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13/1/21

Los grandes clubes de fútbol se han convertido en proveedores, 24 horas 7 días a la semana, de contenidos de entretenimiento para públicos dispersos internacionalmente... ¿por qué tanto interés de los fondos de inversión y la banca de inversiones (JP Morgan, Merril Lynch o Goldman Sachs) por participar de la industria del fútbol? Por la hiperemoción que despierta el fútbol en el consumidor

 "(...) Una multinacional del entretenimiento

Un libro lo resume de maravilla, La pelota no entra por azar (2009), de su vicepresidente y director general, Ferran Soriano, ahora pilotando el City. 

De aquel período nos queda la transformación del club en una multinacional del entretenimiento –como ya apunté en mi tesis doctoral–, el inicio del proceso de internacionalización de la marca Barça –sobre todo, gracias al acuerdo con Unicef (2006)– y el crecimiento exponencial de sus ingresos hasta que la pandemia del coronavirus ha roto las dinámicas del mercado. 

Dicho de otra manera, y no siendo exclusivamente mérito de un solo hombre, se dibuja una clara línea divisoria entre el Barça pre-Laporta y el Barça de después.

De hecho, el candidato que gane estas elecciones podrá ser más o menos cómplice del fútbol posicional, tendrá en mente unos u otros futuros patrocinadores, establecerá una determinada relación con las peñas, tendrá un plan u otro para reformar el Camp Nou o revisará la función social de la Fundación del club; pero ninguno de ellos podrá evitar gestionar el día a día del club como si estuviera al mando de otra empresa del sector del ocio o del entretenimiento, sea Disney, Mediapro o una franquicia de la NBA. Los grandes clubes de fútbol se han convertido en proveedores, 24 horas 7 días a la semana, de contenidos de entretenimiento para públicos dispersos internacionalmente.

El papel del gran capital

En lo expuesto anteriormente radica la creciente importancia de este negocio. Si no, ¿por qué tanto interés de los fondos de inversión y la banca de inversiones (JP Morgan, Merril Lynch o Goldman Sachs) por participar de la industria del fútbol?

¿Por qué la futura Superliga europea de clubes, que prevé multiplicar por diez los ingresos del ganador en comparación con el de la Champions League, ahora está impulsada por JP Morgan?

¿Por qué Goldman Sachs ha financiado a 45 estadios deportivos a nivel internacional?

¿Por qué Amazon, actualmente la marca más valorada del mundo según el Brand Finance Global 500 con 220.000 millones de dólares, se ha lanzado a la compra de derechos audiovisuales deportivos para vestir su servicio Prime Video, ha abierto canales temáticos con los clubes (por ejemplo, con la Juventus de Turín) o es socio para el desarrollo de las plataformas de e-commerce de estos?

En este gran mercado de productores y distribuidores de contenidos de entretenimiento, los clubes de fútbol no son precisamente las marcas más valoradas.

Ya hemos apuntado el valor de Amazon, pero a 60.000 millones de valoración queda Google y a 80.000 millones Apple. El equipo deportivo más valorado del mundo son los Dallas Cowboys de la NFL, con solo 5.500 millones de dólares, mientras que el Real Madrid se sitúa con una valoración de 4.240 millones y el Barcelona de 4.020 millones, según Forbes. Así pues, queda mucho recorrido por delante y el mercado está lleno de gigantes dispuestos a hacerse con un contenido driver de primera magnitud: el fútbol y la hiperemoción que despierta en el consumidor.

Pero, aunque la evolución del fútbol sigue una “lógica capitalista”, como siempre nos recuerda el profesor y exdirector de Comunicación del FC Barcelona Jordi Badia (2003-2008), las elecciones a la presidencia del FC Barcelona se viven con especial tensión en Cataluña.

Desde el punto de vista de la sociedad civil del Principado, y atendiendo a su masa social, el Barça es la entidad deportiva más importante de Cataluña (141.846 socios), solo superada en el sector cultural por Òmnium Cultural (182.633 socios).

Pero, por su impacto global y proyección, el Barça se podría considerar el principal activo paradiplomático de Cataluña, siendo además una organización que se resiste a convertirse en sociedad anónima aunque la lógica del mercado y su elevado endeudamiento –nueve veces el patrimonio neto– casi le obligarían.(...)"                          

 (, Associate professor, Universitat de Vic, The Conversation, 10/01/21)

30/4/20

Michael Robinson: el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo. El fútbol es el opio de las masas y por tanto las congrega en todo el mundo. Entonces, ¿a quién le importa las masas? A los políticos, pero, sobre todo, a las grandes fortunas, al dinero...

"(...) -¿Por qué el fútbol une tanto?

Es la pregunta del millón. Según mi padre, antes de ver mi primer partido en Anfield, le dije: “Papá, de mayor quiero ser futbolista”. Y eso que ni siquiera habían salido los jugadores. Yo creo que era por la atmósfera de Anfield y por sus cánticos. Cuando sonaron los primeros acordes de You’ll never walk alone y empezaron a salir los jugadores del Liverpool, yo pensaba que eran gladiadores. 

Y lo eran. Por momentos, vibramos. ¡Vibramos! La música también me transporta, pero no de la misma forma que lo hace el fútbol. Es simplemente diferente. Puedo llegar a gritar, llorar de alegría o de tristeza. El fútbol te puede ofrecer muchos extremos sin que el espectador invierta mucho de sí mismo en ello.

-Antes ese sentimiento era mayor, ¿no?

No lo sé. Creo que antes veíamos al futbolista como a un gran deportista. Seguramente, de niño no sólo yo dije: “Papá, quiero ser como este de mayor”. Desde luego, en el Reino Unido, el futbolista era visto como un pilar de la sociedad; ahora no. Ahora lo vemos como un futbolista-rock star-movie star. Es glamuroso hasta que deja de serlo y se convierte en un juguete de ira o de desprecio.

A nivel periodístico, muchas veces banalizamos el rol del futbolista y del fútbol. Y esa banalización tiene fácil acogida porque no requiere un conocimiento del receptor de la información. Y mientras no retes al receptor de la información, se convierte en algo muy fácil de tragar.

