Mañana es Nochebuena. El día de Nochebuena es siempre aquel día de Nochebuena de la infancia. Este día:
Aquello era la alegría. Eso que después uno se ha pasado la vida
buscando con palabras estaba ahí, de forma natural, impregnándolo todo
como si fuera el alma misma de la materia con que está hecho el mundo.
Se anunciaba como una brisa dulzona, desde semanas antes. En el ambiente
general, en la actitud de la gente, en las risas y en las miradas. Y en
el tono de la voz de los locutores de la radio, y en las canciones y en
los adornos que resplandecían en las tiendas del centro de la ciudad.
Nos embargaba una extraña ansiedad y la miseria retrocedía como
un ejército en desbandada; no es que hubiera menos miseria (o sí,
durante aquella época disfrutábamos de muchos productos que desaparecían
durante el resto del año), pero de alguna manera se revestía de unos
ropajes y una fragancia que la hacían enormemente más llevadera.
Cuando al fin arribaba el día esperado, la actividad comenzaba
bien temprano; yo y mis hermanos dábamos carreras de un lado a otro por
encargo de mi madre: al puesto de Higinio a comprar lechugas o rábanos, o
a casa de una vecina para que nos prestara una fuente. Al atardecer,
nos bañábamos y acicalábamos con nuestra mejor ropa. Bien embetunados y
cepillados los zapatos para disimular los desgastes. Las camisas de
guinga bien planchadas y almidonadas, los pantalones con la raya
impecable. Las medias sin agujeros o con los agujeros bien remendados.
¡Restriéguense bien los codos y las rodillas! Ordenaba mi madre asomando
la cabeza por encima de la puerta del baño. Para terminar Mima nos
entalcaba, peinaba y nos ponía un poco de agua de colonia en el pelo.
Cuando la temperatura se hacía más agradable, a las cinco o las
seis, despejábamos el patio e instalábamos dos mesas unidas (la nuestra
y la de algún vecino), poníamos los manteles de hule, organizábamos las
sillas, los platos y metíamos las botellas de cerveza y refrescos en
un tanque de metal con hielo. La llegada de mi padre constituía el gran
acontecimiento. Venía cargado de turrones españoles (jijona, alicante,
yema) manzanas de California, peras y melocotones enlatados, membrillo,
queso blanco, botellas de vino y sidra El Gaitero, pan fresco,
palitroques, dátiles, nueces, avellanas y otro montón de maravillas. Lo
recibíamos a grito pelado, saltando y alborotando y nos peleábamos por
ayudar a cargar los tesoros que transportaba. El reía y se le iluminaban
los ojos y se hacía el enfadado: Pero que chillería es esa… vamos,
vamos… Cuidado, cuidado que van a romper alguna cosa…
Mi madre reinaba en la cocina y de ella emanaban suntuosos
aromas. Crujían los ajos, susurraban las cebollas, supuraban los
tomates, rechinaban las patatas. Tenía que echarnos constantemente pues
nuestras incursiones para robar alguna golosina, trozos de cualquier
cosa que se pudiera tragar, no cesaban un instante. Todo era risa y goce
caracoleante.
Un poquito de vino por aquí, una cerveza por allá, un sorbo de
sidra acullá y los rostros de los mayores se acaloraban y adquirían un
suculento tono atomatado. Venían las tías, los tíos y los primos, la
abuela María Blanco. Los vecinos desfilaban por casa a brindar por
tiempos mejores. En la radio sonaba el Benny, Blanca Rosa Gil, Vicentino
Valdés, el Trío Matamoros, Barbarito Diez, María Teresa Vera, Tito
Gómez, voy por la vereda tropical… y por supuesto Panchito Riset, el
preferido de mi madre. ¿Qué atmósfera mágica se instalaba en nuestra
miseria? ¿Qué nobleza descendía del cielo? ¿Qué sensación de dicha única
encontraba refugio en nuestros corazones? Sé que en ningún otro momento
de mi vida he sido más feliz, en ningún otro momento mi vida ha tenido
más sentido. O mejor, no ha necesitado sentido alguno. Mi existencia no
requería justificación. Yo era.
Ya alta la noche, estallaban bengalas, cohetes. La pandilla hacía
explotar petardos y bombitas frente a la casa. ¡Cuidado muchachos que
se van a sacar un ojo! ¡Qué niños estos virgen santísima! Gritaba mi
madre. Del cielo del barrio descendía un fulgor que todo lo
contaminaba, como si un dios benévolo vertiera sobre nuestras cabezas
el polvo de un millón de estrellas.
Recuerdo, sobre todas las demás, una Nochebuena en la que mi
padre y mi madre bailaron. Ninguna mujer sobre la tierra ha sido ni será
más bella. Ningún hombre sobre la tierra ha sido jamás más elegante,
más apuesto y grácil. Flotaban en la música ajenos al desconsolado
futuro y a la muerte en tierras lejanas.
Nosotros, sentados en el suelo, silenciosos, sin atrevernos a
mover un músculo para no romper el hechizo, los contemplábamos
arrobados."
"Las Naciones Unidas acaban de publicar un informe que cada año
produce su Grupo de Trabajo sobre Desarrollo Sostenible (United Nations
Sustainable Development Solutions Network) que ha catalogado a la gran
mayoría de países de las Naciones Unidas según su Nivel de Felicidad.
La
edición de este año es la 10ª y su intento ha sido hacer una valoración
de 148 países de tal organización por nivel de felicidad. Su intento de
definir la felicidad se basa en la propia evaluación de la persona
entrevistada, de su situación en la vida actual, así como sus respuestas
a situaciones concretas de distinto contenido emotivo que puedan
configurar tal medida de felicidad. Los investigadores son científicos
sociales de disciplinas variadas que incluyen primordialmente
psicólogos, sociólogos y economistas. Y gran parte de la información ha
sido recogida por Gallup World Poll.
LAS ENORMES LIMITACIONES DE UTILIZAR INDICADORES ECONÓMICOS PARA DEFINIR El DESARROLLO HUMANO
El objetivo de este tipo de análisis es presentar una alternativa a
la manera más común de analizar el grado de desarrollo de un país
centrándose en indicadores económicos, como por ejemplo su nivel de
riqueza, medida por su Producto Interno Bruto, qué es el valor monetario
de todos los bienes y servicios finales producidos en un país en un
determinado tiempo. Si el objetivo del desarrollo sostenible es alcanzar
el mayor nivel posible de calidad de vida, bienestar y felicidad de las
poblaciones actuales y venideras, entonces hay que admitir que la
evidencia muestra que muchos de los mayores indicadores económicos que
se utilizan hoy para medir el desarrollo son insuficientes, cuando no
erróneos. Por ejemplo, ninguno de los países más ricos del mundo, con
mayor Producto Interno Bruto (el indicador más frecuente para medir
riqueza económica), como son los Estados Unidos no.1 , China no. 2,
India no 7, y Rusia no.13, están entre los países más felices del mundo.
Antes al contrario, todos ellos están, según este informe, en niveles
bajos y la mayoría, muy bajos en este ranking de felicidad: Estados
Unidos no.16, China no.72, Rusia no. 80 y la India no.136.
Estos países de elevada riqueza tienen modelos económicos distintos e
incluso opuestos (ej. EEUU y China), pero todos ellos tienen enormes
desigualdades sociales con enorme concentración de las riquezas,
generando impactos negativos en el bienestar, calidad de vida y
felicidad de la mayoría de sus poblaciones. Y esto sucede, en gran
parte, como consecuencia de la excesiva influencia que los super-ricos
(billonarios) tienen sobre sus gobiernos. En la lista del número de
billonarios (empresarios, gestores, y accionistas de grandes empresas)
por país, EEUU es no.1. China es no.2. India es no.3 y Rusia es no.5.
Ejemplos de cómo el poder económico se transforma en poder político
de forma perjudicial para la felicidad de la mayoría de la población,
son múltiples. Y ello ocurre en países de sistemas económicos distintos e
incluso opuestos. En EEUU por ejemplo (el país más rico del mundo y uno
de los más desiguales), los poderosos empresarios y dueños de la
industria del carbón de aquel país hicieron fracasar la altamente
popular propuesta energética del Gobierno Federal (que hubiera aumentado
el bienestar, calidad de vida y felicidad de la mayoría de la
población), esto debido al voto negativo en el Senado Estadounidense del
Senador Manchin, miembro del mismo Partido Demócrata que está
gobernando el país. Tal Senador está financiado por tales grupos
empresariales de la industria del carbón, lo cual es legal en un sistema
político considerado como Estado Liberal Demócrata, en
donde la mayoría del sistema electoral está financiado privadamente. En
el polo opuesto, en China (también uno de los países con mayores
desigualdades), el propio Presidente, el señor Xi Jinping Jen, ha
indicado en plena campaña electoral (pues se presenta para reelección de
Secretario General del Partido Comunista Chino, el partido gobernante
por definición), que por el bien del país, hay que controlar más a los
oligarcas (término utilizado en China para definir a los billonarios),
temeroso a que tengan excesiva influencia sobre el Estado Chino (que él
ha estado presidiendo por muchos años), definido como Estado Popular.
Tampoco es una condición de felicidad el ser muy poderoso y tener
gran poderío militar. De nuevo, ninguno de los países que tienen mayor
gasto militar está entre los más felices. Antes al contrario, ninguno
entre los cuatro países más armados del mundo, Estados Unidos no.1,
China no.2, India no.3 y Rusia no.4 (que sumando su gasto militar
representan más del 60 % del gasto militar mundial), están entre los
países más felices. La mayoría de sus poblaciones dista mucho de ser
feliz. En realidad, en muchos de estos países el elevado gasto militar
se ha alcanzado a costa de un descenso del gasto público social. Por
cierto, el país con menor nivel de felicidad es Afganistán no.146 (el
país que ha estado en guerra por más tiempo).
¿CUÁLES SON LOS MÁS FELICES? ¿HAY ALGO EN COMÚN ENTRE ELLOS?
Según
el informe, los 10 países más felices del mundo son: Finlandia no.1,
Dinamarca no. 2, Islandia no.3, Suiza no.4, Holanda no.5, Luxemburgo
no.6, Suecia no.7, Noruega no.8, Israel no.9 y Nueva Zelanda no.10.
