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24/9/24

El veneno oculto de tu casa: más de cien científicos piden legislar contra la toxicidad cotidiana invisible... “diariamente estamos en contacto con productos que, aunque están en el mercado, no son seguros, juguetes, pañales, cosméticos, productos de limpieza, ropa, envases alimentarios… Utensilios de uso cotidiano, hechos generalmente con materiales derivados del petróleo, y con “una toxicidad lenta pero persistente”... “Todas las placentas tienen residuos de policarbonato. El mercurio y los metales pesados están en la leche materna. Llevamos años demostrándolo”... “el 90% de las enfermedades crónicas están relacionadas con el medio ambiente”... “entre el 15 y el 20% de los cánceres pediátricos podrían ser evitables y están relacionados con la contaminación ambiental, y si nos vamos a los respiratorios sería un 60%”

 "Personalidades del ámbito de la ciencia llevan al Congreso el manifiesto Futuro sin tóxicos, una declaración que exige incrementar las medidas para proteger la salud de las personas ante los tóxicos presentes en productos de uso habitual.

El ser humano ha creado a lo largo de su historia unos 350.000 compuestos químicos de síntesis. Nos guste o no, químicamente hablando, hemos modificado el medio en el que desarrollamos nuestra existencia a niveles inéditos. Un ejemplo cotidiano: si en una casa de hace unas décadas los materiales utilizados apenas habían sido modificados —las cortinas eran de lino o algodón, el piso y los muebles estaban fabricados en madera—, “ahora el suelo es de PVC rociado de ftalatos, las paredes son de polietileno, los muebles de melanina, las telas de poliéster y el techo de policarbonato, todos ellos derivados del petróleo”.

Lo cuenta Nicolás Olea, representante del grupo de Endocrinologia y Medio Ambiente de la Sociedad Española de Endocrinologia y catedrático del Departamento de Radiología y Medicina Física de la Universidad de Granada, quien da otros datos que no dejan nada tranquilo a quien los escucha. “El 83% de los niños valencianos mea todos los días clorpirifos, un pesticida usado de forma masiva en las naranjas y prohibido desde el año 2021 —debido a los graves efectos neurológicos y genotóxicos que podía producir en humanos, especialmente niños, lo que incluye daño cerebral, déficit cognitivos y problemas conductuales como la hiperactividad— ”, pero que aún hoy está muy presente.

Las sustancias que nos rodean y pueden afectarnos negativamente se cuentan por miles, cifra que se ha incrementado de forma importante en los últimos años. Conocidos son los casos del bisfenol A o los ftalatos, presentes en muchos plásticos, entre otros materiales, y bajo sospecha de ser disruptores endocrinos. Hablamos de elementos capaces de modificar el funcionamiento de nuestro sistema hormonal, con un abanico de consecuencias en la salud que van desde los trastornos reproductivos, a los defectos y malformaciones al nacer o el cáncer.

También de los llamados contaminantes orgánicos persistentes, “sustancias muy estables que cuando las incluyes en el medio ambiente persisten muchos años”, explica Ethel Eljarrat, directora del Instituto de Diagnóstico ambiental y Estudios del Agua del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

La contaminación silenciosa que estará muy presente en el futuro

Eljarrat habla de la contaminación silenciosa de sustancias “que no nos van a dar un efecto rápido e inmediato como en la pandemia, sino que tienen una toxicidad que se debe a la exposición diaria de a dosis muy pequeñas”, exposición que se convierte en “crónica” y llega a provocar efectos tóxicos.

Lo que produzcamos hoy, además, puede tener consecuencias insospechadas en el futuro. “Estamos dejando entrar en nuestros hogares muchas sustancias potencialmente perjudiciales para la salud no solo de esta generación, sino también de la futuras”, denuncia Elena Codina, responsable de la Unidad de Salud Medioambiental del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona y representante de la Sociedad Catalana de pediatría. Estas, continúa, “tienen un efecto transgeneracional, pues pueden hacer que se expresen más, o menos, en ciertos genes, también en las futuras generaciones”.

Olea pone otro ejemplo sobre la mesa al respecto de una investigación en la que trabaja: “La mala calidad seminal de un individuo de 24 años que va a una consulta de fertilidad porque no fecunda a su pareja se definió en las primeras 34 semanas en el vientre de su madre. Esa es la hipótesis que barajamos”.

Como denuncia Marta Beltrán, directora de proyectos de la Fundación Rezero, “diariamente estamos en contacto con productos que, aunque están en el mercado, no son seguros”. Habla de juguetes, pañales, cosméticos, productos de limpieza, ropa, envases alimentarios… Utensilios de uso cotidiano, hechos generalmente con materiales derivados del petróleo, y con “una toxicidad lenta pero persistente”.

Declaración por un futuro sin tóxicos

Numerosos estudios han demostrado la presencia de algunas de estas sustancias en el cerebro, la sangre, la orina y hasta en la placenta humana, el órgano encargado de ofrecer oxígeno y nutrición al futuro bebé. “Todas las placentas tienen residuos de policarbonato. El mercurio y los metales pesados están en la leche materna. Llevamos años demostrándolo”, lamenta Olea.

Para contribuir a paliar esta situación, desde la Fundación Rezero están promoviendo desde abril la declaración Futuro sin Tóxicos, avalada por más de un centenar de personalidades científicas, que esta semana han llevado al Congreso. Olea, Codina, Eljarrat y profesionales como Juan Antonio Ortega, presidente de la Asociación Española Científica de Pediatría, acompañaron este 17 de septiembre a Marta Beltrán y a Rosa García, directora de Rezero. Todos ellos se reunieron con la presidenta del Congreso, Francina Armengol, quien recibió de la comitiva la necesidad de acelerar el cumplimiento de la normativa existente en todos los productos del mercado, independientemente del lugar de producción y canal de venta. La presidenta, quien afirmó que “sin ciencia, no hay legislación”, se comprometió con los presentes a pedir a los ministerios de Sanidad y Transición Ecológica que aceleren las medidas para eliminar la carga tóxica de los productos de consumo.

El grupo de científicos se reunió también con representantes de los partidos políticos con representación en la Cámara baja para trasladarles la necesidad de que se renueve la Ley General de Sanidad con una perspectiva amplia de salud planetaria; así como que hagan cumplir la Ley de residuos y suelos contaminados, actualmente estancada.

Asimismo, les trasladaron la urgencia del cumplimiento del reglamento REACH —normativa para el registro, evaluación, autorización y restricción de sustancias y preparados químicos— y la hoja de ruta de restricciones propuesta por la Comisión Europea en el marco de la Estrategia para la Sostenibilidad de las Sustancias Químicas en todos los productos del mercado.

Del principio de precaución a la inteligencia humana

“Las personas consumidoras no tenemos que tener un máster en química para ver si ese producto que voy a llevar a casa puede tener impacto en mis hijos e hijas”, denunciaba la directora de Rezero. Es por ello que la declaración reclama medidas efectivas para proteger la salud ante los tóxicos presentes en los productos de uso cotidiano.

Entre las medidas urgentes que plantea, además de las que la comitiva trasladó a los diputados, se encuentra la implementación del principio de precaución en el diseño y fabricación de los productos. Este dicta que no es necesario la confirmación total y absoluta de un riesgo para la salud para que se pase a la acción. “Si una sustancia puede ser potencialmente dañina, ¿por qué no la legislamos antes?”, se preguntaba la responsable de la Unidad de Salud Medioambiental del Hospital Sant Joan de Déu. También exigen la transparencia de la información sobre la composición de los artículos y la evaluación del riesgo de exposición para las personas y el medio ambiente.

Todas ellas son medidas que pretenden frenar un problema cuyas cifras no son mainstream mediaticamente hablando pero su volumen sí lo es. Como denuncia el presidente de la Asociación Española Científica de Pediatría, “el 90% de las enfermedades crónicas están relacionadas con el medio ambiente”. Juan Antonio Ortega, quien lleva 25 años investigando sobre salud y medio ambiente, afirma que “entre el 15 y el 20% de los cánceres pediátricos podrían ser evitables y están relacionados con la contaminación ambiental, y si nos vamos a los respiratorios sería un 60%”.

“Cuántas lágrimas secas habríamos eliminado en muchas familias afectadas. Cuántas podíamos haber evitado si hubiésemos tenida una mirada más juiciosa, cautelar, basada en la inteligencia humana”, lamenta Ortega, quien finaliza: “Evidencias nos sobran. Necesitamos políticos valientes con determinación suficiente para trasladar las alternativas disponibles”."                (Pablo Rivas, El Salto, 20/09/24)

10/1/24

Bruxelas advirte de que a vertedura de pellets nas costas galegas "ameaza" o medio mariño e a pesca... O Executivo europeo propuxo medidas para reducir a contaminación de pellets de plástico en outubro de 2023, unhas normas que Virginijus ​Sinkevicius considera "fundamentais" para loitar contra a contaminación por plásticos no futuro.

 "A Comisión Europea advertiu esta cuarta feira de que a vertedura de 26 toneladas de pellets de plástico fronte ás costas galegas "ameaza o medio mariño e actividades económicas como a pesca". "Estamos desexosos de debater como podemos axudar", sinalou o comisario europeo de Medio Ambiente, Océanos e Pesca, Virginijus Sinkevicius, no seu perfil da rede social X.

O Executivo europeo propuxo medidas para reducir a contaminación de pellets de plástico en outubro de 2023, unhas normas que Sinkevicius considera "fundamentais" para loitar contra a contaminación por plásticos no futuro.

