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2/7/19

El amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es Derecho. La civilización y el derecho forman parte de esa tradición, alojada en la decencia común de nuestros antepasados, que hay que conservar... la izquierda debe encontrar ese lugar del “pueblo” donde se reúnen el amor, los principios de Sócrates y el sentido común europeo... Lo contrario es el fascismo

" Acabo de descubrir maravillado que Ivan Illich, el filósofo itinerante muerto en 2002, conocido en los años 70 por su radicales críticas a la cultura del automóvil y a la institución médica, fue sobre todo un riguroso historiador y un brillante teólogo heterodoxo.

(...) la parábola del buen samaritano (Lucas, 10, 25-37), una historia que, seamos  cristianos o no, forma parte de nuestro arsenal rutinario de buenos ejemplos moralizantes. Conocemos el relato: un hombre es robado, golpeado y abandonado medio muerto en una zanja. Pasa primero un sacerdote, luego un levita y ni uno ni otro se detienen a socorrerlo. Por fin pasa un samaritano –una especie de gitano o de palestino de la época– y, contra toda lógica, se compadece del herido y acude en su auxilio. 

Pues bien, hay dos cosas que a Ivan Illich no le gustan de la interpretación tradicional de esta historia. La primera tiene que ver con la tendencia a censurar a los dos viandantes indiferentes; o, mejor dicho, con el olvido del marco de recepción original de la historia. 

Los oyentes de Jesús –dice Illich– no se escandalizaban ante la actitud del sacerdote y el levita, que cumplían con las reglas de solidaridad propias de su pertenencia sectaria y tribal; se escandalizaban más bien con el gesto incoherente, inesperado y, si se quiere, socialmente subversivo del buen samaritano: ¡un apestado que presta ayuda a alguien que no es de su familia! 

La segunda objeción de Illich a la interpretación moral de la parábola atañe a su relación con el deber o con “los principios”. La historia –dice– no propone una “regla de conducta” o un “ejemplo de cumplimiento de una obligación ética”. Jesús, afirma Illich, no estaba respondiendo a la pregunta “¿cómo debemos comportarnos con nuestro prójimo?” sino a esta otra mucho más decisiva: “¿quién es mi prójimo?”. Y la respuesta es: cualquiera que yo decida, con independencia de que forme parte o no de mi mismo grupo o etnia. 

Para Illich esta libertad arbitraria de atender a la llamada de un extraño tiene dos implicaciones. La primera es que este “deber” ni deriva de –ni solicita– una norma. “Tiene un telos”, dice el teólogo, “va dirigido a un alguien, a algún cuerpo (“some body”)”. La segunda implicación, ahora trágica, es que “con la creación de este nuevo tipo de existencia” se abre también la posibilidad de su negación o rechazo. Esto es a lo que Illich llama “pecado”: la infidelidad a este telos concreto de creación amorosa.

Esta “fractura de amor” pone fin, digamos, al “antiguo régimen” y sitúa al ser humano –siempre en la versión de Illich– en el umbral nuevo de un verdadero mal, y ello precisamente porque por primera vez la humanidad ha vislumbrado, y tocado con las manos, el verdadero bien: lo peor es –insiste Illich– la corrupción de lo mejor. 

Un sacerdote judío o un levita de hace 2000 años –o un griego de hace 2.500– podían ignorar la llamada de un cuerpo concreto sin violar con ello el mandato de su tribu y sin incurrir, por tanto, en “pecado”. Tras el mensaje de Cristo mantenerse atado a ese mandato, mientras el prójimo concreto nos llama desde una zanja, es el absoluto mal.

 Más grave aún: mantenerse atado a una norma cualquiera, incluso a un principio de intervención moral universal, anticipa el comienzo del mal, pues cualquier norma es ya una infidelidad amorosa a esa libertad de responder a “la invitación de ver el rostro de Cristo en todo aquel a quien yo elijo”. 

Cuando la Iglesia sustituye esta “libre elección individual” por instituciones de caridad que prestan “servicios” impersonales a los “necesitados” –que por eso mismo se vuelven “necesitados”– los cristianos se olvidan de reservar un lecho y una ración de pan en sus casas para la visita nocturna de un desconocido. Y desaparece así, apenas en embrión, la sociedad cristiana. Y aparece así, ya en embrión, la sociedad capitalista. Eso dice –resumo– Ivan Illich.

No es que Illich no comprenda el impulso de la institucionalización de los cuidados, pero ve en su hechura un riesgo casi inevitable de “perversión” asociada al distanciamiento creciente, burocrático y tecnológico, de los cuerpos vivos y concretos. “Anarquista” a la manera de Simone Weil, muy atento al proceso histórico en virtud del cual el amor de entrada se instrumentaliza y luego se sistematiza, Illich sostiene que la condición de todo este mal es la irrupción del bien; y que “no hubiera podido ponerse el universo en manos de los hombres”, donde corre peligro, si no lo “hubiéramos puesto previamente en las manos de Dios”.

 Primero se lo dimos a Dios –en un acto que para Illich abre ese doble umbral de telos amoroso y de pecado mortal–, luego se lo quitamos para dárselo a los Hombres. ¿Y ahora? Ahora, añado yo, se lo hemos quitado a los Hombres, pero ¿para dárselo a quién? A esta pregunta no podrá ya responder el teólogo croata, aunque sus reflexiones, antes de morir, sobre la transición de la herramienta al sistema (que le plagié sin saberlo en algunos de mis libros) apuntan en una dirección apocalíptica.

