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22/1/24

La globalización neoliberal: una nueva fe religiosa... Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización... En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%. Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera... Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 (Diego Fusaro)

 "Según la sintaxis de Gramsci, existe una «ideología» cuando «una clase determinada logra presentar y hacer aceptar las condiciones de su existencia y de su desarrollo como clase como un principio universal, como una concepción del mundo, como una religión».

El clímax esbozado por Gramsci es totalmente pertinente si nos referimos a la ideología de la globalización como una naturaleza dada, irreversible y fisiológica (globalismus sive natura). En el contexto del Nuevo Orden Mundial posterior a 1989 y de lo que se ha definido como «el gran tablero de ajedrez», se presenta como un «principio universal», porque es aceptado indiscriminadamente en todas las partes del mundo (es lo que podríamos llamar la globalización del concepto de globalización) y, al mismo tiempo, también es asumido por los dominados, que deberían oponerse a él con la mayor firmeza. Se presenta como una verdad indiscutible y universalmente válida, a la espera de ser ratificada y aceptada en forma de adaequatio cognitiva y política.

La globalización aparece así como una «visión del mundo», es decir, como un sistema articulado y omnicomprensivo, porque se ha estructurado en forma de perspectiva unitaria y sistemática, centrada en la desnacionalización del cosmopolitismo y en la eliminación de todas las limitaciones materiales e inmateriales a la libre circulación de mercancías y personas mercantilizadas, al flujo de capital financiero líquido y a la extensión infinita de los intereses competitivos de las clases dominantes.

Por último, adopta la forma de una «religión», porque se experimenta cada vez más como una fe indiscutible, muy por encima de los principios de la discusión racional socrática: quien no acepte el nuevo orden globalizado sin reflexión y con referencias fideístas será inmediatamente condenado al ostracismo, silenciado y estigmatizado por la policía de la lengua y los gendarmes del pensamiento como hereje o infiel, amenazando peligrosamente la estabilidad de la catequesis globalista y sus principales artículos de fe (libre circulación, apertura total de toda realidad material e inmaterial, competitividad sin fronteras, etc.). ). La globalización coincide así con el nuevo monoteísmo idólatra del mercado mundial, propio de una época que ya no cree en Dios, pero tampoco en el capital.

En términos generales, la globalización no es otra cosa que la teoría que describe, refleja y, a su vez, prescribe y glorifica el Nuevo Orden Mundial de clase postwestfaliano, surgido y estabilizado después de 1989 y que (por utilizar la fórmula de Lasch) ha sido elevado ideológicamente al rango de paraíso único. Este es el mundo totalmente subordinado al capital y al imperialismo centrado en Estados Unidos de los mercados de capital privado liberalizados, con la exportación colateral de la democracia de libre mercado y el libre deseo, y de la antropología del homo cosmopoliticus.

El poder simbólico del concepto de globalización es tan omnipresente que literalmente imposibilita el acceso al discurso público a cualquiera que se atreva a cuestionarlo. En este sentido, se parece más a una religión con un credo obligatorio que a una teoría sujeta a la libre discusión y a la hermenéutica de la razón dialógica.

A través de categorías que se han convertido en piedras angulares del neolenguaje capitalista, cualquier intento de limitar la invasión del mercado y de desafiar el dominio absoluto de la economía globalizada y centrada en Estados Unidos es demonizado como «totalitarismo», «fascismo», «estalinismo» o incluso «rojopardismo», la síntesis diabólica de lo anterior. El fundamentalismo liberal y el totalitarismo globalista de libre mercado también demuestran su incapacidad para admitir, incluso ex hypothesi, la posibilidad teórica de otros modos de existencia y producción.

Cualquier idea de un posible control de la economía y de una posible regulación del mercado y de la sociedad abierta (con un despotismo financiero integrado) conduciría infaliblemente, según el título de un conocido estudio de Hayek, al «camino de la servidumbre». Hayek afirma eufemísticamente: «el socialismo es esclavitud».

Evidentemente, el teorema de von Hayek y sus acólitos no tiene en cuenta el hecho de que el totalitarismo no es sólo el resultado de la planificación política, sino que también puede ser la consecuencia de la acción competitiva privada de las reglas políticas. En la Europa actual, además, el peligro no se encuentra en el nacionalismo y el retorno de los totalitarismos tradicionales, sino en el liberalismo de mercado hayekiano y la violencia invisible del garrote sutil de la economía despolitizada.

Por lo tanto, es imperativo descolonizar el imaginario de las actuales concepciones hegemónicas de la globalización e intentar redefinir su contenido de forma alternativa. Esto requiere una nueva comprensión marxiana de las relaciones sociales como móviles y conflictivas, donde la mirada cargada ideológicamente sólo registra cosas inertes y saneadas, rígidas e inmutables.

En otras palabras, necesitamos deconstruir la imagen hegemónica de la globalización, mostrando que está basada en las clases y no es neutral.

Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización.

Amartya Sen, por ejemplo, celebra enfáticamente la globalización por su mayor eficiencia en la división internacional del trabajo, por la reducción de los costes de producción, por el aumento exponencial de la productividad y (en una medida mucho más cuestionable) por la reducción de la pobreza y la mejora general de las condiciones de vida y de trabajo.

En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%.

Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera. Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 con la intensificación de la explotación y la mercantilización, del clasismo y del imperialismo.

A esta duplicidad hermenéutica, que preside la duplicidad de clase en el muy fracturado contexto post-1989, se refiere el interminable debate que ha interesado y sigue interesando a los dos focos de esta contraposición frontal: por un lado, los apologistas de la globalización; por otro, los que se dedican a elaborar los cahiers de doléances del globalismo.

Los primeros (que, a grandes rasgos, pueden calificarse de mundialistas, pese a la caleidoscópica pluralidad de sus posiciones) ensalzan las virtudes de la mercantilización del mundo. En cambio, los segundos (que sólo coinciden en parte con aquellos a quienes el debate público ha bautizado como «soberanistas») subrayan las contradicciones y el carácter eminentemente regresivo del marco anterior centrado en las soberanías nacionales.

En resumen, y sin entrar en los entresijos de un debate prácticamente inabarcable por la cantidad de contenidos y la diversidad de enfoques, los panegiristas del globalismo insisten en la forma en que la mundialización extiende la revolución industrial, el progreso y las conquistas de Occidente a todo el mundo; o, dicho de otro modo, en la forma en que «universaliza» los logros de una humanidad entendida de algún modo como «superior» y, por tanto, con derecho a organizar el «expediente único» del desarrollo lineal de todos los pueblos del planeta.

Incluso los escritores más sobriamente escépticos sobre el valor axiológico de la globalización, como Stiglitz, parecen sufrir una atracción magnética y en última instancia injustificada por la labor de transformar el mundo en un mercado. Para Stiglitz y su optimismo reformista, este proceso, que al mismo tiempo «planetariza» la desigualdad y la miseria capitalista, no merece ser abandonado por los desarrollos y cambios que podría provocar."

(Diego Fusaro, Jaque al neoliberalismo, 30/12/23, fuente:  Euro Synergies)

17/7/23

Milanovic constata que la desigualdad mundial empezó a descender hace unas dos décadas... ¿Significa esto que el capitalismo está logrando reducir la desigualdad y que ahora existe una gran convergencia? No, porque la disminución se debe en realidad al crecimiento de los ingresos de un solo país: China... exceptuando a esta nación, la desigualdad ha aumentado en casi todas las grandes economías... Si se excluye a China de los datos, no hay convergencia global... Y lo que es más importante, las clases medias de todos los países ricos han descendido en la clasificación mundial (Michael Roberts)

 "Branco Milanovic, antiguo economista jefe del Banco Mundial, se ha convertido en el principal analista de la desigualdad mundial.  A partir de su libro Worlds Apart (Mundos aparte), publicado en 2005, ha documentado las tendencias de la desigualdad mundial de ingresos (no tanto de riqueza) desde la revolución industrial y desde que el capitalismo se convirtió en el modo de producción dominante en todo el mundo.  

En ese libro, calculó que la desigualdad global de ingresos (y riqueza) era de "20:80" (es decir, que el 80% de los 6.600 millones de habitantes del mundo de entonces podían clasificarse como pobres) y que la situación estaba empeorando, no mejorando, incluso si se tienen en cuenta los entonces florecientes BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

En aquel momento presentó los cambios en los ingresos reales de la población mundial en varios percentiles de la distribución de la renta y elaboró lo que pasó a llamarse el "gráfico del elefante", es decir, que las grandes mejoras en los niveles de ingresos se encontraban en el rango medio de ingresos, mientras que los muy pobres y los que se encontraban en los rangos superiores de ingresos (excepto los extremadamente ricos) en realidad perdían terreno.

Esto sugirió a muchos que la desigualdad global estaba disminuyendo porque los ingresos medios de todo el mundo habían aumentado.  Había una gran convergencia, no divergencia.

 Pero el gráfico del elefante ocultaba la realidad.  Este próspero grupo de renta media se debe casi por completo a China.  La economía china ha sacado a más de 900 millones de chinos de la pobreza extrema en sólo tres décadas y los ingresos medios se han disparado, sobre todo en las dos últimas décadas.  Si se excluye a China, el gráfico del elefante se derrumba.  Ni el resto de Asia ni India han logrado una mejora semejante de los ingresos medios. Hay muchas otras razones para ser escépticos sobre el gráfico del elefante y las conclusiones que se pueden extraer de él.