-Ha definido muy bien cómo funciona hoy en día buena parte del periodismo deportivo.
Hay de todo. Yo entiendo que es popular pensar que somos todos una banda. Pero también creo que a veces los comentaristas políticos tienen suerte de que no haya elecciones una vez a la semana [hace una mueca de ironía y levanta una ceja].

-¿Se está convirtiendo el fútbol o se convertirá en algún momento simplemente en la pasta por la pasta?

Bueno, para mí el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo. El fútbol es el opio de las masas y por tanto las congrega en todo el mundo. Entonces, ¿a quién le importa las masas? A los políticos, pero, sobre todo, a las grandes fortunas, al dinero. No hace falta ser un lumbreras. La parte noble de la FIFA está tras las rejas, mientras la otra mitad espera su turno.

 El presidente de la UEFA está inhabilitado durante muchos años y hemos visto cómo últimamente no hay un rico bien vestido en el mundo que no tiene un equipo de fútbol. Uno de los casos más graves lo vimos en el Granada esta temporada. Ficharon a veintiún futbolistas de veintiún países distintos porque, claro, no hay negocio en subir a un chaval del filial. Luego acaban últimos, hacen el ridículo, juegan como juegan contra el Real Madrid y sus aficionados lloran. En ese caso concreto me dio la sensación de que el fútbol había sido pervertido. Y me da asco.


-El objetivo de los políticos de controlar a las masas a través del fútbol es muy antiguo. Y hoy sólo hay que ver los palcos durante los partidos.

Los políticos ya no son lo que eran; han sido suplantados por el dinero. Antes, daban los permisos para que alguien se hiciera rico; ahora, los ricos ponen a los políticos. Es la versión del capitalismo desbocado. No pasa nada con el capitalismo, sino con cómo se administra éste. Cuando sucede esto, acaba con cosas como un constructor siendo presidente de EEUU.

 Ahora, si un partido necesita financiación para su campaña para ganar las elecciones, un tipo llega y dice: “Yo tengo una billonada y voy a hacer la campaña para fulanito”. Entonces, fulanito gana y devuelve los favores. Entonces, la fortuna suplanta a la política. El dinero ha conseguido comprar todo. Ha comido todo, lo ha masticado y ha escupido las sobras, que es lo que ha quedado para el resto de la gente. Estamos en un mundo de desigualdad. Antes pensábamos que la desigualdad era cuando veíamos en un anuncio de Oxfam a un niño con hambre en África, llorando, con moscas alrededor. Pero no; ahora lo tenemos a veinticinco metros de nosotros. ¿Qué hemos hecho, joder? Pero, ¡¿qué cojones hemos hecho?!

-El hecho de que ese tipo de personas, como Trump, llegue al poder o se produzcan otro tipo de fenómenos políticos también ha sido permitido por el pueblo, por el electorado.
No siempre. El dicho es: “Tenemos a los políticos que nos merecemos”. Pues no es así. A mí, nadie me preguntaba quién va a liderar el PSOE, sino a los militantes. Yo no decía nada sobre que Rajoy fuera el candidato después del señor Aznar. Yo no sabía qué coño era Podemos y tú tampoco. 

Luego se nos presenta un panorama para unas elecciones y pienso que hay mucha gente que se siente huérfana. Nos faltan ideólogos. Pero es que cuando la política pierde su poder frente al dinero, ¡vete tú a saber quién va a ser el candidato dentro de unos años! Quizás en EEUU hay unas elecciones entre Mickey Mouse y Trump. Y entre los dos, casi prefiero al primero [risas].


-Se mostró “avergonzado” y “devastado” por el "sí" en la votación del Brexit.

Sí, siento vergüenza de mi país de nacimiento. Yo nunca he visto una campaña tan sumamente sucia. Pensaba que escondíamos con más amabilidad y elegancia nuestra mala hostia. Pero no, la campaña estuvo llena de mentiras. Y es raro que los políticos ingleses mientan, y, más aún, que lo haga un inglés. Nosotros utilizamos más lo que yo llamo la economía de la verdad. Los que votaron el Brexit, lo hicieron envueltos con la bandera de la Union Jack, confundidos por un patriotismo terrible.

En la historia de Reino Unido, un británico puede sentirse orgulloso de que hayamos sido luchadores antifascistas dos veces en guerras. Y ahora hay otro capítulo, en el que en momentos de terribles incertidumbres, el Reino Unido ha dado la espalda a Europa. No creo que mi padre, que estuvo seis años tras las líneas enemigas durante la Segunda Guerra Mundial, luchara para esto. 

Además, el voto del Brexit, ha sido un sufragio de arrogancia severa, xenófobo y racista. Y creo que todos estos adjetivos que estoy usando tienen algo que ver con lo que pregonó Hitler. Cuando las cosas van mal, necesitas cagarte en alguien, y será en cualquiera menos en nosotros. ¿Cómo podemos pensar que podemos vivir perfectamente sin nuestros amigos europeos? ¿Quién coño nos creemos?


-Usted se crio en un hotel familiar en Blackpool.

Sí, fue maravilloso. Había mucha playa, mucho fútbol y muchos coros. Nuestros principales clientes eran la clase obrera, los mineros sobre todo, y no había mina que no tuviese coro. También en Blackpool teníamos una fábrica de armas… Realmente, Blackpool era como un Las Vegas a lo cutre. 

Y eso es muy cutre porque Las Vegas es bastante cutre en sí [risas]. Es un poco como Atlantic City. Había muchas tragaperras y tal, pero nuestros clientes eran más bien mineros de Yorkshire, Gales y Escocia, a los que yo veía como a gladiadores. Recuerdo haberme quedado dormido muchas noches al son de los coros. Yo salía del colegio a las 16.00 y a las 17.00 sonaba la sirena del cambio de turno y venían al hotel. Tenían unas manos muy grandes y todos tenían sus opiniones, pero nadie les escuchaba. 

Ahora me pregunto qué será de ellos. Thatcher cerraba sus minas y, por consiguiente, cerraba sus pueblos. Eran nietos de la Revolución Industrial que hizo a Reino Unido grande, pero resultó que ni siquiera eran obreros, sino sobreros. No hubo ningún intento, ni siquiera amago, de transformar sus pueblos, ni de darles nuevas habilidades. Simplemente, dejaron de existir.

-Allí dio sus primeras patadas a un balón.

