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30/1/24

Cuando tres presidentas de las universidades más importantes de Estados Unidos son interrogadas en una audiencia de la Cámara de Representantes y las tres son juzgadas por no haber defendido la autoridad moral de sus universidades, llega la hora de la verdad para las universidades, no solo de EE.UU. sino de todo el mundo... la universidad es un lugar de debate continuo en el aula, en el comedor, junto a la máquina de café o en el bar después del trabajo, sobre lo que es verdadero, bueno y posible. Quienes aman las universidades lo hacen porque son comunidades unidas, no en torno a una política compartida o a un consenso sobre las controversias que atormentan nuestro mundo, sino en torno a un compromiso común con los cánones de la investigación y la enseñanza científicas y académicas... Esto no condena a las universidades al equívoco moral. Pueden insistir en que sus debates sean cívicos, y deben sancionar a cualquiera que intimide a otros o utilice el miedo o la violencia para imponerse. Deben animar a sus miembros a hablar en su propio nombre. Pero dilapidan cualquier autoridad que tengan y dividen a sus propias comunidades cuando ceden a las exigencias de que digan a la sociedad lo que debe pensar, o peor aún, cuando permiten que unos políticos prepotentes pretendan imponerles en tromba las opiniones que ellos quieren que sostengan (Michel Ignatieff)

 "Cuando tres presidentas de las universidades más importantes de Estados Unidos son interrogadas en una audiencia de la Cámara de Representantes y las tres son juzgadas por no haber defendido la autoridad moral de sus universidades, llega la hora de la verdad para las universidades, no solo de EE.UU. sino de todo el mundo. 

Y a la hora de la verdad, las preguntas para las universidades, no solo allí, son cuál es su autoridad moral, cuál su deber para con sus estudiantes y profesores y cuál su deber para con la sociedad en general. En opinión de la mayoría de los observadores, incluso de los que pertenecen a sus propias universidades, las tres presidentas estadounidenses fallaron porque permitieron que los políticos las intimidaran y que una audiencia política las incriminara como unas pusilánimes cautivas de una ideología de izquierdas antisionista, políticamente correcta y a favor de la justicia social.

 Dieron respuestas de abogado a preguntas políticas que exigían respuestas directas. Deberían haber dicho: «Sí, creemos que siempre está mal instar a que se mate a los judíos, instar a que Israel deje de existir. Sí, creemos que quienes se manifiestan a favor de esto en el campus deben ser sancionados». Pero no, dijeron: «Depende del contexto». Un craso error, que le ha costado el puesto a una de ellas.

La cuestión es qué tipo de error fue. ¿Eran esclavas de la ideología progre, estaban tan comprometidas con las denuncias antisionistas de Israel como un Estado con un régimen de 'apartheid' «colonialista de asentamientos» que eran incapaces de condenar sentimientos claramente asesinos? Esto es lo que los políticos republicanos conservadores querían hacer creer a EE.UU. y al mundo. Se trata de una vieja línea de ataque. 

En las guerras culturales que han dividido la política estadounidense durante treinta años, los republicanos se han salido con la suya presentando a las universidades como bastiones de la corrección política de izquierdas. Pero eso es una fábula. Es cierto que en los campus de EE.UU. las modas izquierdistas absurdas no se acaban nunca. Pero estas instituciones son demasiado pluralistas, diversas y competitivas como para permitir que una sola ideología, especialmente una tan ridícula como la 'woke' [literalmente «despierto», un movimiento que defiende la justicia social], se apodere de ellas.

Las tres desdichadas presidentas no eran apologistas voluntarias de la corrección política sino gestoras asediadas de unas comunidades divididas. También intentaban defender principios opuestos. Pretendían equilibrar los principios de la libertad de expresión, consagrados en la Constitución de EE.UU., con el deber de la universidad de proteger a los estudiantes, especialmente a los judíos, pero también a los árabes y a los palestinos, de una retórica que fuera más allá de la ofensa y pudiera inducir a unos cuantos fanáticos a cometer actos de violencia. La retórica que permite una universidad sí depende, como dijeron las presidentas, del contexto. EE.UU., a diferencia de muchos países europeos, permite discursos tan extremos y ofensivos como la negación del Holocausto. La Constitución establece que el Congreso no deberá aprobar ninguna ley que limite la libertad de expresión. Lo establece así para salvaguardar la libertad de expresión que los padres fundadores consideraban esencial para una política libre.

El contexto que importa es si esta retórica deja de ser un discurso ofensivo pero intrascendente y se convierte en una incitación a cometer actos de odio. En ese caso, la universidad debe actuar: sancionar y, si es necesario, destituir a los responsables de que los debates conflictivos de una universidad se conviertan en un hervidero de miedo y aversión. Sería tentador creer que esos campus son un hervidero de este tipo, pero no lo son. Por el contrario, son comunidades pacíficas que polemizan vehementemente sobre la catástrofe de la guerra en Gaza. Así es como debe ser. Las universidades existen para debatir estas cuestiones y aprender de ellas.

En momentos de crisis, los políticos no pueden evitar sacar partido de las divisiones. Cualquiera con un poco de memoria histórica recordará que, en plena Guerra Fría, los conservadores del Congreso celebraron audiencias para erradicar a los comunistas de los organismos públicos y de las universidades y trataron de obligarles a instituir juramentos de lealtad. Con recuerdos así, las universidades tienen buenas razones para insistir en su derecho a gobernarse a sí mismas, establecer sus normas de disciplina y resistirse a cualquier llamamiento externo para castigar o restringir la libertad de expresión. La cuestión más amplia es qué «autoridad moral» ejercen las universidades en momentos de controversia política. Muchos, dentro y fuera de los campus, creen que estas tienen el deber sagrado de pronunciarse sobre cuestiones morales y políticas. Cuando Claudine Gay, de Harvard, tardó en denunciar las inexcusables atrocidades de Hamás el 7-O, uno de sus predecesores, Larry Summers, denunció su «abdicación moral». En otras universidades, alumnos y profesores judíos han exigido que sus instituciones «hablen claro» y denuncien a Hamás.

A las universidades les gusta presumir de su importancia moral, pero no es tan evidente que puedan hablar con una sola voz. Tampoco está claro que deban hacerlo. Cualquier universidad moderna es una comunidad pluralista, reclutada en todo el mundo, el hogar de hombres y mujeres de diferentes religiones, razas, opiniones e historias nacionales. No es una unidad política que aspire a reunir a sus partidarios en torno a la conquista del poder, y tampoco es una ONG que pretenda aglutinar apoyos en favor de un objetivo compartido. 

Es un lugar de debate continuo en el aula, en el comedor, junto a la máquina de café o en el bar después del trabajo, sobre lo que es verdadero, bueno y posible. Quienes aman las universidades lo hacen porque son comunidades unidas, no en torno a una política compartida o a un consenso sobre las controversias que atormentan nuestro mundo, sino en torno a un compromiso común con los cánones de la investigación y la enseñanza científicas y académicas. 

Estos cánones son algo más que criterios para la buena ciencia y la buena investigación. Son una disciplina moral que exige que nos preocupemos por los hechos, que descartemos una hipótesis cuando no se ajuste a las pruebas, que escuchemos las críticas, que modifiquemos las ideas cuando se insinúen otras mejores y que iluminemos el camino hacia el conocimiento, a la luz de la verdad y no con el falso resplandor de la ideología. Ninguno de nosotros estará nunca plenamente a la altura de este ideal, pero la autoridad moral de una universidad reside en su devoción a la verdad, no en su capacidad como institución para respaldar posiciones moralistas. No puede hablar con una sola voz si de verdad desea respetar la pluralidad de voces que hay entre sus muros. 

