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6/11/23

Chantal Mouffe: Un proyecto de «revolución democrática verde» puede resonar con la demanda de seguridad y protección que se está expresando, aunque de formas diferentes, en una amplia variedad de luchas sociales... La crisis ecológica abre un nuevo campo de posibilidades para la izquierda. Frente al iliberalismo autoritario o la pospolítica del capitalismo verde, la dimensión transversal de los efectos de la catástrofe climática invita a imaginar una nueva forma de populismo ecológico... Los activistas y militantes ecologistas tienen sin duda un papel importante que desempeñar, pero no podrán lograr avances decisivos si se niegan a organizarse políticamente. Además, la transición hacia las energías renovables no puede tener éxito sin recurrir a la planificación ecológica, y el Estado tendrá que desempeñar un papel importante en este proceso. Para crear las condiciones de un enfrentamiento victorioso con las industrias de combustibles fósiles, tenemos que ganar las elecciones y llegar al poder... para vincular las batallas ecológicas con otras luchas democráticas es esencial crear un «nosotros» que sea la fuerza motriz de la acción política... cuando las sociedades sufren graves perturbaciones en su modo de vida, la necesidad de protección se convierte en la exigencia primordial, y que esa necesidad puede satisfacerse de forma progresiva o regresiva... Es vital que la izquierda aborde esta demanda de seguridad y protección de forma inclusiva e igualitaria... propongo movilizar los recursos simbólicos de la tradición democrática concibiendo la lucha por la habitabilidad del planeta al modo de una «revolución democrática verde», que contemple la bifurcación ecológica como un nuevo frente para la radicalización de la democracia... y brindar a la izquierda la oportunidad de desarrollar un proyecto capaz de convertirse en hegemónico... Su carácter transversal debería permitir construir una frontera política entre la izquierda y la derecha sobre una base diferente de la tradicional... esta crisis también puede ser una oportunidad para lograr un modelo de producción más igualitario

 "A pesar de la persistencia de un movimiento de escépticos climáticos, en la actualidad existe un acuerdo bastante amplio sobre la necesidad de una transición ecológica para descarbonizar nuestras economías. El desacuerdo se centra en las modalidades de la transición y en el camino que hay que seguir para lograrla. No se trata sólo de una cuestión técnica; también tiene una importante dimensión política que tendrá consecuencias para el futuro de la democracia. Está claro, por ejemplo, que el capitalismo verde promovido por las fuerzas neoliberales tiene implicaciones claramente autoritarias, mientras que la transición hacia las energías renovables podría crear las condiciones para un modelo de desarrollo que garantice las libertades democráticas y la justicia social.

Me gustaría ofrecer algunas reflexiones sobre cómo una política de izquierda debería enfocar la transición ecológica en las condiciones específicas en las que se encuentran hoy los países europeos.  En primer lugar, dejemos claro lo que entiendo por «política de izquierda». Según mi perspectiva teórica, que se inscribe en una concepción «disociativa» de la política, ésta siempre tiene que ver con el conflicto y el antagonismo. Como nos enseñó Maquiavelo, la sociedad está dividida y la política tiene un carácter «partidista» que adopta la forma de nosotros contra ellos. Esto también se aplica a la democracia pluralista, cuya especificidad no consiste en negar esta división, sino en reconocer y legitimar el conflicto y negarse a imponer un orden autoritario. Esto requiere que los oponentes no sean considerados como enemigos que hay que destruir, sino como adversarios cuyas posiciones serán combatidas, sin que por ello se cuestione su derecho a defenderlas. Este enfrentamiento entre adversarios corresponde a la «lucha agonística» que es la condición misma de una democracia pluralista. En palabras de Marcel Mauss, es lo que permite «oponerse sin matarse». Cuando falta esta confrontación, las pasiones ya no pueden encontrar expresión política, lo que conduce a un proceso de desafección de las instituciones democráticas o a la aparición de formas de polarización basadas en cuestiones étnicas o religiosas.

 Una democracia viva no puede sobrevivir sin debates sobre alternativas políticas. Debe ofrecer formas de identificación basadas en posiciones democráticas claramente diferenciadas. Este es el papel de la oposición derecha/izquierda que, en una democracia pluralista, contribuye a escenificar el conflicto proponiendo cuestiones capaces de movilizar las pasiones políticas. La lucha entre derecha e izquierda no debe concebirse de forma esencialista como un conflicto entre identidades inmutables o categorías sociológicas determinadas, sino como un enfrentamiento entre posiciones axiológicas. Norberto Bobbio1 ha demostrado que, aunque el contenido de esas nociones varíe según los tiempos y las circunstancias, siempre están referidas a la cuestión de la igualdad, que es un objetivo central para la izquierda, mientras que la derecha se acomoda a las desigualdades y las justifica. Por eso, cuando hablo de política de izquierda, me refiero a una estrategia cuyo objetivo es consolidar y extender la lucha por la igualdad y la justicia social.

 Enmarcaré mis reflexiones en la coyuntura actual, con las relaciones de fuerzas y afectos que la configuran. Para empezar, examinaré los efectos sobre la política democrática de las transformaciones políticas y económicas que ha traído consigo el neoliberalismo en los últimos 40 años. En lo que respecta a Europa, esas transformaciones han llevado a la erosión de dos de los pilares del ideal democrático: la igualdad y la soberanía popular, lo que ha creado una situación que a menudo se describe como «postdemocracia». En el ámbito político, lo que caracteriza a la postdemocracia es lo que he denominado «postpolítica», que difumina la frontera existente entre derecha e izquierda y celebra el consenso entre los partidos de centro-derecha y centro-izquierda como un gran avance para la democracia2. Afirmando que no hay alternativa a la globalización neoliberal, la perspectiva postpolítica reduce las decisiones políticas a cuestiones técnicas de las que deben ocuparse los expertos. Convencidos de que la globalización requiere «modernización», los partidos socialdemócratas aceptan los dictados del capitalismo financiero y los límites impuestos a los Estados en sus políticas redistributivas. Los ciudadanos se ven privados de la posibilidad de decidir entre proyectos políticos sustancialmente diferentes, y las elecciones se reducen a una simple alternancia entre los llamados partidos «gobernantes». Declarando que el modelo adversarial de la política, con su división izquierda-derecha, ha quedado obsoleto, la postpolítica aboga por una «política sin adversarios» que suprima su carácter partidista.

 Tal situación postpolítica dominó Europa a partir de los años ochenta, durante el periodo de hegemonía incontestable del neoliberalismo. Pero con el crack financiero de 2008, tal hegemonía entró en crisis. Cuando las políticas de austeridad empezaron a afectar a las condiciones de vida de amplios sectores de la población, una oleada de protestas recorrió muchos países. Asistimos al surgimiento de movimientos «populistas» que rechazaron el consenso en el centro y reafirmaron el conflicto estableciendo una frontera política entre «el pueblo» y las fuerzas del establishment.  Lo que he descrito como el «momento populista»3 indica un «retorno de lo político» tras años de postpolítica.

