Mostrando entradas con la etiqueta s. Felicidad: sus actividades. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta s. Felicidad: sus actividades. Mostrar todas las entradas

21/7/21

Hay una alegría que nos falta... “El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”... cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez más... muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra

 "A finales de junio, más de 15.000 personas vacunadas se congregaron para la reapertura del Madison Square Garden en Nueva York con el concierto de los Foo Fighters. Cuando la banda llevó como telonero al comediante Dave Chappelle para cantar una versión de “Creep” de Radiohead el público estalló en lo más parecido a una catarsis que he visto en un año y medio.

 A nadie le importó que Chappelle cantara desafinado. Todos eran partícipes de una experiencia que hace apenas unos meses resultaba inimaginable. Algún día les contarán a sus nietos sobre esa noche, cuando la ciudad de Nueva York volvió a la vida y su banda favorita interpretó la canción de otra banda y ellos trataron de seguirle el ritmo a un cómico legendario que hacía de vocalista.

Para la mayoría de la gente, las emociones existen principal y exclusivamente en su cabeza. La felicidad se considera un estado mental; la melancolía es una posible señal de advertencia de una enfermedad mental. Pero la verdad es que las emociones son inherentemente sociales: están entretejidas en nuestras interacciones.

 Las investigaciones han descubierto que la gente se ríe cinco veces más cuando está con otras personas que sola. Hasta el intercambio de bromas con un desconocido en un tren basta para desatar alegría. Eso no quiere decir que no se pueda encontrar placer al ver una serie en Netflix. El problema es que ver un episodio tras otro es un pasatiempo individual. La felicidad máxima reside sobre todo en la actividad colectiva.

Encontramos los mayores momentos de gozo en la efervescencia colectiva. Es un concepto que acuñó a principios del siglo XX el sociólogo iconoclasta Émile Durkheim para describir el sentimiento de energía y armonía que la gente siente al congregarse en torno a un propósito compartido. La efervescencia colectiva es sentirnos en sintonía cuando bailamos junto con desconocidos en una pista de baile, cuando los colegas de trabajo llevan a cabo una lluvia de ideas, cuando los primos están en un servicio religioso o cuando los compañeros de equipo están en el campo de juego. Y durante esta pandemia, este sentimiento ha brillado por su ausencia en nuestra vida.

 La efervescencia colectiva ocurre cuando la joie de vivre se propaga en un grupo. Antes de la COVID-19, las investigaciones demostraban que más de tres cuartas partes de la gente experimentaban efervescencia colectiva al menos una vez a la semana y casi una tercera parte, al menos una vez al día. La percibían al cantar a coro o competir en carreras y en momentos de conexión más relajados en cafeterías y clases de yoga.

Sin embargo, cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez más. Comencé a ver especiales de comedia, con la esperanza de obtener un poco de efervescencia colectiva mientras me reía junto con la audiencia. Estuvo bien, pero no fue lo mismo.

En cambio, muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra.

Las emociones son como enfermedades contagiosas: pueden transmitirse de una persona a otra. “El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”, explicó mi colega Sigal Barsade, profesora de Gestión en Wharton e investigadora principal en esta materia. “En casi todos nuestros estudios, hemos descubierto que la gente no se da cuenta de que sucede”.        

(. Es psicólogo organizacional en Wharton, The New York Times en español, 17/07/21)

16/7/19

Oia, viaje al pueblo que quiere ser feliz...

"A 45 kilómetros de Vigo, 141 de Santiago, 618 de Madrid, 5.908 de Míchigan y 8.288 de São Paulo, tal y como rezan las señales puestas para los peregrinos que llegan al pueblo, trepa montaña arriba desde el rompeolas el lugar más feliz del mundo. 

