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23/11/22

Los ecos del racismo latinoamericano reverberan en EE. UU.... Los comentarios despectivos sobre los oaxaqueños de la presidenta del Concejo Municipal de Los Ángeles conmocionaron a una ciudad que se enorgullece de su tolerancia... Y también revelaron una historia de racismo dentro de la comunidad latina... “no nos sorprendió que gente como Nury Martinez se burlara de nosotros; es lo que vivimos en nuestro país por parte de gente de piel más clara, y nos siguió a este país”

 " Ivan Vasquez llegó a Los Ángeles en 1996, entonces un adolescente que había cruzado la frontera para encontrar trabajo y mejorar la vida de su familia en México. Al llegar, el joven originario de Oaxaca, un estado de mayoría indígena, a quien otros mexicanos en ocasiones llamaban “Oaxaquita” por su piel morena y baja estatura, trabajó como lavaplatos en restaurantes.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 
 
Pero con el tiempo ascendió para convertirse en gerente regional de Baja Fresh y abrió su propio restaurante en 2013, que es una celebración de la cocina única de su estado natal. Madre, el restaurante que ha cobrado impulso por su mole y mezcal, ha obtenido reseñas positivas de críticos gastronómicos y ya tiene tres sucursales en una ciudad que acepta el multiculturalismo. Así que Vasquez, ahora de 41 años, se sintió impactado la semana pasada al escuchar los comentarios denigrantes sobre los oaxaqueños de Nury Martinez, una poderosa política latina que era presidenta del Concejo Municipal de Los Ángeles.

El fin de semana pasado, Los Angeles Times publicó la grabación de una reunión privada de 2021, en la que se escucha a Martinez decir que los oaxaqueños son “gente bajita y morena” que es “muy fea”, lo cual causó una enorme conmoción que aún no se apacigua en la segunda ciudad más grande de Estados Unidos. Martinez, quien también hizo comentarios peyorativos en contra de la gente de color, renunció al concejo el miércoles. Otros dos miembros hispanos que se podían escuchar en la reunión, en la que se debatían maneras de fomentar el poder latino, enfrentan fuertes llamados para que también abandonen el concejo.

Con frecuencia, las personas originarias de comunidades nativas precolombinas son víctimas de acoso en Los Ángeles, una ciudad que se enorgullece de ser tolerante y diversa, y no solo por parte de las personas blancas.

“El supuesto de que si eres latino y progresista no tienes posturas racistas pasa por alto la realidad de que el racismo está profundamente enraizado en las culturas mexicana y latinoamericanas”, explicó Gabriela Domenzain, una mexicoestadounidense que trabajó como experta en comunidades hispanas en la campaña presidencial de Obama en 2012 y la de O’Malley en 2016.

América Latina es una de las regiones de mayor diversidad étnica y, a lo largo de su historia, los grupos raciales y étnicos convergen: las personas de comunidades indígenas, los colonizadores blancos y las personas negras que fueron llevadas como esclavas. Este mestizaje dio lugar a la “morenización” en Latinoamérica, donde se puede ver a gente con distintos tonos de piel según su ascendencia.

Ahora muchas personas son mestizas, pero la gente de piel más clara continúa en la cima de la jerarquía socioeconómica, mientras que quienes tienen una piel más morena, ya sean indígenas o negros, a menudo tienden a ser más pobres y a quedar excluidos de los círculos sociales y políticos de las élites.

Ese sistema no oficial de castas fue llevado a Estados Unidos, que tiene su propia historia de estratificación social y tensiones raciales. Los estudios encontraron que, entre los latinos, a quienes en general se les considera gente de color, es más probable que aquellos que tienen piel más clara prosperen más en lo económico que sus paisanos de piel más oscura, como los cubanos negros y los mexicanos y centroamericanos indígenas.

“Lo que estamos viendo es esta convergencia de racismo colonial de América Latina recreado en las comunidades estadounidenses”, dijo Lynn Stephen, profesora de Estudios Étnicos de la Universidad de Oregón.

 Los mexicanos y los centroamericanos indígenas suelen ser más bajos y tener la piel más morena que otros latinos, y su lengua materna no siempre es el español. La discriminación en su contra es común en el campo, los restaurantes e incluso las construcciones, donde algunas veces los subcontratistas separan a los equipos indígenas de otros latinos con el mismo trabajo para evitar conflictos.

“Se nos ve como personas de piel muy morena y chaparritos, que somos feos e ignorantes”, dijo Arcenio López, quien antes trabajó en el campo y ahora es director ejecutivo del Proyecto Mixteco de Oaxaca, una organización que defiende a los campesinos indígenas que residen en California.

“Además de ser explotados por sus empleadores, los campesinos indígenas sufren la discriminación de sus compañeros de trabajo”, dijo.

En 2012, su organización comenzó una campaña llamada “No me llames oaxaquita”, en un intento de llamar la atención y poner fin al trato denigrante que reciben los oaxaqueños, un estado del tamaño de Indiana en el suroeste de México, que se ha hecho popular entre los turistas por su cultura animada, sus mercados coloridos y sus playas prístinas.

López recordó que la campaña política suscitó duras críticas por parte de algunos líderes hispanos, que le reprocharon que resaltara las diferencias entre los latinos, en lugar de presentar un frente unificado.

 Por eso, cuando salió a la luz la grabación filtrada de los concejales, “no nos sorprendió que gente como Nury Martinez se burlara de nosotros; es lo que vivimos en nuestro país por parte de gente de piel más clara, y nos siguió a este país”.

Gaspar Rivera-Salgado, quien es de Oaxaca y dirige el Centro de Estudios Mexicanos en la Universidad de California, campus Los Ángeles (UCLA), dijo que con demasiada frecuencia se olvida la “tremenda diversidad” de la población latina en Estados Unidos.

“Si se dice latinos, se está metiendo en el mismo saco a Nury Martinez, a Ted Cruz, a todos”, dijo. Martinez es mexicoestadounidense; Cruz, el senador de Texas, es hijo de un inmigrante cubano. Pero las experiencias vividas que han tenido estas figuras políticas son totalmente diferentes, explicó Rivera-Salgado.

Los términos “hispano” y “latino” se han integrado al mosaico estadounidense, y aparecen en los formularios del censo, los periódicos y las encuestas políticas desde que una ley aprobada en 1976 empezó a exigir a las agencias federales que incluyeran en un solo grupo los datos de las personas de ascendencia en países de habla hispana. La clasificación se basa en la lengua, la cultura y la herencia comunes, no en la raza.

La gente en la categoría dista mucho de ser homogénea: muchos tienen raíces mexicanas, mientras que otros son puertorriqueños, argentinos, colombianos, cubanos, españoles y, por supuesto, indígenas.

