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3/7/23

La división social del sufrimiento... la pregunta principal es qué tipos de sociedad tienden a producir qué tipos de sufrimiento... El neoliberalismo ha hecho más visible el sufrimiento individual y colectivo y los ha dramatizado como calamidades, como espectáculos e incluso como oportunidades de negocio... Debido a que las identidades se viven en una clave neoliberal (es decir, autoritaria, de suma cero, pura e inquisitorial), el ser sufriente individual que vive en la sociabilidad de lo plenamente humano tiene muchas menos posibilidades de compartir el sufrimiento... En estas sociedades, el individuo que sufre, lo hace más en forma de aislamiento, ya sea en forma de silenciamiento o en forma de espectacularidad. Su silenciamiento es a menudo directamente proporcional a lo que se dice sobre él o ella. Las ambulancias, los bomberos, la violencia y la repetición de las escenas del accidente o del escándalo, la multiplicidad de comentarios y «análisis» convergentes tienen el efecto acumulativo de silenciar al ser sufriente al dar noticias sobre él e invisibilizarlo al mostrarlo (Boaventura de Sousa Santos

 "El 14 de junio, un barco de migrantes se hundió en el mar Egeo y murieron entre 400 y 700 personas de Afganistán, Pakistán, Siria y Egipto. Fue un sufrimiento inmenso para los ahogados y sus familias que vieron en ese viaje ciertamente peligroso la última oportunidad para escapar del sufrimiento del hambre, la guerra, el desempleo, las inundaciones, la sequía y el odio religioso. ¿Alguien más ha sufrido con esto? ¿Sufrió la sociedad griega? ¿Ha sufrido la sociedad europea? ¿Cómo se produce y contiene el sufrimiento en nuestras sociedades? ¿Cómo se distribuye la propensión al sufrimiento y la inmunidad al mismo? ¿Por qué no sufren tantas personas el sufrimiento por el que pasan tantas otras?

El sufrimiento es una de las experiencias humanas más profundas y perturbadoras. Dependiendo de su gravedad, se considera un mal real, físico o moral; peligroso para la vida; amenaza a la integridad física o psíquica; pone en riesgo la autoestima y el autocontrol; hace imposible la alegría. En resumen, es un sinsentido abismal y alienante que disminuye la humanidad del humano sufriente. El neoliberalismo ha hecho más visible el sufrimiento individual y colectivo y los ha dramatizado como calamidades, como espectáculos e incluso como oportunidades de negocio. La idea de sufrimiento se asocia con patología, daño, crisis, degradación personal o colectiva, alienación del ser, dependencia. Pero la capacidad de sufrir es también una condición para resistir la explotación y la crueldad. En An Introduction to the Principles of Morals and Legislation ([1789] 2012) Jeremy Bentham argumenta que la cuestión de los derechos humanos no es la cuestión de quién tiene capacidad racional o quién tiene la posibilidad de hablar, sino más bien sobre quién tiene la capacidad de sufrir.

El sufrimiento es un tema tan profundo y complejo que ha sido tratado por todas las ramas del conocimiento. Las preguntas básicas que dominan este tema varían según el campo analítico. ¿Qué es el sufrimiento? ¿Cuál es la relación entre el sufrimiento individual y colectivo? ¿Hay sufrimiento justo e injusto? ¿Cuál es la fuente o causa del sufrimiento? ¿Cuál es su anatomía? ¿Cómo se puede superar o redimir el sufrimiento? De una forma u otra, estas preguntas están presentes en las diferentes áreas del conocimiento, especialmente en teología, filosofía y ciencias sociales. Me limito a estas últimas.