Este retorno de lo político no garantiza un avance democrático, y puede producirse de modo autoritario. Todo depende de cómo se construya «el pueblo». Por ejemplo, el populismo de derecha construye un pueblo utilizando un discurso etnonacionalista que excluye a los inmigrantes, considerados una amenaza para la identidad nacional y la prosperidad. Aboga por una democracia basada exclusivamente en la defensa de los intereses de los «auténticos» originarios del país. En nombre de la recuperación de la democracia, lo que propone es en realidad su restricción y la introducción de un modelo autoritario.

Pero recuperar la democracia también puede ser una oportunidad para ampliarla. Con este espíritu he defendido la tesis de que es necesario promover un «populismo de izquierda» que federe diversas luchas ecológicas, sociales y «societales» para construir un «pueblo», cuyo adversario común sea la oligarquía neoliberal y las fuerzas asociadas a ella. La especificidad de una estrategia populista de izquierda consiste en establecer una «cadena de equivalencias» entre las luchas democráticas contra la explotación, la dominación y la discriminación para impulsar un proceso de «radicalización de la democracia».

Es importante subrayar que una cadena de equivalencia no es simplemente una coalición de sujetos políticos ya existentes. El pueblo y la frontera política que define a su adversario se construyen a través de la lucha política y siempre son susceptibles de ser redefinidos como resultado de las intervenciones hegemónicas. El proceso de articulación es crucial, porque es a través de su inscripción en una cadena de equivalencias como las demandas particulares adquieren su significado político. No hay lucha intrínsecamente emancipadora que no pueda dirigirse hacia fines opuestos. Tanto si hablamos de ecología como de feminismo o de otros ámbitos, la cuestión de la articulación es decisiva.

También me gustaría aclarar que una estrategia populista de radicalización de la democracia no significa una ruptura total con las instituciones de la democracia pluralista. Pretende transformar y enriquecer tales instituciones para que sus principios ético-políticos de «libertad e igualdad para todos» entren en vigor en un número creciente de relaciones sociales. Pretende lograrlo utilizando procedimientos democráticos, por ejemplo mediante lo que André Gorz denomina «reformas no reformistas». El objetivo no es crear una vanguardia, sino formar un pueblo cuyo proyecto sea defender y profundizar la democracia. Podemos hablar de «reformismo radical» para distinguir esta estrategia de la política revolucionaria, pero también del reformismo estéril de los social-liberales. Tal proyecto es ciertamente «radical» en la medida en que pretende crear un nuevo equilibrio de poder e instaurar una nueva hegemonía, pero sin romper con los principios de la democracia pluralista.

 Una estrategia populista de izquierda no está grabada en piedra y evoluciona en función de la situación. Antes de la pandemia, se trataba sobre todo de cuestionar el modelo postpolítico y de revitalizar la lucha agonística contra el neoliberalismo. Ahora también tenemos que hacer frente a las consecuencias económicas y sociales del Covid-19 y abordar la urgencia de la crisis climática, todo ello en un contexto geopolítico sacudido por la guerra de Ucrania y la guerra de Sucot. El objetivo de la política de izquierda sigue siendo la extensión de los principios democráticos de igualdad y justicia social, pero a los retos anteriores se han añadido otros nuevos. Hoy, el proyecto democrático debe reformularse a la luz del imperativo ecológico, liberado de su sesgo racionalista y de su ambición prometeica de dominar la naturaleza. Necesitamos integrar las lecciones del Antropoceno y rechazar la separación entre naturaleza y cultura, así como la oposición entre humanos y no humanos.

Estamos, pues, en el umbral de una nueva fase de la revolución democrática. A partir del siglo XIX, bajo el impacto de las luchas obreras y del pensamiento socialista, la concepción liberal de la democracia, centrada en los derechos políticos, se transformó al incorporar las reivindicaciones sociales. A lo largo del siglo XX, la lucha contra las desigualdades y por la justicia social se concibió principalmente en términos de distribución equitativa de los frutos del crecimiento. La lucha de los nuevos movimientos sociales ha abierto nuevas perspectivas sobre la cuestión de la justicia social, pero se centran en la autonomía y la libertad y, a excepción de algunos movimientos ecologistas, no tienen como objetivo la naturaleza del crecimiento.

Hemos llegado a un punto en el que la lucha por la justicia social exige cuestionar los modelos productivistas y extractivistas. El crecimiento ha dejado de verse como una forma de protección para convertirse en un peligro para la habitabilidad del planeta y para las condiciones materiales de la reproducción social. Por lo tanto, ya no es posible concebir la lucha por la justicia social sin incluir el fin de un modelo de crecimiento que amenaza la existencia misma de la sociedad y cuyos efectos son especialmente destructivos para los grupos sociales y los países más vulnerables. Esto significa luchar tanto a nivel de la producción como a nivel de la reproducción, entendida esta última en el sentido amplio de la totalidad de la vida en el planeta, y no reducida a la reproducción humana.

 Con el nuevo régimen climático, la habitabilidad del planeta se ha convertido en la cuestión crucial. Debemos situar la transición ecológica en el centro del proyecto de radicalización de la democracia y vincular las luchas ecológicas a las luchas sociales. Para ello es necesario establecer una auténtica «bifurcación» ecológica que rompa la dependencia de nuestras sociedades del sistema económico del capitalismo financiero, responsable de la aceleración de las catástrofes ecológicas. Tal bifurcación no puede producirse sin confrontación con el capital financiero, y es ilusorio imaginar que pueda lograrse sólo por los movimientos sociales. Los activistas y militantes ecologistas tienen sin duda un papel importante que desempeñar, pero no podrán lograr avances decisivos si se niegan a organizarse políticamente. Además, la transición hacia las energías renovables no puede tener éxito sin recurrir a la planificación ecológica, y el Estado tendrá que desempeñar un papel importante en este proceso. Para crear las condiciones de un enfrentamiento victorioso con las industrias de combustibles fósiles, tenemos que ganar las elecciones y llegar al poder.

 Hay un punto que me gustaría subrayar, y es que, para vincular las batallas ecológicas con otras luchas democráticas, es esencial crear un «nosotros» que sea la fuerza motriz de la acción política. Para crear esa voluntad colectiva, no basta con elaborar un buen programa; es esencial movilizar afectos ecológicos y políticos compartidos. Esta dimensión emocional suele descuidarse en la izquierda debido al marco teórico racionalista que con demasiada frecuencia informa su visión de la política. La izquierda es rica en ideas sobre la naturaleza de una sociedad emancipada y sus dirigentes gastan mucha energía en elaborar programas ambiciosos. Sin embargo, suelen olvidar que, en política, no basta con tener un buen programa; los ciudadanos también deben identificarse con el proyecto que se les propone. Las buenas ideas no bastan porque, como nos recordaba Spinoza, las ideas son tan fuertes como las emociones que despiertan. Para generar apoyo y animar a la gente a actuar, estas ideas deben resonar con los afectos, los deseos y las experiencias vitales de las personas a las que hay que movilizar.