 Esto no condena a las universidades al equívoco moral. Pueden insistir en que sus debates sean cívicos, y deben sancionar a cualquiera que intimide a otros o utilice el miedo o la violencia para imponerse. Deben animar a sus miembros a hablar en su propio nombre. Pero dilapidan cualquier autoridad que tengan y dividen a sus propias comunidades cuando ceden a las exigencias de que digan a la sociedad lo que debe pensar, o peor aún, cuando permiten que unos políticos prepotentes pretendan imponerles en tromba las opiniones que ellos quieren que sostengan."

(Michel Ignatieff, profesor de Historia en la Universidad Central Europea de Viena,  Revista de prensa, 17/12/23; fuente:  ABC)

15/2/23

Declaración en pro de la libertad académica, muy a contracorriente, promovida por profesores de las universidadades de Stanford y de la Chicago... casi 600 académicos la apoyan, en su mayoría estadounidenses

"Libertad restaurada.

Una declaración en pro de la libertad académica, bendita muy a contracorriente, promovida por algunos profesores de la Universidad de Stanford y de la Universidad de Chicago.

De momento casi 600 académicos la apoyan, en su mayoría estadounidenses.

(Y dos valientes profesores españoles de la Complutense: Sergio Escorial Martín y Rubén Tamboleo). Aquí en V.O.

Y aquí una traducción exprés:

"Restaurar la libertad académica.

La misión de la universidad es la búsqueda de la verdad y del progreso y la difusión del conocimiento. Una vigorosa cultura de libertad de expresión y libertad académica es esencial para dicha misión: el progreso intelectual a menudo amenaza el statu quo y se topa con resistencias. Las malas ideas sólo se eliminan mediante un análisis crítico sin cortapisas.

Por desgracia, la libertad académica y la libertad de expresión están desapareciendo rápidamente en las instituciones académicas, entre ellas las universidades, las asociaciones profesionales, las revistas y los organismos de financiación. Los investigadores cuyos hallazgos cuestionan los discursos dominantes tienen cada vez mayores dificultades para poder publicar y ser financiados, contratados y promocionados. Ellos, y los profesores que ponen en tela de juicio las ortodoxias actuales, se ven acosados en persona y en el ciberespacio, condenados al ostracismo, sometidos a opacos procedimientos disciplinarios universitarios, o bien despedidos o cancelados por otros procedimientos. La contratación, la promoción y la financiación están cada vez más sujetas a una aprobación política, implícita o explícita; incluida la aprobación por parte de burócratas que buscan imponer una agenda social, como aquella de promueve puntos de vista específicos sobre la justicia social o los principios de DEI [Diversidad, Equidad, Inclusión]. El activismo está sustituyendo a la investigación y el debate. Un número creciente de meros hechos e ideas no pueden siquiera mencionarse sin riesgo de represalias.

Las víctimas públicas con alta visibilidad constituyen apenas la punta del iceberg. Una atmósfera de miedo y autocensura impregna el mundo académico. Muchos profesores y estudiantes creen que no pueden expresar sus opiniones, desafiar los dogmas, investigar ciertos temas o cuestionar la pérdida de la libertad académica sin arriesgarse al ostracismo y a un perjuicio para sus carreras. Así, el conocimiento se va perdiendo, y muchos académicos con talento abandonan el mundo universitario.

Las universidades y las asociaciones profesionales no están resistiendo hoy a esas fuerzas antiliberales —que han surgido muchas veces a lo largo de la Historia, y en todos los lados del espectro político— ni defendiendo la libertad académica y la libertad de expresión.

Muchas universidades y organizaciones profesionales modulan ahora su apoyo a la libertad: libertad de expresión, dicen, siempre que el discurso no ofenda o excluya; libertad de expresión, siempre que no cuestione los discursos y las concepciones de la justicia social institucionalmente aprobados; libertad de expresión, pero sólo dentro de unos estrechos márgenes debidamente acreditados. Estas restricciones son contraproducentes, incluso para su propio objetivo de promover una determinada ideología. La gente deduce de ello que, detrás de estas censuras, se halla un deseo de proteger unas mentiras, para que éstas no se vean desmentidas. Históricamente, la censura ha apoyado regímenes monstruosos y a sus ideologías. Las malas ideas sólo se vencen con argumentos y persuasión, no con una política de la supresión. La verdadera justicia y la libertad no pueden existir la una sin la otra.

La pérdida de la libertad académica se debe en parte a una crisis de liderazgo. Aunque muchos dirigentes universitarios hacen declaraciones en las que apoyan el debate abierto, sin embargo supervisan y fomentan burocracias politizadas que acosan, intimidan y castigan a quienes expresan opiniones consideradas incorrectas, e imponen la conformidad ideológica en materia de contratación y ascensos. De poco sirve una defensa genérica de la libertad de expresión si, al mismo tiempo, los administradores de las universidades llevan a cabo investigaciones en secreto, sin respetar el principio de contradicción, y basándose en denuncias anónimas, y condenan al ostracismo a la víctima con las consecuencia que supone para todos sus potenciales futuros empleadores. Los consejos de administración, las organizaciones de ex alumnos, los donantes, los organismos gubernamentales de concesión de subvenciones y otros actores institucionales tampoco defienden los principios de libertad académica.

En vez de ello, las universidades y las organizaciones profesionales se lanzan abiertamente al activismo político e ideológico institucional. Los departamentos y otras secciones universitarias hacen declaraciones públicas de sus opiniones políticas, tachando así de herejes —e incluso de fanáticos— a los miembros que puedan poner en entredicho sus causas. Cada vez más, los centros y "aceleradores" se dedican a la promoción política y de ciertas políticas, a la defensa de las ideologías que apoyan, y a la supresión de las ideas contrarias. Las organizaciones y revistas profesionales anuncian, con demasiada frecuencia, que ciertos tipos de investigación, por muy válidos que sean desde el punto de vista metodológico, no pueden publicarse, y se vuelcan en la defensa de sus propias causas. Las burocracias universitarias exigen que se incluyan ciertos autores y se excluyan a otros de las listas de lecturas y de los debates en las aulas.

¿Qué se puede hacer?

Hacemos un llamamiento a todas las universidades, asociaciones académicas, revistas y academias nacionales para que adopten la "Tríada de Chicago" consistente en: los conocidos como "Principios de Chicago [2014] sobre la libertad de expresión", la condición que planteaba el Informe Kalven [1967] sobre la neutralidad institucional en asuntos políticos y sociales y el informe Shils [1970], que hace de la contribución académica la única base para la contratación y la promoción académicas.

El informe Kalven subraya que "Para cumplir su misión en la sociedad, una Universidad debe crear un entorno extraordinario de libertad de investigación y mantener una independencia respecto a las modas, pasiones y presiones políticas". La Universidad y sus unidades administrativas deben abstenerse de tomar posición en las cuestiones políticas del momento: "Si bien la Universidad es el hogar y el patrocinador de la crítica, no es en sí misma la crítica y, por lo tanto, no puede ejercer una acción colectiva sobre las cuestiones del momento sin poner en peligro las condiciones de su existencia y eficacia".

"La neutralidad de la universidad como institución no surge [...] por falta de valor ni por indiferencia e insensibilidad. Surge del respeto a la libre investigación y de la obligación de valorar la diversidad de los puntos de vista".

También pedimos que el profesorado cree (o se afilie a las ya existentes) asociaciones no partidistas, destinadas a defender estos valores en los campus universitarios; a nivel nacional, como FIRE [Foundation for Individual Rights and Expression], la Academic Freedom Alliance, Heterodox Academy], FAIR [ Fairness & Accuracy In Reporting] y ACTA [American Council of Trustees and Alumni]. Las organizaciones profesionales deben priorizar la defensa de la libertad académica y la libertad de expresión de sus miembros.

