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27/12/25

Mañana es Nochebuena. El día de Nochebuena es siempre aquel día de Nochebuena de la infancia... Nos embargaba una extraña ansiedad y la miseria retrocedía como un ejército en desbandada; no es que hubiera menos miseria (o sí, durante aquella época disfrutábamos de muchos productos que desaparecían durante el resto del año), pero de alguna manera se revestía de unos ropajes y una fragancia que la hacían enormemente más llevadera (Juan Abreu)

 "Martes, 23 de diciembre de 2025

Mañana es Nochebuena. El día de Nochebuena es siempre aquel día de Nochebuena de la infancia. Este día:

Aquello era la alegría. Eso que después uno se ha pasado la vida buscando con palabras estaba ahí, de forma natural, impregnándolo todo como si fuera el alma misma de la materia con que está hecho el mundo. Se anunciaba como una brisa dulzona, desde semanas antes. En el ambiente general, en la actitud de la gente, en las risas y en las miradas. Y en el tono de la voz de los locutores de la radio, y en las canciones y en los adornos que resplandecían en las tiendas del centro de la ciudad.

Nos embargaba una extraña ansiedad y la miseria retrocedía como un ejército en desbandada; no es que hubiera menos miseria (o sí, durante aquella época disfrutábamos de muchos productos que desaparecían durante el resto del año), pero de alguna manera se revestía de unos ropajes y una fragancia que la hacían enormemente más llevadera.

Cuando al fin arribaba el día esperado, la actividad comenzaba bien temprano; yo y mis hermanos dábamos carreras de un lado a otro por encargo de mi madre: al puesto de Higinio a comprar lechugas o rábanos, o a casa de una vecina para que nos prestara una fuente. Al atardecer, nos bañábamos y acicalábamos con nuestra mejor ropa. Bien embetunados y cepillados los zapatos para disimular los desgastes. Las camisas de guinga bien planchadas y almidonadas, los pantalones con la raya impecable. Las medias sin agujeros o con los agujeros bien remendados. ¡Restriéguense bien los codos y las rodillas! Ordenaba mi madre asomando la cabeza por encima de la puerta del baño. Para terminar Mima nos entalcaba, peinaba y nos ponía un poco de agua de colonia en el pelo.

Cuando la temperatura se hacía más agradable, a las cinco o las seis, despejábamos el patio e instalábamos dos mesas unidas (la nuestra y la de algún vecino), poníamos los manteles de hule, organizábamos las sillas, los platos y metíamos las botellas de cerveza y refrescos en un tanque de metal con hielo. La llegada de mi padre constituía el gran acontecimiento. Venía cargado de turrones españoles (jijona, alicante, yema) manzanas de California, peras y melocotones enlatados, membrillo, queso blanco, botellas de vino y sidra El Gaitero, pan fresco, palitroques, dátiles, nueces, avellanas y otro montón de maravillas. Lo recibíamos a grito pelado, saltando y alborotando y nos peleábamos por ayudar a cargar los tesoros que transportaba. El reía y se le iluminaban los ojos y se hacía el enfadado: Pero que chillería es esa… vamos, vamos… Cuidado, cuidado que van a romper alguna cosa…

Mi madre reinaba en la cocina y de ella emanaban suntuosos aromas. Crujían los ajos, susurraban las cebollas, supuraban los tomates, rechinaban las patatas. Tenía que echarnos constantemente pues nuestras incursiones para robar alguna golosina, trozos de cualquier cosa que se pudiera tragar, no cesaban un instante. Todo era risa y goce caracoleante.

