolio de la representación política y que este monopolio es legítimo precisamente porque los movimientos sociales no son representativos. A su vez, los movimientos adolecen de un fundamentalismo antipartido. Consideran que cualquier colaboración o articulación con las partes, comprometen su autonomía y diversidad y siempre acaba en un intento de cooptación.

Mientras la democracia representativa esté monopolizada por partidos antimovimiento y la democracia participativa por movimientos o asociaciones sociales antipartidos, no será posible la vinculación entre democracia representativa y participativa, en detrimento de ambas. Es necesario vencer a los dos.

8.El partido-movimiento combina la acción institucional con la acción extrainstitucional

Los partidos tradicionales favorecen la acción institucional, dentro de los marcos legales y con la movilización de instituciones como el Parlamento, los tribunales, la Administración pública. Por el contrario, los movimientos sociales, aunque también utilizan la acción institucional, suelen recurrir a la acción directa, las protestas y manifestaciones en calles y plazas, las sentadas, la difusión de agendas a través del arte (artivismo). En vista de esto, la complementariedad no es fácil y debe construirse con paciencia.

Hay condiciones políticas en las que las clases que están en el poder son demasiado represivas, demasiado monolíticas; hay otras en las que son más abiertas, menos monolíticas y hay mucha competencia entre ellas. A mayor competencia entre las élites, se abren más brechas para que el movimiento popular y la democracia participativa ingresen a través de ellas. Lo importante es identificar las oportunidades y no desperdiciarlas. Con frecuencia se desperdician por razones de sectarismo, dogmatismo, arribismo.

La práctica de los movimientos a menudo tiene que oscilar entre lo legal y lo ilegal. En algunos contextos, la criminalización de la impugnación social está reduciendo la posibilidad tanto de lucha institucional como de lucha legal extrainstitucional. En tales contextos, la acción colectiva pacífica puede tener que enfrentar las consecuencias de la ilegalidad. Sabemos que las clases dominantes siempre han utilizado la legalidad y la ilegalidad a su conveniencia. No ser clase dominante radica precisamente en tener que afrontar las consecuencias de la dialéctica entre legalidad e ilegalidad y protegerse al máximo.

9. La revolución de la información electrónica y las redes sociales no son, en sí mismas, un instrumento incondicionalmente favorable al desarrollo de la democracia participativa.

Por el contrario, pueden contribuir a manipular la opinión pública hasta tal punto que el proceso democrático puede quedar fatalmente desfigurado. El ejercicio de la democracia participativa requiere hoy más que nunca encuentros presenciales y discusiones presenciales. Hay que reinventar la tradición de células partidarias, círculos ciudadanos, círculos culturales, comunidades eclesiásticas de base. No hay democracia participativa sin una estrecha interacción.

10. El movimiento de partidos se basa en la pluralidad no polarizada y el reconocimiento de competencias concretas.

Una pluralidad no polarizada es aquella que permite distinguir entre lo que separa y lo que une a las organizaciones y promueve articulaciones entre ellas a partir de lo que las une, sin perder la identidad de lo que las separa. Lo que las separa solo se suspende por razones pragmáticas.

El partido-movimiento debe saber combinar cuestiones generales con cuestiones sectoriales. Los partidos tienden a homogeneizar sus bases sociales y a enfocarse en temas que abarcan a todos o a grandes sectores. Por el contrario, los movimientos sociales tienden a centrarse en temas más específicos, como el derecho a la vivienda, la inmigración, la violencia policial, la diversidad cultural, la diferencia sexual, el territorio, la economía popular, etc. Trabajan con lenguajes y conceptos distintos a los utilizados por los partidos.