Muchas universidades han adoptado oficialmente los Principios de Chicago. Deben desarrollarse estructuras sólidas para defender estos principios. El profesorado que sea objeto de críticas por parte de grupos de estudiantes, otros profesores, decanos y administradores o personal de la universidad debe poder hacer valer eficazmente su libertad de expresión e investigación amparándose en estas declaraciones.

Las universidades deben crear salvaguardias que garanticen que los administradores trabajen para defender estos principios y no para socavarlos. Los procedimientos disciplinarios de las universidades deben ser transparentes y atenerse a las ya centenarias protecciones básicas de los acusados, como el derecho a conocer e impugnar las pruebas en su contra, a tener careos con los testigos de la acusación, el derecho a la representación letrada y a la presunción de inocencia hasta que se demuestre la culpabilidad.

Los dirigentes universitarios también deben promover e institucionalizar la libertad de expresión y la libertad académica mediante acciones concretas. La libertad es una cultura, no un mero conjunto de normas, y como tal hay que alimentarla. La libertad de expresión, la libertad de investigación, la tolerancia hacia las opiniones contrarias, la obligación de enfrentarse a las opiniones con argumentos, con la lógica y los hechos, el abstenerse de ataques ad hominem, el luchar contra la difamación, el no aceptar el doxing [publicar o filtrar información personal de alguien] y otros comportamientos poco éticos es algo que debe destacarse en los materiales de orientación destinados a todos los nuevos estudiantes y contratados.

La libertad viene acompañada de una cultura de la responsabilidad, pero las responsabilidades se cumplen mejor con las normas sociales que con extensos articulados normativos aplicados por burócratas no académicos. Si hay miembros de la comunidad universitaria o grupos de ésta que solicitan a los dirigentes de las facultades que se sancione o se castigue a un miembro del profesorado o a un estudiante por expresar su punto de vista, estos dirigentes de la Universidad deberían responder pública y claramente con una declaración en la que se afirme que la Universidad es un lugar para discutir y debatir todos los enfoques, y que el intento de castigar a otros por tener puntos de vista "incorrectos" es incompatible con las normas comunitarias de la institución. La Universidad también debería comprometerse con todos los estudiantes, profesores y empleados a no castigar ni sancionar la libertad de expresión."                             (DATEUTADEU, blog, 02/11/22)

14/10/21

Apartado un profesor por mostrar en clase el Otelo del actor blanco Laurence Olivier en EE UU. Bright Sheng, que sufrió en China la represión de la Revolución Cultural y dos veces finalista de los Pulitzer de la música, provocó el enfado de sus alumnos por usar la película en la que el intérprete británico actúa con el rostro pintado de marrón

 "Escoger mal una película puede tener devastadoras consecuencias en Estados Unidos. El músico Bright Sheng, de 65 años, se ha visto obligado a abandonar su seminario de composición en la Universidad de Michigan después de que sus alumnos reaccionaran a su decisión de poner en clase la versión cinematográfica de la obra Otelo protagonizada en 1965 por el actor británico Laurence Olivier. En la cinta, el intérprete actúa con el rostro pintado de marrón, una desfasada práctica conocida como blackface, considerada racista en este país.

El compositor, director y célebre pianista pidió disculpas por reproducir en clase una versión del drama de Shakespeare que “discrimina y degrada” a los afrodescendientes y a su cultura. Para defenderse, enumeró a varios artistas de minorías étnicas que ha contratado a lo largo de su carrera. Fue peor. Los estudiantes de primer año calificaron la misiva de “incendiaria” y exigen su despido.

 Sheng es profesor titular de la Escuela de Música, Teatro y Danza de la Universidad de Michigan desde hace un cuarto de siglo. Este otoño impartió un seminario para “analizar Otelo, de Shakespeare a Verdi”. Desde que en la primera clase proyectó la película, no ha vuelto a pisar el aula. “Los tiempos han cambiado y cometí un error al mostrarla. Fue insensible por mi parte”, apunta el profesor a este periódico. Explica que eligió la versión de 1965 por ser una de las más fieles a Shakespeare y añade que en el mundo de la ópera el cross-casting (elección de un actor sin que coincida el género o la etnia con el del papel que va a interpretar) es una costumbre que se remonta al origen del teatro.

“Pensé que tanto la obra como la ópera retrataban a Otelo como a un héroe que es víctima de los blancos” y que podría enseñar algo de provecho sobre “los malos comportamientos humanos universales y sobre problemas como las calumnias o las acusaciones falsas”, apunta el compositor. Muchos lo señalan como una nueva víctima de la corrección política y el revisionismo del arte. Consultado sobre si se ve como un afectado por la cultura de la cancelación, responde: “Antes de este incidente, nunca había oído hablar del término. No tengo comentarios al respecto”.

 Meses después de que el Otelo de Laurence Olivier llegara a las salas de cine, Bright Sheng, entonces de 11 años, vio en Shanghái cómo los Guardias Rojos se llevaban el piano de su madre, la mujer que le enseñó a tocar. A pesar de la represión de la Revolución Cultural se convirtió en uno de los grandes compositores de su generación. Obtuvo una beca MacArthur, conocida como la de los genios, y ha sido dos veces finalista de los Premios Pulitzer de música. Sus composiciones se han escuchado desde Pekín, en la apertura de los Juegos Olímpicos de 2008, hasta la Casa Blanca. “Bright Sheng sobrevivió a la Revolución Cultural de Mao, pero es posible que no sobreviva a un par de estudiantes de Michigan quejumbrosos a los que se les muestra una versión cinematográfica de Otelo”, tuiteó el novelista Christian Schneider.

Sammy Sussman, estudiante de cuarto año de música clásica, fue uno de los alumnos que se molestaron por tener que ver el Otelo de Olivier sin ninguna “advertencia o discusión” previa. Esta película ya fue criticada en los sesenta por herir sensibilidades y estereotipar a la comunidad negra. Sussman le escribió al director de la facultad, quien le recomendó hablar con Sheng antes de acusarlo, ya que creía que un profesor con su experiencia “tenía motivos educativos para compartir esta famosa interpretación de Otelo”, según cuenta el estudiante en su blog. El joven afirma que la solución de discutir el tema no era una opción factible “sin temer por las repercusiones profesionales”.

Al acabar la clase, algunos alumnos le hicieron ver a Sheng su rechazo a la película y este envió una disculpa a todos los estudiantes “en 108 minutos”. Enseguida, despachó otro mensaje informando de que cancelaba el proyecto sobre Otelo y que presentaría un nuevo tema para el seminario. “Investigué más y aprendí sobre el tema y me di cuenta de que la profundidad del racismo era, y sigue siendo, una parte peligrosa de la cultura estadounidense”, rezaba la misiva. Varios alumnos acudieron al decano de la facultad, Dean Gier. Este contactó a la Oficina de Equidad y Derechos Civiles de la Universidad para que investigara lo ocurrido. “Este [incidente] ha sido doloroso e inquietante para los estudiantes de la clase”, escribió Gier en un correo dirigido al alumnado.

Viendo que los ánimos no se calmaban con las disculpas iniciales, el profesor escribió a sus alumnos que a lo largo de su carrera docente había tenido muchos estudiantes afroamericanos y que mantiene el contacto con ellos. También, que ha contratado a varios artistas negros en su trayectoria. La defensa encendió aún más a su alumnado. “Da a entender que gracias a él muchos de ellos han logrado el éxito en sus carreras”, sostuvieron más de cuarenta estudiantes de composición de pregrado, posgrado y miembros de la facultad. Tras esa carta, Sheng dejó de ser oficialmente profesor del seminario sobre la obra de Shakespeare.

