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25/3/24

Carlos Taibo: Cuando hablo de ecofascismo no estoy pensando, o no lo estoy haciendo de forma singular, en marginales grupos neonazis o de extrema derecha. Estoy pensando, antes bien, en un proyecto que nace en el seno de algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez que se avecina y cada vez más firmemente decididos a preservar en unas pocas manos esos recursos escasos al amparo de un horizonte de darwinismo social militarizado. La perspectiva que invoco tiene mucho que ver con las prácticas más conocidas del colonialismo de siempre

 "Nota.— Hace dos semanas, publicamos una reseña de Ecofascismo, el último libro de Carlos Taibo, primero editado en España y luego en Argentina. Hoy damos a conocer la entrevista que le realizamos con posterioridad, donde hablamos del contenido de la obra, pero también de otros tópicos de actualidad no menos interesantes. Quienes no hayan leído la recensión bibliográfica de nuestro compañero Ariel Petruccelli y deseen hacerlo, aquí tienen el enlace. Nuestra profunda gratitud con el entrevistado por su predisposición y amabilidad.

1/3/24

Pedro Fresco: “El colapsismo es uno de los grupos que más bulos energéticos expande”... las renovables tienen impactos en el territorio, pero a nivel ambiental el impacto de las energías renovables es muchísimo menor que el de las energías a las que están sustituyendo, que son las fósiles y las tradicionales. Eso no quiere decir que no haya un impacto y, sobre todo, que no haya impactos de carácter paisajístico que son los más difíciles de evitar, porque son obvios. Pero yo defiendo que el impacto paisajístico es un impacto muy asumible para los beneficios que traen las energías renovables... y el impacto sobre la biodiversidad es bajo

 "Pedro Fresco (Valencia, 42 años) es el director de la Asociación Valenciana del Sector de la Energía y es una de las voces que desde hace años defiende públicamente la expansión de las renovables y la necesidad de las macroplantas solares y eólicas. Tras trabajar en este sector durante más de una década, fue asesor del Ministerio para la Transición Ecológica. De ahí saltó a la Generalitat valenciana en 2021, donde fue nombrado director de Transición Ecológica. Pero en diciembre de 2022 fue destituido por Compromís tras imponerse en esa formación la corriente que rechazaba la implantación de grandes parques fotovoltaicos. Ahora publica el libro Energy Fakes. Mitos y bulos sobre la transición energética (Barlin Libros), donde combate los bulos que se difunden a diestra y siniestra del arco político y desde empresas. “Hay mitos que son transversales, pero la mayor intensidad de mitología sobre energía viene de las dos partes del extremo ideológico: de la derecha radical y luego de ciertos grupos de extrema izquierda”, resume Fresco en esta conversación telefónica con EL PAÍS.

Pregunta. ¿Dónde nacen las noticias falsas?

Respuesta. De muchos sitios, pero generalmente tienen dos fuentes principales. La primera son los intereses económicos —por parte de compañías— o políticos —por parte de determinadas cosmovisiones—. Luego hay otra parte que viene de aprendizajes previos, de cosas que fueron ciertas en el pasado, cuando la tecnología era diferente, y que hoy no lo son.

P. ¿Hay empresas del sector fósil que difunden las noticias falsas?

R. Las fake news que vienen de esas empresas son algo histórico. Comenzó en los años setenta y ochenta con el cambio climático, cuando grandes petroleras usaban fakes para sembrar desconfianza sobre lo que decía la ciencia. Pero luego ha continuado con distintas tecnologías. Hoy las fakes provenientes de empresas sobre las renovables son mucho menores, porque prácticamente todas las compañías, incluso las petroleras, tienen secciones que se dedican a las renovables. Donde se observan actualmente más noticias falsas que salen de las compañías es en el campo del coche eléctrico, que supone una amenaza para el destino principal del petróleo: la movilidad en los vehículos.

P. ¿Y provienen más de empresas que suministran esos combustibles o de fabricantes de automóviles?

R. Vienen de los dos, de empresas que suministran el petróleo, que es un negocio que no quieren perder rápidamente, y del sector de los fabricantes de automóviles y todo lo que envuelve al motor de combustión. Creo que esto se ve claramente con muchísimos supuestos estudios, que son falsos, que dicen que el coche eléctrico contamina más o que no hay suficientes materiales para tantos coches eléctricos o que siempre van a ser carísimos o que la red eléctrica no puede sostener un sistema de coches eléctricos.

P. ¿Las noticias falsas abundan más en la izquierda o la derecha ideológicas?

R. Hay mitos que son transversales, pero la mayor intensidad de mitología sobre energía viene de las dos partes del extremo ideológico: de la derecha radical y luego de ciertos grupos de extrema izquierda. Quizás la derecha radical difunde más mitos, porque al final la base de muchos mitos es el pensamiento conspirativo y las ideologías de derecha radical se basan muchísimo en el pensamiento conspirativo para extenderse. Lo curioso es que también hay bastantes mitos en la parte de los sectores más radicales de la izquierda. Lo estamos viendo, por ejemplo, contra las renovables y en todos los sectores que tienen cierta afinidad con el colapsismo, porque el colapsismo es uno de los grupos que más bulos energéticos expande.

 P. ¿Considera que defender el decrecimiento como única forma de luchar contra el cambio climático es una fake news?

R. Las evidencias demuestran que insistir en que el decrecimiento es la única vía para combatir el cambio climático es falso, es una fake news. Eso no quiere decir que todos los decrecentistas expandan fake news. El decrecentismo es un movimiento amplio donde hay distintas familias y distintas ramas. Algunos son más moderados, más realistas, y no suelen expandir fake news, pero hay sectores que son radicales, y estoy hablando fundamentalmente del colapsismo, cuya idea de colapso se basa en propagar que nada es posible, que nada es real, que no hay alternativa. Por tanto, se convierten en difusores máximos de cualquier mitología que ven en el mercado de las mitologías. De hecho, es extremadamente curioso ver cómo los colapsistas usan muchos de los mitos de la derecha radical para defender sus tesis.

P. ¿Por ejemplo?

R. Cosas como que no se puede introducir más electricidad en la red eléctrica es algo que se ha defendido desde las opciones energéticas más conservadoras. O, por ejemplo, toda esa tendencia a minusvalorar los coches eléctricos son mitologías que vienen del mundo fósil y de la fabricación de los vehículos de combustión, y los colapsistas lo usan sin ningún problema, porque les es útil para difundir sus teorías.

P. ¿Usted se considera una víctima de estos bulos energéticos por haber sido destituido de su cargo en la Generalitat?

R. Es verdad que mi cese tuvo mucho que ver con uno de los mitos: que se puede hacer la transición energética solo con fotovoltaica en los tejados y sin necesidad de instalar energías renovables en el territorio. Ese no es un pensamiento colapsista realmente, porque el colapsismo cree que la transición energética es imposible. Es otro tipo de mitología diferente que arraiga en aquellas visiones políticamente infantiles que no son capaces de asumir que hay que hacer cosas que tienen cierto rechazo para conseguir los objetivos climáticos.

 P. ¿Pero usted considera que las renovables tienen impactos en el territorio?

R. Para empezar, cualquier cosa que hacemos los seres humanos tiene un impacto, y las renovables tienen un impacto y lo tienen en el territorio. La cuestión es que a nivel ambiental el impacto de las energías renovables es muchísimo menor que el de las energías a las que están sustituyendo, que son las fósiles y las tradicionales. Eso no quiere decir que no haya un impacto y, sobre todo, que no haya impactos de carácter paisajístico que son los más difíciles de evitar, porque son obvios. Pero yo defiendo que el impacto paisajístico es un impacto muy asumible para los beneficios que traen las energías renovables.

P. ¿Y qué impacto tienen sobre la biodiversidad?

R. El impacto en la biodiversidad es bajo. Sobre todo es bajo cuando tenemos autorizaciones ambientales para que los proyectos salgan adelante. Los impactos de las energías renovables se valoran en los estudios ambientales y las autorizaciones que dan las administraciones. No son nulos, obviamente, pero son bajos. Y muchas veces lo que observamos es que cuando se hacen estas energías renovables sobre los sitios menos sensibles y sustituyen actividades que también intrínsecamente tienen un impacto, como puede ser la agricultura, en muchas ocasiones el impacto sobre la biodiversidad es positivo.

P. ¿De todos los mitos que ha analizado usted en el libro cuál cree que ha calado más entre la población?

R. Hay dos mitos extremadamente persistentes. Uno es que la energía nuclear es barata, que es una cosa que llevamos viendo en Europa desde hace más de dos décadas que no es así. Y otros mitos que perviven mucho son los relativos a las bombas de calor. Hay muchísimo mito sobre que una bomba de calor no es eficiente, no puede calentar una casa, no puede estar en climas fríos.

P. ¿Está viviendo la nuclear un auge en el mundo?

R. No, la nuclear no está viviendo ningún auge internacional, eso es propaganda. De hecho, en tres de los últimos cuatro años la potencia nuclear ha retrocedido en el mundo, es decir, se han cerrado más centrales de las que se han conectado. Llevo escuchando hablar del renacimiento nuclear desde hace alrededor de 25 años y siempre se decía que estaba llegando. Es una energía estancada en el mundo desde hace tres décadas.

 P. ¿Los residuos de las nucleares son igual de difíciles de gestionar o de peligrosos que los de las renovables?

R. Los residuos de la nuclear son muchísimo más difíciles de gestionar que los de las renovables porque son peligrosísimos. Otra cosa es que sean menos voluminosos, pero son infinitamente más peligrosos. Los residuos de las renovables son residuos normales: aluminio, hormigón, cobre o cristal. Lo más complicado son los composites de las palas de los aerogeneradores, que son difíciles de reciclar, pero siguen siendo un residuo no peligroso. Comparar los residuos nucleares con los residuos de las renovables es una argumentación totalmente ridícula, un fake.

P. ¿Cree que el expresidente Felipe González estuvo mal asesorado o sabía que era un fake lo que estaba difundiendo cuando comparó ambos residuos?

R. Este caso nos demuestra hasta qué punto las fake news pueden llegar a confundir a las personas más inteligentes. Felipe González es probablemente el personaje histórico más importante vivo que hay en España y ha caído en varios de los bulos que comento en el libro, tanto sobre la nuclear como en que no se pueden reciclar los paneles de solares. Es un caso muy paradigmático de cómo incluso las personas más ilustradas y más preparadas, cuando no tienen un conocimiento específico sobre la materia energética, son víctimas de las fake news como podemos ser cualquiera de nosotros.