Pero ahora Milanovic ha actualizado sus estimaciones sobre la desigualdad mundial en un nuevo estudio. Algunos periodistas han titulado los resultados como "El mundo es el más igualitario que ha sido en más de un siglo". Suena muy bien - pero de nuevo, el diablo está en los detalles.

Hay dos factores en la desigualdad mundial: la desigualdad entre los ingresos nacionales per cápita y la desigualdad de ingresos de las personas dentro de las naciones.  En trabajos anteriores, Milanovic argumentó que la primera es más importante en la desigualdad global general de las personas que la segunda.  Es decir, que el lugar donde vives es más importante que tus ingresos en ese país en comparación con los de los más ricos de allí.

 En su último trabajo, Milanovic vuelve a estimar la desigualdad mundial entre 1820 y 1980, reevalúa los resultados hasta 2013 y presenta nuevas estimaciones de la desigualdad para 2018. Concluye que, históricamente, la desigualdad mundial ha seguido tres épocas: la primera, desde 1820 hasta 1950, caracterizada por el aumento de las diferencias de ingresos entre países y el incremento de las desigualdades dentro de los países; la segunda, desde 1950 hasta la última década del siglo XX, con una desigualdad mundial y entre países muy elevada; y la actual, de disminución de la desigualdad gracias al aumento de los ingresos asiáticos, especialmente chinos.

Según Milanovic, desde el advenimiento de la Revolución Industrial a principios del siglo XIX hasta aproximadamente mediados del siglo XX, la desigualdad mundial aumentó a medida que la riqueza se concentraba en los países industrializados occidentales. Alcanzó su punto álgido durante la Guerra Fría, cuando el planeta se dividía en "Primer Mundo", "Segundo Mundo" y "Tercer Mundo", tres niveles de desarrollo económico. Pero entonces, hace unos 20 años, la desigualdad mundial empezó a disminuir, en gran parte gracias al auge económico de China, que hasta hace poco era el país más poblado del mundo. La desigualdad mundial alcanzó su punto álgido en el índice de Gini de 69,4 en 1988. Bajó a 60,1 en 2018, un nivel que no se veía desde finales del siglo XIX.

 La primera era de la desigualdad mundial se extendió aproximadamente desde 1820 hasta 1950, un período caracterizado por el aumento constante de la desigualdad. En la época de la Revolución Industrial (aproximadamente 1820), la desigualdad mundial era más bien modesta. El PIB del país más rico (el Reino Unido) era cinco veces mayor que el del país más pobre (Nepal) en 1820. (La relación equivalente entre los PIB de los países más ricos y más pobres hoy en día es de más de 100 a 1).

El crecimiento de la desigualdad mundial durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX estuvo impulsado tanto por el aumento de las diferencias entre los distintos países (medidas por las diferencias en sus PIB per cápita) como por el aumento de las desigualdades dentro de los países (medidas por las diferencias en los ingresos de los ciudadanos de un determinado país). Las diferencias entre países reflejaban lo que los historiadores económicos han denominado la Gran Divergencia, la creciente disparidad entre, por un lado, los países industrializados de Europa Occidental, Norteamérica y, más tarde, Japón y, por otro, China, India, el subcontinente africano, Oriente Medio y América Latina, donde la renta per cápita se estancó o incluso disminuyó.  En efecto, se trataba de una medida cuantitativa de la dominación de un pequeño bloque de países imperialistas sobre el resto.

 Pero Milanovic constata que la desigualdad mundial empezó a descender hace unas dos décadas. Ha descendido de 70 puntos Gini en torno al año 2000 a 60 puntos Gini dos décadas después.Esta disminución de la desigualdad mundial, que se ha producido en el breve lapso de 20 años, es más precipitada que el aumento de la desigualdad mundial durante el siglo XIX.

¿Significa esto que el capitalismo está logrando reducir la desigualdad y que ahora existe una gran convergencia?  No, porque la disminución se debe en realidad al crecimiento de los ingresos de un solo país:China.Y al mismo tiempo que el rápido crecimiento de China reducía el índice global de desigualdad; dentro de las economías, la desigualdad ha aumentado en casi todas las grandes economías.

 Además, las rentas más altas del mundo siguen viviendo en el bloque imperialista. En 1988, 207 millones de personas formaban el cinco por ciento de los que más ganaban en el mundo; en 2018, esa cifra era de 330 millones, lo que refleja tanto el aumento de la población mundial como la ampliación de los datos disponibles.  Los estadounidenses constituyen la pluralidad de este grupo. Tanto en 1988 como en 2018, más del 40% de los ricos del mundo eran ciudadanos estadounidenses. Le siguen los ciudadanos británicos, japoneses y alemanes. En conjunto, los occidentales (incluido Japón) representan casi el 80% del grupo. Los chinos de las zonas urbanas no han entrado a formar parte de la población con poder adquisitivo mundial hasta hace poco. Pero su cuota sigue siendo pequeña, del 1,6% en 2008 al 5,0% en 2018.Si se excluye a China de los datos, no hay convergencia global.  Como China ha dejado vacantes muchos de los puestos en la parte inferior de la distribución, ahora los ocupan sobre todo los hogares indios más pobres, que ahora tienen un nivel de vida inferior al de sus homólogos chinos.

Y en el bloque imperialista, los grupos de ingresos más bajos han perdido terreno globalmente.  Las familias italianas más pobres estaban en el 30% superior de la distribución mundial de la renta en 1988, pero ahora apenas llegan a la mitad superior. Y lo que es más importante, las clases medias de todos los países ricos han descendido en la clasificación mundial.Se trata de una reorganización posicional de grandes proporciones; obsérvese el aumento de la posición de los perceptores de rentas más bajas en China de 1988 a 2018 y el descenso de la posición global de los deciles inferiores en Italia y Alemania, e incluso en Polonia, donde el 10% superior también subió significativamente.

El declive afectó también a EE.UU., donde alrededor del 30-40% de la distribución se sitúa ahora globalmente más abajo que en 1988. Por supuesto, los más ricos de EE.UU. siguen estando en la cima mundial.

Es probable que la desigualdad mundial no siga disminuyendo a partir de ahora.  Eso se debe a que el fenomenal crecimiento de China puede haber cerrado un poco la brecha de ingresos con los países imperialistas, pero todavía está muy por detrás.

 Y la diferencia de ingresos entre China y la mayoría de los demás países más pobres ha aumentado porque estos últimos apenas avanzan en la reducción de la diferencia con el bloque imperialista. Como dice Milanovic: "Una vez que sacamos a China del cuadro, el siguiente motor de la reducción de la desigualdad mundial es India, pero el crecimiento de India empezó a chisporrotear incluso antes de la crisis financiera mundial".

Además, el crecimiento demográfico más rápido del mundo se registra en África.  Así pues, para que la desigualdad mundial disminuya a base de reducir la brecha entre países ricos y pobres, África debe empezar a aumentar su renta per cápita a un ritmo del 6-7% anual.  África no tiene ninguna posibilidad de lograr ese crecimiento; al contrario, su participación en el PIB mundial es la misma que en 1980 y ha perdido terreno en la década de 2010.

En todo caso, es probable que se reanude la gran divergencia."               (

15/9/22

Fukuyama se defiende y defiende el liberalismo... pero el mundo liberal real era éste: unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos... "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China"... la época tiene un color muy distinto, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones... Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia

 "El éxito de la ideología que ha gobernado Occidente durante las últimas décadas, y por extensión el mundo, no es responsabilidad de Francis Fukuyama, aunque lo cierto es que su contribución fue relevante: el politólogo estadounidense ideó una tesis, la del fin de la historia, sobre la que se basó el sistema que ha dominado el panorama político y económico. Ese hecho no le convierte en culpable de todo lo que se hizo con sus tesis, pero Fukuyama sí es responsable de intentar mantenerla vigente, incluso cuando las señales del presente nos muestran su irrealidad.

Esa idea de que el mundo se iba a organizar alrededor de una serie de valores sostenidos por la hegemonía estadounidense, de que los principios liberales se extenderían universalmente y que ese entramado de instituciones internacionales, relaciones comerciales y resolución jurídica de conflictos terminaría con los grandes enfrentamientos nacionales retrata escasamente nuestra realidad. Los efectos de esa idea han sido, además, particularmente perjudiciales: la confianza alemana y europea en que ese tejido institucional iba a perdurar durante mucho tiempo ha conseguido que Europa haya externalizado todo lo que le es necesario para competir en el nuevo mundo y que sea especialmente dependiente del exterior, y no solo en la energía. La debilidad europea actual proviene de esa convicción ilusa, que estuvo mucho tiempo operativa.

Fukuyama, del mismo modo que antes fue comúnmente alabado, se ha convertido ahora, en los malos momentos, en el politólogo más criticado del mundo. Ya sea para defenderse de los reproches o por convicción, acaba de publicar 'El liberalismo y sus desencantados' (Ed. Deusto) una obra con la que intenta rescatar los restos del naufragio para mantener viva su visión.

