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2/2/21

Hay un gesto en Marx del que todavía no hemos sido capaces de extraer toda su potencia filosófica y es cuando dice que buscar la verdad en la teoría es pura escolástica, que la única verdad se encuentra en la práctica...

 "(...) Sugieres, especialmente para los que quieren leer a Marx con Marx, de prestar mayor atención a los gestos que a los contenidos de sus obras. ¿A qué gestos haces referencia?

Te pondré un ejemplo. Para mí hay un gesto en Marx del que todavía no hemos sido capaces de extraer toda su potencia filosófica y es cuando dice, en la segunda tesis sobre Feuerbach, que buscar la verdad en la teoría es pura escolástica, que la única verdad se encuentra en la práctica.

 Ese planteamiento de Marx me parece una ruptura radical con la tradición filosófica, una ruptura a cuya altura no hemos sabido estar, pues nos hemos empecinado en continuar concediendo el privilegio a la teoría y en seguir pensando en verdades abstractas, en esencias.

 En esa coherencia materialista de la que hablo, Marx traslada esta reflexión a uno de los temas fundamentales de la política, el del sujeto revolucionario y nos dice, ¡eh, cuidado!, que el sujeto no posee una esencia, no seamos idealistas, no queramos definir el sujeto en abstracto, vayamos a las prácticas; el sujeto lo constituye todo aquel que se implica en una lucha, independientemente de su pretendida esencia. 

Por eso nos dice que la lucha de clases es anterior a las clases, planteamiento que cortocircuita la lógica idealista (para que haya lucha de clases primero debería haber clases) e instaura una lógica materialista (la práctica dibuja los perfiles del sujeto). 

Si nos cobijáramos en Marx, haríamos desaparecer algunos de los estupores que en ocasiones nos asaltan: ¿cómo es posible que la clase trabajadora vote a la derecha?, ¿por qué hay mujeres que no se implican con la defensa de sus derechos? Marx nos enseña que no se trata de esencias, del ser-obrero o del ser-mujer, sino de prácticas (si me dejas meter a Deleuze, diría devenires). 

Te dejo, por supuesto. Devenires pues.

¿Acaso los dirigentes políticos de la izquierda revolucionaria han tenido origen obrero? ¿Ello les ha incapacitado para ser tomados como componentes del movimiento obrero? En absoluto, porque han encarnado una práctica y un discurso. No se trata de analizar dónde has nacido o dónde trabajas, sino cuál es tu práctica. 

Desde mi punto de vista, este gesto de Marx abre enormes posibilidades a la hora de enfocar la política contemporánea, a la hora de construir un sujeto con una práctica que se aleje de los sectarismos que nos han caracterizado. Fíjate que hemos tenido una polémica que, por resumirla, venía a decir que las políticas de la identidad habían hecho olvidar el sano obrerismo de la tradición de la izquierda y que había que volver a él.

 De ese modo, lejos de salir del problema, idealista, de la identidad, de las esencias, se abogaba por una identidad, la obrera, a la que toda  lucha debe ser sometida. Aunque la propuesta parecía que confrontaba con las políticas de la identidad, en realidad se mantenía dentro de ellas. 

Contradictoriamente, el sujeto más potente que hemos tenido en la calle ha sido el del feminismo, no el obrero. Pero no hemos sabido articular sobre él un discurso que cobijara el conjunto de problemáticas que asolan a nuestras sociedades. Y nos encontramos con que su potencia se diluye en disputas teóricas de carácter esencialista para ver quién recoge la bandera y se la apropia. ¿Te suena?

Me suena.

Lo mismo que ha venido haciendo la izquierda toda su vida. El concepto de identidad, con su poso idealista, debe ser sustituido por la práctica de lo común, creo que ahí está la solución y que esa, la de la práctica, es una de las expresiones de la lógica materialista.

¿Práctica de lo común?

En efecto. Más que en sesudos documentos, en prolijas disquisiciones teóricas, donde debemos encontrarnos es en prácticas que expresen los intereses de la mayoría social. El 15-M fue, en parte, una expresión de esto.

 Mucha gente que nunca se había movilizado y que, ante la exigencias de definirse teóricamente quizá se calificara como apolítica, incluso de derechas, salió a la calle a manifestar su hartazgo, a decir, y lo expresó conscientemente a la manera de Nietzsche,un gran no a partir del cual es preciso imaginar una nueva realidad,un nuevo sentido común.  