España por cierto es el no.29, por encima de Italia no.30. Es
interesante señalar que tampoco hay una relación entre nivel de
felicidad y PIB per cápita. Entre los 10 más felices, siete de ellos
(Finlandia, Dinamarca, Islandia, Holanda, Suecia, Israel y Nueva
Zelanda, no están entre los doce países con mayor PIB per cápita.
Finlandia es el país más feliz del mundo, y en cambio es el no. 25 en la
lista de países catalogados por su PIB per cápita. Nueva Zelanda es el
no. 10 entre los más felices y solo el no.31 en cuanto al PIB per
cápita. Por otro lado, Singapur, el no. 3 en la lista de PIB per cápita,
es el no. 27 en cuanto a felicidad. Debería ser obvio que el indicador
de PIB per cápita tiene también muy escaso valor, pues asume que la
riqueza está igualmente distribuida entre los ciudadanos, lo cual nunca
es cierto. Y de ahí que su valor para analizar el grado de bienestar y
felicidad sea muy limitado, pues no define ni documenta un tema clave
para determinar ambos indicadores, que es precisamente la distribución
de la riqueza, así como de los bienes y servicios. Y ello queda claro
cuando analizamos las características de algunos de los países
catalogados como más felices.
En este sentido es importante destacar que los cinco países nórdicos
escandinavos, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Noruega e Islandia, que
están todos ellos entre los más felices, tienen características comunes
que sorprendentemente el informe no detalla. Todos ellos han estado
gobernados (por periodos largos después de la II Guerra Mundial) por
coaliciones de partidos progresistas de izquierda que históricamente han
priorizado las políticas redistributivas, estando entre los países con
menos desigualdades de renta y menos concentración de la riqueza, con
menos desigualdades también por clase social y por género, con programas
universales de derecho de acceso a la asistencia sanitaria, a la
educación y a los servicios de ayuda a las familias, denominado este
último como el Cuarto Pilar del Bienestar (el primero es el Derecho de
Acceso a la Sanidad; el segundo, a la Educación; el tercero, a la
Jubilación; y el cuarto, a los Servicios de Atención Familiar, como son
las escuelas de infancia y los servicios de atención a las personas
dependientes). Es sorprendente la escasa atención del informe a estos
servicios esenciales y transferencias del Estado de Bienestar, que
juegan un papel clave en determinar la calidad de vida y el bienestar de
la mayoría de la población. Y por cierto, estos países tienen
relativamente bajo gasto militar. Su gasto militar es 1.22% del PIB en
Suecia, 1.49% en Dinamarca y 1.53 % en Finlandia (mucho más bajos que el
2.88% en India, el 3.74% en EEUU y el 4.26 % en Rusia).
Ni que decir tiene que tales países escandinavos tienen problemas
graves y algunos de ellos están diluyendo su vocación transformadora.
Pero ello no desmerece la importancia de los datos que muestran que
aquellas formaciones políticas que históricamente han llevado a cabo
políticas redistributivas, basadas en principios de solidaridad y
equidad, hayan alcanzado niveles de bienestar y felicidad más acentuados
que aquellos países gobernados (durante la mayor parte del periodo post
II Guerra Mundial) por formaciones liberales y conservadoras poco
redistribuidoras de la riqueza y del bienestar, y que priorizan la
acumulación individual de bienes y servicios sobre la universalización
de los derechos y el bien común. Y lo que es también interesante es
que, como ha tenido que reconocer incluso el Vaticano del neoliberalismo
-Davos, están entre los países de mayor eficiencia económica.
ÚLTIMA OBSERVACIÓN. LO QUE EL INFORME NO CITA.
Como he indicado en el artículo, el enorme dominio del pensamiento
neoliberal en las llamadas ciencias económicas explica la
sobreutilización de indicadores económicos sesgados en los trabajos de
evaluación del Desarrollo Sostenible, llevados a cabo por agencias e
instituciones internacionales, que van desde el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial a muchas agencias de las Naciones
Unidas. De ahí que sea muy positivo desarrollar indicadores distintos,
como hace este informe, que valoren más directamente la felicidad de la
mayoría de las poblaciones, que por cierto, en cualquier país son las
clases populares.
Ahora bien, también es importante que tales informes vayan más allá
que la mera descripción del fenómeno y que traten de analizarlo para
cambiarlo. Y ahí es donde el informe que he analizado tiene vacíos
importantes. Y uno de ellos, es el silencio sobre la importancia del
contexto político para configurar la naturaleza del Desarrollo
Sostenible y sus objetivos. Entre las variables que hay que analizar
para explicar el nivel de felicidad de un país, hay que incluir las
variables políticas, estudiando las políticas públicas de las
formaciones políticas existentes en cada país, sean del color que sean. Y
de ahí que pueda analizarse si hay alguna que mejoren más que otras su
nivel de felicidad. Y es ahí donde radica el silencio sistemático en
estos informes internacionales sobre este punto, pues la evidencia
muestra claramente que algunas políticas públicas (por ejemplo, las
redistributivas) características de opciones políticas progresistas,
crean mayor seguridad, bienestar y felicidad que otras. Y esto es lo que
incomoda a algunos gobiernos enormemente poderosos en estas agencias e
instituciones internacionales.
Hay otros temas también en el informe que merecen mayor explicación,
como el elevado nivel de felicidad de países como Arabia Saudita, bien
conocidos por su explotación de clase y genero entre la mayoría de la
población, así como la importancia que el informe atribuye a factores
genéticos como determinantes de felicidad para algunas poblaciones. No
creo que haya sido la intención de los autores, pero esta última
consideración puede generar interpretaciones de determinismo racial, que
sorprenden aún más si hacen parte de un informe de las Naciones Unidas.
Por lo demás y a pesar de sus vacíos e imprecisiones, el informe es un
paso importante en la búsqueda de alternativas a la sabiduría
convencional neoliberal que domina los estudios sobre el Desarrollo
Sostenible." ( Vicenç Navarro , Público, 04/05/22)
"¿Tendría la misma percepción de una buena vida alguien que vive en un pequeño pueblo de mercado en un parque nacional que alguien que vive en un pueblo de gran afluencia o en una ciudad postindustrial?
Esta fue la pregunta que nos planteamos en nuestro estudio "Condiciones necesarias para la buena vida", es decir, qué consideran las personas de diferentes edades, etnias, orígenes y circunstancias socioeconómicas que son necesarias para una "buena vida" en el lugar donde viven. Queríamos ver en qué aspectos pueden divergir las visiones de una buena vida, pero también dónde puede haber elementos de consenso, y ver el potencial de esto para asegurar "una buena vida" que sea socialmente justa.
La realidad es que una "buena vida" tiene menos que ver con la necesidad de posesiones materiales y aspiraciones a tener más que con sentirse parte del lugar donde se vive y de su comunidad. También se trata de tener lo suficiente, ya sea trabajo, vivienda digna, espacios verdes o perspectivas para las generaciones futuras. "Siempre he pensado, ya sabes, que [una buena vida es] sobre la familia, sobre el lugar donde vivo y cosas así. Sólo pequeñas cosas".
Las tres localidades elegidas fueron Stoke-on-Trent, Woking y Hay-on-Wye. Stoke-on-Trent se considera una ciudad postindustrial con zonas desfavorecidas, pero con un rico patrimonio cultural; Hay-on-Wye es conocida por ser una pequeña ciudad de mercado en la frontera entre Gales e Inglaterra con una fuerte historia local, pero también es conocida como un destino para las personas que desean encontrar la buena vida; y Woking se considera una ciudad de cercanías acomodada, que también tiene zonas de desventaja social.
Dedicamos tiempo a conocer estos lugares y a las personas que viven en ellos, pidiéndoles que nos hablaran de su vida cotidiana, incluyendo dónde trabajan o estudian, cómo se desplazan, el entorno local, el tiempo de ocio y las formas de consumo, y les pedimos que reflexionaran sobre el lugar donde viven, lo que les gusta de él y lo que cambiarían. La última pregunta que hicimos fue "¿qué es para ti una buena vida?".
Nuestro planteamiento fue siempre situar a las personas y sus relatos en el centro de nuestra investigación, y compartir nuestro trabajo con ellas, por lo que concluimos nuestro estudio de cada lugar organizando talleres en los que invitamos a los habitantes locales a escuchar un resumen de nuestras conclusiones y a comentar cómo se relacionan con sus propias experiencias. También les pedimos que consideraran cómo podrían utilizarse estas conclusiones y su propio conocimiento del lugar en el que viven para configurar positivamente el futuro de su ciudad. Se elaboró un informe de cada uno de los talleres y se difundió ampliamente.
Existen claras diferencias en cada una de estas localidades que, por supuesto, tienen su propio contexto histórico, su entorno geográfico, sus capacidades económicas y su medio social. El alto coste de la vida y de la vivienda en Woking era una preocupación para todos los residentes; el desempleo era un problema importante en Stoke, especialmente para los jóvenes, y el transporte público dentro y fuera de Hay-on-Wye se consideraba caro y deficiente. Sin embargo, también hay ideas compartidas sobre lo que significa vivir bien, que resultan prometedoras a la hora de considerar cómo pueden alcanzarse las visiones inclusivas de una buena vida.
1. Identidad y pertenencia: "Estoy orgulloso de ser de..."
Desde el patrimonio industrial de las alfarerías de Stoke on Trent ("somos los alfareros"), hasta la mezcla ecléctica de los residentes de Hay ("hay una gran variedad de personas que viven aquí"), y la vitalidad de Woking ("la ciudad ha sido rejuvenecida"), los habitantes de la zona estaban dispuestos a compartir las cosas buenas del lugar donde viven y su fuerte sentido de identidad local. Estos aspectos positivos compartidos de un lugar eran importantes para los residentes, no sólo para crear sentimientos mutuos de apego al lugar, sino también para defender la reputación de sus ciudades frente a los "forasteros" que pudieran verla de otra manera. El reto consiste en mantener el sentimiento de identidad compartida cuando los lugares sufren cambios constantes. En Stoke-on-Trent y Woking, la regeneración en curso está cambiando tanto el aspecto como la sensación de los centros de las ciudades y las zonas urbanas circundantes. Los residentes de Woking no estaban seguros de la futura identidad de su ciudad, de cómo cambiaría, de quién se beneficiaría de esos cambios e incluso de para quién son realmente.