Uno de sus argumentos suena curioso, y no porque le falte razón, sino porque es aplicable prácticamente a todo. Es posible que las disfunciones que el liberalismo global ha creado no sean intrínsecas al liberalismo y que deberíamos separar la idea de su aplicación. Sin embargo, si se utiliza este razonamiento, tiene que aceptarse que se prolongue respecto de todo tipo de ideologías: el comunismo era bueno y que su puesta en práctica contuviera muchos errores no invalida la pertinencia de sus ideas; y así sucesivamente.

En segunda instancia, Fukuyama hace algo muy común entre quienes están acostumbrados a ser tenidos en cuenta. Incorpora a su discurso, ya que los entiende pertinentes, aspectos como la identidad, los valores socialdemócratas o la mayor participación del Estado en la economía; sin embargo, esos mismos elementos eran el objeto de sus críticas, aquello que combatió. Podría suponer una rectificación, el reconocimiento de un error y, si así fuera, resultaría positivo. Pero no hay nada de eso en el texto, que se despliega como si sus críticas no hubieran sido emitidas y como si las disfunciones hubieran sido causadas por fuerzas exteriores y ajenas, y no por sus propias ideas.

 Actúa de la misma manera que esa gente que alababa a Merkel y al modelo alemán y ahora los censura amargamente, como si ellos no hubieran formado parte del coro. Esa capacidad de estar siempre en el lado correcto de la historia resulta extraña, pero así parecen funcionar las cosas: quienes advirtieron de los problemas fueron excluidos, y ahí siguen, y quienes los ignoraron o fomentaron continúan en los lugares más prestigiosos. La habilidad para que tus errores no te manchen y que tus aciertos brillen es típica de los buscavidas de nuestro tiempo, y hay muchos.

El texto incurre también en algún argumento retorcido, como cuando, para alabar la vivacidad, la creatividad y la innovación que producen las sociedades liberales recurre a la Atenas de Pericles. Aquella Atenas era democrática, pero distaba mucho de ser liberal en el sentido que Fukuyama estableció en su teoría. De hecho, era sustancialmente distinta: fue producto de una presencia de las instituciones públicas incomparablemente mayor de la que el pensador estadounidense promovía; contaba con un liderazgo (resultado de la lucha contra la oligarquía) al que hoy se tilda frecuentemente de populista; y suponía un ejemplo de equilibrio económico entre los ciudadanos mucho más acentuado de lo que Fukuyama jamás propuso. La cita a Pericles no es significativa, pero sí simbólica: si tienes que atribuirte logros de otros sistemas para justificar tus posiciones, es que no son demasiado sólidas.

La idea de Fukuyama con el nuevo texto es noble: defender el liberalismo y sus instituciones en tiempos en lo que la cohesión social está rompiéndose y la polarización se desata. Es un propósito difícil de rebatir, pero sus propuestas no suenan especialmente pragmáticas. Y no lo son porque pone el acento en la derecha nacionalista populista y en la izquierda progresista obsesionada con las diferencias culturales como los grandes problemas del liberalismo. Con ese diagnóstico, la solución aparece de forma evidente: hay que combatir a los enemigos y todo aparece limpio de nuevo.

 Esto es hacerse trampas: señala como grandes obstáculos a fenómenos políticos que han crecido precisamente a causa de las fallas profundas del liberalismo que gente como él promovía; los defectos de su sistema han producido el tipo de clima social que favorece las posiciones iliberales. De manera que insistir en las mismas fórmulas que han causado los problemas y proponerlas como solución, además de añadir moderación y templanza, como propone, simplemente conseguirá que el liberalismo ahonde en su decadencia.

Si bien los propósitos de Fukuyama pueden ser ampliamente compartidos, su perspectiva es extemporánea. Ya no estamos en el momento del fin de la historia, sino en otro muy diferente. Según aseguraba a sus clientes Zoltan Pozsar, analista de Credit Suisse, "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China". En esencia, este era el mundo liberal real, unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos. El enredo geopolítico tiene también que ver con esto.

Ahora, como subraya Rana Foroohar en un artículo de 'Financial Times', en el que recoge el diagnóstico de Pozsar, la época tiene un color muy distinto: "Estamos en guerra, guerra significa industria y una industria en crecimiento significa inflación". Y esto, señala Foroohar, implica un modelo completamente distinto de aquel en el que hemos vivido en las últimas décadas, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones. Algunas de ellas se han puesto ya en marcha, llegarán otras, pero es complicado comprender cómo se puede afrontar este nuevo momento regresando a las prácticas que dominaron las décadas anteriores. Se quiere combatir los problemas actuales con soluciones que ya no responden a las necesidades del momento político, ni al geopolítico ni a las prioridades económicas. Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia. "         (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/09/22)

13/6/22

El hombre que ha arruinado el futuro de EEUU... con la llegada de Welch General Electric, el foco de la innovación no se puso tanto en los productos como en la generación de dividendos... fue uno de los impulsores de los despidos, de las deslocalizaciones, de las externalizaciones, de las adquisiciones de otras compañías, de las subidas en bolsa, de las recompras de acciones y de la desindustrialización. El resultado fue muy satisfactorio para el prestigio y la remuneración del directivo... dado que hemos vivido una etapa sistémica en la que las expectativas han tenido mucho más que poder que las realidades, a la empresa le fue bien: la acción estaba sólida, los números cuadraban y él conservó durante la década de los 90 todo su prestigio... el impulso efervescente a corto plazo fue nefasto a medio y largo. GE dejó de ser un gigante, y fue reduciendo su presencia y su tamaño, hasta terminar siendo dividida en tres firmas más pequeñas... dejó un reguero de directivos, algunos de los cuales habían trabajado para él, que copiaron sus fórmulas, con consecuencias muy negativas para el tejido industrial estadounidense, pero muy positivas para ellos... esa política de 'coge el dinero y corre' es responsable de buena parte de las tensiones geopolíticas actuales y del desafío chino a la hegemonía estadounidense

 "Es una historia que nos debería advertir de los riesgos en los que están inmersas nuestras sociedades, que tendría que funcionar como señal de alarma en tiempos de enfrentamiento geopolítico y de la que se deberían extraer lecciones morales. La narra el periodista del 'New York Times' David Gelles en un reciente libro, 'The Man who Broke Capitalism', en el que recorre el mandato de Jack Welch al frente de General Electric (GE), así como la herencia que dejó, tanto en el seno de la compañía como fuera de ella. Welch fue uno de los grandes innovadores en la gestión, y se convirtió en una referencia evidente de hacia dónde debía ir el capitalismo. Sus 20 años liderando GE, de 1981 a 2001, fueron enormemente influyentes, por los cambios que supusieron, por el éxito que obtuvo y por lo mucho que transformó el libro de estilo del gestor.

La innovación de Welch

GE, antes de la llegada de Welch, era una compañía muy importante en los EEUU, no solo por su cuenta de resultados, sino por la influencia que tenían sus productos en la vida cotidiana. Como narra Gelles, las centrales eléctricas, las bombillas, las máquinas de rayos X, la tostadora, los lavavajillas, y tantos otros productos eran fabricados y mejorados por GE. La firma tuvo influencia en otros ámbitos, llegando a participar en las misiones Apolo. Era una de las grandes firmas norteamericanas, hasta el punto de que se hizo popular el dicho "según le va a GE, le va a EEUU".

 Con la llegada de Welch, el foco de la innovación no se puso tanto en los productos como en la generación de dividendos: las ideas brillantes pasaron de lo físico y lo cotidiano hacia los juegos para aumentar los márgenes. Welch fue uno de los impulsores de los despidos, de las deslocalizaciones, de las externalizaciones, de las adquisiciones de otras compañías, de las subidas en bolsa, de las recompras de acciones y de la desindustrialización. El resultado fue muy satisfactorio para el prestigio y la remuneración del directivo, así como para los accionistas de la empresa, algunos de los cuales eran trabajadores de la misma.

 O, al menos, así fue durante un tiempo, porque el impulso efervescente a corto plazo fue nefasto a medio y largo. GE dejó de ser un gigante, y fue reduciendo su presencia y su tamaño, hasta terminar siendo dividida en tres firmas más pequeñas.

Un reguero de directivos

Las consecuencias de la gestión de Welch tardaron tiempo en producirse, porque si bien la compañía real estaba cada vez más débil (ya que no se estaba dedicando a fabricar, mejorar e inventar productos), la compañía ficticia estaba cada vez más fuerte, puesto que utilizaba nuevas fórmulas para sacar más partido al capital. Y dado que hemos vivido una etapa sistémica en la que las expectativas han tenido mucho más que poder que las realidades, a la empresa le fue bien: la acción estaba sólida, los números cuadraban y su CEO conservó durante la década de los 90 todo su prestigio.

 Como todos los esquemas que funcionan al estilo Ponzi, hay un periodo de auge que se prolonga en la medida en que la sensación de éxito empuja al alza, pero en cuanto se percibe la desnudez, la debacle es inevitable. Eso no significa que no hubiera quienes se hicieran ricos, empezando por Welch y sus directivos, y algunos trabajadores de GE, a los que les fue bien por el camino, pero no en tanto trabajadores, sino en cuanto accionistas. En esa clase de modelos de negocio te va bien si te retiras del juego antes de que la realidad comience a asomar. Desde luego, Welch fue un buen jugador: él creó las condiciones, las consecuencias las pagaron otros. Por el camino dejó un reguero de directivos, algunos de los cuales habían trabajado para él, que copiaron sus fórmulas, con consecuencias muy negativas para el tejido industrial estadounidense, pero muy positivas para ellos.