Un hombre de mediana edad juega al sol lanzando una pelota a su perro rubio; otro coloca una sábana fresca sobre el asiento del coche para que su madre no pase calor; pandillas de adolescentes bajan a bañarse en la playa y un sinfín de turistas se hacen fotos ante el ruinoso monasterio que en 2004 compró una empresa consignataria de buques, con un millonario proyecto de urbanización que sigue parado.

 Esto es Oia (3.018 habitantes), el municipio del sur de la provincia de Pontevedra que ha creado tras las elecciones la primera Concejalía de la Felicidad en España, con precedentes en Ceregnano (Italia, 4.000 vecinos), que instauró el mismo departamento en 2012, y en el reino de Bután, donde lo que se fundó fue un ministerio.

Hoy es un día grande para un buen puñado de vecinos de Oia. Después de seis años sin noticias de San Benito y San Bernardo, que habían marchado a restaurarse a Pontevedra, el nuevo cura del pueblo, Daniel Goberna, ha recobrado las imágenes del siglo XVIII y a la tarde se celebra la fiesta de bienvenida. El párroco, prefecto de música en la catedral de Tui y famoso en la comarca por sus dotes de canto, corre calle arriba y calle abajo. "¿Está aquí ya San Benito?", le grita Jesusa Crespo. "Está durmiendo la siesta", le responde bromista el hombre joven con alzacuellos. 

Como todos los días cuando no llueve, Jesusa, de 82 años, baja con sus dos bastones después de comer a la plaza Centinela, al borde del Atlántico. Allí, además de un crucero antiguo "donado por un panadero", hay un banco corrido de piedra, de unos 10 metros de largo, donde se dan cita más de 20 vecinas y vecinos de la misma quinta. Se conocen desde tiempos de la escuela, y más de 70 años después siguen reuniéndose cada tarde "sin riñas ni roces" para charlar y jugar a la rana.

Los primeros en juntarse con Jesusa en la sobremesa son María Puertas, de 80 años, Josefa Pérez, de 81, y Jesús Cividanes, de 82. En breve llegará Matilde Álvarez, la más veterana (92) y más convencida de su felicidad presente, sobre todo si recuerda episodios del horror de la guerra, como cuando el convento benedictino se convirtió en campo de concentración. 

 Estos días las señoras prueban una especie de alfombrillas para el trasero, de momento solo un par de prototipos de cojín ultrarresistente, que les ha proporcionado la alcaldesa, Cristina Correa (PP), porque el granito del banco es frío y duro para pasar la tarde entera. Jesusa telefonea al móvil de la regidora ("la Cristina") para recordarle que hay que limpiar la mancha de aceite que dejó el otro día una furgoneta en el pavimento. "Afea la plaza", reprocha.

La alcaldesa tiene claro que la felicidad "no es un estado permanente", sino "momentos" ensartados en un collar donde abundan también piedras menos preciosas y muchos malos ratos. Para encontrar esas satisfacciones emocionales, está organizando un "consejo de sabios" con "gente que destaca por su vocación de ayudar". "Cada día se me ocurre algún nombre" pero "casi todas son mujeres", reconoce. Así que será un consejo de sabias.

La abogada de 38 años llegó a su cargo en noviembre de 2015 tras una moción de censura que descabalgó al PSOE, y desde hace más de un año maduraba la idea que al fin ha puesto en práctica ahora que repite de regidora, por mayoría absoluta. "Quería llamarla simplemente Concejalía de la Felicidad, pero tuve miedo a que me llovieran las críticas", admite. 

Por eso le añadió los apellidos de "Vecindad, Cultura y Servicios Sociales". Eligió para el cargo a la edil Carmen Estévez, que se sienta en un despacho unido por una puerta abierta con la alcaldía. Por el empeño que en esta aventura está poniendo Correa, es evidente que el peso de la cartera lo van a llevar a medias.

El consistorio ha encargado un buzón decorado donde las personas de todas las edades podrán dejar sugerencias, ideas que les harían felices. Una mujer encamada ha pedido que le vayan a leer un libro por capítulos, porque ella no sabe y no se siente ya capaz de aprender. Un hombre ha propuesto que al caer la tarde se cierre al tráfico el centro histórico, el barrio de O Arrabal, y que la gente se vista guapa para pasear. 