La pandemia y el aumento de la precariedad han creado un sentimiento de vulnerabilidad en amplios sectores de la población, dando lugar a afectos que expresan una fuerte necesidad de seguridad y una demanda de protección. Es esencial tener en cuenta estos afectos, porque pueden dirigirse en direcciones muy diferentes. En cierto modo, nuestra situación es similar a la analizada por Karl Polanyi en La Gran Transformación4, donde muestra que cuando las sociedades sufren graves perturbaciones en su modo de vida, la necesidad de protección se convierte en la exigencia primordial, y que esa necesidad puede satisfacerse de forma progresiva o regresiva. Pone como ejemplo la crisis de los años treinta, que condujo al fascismo en Europa y al New Deal en Estados Unidos.

 En la situación actual, la demanda de protección puede ser fácilmente explotada por la derecha nacional-populista, que intenta convencer a la población de que la seguridad sólo puede lograrse mediante una concepción de la soberanía basada en el nacionalismo excluyente. Y está claro que ya han conseguido resultados en muchos países. Sin embargo, sería un error pensar que es el único adversario y pasar por alto el hecho de que los gobiernos neoliberales también explotan este sentimiento de vulnerabilidad. Su objetivo es promover lo que Gramsci llamó una «revolución pasiva», una estrategia que en este caso consiste en utilizar la crisis ecológica para impulsar el desarrollo de una nueva forma de neoliberalismo, el «tecnosolucionismo autoritario». Así es como las fuerzas neoliberales presentan el desarrollo del «capitalismo verde» y la geoingeniería, no sólo como la solución al problema del calentamiento global, sino también como la mejor forma de proporcionar seguridad y protección a los ciudadanos. Esto les permite alejarse de la necesidad de protección para legitimar una serie de medidas autoritarias.

Es vital que la izquierda aborde esta demanda de seguridad y protección de forma inclusiva e igualitaria, en lugar de rehuirla por conservadora. Para despertar emociones más poderosas que las de sus oponentes, debe ofrecer una visión de futuro que inspire esperanza. También en este caso hay que escuchar a Spinoza, que nos dice que la única manera de desplazar un afecto es producir otro más fuerte.

Con miras a crear afectos comunes, cuya cristalización podría conducir a la construcción de un «pueblo», propongo movilizar los recursos simbólicos de la tradición democrática concibiendo la lucha por la habitabilidad del planeta al modo de una «revolución democrática verde», que contemple la bifurcación ecológica como un nuevo frente para la radicalización de la democracia. Es la fuerza emocional de la imaginación democrática la que ha situado en el centro de la política los ideales que estuvieron en el origen de las conquistas sociales más importantes. Y como han demostrado las recientes movilizaciones populares, los valores democráticos siguen informando muchas de las luchas sociales y políticas de nuestras sociedades.

 Estoy convencido de que, frente a la crisis ecológica, un proyecto de «revolución democrática verde» puede resonar con la demanda de seguridad y protección que se está expresando, aunque de formas diferentes, en una amplia variedad de luchas sociales. Es probable que reactive y enriquezca la imaginación democrática y suscite entusiasmo, y podría desempeñar el papel de principio articulador para federar demandas heterogéneas. La supervivencia del planeta y la preservación de las condiciones de vida que lo hacen habitable pueden movilizar a un gran número de personas, así como a una gran variedad de movimientos sociales. Junto a sindicatos y grupos organizados en torno a intereses socioeconómicos, encontramos personas implicadas en diversas luchas feministas, antirracistas, anticoloniales y LGBT+. Si bien estas reivindicaciones se derivan de luchas específicas, también son expresiones de reivindicaciones democráticas. Ante la gravedad de la crisis ecológica, podrían identificarse con un proyecto que pretende preservar un planeta habitable y garantizar el futuro de una sociedad democrática, proporcionando así el impulso necesario para construir una mayoría social.

Paradójicamente, la crisis ecológica puede brindar a la izquierda la oportunidad de desarrollar un proyecto capaz de convertirse en hegemónico. De hecho, el sentimiento de vulnerabilidad que suscita no se limita a los sectores obreros. Su carácter transversal debería permitir construir una frontera política entre la izquierda y la derecha sobre una base diferente de la tradicional. Lo que está en juego en la lucha política es la forma en que se construye el antagonismo y se define al adversario. La derecha radical construye el antagonismo con los «beneficiarios de la asistencia» y los inmigrantes, mientras que las fuerzas neoliberales postpolíticas, al tiempo que niegan la existencia del antagonismo, lo construyen descalificando a los «extremos», a quienes sitúan fuera del «arco republicano» porque atentan contra su poder.

 La lucha por la defensa de la habitabilidad de la Tierra concierne a un amplio abanico de grupos sociales. Señalando al neoliberalismo como principal responsable de la destrucción de las condiciones de vida en el planeta, la izquierda puede construir un «nosotros» más amplio que el basado en las relaciones de producción o en la oposición entre perdedores y beneficiarios de la globalización.

Evidentemente, un proyecto de «revolución democrática verde» debe proponer medidas concretas, detalladas en un programa que especifique las políticas democráticas, económicas y sociales que deben aplicarse. Éstas dependerán de cada situación particular, y no es mi propósito examinarlas aquí. Lo que quiero subrayar es el papel de los afectos. Para crear una voluntad colectiva, los ciudadanos deben identificarse con un proyecto, deben quererlo, de lo contrario carecerá de la fuerza que los impulse a actuar. Por ello, la construcción del «nosotros» debe llevarse a cabo en primer lugar a nivel del Estado-nación, que sigue siendo un lugar crucial para el ejercicio de la democracia y la expresión de la soberanía popular. Ignorar la fuerza emocional que actúa en las formas nacionales de identificación ha sido a menudo un obstáculo para el éxito de los movimientos progresistas.

 Es ciertamente necesario que dicho proyecto adquiera una dimensión europea, pero ello no presupone la creación de un «nosotros» europeo homogéneo y postnacional que sustituya a la diversidad de los «nosotros» nacionales. La negación del «nosotros» nacional, o el miedo a que pueda existir, está en la raíz de muchas resistencias a cualquier forma de integración europea, así como de la aparición de formas de antagonismo entre las distintas naciones. Lo deseable es la creación de una Europa «agonística» que combine unidad y diversidad y reconozca la multiplicidad y diversidad de las identidades colectivas que existen en su seno, así como su dimensión afectiva.

