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26/10/23

Mariana Mazzucato: Cuando estalle la próxima epidemia viral, las vacunas de ARNm muy probablemente sean la primera solución en salir... Las tecnologías de ARNm que resulten de un esfuerzo colectivo no deberían estar bajo el control exclusivo de un puñado de empresas privadas... en la epidemia del covid, a Pfizer-BioNTech se le permitió fijar precios más altos y que luego rechazara pedidos para ofrecer acuerdos de licencia y transferencias de tecnología. La próxima vez, los gobiernos deben garantizar que las cláusulas contractuales reflejen el bien común y regulen la obtención de un lucro excesivo... De la misma manera, la gobernanza de la propiedad intelectual debería apuntar a facilitar las transferencias de conocimiento entre países... la Organización Mundial de la Salud, organismo que presido, ha exigido que las patentes de las tecnologías ARNm estén reguladas sobre la base de una perspectiva de bien público, y no del propietario... Las patentes deberían cubrir solo innovaciones fundamentalmente nuevas, y deberían estar confinadas, en general, a tecnologías transformadoras, para impedir la privatización de herramientas, procesos y plataformas de investigación básicos... La plataforma ARNm tiene el enorme potencial de ofrecer tratamientos y vacunas innovadores, que se podrían producir local y asequiblemente bajo el régimen apropiado de Propieda Intelectual

 "Los casos de COVID-19 vuelven a estar en aumento, lo que ofrece un crudo recordatorio de las lecciones que deberíamos haber aprendido de las olas anteriores. Lejos de estar confinada al COVID, la mayoría de estas lecciones se aplica a las amenazas de enfermedades infecciosas en general. 

 La pandemia demostró que tenemos las capacidades científicas e industriales para desarrollar y producir en masa vacunas seguras y efectivas de manera acelerada cuando aparecen nuevas amenazas. Pero el éxito de las vacunas contra el COVID-19 también reflejó dos décadas de esfuerzos denodados por parte de los científicos del mundo académico y del sector privado. Y, cuando llegó el momento de la verdad, una inyección oportuna de fondos públicos llevó ese trabajo hasta la línea de llegada. Si hubo una tecnología que desempeñó un papel especialmente decisivo fue el ARNm -o ARN mensajero-, que ofrece un nivel de adaptabilidad y escalabilidad que lo torna altamente adecuado para la preparación y respuesta ante pandemias (PRP por su sigla en inglés). Las vacunas y los tratamientos de ARNm ya se están poniendo a prueba para una amplia variedad de enfermedades, y hay esfuerzos en marcha para expandir la usabilidad de la tecnología (como mejorar su estabilidad de temperatura). Cuando estalle la próxima epidemia viral, las vacunas de ARNm muy probablemente sean la primera solución en salir de las gateras. 

 Sin embargo, aunque este avance científico salvó innumerables vidas durante la última pandemia, los beneficios no se compartieron de manera equitativa. Un año después del despliegue de las vacunas contra el COVID-19, aproximadamente el 73% de las dosis administradas estaba concentrado en países de ingresos altos y medio altos, mientras que apenas el 0,9% había llegado a países de bajos ingresos. Esta disparidad fue aún más pronunciada en el caso de las vacunas ARNm, que se utilizaron principalmente en países ricos que, en un principio, acapararon los suministros. Mientras tanto, las empresas farmacéuticas mantuvieron un control férreo de las licencias y la producción, lo que les permitió obtener ganancias extremadamente sorprendentes. Otra lección de la pandemia, entonces, es que la plataforma ARNm no alcanzará su pleno potencial a menos que adoptemos una nueva estrategia que haga hincapié en el acceso equitativo y en el bien común. Esto implica intentar sellar alianzas público-privadassimbióticas que estén mejor diseñadas para compartir tanto los riesgos como las recompensas.

 Cuando las empresas se ven beneficiadas con fondos públicos -sean subsidios, garantías, préstamos, compromisos de compra o contratos de adquisición-, se les debería exigir que maximicen el valor público de esas inversiones. Las condiciones vinculadas al financiamiento público para investigación y desarrollo, producción y distribución relacionados con el ARNm, por ejemplo, podrían garantizar asequibilidad, acceso equitativo y reinversión de las ganancias en innovación sanitaria. Las tecnologías de ARNm que resulten de un esfuerzo colectivo no deberían estar bajo el control exclusivo de un puñado de empresas privadas. Más bien, deberían considerarse parte de un bien sanitario global y estar disponibles y accesibles para todos los que las necesiten. Una comparación de las vacunas de Oxford-AstraZeneca y Pfizer-BioNTech (ARNm) muestra por qué esa gobernanza es importante. Ambas asociaciones recibieron un financiamiento público considerable -445 millones de dólares en el caso de BioNTech y 1.300 millones de dólares en el de Oxford-AstraZeneca- y ambas se beneficiaron de amplios compromisos de compra avanzados. Pero mientras que el financiamiento público para la producción de la vacuna de Oxford-AstraZeneca estuvo condicionado a que la empresa fijara precios más bajos en interés de la accesibilidad, a Pfizer-BioNTech se le permitió fijar precios más altos y que luego rechazara pedidos para ofrecer acuerdos de licencia y transferencias de tecnología. La próxima vez, los gobiernos deben garantizar que las cláusulas contractuales reflejen el bien común y regulen la obtención de un lucro excesivo. 

 De la misma manera, la gobernanza de la propiedad intelectual debería apuntar a facilitar las transferencias de conocimiento entre países, en pro de una innovación y fabricación más descentralizadas. Necesitamos con urgencia rediseñar las normas y prácticas de PI para garantizar que las tecnologías sanitarias críticas -especialmente aquellas que dependen sustancialmente de fondos de los contribuyentes y capital humano (desde investigadores hasta participantes en ensayos clínicos)- estén reguladas para el bien común. Es por eso que el Consejo sobre la Economía de la Salud para Todos de la Organización Mundial de la Salud, organismo que presido, ha exigido que las patentes de las tecnologías ARNm estén reguladas sobre la base de una perspectiva de bien público, y no del propietario. En la práctica, esto significa que los criterios para otorgar patentes -inclusive patentes secundarias- deberían ser más rigurosos. Debería exigirse, incluso, la presentación de información adicional que pueda ayudar a los gobiernos a evaluar la escala del poder de mercado que otorgan. Las patentes deberían cubrir solo innovaciones fundamentalmente nuevas, y deberían estar confinadas, en general, a tecnologías transformadoras, para impedir la privatización de herramientas, procesos y plataformas de investigación básicos. El objetivo de la innovación médica debería ser el de mejorar la “Salud para Todos” -la misión central de la OMS-, que requiere un acceso oportuno y equitativo.

 Brindar acceso a PI esencial y capital es crítico para establecer la infraestructura local y regional necesaria para generar productos basados en ARNm. La OMS ha reconocido explícitamente esta necesidad al lanzar un programa de transferencia de tecnología de ARNm, con un polo en Sudáfrica y nuevas alianzas de intercambio de tecnología entre empresas en por lo menos 15 países de bajos y medianos ingresos (LMIC por su sigla en inglés). Sin embargo, hará falta un fuerte respaldo financiero y político para garantizar el éxito de esta iniciativa. Por ejemplo, los gobiernos de LMIC podrían ir más allá y establecer polos de I&D regionales con el fin de fomentar la colaboración entre los actores públicos y privados en carteras de I&D conjuntas. 

 En términos más generales, en tanto los gobiernos muestran un interés renovado en la política industrial, deberían reconocer la oportunidad de movilizar más inversión, innovación y crecimiento en torno al objetivo de Salud para Todos. Brasil, a su favor, ya ha alineado la PPR con la política industrial a través de su Complejo Económico-Industrial de Salud, que utilizará las contrataciones públicas para crear un mercado doméstico para vacunas ARNm desarrolladas localmente, generando importantes beneficios sanitarios y económicos. Mientras avanzan las negociaciones internacionales sobre un Acuerdo de Prevención, Preparación y Respuesta ante Pandemias, la cuestión de garantizar un acceso oportuno y equitativo a contramedidas médicas -incluidas las tecnologías de ARNm- debe ocupar un lugar central. La plataforma ARNm tiene el enorme potencial de ofrecer tratamientos y vacunas innovadores para enfermedades que afectan esencialmente a los LMIC y que se podrían producir local y asequiblemente bajo el régimen apropiado de PI. Para construir esta forma de resiliencia, debemos empoderar a los investigadores, fabricantes y gobiernos de estos países para forjar ecosistemas de I&D y fabricación regionales en pro del bien común. Recién entonces la tecnología ARNm alcanzará su pleno potencial."

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25/4/22

Mariana Mazzucato: Cómo diseñar un fondo de preparación y respuesta frente a las pandemias... Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad... Un paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado para lograr la misión de Salud para Todos de la OMS

 "Con más de dos tercios de la población del continente africano todavía sin vacunar contra la COVID-19, está claro que el régimen global de preparación y respuesta frente a las pandemias (PRP) sigue estando seriamente subfinanciado y no cuenta con sistemas de entrega eficaces y resilientes. 

Si bien el Acelerador de Herramientas de Acceso contra la COVID-19 (Access to COVID-19 Tools Accelerator (ACT-A)) ha ayudado a abordar la enorme desigualdad en el acceso a las pruebas, tratamientos y vacunas, carece del respaldo necesario para apoyar de manera integral a los países de bajos ingresos.

Estudios científicos y económicos han demostrado que una futura pandemia que se transmita por vía aérea podría matar a millones de personas y causar un caos económico, especialmente en el contexto de una urbanización en aumento e intensificación del cambio climático. Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad. Al igual que con la lucha contra el cambio climático, los costes de la inacción son mucho mayores que los de actuar a tiempo.

 En octubre pasado, la Presidencia italiana del G20 publicó un mapa de ruta de PRP para asegurar que el mundo esté mejor preparado para el próximo desafío de salud global. En los próximos días, los ministros de finanzas y directores de los bancos centrales de los países del G20 recibirán un informe de avances de la Fuerza de Tareas Conjunta sobre Finanzas y Salud del G20, la entidad creada para monitorear su desempeño. Un próximo paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado. La OMS y el Banco Mundial estiman que existe una brecha de financiación de al menos $10, 5 mil millones para el PRP. 

