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27/10/23

Churchill fue un racista y un colonialista que llegó a proponer el eslogan “Mantener Inglaterra blanca”... Ese racismo era un sentimiento compartido por la clase dominante de su tiempo

 "Tariq Ali (Lahore, Pakistán, 1943) es uno de los grandes pensadores de la izquierda del siglo XX y de lo que llevamos de XXI. Historiador, periodista, escritor, cineasta y activista, (...) Ahora suma, también con Alianza Editorial en España, Winston Churchill: sus tiempos, sus crímenes, un análisis histórico de quien fue dos veces primer ministro de Gran Bretaña. Nos atiende por videoconferencia desde su casa en Londres, rodeado de mesas y sillas atestadas de libros y papeles.(...)

En los últimos años, se han estrenado numerosas películas y series de televisión que retratan a Winston Churchill como un demócrata ejemplar y un estadista al que prácticamente le debemos la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, cada vez más activistas han realizado protestas para denunciar el racismo del líder británico que, incluso, llegó a proponer el eslogan Keep England White (“Mantener Inglaterra blanca”, en español). ¿De dónde bebía ese racismo genético del que habla usted en su ensayo? 

La pasión de Churchill era ser militar, pero como no triunfó en el campo de batalla se dedicó a su segunda opción, la política. Procedía de una familia poderosa y de tradición castrense. Antes de ser primer ministro, Churchill trabajó en varios gobiernos y su prioridad fue siempre defender el Imperio Británico, lo que instrumentalizó para ascender en su carrera. Ese racismo era un sentimiento compartido por la clase dominante de su tiempo, que no pensaba en el punto de vista de los países ocupados, de las personas que habían sido torturadas y asesinadas.  

Pero todo el culto del que goza en la actualidad Churchill es bastante reciente. Mientras estaba vivo, recibía numerosas críticas y se publicaron libros sobre lo que realmente era, un líder político muy derechista. Claro que hizo algunas cosas útiles durante la Segunda Guerra Mundial, pero por aquel entonces estaba claro que la habían ganado quienes fueron al campo de batalla y, sobre todo, el Ejército Rojo, que aplastó a los nazis en Stalingrado y que había librado las batallas más determinantes en territorio de la Unión Soviética. Finalmente, hay que sumar el espaldarazo de la ayuda militar de Estados Unidos.

Churchill también se dedicó con ahínco a destruir a las organizaciones obreras en Inglaterra.

Era la política del Partido conservador. Los sindicalistas y socialistas estaban muy orgullosos de su imperio, y esa contradicción fue la que les debilitó. El imperio británico y el colonialismo infectó a grandes sectores de la población. De hecho, cuando los movimientos obreros atacaron a los políticos, defendieron a la monarquía, que desempeña un papel político muy importante, no es apolítica en absoluto. Lenin dijo que las grandes debilidades de Churchill eran que no era demócrata y que dependía demasiado de la monarquía y del Ejército, sus dos instituciones predilectas. Fue una evaluación muy precisa. 

En el libro, explica que Churchill apoyó siempre a Franco porque consideraba que era lo mejor para el Imperio Británico y porque prefería el fascismo a los judíos y a los comunistas. ¿Cómo fue la relación entre ambos?

 Todo comenzó con la Revolución rusa de 1917. Churchill temía que si se extendía y triunfaba en Europa y en el resto del mundo, sería el fin de los británicos. Por eso siempre apoyó a los bandos de la derecha para impedirlo. En este sentido, Franco era perfecto porque había acabado con un gobierno electo de socialistas, comunistas y anarquistas, de los que Churchill siempre defendió que había que deshacerse. De hecho, declaró que de haber sido español habría luchado con los franquistas y en el caso de haber sido italiano, con Mussolini. Fue muy sincero sobre su orientación política. La tragedia no fueron sus palabras, sino las consecuencias de sus políticas. Imagínese qué habría pasado si tras la Segunda Guerra Mundial Franco y la Falange hubiesen sido expulsados y se hubieran celebrado elecciones democráticas. Estoy seguro de que se habría restaurado un gobierno republicano y habría sido una España muy diferente. 