 Desde un punto de vista constitucional, podríamos inspirarnos en los trabajos de Kalypso Nicolaïdis5, que propone concebir la Unión Europea como una «demoi-cracia», una unión de Estados y pueblos que reconoce la pluralidad y la permanencia de las diferentes demoi que la componen. Esta Unión respetaría las identidades nacionales de sus miembros, tal y como se expresan a través de sus estructuras políticas y constitucionales. No se sacrificaría el ejercicio de la democracia a nivel de los distintos Estados-nación en favor de un conjunto de instituciones correspondientes a un demos europeo homogéneo.

Nos encontramos en un momento crucial para la democracia, cuyo futuro depende del camino que tomemos para afrontar el reto de la crisis ecológica. Hay dos resultados posibles.  Por un lado, un desenlace autoritario, bien con el advenimiento de regímenes nacionalistas de «democracia iliberal», bien con la evolución hacia un nuevo tipo de postpolítica digital de «capitalismo verde». Por otro lado, una bifurcación ecológica que conduzca a una revolución democrática verde, una estrategia populista de izquierda guiada por la búsqueda de la igualdad y la justicia social. Por supuesto, no podemos descartar la perspectiva de un desenlace catastrófico. Pero todavía hay formas de escapar de ella, y esta crisis también puede ser una oportunidad para lograr un modelo de producción más igualitario y una sociedad en la que predominen los valores de justicia y solidaridad.

Lo que hay que abandonar es la perspectiva postpolítica que niega la existencia de antagonismos, así como la visión mesiánica de una resolución definitiva de los conflictos y de una sociedad totalmente armoniosa. Nunca habrá una «lucha final», y la democracia siempre estará «por venir», según la expresión de Derrida. La tarea de la izquierda hoy es dirigir los afectos generados por la situación actual hacia la justicia social y articularlos para construir un «pueblo» que luche por defender la democracia y crear las condiciones que permitan profundizarla."

( Chantal Mouffe  , El Grand Continent, 03/11/23) 

9/12/22

Michael Roberts: “Los beneficios empresariales son la principal contribución a la inflación... los trabajadores no tienen que disculparse si piden una subida de sueldo” porque “la espiral de precios y salarios es un mito”

 "Michael Roberts, cabeza de cartel del cuarto congreso “Trabajo, Economía y Sociedad” de CCOO, es un reconocido economista marxista que ha batallado durante décadas en la City de Londres. El británico advierte de una pérdida “sin precedentes” del poder adquisitivo de las familias europeas en esta crisis de inflación. Y recuerda que solo unos sindicatos más fuertes pueden hacerla frente.

“Ha habido una reducción drástica del empleo en la industria manufacturera, en el Reino Unido, en los EEUU y en España. Y las nuevas industrias no están sindicalizadas. Ni las industrias tecnológicas, ni el sector de los medios de comunicación, ni los nuevos sectores minoristas tampoco”, lamenta. Aunque saca optimismo: “Esto está empezando a cambiar. Estamos empezando a ver organización en Amazon, en Starbucks, incluso en Google”. 

 “También estamos viendo luchas serias en Asia, América Latina y África. Vamos a ver muchas más. Y posiblemente también organizaciones independientes no solo en el Sur Global, sino también en el Norte Global en las nuevas industrias”, reflexiona Michael Roberts.

En la crisis de inflación de los 70, se daban por hecho las subidas salariales para recuperar el poder adquisitivo. Hoy, instituciones y empresas ni se plantean aumentos de sueldo con el IPC con el argumento de evitar un espiral de precios y salarios, ¿tienen realmente que conformarse los trabajadores y sufrir una grave pérdida de poder adquisitivo?

En los años 70, muy a menudo había lo que llamaban indexación de salarios para que hubiera un aumento automático de sueldos a la par con el aumento de precios. Por supuesto, esto era extremadamente costoso para los empleadores si no estaban realmente en la posición de aumentar aún más los precios. Pero es un mito que entonces hubiera una espiral de los salarios. No es verdad. Si se observan los datos, se puede ver que los salarios reales también cayeron durante ese período, a pesar de que en algunas industrias y algunos sectores hubo esa indexación, particularmente en el sector público pero también en algunos de los sectores industriales.

¿Cuándo se perdió esa indexación?

Todo eso se eliminó durante las décadas de 1980 y 1990. Durante todo ese tiempo llamado período neoliberal, se redujo el poder sindical de los trabajadores y se introdujo una legislación para impedir que pudieran mantener sus salarios altos, hemos visto una caída muy pronunciada en la participación de los salarios como porcentaje del PIB en todos los países de Europa. En la OCDE en general, mientras que en promedio los salarios representaban alrededor del 75% del PIB en la década de 1970, ahora está sobre el 65%. Esa es una caída bastante grande. ¿Dónde está eso? ¿Ha desaparecido? Obviamente se ha ido al incremento de la participación de los beneficios (empresariales) en el PIB. Así que tenemos una transferencia de salarios a beneficios. Y lo que estamos viendo en la espiral inflacionaria actual se debe a que no hay indexación y a que la legislación es muy dura contra los trabajadores. Y también porque las organizaciones sindicales son mucho más débiles y es mucho más difícil para los trabajadores aumentar sus salarios para igualar los aumentos de precios. Y la evidencia es clara de que los salarios reales han caído a un ritmo en la mayoría de los países europeos que no tienen precedentes. Estamos hablando de una caída del 6%, 7% u 8% en los ingresos reales en un año. Si solo estamos midiendo los salarios contra los precios, eso es una gran caída, que no se debería de dar. No va a ser compensado.

Los trabajadores de algunos sectores están consiguiendo más subidas que otros...

Recientemente IG Metall, la Unión Industrial Alemana llegó a un acuerdo, que suena bien, pero si lo miras, puedes ver que está muy por debajo de la tasa de inflación que está experimentando Alemania este año y el próximo, por lo que los trabajadores están sufriendo una pérdida salarial real. Entonces, la idea de que los aumentos de salarios provocan aumentos de precios no tiene sentido. Empíricamente, podemos ver que no es así, de hecho, y también podemos ver particularmente en este período que la principal contribución al aumento de precios ha sido, en primer lugar, el aumento de los precios de las materias primas energía, alimentos y otras materias primas subiendo. Y, en segundo lugar, los enormes aumentos de precios por parte de los empleadores. Los beneficios (empresariales) han sido la principal contribución a los aumentos de precios, no los aumentos de salarios, en esta espiral inflacionaria. Entonces, los trabajadores no tienen que disculparse si piden un aumento salarial, ni preocuparse de que de alguna manera provocarán una espiral de precios. Esto es un mito y una propaganda que nos cuentan los empresarios y sus representantes.

Las economías europeas se han transformado: oligopolios, multinacionales, más servicios y menos industria... ¿los sindicatos se han sabido adaptar?