“Las acciones del profesor Sheng no se alinean con el compromiso de nuestra universidad con la acción antirracista, la diversidad, la equidad y la inclusión”, explicó a este periódico Kim Broekhuizen, portavoz de la facultad, quien aclaró que el compositor no fue despedido, sino que él mismo decidió, junto con Gier, “dar un paso al costado”. Sheng continúa ofreciendo clases privadas y está previsto que imparta un curso en invierno, pero ya no es el profesor del seminario. El cambio “permitirá un ambiente de aprendizaje positivo” para que los estudiantes puedan enfocarse en su “crecimiento como compositores”, argumentó el decano."                    (Antonia Laborde, El País, 12/10/21)

22/12/20

Defender a los nazis estadounidennses siendo judío... para que pudiesen manifestarse

 "El fundador de Human Rights Watch, Aryeh Neier, que escapó del Berlín de 1939 siendo un niño, decidió asumir en 1977 la defensa de los miembros del partido nazi de Estados Unidos para que pudiesen manifestarse. El libro ‘Defendiendo a mi enemigo’, que ahora se publica en español, recuerda su historia. Adelantamos su prólogo.

Solo espero —se leía en una carta que recibí de un hombre de Boston— que, si a ambos nos obligan a caminar hasta algún crematorio algún día, sea usted quien lidere la marcha y goce entonces, en un momento de éxtasis para usted, de la oportunidad de cantar hosannas en alabanza a la libertad de expresión que desea para sus torturadores”.
He recibido muchas misivas como esa. 

Se redactaban ante la provocación que suponía el empeño de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), de la que fui director general, por garantizar el derecho a la libertad de expresión a un grupo de nazis americanos que declararon su deseo de manifestarse en la localidad de Skokie, situada en el estado de Illinois. De entre las notas, la más sucinta provino de un hombre que proponía un lema para la Unión: “La Primera Enmienda über Alles”, [en alemán] por encima de todo.

Si dolió recibir aquellas cartas, más inquietante aún resultó el mensaje de apoyo que nos hizo llegar una mujer: “Amo la libertad de expresión —rezaba— más de lo que odio a los nazis”. En la misma línea que aquellos que me acusaban, ella había llegado a la conclusión de que debía elegir entre la defensa de la libertad de expresión o la lucha contra los nazis, y había decidido decantarse por la primera opción.

En mi caso no hubo elección. Yo defendí el derecho de los nazis a expresarse libremente cuando quisieron manifestarse en Skokie como una manera de luchar contra ellos. Defender al propio enemigo es la única forma que hay de proteger a una sociedad basada en las libertades, de quienes se oponen a la libertad. Si esto se percibe como paradójico, albergo la esperanza de que resulte más comprensible tras la lectura de esta obra.

Las razones que explican que odie a los nazis son de índole tanto personal como filosófica. Podría haberle respondido al hombre que compartió conmigo su deseo de que yo encabezara la marcha hacia el crematorio explicándole que estuve muy a punto de morir allí.

Soy judío, nacido en Berlín. Mis padres eran unos Ostjuden —judíos de la Europa del Este— que dejaron a sus familias en Polonia y se mudaron a la capital alemana en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. La década de los años veinte los trató bien y les permitió organizarse una vida cómoda allí. Sin embargo, para cuando yo nací, en 1937, el mundo de mis padres se estaba derrumbando. Con todo, y aunque muchas de sus amistades ya se habían marchado, mi padre, Wolf Neier, que entonces trabajaba como profesor de hebreo para la Comunidad Judía de Berlín, decidió quedarse. Acabamos yéndonos en 1939, en la que probablemente fuera nuestra última oportunidad para hacerlo, y huimos a Inglaterra. Mi hermana Esther, que tenía 10 años, viajó sola. Mi padre lo hizo por su cuenta y, aparte, mi madre y yo. Salimos de Alemania en agosto de 1939, días antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

 

No nos reunimos inmediatamente. Los británicos se tomaban su tiempo para identificar entre los refugiados a espías y saboteadores. Una vez mi padre hubo pasado la criba, se vio obligado a buscar un empleo y ganar algo de dinero para poder juntar a la familia de nuevo. Yo pasé un año en una hospedería para niños refugiados, una experiencia que recuerdo con nitidez: era un lugar tristísimo, y yo lo odiaba.

Al poco de lograr reencontrarnos todos en Londres, la casa en la que vivíamos quedó destrozada por un bombardeo, de modo que nos evacuaron y nos trasladaron a una ciudad de las Midlands, la región central de Inglaterra, donde, tras alojarnos durante un tiempo en el hogar de una familia inglesa que nos acogió con generosidad y bondad, hallamos finalmente un lugar propio que habitar.

Finalizada la contienda, mis padres fueron descubriendo qué había sido de sus parientes: casi todos habían fallecido. Apenas se contaba con información dispersa sobre la forma en que los habían asesinado. A la madre de mi padre la habían matado de un disparo al principio, poco después de que los alemanes arrasaran el pueblo de Polonia donde vivía. Dos de los hermanos de mi madre habían sobrevivido en Bergen-Belsen hasta el último momento, pero acabaron con ellos la víspera de la liberación del campo. Y otros habían ido muriendo en ese tiempo.

En Northhampton (Inglaterra), donde pasé los años inmediatos al final de la guerra, un amigo de mis padres creó una vivienda tutelada para niños judíos que habían sobrevivido a los campos de concentración. Mi padre y mi hermana se convirtieron en sus maestros, de modo que yo pasaba gran parte de mi tiempo con ellos y acabamos entablando amistad. Eran los primeros supervivientes de los campos de la muerte que yo conocía, lo que me permitió enterarme un poco de cómo habían conseguido evitar los crematorios. Yosie, que cuando llegó a Inglaterra apenas tenía catorce años y ofrecía un aspecto aún más infantil, había pasado cuatro de ellos en el bosque, y en soledad casi todo el tiempo. Janek había salido vivo porque entretenía a los guardas del campo cantando y tocando el acordeón. Otro había sobrevivido —tal y como deduzco ahora por su aspecto y por lo que los demás contaban entonces— porque los guardas lo encontraban hermoso.

 

Saco a colación a mis propios antepasados para dar pistas de por qué no deseo poner nada, ni siquiera mi amor por la libertad de expresión, por encima de mi odio por los nazis. Con todo, muchos habitantes de Skokie (Illinois) disponen de mejores argumentos que yo para aborrecerlos, pues ellos sí experimentaron en carne propia los campos de la muerte. A diferencia de mí, que solo conozco ese horror a través de las palabras de otros, ellos vieron a los nazis matar a sus familiares. Yo era demasiado pequeño como para siquiera conocer a aquellos de mis parientes que habían perecido allí, y además me encontraba a cientos de kilómetros, en Inglaterra, cuando ocurrió. No podría haber tenido el valor de defender el derecho a la libertad de expresión en Skokie si no creyera que hay más posibilidades de impedir que se repita el Holocausto en una sociedad donde se planta cara a cualquier amenaza contra la libertad. La libertad conlleva sus riesgos, pero ahogarla, creo, aboca sin duda al desastre.

Al describir los encontronazos de mi infancia con el terror nazi no aspiro a atenuar la rabia del hombre que quiere verme encabezando la marcha hacia el crematorio. No serviría de nada. La mayor parte de los judíos conocen a otros judíos tan impregnados de odio hacia los propios judíos que actúan como los mayores antisemitas. A mí, supongo, se me ha asignado esa categoría en muchas de las cartas en las que tan duramente se me denunciaba por defender la libertad de expresión de los nazis.

La frase más repetida en los numerosos textos que recibí sobre lo ocurrido en Skokie rezaba: “Y tú, siendo judío, ¿cómo puedes defender la libertad para los nazis?”.