P. ¿Hay algún bulo que se ha dejado en el tintero y le preocupe?

R. Me preocupan mucho dos bulos que comienzo a ver por parte de las plataformas contra las renovables y que se pueden ver en sus alegaciones a proyectos concretos. Uno es que las plantas solares van a aumentar la temperatura de la zona y de las personas que tienen casas alrededor, lo cual es un bulo, es falso. Y otro que he visto nuevo es que las plantas solares van a hacer que llueva menos, otro bulo que tampoco tiene ningún sustento científico. Estos dos bulos no están en el libro porque son relativamente nuevos."              (Manuel Planelles, El País, 01/03/24)

26/10/23

«El decrecimiento no es algo que puedas elegir, es algo que va a ocurrir»... estaríamos en un grado leve de colapso... se ve en la pérdida de recursos esenciales como el agua, la alimentación o el acceso a la educación y sanidad... podemos elegir entre tres únicos escenarios: extinción, gobernanza autoritaria o transformación

 "Asiduo a la divulgación en redes sociales y programas de televisión, Fernando Valladares ahora se adentra en el mundo editorial con ‘La recivilización. Desafíos, zancadillas y motivaciones para arreglar el mundo’ (Destino, 2023). El ser humano construye su propia ruina, paradójicamente, destruyendo la naturaleza en la que está inserto. Por eso, este doctor en biología e investigador del Instituto Superior de Investigaciones Científicas, propone un camino mediante el que poder renacer, de alguna forma, como especie. El experto desgrana los principales retos a los que nos enfrentamos, los problemas que se encontrará la sociedad para conseguir el cambio deseado, las razones que harán del decrecimiento económico algo ineludible y el porqué del debate entre colapsistas y posibilistas dentro del ecologismo.

 En la primera parte del libro, expone que podemos elegir entre tres únicos escenarios: extinción, gobernanza autoritaria o transformación. ¿En qué se basan cada uno de ellos?

Se trata de simplificaciones de un abanico más amplio de escenarios. El primero está ligado a no hacer nada, que es prácticamente lo que estamos haciendo ahora. El no hacer nada ya es una decisión en sí misma, y la ciencia te dice lo que pasará si no actuamos. No hace falta insistir mucho para que nos demos cuenta hacia dónde nos dirigimos si seguimos así. Otra posibilidad es que sean los gobernantes o los responsables políticos los que se hagan cargo de la cuestión. Eso podría dar lugar a un modelo de gobernanza autocrática donde se ejecutarían decisiones más o menos dictatoriales. Significaría un retroceso profundo de los derechos humanos y en la salud física y mental de las personas. Se podrían arreglar los problemas logísticos más acuciantes, pero a un coste elevadísimo. Yo apuesto por el último, el escenario de la transformación. Hay que poner todo patas arriba para que el mundo vaya a mejor. Nos equivocaremos, no será fácil, pero tenemos mucho que ganar, sobre todo porque no tenemos prácticamente nada que perder si seguimos como hasta ahora, en un sistema completamente insostenible.

¿De qué escenario cree que estamos más cerca como sociedad a nivel mundial? ¿Y en España?

El escenario global remite a que estaríamos en un grado leve de colapso, aunque en algunas regiones ese grado se encuentra en estado avanzado. El colapso se ve en la pérdida de recursos esenciales como el agua, la alimentación o el acceso a la educación y sanidad. Eso, que está amenazado en el Norte global, no tenerlo o estarlo perdiendo es común en el Sur global, aunque lo hayamos normalizado. Tenemos que tomar decisiones rápidas porque el escenario cambia día a día. En España parece que la gente está muy preocupada por el medio ambiente, pero la sociedad no ha encontrado la forma de canalizarlo hacia la resolución del problema. La mayoría de la gente apenas da urgencia a algunas cosas, además de que la descoordinación reina entre las acciones individuales y colectivas o del sector público y privado. También somos más vulnerables por la posición geográfica, la sequía que podremos sufrir y nuestras características climáticas.

También aborda ocho desafíos que requieren hablar claro, como usted dice. El primero que trata es el desafío natural. ¿Considera que es el más importante? Parece que todos los demás desafíos van supeditados a este.

Sí, pero no lo digo yo con mi posible sesgo de científico y ecólogo. Cuando uno escucha a los grandes economistas del Foro Económico Mundial, ellos mismos aceptan que las crisis que afrontamos no son económicas de raíz. Lo mismo ocurre al escuchar hablar a médicos de las crisis sanitarias. Todas las crisis que sufrimos, ya sea geopolítica, social, sanitaria o energética, tan solo son manifestaciones de crisis ambientales. Si solo vamos a los síntomas, lo único que haremos será posponer un poco el colapso.

En la parte en la que trata el desafío económico, usted afirma que el sistema actual no funciona, al menos como debería funcionar para la supervivencia y confort humano. ¿Cuál es su plan B?

Mi plan B es el de muchas otras personas que llevan décadas hablando del decrecimiento económico, que es ineludible. No es un escenario que puedas elegir, es algo que va a ocurrir. Hasta los propios multimillonarios firman manifiestos para que les suban los impuestos porque ellos mismos se dan cuenta de que su bonanza económica está en riesgo en el actual sistema. El plan B es planificar al contrario de lo que lo hacemos desde hace siglo y medio. En lugar de que el objetivo sea que el PIB suba, tendrá que bajar. ¿Cómo hacerlo? Con políticos valientes, porque ahora mismo no se atreven. Son medidas difíciles de explicar. Imagina un candidato a presidente diciendo que su propuesta es decrecer un 17%, por ejemplo. La gente también tiene que estar preparada para entender bien qué significa y por qué este debe ser el recorrido futuro.

La democracia, la ideología y la religiosidad aparecen como el último desafío cuando, a priori, se podrían considerar categorías alejadas del respeto y la preservación del medio ambiente, pero no es así. ¿Por qué?

El problema de algunas ideologías y religiosidades muy marcadas es que tienen una visión con una gran primacía del ser humano. Lo entienden como si estuviera aislado, sin soporte alguno en la naturaleza, como una colección de individuos y no una sociedad integrada. Esas son una serie de simplificaciones que sirven para mantener el modelo económico, por lo que aquellas personas que las profesan son obstáculos a la hora de explicarles el desafío civilizatorio. Pero hay razón para el optimismo. En el último sínodo, celebrado este mismo año, se dio una gran convergencia en los objetivos, entre los que se encontraba que el ser humano conviviera en mayor armonía con la naturaleza. Otro ejemplo es el papa Francisco con su nueva encíclica. Que siga vivo es uno de los mayores misterios después de la Trinidad, porque es algo que los creyentes más acérrimos se tienen que tragar como un sapo. Es un gran avance que personas tan influyentes como él digan cosas basadas en la ciencia y en el sentido común.

Algunas personas confían en que la tecnología nos podrá salvar del destino que usted plantea. Es lo conocido como «tecnoptimismo». ¿Qué les respondería a estas personas?

Yo les diría que no fueran tan ingenuas, que tienen una actitud muy infantil. Sus ideas no se ajustan a la cruda realidad. Tienen una especie de confianza en que el ser humano será capaz de sobreponerse hasta a las leyes de la termodinámica y hacer de un planeta finito algo infinito. Hay que trabajar con lo que tenemos hoy, y ahí sí que tenemos tecnología de sobra para hacer frente a un cambio de civilización.

Otro concepto que se empieza a utilizar es el de «ecomodernismo», que también aborda en su libro. ¿Cree que se trata de un falso ecologismo? ¿Quién puede tener interés en potenciarlo”?

Desde el momento en que quiere construir alternativas únicamente fijándose en las bondades alcanzadas en el último siglo, el ecomodernismo es un falso ecologismo. Se dan ciertos avances indiscutibles como la vacunación, el alfabetismo o la mejora de la esperanza de vida, que son logros de la humanidad sin duda. El ecomodernismo viene a fijarse en estas cuestiones para contrarrestar lo peyorativo del concepto «antropógeno». En lugar de ralentizar las cosas como decimos los científicos, sus defensores cada vez apuntan más arriba. Son cosas lunáticas, hasta divertidas si no habláramos de la vida de millones de personas y nuestro futuro como especie a medio y largo plazo. Piensan, por ejemplo, que si vienen mal dadas podremos irnos a vivir a Marte.

Ya ha comentado que el decrecimiento es algo ineludible. ¿Existen personas dentro del ecologismo en contra del decrecimiento?

El decrecimiento despierta dudas y recelos en mucha gente, y dentro del ecologismo hay muchas orientaciones. Hay ciertas personas que se siguen agarrando al milagro de los panes y los peces, que pretenden reconciliar el planeta con el modelo económico preponderante. Quizá lo hagan por miedo, desconocimiento o como una posición ideológica. Otras personas defienden que se trata de una posición muy utópica y que sería mejor aprovechar lo que ya existe en forma de energía renovable y tecnologías más blandas y verdes para hacerlo mejor. Están bienintencionadas, pero lo que sí es utópico es posponer el momento de tomar las decisiones más duras. Yo creo que nunca habrá un periodo de transición. Vemos que nada es gradual, que el clima no cambia gradualmente, y las pandemias tampoco golpean de forma planificada. Tenemos que prepararnos para un futuro cercano muy revuelto, lleno de adversidades inesperadas, e intentar hacerles frente sin decrecimiento complicará las cosas.

En el último tiempo se ha dado un debate muy enconado en un sector del ecologismo entre aquellos que podríamos denominar colapsistas y otros estudiosos y activistas más posibilistas. ¿Usted se ubica en alguna de estas etiquetas?

Yo planteo que el colapso es uno de los escenarios, pero eso es algo que está presente en los informes del IPCC desde hace muchos años. En realidad, a partir de 3 o 4 grados centígrados de calentamiento de la atmósfera ya entraríamos en colapso. Yo no quiero imaginar un escenario catastrofista, pero pongo ejemplos de cómo avanzamos hacia él. Por otra parte, apoyo el suavizar el concepto de colapso. A alguien que no esté muy metido en el mundo del ecologismo y las crisis ambientales le puede crear cierta repulsión, ya sea por miedo o porque lo ven algo muy catastrofista. Eso es lo que busco con el libro, que gente que no ha oído hablar de la crisis de biodiversidad se interese por lo que sucede y decida formar parte de la solución. Sin ir más lejos, el libro de Emilio Santiago, una vez que superas su título [Contra el mito del colapso ecológico], ves que hay muchos matices que van en este sentido, el de empoderar a la gente a otras alternativas más sociales y económicas mediante las que poder sortear el colapso.

En realidad, su figura sirve casi de puente entre los colapsistas y los posibilistas.

Soy consciente de ello y me tiemblan las piernas, porque los puentes son los puntos más vulnerables. Yo intento tender puentes de forma activa, es algo que va con mi carácter, el asumir esa responsabilidad y encontrar puntos de interés y lógica en las distintas posturas, pero eso me estresa un poco y me pone en situaciones complicadas.