En la zona de Pedornes, uno de los seis núcleos de población desperdigados a lo largo de 83 kilómetros cuadrados, las mujeres reclaman que el centro cultural pase de abrir solo los domingos a "todos los días" para echar la partida de cartas. En cualquier caso, la felicidad de los mayores pasa por tener alguien al lado. Por eso Mercedes, que al quedar viuda se fue a vivir a la casa color rosa de su hija, pegada al muelle, otea desde el piso alto con los prismáticos, ansiosa por ver llegar por el horizonte a su nieto y su yerno, que trabajan en el mar.




S. R. P.

El mismo día que regresa el San Benito al pueblo, llega al Ayuntamiento el logotipo de la nueva concejalía. A modo de emoticono, dentro de un círculo las letras OIA hacen de ojos y nariz sobre una línea curva que traza una sonrisa. "Estamos contentas porque crear esta concejalía ha servido al menos para abrir una reflexión", dicen la alcaldesa y su edil. "Además, Oia sale al fin en la prensa por algo positivo, después de tantas noticias malas".

 No hay que rastrear apenas la hemeroteca para recopilar un montón de titulares: en este municipio prosperó la secta de los Miguelianos, cuyo líder fue condenado en diciembre a nueve años por abusos sexuales. El municipio también fue escenario este año de la tortura y muerte de caballos salvajes a manos de desalmados, probablemente de la zona, todavía sin rostro para la Guardia Civil.

Pero en el pueblo, lo que está abierto ahora es un debate que abarca lo metafísico y lo más carnal. "Para mí la felicidad es tener salud", apunta sin dudarlo María Puertas, que camina con andador. "Yo aún lloré esta mañana", confiesa Jesusa; y los demás se ríen cuando cuenta que es que no pudo comer pollo y se tuvo que conformar con "verdura y dos patatas". La tristeza no estaba en el menú frugal, sino en la impotencia que sintió al no ser capaz de encontrar en su casa la tabla para trocearlo.

"Paz en la familia"

"Es una agonía no estar ya en condiciones", lamenta la vecina. "Y una pena que la gente no se dé cuenta de esto cuando es joven para disfrutar la vida", dice mientras sigue con la mirada a los chavales del pueblo bajar por el camino de la playa. "Cuando nosotras éramos jóvenes a la que íbamos era a la playa negra a trabajar", rememora, en alusión a los labradíos cercados de muros de piedra que mueren al borde de las rocas donde rompen las olas. Viuda desde los 30 años, Jesusa iba a cosechar el maíz con el bebé de un año "metido en un cesto" y los mayores, de cuatro y siete, pegados a su falda.

El párroco, mientras tanto, aprovecha el tema de moda en el ayuntamiento para ejercer estos días su labor pastoral: "Alexander Ross, del Instituto de Ciencias Psicológicas de Arlington (Virginia), hizo un estudio que revela que el 43% de las mujeres que van a misa se declaran muy felices frente al 29% de las que no van", lee consultando una noticia en su smartphone. "En los hombres, la diferencia es aún mayor". "Y no vale igual ver la misa por la tele", defiende más tarde ante sus feligresas, "igual que no te quita la sed ver un anuncio de cerveza".

"Hasta el más millonario tiene una hora para llorar al día", sentencia resignada María. "Los ricos sueñan con dinero", asegura Mercedes, "pero lo más importante, para mí, es que haya paz en la familia".                 (Silvia R. Pontevedra, El País, 14/07/19)

19/2/19

“Para ser feliz hay que conocerse, estar atento al presente y ser útil a los demás”. Dos de esas premisas no las cumple casi nadie: conocerse a sí mismo y darse a los demás… y la galería de placeres, el tararear y el silbar…

"Ni triste ni alegre, pero sí intenso se ve al antropólogo Marc Augé (Poitiers, 1935), atributo con el que él mismo define la chanson, cuyo tarareo reivindica como uno de los gestos cotidianos (como levantarse de la cama de un hospital y poder ya ir al bar de abajo y, en unos días, a casa; tomar un café o un plato de pasta con los amigos, el retorno a una novela o a una película para recuperar el impacto que nos provocó…) que nos proporcionan “alegrías pese a todo”. 

