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13/9/22

Lo humano es utilizar las cosas y seres naturales como parte lúdica o trágica de un tablero simbólico en el que se desenvuelve nuestro destino. Ponemos intención expresiva en el opaco reto de lo que nada explícito formula, pero todo puede significarlo para nosotros: montañas, simas, océanos, bestias, planetas lejanos, cataclismos, agujeros negros... Los toros van tras los mozos que se arriesgan ante ellos y no perdonan errores o desfallecimientos. Esa escena extraña, antinatural, fuera de época, representa para quien quiere verla así el afán de ser humanos en un mundo que no lo es. Todos llevamos al toro detrás, pero un toro al que desafiamos libremente

 "En una de las escenas más sugestivas de Moby Dick, el honrado y prosaico Starbuck reprocha al capitán Ahab su obstinación en vengarse de la ballena blanca: “¡Enfurecerse contra un ser sin uso de la palabra es impiedad!”. Y Ahab le responde: “Todos los objetos visibles no son sino máscaras. 

En cada acontecimiento, en el acto vivo, en la acción resuelta, algo desconocido, pero siempre razonable, proyecta sus rasgos tras la máscara que no razona. ¡Y si el hombre quiere golpear, ha de golpear sobre la máscara!”. Lo humano es utilizar las cosas y seres naturales como parte lúdica o trágica de un tablero simbólico en el que se desenvuelve nuestro destino. Ponemos intención expresiva en el opaco reto de lo que nada explícito formula, pero todo puede significarlo para nosotros: montañas, simas, océanos, bestias, planetas lejanos, cataclismos, agujeros negros... La mente humana se ejercita coloreando agujeros negros. Y dando voz tierna o amenazadora a lo que no habla.

Escribo estas líneas recién acabado el encierro de los miuras en los Sanfermines. Para disfrutarlo sólo hace falta no tener horchata en lugar de adrenalina en el cuerpo, pero para comprender el misterio de su disparate —como el de la lidia del toro bravo— hay que volver al capitán Ahab y su reprimenda metafísica a Starbuck. Los toros van tras los mozos que se arriesgan ante ellos y no perdonan errores o desfallecimientos. 

Esa escena extraña, antinatural, fuera de época, representa para quien quiere verla así el afán de ser humanos en un mundo que no lo es. Todos llevamos al toro detrás, pero un toro al que desafiamos libremente. Lo digo casi en broma, para burlarme de los pensadores y las pensatrices de la taurofobia. ¡Cuidado, no tropecéis ni miréis sobre el hombro, que vienen los miuras!"                (Fernando Savater , El País,  16/07/22)

15/7/22

Francia está llamada a convertirse en el centro taurino del mundo... dos millones de personas acuden a sus corridas cada año... el Ministerio de Cultura registró la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial francés en 2011

 "Puede que Burdeos sea la capital de la industria vinícola francesa, pero si la visita en verano podrá entretenerse con otro tipo de clarete. La sangre. No me refiero a las narices rotas del equipo de rugby del Top 14 de la ciudad, el Bordeaux Bègles. Me refiero a la sangre de los toros, derramada sobre la arena en una tarde soleada. Una de las atracciones turísticas menos publicitadas de la región de Burdeos es la corrida.

Si piensa en una corrida de toros, probablemente evocará un ruedo con lentejuelas y capotes en la ciudad española de Pamplona, pero el sur de Francia cuenta con una tradición taurina que se remonta al año punto, o al menos a 1289. Ese año, los encierros se celebraron por primera vez en Bayona, en la costa de Burdeos. Hemingway, en Death in the Afternoon (Muerte en la tarde), su clásico relato sobre las corridas de toros, se mostraba muy receloso ante cualquier corrida al norte de los Pirineos, escribiendo que: "Se advierte a los posibles espectadores que no tomen en serio ninguna corrida celebrada en Francia". 

La ironía es que, en la actualidad, las corridas de toros están muriendo lentamente en España -Cataluña las ha prohibido de hecho-, mientras que en Francia están vivas y, si bien no avanzan, se mantienen en pie.

De hecho, el país está llamado a convertirse en el centro taurino del mundo: se calcula que se matan 1.000 toros al año en las plazas francesas. Según la organización taurina Observatoire National des Cultures Taurines (ONCT), dos millones de personas acuden a las corridas en Francia cada año. Como le dirá cualquiera de estos aficionados franceses, probablemente con profusión, el espectador galo es más exigente que el español, y prefiere el trabajo de capa lento y clásico a la puñalada teatral. ¡Olé!

La afición francesa a los toros choca con el código penal del país, que en su artículo 521-1 prohíbe "los actos crueles y los malos tratos graves a los animales". Pero esta es una nación en la que el patrimonio es siempre la carta de triunfo. Así, el código penal admite excepciones para las corridas de toros - al igual que para las peleas de gallos - cuando existe una "tradición local ininterrumpida".

 Tras una presentación de la ONCT, el Ministerio de Cultura registró la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial francés en 2011. El pasado noviembre, el Parlamento francés, dominado por el LREM de Macron, votó para poner fin al uso de animales salvajes en espectáculos de circo en vivo, y prohibió la cría de visones, en una nueva legislación sobre derechos de los animales. Pero rechazó la prohibición de las corridas de toros.

 Como era de esperar -incluso podría esperarse-, las corridas de toros son un trapo rojo para los activistas de los derechos de los animales. La Sociedad Protectora de Animales (SPA) ha presentado demandas en ciudades donde las corridas de toros son populares, entre ellas Bayona, hasta ahora sin éxito. En todas las ocasiones, la "tradición local ininterrumpida" vence al argumento de la crueldad con los animales. 

La corrida de toros en la Gironda, el departamento de Burdeos, existe en gran medida gracias a una campaña realizada en los años ochenta por el aficionado Claude Mounic, que convenció a un tribunal de Burdeos de que una interrupción de 26 años en el deporte fue causada por el colapso de un estadio, lo que significa que el deporte sigue siendo "ininterrumpido": "la interrupción no puede resultar de un hecho material y fortuito". Esto anuló una decisión anterior del tribunal de Burdeos según la cual la tauromaquia había dejado de existir a nivel local. Mounic acudió a los tribunales unas diez veces para restablecer este deporte en la Gironda.

La plaza de toros en cuestión se encontraba en el barrio de Le Bouscat y tenía capacidad para 10.500 espectadores. Estaba tan deteriorado que fue derribado para construir un complejo residencial. Hoy en día, la sede local se encuentra en La Brède, que es una de las 50 ciudades organizadas en la Unión de Ciudades Taurinas de Francia. Creada en 1966, la UVTF fue uno de los principales impulsores de la inscripción de la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial francés.

 Los partidarios franceses de la tauromaquia citan el patrimonio, el arte y la biodiversidad (los toros criados para el ruedo se crían al aire libre, ya que la rusticidad confiere a los toros "un salvajismo esencial para su comportamiento en la plaza", según la ONCT). Luego citan el patrimonio, de nuevo.

 En el sur de Francia, desde la Camarga hacia el oeste, la tauromaquia forma parte del tejido de la vida. Uno puede sentarse en un café y oír a la gente hablar de linajes bovinos que se remontan al Arca hasta que le dan ganas de lanzarlos al ruedo y darles de comer a los toros. Al igual que The Times publica detalles de las carreras de caballos, Sud-Ouest (250.000 ejemplares vendidos diariamente), publica detalles de las corridas de toros en el sur de Francia y el norte de España. Los aficionados franceses, por lo general más adinerados que sus homólogos españoles, se desplazan para asistir a la tauromaquia.  (...)

Para el sur de Francia, con su consciente "espíritu del sur", la corrida al estilo español representaba la resistencia al centralismo parisino. Todavía lo hace. La hispanofilia consciente de la corrida actual, y el uso de la jerga española, son dos dedos de frente al dominio del palacio del Elíseo. Al Sur le gusta enfrentarse a la Corte. Que se lo pregunten a los cátaros. O incluso a las tropas revolucionarias francesas que dan nombre a la "Marsellesa".