Insisto en que uno de los cortes que produce Marx es en su reivindicación de la práctica como geografía de la verdad, como lugar donde se aquilata lo que es y no es. Y, en nuestra vocación materialista y revolucionaria, esa práctica ha de ser una práctica de lo común. (...)"                   

(Entrevista a Juan Manuel Aragüés Estragués sobre Marx y marxismo, Salvador López-Arnal, Rebelión, 14/01/21)

26/4/12

El declive de la familia tradicional norteamericana, ¿es una cuestión de moralidad? No, es fundamentalmente una cuestión de dinero

"Últimamente, la desigualdad ha vuelto a ser tema de conversación nacional. Ocupa Wall Street dio visibilidad al asunto, mientras que la Oficina de Presupuestos del Congreso proporcionó datos rigurosos sobre el aumento del desfase salarial.

Y el mito de una sociedad sin clases ha quedado en evidencia: entre los países ricos, Estados Unidos sobresale como el lugar en el que la condición económica y social tiene más probabilidades de ser heredada.

Así que ya sabíamos lo que iba a pasar a renglón seguido. De repente, los conservadores nos están diciendo que, en realidad, la cuestión no es el dinero; es un problema de moralidad.

El estancamiento de los salarios y todo eso es lo de menos, el verdadero problema es el hundimiento de los valores familiares de la clase trabajadora, lo cual por alguna razón es culpa de los liberales.

¿Pero de verdad que todo es una cuestión de moralidad? No, es fundamentalmente una cuestión de dinero.

 Murray, en efecto pone de relieve algunas tendencias sorprendentes. Entre los estadounidenses blancos con un nivel de educación secundaria o más bajo, la tasa de matrimonios y la participación de los hombres en la fuerza laboral han descendido, mientras que los nacimientos fuera del matrimonio han aumentado.

Claramente, la sociedad trabajadora blanca ha cambiado en formas que no pintan nada bien.
 
Pero la primera pregunta que uno debe hacerse es: ¿verdaderamente están las cosas tan mal en lo que a valores se refiere?

Por lo visto, Murray y otros conservadores tienden a dar por sentado que el declive de la familia tradicional tiene repercusiones terribles para la sociedad en su conjunto. Naturalmente, esta es una postura que viene de antiguo. (...)

Pero lo cierto es que algunos indicadores de la disfunción social han mejorado drásticamente, a pesar de que la familia tradicional sigue perdiendo terreno. Que yo sepa, Murray nunca menciona ni el descenso de los embarazos en adolescentes en todos los grupos raciales desde 1990, ni la disminución en un 60% de los crímenes violentos desde mediados de la década de 1990.

 ¿Podría ser que las familias tradicionales no sean tan cruciales para la cohesión social como pregonan? (...)

Aun así, está claro que algo le está sucediendo a la familia tradicional de clase trabajadora. La pregunta es qué. Y francamente, es sorprendente con qué rapidez y con qué alegría rechazan los conservadores la respuesta aparentemente obvia: una reducción drástica de las oportunidades de empleo al alcance de los hombres con un nivel de estudios bajo. (...)

Sin embargo, para los hombres trabajadores con un bajo nivel de estudios, todo ha sido negativo. El salario base, ajustado a la inflación, de los hombres que tienen terminado el bachiller han caído un 23% desde 1973. Por otro lado, las prestaciones del trabajador han caído en picado.

 En 1980, el 65% de los trabajadores con el bachillerato recién terminado que trabajaban en el sector privado tenían seguro médico, pero en 2009, el porcentaje había descendido hasta el 29%. De modo que nos hemos convertido en una sociedad en la que los hombres con pocos estudios tienen grandes dificultades para encontrar un empleo con un sueldo decente y buenas prestaciones.

 Pero, por alguna razón, se supone que tenemos que sorprendernos de que estos hombres tengan menos probabilidades de formar parte de la fuerza laboral o de casarse, y llegar a la conclusión de que ha debido de haber un misterioso cataclismo moral causado por los liberales pijos.

Y Murray también nos dice que los matrimonios de la clase trabajadora, si es que se producen, se han vuelto menos felices; por extraño que parezca, los problemas de dinero hacen eso. (...)