Y ese todo son muchos males que atenazan a una sociedad en la que en 1992 él cartografió la existencia de Los no lugares (aeropuertos, hipermercados en extrarradios, outlets gigantescos…), donde las relaciones interpersonales, cruciales para nuestra identidad individual y colectiva, son nulas. 

Consciente quien fuera director de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París (1985-1995) y de diversas investigaciones en el Centre National de Recherche Scientifique (CNRS) de Paris de que “la gran felicidad es difícil de alcanzar”, por eso propone Las pequeñas alegrías (Ático de los Libros).

Pregunta. “Para ser feliz hay que conocerse, estar atento al presente y ser útil a los demás”, asegura. Pero en estos tiempos egocéntricos, dos de esas premisas no las cumple casi nadie: conocerse a sí mismo y darse a los demás…

Respuesta. Por eso mi propuesta es modesta; ir ni que sea al bar de debajo de casa es una oportunidad de estar con los otros, puede parecer superficial, pero en cualquier caso es real; todas las propuestas de mi libro están vinculadas al movimiento, al ir hacia otras personas; en esos pequeños momentos nos sentimos existir, con los cinco sentidos; pero hay que saber darse cuenta.

P. Toda su obra, y en este libro también, destaca la importancia de las relaciones sociales, de que nos hacemos y cobramos sentido cuando nos relacionamos con los otros, pero encuestas en EEUU detectan ya que los jóvenes prefieren interactuar en la redes sociales que quedar físicamente. ¿Tenemos miedo a tratarnos cara a cara?

R. Es el gran mal de la redes, que están trastocando la naturaleza misma de la relación humana, alteran espacio y tiempo: puedes contactar con alguien en cualquier lugar y circunstancia, cuando relacionarse con el otro necesita dedicar un tiempo y un espacio concretos; es paradójico: las redes sociales están destruyendo las relaciones sociales; la gente debería detectar que no es suficiente lo que nos dan las redes.

Y pasa también que provocan que los efectos de reconocimiento sean sustituidos por los efectos de conocimiento: vemos a un presentador de televisión como si lo conociéramos, pero sólo lo reconocemos; y eso pasa con todo y con todos.

P. Las nuevas tecnologías se introducen en la enseñanza, en un contexto de que hay que ser flexible y dominarlas, pero muchas veces es en detrimento de la nemotécnia, los exámenes…

R. Las redes deben ser utilizadas para difundir conocimiento y esto que digo se está convirtiendo ya en una utopía educativa porque cada vez estamos más lejos de eso; utilizamos más las redes sociales para tratarnos que para conocernos y para conocer, es un error grandioso… Estoy de acuerdo en que cierta pedagogía es hoy demasiado blanda porque estos instrumentos, en sí mismos, no transmiten nada.

 Nada puede sustituir el aprendizaje de la palabra ni la relación, física, profesor-alumno y esto es urgente entenderlo ya. Cuanto más se uniformiza la sociedad más se ahonda en las desigualdades; una paradoja, ¿verdad? Pero es así: cada vez hay un número más reducido de personas que están en la vanguardia del saber real y demasiada gente que no sabe…, pero que cree saber”.