La tauromaquia es un negocio transpirenaico; los toros criados en las Landas y la Camarga -hay unos 40 miembros de la Association des éleveurs français de taureaux de combat- se transportan a las plazas españolas (un buen toro hará ganar a su dueño 3.000 euros por sus 15 minutos de fama en una corrida). Mientras tanto, los matadores que aparecen en las plazas francesas son en su mayoría hispanos. Ningún matador francés entró en el ranking de los diez mejores hasta Sébastien Castella en 2005. (...)"       
                     (John Lewis-Stempel, UnHerd, 12/07/22)

24/11/21

Angélica Liddell: “La tauromaquia va más allá de eso, pertenece al mundo de la poesía. El debate ético no me interesa. La sociedad está tan infantilizada que no es capaz de enfrentarse a la belleza del ritual. Para mí, librar al toro de lidia de la muerte es como blasfemar, es una blasfemia contra la belleza y contra lo sagrado... Nos dirigimos hacia una sociedad prohibicionista, higiénica y puritana, sin ninguna arista. Estamos privando a lo humano de su parte negra, de su parte de noche”


Imagen del teatro de Angelica Lidell 'Liebestod – El olor a sangre no se me quita de los ojos – Juan Belmonte', representada en el Festival de Avignon, en Francia.Christophe Raynaud de Lage

 "No era una plaza fácil, pero Angélica Liddell se presentó sin banderillero, esquivó casi todas las cornadas y logró salir por la puerta grande. La directora española estrenó en el Festival de Aviñón su nuevo espectáculo, Liebestod, esa “muerte de amor” con la que Wagner tituló el final de su ópera Tristán e Isolda, que Liddell también hace sonar en esta obra inclasificable, una historia de sus raíces y de sus abismos que juró que se inspira en la biografía de Juan Belmonte que firmó Manuel Chaves Nogales.

 Esperar algo parecido a un biopic del matador de toros era conocer mal la evolución reciente de la dramaturgia de Liddell, cada vez más compleja y hasta ininteligible, que hace caso omiso a las reglas aristotélicas y los consensos sociales, e incluso se nutre del rechazo ajeno, con el antagonismo como sempiterna postura estética y moral.

 Aun así, la sombra del torero poeta y suicida se ve por todas partes en esta función, acogida con una ovación en el comienzo de la 75ª edición del festival que la encumbró en 2010 con La casa de la fuerza, rompiendo con años de desprecio y marginalidad en la escena española y cuando ya estaba a punto de tirar la toalla. En la figura de Belmonte, Liddell encontró, asegura, un mellizo. “Al leer el libro de Chaves Nogales, me di cuenta de que decía cosas que podría haber firmado de mi puño y letra, frases que habían rodado en mi boca como una lengua antigua. 

Por ejemplo, que se torea como se es y que se torea como se ama”, decía ayer en su hotelito de dos estrellas de Aviñón, el lugar en el que Liddell se aloja por decisión propia en una habitación frugal, casi como en aquellos tiempos en que acudía a este festival con un falso carné de prensa y cenaba salchichas frías en su albergue de los suburbios.

 Liddell nunca ha visto una corrida —como tampoco las presenció Chaves Nogales—, lo que no le impide admirarlas. “La tauromaquia va más allá de eso, pertenece al mundo de la poesía. El debate ético no me interesa. La sociedad está tan infantilizada que no es capaz de enfrentarse a la belleza del ritual. Para mí, librar al toro de lidia de la muerte es como blasfemar, es una blasfemia contra la belleza y contra lo sagrado”, asegura.

 La directora protesta contra un mundo artístico “obsesionado por el deber, por complacer a todos los grupos sociales”. “Esa sociedad naíf de lo correcto y de los derechos roza la idiocia, como dice el gran Javier Marías. Nos dirigimos hacia una sociedad prohibicionista, higiénica y puritana, sin ninguna arista. Estamos privando a lo humano de su parte negra, de su parte de noche”. Ante esa “lacra”, Lidell aboga por un teatro convertido “en último reducto de transgresión”.

Su función da un nuevo ejemplo de ello. A las cinco de la tarde, como en el llanto de Lorca por el torero Ignacio Sánchez Mejías, empieza su obra en la Ópera de Aviñón, un tinglado provisional en la periferia de la ciudad de los Papas erigido mientras se restaura su sede histórica ubicada en el centro. Arranca con Liddell de negro estricto sirviéndose una copa de tinto y mutilándose las tibias, las falanges, la entrepierna. Un tic habitual en su teatro al que regresa ahora en este trabajo, encargado por otro enfant terrible como Milo Rau para el Teatro Nacional de Gante, y una escarificación simbólica que traduce “los riesgos espirituales” que ella asume al salir a escena. 

 Durante los ensayos, Liddell visionó un sinfín de vídeos de Jean Rouch, el pionero del cine etnológico que filmó los rituales animistas en África. “Someter el cuerpo a alteraciones físicas te permite dar el salto al trance. Podría decir que ellos son mis maestros”, ironiza la directora, que hace un guiño a esas culturas, aunque sea a ritmo de pasodoble y vestida con traje de luces, en un apoteósico tramo final.

 Liebestod lleva el subtítulo de El olor a sangre no se me quita de los ojos, frase inspirada en una cita de Francis Bacon, cuya ojerosa mirada también irrumpe en el escenario, en el sobrecargado juego de referencias que Liddell suele proponer al espectador. La obra debía estrenarse en la edición de 2020, que fue suspendida por la pandemia. Liddell no lo vivió con frustración: esta larga gestación de dos años permitió que su texto circulase por otros derroteros, que cree que han enriquecido el resultado. “Irrumpió lo que me faltaba, que era el enamoramiento. Si se hubiera estrenado un año antes, no hubiera estado recorrida por la misma fuerza. No estarían el salvajismo, la tragedia y el dolor que implica el amor. 

La obra ha cambiado al 100%”, asegura Liddell, que en este 2021 ha salido de un ayuno mediático en el que llevaba metida cinco años, un periodo de depresión y luto por la muerte de sus padres en el que no concedió ni una sola entrevista. Aunque esta felicidad aparente tenga, como casi siempre en ella, un reverso amargo. “Cuando me enamoro corro peligro de muerte, como dice Emmanuel Carrère en Yoga. Lo más peligroso que me puede pasar en la vida es enamorarme”, asegura Liddell, que vive esperando que la dejen, sometida al terror incesante de amar y no ser correspondida.

 Mientras cuelga de los cuernos de un toro inerte al que recita frases de Cioran o perrea con sevillanas de Los Marismeños como telón de fondo, Liddell establece un paralelismo entre tauromaquia y teatro. “Por si esos imbéciles son incapaces de comprenderlo, dígales que el toreo es un ejercicio espiritual”, reza su primera frase.

Deambula sobre las tablas lamentando un terrible mal de amores, antes de embarcarse en un stand-up tremendista durante el que, micrófono en mano, pronuncia injurias a diestro y siniestro. Contra sus admiradores, “mentecatos, mujeres y maricones” que llenan las papeleras de sus habitaciones de hotel con sus cartas llenas de esos elogios que tanto aborrece. Contra las actrices, “más puercas que las putas, porque ellas no engañan”. Contra el Me Too, como ya hacía en su obra The Scarlet Letter: “A los actores habría que dirigirlos con un látigo. Tanta denuncia y tanta hostia…”. 

Contra Francia, donde “los jóvenes de 16 años se manifiestan por sus pensiones”, una sociedad que le asquea por su elitismo, su desacralización y sus huelgas. Lo más admirable es que la faena terminara con vítores, tal vez porque nadie se lleva peor parte que ella misma en este reparto de mandobles: “¿Quién irá a recoger tus cenizas? Eres ya una puta vieja y no has conseguido que nadie te quiera. Estás aquí para buscar el amor de estos desconocidos. Estás trabajando en este teatro porque nadie te ama en el mundo real”. Lo confirma en la entrevista, a modo de conclusión: “Mi toro no es el público, sino el propio escenario”.                 (Alex Vicente, El País, 10/07/21)

15/11/21

Angélica Liddell: “Tauromaquia y teatro forman parte de la idea de tragedia griega”... es “la muerte rodeada de la más deslumbrante belleza, como decía Lorca”

 "A la dramaturga española Angélica Liddell el Festival francés de Aviñón le hizo recuperar la fe en el arte y el teatro en su primera visita a la muestra hace diez años. Ahora vuelve con el estreno de “Liebestod”, un homenaje al torero Juan Belmonte.

En él, icono de la tauromaquia y emblema del sevillano barrio de Triana, encontró Liddell un reflejo de su trabajo y su particular sentimiento trágico de la vida, que ha traspuesto en “Liebestod. El olor de sangre no se me quita de los ojos. Juan Belmonte”, estrenada esta semana en Aviñón y que irá después al Grec de Barcelona.

“Creo que la tauromaquia y el teatro forman parte de la idea de tragedia griega, donde el acto es una liturgia”, dice Liddell en una entrevista con EFE.

La entrevista debía tener lugar en uno de los palacetes que Aviñón moviliza en esta 75 edición de su festival, pero Liddell cambia de opinión media hora antes y la conversación tiene lugar por teléfono.

Al parecer, la dramaturga ha cancelado a última hora la mayoría de encuentros con la prensa, confirmando así su rechazo a todo aquello que huele a sistema y orden.

A los críticos y al público les responde con las palabras de Belmonte, recogidas por el periodista Manuel Chaves Nogales en la biografía de 1935: “Dentro de dos horas estaréis en vuestra casa cenando como si nada”.