Debemos considerar esa cifra como el mínimo absoluto de fondos adicionales necesarios cada año para asegurar un acceso igualitario a las vacunas, las pruebas y las terapias, la vigilancia de patógenos, e investigación y desarrollo, la manufactura y la infraestructura de salud. No hay ninguna buena razón para que el G20 no sea capaz de reunir otros $10,5 mil millones al año. Es una ínfima fracción de los billones de dólares destinados a mitigar la actual pandemia, por no mencionar los billones que se perderían en caso de otra crisis sanitaria global. 

En todo caso, para tener éxito el FFI debería cumplir con cuatro condiciones. 

La primera es que no debe financiarse mediante promesas o iniciativas de reposición ocasionales, ya que son demasiado inestables. En su lugar, los gobiernos deben acordar la entrega por adelantado de los fondos para los primeros cinco años, al tiempo que adoptan medidas para generar compromisos financieros para el FFI en sus presupuestos anuales. 

 Este fondo inicial debería promover mecanismos financieros combinados e innovadores para apalancar las inversiones del FFI. Los gobiernos, bancos de desarrollo, filántropos y corporaciones ya están creando nuevas formas de colaboración para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas. Los líderes del G20 deben crear un grupo de expertos para identificar mejores prácticas de los modelos de financiación verdes que se puedan utilizar para inversiones en PRP. 

Más aún, debido a que los países de ingresos bajos y medios enfrentan estrechas limitaciones fiscales, toda inversión adicional que hagan en sus sistemas de salud pública y PRP debería ser reconocida como contribución en especie al FFI (siempre que sea compatible con los objetivos generales del fondo).

 Segundo, el FFI debería contar con un mecanismo de evaluación basado en indicadores acordados en común sobre el impacto socioeconómico de una inversión, para asegurar el uso eficiente de estos nuevos recursos y dar confianza a los donantes de que hay un retorno medible de su compromiso de largo plazo con el FFI. 

Tercero, la financiación del FFI no debe socavar programas que estén dando respuesta a otras necesidades urgentes de salud pública. Los aportes de los países de ingresos altos se deberían hacer en adición a la ayuda para el desarrollo oficial ya existente, a fin de asegurar que el FFI no signifique recortes a otras partidas destinadas a ayudas. 

 Por último, como reconoció la Declaración de Roma de los Líderes del G20, el FFI debe apuntar a un acceso universal y una gobernanza inclusiva para asegurar su legitimidad ante los países de ingresos bajos y medios. Por ejemplo, la innovación y producción farmacéuticas deberían estar regidas por el principio de inteligencia colectiva, que llama al aprovechamiento común más amplio posible de los conocimientos subyacentes,

 El FFI debe alejarse del marco ya caduco y desigual de donantes y beneficiarios. La representación dentro de su estructura de gobernanza formal se debería distribuir por igual entre países de ingresos bajos, medios y altos. Asimismo, debe haber un núcleo de instituciones de implementación global y regional, como la OMS y los Centros de Control de Enfermedades africanos, así como representación de expertos independientes de toda la sociedad. 

Para evitar disputas burocráticas entre entidades de gobernanza global, el Banco Mundial debería albergar al FFI, con la OMS desempeñando un papel líder en el desarrollo y ejecución de estrategias. Al mismo tiempo, ambas organizaciones deberán reconocer que la mejor manera de desarrollar conocimientos, experiencia y capacidad es fomentar la máxima participación de todos los actores interesados, a través de relaciones de colaboración plenamente transparentes. La Presidencia de Indonesia del G20 de este año debe asegurar que el FFI se haga realidad. 

Pero primero, quienes se reúnan en los encuentros de primavera del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional deben ponerse de acuerdo sobre su financiación y arquitectura, garantizando que el FFI cumpla con las cuatro condiciones descritas arriba. Si algo nos ha enseñado la pandemia de COVID-19, es que necesitamos un radical cambio de dirección. Un PRP bien diseñado y completamente financiado es un paso crucial en el camino a lograr la misión de Salud para Todos de la OMS."                     ( , 

5/8/21

Las farmacéuticas sin ánimo de lucro existen, y salvan millones de vidas cada día

"El cristal con el que se mira a las enfermedades es muy diferente según quién sea el observador. Para un paciente, cuestiones como si la dolencia será grave o leve, crónica o pasajera, incurable o curable, resultan vitales para su proyecto de vida.

 Para la industria farmacéutica, las enfermedades se dividen principalmente en rentables o no rentables. A partir de esta clasificación fundamental se dirigen las inversiones y los esfuerzos de las farmacéuticas para investigar, desarrollar y comercializar fármacos.

 
Nadie espera que las farmacéuticas actúen como hermanitas de la caridad en el terreno sanitario. Son empresas, al fin y al cabo, y su fin principal es ganar dinero. Y lo hacen muy bien, de hecho: el ámbito farmacéutico es uno de los sectores económicos más lucrativos. Los márgenes de beneficios de las grandes empresas farmacéuticas son muy superiores a la absoluta mayoría de las diversas empresas que cotizan en bolsa.

Por supuesto, los laboratorios farmacéuticos tienen todo el derecho del mundo a cosechar beneficios millonarios. El problema llega cuando el afán de lucro va en contra del bien común. Un ejemplo clásico es el desarrollo de nuevos antibióticos. La limitada rentabilidad que ofrecen este tipo de fármacos contra infecciones pasajeras, en comparación con aquellos dirigidos a tratar enfermedades crónicas, ha sido un factor clave. Principalmente para que casi todas las grandes farmacéuticas en las últimas décadas hayan abandonado la investigación en antibióticos en un momento u otro.

Y más si tenemos en cuenta que las resistencias a antibióticos se presentan, en el futuro próximo, como una de las grandes amenazas para la salud de la población mundial (la OMS estima que podría ser la primera causa de muerte para 2050). Con esto está claro que el conflicto entre rentabilidad farmacéutica y bien común tiene claras consecuencias sobre todos nosotros. 
 
Medicamentos huérfanos, una apuesta común

Desafortunadamente, en ocasiones, lo que es mejor para la salud financiera de las empresas no tiene por qué coincidir con lo que es mejor para la salud de los pacientes. Para atajar estos puntos conflictivos, gobiernos e instituciones públicas crean incentivos para que las farmacéuticas destinen esfuerzos y dinero en aquellos ámbitos sanitarios menos rentables. Un ejemplo de ello es la consideración de medicamentos “huérfanos” a fármacos de interés en salud pública, pero que no se investigan o comercializan porque carecen de un claro potencial lucrativo al dirigirse a enfermedades raras o a dolencias típicas de vías en desarrollo.

Las farmacéuticas que se implican en medicamentos huérfanos tienen diversas ventajas según la región del planeta como desgravaciones fiscales, financiación pública de las investigaciones, exclusividad de la comercialización, procedimientos más rápidos en la aprobación del fármaco… En España, además, los medicamentos huérfanos quedan exonerados del sistema de control de precios.

Más allá de lo anterior, han ido surgiendo con el tiempo diferentes iniciativas farmacéuticas sin ánimo de lucro en diferentes lugares del mundo que han conseguido beneficiar a los pacientes que habían quedado olvidados por el sector farmacéutico convencional. Iniciativas que demuestran que se pueden hacer las cosas de otra manera en el sector de los medicamentos, con los pacientes como prioridad. 
 
La farmacéutica sin ánimo de lucro contra el desabastecimiento

Estados Unidos tiene un grave problema desde hace tiempo con el desabastecimiento o la ausencia de medicamentos genéricos. No existen incentivos en este país para que genéricos de bajo precio lleguen al mercado y, con frecuencia, estos no llegan siquiera a comercializarse porque su rentabilidad es limitada. El ejemplo más extremo se encuentra en la insulina que, hasta hace unos pocos años, carecía de genéricos en el mercado a precio asequible. El resultado de todo ello: precios desorbitados, bancarrota por facturas médicas entre diabéticos de pocos recursos o directamente la muerte de aquellos más vulnerables que no pueden acceder a este fármaco esencial para su supervivencia.

En 2018, decenas de hospitales, siete importantes sistemas sanitarios y tres grupos filantrópicos de Estados Unidos se plantaron ante los serios problemas de desabastecimiento de genéricos críticos y la escalada artificial de precios de medicamentos antiguos que estaban sufriendo: se decidieron a crear su propia farmacéutica sin ánimo de lucro: Civica Rx. El presidente de Civica, Dan Liljenquist, explicaba al Washington Post en el momento de su creación cuál era su objetivo: «Estamos intentando hacer lo correcto: crear el primer bien social de este tipo con una misión: asegurar que los medicamentos genéricos esenciales sean asequibles y estén disponibles para todo el mundo».
Un camino de éxitos

Esta farmacéutica atípica, enfocada en la producción de fármacos genéricos a precios asequibles y transparentes, ha conseguido numerosos logros en los tres años que lleva funcionando. Su objetivo inicial era mantener suministros estables de 14 fármacos genéricos que se administran en hospitales. Dicho objetivo se ha superado con creces: para finales de 2020, Civica estaba involucrada en la producción de más de 40 genéricos diferentes, entre los que se incluyen analgésicos, sedantes o bloqueantes neuromusculares, lo que ha supuesto el ahorro de millones de dólares para los hospitales. Su objetivo es llegar a más 100 medicamentos diferentes para 2023.

Además, esta farmacéutica ha creado reservas de medicamentos esenciales para evitar cualquier escasez en caso de mayor demanda (como ha ocurrido con algunos medicamentos usados para tratar la COVID-19) y ha aportado millones de dosis de medicinas a la Reserva Nacional Estratégica de Estados Unidos. En la actualidad, Civica sirve medicamentos a más de 50 sistemas sanitarios, lo que implica a más de 1.200 hospitales y más del 30% de las camas de hospital en dicho país. Esta iniciativa sin ánimo de lucro ha recibido numerosos reconocimientos por su labor centrada en los pacientes. 
 
La Iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi)

Las enfermedades raras o las enfermedades infecciosas limitadas a los países en desarrollo son áreas, en general, muy poco atractivas para las farmacéuticas por su escaso potencial de beneficio económico. Como resultado, las opciones terapéuticas para tratar estas dolencias han sido históricamente de escasa eficacia, tóxicas, excesivamente caras o ni siquiera estaban disponibles. Así, dolencias como el ébola, la tripanosomiasis (enfermedad del sueño) o el pian han sido frecuentemente dejadas a un lado por esta industria cuando no directamente ignoradas.

A raíz de este problema, en 2003 siete organizaciones de diferentes lugares del mundo se unieron para crear la Iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi). Entre ellos, se encontraban la Organización Mundial de la Salud, el Instituto Pasteur de Francia y Médicos sin Fronteras que contribuyó a esta causa destinando los fondos recibidos por el Premio Nobel de la Paz (otorgado en 1999).

La idea de esta organización sin ánimo de lucro era sencilla: crear un modelo alternativo de investigación y desarrollo farmacéutico en áreas de gran interés sanitario, pero de nulo o reducido interés empresarial. El objetivo era llegar hasta donde las farmacéuticas convencionales no llegaban para mejorar la salud de pacientes afectados por enfermedades como las antes mencionadas u otras como la leishmaniasis, la enfermedad de Chagas o el SIDA infantil. 
 
18 años y 8 tratamientos para enfermedades olvidadas

En los 18 años de existencia de la DNDi , esta iniciativa ha conseguido desarrollar ocho nuevos tratamientos para enfermedades olvidadas que han supuesto un antes y un después para millones de personas. Entre ellos destaca el fexinidazol, un fármaco olvidado durante décadas, rescatado en 2007 por la DNDi y clave en la lucha contra la tripanosomiasis en África. Gracias a este medicamento, se han producido grandes avances en la erradicación de esta enfermedad, que se limitaba a menos de 1.000 casos en todo el mundo en 2020.

Además, esta organización también ha contribuido a atraer inversiones privadas para I+D de medicamentos destinados a enfermedades de poco interés empresarial y ha establecido alianzas con diversas farmacéuticas para acelerar y reducir el coste de las fases más tempranas de descubrimiento de fármacos."                      (Esther Samper, Hipertextual, 26/07/21)

30/7/21

Mazzucato: Para lograr la verdadera renovación económica y social que tanto necesitamos, los gobiernos centrales deben hacer más para empoderar a los ciudadanos, las comunidades y los gobiernos locales... el Ayuntamiento de Camden se comprometió formalmente a que ningún residente pasaría hambre o sería desalojado de su hogar... los gobiernos locales pueden abrir una nueva era de liderazgo cívico

 "Al mismo tiempo que expone y agrava las desigualdades de larga data, la pandemia ha dado lugar a una gran cantidad de iniciativas locales prometedoras.

 Las ciudades tienen la capacidad de ofrecer algo a todo el mundo", observó una vez la urbanista estadounidense Jane Jacobs, "sólo porque, y sólo cuando, son creadas por todo el mundo".

Hoy en día, tenemos que aplicar ese retazo de sabiduría a la elaboración de políticas tras la epidemia de cólera del 19. Si la recuperación de la pandemia no se percibe en los lugares donde vive la gente, no será un éxito, y no abordará las desigualdades e injusticias fundamentales que se encuentran en el corazón de esta crisis. Para lograr la verdadera renovación económica y social que tanto necesitamos, los gobiernos centrales deben hacer más para empoderar a los ciudadanos, las comunidades y los gobiernos locales.

Pensemos en Camden, uno de los distritos más interiores de Londres. Tras haber sufrido más de un año de pérdidas y dolor, sus residentes y el gobierno local se niegan a conformarse con volver a la "vieja normalidad" que estaba fallando a la gente y al planeta. Forman parte de un amplio y creciente consenso que aboga por una economía nueva, inclusiva y sostenible, y tienen un papel clave en su configuración. Ya en marzo de 2020, el mes en que la Organización Mundial de la Salud declaró el Covid-19 como una pandemia, el Ayuntamiento de Camden se comprometió formalmente a que ningún residente pasaría hambre o sería desalojado de su hogar, a que ningún trabajador de la salud perdería su medio de vida por estar enfermo y a que todos serían valorados y tratados con compasión.

Para cumplir estas promesas, el ayuntamiento se reorientó y movilizó a un equipo de personal redistribuido y a miles de voluntarios para prestar nuevos servicios que impidieran el hambre, apoyaran a las empresas en apuros, protegieran a los niños vulnerables y a los adultos aislados y garantizaran que los jóvenes pudieran seguir aprendiendo en casa. El municipio creó rápidamente centros locales de análisis de Covid-19 y unidades móviles de vacunación (incluido un autobús escolar reutilizado), ayudando a compensar algunos de los errores del gobierno nacional y a asignar los servicios allí donde se necesitan, en el corazón de la comunidad.

Soluciones eficaces

Camden no es un caso único. En todo el mundo, los ciudadanos y los gobiernos locales han colaborado de forma extraordinaria para gestionar la crisis. Mientras los sistemas centralizados se tambaleaban, los modelos y experimentos locales encontraron formas de ampliar el apoyo a los que se habían quedado atrás por los acuerdos de arriba abajo. Cuando los gobiernos y las comunidades locales disponen de los recursos que necesitan, y cuando se les faculta para actuar, idean soluciones eficaces que nadie a nivel nacional habría considerado siquiera, soluciones que aprovechan al máximo nuestras relaciones y nuestros recursos y capacidades compartidos.  

Deberíamos recordar esta lección cuando nos enfrentemos a otros problemas como el cambio climático y la injusticia socioeconómica. A medida que miles de personas desesperadas han acudido a sus gobiernos locales en busca de apoyo nutricional y financiero, las insuficiencias de las redes de seguridad en el Reino Unido (y en Estados Unidos) han quedado al descubierto. El hecho de que cada ola de Covid-19 haya recaído con más fuerza en las comunidades minoritarias habla de las desigualdades raciales sistémicas que exigen nuestra atención urgente.

Pero para que los gobiernos locales puedan hacer frente a estos retos, se necesita más inversión. En el Reino Unido, los ayuntamientos se enfrentan a enormes carencias tras una década de infrafinanciación y el gobierno central parece estar ya dando marcha atrás en los compromisos adquiridos durante la crisis. A nivel nacional, para 2021-22 hay un agujero de 2.600 millones de libras en las finanzas de los ayuntamientos debido a la pandemia y a las carencias existentes. Abordar estos problemas requiere ambición.

Objetivos comunes

Por su parte, el Ayuntamiento de Camden está adoptando un enfoque basado en la misión, según el cual las organizaciones públicas, privadas y cívicas compartirán recursos y trabajarán de forma cooperativa para alcanzar objetivos comunes. Esta puede ser una nueva era de la administración local, en la que los ayuntamientos no se consideren a sí mismos como solucionadores que se sientan al margen, interviniendo sólo cuando las cosas van mal, sino como forjadores del mercado que desempeñan un papel central en la forma de crear y compartir el valor a nivel local.

Los gobiernos locales pueden hacer esto de varias maneras. A través de los impuestos locales, se pueden crear fondos de riqueza, cuyos rendimientos se reinvierten en la comunidad. Y poniendo condiciones a las inversiones privadas, pueden garantizar que esas empresas sirvan a los intereses públicos. En Camden, esta labor se lleva a cabo mediante una asociación entre el ayuntamiento y el Instituto de Innovación y Propósito Público del University College London. Hemos puesto en marcha la Comisión de Renovación, un grupo de trabajo dedicado a ayudar a las organizaciones públicas, privadas, académicas y cívicas a invertir en todos los miembros de nuestra comunidad.

La comisión cree que la política empieza por escuchar. A lo largo de los últimos seis meses, hemos prestado atención a las aportaciones de nuestros socios y comunidades, y hemos generado misiones diseñadas para abordar los retos interconectados de la desigualdad racial, la pobreza alimentaria y el cambio climático. Estas misiones dirigidas por la comunidad cobrarán vida en las escuelas, las urbanizaciones, las calles principales, las empresas y los centros juveniles, es decir, en los lugares donde la gente vive, trabaja y se relaciona cada día.

 Liderazgo cívico

Trabajando con emprendedores sociales e investigadores comunitarios de todos los ámbitos, los gobiernos locales pueden abrir una nueva era de liderazgo cívico. Esto ya está empezando a suceder. En Kentish Town, en Camden, una nueva empresa cívica de gestión local ofrece un espacio para la creación de empresas, una cooperativa de alimentos y apoyo a los refugiados.

 Estamos revelando los poderes que ya tienen los ciudadanos para mejorar sus barrios, con el ayuntamiento en un papel facilitador y habilitador. Por ejemplo, tras escuchar a los jóvenes de raza negra que les costaba imaginarse a sí mismos en posiciones de poder porque sólo veían su historia a través de la esclavitud, las escuelas de Camden están trabajando para diversificar el plan de estudios.

Las asambleas de ciudadanos también pueden ayudar a forjar nuevas coaliciones para el cambio. Tras organizar la primera asamblea ciudadana del Reino Unido en 2019, Camden ha duplicado la longitud de su red de carriles para bicicletas y ha completado las obras de un proyecto de bajo consumo energético a gran escala y de nuevas viviendas municipales con bajas emisiones de carbono. Camden también está trabajando en las urbanizaciones para dar poder a los inquilinos y arrendatarios, ayudándoles a decidir cómo gastar los presupuestos comunitarios e invertir a largo plazo.