Las ciencias sociales son una de las conciencias teóricas de la modernidad occidental. Si las corrientes positivistas o funcionalistas se centraron en la descripción y el análisis del sufrimiento, las corrientes críticas buscaron identificar las causas del sufrimiento, especialmente el sufrimiento colectivo. En una reseña del libro Soziologie der Leiden (Sociología del sufrimiento) de Muller Lyer (1924), Oskar Blum declaró que «Podemos decir justificadamente que el problema fundamental de la sociología es el sufrimiento». Desde la esclavitud y la violencia colonial hasta el holocausto y el Gulag, desde las guerras mundiales hasta el genocidio en Ruanda y las atrocidades en las guerras de Yugoslavia de la década de 1990, las ciencias sociales han encontrado un vasto campo de análisis y crítica. No olvidemos que el énfasis está en el sufrimiento social o colectivo y no en el sufrimiento individual. Los horrores de la batalla de Solferino (1859) darían lugar a los Convenios de Ginebra y a la Cruz Roja Internacional.

Desde un punto de vista de la teoría crítica, la pregunta principal es qué tipos de sociedad tienden a producir qué tipos de sufrimiento y qué impacto tiene esto en la producción de conocimiento y la transformación progresiva de la sociedad. El sufrimiento tiene que ser integrado en una teoría más amplia de la realidad. Theodor Adorno decía que la separación entre las disciplinas es el gran obstáculo para ver las relaciones entre el sufrimiento individual y el sufrimiento colectivo. Este último se concibe como una patología social o como una experiencia social negativa a menudo invisible, y corresponde a la teoría crítica darle visibilidad e indicar formas de minimizarla. Pero se reconoce que este esfuerzo analítico puede resultar en la reproducción del silenciamiento. Tal vez por eso Bourdieu señaló, en un libro fundamental sobre el sufrimiento del mundo, que su papel era el de ser un portavoz.

Desde el punto de vista del ser sufriente, ninguna de las teorías sociológicas convencionales nos permite responder a una pregunta fundamental: ¿por qué yo? (en el caso del sufrimiento individual) o ¿por qué nosotros? (en el caso del sufrimiento colectivo). Si el sufrimiento es negatividad, ¿qué niega? Si significa vida dañada, ¿cuáles son los factores que dañan la vida? La respuesta que me propongo dar tiene como punto de partida un intento de imaginar las respuestas a estas preguntas que ahora están a muchos metros de profundidad en el Mar Egeo dentro de los cuerpos de los ahogados, desaparecidas al igual que ellos.

Las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales en las que vivimos no permiten que todos los seres humanos sean tratados como plenamente humanos. Hay humanos y subhumanos y el sufrimiento de uno y otro es tratado de manera totalmente diferente. Los plenamente humanos son aquellos que viven en sociedad de manera similar a aquella en la que yo vivo y en la que viven los lectores de esta crónica, personas que son capaces de leer esta crónica, tienen la libertad y el tiempo para leerla e incluso reflexionar sobre ella. El mundo de la vida en el que viven les permite distinguir claramente entre sufrimiento individual y colectivo. De hecho, hay sufrimiento individual porque no hay sufrimiento colectivo. La sociedad solo sufre colectivamente en momentos excepcionales: desastres naturales, guerras, pandemias, fenómenos meteorológicos extremos, colapsos de infraestructura (financieras, de transporte, etc.). El sufrimiento individual, tanto cuando es invisible como cuando es espectacularizado, no está relacionado con el sufrimiento colectivo porque la sociedad en tiempos normales no vive o no es consciente de vivir en sufrimiento colectivo. El sufrimiento individual, por lo tanto, tiende a ser experimentado, no como un sufrimiento-con, sino como un sufrimiento-contra. La experiencia del sufrimiento injusto es mucho más personal y menos compartible.

Debido a que las identidades se viven en una clave neoliberal (es decir, autoritaria, de suma cero, pura e inquisitorial), el ser sufriente individual que vive en la sociabilidad de lo plenamente humano tiene muchas menos posibilidades de compartir el sufrimiento. El compartir que le es accesible es un intercambio que no se basa en una comunidad de relaciones complejas y los afectos densos que tejen, sino en una comunidad de medios virtuales o profesionales hecha de relaciones simples. En estas sociedades, el individuo que sufre, lo hace más en forma de aislamiento, ya sea en forma de silenciamiento o en forma de espectacularidad. Su silenciamiento es a menudo directamente proporcional a lo que se dice sobre él o ella. Las ambulancias, los bomberos, la violencia y la repetición de las escenas del accidente o del escándalo, la multiplicidad de comentarios y «análisis» convergentes tienen el efecto acumulativo de silenciar al ser sufriente al dar noticias sobre él e invisibilizarlo al mostrarlo. La respuesta a la pregunta “¿por qué yo?” sólo se puede encontrar en el individuo, nunca en la sociedad. Después de todo, hay personas en las mismas condiciones que no sufren. Las posibles explicaciones son malos hábitos alimenticios, conductas que violan convenciones sociales, mal humor, conflictos familiares o laborales, etc.

