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5/5/12

El bien común... ¿es el bien de la mayoría?

"Juan Manuel Aragüés, El periódico de Aragón

La idea de bien común, asimilable a la de interés general, está presente en la teoría política desde la antigua Grecia. Parte de un presupuesto antropológico previo, la igualdad de los seres humanos. En la medida en la que los seres humanos somos iguales en naturaleza, tenemos intereses compartidos que desembocan en un bien común. 

El discurso de la Modernidad, al menos de la Modernidad dominante de los Descartes, Kant o Hegel, desde una posición también de defensa de una esencia humana compartida, reafirma esta idea de un bien que es común para toda la sociedad, entendida, a la manera liberal, como agregado de individuos iguales.

Este presupuesto teórico dominante durante siglos en nuestra cultura se ha convertido en un lugar común casi incuestionable en el discurso político sistémico. Así, es preceptiva, para todo gobernante la declaración de que ejerce su acción en busca del bien común.

 Cualquier medida que se adopte lo será siempre en defensa del bien común. La profunda agresión que el gobierno de Partido Popular está perpetrando contra la ciudadanía es también justificada apelando al bien común, a los intereses del país. Claro que, en algunos casos, resulta tremendamente complicado entender cómo el deterioro de los servicios públicos más básicos, como la sanidad y la educación, puede formar parte de un proyecto tendente al bien común.

EN REALIDAD, la cuestión tiene bastante de teórica, pues el bien común no es sino una construcción ideológica que pretende camuflar la diversidad de intereses que atraviesan las sociedades. Frente a esa idea de igualdad de los seres humanos que han defendido las filosofías dominantes desde la antigüedad, hay otra tradición, que nace con los sofistas, con Epicuro y Lucrecio, se desarrolla con Spinoza y que, desde presupuestos materialistas, teoriza el carácter diferencial de los seres humanos. 

Esa tradición desemboca, en los siglos XVIII y XIX en una serie de filósofos, con Marx a la cabeza, que subrayan la diferencia de los intereses de los individuos en función de su posición social. De manera muy esquemática, argumentan que no son los mismos los intereses del amo y del esclavo, del señor y el siervo de la gleba, del capitalista y el trabajador. Y así describen la sociedad no como un lugar uniforme, sino atravesado por intereses diversos, en ocasiones contrapuestos. 

Desde esta perspectiva, el pretendido bien común no es sino una construcción, una estrategia de quienes ostentan el poder para gobernar en función de sus intereses presentándolos como si fuesen de todos. Me parece que no hay descripción más ajustada de lo que está sucediendo, pues resulta evidente, por poner un ejemplo, que el interés del banquero no es el mismo que el de la ciudadanía de a pie. Incluso podríamos decir que son contrarios, pues al beneficiar a la banca, los Estados no están haciendo sino debilitarse a sí mismos. 

La teoría de que si a los poderosos les va bien al resto nos irá bien, pues podremos mantenernos con las migajas de su banquete, se ha mostrado, además de tremendamente injusta, falsa.

EL CAPITALISMO es una teoría política solo construible desde el desprecio a la mayoría social. Incluso cuando funciona más o menos bien lo hace para un porcentaje ínfimo de la población mundial y, por sus propios presupuestos, no puede ser desarrollado sin generar una profunda brecha social.

 Esa brecha social, esa falla geológica y política que creíamos alejada de nosotros, está resquebrajando la tierra bajo nuestros pies. Y la solución de los políticos sistémicos, que, como el mono ese que se tapa los ojos, las orejas y la boca, se niegan a mirar a la realidad cara a cara y se refugian en construcciones teóricas obsoletas, consiste en seguir alimentando a la Bestia, inmolándole cada vez mayores cantidades de euros, más servicios sociales, más, en última instancia, seres humanos. Con los resultados que constatamos día a día: nada de nada.

Frente a ese inexistente bien común, que camufla el interés de los poderosos, sí que es posible detectar, describir, teorizar y buscar, el bien de la mayoría. No se trata de reformar el sistema, pues sus presupuestos lo hacen inviable. Las reglas del juego están hechas para beneficiar a los menos, por lo que no cabe más que crear otro juego, con otras reglas. 

Se trata de construir un nuevo sistema que parta de esa idea de la mayoría, que busque el beneficio de los más y no tema, para ello, enfrentarse a los menos. La crisis nos coloca ante esa disyuntiva. Solo la potencia de la ideología puede mantener viva esa idea del bien común, el análisis de la realidad nos coloca ante un profundo conflicto de intereses entre los pocos, muy pocos, y los muchos.

 La historia de la humanidad es la de ese conflicto, en el que, casi siempre, los menos se han impuesto a los más, argumentando, en ocasiones, que representaban a todos. Ese todos, el bien común, es irreal, falso, ideológico. Pero sí que hay una amplísima mayoría que puede construir una nueva realidad a partir de sus intereses colectivos. Ahora bien, para ello hay que arrancarles los privilegios, y el dominio del pensamiento, la economía y la política, a aquellos que controlan el sistema.

_________ Juan Manuel Aragüés es Profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza."                (Jaque al neoliberalismo, 28/04/2012)

27/4/11

"Nuestro primer desafío es vivir bien –eso es la ética"

"Todas las proposiciones morales son falsas", ésa es una proposición moral que es falsa, si la proposición "Todas las proposiciones morales son falsas" es verdadera, que no lo es. ¡Ajajá!, una versión de la paradoja cretense del mentiroso, aquel Doctor que usaba construir robots inteligentes que cortocircuitaban y explotaban. (...)