Todos podemos inspirarnos en los líderes locales del Reino Unido y de todo el mundo que están rompiendo las reglas y compartiendo el poder con sus comunidades. La experiencia de la pandemia de Camden ha demostrado la necesidad urgente de abordar la desigualdad, así como lo que puede lograrse con un propósito compartido y el compromiso de trabajar con las comunidades. Al fin y al cabo, la recuperación económica no se medirá únicamente en términos de nuevas empresas, producto interior bruto o puestos de trabajo, sino también a través de índices de conexión, pertenencia, educación informal, seguridad económica y equidad.

Ejemplos locales como el de Camden pueden convertirse en una historia nacional en muchos países. Pero primero los gobiernos nacionales deben ceder más poder y recursos a las autoridades locales. Las comunidades locales tienen la creatividad y la energía necesarias para transformarse a sí mismas, si las dejamos."   
               

( , Social Europe, on 27th July 2021;

 

28/1/21

Compartir conocimientos sobre vacunas no tiene ningún costo, no es el caso de si Estados Unidos obtiene más, los demás obtienen menos... el mundo entero se beneficia si la pandemia se puede contener lo más rápido posible. Pero si la investigación de código abierto financiada con fondos públicos demostrara ser lamejor vía para financiar el desarrollo de vacunas en una pandemia, podría pasar a ser el estandar general. Y, nadie en una posición de poder, lo desea

  "(...) A pesar de lo mal que lo ha hecho Estados Unidos hasta ahora, hemos vacunado a una mayor proporción de nuestra población que cualquier otro país de Europa, con la excepción del Reino Unido. 

Así es, países como Dinamarca, Francia e incluso Alemania han obtenido peores resultados en la vacunación de sus poblaciones que Estados Unidos. Y estos países aparentemente tienen líderes competentes y todos tienen sistemas nacionales de atención médica. No obstante, lo han hecho mucho peor en el caso de Francia y Alemania que el espectáculo de payasos de Donald Trump.

 La agenda de vacunas si salvar vidas fuera la prioridad 

La pandemia es una crisis mundial que requiere una solución mundial. Este es un caso clásico en el que hay enormes beneficios de la acción colectiva y pocas desventajas. Este no es un caso, como la incautación de petróleo u otros recursos naturales, donde si Estados Unidos obtiene más, todos los demás obtienen menos y viceversa. 

Compartir conocimientos sobre vacunas, tratamientos y mejores prácticas para la prevención no tiene ningún costo y el mundo entero se beneficia si la pandemia se puede contener lo más rápido posible. Este punto se está aclarando a medida que se desarrollan nuevas cepas mediante mutación, que pueden propagarse más rápidamente y posiblemente ser más mortales y resistentes a las vacunas. 

El camino lógico habría sido abrir todas las investigaciones sobre tratamientos y vacunas, tanto para que se pudiera avanzar lo más rápido posible, como para que los derechos de propiedad intelectual no fueran un obstáculo para la producción a gran escala en todo el mundo. 

Esto habría requerido algún acuerdo colectivo en el que los países acordaron aportar una cierta cantidad de fondos para la investigación, presumiblemente en función del tamaño y el ingreso per cápita, y también que todos los hallazgos, incluidos los resultados de los ensayos clínicos, se publicaran rápidamente en la web. 

De esta manera, la información se compartiría rápidamente para que los investigadores y expertos en salud pública de todo el mundo pudieran beneficiarse.

 Este tipo de cooperación internacional no estaba, obviamente, en la agenda de Donald Trump. El señor “América primero!” no estaba interesado en la posibilidad de que podamos mejor ser capaz de dominar la pandemia si actuamos en cooperación con otros países. 

Pero no fue sólo Donald Trump, que rechazó la idea de la investigación abierta y la cooperación internacional, en realidad no estaba en la agenda de ningún político prominente, incluyendo progresistas como Bernie Sanders y Elizabeth Warren.

 Era un problema en la comunidad científica, pero, como sabemos, la gente en los círculos políticos no toman en serio la ciencia. (Describo un mecanismo de financiación de la investigación avanzada de código abierto en el capítulo 5 de Rigged [está libre].)

 El gran problema, por supuesto, es que esta vía de investigación de código abierto y la cooperación internacional podría poner en duda los méritos de la financiación de la investigación monopolio de las patentes de medicamentos recetados. 

Después de todo, si la investigación de código abierto financiada con fondos públicos demostrara ser el mejor mecanismo para financiar el desarrollo de medicamentos y vacunas en una pandemia, pudiera ser que este procedimiento pasara a ser el estandar general. Y, nadie en una posición de poder en la política estadounidense quiso tomar el riesgo de un mal ejemplo.

 Si hubiéramos seguido la ruta de la investigación de código abierto financiada con fondos públicos, entonces la comunidad científica tendría acceso a todos los resultados de los ensayos clínicos de todas las vacunas a medida que estén disponibles.

 Esto significaría que los países podrían decidir qué vacunas querían utilizar en base a los datos. [1] También podrían comenzar a producir y almacenar grandes cantidades de vacunas, tan pronto como entraron en ensayos de fase 3. Increíblemente, parece que ningún país ha hecho esto.

 Si bien no habíamos podido saber qué pasaría a los ensayos de fase 3, y posteriormente, demostrara ser segura y eficaz, las ventajas de tener un gran arsenal disponible que se pudiera distribuir de forma rápida a pesar de los problemas de los posibles costos de la compra de grandes cantidades de una vacuna que no esté aprobada . 

Supongamos que Estados Unidos hubiera producido 400 millones de dosis de una vacuna que resultó no ser eficaz. Con los costos de producción de una vacuna en alrededor de $ 2 por disparo, esto significaría que habíamos perdido $ 800 millones. 

En un país con ya más de 4.000 muertes al día en el pico de la pandemia y las pérdidas económicas provocadas por el desarrollo de la pandemia en billones de dólares, el riesgo de gastar $ 800 millones de dólares en una vacuna ineficaz parece bastante trivial.

 Por alguna razón, ningún país siguió esta ruta de almacenamiento. Para ser claro, no había ningún obstáculo físico para producir mil millones de vacunas a finales de 2020. Si podemos construir una fábrica para producir estas vacunas, podemos construir diez fábricas. Si algunos de los insumos son escasos, podemos construir más fábricas para producir esos insumos. Puede haber cuestiones de derechos de patente, pero es algo diferente a una cuestión de limitaciones físicas. (...)"         

(Dean Baker is a Senior Economist at the Center for Economic and Policy Research. Brave New Europa, 26/01/21)

21/12/20

Mariana Mazzucato: Capitalismo después de la pandemia. Cómo conseguir la recuperación correcta

"Conseguir la recuperación correcta.

Después de la crisis financiera de 2008, los gobiernos de todo el mundo inyectaron más de 3 billones de dólares en el sistema financiero. El objetivo era descongelar los mercados crediticios y hacer que la economía mundial volviera a funcionar. Pero en lugar de apoyar la economía real, la parte que involucra la producción de bienes y servicios reales, el grueso de la ayuda terminó en el sector financiero. 

Los gobiernos rescataron a los grandes bancos de inversión que habían contribuido directamente a la crisis, y cuando la economía volvió a ponerse en marcha, fueron esas empresas las que cosecharon los frutos de la recuperación. Los contribuyentes, por su parte, se quedaron con una economía global que estaba tan rota, desigual y con alto consumo de carbono como antes. “Nunca deje que una buena crisis se desperdicie”, dice una máxima popular en la formulación de políticas. Pero eso es exactamente lo que pasó.

Ahora que los países se están recuperando de la pandemia de COVID-19 y los bloqueos resultantes, deben evitar cometer el mismo error. En los meses posteriores a la aparición del virus, los gobiernos intervinieron para abordar las crisis económicas y de salud concomitantes, implementando paquetes de estímulo para proteger los empleos, emitiendo reglas para frenar la propagación de la enfermedad e invirtiendo en la investigación y el desarrollo de tratamientos y vacunas.

 Estos esfuerzos de rescate son necesarios. Pero no es suficiente que los gobiernos simplemente intervengan como gastadores de último recurso cuando los mercados fallan u ocurren crisis. Deben moldear activamente los mercados para que ofrezcan el tipo de resultados a largo plazo que beneficien a todos.

El mundo perdió la oportunidad de hacer eso en 2008, pero el destino le ha dado otra oportunidad. A medida que los países salen de la crisis actual, pueden hacer más que estimular el crecimiento económico; pueden orientar la dirección de ese crecimiento para construir una mejor economía. En lugar de brindar asistencia sin compromiso a las corporaciones, pueden condicionar sus rescates a políticas que protejan el interés público y aborden los problemas sociales. Pueden requerir que las vacunas COVID-19 que reciben apoyo público sean accesibles universalmente. Pueden negarse a rescatar a empresas que no reducirán sus emisiones de carbono o que no dejarán de ocultar sus ganancias en paraísos fiscales.

Durante demasiado tiempo, los gobiernos han socializado los riesgos pero privatizado las recompensas: el público ha pagado el precio por limpiar los desordenes, pero los beneficios de esas limpiezas se han acumulado en gran medida para las empresas y sus inversores. En tiempos de necesidad, muchas empresas se apresuran a pedir ayuda al gobierno, pero en los buenos tiempos exigen que el gobierno se retire. 

La crisis del COVID-19 presenta una oportunidad para corregir este desequilibrio mediante un nuevo estilo de negociación que obliga a las empresas rescatadas a actuar más en favor del interés público y permite a los contribuyentes compartir los beneficios de los éxitos tradicionalmente acreditados únicamente al sector privado. Pero si los gobiernos, en cambio, se enfocan solo en terminar con el dolor inmediato, sin reescribir las reglas del juego, entonces el crecimiento económico que sigue a la crisis no será inclusivo ni sostenible. Tampoco servirá a empresas interesadas en oportunidades de crecimiento a largo plazo.

LA PODER EN EL SISTEMA

Las economías avanzadas habían estado sufriendo importantes fallas estructurales mucho antes de que llegara el COVID-19. Por un lado, las finanzas se están financiando a sí mismas, erosionando así la base del crecimiento a largo plazo. La mayoría de las ganancias del sector financiero se reinvierten en finanzas (bancos, compañías de seguros y bienes raíces) en lugar de destinarse a usos productivos como infraestructura o innovación. Solo el diez por ciento de todos los préstamos de los bancos británicos, por ejemplo, apoya a empresas no financieras, y el resto se destina a activos inmobiliarios y financieros.