En su campaña presidencial de 2012, Barak Obama, reconociendo esta heterogeneidad, sacó al aire comerciales enfocados en poblaciones latinas específicas y sus países de origen. En el centro de Florida, los anuncios dirigidos a la comunidad puertorriqueña presentaban a puertorriqueños y abordaban sus preocupaciones. En Nevada, los comerciales presentaban a mexicoestadounidenses.

Los latinos son todo menos un bloque de votos unificado en las elecciones estadounidenses. Los jóvenes inmigrantes de segunda generación están impulsando el crecimiento de la política progresista en California, mientras que los inmigrantes cubanos de más edad son los pilares conservadores del Partido Republicano en Florida. A lo largo de la frontera suroeste, las familias latinas establecidas se han inquietado ante la llegada de nuevos inmigrantes de Centro y Sudamérica y han pedido más límites a la inmigración ilegal.

En los últimos años, Los Ángeles y otras ciudades del suroeste han visto nuevas y grandes oleadas de inmigrantes no solo de México, sino de comunidades indígenas de Guatemala y Honduras, muchos de ellos expulsados de las fincas cafetaleras en parte por los efectos del cambio climático.

En Los Ángeles habita la mayor población mexicana en Estados Unidos y casi la mitad de la población de la ciudad es hispana. También es donde reside la mayor comunidad oaxaqueña del país, con un total de 200.000 personas.

 Vasquez, el dueño de restaurantes, dijo que los oaxaqueños trabajaban en las cocinas de los mejores restaurantes de la ciudad, y que muchos de ellos comenzaron como lavaplatos, como él. Entre los hijos de inmigrantes oaxaqueños hay abogados, maestros y médicos.

Miembros de la comunidad indígena latina de Los Ángeles, algunos de ellos con trajes tradicionales, se encontraban entre los manifestantes frente al recinto del Concejo Municipal y las oficinas de los concejales recientemente.

Ron Herrera, uno de los líderes sindicales que se escuchan en la conversación grabada, dimitió el lunes 10 de octubre como presidente de la Federación de Trabajadores del Condado de Los Ángeles. Los otros dos concejales presentes, Kevin de León y Gil Cedillo, han rechazado hasta ahora los llamamientos para que dimitan.

Por cierto, los concejales conforman un mosaico de hispanos: los tres nacieron en Estados Unidos en el seno de familias inmigrantes, la de Martinez y Cedillo, de México y la de De León, de Guatemala.

A Miguel Villegas, de 32 años, quien rapea en inglés, español y mixteco, una lengua indígena, los insensibles comentarios de la grabación le trajeron recuerdos de las burlas que sufrió cuando crecía en el Valle Central de California.

“Los mexicanos me discriminaban por ser indígena y los estadounidenses por ser inmigrante”, dijo.

Hijo de recolectores de uva, cuando llegó de niño a Estados Unidos desde Oaxaca solo hablaba mixteco, Villegas se apresuró a aprender inglés y español y a ocultar sus raíces indígenas.

Más tarde, recuperó su identidad, dijo Villegas, cuyo nombre artístico es Una Isu.

“El hecho de que esos comentarios se hicieran públicos no hizo más que confirmar que la opresión y la discriminación no han terminado”, afirmó. “Tuve la misma sensación que cuando Donald Trump llegó a la presidencia. El racismo se hizo más público y visible”.

Una de sus canciones se llama “Mixteco es un lenguaje”.

“Esto va para los que insultan a todos mis oaxaqueños”, dice la letra. “Pequeños pero corazones de guerrero. Preservando la cultura, seguiremos creciendo”.

El lenguaje despectivo utilizado por Martinez “me hizo recordar todas las microagresiones que he sentido por parte de otros mexicanos y latinos a lo largo de mi vida”, dijo Miguel Dominguez, de 37 años, con estudios universitarios y nacido y criado en Los Ángeles, de padres oaxaqueños.

 “Al crecer, oímos muchos términos despectivos y denigrantes, como ‘oaxaquita’ e ‘indio’”, dijo.

Cuando había conflictos con los vecinos, a menudo se lanzaban insultos a sus padres, que hablaban zapoteco, una lengua indígena hablada en Oaxaca, recordó.

Dominguez es director de una organización sin fines de lucro del sur de Los Ángeles llamada Community Coalition. El grupo celebró el miércoles una reunión para que los residentes negros y latinos, incluidas personas indígenas, expusieran sus quejas. Al final de la sesión, los participantes se comprometieron a desarrollar una respuesta colectiva multirracial al desafío.

“Se están haciendo muchas cosas para construir puentes y solidaridad que son más poderosos que el lenguaje de odio”, señaló Dominguez. “Veremos que, como ciudad, Los Ángeles puede avanzar después de esto”.                    (

11/10/22

La Masacre de Elaine, ocurrida en 1919 en Arkansas

 "Hace poco más de un siglo, el 30 de septiembre de 1919, un grupo de aparceros afroestadounidenses se congregó en la localidad de Elaine, estado de Arkansas, en el fértil delta del río Misisipi, con motivo de asistir a una reunión sindical…

Solo una o dos generaciones después del final de la esclavitud, estos aparceros se estaban organizando para reclamar un reparto justo de los ingresos provenientes de las cosechas que cultivaban. Enfurecidos por la lucha de estos agricultores negros contra la miseria a la que se los sometía, una patrulla de hombres blancos armados atacó a los aparceros que se habían congregado en la reunión. 

Hubo disparos y uno de los hombres blancos resultó muerto. Lo que siguió después es conocido como la “Masacre de Elaine”. Cientos de afroestadounidenses de Elaine fueron masacrados por una turba violenta de hombres blancos, que probablemente contó con la ayuda de las fuerzas de seguridad y las tropas federales. Los historiadores estiman que murieron no menos de 200 residentes negros en esos trágicos hechos: hombres, mujeres y niños. Ninguna persona blanca rindió cuentas ante la justicia por lo sucedido.

Esa no era la primera vez que los racistas aterrorizaban a la población negra de Elaine. En 1916, Silas Hoskins fue linchado en esa localidad. Hoskins era un próspero propietario de un bar frecuentado por afroestadounidenses. Personas blancas que codiciaban el negocio de Hoskins lo amenazaron varias veces de muerte. Una noche, Silas no retornó del trabajo. Lo habían linchado. En ese entonces vivía con Hoskins un sobrino suyo de 9 años de edad, Richard Wright, que luego se convirtió en uno de los escritores estadounidenses más influyentes del siglo XX. Wright plasmó en sus obras las experiencias de la comunidad negra, especialmente en la novela ”Hijo de esta tierra” y en el libro autobiográfico “El chico negro” (Black Boy).

