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1/9/26

La política es la acción en la sociedad (polis) con vistas a un objetivo que concierne a toda la sociedad... hacer política significa proponer una forma de acción colectiva, que puede ir desde una revuelta hasta un partido o un Estado... La política tiene que ver con la persuasión. Si no hay política, solo existen relaciones de poder... es indispensable para que pueda existir la política que exista una sociedad, una polis o un pueblo. Y es en este punto donde la «revolución neoliberal» ha causado daños antropológicos irreparables... se ha alimentado una fragmentación horizontal de la sociedad, cultivada de forma consciente y sistemática. Se ha hecho creer a los jóvenes que debían enfadarse con los mayores, a quienes se había privilegiado, y a los mayores que los jóvenes eran unos holgazanes... Se ha alimentado un discurso de odio continuo y, a continuación, se ha advertido contra la horrible propagación de los discursos de odio... las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales, etc., todo ello en un crescendo fomentado a diario por los medios de comunicación durante décadas... Incluso la «lucha de clases» ha sufrido una grave metamorfosis... se entendía como una denuncia estructural de los mecanismos del poder económico. Sin embargo, se ha transformado en una envidia social genérica: «Nadie sabe lo duro que es mi trabajo; para él o ella, en cambio, todo es fácil»... este proceso se ha convertido en «autoafirmación individualista»... Si el mundo no acepta mis fantasías momentáneas sobre mí mismo, es el mundo el que está equivocado. Cualquier película estadounidense le explica que «puede ser lo que quiera ser» (lo cual, técnicamente, es una patología psiquiátrica). Un rechazo subjetivista del «principio de realidad» en favor de un «principio de placer» que debe materializarse en actos de compraventa en el mercado... yo mismo debería ser algo muy distinto, debería ser lo que sueño con ser; mientras que el mundo cínico y tramposo me lo impide... Obviamente, en un contexto así, cualquier acción auténticamente colectiva, cualquier política en el sentido auténtico, es como intentar remontar una cascada a nado... Nos han jodido bien jodidos (Andrea Zhok)

"Hay muchas cosas a las que se puede llamar «problema de la política», pero hay una que es más radical y originaria que todas las demás.

La política es, en su sentido etimológico y más auténtico, la acción en la sociedad (polis) con vistas a un objetivo que concierne a toda la sociedad.

Hacer política, en cualquier sentido auténtico, significa proponer una forma de acción colectiva, que puede ir desde las formas levemente coordinadas de una revuelta hasta las altamente coordinadas de un partido o de un Estado.

La política tiene que ver con la persuasión.

Si no hay política, solo existen relaciones de poder.

Pero el requisito indispensable para que pueda existir la política es que exista una sociedad, una polis o un pueblo. Y es en este punto donde la «revolución neoliberal», iniciada a finales de la década de los 70 del siglo XX, ha causado daños antropológicos irreparables.

Este proceso consta de dos fases: una destructiva y otra constructiva.

En el plano destructivo, se ha alimentado una fragmentación horizontal de la sociedad, cultivada de forma consciente y sistemática. Se ha hecho creer a los jóvenes que debían enfadarse con los mayores, a quienes se había privilegiado, y a los mayores que los jóvenes eran unos holgazanes. Se ha hecho creer que los trabajadores del sector público eran unos vagos y que los autónomos eran evasores fiscales. Se ha alimentado un discurso de odio continuo y, a continuación, se ha advertido contra la horrible propagación de los discursos de odio: racismo y autoracismo, desde los ataques a los «hombres blancos mayores» hasta los «incels», las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales, etc., todo ello en un crescendo fomentado a diario por los medios de comunicación durante décadas.

Incluso la «lucha de clases» ha sufrido una grave metamorfosis. Quienes la mencionaron por primera vez la entendían como una denuncia estructural de los mecanismos del poder económico. Sin embargo, se ha transformado en una envidia social genérica, en su mayor parte horizontal e individual: «Nadie sabe lo duro que es mi trabajo; para él o ella, en cambio, todo es fácil».

En el plano afirmativo, este proceso se ha convertido en «autoafirmación individualista», en la que la forma en que cada uno se siente y se percibe debía considerarse como el único fundamento de lo que cada uno es. Esta especie de delirio idealista en el que «tal y como me imagino, así soy» se ha convertido en sentido común. Si el mundo no acepta mis fantasías momentáneas sobre mí mismo, es el mundo el que está equivocado. Cualquier película estadounidense le explica que «puede ser lo que quiera ser» (lo cual, técnicamente, es una patología psiquiátrica). Un rechazo subjetivista del «principio de realidad» en favor de un «principio de placer» que debe materializarse en actos de compraventa en el mercado.