 En las economías avanzadas, los préstamos inmobiliarios constituían alrededor del 35 por ciento de todos los préstamos bancarios en 1970; en 2007, había aumentado a alrededor del 60 por ciento. La estructura actual de las finanzas alimenta así un sistema impulsado por la deuda y las burbujas especulativas que, cuando estallan, hacen que los bancos y otros mendiguen por rescates gubernamentales.

Otro problema es que muchas grandes empresas descuidan las inversiones a largo plazo en favor de ganancias a corto plazo. Obsesionados con los rendimientos trimestrales y los precios de las acciones, los directores ejecutivos y las juntas corporativas han recompensado a los accionistas comprando acciones, aumentando el valor de las acciones restantes y, por lo tanto, de las opciones sobre acciones que forman parte de la mayoría de los paquetes de pago de ejecutivos. En la última década, las empresas de Fortune 500 han recomprado más de 3 billones de dólares en sus propias acciones. Estas recompras se realizan a expensas de la inversión en salarios, capacitación de trabajadores e investigación y desarrollo.

Luego está el vaciamiento de la capacidad del gobierno. Solo después de una falla explícita del mercado, los gobiernos suelen intervenir y las políticas que proponen son demasiado escasas y demasiado tardías. Cuando se considera que el estado no es un socio en la creación de valor, sino simplemente un reparador, los recursos financiados con fondos públicos se mueren de hambre. Los programas sociales, la educación y la atención médica no cuentan con fondos suficientes.

Estos fracasos se han sumado a las megacrisis, tanto económicas como planetarias. La crisis financiera fue causada en gran medida por un exceso de crédito que fluyó hacia los sectores inmobiliario y financiero, lo que infló las burbujas de activos y la deuda de los hogares en lugar de respaldar la economía real y generar un crecimiento sostenible. Mientras tanto, la falta de inversiones a largo plazo en energía verde ha acelerado el calentamiento global, hasta el punto que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU ha advertido que al mundo le quedan apenas diez años para evitar sus efectos irreversibles.

 Y, sin embargo, el gobierno de Estados Unidos subvenciona a las empresas de combustibles fósiles por una suma de unos 20.000 millones de dólares al año, en gran parte mediante exenciones fiscales preferenciales. Los subsidios de la UE suman alrededor de 65 mil millones por año. En el mejor de los casos, los formuladores de políticas que intentan hacer frente al cambio climático están considerando incentivos, como los impuestos al carbono y las listas oficiales de las inversiones que cuentan como ecológicas. No han llegado a emitir el tipo de regulaciones obligatorias que se requieren para evitar desastres para 2030.

La crisis del COVID-19 solo ha empeorado todos estos problemas. Por el momento, la atención del mundo se centra en sobrevivir a la crisis sanitaria inmediata, no en prevenir la crisis climática que se avecina o la próxima crisis financiera. Los bloqueos han devastado a las personas que trabajan en la peligrosa economía de los gig (una fuerza de trabajo basada en proyectos únicos o tareas para la que un trabajador es contratado, por lo general en el mercado digital, para trabajar por demanda. N. del T.). 

Muchos de ellos carecen tanto de los ahorros como de los beneficios del empleador, es decir, atención médica y licencia por enfermedad, necesarios para capear la tormenta. La deuda corporativa, una de las causas clave de la crisis financiera anterior, solo está subiendo a medida que las empresas adquieren cuantiosos préstamos nuevos para capear el colapso de la demanda. Y la obsesión de muchas empresas por complacer los intereses a corto plazo de sus accionistas las ha dejado sin una estrategia a largo plazo para superar la crisis.

La pandemia también ha revelado cuán desequilibrada se ha vuelto la relación entre el sector público y el privado. En los Estados Unidos, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) invierten unos  40 mil millones de dólares al año en investigación médica y han sido un financiador clave de la investigación y el desarrollo de tratamientos y vacunas COVID-19. 

Pero las compañías farmacéuticas no tienen la obligación de hacer que los productos finales sean asequibles para los estadounidenses, cuyo dinero de los impuestos los está subsidiando en primer lugar. La empresa Gilead, con sede en California, desarrolló su medicamento COVID-19, Remdesivir, con 70,5 millones de dólares de apoyo del gobierno federal. En junio, la compañía anunció el precio que cobraría a los estadounidenses por un curso de tratamiento: 3.120 dólares.

Fue un movimiento típico de las grandes farmacéuticas. Un estudio analizó los 210 medicamentos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU., de 2010 a 2016 y descubrió que "la financiación de los NIH contribuyó a todos". Aun así, los precios de los medicamentos en Estados Unidos son los más altos del mundo. Las empresas farmacéuticas también actúan en contra del interés público abusando del proceso de patente. Para evitar la competencia, presentan patentes que son muy amplias y difíciles de licenciar. Algunos de ellos están demasiado arriba en el proceso de desarrollo, lo que permite a las empresas privatizar no solo los frutos de la investigación, sino también las propias herramientas para llevarla a cabo.

Se han hecho negocios igualmente malos con Big Tech. En muchos sentidos, Silicon Valley es producto de las inversiones del gobierno de EE.UU. en el desarrollo de tecnologías de alto riesgo. La National Science Foundation financió la investigación detrás del algoritmo de búsqueda que hizo famoso a Google. La Marina de los EE.UU. hizo lo mismo con la tecnología GPS de la que depende Uber. Y la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, parte del Pentágono, respaldó el desarrollo de Internet, la tecnología de pantalla táctil, Siri y todos los demás componentes clave del iPhone.

 Los contribuyentes asumieron riesgos cuando invirtieron en estas tecnologías, sin embargo, la mayoría de las empresas de tecnología que se han beneficiado no pagan su parte justa de impuestos. Entonces tienen la audacia de luchar contra las regulaciones que protegerían los derechos de privacidad del público. Y aunque muchos han señalado el poder de la inteligencia artificial y otras tecnologías que se están desarrollando en Silicon Valley, una mirada más cercana muestra que en estos casos, también, fueron las inversiones públicas de alto riesgo las que sentaron las bases. 

Sin la acción del gobierno, las ganancias de esas inversiones podrían volver a fluir en gran medida a manos privadas. La tecnología financiada con fondos públicos debe estar mejor gobernada por el estado, y en algunos casos propiedad del estado, para garantizar que el público se beneficie de sus propias inversiones. Como ha dejado claro el cierre masivo de escuelas durante la pandemia, solo algunos estudiantes tienen acceso a la tecnología necesaria para la educación en el hogar, una disparidad que solo fomenta la desigualdad. El acceso a Internet debería ser un derecho, no un privilegio.

REPENSANDO EL VALOR

Todo esto sugiere que la relación entre el sector público y el privado está rota. Arreglarlo requiere abordar primero un problema subyacente en economía: el campo se ha equivocado en el concepto de valor. Los economistas modernos entienden el valor como intercambiable con el precio. Esta visión sería un anatema para los teóricos anteriores como François Quesnay, Adam Smith y Karl Marx, quienes veían los productos como un valor intrínseco relacionado con la dinámica de la producción, un valor que no estaba necesariamente relacionado con su precio.

El concepto contemporáneo de valor tiene enormes implicaciones para la forma en que se estructuran las economías. Afecta cómo se administran las organizaciones, cómo se contabilizan las actividades, cómo se priorizan los sectores, cómo se ve al gobierno y cómo se mide la riqueza nacional. El valor de la educación pública, por ejemplo, no figura en el PIB de un país porque es gratuita, pero sí el costo de los salarios de los maestros. Es natural, entonces, que tanta gente hable de "gasto" público en lugar de "inversión" pública. 

Esta lógica también explica por qué el entonces director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, podría reclamar en 2009, apenas un año después de que su empresa recibiera un rescate de 10 mil millones de dólares, que sus trabajadores estaban "entre los más productivos del mundo". Después de todo, si el valor es el precio, y si el ingreso por empleado de Goldman Sachs se encuentra entre los más altos del mundo, entonces, por supuesto, sus trabajadores deben estar entre los más productivos del mundo.

Cambiar el statu quo requiere encontrar una nueva respuesta a la pregunta: ¿Qué es el valor? En este caso, es esencial reconocer las inversiones y la creatividad que brindan una amplia gama de actores en la economía, no solo las empresas, sino también los trabajadores y las instituciones públicas. Durante demasiado tiempo, la gente ha actuado como si el sector privado fuera el motor principal de la innovación y la creación de valor y, por lo tanto, tuviera derecho a los beneficios resultantes. Pero esto simplemente no es cierto. 

Los medicamentos farmacéuticos, Internet, la nanotecnología, la energía nuclear, la energía renovable, todos fueron desarrollados con una enorme cantidad de inversión gubernamental y asunción de riesgos, a costa de innumerables trabajadores y gracias a la infraestructura e instituciones públicas. Apreciar la contribución de este esfuerzo colectivo facilitaría asegurar que todos los esfuerzos fueran adecuadamente remunerados y que las recompensas económicas de la innovación se distribuyeran de manera más equitativa. El camino hacia una asociación más simbiótica entre instituciones públicas y privadas comienza con el reconocimiento de que el valor se crea colectivamente.

MALOS DESAFÍOS

Más allá de repensar el valor, las sociedades deben priorizar los intereses a largo plazo de las partes interesadas en lugar de los intereses a corto plazo de los accionistas. En la crisis actual, eso debería significar desarrollar una “vacuna para las personas contra el COVID-19”, una que sea accesible para todos en el planeta. El proceso de innovación farmacológica debe regirse de manera que fomente la colaboración y la solidaridad entre países, tanto durante la fase de investigación y desarrollo como cuando llega el momento de distribuir la vacuna.