Churchill era una figura profundamente reaccionaria y tuvo mucha responsabilidad de que la dictadura franquista durase tanto. Su influencia también supuso una verdadera tragedia para otras zonas de Europa. De hecho, aunque le dijo a De Gaulle y a otros líderes europeos que apoyaba la unión del continente, también aclaró que si había un enfrentamiento con Estados Unidos, siempre estaría del lado de estos últimos. (...)"              (Entrevista a Tariq Alí, Patricia Simón, La Marea, 26/10/23)

30/5/23

Emigración española en Alemania: "Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente"

 "El invierno era rudo, por utilizar un adjetivo antropomórfico, en Hannover. Tan rudo como saberte diferente de algún modo, en un sitio que no te corresponde, que no es el tuyo. Diferente cuando vas en el U-bahn, metro con una sola línea en aquella época, camino de Kröpcke, el centro social y neurálgico de la ciudad, y conversas en español. 

Diferente cuando quieres entrar en una discoteca hablando en español con tus amigos y simplemente te dicen despectivamente 'No se puede pasar'. 

Incluso me llegaron a decir que en algunas salas de baile aparecía un cartel indicando que la entrada estaba prohibida para animales y extranjeros. 

Todo esto, claro, a ojos de un niño de unos 15 años.

Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente. 

En ocasiones soportaba estoicamente que, de camino a casa en el U-bahn, alguna respetable anciana -por razones bélicas obvias, en la Alemania de los 70 había más ancianas que ancianos- me dijera, al escuchar hablar otras lenguas, con complicidad y a media voz aquello de 'Que fastidio de gastarbeiter, desaliñados y hablando esas jergas'.

Asentía cobarde y desganadamente con la cabeza. Si no hablaba demasiado, mi pelo rubio y piel clara no desentonaba entra la masa poblacional autóctona."

 (José Antonio López Guerrero JAL: Virus, chicas y laboratorios. Memorias de un científico. Ed. Guadalmazán, Madrid, 2023, p. 48/9)

13/1/23

Un pequeño pueblo de Francia está al centro del debate migratorio del país... Un plan para revitalizar Callac con refugiados calificados ha dividido a la localidad y se ha convertido en el epicentro de un debate nacional sobre inmigración e identidad... cuando los miembros del consejo municipal oyeron hablar de un programa con el que se podrían renovar los edificios en mal estado y cubrir puestos de trabajo muy necesarios, como auxiliares de enfermería y constructores, mediante refugiados calificados, les pareció un boleto de lotería ganador... otros lo consideraron prueba de un “gran remplazo” de nativos franceses que se ha convertido en motivo de la ira y la ansiedad, en particular de la extrema derecha. En poco tiempo, la diminuta Callac, un pueblo de apenas 2200 habitantes, se dividió... Hoy se encuentra en la intersección de complejas cuestiones que han atormentado a Francia durante muchos años: cómo hacer frente al creciente número de inmigrantes que llegan al país y cómo inyectar vida nueva a localidades en declive, antes de que sea demasiado tarde

 "Un pueblo con cada vez menos habitantes, situado entre pastos de vacas en Bretaña, parece un escenario poco probable para el examen de conciencia que se lleva a cabo en Francia en materia de inmigración e identidad.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 
 
La plaza principal se llama en honor a la fecha en 1944 en que los soldados nazis reunieron a los combatientes de la resistencia local, muchos de los cuales nunca volvieron a ser vistos. Tiene una cafetería que gestiona un club social, un museo dedicado al spaniel bretón y una buena dosis de escapada rural: edificios vacíos y desolados, con herrería puesta y las ventanas cerradas, algunos desde hace décadas.

Por eso, cuando los miembros del consejo municipal oyeron hablar de un programa con el que se podrían renovar los edificios en mal estado y cubrir puestos de trabajo muy necesarios, como auxiliares de enfermería y constructores, mediante refugiados calificados, les pareció un boleto de lotería ganador.

“Fue un momento de eureka”, dijo Laure-Line Inderbitzin, adjunta del alcalde. “No ve a los refugiados como un caso de caridad, sino como una oportunidad”.

Sin embargo, lo que los dirigentes de la localidad vieron como una oportunidad de rejuvenecimiento, otros lo consideraron prueba de un “gran remplazo” de nativos franceses que se ha convertido en motivo de la ira y la ansiedad, en particular de la extrema derecha.