Bueno, lo que hemos visto es una transformación de los sectores en los últimos 30 o 40 años, particularmente con la gran caída en la rentabilidad de la fabricación en la década de 1970 en la mayoría de las grandes economías, y una gran depresión a principios de la década de 1980. La actitud de los empleadores en las grandes multinacionales de tratar de trasladar sus industrias, el empleo y la tecnología fuera de Europa y América del Norte hacia lo que entonces se llamaba el Tercer Mundo y que ahora llamamos el Sur Global. 

 Hacia todos los países donde había mano de obra barata y la oportunidad de construir fábricas con salarios bajos. Esa fue la transformación.

¿También en España?

Si observamos lugares como España fue ligeramente diferente porque recibió inversiones de Alemania y Francia cuando se unió a la Unión Europea, y vimos la expansión de la industria. Pero en general, ha habido un éxodo de empleo manufacturero en todos los ámbitos al mismo tiempo que crecía el sector servicios, lo que significa que, particularmente en países como el Reino Unido donde estoy, estas economías ahora están dirigidas a economías en las que viven de los beneficios obtenidos por las multinacionales, donde el Reino Unido opera como un centro financiero para redistribuir y generar ganancias para estas empresas en varias partes del mundo. Así que no ha habido adaptación de los sindicatos. Ha habido una reducción drástica del empleo en la industria manufacturera, en el Reino Unido, en los EEUU e incluso en España. Y las nuevas industrias no están sindicalizadas. Ni las industrias tecnológicas. El sector de los medios de comunicación tampoco. Y, por supuesto, los nuevos sectores minoristas tampoco. Esto está empezando a cambiar desde el final de la gran recesión. Estamos empezando a ver organización en Amazon, en Starbucks, en otros sectores nuevos que no existían antes, incluso en Google. Así que esto es quizás una indicación de una nueva tendencia en los trabajadores de la próxima generación que va a transformar el movimiento sindical.

¿Cómo podría crecer la densidad sindical y la fuerza de los sindicatos en este contexto?

Hemos visto una reducción masiva en la participación de la sindicalización de alrededor de dos tercios, es enorme. En los últimos 30 o 40 años, ha habido una disminución dramática en la proporción de personas en los sindicatos en comparación con la fuerza laboral total. Esto se ha dado, como decía antes, por el gran cambio desde el sector manufacturero a los servicios, particularmente en el Norte Global, y hacia nuevas industrias que no están sindicalizadas. Creo que existe una posibilidad cada vez mayor de que las nuevas industrias tengan un papel determinante, como ya ocurrió en el siglo XIX cuando la gran transformación en el movimiento sindical se dio por el cambio desde las industrias artesanales como la carpintería, la plomería.... a los sindicatos de masas en las grandes fábricas, en los muelles, en el transporte, etc. Y vimos el desarrollo de los sindicatos de masas a finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX. Luego hemos visto esta aniquilación en la segunda mitad del siglo XX. Pero creo que ahora tenemos toda una capa de nuevas industrias, donde los trabajadores apenas comienzan a organizarse. Y la gente no debe olvidar que la mayor proporción de trabajadores en todo el mundo no se encuentra en el Norte Global. Están en Asia, están en América Latina. Están en África. Aquí es donde el proletariado, usando la antigua frase, es de largo mayor. La clase trabajadora del mundo nunca ha sido mayor y nunca ha sido mayor como porcentaje de la población adulta total y la población activa. Y se basa principalmente en el Sur Global ahora, donde hay mucha actividad. Esta semana vemos lo que pasa en Foxconn, que es una gran empresa taiwanesa que opera en China, donde los trabajadores están luchando contra sus empleadores porque no les están pagando lo que acordaron pagar. Así que ha habido luchas serias como esa, vamos a ver muchas más. Y posiblemente también organizaciones independientes no solo en el Sur Global, sino también en el Norte Global en las nuevas industrias. Soy optimista.

¿Qué herramientas tienen los sindicatos para luchar a día de hoy?

Siempre existe la herramienta básica, que es que los empleadores no pueden conseguir las cosas ni los servicios que quieren vender a menos que los trabajadores trabajen. Es algo muy básico. Karl Marx dijo una vez, todo niño sabe que si la gente deja de trabajar, entonces no se hace nada. Ese es el poder básico que tienen los trabajadores, porque los empleadores no tienen poder, en realidad, dependen completamente de su fuerza laboral para entregar lo que se requiere. Los empleadores usan lo que pueden usar para evitarlo y eso lo puede hacer más difícil, pero el poder básico que tienen los trabajadores de retirar su trabajo todavía está ahí. Pero no solo eso. También hay muchas otras formas en que los trabajadores pueden mejorar sus condiciones. Los sindicatos brindan un nivel de apoyo en seguridad, y también en horas y condiciones de trabajo. Una cosa es decir que te pagan mejor, pero si estoy trabajando en pésimas condiciones, si estoy trabajando por turnos o trabajando muchas horas, entonces las condiciones de trabajo no son seguras. Los sindicatos tiene el poder de organizarse contra eso también. Todas estas son áreas importantes en las que los sindicatos juegan un papel y tienen que jugar un papel cada vez mayor en el futuro. Entonces, podrías decir, bueno, eso no es nada nuevo. Lo que quiero decir es que hay nuevas áreas en las que vamos a ver ese desarrollo y los sindicatos tienen que estar familiarizados con la tecnología, deben ser inteligentes acerca de los nuevos desarrollos que están ocurriendo en las industrias para construir la organización que necesitan los trabajadores.

¿Las huelgas han perdido efectividad en un mundo globalizado?

Si el argumento es que si se declara una huelga, la empresa trasladará su ubicación a otro lugar donde la gente no hace huelgas y donde es mas barato, en realidad no es tan fácil para las empresas hacer eso inmediatamente. Y también, los sindicatos deben luchar no solo en el frente económico, sino también políticamente para garantizar que los gobiernos no permitan que las multinacionales simplemente saqueen la infraestructura y la tecnología y se la lleven a otra parte. Si los trabajadores están luchando por mejores condiciones, las dos cosas deben ir juntas. Sí, todo es más difícil por ser internacional, pero tampoco es imposible para los sindicatos organizarse internacionalmente. Lo hemos visto en muchas ocasiones en los últimos años en varias industrias, particularmente en la industria del transporte, donde el comercio tiene lugar entre buques portacontenedores, conductores de camiones portuarios. O incluso desde el conflicto de Ucrania, hemos visto esfuerzos de los trabajadores para combinar todos estos temas. Entonces sí, es difícil. No es fácil para los sindicatos organizarse, ni para los trabajadores porque se enfrentan a las fuerzas de los medios, los gobiernos, las leyes, y, por supuesto, a los intentos de los empleadores de debilitar su capacidad de funcionar. Pero no es imposible. Históricamente podemos ver que a veces tuvo un gran éxito en la transformación de la realidad.

¿Están sabiendo incorporar los sindicatos el papel transformador del feminismo?