Y mientras reflexionaba sobre la respuesta a esta pregunta durante los muchos meses en que las cartas fueron llegando en gran número, descubrí que al hacerlo también se fortalecía mi propia identidad judía. La conclusión a la que llegué, y que quizás ejemplifica uno de los rasgos que suele atribuirse a los judíos, empezaba las más de las veces por una pregunta: “Y yo, siendo judío, ¿cómo puedo negarme a defender la libertad, aunque sea para los nazis?”.

La libertad no garantiza la protección. Los riesgos son evidentes. En efecto, si los nazis gozan de libertad para expresarse, puede que ganen adeptos para su causa, quizá tantos que alcancen a obtener el poder para abolir la libertad y destruirme.

Sin embargo, comparto la visión de John Milton sobre la pervivencia de la verdad en un encuentro libre y abierto con la falsedad. Por eso quiero que los enfrentamientos dialécticos sigan siendo libres y abiertos, para darle así una oportunidad a la verdad. Aun así, no puedo asumir la infalibilidad de la premisa miltoniana. En este siglo en el que se ha visto tanta maldad, haría bien en no depositar mi plena confianza en una hipótesis que dependa del comportamiento humano y debería examinar cuidadosamente las opciones de las que me es posible disponer como alternativa. Puede que mi libertad y, en último extremo, mi vida dependan de esa elección.

Una religión aparte

La alternativa a la libertad es el poder. Si albergara la certeza de ser capaz de eliminar para siempre el nazismo, así como toda amenaza del calibre a mi seguridad, a través del ejercicio del poder, entonces quizás me sentiría tentado a optar por esa vía. Sin embargo, los judíos ostentamos un magro poder, somos reducidos en número y se nos conoce en el mundo como una raza aparte y como una religión aparte, además de que solo los judíos se ven señalados, por añadidura, como un pueblo aparte.

El resto del planeta sospecha de nosotros. Somos todos iguales y nos apoyaremos entre nosotros, se cree. Si hace falta un chivo expiatorio, conviene buscar entre los judíos y acusarlos a todos según la lógica que esgrime que, si un judío participó en la Crucifixión, entonces todos los judíos son asesinos de Cristo, o que, si el capitán Dreyfus es un traidor, todos los judíos han de serlo. En la misma línea, si un Karl Marx es judío —a pesar de haber recibido las aguas bautismales en su infancia—, todos los judíos son revolucionarios o, si un judío forma parte de un escándalo financiero, entonces todos los judíos manipulan la economía. En efecto, si de alguien se indica que es judío, entonces su judaísmo es lo que centra la atención. Y como hay judíos por todas partes, se nos puede culpar de todo.

Así que, precisamente porque los judíos somos particularmente vulnerables, considero que apenas nos sentiremos a salvo de la persecución en una sociedad en la que los choques se resuelvan sobre la base del poder. Por eso, en tanto que judío y por ende preocupado tanto por mi propia supervivencia como por la del resto de los judíos —pues ambas están inextricablemente unidas—, mi deseo es que haya restricciones al ejercicio del poder. En particular, las que más me importan son las que garantizan que yo no acabe aplastado por él sin que se entere el resto del universo. Si me encuentro en peligro, quiero poder llamar a gritos a mis hermanos judíos y a todos aquellos a los que pueda contar entre mis aliados. Quiero apelar al sentido de justicia del mundo. Por eso quiero límites que impidan que quienes ostenten el poder puedan atentar contra mi derecho a expresarme, mi derecho a publicar o mi derecho a reunirme con otros que se encuentren asimismo amenazados. Quienes ostenten el poder no deben poder impedirnos que nos reunamos para elevar juntos nuestras voces de modo que se nos oiga más fuerte y asegurarnos así de que se nos escucha. Para defenderme, debo servirme de la libertad para poner coto al poder, incluso aunque quienes se beneficien temporalmente de ello sean los propios enemigos de la libertad.

Tal y como afirmó Albert Camus, “[l]a libertad concierne a los oprimidos, y sus custodios naturales han provenido siempre de entre ellos”. Se trata de una cuestión de interés personal. Los subyugados constituyen las víctimas del poder. Si lo que desean es poner fin a su opresión, deben conquistar libertades o, alternativamente, adjudicarse el poder. En efecto, muchos de entre quienes se han visto aplastados prefieren lo segundo, de ahí que un quinto de la población judía mundial haya optado por refugiarse en su propio hogar, Israel, un lugar donde esperan hurtarse a la opresión porque allí son ellos quienes dictan las reglas, quienes ostentan el poder. Otros se han guarecido en distintos países, en comunidades dispersas donde la mayoría de sus vecinos son asimismo judíos. En este sentido, dado que en una localidad como Skokie gran parte de la población es judía, lo consideran un lugar donde escapar de la opresión, pues también allí pueden establecer las normas y ejercer el poder. Skokie, en ese sentido, es un reflejo en miniatura de Israel. Constituye un entorno donde los judíos sienten que podrían defenderse de una potencial invasión.

El beneficio de la ley

En esa línea de pensamiento, son los esfuerzos heroicos los que han permitido a Israel hacer frente a la invasión y sobrevivir a los embates de vecinos hostiles en busca del poder. Incluso quienes muestran una mayor disposición a emplear las demostraciones de fuerza para reivindicar los intereses israelíes saben seguramente que llegará un momento en que tales medios no bastarán para proteger al país de la destrucción. Lo que Israel necesita es limitar el poder de sus vecinos antes de que sea demasiado tarde, dado que la fuerza de la espada no bastará para garantizar su pervivencia.

Existen otros refugios para los judíos, como Skokie, que cuentan con muchas menos posibilidades de salir airosos en duelos basados exclusivamente en el ejercicio del poder, porque, al estar regida por las leyes y las costumbres del estado de Illinois y de los Estados Unidos de América, Skokie no puede considerarse una nación independiente: 70 000 personas, que van y vuelven a Chicago cada día para trabajar, no pueden erigir un muro a su alrededor para bloquear las ideas que supongan una amenaza. El tipo de protección que Skokie necesita es distinto, pues, aunque cabe que los judíos y sus amigos alcancen allí el poder, no lo han hecho ni lo harán jamás en el resto del país. De modo que lo que les hace falta a los judíos de Skokie es establecer límites al poder por mor de su protección. De nada servirá impedir a un puñado de nazis salir a las calles del pueblo si eso debilita el derecho a expresarse, a publicar o a reunirse libremente en cualquier lugar de los Estados Unidos.

En la obra de teatro de Robert Bolt Un hombre para la eternidad, sir Tomás Moro pregunta a Roper: “¿Y usted qué haría? ¿Se saltaría una ley para atrapar al diablo?”. Y Roper responde: “Acabaría con cualquier ley de Inglaterra para lograrlo”. “¿De veras? —replica Moro—, y cuando hubiera acabado con todas y el diablo se volviera contra usted, ¿dónde se escondería, Roper, sin ley que lo amparara? [...] ¿De verdad cree que podría mantenerse firme contra el viento que soplaría entonces? Yo sí. Por mi propia seguridad, yo le ofrecería al diablo el beneficio de la ley”.

 

Los judíos no pueden esconderse de los nazis en Skokie, sino que, por su propia seguridad, deben ofrecerle al diablo —los nazis— el beneficio de la ley. Es peligroso cederles la palabra, pero aniquilar las leyes que niegan a cualquiera el poder de silenciar a los judíos si estos llegaran a necesitar gritar pidiendo auxilio a sus hermanos y al mundo lo es mucho más. Los judíos ya han sufrido persecuciones demasiadas veces a lo largo de la historia como para que pueda afirmarse que sus sufrimientos han acabado para siempre, de modo que cuando llegue el momento en que deban hablar, publicar o manifestarse por su propia seguridad, no debe permitírsele ni a Illinois ni a los Estados Unidos que se lo impidan. Los nazis, y con esto respondo a quienes preguntan cómo puedo defender la libertad para ellos siendo judío, deben poder expresarse libremente porque los judíos deben gozar del mismo derecho y porque yo, a mi vez, debo poder ejercerlo.