Un poquito de vino por aquí, una cerveza por allá, un sorbo de sidra acullá y los rostros de los mayores se acaloraban y adquirían un suculento tono atomatado. Venían las tías, los tíos y los primos, la abuela María Blanco. Los vecinos desfilaban por casa a brindar por tiempos mejores. En la radio sonaba el Benny, Blanca Rosa Gil, Vicentino Valdés, el Trío Matamoros, Barbarito Diez, María Teresa Vera, Tito Gómez, voy por la vereda tropical… y por supuesto Panchito Riset, el preferido de mi madre. ¿Qué atmósfera mágica se instalaba en nuestra miseria? ¿Qué nobleza descendía del cielo? ¿Qué sensación de dicha única encontraba refugio en nuestros corazones? Sé que en ningún otro momento de mi vida he sido más feliz, en ningún otro momento mi vida ha tenido más sentido. O mejor, no ha necesitado sentido alguno. Mi existencia no requería justificación. Yo era.

Ya alta la noche, estallaban bengalas, cohetes. La pandilla hacía explotar petardos y bombitas frente a la casa. ¡Cuidado muchachos que se van a sacar un ojo! ¡Qué niños estos virgen santísima! Gritaba mi madre. Del cielo del barrio descendía un fulgor que todo lo contaminaba, como si un dios benévolo vertiera sobre nuestras cabezas el polvo de un millón de estrellas.

Recuerdo, sobre todas las demás, una Nochebuena en la que mi padre y mi madre bailaron. Ninguna mujer sobre la tierra ha sido ni será más bella. Ningún hombre sobre la tierra ha sido jamás más elegante, más apuesto y grácil. Flotaban en la música ajenos al desconsolado futuro y a la muerte en tierras lejanas.

Nosotros, sentados en el suelo, silenciosos, sin atrevernos a mover un músculo para no romper el hechizo, los contemplábamos arrobados." 

(Juan Abreu, blog, 23/12/25)

21/7/21

Hay una alegría que nos falta... “El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”... cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez más... muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra

 "A finales de junio, más de 15.000 personas vacunadas se congregaron para la reapertura del Madison Square Garden en Nueva York con el concierto de los Foo Fighters. Cuando la banda llevó como telonero al comediante Dave Chappelle para cantar una versión de “Creep” de Radiohead el público estalló en lo más parecido a una catarsis que he visto en un año y medio.

 A nadie le importó que Chappelle cantara desafinado. Todos eran partícipes de una experiencia que hace apenas unos meses resultaba inimaginable. Algún día les contarán a sus nietos sobre esa noche, cuando la ciudad de Nueva York volvió a la vida y su banda favorita interpretó la canción de otra banda y ellos trataron de seguirle el ritmo a un cómico legendario que hacía de vocalista.

Para la mayoría de la gente, las emociones existen principal y exclusivamente en su cabeza. La felicidad se considera un estado mental; la melancolía es una posible señal de advertencia de una enfermedad mental. Pero la verdad es que las emociones son inherentemente sociales: están entretejidas en nuestras interacciones.

 Las investigaciones han descubierto que la gente se ríe cinco veces más cuando está con otras personas que sola. Hasta el intercambio de bromas con un desconocido en un tren basta para desatar alegría. Eso no quiere decir que no se pueda encontrar placer al ver una serie en Netflix. El problema es que ver un episodio tras otro es un pasatiempo individual. La felicidad máxima reside sobre todo en la actividad colectiva.

Encontramos los mayores momentos de gozo en la efervescencia colectiva. Es un concepto que acuñó a principios del siglo XX el sociólogo iconoclasta Émile Durkheim para describir el sentimiento de energía y armonía que la gente siente al congregarse en torno a un propósito compartido. La efervescencia colectiva es sentirnos en sintonía cuando bailamos junto con desconocidos en una pista de baile, cuando los colegas de trabajo llevan a cabo una lluvia de ideas, cuando los primos están en un servicio religioso o cuando los compañeros de equipo están en el campo de juego. Y durante esta pandemia, este sentimiento ha brillado por su ausencia en nuestra vida.

 La efervescencia colectiva ocurre cuando la joie de vivre se propaga en un grupo. Antes de la COVID-19, las investigaciones demostraban que más de tres cuartas partes de la gente experimentaban efervescencia colectiva al menos una vez a la semana y casi una tercera parte, al menos una vez al día. La percibían al cantar a coro o competir en carreras y en momentos de conexión más relajados en cafeterías y clases de yoga.