Nuestra estancia en Stoke-on-Trent coincidió con la votación del Brexit, y Stoke se convirtió en el centro del interés negativo de los medios de comunicación, llegando a ser llamada "La capital británica del Brexit" (Domokos 2018). Sin embargo, al hacerlo, los medios de comunicación no tuvieron en cuenta cómo las representaciones perjudiciales en realidad reforzaron la identidad local: "lo llamamos un agujero de mierda, pero nadie más puede hacerlo". Los residentes de Hay-on-Wye han tenido que adaptarse de ser una ciudad de mercado con un fuerte patrimonio y economía agrícola a ser también una atracción turística que acoge festivales regulares. La afluencia regular de turistas fue un reto para los residentes locales de larga data, cuyo modo de vida depende de los visitantes estacionales y transitorios para vivir, pero también se ve perturbado por ellos.
2. Comunidad
Nuestros participantes compartieron numerosos relatos y definiciones de "comunidad". Desde la importancia de los grupos comunitarios establecidos con lugares de reunión, hasta el concepto más amplio de "espíritu comunitario", la gente habló de cómo sus propias comunidades tienen un valor incalculable para apoyarse mutuamente, unir a la gente, colmar las lagunas en los servicios y proporcionar fuentes de conocimiento histórico y local. El apoyo y el mantenimiento de las comunidades locales se consideró un componente esencial de una buena vida, y los residentes de cada lugar señalaron la pérdida de espacios de reunión accesibles debido a los recortes de austeridad, que afectaron especialmente a los jóvenes.
Sin embargo, también se reconocieron divisiones en las comunidades de los tres lugares: en Hay-on-Wye los residentes eran conscientes de las narrativas que circulaban sobre la posible disensión entre los residentes de larga data y los recién llegados. En varias de nuestras conversaciones en Hay se mencionó a los "recién llegados" y a los "autóctonos", aunque la definición de lo que constituye un residente local de larga duración era imprecisa: "Alguien dijo en Facebook que se trata de si tienes seis generaciones en el cementerio".
Asimismo, en Woking se comentó si los recién llegados a la ciudad se convertirían en residentes activos o utilizarían la ciudad como base para una vida en la cercana Londres. En Stoke-on-Trent las líneas de disensión eran más políticas que sociales a la luz del voto del Brexit y los cambios en las lealtades políticas. En los tres sitios, sin embargo, también se expresaron preocupaciones por los individuos, comunidades y grupos de personas marginados, y cómo podrían ser más visibles al hacer planes dentro de la comunidad.
3. Espacios verdes
Las comunidades no sólo necesitan habitaciones o edificios designados para prosperar, también se identificaron espacios verdes accesibles y agradables como un componente importante de una "buena vida". Para los residentes de Hay, la facilidad de acceso a las colinas, los ríos y las zonas naturales no se daba por sentada, sino que era la principal razón por la que la gente volvía a vivir allí desde otros lugares "Bueno, no podía imaginarme vivir en ningún sitio que fuera llano. Hay muchas colinas y montañas por aquí y eso es lo que se siente como un hogar"; los residentes de Woking valoraban igualmente el canal, y los parques, y su proximidad al campo ("Es esta ciudad que aparece al final de un arco verde"), al igual que los que viven en Stoke-on-Trent ("Es fantástico, estamos a diez minutos del campo"). En los tres lugares, los residentes coinciden en la necesidad de conservar estos espacios en el lugar donde viven y en sus alrededores, y reconocen las posibilidades que ofrecen para el futuro de sus ciudades ("Tengo una visión de Stoke, será una ciudad verde porque tenemos muchos espacios verdes").
4. Buen trabajo, buenos hogares
"El empleo es la principal preocupación, porque [los jóvenes] no pueden acumular nada para los ahorros, para una casa o cualquier otra cosa, ya sabes, conseguir un depósito y todo eso. No pueden planificar el futuro".
Mientras que los aspectos sociales y medioambientales del lugar donde se vive se identificaron como componentes importantes para vivir bien, las preocupaciones económicas apuntalaron las posibilidades de una buena vida. Disfrutar de los espacios verdes y de un fuerte sentido de la comunidad era claramente valioso para la población local, pero también necesitaban la seguridad de saber que había empleos y carreras disponibles, y que la vivienda y los hogares eran accesibles y asequibles.
En Hay-on-Wye y Woking los precios de la vivienda se inflaron más allá del alcance de muchos habitantes locales, por el turismo en Hay y por la accesibilidad a Londres en Woking. Mientras que el coste de la vivienda en Stoke-on-Trent era más bajo, el alto nivel de empleo, las limitadas perspectivas de trabajo y los bajos sueldos hacían que muchos no pudieran comprar sus propias casas o les impedían poder trasladarse incluso a una corta distancia fuera de la ciudad, donde los precios de la vivienda eran mucho más altos "Si piensas en las propiedades de Londres, cómo han subido de precio, ya sabes, no se ha extendido realmente a nosotros. Seguimos siendo, no sé, una mancha en el paisaje, ¿no?".
Los jóvenes se sienten más afectados por la incertidumbre de las perspectivas laborales y profesionales y por la imposibilidad de acceder a la vivienda. En Hay-on-Wye y Stoke-on-Trent existía una preocupación real de que los jóvenes no sólo perdían empleo, sino también oportunidades para desarrollar sus carreras: "hay muchos jóvenes aquí [Hay-on-Wye] con trabajos sin futuro que podrían estar haciendo algo. [Deberían tener carreras y ser capaces de ganar y tener un trabajo que les guste, en lugar de limitarse a vivir al margen de sus trabajos". Aunque la regeneración y los cambios que se están produciendo en Woking deberían ofrecer más perspectivas para que los jóvenes consigan trabajos locales, existía una preocupación real de que éstos sólo fueran en el sector minorista o de la hostelería, e incluso estas perspectivas estaban en duda debido a la pandemia.
Conclusión: mirar atrás y avanzar
Los recuerdos de cómo eran las cosas en el pasado y las experiencias de vivir en el presente se unieron para influir en las ideas sobre las perspectivas de futuro en cada uno de los tres lugares que visitamos, desde la nostalgia por cómo eran las cosas antes, hasta la aceptación de la necesidad de cambio para avanzar. Lo más destacable es que se reconocía que los retos de la vida cotidiana también ofrecen oportunidades de cambio y mejora. Nuestro trabajo en Stoke tuvo lugar antes de la pandemia, pero la ciudad se enfrentaba a sus propios retos en cuanto a su reputación, ya que su población votó por el Brexit, y la incertidumbre sobre su futuro. Sin embargo, los relatos de los participantes hablaban de aspiraciones para el futuro, de encontrar formas de avanzar que se basaban en su herencia cultural y en su fuerte identidad como "Stokies". En Woking y Hay-on-Wye, la pandemia ofreció una oportunidad para revalorizar lo que es más importante para la gente. Muchos de nuestros participantes expresaron su esperanza de que las relaciones recién formadas, las redes de apoyo de la comunidad y las prácticas de permanecer simplemente "locales" para las compras y las actividades de ocio continuaran. Al apreciar lo bueno del lugar en el que viven, aprender de lo que funciona bien y, lo que es más importante, ser conscientes de las personas de la comunidad que necesitan apoyo, había aspiraciones de que el futuro fuera más brillante en sus ciudades a medida que la propia pandemia se desvanece en el recuerdo.
La respuesta a la pregunta de qué constituye una buena vida se ha presentado a menudo en términos de las aspiraciones de un individuo a vivir bien, a adquirir más, a proporcionar alimento y refugio para sí mismo y para sus familias, y a participar efectivamente en la vida de la sociedad. Sin embargo, como hemos comprobado en nuestros propios lugares, este enfoque deja de lado las realidades y los retos más amplios de la vida cotidiana, en la que las circunstancias materiales y el contexto determinan las posibilidades de vivir bien."
(Susan Venn es investigadora del CUSP en el Departamento de Sociología y el CES de la Universidad de Surrey, Kate Burningham es profesora de sociología en la Universidad de Surrey, Tim Jackson es el Director del CUSP, Brave New Europe, 25/08/21; Cross-posted from CUSP ; traducción: DEEPL)
"A finales de junio, más de 15.000 personas vacunadas se congregaron para
la reapertura del Madison Square Garden en Nueva York con el concierto
de los Foo Fighters. Cuando la banda llevó como telonero al comediante
Dave Chappelle para cantar una versión de “Creep” de Radiohead el
público estalló en lo más parecido a una catarsis que he visto en un año
y medio.
A nadie le importó que Chappelle cantara
desafinado. Todos eran partícipes de una experiencia que hace apenas
unos meses resultaba inimaginable. Algún día les contarán a sus nietos
sobre esa noche, cuando la ciudad de Nueva York volvió a la vida y su
banda favorita interpretó la canción de otra banda y ellos trataron de
seguirle el ritmo a un cómico legendario que hacía de vocalista.
Para
la mayoría de la gente, las emociones existen principal y
exclusivamente en su cabeza. La felicidad se considera un estado mental;
la melancolía es una posible señal de advertencia de una enfermedad
mental. Pero la verdad es que las emociones son inherentemente sociales:
están entretejidas en nuestras interacciones.
Las investigaciones han descubierto
que la gente se ríe cinco veces más cuando está con otras personas que
sola. Hasta el intercambio de bromas con un desconocido en un tren basta
para desatar alegría. Eso no quiere decir que no se pueda encontrar
placer al ver una serie en Netflix. El problema es que ver un episodio
tras otro es un pasatiempo individual. La felicidad máxima reside sobre
todo en la actividad colectiva.
Encontramos los mayores momentos de gozo en la efervescencia colectiva.
Es un concepto que acuñó a principios del siglo XX el sociólogo
iconoclasta Émile Durkheim para describir el sentimiento de energía y
armonía que la gente siente al congregarse en torno a un propósito
compartido. La efervescencia colectiva es sentirnos en sintonía cuando
bailamos junto con desconocidos en una pista de baile, cuando los
colegas de trabajo llevan a cabo una lluvia de ideas, cuando los primos
están en un servicio religioso o cuando los compañeros de equipo están
en el campo de juego. Y durante esta pandemia, este sentimiento ha
brillado por su ausencia en nuestra vida.