Sí. Es que el futuro de ellos, de esos obreros, iba a ser el mío, de no ocurrir un milagro. Y yo dudaba de que pudiera hacer lo que estos gladiadores hacían. Lo esquivé jugando al fútbol. Y desde entonces he estado esquivando el trabajo [risas]. Tendría mucha cara para decir que yo trabajo, sobre todo proviniendo de donde yo provengo.

-En su época del Liverpool, eran el orgullo del pueblo machacado por Thatcher.

Sí, pero tampoco es que el Partido Laborista se cubriera de gloria. Ella podía ir cerrando minas, fábricas y astilleros porque tampoco nadie allí iba a votar a los conservadores. Eran todas ciudades laboristas. Me acuerdo de que cuando yo jugaba en el Liverpool, el alcalde era aficionado del Everton y la retó. Mira, tú puedes retar a quien quieras, pero no retas a la Thatcher. Él decidió seguir invirtiendo y gastando dinero hasta que Liverpool se quedó en bancarrota, sabiendo que ella tenía que rescatar Liverpool o una grandísima ciudad se iba a tomar por culo. Y nos fuimos a tomar por culo.

Me acuerdo cuando fiché por el Liverpool y mi mujer y yo estábamos buscando casa en la ciudad. Ella es muy buena nadadora y fuimos a una piscina. Yo tenía esta cadena de oro [la saca del interior de la camisa y la muestra] y cuando estaba cambiándome, vinieron dos niños y uno me preguntó: “Tú eres futbolista, ¿no?”. Yo pensaba que me había reconocido. 

Y dije: “Sí, sí”. Él respondió: “Ya, me lo imaginaba porque sólo los futbolistas pueden tener una cadena de oro”. En aquellos tiempos, Liverpool era tal vez la única ciudad que yo conocía en la que los niños salían a la calla a morder a los perros. Aquello era duro y nosotros [se queda en silencio unos segundos] fuimos la única buena noticia que tenía esta gente. Ellos, como decíamos antes, fueron comidos, masticados y escupidos. Sobrantes, obreros.

-¿Les pesaba, le pesaba, el que fueran la única buena noticia de la ciudad en aquella época?

Sí. En aquellos tiempos, los dos equipos no salían juntos. Salía primero el visitante y luego nosotros. Entonces, recuerdo a nuestro entrenador, Joe Fagan, como a un sargento de Canción triste de Hill Street, que antes de salir nos decía: “No olvides: esta gente os ama con toda su alma. Ámalos también”. Y era todo una emoción… era casi un chantaje moral. Yo nunca me acostumbré a tener esta maravillosa responsabilidad. Cuando jugaba como visitante, salías al campo y con los primeros acordes de You’ll never walk alone salían aquellos gigantes rojos. Entonces, te sentías como un cordero camino del matadero [risas]. Tu rol era perder, irte a casa e intentar no romper nada.

Después de unos años, llegué a jugar para el equipo de mis sueños, salí quinto justo en el estribillo de You’ll never walk alone. Lo que yo había cantado años antes, ahora lo cantaban para mí. Yo nunca iba a caminar solo. En ese momento, me hubiese cambiado por ser uno de esos corderos camino del matadero. Llegué a cuestionarme si yo estaba a la altura de semejante adoración. ¿Fui suficientemente grande para nunca caminar solo el resto de mi vida? Eh… uf…. [duda] ¿Era tal vez demasiado consciente? Muchas veces, en esos momentos, la inconsciencia es un grado a favor. Me acuerdo de que, después de ese partido, un periodista me preguntó si pesaba la camiseta. Y yo le dije: “Mucho, porque yo estoy acostumbrado a llevar el ‘9’ y llevo el ‘10’, dos números. Pesa la hostia” [risas].

-Entonces, ¿se siente digno de nunca caminar solo?

Lo que puedo decir es que hasta que yo me fui, cumplí con el propósito que siempre he tenido en todo lo que hago en la vida: ser generoso con tu esfuerzo y ofrecer todo lo que tienes. Eso sí lo hice. Aquella temporada también ganamos un triplete, algo que nunca había conseguido un club inglés hasta entonces. Intenté hacerlo lo mejor que podía, que es lo mínimo. Di todo lo que tenía.

-Pese a todo, llegó a votar a Thatcher en una ocasión.

Sí, y me arrepiento. ¿Sabes por qué la voté? Porque no entendí a Neil Kinnock [candidato del Partido Laborista], que estaba a favor del desarme unilateral. Mi padre era conservador y nunca hemos estado de acuerdo políticamente. Pero aquel fue uno de esos momentos despistados en que le hice caso. Me arrepiento y se lo dije al muy cabrón de papá [risas]. Él me decía: “¿Cómo puedes votar a alguien que va a dejar a Reino Unido indefenso ante enemigos como la URSS?”. Y me lo tragué.

-Es usted laborista entonces.

Sí, pero yo quizás soy de las pocas personas sobre la faz de la Tierra que piensan que Jeremy Corbyn puede ganar. El viento está a favor.  (...)

-Después se fue a acabar su carrera en el Osasuna. Para un ateo como usted, debía resultarle extravagante y sorprendente que rezaran en el vestuario antes de saltar al campo.

Ateo o galopantemente agnóstico. Era realmente un shock. Yo recuerdo que íbamos desbocados hacia el descenso y pensaba que ellos se habían equivocado con el fichaje y se creían que habían fichado a Copperfield o a Spiderman. Le comenté a mi padre: “Papá, este equipo desciende”. En mi debut, en San Mamés, perdimos 4-1, pero podía haber sido 12-2. Al acabar, llamé a mi padre y le dije: “Papá, mis sospechas se han confirmado: somos muy malos. Fíjate si somos malos que tenemos que rezar antes de salir” [risas]. Claro, que también el equipo era del Opus Dei [risas].

-En aquella época, media España aún no se había modernizado.

En Inglaterra tenemos villages, towns y cities. La diferencia es la presencia de una catedral. Sin embargo, en España, durante un tiempo, una ciudad de rango se distinguía si tenía un Corte Inglés. Después, el despilfarro de pasta ha llegado a tal punto que ha sido desplazado por un aeropuerto.

¿España le pilló entonces un poco en fuera de juego?