Aparece la realidad

Los efectos, sin embargo, fueron más allá del mal momento de una serie de compañías. En realidad, Jack no fue más que uno de los impulsores, quizá el que contó con mayor brillo mediático, de una nueva forma de gestión de la economía occidental que, como le pasó a GE, fue muy exitosa hasta que sus debilidades se dejaron de sentir de golpe. La crisis financiera de 2008 fue exactamente esto. 

 No hay que olvidar lo que supuso este tipo de gestión para la economía cotidiana. El número de trabajos en buenas condiciones se redujo, la industria local se contrajo, las pequeñas y medianas empresas tuvieron que ajustar mucho sus márgenes para sobrevivir. El resultado fue que clases medias y las trabajadoras se empobrecieron, fruto del deterioro sistemático de los ingresos provenientes del trabajo. Pareció no importar demasiado en la medida en que el crédito fácil fue supliendo la falta de recursos, hasta que llegó la crisis de 2008. Si EEUU era un país fragmentado entonces, en la última década las divisiones del país, en lo político, en lo territorial, en lo económico y en lo cultural se hicieron mucho más profundas.

Europa siguió un camino similar, tanto en la debilidad interna como en los efectos en sus clases medias y trabajadoras, y en la transformación política. La recesión de 2008 provocó que las grietas sistémicas apareciesen, y el covid y la crisis derivada de la guerra de Ucrania, con sus cambios geopolíticos, nos sumen en una situación muy complicada.

La relación especial con China

El paso del tiempo permite hacer balance respecto de la arquitectura económica que Welch y la gente como él pusieron en marcha, y no es precisamente positivo. En primera instancia, las recetas de Welch solo podían funcionar si las deslocalizaciones encontraban un lugar para relocalizarse: en alguna parte había que producir. China fue el lugar elegido, y se creó una relación especial. Mientras las empresas como GE y, por tanto, los accionistas de Wall Street, dependían de China para aumentar su margen de beneficios, Pekín fue creciendo gracias a todo lo que le aportamos (recursos, 'know how', tecnología, capital e influencia) y a una intención estratégica a la que no se prestó atención. Por decirlo de otro modo, esa actitud de 'coge el dinero y corre' es responsable de buena parte de las tensiones geopolíticas actuales y del desafío chino a la hegemonía estadounidense.

 Al mismo tiempo, la economía de la mayoría de la gente, de las clases medias y trabajadoras occidentales, se vio empobrecida, porque los trabajos bien pagados menguaron, se impulsó una economía de contenedor con salarios bajos, las pequeñas y medianas empresas lo tuvieron mucho más difícil y los costes de los bienes necesarios para la subsistencia aumentaron. Todo esto derivó en lógicas tensiones políticas. El descontento generalizado y la ausencia de futuro generaron un malestar intenso que ha sido canalizado de diferentes maneras.

Buena parte de las materias prima y de los bienes que necesita Occidente están en manos de terceros países, no siempre amistosos

En tercer lugar, el covid-19 hizo patente que EEUU, como el resto de Occidente, carecía de muchos de los bienes de primera necesidad que hacían falta en una situación grave. Cuando eran precisos, estaban lejos, eran escasos y caros. Aquella convicción en el 'just in time' y en los precios baratos que traía la globalización desapareció de golpe. Se explicó como un desajuste causado por un acontecimiento excepcional, como era la pandemia, pero después llegaron los aumentos de los precios de combustible y la escasez de productos, ya que la salida de la crisis del covid habían disparado la demanda, y más tarde estalló la guerra de Ucrania. La ficción eufórica de la globalización es difícil de mantener cuando la inflación es elevada y se anuncian tiempos difíciles, y todo ello tiene mucho que ver con esa dependencia exterior de Occidente, ya que buena parte de las materias y de los bienes que necesita diariamente están en manos de terceros países, no siempre amistosos.

Nuestros monstruos

En ese escenario, no solo tenemos problemas externos, y la guerra de Ucrania lo ha subrayado, sino que fabricamos nuestros propios palos para las ruedas. Y provienen del mismo lugar que alentó a los Welch de este mundo. Muchas de nuestras dificultades presentes parten de esta teórica orientación hacia el accionista que no consistía más que en una forma de parasitismo que consumía las compañías productivas en las que se implantaba, así como el tejido social y económico dependiente de ellas. Una vez que una empresa se agotaba, se saltaba a la siguiente, y el ciclo seguía. Y cuando no era posible, y los riesgos se convertían en sistémicos, se recurría a los Bancos Centrales. 

En los últimos años, tanto el BCE como la Reserva Federal han respaldado a los mercados financieros, tras la crisis de 2008 y con la del covid, reduciendo las tasas de interés a mínimos históricos y gastando cantidades ingentes de dinero en bonos del Tesoro, bonos hipotecarios y bonos de empresas cotizadas (lo que infló aún más el mercado, no hay más que ver los resultados de las firmas que cotizan en bolsa tras la pandemia). Ahora llega el momento del ajuste, y es cuando grandes empresas financieras están atacando a los Estados occidentales que las ayudaron: la apuesta de Bridgewater contra los bonos corporativos de EE. UU. y Europa por temor a la desaceleración es un buen ejemplo.

Tras la época de celebración y de efervescencia, aparece la realidad, como le pasó a la General Electric de Welch, solo que ahora está ocurriendo en el plano sistémico. Occidente se enfrenta no solo a enemigos exteriores, sino a serias tensiones interiores en lo político, a una situación difícil en lo económico, a una ausencia de músculo industrial propio, a la escasez de energía (salvo en EEUU), y a una pobreza de pensamiento preocupante. Pero eso importa menos que el hecho de que no hemos terminado de aprender la lección y se persiste en las mismas ideas y en los mismos términos. Y así seguiremos hasta que la historia nos despierte de golpe."                (Esteban Hernández ,El Confidencial,  12/06/22)

15/12/21

Las nuevas derechas son parte también de una decepción con la globalización tal y como la conocemos... Recuperan formas mucho menos cosmopolitas, vemos una derechas más antisistema, que capturan mucho más el inconformismo que el optimismo sobre el futuro Estas derechas parten de la idea de que la izquierda gobierna en los resortes del poder mundial, puede ser mediante Soros, el marxismo cultural, etc. Nos remiten la idea de que ellos combaten desde abajo los poderes de las élites. Y eso define mucho este tipo de derechas, que pueden ir desde Vox, a Bolsonaro o Trump.

 "¿La rebeldía se volvió de derechas? Este es el llamativo título del libro (Clave Intelectual, 2021) publicado recientemente en nuestro país por Pablo Stefanoni. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (Argentina), ejerce también como periodista siendo jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y es colaborador en diferentes medios como Le Monde Diplomatique y Ctxt. 

En su libro desgrana algunos aspectos sobre cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común y por qué la izquierda está perdiendo la iniciativa, especialmente en la llamada "batalla cultural". En esta entrevista con Público profundiza en algunas de las cuestiones tratadas en la publicación. 

Autores como Steven Forti denominan a la nueva derecha como "extrema derecha 2.0". Muchos otros coinciden en señalar que el fenómeno vivido actualmente es completamente nuevo. ¿Cómo acotaría la definición de esta ultraderecha tan presente en la actualidad?

Coincido en que hay un fenómeno nuevo. Y definir lo nuevo puede ser un poco tramposo, porque alguien puede decir que hay elementos de continuidad con cosas previas. Nada es totalmente nuevo, eso es una obviedad en política. Pero sí creo que es nuevo, o que es una derecha sobre la que vale la pena indagar respecto a las derechas liberales y conservadoras que conocíamos. 

Creo que hay un quiebro sobre todo en la visión optimista de las derechas liberal-conservadoras, que después de la victoria en la Guerra Fría se potenciaron con la idea de combinar democracia liberal y economía de mercado. Había una visión optimista en eso. Casi en sentido teológico de que el viento de la historia conducía hacia un lugar donde el liberalismo económico y político iban a converger, y el futuro iba a ser mejor que el pasado. Me parece que las nuevas derechas son parte también de una decepción con la globalización tal y como la conocemos. 

Recuperan formas mucho menos cosmopolitas, aunque la visión de las antiguas derechas pudieran ser imperialistas, había una lectura cosmopolita en la idea de concebir la democracia. Eso se quebró y vemos una derechas más antisistema, que capturan mucho más el inconformismo que el optimismo sobre el futuro. 

El título del libro es de por sí provocador. Lanza una pregunta llamativa. ¿La rebeldía se ha vuelto de derechas?

Un título es una especie de pacto entre el contenido del libro o los intereses editoriales. El título intenta capturar algo del libro y generar una expectativa. Me parece que la pregunta es fiel al contenido. Más que un libro sobre extremas derechas, es sobre el vínculo del progresismo y sus dificultades para seguir capturando el inconformismo social. En ese sentido, la rebeldía, más que a ganar elecciones y demás, va hacia una actitud y una batalla cultural. Las derechas están dando esa batalla. 

El progresismo sigue ganando elecciones pero el punto para mí no es ese. Es centrar el foco en la batalla cultural que están dando esas derechas y apuntan al sentido común, algo que era muy familiar al progresismo. Las derechas piensan que están dando una batalla frente a la dictadura progresista, se escucha mucho lo de la incorreción política frente a una corrección que sería casi orwelliana. 