Los partidos pueden sostener una agenda política más permanente que los movimientos. El problema con muchos movimientos sociales radica en la naturaleza de su estallido social y mediático. En un momento tienen una gran actividad, están en la prensa todos los días, y al mes siguiente están ausentes o entran en reflujo y la gente no va a reuniones o asambleas. La sostenibilidad de la movilización es un problema muy grave porque, para lograr una cierta continuidad en la participación política, se necesita una articulación política más amplia que involucre a los partidos. A su vez, los partidos están sujetos a transformar la continuidad de la presencia pública en una condición para la supervivencia de cuadros burocráticos.

11. El partido-movimiento prospera en una lucha constante contra la inercia.

Se pueden generar dos inercias: por un lado, la inercia y reflujo de los movimientos sociales que no logran multiplicar y densificar la lucha y, por otro, los partidos que no modifican en absoluto sus políticas y quedan sujetos al estancamiento burocrático. Superar estas inercias es el mayor desafío para la construcción del partido-movimiento.

Trabajando con experiencias concretas, se advierte que los partidos que tienen vocación de poder suelen afrontar bien el tema de los desequilibrios en el espacio público. Pero como compiten por el poder, no quieren transformarlo, quieren tomarlo. Los movimientos sociales, por el contrario, saben que las formas de opresión provienen tanto del Estado como de actores económicos y sociales muy fuertes. En algunas situaciones, la distinción entre opresión pública y privada no es demasiado importante. Los sindicatos, por ejemplo, tienen una experiencia notable en la lucha contra los actores privados: jefes y empresas. Tanto los movimientos sociales como los sindicatos están hoy marcados por una experiencia muy negativa: los partidos de izquierda nunca dejaron de cumplir sus promesas electorales al llegar al poder tanto como lo han hecho últimamente. Este incumplimiento provoca que la descalificación de partidos sea cada vez mayor en más países. Esta pérdida de control sobre la agenda política solo puede recuperarse a través de los movimientos sociales en la medida en que se articulan con los nuevos partidos-movimiento.

12.La educación política popular es la clave para sostener el partido-movimiento.

Las diferencias entre partidos y movimientos son superables. Para ello es necesario promover el conocimiento mutuo a través de nuevas formas de educación política popular: círculos de conversación, ecologías de saberes, talleres de la Universidad Popular de Movimientos Sociales; discusión de posibles prácticas de articulación entre partidos y movimientos (presupuestos participativos, plebiscitos o consultas populares, consejos sociales o gestión de políticas públicas). Hasta ahora, las experiencias son principalmente a escala local. Debe desarrollarse la complementariedad a escala nacional y mundial.

13.El partido-movimiento va más allá de la articulación entre partido y movimiento social.

Después de más de cuarenta años de capitalismo neoliberal, de colonialismo y de un patriarcado siempre renovado, con una concentración escandalosa de la riqueza y destrucción de la naturaleza, las clases populares, el pueblo trabajador, cuando estalla o irrumpe indignado, tiende a hacerlo fuera de los partidos y los movimientos sociales. Ambos tienden a sorprenderse e ir tras la movilización. Además de los partidos y los movimientos sociales, es necesario contar con los movimientos espontáneos, con su presencia colectiva en las plazas públicas. El partido-movimiento debe ser consciente de estos estallidos y solidarizarse con ellos sin intentar dirigirlos o cooptarlos.

14. Vivimos en un período de luchas defensivas. Corresponde al partido-movimiento ser freno sin perder de vista las luchas ofensivas.

La ideología de que no hay alternativa al capitalismo —que, de hecho, es una tríada: capitalismo, colonialismo (racismo) y patriarcado (sexismo) — acabó siendo interiorizada por gran parte del pensamiento de izquierda. El neoliberalismo logró conjugar el fin supuestamente pacífico de la historia con la idea de crisis permanente (por ejemplo, la crisis financiera). Esta es la razón por la que vivimos hoy en el dominio del corto plazo. Sus demandas deben ser satisfechas porque quienes tienen hambre o son víctimas de violencia de género, no pueden esperar a que llegue el socialismo para comer o ser liberados.