El hecho de que el sufrimiento individual no esté relacionado con el sufrimiento colectivo permite afrontarlo de forma socialmente organizada, pero siempre con el objetivo de resolver el sufrimiento individual y sólo éste. Así es como funcionan los sistemas de salud y las políticas sociales en general. Hay enfermos, pero la sociedad no está enferma; hay pobres, pero la sociedad no es pobre; hay ignorantes, pero la sociedad no es ignorante; Hay criminales, pero la sociedad no es criminal.

Los migrantes que seguían en el barco hundido no vivían en la sociedad que acabo de describir. Vivían en la sociedad de los subhumanos. Visto desde la sociedad de los plenamente humanos, los subhumanos no tienen problemas. Son un problema. Por lo tanto, la separación entre el sufrimiento individual y el sufrimiento colectivo es muy tenue. El sufrimiento individual no es un acontecimiento excepcional, es, por el contrario, una experiencia recurrente. Hay sufrimiento individual porque hay sufrimiento colectivo. La pregunta “¿por qué yo?” nunca se hace. El individuo que sufre nunca sufre individualmente. Sufre-con. En las relaciones entre los subhumanos y los plenamente humanos que los escoltan con alta tecnología y finalmente los dejan hundirse, el sufrimiento individual padecido o infligido es siempre una ilustración o consecuencia del sufrimiento colectivo. El sufrimiento individual no vale por sí mismo ni se explica por sí mismo. Siempre es derivado. Hay sufrimiento individual porque hay sufrimiento colectivo. Y si este último es justo, el primero también lo es necesariamente. Por poner un ejemplo paradigmático, cuando el capataz o el esclavista castiga al esclavo, su sufrimiento no es sino la emanación y la justificación del sufrimiento colectivo que caracteriza a la esclavitud. El esclavo que sufre es la esclavitud justificada. El sufrimiento individual es justo porque el sufrimiento colectivo es justo.

El sufrimiento de los migrantes hundidos fue un sufrimiento justo porque se atrevieron a entrar ilegalmente donde no debían, en la sociedad de los plenamente humanos. Su sufrimiento no es comparable al sufrimiento que existe en nuestras sociedades. Dar importancia a su sufrimiento sería un incentivo para que recayeran en la ilegalidad. Su justo sufrimiento es la condición para que nosotros, los plenamente humanos, no estemos sujetos al sufrimiento injusto que su invasión nos causaría.

Esta condición estructural no ha variado mucho en los últimos siglos, pero la forma en que entra en la experiencia social difiere según las épocas y los contextos históricos. El neoliberalismo representa un cambio cualitativo en esta experiencia. Es la versión (¿final?) del capitalismo caracterizada, entre otras facetas, por la transferencia sistemática de riqueza de las grandes masas de población empobrecida, incluidas las clases medias, a una minoría de super-ricos. Esta transferencia se justifica por la idea de crisis permanente que crea una situación de malestar y sufrimiento incluso entre la sociedad plenamente humana. Este mecanismo opera de dos maneras en las relaciones entre el sufrimiento de los subhumanos y el sufrimiento que el neoliberalismo está causando a los plenamente humanos con las políticas de concentración de la riqueza y las asociadas a ella (guerra permanente, colapso ecológico).