A mensaxe do comisario responde á chamada de varios eurodeputados españois que reclamaron este martes á Comisión que se pronunciase sobre o que consideran unha "catástrofe" ambiental, aínda que Bruxelas insiste polo momento en que a xestión desta situación compete ás autoridades estatais.

Esta mesma cuarta feira, a eurodeputada do BNG, Ana Miranda, referiuse a estra "traxedia medioambiental" e exixiu á Comisión, "medidas urxentes para paliar a contaminación". Fronte a este "desastre ecolóxico que afecta a costa galega de norte a sur", coa chegada de pelets desde A Guarda á Mariña, e que volve representar unha enorme ameaza para o entorno natural, fauna mariña, para a pesca de baixura e para a conservación medio ambiental, a eurodeputada do Bloque subliña que é fundamental a aplicación de medidas urxentes por parte das distintas institucións

O ministro de Agricultura, Pesca e Alimentación, Luis Planas, asegurou este martes que "neste momento" o sector pesqueiro nacional non sofre "ningunha afectación" pola presenza de pellets de plástico na costa.

Saúde alimentaria

"Non temos noticia neste momento de ningunha afectación concreta que puidese situarse no noso sector pesqueiro. Non existe nestes momentos ningunha información de problemas e vinculadas a esta situación que deriven en problemas para o consumo de peixe ou de mariscos", sinalou na rolda de prensa posterior ao Consello de Ministras e Ministros, recalcando que a saúde alimentaria é "fundamental".                (Nós, 10/01/24)

22/6/23

La ONU traza una hoja de ruta para solucionar la contaminación mundial por plásticos

 "El informe consiste en un análisis centrado en soluciones de prácticas concretas, cambios en el mercado y políticas que pueden informar a los gobiernos

Nairobi.- Según un nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la contaminación por plásticos podría reducirse en un 80% de aquí a 2040 si los países y las empresas realizan profundos cambios en sus políticas y mercados utilizando las tecnologías existentes. El informe se publica de cara a la segunda ronda de negociaciones en París sobre un acuerdo mundial para poner fin a la contaminación por plásticos, y en él se exponen la magnitud y la naturaleza de las medidas necesarias para acabar con la contaminación por plásticos y crear una economía circular.

El informe Cerrar el grifo: cómo el mundo puede poner fin a la contaminación por plásticos y crear una economía circular consiste en un análisis centrado en soluciones de prácticas concretas, cambios en el mercado y políticas que pueden informar a los gobiernos y a las empresas.

"La manera en que producimos, utilizamos y eliminamos los plásticos está contaminando los ecosistemas, lo que provoca riesgos para la salud humana y desestabiliza el clima —declaró Inger Andersen, Directora Ejecutiva del PNUMA—. Este informe del PNUMA traza una hoja de ruta para reducir de forma radical estos riesgos mediante la adopción de un enfoque circular que evite que los plásticos entren en los ecosistemas, en nuestros cuerpos y en la economía. Si todos juntos adoptamos este plan de trabajo, en particular en el marco de las negociaciones sobre el acuerdo relativo a la contaminación por plásticos, lograremos beneficios económicos, sociales y ambientales sin precedentes".

Cambios necesarios para la transformación del mercado hacia la circularidad

En primer lugar, el informe propone eliminar los plásticos problemáticos e innecesarios para reducir la magnitud del problema y reducir la contaminación por plásticos en un 80% en todo el mundo de aquí a 2040. Posteriormente, el informe aboga por tres cambios en el mercado: reutilizar, reciclar y reorientar-diversificar los productos:

  1. Reutilizar: El fomento de las opciones de reutilización, por ejemplo, las botellas recargables, los dispensadores a granel, los sistemas de depósito, devolución y retorno, los sistemas de recuperación de envases, entre otros, puede reducir el 30% de la contaminación por plásticos de aquí a 2040. Con el fin de materializar estas posibilidades, los gobiernos deben ayudar a crear un modelo de negocio más favorable, atractivo y convincente en favor de los productos reutilizables.
     
  2. Reciclar: Es posible reducir la contaminación por plásticos en un 20% adicional para 2040 si el reciclaje se convierte en un negocio más estable y rentable. La eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles, la aplicación de directrices de diseño para mejorar la reciclabilidad y la puesta en práctica de otras medidas aumentarían la proporción de plásticos económicamente reciclables del 21% al 50%.
     
  3. Reorientar y diversificar: Los productos plásticos presentes en envases, envoltorios de plástico, bolsitas, artículos de comida rápida y similares pueden ser remplazados con prudencia por productos fabricados con materiales alternativos (como papel o materiales compostables) puede suponer una disminución adicional del 17% de la contaminación por plásticos.

Aunque se logren aplicar todas las medidas anteriores, en 2040 todavía habrá que tratar de forma segura 100 millones de toneladas métricas de plásticos procedentes de productos de un solo uso y de vida corta, además del importante cúmulo de contaminación plástica existente. Esta cuestión puede solucionarse mediante la creación y aplicación de normas de diseño y seguridad para eliminar los desechos plásticos no reciclables, y mediante la atribución a los fabricantes de la responsabilidad de los productos que desprenden microplásticos, entre otras medidas.

En conjunto, el cambio a una economía circular supondría un ahorro de US$ 1,27 billones, teniendo en cuenta los costes y los ingresos por el reciclaje. Asimismo, se ahorrarían US$ 3,25 billones en externalidades evitadas en ámbitos como la salud pública, el clima, la contaminación atmosférica, la degradación de los ecosistemas marinos y los costes relacionados con litigios. Este cambio hacia una economía circular generaría igualmente la creación de 700.000 puestos de trabajo adicionales de aquí a 2040, sobre todo en los países de ingreso bajo, al tiempo que mejoraría significativamente los medios de subsistencia de millones de trabajadores del sector informal.

Los costes de inversión para lograr el cambio sistémico recomendado en el informe son elevados, pero aun así son inferiores al gasto total de no hacerlo: US$ 65.000 millones anuales en comparación con los actuales US$ 113.000 millones anuales. Gran parte de esta cantidad puede movilizarse trasladando las inversiones previstas para nuevas instalaciones de producción (que ya no son necesarias gracias a la reducción de las necesidades de material) o mediante la imposición de un impuesto sobre la producción de plástico virgen para destinarlo a la infraestructura circular necesaria. Sin embargo, el tiempo apremia: un retraso de cinco años puede provocar un aumento de 80 millones de toneladas métricas de contaminación por plástico para 2040.

Los costes más elevados que se derivan tanto de la economía lineal (usar y desechar) como de la economía circular son los costes operativos. Si se cuenta con una normativa que garantice que los plásticos sean diseñados para ser circulares, los sistemas de Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP) podrán cubrir estos costes operativos para garantizar la circularidad del sistema, al exigir a los productores que financien la recolección, el reciclaje y la eliminación responsable de los productos plásticos al final de su vida útil.

Las políticas consensuadas a nivel internacional pueden ayudar a superar las limitaciones de los programas nacionales y de la acción empresarial, sostener una economía circular próspera del plástico a nivel mundial, generar oportunidades empresariales y crear puestos de trabajo. Estas pueden incluir criterios acordados para los productos de plástico que podrían prohibirse, una base de conocimientos común de carácter internacional, reglas sobre las normas mínimas de funcionamiento necesarias de los sistemas de RAP y demás normativas.

Por su parte, en el informe se recomienda que un marco fiscal mundial podría formar parte de las políticas internacionales para permitir que los materiales reciclados compitan en igualdad de condiciones con los materiales vírgenes, crear una economía de escala para las soluciones y establecer sistemas de seguimiento y mecanismos de financiación.

Por tanto, resulta decisivo alentar a las autoridades políticas y legislativas a que adopten un enfoque que integre instrumentos reguladores y políticas que hagan frente a las dificultades presentes en cada etapa del ciclo de vida de los plásticos, ya que las etapas y los instrumentos se refuerzan mutuamente para alcanzar el objetivo de transformar la economía. Por ejemplo, las normas de diseño para que los productos sean económicamente reciclables pueden combinarse con objetivos para incorporar contenido reciclado e incentivos fiscales para las plantas de reciclaje.

Por último, en el informe se describen con detalle un conjunto de políticas específicas, tales como normas de diseño, seguridad y plásticos compostables y biodegradables; objetivos de reciclado mínimo; sistemas de RAP; impuestos; prohibiciones; estrategias de comunicación; contratación pública y etiquetado."                (ONU, 16/ 05/23)


 "(...) Todo esto viene a cuento de la segunda reunión de negociación del Tratado Global de las Naciones Unidas para Poner Fin a la Contaminación por Plásticos que finalizó en París el pasado 2 de junio y que ha abordado la grave crisis del plástico. En dicha reunión, a la que asistieron casi 180 Estados se ha logrado un acuerdo de mínimos para desarrollar una primera versión del texto del tratado, una especie de «borrador cero» antes de la próxima ronda de negociaciones que tendrá lugar en Kenia en noviembre de este año.