El resultado de todo ello es hoy evidente. Se percibe de forma especialmente aguda en las redes sociales, donde reina sin oposición precisamente la mezquindad, la frustración enconada, lo que los alemanes denominan «Schadenfreude»: el placer secreto (aunque no tanto) por las desgracias ajenas, el impulso de decir «se lo tiene merecido», «así aprenderá».

Ninguna época ha hablado tanto de «empatía» como para poder acusar a todos los demás de carecer de ella.

Cualquier otra persona tiene la grave culpa de no ser yo. Pero yo mismo debería ser algo muy distinto, debería ser lo que sueño con ser; mientras que el mundo cínico y tramposo me lo impide.

Obviamente, en un contexto así, cualquier acción auténticamente colectiva, cualquier política en el sentido auténtico, es como intentar remontar una cascada a nado.

Nos han jodido bien jodidos." 

(Andrea Zhok, blog, 31/08/26,  traducción Salvador L. Arnal) 

30/8/23

El fascismo está repuntando en las democracias liberales... el neoliberalismo está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, hacia una deriva autoritaria, un nuevo fascismo... el surgimiento del populismo fascista tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado “estancamiento secular”... las élites reaccionan ... Creen que desde un sistema represivo autoritario mantendrán intacto sus riquezas y de paso competirán con China. Esperemos que sea exactamente lo contrario, su desaparición definitiva y la vuelta a un sistema económico y político inclusivo, auténticamente democrático... los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden, y deben, concentrarse en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo (Juan Laborda)

 "El fascismo está repuntando en las democracias liberales, con piel de cordero, con su verdadera cara oculta, ésa que debería haber quedado grabada en los rostros de todo hombre de bien, especialmente de aquellos dedicados a la vida pública, para que no se volviera a repetir la ignominia. El despertar de las ideas totalitarias, que algunos creían imposible, es la consecuencia lógica de ese sistema de gobernanza llamado neoliberalismo. La historia se repite. Hoy más que nunca es necesario una hoja de ruta distinta que pase página definitivamente a aquella impuesta desde las élites, que, bajo la apariencia de libertad, solo escondía el peor de los yugos, el miedo, la deuda, un nuevo feudalismo.

Desde 1998 se han desarrollado varias dinámicas, aparentemente independientes, que no solo es que estén profundamente interrelacionadas sino que en la actualidad están dirigidas. Abarcan economía, finanzas, gobernanza y geopolítica. Desde un punto de vista político, el neoliberalismo está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, el totalitarismo invertido, hacia una deriva autoritaria, un nuevo fascismo. Es la reacción de las élites ante lo que ellos consideran desorden e inestabilidad social. Creen que desde un sistema represivo autoritario mantendrán intacto sus riquezas y de paso competirán con China. Esperemos que sea exactamente lo contrario, su desaparición definitiva y la vuelta a un sistema económico y político inclusivo, auténticamente democrático.

El sistema de gobernanza actual, el neoliberalismo, está agotado

Permítanme introducir alguno de los análisis del estratega jefe de una de las mejores gestoras de fondos del mundo, GMO. El extravagante James Montier, en colaboración con Philip Pilkington, de la Kingston University, ambos postkeynesianos de pro. Son dos piezas que permiten entender lo que está pasando desde una perspectiva distinta. Por un lado, “Six Impossible Things Before Breakfast”, y, por otro, sobre todo, “The Deep Causes of Secular Stagnation and the Rise of Populism”

Para Montier y Pilkington el surgimiento del populismo fascista tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado “estancamiento secular”.

 Cuando hurgamos la raíz del problema nos encontramos con un sistema roto de gobernanza económica, denominado “neoliberalismo”, surgido a mediados de la década de 1970 y que se caracterizó por cuatro políticas económicas significativas basadas en hipótesis falsas y que han colapsado. 

Primera, el abandono del pleno empleo como objetivo político deseable y su reemplazo por objetivos de inflación. 

Segunda, un aumento en la globalización de los flujos de personas, capital, y comercio. 

Tercera, un enfoque empresarial basado en la maximización del valor para los accionistas en lugar de la reinversión y el crecimiento económico. 

Cuarta, la búsqueda de mercados laborales flexibles con la disrupción de sindicatos y trabajadores.