Por último, volvamos al principio. Su obra se titula La recivilización, es decir, volver a civilizar. Para eso, tendremos que revertir ciertos procesos aprehendidos e interiorizados. ¿Cuáles son los principales?

Hablaría de uno, el mayor de todos: el individualismo. Esto es lo que nos hace ser una sociedad tan vulnerable. De hecho, estamos al límite de lo que es una sociedad porque apenas hemos establecido una red en la que compartir valores. Fortalecer eso no solo nos hará posible el camino, sino que nos hará sentir más sanos y felices. Si revertimos algunos efectos secundarios del capitalismo, como el afán de productivismo, volveremos a humanizarnos. Así nos adentraremos en el abandono del antropocentrismo e iremos al ecocentrismo."

(Entrevista a Fernando Valladares, Guillermo Martínez, Ethik, 24/10/23)

12/10/23

“El decrecimiento necesita aprender del comunismo... Podríamos explorar formas de planificación diferentes y más democráticas... también tenemos que hablar de planificar qué tipo de industrias necesitamos más y cuáles no necesitamos en absoluto... Para proteger el planeta, necesitamos una planificación consciente y la intervención del Estado. Puede que se utilice la inteligencia artificial, puede que se utilice la democracia local, aún no tenemos la respuesta, pero tenemos que averiguar inmediatamente cómo planificar la transición hacia la sociedad que queremos (Kohei Saito)

 "Publicado en Japón en 2020, el libro de Kohei Saito "El capital en el Antropoceno" ha cosechado un éxito inesperado, con la venta de unos quinientos mil ejemplares. La traducción inglesa Slow Down: The Degrowth Manifesto, está prevista para principios de 2024.

Green European Journal: ¿Cómo llegó a trabajar sobre Marx y después sobre el comunismo del decrecimiento?

Kohei Saito: Conocí las obras de Marx y Engels a los 18 años, cuando empecé en la Universidad de Tokio, a través de grupos de estudiantes activos en la protección de los jóvenes trabajadores. Al principio, me interesaba más la explotación de los trabajadores y luego, cada vez más, la desigualdad más amplia, ya que se agudizaron en Japón con la crisis económica de 2008. Estos eran precisamente los problemas sobre los que Marx había advertido y que no harían sino cobrar más importancia en el futuro. Decidí ir a Alemania para seguir estudiando a Marx.

En 2011, tras el terremoto de Japón y la catástrofe nuclear de Fukushima, me di cuenta de que el capitalismo no consiste simplemente en la explotación de los seres humanos, sino también en esas gigantescas tecnologías creadas en aras del beneficio, que en última instancia trajeron la catástrofe a las vidas de muchas personas en Japón. A partir de 2013, aproximadamente, empecé a prestar más atención a cuestiones generales de sostenibilidad y ecología, y empecé a leer los cuadernos de Marx sobre ciencias naturales, y da la casualidad de que Marx estudiaba estas cuestiones de sostenibilidad: agricultura, silvicultura, etcétera.

¿Así que llegó a la ecología a través de la cuestión nuclear y no de la climática?

Al principio era más optimista sobre el desarrollo de la tecnología, pero tras el desastre de Fukushima, llegué a reflexionar sobre la tecnología y el capitalismo, y no pude ser tan optimista. También empecé a prestar más atención a la cuestión del cambio climático en 2014 y tras leer el libro de Naomi Klein Esto lo cambia todo. Aun así, seguía siendo optimista sobre la posibilidad de los vehículos eléctricos, las energías renovables y el Green New Deal. Pensé que alguna política socialista, con más planificación y una garantía de empleo, podría traer igualdad, así como más sostenibilidad. Pero entonces empecé a leer más y me encontré con las obras de Jason Hickel, Giorgos Kallis y el pensamiento del decrecimiento en general.

En 2018, Greta Thunberg había empezado a alzar la voz del movimiento contra el mito del capitalismo verde y el crecimiento verde. Me vi obligado a reflexionar sobre mi optimismo y abandoné la posibilidad del crecimiento verde. Había una tensión, por supuesto, entre Marx y el decrecimiento, una tensión en torno a Marx y la crisis climática, así que empecé a leer sus últimas obras. Llegué a reinterpretar sus ideas, especialmente sus estudios sobre las sociedades precapitalistas. Me di cuenta de que Marx estaba interesado en esas sociedades precapitalistas porque básicamente son estados estables y no están orientadas al crecimiento. Sin embargo, consiguieron garantizar la sostenibilidad y la calidad de vida para todos. Así llegué a la tesis del comunismo del decrecimiento.

 ¿Cómo conciliar decrecimiento y comunismo? Para ser crudos, ¿los comunistas no quieren más y los decrecentistas menos?

Esa es la tensión en la tradición del marxismo y el ecologismo. La política socialista trata del desarrollo tecnológico para conseguir más para todos: necesitamos más desarrollo, más progreso, más eficiencia. El ecologismo subraya que hay demasiado consumo y sobreproducción, por lo que se trata de frenar para proteger la naturaleza.

Sin embargo, me di cuenta de que Marx estaba interesado en ambas cuestiones: proteger la vida de todos y proteger la naturaleza. No es necesario tener más en un sentido muy capitalista. Cuando Marx habla de abundancia, no se refiere a que tengamos jets privados o mansiones. Quiere decir que podríamos vivir de forma abundante, vivir la buena vida, si tuviéramos atención médica para todos, transporte para todos, y vivienda, agua, electricidad y provisiones básicas garantizadas sin la mediación del dinero.

Ese tipo de abundancia puede ser la nueva base para el socialismo o el comunismo porque se trata de igualdad. Pero si queremos tener más, en el sentido actual, simplemente provocaremos una catástrofe ecológica. El camino intermedio consiste en redefinir la abundancia; siguiendo a Jason Hickel, yo la llamo abundancia radical. Es un tipo de abundancia muy diferente en la que compartimos cosas, nos ayudamos mutuamente y tenemos esa sensación de seguridad.

¿Y los socialistas? ¿Es creíble el ecosocialismo productivista viendo el estado del planeta? ¿Necesitan darse cuenta de que el viejo sueño marxista se ha acabado?

Sin ecologismo, la política socialista consistirá en crear más igualdad produciendo más y consumiendo más. Pero el mundo entero no puede vivir como Bill Gates. Ni todo el mundo puede vivir como la clase media alta alemana. No es sostenible. Los socialistas critican el capitalismo, pero al mismo tiempo siguen atrapados en los valores capitalistas.

 También tenemos que tener en cuenta que si consumimos más energía y recursos, explotaremos más recursos y energías y fuerza de trabajo en el Sur Global. Así que si realmente queremos pensar en la igualdad y la sostenibilidad a escala planetaria, no podemos contar sólo con la tecnología, también tenemos que pensar en la forma en que vivimos, en cómo producimos las cosas. Aquí la política socialista es de nuevo muy importante porque son los ricos los responsables de esta producción y consumo excesivos. Así que tenemos que gravar a los ricos y prohibir bienes como los jets privados, los cruceros y las casas gigantescas.

Si hacemos eso, tendremos mucha menos producción y consumo, pero dispondremos de más tiempo libre, aumentaremos el bienestar y aseguraremos algo de espacio para el desarrollo en el Sur Global. Luego, tenemos que pensar en reducir nuestro consumo material, especialmente en el Norte Global. Demasiada confianza en la tecnología oculta el hecho de que nuestro modo de vida no es sostenible.

Algunos dirán: "Quiero un medio ambiente sano y un clima estable, pero no quiero esta agenda ideológica". ¿Es necesario que el ecologismo sea anticapitalista?

Sí, los ecologistas deben ser conscientes de que hay que cuestionar el capitalismo. Hoy en día es demasiado optimista creer que un impuesto sobre el carbono puede resolver el problema. Necesitamos medidas más agresivas, como prohibir las industrias sucias y reducir la publicidad. Estas medidas están en contradicción con la lógica del capitalismo.

Ante esta crisis ecológica mundial, por supuesto que necesitamos inversiones masivas en nuevas tecnologías, como las energías renovables. Pero aunque invirtamos en esas tecnologías y desarrollemos otras nuevas, seguiremos trabajando mucho, muchas horas, y también consumiendo cada vez más. En los últimos 100 años, hemos desarrollado muchas tecnologías, pero seguimos trabajando muchas horas.

En el capitalismo, aunque aumentemos la eficacia, la tecnología se utiliza simplemente para producir más. Por ese bien, también tenemos que trabajar más para ganar dinero, etcétera. A mayor eficiencia, más producimos y, por tanto, más recursos y energía consumimos. Esto no nos ayudará a resolver la crisis climática. Sólo uniendo todo esto -el ecologismo o decrecimiento junto al socialismo o comunismo- podremos lograr una nueva visión de la sociedad.

 ¿Por qué su libro El capital en el Antropoceno fue tan popular en Japón?

Fue muy sorprendente. Marx y el decrecimiento no suelen ser temas muy populares en Japón, pero vendió cerca de medio millón de ejemplares. La traducción alemana ya ha estado entre los 10 libros más vendidos en Der Spiegel. Así que algo está pasando. En Japón, el libro salió en plena pandemia. Fue una época en la que tuvimos que ralentizar nuestro estilo de vida. Los restaurantes cerraban, la gente trabajaba desde casa y no salía a la calle. En su lugar, pasaban más tiempo con sus familias y cocinaban en casa. Al bajar el ritmo, tuvimos tiempo para reflexionar sobre nuestro estilo de vida anterior. ¿Por qué viajábamos más de una hora al día? ¿Por qué nos gustaba beber cerveza todas las noches con gente que no nos caía muy bien? ¿Por qué compramos tanta ropa? Nos dimos cuenta de que ese estilo de vida no nos aportaba ningún tipo de felicidad; simplemente lo hacíamos porque estábamos acostumbrados. Pero podríamos cambiarlo.

Al mismo tiempo, durante la pandemia, había personas denominadas "trabajadores esenciales" que estaban expuestos al riesgo del COVID-19 pero cobraban muy poco y tenían que trabajar muchas horas. Mientras tanto, la gente que gana bien trabajaba en casa estando mucho más segura. Ganaban incluso más dinero durante la pandemia. Esa desigualdad económica era un escándalo social y una preocupación muy grande en Japón. Critiqué esa cuestión desde una perspectiva de izquierdas y la gente aceptó que el capitalismo es un problema.

La economía japonesa parece estar recuperando los niveles anteriores a la pandemia. Pero es conocido desde hace décadas por su bajo crecimiento y el estancamiento de su población. ¿Formaba eso también parte del atractivo?