La efervescencia colectiva ocurre cuando la joie de vivre se propaga en un grupo. Antes de la COVID-19, las investigaciones demostraban que más de tres cuartas partes de la gente experimentaban
efervescencia colectiva al menos una vez a la semana y casi una tercera
parte, al menos una vez al día. La percibían al cantar a coro o
competir en carreras y en momentos de conexión más relajados en
cafeterías y clases de yoga.
Sin
embargo, cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se
volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez
más. Comencé a ver especiales de comedia, con la esperanza de obtener un
poco de efervescencia colectiva mientras me reía junto con la
audiencia. Estuvo bien, pero no fue lo mismo.
En cambio, muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra.
Las
emociones son como enfermedades contagiosas: pueden transmitirse de una
persona a otra. “El contagio emocional se da cuando literalmente los
demás nos propagan sus emociones”, explicó mi colega Sigal Barsade, profesora de Gestión en Wharton e investigadora principal en esta materia. “En casi todos nuestros estudios, hemos descubierto que la gente no se da cuenta de que sucede”.
Reflexionando sobre la amistad... me he dado cuenta de que casi toda 'mi gente' en #EEUU ha desaparecido con la pandemia, porque las relaciones aquí están marcadas por el interés $. Desde España me llegaron mil llamadas, audios, de amigos a los que veo una vez al año o menos.
Cuando hablamos de neoliberalismo rampante no sólo se trata de datos económicos, sino de la destrucción de un vínculo social, con sus afectos y cuidados, que no pasa por el mercado.
"Este monje disfrazado de barman lleva 40 años dando de beber al
sediento. Javier de las Muelas (Barcelona, 1955) es el alquimista de los
templos Dry Martini, con fieles en Barcelona, Madrid, San Sebastián,
Singapur, Hangzhou (China), Sorrento (Italia) y San Luis Potosí
(México). Hace un año recibió el premio Helen David al mejor barman del
mundo.
Pregunta. Bares, qué lugares.
Respuesta. Qué lugares, qué lugares.
P.
Lo cantaba Gabinete Caligari allá por el 86. Aunque ese estribillo
podía ser de la Edad Media. Siempre estuvieron ahí. Los bares, no
Gabinete Caligari.
R. Llevan centenares de años
como puntos de encuentro. Nacieron para atender las necesidades de los
viajeros y de los animales. Pero pronto también hubo ese punto de
hedonismo, la bebida como búsqueda del confort de espíritu.
P. Mucho más que sed.
R. La sed es una excusa para beber.
P.
Conocí en Donostia a un ser extraordinario que, para beberse un
güisquito, lo que era bien habitual, solía decir “esto… joder qué sed
tengo”.
R. ¡Ja, ja, ja, ja! Donostia y Euskadi son un gran ejemplo de esa cultura del beber y del compartir. ¡Ese irse de potes y de txikitos, esos zuritos, ese placer de la conversación!
P. Los bares son eso, ¿no?, sitios donde compartir cosas.
R.
Sí, pero incluso con uno mismo. Y no es soledad. Para mí, uno de los
momentos mágicos es estar solo en una barra, conmigo mismo. Me puede
pasar en una barra o en un restaurante. Los bares y los restaurantes
forman parte de la vida de las personas.
P. Pues hay gente incapaz de ir sola a un bar. Y si les cuentas que lo haces te miran raro.
R. Pues es mágico. Estás contigo, solo. Además, a mí me gusta que no me den conversación.
P.
La verdad es que no hace falta beber con gente para que pasen cosas.
Por cierto, creo que fue Scott Fitzgerald quien dijo: “Bebo porque
cuando bebo pasan cosas”…
R. Es que te da una visión… aunque yo soy muy
cuidadoso con el tema de la bebida. La inteligencia también se demuestra
en la forma de beber. Pero ha habido grandes personajes a los que beber
les ha dado una percepción distinta. Fíjate Edward Hopper, aquel cuadro
del bar visto a través de la cristalera que…
P.Nighthawks [Halcones de la noche]. La hostia.
R. Esa soledad total.
P. Pero no de uno; da la sensación de que todos los personajes están solos en esa pintura.
R.
Bueno, esto es una cosa que pasa mucho. Hoy existe, por ejemplo, una
cadena de establecimientos [Javier de las Muelas pide que no se
especifique cuál] que ha logrado un modelo de negocio que, en principio,
tiene como una idea de socialización, pero que en realidad consiste en
el individualismo total. Es la cultura Apple. Cada uno allí, aislado,
con su wifi, su tableta, su ordenador, su móvil… y cero comunicación.
P. Los bares, ¿qué son?
R.
Los bares, en realidad, son iglesias. Lugares de liturgia, meditación y
encuentro. Yo no voy a misa, pero sigo yendo a iglesias. Son lugares de
reposo mental, de parar de todo, de sentirte pequeño. Y eso lo
encuentro también en los bares.
P. ¿No son también consultorios médicos, lugares de terapia?
R.
Bueno, hay un origen médico en la cultura del bar que procede de los
monjes. Tú te tomas un Chartreuse verde de aquellos, uno auténtico, y
ves lo que quieras ver. Los licores, la cerveza, el champán, todos
tienen una parte médica, como la ginebra, que curaba enfermedades
renales. Y claro, hay otra utilidad: alimentar el alma y el pensamiento,
claro.
P. Me refería más a eso.
R.
Aunque el alcohol no es el mejor acompañamiento ante una situación
emocional dura. Nos quedamos con lo literario y lo cinematográfico, con
el romanticismo, pero a veces hay una realidad muy dura detrás del
alcohol. Suicidios, rupturas de familias…
P. Creó
un cóctel-homenaje a Sharon Stone que llevaba chocolate y naranja y que
maridaba con calamar relleno de presa ibérica y cacao. ¿Estamos locos?
R. (Risas).
P. Ahora, la coctelería es alta gastronomía. Antes no, antes eran solo copas.
R. Es
gastronomía. Gastronomía es todo lo que puedas ingerir a través de la
boca transformado en un componente hedonista. No es de hoy. Yo he hecho
menús, hace 15 años, de 44 combinaciones de cóctel y comida.
P. Pues aquí y ahora, invéntese uno que nos pegue un buen chute en tiempos tan inciertos.
R.
Un 30% de agradecimiento, porque haber nacido en España; lucha y
firmeza; un 15% de compartir; unas gotas de ilusión; y algo muy duro
para el porcentaje restante: mucho trabajo. Y el gran twist final: suerte.
P. Ya. Eso no vale. Yo decía un cóctel, no una declaración de intenciones. Y con alcohol, a poder ser.
R.
Ufff… serviría en una coctelera dos quintas partes de ginebra, una
quinta parte de un licor de naranja -Grand Marnier o Cointreau-, un
quinto de zumo de naranja y licor de jengibre. Lo batiría 12 segundos, y
le pondría dos toques: una piel de naranja y, sobre todo, poderlo
compartir en una terraza de Madrid, con uno de esos atardeceres
maravillosos, o en Donostia, o en Piazza Navona." (Borja Hermoso, El País, 12/08/20)
"¿Se puede ser feliz durante un confinamiento forzado por una pandemia
mundial? El problema no reside tanto en la respuesta a esta pregunta
como en que existan disciplinas, como la denominada psicología positiva,
que no alberguen duda alguna sobre ello: depende de lo que tú te
esfuerces individualmente.
En plena era de dominio ideológico
neoliberal, la felicidad representa para algunos un principio
incuestionable que sirve para distinguir el éxito y el fracaso de los
individuos. En su trabajo Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas
(Paidós) –traducido a más de diez idiomas–, la socióloga Eva Illouz y
el psicólogo Edgar Cabanas (que responde a esta entrevista) analizan,
por una parte, la ideología que subyace a una disciplina que cuenta cada
vez con más fuentes de financiación y, por otra, su falta de soporte
científico y sus efectos secundarios.
La psicología positiva nos concibe como empresas que
persiguen maximizar su felicidad. ¿Qué nos diría un psicólogo positivo
sobre cómo llevar este confinamiento? ¿Nos sugeriría convertir también
esta crisis en una oportunidad?
Estoy seguro de que muchos ya han dicho eso... Para la psicología
positiva, todo es susceptible de ser instrumentalizado para nuestro
propio bien, bienestar o interés. Y lo mejor que podemos hacer es no
dejarnos abatir por las circunstancias externas –porque, al fin y al
cabo, no tienen demasiada influencia–, para centrarnos en trabajar
nuestras actitudes, nuestros pensamientos y nuestras emociones
positivas, dejando al lado todo lo negativo. Como si lo positivo y lo
negativo se situaran como dos polos opuestos.
‘Positivo’ y ‘negativo’ es una simplificación...
Es una falacia: de hecho, habría que ver si todas estas emociones
positivas son tan beneficiosas. Y tachar de ‘negativos’ sentimientos
como, por ejemplo, la ira, el enfado o la indignación es algo sumamente
conservador, porque hay que tenerlos en cuenta ya que también nos mueven
a cambiar las cosas, a modificar el statu quo. Al patologizarlos, estos sentimientos quedan denunciados como ‘improductivos’ personal y socialmente.
Lo que siempre me sorprende es la capacidad de estos discursos para
calar pese a todo lo que esté ocurriendo. Ya en la crisis iniciada en
2008 se multiplicaron. Porque en esos momentos, cuando uno tiene la
sensación de que no puede influir en su entorno es quizá cuando estas
llamadas para recluirse en el interior de uno mismo proliferan. Pero, si
nos damos cuenta, el hecho de no atender a las circunstancias que nos
están rodeando es absolutamente delirante: en momentos como los que
estamos viviendo se hace evidente que nuestra vida, en general, está
puesta en manos de lo que esté sucediendo, y que no depende de
nosotros.
En Happycracia se cita un pasaje escalofriante. Una
mujer le cuenta a su marido que ella es feliz, pero que cree que debería
serlo más, y que debería luchar por ello a toda costa…
La idea detrás de esto es que la persona se conciba a sí misma como
un proyecto. Hasta ahora, la unidad de utilidad había sido el dinero,
pero, en estos momentos, la felicidad se ha acabado convirtiendo, quizá,
en el mayor valor de utilidad. Las personas tienen que buscar la forma
de conseguir el máximo enriquecimiento personal e individual,
entendiendo la felicidad como su máxima expresión.