Uno de los debates en que se ha centrado la reunión en París ha estado en si reducir la producción de plástico o centrarse exclusivamente en su reciclaje. Empresas con intereses en los plásticos han exagerado las posibilidades del reciclaje y han tratado de minusvalorar la ingente cantidad de plásticos que se fabrican. Y solo se recicla correctamente un 9% de plástico. En la medida en que la producción de plástico sigue aumentando, los residuos plásticos no dejarán de crecer. El reciclaje químico y físico tampoco es la solución: sabemos que los plásticos reciclados están contaminados con productos químicos tóxicos, pudiendo estarlo más que los plásticos vírgenes. Podemos restringir el uso de productos químicos peligrosos en los plásticos y detener los nuevos métodos de «reciclaje» como el químico que convierte los residuos plásticos en sus componentes aplicando calor, es decir, incinerándolos, ya que es bien conocido que estos tratamientos térmicos producen sustancias de descomposición que son altamente carcinogénicas, tal y como son las dioxinas.

El propio PNUMA de Naciones Unidas ha publicado un informe titulado «Cerrar el grifo: cómo el mundo puede poner fin a la contaminación por plásticos y crear una economía circular». Y es que los plásticos no solo representan una lacra para el medio ambiente, sino también un factor clave en el calentamiento global.

Ante este problema creciente, la UE y diversos países en vías de desarrollo defienden un acuerdo ambicioso y vinculante sobre la reducción en la producción de plásticos y la prohibición de aquellos materiales más nocivos. En cambio, Estados Unidos, China, Rusia, India y los principales productores de petróleo se muestran mucho más reticentes. Les gustaría que el tratado solo abordara el reciclaje y no impusiera obligaciones.

Gracias al uso del plástico, la humanidad ha conseguido avanzar en todos los terrenos, desde la navegación y la construcción, hasta la automoción e incluso en la medicina. El problema es que se ha incorporado con demasiada confianza y con falta de prevención y sin tener en cuenta que se trata de un compuesto químico al que, en algunos casos como el PVC, se le añaden sustancias muy tóxicas para el medio ambiente y perjudiciales para la nuestra salud.

Una de las peores decisiones que se tomaron fue elaborar con los plásticos productos de un solo uso, de usar y tirar. Desde bolsas de supermercado a maquinillas de afeitar, desde cubiertos desechables a envases de bebidas sin retorno.

La mayoría de los polímeros tienen una historia muy corta, menos de cincuenta años, de manera que todavía no conocemos los riesgos tóxicos que tienen para nosotros y nosotras y para el medio ambiente. Algunos se están descubriendo ahora, muy tarde, porque hemos plastificado el planeta, y hemos convertido a un desconocido en el material más abundante en el mismo.

Para evitar que las cosas no vayan a más, es necesario actuar en varios frentes. En primer lugar, se debe reducir la fabricación, la comercialización y el uso de plásticos procedentes del petróleo y limitar al mínimo los productos de un solo uso elaborados con este material. En este sentido disponemos ya de una nueva ley estatal de residuos 7/2022 que con la finalidad de romper el vínculo entre el crecimiento económico y los impactos sobre la salud humana y el medio ambiente asociados a la generación de residuos, desarrolla unas políticas de prevención de residuos que deben encaminarse a lograr un objetivo de reducción en peso de los residuos generados, de un 13% en 2025 respecto a los generados en el año 2010 y un 15% en el 2030, respecto a lo generado en el año 2010.

En segundo lugar, y referido a los residuos plásticos de las basuras, las principales alternativas son la venta a granel y el envase reutilizable, y la implantación del Sistema de Depósito, Devolución y Retorno (SDDR), por el que abogan al unísono las organizaciones ecologistas (...) que mejoran de forma muy significativa el reciclaje de los envases de bebida plásticos, y del que Ecoembes, gestor del contenedor amarillo, es el principal lobby opositor (...)"                    (Julen Rekondo  , Rebelión, 22/06/2023)

5/10/22

Manuel Maqueda, el especialista en contaminación de plásticos que triunfa en Harvard... Es el primero en enseñar Economía Circular y Regenerativa en Harvard, y su narrativa sobre la contaminación por plásticos ha calado en Naciones Unidas

 "En 2010 Manuel Maqueda (Madrid, 1969) se paseaba por Oakland (California) con un reloj sin cifras ni manecillas. “Now!”, podía leerse en la esfera. Toda una declaración de principios sobre el tiempo. Ni el futuro ni el pasado parecían importarle demasiado. Hacía lo que más le gustaba: abrir caminos. Dos años antes, había conocido al capitán Charles J. Moore, el descubridor de la gran mancha de basura del Pacífico. “Por primera vez escuché hablar de la contaminación por plásticos”, recuerda. A la mañana siguiente googleó “contaminación” + “plástico”. Cero resultados. “No había nada”. Maqueda tuvo una epifanía: se trataba de un error de diseño. “Usábamos un material no biodegradable que se fragmentaba en partículas y duraba miles de años para fabricar cosas de usar y tirar. Un disparate”.

Maqueda, que de niño quiso estudiar Biología y ser Félix Rodríguez de la Fuente, pero que acabó haciendo Económicas y Derecho porque a sus padres les parecía el camino más corto para “colocarse”, decidió que él iba a contar esa historia. “Llamé a Google, les dije que tenían los océanos de Google Maps vacíos y que se me había ocurrido llenarlo con las manchas de plástico. Entonces estaban montando Google Ocean y necesitaban contenido. Me citaron en la sede de Mountain View y firmé un montón de documentos”. Aquel proyecto nunca salió porque Maqueda prefirió empezar por el principio. “Había que crear una narrativa”. Así nació The Plastic Pollution Coalition. En 2022 Naciones Unidas redacta un tratado internacional contra la contaminación por plástico usando su vocabulario. “Sí se puede”, dice satisfecho.

 Después de 20 años en Estados Unidos, vuelve a Madrid. Nos citamos en la biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial porque dice que “no hay plásticos y es un sitio pensado para durar”. Ahora usa un reloj convencional que marca la hora de recoger a sus hijos en el colegio. No ha conseguido ser Rodríguez de la Fuente, pero sí enseñar Economía Circular en la Universidad de Harvard, donde ha creado el primer curso de Economía Regenerativa. “Digamos que ser sostenible es el primer paso; ser circular, el segundo, y regenerativo, el tercero e indispensable”. Sus clases están abiertas a todos, pero algunos alumnos les duran menos que otros. “No soy catedrático, ni siquiera tengo un doctorado, estoy ahí para conseguir impacto”. Para Maqueda eso significa “cambiar el modo de pensar de gente influyente”. “Doy clases a profesionales de la sostenibilidad, empresarios, ministros, catedráticos. Muchos llegan con la idea de que la economía circular es un añadido a la sostenibilidad, pero el 80% de los impactos están en la fase de diseño, y eso significa rediseñar todos los productos y servicios. Hay quien no quiere escucharlo y se va”.

A sus clases también se apuntan los maestros del greenwashing, ese lavado de cara tan extendido que consiste en usar el lenguaje verde para seguir haciendo lo mismo de siempre. “Los puedo identificar a kilómetros… ‘Yo ya soy parte de la economía circular, mi empresa recicla el 20% de las botellas’, dicen. No quieren aprender”. Una vez se le apuntaron 11 directivos de una empresa dedicada a la pirólisis de plástico (convertir el plástico en combustible). “Eso no es economía circular”, les dijo. Poco a poco fueron desapareciendo.

“Soy el mismo de antes, pero ahora lo digo con el gorro de Harvard y la gente me escucha con más atención”. Maqueda pregunta en su clase: “¿Cuál es el valor del conocimiento en un mundo donde la información crece exponencialmente cada día? La respuesta es fácil: tiende a cero. Lo único que aumenta su valor en este contexto es la sabiduría, hacer las buenas preguntas porque las respuestas ya te las regalan”. En 2022 uno se apunta a un curso de Harvard para aprender a preguntar."             (Karelia vázquez, El País, 20/09/22)

5/8/22

Tamil Nadu, el estado de India que le declaró la guerra al plástico

 "Amul Vasudevan, una vendedora ambulante de vegetales en el estado sureño de Tamil Nadu, India, pensó que su negocio desaparecería.

El estado había prohibido a los minoristas el uso de bolsas de plástico desechables, artículo indispensable para el sustento de Vasudevan por su bajo precio. Ella no podía permitirse el lujo de vender sus productos en bolsas de tela reutilizables.

Tamil Nadu no fue el primer estado indio que intentó reducir la contaminación por plástico, pero a diferencia de otros, fue implacable a la hora de hacer cumplir su ley. Vasudevan fue multada en repetidas ocasiones por utilizar bolsas desechables.

Ahora, tres años después de la entrada en vigor de la prohibición, el uso de bolsas de plástico por parte de Vasudevan se ha reducido en más de dos tercios; la mayoría de sus clientes traen bolsas de tela. Muchas calles de este estado de más de 80 millones de habitantes están prácticamente libres de residuos de plástico.

 Sin embargo, la prohibición de Tamil Nadu dista mucho de ser un éxito absoluto. Mucha gente sigue desafiando la prohibición por considerar que las alternativas al plástico son demasiado caras o incómodas. La experiencia de ese estado ofrece lecciones para el resto de India, donde el mes pasado entró en vigor una ambiciosa prohibición nacional para la fabricación, importación, venta y uso de algunos plásticos de un solo uso.

 “Las bolsas de plástico solo pueden eliminarse si el cliente lo decide, no el vendedor”, comentó Vasudevan desde su puesto ubicado en la calle Muthu de Chennai, la capital del estado. “Deshacerse de ellas es un proceso lento; no puede ocurrir de la noche a la mañana”.