Y un pensamiento más: el verdadero ganador en esta controversia es el distinguido sociólogo William Julius Wilson. Allá por 1996, el mismo año en que Himmelfarb se lamentaba del hundimiento de nuestros valores morales, Wilson publicaba When Work Disppears: The New World of the Urban poor (Cuando el trabajo desaparece: el nuevo mundo de los pobres de ciudad), en el que sostenía que gran parte de los alborotos sociales entre los afroamericanos, generalmente atribuidos a un desplome de los valores.

 En verdad se debían a la falta de trabajos manuales en las zonas urbanas. Si estaba en lo cierto, es de esperar que suceda algo parecido si otro grupo social —por ejemplo, los blancos de clase trabajadora— experimentaran una pérdida de oportunidades económicas comparable. Y así ha sido.

De modo que deberíamos rechazar el intento de alejar la conversación nacional del aumento de la desigualdad y centrarla en los defectos morales de los estadounidenses que se están quedando rezagados.

Los valores tradicionales no son tan esenciales como a los conservadores sociales les gustaría hacernos creer y, en cualquier caso, los cambios sociales que se están produciendo en la clase trabajadora de EE UU son en su mayoría la consecuencia, no la causa, del drástico alza de la desigualdad."         ('Dinero y moralidad', , El País, Negocios, 12/04/2012)

17/4/12

Es perfectamente posible citar causas materiales para cambios sociales. Igual que la cantidad cada vez mayor de comida rápida está volviendo más gordos a los estadounidenses

"David Brooks no está contento con el giro que ha dado la conversación sobre la clase trabajadora blanca de Estados Unidos; está en su derecho, aunque creo que está deformando mi postura.

Pero sí quiero señalar una cosa respecto a  la naturaleza de la explicación social.

 Brooks escribe en una columna titulada The Materialist Fallacy [La falacia materialista]: "Me da igual cuántos empleos en fábricas se hayan destruido, sigue sin tener sentido abandonar el bachillerato".

Es verdad. Pero supongamos que aplicamos la misma lógica a otro problema, por ejemplo, a la obesidad:

Me da igual el poco trabajo manual que los estadounidenses hagan hoy en día, o que la comida rápida se haya vuelto tan fácil de conseguir, sigue sin tener sentido no mantenerse en el peso ideal mediante dietas y ejercicio.

Esto también es verdad, pero poca gente lo hace (yo no, aunque en unos minutos me voy a subir a la cinta de correr).

La cuestión es que es perfectamente posible citar causas materiales para cambios sociales -la cantidad cada vez mayor de comida rápida que está volviendo más gordos a los estadounidenses– aun cuando unos individuos perfectamente racionales y con perfecto dominio de sí mismos no responderían de la misma forma en que verdaderamente lo haría la gente de verdad.

Nadie -ni el sociólogo William Julius Wilson, ni el economista Larry Mishel, ni un servidor- niega que los efectos nocivos de la disminución de oportunidades serían mucho menores si la gente hiciera siempre lo más conveniente para sus intereses a largo plazo.

Pero la gente no suele hacerlo, que es la razón por la que la pérdida de oportunidades económicas puede ser destructiva desde un punto de vista social y también económico.
Esto no es materialismo puro y duro;  es decir que la gente es humana."   (El País, El blog de Paul Krugman, 19/03/2012)

4/11/10

"Si has pasado hambre, valoras más lo material"

""Parece materialista, pero cuando se ha pasado hambre la mejora de la vida material es lo que más se estima", dice como disculpándose Fan Gang al valorar los grandes cambios operados por China en las tres últimas décadas. "Nunca, ni en sueños, pensé que podría avanzar tanto", afirma este influyente economista, de 57 años, director del Instituto Nacional de Investigación Económica, asesor del Gobierno chino y consultor del Banco Mundial, el FMI, la OCDE y de otras instituciones económicas mundiales.

Fan disfruta de los entrantes, especialmente del jamón ibérico, mientras comenta que le encantan los bares de tapas. "Pertenezco a la generación que lo ha vivido todo y por eso es la más feliz. Hemos sobrevivido al peor periodo de China; aquellos años fueron verdaderamente el fondo, no se podía caer más bajo", señala refiriéndose a la Gran Revolución Cultural (1966-1976)." (El País, 01/11/2010, última)