 Me quedo, en todo caso, con su interpretación del gesto escandaloso del samaritano: con esta libertad radical de elegir a mi prójimo con independencia de mis filiaciones familiares y de mis afiliaciones étnicas y culturales. Para Illich esa es la verdadera novedad del cristianismo de Jesús, que convierte cada cuerpo en un cualquiera concreto que interpela mi propio cuerpo. 

Es muy bonito y creo que en parte tiene razón. Ese gesto inesperado del buen samaritano (y en todas partes puede haber uno, ateo, budista, judío o musulmán) abre en la historia una vía posible contra las solidaridades tribales y sus agnosias selectivas. Hay otra vía, sin embargo, que Illich prefiere soslayar. La abrió cuatro siglos antes Sócrates en plena guerra del Peloponeso, durante una de esas asambleas en las que los atenienses decidían democráticamente qué era lo más útil o conveniente (symphero) para su propia polis, si matar y esclavizar a los enemigos vencidos o perdonarles la vida. 

En torno a los cautivos de Mitilene (427 a. de C.), por ejemplo, Cleon y Diodoto discutirán de manera ardiente y pedirán el voto de los ciudadanos –respectivamente– en favor del castigo y de la clemencia apelando ambos al concepto de “utilidad” (la piedad –eleo– es, dice Cleón, el mayor peligro para un imperio, casi tanto como las largas deliberaciones). Pues bien, en una de esas asambleas Sócrates, viejo hoplita cansado, levanta la mano y genera un escándalo muy parecido al del buen samaritano con una declaración inesperada que abre de pronto una ventana a otro mundo: no se trata de saber –dice– qué es más conveniente para los atenienses sino más justo (dikaion) para los humanos. 

Carlos Fernández Liria ha explicado del modo más brillante esta brecha histórica abierta por el hachazo de Sócrates –a la espera del hachazo del amor de Jesús– en el momento en que el filósofo reclama en voz alta la necesidad de tratarse a uno mismo al margen del propio grupo tribal, la propia familia y la propia etnia; en el momento en que expone la posibilidad de pensar en los otros como si no hubiera caracteres ni razas ni naciones; en el momento en que señala la superior “utilidad” de actuar como si ni “nosotros” ni “ellos” fuéramos griegos o romanos o judíos o gallegos. Nadie puede tener la menor duda de que la condena a muerte de Sócrates es la consecuencia directa de esta escandalosa pretensión.

Así que la vía del amor y la de los principios convergen en el mismo horizonte: el de cualquiera. Cualquiera puede ser mi prójimo, dice el amor, a condición de que se responda a su llamada. Cualquiera puede ser juez, dice la justicia, a condición de no escuchar la voz de los compatriotas. El cualquiera amoroso es libre porque podría libremente pecar contra esa llamada. 

El cualquiera socrático es libre porque elige libremente renunciar a la propia felicidad. Estas dos vías (la piedad, eleo, y la justicia, diké), a veces paralelas e incluso pugnaces, han luchado durante siglos contra los tiranos y sus pre-juicios y están en el origen –digámoslo tajantemente– de todos los “progresos” humanos, homeopáticos y vacilantes, que ha incorporado Europa, en los últimos 2.500 años, a su Derecho y a su sensibilidad.

 Nuestro “sentido común” contiene, entre otros sedimentos y gangas, restos de los dos impulsos; de otra manera todo avance democrático quedaría inhabilitado para siempre. La vía del amor va de Jesús a San Francisco a John Brown a Simone Weil; a todos esos desconocidos no judíos que, empujados por la “moral de simpatía” (Todorov), se subieron a los trenes de la muerte, asumiendo como una ley física el destino de los campos de concentración. La vía de los principios va de Sócrates a Kant a Dietrich Bonhoeffer a Luther King; a todos esos desconocidos que han defendido sus principios al margen de las consecuencias y sin prevaricar a partir de los rostros concretos, bellos o menos, de los agraviados.

Las dos vías son peligrosas, es verdad, porque están siempre a punto de pervertirse en un mundo dominado por la lucha de clases, las identidades étnicas y el consumismo “soltero”. El amor, como dice Illich, cristaliza en la institución de la Iglesia, que desde el siglo IV criminaliza, persigue y trata de eliminar el pecado de la infidelidad. 

Esa es la paradoja que otro teólogo anticapitalista, Franz Hinkelammert, ha llamado la “no sacrificialidad antisacrificial” del cristianismo: no sólo los cuidados se vuelven impersonales y desencarnados sino que, además, ahora está permitido matar a los que no aman. La obra de la conquista de América, no lo olvidemos, se hizo en nombre del amor de Cristo.

 En los últimos años se han dirigido a la izquierda algunas críticas muy bien fundadas, tanto a su elitismo obrerista como a su elitismo cosmopolita. Yo mismo vengo defendiendo desde hace años, frente a ese doble elitismo, un “conservadurismo antropológico” orientado sobre todo a salvar los vínculos –el cara a cara del amor, según Illich– del naufragio del capitalismo soltero. En esta tarea he leído, entre otros, con interés polemista, a Michea, a Benoist, a Fusaro, a los que no hay que meter en un mismo saco, salvo porque los tres reprochan con dureza a la izquierda este abandono de la decencia o sentido común, que han entregado a la derecha. Estoy completamente de acuerdo en esta denuncia, a condición de añadir enseguida una objeción selectiva. 