La primera vía consiste en legitimar el malestar causado a los seres plenamente humanos convirtiéndolo en el bienestar de no estar sometidos al sufrimiento mucho más violento al que están sometidos los subhumanos. El bienestar social deja de tener un contenido positivo para convertirse en la mera ausencia del malestar específico al que están sometidos los subhumanos con el sufrimiento particularmente violento que se les impone. Entre seres plenamente humanos, la única manera de no ser consciente del sufrimiento es no sufrir como sufren los subhumanos. Y los medios de comunicación transforman el sufrimiento de los subhumanos en el único sufrimiento, un sufrimiento tan dramático como excepcional, tan fugaz y trivializado como el espectáculo mediático que se hace de él. La segunda forma, aún más perversa, consiste en legitimar el sufrimiento infligido a los subhumanos como única condición para aliviar el malestar y el sufrimiento impuestos a los seres plenamente humanos: «si no fuera porque los inmigrantes nos absorben los recursos, viviríamos mejor». De estas dos maneras, el bienestar se vacía de su contenido positivo. Este vaciamiento está en la raíz de la política del odio que transforma fácilmente a las otras víctimas del neoliberalismo en supuestos agresores y, por tanto, en objetos de odio. El juego de suma cero ya no es entre opresores y oprimidos o entre agresores y víctimas, sino entre oprimidos y entre víctimas. Con su política del odio, la extrema derecha es la conciencia política del neoliberalismo.

Al final no habrá bienestar más que en la contemplación y exacerbación del malestar ajeno. ¿Qué clase de sociedad es ésta en la que la única forma de estar bien es saber que los demás están peor? ¿Qué clase de sociedad es ésta en la que esforzarse por el bienestar propio significa contribuir activamente a aumentar el malestar de todos los demás?"

( Boaventura de Sousa Santos , El Viejo Topo, 29/06/23)

9/4/15

La precarización ha destruido las posibilidades de solidaridad, de comunidad, de relación afectiva, política o incluso territorial

"(...) Berardi ya decía entonces que este sistema era “una fábrica de infelicidad” donde el futuro ya no era seductor. “El futuro como dimensión cultural ha sido modelado por la modernidad en términos de expansión, acumulación, intensificación del ritmo de producción. Todo esto se ha vuelto sencillamente imposible, y por eso el futuro es inimaginable”, explica Franco Berardi a Números Rojos.

Obviamente, la crisis económica actual ha difuminado más aún si cabe un hipotético horizonte más allá de la supervivencia. “Hoy, el poder repite incansablemente que hay que relanzar (revitalizar) el crecimiento, aumentar el tiempo de trabajo, relanzar el consumo. Sin embargo, todo eso es imposible e insensato. 

El consumo no puede ser reactivado porque la gente no necesita más jerséis, ni más coches, ni más zapatos. Lo que necesita es más tiempo, más placer, más relaciones afectivas… He aquí la paradoja fundamental de nuestra época: la lógica del más contradice lo que podemos, lo que realmente necesitamos”.

Bifo incide, en Después del futuro, en cómo los totalitarismos, fascistas y comunistas, usaron la utopía como parte esencial de sus doctrinas. Y cómo generaron violencia y destrucción en la búsqueda de un futuro ideal. También, cómo no, analiza la utopía mediática, la proximidad entre las tecnologías de la comunicación moderna y los movimientos futuristas, hasta la llamada ‘última utopía’, la cíbercultural.

“Paul Valéry ya pronosticó que un día los ciudadanos del mundo podrían recibir información directamente en sus habitaciones, al igual que el agua podía salir ya del grifo”, cuenta Berardi en este libro. Hoy, aquel sueño de Valéry ha alcanzado su máxima expresión. Pero la avalancha mediática es solo una causa de nuestro aturdimiento:

 “La alienación no surge de la relación comunicativa, sino  de una relación productiva basada en la hiperexplotación, el empobrecimiento psíquico, el aislamiento. Las tecnologías digitales son solo el soporte perfecto de esa alienación”.