Sin embargo, cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez más. Comencé a ver especiales de comedia, con la esperanza de obtener un poco de efervescencia colectiva mientras me reía junto con la audiencia. Estuvo bien, pero no fue lo mismo.

En cambio, muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra.

Las emociones son como enfermedades contagiosas: pueden transmitirse de una persona a otra. “El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”, explicó mi colega Sigal Barsade, profesora de Gestión en Wharton e investigadora principal en esta materia. “En casi todos nuestros estudios, hemos descubierto que la gente no se da cuenta de que sucede”.        

(. Es psicólogo organizacional en Wharton, The New York Times en español, 17/07/21)

7/10/19

Para ser feliz, la genética marca la diferencia. Por ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas. De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos. De media la felicidad depende en un 50% de la genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del entorno... pero el 94% de los universitarios estadounidenses sufren estrés. "Es la nueva pandemia global"...

"Tal Ben-Shahar (Ramat Gan, Israel, 1970), doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard, donde fue profesor 25 años, lleva otros tantos estudiando la felicidad. Como muchos otros expertos, cree que el gran enemigo del bienestar es el estrés: el 94% de los universitarios estadounidenses lo sufren. "Es la nueva pandemia global", dice en alusión al calificativo empleado por la Organización Mundial de la Salud. 

Los médicos lo llaman el "asesino silencioso", cuenta. Pero el psicólogo israelí cree que durante años se ha estado mirando al lado equivocado; no hay que estudiar los factores que lo provocan, sino las conductas que no lo curan. "Hemos dejado de darle importancia al descanso, a la recuperación y no basta con el sueño", apunta.
 
Ben-Shahar cambió hace unos años Boston por Nueva York y ahora imparte un seminario sobre la felicidad en la Universidad de Columbia, además de dirigir el Happiness Studies Academy, una plataforma online con cientos de estudiantes interesados en aprender a gestionar sus emociones. Desde hace años tiene claro el diagnóstico: la felicidad constante no existe.


Esta semana ha participado en EnlightED, un evento sobre el futuro de la educación y su relación con la tecnología organizado en Madrid por South Summit, la Fundación Telefónica, IE University y la Fundación Santillana.


Pregunta. ¿Existe un sistema inmune psicológico? ¿Hay personas que tienen mayor tendencia a la tristeza?

 Respuesta. La genética marca la diferencia. Por ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas. De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos; la hemos padecido generación tras generación. El hecho de ser infeliz hizo que me interesara por este campo: la ciencia de la felicidad. En los años setenta, en Estados Unidos, se hizo una serie de investigaciones sobre gemelos con idénticos genes. Se les separó al nacer, fueron criados en países distintos, con economías diferentes. Pasados los años se observó que había muchas similitudes en cuanto a sus niveles de bienestar, su comportamiento e incluso sus pasiones. De media la felicidad depende en un 50% de la genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del entorno. Esos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como una guerra.


P. ¿Cómo se miden los niveles de felicidad en el cerebro?


R. Hay patrones cerebrales que están asociados con la felicidad, con la depresión o con la rabia. No es solo una parte, sino múltiples que trabajan de forma conjunta. Un ejemplo es la corteza prefrontal: la parte izquierda se asocia con las emociones positivas y la derecha, con las negativas. Es importante conocer los hallazgos en este campo para entender que con nuestra conducta podemos mejorar los niveles de bienestar.


P. Hay un boom, cientos de best sellers sobre el tema. ¿Nos preocupamos más ahora por intentar ser felices?


R. No, es algo ancestral. Hace 2.500 años, Aristóteles escribía sobre ello. La Biblia también trata ese tema. Siempre ha sido parte de nuestro pensamiento. La diferencia es que ahora tenemos más tiempo libre y a eso se suman unas expectativas de vida irreales. El resultado es que nos sentimos infelices porque no entendemos lo que es la felicidad.