El problema es que Benoist y, sobre todo, Fusaro reducen esa decencia común al malestar de los oyentes enfadados de Jesús y de Sócrates, a su irritación justamente reaccionaria, a la defensa de las palabras antiguas (cuando aún conocíamos su significado), a la solidaridad étnica e identitaria, olvidando que Eleo y Diké forman también parte de nuestra tradición; forman también parte de nuestra identidad europea.

 El problema, sin duda, es que la izquierda ha abandonado a la gente común; pero el problema mayor es que la ha abandonado en manos de la derecha, que desprecia el amor a los desconocidos como “buenista” y la fidelidad a los principios como “cosmopolita”. Pero el amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es Derecho.

 La civilización y el derecho forman parte también, sí, de esa tradición, alojada en la decencia común de nuestros antepasados, que hay que conservar. Contra el elitismo obrerista, contra el elitismo cosmopolita, pero también contra el elitismo anti-élites de los intelectuales anti-izquierdistas, la izquierda debe encontrar ese lugar del “pueblo” donde se reúnen el amor según Illich, los principios de Sócrates y el sentido común general europeo. ¿No existe ese lugar? Existe. Es un barco que se llama Sea Watch 3. Existe.

 Lo representa una persona concreta de nombre Carola Rackete, capitana del barco, quien hace unos días declaró: “He podido frecuentar tres universidades, soy blanca, alemana, nacida en un país rico y con el pasaporte adecuado. Cuando me di cuenta sentí una necesidad moral: ayudar a quien no tenía las mismas oportunidades”.

 No se me ocurre mejor manera de definir a una persona conservadora; ni de justificar mejor una decisión difícil en nombre de una tradición. Es el viejo amor según Illich: Rackete eligió libremente sus prójimos en el rostro de cuarenta náufragos desconocidos, al margen de sus respectivas “tribus” y culturas. Es también la ética según Sócrates: decidió libremente aplicar el principio de que siempre es preferible sufrir una injusticia que cometerla.

 No nos confundamos: esto es una guerra de tradiciones y de conservadurismos; y la disputa de un sentido común en estado de “guerra civil”. No se puede abandonar el sentido común en manos de la ultraderecha porque la ultraderecha escogerá siempre, junto a bastidores tangibles compartidos, los peores materiales de desecho. Salvini, que exhibe sin cesar su superioridad europea y que no deja de reivindicar la “raíz judeo-cristiana” de Europa, desprecia a Jesús y a Sócrates, los dos pilares de nuestra cultura.

 Lo mismo el provocativo Diego Fusaro, autor de algunos brillantes batiburrillos, cuya indecencia incomún ha llegado al extremo de justificar la detención de la capitana del Sea Watch con este tuit que copio a continuación y que era el móvil, en realidad, de esta larga reflexión: “Generación Erasmus, rasta en el pelo, odio al pueblo, nihilismo hedonista, neoprogresismo liberal, fucsia y arcoiris. Una juventud sin esperanza”. Cualquier palabra, en efecto, se puede asociar a cualquier significado; esto sí es postmodernidad neoliberal.

 ¡Nihilismo hedonista! ¡Ningún pueblo viejo y honrado permitiría que se dijera eso de sus héroes y de sus santos! En defensa de los fariseos y los levitas, de Cleon y Diodoto, contra el papa Francisco y la Europa democrática, Salvini y Fusaro –el mamporrero y el intelectual– arremeten contra esta joven europea valiente que ha reunido en un solo gesto todo aquello que los conservadores como yo queremos proteger: la opción preferencial por los otros, la defensa de los principios trabajosamente establecidos en nuestros marcos de Derecho, una tradición de 2.500 años que hoy vuelve a estar amenazada por los pre-cristianos y los pre-socráticos. No podemos entregar –no– el sentido común general a estos canallas. "                (Santiago Alba Rico, filósofo y escritor, CTXT, 01/07/19)

2/6/15

¿Simpatiza Francisco con el ateísmo cristiano? Para el Papa los verdaderos ateos no son los que niegan a Dios, sino al prójimo

"Está cada vez más claro que el papa Francisco se entiende mejor con ateos como José Mújica o Raúl Castro que con algunos católicos tradicionales que no le perdonan que se haya despojado de todos los símbolos del poder papal, heredados del Imperio Romano, cuando la Iglesia pasó de ser perseguida y escondida en las catacumbas a religión del Estado.

¿Estará Francisco simpatizando con el ateísmo cristiano? Cuando en el Vaticano recibe en audiencia a políticos ateos da la impresión de que conversa a gusto con ellos. Y ateos y agnósticos se sienten atraídos por la figura del pontífice, del que algunos miembros de la Curia afirman con cierto desdén que "no parece Papa".

Quienes conocen de cerca a Francisco confirman que cuando era cardenal de Buenos Aires mantuvo siempre una relación cordial con los no creyentes y con los ateos, así como con los líderes de otras religiones.

En su libro de conversaciones con el rabino Abraham Skorka, Entre el cielo y la tierra, el entonces arzobispo argentino contaba que cuando alguien se acercaba a él para conversar no le preguntaba si creía o no en Dios. Lo importante, afirma, era saber si su interlocutor "hacía algo por los demás" que era como preguntarle si creía en la humanidad.

