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25/11/19

Casas de apuestas: la musiquita del dinero. La atracción hacia los juegos de azar, y la adicción que generan, responde a una íntima necesidad de compensación, de restablecimiento de cierta justicia...

"La Plataforma contra los Locales de Apuestas en Madrid, que aglutina a 168 colectivos de la capital y de la comunidad, a principios de mes celebró en el distrito de Tetuán la primera manifestación de vecinos para pedir el cierre de los salones. 

La multitud coreaba también lemas contra los actores y deportistas —siempre referentes para adultos e influencers para adolescentes con la mente poco formada— que se prestan a la publicidad del juego. En Barcelona, donde hay 35 salones, 17 bingos y un casino, el Ayuntamiento ha anunciado esta semana la prohibición durante un año de apertura de nuevos locales de apuestas, “con el fin de preservar la salud de la ciudadanía y evitar adicciones”: una moratoria para ganar tiempo mientras se elabora el plan especial que regulará el sector para que cada vez que un local cierre no se pueda abrir otro.

En sus memorias Una especie de vida, Graham Greene cuenta sus primeros años como escritor independiente. Vivía razonablemente bien. Pero un par de veces al año le abrumaba un aburrimiento injustificado y metafísico; entonces cogía la pistola y se iba al bosquecillo detrás de casa; colocaba una bala dentro del tambor, lo hacía girar, apoyaba la boca del cañón en la propia sien y presionaba el gatillo. Después sentía una formidable sensación de las angustias y melancolías que le abrumaban. Empezaba de nuevo.

La ruleta rusa es de todos los juegos de azar el más peligroso y extremo y el que debería acabar con todos los demás, su desenlace lógico, ya que cualquier jugador busca en cualquier apuesta “el subidón”, una emoción muy intensa e inmediata —esas descargas de adrenalina que la rutina de la vida convencional solo depara con usura— y a lo mejor, además, un beneficio inmediato. Cuanto mayor riesgo asume el jugador, mayor la ganancia, o más irreversible la pérdida. (La excepción literaria es El ruletista, el famoso jugador de ruleta rusa de Cartarescu, que apuesta contra sí mismo y es tan mala su suerte y tan caprichoso el azar que hasta cuando mete seis balas —una en cada recámara— gana, o sea, pierde).

A mayor riesgo, más posible ganancia: según este principio funcionan las salas de apuestas que proliferan locamente por toda España, todas según una distribución parecida: a la entrada del local se encuentran, como invitación a los novatos a que se inicien, las máquinas más atractivas, las tragaperras for fun (para divertirse), que arrojan premios con cierta frecuencia aunque de escasa cuantía. 

Al fondo se alzan las máquinas hard play (juego fuerte), que arrojan pocos premios, pero altos, para jugadores experimentados. Y al fondo es hacia donde te empuja la lógica, allí donde, como Maupassant escribió a propósito de los casinos, “el ruido del dinero, incesante como las olas, un ruido profundo, alegre, terrible, inunda los oídos y también el alma, sobresalta el corazón, ofusca la mente, hace perder la cabeza”.

 Entre el área for fun y el área hard play, en medio de la sala, se puede instalar la ruleta, el círculo donde gira la bolita vertiginosa y donde una voz femenina monótona pero agradable repite los mismos mensajes: “Todavía no se ha hecho ninguna apuesta”… “El juego dará comienzo dentro de 12 segundos”… “No se admiten más apuestas”… “Suerte”.

¿Qué decir de esa ruleta sin crupier, rodeada de dispositivos con ranuras que devoran en un instante los billetes de banco, en cuya pantalla el índice nervioso del jugador aporrea los números rojos y negros, números que cuando no obtienen premio desaparecen de la pantalla envueltos en el símbolo de una nube y con un ruidito de succión, ¡fluuup!? De los distinguidos casinos de la Costa Azul, con sus cocottes enjoyadas y sus aristócratas decadentes, dijo Chéjov: “Me atraen el lujo y la riqueza, pero debo confesar que la ruleta me ha causado la misma impresión que un suntuoso water closet [inodoro]”. 

Si esa impresión le dio Montecarlo, ¿qué diría de estos salones donde es imposible encontrar ni una cocotte ni un mal baronet, salones sumidos en una atmósfera de indiferente fracaso, frecuentados casi exclusivamente por varones, en cuyas paredes sin ventanas (para mejor aislar al jugador de la odiosa realidad donde no rige el azar, sino el rigor de las causas y los efectos) los carteles anuncian que está prohibido dejar bebidas sobre la ruleta, fumar, golpear las máquinas, y donde unas grandes pantallas transmiten los partidos de fútbol de 10 ligas europeas y las carreras de caballos que se celebran en barrizales de Filadelfia sobre los que siempre llueve?