P. Pide en Las pequeñas alegrías recuperar la ilusión de las primeras veces, recuperar películas y libros, lo llama “tener el espíritu de Don Juan”, siempre con la ilusión seducora del primer día… Pero condiciones laborales precarias, ritmos de trabajo y producción cultural masiva no invitan al sosiego de la revisitación…

R. Por eso hablo de “pequeñas felicidades a pesar de todo”; el más alienado puede experimentar esos momentos de existir intensamente que propongo; pero sobre todo debe ser consciente de estarlos viviendo: no son momentos que nos vendrán por azar sino que hemos de saber que se están dando en ese momento, reconocerlos para que puedan permanecer con nosotros; si uno es consciente de ellos también son una promesa de futuro.

P. Incluye en la galería de placeres, el tararear y el silbar…

R. Hoy ya no se silba ni se canta; cuando era pequeño, lo oía constantemente en las calles, en las casas; era memoria histórica y nexo generacional, vinculabas el estribillo a algo de tu pasado…En cambio, en cafeterías, centros o instalaciones hoy no paran de sonar radios o hilos musicales; hoy no soportamos el silencio. ¿Miedo de estar con nosotros mismo? No, más bien es el sistema que quiere que estemos inmersos en el ruido, quizá para tenernos más en tensión; no sé; en cambio, el ruido, el volumen hace más difícil la creación; al cantar, tenemos la sensación de crear y de recrear.

P. También sorprende que reivindica la jubilación, generalmente leída como que el sistema ha decidido que ya no le sirves y te aparca…

R. Todo depende de qué hacemos con ella; quizá sea el gran momento de la verdad, de si tomas realmente las riendas del tiempo; hay pocos momentos en la vida que podemos empezar algo y lo hemos elegido nosotros; hacer lo que siempre quisiste: crear, viajar, mudarte, plasmar un sueño…

P. En 1992, al detectar los no lugares, los ubicó en extrarradios, aeropuertos… ¿No tiene la sensación de que se han trasladado ya al centro de las ciudades, todas iguales con las mismas megatiendas, un shopping donde sólo habla la tarjeta de crédito?

R. Yo iría más lejos: hoy se puede decir que el no lugar es el contexto de todo lugar posible. Estamos en el mundo con referencias que son totalmente artificiales, incluso en nuestra casa, el espacio más personal posible: sentados ante la tele, mirando a la vez el móvil, la tableta, con los auriculares… Estamos en un no lugar permanente; esos aparatos nos están colocando permanentemente en un no lugar. Llevamos el no lugar encima, con nosotros...

P. Estamos en un mundo que necesita que se consuma, pero el trabajo se precariza y los salarios no dan para consumir. ¿Colapsará el sistema o se defenderá creando inframundos distópicos?

R. El propio sistema capitalista está creando esta dicotomía de mundos antagónicos, es evidente. Pero no sé si se prolongará en el tiempo, o si el sistema explotará o se acabará reformando… Y no lo sé porque no ha ocurrido nunca nada parecido en la historia de la humanidad: es la primera vez que todo es, literalmente, global. Y multifactorial. Incluso cuestiona el futuro físico del planeta… No me cuesta imaginar una clase privilegiada que abandone la Tierra… No sé si la Tierra ya es toda ella un no lugar.

P. ¿Cómo antropólogo, cómo ve el movimiento Mee Too?

R. Todos los sistemas culturales han justificado la dominación masculina en todas las formas de cultura; el feminismo me parece muy importante porque permite pensar en el ser humano como hombre genérico, no como sexo. Otra cosa son algunas de sus tácticas, discutibles, como la obligación de la cuota paritaria o la exigencia de que sean mujeres o miembros del colectivo LGTB quienes sólo puedan hacer o dirigir determinadas cosas; eso es casi contradictorio… Pero todo se resolverá el día que la igualdad sea real.

P. ¿El auge del nacionalismo y del proselitismo religioso es fruto directo de la globalización?

R. Las consecuencias de la globalización revelan el espíritu de ciertas religiones o sentimientos patrios; está claro que abren campos a las zonas oscuras de esos ámbitos.