En poco tiempo, la diminuta Callac, un pueblo de apenas 2200 habitantes, se dividió: se convirtió en el centro de atención nacional y el escenario de protestas a favor y en contra del plan. Hoy se encuentra en la intersección de complejas cuestiones que han atormentado a Francia durante muchos años: cómo hacer frente al creciente número de inmigrantes que llegan al país y cómo inyectar vida nueva a localidades en declive, antes de que sea demasiado tarde. 

Como ha sucedido en muchas localidades francesas, la población de Callac ha ido disminuyendo lentamente desde el final de los Trente Glorieuses, el periodo de crecimiento de 30 años de la posguerra, cuando aumentaron el nivel de vida y los salarios. En la actualidad, casi la mitad de las personas que quedan son jubiladas. El mayor empleador es la residencia de ancianos.

Un paseo por el centro del pueblo revela decenas de escaparates vacíos, donde antes había florerías, tintorerías y estudios fotográficos. El último consultorio dental de Callac anunció en julio que cerraba: el estrés de rechazar continuamente nuevos pacientes, ya que su lista de pacientes superaba los 9000, era demasiado para Françoise Méheut.

Dejó de dormir, se puso a llorar sobre la silla de tratamientos y recurrió a los antidepresivos antes de decidir al final tomar su jubilación anticipada.

“Es una catástrofe”, dijo Méheut. “Tengo la impresión de abandonar a la gente”.

“Estoy vendiendo el local, pero nadie lo compra”, añadió sobre su negocio. “Si hubiera un dentista entre los refugiados, estaría encantada”.

Aunque muchos en el pueblo dicen que no hay puestos de trabajo, el ayuntamiento hizo una encuesta y encontró lo contrario: 75 puestos de trabajo remunerados sin cubrir, desde auxiliares de enfermería hasta contratistas, a pesar de la tasa de desempleo local del 18 por ciento.

El ayuntamiento aún espera llevar a cabo su plan en colaboración con el Merci Endowment Fund, una organización creada por una acaudalada familia parisina que hizo su fortuna con la ropa infantil de alta gama y quería retribuir a la sociedad

“La idea es que todos ganen”, señaló el hijo mayor, Benoit Cohen, cineasta y autor francés que escribió un libro sobre la experiencia titulado Mohammad, ma mère et moi.

“Ayudarán a revitalizar el pueblo”.

El proyecto Merci ha propuesto seleccionar a los solicitantes de asilo, reclutando según sus habilidades, así como su deseo de vivir en el campo. Después, los Cohen prometen desarrollar un programa integral para ayudarlos a asimilarse, con cursos de francés y apartamentos en edificios rehabilitados.

El plan también prevé nuevos espacios comunitarios y programas de formación para todos —locales y refugiados juntos—, algo que entusiasma a Inderbitzin, defensora local del proyecto en el consejo y profesora de la escuela secundaria local.

El pueblo cuenta con más de 50 clubes y asociaciones sin fines de lucro, entre ellos uno que gestiona el cine local y otro que reparte comida a las familias hambrientas de la localidad.

“El desarrollo social para todos está en los genes de Callac”, dijo Inderbitzin. “Es un círculo virtuoso. Podrían aportar mucha energía, cultura y juventud”.

No todo el mundo está tan entusiasmado con esa posibilidad. Una petición que lanzaron tres residentes opuestos al proyecto cuenta con más de 10.000 firmas, muchas de ellas de fuera de Callac.

Sin embargo, incluso en el pueblo, algunos se quejan de la falta de consulta o transparencia. Les preocupa que Callac pierda su carácter francés y cambie su tranquilidad de pueblo pequeño por los problemas de una gran ciudad. Otros cuestionan los motivos de una familia rica de París que se entromete en su hogar.

“No somos ratas de laboratorio. No estamos aquí para que experimenten con nosotros”, dijo Danielle Le Men, una profesora jubilada del pueblo que está creando un grupo comunitario para detener el proyecto; teme que el “islam radical” llegue a la comunidad.

Al enterarse de la disputa, Reconquista, un partido antiinmigración de derecha, dirigido por Éric Zemmour, quien fue candidato presidencial que no logró avanzar, organizó una protesta en septiembre, con la advertencia de que el proyecto traería una inseguridad peligrosa y la queja de que se introducirían tiendas halal y mujeres con velos islámicos.