La musiquita del dinero y de la pérdida suena en 230.000 tragaperras instaladas en los bares de toda España. La multiplicación como setas de los salones de juegos o salas de apuestas y de los hábitos de apuestas online desde el propio hogar —que ha aumentado un 370% en los últimos cinco años— preocupa a las familias. Algunos lo consideran un flagelo. La facilidad para acceder desde el hogar a juegos de apuestas online crea el temor paranoico a una pandemia de ludopatía, cuyo primer anzuelo es la obtención de un buen premio la primera vez. Hasta los profesionales independientes vinculados a este negocio, que defienden su derecho a existir y niegan una supuesta permisividad con la entrada de menores, postulan la conveniencia de concienciación en los colegios y el control de la publicidad.

Circula entre esos colectivos la especie de que los empresarios —hay nada menos que 15.000 operadores de máquinas en todo el país— es gente desalmada que deliberadamente elige para sus establecimientos los barrios humildes, con el propósito de aprovecharse cínicamente de las dificultades económicas de una población psicológicamente más proclive a ver en una apuesta afortunada la posibilidad de salvación. 

En parte es cierto, pero es evidente que, por su propia naturaleza, el salón de apuestas se instala en plantas bajas de zonas urbanas populosas, donde no quede lejos una potencial clientela numerosa y donde el alquiler del local tenga el precio más bajo posible: pura lógica empresarial, de un tipo de actividad ciertamente parasitaria, pero como lo son tantas; y, quién sabe, tal vez brindar unos minutos de ilusión y ensimismamiento en un mundo paralelo quizá también pueda considerarse un servicio público.

Le preguntamos a la psicóloga clínica Inma Puig, autora de La revolución emocional, por qué los juegos de azar son potencialmente tan adictivos. La mentalidad adictiva, explicó, responde a la íntima necesidad de compensación por la carencia de algo que a uno se le ha escamoteado injustamente. El ludópata ve en el azar una posibilidad de que se restablezca la justicia que la naturaleza, el ambiente o la sociedad le ha negado.

Tiene lógica lo que dice la señora Puig. ¿Por qué, piensa el jugador, el azar va a ser más injusto que la predeterminación y la fatalidad? ¿Por qué no va a haber una potencia que restablezca la justicia de la que otra potencia me privó? En cierto sentido esas tragaperras son dioses, llamados, por ejemplo, Queen of Nile, Jugada maestra o Flor de loto; dioses alternativos…, pero tan arbitrarios y caprichosos como cualquier otro."                      (Ignacio Vidal-Folch, El País, 27/10/19)

13/11/12

El circo humano de los casinos de Las Vegas... modelo para el de Eurovegas

"La primera vez que tuve contacto con los casinos de Estados Unidos fue una temporada en la que viajaba frecuentemente entre Nueva York y Boston en los míticos autobuses Greyhound. (...)

Durante aquellos meses oí muchas historias inverosímiles, compartí comida, chistes y tristezas, me reí y me juré no volver a montar en un Greyhound en mi vida. Las gentes que viajan en Greyhound son en general pobres de solemnidad en un país obscenamente rico, pero, entre New Haven (Conneticut) y Providence (Rhode Island), la pobreza habitual se hacía más abyecta y desesperada, porque el autobús se desviaba por una carretera comarcal para hacer una parada en el casino Mohegan Sun. 

Entre los clientes de ese casino había señoras afroamericanas de edad con respiradores de oxígeno, jubilados en busca de suerte o de un suplemento para la pensión, mujeres solteras en busca de emociones fuertes, toda una gama de personajes marginales que contrastaba con el rutilante decorado de neones y pantallas gigantes del casino al que iban a probar suerte o a aliviarse de la alienación de sus vidas.

 Entre ellos, recuerdo con especial cariño a un compañero peruano, la memoria sólo me devuelve imágenes sueltas, algunas frases: que acababa de salir de una de las muchas prisiones privadas, que lo habían echado de su casa, que compartimos un cartón de vino a escondidas en el autobús, que nos reímos de los gringos en español, que cuando se bajó en el casino con sus últimos dólares le di uno de esos abrazos que se dan cuando uno no tiene más que calor humano para compartir, que le deseé suerte sabiendo que para los condenados de la tierra la suerte está echada, que, cuando desapareció tras las puertas del casino, el vino agrio supo también a melancolía e impotencia. (...)

La segunda vez que tuve contacto con los casinos fue en Detroit... Precisamente para paliar la miseria y el racismo un alcalde de Detroit tuvo la feliz idea de crear una zona de exención legal e invitar a los casinos MGM (la competencia de Sheldon Adelson) a instalarse en la ciudad. 

Allí volví a ver a las mismas señoras afroamericanas con los respiradores asistidos de oxígeno, la misma gente con diabetes 2 en silla de ruedas, el mismo olor a tabaco pegado como una lapa a la moqueta, la misma obesidad mórbida producto de la pobreza y la mala alimentación. Los casinos de Detroit sólo han servido para hacer a la gente pobre más pobre y para profundizar la segregación racial.(...)