La contradicción informativa, como en cualquier proceso productivo de nuestro tiempo, está latente: “El gran problema de los  medios de comunicación es que no necesitamos información. Tenemos demasiada. El exceso de información produce un efecto de ignorancia extraordinaria, y un efecto de desatención, de sufrimiento cognitivo. El principal problema de la comunicación en los tiempos venideros será el silencio. Un silencio que haga posible volver a sentir de nuevo el cuerpo del otro”.

Y llegamos por fin, en palabras de Bifo, a la cuestión más difícil. Ante el triunfo del individualismo, frente a la destrucción de la construcción colectiva de un futuro común, ¿cómo podemos reaccionar? 

“La precarización ha destruido las posibilidades de solidaridad, de comunidad, de relación afectiva, política o incluso territorial. Por eso se nos hace tan cuesta arriba reconstruir un frente político del trabajo frente a la ofensiva neoliberal. Creo que el punto desde el cual volver a arrancar es el sufrimiento psíquico. Allí donde se halla el peligro, allí hay que buscar la salvación.

 Y el peligro está en la soledad del trabajador precario. Desde el sufrimiento de la soledad arranca el proceso de recomposición política del trabajo. Probablemente tengamos una respuesta cuando la catástrofe contemporánea haya producido sus efectos en la vida cotidiana. Mientras tanto, deberíamos tratar de constituir núcleos comunitarios, existenciales o psicoterapéuticos que permitan a la vida precaria reconocer su subjetividad”.     (Entrevista con Franco Berardi, Bifo. Público, 08/04/2015)

22/5/11

"De las tres historias de la humanidad, la de la violencia, la de la belleza y la del sufrimiento, solo las dos primeras se escuchan"

"El sufrimiento", ha escrito Adam Zagajewski, "es mudo. Quiero decir históricamente mudo. Un grito no dura mucho y no se deja perpetuar en ninguna partitura".

El sufrimiento no deja ninguna huella y basta con mirar a otro lado para que sus efectos desaparezcan.

Nadie cuenta la historia de los niños que se mueren de hambre, de los africanos que naufragan en las pateras, del pueblo saharaui, de las vendedoras de rosas en los arrabales de la droga, de las adolescentes mexicanas asesinadas en las fronteras de la corrupción y la perversidad.

Nadie quiere escuchar su historia, porque hacerlo supondría tener que preguntarnos, por ejemplo, si tal vez pudimos hacer algo para evitar su sufrimiento, y si acaso no somos responsables de él por nuestro silencio.

El alto ejecutivo que va a cobrar bonos millonarios mientras se prepara una brusca reducción de los empleados de su empresa, ¿se pregunta por el destino de todas esas familias que se quedarán sin trabajo? No, no lo hace, le basta con pensar en su libertad.

Los sanos no se preguntan por las historias de los enfermos, las grandes damas por el destino de los esclavos que bajan a las minas de Sierra Leona para conseguirles los diamantes que lucirán en las fiestas, los vendedores de armas por el uso que darán a las armas aquellos que se las compran. (...)

Como afirma José María Merino, el modelo del caballero andante ha caído en desuso. Hoy el modelo es el pícaro, el que no duda en hacer lo que sea con tal de conseguir sus propósitos. Pero los héroes de nuestra infancia no eran así. Amaban la libertad, pero sabían que esta no era nada sin el anhelo de justicia.

Por eso se ponían de parte de los débiles y los oprimidos. Ellos no podían aceptar vivir en un mundo donde alguien sufriera a causa de los abusos o la indiferencia de los poderosos. Amaban la libertad, pero sabían que esta solo cobraba su verdadero sentido en un mundo desinteresado y fraterno.

El corazón de una sociedad es la ley, el de una comunidad es el amor, dijo Roberto Rossellini. La idea de una comunidad no es nada sin un proyecto común, sin la certeza de que más allá de nuestros intereses particulares hay algo delicado y eterno que compartimos con los demás.

La poesía surge de esa certeza, y por eso se empeña en seguir contando la historia del sufrimiento de los hombres. Cesare Pavese dijo que era una protesta contra las afrentas de la vida.