 A una cuadra de distancia, los contramanifestantes abarrotaron la plaza principal. “A los fascistas que enarbolan la bandera roja de un remplazo hipotético”, dijo a la multitud Murielle Lepvraud, política local del partido de izquierda radical France Unbowed, “les respondo que sí, que sus ideas pronto serán remplazadas”.

Más de cien policías antidisturbios con escudos mantuvieron separados a los grupos.

Incluso muchos de los que han vivido personalmente el declive de Callac siguen sin convencerse.

“Todos los jóvenes se han ido, porque aquí no hay trabajo”, dijo Siegried Leleu, quien servía vasos de kir y cerveza a un grupo pequeño de caballeros de pelo blanco reunidos en torno a su bar, Les Marronniers, un viernes por la tarde.

Relató que hubo un tiempo en que ofrecía billar y karaoke y mantenía los barriles abiertos hasta tarde. Pero cuando la juventud de la localidad se marchó, recalibró su horario de cierre para que coincidiera con el de la clientela que quedaba: las 8 p. m.

“¿Por qué debemos dar trabajo a los de fuera? Deberíamos ayudar primero a la gente de aquí”, dijo

De pie en la calle, frente a su pequeño bar, que también hace las veces de abarrotada tienda de antigüedades, su vecino, Paul Le Contellac, evaluó la propuesta desde otro punto de vista.

Su tío se casó con una refugiada que había huido de España con su familia durante la guerra civil y encontró refugio en este pueblo. Más tarde, cuando Francia fue ocupada por la Alemania nazi, su abuela albergó a miembros de la resistencia en su ático.

“Este es un pueblo que siempre ha acogido a los refugiados”, dijo Le Contellac. “Callac no es fea, pero tampoco es bonita. Necesita nuevas energías”.

Aunque la inmigración puede tener el potencial de hacerlo, la cuestión sigue siendo muy controvertida, incluso cuando la crisis migratoria se ha visto atenuada por la pandemia

Hoy, cuando la pandemia parece remitir, el número de solicitantes de asilo que llegan a Francia vuelve a aumentar, amenazando con restablecer la volatilidad del asunto.

Desde el punto álgido de la crisis migratoria, hace varios años, el gobierno del presidente Emmanuel Macron ha intentado dividir la diferencia en su política migratoria.

Por un lado, ha pretendido disuadir a los solicitantes de asilo, aumentando la policía en la frontera y recortando algunos servicios estatales.

Por otro, para quienes son aceptados como refugiados, ha volcado recursos en las clases de francés y en programas de empleo para facilitar su integración.

El gobierno también ha intentado dispersar a los solicitantes de asilo fuera de París, donde los servicios están saturados, es difícil encontrar alojamiento y han surgido grandes campamentos provisionales.

Hace poco, Macron anunció que quería formalizar la política en un nuevo proyecto de ley de inmigración, enviando a los solicitantes de asilo desde los densos centros urbanos, ya plagados de problemas sociales y económicos, a las “zonas rurales, que están perdiendo gente”.

El plan se parece mucho al que se está poniendo en marcha en Callac, que, de manera paradójica, lleva recibiendo familias de refugiados desde 2015, cerca de 40 personas en la actualidad, casi sin previo aviso, como muchos pequeños pueblos franceses.

Mohammad Ebrahim escuchó el ruido de las protestas agresivas desde la ventana de la sala de su casa, pero no tenía idea de qué se trataba la conmoción, desde luego no sobre él, su mujer y sus cuatro hijos, que llegaron hace un año.

Los kurdos que escaparon de Al Qaeda en Siria no han sentido más que una buena acogida; muestran en sus celulares fotografías de las comidas y celebraciones comunitarias a las que han sido invitados. Sin embargo, las ventajas de la hospitalidad del pueblo se compensan con las desventajas logísticas de vivir en el campo sin auto. La capacitación, las citas médicas e incluso las clases regulares de francés están muy lejos.

Cuando escucha el plan de ofrecer servicios integrales y escuela en Callac, Ebrahim sonríe pleno. “Así podríamos ir a clase de francés todos los días”, se emocionó.