En “El chico negro”, Richard Wright describe los momentos posteriores al asesinato de su tío Silas Hoskins:

“No hubo funeral. No hubo música. No hubo período de luto. No hubo flores. Solo hubo silencio, llantos silenciosos, susurros y miedo. No supe cuándo ni dónde habían enterrado al tío Hoskins. A la tía Maggie ni siquiera se le permitió ver el cuerpo ni pudo reclamar ninguno de sus bienes. Simplemente habían arrancado al tío Hoskins de nuestras vidas, y nosotros cometimos el error de mirar para otro lado, para evitar mirar de frente a ese terrorífico y candente rostro blanco que sabíamos que se cernía sobre nosotros. Esa fue la vez que sentí más de cerca el terror blanco y mi mente quedó en shock. ‘¿Por qué no nos defendimos?’, le pregunté a mi madre. El miedo que había en ella hizo que me silenciara con una bofetada”. Wright se vio obligado a huir de la ciudad junto con su familia.

Luego vino la Masacre de Elaine. En conversación con Democracy Now!, Paul Ortiz, profesor de historia de la Universidad de Florida, contextualizó la masacre de 1919:

“El precio del algodón estaba en aumento. Pero lo más importante es que la población afroestadounidense estaba logrando grandes avances y mejoras económicas como propietarios de tierras en lugares como Elaine, en [la franja denominada] Cinturón Negro de Alabama, en el norte del [estado de] Florida, en todo el sur [de Estados Unidos]. Y debido a estos avances y al papel que los afroestadounidenses desempeñaron en la Primera Guerra Mundial, las expectativas [de la población negra] iban en aumento. La estructura de poder blanca se movilizó contra las crecientes aspiraciones [de la población negra]”.

Doce hombres afroestadounidenses fueron juzgados tras la masacre. Un jurado compuesto exclusivamente por personas blancas los sentenció a muerte después de solo unos minutos de deliberación. La legendaria activista y periodista afroestadounidense Ida B. Wells viajó a Elaine para solidarizarse con ellos e informar sobre su lucha. Los hombres condenados apelaron la sentencia, argumentando que se habían violado sus derechos al debido proceso consagrados en la Decimocuarta Enmienda de la Constitución. En 1923, en el caso “Moore contra Dempsey”, la Corte Suprema de Estados Unidos falló a favor de los condenados y aseguró una mayor protección para las personas negras del sur del país que estaban siendo sometidas a juicios y jurados dominados por supremacistas blancos. El caso sentó un precedente crucial, que condujo a algunas de las victorias legales más importantes de la época del movimiento por los derechos civiles en las décadas siguientes.

La hija de Richard Wright, la poetisa Julia Wright, quien describe el asesinato de su tío abuelo Silas en 1916 como “el canario negro en la mina de carbón” —es decir, como una advertencia anticipada de lo que se avecinaba—, dijo a Democracy Now!: “Silas Hoskins tuvo un peso enorme en la vida de mi padre. Su linchamiento puede verse como un hilo, un hilo rojo ardiente, que hilvana prácticamente todas sus obras”.

A principios de este año, se recogió tierra del lugar donde se cree que Silas Hoskins fue linchado. Dos frascos con la tierra recolectada fueron trasladados de Elaine a la ciudad de Montgomery, Alabama, para exhibirlos en el Proyecto de Memoria Comunitaria de la organización Equal Justice Initiative. En dicho proyecto, más de 800 frascos de vidrio con tierra extraída de sitios de linchamiento conmemoran esas terribles prácticas que asolaron a Estados Unidos durante tanto tiempo. 

Los frascos se encuentran en el Museo del Legado en Montgomery, un museo que muestra de una manera impactante la transición de la época de la esclavitud a la situación actual del encarcelamiento masivo de personas como herramientas clave utilizadas para oprimir a la población afroestadounidense. Fundada por el activista contra la pena de muerte y abogado defensor Bryan Stevenson, la organización Equal Justice Initiative está también a cargo del Monumento Nacional por la Paz y la Justicia, una amplia instalación al aire libre que conmemora, de una manera profundamente conmovedora, a las miles de víctimas de los linchamientos ocurridos en Estados Unidos.

Actualmente se están construyendo en Elaine, Arkansas, el Museo Elaine y el Centro por los Derechos Civiles Richard Wright para preservar la memoria de la terrible matanza ocurrida en esa localidad y continuar con el legado de las luchas por la equidad y la justicia racial que siguieron a la masacre. El debate sobre el racismo y las medidas de reparación debe continuar y profundizarse en todo el país."                 ( Amy Goodman - Denis Moynihan , Rebelión, 08/10/2022)

29/4/21

“¿Qué ven cuando nos miran? ¿Cómo ven a nuestros hijos?” Se refiere a la mirada blanca de la policía sobre el sujeto negro que acaba tantas veces perdiendo la vida en sus manos

 "En el centro de una gran sala en penumbra y atestada de gente reposa el féretro con el cuerpo inerte de Daunte Wright. 

Lo han colocado frente al escenario, por donde van circulando allegados y personalidades que le rinden tributo: algunos músicos, un artista que pincela el rostro del fallecido en el lienzo que allí permanecerá toda la ceremonia, los familiares más cercanos y un abogado por los derechos civiles, Ben Crump, que pregunta incisivo: “¿Qué ven cuando nos miran? ¿Cómo ven a nuestros hijos?” Se refiere a la mirada blanca de la policía sobre el sujeto negro que acaba tantas veces perdiendo la vida en sus manos.

Daunte Wright tenía veinte años cuando el pasado 11 de abril fue asesinado por las fuerzas del orden en un control de tráfico. Lo habían parado por llevar un ambientador colgado del espejo retrovisor; él mismo llamó a su madre para contárselo minutos antes de que la agente Kim Potter le disparara, según su versión, por error, pues ella creía que estaba usando una pistola eléctrica. 

En el funeral de Wright se encontraba el novio de Breonna Taylor, una chica también veinteañera fenecida en una redada antidrogas; en este caso, la bala policial la recibió en su casa, donde no hallaron rastro de las sustancias ilegales que buscaban. 

En la capilla ardiente de Wright estaba presente asimismo la madre de Philando Castile, muerto a los treinta y dos años delante de su novia y su hija de cuatro, igualmente inocente, a sangre fría, víctima otra vez de la violencia policial, de nuevo en una parada rutinaria en la carretera. Finalmente, al entierro acudieron familiares de George Floyd, cuyo verdugo, el oficial Derek Chauvin, fue declarado culpable por asesinato recientemente en un juicio que ha dado la vuelta al mundo como la dio el vídeo donde el hombre perecía asfixiado bajo la rodilla de Chauvin.