 Bajo este marco, la visión ortodoxa sobre el estancamiento secular adopta dos perspectivas distintas: O bien el estancamiento secular es causado por una situación en la que el tipo de interés real tiene que ser negativo para generar una vuelta al crecimiento (explicación desde el lado de la demanda); o bien algo no funciona desde el lado de las fuerzas que determinan la productividad en la economía (explicación desde el lado de la oferta).

Montier y Pilkington, al igual que otros tantos economistas postkeynesianos, son profundamente críticos con este marco de pseudo-pensamiento. Argumentan que las razones últimas del auge del populismo se encuentran en las políticas que se han seguido bajo el paradigma neoliberal, y que han llevado a los “hechos estilizados” observados del actual estancamiento secular.

 El régimen neoliberal ha dado lugar a una inflación más baja, menores tasas de crecimiento económico, caídas de las tasas de expansión de la inversión, menor crecimiento de la productividad, aumento de la desigualdad de ingresos y riqueza, disminución de la seguridad laboral, y períodos de deflación. Además, la economía mundial se ve temporalmente “obstruida” por los altos niveles de deuda, cuando los precios del colateral que la alimentan se hunden. Estas son tendencias de largo plazo que han sido visibles durante décadas, pero que se vieron gravemente exacerbadas por el colapso de la burbuja de la deuda privada mundial en 2008-2009.

 Pero a medida que los ciudadanos de varios países de todo el mundo percibieron que las soluciones puestas en marcha después de la crisis solo beneficiaban a la superclase, y que simplemente eran una coartada para mantener un sistema desequilibrado y cada vez más disfuncional, se rebelaron. Fue entonces cuando comenzaron a emitir votos para varios candidatos políticos populistas en un aparente esfuerzo por sacudir al sistema. Si no hay un cambio de rumbo hay muchas posibilidades de que el sistema siga adelante, independientemente de su disfunción, hasta que se descomponga.

Qué se puede hacer

Para conseguir una mayor eficiencia económica y mayor cohesión social se deben dar muchos más pasos. 

Lo primero, desmantelar y desmontar los andamiajes colocados por una ortodoxia que ya no da más de sí. La economía, en el momento actual, representada por la corriente dominante, no deja de ser una pseudo-ciencia. En “The Trouble with Macroeconomics”, el premio nobel Paul Romer entona un mea culpa, y nos obsequia con un resumen que no tiene desperdicio: “Durante más de tres décadas, la macroeconomía ha ido hacia atrás. El tratamiento de la identificación ahora no es más creíble que a principios de la década de 1970, pero escapa al desafío porque es mucho más opaco. Los teóricos de la macroeconomía descartan los meros hechos fingiendo una ignorancia obtusa sobre afirmaciones tan simples como que una política monetaria restrictiva puede causar una recesión. Sus modelos atribuyen las fluctuaciones de las variables agregadas a fuerzas causales imaginarias en las que no influye la acción de ninguna persona…”.

 En segundo lugar, el Estado debe repensarse. Para ello debe expulsar de sus inmediaciones a los distintos lobbies económicos y financieros que succionan del presupuesto público, y volver a controlar, desde la voluntad de la ciudadanía, el volante de la política fiscal. Sí es posible alcanzar el pleno empleo, y la política económica debe ineludiblemente centrarse en ello. Tras la ruptura de Bretton Woods en 1971, la mayoría de los gobiernos empezaron a emitir sus monedas mediante decretos legislativos bajo un tipo de cambio flotante. Un tipo de cambio flexible libera a la política monetaria de tener que defender una paridad fija. Los gobiernos que emiten sus propias monedas ya no tienen que financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden, y deben, concentrarse en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo.

 

Sin embargo, la realidad fue por otros derroteros: se cedió la financiación a los Tesoros al sistema financiero. Con ello se pretendía limitar la eficacia de la política fiscal de los gobiernos. Michal Kalecki ya en 1943 en “Political Aspects of Full Employment” exponía las razones por las que a “los hombres de negocio” o a las élites no les gustaba, y sigue sin gustarles, la idea de utilizar la política fiscal como instrumento de política económica. Hay que seguir manteniendo comportamientos y estructuras institucionales que limiten las capacidades de gasto de los gobiernos. Esto le da a la superclase un poderoso control indirecto sobre la política del gobierno, mientras permiten dar forma a los fundamentos de cierta ética capitalista basados en que te ganarás el pan con el sudor -a menos que tengas los medios privados suficientes-. Pero sobre todo permiten que el miedo siga desempeñando su papel como medida disciplinaria.