Pero no se puede perder de vista el debate civilizador que plantea la cuestión de las luchas ofensivas y de medio plazo. La pandemia, si bien hizo del corto plazo una máxima urgencia, generó la oportunidad de pensar que hay alternativas de vida y que si no queremos entrar en un período de pandemia intermitente, debemos prestar atención a las advertencias que nos está dando la naturaleza. Si no cambiamos nuestras formas de producir, consumir y vivir, nos dirigiremos hacia un infierno pandémico.

15. Solo el partido-movimiento puede defender la democracia liberal como punto de partida y no como punto final.

En un momento en que los fascistas están cada vez más cerca del poder -cuando no lo han alcanzado ya-, una de las luchas defensivas más importantes es la defensa de la democracia. La democracia liberal es de baja intensidad porque es poca. Acepta ser una isla relativamente democrática en un archipiélago de despotismo social, económico y cultural. Hoy en día, la democracia liberal es un buen punto de partida, pero no un punto de llegada. El punto de llegada debe ser una articulación profunda entre democracia liberal, representativa y democracia participativa, deliberativa. En este momento de luchas defensivas, es importante defender la democracia liberal representativa para neutralizar a los fascistas y radicalizar desde ella la democratización de la sociedad y la política. Solo el partido-movimiento puede librar esta lucha."

Boaventura de Sousa Santos es académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Rebelión, 17/06/21; fuente: OtherNews)

24/11/20

Los socialistas criticamos el gasto improductivo y, más en general, cuestionamos a la burocracia del Estado

 "Días atrás, en una charla para alumnos de la Universidad Nacional de La Pampa, hice referencia a una crítica de Marx al gasto fiscal, a fin de mostrar que los socialistas criticamos el gasto improductivo y, más en general, cuestionamos a la burocracia del Estado. En esta nota amplío el tema. Me mueve a hacerlo el hecho de que la mayoría de la izquierda ha abandonado esta crítica. 

Una posible razón de ello es la influencia de la ideología del nacionalismo burgués. Es que, según este, la contradicción central de la sociedad hoy está planteada en términos Estado y mercado, de manera que todo lo que engorde al Estado favorecería la lucha por “domar a los mercados”.

Naturalmente, el punto de partida del marxismo es diferente: la contradicción que atraviesa a la sociedad contemporánea no es entre el Estado y el mercado, sino entre el capital y el trabajo, siendo el Estado parte del polo capital. O sea, por encima de tensiones y hasta conflictos que pueda tener con los capitales privados, el Estado es capitalista.

 Por eso, la burocracia – ese gigantesco cuerpo de funcionarios – que conforma, junto a los organismos de represión y control, la estructura fundamental del Estado, es capitalista. Más en particular, la burocracia, y los organismos represivos, viven de los impuestos, que es valor generado por el trabajo impago de los obreros productivos. La crítica marxista de la burocracia es entonces parte fundamental de la crítica al dominio del capital.

La crítica de Marx

A fin de recuperar esta tradición crítica, que ha sido ahogada por infinitas capas de estatismo burgués, reproduzco el pasaje de Marx al que aludí en la charla. Pertenece a Las luchas de clases en Francia (edición Claridad, Buenos Aires, 1973).

Señala primero que en Francia “la fortuna pública” caía en manos de la alta finanza, debido al creciente endeudamiento del Estado, y plantea que ese endeudamiento tenía por causa continuo exceso de los gastos por sobre los ingresos. Escribe luego:

“Para escapar a este endeudamiento es preciso que el Estado limite sus gastos, es decir, simplifique y reduzca el organismo gubernamental, gobierne lo menos posible, que emplee el menor personal posible, que se ponga lo menos posible en relación con la sociedad burguesa”. Poco más abajo explica que, además de reducir los gastos y evitar las deudas, era necesario “pesar sobre los hombros de las clases más ricas  contribuciones extraordinarias”.