No, me parecía fascinante, me sentía como un perro con dos rabos. Era muy distinto a Reino Unido. También eran momentos políticamente románticos. Había dos grandes oradores: Batman y Robin, Felipe [González] y Alfonso [Guerra]. Yo viví la época dorada de España, cuando ya progresábamos y salíamos un poco de la sombra de los Pirineos. Lejos de sentir algo a lo Bienvenido Míster Marshall, me parecía fantástico. De verdad, porque yo tenía un pequeño complejo por no haber pasado por la universidad. El fútbol me había robado la universidad, pero también podía devolvérmelo con un erasmus muy bien pagado. O decentemente pagado al fichar por Osasuna [risas]. Para mí, era una experiencia de vida. Mi decisión de venir a Osasuna no fue puramente deportiva.

-En su época de futbolista practicó mucho el tercer tiempo.

Después de los partidos sí, me ponía las botas. Pero nunca consumía alcohol cincuenta y cuatro horas antes. Curiosamente, en la comida prepartido era muy frecuente en todos los equipos, no sólo en Osasuna, tomar un sorbo de vino. Entonces, todos los jugadores querían estar en mi mesa porque sobraría una copa de vino. Después de los partidos sí, era como la zanahoria después del esfuerzo.

-El periodismo deportivo, desde hace años, se ha convertido en buena parte en sensacionalismo y chufla, como El Chiringuito de Pedrerol, con quien compartió muchos años en televisión. ¿Qué opina?

Habrá gente a la que seguramente les entretiene. Hay gente para todo. Yo lo que quiero es que Josep [Pedrerol] sea feliz. No veo el programa y no es algo que yo consumiría, pero hay gente que lo ve; si no, no lo estaría haciendo. Menos mal que estamos en España y se puede elegir lo que uno consume. (...)"                   (Entrevista a Michael Robinson, Eduardo ortega, Público, 05/06/17)

17/1/19

Aquellos aspectos fundamentales para el desarrollo de la vida resultan ser los que menos se valoran en el capitalismo: los cuidados, la limpieza y la alimentación. Son tres sectores muy precarios... mientras un asesor financiero puede estar ganando millones. El capitalismo es una relación social que no busca el bien común, sino acrecentar el capital y multiplicar el dinero...

"(...) hay que entender al empleo como una de las formas que adopta el trabajo moderno. El empleo conlleva un trabajo remunerado, pero también es mucho más, y concierne a un periodo histórico del siglo XX, desde después de la II Guerra Mundial hasta los años 80. 

El empleo fue, en esa época, el verdadero eje vertebrador de las sociedades salidas de la posguerra. Tener un empleo era sinónimo de acceso a la condición de ciudadanía, de tener unos ingresos estables y suficientes, unas garantías, unas certidumbres. Por lo tanto, el empleo era considerado una fuente de seguridad en una sociedad no exenta de conflictos.

 Es esa modalidad del trabajo como empleo la que entró en una profunda crisis en los años 80, que ahora hemos visto cómo se ha recrudecido con la crisis de 2008. A día de hoy, no se puede decir que tener un trabajo te dé garantías ni una condición mínima de ciudadanía. Esa relación entre una cosa y otra, que era la base de los consensos sociales y del contrato social, se ha quebrado.

RT: ¿Nos ha llevado esa quiebra a un escenario en el que la única libertad posible es la de tener dinero?

J.M.: También se ha desplazado el sentido de lo que nos hace ser libres, de lo que hace falta para ser considerado un ciudadano libre. El liberalismo provoca un desplazamiento desde la idea de un estado interventor que garantiza una serie de derechos y una serie de servicios públicos a una situación en la que todos esos derechos tienen que "salir a bolsa", de alguna manera, porque para el pensamiento neoliberal son "riquezas vírgenes" que aún no se han mercantilizado.

Eso es lo que está, por ejemplo, detrás de esa retórica tan típica de los EE.UU., en la que cuando hablan de sanidad privada hablan de "la libertad para elegir tu médico"… o se cuestionan "por qué no tengo la libertad de no pagar impuestos y disponer de todo mi dinero"... Eso acaba derivando en una sociedad que te dice: "Vas a poder acceder a algo si te lo puedes pagar, y el que no se lo pueda pagar, que se joda, porque es su problema, porque es su culpa, y porque hay que recompensar a los que tienen más éxito y apartar a los que fracasan, porque son pobres y culpables de su propia pobreza". 

Ese es de alguna manera el mensaje inconsciente que opera detrás de esta modalidad de libertad.

De ahí se pasa a la idea de libertad como no-interferencia. Es decir, "yo puedo hacer lo que quiera siempre que disponga de los medios que me permitan poder hacerlo". Y ese medio se llama dinero. Y esa libertad se sustenta siempre sobre la no-libertad de otros, porque para que tú puedas hacer lo que quieras, tienes que comprar el tiempo de otros que no pueden hacer lo que quieren porque trabajan para darte ese servicio.  (...)

La cadena global de cuidados muestra esta jerarquía temporal de forma amplia: mujeres que dejan a sus hijos y los ponen en manos de familiares mujeres, para irse a la otra parte del mundo a cuidar a los hijos de otras personas. (...)

Esos precios baratos, bajo el concepto de 'low cost', surgen precisamente de la precariedad que el consumidor también sufre como trabajador, con bajos salarios, malas condiciones de trabajo…

Esa competición por bajar los precios, al que beneficia realmente es al que gana mucho dinero. El resto es una cadena de precariedad donde aquel que tiene pocos ingresos se ve abocado a consumir productos 'low cost'. 

Por ejemplo, el que tiene poco dinero y quiere viajar, utiliza Ryanair, que es un pozo de precariedad, pero al mismo tiempo ofrece la posibilidad de viajar a los trabajadores precarios… Entonces, ¿Cómo salir de este circuito de la precariedad que se ha instalado como modelo social imperante?

RT: Aprovecho para devolverle la pregunta: ¿Cómo se podría salir de esta situación?
J.M.: Uno de los asuntos fundamentales está en decidir en base a qué se construye la aspiración, el deseo. Cómo nos queremos ver a nosotros mismos, cómo nos queremos proyectar. Eso determina cómo configurar las bases y valores de un modo de convivencia.  (...)