Había gente en Japón que hablaba del postcrecimiento antes de mi libro. Decían: "La economía no crece de todos modos, ¿por qué no hacemos una transición a una sociedad postcrecimiento?". Pero muchas de esas personas solían ser mayores y lo que ocurrió fue que los más jóvenes no estaban de acuerdo. Las generaciones más jóvenes no estaban contentas con que quienes disfrutaron de los buenos tiempos en los años 80, cuando Japón era la primera economía del mundo, les dijeran que no se preocuparan por el crecimiento. Muchos jóvenes que sufren la pobreza y tienen malas condiciones de trabajo sentían que estas personas eran esencialmente hipócritas. Mi caso es diferente: aunque pertenezco a esas generaciones más jóvenes, sostengo que tenemos que hacer la transición a una sociedad postcrecimiento, en primer lugar por el cambio climático, pero también para que la vida sea más segura e igualitaria.

La recesión y el decrecimiento son dos cosas distintas. Lo que Japón tuvo en las últimas décadas no es decrecimiento, y la falta de crecimiento sostenido en una sociedad capitalista crea enormes problemas. En su lugar, necesitamos una transición consciente hacia una sociedad postcrecimiento. Los Millennials y la Generación Z no recuerdan los días de gloria de los años ochenta y no son tan optimistas sobre el progreso futuro de Japón. Así que exigimos una nueva sociedad que no presuponga el crecimiento. Esto es lo que propongo con el comunismo del decrecimiento.

 ¿Cómo llegar a él? ¿Se necesita una revolución para llegar al comunismo del decrecimiento como con el comunismo clásico?

Lo que pido no es una revolución como la Revolución Rusa. No creo que podamos romper este sistema tomando el poder. Incluso si tomamos el poder en el parlamento nacional, eso no cambia el sistema económico. Lo que es más realista es la idea de Rosa Luxemburgo de la realpolitik revolucionaria a través de la reforma; gravar a los ricos para introducir una renta máxima, por ejemplo. Las reformas y las políticas pueden traer muchos cambios en nuestra percepción y comportamiento cotidianos, aunque no superen el capitalismo inmediatamente. Pero cambiar nuestra conciencia y nuestro comportamiento en la vida cotidiana crea más espacio para exigir cambios más radicales. Así, creo que haremos una transición gradual hacia una sociedad del decrecimiento. En Alemania, Francia e incluso en Estados Unidos, la gente, y especialmente los jóvenes, exigen ese tipo de transformación. Es gradual, pero creo que en la década de 2030 veremos ese tipo de cambio transformador que provocará un cambio sistémico a nivel mundial.

¿Son los países capitalistas avanzados como Japón y Alemania los más maduros para el comunismo del decrecimiento?

Ciudades como Ámsterdam, Barcelona, París y Nueva York tienen un enorme potencial. A nivel local se están introduciendo nuevas ideas como la economía del donut. Lo que espero no es un cambio de arriba abajo, como en la Revolución Rusa, sino de abajo arriba, y las ciudades ofrecen más oportunidades para intervenir en política y generar transformaciones. Las ciudades son algunos de los lugares donde deberíamos luchar más, y es de esperar que eso se extienda al ámbito nacional.

¿No es el comunismo del decrecimiento un nombre innecesariamente aterrador? El decrecimiento ya es alarmante para algunos, y encima le añades el comunismo y todo el bagaje del siglo XX.

 Por eso no esperaba que El capital en el antropoceno fuera un éxito de ventas en Japón. El país tiene una fuerte tradición marxista, sobre todo en el mundo académico. Pero fuera de las universidades, no es realmente un término positivo. Japón es bastante capitalista, y no es que la gente crea en el marxismo o el socialismo. Sin embargo, la gente está cansada del capitalismo, y la economía japonesa lleva muchos años fracasando. Muchos buscan ideas más radicales. Pero muchos criticaron el libro y acepto que la idea de comunismo de decrecimiento es demasiado fuerte. Pero utilizo estos términos como una especie de provocación. Lo que quiero decir es que el capitalismo no funciona y que no basta con arreglarlo. Necesitamos ideas como el decrecimiento y el comunismo para, al menos, explorar nuevas posibilidades. Si la gente empieza a hablar de nuevas ideas fuera del capitalismo, creo que mi libro ya ha tenido éxito.

Los Estados comunistas eran conocidos por su planificación central. ¿Necesitamos recuperar la idea de la planificación económica, es decir, que el Estado tenga más peso en decisiones económicas como cuántos bienes se producen, etc.?

Sí, por eso el decrecimiento necesita aprender del comunismo o al menos del socialismo. El socialismo tiene una larga tradición de planificación económica. Hay muy malos tipos de planificación, como la extremadamente centralizada y burocrática de la Unión Soviética, pero no es la única. Podríamos explorar formas de planificación diferentes y más democráticas. Con demasiada frecuencia, los detractores no quieren hablar de ello porque asocian todo tipo de planificación con el estalinismo y piden pequeños cambios y reformas aquí y allá. No creo que eso sea suficiente: también tenemos que hablar de planificar qué tipo de industrias necesitamos más y cuáles no necesitamos en absoluto.

 El capitalismo no invertirá en proteger la naturaleza ni en construir grandes proyectos de infraestructuras; sencillamente, no es rentable. Para proteger el planeta, necesitamos una planificación consciente y la intervención del Estado. Puede que se utilice la inteligencia artificial, puede que se utilice la democracia local, aún no tenemos la respuesta, pero tenemos que averiguar inmediatamente cómo planificar la transición hacia la sociedad que queremos.

Describa un día normal para un ciudadano normal en el comunismo del decrecimiento.


Ahora mismo, trabajamos cinco días a la semana y a menudo más de 40 horas. Podríamos reducirlo inmediatamente a cuatro días, y con las tecnologías, creo que podríamos bajar a tres en el futuro. Es decir, una semana de 25 horas. ¿Qué haremos con todo este nuevo tiempo? Pasaremos más tiempo con la familia. Haremos jardinería, quizá deporte. Haremos algo de voluntariado y participaremos políticamente en la planificación de lo que producimos y de lo que hará nuestro gobierno local. No nos desplazaremos en coche, sino en autobús y tranvía, y nuestro lugar de trabajo será más horizontal. Deberíamos tener más rotación laboral. No debe ser siempre la misma persona la que haga la mejor parte del trabajo y luego otras que limpien su ropa. Con las nuevas tecnologías, podemos compartir más y rotar los trabajos. En mi caso, como profesora universitaria, también puedo enseñar en comunidades locales o en la cárcel, por ejemplo. También podemos utilizar nuestras destrezas y habilidades y nuestro tiempo no sólo para ganar dinero, sino también para construir comunidades y educar a las nuevas generaciones.

 Aparte de eso, las cosas básicas son más o menos las mismas. Cuando llegas a casa puedes tomarte una cerveza, tal vez ir a la sauna. No pasaremos mucho tiempo en centros comerciales, ni visitaremos Corea o Taiwán el fin de semana. Pasaremos más tiempo en la naturaleza y en lugares donde podamos relajarnos. Pero no volveremos al estilo de vida de hace 120 años, seguiremos utilizando la tecnología y seguiremos comiendo bien con los amigos y la familia."                  

(Kohei Saito. Entrevista con el marxista japonés, que se ha convertido en un nombre muy conocido en su país de origen, sobre sus ideas. Brave New Europe, 11/10/23; traducción DEEPL)

4/8/23

Una sociedad decrecida no perdería un ápice de calidad de vida, incluso más al contrario. Casi bastaría con no desperdiciar tanto. Pero para muchos economistas esto de decrecer suena a destrucción de empleo, de riqueza, de un modelo de vida… cuando uno mira lo que nosotros realmente necesitamos, realmente necesitamos en el día a día, nos damos cuenta de que a lo mejor nuestras necesidades de energía y de materiales en el fondo son como una décima parte de lo que está consumiendo, per cápita, la población española. La mayoría de la energía y los materiales están destinados al sustento de un sistema de acumulación de riqueza del capital [la mayoría de la energía se emplea en mover combustibles fósiles de un lugar a otro... El cambio que se tiene que hacer es fundamentalmente social y cultural... Que los objetivos de la sociedad sean básicamente satisfacer las necesidades, reducir las desigualdades, dar un empleo digno a todo el mundo. La educación, la sanidad, la alimentación adecuada, agua potable, etcétera. No a aumentar un porcentaje creciente o un interés aplicado al capital... Se puede mantener el bienestar

 "Antonio Turiel (León, 1970) es un doctor en Física Teórica experto en océanos que lleva años navegando por las aguas de la política energética y la economía. Investigador en el Instituto de Ciencias del Mar (CSIC) en Barcelona, su nombre suele asociarse al del colapsismo, pensamiento que preconiza un más o menos cercano umbral en que la humanidad no podrá seguir satisfaciendo sus necesidades de manera universal al haberse alcanzado los límites planetarios.

La idea, germinada en Francia en la última década, ha tenido enfoques tachados de apocalípticos, como los del exministro galo Yves Cochet, quien llega a decir que el medio de locomoción del futuro es el caballo. Si embargo, Turiel dice no identificarse como colapsista (y menos como un ‘fatalista’), sino más como un defensor del decrecimiento económico, como garantía para vivir en cierta armonía con las limitaciones de la Tierra y garantizar nuestro bienestar.

Convirtió a su libro Petrocalipsis (Alfabeto, 2020) en un bestseller en el mundo del ecologismo y de las alternativas económicas, no exento de debate. Le siguieron El otoño de la civilización (Escritos Contextatarios, 2022) y Sin Energía (Alfabeto, 2022), en lo que es una puesta al día de sus análisis, tras la crisis de suministros, los chips y la guerra de Ucrania.

Pasó el primer invierno de la guerra, proyectando una sombra casi apocalíptica sobre una Europa dependiente del gas ruso y ante la oportunidad de dar un salto importante hacia las energías renovables.

PREGUNTA: ¿Al final, no ha pasado nada, o han pasado muchas cosas en este año?

R: Recordemos que en Europa hemos tenido una temperatura de hasta 15 grados por encima de la media. Con menos demanda de energía, menos demanda de gas y ‘menos problemas’. La otra cuestión es el fuerte parón de la industria. Esto ha permitido cumplir los objetivos que se marcó la Unión Europea en disminución del consumo del gas. Recordemos un 15%. Al final ‘nos falta’ energía.

Estamos en una situación en la que hay muchos países en el mundo en los que están faltando combustibles, que están faltando alimentos, en los que hay una inestabilidad creciente y hay situaciones que son bastante inauditas, cosas que no se habían visto nunca antes. Es decir, claramente se observa una deriva climática peligrosa, se observa que hay un problema de falta de agua recurrente en España, temperaturas crecientes, problemas con las cosechas… los problemas no se han solucionado, simplemente se han postergado un poco.