P. ¿Qué es la felicidad?


R. No es posible estar siempre feliz. Las emociones negativas, como la rabia, el miedo, o la ansiedad, nos hacen falta. Solo los psicópatas están a salvo de eso. El problema es que, por falta de educación emocional, cuando las sentimos, las rechazamos, y eso hace que se intensifiquen y que nos domine el pánico. Si bloqueamos una emoción negativa, igualmente lo hacemos con las positivas. Hay que sentir el miedo y ser conscientes de que tiramos hacia adelante con él. No es resignación, sino una aceptación activa. Cuando nació mi hijo David, al mes empecé a sentir celos de él. Mi esposa le dedicaba más atención que a mí. En ocasiones las emociones se polarizan, llegamos a extremos y no por ello somos mejores o peores personas. Somos humanos.


P. Según un reciente estudio de la agencia europea Eurofound, los niveles de estrés están aumentando en la escuela y la transición de los jóvenes hacia la vida adulta se complica por las expectativas de sus padres y las presiones de la sociedad.


R. Las expectativas tienen un papel clave en la felicidad. La más peligrosa es creer que se puede estar en la cresta de la ola de forma constante. La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable. En los últimos años las redes sociales han influido bastante; ver las caras sonrientes de los demás, sus relaciones de pareja idílicas, un trabajo ejemplar. Cuando sentimos tristeza o ansiedad esas imágenes refuerzan nuestra idea de que algo estamos haciendo mal. Pero nada de eso es real, todos vivimos en una montaña rusa emocional. Es inevitable y no es malo.


P. El 14% de los jóvenes europeos entre 15 y 24 años está en riesgo de sufrir depresión —según el último informe de Eurofound— y lideran el ranking países como Suecia (con una tasa del 41%), Estonia (27%) y Malta (22%). En España, donde la tasa de desempleo juvenil es más elevada, está por debajo del 10%. ¿Qué está fallando?


R. Te pondré otro ejemplo. En Estados Unidos cada cinco años se miden los niveles de salud mental, que suelen variar un 1% hacia arriba o abajo. En el último periodo, los resultados han sido muy diferentes: entre adolescentes, los niveles de depresión han crecido hasta en un 30%. Uno de los motivos es que están disminuyendo las interacciones cara a cara, se sustituyen por el smartphone. Las relaciones personales son un antídoto contra la depresión.


P. En el siglo XIX se trabajaba hasta 18 horas diarias y ninguna ley impedía hacerlo 24 si era necesario. Hoy tenemos mayor calidad de vida. ¿Cuál es la raíz de la insatisfacción permanente?


R. La expectativa de vida de los trabajadores era proveer suficiente comida a su familia para sobrevivir. Hoy pensamos en ganar más dinero, en las vacaciones soñadas... Hoy lo puedes hacer todo; aunque tengas un empleo interesante y te gusten tus colegas, no es suficiente. Como puedes elegir y cambiar, nunca estás satisfecho.


P. ¿Cómo puede la escuela prepararnos para saber lo que es la felicidad?


R. Hay que enseñar a cultivar relaciones sanas, a identificar propósitos y sentido en lo que hacemos. Y lo más importante: a encontrar tiempo para el descanso. Las investigaciones han demostrado que ese el gran problema, que no nos recuperamos del estrés. No vale con leer best sellers de autoayuda, hace falta una acción. En el trabajo, hacer un parón cada dos horas de 30 minutos, o de 30 segundos si trabajas en Bolsa, pero desconectar y respirar. Tomarte un día libre. Aprender que la felicidad no es un código binario, de uno a cero, sino un subir y bajar. Es un viaje impredecible que termina cuando mueres."                         (Entrevista a Tal Ben-Shahar, Ana Torres Menárguez, El País, 04/10/19)

16/7/19

Oia, viaje al pueblo que quiere ser feliz...