Eso de "la derecha sin complejos"...

Sí, sin complejos frente a un progresismo que domina el mundo. Hace poco, en la última Convención Nacional Conservadora, Marcos Rubio (senador republicano de EEUU) decía que las grandes empresas ya no eran aliadas de los conservadores y la derecha porque los grandes empresarios también se volvieron progresistas. Y que casi no había dentro gente de derechas. 

Eso, desde la izquierda se puede considera como que es una estupidez. Pero articula mucho la visión del mundo de las derechas. Se puso mucho de moda en este sentido el término woke, que habla del racismo estructural y el machismo y que las empresas se unieron a ello. Esa idea es muy común en las nuevas derechas.

 Las derechas conservadoras de los años 80 y 90 consideraban que ellos habían ganado la Guerra Fría y dominaban el mundo. Estas derechas parten de la idea de que la izquierda gobierna en los resortes del poder mundial, puede ser mediante Soros, el marxismo cultural, etc. Nos remiten la idea de que ellos combaten desde abajo los poderes de las élites. Y eso define mucho este tipo de derechas, que pueden ir desde Vox, a Bolsonaro o Trump.

En el libro apunta una idea, relacionada con esto, de que el progresismo se ha conformado con defender el 'statu quo', el sistema. Y que eso es una paradoja

Tiene que ver con la crisis de la idea de futuro para la izquierda y para el mundo. La izquierda necesitaba ideas de futuro para funcionar. Esa frase de Marx de que la revolución saca la poesía del futuro y no del pasado. La utopía de la izquierda siempre se proyectaba al futuro. Mientras que ciertas derechas sacaban las utopías del pasado. En parte, crecientemente el progresismo está pensando en épocas doradas, solo que en vez de volver al Imperio Español, volver al Estado de Bienestar de hace unos años. 

 Me parece que uno de los problemas más grandes y difíciles del progresismo es que el futuro cada vez rima más don distopía que con utopía. Si el futuro va a ser peor, eso tiende a una posición conservadora para defender lo que hay porque lo que va a venir es el despotismo de los algoritmos, la uberización del mundo o la precariedad. Es una dificultad que no es fácil de resolver para la izquierda. 

Habla también en el libro de la relación entre las nuevas derechas y las más tradicionales. ¿Hay también una pugna importante entre ellas?

"El rechazo al sistema político es un combustible para esta nueva derecha, algo que en otro momento quizás podía capturar mejor la izquierda"

Hay una crisis de la socialdemocracia, en cuanto a su rumbo e identidad y proyecto. Y en la centro derecha y derecha tradicional también tiene esa crisis. Porque también mantienen cierto optimismo en cuanto a la globalización. Hay una pugna con derechas que van surgiendo. Lo que pasó con Vox y el PP también pasa en otros lugares. Kast, en Chile, también salió de la derecha tradicional chilena y hoy se la ha comido. En Argentina no pasa eso de manera tan fuerte. 

Pero en el espacio que se articula en torno a Mauricio Macri, aunque las fuerzas situadas a su derecha son pequeñas, generan tensiones. De hecho hay una parte del PRO que representa el propio Macri que han salido a apoyar a Kast. Hay como un duelo interno entre halcones y palomas. Es la misma tensión. Algo parecido a lo que pasa con el PP aquí, derechizarse en parte para decantar ese nuevo clima. Y es una tendencia, aunque en cada país depende de las correlaciones de fuerzas.

El centro derecha pasa por dificultades para atraer el entusiasmo y es parte de la crisis de la política tradicional. La idea de la casta circula por muchos países. En Argentina la han usado como discurso, explícitamente su estratega dijo que lo había tomado de Podemos. En Chile, el candidato Franco Parisi también lo usó. El rechazo al sistema político es un combustible para esta nueva derecha, algo que en otro momento quizás podía capturar mejor la izquierda.

Ya que ha salido el asunto de Argentina, y como conocedor de su realidad, ¿quién es Javier Milei? Hemos visto una conexión en su discurso "libertario" con Isabel Díaz Ayuso y otras fuerzas similares

Díaz Ayuso y Vox son casi indistinguibles para el antiprogresismo fuera de España. Mucha gente ni siquiera distingue bien que son de partidos distintos. Porque ponen vídeos de Youtube donde se ataca al comunismo e incluso creo que no distinguen a Ayuso de Rocío Monasterio en términos de partido. Las ven como gente de derechas "sin complejos". Milei es un economista que siempre se dedicó a ello. 

Se definía como anarcocapitalistas. Cuando él saltó a la política, hace poco, tuvo que empezar a hablar de otras cosas. Él compró de manera poco dirigida todo el discurso de la alt-right. Se definió como simpatizante de Trump y participa en actos con Vox. Es un caso particular, un personaje distinto a los liberales clásicos, que eran mucho más elitistas y formales. Milei es un showman, expresa un tipo de derechas sin complejos, dice que Keynes era un hijo de puta, que el keynesianismo solo sirve para políticos ladrones, que la justicia social es una mierda, etc.

 En otros países no llegó la derecha por el lado de los libertarios de derechas o paleolibertarios. Pero él conecta con un clima global, con el antiprogresismo. Todas estas derechas están unidas bajo ese paraguas antiprogresista. Y la idea de la libertad como bandera política. Con la pandemia, ese libertarismo anti Estado se potenció en muchos lugares. Ayuso hizo campaña por la libertad contra el comunismo. Las derechas capturaron eso con la pandemia y cualquier acto de regulación lo ven como totalitario, sumado al uso reciente de la vuelta al discurso anti comunista, que parece efectivo y Milei también usa. 

Hay dos asuntos concretos que trata en profundidad en el libro. Uno de ellos es el "homonacionalismo". Esa reivindicación que hacen algunas de estas nuevas derechas de la homosexualidad

En Francia es mucho más claro que aquí. Porque hay figuras de extrema derecha homosexuales más fuertes. Y en Holanda u otros países del norte. Hay un punto que es la laicidad frente al Islam que usan algunas extremas derechas. Marine Le Pen o la extrema derecha holandesa es un ejemplo. Ahí hay una clara diferencia con Vox, que aparece como una derecha conservadora más parecida a la de Polonia o Hungría, tradicionalista. 

La cuestión del Islam facilita a la extrema derecha presentarse como defensora real de los derechos de los homosexuales porque, según su discurso, la izquierda abre fronteras y eso islamiza sociedades. Ese es su argumento. Ojo porque Vox lo empieza a usar. Hay algún tuit de Hermann Tertsch diciendo que en Hungría los gays están más seguros que en Alemania o Francia. Ese es el discurso, que ellos van a proteger más a los homosexuales que los progresistas y que en Hungría, como cierra fronteras, van a estar más seguros que en Madrid.

El otro asunto es el acercamiento de la extrema derecha al ecologismo. ¿Qué supone?

Muchas veces el ecologismo progresista piensa que la lucha contra el cambio climático debe ser solidaria y global porque todos estamos en la nave tierra. Me interesaba presentar otra idea, que es lo que algunos llaman la filosofía del bote salvavidas. El que está en el bote tiene que tratar de evitar que otros suban porque sino se va a hundir. Empieza a haber discursos en algunos países que articulan la defensa del medio ambiente con posiciones reaccionarias, como por ejemplo antiinmigración. 

 Hay una frase, que se reprodujo en las redes, que decía: "salvar árboles, no refugiados". Una idea que articula la lucha por el planeta diciendo que los que defienden la tierra son los del propio lugar, los originarios de cada sitio. Y no los inmigrantes. Es una cuestión anti globalista y reaccionaria de defensa de lo local. Hay que estar preparado para esas discusiones porque van a venir en algún momento y ya se están dando en algunos lugares. 

Usted, como periodista, ¿qué piensa sobre el papel de los medios de comunicación en el surgimiento de estos fenómenos de la nueva derecha? ¿qué se puede hacer para contrarrestarlos?

Es un debate difícil. Hay que tratar de entender más lo que hay detrás de estas derechas. Muchas veces creo que el discurso progresista está desenfocado y los acusa de cosas que aparentemente no son. Y puede ser contraproducente. De hecho, el discurso antifascista lo está siendo, no termina de funcionar muchas veces. Y les da cierto aire de victimización. Hay que ver sus debilidades y posicionamientos. 

Por otro lado, desde el progresismo se cree a veces que ellos son los que les dan voz a la gente. Y las nuevas derechas crecen sin depender de los medios grandes, con sus propios mecanismos. De todos modos, los medios grandes tienen un papel. Zemmour en Francia es un producto clásicos de los medios, igual que Milei. 