 En definitiva, la ficción es el modo en el que damos sentido a lo vivido. En mi opinión hay que defender un modelo de libertad incorporado en una ficción, en la que todas las personas tengan el mismo derecho a ejercerla, en lugar de la salida reaccionaria que excluye. Aristóteles ya entendía los regímenes políticos en términos de acceso al tiempo y la renta. Por eso decía que "la democracia es el tiempo libre de los pobres".

RT: Tu ultimo libro se llama, precisamente, 'No tengo tiempo. Geografías de la precariedad'… ¿Es la falta de tiempo el criterio para señalar la precariedad?

J.M.: Marx decía que el tiempo es el espacio donde se desarrolla el hombre, y que aquellos que solo tienen tiempo para comer, dormir y trabajar sin tiempo libre tenían una vida peor que la de las bestias de carga. Por eso solo democratizando el tiempo somos capaces de pensar la democracia, porque tener tiempo es la condición fundamental y necesaria para poder elegir realmente, y poder decidir. En el entorno laboral se habla mucho de flexibilidad. Y la flexibilidad no es mala: la cuestión es quién decide la flexibilidad.

 Si una persona tiene una fuerte dependencia a trabajar de lo que sea, de lo que salga, en un mundo en el que si no tienes un empleo eres una mercancía obsoleta, excluida del circuito del dinero, no tienes ninguna libertad de elección. El mercado del trabajo es una dictadura. 

De hecho, en el 80% de las ofertas de empleo en España no informan del salario, y si lo preguntas en una entrevista de trabajo te pueden mirar mal, y quizá te descartan. Cuando solo se puede acceder a los medios de vida si antes se accede al empleo, pero el empleo es una realidad cada vez más frágil e insuficiente, se provoca un desgarro que genera cada vez una mayor cantidad de gente superflua, excluida o en el precipicio.  (...)

RT: ¿Y el emprendimiento, la iniciativa privada, el autoempleo… se perfilan como buenas opciones en este contexto sociolaboral?

(...) en España son los autónomos quienes más problemas encuentran para adaptar su horario laboral a sus compromisos sociales y familiares.

Según el organismo europeo Eurofound, la media de trabajo a la semana de los autoempleados es mayor que la de los empleados; más de la mitad supera los 5 días de trabajo a la semana. También es más alta la probabilidad entre los autoempleados, de trabajar los fines de semana y en turno de noche así como de ejercer trabajos "atípicos". 

En España, el conjunto de los autoempleados tienen un 25% de riesgo de pobreza. Se constata así la relación entre aumento del autoempleo y aumento de la pobreza laboral, cuando además, la mitad de los autoempleados en la Unión Europea de los 28, indican que no cuentan con seguridad financiera en caso de enfermedad.  (...)

Lo podemos ver de la siguiente manera: en realidad lo que tenemos es un tope, un lastre, un modelo productivo que está por debajo de las cualificaciones de la sociedad, y que impide a las personas desarrollar su talento y su creatividad, precisamente porque consumen su tiempo en trabajos de los que dependen para vivir. ¿Cuánto talento nos estamos perdiendo en esa gente que se ve obligada a aceptar condiciones miserables, en lugar de poder desarrollar proyectos inteligentes y beneficiar así a la sociedad?  (...)

La sociedad avanza más, y es más segura, cuanto más tiempo libera de la dependencia al trabajo. Vivimos en una sociedad que cada vez libera más tiempo, gracias a la productividad que permiten los avances tecnológicos, pero paradójicamente cada vez obliga a más gente, con más intensidad y con mayores niveles de dependencia, a tener que trabajar por un salario para pagar por cosas por las que antes no tenía que pagar. Porque esa misma falta de tiempo hace que más aspectos de nuestra vida "salgan a la venta" y se externalicen actividades para las que ya no hay tiempo.

Por ejemplo, como no se tiene tiempo, se puede contratar a través de una 'app' personas que nos saquen a pasear al perro, se puede alquilar la amistad de un amigo, o contratar los servicios de una madre para que cuide de tu hijo. En el capitalismo se buscan soluciones a una realidad infame sin cuestionar nunca lo infame que es esa realidad. Por una simple razón: si bien la necesidad humana no tiene que ser satisfecha a través de una mercancía, sí es cierto que toda mercancía existe si es capaz de satisfacer una necesidad. Lo importante no es satisfacer, sino hacerlo a través de la mercancía.

 La jerarquía capitalista del tiempo demuestra que no es una cosa natural, sino una relación social: aquellos aspectos fundamentales para el desarrollo de la vida resultan ser los que menos se valoran en el capitalismo: los cuidados, la limpieza y la alimentación. 

Son tres sectores muy precarios, en los que trabajan muchos inmigrantes sin papeles, jóvenes o mujeres, y es el tiempo menos valorado del mercado, a la par que un asesor financiero puede estar ganando millones. El capitalismo es una relación social que no busca el bien común, sino acrecentar el capital y multiplicar el dinero, y reproducirse a sí mismo y a sus relaciones infinitamente. (...)

RT: ¿Qué cambios consideras que se deberían introducir a partir de este momento?

J.M.: Hay que tener claro que no vale "recalentar en el microondas" los imaginarios del pasado: hay que forjar un mundo de nuevo, un sentido de pertenencia nuevo y un horizonte nuevo de emancipación, sin por ello hacer tabla rasa con lo aprendido en el pasado.

 Es necesario recuperar el peso de las grandes palabras y llenarlas de valores y contenidos: seguridad, libertad, igualdad. Hay que establecer nuevos criterios de ciudadanía y nuevos criterios emancipatorios, que desvinculen los derechos del hecho de tener o no un trabajo.

 Estoy hablando de disociar los ingresos del trabajo, de garantizar un bien básico como la vivienda… Robespierre decía que "el derecho a la existencia es la primera ley social, que debe prevalecer sobre el resto de leyes".

 Es necesario dotar de un suelo básico de dignidad a toda la población por el mero hecho de haber nacido. Hace falta garantizar ese derecho a la existencia que permita a la población poder ampliar su margen de libertad para poder decidir en igualdad, y tener la seguridad suficiente como para no tener que aceptar condiciones miserables. 