Callac puede ser ahora un campo de pruebas de si un enfoque más estructurado puede funcionar y las divisiones pueden superarse.

“Esto se convirtió en una cuestión de política francesa”, dijo Sylvie Lagrue, una voluntaria local que lleva a los refugiados a las citas con el médico y los ayuda a configurar su internet. “Ahora, todo el mundo espera que esto se calme y sigamos con el programa”.

Aunque el proyecto aún no cuenta con un presupuesto oficial, un calendario o un número objetivo de solicitantes de asilo a reasentar, el ayuntamiento sigue avanzando de manera sutil.

Recientemente, compró una enorme escuela abandonada, que se levanta como un fantasma en medio del pueblo, y anunció que planeaba convertirla en el “corazón” del proyecto, con una zona de recepción de refugiados, así como una guardería comunitaria y un espacio de trabajo compartido.

El fondo Merci ya ha comprado el edificio donde cerró la última librería del pueblo en agosto. Ahora planea reabrir la tienda para la comunidad, mientras aloja a una primera familia de solicitantes de asilo en el piso de arriba.

“El comienzo tiene que ser lento”, dijo Cohen. “Tenemos que ver si funciona. No queremos asustar a la gente”.                       (

2/2/22

Zemmour trata de negar la francesidad del velo y, por lo tanto, de su portadora... concebe el republicanismo como una forma de racismo... esta lógica nacionalista zemmouriana, paradójicamente, es casi tan islámica como el islamismo que quiere combatir. La del takfir, la excomunión de los enemigos practicada por los grupos yihadistas... Rachida dice: “Yo me quito el velo si usted se quita la corbata”. Zemmour acepta casi relinchando de felicidad; está dispuesto a desnudarse, si hace falta, porque sabe, como sabemos los espectadores, que no hay equivalente subjetivo entre una corbata y un velo... ¿Cuál es el error de Rachida? El de no atreverse a decir la verdad... el velo es, en efecto, un símbolo religioso; un vínculo visible de religiosidad íntima. ¿Y qué? ¿Por qué no decirlo? Si Rachida no se atreve a reivindicar el carácter religioso del velo y necesita hacer creer que es culturalmente equivalente a la corbata de Zemmour es porque la república francesa, de hecho, ha suprimido la libertad religiosa... Habría que intentar que, al contrario de lo que ocurre en la nación vecina, donde ganará las elecciones –no importa quién las gane– la islamofobia de Zemmour, nuestros partidos, nuestros intelectuales y nuestras izquierdas se tomen en serio el peligro que entraña la construcción de un enemigo interno. Luchar contra la islamofobia es luchar por la libertad religiosa, es decir, por el laicismo, es decir, por la democracia... Rachida nunca debió cambiar su velo por una corbata

 "El pasado 25 de octubre circuló un vídeo en el que el libelista Eric Zemmour,  poco antes de presentar su candidatura a la presidencia de la república francesa, abordaba en la calle a una mujer velada. Era una francesa musulmana a la que el periodista encargado de la emisión presentaba como Rachida, porque es habitual, sobre todo si su origen es árabe, que las mujeres no tengan apellido: Zemmour versus Rachida, en un combate cuyo resultado estaba ya decidido desde la nominación misma de los contrincantes.

 Rachida, en todo caso, era una mujer entera, desenvuelta y elocuente que plantó cara, en un francés sin tacha, a la condescendencia agresiva del político, empeñado desde el principio en separar a su compatriota (lo que los yihadistas llamarían takfir) de la comunidad nacional francesa. Zemmour comenzó con un malhadado paralelismo de cuya torpeza se dio cuenta enseguida: “¿Llevaría usted minifalda en La Meca?”, una pregunta en la que afloraba la sacralización paralela del espacio civil inherente al mal llamado “laicismo republicano”. 

En La Meca del laicismo, que son las calles de Francia, es obligatorio vestir a la francesa, mientras que Rachida –le reprochaba Zemmour– iba vestida de musulmana. Los franceses, obviamente, no van vestidos de “franceses” sino de Zara, de Mango, de Springfield, de Bershka y, en todo caso, con el uniforme de su clase social, su edad o su tribu urbana; pero de lo que se trataba era de negar la francesidad del velo y, por lo tanto, de su portadora.