P: Habla usted de decrecimiento y no tanto de colapso. ¿Hay tiempo para que no sea algo traumático?

R: Hay tiempo para hacerlo por las buenas, de eso no hay ninguna duda. No vamos necesariamente a una catástrofe. Incluso también por la componente climática. No es verdad que no se pueda hacer nada, no es verdad que todo esté perdido. Hay tiempo para hacer cosas y hay muchas medidas que se pueden tomar tanto para gestionar el problema, los recursos, como para gestionar la crisis climática. De lo que ya no hay tiempo es para perder el tiempo.

P: ¿Es a lo que el presidente francés, Emmanuel Macron, se refería el año pasado como ‘el fin de la abundancia’?

R: Cuando Macron hace este discurso lo hace desde la visión económica clásica. El fin de la abundancia, es ‘no vamos a poder mantener un estado de bienestar como se ha podido mantener hasta ahora’, que se basa esencialmente en un crecimiento de las ganancias para que luego haya una cierta repartición en medio de protección social a la gente. Se puede interpretar con la visión que tiene Macron (vamos a tener que apretarnos el cinturón y va a haber una disminución de las prestaciones del Estado de Bienestar) o se puede interpretar que hay que reformular la manera en la cual uno concibe los fines de la sociedad y cómo se reparte las ganancias, cómo se reparte la riqueza para conseguir un sistema más justo, que es complejo.

En todo caso, lo que está claro es que nos tenemos que adaptar a una situación inevitable de descenso de la disponibilidad de energía y de materiales. Y esto requiere una actuación. Esto no se puede dejar que se regule por sí solo, se requiere una actuación política y un pensar cómo lo vamos a hacer.

P: Su tesis es que el modelo de transición energética, sustuiyendo directamente consumo fósil por consumo renovable no da de sí sin decrecer. ¿No habrá tecnologías (baterías, por ejemplo) que lo hagan viable?

R: El modelo utilización de energía que tenemos es uno que está muy orientado al uso fósil. ¿Qué características tiene energía fósil? Primero, que es fácil de transportar. Después, son energéticamente densos (consigues mucha energía con relativamente poca cantidad). Esto favorece un modelo de producción y de consumo centralizado. Grandes centros de producción-transformación, grandes factorías… y luego se distribuye a todo el mundo.

Las renovables, por el contrario, son por su propia naturaleza distribuidas, pueden llegar (y producirse) en más partes. Y en todas partes llegan con poca intensidad, pero la tienes en todos los sitios. Es una energía con una capacidad de acceso mucho más democrática. Los modelos a los que se están tendiendo son modelos fuertemente centralizados, son lo que se está buscando es crear grandes sistemas de captación, grandes sistemas de concentración para convertirlo en algo que rápidamente nos lo permita transportarlo a los centros de producción y consumo. Como las características de las energías renovables son muy diferentes, se producen ineficiencias y además en el proceso de captación masiva y transporte masivo se requieren enormes cantidades de materiales que tampoco son fáciles de obtener y que además implican también pérdidas.

Y todo esto, al final, es fruto de esta obsesión de mantener el modelo fósil. Tenemos un modelo económico que se basa en la concentración del capital y lógicamente lo que busca es la maximización del beneficio. Y con las renovables lo que podríamos tener es modelos más distribuidos, en los que la producción fuera más local, para satisfacer las necesidades reales y que no busque siempre esta concentración y ese crecimiento.

P: El tema de las necesidades… ¿puede ser subjetivo, quién dice lo que es ‘necesario’?

R: La cuestión es, ¿cuál es nuestro objetivo? ¿Consumir energía o darle a la población aquello que necesita satisfacer sus necesidades? Obviamente es lo último desde el punto de vista sistema económico. Sin embargo, parece que lo importante es producir por producir y ahí está el conflicto. Realmente, si nos preocupáramos en satisfacer las necesidades reales de la población, nos daríamos cuenta de que no necesitamos consumir ni tanta energía ni tantos materiales, y se podría hacer de una manera viable. Las orientaciones de los políticos son ‘vamos a seguir haciendo esto hasta el infinito’. Los impactos se acumulan y hay limitaciones sobre lo que puedes hacer. Hay que empezar a pensar en términos de lo que la gente realmente necesita y no lo que el sistema económico necesita.

P: Lo de cambiar el sistema económico a muchos les sonará a ‘comunismo’ o ‘racionamiento’…

R: La solución a los problemas que tenemos no es un sistema comunista. La gran diferencia que tiene con el capitalismo está en la propiedad de los bienes de producción y que el mercado, en vez de ser libre, es un mercado regulado. Pero el fracaso viene de la necesidad del crecimiento. Y los sistemas comunistas, tal y como los hemos visto, están orientados al productivismo y al crecimiento, con lo cual chocan exactamente contra los mismos límites planetarios. Yo veo perfectamente lógico que digas que podemos plantear un sistema comunista que no sea crecentista. Pero creo que puedes igualmente plantear un sistema económico con propiedad privada y libre mercado que no sea crecentista y sería igualmente viable. Por supuesto que desde un punto de vista social, uno puede legítimamente preferir un sistema u otro.

Al final, delante de una situación de disminución de la disponibilidad de recursos, de carestía y escasez de energía y de recursos (carestía es que se hace más caro; escasez es que no hay lo suficiente, que es hacia donde vamos a ir), se tiene que decidir cómo se van a asignar esos recursos. La decisión que uno tome, sea del tipo que sea –incluso no hacer nada y dejar que el mercado regule– es una decisión siempre política. Es una decisión que tú haces conforme con tus ideas de cómo se debe repartir. [Si lo hace sólo el mercado], será un sistema de racionamiento por renta. Es decir, quien tiene más renta no sufre la escasez. Esta es una manera posible de razonar. Seguramente socialmente es la más injusta porque no es muy equitativa. Hay otras maneras de racionar y uno puede decir que va a priorizar ciertos colectivos porque son vulnerables, porque son estratégicos o por la razón que sea.

 

P: En sus libros leemos que una sociedad decrecida no perdería un ápice de calidad de vida, incluso más al contrario. Casi bastaría con no desperdiciar tanto. Pero para muchos economistas esto de decrecer suena a destrucción de empleo, de riqueza, de un modelo de vida… ¿Por qué cree que se equivocan?

R: Tenemos que plantear es si nosotros estamos haciendo el mejor uso posible de esta energía. Lo que creo que es importante es ver cuáles son las necesidades de las personas (y no los territorios). Entonces, cuando uno mira lo que nosotros realmente necesitamos, realmente necesitamos en el día a día, nos damos cuenta de que a lo mejor nuestras necesidades de energía y de materiales en el fondo son como una décima parte de lo que está consumiendo, per cápita, la población española. La mayoría de la energía y los materiales están destinados al sustento de un sistema de acumulación de riqueza del capital [la mayoría de la energía se emplea en mover combustibles fósiles de un lugar a otro, sostiene en sus libros].

A mí, como soy físico, la gente me viene y me habla de si la solución está en la fusión, si la solución está en nuevas tecnologías de almacenamiento, nuevas posibles fuentes de energía a explotar… y todo el esfuerzo y el enfoque se pone en la cuestión técnica, como si la solución al problema fuera cómo vamos a encontrar una forma de energía que reemplace a las fósiles de tal manera que todo pueda seguir siendo exactamente igual. El cambio que se tiene que hacer es fundamentalmente social y cultural.

P: ¿Sin sacrificar bienestar? ¿Cómo se imagina esa transición?

R: Una situación de transición ideal es una en la que hay una comprensión profunda de los problemas que tenemos con los límites planetarios. Esto va mucho más allá que dejar de medir el PIB, que a veces se dice, porque nosotros podríamos no medirlo, pero los grandes agentes económicos lo medirían igual.

Que los objetivos de la sociedad sean básicamente satisfacer las necesidades, reducir las desigualdades, dar un empleo digno a todo el mundo. La educación, la sanidad, la alimentación adecuada, agua potable, etcétera. No a aumentar un porcentaje creciente o un interés aplicado al capital. Ahora, actualmente, en nuestro sistema económico, si no hay crecimiento económico, se genera paro, se genera inestabilidad económica, se generan desigualdades. Necesitamos que nuestro sistema económico no necesite el crecimiento, entonces hay que organizarse de otra manera y esto implica cambios en el sistema financiero. Crees que tienes más riqueza, pero es una riqueza que a lo mejor no se puede generar, simplemente porque no es posible porque los recursos son los que son.

[Decrecer] no lo veo como destrucción, sino evolución. Se puede mantener el bienestar. Aunque yo quiera mantener este sistema económico tal y como es ahora mismo, va a fracasar, porque por una parte tenemos la desestabilización climática y ambiental, por otro lado tenemos la escasez de los recursos. Yo pienso que el decrecimiento nos habla más de hábitos saludables [con nosotros y la Tierra]. Solamente cuando comprendamos que tenemos que vivir en los límites del planeta tendremos hábitos saludables de vida. Al final es lo que estamos hablando."                  (Entrevista a Antonio Turiel, Mario Viciosa, Newtral, 11/07/23)

28/4/23

Saito: la grieta metabólica y el comunismo del decrecimiento... Marx se da cuenta progresivamente de que la continua expansión del capital explota no solo el trabajo, sino también la naturaleza en la búsqueda de ganancias, lo que lleva a la destrucción del suelo, la deforestación y otras formas similares de degradación de los recursos naturales... En el pasaje clave sobre el concepto de grieta metabólica, Marx escribió que el modo de producción capitalista "produce condiciones que provocan una grieta irreparable en el proceso interdependiente entre el metabolismo social y el metabolismo natural prescrito por las leyes naturales del suelo. El resultado es un despilfarro de la vitalidad del suelo, y el comercio lleva esta devastación mucho más allá de los límites de un solo país. Con la expansión de la acumulación capitalista, la brecha metabólica se convierte en un problema global. Así que para Saito, el ecosocialismo argumenta que la crisis ecológica y la brecha metabólica son la contradicción central del capitalismo... En un escenario de decrecimiento socialista, el objetivo sería reducir la producción ecológicamente destructiva y socialmente menos necesaria (lo que algunos podrían llamar parte del valor de cambio de la economía), al tiempo que protege y, de hecho, incluso mejora las partes de la economía que se organizan en torno al bienestar humano y la regeneración ecológica (la parte del valor de uso de la economía)

 "Kohei Saito es profesor asociado de la Universidad de Tokio y un erudito académico marxista. No parece un candidato a best-seller en el mundo de los libros de ensayo, se podría pensar. Pero se equivocaría en este caso. El nuevo libro de Saito (actualmente en japonés), que analiza la relación entre el capitalismo y el planeta, ha sido un gran éxito en Japón, con más de medio millón de ventas hasta el momento. (Sin Permiso ha publicado una primera recesión y crítica del libro de Saito, ver aqui)

 En la versión en inglés que saldrá en breve, el libro se titula Marx en el Antropoceno: Hacia la idea del comunismo de decrecimiento.

