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5/7/13

Rajoy negaba en 1984 que hubiera igualdad y tildaba de 'envidiosos' a sus defensores

"La igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad". Ésta es una de las aportaciones al debate sobre la igualdad de un joven Mariano Rajoy Brey en 1984, ajeno, probablemente, a que un día sería presidente del Gobierno  (...)

Rajoy escribió un artículo en su periódico favorito, el gallego El Faro de Vigo (el único que lee, según ha afirmado en alguna ocasión), cuando era presidente de la Diputación de Pontevedra y que ha vuelto a la actualidad por su fuerte componente ideológico en medio de un debate que también lo tiene, el de la reforma de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). Éstas son las afirmaciones más llamativas del texto del hoy jefe del Ejecutivo:

- [Sobre la "utilización política" de la envidia]: "Vaguedades como ‘la eliminación de las desigualdades excesivas', ‘supresión de privilegios', ‘redistribución', ‘que paguen los que tienen más',... son utilizadas frecuentemente por los demagogos para así conseguir sus objetivos políticos".

- "El autor [Gonzalo Fernández de la Mora, ex ministro de Franco] dedica unas brillantes páginas [en La envidia igualitaria] a demostrar el error en que incurren quienes a veces, conscientemente y utilizando el sentimiento de la envidia, y otras, sin valorar el alcance de sus aseveraciones, sostienen la opinión de que todos los hombres son iguales y en consecuencia, trata de suprimir las desigualdades".

- "La igualdad biológica no es posible. Pero tampoco lo es la igualdad social: no es posible la igualdad del poder político ("no hay sociedad sin jerarquía"), tampoco la de la autoridad (¿sería posible equiparar la autoridad de todos los miembros de un mismo gremio, por ejemplo, de todos los pintores o los cirujanos?), o la de la actividad (es difícil imaginar un ejército en el que todos fueran generales; o una universidad en la que todos fueran rectores), o la del premio, o la de oportunidades (las circunstancias temporales, geográficas y familiares colocan inevitablemente a los individuos en situaciones más o menos favorables, nadie tiene la misma oportunidad mental, ni histórica, ni nacional; no es igual nacer en EEUU que en URSS); ni siquiera la económica".

- "Demostrada de forma indiscutible que la naturaleza, que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, no tratemos de explotar la envidia y el resentimiento para asentar sobre tan negativas pulsiones la dictadura igualitaria".

- "La experiencia ha demostrado de modo irrefragable que la gestión estatal es menos eficaz que la privada. ¿Qué sentido tienen pues, las nacionalizaciones? Principalmente el de desposeer -vid. Rumasa-, o sea, el de satisfacer la envidia igualitaria".

- "Al revés de lo que propugnaban Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre por ella misma y que el Estado no la obligue a ser un plagio".

- "No es bueno cultivar el odio, sino el respeto al mejor".

- "La aprobación por nuestras Cortes Generales de algunas leyes como la última de la Función Pública constituye un claro ejemplo de igualdad impuesta, pues pretende equiparar a quien por capacidad, trabajo y méritos son claramente desiguales y sólo va a servir para satisfacer ese gran mal que constituye la envidia igualitaria".    (Público, 27/06/2013) 

3/7/12

El síndrome del poder: Lo caracterizan la soberbia, la desmesura, y la huida de la realidad con mayor o menor intensidad dependiendo de la capacidad intelectual de la persona. Mariano Rajoy fue probablemente el primer mandatario español de la etapa democrática que llegó al Gobierno con dicho síndrome incorporado

"Mariano Rajoy fue probablemente el primer mandatario español de la etapa democrática que llegó al Gobierno con el síndrome de La Moncloa incorporado. En realidad esa dolencia, de vieja raigambre, tiene nombre propio.

 La definió a la perfección un antiguo ministro de Exteriores británico y neurólogo de formación, David Owen, quien invirtió seis años en estudiar el cerebro de los líderes de la clase dirigente. Con los resultados, publicó un libro titulado “En la enfermedad y en el poder” (2008), que explicaba las razones para el desvarío de quienes alcanzan altas cotas de mando: el síndrome Hybris. 

Lo caracterizan la soberbia, la desmesura, y la huida de la realidad con mayor o menor intensidad dependiendo de la capacidad intelectual de la persona.

En la primera fase, aún fresco el recuerdo de cuando salieron del anonimato, de sus cátedras, de sus oficinas, les acomete la inseguridad, casi la incredulidad en su propia valía. En el caso de Rajoy, influyen además sus dos derrotas electorales frente a Zapatero y la larga espera que conlleva. 

Pero aquí surge una nube de aduladores que se apresura a convencerles de sus excelencias. La mayoría espera sacar provecho, aunque esa circunstancia ellos prefieren no advertirla. Es el momento en el que les invade la soberbia. 
El líder ya está seguro. Le sobreviene así una exagerada confianza en sí mismo, ya no escucha ni a sus asesores ni a los ciudadanos, se cree en posesión absoluta de la verdad, con capacidad para hacer y deshacer según su voluntad y no reconoce sus errores. 

Rajoy añade la mayoría absoluta  –aunque se debiera a demérito del contrario– de la que no gozaron inicialmente sus antecesores. Ha sido su perdición: ya está en un tiempo récord atrapado por Hybris. No se digna a dar ruedas de prensa y, cuando tardíamente comparece, hace gala de una insólita prepotencia que evidencia aún más sus carencias. Y su pobre discurso de pretendida sencillez. (...)
Lo peor es que aquel Mariano Rajoy que llamó “bobo solemne” a José Luis Rodríguez Zapatero, ofrece –junto a su equipo– una caótica cuenta de resultados: recesión, subida del paro, merma de salarios y bajada del consumo como consecuencia de la política de austeridad; recortes insufribles en servicios vitales como sanidad y educación, mientras se inyecta dinero público al sector bancario y se pasan por el arco de la impunidad flagrantes irregularidades.  (...)
Por eso, Rajoy camina aceleradamente también hacia la tercera fase del síndrome Hybris: la que desata el miedo a perder lo obtenido. En ella, todos son enemigos a evitar, incluso en los consejos. Quienes le contradicen “no saben lo que dicen”. 

Rodearse de mediocres en su círculo más cercano apenas atenúa su temor. El rival brillante precisa su desactivación por cualquier método. En su mismo partido –también en otros– hay clamorosos ejemplos, como el de Esperanza Aguirre y su “inexistente” trama para espiar a contrincantes de su formación.
Y luego, el consecuente enclaustramiento en la torre de marfil. Nerones, Calígulas, Claudios que se encierran en su castillo. El síndrome de la Moncloa, de Génova, de Ferraz, de la última planta de cualquier empresa. Por eso José Luís Rodríguez Zapatero dijo la noche de su primera victoria electoral: “El poder no me va a cambiar”. Por eso… tampoco lo cumplió.
Tarde o temprano, el varapalo de las urnas, el cese, la pérdida del poder en definitiva, sume al afectado por el Hybris en la siguiente fase: desolación, victimismo que achaca a la incomprensión, no acertar a creer ahora que “con todo cuanto ha hecho por su país”, reciba “ese trato”. José María Aznar paseó su rabia y su rencor por medio mundo, como clara muestra de ello.  (...)
El coro de aduladores y el propio envanecimiento siguen arrullando al líder en su jaula de oro, aunque la deriva de los hechos sea evidente y la calle vibre en indignación, en desesperanza o en resignada apatía. Rajoy ya carga con Hybris, creyéndose todavía investido para una misión histórica conferida a un ser superior. Todavía."                 (Rosa María Artal, Attac España, 20/06/2012)