Los casos se cuentan por miles: Trayvon Martin, Eric Garner, Adam Toledo… son algunos de los más populares gracias a la tecnología que ha permitido grabar los sucesos y una respuesta masiva en las redes sociales que exige responsabilidades políticas y reformas que no llegan. 

De tanta como es la frecuencia, muchos otros pasan desapercibidos, bien porque no existe prueba visual inmediata o porque la capacidad del público para reaccionar ante tantísima brutalidad se agota: deja de ser noticia, se convierte en costumbre al igual que los tiroteos masivos –perpetrados en su mayoría por blancos– excepto para quien lo sufre. 

No obstante, si la muerte alcanza notoriedad, si es pública, vale la pena volver sobre la pregunta de Crump: ¿qué ven cuando nos miran? O, ¿qué vemos los demás cuando compartimos la huella de un dolor ya convertido en contenido audiovisual? Y, ¿qué vemos cuando aún están vivos? Una alusión a la miniserie dirigida por Ava DuVernay, When they see us (2019), donde se ficcionaliza el caso real de cinco adolescentes negros condenados por un crimen que no cometieron, lo esclareció durante la ceremonia: criminales.

 Respecto a George Floyd, podemos remitirnos al abogado defensor del homicida, quien alegó que Floyd murió por problemas cardíacos anteriores y su adicción a los opiáceos; es decir, en esta ocasión vieron a un drogadicto.

 Hace poco, mi pareja y yo vimos el reverso de las mismas circunstancias que dan con los huesos de tantos en el cementerio. Llegó a casa aliviado, dispuesto a contarme la historia que aún recordamos cada vez que leemos sobre otro caso de racismo mortal: notando que había un hueco libre en una zona donde normalmente escasea el aparcamiento, se saltó un stop para llegar más rápido. 

La policía lo paró de inmediato: ¿adonde vas? Mire usted, lo siento mucho –se excusó, intentado explicar que a menudo le costaba horas dando vueltas encontrar parking. No sólo le permitieron marchar sin multarlo, sino que, además, consiguió dejar el coche donde tenía previsto. ¿Qué ves, cariño? –le pregunté cuando terminó su relato. A lo que respondió: que soy blanco.

No es baladí la pregunta. Mirar es un acto voluntario, lo hacemos porque algo nos llama la atención, movidos por el interés, la sorpresa o, algunos, incluso el odio, pero ver implica una concatenación de funciones biológicas y factores susceptibles de escapar a nuestras intenciones. Una vez que algo es visto, es difícil saltar a la siguiente fase, que desde un punto de vista moral deseable sería la empatía. 

Sin embargo, como afirmó Naisha Wright, la tía del joven fallecido: “La gente puede ver el dolor, pero no sentirlo”. En efecto, yo no sé lo que es perder a un familiar agujereado a balazos por la policía, la mayoría de los lectores tampoco habrán experimentado ese desgarro. 

Siguiendo el argumento de Pau Luque en su último libro, Las cosas como son (Anagrama, 2020), es imposible ponernos en la piel de quien carga con tanto sufrimiento. Podemos imaginarlo, posar los ojos en la víctima e intentar comprender su situación; tenemos, me atrevería a decir, un deber cívico que ejercer para que las mismas injusticias dejen de perpetuarse, pero no podemos ni remotamente sentir lo mismo. "                     (Azahara Palomeque , La Marea, 28/04/21)

25/3/21

El racismo estructural en Brasil

 "En Brasil se dice que hay un racismo estructural. Esa nación es el modelo de país esclavista en el mundo. Durante por lo menos tres siglos, los trabajadores brasileños fueron millones de negros traídos de África para ser esclavos. Se degradaba así, a la vez, tanto el negro, cuanto el trabajo, considerado actividad menor, desarrollada por negros en calidad de esclavos.

En Senegal se encuentra una isla donde se concentraba a los negros, clasificados entre hombres, mujeres, niños, enfermos, como si fuera una carnicería, antes de que pasaran por una puerta –la puerta del adiós–, cuando tenían su última visión de su país, antes que ingresaran en los navíos negreros para un viaje de mucho tiempo hacia Brasil, en el cual gran parte moriría.

Trabajaban en promedio nueve años, era más fácil y barato traer más esclavos que cuidar de los enfermos. Eran traídos por mercaderes europeos para trabajar como raza inferior, como esclavos, para producir riquezas para los europeos.

Brasil fue el último país de América en terminar con la esclavitud. En otros países del continente, cuando se proclamaba la independencia, se introducía la república, donde, legalmente, todos son iguales frente a la ley y, por tanto, se terminaba con la esclavitud.

Brasil pasó de colonia a monarquía y no a república. El monarca portugués puso la corona en la cabeza de su hijo, diciendo: Mi hijo, pon la corona en tu cabeza, antes de que algún aventurero lo haga. Aventurero era Tiradentes, que había intentado la independencia de Brasil algunos años antes. Aventureros eran San Martín, Bolívar y otros de los próceres de la independencia en otros países latinoamericanos.

A mitad del siglo XIX hubo una ley que legalizó todas las tierras del país. Así, cuando a finales del siglo XIX terminó oficialmente la esclavitud en Brasil, los esclavos se volvieron hombres libres, pero sin tierras. Libres, pero pobres.

La cuestión colonial se engarza así, en Brasil, con otros dos problemas: el racial y el social. Ello da la particularidad a la historia brasileña frente a los países del continente. Ello propició el racismo como fenómeno estructural en Brasil. Por lo menos por tres siglos los negros fueron oficialmente una raza inferior, sin libertad, que trabajaban para los otros, para los blancos.

El fin oficial de la esclavitud no ha terminado con el racismo. Al contrario, se fue la esclavitud, pero dejó el racismo, la discriminación, la segregación, la exclusión social. Los negros son la mayoría de la población brasileña –alrededor de 54 por ciento–. Son, en su gran mayoría, pobres.

Recientemente un juez consideró que las ofensas raciales no debieron caracterizar el racismo. Esto es, las expresiones cotidianas que descalifican a los negros, de las cuales Internet presenta ejemplos abiertos de mujeres u hombres blancos ofendiendo a los negros, no deberían ser calificados de racismo, un crimen inafianzable por la Constitución brasileña.

Cuando es, no solamente en el trato que se da a los negros, sino también en la forma en que son llamados, como son ofendidos, descalificados, que se expresa en Brasil el racismo estructural, cotidiano. Hay un sinnúmero de palabras, de expresiones, de formas de dirigirse despectivamente a ellos, que reitera, refuerza, el racismo profundamente arraigado en la sociedad brasileña.