 Las patentes deben agruparse entre universidades, laboratorios gubernamentales y empresas privadas, permitiendo que el conocimiento, los datos y la tecnología fluyan libremente por todo el mundo. Sin estos pasos, una vacuna COVID-19 corre el riesgo de convertirse en un producto caro vendido por un monopolio, un bien de lujo que solo los países y ciudadanos más ricos pueden pagar.

De manera más general, los países también deben estructurar las inversiones públicas menos como limosnas y más como intentos de moldear el mercado en beneficio del público, lo que significa atar a condiciones la asistencia del gobierno. Durante la pandemia, esas condiciones deberían promover tres objetivos particulares: 

Primero, mantener el empleo para proteger la productividad de las empresas y la seguridad de los ingresos de los hogares.

 En segundo lugar, mejorar las condiciones de trabajo proporcionando seguridad adecuada, salarios dignos, niveles suficientes de paga por enfermedad y una mayor participación en la toma de decisiones. En tercer lugar, promover misiones a largo plazo como la reducción de las emisiones de carbono y la aplicación de los beneficios de la digitalización a los servicios públicos, desde el transporte hasta la salud.

La principal respuesta de Estados Unidos al COVID-19, la Ley CARES (Ayuda, Alivio y Seguridad Económica por Coronavirus), aprobada por el Congreso en marzo, ilustra estos puntos a la inversa. En lugar de implementar apoyos efectivos para la nómina, como lo hicieron la mayoría de los otros países avanzados, Estados Unidos ofreció beneficios de desempleo temporales mejorados. Esta elección provocó el despido de más de 30 millones de trabajadores, lo que provocó que Estados Unidos tuviera una de las tasas más altas de desempleo relacionado con una pandemia en el mundo desarrollado. 

Debido a que el gobierno ofreció billones de dólares en apoyo directo e indirecto a las grandes corporaciones sin condiciones significativas, muchas empresas tenían la libertad de tomar acciones que pudieran propagar el virus, como negar los días de enfermedad pagados a sus empleados y operar lugares de trabajo inseguros.

La Ley CARES también estableció el Programa de Protección de Cheques de Pago, según el cual las empresas recibían préstamos que serían condonados si los empleados se mantuvieran en la nómina. Pero el PPP terminó sirviendo más como una subvención masiva en efectivo a las tesorerías corporativas que como un método efectivo para salvar empleos. Cualquier pequeña empresa, no solo las que lo necesitaban, podía recibir un préstamo, y el Congreso rápidamente aflojó las reglas sobre cuánto debía gastar una empresa en nómina para que se le condonara el préstamo.

 Como resultado, el programa redujo poco el desempleo. Un equipo del MIT concluyó que el PPP entregó 500 mil millones de dólares en préstamos pero solo salvó 2,3 millones de empleos, en aproximadamente seis meses. Suponiendo que la mayoría de los préstamos finalmente se condonen, el costo anualizado del programa asciende a aproximadamente $ 500.000 dólares por trabajo. Durante el verano, tanto la PPP como las prestaciones por desempleo ampliadas se agotaron y la tasa de desempleo de Estados Unidos aún excedía el diez por ciento.

Hasta ahora, el Congreso ha autorizado más de 3 billones de dólares en gastos en respuesta a la pandemia, y la Reserva Federal inyectó 4 billones adicionales, aproximadamente, en la economía, sumando en conjunto más del 30 por ciento del PIB estadounidense. Sin embargo, estos enormes gastos no han logrado nada en términos de abordar problemas urgentes a largo plazo, desde el cambio climático hasta la desigualdad.

 Cuando la senadora Elizabeth Warren, demócrata de Massachusetts, propuso imponer condiciones a los rescates —para asegurar salarios más altos y mayor poder de decisión para los trabajadores y restringir dividendos, recompras de acciones y bonificaciones para ejecutivos— no pudo obtener los votos.

El objetivo de la intervención del gobierno fue evitar el colapso del mercado laboral y mantener a las empresas como organizaciones productivas; esencialmente, actuar como aseguradora de riesgos catastróficos. Pero no se puede permitir que este enfoque empobrezca al gobierno, ni se debe permitir que los fondos financien estrategias comerciales destructivas. En el caso de insolvencias, el gobierno podría considerar exigir posiciones de capital en las empresas que está rescatando, como sucedió en 2008 cuando el Tesoro de Estados Unidos tomó participaciones en la propiedad de General Motors y otras empresas en problemas. 

Y al rescatar empresas, el gobierno debería imponer condiciones que prohíban todo tipo de mal comportamiento: repartir bonificaciones inoportunas a los directores ejecutivos, emitir dividendos excesivos, realizar recompras de acciones, asumir deudas innecesarias, desviar beneficios a paraísos fiscales o participar en un cabildeo político problemático. También deben evitar que las empresas aumenten los precios, especialmente en el caso de los tratamientos y vacunas COVID-19.

Otros países muestran cómo es una respuesta adecuada a la crisis. Cuando Dinamarca ofreció pagar el 75 por ciento de los costos de nómina de las empresas al comienzo de la pandemia, lo hizo con la condición de que las empresas no pudieran realizar despidos por razones económicas. El gobierno danés también se negó a rescatar a las empresas que estaban registradas en paraísos fiscales y prohibió el uso de fondos de ayuda para dividendos y recompras de acciones. En Austria y Francia, las aerolíneas se salvaron con la condición de que redujeran su huella de carbono.

El gobierno británico, por el contrario, le dio a EasyJet acceso a más de 750 millones de dólares en liquidez en abril, a pesar de que la aerolínea había pagado casi 230 millones en dividendos a los accionistas un mes antes. El Reino Unido se negó a imponer condiciones a su rescate de EasyJet y otras empresas en problemas en nombre de la neutralidad del mercado, la idea de que no es trabajo del gobierno decirles a las empresas privadas cómo gastar su dinero. 

Pero un rescate nunca puede ser neutral: por definición, un rescate implica que el gobierno elija salvar a una empresa, y no a otra, del desastre. Sin condiciones, la ayuda del gobierno corre el riesgo de subsidiar malas prácticas comerciales, desde modelos comerciales ambientalmente insostenibles hasta el uso de paraísos fiscales. El plan de licencias del Reino Unido, según el cual el gobierno pagaba hasta el 80 por ciento de los salarios de los empleados sin licencia, debería haber estado al menos condicionado a que los trabajadores no fueran despedidos tan pronto como terminara el programa. Pero no fue así.

LA MENTALIDAD CAPITALISTA DE EMPRESA

El estado no puede simplemente invertir; debe dar con el trato correcto. Para hacerlo, tiene que empezar a pensar como lo que he llamado un “estado emprendedor”, asegurándose de que, a medida que invierte, no se trata solo de eliminar el riesgo de las desventajas, sino también de obtener una parte de las ventajas. Una forma de hacerlo es tomar una participación accionaria en los acuerdos que realiza.

Piense en la empresa solar Solyndra, que recibió un préstamo garantizado de 535 millones de dólares del Departamento de Energía de EE.UU. antes de quebrar en 2011 y convertirse en un sinónimo conservador de la incapacidad del gobierno para elegir ganadores. Casi al mismo tiempo, el Departamento de Energía otorgó un préstamo garantizado de 465 millones a Tesla, que experimentó un crecimiento explosivo. Los contribuyentes pagaron por el fracaso de Solyndra, pero nunca fueron recompensados por el éxito de Tesla. Ningún capitalista de riesgo que se precie estructuraría inversiones así. Peor aún, el Departamento de Energía estructuró el préstamo de Tesla de modo que obtendría tres millones de acciones de la empresa si Tesla no pudiera pagar el préstamo, un acuerdo diseñado para no dejar a los contribuyentes con las manos vacías.

 Pero, ¿por qué querría el gobierno una participación en una empresa en quiebra? Una estrategia más inteligente hubiera sido hacer lo contrario y pedirle a Tesla que pagara tres millones de acciones si pudiese pagar el préstamo. Si el gobierno hubiera hecho eso, habría ganado decenas de miles de millones de dólares a medida que el precio de las acciones de Tesla crecía durante el transcurso del préstamo, dinero que podría haber cubierto el costo de la quiebra de Solyndra con mucho excedente para la siguiente ronda de inversiones.

Pero lo importante es preocuparse no solo por la recompensa monetaria de las inversiones públicas. El gobierno también debería imponer condiciones estrictas a sus acuerdos para garantizar que sirvan al interés público. El precio de los medicamentos desarrollados con ayuda del gobierno debe tener en cuenta esa inversión. Las patentes que emite el gobierno deben ser limitadas y fáciles de licenciar, a fin de fomentar la innovación, promover el espíritu empresarial y desalentar la búsqueda de rentas.

Los gobiernos también deben considerar cómo utilizar los rendimientos de sus inversiones para promover una distribución más equitativa de los ingresos. No se trata de socialismo; se trata de comprender la fuente de las ganancias capitalistas. La crisis actual ha llevado a renovar las discusiones sobre un ingreso básico universal, por el cual todos los ciudadanos reciben un pago regular igual del gobierno, independientemente de si trabajan. 

La idea detrás de esta política es buena, pero la narrativa sería problemática. Dado que una renta básica universal se ve como una dádiva, perpetúa la falsa noción de que el sector privado es el único creador, no un co-creador, de la riqueza en la economía y que el sector público es simplemente un cobrador de peajes que desvía las ganancias, distribuyéndolos como caridad.

Una mejor alternativa es el dividendo ciudadano. Según esta política, el gobierno toma un porcentaje de la riqueza creada con las inversiones del gobierno, pone ese dinero en un fondo y luego comparte las ganancias con la gente. La idea es recompensar directamente a los ciudadanos con una parte de la riqueza que han creado. Alaska, por ejemplo, ha distribuido los ingresos del petróleo a los residentes a través de un dividendo anual de su Fondo Permanente desde 1982. Noruega hace algo similar con su Fondo de Pensiones del Gobierno. 