Sin embargo, hacer pesar esas contribuciones sobre las clases más ricas implicaba afectar los intereses de esa misma clase dominante. Por eso Marx se pregunta: “¿Para sustraer la riqueza nacional a la explotación de la Bolsa, el partido del orden debía sacrificar su propia fortuna en el altar de la patria? ¡Pas si bête! (no tan estúpido). Por lo tanto, sin subversión completa del Estado francés, no es posible la subversión del presupuesto público francés” (p. 120; énfasis añadido). Subrayo: la crítica a la estructura burocrática y a la maraña gasto – deuda pública – negociados, enlaza con el llamado a la “subversión completa” del Estado francés. Un planteo bastante más radical que la típica reforma impositiva “progre” con que se suelen entretener los partidos pequeñoburgueses.

Pero todavía más tajante es la crítica a la burocracia estatal contenida en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (aquí). Luego de referirse a la burocracia “omnipotente e inmutable”, Marx escribe: “Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas. La propiedad parcelaria (se refiere a las parcelas campesinas) se presta por naturaleza para servir de base a una burocracia omnipotente e innumerable”. Y en otro pasaje:

“Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos y una elasticidad que sólo encuentran correspondencia en la dependencia desamparada, en el carácter caóticamente informe del auténtico cuerpo social, se comprende que en un país semejante, al perder la posibilidad de disponer de los puestos ministeriales, la Asamblea Nacional perdía toda influencia efectiva, si al mismo tiempo no simplificaba la administración del Estado, no reducía todo lo posible el ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la sociedad civil y a la opinión pública crearse sus órganos propios, independientes del poder del Gobierno.

Pero, el interés material de la burguesía francesa está precisamente entretejido del modo más íntimo con la conservación de esa extensa y muy ramificada maquinaria del Estado. Coloca aquí a su población sobrante y completa en forma de sueldos del Estado lo que no puede embolsarse en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios. De otra parte, su interés político la obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos y el personal del poder del Estado, a la par que se veía obligada a sostener una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar y paralizar recelosamente los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí donde no conseguía amputarlos por completo”.

Observemos que de lo anterior se desprende una propuesta de programa democrático: simplificar la administración del Estado; reducir todo lo posible el ejército de funcionarios; dejar que la sociedad civil y la opinión pública generen sus órganos propios, independientes del poder del Gobierno. Programa que, de alguna manera, Marx consideró luego que cumplió la Comuna de París. En La guerra civil en Francia escribió: “La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es un ‘Gobierno barato’, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado” (p. 68; edición Fundación Federico Engels). Enfatizamos: gobierno barato, un anhelo democrático elemental (al pasar, ¿por qué diablos la izquierda hoy ha cedido esta bandera a la ultraderecha?).

Agreguemos que Marx consideraba que la Economía Política, en su período clásico, había cumplido un rol progresivo en la crítica a la maquinaria estatal. En este respecto, fue muy importante la distinción entre trabajo productivo e improductivo, realizada por Adam Smith. Según Smith, los funcionarios estatales, los militares, sacerdotes, jueces, y similares, participaban del consumo como parásitos de los trabajadores productivos (que generan plusvalía). Pero posteriormente esa crítica fue abandonada por los ideólogos burgueses. En Teorías de la plusvalía Marx explica ese giro: “En su período clásico, la Economía Política adoptó una muy crítica actitud respecto de la maquinaria del Estado. En una etapa posterior se dio cuenta y –como además aprendió en la práctica – aprendió por la experiencia que la necesidad de la combinación social heredada de todas estas clases, que en parte eran por completo improductivas, surgía de su organización misma” (p. 148, t. 1, edición Cartago).

Precisemos que la crítica de Marx es a la burocracia, a esa red de funcionarios que parasitan y sacan provecho de sus cargos en el Estado, ejerciendo, además, tareas de control y/o represión de las masas trabajadoras. No es una crítica a los trabajadores del Estado que, a cambio de un salario (que muchas veces no alcanza siquiera para reproducir la fuerza de trabajo) contribuyen a la producción y reproducción de lo que puede llamarse capital constante “social” (por caso, obreros estatales dedicados a la obra pública); o a la preparación y conservación de la fuerza de trabajo (trabajadores de la educación o de la salud). Estos trabajadores, aunque no generen plusvalía, son explotados por el capital y su Estado.