Para Francisco, los verdaderos ateos no son los que niegan a Dios, sino al prójimo. Ha debido de ser esa postura suya, que recuerda al ateísmo cristiano o al cristianismo ateo, teorizado por teólogos como Paul von Buren, C.Lyas, Thomas Ogletree o Altizer entre muchos otros, lo que está llamando la atención de los no creyentes. Para los seguidores del cristianismo ateo "la palabra Dios, por sí misma, carece de significado y es engañosa", como afirma uno de sus teólogos.

Según dicho ateísmo cristiano "el tradicionalismo eclesiástico ha dejado de ser cristiano" y recuerda que Jesús fue un laico, un seglar, no un miembro de la casta sacerdotal.

Es justamente de lo que algunos católicos tradicionales acusan a Francisco: de haberse olvidado de ser Papa, eclesiástico, y de hablar y preocuparse más de los hombres y sus angustias, de su pobreza y de las injusticias perpetradas contra él, que de Dios.

El líder cubano, bajo cuyo régimen comunista sufrieron persecución y ostracismo miles de fieles cristianos, dijo al salir de una audiencia de una hora con el Papa: "Si sigue así volveré a rezar y regreso a la Iglesia".

Sin duda, Francisco no le habló de Dios al líder cubano, sino de la necesidad de que los cubanos puedan realizar sus deseos de felicidad y libertad.

La misma conversación fue la que Francisco tuvo con el entonces presidente de Uruguay, José Mújica, quien al salir de la audiencia confió que aunque él era ateo, se había entendido bien con el Papa en la lucha por la defensa de los más pobres y humillados de la Tierra.

No hay duda que Francisco, en sus discursos y en sus actos, sigue más el cristianismo de los orígenes que el de las teologías medievales. Su credo es el de aquel profeta judío que iba a la búsqueda de la caravana de desheredados que la sociedad bien de su tiempo arrinconaba o despreciaba.

Hay un pasaje de los evangelios emblemático: cuando Jesús dice que curaba a los enfermos y arrojaba los demonios porque "no soportaba ver sufrir a la gente". Era hacer el bien por el bien, no en busca de una recompensa ni siquiera divina.

El ateísmo cristiano afirma, justamente, que "no hay necesidad de amenazar con el infierno ni seducir con el paraíso para hacer el bien". Un concepto que Francisco recalca cada día en sus discursos y conversaciones con los periodistas.

Hay quien no ve de buenos ojos, dentro del catolicismo de Roma, que el Papa, mientras lleva una vida austera y sencilla, sin las viejas pompas pontificias, no desdeñe los pequeños placeres de la vida. Los de todos los mortales, desde un buen café o el entusiasmo por su equipo de fútbol al de cocinarse el mismo un pollo. Es un Papa que no tiene miedo al tacto, que besa, abraza y cultiva con pasión sus amistades.

Y es el ateísmo cristiano, para quien no hay otra divinidad que la propia humanidad, el que ha dejado de lado el llamado "odio paulino al cuerpo", aquel miedo que el Apóstol Pablo, demostraba por la sexualidad y que le llevó a relegar a las mujeres de la jerarquía de la Iglesia, a pesar de haber sido ella las promotoras de las primeras comunidades cristianas.

El papa Francisco se entiende más con los ateos que muchos de sus antecesores. Él siempre rechazó la idea de que ser ateo conlleve ser inmoral, ya que sin fe no existiría ética. Es la idea tan cultivada por los viejos católicos de que "Si Dios no existe, todo está permitido".

Francisco está recordando a su Iglesia que existe otro modo religioso de ver las cosas y la vida, y que no es indispensable la fe en Dios para sacrificarse por el prójimo. Él sabe muy bien que la Iglesia que representa, que tanto temió siempre a los ateos, fue capaz de matar en nombre de Dios. Por el contrario, el cristianismo ateo reconoce que el mandamiento de "no matarás" sigue siendo válido y razonable sin necesidad de dioses que lo prohíban.

El papa Francisco está repitiendo machaconamente a obispos y cardenales que la fe les debe arrancar de sus palacios para que vayan a la periferia de las ciudades, donde el poder ha creado los nuevos guetos de los condenados a la miseria. Les pide que no tengan miedo de "tocar" a los pobres. No les pide que recen a Dios por ellos, sino que sean un dios bueno para ellos.

¿No será esa insistencia más en los hombres que en Dios lo que atrae en Francisco la curiosidad y simpatía de ateos y agnósticos, así como cierta distancia de los católicos tradicionalistas?

Francisco está haciendo de algún modo suya la filosofía de los teólogos del ateísmo cristiano que defienden que no es posible creer en algún dios si antes no se cree y abraza a la humanidad más marginada y desamparada."                (   ,  El País,  14 MAY 2015)

9/7/13

“Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”

"El Papa decidió hacer el primer viaje de su pontificado a un lugar no de placer, ni siquiera de tradicional evangelización, sino a una isla que se ha transformado en el símbolo del Holocausto de los inmigrantes en el Mediterráneo y donde Francisco, hijo él mismo de inmigrantes italianos, creyó que era necesario pedir perdón por la indiferencia de los hombres. 

Desde esa isla, Lampedusa, criticó poderosamente la “globalización de la indiferencia”, que ha llevado a los hombres del mundo de hoy a no sentirse responsables, entre otras cosas, de la muerte de los inmigrantes en el mar. El Papa centró su mensaje al mundo, apuntando al corazón de las relaciones humanas de hoy en la sociedad capitalista.