En tercer lugar, se debe desmontar el principal andamiaje, a modo de Leviatán, generado por la ortodoxia económica en las últimas tres décadas, bajo el fundamentalismo de mercado: la financiarización de la economía. Dicha financiarización es la responsable última de las subidas de los precios de los alquileres, del precio de la vivienda, del precio de los alimentos y de los combustibles, del precio de la luz, de la pobreza energética y alimentaria, de la desigualdad creciente, del mayor poder de mercado de ciertas empresas, en definitiva, de una extracción de rentas asfixiante… ¿O ustedes creen que los personajes más ricos del mundo han conseguido su fortuna con negocios reales y no financieros?

Sí, lo sé, lo que pido quizás, ingenuamente, es demasiado soñar. Pero, como recitaba el poeta Carl Sandburg, “nada sucede a menos que primero lo soñemos”.     (Juan Laborda  , El Salto, 21/08/23)

16/6/23

Michael Roberts: La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no para mejorar la economía y el medio ambiente del mundo, sino para una nueva estrategia global que sostenga el capitalismo estadounidense en el interior y el imperialismo estadounidense en el exterior... El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales. Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales... Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

 "La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington.

 El mes pasado, el Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, expuso la política económica internacional de la administración estadounidense.  Fue un discurso fundamental, porque Sullivan explicó lo que se denomina el Nuevo Consenso de Washington sobre la política exterior estadounidense.

El Consenso de Washington original era un conjunto de diez recetas de política económica que se consideraba que constituían el paquete de reformas "estándar" promovido para los países en desarrollo en crisis por instituciones con sede en Washington, D.C., como el FMI, el Banco Mundial y el Tesoro estadounidense. El término fue utilizado por primera vez en 1989 por el economista inglés John Williamson. Las recetas abarcaban políticas de fomento del libre mercado, como la "liberalización" del comercio y las finanzas y la privatización de activos estatales. También implicaban políticas fiscales y monetarias destinadas a minimizar los déficits fiscales y el gasto público.  Era el modelo político neoclásico aplicado al mundo e impuesto a los países pobres por el imperialismo estadounidense y sus instituciones aliadas.  La clave era el "libre comercio" sin aranceles ni otras barreras, la libre circulación de capitales y una regulación mínima, un modelo que beneficiaba específicamente a la posición hegemónica de Estados Unidos.

Pero las cosas han cambiado desde la década de 1990: en particular, el ascenso de China como potencia económica rival a escala mundial y el fracaso del modelo económico internacional neoliberal y neoclásico a la hora de generar crecimiento económico y reducir la desigualdad entre las naciones y dentro de ellas.  Especialmente desde el final de la Gran Recesión en 2009 y la Larga Depresión de la década de 2010, EE.UU. y otras economías capitalistas avanzadas líderes han estado tambaleándose.  La "globalización", basada en el rápido aumento del comercio y los flujos de capital, se ha estancado e incluso ha retrocedido.  El calentamiento global ha aumentado el riesgo de catástrofe medioambiental y económica.  La amenaza a la hegemonía del dólar estadounidense ha crecido.  Se necesita un nuevo "consenso".

El ascenso de China, con un gobierno y una economía que no se pliegan a los deseos de Estados Unidos, es una señal de alarma para los estrategas estadounidenses.  Las cifras del Banco Mundial que figuran a continuación hablan por sí solas.  La cuota de Estados Unidos en el PIB mundial aumentó del 25% al 30% entre 1980 y 2000, pero en las dos primeras décadas del siglo XXI volvió a caer por debajo del 25%.  En esas dos décadas, la cuota de China pasó de menos del 4% a más del 17%, es decir, se cuadruplicó.  La cuota de otros países del G7 -Japón, Italia, Reino Unido, Alemania, Francia, Canadá- descendió bruscamente, mientras que los países en desarrollo (excluida China) se han estancado como porcentaje del PIB mundial, variando su cuota en función de los precios de las materias primas y las crisis de deuda.

 El Nuevo Consenso de Washington pretende sostener la hegemonía del capital estadounidense y sus aliados menores con un nuevo enfoque.  Sullivan: "Ante la agravación de las crisis -el estancamiento económico, la polarización política y la emergencia climática- se requiere una nueva agenda de reconstrucción". Estados Unidos debe mantener su hegemonía, dijo Sullivan, pero "la hegemonía, sin embargo, no es la capacidad de prevalecer -eso es dominación- sino la voluntad de que otros la sigan (bajo coacción), y la capacidad de establecer agendas".  En otras palabras, Estados Unidos establecerá la nueva agenda y sus socios menores la seguirán: una alianza de voluntarios.  Los que no la sigan pueden atenerse a las consecuencias.