Y la felicidad, en este punto, adquiere un aspecto paradójico: es, a
la vez, fin y medio para lograr otros fines. Porque no solo hay que
dirigirse a la felicidad, sino que, siendo feliz, se es más productivo; y
cuanto más productivo eres, más feliz eres, y viceversa. Se trata de
una enorme tautología, un argumento circular en el que apenas se repara y
del que puede ser muy difícil salir.
Si usted no me obedece y no es feliz, no será productivo.
Felicidad, productividad, rendimiento económico e interés propio
entran en el mismo círculo, retroalimentándose. Normalmente, la gente
asume que una persona feliz es más productiva. Pero no hay una
demostración científica de ello, se trata simplemente de un argumento
que encaja ideológicamente.
¿Quién obtiene los mayores beneficios de la difusión de todo este pensamiento relacionado con la felicidad?
Cuando tú prometes que tu teoría, tus técnicas o talleres suponen una
forma más barata de obtener rendimientos laborales, de que tus
trabajadores no solo sean más productivos sino más aquiescentes con la
cultura corporativa, etc., puede haber mucha gente interesada. Además,
gracias a determinadas investigaciones y publicaciones, quienes
defienden estos principios quedan, de alguna manera, ‘científicamente’
legitimados. Los mismos ‘coach’ o quienes van dando cursos terapéuticos
de este tipo ya pueden afirmar que cuentan con herramientas científicas.
Todo lo que está filtrado por la ciencia –o por una apariencia de
ciencia– vende muchísimo más.
Hay mucha gente que necesita tratamiento psicológico, apoyo,
etc. Si, como promulga esta disciplina, estas personas se olvidan de lo
negativo y se centran en aumentar lo positivo, en la felicidad, ¿qué les
ocurre si no llegan a ella?
Se generan lo que denominamos los ‘happycondríacos’, es decir, las
personas que, al creer que siempre se puede ser más feliz, acaban
permanentemente frustradas, persiguiendo un proyecto que nunca se
cierra, lo que les genera ansiedad, frustración, obsesiones... Además,
muchas personas que padecen estrés o ansiedad pueden caer en una doble
trampa, ya que acaban doblemente castigadas porque, por una parte,
sufren el estrés, y por otra, sufren el peso de concluir que no salen de
esta situación por su propia culpa.
La industria de la felicidad se alimenta de que haya infelicidad e
insatisfacción constante. E intenta copar todo el mercado: no solo se
dirige a las personas que no son felices, sino a todas, tratando de
convencer a las que están bien de que siempre se puede estar mejor. Y
mucha gente que estaba bien se embarca en una persecución para salir de
la ‘deficiencia’ que le han ‘descubierto’ que tienen. A su disposición
siempre tendrán un enorme abanico de posibilidades y de técnicas para
‘mejorar’. Se trata de una estrategia de marketing y, además, de un
discurso muy perverso que siempre responsabiliza a la persona de lo que
le pasa.
¿Puede ser la felicidad una nueva señal de triunfo personal, de ‘riqueza interior’?
La felicidad, desde este enfoque, nunca ha dejado de asociarse ni con
el individualismo ni con una determinada concepción del éxito personal.
Es como otra forma de estatus no ligado ya al consumo, sino más bien el
signo de que uno ha aprovechado bien su vida, independientemente de los
elementos materiales que posea.
El estudio y la promoción de la felicidad han penetrado en
muchas instituciones políticas y educativas. ¿Puede convertirse en un
mecanismo de control?
Una vez que has introducido la felicidad como criterio único para
valorar lo que es bueno en términos políticos, te va a valer para
compensar otros indicadores económicos y sociales. Por ejemplo, países
como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o India, con enormes
desigualdades, claras violaciones de los derechos humanos, mortalidad
infantil, etc., sacan bandera de lo bien que están en términos de
felicidad, como una forma de lavado de cara que no se podría hacer en
otros ámbitos.
En muchos casos, esta noción de felicidad viene a sustituir a la del
Estado del Bienestar, que engloba mucho más que el bienestar subjetivo:
derechos sociales, laborales, condiciones de vida mínimas, etc. Este
nuevo discurso de la felicidad nos impide hablar y discutir sobre las
condiciones de bienestar, porque se parte de que las condiciones
externas no importan. Y, con ello, se hace imposible introducir
cuestiones de tejido social, políticas, económicas, que son mucho más
importantes que las cuestiones emocionales o personales.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué recomiendan otros enfoques psicológicos para superar esta crisis?
Sobre todo, entender que lo que nos está sucediendo tiene un origen
circunstancial y que no depende exclusivamente de nosotros. No debemos
machacarnos porque las cosas ahora no vayan bien: se trata de una
situación extraña e inédita en la que todo el mundo está tratando de
capear el temporal de la mejor manera posible. Además, y esto es muy
importante, no existen recetas para todo el mundo. Si hay alguna
solución, esta descansa más en cómo podamos afrontarlo como sociedad que
como personas individuales."
"Tal Ben-Shahar (Ramat Gan, Israel, 1970), doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard,
donde fue profesor 25 años, lleva otros tantos estudiando la felicidad.
Como muchos otros expertos, cree que el gran enemigo del bienestar es
el estrés: el 94% de los universitarios estadounidenses lo sufren. "Es
la nueva pandemia global", dice en alusión al calificativo empleado por
la Organización Mundial de la Salud.
Los médicos lo llaman el "asesino silencioso", cuenta. Pero el
psicólogo israelí cree que durante años se ha estado mirando al lado
equivocado; no hay que estudiar los factores que lo provocan, sino las
conductas que no lo curan. "Hemos dejado de darle importancia al
descanso, a la recuperación y no basta con el sueño", apunta.
Ben-Shahar cambió hace unos años Boston por Nueva York y ahora imparte un seminario sobre la felicidad en la Universidad de Columbia, además de dirigir el Happiness Studies Academy, una plataforma online
con cientos de estudiantes interesados en aprender a gestionar sus
emociones. Desde hace años tiene claro el diagnóstico: la felicidad
constante no existe.
Esta semana ha participado en EnlightED, un evento sobre el futuro de
la educación y su relación con la tecnología organizado en Madrid por
South Summit, la Fundación Telefónica, IE University y la Fundación
Santillana.
Pregunta. ¿Existe un sistema inmune psicológico? ¿Hay personas que tienen mayor tendencia a la tristeza?
Respuesta. La genética marca la diferencia. Por
ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas.
De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos; la hemos
padecido generación tras generación. El hecho de ser infeliz hizo que me
interesara por este campo: la ciencia de la felicidad. En los años
setenta, en Estados Unidos,
se hizo una serie de investigaciones sobre gemelos con idénticos genes.
Se les separó al nacer, fueron criados en países distintos, con
economías diferentes. Pasados los años se observó que había muchas
similitudes en cuanto a sus niveles de bienestar, su comportamiento e
incluso sus pasiones. De media la felicidad depende en un 50% de la
genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del
entorno. Esos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como
una guerra.
P. ¿Cómo se miden los niveles de felicidad en el cerebro?
R. Hay patrones cerebrales que están asociados con
la felicidad, con la depresión o con la rabia. No es solo una parte,
sino múltiples que trabajan de forma conjunta. Un ejemplo es la corteza
prefrontal: la parte izquierda se asocia con las emociones positivas y
la derecha, con las negativas. Es importante conocer los hallazgos en
este campo para entender que con nuestra conducta podemos mejorar los
niveles de bienestar.
P. Hay un boom, cientos de best sellers sobre el tema. ¿Nos preocupamos más ahora por intentar ser felices?
R. No, es algo ancestral. Hace 2.500 años,
Aristóteles escribía sobre ello. La Biblia también trata ese tema.
Siempre ha sido parte de nuestro pensamiento. La diferencia es que ahora
tenemos más tiempo libre y a eso se suman unas expectativas de vida
irreales. El resultado es que nos sentimos infelices porque no
entendemos lo que es la felicidad.
P. ¿Qué es la felicidad?
R. No es posible estar siempre feliz. Las emociones
negativas, como la rabia, el miedo, o la ansiedad, nos hacen falta. Solo
los psicópatas están a salvo de eso. El problema es que, por falta de
educación emocional, cuando las sentimos, las rechazamos, y eso hace que
se intensifiquen y que nos domine el pánico. Si bloqueamos una emoción
negativa, igualmente lo hacemos con las positivas. Hay que sentir el
miedo y ser conscientes de que tiramos hacia adelante con él. No es
resignación, sino una aceptación activa. Cuando nació mi hijo David, al
mes empecé a sentir celos de él. Mi esposa le dedicaba más atención que a
mí. En ocasiones las emociones se polarizan, llegamos a extremos y no
por ello somos mejores o peores personas. Somos humanos.
P. Según un reciente estudio de la agencia europea Eurofound,
los niveles de estrés están aumentando en la escuela y la transición de
los jóvenes hacia la vida adulta se complica por las expectativas de
sus padres y las presiones de la sociedad.
R. Las expectativas tienen un papel clave en la
felicidad. La más peligrosa es creer que se puede estar en la cresta de
la ola de forma constante. La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace
que la gente se sienta miserable. En los últimos años las redes
sociales han influido bastante; ver las caras sonrientes de los demás,
sus relaciones de pareja idílicas, un trabajo ejemplar. Cuando sentimos
tristeza o ansiedad esas imágenes refuerzan nuestra idea de que algo
estamos haciendo mal. Pero nada de eso es real, todos vivimos en una
montaña rusa emocional. Es inevitable y no es malo.
P. El 14% de los jóvenes europeos entre 15 y 24 años
está en riesgo de sufrir depresión —según el último informe de
Eurofound— y lideran el ranking países como Suecia (con una tasa del 41%), Estonia (27%) y Malta (22%). En España, donde la tasa de desempleo juvenil es más elevada, está por debajo del 10%. ¿Qué está fallando?
R. Te pondré otro ejemplo. En Estados Unidos cada
cinco años se miden los niveles de salud mental, que suelen variar un 1%
hacia arriba o abajo. En el último periodo, los resultados han sido muy
diferentes: entre adolescentes, los niveles de depresión han crecido
hasta en un 30%. Uno de los motivos es que están disminuyendo las
interacciones cara a cara, se sustituyen por el smartphone. Las relaciones personales son un antídoto contra la depresión.