 En todas las metrópolis y pueblos de India, la vida cotidiana está entrelazada con el plástico desechable, considerado como uno de los peores peligros para el medioambiente. Las compras de todo tipo se llevan a casa en bolsas desechables, y la comida se sirve en platos y bandejas de un solo uso. El país es el tercer mayor productor mundial de residuos plásticos desechables, después de China y Estados Unidos.

 Pero el gobierno del primer ministro Narendra Modi ha prohibido algunos de esos artículos omnipresentes como los vasos, platos, cubiertos, popotes e hisopos desechables. Las bolsas de un solo uso están prohibidas, pero se permiten las más gruesas y reutilizables. La prohibición no incluye las botellas de refresco ni los envoltorios de plástico de las papas fritas y otros bocaditos.

India sigue el ejemplo de otros lugares como Bangladés, la Unión Europea y China en una estrategia a gran escala para reducir los residuos plásticos. Pero su plan es uno de los más ambiciosos, según los expertos, pues implica a toda la cadena de suministro, desde la fabricación hasta el uso de plásticos desechables.

Lo que queda por ver es el grado de compromiso de las autoridades para hacer cumplir la nueva ley.

“Una prohibición general es muy difícil de aplicar, a menos que los gobiernos locales tomen medidas estrictas contra los infractores y establezcan una colaboración con los habitantes”, explicó Ravi Agarwal, que dirige Toxics Link, un grupo de defensa que se dedica a la gestión de residuos. “De lo contrario, acabaremos con algunas multas esporádicas aquí y allá, y algunas noticias en los periódicos”.

 El año pasado, el gobierno federal prohibió las bolsas de plástico muy finas, pero la aplicación de la norma, que se dejó en manos de las autoridades locales, no fue rigurosa. La vigilancia del cumplimiento de la nueva ley también depende de las autoridades locales, pero ahora el gobierno dice que va a involucrar al público, que podrá denunciar a los infractores y su ubicación con una aplicación móvil.

La presión pública sobre los políticos —para que arreglen los atascos de desagües y alcantarillas causados por el plástico, por ejemplo— es otra razón del relativo éxito en Tamil Nadu.

Un viernes por la mañana hace poco, agentes de policía vestidos de civil circulaban por la calle Muthu en busca de infractores. Cerca de una sección de vendedores ambulantes de verduras y flores de jazmín, encontraron a un vendedor que empaquetaba productos para los clientes en bolsas desechables. La policía lo multó y procedió a incautar decenas de kilos de contrabando a otros, multándolos y amenazándolos con sentencias de cárcel.

Desde diciembre de 2019, las autoridades estatales han recaudado más de 1,3 millones de dólares en multas; la menos cuantiosa ronda los 7 dólares. Pero el trabajo no tiene fin: después de que los agentes se dispersaron ese día, algunos vendedores volvieron a utilizar las bolsas prohibidas en la calle Muthu.

 “Tenemos que encontrar soluciones baratas para acabar con el uso de las bolsas de plástico”, señaló Vasudevan, que ese día no fue multada. “Los ricos entienden lo que está en juego pero, para los pobres, el gobierno tiene que hacer que las bolsas de tela sean baratas”.

Tamil Nadu ha intentado abordar ese problema con subvenciones y campañas de promoción para las bolsas de tela.

 A la entrada del mercado mayorista de Koyembedu, en Chennai, las autoridades instalaron dos máquinas expendedoras con capacidad para 800 bolsas de tela, que cuestan 12 céntimos de dólar cada una. Las máquinas se recargan dos veces al día. Aunque la prohibición ha afectado los medios de vida de las personas involucradas en la fabricación y venta de plástico de un solo uso, ha sido una bendición para otras personas.

A unos 40 kilómetros al oeste de Chennai, en el pueblo de Nemam, alrededor de una veintena de costureras fabricaban bolsas de tela mientras sonaba música de Bollywood. Son integrantes de una cooperativa y han podido aumentar sus propias ganancias haciendo más bolsas.

 “Estamos produciendo más bolsas de tela que nunca”, dijo Deepika Sarvanan, jefa de un grupo local integrado exclusivamente por mujeres, que inicialmente fue financiado por el gobierno pero ahora se mantiene por sus propios medios. “No estamos produciendo ni el 0,1 por ciento de la demanda”.

Pero para algunos negocios, como los que venden peces vivos, el plástico es difícil de sustituir. “Nadie quiere destruir el medioambiente”, afirmó Mageesh Kumar, que vende peces como mascotas en el mercado de Kolathur, en Chennai. “Pero si no los vendemos en bolsas de plástico, no hay otra forma; ¿cómo alimentaremos a nuestras familias?”.

Por ahora, Kumar y sus compañeros utilizan bolsas más gruesas y les piden a los clientes que las devuelvan.

Sin embargo, Tamil Nadu ha avanzado más que otros estados que han intentado reducir el uso del plástico. Sus playas, enclaves residenciales y zonas industriales carecen en gran medida de basura de plástico. Muchos residentes recogen de manera diligente el plástico para reciclarlo y separan los residuos.

 El pionero en el estado fue el distrito de Nilgiri, una zona popular entre los turistas por sus ciudades de montaña y plantaciones de té, que prohibió el plástico desechable en el año 2000. Allí, la iniciativa fue liderada por Supriya Sahu, una funcionaria que se dio cuenta de los peligros de la contaminación por plástico tras ver fotografías de bisontes muertos con bolsas de plástico en el estómago. Sahu inició una campaña de concientización pública.

“Hicimos que la gente entendiera que, si queremos que el turismo sobreviva, tenemos que dejar de usar plástico”, aseguró Sahu, quien ahora es funcionaria estatal del medioambiente. “Cualquier programa dirigido por el gobierno solo puede tener éxito si se convierte en un movimiento popular”.

En una tarde húmeda reciente, el mercado de Koyembedu era un caso de éxito. De las más de dos decenas de tiendas, solo dos vendían flores envueltas en plástico.

“Llevamos años vendiendo flores envueltas en periódicos”, comentó Richard Edison, vendedor de flores. “La gente lo exige”.             (Sameer Yasir, The New York Times en español, 03/08/22)

24/2/22

Gusanos, insectos y microbios que comen plásticos

 "La propia humanidad ha creado algunos de los mayores desafíos a los que ella misma se enfrenta. Es el caso de los plásticos. La última evaluación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sobre este desecho advierte de que su presencia en la tierra es superior a la de los mares. 

Según la directora general adjunta de la FAO, María Helena Semedo, “los suelos son uno de los principales receptores de plásticos agrícolas y se sabe que contienen mayores cantidades de microplásticos que los océanos”. 

Frente a este reto, María José López, microbióloga de la Universidad de Almería, coordina el proyecto europeo Recover, un plan para degradar los residuos a partir de cócteles de insectos, gusanos y microbios capaces de convertir plásticos no reciclables en bioproductos o eliminarlos del suelo.

La Evaluación sobre los plásticos agrícolas y su sostenibilidad de la FAO calcula que la producción agraria y ganadera, así como el envasado de alimentos, generan al año 60 millones de toneladas de productos plásticos frente a los dos millones de toneladas procedentes de la pesca y la acuicultura. La mitad del total mundial procede de Asia.

Desde el inicio de la invasión de los plásticos, a partir de 1950, se han generado 6.300 millones de toneladas de este residuo de las que casi el 80% no se han eliminado de forma adecuada. Los microplásticos, aquellas partículas con un tamaño inferior a los cinco milímetros, se han encontrado, según advierte la FAO, hasta en las heces humanas y placentas.

La organización de Naciones Unidas propone un plan de seis erres, una línea de actuación urgente que implica “rechazar, rediseñar, reducir, reutilizar, reciclar y recuperar”. En este propósito se encuentra María José López: “A pesar de que se están implementando muchas medidas para reducirlos, se siguen generando plásticos que, al final, terminan en el medio ambiente y en nuestros hogares”.

Para hacer frente a esta plaga artificial, el proyecto Recover, financiado por la Unión Europea, que coordina la investigadora almeriense agrupa desde 2020 a 17 socios de siete países europeos para, en cuatro años, hallar posibles soluciones al problema de la contaminación del suelo mediante la transformación de los plásticos en biofertilizantes o en productos similares, pero biodegradables.

La investigadora almeriense explica: “Vamos a hacerlo gracias a la combinación de distintos microorganismos, insectos y lombrices como herramientas biotecnológicas. Los insectos y las lombrices, con los microorganismos de sus sistemas digestivos y las enzimas que producen, actúan de forma colaborativa, transforman buena parte de esos plásticos en componentes de los que vamos a extraer quitina, un ingrediente para plásticos biodegradables”.

Otra estrategia es que el mismo proceso, a partir de los excrementos de los insectos y lombrices, así como del lecho utilizado para su desarrollo a expensas de los plásticos, genere biofertilizantes. Los mismos organismos se utilizarán también para eliminar los contaminantes presentes en el abono agrícola y que se terminan incorporando al suelo.

Combinación

“Lo novedoso”, explica López, “es que vamos a combinar todos los elementos para fortalecer la acción que tienen los insectos, que ya está validada en otros estudios. Hemos visto que son capaces de eliminar una considerable cantidad en condiciones de laboratorio, pero nos falta llegar a la fase de validación en un entorno casi real. A partir de ahora se va a abordar la fase más compleja: probar los organismos seleccionados en condiciones parecidas a la realidad, en un suelo contaminado con plástico o en un proceso de compostaje donde vamos a monitorizar qué es lo que ocurre con esos plásticos. Todo esto, además, llevará implementados estudios económicos, sociales y de logística para saber cómo se van a transportar los plásticos no reciclables hacia las unidades de tratamiento y cómo se van a implementar estos procedimientos en reactores de compostaje controlado”.