"A 45 kilómetros de Vigo, 141 de Santiago, 618 de Madrid, 5.908 de Míchigan y 8.288 de São Paulo, tal y como rezan las señales puestas para los peregrinos que llegan al pueblo, trepa montaña arriba desde el rompeolas el lugar más feliz del mundo. 

Un hombre de mediana edad juega al sol lanzando una pelota a su perro rubio; otro coloca una sábana fresca sobre el asiento del coche para que su madre no pase calor; pandillas de adolescentes bajan a bañarse en la playa y un sinfín de turistas se hacen fotos ante el ruinoso monasterio que en 2004 compró una empresa consignataria de buques, con un millonario proyecto de urbanización que sigue parado.

 Esto es Oia (3.018 habitantes), el municipio del sur de la provincia de Pontevedra que ha creado tras las elecciones la primera Concejalía de la Felicidad en España, con precedentes en Ceregnano (Italia, 4.000 vecinos), que instauró el mismo departamento en 2012, y en el reino de Bután, donde lo que se fundó fue un ministerio.

Hoy es un día grande para un buen puñado de vecinos de Oia. Después de seis años sin noticias de San Benito y San Bernardo, que habían marchado a restaurarse a Pontevedra, el nuevo cura del pueblo, Daniel Goberna, ha recobrado las imágenes del siglo XVIII y a la tarde se celebra la fiesta de bienvenida. El párroco, prefecto de música en la catedral de Tui y famoso en la comarca por sus dotes de canto, corre calle arriba y calle abajo. "¿Está aquí ya San Benito?", le grita Jesusa Crespo. "Está durmiendo la siesta", le responde bromista el hombre joven con alzacuellos. 

Como todos los días cuando no llueve, Jesusa, de 82 años, baja con sus dos bastones después de comer a la plaza Centinela, al borde del Atlántico. Allí, además de un crucero antiguo "donado por un panadero", hay un banco corrido de piedra, de unos 10 metros de largo, donde se dan cita más de 20 vecinas y vecinos de la misma quinta. Se conocen desde tiempos de la escuela, y más de 70 años después siguen reuniéndose cada tarde "sin riñas ni roces" para charlar y jugar a la rana.

Los primeros en juntarse con Jesusa en la sobremesa son María Puertas, de 80 años, Josefa Pérez, de 81, y Jesús Cividanes, de 82. En breve llegará Matilde Álvarez, la más veterana (92) y más convencida de su felicidad presente, sobre todo si recuerda episodios del horror de la guerra, como cuando el convento benedictino se convirtió en campo de concentración. 

 Estos días las señoras prueban una especie de alfombrillas para el trasero, de momento solo un par de prototipos de cojín ultrarresistente, que les ha proporcionado la alcaldesa, Cristina Correa (PP), porque el granito del banco es frío y duro para pasar la tarde entera. Jesusa telefonea al móvil de la regidora ("la Cristina") para recordarle que hay que limpiar la mancha de aceite que dejó el otro día una furgoneta en el pavimento. "Afea la plaza", reprocha.

La alcaldesa tiene claro que la felicidad "no es un estado permanente", sino "momentos" ensartados en un collar donde abundan también piedras menos preciosas y muchos malos ratos. Para encontrar esas satisfacciones emocionales, está organizando un "consejo de sabios" con "gente que destaca por su vocación de ayudar". "Cada día se me ocurre algún nombre" pero "casi todas son mujeres", reconoce. Así que será un consejo de sabias.

La abogada de 38 años llegó a su cargo en noviembre de 2015 tras una moción de censura que descabalgó al PSOE, y desde hace más de un año maduraba la idea que al fin ha puesto en práctica ahora que repite de regidora, por mayoría absoluta. "Quería llamarla simplemente Concejalía de la Felicidad, pero tuve miedo a que me llovieran las críticas", admite. 

Por eso le añadió los apellidos de "Vecindad, Cultura y Servicios Sociales". Eligió para el cargo a la edil Carmen Estévez, que se sienta en un despacho unido por una puerta abierta con la alcaldía. Por el empeño que en esta aventura está poniendo Correa, es evidente que el peso de la cartera lo van a llevar a medias.