Es algo constitutivo de Brasil como país. Viene de su historia, de su configuración social. Echa raíces en su práctica cotidiana. La lucha en contra de la desigualdad en Brasil es, ante todo, la lucha en contra del racismo."                     (Emir Sader, El viejo Topo, 24/03/21. Artículo publicado originalmente en La Jornada.)

3/8/20

El racismo está compuesto por un conjunto de prejuicios aprendidos en el medio donde se crece, vistos como naturales; son clichés reafirmados en la interacción debido a que generalmente una situación de desigualdad lo favorece. Por ser tan cotidiano y no existir una reflexión al respecto, el racismo común suele no ser consciente.

"Como siempre, lo que sucede en Estados Unidos repercute estrepitosamente en México. Las manifestaciones desatadas por el asesinato de George Floyd han puesto aquí el problema del racismo bajo los reflectores. 

Si bien la historia en ambas naciones es similar: pueblos originarios vapuleados y poblaciones africanas introducidas como esclavos, la diferencia es que la dimensión social de este asunto es allá mil veces mayor a la que ha tenido en nuestra sociedad, en donde apenas hace una década se habla de ello y aún cuesta mencionar el término —¿será más bien clasismo? todavía se pregunta. 

Además, allá el racismo institucional ha sido puesto en evidencia de manera contundente, como se puede ver, por ejemplo, en el libro de Michelle Alexander, The New Jim Crow, o en The Case for Reparations, un brillante artículo de Ta-Nehisi Coates. La manera como el Estado en sus distintos niveles, tanto federales como estatales —empezando por las de impartición de justicia—, en conjunción con inmobiliarias, bancos y otras instancias privadas han entretejido una malla de segregación que ha mantenido a la población afroamericana en barrios con malos servicios, pésimas escuelas y una policía que la hostiga permanentemente y provoca su encarcelamiento de manera irrefrenable es muestra de cómo funciona el racismo institucional.

 A éste se suma el racismo común, que hace aún más lacerante tal discriminación, con frecuentes episodios de violencia directa por parte de personas y grupos supremacistas; ambos intrincados en una espiral perversa.

El racismo está compuesto por un conjunto de prejuicios aprendidos en el medio donde se crece, vistos como naturales; son clichés reafirmados en la interacción debido a que generalmente una situación de desigualdad lo favorece. Por ser tan cotidiano y no existir una reflexión al respecto, el racismo común suele no ser consciente. 

El institucional opera a otra escala, más sofisticadamente, con prejuicios similares a los del común pero contenidos, cubiertos por un halo de neutralidad, de objetividad —como cuando un grupo técnico presenta una política pública; hereda por tanto modos acuñados por el racismo científico del siglo XIX y de mitad del XX.

 En México el racismo común empieza a ser criticado, se habla de cómo se presenta en distintos ámbitos, desde un edificio de lujo en donde un condómino agrede a un guardia que cuida de la entrada hasta un presidente municipal que dice que las mujeres indígenas huelen mal. El caso más reciente es el reclamo de la esposa del presidente de México al comediante Chumel Torres, invitado por la Conapred a un debate acerca del racismo, pidiéndole una disculpa por haber llamado a su hijo con un epíteto racista.

No obstante, poco reconocemos las facetas del racismo institucional. Si uno se remite al siglo XIX, el auge del racismo, se encontrará con leyes que fomentan la inmigración de población europea blanca emitidas tras largos debates parlamentarios para saber qué tipo de población era mejor, descartando abiertamente la asiática y casi vetando la africana; están las condenas a la propiedad colectiva de las comunidades indígenas seguidas de leyes que promueven la propiedad individual y otorgan los terrenos de éstas a compañías extranjeras “que sí sabrán cómo trabajarlas”, la persecución a la medicina indígena por ser considerada superstición, la denigración de la población indígena —mayoritaria en el país— calificada por médicos como degenerada por su alimentación a base de maíz y otros aspectos de su modo de vida, a la vez que se enaltece a los “indios antiguo de raza pura”, presentados cual griegos o romanos en la pintura de la época. Y aún más.

Después de la Revolución se pretendía que tales ideas desaparecieran y desde el Gobierno se emprende la “redención del indio” para “sacarlo” de la marginación en que fue sometido tanto tiempo. Las políticas impulsadas a partir de entonces para tan noble fin no difieren mucho de las del despiadado régimen porfirista: buscan a como dé lugar la integración y desaparición de las comunidades y sus lenguas, hacer “productivo” su trabajo, incentivar la propiedad individual, llevar semillas mejoradas y tecnología moderna para “sacarlos del atraso” propio de sus modos tradicionales, que dejen atrás su medicina —empirismo dicen ahora—, y en los libros de texto no hallan tampoco un lugar digno; la población de origen africano no existe, apenas se habla de Yanga en un par de páginas en los de historia.

Me ha tocado ver el racismo institucional en acción en distintas comunidades indígenas: el Procede —que pretendía individualizar la propiedad colectiva para tornarla “productiva”—, la coerción de Sedesol para que se abandone la medicina propia, el chantaje de la de Agricultura para que hagan como el técnico dice —aunque éste no tenga idea de ciertos factores locales—, el engaño de la educación intercultural y otras tantas más. La constante es la misma: los indígenas son considerados como atrasados, reacios al cambio, ignorantes y recelosos, una masa impredecible que con gran facilidad se deja manipular por gente de fuera —recordemos los comentarios cuando inició el movimiento zapatista. Siguen siendo vistos como menores de edad, así se les catalogó en la Colonia.

Me parece legítimo que alguien pida disculpas a un comediante que vehicula un racismo naturalizado por la sociedad, pero igualmente legítimo me parecería que el Gobierno ofreciera disculpas a los pueblos indígenas por tratarlos como menores de edad, como atrasados, por considerarlos “inmóviles en el tiempo”, por invocar nuevamente su redención, por querer llevarles tecnologías modernas cuyas consecuencias nefastas son bien conocidas —como las plantaciones de árboles exóticos—, por incluirlos en megaproyectos sin su consentimiento, destinándolos a ser mano de obra barata al servicio de “los inversionistas”, el elemento activo desde esta perspectiva. El tren maya es un clásico en este sentido. Un proyecto basado en una serie de políticas públicas que implican una visión racista de los pueblos mayas, vistos como incapaces de decidir su futuro, en su modo de vivir, su manera de relacionarse con el mundo.