Los resultados son prometedores. López comenta que han conseguido reducciones de hasta un 20% del peso de los plásticos entre tres y cuatro meses mientras en la naturaleza estos residuos pueden perdurar siglos. Pero es cauta: “No quiero despertar falsas esperanzas de que esto va a ser la panacea, pero confiamos en que podemos proporcionar nuevas herramientas y nuevos procedimientos para el tratamiento de estos residuos” También advierte de que el paso prioritario es reducir la generación de plásticos al máximo.

El proyecto Recover está acelerando procesos detectados en la naturaleza. Un estudio publicado en mBIO ha identificado más de 30.000 enzimas microbianas en el medio ambiente con el potencial de degradar 10 tipos diferentes de plástico de uso común. Jan Zrimec, primer autor del estudio e investigador del Instituto Nacional de Biología en Eslovenia, explica: “Actualmente, se sabe muy poco sobre estas enzimas que degradan el plástico y no esperábamos encontrar un número tan grande de ellas en tantos microbios y hábitats ambientales diferentes”.

Para Aleksej Zelezniak, profesor de Biología e Ingeniería Biológica de la Universidad Tecnológica de Chalmers, “el siguiente paso sería probar las enzimas candidatas más prometedoras en el laboratorio para investigar de cerca sus propiedades y la tasa de degradación plástica que pueden lograr. A partir de ahí, se podrían diseñar comunidades microbianas con funciones de degradación específicas para tipos específicos de polímeros”.

También se han descubierto especies de plantas y animales que colonizan las toneladas de plásticos y residuos vertidos en el mar, según un estudio publicado en Nature Communications. Un equipo del Ocean Voyages Institute ha analizado 103.000 kilogramos de desechos al norte del Pacífico y hallado especies costeras, entre las que se incluían anémonas y crustáceos, no solo sobreviviendo, sino prosperando en este entorno ajeno y artificial.

El científico Greg Ruiz, director del Laboratorio de Invasiones Marinas del Centro de Investigaciones Ambientales Smithsonian (SERC), explica: “El océano abierto no ha sido habitable para los organismos costeros hasta ahora debido a la limitación del hábitat”. Linsey Haram, autora principal del artículo añade: “Los problemas del plástico van más allá de la ingestión y el enredo. Está creando oportunidades para que la biogeografía de las especies costeras se expanda en gran medida más allá de lo que antes pensábamos que era posible”.

Sobre la existencia de estas nuevas colonias, a las que han denominado “neopelágicas”, y sus implicaciones en el ecosistema marino, Haram comenta: “Las especies costeras están compitiendo directamente con estos balseros oceánicos por el espacio y por los recursos. Y esas interacciones son muy desconocidas”.                   (Raúl Limón, El País, 8/01/22)

17/1/22

Cuba es una especie de laboratorio de decrecimiento energético, ¿podemos aprender algo de esta experiencia? A partir de los años 90, debido a la caída de la URSS, sufrió un desabastecimiento energético extremo... esto supuso una especie de laboratorio que permitía anticipar el declive energético, cómo iban a vivir nuestras sociedades en el siglo XXI... Algunos incluso consideran que estamos ya empezando con este proceso... Cuba desarrolló una serie de políticas en agroecología, mantenimiento de servicios públicos y otras cuestiones inspiradoras... es un semillero de experiencias agroecológicas que se han demostrado funcionales, que han demostrado que tenemos capacidad de producir alimentos con unos insumos energéticos y de agroquímicos mucho menores... Cuba demuestra también la importancia en los momentos de crisis de contar con servicios públicos fundamentales, educación, sanidad, defensa incluso, y también creo que demostró que las sociedades igualitarias cuyas decisiones políticas están comprometidas con la igualdad resisten mejor este tipo de golpes... la población cubana se ecologizó de manera forzada, se adaptó a unas circunstancias que ellos comprendieron como muy duras

 "El antropólogo del Instituto de Lengua, Literatura y Antropología sostiene que para afrontar la emergencia climática son necesarios cambios profundos del sistema económico y cultural.

Aunque a Emilio Santiago Muiño (Ferrol, 1984) no le guste parcelar las ciencias sociales en disciplinas cada vez más pequeñas, acaba de obtener la primera plaza dedicada a la investigación en transformaciones antropológicas de la crisis climática del CSIC. Ya se ha incorporado como investigador al Instituto de Lengua, Literatura y Antropología en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) donde se va a dedicar a estudiar la inacción climática. Es Doctor en Antropología Social y ha sido investigador en el departamento de Antropología Social y Pensamiento Filosófico Español de la Universidad Autónoma de Madrid. Además, destaca su intensa labor e implicación política y de comunicación del conocimiento a la sociedad. Ha escrito varios libros, entre ellos Opción Cero, El reverdecimiento forzoso de la Revolución cubana (Catarata, 2017) que surgió a raíz de su tesis doctoral y resume la parte de la misma que se centra en la ecología. En esta entrevista explica a qué se va a dedicar desde su nueva plaza y cómo ve el momento que vivimos en relación con las crisis climática y social.

Pregunta: Enhorabuena por la plaza. ¿A qué se va a dedicar?

Respuesta: A mí me gustaría añadir un nuevo enfoque a la antropología que aborda la emergencia climática: el verdadero misterio social que la antropología climática tiene que contribuir a desvelar es la impotencia y la esterilidad transformativa de la política climática. 

Es decir, yo creo que el hecho que marca como ninguna otra cosa el diagnóstico de la crisis climática es haber acumulado al menos cuatro décadas de fracasos en los intentos de que nuestras instituciones sociales corrijan este problema. Es esto a lo que me gustaría dedicar mis esfuerzos en el CSIC, esta especie de reiteración en el error suicida, intentar explicarnos la inacción climática.

P: Entiendo que la línea de intentar remediarlo

R: Claro. Investigamos para contribuir desde la buena ciencia a la intervención pública.  Esto de la buena ciencia es importante, el compromiso político no nos tiene que privar de trabajar con la mejor producción científica posible. Pero esto tiene que ver con uno de los mayores retos que tenemos como sociedad que es la emergencia climática como parte de una crisis más amplia.

 La crisis socioecológica no se limita a una cuestión climática. Esta cuestión climática es el fenómeno más estudiado, el que ha conseguido un mayor consenso en su diagnóstico, pero nuestros problemas de relación con los límites biofísicos del planeta son muy amplios y esta es una parte de ello.

P: ¿Cuál es su análisis de las respuestas a la Cumbre del Clima (COP) de Glasgow? ¿Cree que se ha dado esta inacción de la que habla?

R: La respuesta no ha sido mala entendiendo el contexto histórico en el que estamos. Venimos de una pandemia que sigue vigente, que multiplica los controles, que dificulta las movilizaciones. Recordemos que esta pandemia abortó toda la ola de movilizaciones climáticas de 2019 que fue histórica y que lleva un año y medio, casi dos, impidiendo algo tan fundamental para el activismo como es la presencialidad. Esto se suma a factores como que Glasgow es una ciudad cara. Yo creo que nos ha arrojado imágenes menos espectaculares de lo que cabría esperar para la urgencia de este momento, pero las movilizaciones han mostrado un buen músculo.

 Es destacable el hecho de que la comunidad científica se ha puesto a la vanguardia de las movilizaciones, por ejemplo, los científicos que se encadenaron a un puente en Glasgow. Otra cosa es que su discurso público esté adquiriendo un tono un poco más pesimista respecto a las posibilidades de estas cumbres, eso es así, pero está enteramente justificado en la medida en que el balance de una COP como esta es muy decepcionante pero no por ello menos previsible.

P: ¿Hay motivos para preocuparse?

R: Estamos muy lejos de ir en la senda marcada por la ciencia. A una distancia que yo creo que cuesta exponer sin parecer exagerado, tremendista o un agitador político. El problema es que la situación es tan extrema, es tan radical, que necesariamente la voz de la ciencia se parece cada vez más al tono de los activistas. Hemos visto como una COP que en condiciones sensatas estaría llamada a ser decisiva no lo ha sido. Ha cumplido muy bien el patrón habitual de casi todas las COP de la historia, que es mucha retórica, mucho márquetin, eso que Greta Thunberg denominó en un gran acierto comunicativo el “Blablabla Climático” que sirve para adornar resultados concretos claramente insuficientes. 

Las COP siempre saben un poco como a tragedia anunciada, pero la ciencia es muy taxativa al respecto y el tono de los últimos informes del IPCC no admite ningún autoengaño. Frenar una alteración climática potencialmente catastrófica exige e impone grandes pasos que no pueden dejar inalteradas las bases de nuestro sistema económico, político y cultural. Es el momento de reformas estructurales, de políticas públicas disruptivas y profundamente transformadoras en muchos ámbitos. Si me permites un símil, que quizás es un poco exagerado, pero yo creo que no tanto, solo tienen parangón con el tipo de movilizaciones que se dan en tiempos de guerra o en revoluciones sociales.

P: Uno de los acuerdos estrella de la COP que se anunció como histórico para los pueblos indígenas fue la asignación de 1.500 millones de euros de financiación directa a estos pueblos para la protección de los bosques. ¿Qué opinión le merece?