Liddell desata pasiones: el público reacciona abucheando o levantándose para aplaudir. Su forma de escupir sobre el mundo, su puesta en escénica, a menudo violenta y escatológica, no es apta para todos. “Se torea como se es”, decía Belmonte. En el teatro, tampoco cabe el engaño.

“El artista que trabaja con pudor no es una artista, es un cobarde. No se puede trabajar con la idea de agradar”, dice la figuerense, de 55 años.

WAGNER Y LAS GRECAS

“No, no puedo vivir yo sin su amor. No viviré, no viviré”. Lo canta Liddell a voces y podrían ser sus palabras, pero es el éxito del grupo español Las Grecas de 1974, Asingara, protagonista de esta representación musical en la que también suena Wagner, creación de una mujer “enamorada y mortal”.

Enamorada de un hombre, dice, porque esta obra ha ido creciendo a medida que crecía un enamoramiento. Y mortal porque “el amor siempre es mortal”.

– ¿Se crea mejor en el amor o en el desamor?

– Es que el amor, como yo lo entiendo, es trágico.

– ¿El sentimiento de tragedia, que marcó la vida de Belmonte, es inherente al artista?

– Por supuesto. El arte solo puede existir si uno tiene el sentimiento trágico de la vida, como decía Unamuno. Eso no se puede fingir.

 Liddell no finge. O lo hace muy bien. Lo que recita en la obra le sale de las tripas, y se hace cortes en pies y manos para llenarse de sangre, estampa de sacrificio inspirada de la lidia y en Jesucristo.

 Aficionada a la tauromaquia, “la muerte rodeada de la más deslumbrante belleza, como decía Lorca”, Liddell, mujer de contrastes, revela también su gusto por el fútbol, que ya no sigue tanto.

“Echo de menos a Juanito. Ahora todo es muy ‘fair play’, hasta el VAR. Se ha perdido la dureza, la idea del enemigo”, explica.

Percibe en él la misma lacra que achaca al toreo actual y al arte.

“Tuve un encuentro maravilloso con Rafael de Paula, el último torero trágico. Me hago cargo de sus palabras cuando habla del embuste actual de la fiesta. Y eso es una cosa bastante general en todas las artes”, defiende.

La directora cree que los gestores en Europa tienen miedo a que las obras no sean complacientes, lo que explica que algunas de sus piezas salgan de España sin haber sido estrenadas en su país, y de ahí que se sienta en comunión con en este festival.

“Cuando en España lo único que nos daban eran pelos, llegar aquí en 2010 y tener un patio de butacas en pie con la misma obra… eso fue muy grande. Aviñón fue un nacimiento”.           (María Díaz Valderrama, HolaNews, 10/07/21)

15/4/21

Los toros son un escándalo: En una sociedad que rechaza y esconde la muerte, los toros la colocan en el centro del ruedo como parte de una catarsis; en un tiempo secularizado y en que los ritos ya no tienen cabida, la liturgia de la tauromaquia incomoda. Los toros, además, enfrentan al héroe clásico (el que va a la muerte y regresa de ella) con los héroes de ocasión que proliferan en una sociedad que confunde ídolos con impostores

 "Que a Rubén Amón se le da bien irritar a fundamentalistas, provengan de donde provengan, es algo que el periodista y escritor pone a prueba a diario. En esta ocasión reincide con El fin de la fiesta (Debate), un ensayo en el que, aun hablando sobre tauromaquia, Amón no se limita a los tendidos, pues amplía el foco hacia los temas centrales de la cultura y la sociedad contemporánea, que rechaza todo lo que torear (y ver torear) supone.

El sello dirigido por Miguel Aguilar perfila cada vez con más claridad un catálogo que hace honor a su nombre, porque mira la realidad de manera diagonal y, por tanto, mira mejor. Ya lo han demostrado libros como el que dedicó Edu Galán a Woody Allen, Soto Ivars al linchamiento en las redes sociales y al tabú en la sociedad occidental y ahora Rubén Amón, quien reflexiona sobre los toros sin beaterías ni buenismos, sino con matices y argumentos para relativizar la simplificación deliberada a la que han sido sometidos. Si los diestros se encierran con seis astados, Amón ha hecho lo propio en este libro.

 “Los toros son un escándalo. Eso conviene reconocerlo y hasta celebrarlo”, escribe Amón en los primeros folios. ¿Por qué lo dice? ¿Cuál es el motivo por el cual irritan e incomodan a determinados sectores? Eso es lo que pretende el ensayo: identificar los principales argumentos de un catecismo de utilería. El fin de la fiesta no alude ni vaticina la extinción de la tauromaquia: reflexiona sobre los malentendidos políticos, ideológicos, históricos, identitarios y hasta ecológicos que se le han atribuido de manera interesada.

 En una sociedad que rechaza y esconde la muerte, los toros la colocan en el centro del ruedo como parte de una catarsis; en un tiempo secularizado y en que los ritos ya no tienen cabida, la liturgia de la tauromaquia incomoda. Los toros, además, enfrentan al héroe clásico (el que va a la muerte y regresa de ella) con los héroes de ocasión que proliferan en una sociedad que confunde ídolos con impostores. Amón también arroja luz sobre los toros como hecho masculino en un tiempo en el que tal cosa como la masculinidad es percibida, también, con aprensión. Después de leer El fin de la fiesta, resulta pertinente llamar por teléfono a su autor, no ya tanto para entrevistar como para desentrañar la razón de ser de este libro: “No necesito ningún pretexto, excusa ni coartada para defender los toros en su esencia. A mí los toros me convencen en sus ausencias”.

 Rubén Amón cultiva diversas sensibilidades. Tiene publicados más de diez ensayos sobre ópera, fútbol, arte y política, también biografías de personajes icónicos y hasta un bestiario. A la tauromaquia ha dedicado, además de tertulias, crónicas y columnas, el perfil Pasa un torero: Curro Vázquez desde dentro. Conoce los toros muy de cerca como aficionado, crítico y periodista. Por eso es capaz de reflexionar sobre ellos al tiempo que los describe. No es la primera vez que Amón acomete esta empresa. Desde hace tres años años, en Toros (Movistar), dirige y presenta Desolladero, un programa que aborda los debates culturales y sociales presentes en la tauromaquia. Ahí ha reunido a escritores, artistas, intelectuales, periodistas, filósofos y toreros. Amón comprende la excepcionalidad de los toros, porque va más allá de la glosa del ramillete de verónicas y amplifica sus contradicciones, incluida la capacidad de la tauromaquia para propiciar su propio sabotaje.

 La pandemia sorprende al mundo taurino con la guardia baja, las plazas cerradas, las cuadrillas sin trabajo y los ganaderos arruinados. “Quienes formaban parte acabaron creyéndose inmortales y no se dieron cuenta de que podrían dejar de serlo”. Por eso Rubén Amón aprovecha para ofrecer “un retrato de la sociedad, sus contradicciones y falsas certezas. El toro se las descubre todas”, asegura en esta conversación y desarrolla en las páginas de su ensayo. “La sociedad vive un proceso extremo de secularización, y no hay más que ver cómo se han profanado los espacios litúrgicos: el parlamento es el más evidente, o el rechazo que provoca la monarquía en su ámbito vital, y eso se debe a una idea confusa de la igualdad, que tiene que ver con los derechos pero no la uniformidad”.

Desde el primer capítulo, Amón habla de la relación de los toros y la política: desde la aparición del toreo de a pie entre el XVIII y XIX como una forma de descabalgar a los señoritos (entonces sólo se toreaba a caballo) hasta la politización que llevó al nacionalismo catalán a acorralar y estigmatizar la tauromaquia. Los toros son algo más que España. Son el Mediterráneo e Iberoamérica (Andrés Roca Rey es el torero más importante del escalafón), y también Francia, el primer país que declaró la tauromaquia patrimonio universal inmaterial y en la actualidad aglutina y propicia. En geopolítica de la tauromaquia hay mucha tela que cortar.

 El uso torticero que ha hecho la izquierda de la tauromaquia es igual de dañino que el usufructo ideológico de la derecha. Tampoco el animalismo ha escapado a su propio lodazal. “El movimiento antitaurino debería sentirse inquietado por los mediadores políticos que materializan las iniciativas prohibicionistas. Tanto influye la ferocidad identitaria de Esquerra Republicana como el populismo del expresidente Correa en Ecuador y la pujanza paternalista de Pablo Iglesias”, escribe Amón, quien no escatima argumentos contra el uso oportunista que han hecho de la tauromaquia en partidos como Vox. Porque los de Abascal no buscan defender la tauromaquia, sino sacarle provecho a su favor.