Burocracia estatal y corrupción de dirigentes 

Lo explicado en el apartado anterior debemos actualizarlo destacando la manera en que el moderno aparato estatal burocrático se ha convertido en un factor de cooptación, corrupción, división y desorganización de movimientos sociales o partidos de tipo izquierdista. En Argentina, por lo menos, es algo muy común (pero compañeros brasileños me dicen que en su país ocurre algo similar, en especial con cuadros del PT). 

Se trata de centenares o incluso miles de dirigentes y activistas, que obtienen puestos – la imaginación para inventar cargos es inagotable – en ministerios, secretarías, subsecretarías, direcciones, a los niveles nacional, provinciales o municipales, más infinidad de  organismos de tipo autonómico. Cargos que les sirven para embolsarse buenas sumas de dinero, sostener punteros políticos y lúmpenes “todo terreno”. Además de ejercer como correas de transmisión de ideologías y políticas que contribuyen a la reproducción del dominio sobre el trabajo. Todo esto en colaboración con burócratas sindicales, dirigentes barriales, funcionarios eclesiásticos, y similares. Y con la ayuda accesoria de intelectuales progres e izquierdistas, dispuestos a justificar cualquier cosa para seguir con la farsa de la “liberación nacional” y “la lucha contra el mercado”. Se asiste así al triste espectáculo de centenares de arribistas, hundidos en la vileza (aunque se llaman a sí mismos “militantes”), arrastrándose sin fin para obtener su tajada en el festín. Indudablemente, son factores de división y desmoralización en las masas. No hay nada en esta manga de parásitos que favorezca a la clase obrera.

Burocracia y el proyecto socialista

La crítica a la burocracia estatal nos plantea también la cuestión de por qué y cómo la burocracia se reprodujo y amplió en los regímenes llamados socialistas. Tengamos presente que en El Estado y la revolución, y en la tradición de Marx, Lenin también consideró que la burocracia y el ejército permanente son “un parásito adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un parásito engendrado por las contradicciones internas que dividen a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que tapona los poros vitales” (énfasis añadido). Por eso también, pocas líneas más abajo, reivindica la idea del anarquismo, del Estado “como un órgano parasitario”.

Sin embargo, Lenin pensaba que, una vez que la clase obrera conquistara el poder, con medidas sencillas, como la elegibilidad y revocabilidad de los funcionarios del Estado obrero, y la reducción de sus salarios al nivel del salario de un obrero, se podría llevar a la práctica una democracia proletaria radicalmente nueva. Se haría realidad entonces la demanda del gobierno barato. La disolución del ejército permanente, junto a la creación de la milicia, constituiría el otro pilar de esa democracia de las masas trabajadoras.

Pero a poco de andar el nuevo régimen hubo de constatarse que la burocracia resurgía, se fortalecía y se imponía a los propios funcionarios comunistas (véase la intervención de Lenin en el 11° Congreso del PCUS, marzo – abril de 1922). Y adquiriría proporciones mucho mayores en los 1920 y 1930. Así, hasta la consolidación de la nomenklatura (una extendida capa de burócratas que vivían del trabajo de los obreros y campesinos). Algo similar ocurrió en el resto de los regímenes llamados “socialismos reales”; o en el llamado “socialismo siglo XXI”. Todos los movimientos y partidos que proclamaron la construcción del socialismo “desde arriba” (desde el Partido, desde el Comité Central, desde el líder), terminaron segregando monstruosos aparatos burocráticos. No es casual que las militancias PC y ex PC, los maoístas, castristas y variantes afines, hayan silenciado, sistemáticamente, la crítica marxiana a la burocracia.