 “La cultura del bienestar nos lleva a pensar sólo en nosotros, nos hace insensibles a los gritos de los otros. Nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo superficial, de lo provisorio que lleva la indiferencia hacia los otros, a la globalización de la indiferencia (...). 

Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de los otros, no nos toca, no nos interesa”, dijo, en lo que muchos han catalogado como uno de los más fuertes y claros mensajes de Francisco desde que fue elegido Pontífice el pasado mes de marzo.   (...)

En los últimos quince años, se calcula que unos 20 mil inmigrantes murieron en el Mediterráneo, varios de ellos en los últimos meses. Por eso el Papa, apenas aterrizó en la isla, se embarcó en una pequeña nave de la Guardia Costera italiana –que ayer mismo había salvado a unos 160 inmigrantes a la deriva– para tirar al mar una corona de crisantemos blancos y amarillos en memoria de esos muertos olvidados y rezar una oración. 

Más tarde, con el arzobispo de la región, Franco Montenegro, concelebró una misa en un campo deportivo a la que asistieron unos 10 mil lugareños e inmigrantes. Ahí dijo: “Muchos de nosotros, y yo me incluyo, estamos desorientados (...). Y cuando esa desorientación asume una dimensión mundial, se llega a una tragedia como ésta a la que hemos asistido (...). 

Te pedimos perdón, Señor, por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”. “Que esto no se repita más, por favor”, agregó el papa Francisco.

Los inmigrantes son abandonados en el mar, a veces agarrados a pedazos de madera, o a las redes para la cría del atún, o amontonados en lanchas pesqueras que los traficantes de seres humanos abandonan en medio del mar, o nadando cuando pueden, si los empujan de las barcazas.

 Para poder ser embarcados en esas condiciones, pero con la promesa de llegar a Europa, se han dejado superexplotar durante meses en países del norte de Africa. Así pagan varios miles de euros a los traficantes, que los tratan sin piedad, para poder llegar a la “tierra prometida” de la que Italia, ellos piensan, es sólo el primer escalón. La mayoría de los que escapan son jóvenes. 

Pero no sólo hombres, también hay mujeres –a veces, hasta embarazadas– y niños. Por eso el Papa ayer, en el Muelle Favaloro de Lampedusa, donde fue recibido con una gran cartel que decía “Bienvenido entre los últimos” –usando la misma palabra que Francisco usa en sus homilías– saludó a unos 150 de ellos dándoles la mano.

 Y dirigiéndose a los musulmanes, que ayer empezaban su mes de ayuno religioso llamado Ramadán, el Papa les dijo: “A los queridos inmigrantes musulmanes que hoy empiezan el Ramadán, les deseo abundantes frutos espirituales. La Iglesia se siente cercana en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y sus familias”.

“Hemos escapado de nuestro país por dos motivos: político y económico. Para llegar a este lugar tranquilo hemos superado muchos obstáculos, hemos sufrido muchísimo”, dijo un inmigrante que tuvo que interrumpir varias veces su mensaje por la emoción al hablar en el Muelle Favaloro. También pidió ayuda para los inmigrantes a los países europeos y le entregó una carta a Francisco. 

Alojados generalmente en los llamados Centros de Recibimiento luego de ser rescatados en el mar, los africanos sufren horrores porque esos centros no siempre funcionan como debieran y por eso han recibido durísimas críticas de parte de organismos de derechos humanos internacionales.

Del Muelle Favaloro, en un jeep descapotado y saludando a medio mundo y besando a cuanto niño le acercaban, como suele hacer en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el Papa se dirigió al campo deportivo Arena, en la localidad de Salina, para concelebrar la misa con el arzobispo Montenegro. 

Porque el Papa, según la prensa italiana, evitó expresamente que los cardenales lo acompañaran, lo mismo que exponentes del mundo político, para también evitar, es de imaginar, que sacaran algún rédito político a costa suya. “Cuando hace algunas semanas recibí la noticia (N. de la R.: de los inmigrantes muertos en el mar), el tema me volvía repetidamente a la cabeza, como una espina en el corazón que hace sufrir. 

Por eso he sentido el deber de venir hoy y rezar; y cumplir un gesto de acercamiento, también para despertar nuestras conciencias, para que lo ocurrido no se repita”, dijo el Papa en la homilía. “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? –preguntó además Francisco–. ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: ‘No soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros (...)’. 

Hoy nadie se siente responsable, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna”, enfatizó el Papa. Y a los habitantes de Lampedusa les dijo: “Ustedes son una comunidad pequeña, pero son un ejemplo de solidaridad. Gracias. Que Lampedusa sea un faro para todo el mundo, porque tiene el coraje de recibir a los que buscan una vida mejor”. En la misa, Francisco había utilizado un bastón pastoral y un cáliz realizado con madera de una barca de inmigrantes, labrados por un artesano de la isla."           (Elena Llorente, Página 12, Rebelión, 09/07/2013)

16/5/11

Los jesuitas dicen: "No llegamos a encontrar razones definitivas que impidan a una persona... expuesta a muy fuertes dolores, acudir a la eutanasia"

"Pero la lucha por la vida -por la salud- tiene sentido mientras sea posible sanar. Es el miedo a sufrimientos insoportables o innecesarios lo que ha impuesto el debate sobre la "eutanasia médica" -como mitigación de los dolores de la muerte-. (...)