P. En el siglo XIX se trabajaba hasta 18 horas
diarias y ninguna ley impedía hacerlo 24 si era necesario. Hoy tenemos
mayor calidad de vida. ¿Cuál es la raíz de la insatisfacción permanente?
R. La expectativa de vida de los trabajadores era
proveer suficiente comida a su familia para sobrevivir. Hoy pensamos en
ganar más dinero, en las vacaciones soñadas... Hoy lo puedes hacer todo;
aunque tengas un empleo interesante y te gusten tus colegas, no es
suficiente. Como puedes elegir y cambiar, nunca estás satisfecho.
P. ¿Cómo puede la escuela prepararnos para saber lo que es la felicidad?
R. Hay que enseñar a cultivar relaciones sanas, a
identificar propósitos y sentido en lo que hacemos. Y lo más importante:
a encontrar tiempo para el descanso. Las investigaciones han demostrado
que ese el gran problema, que no nos recuperamos del estrés. No vale
con leer best sellers de autoayuda, hace falta una acción. En
el trabajo, hacer un parón cada dos horas de 30 minutos, o de 30
segundos si trabajas en Bolsa, pero desconectar y respirar. Tomarte un
día libre. Aprender que la felicidad no es un código binario, de uno a
cero, sino un subir y bajar. Es un viaje impredecible que termina cuando
mueres." (Entrevista a Tal Ben-Shahar, Ana Torres Menárguez, El País, 04/10/19)
"A 45 kilómetros de Vigo, 141 de Santiago, 618 de Madrid, 5.908 de Míchigan y 8.288 de São
Paulo, tal y como rezan las señales puestas para los peregrinos que
llegan al pueblo, trepa montaña arriba desde el rompeolas el lugar más feliz
del mundo.
Un hombre de mediana edad juega al sol lanzando una pelota a
su perro rubio; otro coloca una sábana fresca sobre el asiento del
coche para que su madre no pase calor; pandillas de adolescentes bajan a
bañarse en la playa y un sinfín de turistas se hacen fotos ante el ruinoso monasterio que en 2004 compró una empresa consignataria de buques, con un millonario proyecto de urbanización que sigue parado.
Esto es Oia (3.018 habitantes), el municipio del sur de la provincia de Pontevedra que ha creado tras las elecciones la primera Concejalía de la Felicidad en España,
con precedentes en Ceregnano (Italia, 4.000 vecinos), que instauró el
mismo departamento en 2012, y en el reino de Bután, donde lo que se
fundó fue un ministerio.
Hoy es un día grande para un buen puñado de vecinos de Oia. Después de seis años sin noticias de San Benito y San Bernardo,
que habían marchado a restaurarse a Pontevedra, el nuevo cura del
pueblo, Daniel Goberna, ha recobrado las imágenes del siglo XVIII y a la
tarde se celebra la fiesta de bienvenida. El párroco, prefecto de
música en la catedral de Tui
y famoso en la comarca por sus dotes de canto, corre calle arriba y
calle abajo. "¿Está aquí ya San Benito?", le grita Jesusa Crespo. "Está
durmiendo la siesta", le responde bromista el hombre joven con
alzacuellos.
Como todos los días cuando no llueve, Jesusa, de 82 años,
baja con sus dos bastones después de comer a la plaza Centinela, al
borde del Atlántico. Allí, además de un crucero antiguo "donado por un
panadero", hay un banco corrido de piedra, de unos 10 metros de largo,
donde se dan cita más de 20 vecinas y vecinos de la misma quinta. Se
conocen desde tiempos de la escuela, y más de 70 años después siguen
reuniéndose cada tarde "sin riñas ni roces" para charlar y jugar a la
rana.
Los primeros en juntarse con Jesusa en la sobremesa
son María Puertas, de 80 años, Josefa Pérez, de 81, y Jesús Cividanes,
de 82. En breve llegará Matilde Álvarez, la más veterana (92) y más
convencida de su felicidad presente, sobre todo si recuerda episodios
del horror de la guerra, como cuando el convento benedictino se convirtió en campo de concentración.
Estos días las señoras prueban una especie de alfombrillas para el
trasero, de momento solo un par de prototipos de cojín ultrarresistente,
que les ha proporcionado la alcaldesa, Cristina Correa (PP),
porque el granito del banco es frío y duro para pasar la tarde entera.
Jesusa telefonea al móvil de la regidora ("la Cristina") para recordarle
que hay que limpiar la mancha de aceite que dejó el otro día una
furgoneta en el pavimento. "Afea la plaza", reprocha.
La alcaldesa tiene claro que la felicidad "no es un
estado permanente", sino "momentos" ensartados en un collar donde
abundan también piedras menos preciosas y muchos malos ratos. Para
encontrar esas satisfacciones emocionales, está organizando un "consejo
de sabios" con "gente que destaca por su vocación de ayudar". "Cada día
se me ocurre algún nombre" pero "casi todas son mujeres", reconoce. Así
que será un consejo de sabias.
La abogada de 38 años llegó a su cargo en noviembre
de 2015 tras una moción de censura que descabalgó al PSOE, y desde hace
más de un año maduraba la idea que al fin ha puesto en práctica ahora
que repite de regidora, por mayoría absoluta. "Quería llamarla
simplemente Concejalía de la Felicidad, pero tuve miedo a que me
llovieran las críticas", admite.
Por eso le añadió los apellidos de
"Vecindad, Cultura y Servicios Sociales". Eligió para el cargo a la edil
Carmen Estévez, que se sienta en un despacho unido por una puerta
abierta con la alcaldía. Por el empeño que en esta aventura está
poniendo Correa, es evidente que el peso de la cartera lo van a llevar a
medias.
El consistorio ha encargado un buzón decorado donde
las personas de todas las edades podrán dejar sugerencias, ideas que les
harían felices. Una mujer encamada ha pedido que le vayan a leer un
libro por capítulos, porque ella no sabe y no se siente ya capaz de
aprender. Un hombre ha propuesto que al caer la tarde se cierre al
tráfico el centro histórico, el barrio de O Arrabal, y que la gente se
vista guapa para pasear.
En la zona de Pedornes, uno de los seis núcleos
de población desperdigados a lo largo de 83 kilómetros cuadrados, las
mujeres reclaman que el centro cultural pase de abrir solo los domingos a
"todos los días" para echar la partida de cartas. En cualquier caso, la
felicidad de los mayores pasa por tener alguien al lado. Por eso
Mercedes, que al quedar viuda se fue a vivir a la casa color rosa de su
hija, pegada al muelle, otea desde el piso alto con los prismáticos,
ansiosa por ver llegar por el horizonte a su nieto y su yerno, que
trabajan en el mar.
S. R. P.
El mismo día que regresa el San Benito al pueblo,
llega al Ayuntamiento el logotipo de la nueva concejalía. A modo de
emoticono, dentro de un círculo las letras OIA hacen de ojos y nariz
sobre una línea curva que traza una sonrisa. "Estamos contentas porque
crear esta concejalía ha servido al menos para abrir una reflexión",
dicen la alcaldesa y su edil. "Además, Oia sale al fin en la prensa por
algo positivo, después de tantas noticias malas".
No hay que rastrear
apenas la hemeroteca para recopilar un montón de titulares: en este
municipio prosperó la secta de los Miguelianos, cuyo líder fue condenado en diciembre a nueve años por abusos sexuales. El municipio también fue escenario este año de la tortura y muerte de caballos salvajes a manos de desalmados, probablemente de la zona, todavía sin rostro para la Guardia Civil.
Pero en el pueblo, lo que está abierto ahora es un
debate que abarca lo metafísico y lo más carnal. "Para mí la felicidad
es tener salud", apunta sin dudarlo María Puertas, que camina con
andador. "Yo aún lloré esta mañana", confiesa Jesusa; y los demás se
ríen cuando cuenta que es que no pudo comer pollo y se tuvo que
conformar con "verdura y dos patatas". La tristeza no estaba en el menú
frugal, sino en la impotencia que sintió al no ser capaz de encontrar en
su casa la tabla para trocearlo.
"Paz en la familia"
"Es una agonía no estar ya en condiciones", lamenta
la vecina. "Y una pena que la gente no se dé cuenta de esto cuando es
joven para disfrutar la vida", dice mientras sigue con la mirada a los
chavales del pueblo bajar por el camino de la playa. "Cuando nosotras
éramos jóvenes a la que íbamos era a la playa negra
a trabajar", rememora, en alusión a los labradíos cercados de muros de
piedra que mueren al borde de las rocas donde rompen las olas. Viuda
desde los 30 años, Jesusa iba a cosechar el maíz con el bebé de un año
"metido en un cesto" y los mayores, de cuatro y siete, pegados a su
falda.
El párroco, mientras tanto, aprovecha el tema de moda
en el ayuntamiento para ejercer estos días su labor pastoral:
"Alexander Ross, del Instituto de Ciencias Psicológicas de Arlington
(Virginia), hizo un estudio que revela que el 43% de las mujeres que van
a misa se declaran muy felices frente al 29% de las que no van", lee
consultando una noticia en su smartphone. "En
los hombres, la diferencia es aún mayor". "Y no vale igual ver la misa
por la tele", defiende más tarde ante sus feligresas, "igual que no te
quita la sed ver un anuncio de cerveza".
"Hasta el más millonario tiene una hora para llorar
al día", sentencia resignada María. "Los ricos sueñan con dinero",
asegura Mercedes, "pero lo más importante, para mí, es que haya paz en
la familia". (Silvia R. Pontevedra, El País, 14/07/19)
"En el invierno de 2013, la corporación multinacional
de bebidas refrescantes Coca-Cola anunció el lanzamiento de una página
web con más de 400 estudios sobre felicidad y salud que pretendía ser un
referente en el campo de la investigación acerca del bienestar. Lo hizo
a través del llamado Instituto Coca-Cola de la Felicidad, integrado en
una iniciativa de la división española de la compañía que en 2010 y 2012
ya había organizado en Madrid dos ediciones de un evento denominado
Congreso Internacional de la Felicidad.
Entre la maniobra publicitaria y la generación de una
imagen de marca amigable, bajo la coartada filantrópica de responder al
creciente interés sobre el tema, Coca-Cola se sumó a una agenda global
que propone ser feliz como respuesta a todos los males.