Cuando observamos la situación económica general, podemos ver que todavía hay una marcada diferencia entre el salario promedio de los hombres en industrias y servicios, y el de las mujeres. Y, sin embargo, las mujeres ahora constituyen en muchos países, la mayoría de la fuerza laboral, no solo una pequeña minoría. Y ha habido una transformación en los últimos 50 años en los que las mujeres han llegado al sector laboral en grandes masas, particularmente en industrias clave como la salud, la educación y los servicios públicos, los servicios sociales, donde las mujeres son dominantes. Si miramos el liderazgo de los sindicatos, es cierto que esto no siempre se ha visto reflejado, pero es algo que está comenzando a cambiar. El sindicato industrial más grande del Reino Unido ahora tiene a una mujer como secretaria general, y eso también se aplica en otros sindicatos. Entonces hay una transformación en ese sentido pero todavía hay una brecha enorme entre el nivel de los salarios medios de los trabajadores masculinos y femeninos. Eso se debe en parte a que las trabajadoras tienen trabajos peor pagados y no consiguen los mejores trabajos que pagan mejor. También aunque existe una legislación en contra de la igualdad salarial no siempre se aplica.

 Pero lo que creo es que la organización sindical y la expansión de los sindicatos ayudará a reducir esa brecha entre el empleo masculino y femenino.

¿Y cómo deben sumarse los sindicatos a la transición verde?

Creo que esta pregunta es muy importante porque este es uno de los problemas clave al que nos enfrentamos en el siglo XXI. Tenemos que hacer algo para detener el calentamiento global, las emisiones de carbono y el impacto que está teniendo lo vamos a sufrir todos, no solo en el Sur Global donde ya lo están sufriendo, sino también en Europa, donde vamos a ver condiciones climáticas extremas, etc., que van a afectar a la vida y las condiciones de las personas. Y tenemos que hacer algo al respecto. Cualquier sindicato que se precie tiene que mirar no sólo el tema de los salarios y las condiciones de sus miembros, sino también al panorama más amplio de lo que está sucediendo en la economía, particularmente lo que están haciendo las empresas y lo que están haciendo los gobiernos. Solo así podemos hacer frente a esta peligrosa crisis que se avecina. Entonces, me parece que la formación tiene un papel clave en la lucha para que sus empleadores adopten políticas ambientalmente mejores, para que los gobiernos comiencen a hacer algo con respecto a las emisiones de combustibles fósiles.

Y ahora, ¿qué pasa con todos esos trabajadores que trabajan en la industria de los combustibles fósiles? ¿Cómo va a lidiar el sindicalismo con eso? Eso plantea un problema político, pero los trabajadores de la industria del petróleo o de la industria del gas, que en realidad es una fuerza laboral bastante pequeña, ¿cómo van a mantener sus trabajos si queremos eliminar este tipo de energías? Bueno, requiere un plan nacional, un plan internacional, a través de la eliminación gradual de las industrias de combustibles fósiles. Y volver a capacitar y cambiar a los trabajadores a nuevas industrias renovables, donde también tienen habilidades o se puede redirigir, para asumir la expansión de las industrias renovables y de otras industrias ambientales que generarán una gran cantidad de puestos de trabajo disponibles para los trabajadores que en este momento están trabajando en industrias que quizás se están sumando a la crisis de emisiones de carbono. Puedes verlo con otra analogía, ¿qué pasa con los trabajadores que trabajan en la industria armamentística? No queremos más armas. Queremos eliminarlas gradualmente pero los trabajadores perderán sus empleos, y es un argumento que a menudo dan los sindicatos. Bueno, hay muchas otras construcciones civiles que debemos hacer en las que las habilidades de los trabajadores que tienen las habilidades de la industria de armas se pueden usar, como en todo tipo de áreas de transporte, medio ambiente, etc. Necesitamos un plan. Y eso significa que los sindicatos no solo pueden mirar lo que está sucediendo en su lugar de trabajo, sino que también deben analizar cuestiones políticas más amplias y involucrarse en ese plan que logre esa transformación del desequilibrio que tenemos en este momento en el empleo, con los objetivos equivocados y los trabajos equivocados. Necesitamos los objetivos correctos y los trabajos correctos."               (Entrevista a Michael Roberts, Daniel Yebra, eldiario.es, 08/12/22)

15/3/22

Los millenials de hoy —sin casa, sin trabajo, sin posibilidades de montar una familia, y con pocas posibilidades de cobrar pensión— le podrían cantar a sus padres boomers, a los de mi generación, contadnos otra vez cómo era esa España con una banca pública, una hidroeléctrica pública, una telefonía pública, una indemnización por despido de 60 días por año trabajado, o cómo era vivir en una sociedad en la que los jóvenes encontraban trabajo y se independizaban a los veinte años... el proyecto emancipatorio debe ser revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico... Esa falta de interés por los problemas reales para centrarse en los identitarios y emocionales ha facilitado que muchas personas de izquierda miren hacia otros derroteros electorales, o directamente se encuentren sin referentes políticos, huyendo del individualismo posmoderno y buscando sus intereses desaparecidos en los últimos años —el Estado, el pueblo, la familia, o la clase social— sin encontrarlos

 "Hace unos días asistí a una comida en la que nos juntábamos antiguos compañeros del colegio y del instituto. Ni que decir tiene que hace más de 40 años que dejamos aquellas aulas lo que, echen cuentas, el evento me retrotrae a los ochenta. Nada mal.

En la comida recordamos fiestas pasadas, celebraciones de cumpleaños, hasta el golpe de Estado del 23-F y las primeras clases de ética (frente a religión)… no me costó echar de menos aquellas aulas, aquellos años, aquellos compañeros... Y me alegré, al tiempo que volvía a mi cabeza un texto de Amélie Nothomb, La nostalgia feliz, en el que la autora belga recordaba que “en Occidente la nostalgia está menospreciada, que la consideraban un valor tóxico del pasado”, al tiempo que reclamaba la escritora, como yo reclamo para mí, el término japonés natsukashii que “designa la nostalgia feliz, el momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura”.

¿Sentía yo nostalgia —natsukashii—? ¿Me habría vuelto de derechas por recordar el pasado, como se afana en encasillar la izquierda posmoderna a todos los que hablamos del ayer? ¿Me expulsará esa posmo izquiera si me atrevo a hacer público este momento, porque no me supuso, ni me supone, un problema rememorar con cariño cuando comíamos conguitos, recordar que había disfrutado con la película Lo que el viento se llevó, ni tan solo prohibir las cintas de chistes de Arévalo de los noventa? ¿Me pondrán la etiqueta de rancia? Me pregunté al llegar a casa.

Conforme lo escribo pienso que sí, que algún apelativo me pondrán, que la izquierda globalista, identitaria y posmoderna es maestra en ponderar y marcar dónde está el bien y el mal. Y hace tiempo que ha decidido alejarse de lo materialista, afanándose en la defensa del individualismo, frente a lo comunitario.