Por encima del 60% de los españoles la despenalizaría y el porcentaje se eleva al 62,2% entre los jóvenes. (...)

Finalmente, el famoso escritor se plantó ante los médicos que atendían la agonía de su padre y le dijo a este, ya inconsciente: "Papá, creo que te tengo que dejar marchar", antes de negarse a que lo tuvieran conectado a un aparato de respiración asistida. Lo cuenta en Mi vida como hijo. (...)

El PSOE se hacía eco en 2004 de una opinión pública muy favorable a la legalización de la eutanasia. La tendencia al alza no para de moverse. Estudios realizados por la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) sitúan esos porcentajes en el 77%.

Sin embargo, el Gobierno se justifica diciendo que la sociedad aún no está madura para legalizar la eutanasia. "Quienes no están maduros son los políticos", replica uno de los fundadores de DMD, el filósofo y escritor Salvador Pániker.

Pániker lo reitera siempre que se recuerda la muerte del gallego Ramón Sampedro, tetrapléjico tras un accidente y postrado en una cama durante 32 años hasta su muerte en 1998 tras ingerir cianuro diluido en un vaso de agua que le había acercado a su boca una mano amiga.

Antes había librado -y perdido- una larga batalla para que los tribunales le concediesen su derecho a la eutanasia. (...)

Pese a todo, la jerarquía católica sigue expresándose con tremendismo. "[El Gobierno] quiere aniquilar a ancianos o enfermos inservibles", ha escrito el semanario Alfa y Omega, propiedad del Arzobispado de Madrid.(...)

La tesis del episcopado es que la vida es creación exclusiva de Dios y el hombre debe aguantar hasta el fin dispuesto. "Ningún poder puede autorizar, ni menos imponer, la supresión de la vida, sea un embrión, un feto o un enfermo incurable".

Pese a todo, la Conferencia Episcopal ha aprobado un llamado testamento vital en el que los enfermos pueden expresar, en un documento de últimas voluntades, su oposición a determinados tratamientos, pese a que su ausencia u omisión supongan el seguro acortamiento de la vida.

Esta modalidad es conocida en la literatura científica como eutanasia pasiva. Denota cómo la Iglesia católica puede acabar cambiando de opinión, aunque tarde a veces siglos.

También se opuso al pararrayos cuando lo inventó Benjamin Franklin -argumento: ¿quién es el hombre para desviar el rayo que Dios te envía para castigarte?-; y antes contra el parto sin dolor porque Dios impuso a la mujer la penitencia del "parirás con dolor". (...)

"Hay que levantar un puente entre las dos orillas", aconsejan los jesuitas en uno de los editoriales de su revista Razón y Fe. El argumento es que no siempre lo legal y despenalizado tiene que coincidir con la ética cristiana.

"No llegamos a encontrar razones definitivas que impidan a una persona, cuya vida en opinión de los médicos no tiene futuro y está expuesta a la amenaza de muy fuertes dolores, acudir a la eutanasia, que debería estar regulada con precisión y rodeada por serias garantías legales", sentencia.

Hans Küng, uno de los grandes teólogos del siglo, sostiene que tras "los argumentos de soberanía [de Dios sobre el hombre] se esconde una imagen distorsionada de Dios, basada en textos unilateralmente seleccionados de la Biblia, interpretados a la letra, es decir, Dios como el creador que dispone del hombre, propietario no sujeto a traba alguna, su absoluto amo, y últimamente también verdugo".

En esta visión vaticana no hay nada del Dios padre de los débiles, dolientes y extraviados, según Küng. A partir de esa descripción, proclama:

"Nuestra tarea teológica para con los moribundos no es la espiritualización del sufrimiento, o, peor aún, su aprovechamiento pedagógico, como purgatorio sobre la tierra, sino más bien, siguiendo la huella del Jesús sanador de enfermos, reducir en lo posible y eliminar el sufrimiento, que en ocasiones enseña a los hombres a rezar, pero en otras también a maldecir". (...)

Ahí ya está la tesis de que la lucha por la salud arma de coraje al enfermo mientras es posible sanar. Después, la batalla contra la muerte puede convertirse en un martirio insoportable, que admite el derecho de un paciente a decidir sobre los tratamientos que se le ofrecen.

La bioética lo expresa de esta sutil manera: nunca es lícito hacer el mal, pero a veces no es lícito hacer el bien. En esa idea anida el derecho del paciente a rechazar un tratamiento, aunque le vaya en ello la vida.

La cuestión es discernir por qué merece un juicio penal y moral diferente la llamada eutanasia pasiva de la eutanasia activa. Küng lo explica así: "El Papa no tiene nada en contra de que en casos en que no queda ninguna esperanza se omitan o interrumpan medidas destinadas a mantener la vida (por ejemplo, un respirador artificial).

La pregunta es: ¿por qué ha de merecer un juicio moral diferente la desconexión de un aparato de respiración asistida, con consecuencias mortales (eutanasia pasiva), que la administración de una dosis sobreelevada de opio con consecuencias mortales (eutanasia activa)? ¿Puede una acción ser pasiva? Es algo inescrutable". (El País, 15/05/2011, p. 42/3)


"¿Por qué países occidentales que han firmado la Convención contra la Tortura imponen, de hecho, una situación de auténtica tortura a sus ciudadanos al prohibir las diferentes formas de eutanasia.

La respuesta tiene que ver con el reparo consciente de los Gobiernos a enfrentarse al poder eclesiástico. También guarda relación con un cierto rechazo inconsciente de la sociedad a hablar abiertamente de una muerte buena. (...)