California, que alberga algunas de las empresas más ricas del mundo, podría considerar hacer algo similar. Cuando Apple, con sede en Cupertino, California, estableció una subsidiaria en Reno, Nevada, para aprovechar la tasa impositiva corporativa del cero por ciento de ese estado, causó una pérdida enorme de ingresos fiscales. No solo deberían bloquearse estos trucos fiscales, sino que California también debería contraatacar creando un fondo de riqueza estatal, que ofrecería una forma, además de los impuestos, de capturar directamente una parte del valor creado por la tecnología y las empresas que fomenta.

El dividendo ciudadano permite que las ganancias de la riqueza co-creada se compartan con la comunidad en general, ya sea que esa riqueza provenga de recursos naturales que son parte del bien común o de un proceso, como inversiones públicas en medicamentos o tecnologías digitales, que ha implicado un esfuerzo colectivo. Una política de este tipo no debería sustituir a que el sistema fiscal funcione correctamente. El estado tampoco debe usar la falta de tales fondos como excusa para no financiar bienes públicos clave. Pero un fondo público puede cambiar la narrativa al reconocer explícitamente la contribución pública a la creación de riqueza, clave en el juego de poder político entre fuerzas.

LA ECONOMÍA CON UN PROPÓSITO

Cuando los sectores público y privado se unen en pos de una misión común, pueden hacer cosas extraordinarias. Así fue como Estados Unidos llegó a la luna y regresó en 1969. Durante ocho años, la NASA y empresas privadas de sectores tan variados como el aeroespacial, el textil y la electrónica colaboraron en el programa Apollo, invirtiendo e innovando juntos. A través de la audacia y la experimentación, lograron lo que el presidente John F. Kennedy llamó "la aventura más peligrosa, peligrosa y más grande en la que se haya embarcado el hombre". No se trataba de comercializar determinadas tecnologías ni siquiera de impulsar el crecimiento económico; era para hacer algo juntos.

Más de 50 años después, en medio de una pandemia global, el mundo tiene la oportunidad de intentar una meta aún más ambiciosa: la creación de una economía mejor. Esta economía sería más inclusiva y sostenible. Emitiría menos carbono, generaría menos desigualdad, construiría un transporte público moderno, proporcionaría acceso digital para todos y ofrecería atención médica universal. De manera más inmediata, pondría una vacuna COVID-19 a disposición de todos. Crear este tipo de economía requerirá un tipo de colaboración público-privada que no se ha visto en décadas.

Algunos que hablan de recuperarse de la pandemia citan un objetivo atractivo: volver a la normalidad. Pero ese es el objetivo equivocado; lo normal está roto. Más bien, el objetivo debería ser, como muchos lo han dicho, "reconstruir mejor". Hace doce años, la crisis financiera ofreció una rara oportunidad para cambiar el capitalismo, pero se desperdició. Ahora, otra crisis ha presentado otra oportunidad de renovación. Esta vez, el mundo no puede permitirse desperdiciarla."                        

(Mariana Mazzucato , Nuevos Papeles, 20/12/20; Publicado en Foreign Affairs el 10 de octubre de 2020)

14/12/20

Esta crisis de la COVID ha ejemplarizado aún más el agotamiento del régimen de la acumulación neoliberal... Actualmente la correlación de fuerzas está marcada por el populismo xenófobo, el nacionalismo económico y un gran mercantilismo, así que no parece que ayude a un cambio. Parece que lo más probable es que se intenten poner parches en las principales brechas que se han abierto como la desigualdad

 "Con espíritu didáctico y crítico, la profesora de Economía Mundial en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona Gemma Cairó i Céspedes ha coordinado el libro 'Deconstruyendo el capitalismo global' (Edicions de la Universitat de Barcelona) junto a un grupo de investigadores donde hacen un pormenorizado análisis de un sistema económico donde el neoliberalismo "muestra claros signos de agotamiento".

 Cairó explica que este abatimiento "del régimen de la acumulación capitalista" tiene lugar porque "no solo se superan los límites de un orden superior que es el sistema medioambiental o la naturaleza y hay una desvalorización de la fuerza de trabajo con tendencia a la precarización", con la pandemia de la COVID "también ha quedado patente el menosprecio por una esfera básica en el desarrollo humano como es la esfera de los cuidados, el ámbito reproductivo".

En el libro señalan que las estructuras económicas no son eternas, sino que están sometidas a procesos de cambio ¿Estamos ahora en un proceso de cambio?

Cuando hablamos de que las estructuras económicas no son eternas estamos cuestionando la supuesta inmutabilidad de las leyes económicas, que es típico del pensamiento ortodoxo neoclásico. La economía tiene unas leyes de funcionamiento que responden a la estructura capitalista. Las leyes económicas varían en función del modo de producción o el sistema en el que se está inmerso, no son ni eternas ni universales como a menudo se pretende.

Estamos en un proceso de cambio, que no empieza ahora sino con la crisis de 2008 donde se ponía en evidencia el agotamiento del capitalismo neoliberal. Ahora la pandemia del COVID refuerza esa realidad de agotamiento. Ahora bien, está por ver si vamos hacia una reconfiguración del orden neoliberal, hacia un giro socialdemócrata, con algunos parches para reconstituir el capitalismo, o nos dirigimos a una ruptura revolucionaria, que creo es la menos probable.

Con la crisis del coronavirus el diario Financial Times señaló en un editorial como una necesidad que los Gobiernos tendrán "un papel más activo en la economía" donde "los servicios públicos deben ser asumidos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los mercados laborales sean menos inseguros". Lo cual no es una transformación real sino una vuelta a las fórmulas que se adoptaron tras la segunda guerra mundial del siglo pasado.

Con la pasada crisis ya se demostró que el discurso de la nueva arquitectura financiera internacional era una ilusión, una farsa. Se hicieron algunos retoques y se revisaron algunos indicadores financieros en relación a provisiones, riesgos, etc., pero no hubo realmente un cambio real de funcionamiento.

Ante la pandemia y el agotamiento del capitalismo neoliberal, hay propuestas políticas que plantean una intervención del Estado para eliminar lo que han sido las políticas neoliberales de privatización y de liberalización. Se trataría de hacer una reconsideración del papel del Estado en la que no solo se deberían adoptar políticas fiscales más expansivas gravando a grandes patrimonios sino también con la reorganización de la actividad productiva, llegando a controlar algunos sectores económicos, definiendo áreas estratégicas o con masivas inversiones públicas. Este giro, que podríamos llamar socialdemócrata, chocaría igualmente con la crisis de la acumulación capitalista. El Estado adopta un rol contracíclico en la economía pero siempre al servicio del capital.

Esto no es nuevo. Con el keynesianismo tras la Segunda Guerra Mundial ya se dio un intervencionismo estatal con políticas fiscales y monetarias muy expansivas, pero la retirada del Estado que hubo con el neoliberalismo y la contrarrevolución conservadora a partir de los años 80 y 90 respondía a las necesidades del capital, por lo que se planteó una reestructuración económica para recuperar la tasa de ganancias que había caído en los países ricos.

Al explicar la dinámica capitalista a consecuencia de las crisis expone el proceso de concentración y centralización de capital. Parecía que tras la crisis financiera de 2008 se había asumido que el 'to big to fail' era un problema pero en esta nueva crisis las concentraciones y fusiones vuelven con fuerza. ¿Por qué cree que se vuelve a esas viejas recetas?

Esta concentración en términos físicos, con empresas más grandes, o en la centralización de la toma de decisiones es un efecto de funcionamiento del capitalismo. Históricamente, en las diferentes etapas de desarrollo del capitalismo se han dado crisis que recurrentes, que son intrínsecas al sistema, que generan una destrucción de fuerzas productivas -lo que políticamente correcto se denomina una racionalización del tejido productivo- que conlleva que sólo las empresas más competitivas y más rentables superen ese tránsito avanzando hacia un escenario de mayor concentración y centralización del capital, es decir, mercados oligopólicos. Estaría dentro de la lógica del sistema la tendencia a la concentración y centralización para reconstituir la tasa de beneficios y recortar costes como una forma rápida de salir de la crisis. Más que una receta es un efecto inevitable ya que es un mecanismo propio de la lógica capitalista.

Usted explica en el libro que la Gran Recesión (de 2008) obedece al agotamiento del capitalismo neoliberal, pero seguimos padeciendo unas bases estructurales frágiles e inestables: hipertrofia del sistema financiero y un desequilibrio que ha quedado más patente aún en la crisis del coronavirus entre el Centro (con poca actividad productiva) y la Semiperiferia fordista, con peso manufacturero. ¿Por qué cree que seguimos así?

Que no haya cambiado nada no significa que el modelo no muestre síntomas de agotamiento. Hay elementos como la creciente financiarización de la economía, el desarrollo de un capitalismo muy rentista y, sobre todo, el incremento de las desigualdades dentro de los países y entre los países que marcan este agotamiento. La cuestión es que, incluso desde la ortodoxia, se ha deslegitimado el modelo neoliberal porque a diferencia del fordismo de posguerra ya no puede garantizar como antes la generación de rentas, productividad y desarrollo tecnológico que deriva en un cierto bienestar para la sociedad en su conjunto. Se ha llegado a una situación que algunos economistas keynesianos denominan estancamiento secular: una sociedad con déficits estructurales profundos, con bases financieras inestables y pauperización de las rentas, con un freno de la productividad a lo que hay que añadir un incremento de la desigualdad y con graves problemas demográficos.

Esta crisis de la COVID ha ejemplarizado aún más el agotamiento del régimen de la acumulación neoliberal porque no solo se superan los límites de un orden superior que es el sistema medioambiental o la naturaleza y hay una desvalorización de la fuerza de trabajo con tendencia a la precarización, también ha quedado patente el menosprecio por una esfera básica en el desarrollo humano como es la esfera de los cuidados, el ámbito reproductivo.

¿Cuál sería la alternativa?

Depende siempre de la correlación de fuerzas, es decir, de quién va a impulsar estos cambios. Actualmente la correlación de fuerzas está marcada por el populismo xenófobo, el nacionalismo económico y un gran mercantilismo, así que no parece que ayude a un cambio. Parece que lo más probable es que se intenten poner parches en las principales brechas que se han abierto como la desigualdad, que el Estado tenga un papel más activo y que se sienten las bases para que haya una recuperación de los salarios y un mayor gravamen sobre las rentas del capital y las fortunas para recuperar el sistema de protección social.