R: No siempre se tiene en cuenta que la crisis climática se reproduce a través de una matriz: la estructura de poder colonial. En este tipo de eventos se desvían las formas de revertir las dinámicas de colonialismo climático en que estamos instalados. No se aborda, se pospone y sistemáticamente se incumplen medidas relacionadas. Desde la antropología tenemos claro que el papel de los pueblos originarios sería fundamental en la custodia de los territorios y en impedir los procesos de cambios de usos del suelo y de deforestación. 

 Por otra parte, también es crucial tenerlos en cuenta como pueblos que contienen una riqueza cultural que ayudaría a complejizar nuestras concepciones de las relaciones de naturaleza-cultura (por utilizar una dicotomía occidental) y que son valiosas en sí mismas más allá de los efectos climáticos o de mitigación que pudiesen tener. Ahora bien, 1.500 millones de euros es una cantidad ridícula. Solo un kilómetro de alta velocidad en España son 20 millones de euros.

P: Su plaza es la primera en antropología climática del CSIC, pero ¿cuál es el entorno de investigación en este campo?

R: Sí, soy el único, pero el departamento de antropología tiene otras líneas de investigación afines, hay temas que se complementan o se solapan. Las cuestiones sociales son muy complejas y no se puede enfocar desde un punto de vista unifactorial. Tanto en el CCHS como en otros centros del CSIC se está trabajando en estas cuestiones. De hecho, yo soy co-investigador principal en una investigación junto con Jaime Biendel que se llama “Humanidades energéticas” y que de algún modo aspira a plantear cuál es el papel de las energías fósiles tanto en los imaginarios como en las teorías sociales y políticas de la sociedad moderna. 

Esto casa con la cuestión climática porque energía y clima son un binomio inseparable y seguramente haya mucha más gente fuera del CSIC que está trabajando en estas cuestiones y con las que formamos redes de investigación que nos permiten enfocar esto. En ningún caso me siento solo. Hay una inmensa cantidad de gente que lleva años haciendo trabajos valiosísimos desde la perspectiva social y política de la crisis ecológica en general, ya vengo de trabajar con algunas de ellas y ellos y seguramente seguiré haciéndolo los próximos años.

P: Sobre este tema, la energía, versa su tesis doctoral sobre cómo Cuba pudo ser una especie de laboratorio de decrecimiento energético ¿podemos aprender algo de esta experiencia?

R: En los círculos de investigación ecologista, Cuba a partir de los años 90 adquirió cierta fama porque debido a la caída de la URSS sufrió un desabastecimiento energético extremo, concretamente petróleo, pero no solo, y tuvo que adaptarse a un contexto muy duro. Para mucha gente esto suponía una especie de laboratorio que permitía anticipar el declive energético, cómo iban a vivir nuestras sociedades en el siglo XXI. Algunos incluso consideran que estamos ya empezando con este proceso. Cuba desarrolló una serie de políticas en agroecología, mantenimiento de servicios públicos y otras cuestiones que parecían inspiradoras

Durante mucho tiempo estas reformas llevaron a hablar de Cuba incluso en foros y en espacios que no son muy afines a su régimen político como un modelo de sociedad centrada en el desarrollo sostenible. Desde esta hipótesis fui a investigar a Cuba, hice un trabajo de campo de nueve meses en la isla en el marco de una tesis de casi seis años e indagué respecto a estas cuestiones; cómo hizo Cuba y qué lecciones se podían extraer. Un trabajo que, de algún modo, como ocurre siempre con estas cosas, arrojó luces y sombras. El movimiento ecologista internacional había idealizado la experiencia cubana, pero sin duda, Cuba nos ofrece experiencias inspiradoras que podríamos tener en cuenta en nuestras sociedades. De todos modos, es difícil extrapolar directamente de un país como Cuba, tan distinto a nuestros entornos.

P: ¿Y qué luces y sombras arrojó?

R: Luces: Cuba es un vivero, un semillero de experiencias agroecológicas enormemente inspiradoras que se han demostrado funcionales, que han demostrado que tenemos capacidad de producir alimentos con unos insumos energéticos y de agroquímicos mucho menores. Cuba nos da pistas de que la agroecología es un modelo que de alguna manera podría alimentar una nación industrial. Cuba demuestra también la importancia en los momentos de crisis de contar con servicios públicos fundamentales, educación, sanidad, defensa incluso, y también creo que demostró que las sociedades igualitarias cuyas decisiones políticas están comprometidas con la igualdad resisten mejor este tipo de golpes. 

En cuanto a las sombras, son muchas, pero evidentemente nada de lo que pasó en Cuba en los años 90 se podría entender sin un proceso de ajuste económico que de algún modo desmontó muchos de los postulados de la Revolución cubana, y esto es evidente. También lo es que esto ha tenido efectos muy duros en la sociedad cubana que tienen que ver con la precariedad económica material y con el retorno de la desigualdad social. Respecto a la cuestión de la sostenibilidad, la población cubana se ecologizó de manera forzada, se adaptó a unas circunstancias que ellos comprendieron como muy duras.

P: ¿Qué aprendizaje destacaría que sí sea más o menos extrapolable a nuestro contexto?

R: A mi Cuba me enseñó que la cuestión de cómo definimos la vida buena, de desear la transición ecológica es fundamental, y Cuba no deseó la transición. Por eso algunos de los logros, desde un punto de vista ecologista se revirtieron muy rápido, porque el marco de construcción del deseo en Cuba era otro y yo creo que esto tiene que ser una de las cuestiones fundamentales. De qué manera definimos culturalmente qué es la vida buena y cómo logramos una vida buena que sea más austera en términos energéticos, en términos de consumo materiales. Este es uno de los grandes retos que tenemos por delante y la experiencia cubana me enseñó a enfocarlo.

P: ¿Cree que esto que ha descrito puede ser lo más realista? Es decir, que nos ecologicemos a la fuerza.

R: Esto es un debate complejo en el que tampoco tengo una posición clara. Sospecho que va a ser más probable responder ante la emergencia cuando esta sea ya indudable e inminente que adelantarnos de manera preventiva. Vamos a paliar más que a prevenir. Creo que esto es posible que sea una lógica general del momento histórico en el que estamos. Es terrible porque paliar antes que prevenir implica asumir un enorme costo en sufrimiento social que podríamos habernos evitado. 

Sin embargo, todas las inercias, las lógicas, los conflictos de intereses de nuestra sociedad y de cómo esta funciona, a mí me hacen sospechar que seguramente, cuando esto sea visto dentro de dos siglos (si por suerte hacemos las cosas medianamente bien y puede ser visto dentro de dos siglos), y los historiadores analicen nuestro momento histórico, detecten que nos movimos mucho más por reacción ante los golpes que por prevención de los golpes ecosociales muy diversos que vamos a vivir.

P: ¿La pandemia sería un ejemplo?

R: Sí, la pandemia sería un ejemplo perfecto. Respondimos cuando ya era un problema de salud pública mundial a escala histórica. Hay investigaciones científicas muy buenas desde bastantes años antes preocupándose por los efectos de zoonosis, los efectos de la deforestación, de los intercambios globales y todo lo que después hemos visto que sucedió con una atención menor que el cambio climático y que la ciencia ya nos había advertido sobre ello. Aun así, solo fuimos capaces de reaccionar cuando teníamos la muerte pisándonos los talones.

P: ¿Qué cree que explica esto?

R: Es un conjunto de factores. Sin duda, la dimensión espacio-temporal es distinta en la crisis climática y una crisis sanitaria como el coronavirus, pero también el hecho de que, a diferencia del cambio climático, la crisis sanitaria atentó inicialmente y puso en peligro las vidas de las oligarquías económicas y reaccionaron de otra forma. El negacionismo científico del cambio climático cada vez es más residual, pero el verdadero negacionismo climático, el más importante a nivel social, es el negacionismo de la igualdad humana

 El de aquellos que aceptan que tengamos un problema climático de enorme magnitud, pero consideran que van a salir airosos de él, que no les afecta y que, por tanto, no tienen que perder privilegios. Se están dedicando a calcular, trabajar y pensar para externalizar esos daños en otros. En la medida que la crisis de la covid-19 impactó con un nivel de intensidad grande y afectó también a las élites socioeconómicas estuvieron mucho más dispuestos a tomar medidas drásticas.

P: Cada vez se escucha más la propuesta del decrecimiento como un horizonte deseable. En cambio, también existe el análisis que lo contempla como un futuro ineludible y pone el foco en cómo controlarlo. ¿Usted cómo lo ve?

R: Habría que definir qué entendemos por decrecimiento, es una palabra muy connotada que inmediatamente te sitúa en las tesis de Latouche. Por un lado, a nivel global, vamos hacia escenarios de un decrecimiento de nuestros consumos energéticos y materiales. Puede ser matizado porque existen posibilidades tanto técnicas como políticas que todavía fuerzan más los límites y que no van a ser sin consecuencias. 

El problema es que este decrecimiento energético y material que nos impone el habernos extralimitado desde hace más de 40 años puede ser modulado y gestionado por la política de modos muy distintos, algunos muy perversos. Podría ser que algunas regiones del mundo decrezcan más a costa de otras, o que se dieran procesos de signo depredatorio, imperialista, colonial, genocida, etc. Por otro lado, el decrecimiento como proyecto político que busca enfrentar la transición desde una óptica de justicia social y aspira a organizar voluntariamente una cierta desescalada de nuestra actividad económica y de nuestros consumos, yo creo que es muy interesante. 