Hay que elevar el nivel de vida para forzar las transformaciones, pero las medidas, e incluso un gobierno, poco pueden hacer en ausencia de un cambio en los criterios que rigen los tipos de aspiración. En esa transformación, el ecologismo y el feminismo son fundamentales para entender un nuevo concepto de libertad que siente las bases de un 'New Green Deal'.  (...)

RT: ¿Cuál es en tu opinión la carencia más grave y peligrosa de nuestra cultura, de nuestra forma de vivir hoy en día?

J.M.: Pues la disparidad que hay entre las posibilidades de garantizar la dignidad al conjunto de la sociedad y la manera en la cual esto no se produce, y los peligros reaccionarios que esto acarrea. Tenemos riqueza y recursos suficientes para vivir todos mejor trabajando menos, pero vivimos en una sociedad donde sin trabajo no eres nada, y al mismo tiempo te obligan a trabajar cada vez más, cuanto más se complica vivir del trabajo.

Tenemos que avanzar hacia una sociedad que formule otros criterios de riqueza. Ya no nos valen los medidores actuales. ¿Cómo puede ser que haya tanta riqueza y, al mismo tiempo, tanta exclusión y tanta precariedad? Si no se atiende a esta situación de una forma de vida ofreciendo otra mejor, podemos caer en la reunión del odio que excluye, atravesado por el resentimiento."               (Entrevista a Jorge Moruno, RT, 15/12/18)

8/11/17

El cambio medular de la modernidad tiene que ver con la subordinación de todas las relaciones sociales al sistema mercantil

"(...) Me gustaría comenzar preguntándole por la idea en disputa de “modernidad”, que se vincula con la subordinación de las formas de vida a determinadas relaciones comerciales.ç

(...)  La modernidad es esa época en la que, de alguna manera, la ruptura histórica se normaliza y se incorpora a la vida cotidiana. Ser moderno es estar inmerso en esa sensación de cambio permanente y acelerado, esa sensación de que algo siempre está a punto de pasar.

 Es un asunto que captaron muy bien autores como Rousseau o Hegel y eso es lo que hace que nos sigan resultando tan elocuentes. Así que hablar de una única ruptura de la modernidad respecto a otros períodos es muy arriesgado. Dicho esto, me parece razonable la idea, aproximadamente marxista, de que el cambio medular de la modernidad tiene que ver con la subordinación de todas las relaciones sociales al sistema mercantil. 

Otros rasgos sociales o culturales de la modernidad han estado presentes al menos hasta cierto punto en otras sociedades. Hubo precedentes exitosos de la Ilustración moderna, por ejemplo, en la Atenas clásica. Del mismo modo, las experiencias políticas y culturales de democratización son muy numerosas. 

En cambio, no ha existido nada parecido al proceso de subordinación al mercado de todas las relaciones sociales típico de nuestro tiempo. No hay sociedades en las que la institución del mercado se haya apoderado de esta manera del resto de relaciones sociales. Y esta subordinación ayuda a explicar las características y limitaciones de otros rasgos de la modernidad.

 Me refiero a que permite entender por qué la Ilustración y los procesos de emancipación han sido como han sido y han llegado hasta donde han llegado. Así que, aun sabiendo que es reduccionista, me parece que hay un importante poso de verdad en la idea de que la modernidad es, en primer lugar -como decía Marx al principio de El capital-, una sociedad de mercado.

 Por eso también el dominio patriarcal es más complejo en nuestro tiempo que en otras épocas, pues mantiene una relación de congruencia con el capitalismo pero no se reduce a él. (...)

Resulta difícil no sentir que hay algo monstruoso e inhumano en la sociedad en la que vives cuando no tienes tiempo para cuidar de un familiar enfermo porque tienes que dedicar tus energías a un trabajo precario absurdo y socialmente superfluo.  (...)"             (Entrevista a César Rendueles, Andrés Carretero, CTXT, 29/10/17)

29/6/16

Está claro que la imposición del neoliberalismo nos ha hecho revivir una pesadilla prácticamente tan oscura como la que siguió al crac del 29

"La relevancia y actualidad de la obra de Karl Polanyi son indiscutibles. No es que exista un renovado interés por ella, es que la recuperación editorial de su obra en castellano es continua. Así lo demuestra la última reedición de La gran transformación realizada por el Fondo de Cultura Económica (prologada por el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz) y la recopilación de textos realizada para Los límites del mercado o la nueva edición de El sustento del hombre, ambas de Capitán Swing y presentadas por el sociólogo César Rendueles.

Más allá de ese interés general, las herramientas de análisis y reflexión que nos legó Polanyi están siendo utilizadas cada vez con mayor profusión con el objetivo de comprender los dilemas históricos a los que nuestra sociedad se está enfrentando en estos momentos. No es casualidad que AREAS.

 Revista Internacional de Ciencias Sociales dedicase su número de 2012 a una recopilación de artículos sobre “La Gran Restauración: sociología económica de la crisis global”, ni que el primer volumen de 2014 de Encrucijadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales tomase la forma de un monográfico sobre las “Críticas a la sociedad de mercado”. 

Aunque existen muchos otros textos más, tampoco habría que dejar de mencionar el ensayo de Nancy Fraser “Reflexiones en torno a Polanyi y la actual crisis capitalista” que abrió el número 118 de Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global.

La tesis principal defendida por Karl Polanyi en La gran transformación es ampliamente conocida. En síntesis, el pensador austrohúngaro demostró el carácter distópico del intento de convertir al mercado autorregulador en institución básica de organización social. 

Con su explicación de lo que denomina el “doble movimiento” —por un lado la ampliación de la esfera de influencia del mercado, paradójicamente promocionada por el Estado, y por otro lado la respuesta automática de autoprotección frente a él por parte de la sociedad— Polanyi vació de contenido a las creencias más arraigadas del liberalismo económico.

Sin embargo, las contribuciones de La gran transformación se encuentran muy lejos de agotarse en esas dos cruciales ideas. El libro permitió establecer el vínculo concreto existente entre la conversión del capitalismo en orden social dominante y la constitución de la economía como una disciplina separada del resto de ciencias sociales. 