 Este libro es una bomba de relojería en tiempos de Valtònyc, porque si de libertad de expresión se trata, la tauromaquia enfrenta cada vez más obstáculos. Pero hay más que eso, porque Amón opone el cosmopolitismo de la tauromaquia contemporánea al uso nacionalista y vernáculo que pretenden atribuirle desde los independentistas y nacionalistas recalcitrantes hasta Pablo Casado o Santiago Abascal. El fin de la fiesta deja al descubierto incluso la ausencia de un partido animalista capaz de defender sus argumentos en un parlamento y con su propia agenda. “La tauromaquia, insiste, no puede defenderse desde la economía ni puede condenarse desde la candidez franciscana (…) pero el debate corre el peligro de arrinconar a los toros en un terreno de disputa entre la derecha proteccionista —el mal— y la izquierda abolicionista —el bien—, cuando son los toros una expresión cultural, vanguardista, que escandaliza  a la sociedad sin discriminaciones porque expone todos los tabúes y amenaza todas las convenciones”.

 Este ensayo es complejo como el tema que aborda. Está escrito con acierto, precisión y un aventajado sentido de la ironía. No es un secreto que en nombre de la tauromaquia, como de la poesía, se han perpetrado toda clase de tropelías que Rubén Amón se ahorra y nos ahorra. En tiempos de escándalo, agravio y adanismo —el Prado y las violaciones, por ejemplo—, así como de reescritura de la historia, estas páginas son, en sí mismas, una celebración del viejo y abolido acto de pensar."      (Karina Sainz Borgo, Zenda, 09/04/21)

28/12/20

“Los toros, desde la izquierda”, alegato de un político vasco, socialista, y aficionado gracias a su abuelo Mauricio, quien le inculcó los valores socialistas y el toreo de Paco Camino... Consideré que era necesario destacar la relevancia que ha tenido la tauromaquia en el pensamiento de la izquierda, y resaltar el papel de la fiesta en la historia, la economía y su relación con valores fundamentales... la tauromaquia pertenece al pueblo desde sus orígenes, allá por el siglo XVI, cuando las capas populares se rebelan contra la nobleza y reivindican su participación activa y protagonista

 "Eneko Andueza (Eibar, 1979) cuenta que es político y aficionado a los toros gracias a su abuelo Mauricio, quien le inculcó los valores socialistas y el toreo de Paco Camino.

A sus 41 años es el portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Parlamento Vasco, y está a punto de publicar un libro titulado “Los toros, desde la izquierda”, en el que reivindica la fiesta desde la perspectiva de su posición ideológica.

“La tauromaquia es una parte muy importante de mi vida”, comenta ufano. “Para mí, es una forma de ser, una filosofía, una manera de entender la existencia al hilo de unos principios y valores muy concretos”.

Andueza es consciente de que es un caso único, un personaje heterodoxo, un político contra la corriente dominante, y reconoce que ha sido alertado de que su afición a los toros podría perjudicar su carrera política.

“Es necesario destacar la relevancia que ha tenido la tauromaquia en el pensamiento de la izquierda”

“Sí, me lo han dicho, pero yo no entiendo la vida sin implicarme en lo que creo. Me considero un militante taurino. Dicen que me juego las femorales por defender la tauromaquia, pero es que yo solo me la juego por dos cuestiones: por mis ideales, cuando durante 10 años he tenido escolta por ser del PSOE en Euskadi, y por mi afición, delante del toro en los encierros de Pamplona. En la vida hay que arriesgar para alcanzar los sueños”.

La vocación de Andueza es la política, en la que entró a los 17 años en las Juventudes Socialistas; licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, ha sido concejal en Ordizia, y actualmente es el secretario general del PSE-EE de Guipúzcoa y portavoz del grupo parlamentario socialista del Parlamento Vasco.

Y su afición son los toros. Nunca ha aspirado a ser torero, aunque sueña con una primitiva millonaria que le permita ser ganadero. De momento, lo más cerca que ha estado del toro ha sido en los encierros sanfermineros y en las plazas de tientas de algunos amigos, donde ha aguantado, muleta en mano, la mirada de una becerra.

Y, ahora, se ha atrevido a salir al ruedo con un libro, “Los toros, desde a izquierda”…

“Me lo planteé hace algún tiempo, a raíz de algunas decisiones de representantes de mi partido. Consideré que era necesario destacar la relevancia que ha tenido la tauromaquia en el pensamiento de la izquierda, y resaltar el papel de la fiesta en la historia, la economía y su relación con valores fundamentales. Y lo hago con un fin pedagógico; sin ánimo de convencer a nadie, solo pretendo aportar argumentos para que desaparezca el complejo que muchos tienen sobre los toros”

Andueza dedica el primer capítulo, titulado ‘Tauromaquia es libertad’, a un recorrido histórico por el siglo XX y las estrechas relaciones que han existido entre los toros y la izquierda; y los siete siguientes a argumentar los valores que, a su juicio, la definen: igualdad, solidaridad, ecologismo, economía social, lucha feminista, internacionalista y cultura.

- Pero el complejo permanece, y, quizá, el primer partido que lo arrastra sea el suyo…

- “La propia izquierda disocia determinados valores de la realidad, y eso es un error. Y lo ha hecho con conquistas sociales que se han alcanzado gracias a la tauromaquia. No reconocerlo es señal de que existe un cierto complejo en la izquierda en general. No creo que sea incompatible ser votante de Podemos, Izquierda Unida o PSOE y aficionado a los toros. No por ser de izquierdas hay que declararse animalista o antitaurino, porque ello denota que mucha gente carece de una personalidad madura”.

- Se supone, entonces, que la fiesta tampoco es de derechas…

 - “El intento de partidos ligados a la derecha de patrimonializar la fiesta ha sido otro motivo para escribir este libro. A veces, decimos que la fiesta no es de izquierdas ni de derechas, y creo, por el contrario, que pertenece tanto a una como a otra. Eso la hace única, y la convierte en un elemento de cohesión social; por ello, sería muy injusto encasillarla en una tendencia política determinada”.

Eneko Andueza sostiene que la tauromaquia pertenece al pueblo desde sus orígenes, allá por el siglo XVI, cuando las capas populares se rebelan contra la nobleza y reivindican su participación activa y protagonista. “Ese es el comienzo del vínculo de la fiesta de los toros con la izquierda, cuando el pueblo la hace suya”, recalca el político.

- Las circunstancias han cambiado, y hoy no está bien visto ser aficionado y militar en un partido de izquierda…

- “En algunos casos es así, pero ya he dicho que es un error: Es más: creo que una de las actividades más progres que se pueden hacer en esta vida es ir a los toros; incluso, hasta transgresor. Es tremendo, pero así es”.

El autor del libro expresa su satisfacción porque el prólogo lo firma su amiga y también aficionada Carmen Calvo, vicepresidenta primera del Gobierno.

 “Carmen Calvo ha sido una de las personas que con mayor ahínco ha defendido el sector taurino en el Consejo de Ministros”, afirma.

- ¿Y el ministro de Cultura?

- “Creo que en un principio desconocía lo que supone la fiesta de los toros para nuestro país, lo que me hace pensar que la fiesta carece de una estructura sólida para acceder a determinadas capas políticas y para contar a la sociedad su repercusión en la economía, la cultura y la historia de nuestro país”.

- ¿Cómo valora usted la posición del actual Gobierno sobre la tauromaquia?

- “No es una cuestión solo de este Gobierno, sino de todos los que ha habido desde que se instauró la democracia. La tauromaquia ha sido injustamente tratada por todos ellos. No le han reconocido el lugar que merece ni han aprobado una partida en los Presupuestos Generales del Estado de acuerdo con su importancia económica y social. Espero que los puentes que se han abierto entre el Ministerio de Cultura y la Fundación Toro de Lidia permitan un cambio de mentalidad, y se le reconozca a partir de ahora el papel que representa en el acervo de España”.

- Por cierto, ¿piensa regalarle el libro a Pedro Sánchez?

- “Por supuesto. El presidente siempre me ha transmitido muchísimo respeto por la fiesta; y en alguna ocasión me ha dicho que ni en el pensamiento del Gobierno ni del PSOE figura la posibilidad de atacarla o prohibirla”.

- ¿Cree usted de verdad que la fiesta de los toros tiene futuro?

- “Lo tendrá si todos somos capaces de entender algo fundamental: sin autenticidad no hay emoción; sin verdad no hay futuro. Quizá por eso defiendo el toro íntegro como eje fundamental del espectáculo. Respecto a los toreros, me gusta cualquiera que sea capaz de cargar la suerte, que toree dando el pecho y se enfrente de verdad a un toro bravo. Dicho esto, reconozco que hay un torero que me ha levantado del asiento y al que admiro por el sacrificio que ha hecho para llegar donde está, y se llama Diego Urdiales”.

- ¿Tiene su libro dedicatoria?