Pero, ¿en qué consiste este nuevo consenso?  El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales.  Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales; no habrá libre circulación, sino capital y mano de obra controlados nacionalmente.  Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

Este cambio no es nuevo en la historia del capitalismo.  Siempre que un país se convierte en dominante económicamente a escala internacional, quiere libre comercio y mercados libres para sus bienes y servicios; pero cuando empieza a perder su posición relativa, quiere cambiar a soluciones más proteccionistas y nacionalistas.

A mediados del siglo XIX, el Reino Unido era la potencia económica dominante y defendía el libre comercio y la exportación internacional de sus capitales, mientras que las potencias económicas emergentes de Europa y América (tras la guerra civil) se apoyaban en medidas proteccionistas y en la "estrategia industrial" para construir su base industrial.  A finales del siglo XIX, el Reino Unido había perdido su hegemonía y su política pasó al proteccionismo. En 1945, después de que Estados Unidos "ganara" la II Guerra Mundial, entró en juego el consenso de Bretton Woods-Washington y se volvió a la "globalización" (para Estados Unidos). Ahora le toca a Estados Unidos pasar del libre mercado a estrategias proteccionistas dirigidas por el gobierno, pero con una diferencia.  Estados Unidos espera que sus aliados también sigan su camino y que, como resultado, sus enemigos sean aplastados.

Dentro del Nuevo Consenso de Washington hay un intento por parte de la corriente económica dominante de introducir lo que se denomina "economía moderna de la oferta" (EMES).  La "economía de la oferta" era un enfoque neoclásico opuesto a la economía keynesiana, que sostenía que todo lo que se necesitaba para el crecimiento eran medidas macroeconómicas fiscales y monetarias para garantizar una "demanda agregada" suficiente en una economía y todo iría bien.  A los partidarios de la oferta les disgustaba la implicación de que los gobiernos debían intervenir en la economía, argumentando que la macrogestión no funcionaría, sino que simplemente "distorsionaría" las fuerzas del mercado.  En esto tenían razón, como demostró la experiencia de los años setenta en adelante.

La alternativa del lado de la oferta era concentrarse en impulsar la productividad y el comercio, es decir, la oferta, no la demanda. Sin embargo, los partidarios de la oferta también se oponían totalmente a la intervención pública en la oferta.  El mercado, las empresas y los bancos podrían hacer el trabajo de mantener el crecimiento económico y los ingresos reales, si se les dejaba solos.  Esto también ha demostrado ser falso.

Así que ahora, dentro del Nuevo Consenso de Washington, tenemos la "economía moderna de la oferta".  Así lo expuso la actual secretaria del Tesoro estadounidense y ex presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, en un discurso pronunciado en el Stanford Institute for Economic Policy Research.  Yellen es la Nueva Keynesiana por excelencia, que defiende tanto las políticas de demanda agregada como las medidas del lado de la oferta.

Yellen explicó: "el término "economía moderna de la oferta" describe la estrategia de crecimiento económico de la Administración Biden, y la contrastaré con los enfoques keynesianos y tradicionales de la oferta".  Y continuó: "Con lo que realmente estamos comparando nuestro nuevo enfoque es con la "economía de la oferta" tradicional, que también busca expandir la producción potencial de la economía, pero a través de una agresiva desregulación emparejada con recortes fiscales diseñados para promover la inversión de capital privado."

¿Cuál es la diferencia? "En cambio, la economía moderna de la oferta da prioridad a la oferta de mano de obra, el capital humano, las infraestructuras públicas, la I+D y las inversiones en un medio ambiente sostenible.  Todas estas áreas de atención tienen como objetivo aumentar el crecimiento económico y abordar los problemas estructurales a largo plazo, en particular la desigualdad"

Yellen descarta el antiguo enfoque: "Nuestro nuevo enfoque es mucho más prometedor que la antigua economía de la oferta, que considero una estrategia fallida para aumentar el crecimiento.  Los importantes recortes fiscales sobre el capital no han logrado los beneficios prometidos.  Y la desregulación tiene un historial igualmente pobre en general y con respecto a las políticas medioambientales, especialmente en lo que se refiere a frenar las emisiones de CO2".  Efectivamente.