A su vez, dio cuenta convincentemente de la insustituible base antropológica sobre la que se asientan las relaciones de intercambio, algo que le permitiría posteriormente desarrollar su definición sustantiva de la economía. Por último —y probablemente lo más importante del libro— hizo comprensible la trágica dislocación económica y social que como consecuencia de la frustrada distopía autorreguladora dio lugar al surgimiento del fascismo.

Una vez desplegadas todas estas enseñanzas, Karl Polanyi terminó por plantear una reflexión final, en la que quizás no dio su mejor respuesta (al menos por el grado de elaboración de la misma), pero para la que planteó su mejor pregunta: ¿cuál es el contenido de la libertad en una sociedad compleja como la nuestra?

Descartada como ilusoria la concepción liberal de la misma, entendida como libertad de elección en el mercado; desechada como insuficiente cualquier aproximación que no tenga en cuenta que el poder y la coacción son elementos consustanciales al funcionamiento social; nuestro autor se interrogó acerca de la posibilidad de reafirmar la libertad para “ponerla en práctica en la sociedad”, pero “sin caer en el ilusionismo moral”.

Para Polanyi fascismo y socialismo compartían la aceptación de esa realidad social de la que el liberalismo económico se había abstraído al tratar de poner en marcha su experimento de mercantilización absoluta de las relaciones sociales. Lo que los diferenciaba es que mientras que, en su respuesta a este experimento, el fascismo había renunciado a la libertad, el socialismo seguía creyendo en ella, aunque no hubiera encontrado aún la manera adecuada de implementarla.

A la hora de buscar referencias para hacer compatibles libertad y justicia, Polanyi se remitió a la figura de Robert Owen. En el pensamiento de Owen la necesidad de afrontar de cara el conflicto social se encontraba en términos generales ausente, limitando por tanto el alcance de sus propuestas. No obstante, al hacer hincapié en un autor que canalizó toda su iniciativa política al empeño de organizar de manera cooperativa la actividad económica, Karl Polanyi probablemente sí que acertó.

Hasta qué punto nos encontramos repitiendo, como farsa, la historia vivida por el pensador austrohúngaro es una cuestión pendiente de dilucidar. Está claro que la imposición del neoliberalismo nos ha hecho revivir una pesadilla prácticamente tan oscura como la que siguió al crac del 29.

 Afortunadamente, la respuesta en forma de autoprotección social ha comenzado a darse con mayor celeridad que en los años treinta del siglo pasado. De hecho, mientras que economistas liberales y gobiernos se han negado a aceptar las enseñanzas económicas de aquel episodio histórico (y no hay más que ver la amenaza de recaída en la recesión que comienza a aparecer en el horizonte), nuestra sociedad sí parece haber aprendido algunas de las lecciones políticas del mismo (al menos en relación al rechazo de la tentación fascista). 

No obstante, que esto acabe de ser así dependerá de si somos capaces de construir una alternativa democrática en el ámbito de la organización económica.

Por supuesto, ese carácter democrático se encuentra completamente vinculado a la consecución de un patrón distributivo que asegure una libertad política efectiva. Esto incluye no sólo la garantía de un trabajo digno y unas mínimas condiciones materiales de vida para toda la población, sino también la ruptura de los mecanismos de concentración de la riqueza que han dado lugar a una centralización del poder en manos de lo que se ha convertido en una auténtica oligarquía.

Sin embargo la cuestión va mucho más allá: se trata de comenzar a pensar en la manera de extender los principios de organización democrática al funcionamiento del sistema económico en su conjunto: desde el mismo lugar de trabajo donde pasamos más de un tercio de nuestras vidas, hasta la gestión de los recursos de naturaleza colectiva, pasando por los mecanismos de coordinación de la actividad productiva entre distintas empresas, sectores y administraciones públicas.

A pesar de las evidentes dificultades y obstáculos existentes para poder siquiera soñar con la posibilidad de una democracia económica, la cuestión va mucho más allá del también importante debate sobre qué medidas incluir en un programa electoral. En la capacidad que tengamos de dar una respuesta acertada a la pregunta que se hacía Polanyi se juega la posibilidad de enfrentar las múltiples e interrelacionadas crisis —económica, social y ecológica— que nos encontramos sufriendo."               (Ricardo Molero Simarro, Economía crítica y crítica de la economía, 21/06/16)

7/4/13

¿Cuáles son los rasgos culturales más marcados del capitalismo?

"¿Cuáles son los rasgos culturales más marcados del capitalismo?

El primero, que es posible reducir el concepto de valor al concepto de precio. Sólo tiene valor económico lo que puede expresarse en términos monetarios. Pero hay valores que no tienen precio:
 ¿cuánto valen la polinización o la capa de ozono? ¿cuánto valen las relaciones humanas y el cuidado de unas personas por otras? 

El segundo rasgo del capitalismo es que producir no es satisfacer necesidades humanas sino incrementar agregados monetarios. Sin embargo, hay en esos agregados muchos elementos de destrucción y existen, por el contrario, muchos bienes que no suman en el PIB.

 La salud, por ejemplo, no suma en el PIB, lo que suma es la enfermedad, porque el negocio farmacéutico no consiste en que la gente esté sana, sino en que consuma medicamentos. 

El capitalismo nos ha traído el mito de un crecimiento sin límites, un desmedido optimismo sobre las posibilidades de la tecnología y una noción del trabajo que lo reduce sólo a aquel que se realiza mediante empleo remunerado sin tener en cuenta el trabajo doméstico y el trabajo de cuidar a las personas.

¿Y el individualismo?

Es también otro rasgo de la cultura neoliberal. El homo oeconomicus sólo desea satisfacer su propio beneficio y egoísmo, y fía la suerte de todos al mercado. Pero al mercado sólo concurren quienes tienen solvencia para demandar. Así se pierden los hilos de solidaridad. 

Pero los seres humanos somos radicalmente interdependientes y sólo sobrevivimos gracias al cuidado que nos prestan otras personas a lo largo de toda nuestra vida. Somos humanos, y no animales, porque vivimos en sociedad. El fascismo surge cuando la gente tiene miedo y se siente desamparada."          ( Javier Pagola, Attac Madrid, 24/03/2013)

26/6/12

Todo es convertible en mercancía, todo es reducible a dinero y todo es transformado en negocio

"El análisis coste-beneficio ha sido una innovación de análisis económico de una importancia terrible -el término “terrible” está usado aquí con toda la intención- en el ámbito de infinitud de disciplinas y pautas sociales. Construir un hospital o no hacerlo depende del análisis coste-beneficio, al igual que edificar una autovía dentro de un parque natural.