- “Se lo dedico a mi abuelo Mauricio. A quién si no…”                (Entrevista a Eneko Andueza, Antonio Lorca, El País, 13/12/20)

3/7/20

Cuando Hamilton se retire, millonario, dejará en herencia muchos muertos en carretera que quisieron imitarlo, y montañas de CO2 de sus motores... cuando un torero se retire, millonario, dejará en herencia 500 toros muertos, criados en la dehesa que habrá absorbido parte del CO2 producido por los motores de Hamilton... ¿Quién ayuda más al planeta?

La industria del toro mata animales, y unos pocos toreros; y cuida del medio ambiente. La dehesa, el  ecosistema milenario dónde se crían los toros, será un freno contra el cambio climático por su gran extensión que absorbe CO2. Lucha contra el cambio climático.

La industria de las carreras de automóviles mata muchos seres humanos, (algunos pilotos, pero gran cantidad de conductores de turismo) que, por imitación de sus ídolos, entre los que se encuentra Hamilton, conducen a gran velocidad por las carreteras; y es altamente contaminante. Ayuda al cambio climático.

¿Cúal de las dos industrias es más beneficiosa para el hombre y para el planeta? Si hay que prohibir una de estas industrias, habrá que elegir la más peligrosa para la humanidad. Sin dudase prohibiría el automovilismo. Y Hamilton quedaría en el paro. 

Las escuelas infantiles de automovilismo (karts, etc) son las escuelas de una industria que contamina y mata miles de personas cada año.

Las escuelas de toreo son las escuelas de una industria que mata toros, raramente una persona, y combate la contaminación. ¿Cúal de las dos debe ser protegida?  


"Lewis Hamilton ha calificado de "asquerosas" las corridas de toros y ha afeado que a los niños españoles se les enseñe "a torturar y matar toros desde los 14 años", en referencia a las escuelas de tauromaquia. 

El piloto inglés de F-1 se ha sumado en su cuenta de Instagram a una petición de la organización Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) para abolir dichos centros.

"España, esto es realmente asqueroso", escribe en una 'stories' junto a una fotografía de un toro muerto y arrastrado cubierto en sangre tras una corrida. Y expresa su pesar porque en España los niños puedan acudir a escuelas de tauromaquia, en términos bastante gruesos. "A los niños en España les enseñan a torturar y matar toros desde los 14 años", indica. "Estamos pidiendo al Ministerio de Educación que cierre las escuelas taurinas de inmediato, puedes ayudar compartiendo esta petición", señala, adjuntando un enlace a PETA.

 En la misma red social, el hexacampeón del mundo de F-1 se define como "amante de los animales". Desde el año 2017, el británico comenzó a seguir una dieta vegana.(...)"      (El Periódico, 13/06/20)

3/3/20

Vargas Llosa: pensé en aquellos momentos prodigiosos que suelen suceder en las plazas de toros, cuando, de un modo misterioso, el toro y el torero alcanzan una complicidad inexplicable, como si el diestro y el animal hubieran establecido un pacto de honor para rozar la muerte sin hollarla, mostrar la vida en todo su extraordinario esplendor y recordarnos al mismo tiempo su fugacidad...

"Quiero felicitar a los miembros del Tribunal Constitucional del Perú por haber rechazado, en un fallo que los honra, la solicitud de los animalistas que pedían prohibir las corridas de toros y las peleas de gallos en nuestro país.

 Es verdad que esta sentencia se alcanzó a duras penas —cuatro votos contra tres—, pero, por el momento, y espero que este momento dure un buen tiempo, los enemigos de la fiesta, que son pocos entre los peruanos, pero eso sí, bien fanáticos, cesarán en sus intentos de poner fin a un espectáculo que forma parte esencial de la cultura peruana desde que esta existe, es decir, desde el instante preciso en que, luego de una lucha feroz, ambas vertientes de nuestra tradición, la española y la prehispánica, se fundieron en una sola y que pronto cumplirá cinco siglos de existencia.

La astucia de los animalistas los llevó a identificar las corridas de toros y la pelea de gallos como dos manifestaciones de la crueldad contra los animales, una viveza criolla típicamente deshonesta, pues acerca cosas que son muy distintas, aunque en ninguna de ellas haya razón para prohibirlas. 

A mí, por ejemplo, aunque he asistido en el Perú a algunas galleras, la verdad es que ese espectáculo nunca me interesó, y que, en efecto, hasta me desagradó por su violencia manifiesta, pero reconozco que tiene una vieja tradición en la cultura peruana —el más hermoso cuento de Abraham Valdelomar describe en tonos épicos la historia de un gallo peleador—, y que está bien enraizada sobre todo en la región costeña. Pero, de ahí a prohibirlas, hay un paso demasiado largo para mi espíritu democrático y liberal. Nadie está obligado a asistir, ni a llevar a su familia, a una corrida de toros o a una gallera.

A diferencia de los toros, las peleas de gallos no forman parte de las bellas artes ni tienen esa remotísima tradición cuyos orígenes míticos se pierden en el fondo de los tiempos, asentada principalmente en el área del Mediterráneo. No pretendo rebajar en modo alguno el fervor con que los aficionados y practicantes dedican su tiempo y su cuidado a entrenar a sus gallos, enseñándoles a atacar y a defenderse, ni el empeño con que, gracias a sus esfuerzos, a menudo heroicos, sobreviven las galleras.

 Pero las peleas de gallos, aunque tienen una larga historia que, por ejemplo, en Europa, tuvo en Inglaterra poco menos que su época de oro —cuando yo llegué a Londres en los años sesenta del siglo pasado todavía sobrevivían en algunos pubs carteles que las recordaban—, son un deporte violento, en el que los seres humanos no participan directamente ni ha generado aquella riquísima huella en todas las ramas de la cultura, como ocurre con la fiesta taurina.

Las galleras se parecen mucho más a un ring de box que a un coso taurino. Éste es un escenario muy parecido a una sala de conciertos, o al tablado de un ballet, y, en última instancia, al rincón donde los poetas escriben sus poemas o al taller donde los escultores y pintores fraguan sus creaciones. 

Y, al igual que en las otras ramas de la cultura, una corrida puede cambiar la vida de las gentes, como una función teatral o un libro o un cuadro. Yo lo pensaba hace pocos días, visitando el bellísimo museo dedicado a las esculturas de Chillida, en las afueras de San Sebastián: Chillida Leku. Era un día deslumbrante, de cielo azul y sol pleno, sin una sola nube, y sus formidables creaciones de acero o piedra, tan bien distribuidas en el parque, parecían moverse, hervir, vivir con una plenitud devoradora. 

Entonces, pensé en aquellos momentos prodigiosos que suelen suceder en las plazas de toros, cuando, de un modo misterioso, el toro y el torero alcanzan una complicidad inexplicable, como si el diestro y el animal hubieran establecido un pacto de honor para rozar la muerte sin hollarla, mostrar la vida en todo su extraordinario esplendor y recordarnos al mismo tiempo su fugacidad, esa paradoja en la que vivimos, como el torero nos muestra en una buena faena, que lo hermosa que es la vida depende en gran parte de su precariedad, de ese pequeño tránsito en que ella puede desaparecer tragada por la muerte. Por eso, ningún otro espectáculo como la fiesta representa con más belleza y agonía que los toros la condición humana.

¿Es esta la razón porque la presencia taurina es visible en tantas manifestaciones artísticas y literarias? Sin duda. Y también, porque ella ha sido capaz de llegar a seducir a vastos públicos de otros orígenes, como es el caso, en el Perú, de la población campesina. Los toros están enraizados en casi todos los sectores sociales, pero, sobre todo, han calado en los sectores indígenas, donde difícilmente se puede concebir una fiesta patronal en una comunidad sin una corrida de toros. 

Y, por eso, las plazas de toros más antiguas de América del Sur están en los pueblos de Cajamarca, el departamento más taurino del Perú, según el crítico del diario El Comercio, Gómez-Debarbieri, que ha desempeñado una magnífica labor en la defensa de la tauromaquia en nuestro país. Y él ha reseñado, por ejemplo, no hace mucho, las corridas en las ferias populares de Chota y Cutervo, donde, en los últimos tiempos, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, que se llevaban a cabo con toreros de segundo nivel o aficionados, ahora cuentan con espadas de primera línea, como Andrés Roca Rey y Joaquín Galdós, además de toreros españoles de categoría. 

Me parece una idea magnífica que ambas aficiones, la campesina y la urbana, se unifiquen y dejen de lado su ignorancia recíproca, como ocurría hasta hace poco. Yo recuerdo haber leído en mi adolescencia Yawar Fiesta, de José María Arguedas, y haberme sorprendido mucho de que aquella corrida, en torno a la cual gira la novela, sucediera en la sierra. Hasta entonces ignoraba que los toros eran un ingrediente central de las celebraciones populares en los Andes.

La campaña contra la fiesta de los toros no va a prosperar, pese al empeño que han puesto en ello los fanáticos animalistas. Francia fue el primer país que declaró la tauromaquia un bien cultural nacional y ahora España ha blindado también las corridas contra sus adversarios. 