La desatención desde esta izquierda posmoderna, más preocupada del género, la raza, y la orientación sexual que de las condiciones materiales. El abandono de esos temas que siempre han preocupado y preocupan a la izquierda tradicional, la de aquellos años ochenta y noventa, es lo que ha provocado desengaños en buena parte de la izquierda. Esa falta de interés por los problemas reales para centrarse en los identitarios y emocionales ha facilitado que muchas personas de izquierda miren hacia otros derroteros electorales, o directamente se encuentren sin referentes políticos, huyendo del individualismo posmoderno y buscando sus intereses desaparecidos en los últimos años —el Estado, el pueblo, la familia, o la clase social— sin encontrarlos.

Visto lo visto, parece claro, que la izquierda volcada en lo identitario no es izquierda, del mismo modo que parece claro que si a la nostalgia pudiéramos llamarla sentimiento vintage, a buen seguro esos mismos que hoy critican las reivindicaciones del pasado la vanagloriarían, sin dudarlo ni un minuto, y empezarían a estampar camisetas con ese eslogan.

¿Es legítimo buscar en el pasado soluciones a los problemas del presente? Por supuesto, pero no por eso hay que penalizar la elección, porque no se trata de revindicar todo lo sucedido en aquellos años ochenta y noventa, en los que abundaban las drogas, las enfermedades mortales de transmisión sexual, el machismo campaba a sus anchas, la homofobia era tolerada y todavía se vivía una falta de costumbre de vivir en democracia. Todo eso ha sido felizmente superado y no se mira hacia atrás con envidia. Pero tampoco podemos vanagloriarnos y poner de ejemplo una sociedad, la actual, en la que son legales aplicaciones donde nuestras jóvenes venden fotos de su cuerpo o sobreviven repartiendo en bicicleta sin contrato, hemos perdido la soberanía monetaria, los empresarios pueden prescindir de nosotros sin demasiado coste, existe una policía del pensamiento que nos vigila y nos cancela si nuestro discurso no se ajusta una nueva moralidad, o que nos persigue a las feministas tan solo por defender que hay que abolir la prostitución, el género y los vientres de alquiler. Todas estas últimas cosas, dicho sea de paso, rechazadas ya en los ochenta.

A lo mejor tener natsukashii no solo no es contraproducente sino que nos hace pensar dónde están realmente nuestras necesidades: en la igualdad, la solidaridad y la laicidad; ideas todas ya incorporadas en esa década que tanto denostan ahora.

En definitiva, igual que en los noventa Ismael Serrano le pedía a su padre, Papá, cuéntame otra vez, con el deseo de que este le explicara la lucha antifranquista, los millenials de hoy —sin casa, sin trabajo, sin posibilidades de montar una familia, y con pocas posibilidades de cobrar pensión— le podrían cantar a sus padres boomers, a los de mi generación, contadnos otra vez cómo era esa España con una banca pública, una hidroeléctrica pública, una telefonía pública, una indemnización por despido de 60 días por año trabajado, o cómo era vivir en una sociedad en la que los jóvenes encontraban trabajo y se independizaban a los veinte años.

Ya lo dijo Santiago Alba Rico en su libro Capitalismo y nihilismo: para sobreponernos a las corrientes políticas contemporáneas que niegan toda validez a las propuestas y visiones de Marx “el proyecto emancipatorio debe ser revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico”.                   (Carmen Domingo, El País, 05/03/22)

29/7/21

La izquierda está asumiendo el papel de vigilante de las formas y normas... Si compras en Carrefour o solo ves los canales generalistas gratuitos eres un pringao... se está generando un efecto rebote en una parte de los ciudadanos que se está hartando de nuestras normas y les están convenciendo que lo políticamente incorrecto y rebelde es ser de Vox.

 "Hubo un tiempo en que la derecha tenía la exclusividad de la corrección política y era la que se asignaba el papel de control social estableciendo cómo debíamos vestir, comer, comportarnos o hablar. Sin embargo, llevamos unos años en los que la izquierda es la que está asumiendo ese papel de vigilante de las formas y normas.

 En nombre de esta nueva izquierda no debemos comer carne, hay que huir de la bollería industrial, no debemos echarle azúcar al café, tenemos que evitar la cerveza excepto que sea IPA o artesana, el vino poco y de buena etiqueta, y, claro está, tenemos que ir al gimnasio porque estar gordo es lo peor. No digas que ayer cocinaste y te comiste una fabada, debes explicar lo último en cocina creativa, los superalimentos y la quinoa. Lo de ir a la tasca a comer el menú del día ni se te ocurra, hay que conocer el último restaurante exótico iraní, es fundamental que sea de otra cultura.

Deshazte de tu coche de gasoil, debes comprarte un híbrido o un eléctrico o, mejor todavía, úsalo mediante renting a 300 euros al mes o alquílalo por 50 euros al día. Dan por hecho que ni tú ni tu familia vive en la España vaciada a la que le han retirado el transporte público hace año y medio, el primer día de la pandemia. Debes hablar mal del transporte en avión porque contamina, aunque al final tú termines cogiéndolo mucho más que esos paletos de pueblo que no tienen ningún sentido de la protección del medioambiente. 

Por supuesto debes reciclar todos tus residuos, que no te importe comprar muchas cosas con muchos envases, hay contenedores para todos. La nueva izquierda fusilará al que no eche un envase en el contenedor adecuado, aunque sea el viejecito o el operario que desecha la mitad de envases que tú.

Si compras en Carrefour o solo ves los canales generalistas gratuitos eres un pringao, debes tener y conocer las últimas series de Netflix. Si hablas de política y no dices resiliencia, sororidad, empoderamiento y deconstrucción es que no entiendes nada.

Por supuesto debes aprender inglés, tú y tus hijos. Los que no saben idiomas son los nacionalistas españoles, que seguro ni salen del país y pasan el verano en Benidorm o en verbenas de la España profunda. Si vas a un pueblo y ves cazadores y pescadores, mírales con desprecio porque seguro que son de Vox y analfabetos, ya se sabe que los cultos solo somos los de la izquierda. Además son unos racistas, es verdad que durante la vendimia almuerzan con los negros, pero les llaman negros y no racializados.

El problema de todo esto es que estamos generando un efecto rebote en una parte de los ciudadanos que se está hartando de nuestras normas y les están convenciendo que lo políticamente incorrecto y rebelde es ser de Vox. 

Porque los de Vox pueden beber cerveza barata en cualquier miserable tasca, pueden comer grasa y carne y estar gordos sin que les acusen de ser responsables del exterminio de miles de animales. Los de Vox no les ponen jersey en invierno a su perrito y siguen pensando que las personas se dividen en hombres y mujeres. Y nadie desde la ultraderecha les va haciendo responsables de ningún genocidio en países donde nunca han estado, ni culpables por haber nacido blancos y ser heterosexuales. 