Es necesario restablecer la centralidad de la crítica a la burocracia, sea capitalista, u “obrera” (o socialista). Forma parte de la lucha del socialismo con las ideologías burguesas y burocrático-stalinistas."                (Rolando Astarita  , Sin Permiso, 21/11/2020)

19/11/20

¿Experimentos en la Administración? Implementar los ‘labs’ de gobierno... espacios permanentes de participación y colaboración ciudadana... Los labs generan espacios donde prototipar y testear medidas para conseguir objetivos en políticas públicas, algo complicado con las actuales estructuras administrativistas de la AGE. Sus equipos multidisciplinares, libres de las restricciones de una estructura jerárquica y garantista, facilitarán la generación de ideas innovadoras

 "Según la OCDE, sólo el 45% de los ciudadanos de las democracias del mundo confía en sus gobiernos. En España, esta confianza cae al 30%. Nuestro país precisa profundizar en la creación de espacios que recuperen dicha confianza; especialmente en esta pandemia, donde crecen los problemas y éstos son cada vez más complejos.

 Ello, unido a la población más educada y conectada de la historia, capaz y deseosa de involucrarse en los asuntos políticos, da una mezcla explosiva que requiere de dos acciones: por un lado, fomentar la innovación en la búsqueda de soluciones; y por otro, integrar más a los ciudadanos en la toma de decisiones con nuevos instrumentos de participación democrática. Ya no nos conformamos con votar cada cuatro años o manifestarnos cuando estamos decepcionados. Pedimos nuevos mecanismos y canales de participación duraderos.

Un buen marco para ello es la política del Gobierno Abierto, basada en la transparencia de la actividad pública, unida a la creación de espacios permanentes de participación y colaboración ciudadana. Desde su creación en 2011, la mayoría de países democráticos se han unido a la Alianza del Gobierno Abierto. España ya ha implementado tres planes bienales en esta materia, mejorando la calidad de nuestra democracia con herramientas como la Ley de Transparencia; pero no es suficiente.

 Ayer se aprobó el IV Plan de Gobierno Abierto de España, de cuatro años y no dos, lo que permite incluir compromisos más ambiciosos como el de los laboratorios de innovación (o ‘labs’). Esta nueva herramienta busca aumentar la participación ciudadana en la Administración General del Estado (AGE), incorporando de forma estable la opinión y el conocimiento de la gente en la gestión de los asuntos públicos. Y, a su vez, busca acelerar la innovación pública, introduciendo el enfoque experimental en el diseño de las políticas públicas, para que éstas se basen en datos y evidencias. 

Los labs generan espacios donde prototipar y testear medidas para conseguir objetivos en políticas públicas, algo complicado con las actuales estructuras administrativistas de la AGE. Sus equipos multidisciplinares, libres de las restricciones de una estructura jerárquica y garantista, facilitarán la generación de ideas innovadoras.

Ya son varios los países que han puesto en marcha los labs para solucionar problemas públicos. Reino Unido, Australia o Finlandia son casos notorios. Los finlandeses han puesto el foco en reorientar los servicios centrándose en el ciudadano, superando la división por sectores y competencias y utilizando herramientas de inteligencia artificial. Su primer paso ha sido desplegar cursos de formación en esta tecnología, que ya se han impartido al 1% de la población.

En el ámbito iberoamericano destaca Chile, con su Laboratorio de Gobierno, cuyo primer experimento fue rediseñar las facturas de la electricidad para mejorar su comprensión. Para ello, los funcionarios del lab trabajaron junto a académicos, representantes de las eléctricas y grupos de ciudadanos. Esto facilitó a los ciudadanos entender el uso de energía y qué hacían para optimizar y reducir su consumo.

También en España se han implementado los labs, pero a nivel autonómico y local. Destaca el caso del Laaab de Aragón, que utiliza nuevas metodologías y técnicas que mejoran el debate y la deliberación en talleres de dinamización, diseñados para incrementar y mejorar la involucración de la ciudadanía mediante sesiones de co-creación y validación de políticas públicas. En ellos se adaptan los procesos, eliminando en la medida de lo posible el lenguaje técnico y simplificando al máximo la explicación de las iniciativas, de tal forma que cualquiera las pueda entender.