Recibí muchos miles de cartas de denuncia, mientras que hubo apenas unos cientos de ellas que contuvieran muestras de apoyo. Y, como en el caso de la mujer que valora la libertad de expresión más de lo que odia a los nazis, no todos los mensajes de sostén llegaron a reconfortarme plenamente, a pesar de lo cual parte de aquel respaldo logró compensar los ataques más feroces. Una de mis misivas favoritas provenía de un médico de Nueva York que manifestaba su profundo compromiso con la defensa del derecho a la libertad de expresión de los nazis así: “Defiendo el derecho a expresar cualquier y toda opinión impopular —afirmaba—, aunque, como diría mi abuelo, esas opiniones solo deberían caer en saco roto”.

Los nazis nunca llegaron a manifestarse en Skokie. Anunciaron la movilización en un fructífero intento por mantener su visibilidad en un periodo en el que se les impedía congregarse en Marquette Park, el barrio de Chicago donde se ubica su sede y donde cuentan con el mayor número de seguidores. Ese litigio contra las restricciones a la libertad de expresión se desarrolló discretamente al mismo tiempo que se lidiaba la batalla por lo de Skokie con enorme notoriedad. Escasos días antes de la fecha en que estaba prevista la manifestación allí, en junio de 1978, desaparecieron los impedimentos legales para congregarse en Marquette Park, por lo que, alcanzado su objetivo primero, los nazis cancelaron la concentración de Skokie. A sus ojos era evidente que, de seguir adelante con ella, habrían ofrecido un espectáculo ridículo, pues habrían acudido veinte o treinta personas frente a las cincuenta mil que se esperaba que participaran en la marcha alternativa organizada por los líderes de la comunidad local de supervivientes de los campos de concentración.

Con todo, y a pesar de que allí nunca se produjera la manifestación nazi, Skokie ha pasado a la historia como el campo de batalla simbólico. Durante los quince meses que transcurrieron entre el primer anuncio de los nazis sobre su intención de congregarse públicamente en el pueblo y el momento en que anularon la convocatoria tras la confirmación legal de su derecho a celebrar manifestaciones, el tema generó un importante debate público, que continúa. Casi todos los periódicos locales del país publicaron editoriales al respecto. Con contadas excepciones, la prensa tomó partido por la defensa de la libertad de expresión, sumándose así a la postura de la Unión Americana de Libertades Civiles. Los textos de la sección de cartas al director, en cambio, se alinearon con el bando contrario, mientras que los columnistas autónomos se dividieron aparentemente a partes iguales. Igualmente, Skokie se ha convertido en un asunto candente en cientos de llamadas que entran en los programas radiofónicos a lo largo y ancho del país, así como en un tema recurrente en los sermones de iglesias y sinagogas. Los senadores estadounidenses han declarado sus puntos de vista al respecto a través del diario de sesiones Congressional Record, a la vez que, en escuelas, despachos, centros cívicos, residencias de la tercera edad, restaurantes, cuartos de estar y allá donde se haya reunido la gente, ha elevado el tono de las conversaciones. En estas discusiones, me cuentan, casi todo el mundo se decantaba por la libertad de expresión.

Las cuestiones que provocaban mayor disenso se centraban más en si los nazis americanos habían perdido su derecho a expresarse al identificarse con una ideología que condujo al Holocausto, o en si, dado que se les permitía hablar, ¿no cabía al menos prohibirles hacerlo en una ciudad considerada un puerto seguro para las víctimas del nazismo? Las charlas que escuché rara vez discurrieron en un tono moderado, sino más bien dominadas por intensos estallidos emocionales. En algunos casos incluso daba la impresión de que la agresividad que se traslucía dañaría para siempre las relaciones entre las personas.

Skokie como símbolo

¿Por qué Skokie se ha convertido en un símbolo y en un lugar que invita a manifestarse? El conato nazi de hacerlo allí inspiró en realidad preguntas jurídicas manidas, con razonamientos a favor y en contra de la libertad de expresión idénticos a los ya esgrimidos en cientos de juicios anteriores. Lamentablemente, tampoco hay nada nuevo en la estampa ofrecida por un grupo de americanos que decidieron pavonearse ataviados con uniformes propios de las tropas de asalto y que lucían brazaletes con esvásticas. En las últimas dos décadas, imágenes como esa se han convertido en parte habitual del escenario urbano, aunque hoy los nazis no cuentan con más adeptos ni representan una amenaza política mayor que entonces. Tampoco extraña el amago nazi por congregarse en un lugar donde su mera presencia constituye una calculada ofensa a la memoria de las víctimas del nazismo. Como cualquier otro grupo disidente, este es conscientemente provocativo con la esperanzada intención de atraer la atención y de generar reacciones vituperables y poco dignas por parte de sus enemigos.

Aun así, Skokie se eleva como un hito clave para las libertades americanas y figura ya como un caso clásico en los anales del Derecho. Su fama se debe en parte al contexto temporal, pues se produjo en un momento en el que los judíos americanos temían ser traicionados —ellos e Israel— por las democracias occidentales: ¿se antepondrían la necesidad del petróleo árabe y los petrodólares a los intereses judíos? Por eso simboliza el resurgir de la amenaza definitiva a la existencia hebrea. El mundo ya contempló impávido cómo los nazis aniquilaban a los judíos, de modo que podría ocurrir otra vez.

Lo de Skokie también ocurrió en un periodo de especial fragilidad para la incómoda entente entre la gente primeramente comprometida con las políticas de izquierda más aquella leal a la defensa de las libertades civiles, una alianza forjada por el movimiento pro derechos civiles que caracterizó la década de los años sesenta, y la movilización antibelicista y de oposición a Richard Nixon. Esos pactos pertenecen al pasado: Skokie y otros casos afines los hicieron tambalear y caer.

Por último, Skokie sucede en un momento de profundo declive del liberalismo. Cada vez cuesta más dar con un candidato político que quiera identificarse como liberal, ya sea hombre o mujer. Uno de los argumentos que se escuchan sobre este asunto es la definición de un conservador como “un liberal al que han robado”. La defensa del derecho a la libre expresión para los nazis allí es, según opinan muchas voces, un claro ejemplo de la ingenuidad propia de los liberales, casi comparable con invitar a un ladrón a casa a cenar. Sí, mejor no defender al enemigo.

Sean cuales fueran las razones, Skokie ha supuesto un impacto para muchas instituciones americanas. Las organizaciones judías y otros grupos que han intentado mantenerse firmes en su tradicional compromiso con la libertad de expresión se han visto desacompasados del sentir de sus comunidades. Algunas se han cobijado en el silencio mientras que otras han considerado que las circunstancias de Skokie eran especiales y que por ello lo convertían en un caso distinto a cualquier otro en el que haya grupos que buscan mostrar su visión en un espacio donde sus doctrinas son vistas como un anatema. Incluso la organización que lidera la defensa de la libertad de expresión en el país, la Unión Americana de Libertades Civiles, ha visto cómo una parte significativa de su parroquia se alejaba notablemente enfadada por defender los derechos de los nazis que quieren desfilar por Skokie.