El consistorio ha encargado un buzón decorado donde las personas de todas las edades podrán dejar sugerencias, ideas que les harían felices. Una mujer encamada ha pedido que le vayan a leer un libro por capítulos, porque ella no sabe y no se siente ya capaz de aprender. Un hombre ha propuesto que al caer la tarde se cierre al tráfico el centro histórico, el barrio de O Arrabal, y que la gente se vista guapa para pasear. 

En la zona de Pedornes, uno de los seis núcleos de población desperdigados a lo largo de 83 kilómetros cuadrados, las mujeres reclaman que el centro cultural pase de abrir solo los domingos a "todos los días" para echar la partida de cartas. En cualquier caso, la felicidad de los mayores pasa por tener alguien al lado. Por eso Mercedes, que al quedar viuda se fue a vivir a la casa color rosa de su hija, pegada al muelle, otea desde el piso alto con los prismáticos, ansiosa por ver llegar por el horizonte a su nieto y su yerno, que trabajan en el mar.




S. R. P.

El mismo día que regresa el San Benito al pueblo, llega al Ayuntamiento el logotipo de la nueva concejalía. A modo de emoticono, dentro de un círculo las letras OIA hacen de ojos y nariz sobre una línea curva que traza una sonrisa. "Estamos contentas porque crear esta concejalía ha servido al menos para abrir una reflexión", dicen la alcaldesa y su edil. "Además, Oia sale al fin en la prensa por algo positivo, después de tantas noticias malas".

 No hay que rastrear apenas la hemeroteca para recopilar un montón de titulares: en este municipio prosperó la secta de los Miguelianos, cuyo líder fue condenado en diciembre a nueve años por abusos sexuales. El municipio también fue escenario este año de la tortura y muerte de caballos salvajes a manos de desalmados, probablemente de la zona, todavía sin rostro para la Guardia Civil.

Pero en el pueblo, lo que está abierto ahora es un debate que abarca lo metafísico y lo más carnal. "Para mí la felicidad es tener salud", apunta sin dudarlo María Puertas, que camina con andador. "Yo aún lloré esta mañana", confiesa Jesusa; y los demás se ríen cuando cuenta que es que no pudo comer pollo y se tuvo que conformar con "verdura y dos patatas". La tristeza no estaba en el menú frugal, sino en la impotencia que sintió al no ser capaz de encontrar en su casa la tabla para trocearlo.

"Paz en la familia"

"Es una agonía no estar ya en condiciones", lamenta la vecina. "Y una pena que la gente no se dé cuenta de esto cuando es joven para disfrutar la vida", dice mientras sigue con la mirada a los chavales del pueblo bajar por el camino de la playa. "Cuando nosotras éramos jóvenes a la que íbamos era a la playa negra a trabajar", rememora, en alusión a los labradíos cercados de muros de piedra que mueren al borde de las rocas donde rompen las olas. Viuda desde los 30 años, Jesusa iba a cosechar el maíz con el bebé de un año "metido en un cesto" y los mayores, de cuatro y siete, pegados a su falda.

El párroco, mientras tanto, aprovecha el tema de moda en el ayuntamiento para ejercer estos días su labor pastoral: "Alexander Ross, del Instituto de Ciencias Psicológicas de Arlington (Virginia), hizo un estudio que revela que el 43% de las mujeres que van a misa se declaran muy felices frente al 29% de las que no van", lee consultando una noticia en su smartphone. "En los hombres, la diferencia es aún mayor". "Y no vale igual ver la misa por la tele", defiende más tarde ante sus feligresas, "igual que no te quita la sed ver un anuncio de cerveza".

"Hasta el más millonario tiene una hora para llorar al día", sentencia resignada María. "Los ricos sueñan con dinero", asegura Mercedes, "pero lo más importante, para mí, es que haya paz en la familia".                 (Silvia R. Pontevedra, El País, 14/07/19)

18/3/19

Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien. El disparate de la felicidad.