En América Latina, pese a las primeras victorias que obtuvieron los enemigos de las corridas sorprendiendo a los tribunales, ahora se va retrocediendo, aunque las victorias judiciales, como en Ecuador, lo sean sólo a medias. Pues, en este país donde había ferias taurinas célebres, ahora, como en Portugal, se ha optado por una fiesta coja y manca, pues se prohíbe matar a los toros. Pero en Bogotá se ha ganado la partida en toda la línea y ojalá que sea por mucho tiempo.

Porque, detrás de la prohibición de las corridas, hay algo mucho más grave y siniestro que aquella compasión por los animales que es el pretexto que utilizan los antitaurinos para combatir las corridas. Es la falta de respeto para no decir el desprecio por la libertad, la misma cerrazón mental que llevó a los inquisidores a prohibir las novelas durante los tres siglos coloniales en América Hispana con el pretexto de no llenar la cabeza de los indígenas con patrañas, el origen de todas las censuras que persiguen domesticar el pensamiento y la libre elección de los ciudadanos. Por eso, el fallo de los jueces del Tribunal Constitucional del Perú hay que celebrarlo no como un episodio local, sino como una victoria de la democracia y de la libertad contra sus tradicionales enemigos."              (Mario Vargas Llosa, El País, 01/03/20)

14/5/18

Cómo defender la tauromaquia con los argumentos de los animalistas

"¿Es posible defender la fiesta de los toros más allá de su protección legal, de la tradición, la costumbre y la cultura? ¿Es posible hacerlo ante esta “vorágine animalista que nos envuelve con el objetivo claro y, por encima de todo, declarado, de destruirnos como taurinos”?


Estas dos preguntas -el entrecomillado es textual- se las hizo el pasado domingo en Sevilla el escritor catalán Ildefonso Falcones en el curso del pregón taurino, organizado por la Real Maestranza de Caballería, que marcaba el inicio de la temporada en la plaza hsipalense.
Su respuesta fue taxativa y concluyente: sí.

Y  a ello dedicó su intervención, que, a buen seguro confortó a los aficionados asistentes, atribulados por la marejada animalista que amenaza con persistente acritud el porvenir de la tauromaquia.

“Los movimientos animalistas ganan terreno; la liberación animal y el fin de su sufrimiento están considerados como una de las causas que ocupará un lugar central en las reivindicaciones sociales del siglo XXI”, comienza Falcones. “Ese enemigo -continúa- se muestra ante la sociedad como heredero de la causa antiesclavista, protector de la igualdad de la mujer y de los niños, y acérrimo adversario del machismo, que nace del maltrato al toro”. 

“Los animalistas no solo encarnan el bien común, -prosigue-, sino que se imputan la representación de la mayoría social y, sentada esta premisa, promueven el rencor contra un colectivo que encuentra arte y sentimiento en las corridas de toros”.


Aludió después al artículo 13 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que establece la necesidad de tener plenamente en cuenta las exigencias en materia de bienestar de los animales como “seres sensibles”. Pero en 1992, siempre según el texto del pregón de Ildefonso Falcones, las organizaciones animalistas dan un paso más y atribuyen a los animales libertades básicas, lo que les convierte en “seres sintientes”.


El Parlament de Cataluña añade en la declaración de la ley que prohibió los festejos taurinos en 2010 lo siguiente: “El toro es un animal mamífero con un sistema nervioso muy próximo al de la especie humana, lo que significa que los humanos compartimos muchos aspectos de su sistema neurológico y emotivo”.


Y el comentario del pregonero no tiene desperdicio: “Es una pena que mientras el Parlamento catalán acercaba tanto a toros y humanos se eligiese de forma popular al burro como animal representativo de Cataluña, evidentemente como parte de esa campaña institucional antitaurina y rechazo al símbolo nacional del toro. A saber qué aspectos compartimos los catalanes con el burro, un animal tonto y sumiso por definición…”


“Son los propios animalistas -afirma Falcones- los que en un alarde de fantasía y quimera en la que acostumbra a caer todo movimiento populista y revolucionario, nos ofrecen los argumentos suficientes para defender, entiendo que con visos de éxito, los ataques a las corridas de toros”. 

“Asumamos que los toros bravos -añade- son seres sensible y sintientes, y como tales no solo tienen miedo, frío, placer, estrés, sino que también tienen orgullo, dignidad, valor, espíritu de lucha, arrogancia…”

 Llegado a este punto, el pregonero se pregunta: “¿Cuál es la preferencia de un toro bravo: morir en un matadero como un manso o hacerlo peleando en la plaza… de la que algunos, los mejores, salen vivos?”.

Según Falcones, existen miles de recursos gráficos a través de los cuales podemos definir con exactitud cuáles son esos intereses y cuáles los verdaderos sentimientos del toro bravo; documentos que acreditan la bravura de estos animales, en contra del criterio de los animalistas que sostienen que el toro embiste en la plaza porque se le encierra y se le impide la huida.


“Llamemos a los animalitas -pregona el escritor catalán- a esos etólogos que hablan de una simple reacción defensiva, sentémoslos en un cine y proyectemos centenares de corridas en las que el toro, habiendo sido picado una vez, habiendo luchado contra el caballo, embiste de nuevo, igual que hace cuando le citan con las banderillas y luego con la muleta”. 

A su juicio, el toro bravo sigue mostrando su raza después de ser estoqueado, y algunos ejemplares se niegan a doblar en la arena y deciden morir con grandeza; rechazan el amparo de las tablas, olvidan las querencias y, heridos de muerte, caminan hacia los medios. 

Y allí, doblan y mueren arrogantes a la vista de todos, reivindicando su casta. Ese será el legado de un toro bravo que decide morir con dignidad, como ningún otro animal en el orbe lo hace”.

“Si hablamos, pues, de derechos de los animales -concluye el pregonero- es difícil negar el del toro bravo reclamando su protagonismo en la fiesta al mismo nivel que el hombre; y ahí es donde, tal y como pretenden los animalistas, podemos igualar a animales y personas, esos dos protagonistas que salen a jugarse la vida en una plaza de toros”.


“¿Acaso no es un comportamiento propio de la especie del toro bravo la de embestir, pelear y morir con soberbia y valentía”?; se pregunta Falcones.


Y la muerte de los animales, a su juicio, “es algo que los grupos animalistas no tienen muy bien estudiado”, de modo que este movimiento “no solo nos quieren quitar la fiesta, sino que también nos quieren negar un buen chuletón, un solomillo o el pescaito frito.


“Y lucharán por ello, no les quepa duda, y eso es lo que nos espera. Y a aquel que se siente delante de una buena carne o un buen pescado lo tratarán de machista porque ha ejercido o, cuando menos, se aprovecha de la violencia sobre los animales, y eso conlleva violencia sobre las mujeres, los niños y los débiles, tanto más machista y fascista cuanto mayor sea la pieza que le sirven en el plato”.


“El toro bravo -terminó- está destinado a luchar o a ser sacrificado; nadie va a alimentarlo sin la contrapartida de un rendimiento. Nadie, ni los ganaderos, ni el Estado, ni los animalistas, ni los abolicionistas…”


Y el teatro Lope de Vega de Sevilla, de bote en bote, se puso en pie y dedicó al pregonero una larga y sentida ovación porque sus emocionadas palabras habían servido de bálsamo para tantas conciencias afligidas por corrientes antitaurinas que pretenden acabar con el toro, su arrogancia, y esa forma de entender la belleza que es el toreo…"             (Entrevista a Ildefonso Falcones, escritor catalán, Antonio Lorca, El País, 08/04/18)

21/11/17

Je suis taurino. El problema no son los toros, sino la deriva aséptica de una sociedad que reniega de la muerte

"No dispongo de grandes argumentos racionales para defender la corrida de toros. Ni me gusta demasiado recurrir a ellos, sobre todo porque las razones económicas y las medioambientales, abrumadoras en ambos casos, aportan un exceso prosaísmo a este misterio eucarístico y pagano que José Tomás, por ejemplo, nos hizo experimentar hace unos días en Jerez de la Frontera. Se nos apareció el maestro, créanme.

Los toros no tienen explicación. Ni la necesitan, mucho menos para dejarse conmover por la doctrina flower power de una sociedad infantil y aséptica que abjura de la muerte y que reniega de cualquier expresión estética capaz de exponerla o dramatizarla.

El rito de la corrida representa un ejemplo absoluto en la dialéctica extrema de Eros y Tánatos. La creatividad proviene de la muerte. De asomarse a ella. Y de mecerla, como hizo José Tomás, ya digo, en Jerez, sublimando por naturales una experiencia catártica, colectiva, que hizo a los espectadores trascender, cuando no levitar.