Esta obra narra la historia de lo que ocurrió allí, así como otros ejemplos recientes en los que los enemigos de la libertad han reclamado para sí los derechos que niegan a los demás, y describe las raíces históricas que los explican. En ella me esfuerzo por trasladar tan bien como puedo los razonamientos de aquellos que limitarían el derecho de grupos como los nazis o el Ku Klux Klan a expresarse. Y trato, asimismo, de rebatirlos. Por último, el libro explora el impacto que Skokie tuvo en la gente y en las instituciones que contribuyeron a la formulación del caso a la vez que se vieron, a cambio, influidas por él."                 (Aryeh Neier, El País, 08/12/20)

7/2/13

"La ética no es una colección de normas, es una sensibilidad"

"Venimos de la represión de las emociones?
Sí, tenemos un pensamiento mayoritariamente racionalista. La moral se ha entendido como la represión de los sentimientos, algo que había que dominar.

Pero ahora estamos en el otro extremo.
Totalmente. En un mundo en el que todo está en venta, el canal para vender son las emociones. Es muy fácil manipular a la gente con un lenguaje que toque la fibra emotiva, y se usa en política, en el mercado, en los medios de comunicación... Las emociones son importantes, pero no hay que caer en el culto a la emocionalidad.

Nos gobiernan.
Nos pueden arrastrar, lo cual tiene su parte buena porque nos llevan a actuar.

También puede ser malo.
Sí, el sentimiento es la base del comportamiento moral. No sólo hay que entender lo que es bueno y lo que es malo, hay que querer lo bueno y que te repugne lo malo, y eso es una emoción.

Has de sentirlo.
Sí, es como el fumar, todo el mundo sabe que es malo, pero el fumador sigue fumando hasta que revierte el sentimiento: el susto que te provoca un enfisema pulmonar te hace dejarlo. La ética no es una colección de normas, es una sensibilidad.

¿Por qué hay tanto corrupto y tanto desvergonzado?
Falta voluntad de hacer las cosas bien y falta un clima moral social que reconozca a las personas que cumplen y no a las que no cumplen.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Es una consecuencia de la misma libertad, del progreso, al tener más posibilidades de elegir, cada cual debe tener lo que se llamaba fuerza de voluntad para reprimir lo que no se debe hacer, y más criterio.

Pero dice la ciencia que la raza humana ha progresado gracias a la cooperación.
Cierto, pero es muy fácil desviar la compasión y la cooperación hacia "lo que a mí me interesa". El ser humano es una mezcla de dos tendencias, por una parte es egoísta y por otra benefactor y compasivo. Equilibrar los dos aspectos es complicado.

¿La ética sin sentimiento se convierte en norma de colegio?
Son deberes escritos en algún sitio, sí. Ahora todo el mundo quiere hacer un código ético: las empresas, los ayuntamientos, ¿pero para qué sirve un código ético?

¿Para saltárselo?
O guardarlo en un cajón. Si no existe la voluntad, que es más sentimental que racional, no sirve para nada.

Igual lo que nos sobra es individualismo.
Dar valor al individuo ha sido un gran logro, los derechos humanos son derechos individuales, pero si lo único que hace el individuo es pensar en sus intereses y olvidarse de los demás, eso es la negación de la ética.

¿Por qué es más moral ser justo que injusto?
Esa es la gran pregunta filosófica, y no tiene respuesta. Platón lo planteaba así: ¿por qué el tirano (el injusto) es feliz, y el justo es desgraciado?

¿Alguna conclusión?
Platón hablaba del sufrimiento del tirano.

Casi todos los tiranos han muerto felizmente en su cama.
Yo diría que nos hemos inventado una palabra, justicia, que es positiva, que es buena y no hace falta darle más vueltas.

¿Cómo define la ética?
Como el intento de conseguir que las personas convivan de una forma amable, pacífica y sin destruirse unos a otros.

La ética tiene que ver con los demás.
Totalmente. La regla de oro de la moralidad la inventó Confucio: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; eso es la ética: pensar en los demás.

¿En nuestras democracias no hemos encontrado el equilibrio entre libertad y convivencia?
Así es. Por una parte la libertad es un gran valor pero por otra hay que construir un demos, un pueblo cohesionado, con objetivos comunes que no favorezcan a una oligarquía en detrimento de los demás, y encontrar ese equilibrio es lo que falla.

¿Con qué virtudes se queda?
El catecismo nombraba cuatro virtudes cardinales, que en el fondo son aristotélicas: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. En esta crisis las cuatro han fallado, no se ha sido prudente, no se ha sido justo: hay quien dice que las grandes desigualdades, ese uno por ciento muy rico frente a una gran mayoría miserable, es una de las causas de la crisis, y estoy de acuerdo.

¿Y la fortaleza?
Es la valentía, y ha habido muy poca para afrontar todo el caos que nos ha ido llevando hasta aquí. Y la templanza significa moderación, demasiada codicia.

¿Cuál cree que es la virtud fundamental que debe cultivar un político?
Hoy sin duda el coraje, para decir la verdad y hacer lo que tienes que hacer pese a las presiones internas, externas y a la impopularidad."    (Entrevista a Victoria Camps,La Vanguardia, 04/02/2013)

7/5/11

Ética de izquierdas... para el siglo XXI

" He aquí algunas lecciones que he aprendido de mis maestros. Me he convertido en lo que Camus llamaría un "reformista radical". (...)

1. Ya no quiero cambiar el mundo; quiero reformarlo. De hecho, creo que el mundo cambia por sí mismo mucho más deprisa que nuestro deseo de cambiarlo. (...)

2. El "reformismo radical" excluye todo relativismo desencantado. Mendes-France decía que la tensión reformadora debe inocular constantemente patetismo en la virtud. La democracia debe ser una pasión. (...)

3. La explosión de los dogmas y de las ideologías debería condenarnos a la humildad y a un verdadero culto de la complejidad. (...)

4. La sabiduría consiste ahora en no separar nunca los conceptos de libertad e igualdad. La primera sin la segunda conduce a la jungla de las competiciones. La igualdad sin libertad lleva a la uniformidad y a la tiranía. (...)

5. Desde esta óptica, el dinero solo puede ser el símbolo de unamercancía y el instrumento que sirve para hacerla circular mejor. (...)

6. Según Marx, la violencia viene provocada por el paso de una sociedad a otra, como ocurrió durante la transición del feudalismo al capitalismo. Solo en este caso considera que la violencia es progresista o, si se quiere, revolucionaria. (...)

No existe pues una fatalidad progresista de la violencia, sino al revés. Soy partidario de una no violencia ofensiva y no sacrificial.

7.
No obstante, puede ocurrir que una guerra a la vez "inevitable e inexcusable" sea necesaria por razones de autodefensa. Pero solo podría ser declarada como último recurso, después de descartar todas las demás soluciones. (...)

8. No está en el destino de una víctima el seguir siéndolo; después de liberarse, puede convertirse en verdugo. Todos aquellos que aceptan responder a la barbarie con la barbarie, utilizando las mismas armas que sus enemigos y traicionando así los valores por los que combaten deberían tener presente este pensamiento. (...)

9. Ya en mi más tierna infancia aprendí a considerar la humillación como uno de los peores males de la humanidad. Más aun que las opresiones, las ocupaciones y las alienaciones, la humillación es lo que más profundamente hiere el alma de un individuo o una colectividad. (...)

10. Hay varios medios para no colocar nuestro sillón en el sentido de la resignación ante las desgracias de la vida y la maldición de los hombres. Por ejemplo, considerar que "la vida no es nada, pero nade vale más que una vida" (Malraux), que "no hay que buscar a Dios en ninguna otra parte que en todas partes" (Gide) y que solo la admiración que se transforma en amor puede impedirnos ver la vida como "un cuento lleno de ruido y furor contado por un idiota y que no significa nada" (Shakespeare)."

(JEAN DANIEL: Lo que yo creo: una ética de izquierda. El País, 06/05/2011, p. 29)

26/1/10

Camus y Orwell... dos cabalgan juntos... desde la guerra de España...