El mensaje del libro es crudo y claro. El impulso rapaz de ganancias del capitalismo está destruyendo el planeta y solo el "decrecimiento" puede reparar el daño, ralentizando la producción social y compartiendo riqueza. Los humanos necesitan encontrar una "nueva forma de vivir", y eso significa reemplazar al capitalismo.

Saito es profundamente escéptico con algunas estrategias ampliamente aceptadas para abordar la emergencia climática. "En mi libro, empiezo una frase describiendo los objetivos de desarrollo sostenibles [ODS] como el nuevo opio de las masas", dice en referencia a la visión de Marx sobre la religión. "Comprar bolsas y botellas ecológicas sin cambiar nada del sistema económico... Los ODS enmascaran el problema sistémico y reducen todo a la responsabilidad del individuo, al tiempo que oscurecen la responsabilidad de las empresas y los políticos".

Continúa: "Nos enfrentamos a una situación muy difícil: la pandemia, la pobreza, el cambio climático, la guerra en Ucrania, la inflación... es imposible imaginar un futuro en el que podamos hacer crecer la economía y, al mismo tiempo, vivir de una manera sostenible sin cambiar fundamentalmente nada de nuestra forma de vida. "Si las políticas económicas han fallado durante 30 años, ¿por qué no inventamos una nueva forma de vida? El deseo de hacerlo está ahí de repente".

Saito considera que es necesario poner fin a la producción en masa y al consumo masivo de productos desechables como la moda rápida. En su texto anterior más académico en inglés, llamado El Capital en el Antropoceno, Saito también aboga por la descarbonización a través de horas de trabajo más cortas y dando prioridad al trabajo esencial "intensivo en mano de obra", como la prestación de cuidados. En efecto, Saito promueve lo que podría llamarse "comunismo decreciente".

El mensaje intransigente de Saito aparentemente ha capturado la imaginación de la juventud de Japón. "Saito está contando una historia que es fácil de entender", dice Jun Shiota, un investigador de 31 años que compró El Capital en el Antropoceno poco después de su publicación. "No dice que haya cosas buenas y malas en el capitalismo, o que sea posible reformarlo... lo que dice es que tenemos que deshacernos de todo el sistema".

 En su trabajo académico, Saito sigue a John Bellamy Foster y Paul Burkett, demostrando que es incorrecto afirmar, como hacen algunos Verdes, que Marx y Engels ignoraron el impacto del capitalismo en el planeta y el medio ambiente. En particular, Saito ganó el premio Isaac Deutscher en 2018 por su análisis erudito de los cuadernos de Marx sobre agricultura y el agotamiento del suelo que revelan el profundo interés de Marx por la ecología.

En este trabajo anterior, Saito señala que su enfoque "es una clara continuación de la teoría de la "grieta metabólica" defendida por Foster y Burkett". Saito argumenta que hoy en día es bastante evidente que la producción y el consumo masivos bajo el capitalismo tienen una enorme influencia en el paisaje global y causan crisis ecológicas. Por lo tanto, la teoría marxista debe responder a la situación con una reivindicación práctica clara que prevea una sociedad sostenible más allá del capitalismo. El capitalismo y las condiciones materiales para una producción sostenible son incompatibles. Esta es la visión básica del "ecosocialismo". El antagonismo entre el rojo y el verde debe disolverse.

En su libro anterior sobre las notas de Marx sobre la agricultura bajo el capitalismo, Saito considera que Marx intentó analizar cómo la lógica del capital diverge del ciclo natural eterno y, en última instancia, causa varias disonáneas en la interacción metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. Marx analizó este punto con referencia a la crítica de Justus von Liebig a la agricultura moderna de "extracción", Raubbau, que toma tanta nutrición como sea posible del suelo sin devolver nada. Esta "agricultura extractiva" está impulsada por la maximización de los beneficios, que es simplemente incompatible con las condiciones materiales del suelo para una producción sostenible. Por lo tanto, surge una grave brecha entre la lógica de la valorización del capital y la del metabolismo de la naturaleza, es decir, "grietas metabólicas" en la interacción humana con el medio ambiente.

En el pasaje clave sobre el concepto de grieta metabólica, Marx escribió que el modo de producción capitalista "produce condiciones que provocan una grieta irreparable en el proceso interdependiente entre el metabolismo social y el metabolismo natural prescrito por las leyes naturales del suelo. El resultado es un despilfarro de la vitalidad del suelo, y el comercio lleva esta devastación mucho más allá de los límites de un solo país (Liebig). Con la expansión de la acumulación capitalista, la brecha metabólica se convierte en un problema global. Así que para Saito, el ecosocialismo argumenta que la crisis ecológica y la brecha metabólica son la contradicción central del capitalismo.

Según Saito, en La ideología alemana, escrita en 1845, hubo un punto de inflexión en la evolución de Marx hacia una "dimensión ecológica" en su crítica al capitalismo. Saito considera que ocurre cuando comienza a usar el término "metabolismo" y refina su comprensión del concepto como la tendencia metabólica general del capital. Saito argumenta que Marx se da cuenta progresivamente de que la continua expansión del capital explota no solo el trabajo, sino también la naturaleza en la búsqueda de ganancias, lo que lleva a la destrucción del suelo, la deforestación y otras formas similares de degradación de los recursos naturales. El capital quiere cada vez más valor y, en particular, valor excedente. Ese es el propósito de la producción y la armonía metabólica que existía entre los seres humanos y la naturaleza antes de que el capitalismo se rompe. Ahora hay una brecha metabólica causada por el capitalismo.

 Hay un debate sobre si el uso del término "grieta metabólica" es útil porque sugiere, al menos para mí, que en algún momento en el pasado antes del capitalismo había cierto equilibrio metabólico o armonía entre los humanos, por un lado, y la "naturaleza", por el otro. Cualquier énfasis en las grietas o rupturas tiene el riesgo de asumir que la naturaleza está en armonía o en equilibrio hasta que el capitalismo la perturba. Pero la naturaleza nunca está en equilibrio, ni siquiera sin humanos. Siempre está cambiando, evolucionando, con "equilibrios puntuales" para usar el término del paleaontólogo marxista Stephen Jay Gould, como la explosión cámbrica, con muchas especies evolucionando a medida que otras se extinguen. El mundo de los dinosaurios y su eventual extinción no tuvo nada que ver con los humanos (a pesar de lo que las películas pueden contar). Y los humanos nunca han estado en condiciones de dictar condiciones en el planeta o a otras especies sin repercusiones. La "Naturaleza" establece el medio ambiente para los humanos y los humanos actúen sobre la naturaleza. Para citar a Marx: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen como les plazca; no la hacen en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en circunstancias directamente encontradas y heredadas del pasado".

Es cierto que Marx se refiere al robo del suelo por parte de la producción capitalista. En El Capital, Volumen I, Capítulo 15 sobre la maquinaria, Marx dice: "Además, todo progreso en la agricultura capitalista es un progreso en el arte, no solo de robar al trabajador, sino de robar el suelo; todo progreso en la fertilidad cada vez más del suelo durante un tiempo dado es un progreso hacia la ruina de las fuentes más duraderas de esa fertilidad. Cuanto más recurre un país a la industria a gran escala como telón de fondo de su desarrollo... más rápido es este proceso de destrucción. Por lo tanto, la producción capitalista solo desarrolla las técnicas y el grado de combinación del proceso social de producción al socavar simultáneamente las fuentes originales de toda la riqueza: el suelo y el trabajador. "(Marx, 1995 [1887])

Saito argumenta que "la crítica de Marx a la economía política, si se hubiera completado, habría puesto mucho más énfasis en la perturbación de la "interacación metabólica" entre la humanidad y la naturaleza como la contradicción fundamental del capitalismo". Esa puede ser la opinión de Saito, pero ¿fue la de Marx? ¿Es la "grieta metabólica" la "contradicción fundamental del capitalismo"? En mi opinión, Saito no ofrece una justificación para esta afirmación.

 Para Marx, el capitalismo es un sistema de "explotación brutal" de la mano de obra en la producción con fines de lucro, no de robo o despojo. Para Marx, la agricultura bajo el capitalismo es un sector que explota el trabajo de la misma manera que la industria. Marx rechazó la teoría Ricardiana de que la rentabilidad del capital tendía a caer debido a la disminución de los rendimientos en la agricultura. La ley de Marx de la tendencia decreciente de la tasa de beneficio dependía de una creciente composición "orgánica" del capital (la palabra "orgánico" tal vez tomada de Liebig, como sugiere Saito), dado que el valor material de la maquinaria y los materiales naturales aumenta en coste en relación con la explotación de la mano de obra. Pero contrariamente a la conclusión de Saito, Marx rechazó la teoría del agotamiento del suelo de Liebig como el límite del capitalismo y rechazó el maltusianismo implícito de que la población superaría la disponibilidad de alimentos y de las necesidades de la vida humana.

El libro de Saito tiene el subtítulo: "Hacia la idea del comunismo en decrecimiento". El decrecimiento se ha vuelto cada vez más popular entre muchos ambientalistas e izquierdistas. Jason Hickel, un destacado defensor del decrecimiento, lo define así: "El objetivo del decrecimiento es reducir el rendimiento material y energético de la economía global, centrándose en las naciones de altos ingresos con altos niveles de consumo per cápita".

Hay un gran debate aquí, como se expresa en la crítica del ex economista jefe del Banco Mundial y experto en desigualdad global, Branco Milanovic. Milanovic argumenta que cualquier propuesta de redistribuir los ingresos y la riqueza al sur global deteniendo o incluso reduciendo la acumulación y el crecimiento del PIB en los países ricos es económicamente irracional y políticamente inviable. Los defensores del decrecimiento como Hickel afirman que Milanovic está tergiversando el argumento del decrecimiento porque tiene una "fe ciega" en el crecimiento económico. Dejo a los lectores que consideren los argumentos.

 Baste decir ahora que, bajo el capitalismo, la acumulación ocurre por el bien de la acumulación, para invertir más y, por lo tanto, para obtener más ganancias sin un plan y puramente en interés del beneficio privado. Cuando los trabajadores estén en control del excedente social, ¿no desarrollaremos y haremos crecer las fuerzas productivas para hacer la vida mejor y más fácil para nosotros mismos y más sostenible para la tierra y sus habitantes? ¿No ampliaríamos especialmente las fuerzas productivas "verdes" para construir, por ejemplo, más (y mejores) escuelas, transporte público, etc.? ¿No deberían los socialistas esforzarse por superar el subdesarrollo creado por el imperialismo ayudando en el desarrollo de las fuerzas productivas en el mundo anteriormente colonizado?