 “Usted no es francesa”, le estaba diciendo Zemmour y no lo era porque, pese a que pagaba sus impuestos, llevaba a sus hijos a una escuela pública y hablaba la lengua de Racine (como la propia Rachida le recordó) era musulmana; y no se puede ser francés y musulmán al mismo tiempo. Zemmour, en definitiva, le estaba negando la nacionalidad: Rachida era un cuerpo extraño, una intrusa, una quintacolumnista de le grand remplacement denunciado por Renaud Camus y aceptado por buena parte del arco político de la nación vecina. 

La llamada “ley contra el separatismo islamista” de febrero de 2021, cuya aplicación ha llevado ya al cierre de numerosos lugares de culto y organizaciones musulmanas, participa de esta lógica nacionalista zemmouriana y, paradójicamente, por eso mismo, es casi tan islámica como el islamismo que quiere combatir. He hablado del takfir, la excomunión de los enemigos practicada por los grupos yihadistas; pero se podría mencionar también la fitna, el pecado mayor para las escuelas coránicas: la voluntad –es decir– de fracturar o debilitar la umma o comunidad de los creyentes. Rachida estaba siendo excomulgada por portar el velo, expresión de su voluntad de secesión de la nación francesa. 

Ahora bien, para encerrar a Rachida en este espejo “laico” de la exclusión yihadista, era necesario sostener que el velo, con independencia de la voluntad de su portadora, era objetivamente un signo religioso: el símbolo indumentario de una religión, precisamente, que no reconoce la voluntad individual. Zemmour, que había reculado varias veces ante la firmeza de Rachida, encontró de pronto la fisura; de hecho se la proporcionó un pequeño error de su víctima.

 Basta ver la expresión de alivio exultante del libelista, fatuo e infantil, para entender que hasta entonces iba perdiendo y que no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad que se le brindaba. En un momento dado, ante la insistencia para que demostrara su francesidad retirándose el velo de la cabeza, Rachida dice: “Yo me quito el velo si usted se quita la corbata”. Zemmour acepta casi relinchando de felicidad; está dispuesto a desnudarse, si hace falta, porque sabe, como sabemos los espectadores, que no hay equivalente subjetivo entre una corbata y un velo.

 A la defensiva, quizás recordando la ley Sarkozy de 2004, Rachida ha repetido una y otra vez: “No es un símbolo religioso”, “no es un símbolo religioso”, pero Zemmour se despoja de la corbata, con rápida desenvoltura de matón de barrio, mientras que a Rachida, que ya no puede arrepentirse, le tiemblan las manos. Es un momento duro, porque percibimos el pudor y la desnudez que embarga a Rachida; y la victoria de Zemmour es la victoria pública, obscena, de un macho colonial sobre un cuerpo femenino desarmado. 

¿Cuál es el error de Rachida? El de no atreverse a decir la verdad. ¿Cuál es esa verdad? Que para ella, como para la mayor parte de las musulmanas, el velo es, en efecto, un símbolo religioso; un vínculo visible de religiosidad íntima. ¿Y qué? ¿Por qué no decirlo? Claro que hay racismo chovinista por parte de Zemmour: incluso “nuestras” creencias religiosas –viene a decir– son cultura, y alta cultura, mientras que “vuestras” expresiones culturales son religión, y una religión fanática, anti-republicana y, en consecuencia, antifrancesa.

 Sin embargo, más allá de esta arrogancia supremacista, Zemmour sabe que su corbata –de origen militar, por cierto– no tiene para él la importancia que Rachida ha depositado en su velo. ¿Y por qué habría de disimular esa importancia? Si hay algo intimidante y violento en el asalto del libelista, y de frágil e indefenso en el gesto de su víctima, es la conciencia que ésta tiene de vivir en un contexto de persecución religiosa. Porque sólo en un contexto de persecución religiosa uno tiene que hacer pasar por “cultura” lo que es expresión de la propia fe.

 El velo es, por supuesto, cultura, como lo prueba el hecho de que se resignifique sin parar subjetiva y geográficamente, pero es que, además, la religión forma parte de la cultura y, aún más, es quizás su matriz misma. Como veremos, se puede interpretar culturalmente una expresión religiosa, pero también se puede vivir y defender religiosamente una expresión cultural. Todas las tentativas históricas de generar una cultura antirreligiosa, horra de tradición religiosa, han acabado por perseguir no solo la religión sino la cultura misma. 

