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15/4/16

La sensación de inutilidad, de fracaso, se abre paso, hasta acabar incubando un estado crónico de desesperanza... Este es el círculo vicioso que los protagonistas describen y que se va tragando las relaciones sociales

"Conforme van pasando los días, la autoestima se va hundiendo. Estar en una situación de paro prologado, especialmente a partir de cierta edad, acaba haciendo mella no solo en la salud física, como comprueban los médicos de familia cada día, sino también en el plano psicológico. 

Esto es algo que Josep Moya, fundador del Observatori de Salut Mental de Catalunya, ha podido constatar en su larga trayectoria como psiquiatra. 

Esa experiencia, y la evidencia empírica del estudio que dirigió sobre el impacto de la crisis en la salud mental de la población, le llevaron a impulsar una iniciativa que ha permitido demostrar que compartir, salir del aislamiento y participar en la vida colectiva mejora la salud de las personas en paro.

La experiencia ha hecho camino y de ella ha surgido un documental dirigido por Gustavo Vizoso. Se titula El Grup y tiene como protagonistas a los parados del barrio de Sant Antoni de Barcelona que acudieron a la llamada de los servicios sociales para participar en la experiencia grupal impulsada por Josep Moya. 

Tras las cinco sesiones previstas, se establecieron tales vínculos entre ellos que decidieron formar un grupo de ayuda mutua bajo el paraguas de la asociación de vecinos. La semilla ha germinado y ahora existen iniciativas parecidas en otros barrios.

Las sesiones del grupo recuerdan mucho aquellas experiencias alfabetizadoras del pedagogo brasileño Paulo Freire, que al enseñar a leer enseñaba también a pensar y a observar el mundo a partir de la propia realidad. Basado en un método de discusión grupal, la pedagogía del oprimido de Paulo Freire se convirtió en la pedagogía de la esperanza, porque quienes aprendían con ella, no solo recuperaban la dignidad sino la fuerza para transformar esa misma realidad.

El trabajo es mucho más que el medio para ganarse la vida. Es el principal engarce con la colectividad. Del trabajo pende casi todo lo demás. En este contexto, perder el empleo supone un pérdida que, como explican quienes la sufren, deja heridas muy profundas.

 Y no es solo por las consecuencias materiales, sino por su devastador efecto que tiene sobre la percepción de la propia valía. Al principio es relativamente fácil mantener la esperanza, pero cuando pasan los meses, los años, sin encontrar un nuevo trabajo, todo cambia de sentido.

Poco a poco, la falta de actividad o lo que es peor, la hiperactividad inútil que consiste en deambular dejando currículos que irán a la papelera, va haciendo mella. Se convierten en apatía o en frustración. La sensación de inutilidad, de fracaso, se abre paso, hasta acabar incubando un estado crónico de desesperanza.

 Este es el círculo vicioso que los protagonistas describen y que se va tragando las relaciones sociales. Romper esa dinámica exige, en primer lugar, romper el aislamiento. Ese fue el primer logro del grupo, a partir del cual lograron fuerzas para abordar los demás.

 Se reforzaron mutuamente, algunos pudieron dejar los antidepresivos, otros proseguir los estudios y algunos hasta encontrar trabajo. Precario, pero trabajo.

Recuperaron la esperanza. Al menos los que aparecen en el documental, porque caer en el paro prolongado es como hundirse en una cisterna de agua, de manera que cuanto más abajo se cae, más fuerza se necesita para volver a la superficie. 

Y no todos están en condiciones siguiera de intentarlo, como explica la asistente social, cuya luminosa figura nos hace caer en la cuenta del importante papel que tienen en la vida de los demás esos profesionales que no se limitan a ejercer su trabajo de forma rutinaria, sino que se comprometen a fondo con lo que hacen. 

 Explica que para formar el grupo de ayuda mutua se hizo una selección previa. Algunos parados fueron descartados para esta experiencia porque su situación mental era en ese momento tan devastadora, que ni siquiera podían beneficiarse de la dinámica de grupo.

No es casualidad que durante la crisis se haya disparado la venta de antidepresivos y ansiolíticos. El miedo a no tener un futuro se paga con crisis de angustia y depresiones. La falta crónica de esperanza lleva al aislamiento, la incapacidad para disfrutar y la pasividad. Compartir el dolor es el primer paso para desprenderse del sentimiento de culpa y recuperar la iniciativa.

 Compartir con otros los miedos, las dudas, las frustraciones, permite reforzarse mutuamente y mirar de otra manera la realidad. En grupo es más fácil abordar el porqué de las cosas e identificar mejor las causas y los verdaderos culpables de una crisis que ha privado a tanta gente del derecho al trabajo."                (Milagros Pérez Oliva, El País, 20/03/16)

23/5/10

"Usted es conocido por popularizar el concepto psicológico de la resiliencia. ¿Cómo definiría esta característica?