El Gobierno de la 4T ha tenido aciertos indudables, pero en su relación con los pueblos indígenas ha sido tan errático como los anteriores. El solo hecho de no respetar la consulta informada para llevar a cabo un proyecto en sus territorios es ya ultrajante; el trato del mismo presidente en esta relación deja mucho que desear: privilegiar la propiedad individual al proponerles proyectos, poner en manos de empresarios el diseño de las plantaciones y no consultar a los afectados, además de sus ideas sobre los indígenas que afloran en ocasiones, como cuando en Ocosingo en una asamblea dijo a los ahí reunidos que ya era hora de dejar la hamaca y ponerse a trabajar, al más puro estilo finquero o de político liberal del siglo XIX, que es el ideario que más bien parece seguir en su relación y trato para con estos pueblos.

Estoy convencido de que sólo la constancia de la sociedad civil organizada podrá atajar el racismo prevaleciente y la prueba es lo que en este momento acontece en Estados Unidos —décadas de lucha y reflexión— y el efecto que ha tenido en este sentido el movimiento zapatista aquí. Pero si verdaderamente este Gobierno quisiera aportar algo, tendría que emprender un ejercicio de autocrítica al respecto, que fuera incluso atrás en el tiempo: desde reconocer el genocidio de los pueblos Seri y Yaqui perpetrado por el Estado Mexicano, la guerra de exterminio contra los mayas y otras tantas rebeliones injustamente sofocadas en todo el país, pasando por la imagen que se ha mantenido en los libros de texto que glorifican a las civilizaciones prehispánicos a la vez que muestran a sus descendientes como pueblos-en-desaparición, simples “restos”, mero folklore y ahora diversidad cultural por aquello de lo políticamente correcto; y la invisibilización de los pueblos negros —su historia de esclavitud y lucha por la libertad; y las matanzas de chinos y japoneses... hasta llegar al racismo implícito en políticas públicas actuales. Muchos monumentos por derribar."

(César Carrillo Trueba es biólogo y antropólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM. El País, 14/07/20)

20/7/20

El racismo que practican las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización

"Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma “marrón”. En el imaginario colectivo racista en América Latina es un color asociado a la suciedad. ¿Es posible resignificar una palabra para reclamar una identidad?

 Es probable que ninguna persona marrón pueda olvidar la primera vez que alguien le sugirió que se bañara, señalando una supuesta suciedad de su piel. A mí me lo dijeron en una playa limeña. Recuerdo cómo al volver a casa lloré restregando cien veces la esponja a ver si se borraban las partes más oscuras de mi piel. No sé cuántas veces he tenido que decir la frase “soy así” a gente que ha sentido como legítima su curiosidad por la gradiente de marrones que sube y baja caprichosamente en mi epidermis.

Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma marrón. En el imaginario colectivo racista es un color alevosamente asociado a la suciedad, incluso al excremento. Y eso que hay muchísimas cosas marrones hermosas, como la tierra, las hojas en otoño, las galletas recién horneadas. Pero no. A las niñas y niños peruanos, en gran parte marrones, nos enseñan en el colegio que el rosa pálido de nuestros lápices es el “color piel” y el que se parece a nuestra piel, el “caqui”. Hace unos años, una persona racista se hizo famosa en Perú porque insultó a otra llamándola “color puerta”.

¿Es posible un orgullo marrón, un orgullo color puerta? Hoy, una comunidad expropia la etiqueta que servía para despreciar y decide recuperarla resignificada para reclamar una identidad. Son personas a las que durante años se intentó meter en el mismo saco de “lo mestizo”, como parte del proyecto civilizatorio blanco de borrado cultural y étnico. Rotulados como morenos, trigueños, cobrizos, cholos, los descendientes de indígenas que sufrieron directamente la violencia colonial se acuerpan para rechazar la opresión racial. Este es nuestro momento.


En las últimas semanas, con el trasfondo de Black Lives Matter y en buena medida activados por el gran impulso que vive la lucha contra la discriminación en el mundo, activistas de varios países de América Latina han señalado cómo funciona históricamente el racismo también hacia las personas marrones para acuñar simbólicamente algo así como un Brown Lives Matter, pero aplicado a cada casa.

 Así, se ha cuestionado en Argentina, la hipocresía de colocarse el lema importado de Estados Unidos mientras allí se sigue ejerciendo discriminación contra migrantes andinos y contra sus propios compatriotas de ese origen, por lo general olvidados por la idea de una Argentina blanca y porteña. Allí está esa señora que le enmendó la plana a un presentador de televisión que le preguntó de dónde había migrado: “Soy salteña —contestó—. Se les olvida que los argentinos somos coyas”. Los coyas son los pueblos indígenas originarios del norte de Argentina. Se les olvida, como se les olvida también que existen afroargentinos.

En la pandemia, que ha sido ese gran amplificador de nuestras miserias y desigualdades, quienes retornaron de Lima hacia sus comunidades, por hambre, caminando y exponiéndose a la enfermedad, no fueron blancos sino cholos e indígenas pobres. En Perú, a inicios de junio, había en promedio una prueba de la COVID-19 por cada cincuenta personas, mientras que en las localidades de los indígenas awajún, había aproximadamente una por cada 494, según un análisis de Ojo Público. 

Quienes mueren en las olas de frío, en los huaycos, en las inundaciones y en las pandemias son siempre los mismos. Es a las comunidades indígenas a quienes el gobierno peruano ha querido negar agencia y participación política para acelerar la sesión de sus territorios a las mineras. Ese abandono histórico, se llama racismo. Empecemos a llamar por fin a las cosas por su nombre.

El racismo que practican las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización. El color de piel sigue determinando el lugar que ocupas en la sociedad. La idea de que las personas tienen lo que tienen o han llegado a dónde han llegado solo con base en su esfuerzo y su valor o talento personal, esa fábula del capitalismo, es negar siglos de historia colonial.

En el Perú, los niños también crecemos rogando ser menos cholos para ser menos discriminados. Nadie quiere ser el más cholo, el más marrón, el más negro, porque para muchos más racialidad significa más acoso y exclusión, también más pobreza. Y eso que según los últimos censos, que ya incluían la autoidentificación étnica, más del 60 por ciento de la población se define como “mestiza”, mientras los blancos no llegan ni al 6 por ciento. Sin embargo, en los puestos de poder aún se ven indígenas solo como cuotas.

Y es que en mi país los racistas todavía nos mandan a bañar. Hace unos meses, durante un debate electoral, un candidato blanco le entregó a otro no blanco un jabón. Tras la polémica, por primera vez un acto racista fue tratado como tal y condenado masivamente. Por fin parecía alejarse la costumbre de endilgar supuestos complejos de inferioridad a quienes son en realidad víctimas del racismo. El candidato del jabón no fue elegido y la fiscalía abrió una investigación contra él por discriminación.