P. ¿Tiene valores propios Europa? ¿Ante el fenómeno de la inmigración masiva, los está perdiendo?

R. Es curioso porque es cuando no estamos en Europa cuando pensamos que Europa existe y tiene unos valores; Europa no puede existir sin los valores de la Ilustración del XVIII; su supervivencia es vital para ella. Es un suicidio para Europa fortificarse, crear muros contra los demás.

P. La ONU tiene un Observatorio de la Felicidad…

R. Es absurdo. Por no saber, no se sabe bien ni qué observa. Así estamos; por eso lo de mis pequeñas alegrías."                   (Entrevista a Marc Augé, Carles Geli, El País, 31/01/19)

7/3/14

Aquellos países que tienen servicios públicos universales son más felices que aquellos países que no tienen tales servicios

"Uno de los libros que está causando más interés en muchos círculos anglosajonas es el escrito por el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Notre Dame en EEUU, Benjamin Radcliff, titulado The Political Economy of Human Happiness. (...)

Lo que el profesor Radcliff hace es analizar los tipos de intervención del Estado, desglosando las distintas dimensiones del sector público así como las diferentes regulaciones públicas que inciden sobre el bienestar de la población, y muy en particular del mundo del trabajo. 

Este análisis detallado del Estado y de sus intervenciones es muy necesario para poder analizar con detalle y rigor las distintas formas de intervención pública. Y con este estudio, que se centra en países de la OCDE, el grupo de países más ricos del mundo, se demuestran varios hechos:
  1.  Que aquellos países que tienen servicios públicos universales (es decir, que sirven a toda la población), tales como sanidad, educación y servicios sociales, son más felices (tienen un porcentaje mayor de la población que se encuentra satisfecha y feliz con su vida) que aquellos países que no tienen tales servicios, siendo sustituidos por servicios asistenciales o de beneficencia, cuyo acceso depende de la capacidad adquisitiva de la población.
  2.  Que aquellos países que se gastan más por habitante en cada uno de estos servicios tienen mayor felicidad que aquellos que se gastan menos.
  3.  Que los países gobernados durante más tiempo desde los años cuarenta por partidos más favorables al intervencionismo redistributivo a favor de las rentas del trabajo (es decir, partidos de centroizquierda o izquierda) son más felices que aquellos que favorecen las rentas del capital (partidos de derecha o centroderecha).
  4.  Que las políticas neoliberales afectan negativamente a los niveles de felicidad de la población.
 Soy consciente de que algunos lectores de este artículo creerán que este libro es un documento político al servicio de un ideario político. Pero se equivocan. Los datos están ahí, con una metodología de trabajo muy rigurosa, intentando analizar qué otras variables podrían haber intervenido en el resultado que presentan. Y, una por una, excluye otras explicaciones que se han dado para explicar estos hechos, mostrando que no son sostenibles en base a los datos.

Esta última observación es importante, pues existe la costumbre en los medios de información de intentar aparentar objetividad, presentando lo que ellos llaman los dos lados de la misma moneda.

 Es decir, que intentan presentar un equilibrio, mostrando países de tradición conservadora y liberal y países de tradición socialdemócrata (que mantiene esta tradición) como países de elevada felicidad, concluyendo que la felicidad no tiene signo político. 

El fallo de estas conclusiones es que los datos no lo muestran. Aquellas sociedades que son más solidarias y tienen menos desigualdades permiten y facilitan el desarrollo de la felicidad mucho más que aquellas que no lo son. Así de claro."               (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la revista digital SISTEMA, 31 de enero de 2014, en www.vnavarro.org, 31/02/2014)

22/3/11

"El Paspel: cinco elementos definidos a partir de los cuales medir la felicidad"

"No le gusta hablar de la felicidad en bruto. "Un término engañoso que no se puede medir. Es mejor descomponer la felicidad en elementos para poder cuantificarlos y estudiarlos científicamente".