Los medios sí tienen una responsabilidad. Es difícil decir que hay que quitarles el micrófono pero sí hay que pensar cómo fortalecer la cultura democrática, potenciar la conversación pública. Muchas veces, como se depende tanto de los clicks, se usan a estas figuras para obtener visitas. Hay que mirar bien eso. Los medios deberían tener un papel en evitar que ciertas posiciones reaccionarias se asienten. Pero no tengo como la gran respuesta a este tema. "      (Entrevista a Pablo Stefanoni, Miguel Muñoz, Público,  05/12/21)

26/10/21

El mundo está asistiendo al prolongado, conflictivo y agónico cierre de la globalización neoliberal. Estamos en un proceso emergente de desglobalización económica... en una articulación imprevista de cuatro crisis que se retroalimentan: una crisis médica, una crisis económica, una crisis ambiental, y una crisis política. Una coyuntura de enorme perplejidad y angustia... El horizonte predictivo se ha roto, se ha desintegrado. Nadie sabe lo que va a suceder... hasta el FMI dice que “hay que prorrogar los vencimientos de la deuda pública”. Es decir, está proponiendo que los países no paguen su deuda pública, que prorroguen y que establezcan mecanismos de repagos para los siguientes años... Algo está cambiando. Se acabó el recetario de austeridad fiscal... la hegemonía neoliberal conservadora implementada en los últimos 40 años ha perdido su capacidad de regeneración, de impulso irradiador y de articulación de esperanzas. El neoliberalismo se mantiene por la inercia, por la fuerza de la herencia pasada... ha perdido el optimismo histórico... Además, por primera vez, la democracia comienza a presentarse como un estorbo para las perspectivas neoliberales... mientras se produce revitalización de los Estados como sujeto protagónico... y aparece los gigantescos retos para las fuerzas progresistas y de izquierda del planeta para enfrentar la gravedad de este horizonte... con seis temas con que asumir la batalla por el sentido común

 "Vivimos la articulación imprevista de cuatro crisis que se retroalimentan mutuamente: una crisis médica, una crisis económica, una crisis ambiental, y una crisis política. Una coyuntura de enorme perplejidad y angustia. Pareciera que la sociedad y el mundo hubieran perdido el rumbo, una dirección hacia dónde ir, su destino. Nadie sabe lo que va a pasar en el corto y mediano plazo, ni puede garantizar si habrá un nuevo rebrote o si surgirá un nuevo virus, si la crisis económica se intensificará, si saldremos de ella, si tendremos trabajo o ahorros. Esto da lugar a una parálisis del horizonte predictivo, no solamente en los filósofos, que es algo normal, sino en la gente común, en los ciudadanos y ciudadanas, en las personas que van al mercado, en los trabajadores, obreros, campesinos, en los pequeños comerciantes. El horizonte predictivo es la capacidad imaginada de proponernos cosas a mediano plazo, cosas que muchas veces no suceden, pero guían nuestra acción y nuestro comportamiento. El horizonte predictivo se ha roto, se ha desintegrado. Nadie sabe lo que va a suceder.

La suspensión del tiempo

Es en este sentido que propongo la categoría de un “tiempo suspendido”. A pesar de que suceden cosas, a pesar de que brotan conflictos, problemas, novedades, cada día estamos viviendo una suspensión del tiempo. Hay un movimiento del tiempo cuando hay un horizonte, cuando podemos al menos imaginar hacia dónde vamos, hacia dónde nos dirigimos. Se trata de una experiencia muy desgarradora, una experiencia nueva que estamos viviendo, en el sentido de que no existe una dirección hacia dónde ir, lo cual es angustiante.

La suspensión del tiempo arrastra un conjunto de síntomas y consecuencias. La primera de ellas es lo que podríamos denominar “un ocaso de época”. El mundo está asistiendo al prolongado, conflictivo y agónico cierre de la globalización neoliberal. Estamos en un proceso emergente de desglobalización económica que se ha ido acentuando, pero que comenzó hace cinco o diez años atrás con idas y vueltas. La primera oleada de globalización se dio en el siglo XIX, hasta principios del XX, y la segunda a finales del siglo XX, entre 1980 y el 2010. Esta segunda oleada de globalización ha entrado en un proceso de una deshilachamiento parcial, en un proceso de desglobalización económica parcial. Hay cuatro datos que permiten afirmar esta hipótesis:

Primero, el comercio mundial tenía una tasa de crecimiento, entre 1990 y 2012, de dos a tres veces por encima de la tasa del crecimiento del PIB global. Desde el 2013 hasta el 2020 es menor o, en el mejor de los casos, igual a la tasa del crecimiento del PIB. El comercio, que es la bandera de los mercados globalizados, se ha reducido, según informes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE.

El segundo dato es que los flujos transfronterizos de capital, que entre 1989 y 2007 habían crecido del 5% al 20% respecto al PIB mundial, pasaron a tener una tasa menor al 5% entre 2009 y la actualidad.

El tercer dato es la salida de Inglaterra de la Unión Europea, el Brexit, que ha establecido un límite a la expansión, al menos por el lado de Occidente, de esta articulación de mercado, economía y política europea. Por su parte, Estados Unidos inicia con el gobierno de Trump un proceso gradual de repatriación de capitales bajo el lema “América Primero”. En su gobierno, Trump desplegó una guerra comercial contra China, pero también contra Canadá y luego contra Europa. Destapó viejos fantasmas de seguridad nacional para intentar impedir que China tome el liderazgo mundial y controle la red 5G. Además, el COVID-19 ha acelerado los procesos de reagrupación de las cadenas de valor esenciales, para que no se repitan procesos que se dieron en Europa cuando, entre países supuestamente pertenecientes a la misma unión comercial, se peleaban en la frontera por los respiradores e insumos médicos. Este control les permite no depender de insumos de China, Singapur, México o Argentina, o del país que fuera. Entonces, tenemos un escenario paradójico con China y Alemania aliadas por el libre comercio y Estados Unidos e Inglaterra aliados en una mirada proteccionista de la economía y del mundo. En los años 80, estos dos últimos países encabezaron la oleada globalizadora con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y ahora son sus líderes los que encabezan una mirada proteccionista y los comunistas, a la cabeza de China, los que convocan a todo el mundo a abrir fronteras y a no impedir que la globalización se detenga.

Un último dato de esta desglobalización parcial que estamos viviendo es el documento que acaba de publicar el Fondo Monetario Internacional. Hay un monitor fiscal y un reporte de la economía mundial que presenta un conjunto de recomendaciones sorprendentes, paradójicas, e incluso chistosas viniendo del FMI: “hay que prorrogar los vencimientos de la deuda pública”. Es decir, están proponiendo que los países no paguen su deuda pública, que prorroguen y que establezcan mecanismos de repagos para los siguientes años. No se olviden que el FMI junto con Merkel y el Deutsche Bank fueron los que se impusieron sobre Italia, luego sobre Irlanda y finalmente sobre Grecia, para obligar a que asuman sus compromisos de endeudamiento. El informe sugiere “incrementar los impuestos progresivos a los más acaudalados”, no es el programa de un partido de izquierda radical, es la recomendación del Fondo Monetario. También, propone impuestos “a las propiedades más costosas, a las ganancias de capital, y a los patrimonios”, siendo incluso más radical que algunas propuestas que se habían manejado en los grupos de izquierda del continente. Sigue con “modificar la tributación de las empresas para asegurarse de que paguen impuestos”. Es decir, pide ser más audaces y modificar el sistema tributario porque hay muchos ricos que han evadido los impuestos. Cierra con una sugerencia para la tributación internacional a la economía digital, apoyo prolongado a los ingresos de los trabajadores desplazados e incremento de la inversión pública. Se trata de un programa de reformas que hace un año era impensable, era una herejía que viniera de estos organismos internacionales que funcionan como el cerebro del capitalismo mundial.

Esto está marcando una modificación del espíritu de la época. Algo está cambiando. Se acabó el recetario de austeridad fiscal, la amenaza de que espantar a los ricos imponiéndoles impuestos nos hará perder riqueza y empleos. Hay una modificación de los parámetros epistemológicos con los que este sector del capital mundial estaba mirando lo que se viene en términos de esta articulación de la crisis ambiental, médica, económica y social. Evidentemente, hay un miedo a las clases peligrosas y a los estallidos sociales que está llevando a un cambio de 180º de las posiciones de políticas económicas que impulsan estos ideólogos del capitalismo mundial, y que habían comandado todo el neoliberalismo desde los años 80 hasta el 2020, en términos de reducción del Estado, de la inversión pública, de los impuestos a la gente rica y de apoyos sociales a los trabajadores. No sabemos si será temporal, pero se trata de un giro sustancial.

El desgaste de la hegemonía neoliberal conservadora

Un segundo efecto de este tiempo suspendido es lo que podemos calificar como un estupor y cansancio de la hegemonía neoliberal conservadora implementada en los últimos 40 años. No es que se acabó, puede durar un buen tiempo más, pero ha perdido su capacidad de regeneración, de impulso irradiador y de articulación de esperanzas. El neoliberalismo se mantiene por la inercia, por la fuerza de la herencia pasada. Esto lo visualizamos en la crisis de los instrumentos que habían sido fetichizados para organizar el futuro.