"Cuando ella llegaba a casa, nada más abrir la puerta, voceaba alegremente: “¡Familia!”. Como un clarín, irónico y tierno. Desde el cuarto del fondo donde sonaba la televisión respondía su madre: “¡Hola, m’hija!”. 

Y yo gruñía alegre sin apartarme del ordenador: “¡Cariño!”. Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien. El disparate de la felicidad. Después, su madre murió y ella entraba en casa sin decir nada. 

Venía al cuarto donde yo tecleaba y me daba un beso ligero, con una especie de suspiro que me parecía de alivio, como si llegase después de enfrentar serios peligros. Era yo por entonces quien al volver a casa la remedaba pobremente, para no perder del todo la memoria de los momentos dichosos. Pero me salía un “¿familia?” implorante y dudoso, que resultaba conmovedor por lo inadecuado.

 Lo que va de celebrar el gozo compartido a echarlo en falta, suplicando. Poco a poco, ella se acostumbró a responder “¡aquí!” desde el fondo de la casa apagada, sin más luz que la suya. Y cuando llegaba a su lado me pasaba la mano por el pelo cada vez más escaso: “Estamos tú y yo, tonto. Mientras nos tengamos el uno al otro...”.

Ella y yo, la familia escueta y completa. Porque la simple existencia —insistencia, mejor— rutinaria, biológica, necesita la presencia amada y amable para ascender a vida humana. Sin la proximidad del amor estamos lejos de nosotros mismos. Ahora ya no está. Cuando abro la puerta todo sigue apagado, se fue la luz y entro en silencio.

 Me daría miedo el eco de mi voz. Según Víctor Hugo, todo el infierno cabe en una palabra: soledad. La palabra que no puede decirse en voz alta para evitar la respuesta aciaga de la oscuridad. Pasado mañana hace cuatro años."               (Fernando Savater, El País, 16/03/19)

22/1/14

Los más felices del mundo... los nórdicos. Directos al pozo... españoles, griegos, portugueses

"El anuncio de Campofrío ensalzando las virtudes del ser español en tiempo de crisis, desempleo y emigración ha provocado una interesante polémica.* Por suerte existen maneras más objetivas de medir la felicidad de un país que preguntarle a Chus Lampreave.

Vean por ejemplo, esta de la OCDE, que en su “Better Life Index” pondera 11 mediciones que nos hablan del bienestar de unos ciudadanos. Unos son bastante tangibles: el acceso a la vivienda, el nivel de ingresos, el empleo, la salud, la educación, la calidad del medio ambiente o la seguridad física. Y otros son más inmateriales, pero aún así, mensurables:  el balance entre la vida y el trabajo, la satisfacción con la vida, el compromiso cívico o el sentimiento comunitario.

Si quieren ver los resultados de España, pinchen aquí. Previsiblemente, los españoles puntúan muy bajo en empleo (4), ingresos (3) y resultados educativos (4,8). Y conceden valores altos a la seguridad física (8,7, por la baja criminalidad), la salud (8,6, por la alta esperanza de vida),  a los vínculos comunitarios (8, por el apoyo de familia y amigos) y equilibrio entre trabajo y vida personal (9,1, trabajamos pero sabemos divertirnos).

Sin embargo, en la medida más directa y genérica de felicidad, la satisfacción con la vida, los españoles se dan un 5,2. Lo mismo ocurre con el compromiso cívico: los españoles están muy insatisfechos con su sistema político (5,2).

Aquí es donde se desmonta el tópico pues los países donde la gente es más feliz son aquellos que en el imaginario colectivo español tiende a dibujar como países donde la gente no lo es. Sí, los tipos más felices de la OCDE son los suizos, seguidos de todos los escandinavos, que tienen puntuación superiores a 9.

 ¿Será porque allí las cosas funcionan adecuadamente? O dicho de otra manera, porque los lazos familiares y los amigos son una compensación pero no un sustituto de las cosas que funcionan mal o de los malos resultados de un sistema?