Y Yellen señala lo que hemos discutido en este blog muchas veces. "Durante la última década, el crecimiento de la productividad laboral en Estados Unidos apenas alcanzó una media del 1,1%, casi la mitad que durante los cincuenta años anteriores.  Esto ha contribuido a un lento crecimiento de los salarios y la remuneración, con ganancias históricas especialmente lentas para los trabajadores en la parte inferior de la distribución salarial."

 Yellen orienta a su audiencia de economistas de la corriente dominante hacia la naturaleza de la moderna economía de la oferta.  "El potencial de crecimiento a largo plazo de un país depende del tamaño de su mano de obra, la productividad de sus trabajadores, la renovabilidad de sus recursos y la estabilidad de sus sistemas políticos.  La economía moderna de la oferta trata de estimular el crecimiento económico impulsando la oferta de mano de obra y aumentando la productividad, reduciendo al mismo tiempo la desigualdad y los daños medioambientales.  Esencialmente, no nos centramos únicamente en lograr una cifra de crecimiento superior que sea insostenible, sino que aspiramos a un crecimiento que sea integrador y ecológico". Así pues, la economía del MSSE pretende resolver los fallos del capitalismo del siglo XXI.

¿Cómo?  Básicamente, mediante subvenciones públicas a la industria, no mediante la propiedad y el control de los sectores clave de la oferta.  Como ella dice: "la estrategia económica de la Administración Biden adopta, en lugar de rechazar, la colaboración con el sector privado mediante una combinación de incentivos mejorados basados en el mercado y un gasto directo basado en estrategias empíricamente probadas.  Por ejemplo, un paquete de incentivos y descuentos para energías limpias, vehículos eléctricos y descarbonización incentivará a las empresas a realizar estas inversiones críticas."  Y gravando a las empresas tanto a nivel nacional como a través de acuerdos internacionales para poner fin a la evasión de paraísos fiscales y otros trucos de elusión del impuesto de sociedades.

En mi opinión, los "incentivos" y las "regulaciones fiscales" no lograrán el éxito del lado de la oferta más que la versión neoclásica de la ESS, porque la estructura existente de producción e inversión capitalista permanecerá en general intacta.  La economía moderna de la oferta espera que la inversión privada resuelva los problemas económicos y que el gobierno "dirija" dicha inversión en la dirección correcta.  Pero la estructura existente depende de la rentabilidad del capital.  De hecho, es más probable que los impuestos a las empresas y la regulación gubernamental reduzcan la rentabilidad más de lo que los incentivos y las subvenciones gubernamentales la aumenten.

La moderna economía de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington combinan la política económica nacional e internacional de las principales economías capitalistas en una alianza de voluntades.  Pero este nuevo modelo económico no ofrece nada a los países que se enfrentan a crecientes niveles de deuda y costes de servicio que están llevando a muchos de ellos al impago y a la depresión.

 El Banco Mundial ha informado esta misma semana de que el crecimiento económico en el Sur Global fuera de China caerá del 4,1% en 2022 al 2,9% en 2023. Golpeados por la alta inflación, el aumento de los tipos de interés y los niveles récord de deuda, muchos países se están empobreciendo. Catorce países de renta baja se encuentran ya en situación de alto riesgo de sobreendeudamiento, frente a solo seis en 2015. "A finales de 2024, el crecimiento de la renta per cápita en cerca de un tercio de los EMDE será inferior al registrado en vísperas de la pandemia. En los países de renta baja -especialmente los más pobres- el daño es aún mayor: en alrededor de un tercio de estos países, los ingresos per cápita en 2024 se mantendrán por debajo de los niveles de 2019 en una media del 6%."

Y no hay cambios en las condiciones de préstamo del FMI, la OCDE o el Banco Mundial: se espera que los países endeudados impongan medidas fiscales austeras sobre el gasto público y privaticen las entidades estatales restantes.  La cancelación de la deuda no está en la agenda del Nuevo Consenso de Washington.  Además, como dijo recientemente Adam Tooze, "Yellen trató de demarcar los límites de una sana competencia y cooperación, pero no dejó ninguna duda de que la seguridad nacional triunfa sobre cualquier otra consideración en Washington hoy en día".  La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no de mejores economías y medio ambiente para el mundo, sino de una nueva estrategia global para sostener el capitalismo estadounidense en casa y el imperialismo estadounidense en el exterior."                   

(Michael Roberts es economista en la City de Londres, Brave New Europe, 08/06/23; traducción DEEPL)