Seligman cita el Paspel, (Perma, en inglés: cinco elementos definidos a partir de los cuales medir la felicidad), como si fuera un mantra; emociones positivas, la sintonía con el entorno, la pertenencia a un grupo o el altruismo, los logros o las metas.

"Se puede aprender a ser feliz, pero hay que practicar. No se trata de trabajar solo unos elementos y otros no, sino que todos juntos hacen que sea posible ser más felices".

Mientras prueba con deleite unos espárragos frescos de Navarra recuerda que durante años trató de investigar el sufrimiento humano hasta que decidió tirar por otro camino: "Se puede aspirar a más, no solo a paliar el sufrimiento, sino a que los que están bien estén mejor". Lo dice él, un hombre que se define como pesimista y que debe tomar su propia medicina." (MARTIN SELIGMAN: "Se puede aprender a ser feliz, pero hay que practicar". El País, 21/03/2011, última)

3/1/09

La ciencia descubre las claves de la felicidad

"Resulta que la búsqueda de la felicidad, del bienestar subjetivo, del sentimiento de satisfacción personal, ya no es cosa de gurús que dan consejos, sino que ha entrado de lleno en el ámbito de las ciencias si no exactas, sí experimentales. (...)

Y algunos de sus hallazgos son sorprendentes. Muestran, por ejemplo, que hay más felicidad en el altruismo que en el hedonismo, y en dormir más cada día que en comprarse un coche nuevo. También se sabe que cada uno de nosotros tiene una felicidad basal dependiente de los propios genes pero no por ello marcada a fuego: es posible manipularla... siempre que se descubran los mandos correctos. (...)

El estado de máxima felicidad tiene un nombre: flow, flujo, un concepto acuñado hace dos décadas por el psicólogo de origen húngaro afincado en EE UU Mihaly Csikszentmihalyi, y que hace referencia a la absorción total que experimenta desde quien se entrega por completo a una tarea intelectual hasta quien se sumerge en un videojuego. (...)

Los resultados de estas encuestas pintan grosso modo el siguiente panorama. En los países ricos se es más feliz que en los pobres. Bien. Pero superado un nivel mínimo de riqueza, dinero y felicidad se desacoplan: aunque la capacidad adquisitiva se multiplique, el sentimiento de bienestar apenas varía. La paradoja ya la señaló en los años setenta el economista Richard Easterlin, y se corrobora a lo largo de los años. Fernández Abascal lo ha expresado así: "Mis hijos tienen todas las videoconsolas y no son más felices de lo que era mi padre, que jugaba con una cuerda y una caja de cartón en la calle: tenían menos medios, pero los niveles de felicidad eran parecidos".

Las encuestas del WVS también muestran que el nivel de felicidad se mantiene más o menos estable a lo largo de los años, así como las diferencias entre países. En los países nórdicos y en América Latina se declaran más felices que en Asia (Dinamarca, Colombia, Nigeria y Puerto Rico están habitualmente en cabeza). Sin embargo, tras los últimos datos, del pasado julio, Ron Inglehart, el responsable del WVS, llamó la atención sobre el hecho de que desde 1981 la felicidad parece haber aumentado en 45 de los 52 países estudiados. Inglehart y otros autores lo atribuyen a la mejor calidad de vida en países que empiezan a salir de la pobreza y a la extensión de la democracia, supuestamente asociada a más libertad personal.

Pero, en cualquier caso, la foto que proporcionan las grandes encuestas es para muchos demasiado borrosa, así que tratan de afinar con investigaciones más precisas, a menor escala. Algunas dan resultados sobre edad y sexo. En general, hay coincidencia en que son más felices los jóvenes y los jubilados. Un reciente estudio del Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE) con encuestas realizadas después de 1975 revela que, tras un bache en torno a los cuarenta años, la felicidad "remonta y alcanza su apogeo durante la sesentena", independientemente del estado civil o el nivel de renta. Y el pasado julio investigadores estadounidenses -Easterlin entre ellos- analizaron décadas de datos antes de concluir que de jóvenes las mujeres se declaran más felices, pero hacia los 48 años las tornas cambian y son ellos quienes se sienten más satisfechos con sus vidas.