No vamos a una plaza para gozar con la hemorragia del uro ni para jactarnos de la crueldad. Los toros son un espectáculo sangriento y cruento, pero la propia coreografía de la muerte predispone a emociones descomunales. Casi todas propiciadas desde la liturgia y desde la estética en la comunión del ritual mediterráneo.

Que los toros sean "incomprensibles" representa su mayor virtud. Y que pretendan abolirse desde la moral hipócrita heredada de Walt Disney contradice la devoción que los aficionados tenemos al toro en esa dimensión totémica y propiciatoria.

La corrida no es anacrónica, sino atemporal. Y la tauromaquia carece de ideología, pero semejante evidencia no le ha prevenido de exponerse a los vaivenes del interés político. Para defenderla, como hace el PP en su noción patriótico-identitaria. Y para atacarla, como sucede ahora desde los presupuestos neofranciscanos de la progresía.

Me acuerdo de los lagrimones que nos hizo verter el león Cecil cuando fue cazado en Zimbabue, pero no me consta que esta sociedad del peluche y la mascota haya reaccionado con idéntica militancia a las fosas comunes del dictador Mugabe. Humanizamos a los animales y deshumanizamos a los hombres.

El problema no son los toros. El problema consiste en los hábitos e hipocresías de una cultura inodora, incolora e insipida que recela de cualquier expresión irracional e instintiva y hasta dionisiaca. Tanta corrección, tanto prohibicionismo y tanta mojigatería va a terminar por obligarnos a los aficionados a exiliarnos en Francia. Je suis taurino."                  ( , El País, 12/05/16) 

18/7/17

Francia: nueva esencia de la tauromaquia. Un concepto diferente del espectáculo y el creciente número de toreros, ganaderías y novilleros animan la fiesta de los toros en las plazas del sur del país

"El anfiteatro romano de Arlés recupera su función litúrgica, hedonista y sociológica 20 siglos después de haberse erigido en el promontorio que otea la Camarga. Un combate estilizado del toro y el hombre. 

Una comunidad heterogénea que celebra un rito pagano, eucarístico. Y una voz metálica que resuena por los altavoces, anunciando la celebración de “una novillada cien por cien francesa”. La reivindicación del animador se recibe entre ovaciones. Y alude al paseíllo de una terna de chavales locales —Andy Younes, Tibo García, Adrien Salenc— que van a lidiar reses de seis ganaderías francesas. Imposible imaginarlo hace unos años.

Y no digamos hace unas décadas, cuando Simón Casas, empresario de Las Ventas desde esta misma temporada, formó el primer sindicato de toreros franceses con Nimeño I. Eran los únicos afiliados. Y estaban aislados, pero obstinados también en levantarse contra la discriminación que ejercía la colonización española. Se sentían exiliados, clandestinos. Soñaban con introducir la revolución de la tauromaquia francesa.

Francia constituye en 2017 un territorio autosuficiente de ganaderías (49), plazas (51), grandes ferias (7), toreros en activo (10), primeras figuras —Sebastián Castella, Juan Bautista, Lea Vicens— y profesionales en todos los ámbitos —empresarios, banderilleros, picadores...—, y su posición de minoría exótica y de marginación predispuso una conciencia de militancia y de autodefensa que ahora sirve de modelo de urgencia al complejo de superioridad español.

 Más aún cuando Cataluña ha dado por abolidas las corridas. Se antoja estrafalaria la situación de los aficionados catalanes, constreñidos a cruzar la frontera de los Pirineos para participar de un espectáculo reprobado en su tierra, seña en algún tiempo de la españolidad.


La paella y la sangría se consumen en Arlés con la avidez de la promiscuidad cultural. Y bailan flamenco los arlesianos. E identifican el anfiteatro romano como un templo identitario. Y lo abarrotan por fuera y por dentro, acompasando el pasodoble como el himno iniciático a la corrida de toros, aunque todos los festejos empiezan con la obertura de Carmen, la ópera del compositor francés Georges Bizet. Y aunque los altavoces proclamen el hito regional de la “novillada cien por cien francesa”.

No se trata de una apropiación, sino de una merecida y trabajada asimilación. Francia fue el primer país que declaró la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial (2011). Lo hizo cumpliendo con escrúpulo los requisitos técnicos y conceptuales de la Unesco —estética, tradición, creatividad, acervo...— y consolidando una protección cuyo origen se remonta a 1951, cuando se proclamó una ley que prohibía la tauromaquia —y las peleas de gallos, y el maltrato animal— excepto donde estaba acreditada una tradición continuada. 

Es la famosa excepción cultural. Es el caso de Arlés. Y de Nimes. Y de Béziers. Tres arenas señeras del sudeste francés que rivalizan con las ferias principales del suroeste. Sobre todo con Bayona, Dax, Mont-de-Marsan y Vic-Fezensac.

“La necesidad de defender la tauromaquia casi en una situación de asedio nos ha convertido en pioneros de las iniciativas políticas”, explica André Viard. Fue matador de toros. Escribe, pinta, filosofa. Y desempeña la presidencia del Observatorio Nacional de las Culturas Taurinas, cuya función activista y pedagógica tanto reivindica el valor ecológico, medioambiental de la tauromaquia como la justifica desde un punto de vista ético y estético. 

“España ha dado por descontado que el toreo iba a ser eterno. Y que no era necesario protegerlo. Por eso allí se ha reaccionado tarde. Ha predominado la desunión de unos y otros sectores. No ha sabido utilizarse el marketing, una de las armas que mejor emplean los animalistas. Y se ha incurrido en una desesperante pasividad”.


La paella y la sangría se consumen en Arles. Y bailan flamenco los arlesianos. Aunque los altavoces proclamen el hito regional de la "novillada cien por cien francesa".

La alarma de la prohibición catalana estimuló la reacción. Los toros pasaban de la tutela del Ministerio de Interior a la cartera del Ministerio Cultura (2011). Se declararon patrimonio histórico cultural en 2013. Y se les garantizó una protección legislativa, inmune a las competencias que pretendieran atribuirse las comunidades autónomas.

 “La cuestión es que no basta únicamente con blindar los toros”, razona André Viard. “Hay que crear un modelo de espectáculo. Atraer a los públicos. Saber exponer las cualidades de la tauromaquia en este mundo complejo, globalizado. Francia necesita a España porque España es la casa madre de la tauromaquia. Y España necesita a Francia porque aquí hemos avanzado mucho en el camino del porvenir”.

Aficionados con voz y voto

El modelo francés muestra una adhesión desacomplejada a los toros, heterogeneidad de público, mezcolanza de generaciones e implicación de los espectadores. Muchas de las plazas llegan al extremo de “alojarlos” en las comisiones taurinas, organismos municipales donde los aficionados tienen voz y hasta voto en la confección de los carteles, en la expresión de sus preferencias.

Desconcierta el silencio, la actitud observadora, a veces gélida, del público taurino francés, pero esta misma idiosincrasia cartesiana a medida de un partido de tenis perfila a un aficionado más culto, más instruido. Y más leído también, como invitan a pensar los escaparates de las librerías que jalonan las calles céntricas de Arlés.


Bullían en las fiestas de Semana Santa. Impresionaba la “españolización” de los hábitos festivos y hedonistas. Y se vivía la tauromaquia a todas las horas —encierros, festejos de recortadores camargueses— y en todas las modalidades. Incluida la tertulia vespertina del Ayuntamiento. O las clases prácticas de toreo de salón para aficionados.

Tiene Simón Casas razones para sentirse gratificado, reconocido. Su modelo de productor creativo en Nimes y de agitador de ideas representa hoy el hito embrionario de la tauromaquia francesa. Especialmente desde finales de los ochenta, cuando el visionario extorero atrajo al anfiteatro romano los grandes acontecimientos. 

Litri y Camino reaparecieron con el pelo blanco para dar la alternativa a sus hijos en 1987. Luego sobrevinieron los doctorados de Jesulín de Ubrique, Manuel Caballero, Chamaco, Cristina Sánchez, El Juli, incluso la reciente alternativa de Roca Rey.

“Los toros eran en Francia un espectáculo importado. Se nos discriminaba como franceses. Y nuestras plazas no eran sino colonias españolas. Ahora hemos arraigado la fiesta por nosotros mismos. No desde el revanchismo, sino desde la identificación y la asimilación. Vivimos el toreo como una fiesta nuestra, o también nuestra.

 Francia ha conseguido ser autosuficiente. Y no estoy hablando de chovinismo, sino del proceso con el que hemos revitalizado e integrado la cultura mediterránea del toro”, señala Simón Casas.


Francia necesita a España porque España es la casa madre de la tauromaquia. Y España necesita a Francia porque aquí hemos avanzado mucho en el camino del porvenir".

La mejor evidencia se encuentra en el campo. Fue la antiquísima ganadería de Hubert Yonnet la primera que debutó en Las Ventas (1991). Y la pionera de una implantación ganadera que se extiende desde las Landas hasta la Camarga. Aquí, el toro de lidia, el toro bravo, se ha arraigado como el arroz. Se ha fortalecido con la sal. Y se ha multiplicado como símbolo de la marisma en la desembocadura del Ródano.