La forma más simple de definirlo es como un proceso tanto biológico como psicoafectivo y social, que permite empezar un nuevo desarrollo después de sufrir un trauma. Cuando a alguien le sucede una desgracia, un trauma psíquico, no es capaz de pensar; es como si su mente se convirtiera en hielo. Pero con el adecuado desarrollo, que es lo que otorga la resiliencia, vuelve a empezar de cero. No es el desarrollo natural del ser humano, es otro nuevo.

¿Cómo se consigue esa resiliencia? ¿Se puede aprender o es innata?

Ambas. Lo primero que se ha de hacer ante la víctima de un trauma es averiguar si tiene o no resiliencia. Y propongo un sistema de tres pasos. El primero es averiguar si la víctima tenía un nexo fuerte con su familia antes del suceso traumático; el segundo es saber si el responsable del hecho traumático está dentro de la familia y, por último, si la persona está apoyada después del suceso que la ha traumatizado. Así, por ejemplo, si un niño sufre abusos antes de desarrollar lazos afectivos con su familia, si el abuso se lo produce precisamente un familiar y si, por último, sus parientes no le creen, algo que, desgraciadamente, sigue ocurriendo en muchos casos, será muy difícil que tenga resiliencia, que pueda hacerse de nuevo como persona tras el trauma.

Si alguien que sufre un trauma, por el contrario, es consciente de estar rodeado de su familia antes de la desgracia y tiene el apoyo de esta tras el trauma, será mucho más fácil que se recupere y muestre esta resiliencia. En realidad, se trata de sentir amor, algo bastante lógico. Pero la resiliencia también se puede aprender, más si se tiene en cuenta que el cerebro es plástico, y más aún el de los niños.

Y un adulto, ¿puede hacer ese borrón y cuenta nueva que supone la resiliencia?

Sí, pero le va a costar más. De hecho, el concepto de resiliencia se ha visto incluso en ancianos. Cuando eres adulto, el cerebro es menos plástico, pero tus recuerdos anteriores al trauma son más fuertes, y las conversaciones con amigos o especialistas pueden conseguir que esos recuerdos anteriores se impongan al trauma. Tanto en niños como en adultos es muy importante reconocer y hablar de lo que ha pasado; es un paso clave. Aunque parezca obvio, no siempre ha sido así, ya que en muchas culturas las víctimas son vistas como culpables de lo que les ha pasado. Ocurre, sin ir más lejos, con las violaciones; una mujer violada se ve, a menudo, como alguien que ha provocado de alguna forma lo que le ha pasado.

¿Por qué tardó tanto en estudiarse y en que se aceptara por la psiquiatría oficial el concepto de resiliencia?

Durante mucho tiempo, los traumas se utilizaban para explicar el desarrollo posterior de las personas, para justificarlas o dar sentido a sus problemas. La existencia de la resiliencia supone, sobre todo, que todos, pase lo que pase, podemos ser felices y que nadie está condenado a ser un desgraciado, o un criminal, por haber sufrido un evento traumático en su vida; algo que, por otra parte, es mucho más común de lo que pensamos. Por esta razón, para algunos profesionales de la psiquiatría, especialmente del psicoanálisis, la resiliencia era un contrasentido.

Afortunadamente, la idea ya se ha extendido y está implantada en las escuelas psicológicas de todo el mundo. La resiliencia implica que un trauma no tiene que ser siempre una fatalidad, que puede ser simplemente un acontecimiento que forme parte de tu vida, pero sin condicionarla.

Usted sobrevivió a una situación traumática, como es la deportación de sus padres a un campo de concentración y su ejecución. ¿Podría definir cómo vivió usted la resiliencia?

Aunque haya salido adelante, yo no soy un buen ejemplo de resiliencia. Aunque sí contaba con el amor de mis padres cuando sucedió el trauma, no pude hablar de ello con nadie después; era lo que imperaba en Francia, la ley del silencio, el intentar olvidar las cosas a base de no pensar en ellas. Hace años, trabajé en Chile y observé algo parecido con las víctimas de la dictadura chilena que, en aras a una aparente convivencia pacífica, eran instados a no hablar de lo que les había pasado.

¿Recuerda algún caso especial de resiliencia que le haya impresionado?

Sí. En adultos, recuerdo el de una joven de alrededor de 20 años que llegó a nuestra consulta como una presunta psicótica, con alucinaciones y muy mal pronóstico. Mediante la terapia, conseguimos que recuperara la confianza en sí misma y que nos contara que había sufrido abusos de su hermano y que no había querido denunciarlo. Quince años después me encontré en un congreso con una joven maestra que atendía a una de mis charlas. Me preguntó si la reconocía y, al decirle que no, me dijo: "Usted me curó".

Si hubiéramos seguido pensando que era psicótica, quizás hubiera llegado a serlo. En niños, me impresionó el caso de un chaval rumano, que había sido prácticamente abandonado al nacer y que acabó adoptado por una familia de la ciudad francesa donde resido. La primera vez que le vi, ni siquiera hablaba. Años después, acabó licenciándose en una de las mejores universidades del país." (Público, 23/05/2010)