Otro caso es el del MediaLab madrileño, donde se pueden proponer iniciativas para que las discutan los concejales. No obstante, primero se prototipan, llevando las ideas a la práctica y materializándolas en una primera versión funcional. Para ello se forman grupos interdisciplinares de trabajo en torno a propuestas seleccionadas mediante convocatoria abierta. En ellos participan tanto el o los proponentes iniciales como todos los interesados en colaborar, y cuentan con asesoramiento conceptual y técnico de un equipo de expertos.

Tanto funcionarios de la AGE como la sociedad civil han avalado las ventajas de los labs, aprobando implementarlos como compromiso del IV Plan de Gobierno Abierto. Y es a partir de aquí donde aparecen las grandes preguntas:

¿Por qué políticas públicas empezar a aplicar los ‘labs’?

1.- En la implementación de innovaciones tecnológicas con dilemas éticos que requieran deliberación y un debate sosegado.

2.- En problemas enrevesados que no admiten soluciones binarias. Con decenas de soluciones disponibles e intereses contrapuestos, la participación ciudadana en el lab permite llegar a soluciones consensuadas y más adecuadas.

3.- En problemas que requieren decisiones y costes a largo plazo, pero cuyas decisiones pueden contaminarse por el cortoplacismo de las elecciones. Ejemplo: inversiones en grandes infraestructuras. Usar labs al diseñar estratégicamente las mismas aporta legitimidad, credibilidad y eficacia.

¿Cómo seleccionar a los participantes?

Uno de los grandes beneficios que generan los laboratorios es dar voz al ciudadano desorganizado, que quiere participar en los asuntos públicos sin pertenecer a una asociación, partido o sindicato.

El modelo aragonés selecciona a los participantes de manera informal. Para cada proyecto publican un post en la web y seleccionan por orden de inscripción. Además, establecen cupos mínimos para asegurar una variedad de personas por edad, distribución territorial, género y diversidad funcional.

En Chile, seleccionan a los participantes externos tras un mapeo del ecosistema de cada política pública, con muestras estadísticas de ciudadanos, académicos, empresas y organizaciones de la sociedad civil. Se invita a muestras representativas, manteniendo el control de las distintas sensibilidades.

En ambos casos, se realizan experimentos y prototipos con grupos estadísticamente representativos. Lo ideal es que cada laboratorio cuente con un equipo que maneje bien las redes sociales y haga campañas de microtargeting, usando el big data y desplegando diferentes estrategias de mercadotecnia en línea para atraer a los participantes más adecuados. La AGE deberá pensar en fórmulas de reclutamiento que den cabida a una pluralidad de voces y equilibren puntos de vista; y evitar uno de los sesgos más recurrentes: el nivel de estudios. En Finlandia, por ejemplo, el 90% de participantes en labs contaba con título universitario.

¿Cómo fomentar la participación ciudadana?

La mayoría de ciudadanos suele participar si se le explica con claridad por qué se le necesita y por cuánto tiempo, poniendo énfasis en el interés por mejorar un aspecto que le afecte directamente. Pero, para asegurar la mejor participación posible, existen varias medidas que se pueden poner en marcha. Por ejemplo, se podrían crear una especie de Goyas a la participación, con un reconocimiento institucional y mediático para los equipos que aportaran la información más útil. Por ejemplo, los viajeros frecuentes son una fuente de experiencias útiles para el Ministerio del Interior (Policía, Aduanas…) o el de Transportes y sus entes (Aena, Adif, Puertos del Estado…), que ayudarían a mejorar la organización de la seguridad en puertos, aeropuertos y estaciones de ferrocarril. Y así podríamos seguir con decenas de ejemplos. El reto es hacer posible que cualquier español de a pie pueda participar, permitiendo a la AGE hacer uso del conocimiento que cada uno pueda ofrecer.