Todavía le falta encontrar el tipo de discurso que le permita articular grandes mayorías sociales. También es un programa que todavía tiene mucho de especulativo, de no haberse puesto en práctica en contextos de pluralismo político competitivo, en los contextos que marcan las reglas de juego de la política en nuestro mundo. La dinámica histórica se está acelerando mucho y están pasando muchas cosas, todo esto puede cambiar en poco tiempo.

P: ¿Cómo cree que la antropología climática puede ayudar a arrojar luz tanto en estos debates como en muchos otros?

R: En mi opinión, la antropología climática y las ciencias sociales en general (esta parcelación en disciplinas cada vez más pequeñitas es más un problema que una solución), pueden ayudar a complejizar el diagnóstico añadiendo capas de realidad. A comprender cuáles son las dinámicas, las inercias y los intereses que nos han llevado hasta aquí y ofrecer un diagnóstico más complejo y un mapeo de las distintas alternativas que están surgiendo por todas partes desde lo económico a lo político, a los imaginarios, a las tecnologías, a muchas cuestiones para intentar dar respuesta a este proceso.

 Una visión científica más detallada de estas alternativas puede contribuir a fortalecerlas y a convertirlas en algo más central en el debate social y, por tanto, en las políticas públicas. Yo creo que es el papel de la antropología en tanto que ciencia. Luego estaría el papel de los antropólogos en tanto que ciudadanos, que es otra cosa. Y ahí opino que hay que dar un paso más que tiene que ver con el compromiso político y el activismo. Eso es un paso más que yo reivindico. Creo que la ciencia no tiene que ser una realidad encerrada en sí misma. Por sus propios requerimientos de rigurosidad hay que tener cuidado y saber que la ciencia llega hasta aquí y el activismo va más allá. Ambas patas son necesarias, pero también son distintas.

P: ¿Y qué hay respecto al papel de la ciencia ahora que con la pandemia se ha colocado en primera línea?

R: Yo creo que la ciencia va a tener una voz imprescindible, pero el debate fundamental no es científico sino moral y político. Es decir, el mismo dato científico puede perfectamente justificar una salida por la vía de la cooperación y, por tanto, llamada a compartir recursos, conocimientos, experiencias y esfuerzos, o una salida por medio de la competición y de la depredación. Es decir, no hay una superposición automática entre dato científico y posicionamiento moral. 

La política al final define el posicionamiento moral colectivo. La política tiene que escuchar a la ciencia, pero la ciencia ofrece un marco de posibilidades, lo que puede darse, lo que no, probabilidades, límites… Pero si vamos a enfrentar esto en una carrera depredatoria por recursos que puedan incluso empequeñecer los episodios más oscuros del siglo XX o vamos, por el contrario, a una situación que prime las lógicas de cooperación entre pueblos, entre individuos, es una decisión que no corresponde al debate científico.

P: ¿Qué le parece lo más esperanzador del momento en que vivimos?

R: Que los bucles de retroalimentación positiva no solo afectan al clima, también afectan a las dinámicas sociales. En 2018 una manifestación por el clima en Madrid reunió a no más de 2.000 personas. En 2019 sin exagerar, fuimos casi medio millón cuando se hizo la cumbre aquí después del estallido social chileno. 

Si echas la vista atrás y ves ejemplos de grandes cambios en el siglo XX, algunos se llevaron a cabo con una rapidez asombrosa. Por ejemplo ,el tipo de cambios de redistribución de riqueza o política fiscal, muy parecidos a los que tendríamos que hacer ahora, que conoció EEUU en el New Deal de Roosevelt. Por el otro lado del espectro político, la rapidez con la que el paradigma neoliberal construyó una hegemonía cultural y teórica en apenas 10 años que hizo pasar a un autor como Hayek de ser un friqui marginal en un departamento de economía a convertirse en el gurú que rediseñó la economía mundial. 

Esos procesos se dan y son relativamente rápidos. No se nos olvide tampoco que en el año 2020 las emisiones globales de efecto invernadero se redujeron un 25% en apenas 30 días. Ni el plan ecologista más radical del mundo lo habría propuesto ni imaginado una reducción de este calibre. Se pagó un precio muy alto porque estábamos en un escenario de salud pública trágico, pero ese precedente está. Si nuestra sociedad se moviliza ante el cambio climático como ha sido capaz de movilizarse ante una guerra, podemos ganar. Pero no será solamente una operación de sustitución de tecnologías, tendremos que cambiar también modos de vida y sobre todo el diseño de nuestro sistema económico."               (Ana Iglesias , Rebelión, 15/01/2022, fuente: CSIC)

19/11/21

Lo siento, pero da igual que recicles... o que compres productos veganos o ecológicos... Desde los años setenta, las grandes petroleras como ExxonMobil han tratado de convencer al gran público de que la responsabilidad de luchar contra el cambio climático es individual y no de políticos y empresas. De esa manera, han logrado evitar cambios legislativos que les habrían costado millones de dólares en beneficios... más del 70% de las emisiones de carbono globales procedían de tan solo 100 empresas. Esta realidad pone de relieve que lo importante no son las acciones individuales de cada uno, sino cómo nos organizamos colectivamente

 "Da igual que recicles. Que compres productos veganos o ecológicos. O que, a partir de ahora, utilices la nueva función de Google Maps que te llevará por la ruta menos contaminante en vez de por el camino más corto.

Ha sido en el contexto de la COP26, la cita en la que los líderes mundiales se reúnen para revisar los objetivos climáticos, en la que esta nueva función ha sido anunciada por Google. Es importante recordar que esta es la misma empresa que cada año emite más de doce millones de toneladas de dióxido de carbono, que contribuye económicamente a lobbies políticos que niegan el cambio climático y se oponen a leyes climáticas, y cuyos estándares han permitido a un puñado de multimillonarios manipular los resultados de las búsquedas sobre cambio climático para dar prioridad a información que negaba la existencia del mismo.

Lejos de ser anecdótico, estas aplicaciones que permiten a sus usuarios calcular su impacto o transformar su comportamiento han sido generalmente desarrolladas por grandes corporaciones. Desde los años setenta, las grandes petroleras como ExxonMobil han tratado de convencer al gran público de que la responsabilidad de luchar contra el cambio climático es individual y no de políticos y empresas. De esa manera, han logrado evitar cambios legislativos que les habrían costado millones de dólares en beneficios. 

En este sentido, la primera calculadora de la llamada “huella de carbono” fue desarrollada por la petrolera British Petroleum (BP) en 2004. Esto no solo sirvió para trasladar la responsabilidad de las grandes corporaciones a los ciudadanos; la campaña de comunicación fue tan exitosa que el concepto de la huella de carbono ha permeado hasta el punto de convertirse en parte del vocabulario que hoy utilizan muchos políticos y activistas climáticos, a pesar de que oculta problemas como la deforestación y la contaminación de las aguas bajo la fórmula de la “neutralidad de carbono”.

 Reciclar o cambiar nuestras prácticas individuales resulta loable, pero presenta dos posibles efectos indeseables: el primero, la falsa sensación de seguridad de que si todos nos coordináramos, podríamos terminar con el calentamiento global a través de estos gestos, y el segundo, la aparición de un sentimiento de culpabilidad en los momentos en los que sentimos que no estamos haciendo lo suficiente.

Antes de nada, es crucial considerar el dato que se desprende del informe del Carbon Disclosure Project que demuestra que más del 70% de las emisiones de carbono globales procedían de tan solo 100 empresas. Esta realidad pone de relieve que lo importante no son las acciones individuales de cada uno, sino cómo nos organizamos colectivamente. Como advierte el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), esto posiblemente requiera dejar atrás el modelo de producción capitalista en el que vivimos. Pero hasta que eso sea posible, o como camino hacia ese horizonte, debemos presionar hasta alcanzar lo que podríamos denominar una suerte de rendición de cuentas climática.

Cualquier rendición de cuentas climática comienza por poner las externalidades negativas en el centro del debate climático. Como sociedad, tenemos que decidir qué externalidades negativas son aceptables —para obligar a las empresas a responsabilizarse de ellas— y qué externalidades negativas son inaceptables —para prohibirlas—. Entre las inaceptables estaría, por ejemplo, vaciar un pantano para lucrarse aprovechando los cambios en el precio de la luz. Este tipo de malas prácticas tendrían que estar asociadas a una considerable sanción. Entre las aceptables estarían, por ejemplo, las emisiones de carbono. ¿Cómo logramos entonces que las empresas paguen lo que les corresponde? La medida más obvia es el impuesto al carbono, pero dada la importantísima deslocalización de la industria hacia economías emergentes, soluciones más novedosas podrían incluir renegociar ciertos principios de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para poder imponer aranceles climáticos.

Con esta realidad en mente, reconsideremos el segundo riesgo que contemplábamos al examinar los pequeños gestos como reciclar: cuando estas multinacionales responsabilizan al individuo, logran que aquellos que por diferentes motivos —por ejemplo, socioeconómicos o raciales— no puedan participar en los pequeños gestos como el reciclaje se sientan cómplices del calentamiento global, preocupándose menos de luchar contra el mismo. En otras palabras, estas compañías se benefician de este pesimismo. Por lo tanto, es necesario que dejemos atrás cualquier discurso climático que moralice a nivel individual. Porque además de ser injusto, es inútil: como hemos visto, resulta absurdo pensar que es posible luchar contra el cambio climático únicamente a través de nuestras acciones individuales.