"Esta denuncia del totalitarismo y del terrorismo, que se adelanta a los acontecimientos venideros, ha conseguido hoy aplauso general para Albert Camus, entre los conservadores de derechas y también entre muchos izquierdistas arrepentidos. Pero este aprecio póstumo puede ocultar, como decíamos, un cierto malentendido y hasta un olvido selectivo de una parte importante del pensamiento político y moral de Albert Camus.

Porque en su obra no hay un rechazo global sino más bien una exigencia ética de la rebelión: "Yo me rebelo, luego nosotros somos". Decir "no" y rebelarse contra la injusticia y la desigualdad social ("la sociedad del dinero y de la explotación no se ha encargado nunca, que yo sepa, de hacer reinar la libertad y la justicia"), contra la opresión colonial de los países más desfavorecidos, contra la pena de muerte, contra la utilización de armas atómicas... Todo eso también formó parte central de sus manifestaciones políticas. Albert Camus fue crítico con la revolución que entroniza el terror y la violencia como dioses justicieros, confundiendo la depuración con el camino de la pureza, pero no fue un conformista ni un cínico que acepta sin más -en nombre del orden sacrosanto- los peores manejos de la razón de Estado. Fue moralmente exigente con la rebeldía (sostuvo que en política deben ser los medios quienes justifiquen el fin y no al revés), pero sin duda fue también un rebelde: "La rebelión no es en sí misma un elemento de civilización. Pero es previa a toda civilización".

Probablemente el intelectual del siglo XX con quien más tiene en común Albert Camus, hasta la coincidencia casi desconcertante, es George Orwell. Y no sólo por similitudes biográficas, como que ambos fueron tuberculosos, ambos murieron (aunque por causas distintas) a los 47 años, ambos tuvieron una preocupación especial por la guerra civil de España y su tragedia posterior y ambos padecieron la maledicencia calumniosa de muchos colegas comprometidos con el disimulo o la minimización de la realidad totalitaria comunista. Hay además otras concordancias esenciales. Una de las principales es la importancia concedida al lenguaje y a la sinceridad que lo emplea en busca, ante todo, de la verdad.

Orwell denunció: "El lenguaje político -y con variaciones esto es válido para todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas- es empleado para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro humo". Y concluyó: "El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad".

Por su parte, Camus señaló: "He escuchado tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme dar vueltas la cabeza, y que han hecho dar a otros vueltas la cabeza hasta hacerles consentir en el asesinato, que he llegado a comprender que toda la desdicha de los hombres proviene de que no tienen un lenguaje claro. He tomado entonces el partido de hablar y actuar claramente para volver a ponerme en el buen camino. Por consiguiente digo que hay las atrocidades y víctimas, y nada más" (La peste).

Tanto uno como otro fueron explícitamente contrarios al culto del músculo y la fuerza como garantía de eficacia para resolver los conflictos, aunque Camus simpatizó más con el pacifismo y las doctrinas gandhianas de la no violencia (para Orwell "el pacifismo es más una curiosidad psicológica que un movimiento político").

Y ambos criticaron el nacionalismo: Camus escribió a su imaginario amigo alemán que él "amaba demasiado a su país para ser nacionalista" y Orwell unas perspicaces y siempre actuales Notas sobre el nacionalismo en las que dejó caer esta observación de largo alcance: "Todo nacionalista está obsesionado por la creencia de que el pasado puede ser alterado".

Pero cada uno de ellos se interesó a su modo por el patriotismo, entendido como ciudadanía compartida y no como etnia de pertenencia.

Orwell se asombraba en 1940 (probablemente pensando en el grupo de Bloomsbury o gente parecida) de que Inglaterra fuese "el único gran país cuyos intelectuales se avergüenzan de su propia nacionalidad" y deseaba para el futuro que "el patriotismo y la inteligencia volviesen a ir juntos de nuevo".

Por su parte Camus, en el prefacio a sus Crónicas argelinas, en las que expuso una postura que desagradaba a casi todos, dice: "Desde la derecha se ha emprendido, en nombre del honor francés, lo que era más contrario a tal honor. Desde la izquierda, frecuentemente y en nombre de la justicia, se ha excusado lo que era un insulto a toda verdadera justicia. La derecha ha cedido así la exclusiva del reflejo moral a la izquierda, la cual le ha cedido a su vez la exclusiva del reflejo patriótico. El país ha sufrido dos veces" (FERNANDO SAVATER. Dos cabalgan juntos. El País, ed. Galicia, opinión, 23/01/2010, p. 25/6)

18/12/09

Libertad subjetiva, autoritarismo coactivo, libertad, ética... extravagantes masificados...

"hoy, todo poder -incluido el democrático- corre el riesgo de perder su legitimidad si, además de en la ley, no se basa en la ejemplaridad. (...)

- Autoridad sin autoritarismo. "Ha saltado por los aires el principio de autoridad, que era un elemento vertebrador de la sociedad. Hasta el siglo XVIII un individuo tenía una esfera de libertad muy pequeña y un concepto de sí mismo al servicio de (el rey o el gremio de zapateros). Además tenía creencias colectivas fuertes (patriotismo, religión) y costumbres extremadamente moldeadoras (la tradición). Y todo en una sociedad muy jerárquica con una minoría poderosa que se proponía a sí misma como modelo. Esa combinación rompía cualquier individualidad. Ahora vivimos la ausencia de todo eso unida al lenguaje de la liberación subjetiva.

Disturbios como los de septiembre en Pozuelo y la polémica sobre la autoridad de los maestros demuestran que los chicos viven en sociedad, pero no están socializados. Hay que volver a valorar las conquistas de la libertad: el derecho a la intimidad, a la reunión, al propio nombre, cosas que hasta hace poco se negaban. Los jóvenes de hoy no saben cuánto costó esa liberación porque el precio no lo pagaron ellos sino sus padres".

- Fascinante confusión. "Me considero un hijo gozoso de mi época. Tenemos la responsabilidad de dar contenido a un proyecto civilizatorio que es contingente, precario y sin precedentes que sirvan de modelo. Fascinante. Los que nos dedicamos a la reflexión debemos ayudar a moldear la que será la imagen natural del mundo en el futuro para que sea compatible con la convivencia colectiva y favorable al proyecto democrático, secularizado e igualitario".

- Demasiada vida privada. "La libertad es el presupuesto de la ética pero no la ética misma. Claro que hay violaciones a la libertad, infinitas, pero ya nadie las considera legítimas. El liberalismo ha convertido la libertad en un dogma. Cualquier insinuación sobre uso cívico y social de tu libertad produce alergia bajo el nombre de vida privada. Hemos olvidado que cuando se inventó el Estado coactivo se inventó también la vida privada como un terreno inviolable. No puedo estar más de acuerdo en términos jurídicos (la defensa frente a la autoridad), pero la socialización y la ética son otra cosa".

- Más ejemplos y menos leyes. "Siempre existirán autoridades coactivas -tu padre o el Ministerio de Hacienda-, pero las que pretendan ser legítimas tendrán que basarse en la ejemplaridad. Antes, ser padre era un hecho biológico del que se derivaba un arsenal de poderes sobre tu mujer y tus hijos. Hoy es un hecho moral que te tienes que ganar con una conducta ejemplar. El problema de la política es que hay sobreabundancia de leyes y falta de conductas ejemplares. Es un círculo vicioso: el ejemplo negativo de los políticos desmoraliza a la sociedad, se generaliza la vulgaridad en la conducta y los propios políticos reaccionan con más leyes". (JAVIER GOMÁ: "Sobran leyes y faltan conductas ejemplares". El País, ed. Galicia, cultura, 14/12/2009, p. 40)