Bien lo saben Andy Younes, Tibo García y Adrian Salenc. Sus nombres resonaban en la megafonía de Arlés como valedores de una generación que ya no necesita cruzar la frontera para aprender el oficio y torear en el campo. Han podido mirarse en el espejo de las grandes figuras. Que son Juan Bautista y Sebastian Castella. 

Y que se hicieron toreros porque de chavales les estimuló que un compatriota suyo, Nimeño II, fuera capaz de abrir la puerta grande de Las Ventas cuando el adjetivo de francés tenía connotaciones peyorativas. O se observaba con el recelo de un exotismo.


Un toro de Miura malogró la carrera del maestro en 1989. Lo hizo en Arlés. Y la tragedia predispuso su suicidio, de forma que Nimeño II, hermano de Nimeño I, se convirtió en el primer mártir de la historia de la tauromaquia contemporánea. Y en el héroe de una revolución que convierte a Francia en la vanguardia de este espectáculo.

Es el viaje de la clandestinidad al reconocimiento. El viaje que hizo la Viridiana de Buñuel para torear la censura franquista. No requisaron la película en la frontera porque iba escondida entre los avíos de la cuadrilla de Pedrés. Y llegó a tiempo de estrenarse en Cannes, como alegoría de la libertad.

 Y como paradoja premonitoria de la coyuntura contemporánea de los aficionados catalanes. También ellos tienen que cruzar la frontera y acomodarse en los tendidos de Arlés para aplaudir a los artífices y protagonistas de una novillada “cien por cien francesa”.


Sebastián Castella, máxima figura


Si Nimeño II puede considerarse el primer torero francés “aceptado” en el escalafón español, Sebastián Castella alcanzó la categoría de máxima figura. Llegó a torear hasta 90 tardes en 2006. Y consiguió en 2015 abrir por cuarta vez la puerta grande de Las Ventas. Son evidencias estadísticas de un torero de “ida y vuelta” que nació en Béziers, de padre español, pero que se terminó forjando en Sevilla, a la vera del maestro José Antonio Campuzano.

El mestizaje explica su acento andaluz y se añade a la peculiaridad de una madre polaca. Castella, como Juan Bautista, es referencia de las principales ferias contemporáneas y afronta su decimoctava temporada de matador en una posición de madurez. Un torero vertical, hierático, que tomó la alternativa en Béziers y que adquirió una gran repercusión en las plazas mexicanas. Torea en Sevilla el 5 de mayo y dos tardes en Madrid, en San Isidro, el 19 y el 26 de mayo."                ( , El País, 27/04/17) 

14/7/17

EL PAÍS envió a su becario estadounidense a Pamplona para ver si Hemingway tenía razón...y esto es lo que se encontró

"Ya sé lo que estáis pensando: un estadounidense que trabaja de periodista en Europa decide visitar Pamplona para observar y participar en las fiestas anuales de San Fermín. ¿Es posible ser menos original, o más imitador de Ernest Hemingway? La respuesta es: probablemente no. Pero eso no me detuvo: el fin de semana pasado, me pegué el viaje desde Madrid para ver con mis propios ojos por qué la gente monta tanta historia con esto de los Sanfermines.

Mientras que el tren se acercaba a la estación en la tarde del sábado, volví a ojear los últimos capítulos de mi ajado ejemplar de Fiesta (o The Sun Also Rises en inglés) para refrescar mi memoria y recordar las cosas que supuestamente hacen de este evento algo que hay que ver a toda costa; ya sea por la energía de una fiesta incesante, por el subidón de adrenalina de los peligrosísimos encierros, o por los vistosos pases de las corridas, con su enorme capacidad de seducción y fascinación.

 Tras aguantar las charlas de algunos de mis amigos madrileños por el hecho de asistir (y, por ende, apoyar) el festival, debido a cuestiones éticas relacionadas con la crueldad contra los animales, llegué a los Sanfermines con una mente abierta.

Lo que presencié fue un espectáculo increíble, pero complejo. Me apunté a las fiestas e incluso conseguí ver una corrida de toros. Pero el mejor momento de todo el fin de semana, con gran diferencia, fue el encierro del domingo por la mañana.

Para poder verlo bien, decidí pagar 100 euros para reservar sitio en un balcón en la calle Estafeta después de que un colega en EE UU me informara de que presentarme en un encierro sin planificación previa sería como aparecer en Times Square a las 23.30 en Nochevieja y pretender ver la bola caer. La analogía era buena.

En mi caso, la reserva, más que un balcón, resultó ser una barricada provisional hecha para ver el encierro casi a ras del suelo desde uno de los restaurantes en Estafeta. Desde esta posición estuvimos especialmente cerca de la acción (incluso alcanzamos a “chocar esos cinco” con los mozos mientras esperaban a que salieran los toros).

 Durante los minutos previos a las ocho de la mañana, nuestro guía nos dijo que si íbamos a grabar el encierro, deberíamos encontrar la manera de levantar la vista de nuestras cámaras. Este consejo se reveló fundamental.



Aunque solo llegué a ver 15 segundos de acción desde mi puesto en la barricada, estuve boquiabierto durante cada uno de esos segundos. La emoción en estado puro que sentí —sobre todo al estar tan cerca del suelo— la bofetada de aire en la cara al pasar la multitud frente a nosotros, el hecho de ver a esos gigantescos animales corriendo por esas calles tan estrechas… en esos pocos segundos, sentí que pude apreciar, aunque fuera tan solo un poquito, lo que deben experimentar los mozos cuando tienen a los toros prácticamente encima.

Estar ahí no tiene nada que ver con verlo por la tele. El corazón te late más rápido, te fijas en los detalles. Recuerdo que, unos momentos antes de que comenzara el encierro, vi a un joven español no mucho más mayor que yo agachado y cabizbajo.

Primero pensé que estaría estirándose. Pero luego le vi santiguarse, y me di cuenta de que estaba rezando. En ese instante, comprendí que lo que estaba viendo era algo más que un paroxismo de animales y alcohol. Para muchos, también es algo muy serio.

Hay que decir que algunos de los rumores son ciertos. Puedo dar fe de que los Sanfermines son realmente una fiesta ininterrumpida de nueve días de duración. Después del encierro, salí de Estafeta sobre las ocho y media de la mañana y me topé con un hombre tumbado en un saco de dormir sobre el césped, rodeado de basura y bebiendo de una botella grande de sangría. Y es que para los auténticos devotos de la fiesta, no hay tiempo para el descanso.



Cuando acaba el encierro, los toros se pasan el día en la plaza, esperando su turno para la corrida de la tarde. Yo que ya andaba preocupado por el hecho de ir a un evento de este tipo, me llevé una sorpresa al descubrir que la controversia no se limita a las grandes ciudades españolas como Barcelona o Madrid, como pensé en un primer momento.

Durante la corrida, un español que aparentaba mi edad se me acercó y, con evidentes signos de intoxicación etílica, me preguntó si me gustaba lo que estaba viendo. Sintiéndome confuso, le contesté con preguntas. Descubrí que era un pamplonica que no soporta las corridas de toros. “¿Así que esta es tu primera vez?”, le dije. “No, qué va”, me contestó. “Llevo viniendo todos los días de esta semana”.

“¿Y por qué sigues viniendo?”, proseguí yo. “Por esto”, replicó, refiriéndose al ambiente en las gradas y dando cuidadosamente la espalda al ruedo mientras hablaba conmigo. “¿Pero podrías ir de marcha fuera de aquí, no?” “No, no” insistió el chaval. “No es lo mismo”.

De hecho, era casi como si hubiera dos eventos paralelos dentro de la plaza: uno en el ruedo y otro en las gradas y tendidos. Mientras que en corridas normales la gente suele estar callada, observando los pases del torero (o eso me cuentan), en los Sanfermines el público se dedica a una variedad de actividades —desde entonar cánticos futbolísticos, hasta el lanzamiento de cerveza y sangría a otras zonas de la plaza—. Calculo que me cayeron bebidas encima cada 20 minutos, de media (el atuendo blanco que traje desde Madrid no logró hacer el camino de vuelta).

Ver la corrida fue algo menos encantador que ver el encierro. Tras presenciarlo, no hay duda de que sentí respeto por lo que se podría considerar una forma de arte, pero aún así fue difícil de soportar lo que, en esencia, es la tortura teatralizada de un animal, una reliquia de otros tiempos más bárbaros.

Después de la corrida, me fui a tomar unas tapas y unas bebidas en el centro. Pero de nuevo volví a demostrar que no soy un español de verdad: para la una de la madrugada ya había vuelto a mi alojamiento, donde caí como un plomo."                 (   , El País, 12/07/17)