"Aun así, a pesar de toda su avidez, la producción capitalista es un gran desperdicio de material humano, al igual que su forma de distribuir sus productos a través del comercio, y su forma de competencia, la convierten en un desperdicio de recursos materiales, por lo que pierde para la sociedad lo que gana para el capitalista individual". (Marx). Los patrones de consumo derrochadores y ambientalmente insostenibles de la clase obrera no se producen por elección "personal", sino que son inducidos por el sistema.

Pero los defensores del decrecimiento parecen argumentar que hay "límites planetarios" absolutos y una "capacidad de transporte" fija que los humanos no pueden superar si queremos evitar el colapso ecológico. Aquí no hay distinción entre los límites producidos socialmente y los límites naturales. Pero la degradación de la naturaleza, el exterminio de especies y la amenaza de destruir la atmósfera del planeta son el resultado de las contradicciones que se encuentran en el propio modo de producción capitalista, no en alguna amenaza existencial de fuera del sistema. El aumento de las tasas de contaminación y degradación ambiental se produce porque los capitalistas buscan ganancias a expensas del medio ambiente, no por las propias tecnologías. Los socialistas deben distinguir entre los instrumentos de producción y su uso bajo el capitalismo.

 En un escenario de decrecimiento socialista, el objetivo sería reducir la producción ecológicamente destructiva y socialmente menos necesaria (lo que algunos podrían llamar parte del valor de cambio de la economía), al tiempo que protege y, de hecho, incluso mejora las partes de la economía que se organizan en torno al bienestar humano y la regeneración ecológica (la parte del valor de uso de la economía).

 Saito tiene razón en que poner fin a la contradicción dialéctica entre los seres humanos y la naturaleza y lograr algún nivel de armonía y equilibrio ecológico solo sería posible con la abolición del modo de producción capitalista. Como dijo Engels (1896), "Para llevar a cabo este control se requiere algo más que mero conocimiento". La ciencia no es suficiente. "Requiere una revolución completa en nuestro modo de producción hasta ahora existente, y con él de todo nuestro orden social contemporáneo" (ibid.)"               (Michael Roberts , Sin Permiso, 03/12/22)

23/3/23

“O cambiamos el modelo, o la falta de recursos nos hará cambiar bruscamente el modelo”... La globalización actual, además del impacto ambiental de traer unos pantalones desde China, nos hace muy vulnerables. Tarde o temprano, y yo creo que más temprano que tarde, toparemos con estos límites... el pico de la mayor parte de los recursos puede llegar antes de que acabe este siglo, y muchos de ellos antes de 2050. Esto, contando con las reservas minerales que hipotéticamente existen en el planeta y que todavía no hemos detectado, y también con una tecnología futura que podría llegar a extraerlo... tendremos que volver cada vez más a las raíces de lo local

 "Alicia Valero (Zaragoza, 1978) es una referencia en el estudio del consumo de recursos. Hace 18 años que lo estudia desde el Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos (Instituto CIRCE). Dirige el grupo de investigación de ecología industrial de este centro, y también da clases en varios grados y másteres de la Universidad de Zaragoza. En 2021 ha publicado Thanatia. Los límites minerales del planeta (Icaria), un libro en formato de entrevista donde divulga la crisis de los materiales junto con su padre, también experto en la cuestión. En la vertiente académica, Valero ha sido más prolífica: 126 publicaciones y numerosos reconocimientos internacionales. Su campo de estudio puede parecer técnico y concreto, pero nos permite entender mejor qué pasa con las Play Stations, en la Seat o en el conflicto afgano.

La fábrica más grande de Cataluña, la Seat, está en un ERTE. El mayor productor de coches del mundo, Toyota, ha anunciado que bajará un 40% su producción mundial de coches este mes de septiembre. ¿Qué está pasando con los microchips? ¿Es una crisis de semanas o va para largo?

Las fábricas de microchips son muy pocas en todo el mundo y están concentradas en Asia. Ha habido una demanda brutal de microchips no solo a causa de la automoción, sino en general de todos los aparatos eléctricos y electrónicos. A ello, se ha sumado el hecho de que algunas fábricas tuvieron que estar paradas por la pandemia, y todo junto ha provocado serios problemas de abastecimiento. El sector está bastante preocupado porque no parece que esto pase rápidamente. En 2022 es seguro que continuarán las paradas, y es posible que se alargue a 2023. Además, hay el problema de que los coches tienen microchips relativamente baratos y sencillos, que solo tienen funciones como subir o bajar una ventanilla. La priorización de los fabricantes es hacia los microchips de mayor valor añadido, como los de los ordenadores. Los automóviles están al final de la lista. Hay algunas circunstancias puntuales relacionadas con la Covid-19 en esta crisis que no conozco bien porque no soy experta, pero no deja de ser la punta del iceberg de lo que vendrá en el futuro.

¿Por qué es la punta del iceberg?

Porque tenemos una demanda creciente exponencialmente y unos recursos del planeta que son los que son. No se puede soportar este crecimiento con los recursos que hay. Si haces cuentas, ves que la población aumenta con una tasa del 1% anual. Y que la depredación de recursos crece más, hasta un 3%. No solo hay más gente, sino que la gente que hay quiere más. En una generación habremos consumido tanto como en toda la historia del ser humano. Está clarísimo que esto estallará de alguna forma. Ya estamos viviendo estas consecuencias; los microchips son solo una muestra. Pero realmente todas las materias primas están sufriendo subidas brutales, porque la demanda sube de manera exponencial y no hay fábricas que sean capaces de dar abastecimiento ni recursos suficientes para proveerlas. Tenemos un problema serio que hay que abordar inmediatamente.

Pero, si no hemos pensado en comprar ningún coche… ¿esto nos puede afectar igual a corto plazo?

Para empezar, la economía de lugares como Martorell se puede ver muy afectada. Yo he visto afectaciones en mi entorno. Hay amigos de mis hijos que quieren una Play Station, y en la tienda no hay. O gente que necesitaba un sofá reclinable y este no llega porque faltaban microchips. No es un problema del sector del automóvil; ahora todo funciona con electrónica.

¿Cuál es tu previsión sobre los recursos que fallarán?

Si haces un análisis de cómo estamos extrayendo los recursos desde el año 1900 y de cuánta materia prima queda disponible para explotar, te das cuenta que, si seguimos a este ritmo, hay bastantes materias primas que tendrán un gran problema de suministro. Sobre todo, si consideras la transición digital y la transición a las energías limpias. Todo esto requerirá una serie de elementos que son escasos en la naturaleza.

Y, si estos materiales van buscados, ¿no se podrán encontrar nuevas minas?

No hay minas operativas suficientes. Y abrir una mina nueva implica, de media, unos 15 años, y muchos problemas ambientales asociados. Nadie quiere una mina cerca. No es tan fácil abrir una mina, como hemos visto en Cáceres. Aunque fuéramos capaces de encontrar nuevos yacimientos, que por supuesto se encontrarán, el problema está en el hecho que sus minerales estarán cada vez más diluidos. Esto es como el petróleo: la rentabilidad será cada vez peor. Es aritmética. Otra cosa es que no quieras ver el problema.

¿Quién no quiere ver el problema?

La Comisión Europea ya está diciendo que hay que apostar por nuevos yacimientos en el territorio porque dependemos de otros países. Pero, cuando he asesorado a comités de la Comisión Europea y explicaba que había que reducir, se me echaban a la yugular. Decían que se trataba de continuar creciendo económicamente. Pero tres más uno son cuatro. Y, si tienes cinco, solo te queda un margen de uno. Y, si sigues creciendo a un ritmo de uno, solo te queda un año. Algo hay que hacer. Ahora la transición energética está planteada para no superar los 2 grados y llegar a cero emisiones en 2050. O se invierte seriamente en minas y en la recuperación de materiales, o no llegaremos a estas cifras.

¿Debemos acostumbrarnos a no encontrar lo que buscamos en las tiendas?

Creo que será más el pan de cada día, sinceramente. Obviamente, todo esto se ha visto agravado por la Covid-19, y, cuando los precios suben mucho, al final vuelve a bajar la demanda y todo se vuelve a canalizar durante algún tiempo. La economía depende de muchísimos factores. Pero lo cierto es que, si existe un factor limitante, este factor es el físico, el de los recursos que hay. Tendremos que asumir que, si no tengo una Play Station, mala suerte y me aguanto, porque sencillamente no hay microchips para ofrecerme esta consola. Personalmente, estoy pendiente de que llegue el uniforme de gimnasia de mis hijos, y me han dicho que hasta enero o febrero no llegará porque los barcos chinos no están llegando. 

 Fíjate que estamos hablando de un textil, ni siquiera de una cosa electrónica. Esto será cada vez más cotidiano; tendremos que volver cada vez más a las raíces de lo local. La globalización actual, además del impacto ambiental de traer unos pantalones desde China, nos hace muy vulnerables. Tarde o temprano —y yo creo que más temprano que tarde— toparemos con estos límites.

¿Qué significa “temprano”?

Hemos realizado curvas de extracción de recursos minerales. La conclusión general es que el pico de la mayor parte de los recursos puede llegar antes de que acabe este siglo, y muchos de ellos antes de 2050. Esto, contando con las reservas minerales que hipotéticamente existen en el planeta y que todavía no hemos detectado, y también con una tecnología futura que podría llegar a extraerlo. Si contamos solo las reservas que conocemos actualmente, los picos se avanzan muchísimo. Aquí el problema es que la demanda está aumentando exponencialmente y no hemos entendido lo que significa el consumo exponencial. No lo tenemos interiorizado; pensamos en lineal. Pero, precisamente cuando llegó la pandemia, experimentamos en primera persona lo que implica una transmisión del virus exponencial. Sin confinamiento, en pocos días nos habríamos infectado todos. Con ritmos diferentes, pero es la misma lógica de lo que estamos haciendo con los materiales.

Volviendo a Seat: ¿esto quiere decir que la promesa de fabricar 500.000 coches eléctricos cada año es inviable?

Yo he trabajado con Seat analizando como diseñar vehículos para evitar estos cuellos de botella. Si la demanda de vehículos y la de energías renovables aumentan de la manera que se prevé en los ‘Acuerdos de París contra el cambio climático’, nos podemos encontrar con límite de suministro de plata, cadmio, cobalto, cromo, cobre, galio, indio, litio, manganeso, níquel, plomo, platino, telurio o zinc antes de 2050. Estos son los elementos necesarios para las baterías de los vehículos, pero también para las energías renovables y en general para toda la electrónica. Tu ordenador también tiene batería; todo compite con todo. Por ahora, no hay baterías suficientes. Yo creo que los fabricantes de vehículos saben que no habrá baterías para todos los coches que esperan. El cobalto, por ejemplo, es muy crítico y está concentrado en muy pocos países.