La eutanasia sería un crimen nefasto contra un Dios que es señor de la vida y de la muerte. Este lenguaje, que consagró Tertuliano, no fue, sin embargo, el primitivo cristiano. Pero Agustín de Hipona lo completó de forma rotunda: sufrir pasivamente esperando el momento final de la decisión reservada solo a Dios es imitar el sacrificio doloroso de Jesús en su pasión y cruz. (...)

Jesús de Nazaret no dijo eso. Más bien habló en sentido contrario: predicó el amor, en una triple dimensión indisoluble: Dios, los demás, uno mismo. Defendió, en contra del legalismo, la sinceridad espiritual íntima.

Proclamó la conciencia como ámbito de la única decisión válida frente a normas impuestas desde fuera. Repitió que había venido para traer la libertad a los oprimidos y proclamar la liberación frente al sarcasmo de los poderosos.

Esta forma de pensar, visible en los Evangelios, es anterior a la interpretación cristiana dominante y se opone a la apología del sufrimiento y el dolor hasta el final de la vida." (El País, 15/05/2011, p. 42)


"Suiza vota por mantener el suicidio asistido.

Los electores del cantón suizo de Zúrich rechazaron ayer en referéndum dos iniciativas: una para prohibir el suicidio asistido y otra para limitarlo a los ciudadanos locales, impidiendo así el llamado "turismo de la muerte".

Suiza es el único país europeo que no castiga la ayuda necesaria para el suicidio de enfermos terminales. Un vacío legal permite que existan clínicas como Dignitas, que recibe a pacientes que buscan un lugar donde se les dé asesoría y se les facilite la combinación de fármacos necesaria para poner fin a la propia vida cuando se sufre una enfermedad terminal o que no tiene cura." (El País, 16/05/2011, p. 35)

15/2/11

"Me llamo cristiano porque me siento una criatura, alguien que no se ha hecho a sí mismo"

"Pregunta. Usted se declara católico, pero su fe parece más la de un ateo que la de un creyente monoteísta.

Respuesta. Es que ni siquiera sé si Dios existe. El teólogo Dietrich Bonhoeffer dice que "un Dios que existe, no existe". No sé si Dios es una entidad ni dónde está. Siempre hemos pensado que estaba en el cielo. La verdad es que no puedo llamarme monoteísta.

El monoteísmo tiene implicaciones de dominación, de colonización, de violencia, y desconfío de él. Tampoco soy politeísta. No puedo hablar de Dios como si fuera uno o tres o cuatro o muchos. ¿Soy cristiano o no? Es un problema que tengo, sobre todo para cuando muera y me enfrente al juicio final.

Me llamo cristiano porque me siento una criatura, alguien que no se ha hecho a sí mismo. Me siento dependiente de un infinito. Y eso procede de mi lectura del evangelio. No sé si el evangelio es la única verdad religiosa en el mundo. Yo no intentaría convertir a los no creyentes.

P. Llamar a su fe cristianismo ¿no induce a confusión?

R. Es un nombre histórico. He crecido en la comunidad de la Iglesia. Y en nombre de sus principios puedo criticarla. Como Lutero criticó al Papa en nombre del evangelio. No creo que haya una religiosidad natural.

Sin haber conocido el evangelio, ¿me hubiera preguntado por la existencia de Dios? No hay "la" religión, hay religiones. Yo he crecido en una y la interpreto filosóficamente, racionalmente, como una llamada del infinito del que dependo. Y llamo a ese infinito Dios y Jesús es su hijo, sin saber en qué términos.

P. Lo que no parece asumir es que la vida sea un valle de lágrimas.

R. No. Lo es muchas veces, pero no puedo aceptar que eso sea la esencia del mundo. No creo que haya que atribuir a Dios el sufrimiento. De hecho, no sé si hay que atribuir a Dios todo lo que pasa en el mundo. No sé si ha creado el universo y sus leyes. Dios es mi esperanza espiritual, espero sobrevivir como espíritu.

P. En la Biblia ve usted un Dios que no es astrónomo ni moral. ¿Qué queda?

R. El mensaje de salvación. Un mensaje de caridad a aplicar en mi relación con los otros. La humanidad: sentirse mejor en un mundo de amigos que de enemigos.

P. Dice que Dios es relativista. El relativismo ha colado la defensa del creacionismo.

R. Yo me siento más evolucionista que creacionista. Soy creacionista en la medida en que el anuncio de la salvación no es un producto de la evolución. Puede que incluso la fe sea resultado de la evolución. Yo no creo en la objetividad de lo real.

¿Existe Dios? No lo sé. Si digo que existe o que no, entro en un objetivismo que no casa con mi espiritualidad.

P. También discrepa de la tendencia de la Iglesia a prohibir.

R. Porque no creo que haya una esencia del bien y del mal. Hay condiciones de vida compartidas. La moral es el código de circulación más la caridad. Todo es convencional, salvo el respeto al otro. Y eso es bastante cristiano y bastante comunista

P. Al final, su Dios es caridad y amor. ¿Qué diferencia hay entre ambos términos?

R. Tradicionalmente se ha basado en la represión. ¿Hacemos un poco de caridad o un poco de amor? Se trata de organizar el erotismo de forma tolerante, porque no hay un orden natural del amor. Venimos condicionados por una tradición represiva, familiarista.