El neoliberalismo utilizó tres instrumentos para crear un relato, un imaginario, falso en los hechos, pero creído por mucha gente sobre quiénes organizaban el futuro: el mercado, la globalización y la ciencia. El mercado globalizado ha mostrado que no es un sujeto cohesionador. Frente a la crisis del virus y a la expansión de los contagios, ningún mercado hizo nada. Al contrario, los mercados escondieron la cabeza como avestruces y lo que salió a relucir como la única y última instancia de protección social fueron los Estados. La globalización, como un ideario de modernización, mejora de la vida y de expansión ilimitada de las oportunidades, ya no tiene la capacidad para contener a los descontentos, para organizar a la gente que tiene miedo ni para calmar las preocupaciones de los angustiados. La ciencia, en la que se depositó de manera imaginada y tergiversada una potencia ilimitada y una capacidad infinita para transformar y resolver los problemas de la humanidad, ahora muestra sus límites. Hay cosas que los humanos no podemos resolver, enfrentar o remontar, fruto de nuestras propias acciones. La ciencia también tiene un horizonte de época, puede resolver muchas cosas y otras no. Se requiere mucho tiempo, esfuerzo, recursos y una modificación de los comportamientos para que la ciencia pueda abarcar y resolver los problemas que estamos ocasionando, especialmente por nuestra manera de haber roto metabólica, orgánica y racionalmente nuestra relación con la naturaleza.

Todo esto significa que la hegemonía neoliberal ha perdido el optimismo histórico. Ya no se presenta ante el mundo como portador de certidumbres imaginadas, horizontes plausibles, conquistables y realizables a mediano plazo. Las certezas imaginadas del futuro se han quebrado y este es ahora el nuevo sentido común. Ahora nadie puede decir cuál es el destino de la humanidad. La humanidad nunca tiene un destino, siempre es una incertidumbre, pero las grandes hegemonías lo que hacen es crear un imaginario del destino de la humanidad. Las ideologías y las hegemonías tienen una facultad performativa: la capacidad de crear lo que enuncian. Esta capacidad es la que perdió la hegemonía neoliberal planetaria porque ya no tiene la fuerza de despertar entusiasmo, crear adherencias duraderas, ni proponer un horizonte factible en el tiempo. Es un momento de cansancio y de estupor hegemónico, un momento que habilita una nueva materialidad de la hegemonía, que se vuelve porosa. Ya no se presenta como un caudal imbatible que va hacia un lado, sino como aguas estancadas, donde se filtran otro tipo de sustancias, otro tipo de elementos. Por lo tanto, estas aguas estancadas de la hegemonía conservadora hablan de la parálisis del horizonte predictivo. Repito: no es el fin ni del neoliberalismo económico ni de la hegemonía neoliberal. Es un momento de cansancio, de agotamiento y debilitamiento que puede arrastrarse incluso todavía años, cada vez con más dificultades, con menos irradiación, con menos entusiasmo, con menos capacidad de generar adherencias duraderas y legitimidades activas.

Ruptura del consenso neoliberal político y económico

La tercera característica de este ocaso es la ruptura del consenso neoliberal político y económico. Desde los años 80, la hegemonía neoliberal pudo desarrollarse en los ámbitos económicos y discursivos porque fusionó dos cosas: la economía de libre mercado y la democracia representativa. Esto le dio mucha fuerza. Había una retroalimentación entre el horizonte económico que buscaba reducir el Estado, entregar los bienes públicos a los actores privados, regular y fragmentar la fuerza laboral, reducir salarios y derechos, con un sistema de democracia representativa. Luego de la caída del muro de Berlín y del comunismo como una alternativa a la sociedad capitalista, todas las élites, sean de izquierda o derecha, habían apostado por el neoliberalismo, con un sentido un poco más social o más empresarial, porque compartían el mismo horizonte sobre el destino de la humanidad.

Luego de 40 años, ese núcleo de economía de libre mercado y democracia representativa comienza a dislocarse y disociarse, mientras surge un neoliberalismo cada vez más enfurecido. Esta es una de las características de la época. Cada año vamos a tener un replanteamiento de la propuesta neoliberal, cada vez más enfurecida, autoritaria, racista, xenofóbica, antiliberal, antifeminista, cada vez más vengativa, cada vez más fascista. Es lo que ha pasado en América Latina y en otras regiones del mundo. El caso del golpe en Bolivia, la situación de Brasil, Estados Unidos, Polonia y muchos otros países. Hay un neoliberalismo cada vez más autoritario, como una manera de atrincherarse, cuando sus fuerzas y su capacidad de atracción van menguando.

Además, por primera vez, la democracia comienza a presentarse como un estorbo para las perspectivas neoliberales. Se perdió el optimismo de los años 80 y ahora se miran con sospecha las banderas democráticas porque hay una divergencia entre las élites. Es decir, por un lado, hay élites que propugnan por continuar con el neoliberalismo: hay que enriquecer a los ricos, voltear de arriba abajo a los pobres, seguir privatizando y manteniendo la austeridad fiscal; y, por otra parte, hay élites y bloques sociales dispuestos a implementar otro tipo de políticas más híbridas: preocuparse de los pobres, replantearse los temas de la propiedad, los impuestos, el potenciamiento de lo común, entre otras cuestiones. Esta divergencia y la falta de un mismo horizonte de expectativas compartido preocupan a las élites neoliberales que comienzan a mirar con sospecha, recelo y distancia a la propia democracia y a los procesos electorales.

Tendencias de la suspensión del tiempo en el futuro inmediato

En este tiempo suspendido y de quiebre del horizonte predictivo podemos identificar cuatro tendencias para el futuro inmediato.

La primera está sucediendo en el debate de los grandes centros pensantes del capitalismo mundial: la revitalización de los Estados como sujeto protagónico. Esto ocurre bajo dos modalidades. La primera es la revitalización de la utilización de recursos públicos para atenuar las pérdidas o ampliar las ganancias empresariales. Esta es la vieja modalidad neoliberal que busca achicar el Estado, pero para agrandar sus riquezas con los bienes comunes que están bajo control o bajo propiedad del Estado. Actualmente, se está utilizando dinero público para la compra de acciones de las grandes empresas que han visto afectada su producción o comercialización por el confinamiento de los últimos meses.

Según un informe del Fondo Monetario Internacional, en octubre de 2020 las economías avanzadas habían utilizado capital propio de los Estados equivalente a un 11% de sus PIB en préstamos y garantías, y un 9% en gasto adicional. Es decir, las economías avanzadas, como Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia, Alemania, Noruega, Suecia, Dinamarca, Japón o Canadá han utilizado entre el 15% y el 20% de sus PIB para comprar acciones de empresas, nacionalizar las pérdidas corporativas, entregar crédito a los bancos o amortiguar la reducción de ganancias de las empresas. Se trata de una revitalización del Estado, pero en términos de monopolios privados.

Otra modalidad de revitalización que pugna también por sobresalir es la del Estado en su dimensión de comunidad, que busca la protección social, mejorar salarios, ampliar derechos, aumentar la inversión pública, proteger a los más débiles, invertir en salud y en educación, crear empleos o nacionalizar empresas privadas para generar recursos públicos en favor de la gente.

Todo Estado tiene estas dos dimensiones. Como señala Marx, “el Estado es una comunidad ilusoria”, que tiene la dimensión de los bienes comunes (la riqueza es un bien común, los impuestos son un bien común, las identidades son bienes comunes), pero son bienes comunes de administración monopólica. Lo que están haciendo las fuerzas conservadoras es utilizar los bienes comunes para beneficio privado, a través del potenciamiento de lo monopólico del Estado; en tanto que las fuerzas sociales progresistas se esfuerzan por la ampliación del Estado como comunidad con bienes para ser distribuidos y utilizados por la mayoría de la población. Hacia dónde se incline el Estado dependerá de las luchas sociales, de la capacidad de movilización, de gobernabilidad vía parlamento y en las calles, de la acción colectiva, etcétera.

Una segunda tendencia del momento actual es el uso del excedente económico de cada sociedad. En los siguientes meses y años se van a incrementar las luchas sociales, políticas e ideológicas entre los distintos partidos, conglomerados, grupos de presión, clases y movimientos sociales, para determinar quién se va a beneficiar con los recursos públicos que son escasos. Con necesidades muy grandes y bienes escasos, ¿se beneficiará al sector empresarial, trabajador, campesino, obrero, medio? ¿A la burocracia, a los terratenientes, a los hacendados o a los banqueros? Los Estados se están endeudando una o dos generaciones por delante y están emitiendo más dinero para que haya circulante y movimiento económico. Ahí aparecen dos querellas: por el uso de ese dinero y por quién va a pagar ese dinero.

La tercera tendencia es lo que podemos definir como apertura cognitiva de la sociedad. En la medida en que las viejas certidumbres se vuelven más rudimentarias y ásperas, y que el horizonte predictivo de la sociedad neoliberal se achica, la gente comienza a abrir su capacidad y disposición para recibir nuevas ideas, creencias y certidumbres. Los seres humanos no pueden permanecer indefinidamente sin horizontes de predicción más o menos estables y de mediano plazo. Es una necesidad humana porque necesitamos “terrenalizar”, necesitamos anclar la proyección de nuestras vidas, acciones, trabajo, esfuerzos, ahorros, apuestas académicas y amorosas en un tiempo más o menos previsible. Cuando eso no se da, se busca por donde sea. Esta es la base para el surgimiento de propuestas muy conservadoras, cuasi fascistas, que es lo que está sucediendo en algunos países del mundo. En Bolivia, los perdedores de las elecciones han ido a rezar ahí, han ido a hincarse ante los cuarteles para pedir que los militares tomen el gobierno. La salida ultraconservadora, fascistoide reunió a toda la gente que se metió en el golpe de Estado: Añez, Carlos Meza, Tuto Quiroga, la Organización de Estados Americanos, OEA. Esto es algo nunca había sucedido en el continente, ni en los años 70, en el continente. Ahora vemos esas imágenes patéticas del abandono de la racionalidad política para pedir este tipo de salidas.