También se puede optar por establecer una remuneración económica. Así, se podría crear un cuerpo de BetaTesters, o ciudadanos preseleccionados, a los que se les pague por estar dispuestos a participar en proyectos de labs donde se les considere relevantes. De lo contrario, se teme que acaben participando los de siempre: aquéllos con mucho tiempo libre o con un interés parcial en influir en determinadas políticas públicas. Además, sería recomendable que los participantes tengan derecho a días de permiso pagados para participar en los labs, algo que ya ocurre en el caso de los ciudadanos seleccionados para jurados populares o mesas electorales.

Para evitar que los laboratorios se conviertan en una herramienta percibida como lejana es necesario crear comunidad, dando una dimensión física a cada lab. Y evitar la tentación de empezar por Madrid. Mejor optar por instalarse, al inicio, en ciudades intermedias, para abrirse a la participación presencial de españoles de todos los territorios. Desde el Laaab aragonés acaban de invitar a la AGE a establecer el primer laboratorio en Zaragoza, brindando instalaciones para ello.

¿Cómo asegurar la viabilidad de las ideas experimentadas?

La ventaja de poner en marcha prototipos de soluciones no es sólo poder testear sus resultados, sino también las problemáticas que surgen al poner en marcha e implementar dicha política. De esta forma, se pueden corregir antes de implementarse a gran escala. Además, esta fase de prototipado también puede servir para atraer a nuevos actores y colaboradores interesados en sus primeros resultados, lo que puede contribuir a su mayor éxito y sostenibilidad. 

Los labs deben disponer del mandato y la libertad de explorar fuera de las rutinas político-administrativas, para escapar de las urgencias del día a día que asfixian e impiden la necesidad de repensar determinadas políticas. Eso sí, a la hora de transformar ideas innovadoras en políticas públicas, los laboratorios deben hablar siempre el lenguaje del sector público, y no el del mundo del diseño. De otro modo, se arriesgan a que sus proyectos sean inviables.

En cualquier caso, la puesta en marcha de los labs no debe servir como excusa para reabrir el debate clásico entre democracia representativa y democracia directa: aquéllos son nuevos espacios que complementan al sistema representativo porque la toma de decisiones final quedará en manos de los políticos democráticamente elegidos para ello.

En definitiva, los labs generarán un efecto de aprendizaje y empoderamiento de la ciudadanía. Y acelerarán un desaprendizaje de la cultura funcionarial incluso entre los propios funcionarios. Cada lab debe crear un entorno de confianza y permitir así hacer todo aquello que no prohíbe la ley, acabando con la idea rígida de sólo hacer lo que la ley permite. 

Los laboratorios servirán para abrir un camino a la innovación y caminar hacia una concepción posibilista del Derecho. Esta pandemia ha servido en sí misma como un laboratorio de políticas públicas, acelerando reformas gubernamentales necesarias, y demostrando la viabilidad del teletrabajo o la necesidad de aumentar la atención online. Se ha roto con procesos rutinarios que, pese a mostrarse obsoletos o ineficaces, nadie se había atrevido a cambiar.

Varios expertos coinciden en que los laboratorios de innovación se podían haber usado para el diseño y planificación de la vuelta al cole tras el confinamiento, con el fin de aprovechar la inteligencia colectiva. No ha dado tiempo. Con el IV Plan aprobado, empecemos a experimentar en labs, de forma controlada y localizada, para generar mejores políticas públicas que mejoren la vía de las personas. Sus métodos heterodoxos, sus propuestas disruptivas y la introducción de terceros hace pensar que generarán resistencias en una cultura burocrática. Por eso, lo más importante para consolidarlos en la AGE será contar con la voluntad política firme de ponerlos en marcha. Ojalá desde la Moncloa."    (Enric-Sol Brines , Agenda Pública, 12 noviembre 2020)