Una forma de llamar la atención sobre la tristeza, el dolor y las injusticias, pues mientras haya alguien que sufra en el mundo no somos lo que deberíamos ser." (GUSTAVO MARTÍN GARZO: La historia del sufrimiento. El País, 21/05/2011, p. 35)

29/1/10

El sufimiento incomprensible del enfermo paralizado

"De acuerdo con mi fase de deterioro actual, soy un tetrapléjico. Con un esfuerzo extraordinario, puedo mover un poco la mano derecha y cruzar el brazo izquierdo unos 15 centímetros a través del pecho. (...)

que tienen que discurrir formas de hacer que ese calvario sea tolerable, no sólo una noche, sino el resto de su vida.

Mi solución ha sido repasar mi vida, mis ideas, mis fantasías, mis recuerdos, mis recuerdos equivocados y otras cosas semejantes hasta dar con hechos, personas o historias que puedo utilizar para distraer mi mente del cuerpo en el que está encerrada. Estos ejercicios mentales tienen que ser suficientemente interesantes para retener mi atención y ayudarme a superar un picor insufrible en el oído o en los riñones; pero también tienen que ser suficientemente aburridos para servir de preludio y ayuda al sueño.

Me ha costado cierto tiempo ver que este proceso era una buena alternativa al insomnio y la incomodidad física, y no es infalible, ni mucho menos. Pero de vez en cuando me asombra, al pensar en ello, con qué facilidad parezco estar soportando, noche tras noche, semana tras semana, mes tras mes, lo que antes era una tortura nocturna casi insoportable. Me despierto exactamente en la misma postura, el mismo estado de ánimo y la misma desesperación suspendida con los que me acosté, lo cual, dadas las circunstancias, puede considerarse un triunfo importante.

El efecto acumulativo de esta existencia de cucaracha resulta insufrible, aunque encuentre la manera de superar una noche concreta. "Cucaracha", desde luego, es una alusión a La metamorfosis de Kafka, en la que el protagonista se despierta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto. El tema fundamental de la historia consiste tanto en las reacciones y la incomprensión de su familia como en el relato de sus propias sensaciones, y es difícil resistirse a la idea de que hasta el amigo o el familiar más generoso y cariñoso es incapaz de comprender la sensación de aislamiento y encierro que impone esta enfermedad a sus víctimas.

La impotencia es humillante incluso en una crisis pasajera; imagínense o recuerden alguna ocasión en la que se han caído o han necesitado ayuda física de desconocidos. Ahora piensen en la reacción de la mente al saber que la impotencia especialmente humillante de la ELA es una condena perpetua (en relación con estas situaciones, hablamos alegremente de condenas a muerte, pero la verdad es que la muerte sería un alivio).

La mañana trae cierto respiro, aunque el hecho de que la perspectiva de cambiarse a una silla de ruedas para pasar el resto del día le eleve a uno el ánimo dice bastante del solitario viaje de la noche. Tener algo que hacer, en mi caso algo puramente cerebral y verbal, es una distracción saludable, aunque sólo sea en el sentido casi literal de que ofrece una oportunidad de comunicarme con el mundo exterior y expresar en palabras, a menudo airadas, las irritaciones y frustraciones acumuladas que me produce la debilidad física.

La mejor forma de sobrevivir a la noche sería tratarla como el día. Si yo pudiera encontrar a alguien que no tuviera nada mejor que hacer que hablar conmigo toda la noche sobre algo lo bastante distraído como para mantenernos despiertos a los dos, lo buscaría. Pero, en esta enfermedad, uno es también consciente, en todo momento, de la necesaria normalidad que tienen las vidas de los demás: su necesidad de ejercicio, entretenimiento y sueño. Así que mis noches, a primera vista, se parecen a las de otras personas. Me preparo para acostarme; me acuesto; me levanto (o, mejor dicho, me levantan). Las horas que transcurren en medio son, como la propia enfermedad, incomunicables.