La cuarta tendencia son los gigantescos retos para las fuerzas progresistas y de izquierda del planeta para enfrentar la gravedad de este horizonte predictivo quebrado y diluido. Simplemente voy a mencionar los seis temas que cualquier propuesta debería abordar al momento de asumir la batalla por el sentido común y por el horizonte predictivo de la sociedad en los siguientes meses y años:

1. La democratización política y económica, y sus distintas variantes. Esto es lo que algunos denominan la posibilidad de un socialismo democrático.

2. La lucha contra la explotación, incluyendo no solamente la distribución de la riqueza sino también la democratización de las formas de concentración de la gran propiedad.

3. La desracialización y la descolonización de las relaciones sociales y de los vínculos entre los pueblos y entre las personas incluidas al interior de las organizaciones.

4. Los procesos de despatriarcalización y la reivindicación de la soberanía de las mujeres sobre la gestión de sus cuerpos y de sus vínculos.

5. Un ecologismo social que no mire a la naturaleza como un parque, sino que vea la naturaleza en su relación con la sociedad. Se requiere un enfoque que restablezca el metabolismo racional entre el ser humano y la naturaleza, tomando en cuenta la satisfacción de las necesidades básicas imprescindibles de la gente más humilde, de los pobres y de los trabajadores.

6. Un internacionalismo renovado. Los retos de la izquierda y de las fuerzas progresistas en los siguientes años van a radicar en la capacidad de impulsar propuestas de democratización política y económica cada vez más radicales.

Creo que estamos ciertamente ante tiempos sociales muy estremecedores. Paradójicamente, a pesar de que hablamos de un tiempo paralizado, se están desarrollando local y tácticamente un conjunto de luchas, convulsiones e inestabilidades permanentes que nos indican que las victorias del lado conservador y las victorias del lado progresista o de la izquierda, tampoco han de ser duraderas. Es un tiempo en que nada ha de ser duradero durante un periodo prolongado. Cada victoria de las fuerzas conservadoras tendrá pies cortos y podrá derrumbarse, y cada victoria de las fuerzas de izquierda podrá tener pies cortos si es que no sabe corregir errores e impulsar un conjunto de vínculos con la sociedad.

Este es el conjunto de ideas que quería compartir con ustedes sobre nuestro tiempo presente."   

(Álvaro García Linera , El Viejo Topo, 25/09/21; Fuente: Página 12.)

2/12/20

Branko Milanović : Socialdemocracia: internacionalismo y redistribución nacional... la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional

 "Soñar con un mundo restaurado suele ser bastante común. Pero hay que aprender a distinguir entre sueños y realidad. Para tener éxito en este tiempo, la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional.

Atrapada entre el implacable proteccionismo y la xenofobia trumpistas, por un lado, y la coalición neoliberal de liberadores sexuales y oscuros recaudadores, por el otro, la izquierda de los países ricos parece carecer de nuevas ideas. Y peor que carecer de nuevas ideas es intentar restaurar un mundo que ya no existe, que va contra la corriente de la vida y la economía modernas.

Sin embargo, este es un ejercicio en el que participan algunos sectores de la izquierda. Tengo en mente varios ensayos de El gran retroceso, un libro que reseñé aquí, un artículo reciente de Chantal Mouffe y, quizás más manifiestamente, El futuro del capitalismo, de Paul Collier (reseñado aquí y aquí). Dani Rodrik proporcionó munición ideológica temprana para este punto de vista con su célebre «trilema». Es también el contexto en el que mi Capitalismo, nada más fue recientemente reseñado por Robert Kuttner en The New York Review of Books.

Este proyecto apunta a recrear las condiciones existentes aproximadamente entre 1950 y 1980, que fue, de hecho, el periodo en que floreció la socialdemocracia. Si bien muchos tienden a presentar esta época en tonos excesivamente brillantes, sin duda fue, en muchos aspectos, extraordinariamente exitosa para Occidente: el crecimiento económico era elevado, los ingresos de las naciones occidentales convergían, la desigualdad era relativamente baja, la movilidad social era mayor que hoy, las costumbres sociales se volvían más relajadas e igualitarias y la clase trabajadora occidental era más rica que las tres cuartas partes de la humanidad (y podía sentirse, como escribe Collier, orgullosa y superior al resto del mundo). Hay mucho por lo que sentir nostalgia.

Condiciones especiales

Pero ese éxito se dio en condiciones muy especiales e imposibles de recrear. ¿Cuáles eran?

Primero, no existía una competencia entre gran parte de la mano de obra global y los trabajadores y trabajadoras del Primer Mundo. Las economías socialistas, China y la India seguían políticas autárquicas, por diseño o por accidente histórico. En segundo lugar, el capital no se movía demasiado. No solo existían restricciones al capital, sino que las inversiones extranjeras eran a menudo objeto de nacionalización, y tampoco existían los medios tecnológicos para trasladar fácilmente grandes cantidades de dinero.

En tercer lugar, la migración era limitada y, cuando sucedía, se daba entre pueblos culturalmente similares (como la migración del sur de Europa a Alemania) y gracias a la creciente demanda de mano de obra impulsada por las economías nacionales en crecimiento. En cuarto lugar, la fuerza de los partidos socialistas y comunistas nacionales, combinada con los sindicatos y la amenaza soviética (especialmente en Europa), hizo que los capitalistas se manejaran con precaución: por instinto de supervivencia, tuvieron cuidado de no presionar demasiado a trabajadores y sindicatos.

En quinto lugar, el espíritu socialdemócrata de igualdad estaba en sintonía con las costumbres predominantes en aquella época, reflejadas en la liberación sexual, la igualdad de género y la reducción de la discriminación. En un contexto interno tan benigno, y sin enfrentarse a ninguna presión por parte de trabajadores extranjeros mal remunerados, los socialdemócratas podían seguir siendo internacionalistas, como fue el caso de notabilísimas figuras como Olof Palme en Suecia y Willy Brandt en la República Federal de Alemania.

Cambios drásticos

En las condiciones sociales y económicas totalmente diferentes que presenta la actualidad, cualquier intento de recrear un contexto interno tan benigno implicaría cambios drásticos y, de hecho, reaccionarios. Sin decirlo abiertamente, sus partidarios piden socialdemocracia en un solo país o, más exactamente, en un rincón (rico) del mundo.

Collier aboga por amurallar el mundo rico para detener la migración, que considera culturalmente disruptiva y que socava injustamente el trabajo nacional. Collier justifica estas políticas, aplicadas sobre todo por los socialdemócratas en Dinamarca, diciendo que su preocupación son los países menos desarrollados: no vaya a ser que el éxodo de sus trabajadores más calificados y ambiciosos empuje aún más a estos países hacia la pobreza. Sin embargo, está claro que no son esos los verdaderos motivos de tales políticas.

Otros protegerían a Occidente de la competencia de China, argumentando, otra vez de manera falsa, que los trabajadores occidentales no pueden competir con trabajadores de menores salarios, sometidos a una dura disciplina productiva y sin sindicatos independientes. Como ocurre con las políticas que detendrían la migración, la justificación del proteccionismo se camufla con el lenguaje de la preocupación por los demás.

Dentro de esta perspectiva, debería lograrse que el capital nacional permaneciera principalmente en casa, promoviendo una globalización mucho más «superficial» de la que existe hoy. Las empresas occidentales que actúen con ética no deberían contratar a personas en (digamos) Myanmar que no gocen de derechos laborales elementales.

Las masas populares

En todos los casos, estas políticas apuntan a interrumpir el libre flujo de comercio, personas y capital y a aislar al mundo rico de las masas populares. No tienen casi ninguna posibilidad de éxito, simplemente porque los avances tecnológicos de la globalización no se pueden deshacer: China y la India no pueden volver al aislamiento económico y las personas de todo el mundo, dondequiera que estén, desean mejorar su situación económica emigrando a países más ricos.

Además, estas políticas representarían una ruptura estructural con el internacionalismo que siempre fue uno de los logros más importantes de la izquierda (si bien suele más bien brillar por su ausencia). Reducirían el crecimiento en los países pobres y la convergencia mundial, frenarían la reducción de la desigualdad y la pobreza mundiales y, a fin de cuentas, resultarían contraproducentes para los propios países ricos.

Soñar con un mundo restaurado suele ser bastante común, y a menudo (especialmente a una edad avanzada) nos acostumbramos a entregarnos a esas ensoñaciones. Pero hay que aprender a distinguir entre sueños y realidad. Para tener éxito en tiempo real, en las condiciones actuales, la izquierda necesita ofrecer un programa que combine su internacionalismo y su cosmopolitismo de antaño con una fuerte redistribución nacional. Tiene que apoyar la globalización, tratar de limitar sus efectos nefastos y aprovechar su indudable potencial para igualar, con el tiempo, los ingresos en todo el mundo.

Como escribió Adam Smith hace más de dos siglos, la igualación de las condiciones económicas y el poder militar en todo el mundo es también una precondición para que prevalezca la paz universal."

(Branko Milanović , Nueva Sociedad, Octubre, 2020. Traducción: Carlos Díaz Rocca. Fuente: Social Europe)