¿Tiene que predicar el Papa sobre el uso del preservativo? No. Si me gusta acostarme con una mujer o con un señorito, ¿cómo regularlo? Desde la perspectiva de la caridad, el divorcio está bien. No se puede obligar a dos personas a vivir juntas." (El País, 12/02/2011, p. 46; GIANNI VATTIMO: "Creo que yo debería ser papa")

15/12/09

La religión, la moral, la laicidad, la razón... lo público, lo privado...

"Los ciudadanos religiosos deben respetar la autonomía del Parlamento y desechar cualquier intento de eclesiastizar la política y el ordenamiento jurídico. Tienen que aprender a distinguir entre ley y moral, pues las leyes tienen una finalidad específica que las diferencia de los imperativos éticos. Sería conveniente que reconocieran el valor de la moral autónoma. La libertad religiosa no puede impedir el desarrollo de la libertad de conciencia de quienes no son religiosos. (...)

Los ciudadanos no religiosos también tienen que aprender a ser laicos. La proclamación de la identidad laica no vacuna contra la intolerancia. El fundamentalismo laicista es tan rechazable como el integrismo religioso. Por esto, Regis Debray afirma que hemos de pasar de una laicidad de ignorancia o desprecio del hecho religioso a una laicidad de comprensión y reconocimiento de las aportaciones de las religiones a las culturas. Desde esta posición, se entiende su defensa de una enseñanza laica de la religión en las escuelas públicas y su afirmación de que la libertad religiosa es más que libertad de cultos.

Hay que superar la concepción de la religión como un asunto privado que no ha de tener ningún papel en los debates sociopolíticos y culturales en las democracias. La religión es una cuestión pública y las confesiones religiosas tienen todo el derecho a participar en estos debates. No debe despreciarse la demanda de sectores cristianos de incrementar la precaución moral a la hora de legislar sobre algunos problemas sociales. Ese mundo es plural y es de justicia reconocer el rol positivo de bastantes comunidades cristianas. Desde la lógica de la laicidad, cabe apelar a una apertura a aportaciones éticas de las religiones, como hizo Aranguren, y una mayor atención a la racionalidad de las convicciones religiosas, como hace Habermas." (RAFAEL DÍAZ-SALAZAR: Aprender a ser laicos. El País, ed. Galicia, opinión, 07/12/2009, p. 23)

4/9/09

Si somos sólo química ¿somos libres? Sí...

"P. Y Habermas está bastante de acuerdo con el papa Benedicto XVI. Han escrito un libro a medias.

R. Estoy de acuerdo en el diagnóstico de Habermas, pero no en las soluciones que propone. Su actitud es puramente defensiva: no hagamos esto, no hagamos lo otro...

No podemos decir, como Habermas, que hay un límite en la eugenesia y no debemos traspasarlo. Tenemos que reinventar la ética. Hoy es posible implantar un chip en un ratón y teledirigirlo. ¿Se da cuenta? Obviamente, será posible hacer lo mismo con un ser humano.

P. Eso es crear un Golem.

R. Se plantea una cuestión filosófica: ¿cómo experimentará ese ser humano el control remoto? ¿Tendrá consciencia de que le controla una fuerza exterior? ¿Creerá ser él mismo el emisor de las órdenes? Me inclino por la segunda hipótesis: el ser humano teledirigido no se dará cuenta de nada, se sentirá libre.

P. Jurgen Habermas propone una drástica autolimitación de la investigación científica para no destruir la esencia del ser humano.

R. ¿Y eso cómo se hace? Es imposible. Si se pueden manipular los genes, se manipularán. Los chinos están ya experimentando con el control remoto del cerebro. Eso espanta mucho a la gente religiosa. El otro día participé en Viena en una mesa redonda en la que había un par de obispos. Les pregunté por qué estaban en contra de la experimentación farmacológica en el cerebro. "Porque el hombre es una criatura divina, con un alma divina, etcétera", me respondieron.

Pero si no somos simples mecanismos biológicos, sino que tenemos un alma inmortal, nos pueden hacer lo que sea en el cerebro. Nos queda el alma, ¿no? No, los obispos son secretamente materialistas y temen que, en realidad, sólo seamos nuestro cerebro. Un obispo bastante listo comentó que el cerebro era un televisor y el alma un descodificador, necesarios el uno al otro.

Ése fue un argumento inteligente, pero falso. Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido, más generoso, ¿en qué queda la ética? Significa que somos sólo química. Entonces, ¿somos libres? Yo creo que sí. Pero si bloqueamos la experimentación científica sólo estamos manteniendo una ficción de libertad." (Slavoj Zizek: "Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido y más generoso, ¿en qué queda la ética?". El País, Babelia, 25/03/2006, p. 2/3)

30/3/09

Hacia una Ética mundial

" La tercera, la propuesta (de Hans Küng) de una ética mundial compartida por toda la humanidad en tiempos de salvaje globalización neoliberal, que formula en torno a cuatro principios

1. No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones.
2.
No habrá paz entre las religiones sin diálogo de las religiones.
3. No habrá diálogo de las religiones sin estándares éticos globales.
4.
No habrá en nuestro Globo supervivencia en paz y justicia sin un nuevo paradigma de relaciones internacionales basadas en estándares éticos globales." (JUAN JOSÉ TAMAYO: Duelo de titanes. El País, ed. Galicia, Opinión, 18/03/2009, p. 25)