Pero, si los valores morales objetivos no están en el mundo, ¿dónde se esconden? Lo que Dworkin nos viene a decir en su libro es cuándo podemos pensar de manera justificada que algunos juicios de valor son verdaderos, y es a saber: "cuando podemos pensar justificadamente que nuestros argumentos para sustentar su verdad son argumentos adecuados". Mas ¿no resulta eso circular? Sí, pero Dworkin arguye que es circular en el buen y no en el mal sentido. (...)

"El erizo es una imagen antipluralista. Pluralista era el pensamiento popularizado por Isaiah Berlin, conforme al cual hay verdades, pero están en conflicto. Yo creo que eso es falso. Las verdades en el dominio de los valores no son más conflictivas que las verdades científicas." (...)

Dworkin construye un detallado sistema axiológico –que abarca la democracia, la justicia, la obligación política, la moralidad, la libertad y la igualdad—, a partir de sus propios conceptos de dignidad y autorrespeto. Tampoco aquí se muestra Dworkin afín al espíritu de la época.

"El grueso de la filosofía actual está sumergida en la autorrenuncia. La mía, en cambio, comienza con la autoafirmación, que fue popular entre los griegos como Aristóteles y Platón, pero no lo es ahora. En nuestros días, la moral se percibe como autosacrificio. Yo trato de mostrar por qué es eso falso."

¿Por qué importa la autoafirmación? "Tenemos la responsabilidad de vivir bien. Nuestro reto es obrar como si nos respetáramos a nosotros mismos. No basta con disfrutar de nosotros mismos. " ¿Pero acaso no choca la autoafirmación con nuestros deberes morales para con los demás?

"No. Nuestro primer desafío es vivir bien –eso es la ética—, e indagar luego cómo ese desafío se vincula con lo que debemos a otras personas, que eso es la moralidad. La conexión es por partida doble. Por un lado está el respeto por la importancia de la vida de otras personas. Por el otro, la igual preocupación por sus vidas."

Imaginad que estáis en un bote salvavidas y tenéis que decidir cuál de dos niños hay que arrojar por la borda, destinado a morir. Si sois utilitaristas y creéis que lo que importa en moral es maximizar la felicidad del mayor número, entonces no tendréis que preocuparos si el niño que va a morir es vuestro hijo o el otro.

El sistema dworkiniano, en cambio, afirma que estaréis justificados si a quién salváis es a vuestro hijo. ¿Por qué?. "¡Porque es mi hijo! Porque es una parte de lo que para mí significa vivir. Es parte de mi vida, ante la cual soy responsable." Esperemos que sus dos hijos gemelos, Anthony y Jennifer, siempre hayan encontrado tranquilizadora esa parte de la filosofía de su papi.

"Ese tipo del parcialidad no puede funcionar en política: usted no puede eximir a alguien de pagar impuestos porque es su hijo. Pero en el ámbito moral funciona: se puede salvar a alguien porque es mi hijo, mientras, al mismo tiempo, se respetan las vidas de otras personas.

Cada persona tiene que tomar en serio su propia vida: debe pensar que es importante que su vida tenga un rendimiento positivo, en vez de verla convertida en una oportunidad desperdiciada. Estoy hablando de dignidad. Es un término del cual abusan los políticos, pero una teoría moral que quiera hacerse respetar debe avanzar a partir de ese concepto." (...)

En el libro que estamos comentando reflexiona sobre el aborto con la noción de dignidad en la cabeza. Dworkin cree que "en muchas circunstancias, el aborto es un acto de autodesprecio". "Una mujer traiciona su propia dignidad cuando aborta por motivos frívolos: para evitar tener que reprogramar una fiesta, por ejemplo.

Pero en otros casos yo juzgaría de manera harto distinta: por ejemplo, cuando las perspectivas de vida decente para una adolescente se vieran truncadas si se convirtiera en una madre soltera. Si el juicio es verdadero o falso en un caso particular, sigue siendo un juicio ético y no uno moral.

La decisión debe dejarse en manos de la mujer, en la medida en que la dignidad exige que todos se hagan responsables de sus propias convicciones éticas." "¿Qué podemos decir del feto?" "Dado que un feto en los primeros meses de gestación no tiene intereses propios –no más que una flor—, no hay porqué suponer que tiene derechos que protejan sus intereses."

Esta misma perspectiva lo lleva a argumentar que hoy, en muchos países, los impuestos son injustos, y no porque retengan demasiado, sino demasiado poco. "Hoy, en los EEUU, muchos estados se quedan sin dinero para hacer las cosas que hacen. Tienen que sostener las fuerzas policiales, los cuarteles de bomberos y la mayor parte de las cosas que hacen para salvaguardar a las personas de una muerte indigna."

Dworkin toma prestada de Kant la preocupación por la dignidad que debemos a los otros: la idea de que no es posible el autorrespeto, a menos que tratemos objetivamente bien a las otras personas. "Y eso no pasa en EEUU." (...)

Al final del libro, escribe Dworkin: "Sin dignidad, nuestras vidas duran a lo sumo lo que un pestañeo. Pero si nos las arreglamos bien en punto a llevar una buena vida, entonces creamos algo más. Escribimos una nota al pie de nuestra mortalidad. Hacemos de nuestras vidas diminutos diamantes obsequiados a las arenas cósmicas." (Sin Permiso, 10/04/2011, citando a 'Justicia para erizos. Una conversación filosófica con Ronald Dworkin', de Ronald Dworkin)