Pero los casinos de Detroit, el Mohegan Sun, son sólo una pálida sombra del monstruo original, Las Vegas. Y sí, no voy a ser hipócrita, claro que a todo el mundo le atrae ir a Las Vegas, una ciudad llena de mitos e íconos, empezando por Bugsy, ese gangster demente al que se le ocurrió plantar un casino en medio del desierto para que las estrellas de Hollywood pudieran desmadrarse y del que ya sólo queda una placa en un rincón de los jardines del Hotel Flamingo.

 En el strip de Las Vegas sólo se ven las luces y el espectáculo, la miseria está en otra parte. Lo que si se ven son miles de adultos actuando como los adolescentes que fueron o quisieron ser, vagando de casino en casino, haciendo todo lo que no se puede hacer en las puritanas ciudades de las que vienen: bebiendo por la calle en gigantescas probetas de plástico, cantando borrachos en un karaoke, jugando al Black Jack, comiendo desaforadamente en uno de los múltiples buffets con comida plástica de diarrea asegurada, buscando sexo en un ascensor, inhalando “cristal”, una droga que aparentemente te permite jugar 48 horas sin dormir… 

Las Vegas es incomprensible sin la alienación estructural y diaria a la que son sometidos la mayoría de los americanos en su vida, vendemos nuestra fuerza de trabajo todos los días del año, para poder pasar dos o tres días en esta discoteca/burdel en medio del desierto, sublimando la represión que producen las autopistas de cinco carriles, la oficina o las restrictivas leyes del alcohol. 

Nada más conmovedor y melancólico que un grupo de secretarias de Wisconsin que ahorran todo el año para pasar un fin de semana en Las Vegas, un dentista de Nebraska borracho o una familia de clase media cuyo hijo dice, “papá, papá vamos a Venecia que venimos de París y así ya no tenemos que ir a Europa de dónde vinieron los abuelos”.

Pero no nos pongamos sentimentales ni moralistas, en Las Vegas sólo hay un dios: el dinero. La ciudad es la reducción de todas las relaciones interpersonales al equivalente universal del intercambio. 

Las Vegas agarra a sus visitantes de los tobillos, los pone bocabajo y les vacía los bolsillos; tarde o temprano el vampiro encuentra algún deseo oculto, un espectáculo, un anhelo, una comida, un vestido (últimamente las boutiques de lujo han abierto millas de tiendas en el strip). Los casinos, las tiendas de lujo, los restaurantes y los bares son vasos comunicantes que reparten dinero en un sitio y te lo quitan con creces en otro, la ciudad es un cuerpo sin órganos por cuyas venas corre dinero las 24 horas.

 “What happens in Vegas stays in Vegas” (lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas) dicen, pero lo único que se queda en Las Vegas de verdad es nuestro dinero en el bolsillo de magnates como Adelson, por eso en los casinos de Las Vegas no hay relojes, el único tiempo es el tiempo de la plusvalía, aquello de la jornada laboral de Marx ha sido pulverizado, el tiempo de la acumulación de capital y la explotación es siempre ahora, no tiene límites. (...)

 Sin embargo, Las Vegas no sólo es alienación y explotación laboral, es también espectáculo, pero no en el sentido de cabaret y circo, que también, sino en el sentido en que lo usaron los situacionistas. A mediados de los años sesenta, Guy Debord anunciaba que el capitalismo estaba penetrando en las esferas más íntimas de nuestra cotidianeidad reduciendo todas las relaciones humanas a relaciones pecuniarias.

Esta penetración del capitalismo en su fase más avanzaba suplantaba el vínculo social por un espectáculo en el que la simulación de la realidad, sus imágenes, sustituían a la realidad y a sus referentes materiales. Observando el funcionamiento de Las Vegas hoy sólo puedo decir que las predicciones de los situacionistas se han quedado trágicamente cortas.

Las Vegas ha abolido las cosas y las ha sustituido por mercancías, ha sepultado a los seres humanos y a la realidad bajo el destello siniestro de las imágenes y sus simulaciones. Un ejemplo sólo: sentado en un café de Las Vegas, en el sótano de un casino, apuro una cerveza mientras una mujer con aires hippies toca con una guitarra acústica, bajo un árbol de metal adornado con luces, “Me and Bobby McGee” de Janis Joplin.

La escena tiene un aire funeral porque Las Vegas ha sustituido la luz del sol, el árbol, las hojas, la savia, la rabia y el talento de la música de Janis Joplin y las ha transformado en un espectáculo vacío, en una mercancía para consumir y tirar."                 (Rebelión, 14/09/2012,Luis Martín-Cabrera)