Supongo que debería estar al menos un poco satisfecho de haber encontrado dentro de mí mismo un mecanismo de supervivencia de ésos sobre los que la mayoría de la gente normal sólo puede leer en historias sobre catástrofes naturales o celdas de aislamiento. Y es verdad que esta enfermedad tiene una dimensión enriquecedora: gracias a mi imposibilidad de tomar notas o prepararlas, mi memoria -que ya era bastante buena- ha mejorado considerablemente, con la ayuda de técnicas adaptadas del "palacio de la memoria" descrito de forma tan intrigante por Jonathan Spence. Pero es bien sabido que las pequeñas satisfacciones que compensan por algo son pasajeras.

No tiene nada de bueno estar encerrado en un traje de hierro, frío e implacable. Los placeres de la agilidad mental están sobrevalorados, como es inevitable -me parece ahora-, por quienes no dependen exclusivamente de ellos. Lo mismo se puede decir, en gran parte, de las palabras de ánimo bienintencionadas que sugieren que encontremos compensaciones no físicas cuando lo físico falla. Es inútil. Una pérdida es una pérdida, y no se gana nada llamándola con un nombre más bonito. Mis noches son interesantes; pero podría vivir muy bien sin ellas." (Tony Judt: Noche. el País, Domingo, 17/01/2010, p. 2/3)

15/1/10

La codicia no se detiene...

"Cuanto más progreso económico realiza una sociedad, más infelices son sus integrantes. Estados Unidos encabeza la lista de países más ricos, pero psicológicamente es de los más enfermos.

Igual le sucede al resto de economías industrializadas, cuyas sociedades están adoptando creencias y valores promovidos por el estilo de vida americano. (...)

Pregunta. ¿Cómo definiría la codicia?

Respuesta. La codicia es el afán por desear más de lo que se tiene; la obsesión por querer más de lo que se ha logrado. Y, al igual que la ambición y el poder, nunca se detiene. Es un círculo vicioso que te lleva a perder de vista lo que de verdad necesitas.

P. ¿Por qué somos codiciosos?

R. Porque sentimos que nuestra vida no tiene sentido, padeciendo un profundo vacío existencial. Tenemos de todo, pero ¿nos tenemos a nosotros? Así, la codicia nace de una carencia interior no saciada, y de la creencia de que podremos llenar ese vacío con poder, dinero, reconocimiento y, en definitiva, con un estilo de vida materialista, basado en el consumo y el entretenimiento. Pero la codicia no es la causa ni el problema. Es sólo un síntoma.

P. ¿Un síntoma de qué?

R. Del funcionamiento corrupto y perverso del sistema monetario sobre el que se asienta la sociedad occidental y, poco a poco, el resto de países y economías. Hemos nacido en un entorno que nos ha condicionado para ser competitivos y productivos, para ganar dinero y comprar todo tipo de bienes y servicios que en realidad no necesitamos.

Hoy día, las leyes que rigen la economía fuerzan a los individuos a engañarse y estafarse unos a otros en la interacción que se realiza diariamente en el libre mercado. Estudios científicos demuestran que este entorno promueve la corrupción en detrimento de la honradez y la decencia.

P. ¿Qué les pasa a quienes sucumben a la codicia?

R. Quienes cruzan la línea una vez, tenderán a cruzarla una y otra vez. La persona codiciosa se engaña; siempre halla excusas para justificar sus actos. El hecho de que los demás lo hagan ya es suficiente para hacerlo. Sin embargo, la sombra de su conciencia moral les persigue de por vida. Al corromper su alma y traicionar sus valores intrínsecamente humanos, por más que tengan y consigan, se sentirán vacíos e infelices.

P. ¿Qué medidas se pueden tomar para frenarla?

R. Mientras tu toma de decisiones como profesional tenga relación directa con tu beneficio económico personal, tenderás a corromperte. Sin embargo, no hay nadie más rico que quien sabe saciar sus verdaderas necesidades.

Ponerse un tope en el salario, acorde con estas necesidades, es un principio de integridad, que permite aflorar una cualidad innata, latente en el corazón de cada ser humano: la generosidad. La verdadera riqueza y felicidad se genera al dar, no al recibir." (GEORGE F. LOEWENSTEIN:"La codicia no se detiene". El País, Negocios, 10/01/2010, p. 27)