¿Algo está cambiando? Desde hace solo pocos años existen instancias del gobierno para alertar contra el racismo en el Perú y más políticas públicas antidiscriminación, pero aún queda mucho por hacer.

La buena noticia es que, pese a que el acoso racista aún es habitual en calles y redes, la organización y el orgullo son cada vez más fuertes. Hay afrodescendientes y cholos activando y poniendo el cuerpo, haciendo esforzada pedagogía cada día en los medios, publicando libros, ofreciendo talleres y participando en debates y charlas como “Quiénes somos las marronas”, que dio hace poco Primakabra, activista marrón y disidente sexual.

Lo que viene ocurriendo ha provocado litros de “white tears”, como se llama con humor al modo en que responden las personas blancas a estos cuestionamientos. Este también es su momento: deben revisar la manera en que se han beneficiado de este sistema que prioriza, cuida y enaltece unos cuerpos sobre otros. Deben saber que para desmontar este orden aún colonial solo hay un camino: participar de la lucha política antirracista. No será sencillo, porque no es fácil aceptar que incluso sus buenas intenciones están asentadas en una construcción racista y clasista. Pero se tiene que hacer.

Hay, además, una creciente tribu de jóvenes disidentes de los estereotipos raciales en toda la región, que reivindican el orgullo marrón, su arte, sus historias, combatiendo la estética dominante, reivindicándose a través de fotos y videos como cuerpos que importan, que son bellos y dignos del deseo, de amor y cuidados. Pelean contra esos lugares comunes que relacionan, por ejemplo, al marrón con la sumisión, la pobreza y el dolor.

La activista Sandra Hoyos, del colectivo argentino Identidad marrón, siente que lo marrón es sobre todo una identidad política. Lo que se viene, pues, es resistencia y lucha, desde los cuerpos negros y marrones.

Si seguimos trabajando contra el racismo, quizás algún día a Marco ya no le vuelvan a prohibir entrar a una discoteca, ni vuelvan a confundir a Joseph con el camarero de la ceremonia del premio que se había ganado él. Ni a mí con la niñera de mi hijo. Ni a Rosa con la ladrona del supermercado. Ni a ningún niño o niña la manden a bañar por ser marrón."

(Gabriela Wiener es escritora, periodista y colaboradora regular de The New York Times, 14/04/20)

2/8/12

El racismo europeo... el nordismo

"Las empresas exportadoras españolas multiplicaron por cuatro sus ventas en el exterior desde 1990, muy por encima de las alemanas. Fuente: “La paradoja del ahorro: España vs. Alemania”, por José Carlos Díez.

 El nordismo se basa en estereotipos fomentados por la clase política de los países del norte de Europa, con gran arraigo popular y mucho seguidismo en algunos países del sur del continente. Pero esconde importantes porcentajes de incertidumbres 

Denominamos “nordismo” a un nuevo tipo de dialéctica que se sustenta en la presunta superioridad cultural –en sentido amplio- de la comunidad de países del norte de Europa en relación a los de sur. Desde la manifestación de los aspectos más agudos de la crisis presente, se ha ido extendiendo de forma notable en todo tipo de foros públicos.

 En ese contexto, el nordismo adquiere unos marcados contornos regeneracionistas: la acción salvífica de países como Alemania, Holanda, Finlandia, Dinamarca, etc., serviría no sólo para rescatar la economía y las finanzas del proceso de integración europeo, insuflando un nuevo orden regenerador; el nordismo incluso aportaría una corriente de moral estoica y renovadora.

En principio, el nordismo sólo se aplica en las evaluaciones internas de políticos, medios e intelligentsia de algunos países del norte europeo hacia los del sur en ese mismo continente. Por el momento, no se considera apropiado –o políticamente correcto- extender apreciaciones nordistas a países y poblaciones no europeas. 

 Aunque, potencialmente, enlaza en ocasiones con posturas de la extrema derecha clásica o reciclada en relación a asuntos como la inmigración, y más específicamente, a las manifestaciones más combativas de la cultura musulmana. Pero aún así, siempre se pretende hacer pasar como defensa de los derechos humanos y las libertades democráticas lo que no son sino iniciativas abiertamente ofensivas.

El nordismo presenta algunas características peculiares. Una de ellas es el sentimiento de pertenencia a esa opción política altamente subjetivo, conforme se desciende hacia el sur. Así, no cabe duda de que un finlandés o un estonio, por el mero hacho de haber nacido muy al norte del paralelo 50º pueden considerarse depositarios de las virtudes nordistas en estado más puro.

 Dada la peculiar posición de Gran Bretaña con respecto a Europa ya no resulta tan claro que un inglés pueda considerarse nordista, aunque el discurso de eficacia y superioridad nordista se salva ejerciéndolo contra Irlanda, por ejemplo.

En consecuencia, las expresiones de nordismo siguen expresándose miles de kilómetros más al sur del núcleo nórdico o incluso centroeuropeo, en países o comunidades de los extremos meridionales de Europa, utilizándose en detrimento de vecinos de más sureños (siempre vive alguien más al sur). Sin llegar a tales extremos, el nordismo se alimenta, al menos en parte, de la aquiescencia y hasta admiración por parte de los países del sur, llegando a posiciones serviles o por deseo de emulación. 

En grados muy diversos, la idea de que los países del norte de Europa realmente funcionan y están llamados a ejercer un regeneracionismo real sobre la totalidad del continente, es una actitud muy extendida en el sur del continente. 

En parte, ello obedece a supuestas limitaciones culturales históricamente asumidas, a actitudes contra-nordistas exaltadas (recordemos la polémica Unamuno-Ortega de comienzos de siglo XX, con el conocido “¡Que inventen ellos!” unamuniano) o a complejos y victimismos nacionalistas relacionados con el “déficit de europeidad”.

Resulta curioso constatar cómo el nordismo es un sentimiento para consumo interior que finalmente cuaja hacia en su uso internacional , pero conservando siempre su utilidad primigenia. En una encuesta de opinión publicada por el Pew Research Center resulta que en Alemania el 48% de los consultados consideran que el trabajo duro no garantiza el éxito social, frente al un 51% que sí lo asume. Un resultado tan equilibrado parece desmentir la supuesta actitud nordista de los alemanes hacia el trabajo, expresada por políticos y medios de comunicación.

 La diferencia no es tanta con respecto a las opiniones expresadas por los encuestados griegos (51 % no, frente a 43% si) o italianos (46%-43%) sino porque es claramente batida por un inesperado nordismo español: 43% no, 56% si.

 Por lo tanto, la confianza en el valor social del trabajo en el mundo capitalista no es una actitud respaldada por la realidad cultural y la voluntad regeneracionista de los países nordistas, sino por una confianza en los valores capitalistas, cuya máxima expresión, lógicamente, son los Estados Unidos de América: 20% no, 77% si.