Margarita Álvarez es una de las 50 mujeres más poderosas de España, según la revista Forbes,
y también fue incluida en el listado de las 100 mujeres más influyentes
en nuestro país en 2016, elaborado por la plataforma Mujeres&Cia,
en la categoría de Directivas. Álvarez creó y presidió el Instituto
Coca-Cola de la Felicidad entre enero de 2008 y marzo de 2011. Acaba de
publicar Deconstruyendo la felicidad, un libro
cuyo propósito, según se lee en la nota de prensa difundida por la
editorial Alienta, es “ayudarte a averiguar si realmente existe la
felicidad y, si es así, determinar dónde se puede encontrar”.
La nota
añade que en sus páginas no hay “reglas ni pautas: solo conocimiento.
Porque saber y tener información sobre algo tan relevante te ayudará a
entender cómo funciona el cerebro, cómo te utilizan tus pensamientos y
cómo puedes identificar y aceptar todas tus emociones para afrontar mejor
las circunstancias de la vida”.
Parece poco probable que la idea de ser feliz que
maneja Álvarez guarde relación alguna con la que puedan tener, por
ejemplo, las más de 800 personas afectadas desde 2014 por el ERE de la
embotelladora de Coca-Cola en la planta de Fuenlabrada (Madrid).
La
suya, más bien, es otra de las voces privilegiadas que han participado
durante los últimos 30 años en la construcción y propagación de una
noción de felicidad que reposa en el entusiasmo, la voluntad y la
superación individual como herramientas para llegar a ella. Libros de
autoayuda, talleres de pensamiento positivo y charlas motivacionales han
difundido la especie de que ser feliz está a tu alcance y solo tienes
que desearlo.
En el tiempo de la crisis económica mundial más grave
desde el crac del 29, estos discursos han encontrado un público
desesperadamente receptivo al que se le ofrece bienestar simplemente
mirando a su interior, sin tener que relacionarse con nadie. Aunque esto
último no es del todo así: esa felicidad prometida pasa necesariamente
por pagar, pues lo que hay detrás de ella tiene poco de altruista.
“Se considera que es una elección personal y que,
para ser feliz, una persona simplemente tiene que decidir serlo y
ponerse a ello a través de una serie de guías, consejos, técnicas,
ejercicios que proponen los que se suponen expertos en estos campos:
científicos, psicólogos, coaches, escritores de
autoayuda y una gran cantidad de profesionales que se mueven en el
mercado de la felicidad”, explica Edgar Cabanas a El Salto.
Este doctor en psicología e investigador de la Universidad Camilo José Cela de Madrid es el autor, junto a Eva Illouz, de Happycracia
(Paidós, 2019), un ensayo que aplica el bisturí a los argumentos
empleados desde la ciencia de la felicidad, que ignoran cuestiones
sociales, morales, culturales, económicas, históricas o políticas para
presentar unas tesis aparentemente objetivas.
“Mientras la vocación de
esta idea de felicidad es producir seres completos, realizados,
satisfechos, lo que queda es una permanente insatisfacción: la felicidad
está conceptualizada como una meta que nunca se alcanza, que nunca se
llega a materializar. Es siempre un proceso constante que embarca a la
persona en una búsqueda obsesiva de formas de mejorarse a uno mismo, su
estado emocional, la administración de sí mismo en el trabajo, en la
educación, en la intimidad”, sostiene Cabanas.
En este sentido, la investigadora Sara Ahmed, que publicó hace una década La promesa de la felicidad, traducido al español esta primavera por la editorial argentina Caja Negra, apuntaba en marzo en una entrevista aEl Salto que “la felicidad, como promesa de vivir de una determinada manera, es una técnica para dirigir a las personas”.
Precisando aún más, Fefa Vila Núñez, profesora de Sociología del Género
en la Universidad Complutense de Madrid, señala que esta concepción “nos
empuja, nos ordena y dirige hacia el consumo vinculado a una idea de
vida sin fin, forjada en un hedonismo sin límites donde melancolía y
tecnofilia se unen en un abrazo íntimo para forjar la idea de logro, de
éxito, de inmortalidad, de un placer infinito para aquel sujeto que no
se salga del camino marcado”. En su origen, ella encuentra una
“maquinaria de felicidad” activada después de la I Guerra Mundial y
relacionada con un “capitalismo de consumo” que ha ido modelando la idea
de felicidad hasta nuestros días.
La ecuación de la felicidad
El libro de Margarita Álvarez cuenta con dos firmas invitadas muy significativas: el prólogo es de Marcos de Quinto,
exvicepresidente de Coca-Cola España y número dos por Madrid de
Ciudadanos para las elecciones generales, y el epílogo corre a cargo de
Chris Gardner, cuya historia siempre es usada como ejemplo por la
psicología positiva.
Un caso de excepción convertida interesadamente en
norma, la biografía de Gardner va de la pobreza al éxito empresarial y
quedó retratada en la película En busca de la felicidad,
protagonizada en 2006 por Will Smith. Gardner es hoy un multimillonario
que se dedica a la filantropía y a dar conferencias sobre cómo la
felicidad depende de la voluntad individual. “Si quieres, puedes ser
feliz” es su mensaje.
Un nombre clave en el desarrollo de la ciencia de la
felicidad es el de Martin E.P. Seligman. Elegido presidente de la
Asociación Estadounidense de Psicología en 1998 (APA, en sus siglas en
inglés), puede ser considerado uno de los fundadores de la psicología
positiva, ya que participó en su manifiesto introductorio publicado en
el año 2000. Seligman proponía un nuevo enfoque sobre la salud mental,
alejado de la psicología clínica y enfocado en promover lo que él
consideraba positivo, la buena vida, para encontrar las claves del
crecimiento personal.
En su despacho de la APA, Seligman pronto empezó a
recibir donaciones cuantiosas y cheques con varios ceros procedentes de
grupos de presión conservadores e instituciones religiosas interesadas
en promover la noción de felicidad que promulgaba esta nueva corriente
de la psicología. La difusión por parte de los medios de comunicación y
otros canales de algunas de sus publicaciones generó la impresión de que
existía una disciplina científica que aportaba claves inéditas para
alcanzar el bienestar.
La repercusión de estas teorías fue mundial. Sin
embargo, sus objetivos, resultados y métodos han sido criticados por su
falta de consenso, definición y rigor científico. “Más que engaño, yo
diría que puede ser peligroso en términos sociales y políticos; y
decepcionante en términos personales”, valora Cabanas, que apunta al
mercado, las empresas y la escuela como agentes principales en la
elaboración y divulgación de unas nociones que entroncan directamente
con valores culturales arraigados en el pensamiento liberal
estadounidense.
Seligman llegó a formular una ecuación que explicaría
la proporción de factores que dan como resultado la felicidad. Esta
sería la suma de un rango fijo (la herencia genética), elementos de la
acción voluntaria y circunstancias personales. Su fórmula otorga al
primer factor el 50%, a lo volitivo el 40% y únicamente el 10% restante a
cuestiones como el nivel de ingresos, la educación o la clase social.
Siguiendo esta receta, la psicología positiva se ha mostrado categórica
al considerar que el dinero no influye sustancialmente en la felicidad
humana.
En La promesa de la felicidad,
Ahmed resumió la tautología que sustenta al campo de la psicología
positiva. “Se basa en esta premisa: si decimos ‘soy feliz’ o hacemos
otras declaraciones positivas acerca de nosotros mismos —si practicamos
el optimismo hasta que ver el lado amable de las cosas se convierte en
rutina—, seremos felices”.
De la página web presentada por Coca-Cola como el
gran archivo sobre la felicidad no queda absolutamente nada cinco años
después.
Felicidad Interior Bruta
Desde 2013, el 20 de marzo se celebra el Día Internacional de la
Felicidad. La Asamblea General de la ONU decretó en su resolución 66/281
de 2012 esa fecha para reconocer la relevancia de la felicidad y el
bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la
importancia de su inclusión en las políticas de gobierno.
Se trata de
una medida controvertida, por la dificultad para encontrar baremos
objetivos que cuantifiquen el grado de felicidad y por las repercusiones
derivadas de su conversión en faro de las acciones de gobierno, por
delante de otras metas como la reducción de las desigualdades, la lucha
contra la corrupción o el desempleo. En otras palabras: el riesgo de que
la administración preste más atención a un gurú del mindfulness que a los sindicatos es real.
“Las formas de hacer política basadas en la felicidad
—opina Cabanas— suponen ensalzar las cuestiones individuales y
desdibujar las sociales, objetivas y estructurales. Vienen a hacer
énfasis en que lo más importante es la forma en que se sienten los
individuos, como si la política se redujera a hacer sentir bien o mal,
como si no se tratara de cuestiones de discusión moral o ideológica”.
Tras firmar algunos de los recortes presupuestarios
más importantes en la historia del país, con especial incidencia en el
gasto social, a finales de noviembre de 2010 el primer ministro
británico David Cameron propuso la elaboración de una encuesta para
medir la felicidad de los ciudadanos, con la idea de difundir en la
opinión pública que el bienestar se encuentra en otras variables
distintas al Producto Interior Bruto.
Es una iniciativa recurrente en
distintos países, que se puede entender como una cortina de humo para
distraer la atención. En 2016, el primer ministro y vicepresidente de
Emiratos Árabes Unidos, Sheikh Mohamed ben Rashid Al Maktoum, anunció la
creación del Ministerio de la Felicidad para generar en el país “bondad
social y satisfacción como valores fundamentales”. Asimismo, situó esta
novedad en el marco de una serie de reformas entre las que destacaba
que se permitiría al sector privado hacerse cargo de la mayoría de los
servicios públicos.
En su informe 2017/2018 sobre Derechos Humanos,
Amnistía Internacional concluía que Emiratos Árabes Unidos restringe
arbitrariamente el derecho a la libertad de expresión y de asociación,
que continuaban en prisión decenas de personas condenadas en juicios
injustos, muchas encarceladas por sus ideas políticas, y que las
autoridades mantenían a las personas detenidas en condiciones que podían
constituir tortura. También señalaba que los sindicatos seguían estando
prohibidos y que los trabajadores migrantes que participaban en huelgas
podían ser expulsados, con la prohibición de regresar al país durante
un año.