En general, hay acuerdo en que estos trabajos muestran que la felicidad se correlaciona con "beneficios tangibles en muchos ámbitos de la vida", ha escrito Sonja Lyubomirsky, de la Universidad de Stanford. Entre ellos: más probabilidades de estar casado y menos de divorciarse; más amigos y mayor soporte social; más creatividad y productividad en un trabajo de más calidad y bien pagado; más actividad y energía vital; mejor salud mental y física; capacidad de autocontrol; e incluso más longevidad. Además, "la gente feliz no es egoísta; la literatura sugiere que tienden a ser relativamente más cooperativos; caritativos y centrados en los demás", dice Lyubomirsky en Review of General Psychology. (...)

Con este método realizó y publicó en Science en 2004 un trabajo con casi un millar de mujeres que declaraban cómo de satisfactorias eran sus actividades: el sexo, salir con amigos y relajarse ante la tele figuraban muy alto en la lista, mientras que dormir poco y una agenda laboral muy apretada eran de lo más desagradable. De nuevo, familia y amigos se revelan importantes, pero no el dinero (cubierto lo básico).

Y este no es el único resultado anti-intuitivo sobre la felicidad. Hay más, como que pacientes operados de cáncer puedan sentirse más felices que personas sanas; que víctimas de accidentes muy graves declaren niveles altos de felicidad; o que -por el contrario- personas que han ganado la lotería no sean, poco después del susto, más felices que el común de los mortales. La explicación podría estar en los genes. Varios estudios con gemelos indican que hay una especie de nivel permanente y personal de felicidad, al que pasado un tiempo todo el mundo tiende a volver pase lo que pase, o casi. Ya en 1996 un trabajo con 4.000 parejas de gemelos sugirió que el sentimiento de bienestar con la propia vida es genético en al menos un 50%. Y este mismo año, investigadores británicos y australianos han vuelto a obtener un resultado similar.

Otro resultado anti-intuitivo: genera más felicidad gastar dinero en los demás que en uno mismo. Lo ha demostrado un trabajo de Elizabeth W. Dunn (Universidad British Columbia, Vancouver, Canadá) en Science el pasado marzo, en el que se daba dinero a voluntarios, se les instruía sobre cómo gastarlo y se medía después su grado de satisfacción personal. Este resultado coincide con otros donde la mayor felicidad se correlaciona con acciones de ayuda a los demás y de promoción de la virtud. El altruismo, concluyen los investigadores, pone sobre la pista de la felicidad mucho más que la búsqueda del placer. "Dado que la gente parece pasar por alto los beneficios, las políticas que lo promuevan podrían ser una buena manera de traducir más riqueza nacional en más felicidad nacional", escribe Dunn.

Pero entonces, si el dinero no da la felicidad y el placer personal tampoco, ¿por qué la sociedad actual parece concentrarse en esos factores? ¿Hay un desenfoque generalizado? La causa podría ser un fenómeno ilusorio que Kahneman describió, en Science y otras publicaciones, en 2006. "Cuando la gente considera el impacto de un único factor en su bienestar -como los ingresos, pero no únicamente-, es propensa a exagerar su importancia; llamamos a esta tendencia ilusión de foco (...). Esta ilusión puede ser fuente de errores en la toma de decisiones importantes", ha escrito este experto.

Este fenómeno tampoco ayuda a estimar la felicidad de los demás. "A todo el mundo le sorprende lo felices que pueden ser los parapléjicos", ha dicho Kahneman. "La razón es que no son parapléjicos todo el tiempo. Disfrutan de sus comidas, de sus amigos. Leen las noticias. Tiene que ver con dónde se pone la atención". (El País, ed. Galicia, 28/12/2008, p. 26/7)