Que los supuestamente aburridos y faltos de sol y amigos escandinavos son los más felices del mundo también lo destaca el Columbia Earth Institute, que en septiembre de 2013 presentó un índice (World Happiness Report) donde los escandinavos ocupaban los puestos superiores y, ¿adivinen qué?, los países más castigados por la crisis del euro (Grecia, Italia, Portugal y España) eran aquellos donde más había descendido la satisfacción con la vida.

 ¿Qué posición ocupaba España en el ránking mundial de la felicidad? El 38, por debajo de Tailandia, Colombia o Venezuela. ¿Por qué tan abajo? Porque el índice tiene en cuenta percepciones de corrupción y la libertad para decidir sobre uno mismo, entre otras variables como el apoyo social o la generosidad (véase la tabla completa y desglosada por país e indicador). 

 Al final, lo que nos dicen todos estos estudios es la felicidad está íntimamente asociada a la libertad: a la libertad de elegir, a estar libre de cargas o incertidumbres a tener acceso a servicios básicos y a vivir en una sociedad abierta y libre. Bastante lógico, ¿verdad? Pues dejemos atrás los estereotipos de “como en España no se vive en ningún sitio”. Porque no es cierto."          (

15/11/10

"Los ciudadanos me llaman al móvil a cualquier hora"

"Jigme Thinley, traje de corte perfecto, botines lustrosos, es un hombre feliz y un primer ministro único. Encabezó el Gobierno cuando Bután aún era un reino y lo dirige ahora que es la democracia más joven del mundo.

Su trabajo es distinto. "Antes rendía cuentas directamente al rey, que siempre ha sido más servidor que gobernante. Ahora la gente [700.000 habitantes] es más crítica con mis acciones, perdona menos, tiene más expectativas".

Los ciudadanos de este pequeño país encajonado entre China e India no le paran por la calle. ¡Le telefonean al móvil! "Mi número es público. Me llaman a cualquier hora y estoy obligado a responder, como todos los ministros. Es nuestra responsabilidad". Dice que no todas las peticiones son razonables. Recuerda la de aquel que tenía problemas con la ley. "Creía que yo podía arreglarlo, pero no puedo". (...)

Felicidad en butanés se dice gakí, con acento en la i. Un concepto esencial en este país cuyas autoridades han logrado que les presten atención -más aun, que les tomen en serio- cuando defienden por todo el mundo que la felicidad interior bruta (FIB), que calcula cuán felices son los ciudadanos, mide mejor el progreso que el clásico PIB, que indica si la economía crece o cae. Aunque el 97% de los butaneses se declaró en 2008 feliz o muy feliz, asegura convencido que hay margen para mejorar. La clave de todo esto no es el budismo, es "ser humano".

El primer ministro cree que es más feliz que sus padres. "Porque las condiciones de vida han mejorado mucho desde que, en 1961, decidimos abrir las puertas al resto del mundo, salir de nuestro aislamiento deliberado.

Entonces se empezó a construir la primera carretera". ¿Y comparado con sus hijos? "Me gustaría que fueran tan felices como somos mi mujer y yo". Y que sintieran que su familia siempre está a mano.

Este orgulloso abuelo de dos nietas y un nieto destaca que la familia extensa, la de relaciones estrechas con abuelos, tíos, primos, etcétera, es una de las fortalezas de muchas sociedades tradicionales.

Bután prefiere "esta red natural de apoyo social y económico a los artificiales sistemas de bienestar gestionados por los Gobiernos, sistemas que antes o después colapsarán".

Por eso combaten la nuclearización familiar. Bután se prepara para medir la felicidad nacional por segunda vez. Ha reclutado a investigadores extranjeros para lograr un sistema de medición "más sencillo, más práctico, más fiable y más preciso". (JIGME THINLEY: "Los ciudadanos me llaman al móvil a cualquier hora". El País, 10/11/2010, última)