Emiratos Árabes Unidos ocupa el puesto 21 de un total de 156 países en la edición de 2019 del informe anual sobre felicidad mundial
que Naciones Unidas publicó el mismo 20 de marzo. Se trata de la
séptima entrega de un estudio que este año pone el foco, según sus
autores, en la relación entre felicidad y comunidad, en cómo la
tecnología de la información, los gobiernos y las normas sociales
influyen en las comunidades. Finlandia, Dinamarca y Noruega se sitúan en
el podio de este peculiar ranking, mientras
Israel y Estados Unidos —dos países con enormes tasas de desigualdad y
pobreza; el primero, además, sostenido sobre la discriminación de la
población palestina— alcanzan los puestos 13 y 19 respectivamente.
La
felicidad en España sube en un año del 36 al 30 en un listado para cuya
confección se tienen en cuenta variables como la esperanza de vida
saludable, el apoyo social, la libertad para tomar decisiones, la
generosidad o la percepción de corrupción.
De los meandros que entrecruzan política y felicidad
sabe bastante la filósofa Victoria Camps, senadora por el Partido de los
Socialistas de Cataluña (PSC) entre 1993 y 1996 y ganadora del Premio
Nacional de Ensayo en 2012 por El gobierno de las emociones.
En su opinión, la búsqueda de la felicidad es “un derecho, expresado de
diferentes formas: el derecho a la igualdad, a tener una protección por
parte de los poderes públicos para que esa libertad necesaria para
escoger una forma de vida la tenga todo el mundo, no solo unos pocos”.
Por eso considera que la política no debe garantizar la felicidad sino
“que podamos buscar la felicidad”. Ella entiende que el modelo de Estado
de bienestar “iba en ese sentido de proteger socialmente a los más
desprotegidos, redistribuir la riqueza e igualar las condiciones de
felicidad”. Para esta filósofa, el Estado de bienestar está en crisis
pero cree que “era un buen modelo y que habría que potenciarlo e
intentar adaptarlo a las nuevas necesidades y corregir todo aquello que
no está funcionando”.
Camps conversa con El Salto a propósito de su reciente ensayo, titulado precisamente La búsqueda de la felicidad
(Arpa Editores, 2019). Como filósofa, marca distancias entre su
disciplina y la palabrería de autoayuda: “Creo que están en las
antípodas una de otra. La filosofía no da recetas, sino que plantea
cuestiones y obliga a profundizar, a pensar, a encontrar soluciones”.
También recuerda un factor que el paradigma de la
psicología positiva tiende a olvidar: “Las condiciones materiales
afectan bastante. Ya lo decía Aristóteles muy claramente: la felicidad
no está en la riqueza, en el honor, en el éxito, pero todo eso es
necesario para ser virtuoso. O como decía Bertolt Brecht, primero hay
que comer y después hablar de moral”.
Y reflexiona sobre algunos aspectos nocivos
consecuencia de esa promoción de la felicidad como objetivo ineludible:
“Lo que se busca es que la gente esté contenta y no moleste mucho. En
todos los ámbitos —en la política, en la empresa, en la educación— se
busca por vías muy similares a las de la autoayuda, muy simples, que no
tienen nada que ver con la felicidad. En la política, todas las medidas
antipopulares, difíciles de explicar aunque sean buenas para las
personas, son difíciles de proponer porque dan miedo al político, que
prefiere que la gente esté contenta con medidas mucho más simples”.
A la felicidad por la huelga
En una entrevista publicada en la web de El Salto en junio de 2018, el músico asturiano Nacho Vegas hablaba
de reivindicar la infelicidad, ya que que, en su opinión, “hay veces
que parece que vivimos en esto que Alberto Santamaría llama capitalismo
afectivo en el que algunas empresas miden cuánto les cuesta la
infelicidad de sus trabajadores y se dedican, con estos rollos
motivacionales y de coaching, no a crear felicidad, porque el capitalismo no puede hacer eso, sino a cambiar la respuesta de la gente ante la infelicidad”.
Alberto Santamaría es profesor de Teoría del Arte en la Universidad de Salamanca y el año pasado publicó En loslímites de lo posible
(Akal), un intento de rastrear la actividad de los agentes que
posibilitan que la creatividad, las emociones o la imaginación conformen
un mapa afectivo necesario para la prosperidad económica.
“Las empresas
se dan cuenta de que la infelicidad, la depresión, son problemas
gravísimos. Ahora bien, lo que buscan no es una solución directa, sino
que la estrategia se basa en reforzar esa doble dinámica de relación
mercantil y deseos. Por ello lo que la narrativa empresarial nos vende
es que el único lugar donde de verdad seremos felices es en el trabajo”,
contesta a El Salto.
Para Isabel Benítez, socióloga y periodista
especializada en la cuestión del trabajo y conflictos laborales, la
respuesta que las empresas ofrecen ante la infelicidad de las plantillas
es un “mecanismo sofisticado de domesticación que busca productividad,
directa al intentar mejorar la satisfacción y movilizar los recursos
emocionales propios, internos de las trabajadoras; pero también
productividad indirecta: reducir la conflictividad laboral, la
articulación colectiva del malestar común”.
En su opinión, es “harto difícil” que en el trabajo
asalariado se encuentre una posibilidad de realización
personal-profesional, aunque precisa que “a nivel individual hay quienes
sí lo consiguen a pesar de la inestabilidad, la arbitrariedad, la falta
de perspectiva, la ausencia de control sobre el qué, cómo y para qué de
tu trabajo”.
Benítez escribió junto a Homera Rosetti La huelga de Panrico
(Atrapasueños, 2018), un libro sobre la experiencia de la huelga
indefinida que entre octubre de 2013 y junio de 2014 mantuvo la
plantilla de la única fábrica de Panrico en Cataluña. Ella cree que los
momentos de organización, ganar posiciones y lograr cambios en lo
laboral son fuente de satisfacción y crecimiento para los trabajadores,
pese a todos los obstáculos.
Por eso considera que la huelga no deja indiferente a
nadie: “Es una alteración de la normalidad donde se incrementa la
sociabilidad entre trabajadores, se pone a prueba la capacidad de
análisis y de organización colectiva, y se descubren habilidades
‘ocultas’: creatividad a todos los niveles para pensar —dónde, cuándo,
cómo presionar a la empresa, para dirigirte al resto de compañeras, para
activar solidaridades externas a la empresa o centro de trabajo—, para
hacer —construir barricadas, campamentos—, negociar, estrategia. Las
huelgas, los procesos de lucha colectiva, cambian a las personas que
participan. Son momentos de mucha tensión y emoción, en todos los
sentidos”.
Yo no quiero ser feliz
“Pero a mí me sabe tan mal”, dice la letra de una canción del grupo de rock Los Enemigos
que reconoce la incomodidad propia ante quien puede sonreír cuando lo
exige la ocasión, quien distingue el principio del final y sabe hacia
dónde va. Ante quien, en suma, es tan feliz y encaja. La canción,
incluida en el disco La vida mata (1990), se
puede leer como un anticipo del hastío por la imposibilidad de alcanzar
esa meta de la felicidad que se sugiere como ideal desde tantos frentes.
También, de algún modo, como una reacción.
Casi treinta años después de su grabación, Edgar
Cabanas observa que en España se está generando una conciencia crítica.
“El otro discurso gana, porque es más simplista, traducible a titulares,
integrable en políticas de empresa, comercializable, pero está habiendo
un caldo de cultivo crítico que intenta hacerle frente”, señala el
coautor de Happycracia.
La profesora Vila Núñez entiende que “mientras haya
resistencia, no hay triunfo” aunque no tiene dudas de que estamos en una
nueva fase del avance del capitalismo, “un estadio sofisticado definido
por el asalto al deseo, a la propia subjetividad. Un infierno a la
medida de nuestro deseo, nos recordaría hoy, si estuviese entre
nosotras, Jesús Ibáñez. Ya no solo somos cuerpos disciplinados sino
deseos expropiados, cuerpos sin memoria”.
Según su parecer, en la sociedad que afirma el
imperativo de la alegría “ya nada tiene sentido porque nada tiene
principio ni fin, solo existe el ¡ya!, el just do it!,
porque no hay recuerdos ni compromisos, no somos nadie, no venimos de
ninguna parte y no vamos a ninguna parte, este es el estado de la
cuestión, es el cuento del estado de las cuentas. Sísifo arrastrando la
piedra que al llegar a la cumbre siempre puede volver a caer”.
A finales de 2018 se publicó La vida de las estrellas
(La Oveja Roja), segunda novela de Noelia Pena. Un relato acerca de las
otras realidades que la imposición del arquetipo de persona
triunfadora, hecha a sí misma y feliz pretende ocultar. Lo que le
interesaba, cuenta la escritora a El Salto, era
“arrojar un poco de luz sobre algunas problemáticas y conflictos a los
que no siempre queremos mirar de frente, como la enfermedad, la soledad,
el aislamiento o el maltrato.
La proliferación de enfermedades como la
ansiedad y la depresión evidencia que este sistema no nos deja vivir:
nos exprime y asfixia. ¿Qué sucede cuando una depresión nos impide ir a
trabajar o cuando perdemos un trabajo? Nuestra seguridad se tambalea y
con ella el modelo de vida que proyectamos alrededor del éxito
profesional”.
Pena entiende que el gran problema social sigue
siendo la emancipación y en el libro aborda esta cuestión. Pero asegura
que no se propuso que sus personajes fuesen el contrapunto a lo que
prescribe la psicología positiva: “Lo que puede verse en las
problemáticas de los personajes de la novela es la dimensión colectiva
de los malestares contemporáneos.
A pesar del individualismo creciente,
gran parte de nuestros problemas tienen una dimensión social: la soledad
de los personajes, sin ir más lejos, especialmente los mayores. Tanto
el mindfulness como los libros de autoayuda
intentan convencernos de que cambiando nuestra mente podemos cambiar la
realidad e individualmente podemos conseguir la felicidad, pero ¿cómo
ser felices si la solución a nuestros problemas no es individual, sino
que comporta decisiones ajenas, ya sean políticas, médicas o bien
apuntan a estructuras de poder asentadas desde hace siglos o a la
violencia sobre nuestros cuerpos por parte de otras personas?”. La
respuesta a esta pregunta es, posiblemente, la más importante de todas
las que se buscan a lo largo de la vida." (José Durán Rodríguez, El Salto, 13/04/19)