Otra salida más atrevida sería una ruptura con el capitalismo de manera que el excedente, el beneficio de la actividad económica se socialice. Es algo que se podría organizar en una sociedad donde los medios de producción sean de propiedad pública. Están apareciendo movimientos sociales que abren vías con fórmulas económicas organizativas basadas en la cooperación y la solidaridad entre los individuos y que están autogestionadas. Un cambio así obligaría a una redefinición de cuáles son las necesidades sociales: ¿es necesario una inversión en armamentismo?¿Cuál es la provisión deseada de cultura? ¿Tiene la educación el valor social que requiere? ¿Es necesario la inversión en la industria del automóvil o hay que invertir en desarrollo de transporte público? Y no estamos hablando de un movimiento que afecte solo a la clase trabajadora o el proletariado, es un movimiento que afecta a todas esas personas que no se les da un valor económico en términos de precio de mercado, a los que Zygmunt Bauman definió como todas esas vidas desperdiciadas. Este colectivo tiene un peso que podría inclinar la correlación de fuerzas para impulsar una forma diferente de organización económica.

Lo que pasa es que las sociedades se enfrentan a unas estructuras demasiado complejas. Estaba pensando en cómo escapar de la tesis del Minotauro Global que expuso Yanis Varoufakis (el mecanismo de reciclaje de excedente global de manera que ese superávit se reinvierte en deuda de países con alto déficit que compran productos a los países con superávit en un ciclo interminable) que nos lleva a una inestabilidad permanente.

Una característica de estas décadas que Varoufakis explica muy bien con el símil del Minotauro, de esa bestia que se va comiendo todo el dinero, todo el excedente global tragado por el sector financiero. El Minotauro ejemplifica cómo el capitalismo busca una salida cuando no puede rentabilizar el capital por la vía productiva y busca una salida rentable en plazas financieras como Wall Street, ya sea comprando bonos del Tesoro norteamericano, dando créditos hipotecarios a las familias o recomprando acciones en el mercado bursátil.

Superávits y déficits ha habido siempre. El concepto de equilibrio de la economía neoclásica es una falacia, ya que no existe dicho equilibrio: o estamos en déficit presupuestario o estamos en superávit comercial. Ahora ese desequilibrio comercial se da en una época de frenazo de la inversión y de la economía, sobre todo en EEUU y en Europa, pero con el ascenso y el crecimiento de una gran potencia como China. El déficit comercial de Estados Unidos muestra un desequilibrio macroeconómico interno, que tiene que ver con el exceso gasto, y una falta de ahorro, en este país. Hay una nueva realidad económica que conforma una nueva estructura de poder económico global y que tiene consecuencias en el comercio mundial, siendo lo que hay en el trasfondo una lucha por la hegemonía tecnológica.

La globalización capitalista ya era asimétrica, si se cumplen las propuestas de una recuperación de la industria en países como España para que tenga más peso en las Cadenas de Valor Global, ¿cuál puede ser el papel de los países en desarrollo?¿Los condenamos así a ser más pobres?

Cuando hablamos de Cadenas de Valor Global ubicamos a los países según el tipo de actividades que desarrollan en esas cadenas de aprovisionamiento global. Los países menos desarrollados están en posiciones más desfavorables y vinculados a una fábrica mundial que explota la fuerza de trabajo mediante bajos salarios, de manera que se está condenando a muchos países en desarrollo a reproducir estructuras desarticuladas y muy dependientes de los mercados exteriores. Es difícil que estos países asciendan en esa cadena porque las posiciones de partida son muy distantes y la idea de convergencia no es posible.

Ahora bien, no sé quién va a ser más pobre, si van a ser ellos o lo vamos a ser todos los trabajadores. Si la globalización ha puesto algo de manifiesto es que las fronteras en términos económicos se han desdibujado: pertenecer a un país del Norte, del centro económico, ya no implica tener un buen nivel de vida. Podemos encontrar espacios de altos salarios y muy competitivos en la semi periferia, como la industria del software en India o del smartphone en China, y zonas en España o en Francia cada vez más pauperizadas y con más dificultad para anclarse en lo que sería la lógica de la globalización. Hay una polarización productiva que no entiende de fronteras entre trabajadores cualificados en sectores muy productivos o altamente tecnológicos y una gran masa de la población empleada en el sector servicios, con una remuneración más baja. Los desposeídos, los expulsados por el capitalismo ya son globales.

Hace unos años se hablaba mucho de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, conocidos como BRICS, por su nuevo papel como jugadores de peso en la economía mundial, pero últimamente solo sabemos de ellos por conflictos geoestratégicos o problemas políticos.

Salvo China, el resto de estos países y alguno más de Latinoamérica habían entrado en el marco económico mundial muy vinculados a una globalización capitalista dirigida por las multinacionales. A partir de los años 90 se desencadenó una actividad económica en estos países que se vuelve muy competitiva pero cuando la economía mundial empieza a desvanecerse porque entramos en la crisis del 2008 y la demanda en los países ricos se desmorona estas economías tan dependientes se vienen abajo. Pueden tener sectores punteros pero luego son sociedades desarticuladas. No han resuelto el problema de desarrollo interno a pesar de entrar en la globalización.

El caso de China es diferente porque ha acompañado esta inserción en la economía mundial con medidas de articulación interna que van desde la incentivación del consumo y la menor dependencia externa a un incremento de salarios o un desarrollo importante de la formación y la tecnología. A pesar de que todavía están muy lejos de los niveles de los países occidentales, China sería el único país periférico que parece está logrando una transición, mientras que el resto de emergentes mantiene profundas vulnerabilidades en sus economías.

En el libro argumentan que tres de los cinco grandes tratados de comercio internacional han fracasado y que la Organización Mundial del Comercio (OMC) parece que se preocupa más por garantizar las inversiones de las grandes empresas, liberalizar servicios y facilitar la privatización de servicios públicos que por facilitar acuerdos comerciales justos para todas las partes. ¿Tiene sentido seguir manteniendo un macroorganismo que no funciona?

Los objetivos de la OMC en los acuerdos de Bretton Woods era expandir el comercio mundial y eso no hay duda que lo ha conseguido, pero en determinados temas como la propiedad intelectual, la liberalización de servicios o el proteccionismo agrícola no está al servicio obviamente del bienestar global.

La cuestión que tenemos encima de la mesa es que la OMC es el único organismo multilateral que tenemos para regular el comercio, pero luego hemos tenido las políticas de Donald Trump que han puesto en crisis ese multilateralismo mediante la imposición de restricciones unilaterales al libre comercio. La OMC ya no estaría reflejando la nueva estructura del poder económico, ya que junto a Estados Unidos están China o Rusia, con unos objetivos políticos estratégicos diferentes y con una realidad económica también muy distinta. Hay un desfase entre la realidad económica y las estructuras de gobernanza, entre las instancias reguladoras y un esquema más multipolar del reparto del poder económico.

Pero también está la diatriba entre poner aranceles a productos del exterior por su huella de carbono frente a los productos de proximidad, aunque a la vez puede ser una manera de castigar a productores pobres de otros países.

Los aranceles protegen a la industria nacional, que no quiere decir que protejan a los consumidores nacionales. Hay una vía que es la del comercio justo para intentar unir el acceso de los países en desarrollo a los mercados ricos con garantías de un mínimo de condiciones de sostenibilidad ambiental, de remuneración de la fuerza de trabajo y de protección social. Es cierto que Europa y Estados Unidos protegen su agricultura, aunque básicamente tiene sentido, porque la agricultura tiene muchas funciones, no es sólo la base de la del sustento y una fuente de riqueza, también reorganiza el territorio y el consumo de proximidad es necesario para rebajar la huella de carbono.

Tampoco creo que sea una forma adecuada de pensar que nosotros, los países ricos, podemos salvar a otros países si no les imponemos aranceles y les facilitamos que pueden exportar. Habría que analizar si con esta fórmula de comercio se está reproduciendo un mecanismo de dependencia y de orientación de su actividad agrícola que no responde a las necesidades alimentarias de la población ni a su soberanía alimentaria, sino a obtener divisas que no siempre llegan a la población que trabaja en esos cultivos.

Desde la crisis financiera de 2008 no hemos frenado la trampa de la liquidez que definió Keynes: los bancos centrales inyectan dinero con tipos de interés muy bajos mientras que los bancos mantienen esos fondos de manera especulativa sin invertir en economía productiva. ¿No hay otras alternativas de política monetaria?

El dilema nuevamente es si estamos ante un problema de crédito o un problema de rentabilidad. ¿No hay demanda o es que no es rentable invertir? El problema en el marco actual es que el dinero no llega con la rapidez necesaria a la economía productiva. La alternativa sería que el sector público aprovechara esta expansión monetaria para invertir productivamente en la economía. Ahora hay más propuestas que van en la dirección de potenciar los estímulos fiscales como el 'dinero helicóptero': dar transferencias directamente a las familias para gastar, como ha ocurrido en Estados Unidos con la pandemia de la COVID para reactivar la economía a través de la demanda.

¿Tiene alguna esperanza de que los Objetivos de Desarrollo Sostenible sirvan para algo en el ámbito de políticas de desarrollo o estamos ante una estrategia de greenwashing?

Es una declaración institucional de Naciones Unidas, ya veremos cómo se van a aplicar y hasta qué punto van a ser efectivas. Es cierto que profundiza más en asuntos como la desigualdad o temas medioambientales que los anteriores Objetivos de Desarrollo del Milenio. Además, parece que están permeando algunas organizaciones, tanto públicas como privadas, que están incorporando las directrices en sus planes estratégicos. Lo más destacable es que se plantean los problemas de forma global, ya no son solamente de los países en desarrollo, pero insisto en que es una declaración institucional."     (Entrevista a Gemma Cairó, Rodrigo Ponce, eldiario.es, 12/12/20)