Lógicamente, el nordismo, como todo sentimiento de superioridad étnica, escaquea aquellos fenómenos y datos objetivos que ponen en tela de juicio sus posicionamientos. Un ejemplo fácil de comprobar es la nula referencia a la quiebra islandesa de 2008 –país en modo alguno catalogado como PIG- y la consiguiente Revolución Geyser o reacción nacional contra el sometimiento a la disciplina financiera dictada por las potencias nordistas de la UE.

El nordismo tiende a vivir de prejuicios, rentas y estereotipos, aplicados a conveniencia propia. De hecho, los logros de la eficacia nordista han sido reiteradamente cuestionados de forma absolutamente empírica. En un reciente reportaje televisivo se puede apreciar cómo las excelencias del sistema laboral alemán se apoyan en flagrantes abusos contra el trabajador. 

La realidad es que las condiciones sociales en los países del norte han generado un empobrecimiento cultural apreciable en las últimas décadas, incluyendo graves connotaciones sociales. Ello se ha traducido, paradójicamente, en una expansión cada vez más populista –y hasta populachera- de las consignas y estereotipos nordistas.

En una reciente entrevista, el escritor griego Petros Márkaris emitía un diagnóstico preciso sobre la esencia de la limitación esencial del nordismo:
“La prensa alemana me tiene loco preguntándome qué va a pasar, y solo puedo explicarles que a veces no hay respuestas. Y si me preguntan qué puede hacer Alemania por Grecia, les digo que mantengan callados a sus políticos. 

Que dejen de insultar a los griegos, El 24 de mayo estuve en Bonn para dar una conferencia y vi una portada de Die Welt, el diario conservador, en la que una ministra proclamaba: “Europa debe aprender de Alemania”. Nosotros no aprendemos, cierto, pero los alemanes tampoco aprenden. Recuerdo cuando los estadounidenses nos decían: “Nosotros tenemos el poder, así que debéis hacer lo que nosotros ordenamos”.

 Lo mismo decían, con más brutalidad, los soviéticos a los polacos o los checos: “Cumplid nuestras órdenes y callad, porque somos los más fuertes”. Los alemanes, en cambio, no nos dicen que son más fuertes, sino que son “mejores” (…) [los alemanes] tienen el trauma de la Segunda Guerra Mundial. No se atreven a decir “somos más fuertes que vosotros” y optan por decir “somos mejores que vosotros”, lo cual es mucho peor”.             (Rebelión, 02/08/2012, Eurasian Hub)

9/1/09

La base visceral del racismo es resistente a la educación

"El racismo que colonizó la Alemania de Hitler no tiene nada que ver con la biología, salvo por la metáfora del virus ideológico. Pero los neurólogos distinguen con claridad ese fenómeno racional de otro racismo inconsciente, similar a una fobia y producto de la evolución de nuestros ancestros. Un experimento psicológico con personas de varias etnias ilumina hoy una de las mayores fuentes de dolor y destrucción de la historia humana.

Kerry Kawakami y un equipo de las universidades norteamericanas de York, Yale y British Columbia presentan hoy los resultados en la revista Science. El experimento consiste en preguntar a un grupo de personas (por ejemplo, blancos) cómo se sentirían si presenciaran tal o cual situación racista.

Y después someter a otro grupo distinto de blancos a esas mismas situaciones racistas en la vida real (una simulación con actores). El resultado se deriva de comparar lo que la media de la gente dice con lo que la media de la gente hace ante la misma situación. Los científicos dan este rodeo estadístico para evitar que los mismos sujetos que responden la pregunta tengan después que reaccionar ante la misma situación, un experimento que no diría nada útil.

Por ejemplo, los investigadores preguntan a un grupo de blancos (no-negros de varias etnias, en realidad) qué sentirían si otro blanco les dice "mira que es torpe ese puto negro". La mayoría (83%) asegura que se sentiría molesto y que eludiría la compañía del racista. Pero cuando otro grupo de blancos presencia la escena realmente, el 63% elige al racista como compañero para un trabajo.

Los psicólogos descartan que se trate de un caso masivo de cinismo. La mayor parte de los voluntarios muestra signos convincentes de haber asimilado realmente el resultado de décadas de educación, campañas cívicas y convivencia en las ciudades norteamericanas. Los autores creen que las opiniones antirracistas que manifestaron en las pruebas eran sinceras.

La interpretación de Eliot Smith, de la Universidad de Indiana, y Diane M. Mackie, de la de California en Santa Barbara, se basa en las identidades múltiples. Todos oscilamos entre varias identidades posibles, y son las emociones, no la razón, las que delatan la identidad que predomina en cada situación. Por ejemplo, si una mujer se siente feliz por el ascenso de una competidora en la empresa, es que su identidad de "mujer" domina sobre la de "individuo". De manera que, aunque piensen racionalmente lo contrario, los blancos tienden a adoptar emocionalmente la identidad de "blancos" ante una situación racista.

"El resultado no me sorprende", dice el presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Alberto Fernández de Liria. "Hay una distinción muy bien establecida entre el racismo como doctrina, al estilo del propugnado por Hitler, por ejemplo, y el racismo instintivo o visceral, más similar a una fobia. La diferencia entre los dos experimentos se debe a que, en las distancias cortas, son las emociones las que dominan".

"El racismo ha sido adaptativo en el pasado de la especie", prosigue el psiquiatra. "Por inaceptable que resulte en nuestro mundo, debemos entender que la aversión al extraño está enraizada en nuestra fisiología, tanto como la fobia a las serpientes, casi universal en la especie. Pero eso no quiere decir que la tendencia no sea reeducable. Sabemos que lo es, aunque con esfuerzo, y también conocemos la importancia de que los niños crezcan juntos".

"El resultado no es sorprendente", coincide su colega Pau Pérez, especializado en la cuestión. "La falta de reacción ante la situación racista de la vida real tiene explicaciones muy simples. La principal es que las reacciones emocionales primarias, las inmediatas, sólo se disparan al percibir una amenaza, y en este experimento no la hay". Pérez también subraya la inutilidad de ignorar el componente biológico del racismo.

"La respuesta defensiva a lo distinto es un mecanismo etológico fundamental [un comportamiento regulado por la evolución]. Si los experimentadores esperaban que la educación y la cultura hubieran suprimido esa respuesta fisiológica, realmente estaban pidiendo demasiado. Pero la educación puede canalizar estas tendencias. Y más importantes aún son las experiencias comunes, que los niños compartan las aulas". (El País, 09/01/2009)