Por eso consigue votos Abascal en España, Trump en EEUU y en el Reino Unido gana el brexit. Claro que son un peligro para la democracia con su ideología racista, xenófoba, su desprecio por los sindicatos, por las reivindicaciones laborales y por la justicia social, pero si les dejamos a ellos el espacio para la apología de cuestiones comprensibles, sencillas y normales, la gente va a llegar a la conclusión de que el discurso de la ultraderecha consiste en cosas comprensibles, sencillas y normales.

Porque ellos no creen que sean fascistas, simplemente consideran que son los políticamente incorrectos porque pueden comer carne, llevar un coche de gasoil, darle una patada al perro cuando les molesta y llamar negro al negro. Cuanto más les despreciemos por eso y nos sintamos nosotros más superiores, más orgullosos estarán ellos. Y más votos sacarán."             
      (Pascual Serrano , Mundo Obrero, 28/07/21)

17/7/19

Fusaro: me parece importante recuperar un populismo de izquierda cuya finalidad sea la emancipación objetiva de las clases dominadas y que tenga como fundamento la democracia socialista. La paradoja es que este discurso, que en otros tiempos se hubiera llamado leninista, marxista o gramsciano, hoy las izquierdas fucsias y arco iris lo consideran fascista...

"(...) La economía sin la política y sin el Estado nunca será ni democrática ni socialista, será siempre el humus ideal para el capital cosmopolita, que lo es todo excepto socialista y democrático. De ahí la importancia de lo que yo llamo el soberanismo internacionalista y populista. 

Soberanismo porque se recupera totalmente la soberanía nacional como base de los derechos y de las democracias del socialismo y de los logros sociales. Internacionalista porque no es el nacionalismo de las derechas regresivas, xenófobas y autoritarias, es un soberanismo internacionalista que se abre a las demás naciones socialistas y democráticas, crea el internacionalismo proletario, como se llamaba un tiempo, que es todo lo contrario tanto del nacionalismo individualista y regresivo, como del cosmopolitismo liberal al que las izquierdas fucsias han vendido sus cabezas y corazones, como ya he dicho antes.

Por esta razón, me parece importante recuperar el principio del soberanismo internacionalista que tiene como base el populismo entendido como teoría del pueblo y para el pueblo, como una visión que se opone a los procesos de posdemocratización administrados por las élites líquido-financieras y reafirma el principio de lo nacional-popular entendido a la manera gramsciana. 

Un populismo concebido no en sentido regresivo, o sea Trump para que quede claro, sino de manera emancipadora, como han escrito muy bien Laclau y Mouffe, un populismo de izquierda, si queremos usar esta categoría, un populismo cuya finalidad sea la emancipación objetiva de las clases dominadas y que tenga como fundamento la democracia socialista.

 Este es el punto fundamental que también aparece en las obras de Carlo Formenti. La paradoja es que este discurso, que en otros tiempos se hubiera llamado leninista, marxista o gramsciano, hoy las izquierdas fucsias y arco iris lo consideran fascista.

Es una paradoja porque yo, obviamente, me refiero a Gramsci, a la democracia socialista, al internacionalismo solidario, al lema 'Patria o muerte' de Che Guevara, al modelo de soberanismo solidario e internacionalista, a las experiencias bolivarianas de Sudamérica: Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y todas las experiencias del socialismo patriótico antiestadounidense y antiglobalista que, sin duda alguna, no pueden llamarse fascistas. 

La categoría de fascismo, desde ese punto de vista, nos introduce en una paradoja lógica, actualmente el fascismo se usa como una categoría completamente deshistorizada. El fascismo ya no es solo y esencialmente el de Mussolini, que murió, afortunadamente, en 1945, hoy entendemos por fascismo, doy esta definición, todo lo que no es orgánico del pensamiento único políticamente correcto y éticamente corrupto, más precisamente, el fascismo es, desde el punto de vista del amo cosmopolita no border y de las izquierdas fucsias y arco iris, todo lo que se opone al dominio de la clase dominante, pongo un ejemplo concreto de estos días.

 Hoy en día una de las tesis dominantes del amo cosmopolita es la apertura de los puertos y de las fronteras. ¿Por qué? Porque todo el mundo debe reducirse a un espacio abierto desregulado para la libre circulación de las mercancías y de las personas cosificadas.

Por consiguiente, quien se opone a esta visión reivindicando el primado de lo humano y lo político, defendiendo la necesidad de regular, a través del primado de lo político y la democracia, los flujos, de los capitales, de las personas, de los deseos de consumo, es automáticamente difamado como fascistas por las izquierdas fucsias, para estas todo lo que sea incoherente con el señor cosmopolita, del que son los tontos útiles, es fascista.

 La paradoja es esta, la resumo así, se difama como fascista todo lo que se opone al orden de la clase dominante 'sans frontières', la clase de los globócratas del capital, que difaman como fascista la idea de una intervención estatal en la economía, difaman como fascista el despertar de las clases dominadas, del pueblo oprimido que, como decía Fichte, está por encima de toda autoridad que pretende ser superior.

El pueblo es soberano, la democracia, al fin y al cabo, es la soberanía popular que para ejercerse necesita de un Estado que sea soberano donde el pueblo sea, a su vez, soberano; sin la soberanía del Estado ni siquiera puede haber soberanía en el Estado, la soberanía popular y, por lo tanto, la democracia, la Unión Europea, se fundamenta exactamente sobre esto, eliminar la soberanía de los Estados para aniquilar la soberanía popular en los Estados y, por lo tanto, aniquilar las democracias y los derechos sociales relacionados. 

De ahí que el antifascismo se convierta, una vez más, en la clave fundamental de las clases dominantes y de las izquierdas de completamiento para deslegitimar todas las propuestas de renovación y democratización del espacio global.

La paradoja es que hoy, como decía Orwell, se subvierte la relación entre los nombres y las cosas, hoy la violencia y la persecución del pensamiento libre que caracterizó al fascismo surge nuevamente con el nombre de antifascismo, en la figura inédita de las brigadas fucsias del antifascismo arco iris y de los escuadrones que en nombre del antifascismo atacan, a menudo no solo metafóricamente, a todos aquellos que no se adhieren al verbo único políticamente correcto de la clase dominante.

Por lo tanto, hoy es preciso tomar conciencia de esto y mantenerse, obviamente, a una distancia segura tanto del fascismo histórico, que ya no existe, como del neoliberalismo cosmopolita actual falsamente progresista al que también las izquierdas se han adaptado con la paradoja que tenemos ante nuestros ojos.

 Las izquierdas ventilan todas las veces la vuelta del fascismo y, de esta manera, crean un frente único que legitima el cosmopolitismo liberal o, como diría Pasolini, el nuevo fascismo de la civilización glamurosa de los mercados."             

(Diego Fusaro es filosofo, escritor y ensayista marxista italiano, El Confidencial, 07/07/19)