Si las empresas automovilísticas lo saben… ¿por qué no actúan de una manera diferente?

Los fabricantes están creando acuerdos con los países proveedores para asegurar el suministro de materiales. Renault y Volkswagen ya prevén que las baterías se quedarán en propiedad del fabricante. Esto te da una idea de lo preocupados que están, de lo estratégicas que son las baterías, y de lo escépticos que están los fabricantes respecto a las previsiones que ellos mismos dicen. Lo que no hará un fabricante es lanzar mensajes apocalípticos.

¿Seat os pide que analicéis si tendrán materiales para sus coches?

Sí, nuestro grupo de investigación ha hecho varios proyectos con ellos. Antes de que ocurriera el problema de los microchips, nosotros ya les hicimos un análisis de varios modelos de Seat diciéndoles cuales eran las piezas críticas que tiene el vehículo, y como habría que diseñarlas para mejorar. ¿Sabes cuáles eran las piezas críticas? Justamente la electrónica, los microchips. Esto fue en 2018. Ya les estábamos diciendo que “ojo con estas piezas”, porque dependen de unos materiales muy escasos. Y bien, ya lo ves. Los fabricantes son conscientes de que tienen que repensar la manera de fabricar, y ahora han visto las orejas al lobo con el tema de los microchips.

Y los gobiernos, ¿son conscientes del problema? ¿Cómo está preparado el Estado español en este tema?

No estamos preparados ni mucho menos. Nos hemos hecho vulnerables intentando fabricar de manera más barata en otros países. Si fabrican otros lo que es tuyo, aparentemente tú no tienes los problemas de emisiones contaminantes. Y hemos pensado: ¡que fabriquen los chinos! A corto plazo podía ser una estrategia, pero a la hora de la verdad, si los chinos dicen que no suministrarán chips o tierras raras, aquí se para la economía. No tenemos fábricas, ni materias primas, ni una industria capaz de obtener materias primas de la basura que estamos generando.

Pero hoy en día ya somos dependientes del petróleo y del gas de otros países, y no nos va tan mal.

El problema es que queremos dejar de quemar combustibles fósiles, porque es lo que hay que hacer, pero lo queremos hacer con el mismo ritmo de crecimiento. Los aerogeneradores, los vehículos eléctricos, las placas solares…, todo esto es necesario, y todo esto está basado en materiales que son muy críticos. Pasaremos de ser dependientes del petróleo a ser multidependientes de toda la tabla periódica. Puede haber escasez de litio, puede haber escasez de manganeso, de cobalto… No todos estos elementos están situados en Arabia Saudí.

¿Quién se está preparando mejor?

El litio está en Bolivia, Argentina y Chile. El cobalto, sobre todo en el Congo. Las tierras raras, en China. Pero sobre todo seremos dependientes de China. Ellos tienen o bien los recursos o bien el procesamiento y refinamiento de los recursos de otros países. Y está comprando terrenos ingentes de África y de América Latina que contienen recursos. Son la fábrica del mundo y saben que quien tenga los recursos tendrá el poder. China tiene, desde hace décadas, una política de acaparamiento, o como mínimo de asegurarse el suministro. Los otros países no lo han sabido ver. Nosotros seremos más bien unos espectadores.

Algunos países petroleros, en América Latina y en Oriente Medio, han sufrido inestabilidad política y guerras como consecuencia de la lucha por su petróleo. ¿Puede pasar lo mismo con países que tienen muchos recursos minerales?

Esto ya está ocurriendo en Marruecos. Los conflictos que hay por el Sáhara Occidental no son para apoderarse del desierto. Son porque tienen las mayores reservas de fósforo del planeta. El fósforo es el oro verde, porque es la materia prima de los fertilizantes, y quizás podemos vivir sin microchips pero no sin alimentación. Las plantas necesitan este fósforo. Hoy en día hay mucha menos hambre en el mundo porque hubo una revolución de la agricultura con los fertilizantes. La productividad de los campos aumentó mucho. Pero se han echado tantos fertilizantes en los campos que hay unos problemas de contaminación brutales. Y estamos viendo una desaparición de suelo fértil. O encontramos otra revolución verde en la que no necesitemos estos fertilizantes minerales, o lo tenemos difícil. En el caso de Afganistán, no me atrevería a decir que ha estado determinante porque desconozco el background del país. Pero en 2007 ya era uno de los países estrella en busca de nuevas reservas de elementos como el litio. Si ahora mismo los chinos la tienen a bien con los talibanes es porque hay unas reservas estratégicas que interesan. Obviamente, de trasfondo del conflicto puede haber otros muchos factores, pero por supuesto en Afganistán hay reservas de varias materias que son estratégicas.

Muchos economistas defienden que es posible seguir creciendo sin consumir tantos materiales, porque en una economía digital ya no harán tanta falta, y entonces no habrá que sufrir por la escasez. ¿Cómo lo ves tú?

Precisamente son las tecnologías digitales las que más materias primas escasas necesitan. Esto, para empezar, pero es que, además, la historia nos dice que, cada vez que hemos mejorado la eficiencia de algún equipo, ha ocurrido un efecto rebote. Los coches ahora son más eficientes que nunca, pero utilizamos la mejora para fabricar muchos más coches. Y, al final, lo que tienes es un aumento exponencial de la depredación de los recursos. Hay que buscar la eficiencia, evidentemente; pero, si eso no va acompañado de repensar el modelo de sociedad que tenemos, difícilmente lo cambiaremos. Hay que replanteárselo todo muy seriamente. En el fondo, la pandemia nos ha enseñado mucho sobre esto: lo que hay que hacer es bajar la curva.

¡Una de las apuestas podría ser que todos estos materiales se reciclen!

En el caso de los coches, hemos hecho estudios para ver como se podría hacer un reciclaje mejor. Y, actualmente, todos estos elementos que son críticos los estamos perdiendo. Cuando llevas un vehículo a desguazar, le sacan las ruedas, los fluidos, el catalizador…; esto, con suerte. Los aceros del coche, que son ultraresistentes, se juntan con las chapas de cualquier electrodoméstico, y el acero que queda es de baja calidad, con impurezas. De todo ello, se dice que actualmente se reciclan los vehículos en un 95%, que es a lo que obliga la legislación. Pero en realidad lo que se recicla es un 95% del peso, y los minerales críticos se pierden en el vertedero o quedan diluidos en la mezcla de aluminio. Hoy por hoy, no existen procesos mejores que recuperen estos elementos, los que están en los microchips y que son esenciales. No será fácil, pero hay que entender lo estratégico que es recuperar estos elementos. Ahora mismo estamos parando las fábricas de vehículos de 1.000 kilos porque nos faltan unos microchips que pueden pesar 3 gramos.

Di algún ejemplo de mineral desconocido para el gran público que utilizamos mucho y que echaremos de menos pronto.

El telurio, por ejemplo. Se emplea en los nuevos paneles fotovoltaicos, porque son más finos y eficientes. Pero no hay minas de telurio, porque son elementos que salen del refinamiento de otros elementos mayores, como el cobre. Es decir, que están supeditados a la producción de estos minerales mayores. No abrirás una mina específicamente para el telurio si lo que puedes sacar son unos gramos por tonelada. Con el indio pasa lo mismo: es un material que hace que puedas mover la pantalla del móvil con el dedo. Y es necesario para los LED. Y una sola compañía china suministra una gran parte de este indio.

¿Y las tierras raras? ¿Por qué son importantes?

Se llama tierras raras a un conjunto de 17 elementos de la tabla periódica. Algunas son muy críticas para las energías renovables, como el neodimio y el disprosio. Con estos dos materiales hacen imanes muy fuertes, unos imanes que son necesarios para cualquier motor. Todo motor eléctrico tiene tierras raras: ordenadores, cámaras, vehículos… Cualquier cosa que se mueva lo tiene: incluso un sofá reclinable. Pero no hace falta fijarse en materiales tan concretos para darse cuenta de la gravedad de la situación. El sector de la construcción está temblando por los precios de las materias primas que no son raras. La madera está subiendo muchísimo. El aluminio y el cobre, también. De momento, los promotores están asumiendo esta subida de precios, pero no sé cuánto tiempo aguantarán así. Al final nos lo repercutirán. Todo está relacionado con el consumo exponencial. Por algún lado tiene que explotar.

Si falla alguno de estos materiales, ¿es posible que encontremos alternativas para fabricar a partir de otras cosas?

Siempre se buscan alternativas. Todo es reemplazable. Pero en el sistema de producción actual no lo es, porque todo se basa en el just in time. Si necesito un pedido de microchips, es para mañana. Tenemos que ir hacia un modelo diferente, de stocks más grandes, de más flexibilidad, porque las cadenas de suministros cada vez son más débiles. China ya hizo un embargo de tierras raras en 2010 y los precios subieron de manera brutal. Puede volver a ocurrir que se frene bruscamente la circulación de cualquier de estos materiales, como estamos viendo ahora con los chips.

Si no hay bastante materiales para hacer la transición energética, ¿nos veremos forzados a incumplir los objetivos porque no habrá alternativa a quemar gas y petróleo? ¿Qué podemos hacer para dejar de contaminar sin agotar los materiales?

No creo que sigamos quemando combustibles fósiles al ritmo actual porque, como explica Antonio Turiel, ya hay desinversión por parte de las petroleras. Ya no buscan nuevas reservas. Y se están cerrando las centrales de carbón. Está en la mente de todos que tenemos que ir hacia las energías renovables. Pero hay un problema: la extracción de minerales necesarios para la transición energética es a base de energía fósil. Ahora mismo, la minería ya es el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si la demanda aumenta, también lo hará la extracción de minerales. El impacto climático de esta minería en el futuro será mayor. ¿Podremos descarbonizar la economía tal como está pensado? Yo creo que no, porque no se ha tenido en cuenta este factor, y descarbonizar el sector de la minería es muy complicado. Si no nos podemos desarrollar con las renovables, volverá el viejo debate de si alargar la vida de la energía nuclear. Pero esto último ya no es ciencia, sino mi opinión. En todo caso, creo que no nos podremos desarrollar tal como habíamos pensado. Habrá paradas económicas y bajará el PIB. O cambiamos el modelo, o la falta de recursos nos hará cambiar bruscamente el modelo."             (Entrevista a Alicia Valero, Rebeldes.info, 20/08/22)