 Todo se reduce a una especie de problema económico-matemático donde se le pone precio a todo. Hemos, gracias al análisis coste-beneficio, creado una especie de mercados para todo con derechos de propiedad sobre todo.

Y como todo es ya mercancía y susceptible de ser convertido en precio, poner dinero sobre la mesa a cambio de una mercancía se ha convertido en algo normalizado, prácticamente connatural al ser humano y aceptado por éste.
El mecanismo es simple: se investiga una determinada enfermedad sí y sólo sí su demanda es capaz de colmar la oferta, es decir si los posibles beneficios superan a sus costes.

 La salud, que es un bien público, se ha convertido de la noche a la mañana en un bien sujeto a leyes de carácter privado, es decir, en la búsqueda y obtención de rentabilidad o bien en la minimización del coste a costa de la propia salud, tómese por ejemplo el aumento descontrolado de cesáreas en contraposición a los partos naturales o seminaturales que son mucho más caros y más lentos pero infinitamente menos peligrosos.(...)

Todo es convertible en mercancía, todo es reducible a dinero y todo es transformado en negocio.
Pero el análisis coste-beneficio está conociendo unas cotas de irracionalidad que apabullan. La sociedad ha asimilado tan profundamente ese sistema donde todo aquello cuyos “beneficios” (generalmente sobrevalorados) superen a sus costes (generalmente infravalorados) que desmontar esa construcción intelectual se ha convertido en una tarea ardua.

 Tanto es así que tenemos ilustres Premios Nobel de Economía que se han dedicado a extrapolar el análisis coste-beneficio a todo lo humano: el amor, por ejemplo, está -para Gary Becker- sujeto a las pautas del coste-beneficio. Así un individuo decidirá enamorarse de otro si las rentas obtenidas -y ahí entra todo, desde los hijos hasta el pago conjunto de la vivienda- supera a los costes -el coste, por ejemplo, de no poder romper el monopolio bilateral de las relaciones sexuales, esto es, la imposibilidad de ser infiel; o el coste de soportar a los suegros, etc.-

Todo es mercancia, todo es convertible a moneda y mesurable; y, lo lógico para los amantes del coste-beneficio, es que los seres humanos asuman e interioricen eso. Además, el analisis coste-beneficio es del todo parcial y, como decíamos un poco más arriba, deshumanizado. De este modo, y según Becker, un individuo delinquirá si los rendimientos esperados de su delito son superiores a la pena que pudiera sufrir sujeta a la probabilidad de ser capturado. Y ese es todo el análisis.

Quedan fuera de la ecuación las condiciones sociales, la educación, el tiempo histórico o, por ejemplo, la legitimidad de las autoridades que señalan el delito e imponen la pena. Ese es el corazón del coste-beneficio: simplificar la realidad e interacción social a una simple transacción, como el que va al mercado a por fruta, dejando profundas cuestiones al margen del análisis.

Sin embargo, la última moda a la hora de mercadear con todo es, sin duda, la convertibilidad del beneficio en empleo como moneda de cambio y cuyo peso está, en el imaginario colectivo, más que justificado.
De ahí que el título del presente artículo sea tan escabroso. Imaginen por un momento que, en pleno arrebato de lucidez, un grupo de economistas bien pagados, con sus trajes caros y apurado afeitado, sacan a la luz un estudio según el cual, si se instruye a cierto tipo de jóvenes en la delincuencia más salvaje -con otros términos mucho más políticamente correctos, por supuesto; no olviden que nuestro grupo de economistas son gente con estudios, y muy caros por cierto- esto generará directa e indirectamente más de 15.000 puestos de trabajo entre los médicos y enfermeros que cuidarán a los heridos derivados de la violencia, policías para la detención y la seguridad, personal de construcción para la ampliación de cárceles, etcétera.

 Todo ello perfectamente adornado con un sofisticado análisis econométrico cuya complejidad matemática le aporta un toque mucho más riguroso. ¿Qué gobierno, en la situación de destrucción de empleo en la que nos encontramos, rechazaría tan suculento plato?
Lógicamente, como se puede comprobar es un ejemplo de alejada (¿?) realidad. Podría haber usado otros aún más increíbles, como que por ejemplo un par de grandes ciudades españolas estuviesen subastando su soberanía mediante exenciones fiscales, reducciones de control judicial o simplemente crear una especie de vacío legal para convertir una zona de la ciudad en un lugar sin ley, o mejor dicho, un lugar con una ley que permita hacer prácticamente lo que un inversor que haya prometido la creación de más de 15.000 puestos de trabajo directos en casinos, desee.

 Como comprenderán, es un ejemplo tan irreal que apenas merece la pena desarrollar ni reflexionar sobre él. El análisis entre el coste (político, de cesión de soberanía; social, de prostitución, drogas, etc; y económico, de blanqueo de capitales -por seguir a Saviano-) y el beneficio generado es, bajo mi punto de vista, imposible.

Entrar en una ponderación de costes y beneficios acerca de estas cuestiones es entrar en un juego perverso en el que, por sí mismo, se acepta la convertibilidad en moneda común -dinero o empleos- de los heterogéneos costes contra los heterogéneos beneficios.
La cuestión que aquí se intenta poner de relieve es simple, ¿de verdad estamos tan mal en la lucha ideológica que los ciudadanos se han comenzado a comportar en homo economicus, dándole -de paso- una alegría al cadáver de Pigou? ¿Ha calado tan profundamente el individualismo que exporta el neoliberalismo que los conceptos como derechos sociales o comunitarios y su naturaleza misma no son ya más que papel mojado y convertibles en moneda de cambio, como cualquier otro bien?

 ¿Deben las relaciones sociales, como el matrimonio o las quedadas con las amistades, ser objeto de un análisis tan superficial y economicistas? Es más, ¿Es sensato entregar un Premio Nobel a quien propone la deshumanización de toda acción humana convirtiendola en objeto de transacción, de mercado?"          (Economía Crítica, 15/05/2012, de Alejandro Quesada Solana)