Tenemos menos de diez años para evitar que los daños del cambio climático —que ponen en riesgo nuestra misma existencia— sean irreversibles. Está muy bien reciclar, pero si no va acompañado de un compromiso político que cuestione esta forma de capitalismo y que haga a las grandes empresas rendir cuentas, sirve de más bien poco. Los grandes problemas colectivos solo pueden corregirse a través de soluciones políticas, no de parches individuales."               (Bernardino León Reyes, InfoLibre, 18/11/21)

1/10/21

La primera generación de baterías de sodio (china) ya está aquí: la alternativa que amenaza el reinado del litio y promete cargas del 80% en 15 minutos

 "El litio, el cobalto y el níquel tienen precios cada vez más elevados ante la demanda de estos materiales para la producción de baterías para coches eléctricos. Frente a esto, el líder en baterías CATL (Contemporary Amperex Tecnology) ha presentado esta semana la primera batería de iones de sodio preparada para su despliegue comercial.

CATL es el gigante chino especializado en la fabricación de baterías para vehículos eléctricos y proveedor de fabricantes como BMW, Tesla, Toyota o Volkswagen, entre muchos otros. Pero la misma compañía que produce a gran escala baterías de litio ha sido la primera en anunciar una batería de sodio, un material más abundante y económico que el litio.

 Según describe Reuters, se espera que para 2022 las provisiones de litio sean escasas y este movimiento de CATL implica que hay un "plan B" por si no hay suficiente litio para todas las baterías requeridas por los coches eléctricos.

Estas nuevas baterías de sodio prometen cargas del 80% en 15 minutos, una buena densidad de energía y una mejor estabilidad térmica, para funcionar correctamente tanto en altas temperaturas como en bajas. Esto último es precisamente su mejor ventaja respecto al litio, más allá de su coste económico.

 La primera generación de baterías de iones de sodio dispondrá de una densidad de energía de 160 Wh/kg, un nivel aceptable aunque por debajo de lo alcanzado con el litio, donde las baterías actuales se mueven alrededor de los 200-250 Wh/kg. 

 Las baterías de iones de sodio llevan años encima de la mesa. "El principal desafío a la hora de desarrollar una batería que sea más rentable que las de litio es la ausencia de electrodos de alto rendimiento", explicaba Minah Lee, investigadora postdoctoral de la Universidad de Stanford. Según describe CATL, su sistema integra las celdas de iones de sodio con baterías de iones de litio en un mismo sistema de batería AB.

"La batería de iones de sodio tiene un principio de funcionamiento similar al de la batería de iones de litio. Los iones de sodio también se desplazan entre el cátodo y el ánodo. Sin embargo, en comparación con los iones de litio, los de sodio tienen un mayor volumen y mayores requisitos en cuanto a estabilidad estructural y propiedades cinéticas de los materiales", describe el fabricante chino.

 El objetivo de CATL es establecer la cadena de producción a gran escala para 2023. China ve un gran potencial en las baterías de sodio e incluye esta tecnología en su plan nacional de la energía.

Por el momento han dado los primeros pasos para iniciar su producción, pero la mirada ya está puesta en una segunda generación de baterías de iones de sodio con una densidad energética de 200Wh/kg. Habrá que esperar para ver si el sodio logra con el tiempo disputar al litio su reinado como material más utilizado para las baterías."                  (Enrique Pérez, Xataka, 08/08/21)

30/9/21

Tres proyectos para acabar con la contaminación del plástico

 "La contaminación por productos plásticos se perfila ya como la crisis medioambiental más inminente y grave junto con la climática y la pérdida de biodiversidad.

 De hecho, su presencia permanente en la superficie terrestre y en los restos de organismos vivos será uno de los signos indicativos de la entrada de la Tierra en una nueva era geológica marcada por la prominencia humana, el antropoceno, señalan muchos expertos. Otros hablan ya de la plastisfera, los ecosistemas que viven en plásticos. ¿Qué se puede hacer para controlar el problema? aparece cómo la pregunta más urgente a responder, pero no es fácil de contestar.

Los residuos plásticos aumentan exponencialmente pero no se están reciclando en forma y cantidad suficientes (en Europa el 42% ni siquiera llegan a las plantas de reciclado) y muchos terminan en el mar. Son ubicuos en las costas y forman enormes concentraciones superficiales oceánicas cuyas imágenes han servido para despertar la conciencia pública del problema que representan. Los microplásticos en que se descomponen están en el aire y el agua y terminamos ingiriéndolos. Y para 2050 se estima que más de 12.000 millones de toneladas se habrán acumulado en vertederos o dispersado en el medio ambiente.

El tratamiento mecánico de los residuos plásticos, que se vendió como la solución para su reciclado, se ha demostrado un fracaso rotundo en las últimas décadas, señalan dos investigadoras de la Universidad de Oxford en la revista Science. El reciclado químico y el desarrollo de materiales biodegradables o biológicos son ahora objeto de atención para conseguir insertar el plástico en la economía circular, sin dejar de lado la necesidad de utilizar mucho menos estos materiales en sectores como el de los envases y paquetes, señalan Sarah Kakadellis y Gloria Rosetto.

El reciclado químico consiste en romper con reacciones químicas las largas cadenas de polímeros, que son la base de la alta resistencia de los materiales plásticos, en sus componentes (monómeros o oligómeros). Una vía es diseñar los polímeros desde el inicio con puntos de ruptura sin que esto afecte a las propiedades mecánicas del material. Sin embargo, estas mismas investigadoras reconocen que conseguir otras vías de tratamiento de los residuos plásticos es solo una parte del modelo económico lineal y que la respuesta a la pregunta del principio consiste en una mezcla de enfoques coordinados, antes y después del uso por el consumidor de estos materiales.

La humanidad no puede ya vivir sin plástico y ese es un hecho que hay que reconocer. Aunque los plásticos se han convertido en materiales esenciales, presentes en casi todos los aspectos de la vida moderna, muchas de las propiedades inherentes que los hacen útiles en una gran variedad de aplicaciones también los convierten en una grave amenaza para el medio ambiente, y así justifica la revista Science que publique un amplio dossier sobre el tema.

El plástico es una tecnología que apenas tiene un siglo de existencia, pero su uso se ha multiplicado por 20 desde 1964 y "como en tantos otros casos de nuevas tecnologías, su desarrollo y proliferación se produjeron con poca consideración por su impacto, pero ahora es imposible negar su lado oscuro al enfrentarnos a un problema de contaminación por plástico que crece rápidamente", escribe el director de la revista, Jesse Smith. "El tiempo de prevenir la contaminación por plástico ha pasado, el tiempo de cambiar el futuro de los plásticos en nuestro mundo es ahora".

Un paso importante puede ser un nuevo tratado internacional que se está gestando en Naciones Unidas

Un paso importante puede ser un nuevo tratado internacional que se está gestando en Naciones Unidas, explican un grupo de expertos en sostenibilidad y contaminación, liderados por Neil Simon. El tratado abarcaría todo el ciclo de vida de los plásticos, desde su extracción de las materias primas a la contaminación tras su uso. Es una petición que desde hace años han hecho numerosas organizacióones de la sociedad civil, por las consecuencias que tienen estos materiales desechados sin control sobre la salud, el clima, la biodiversidad y los derechos humanos.

Estas consecuencias no se conocen bien todavía, recuerdan, por lo que la investigación es imprescindible para la futura mitigación. Estos expertos creen que el tratado debe tener objetivos ambiciosos: cero contaminación y ningún peligro para los seres humanos y para el medio ambiente en todo el ciclo de vida de los plásticos.

La presencia de residuos plásticos en el mar y dónde terminan es otro de los temas importantes tratados. Un nuevo análisis de los datos disponibles ha encontrado que el flujo de residuos que los ríos vierten al mar es muy inferior a lo estimado hasta ahora y que eso implica que los residuos permanecen más tiempo en la superficie (una media de 2,4 años), donde se van descomponiendo en microplásticos que terminan en gran medida pero lentamente en los sedimentos del fondo del mar. Esta revisión descarta casi por completo la existencia de un posible sumidero de microplásticos, que explicaría la diferencia entre los vertidos estimados y las medidas que se hacen de microplásticos en el mar. No se trata de minimizar el problema, señalan los autores del estudio, ya que incluso si cesaran ya los vertidos al mar, las consecuencias en el medio ambiente marino persistirían muchos años.

La ingestión de plásticos como trampa evolutiva es, finalmente, otro de los temas tratados. Al pasar a estar presentes en el medio ambiente, alteran los ecosistemas y son ingeridos por los seres vivos en ellos presentes. Un equipo de investigadores arguye que son tres las razones para este cambio de dieta: la disponibilidad de materiales plásticos en el medio ambiente, el umbral individual de aceptación de este "alimento" y el solapamiento de señales que dan los plásticos y los alimentos naturales.

Un ejemplo es el recubrimiento progresivo en el mar de los objetos de plásticos por películas de bacterias y otros microorganismos, que engaña a las tortugas sobre lo que son. Se ha documentado ya que 1.288 especies marinas y 227 especies terrestres y de agua dulce consumen plástico. Al final, los investigadores creen que la única solución para esta trampa es evitar su existencia, es decir, llegar a un fuerte compromiso internacional que debe incluir soluciones pre y post consumo guiadas por la ciencia, tal como la disminución sustancial de la producción y uso del plástico, el cambio a una economía circular e inversiones en todo el mundo en el reciclado y la recuperación de los plásticos."            (Malen Ruiz de Elvira , Público, 19/07/21)