En todo caso, si Rachida no se atreve a reivindicar el carácter religioso del velo y necesita hacer creer que es culturalmente equivalente a la corbata de Zemmour es porque la república francesa, de hecho, ha suprimido la libertad religiosa. Viendo el vídeo de Zemmour y Rachida me acordaba, en efecto, del memorial que el morisco Francisco Núñez Muley dirigió en 1556 al rey Felipe II, después de que éste, en su Pragmática de dos años antes, hubiese prohibido el uso de la lengua árabe, los  patronímicos árabes, el velo musulmán y, en general, las indumentarias musulmanas, las zambras y los baños.

 En su memorial, Muley, que morirá el año en que estalla la revuelta de las Alpujarras (la “guerra civil”, según expresión a contracorriente de Ginés Pérez de Hita y Diego Hurtado de Mendoza) insiste en presentar todos estos usos ahora prohibidos como expresiones puramente “culturales”, sin ninguna relación con el Islam. Eran también, sin duda, expresiones culturales y probablemente, de haberse permitido, habrían acabado emancipándose de su origen religioso, como ha ocurrido, por ejemplo, con la Navidad o las fiestas de San Isidro o, más clamorosamente, con los sanfermines. 

Pero no hay que olvidar que Muley tiene que defender los atuendos y costumbres moriscas en una España que había expulsado a los judíos y obligado a los musulmanes a elegir entre la expulsión o la conversión (que en 1609 tampoco les serviría de nada); en una España monofideísta en la que la Inquisición perseguía cualquier expresión religiosa ajena al catolicismo hispano, y en la que, por tanto, las expresiones religiosas tenían que camuflarse de “cultura”. 

En vano. Porque allí donde triunfa la persecución religiosa, la diferencia misma, cualquiera que sea su hechura, acaba siendo sospechosa de “separatismo” y condenada al takfir como culpable de dañar la umma. En la guerra intercastiza de la que surge España –decía Américo Castro– todos se comportaban, en este sentido, como “musulmanes”. Los más “musulmanes” fueron, al final, los Reyes Católicos. 

¿Y qué pasa con la república francesa, heredera de Les Lumières y de la Revolución por antonomasia, la única que se escribe siempre con inicial mayúscula? He citado a menudo la interesante polémica que, a caballo entre el siglo XIX y XX, mantuvieron los juristas George Jellinek, alemán, y Emil Boutmy, francés, sobre el origen de los Derechos Humanos. Boutmy, que responde a su colega, hace una muy bonita defensa de la Ilustración, de Rousseau y del concepto de tolerancia como regazos universales desde los que irradian, desde Francia, todos los derechos civiles recogidos en las declaraciones de DD.HH., incluida la libertad religiosa.

 Jellinek, en cambio, sostiene que la libertad religiosa es un urrecht, un “derecho originario”, fuente de todos los otros derechos; y atribuye su paternidad a los bill of rights de las colonias inglesas en Norteamérica, y en concreto a la necesidad de separar el orden civil del religioso para asegurar precisamente la libertad de culto como garantía de convivencia. Contra el puritanismo intolerante de Salem, por ejemplo, Roger Williams funda en 1636 la colonia –después Estado– de Rhode Island, modelo extendido a otras comunidades protestantes, constreñidas ahora a conciliar el comunitarismo religioso con la obediencia republicana a una ley común. 

Para Boutmy las declaraciones de DD.HH. recogerían ideas universales nacidas en Francia mientras que para Jellinek representarían más bien la universalización de modelos muy concretos de respuesta a conflictos religiosos locales. La universalidad, digamos, es un apaño y no una idea. Como sabemos, las ideas suelen defenderse con más pasión que los apaños. Los apaños se universalizan desde el terreno, mediante procesos endógenos de expansión ejemplar; las ideas se universalizan mediante ejércitos y predicadores. O de otra manera; una constitución democrática es un apaño; el colonialismo es una idea.

Esta polémica continuó durante todo el siglo XX y prosigue hoy de una forma u otra, sobre todo en Francia. En 1989, el siempre provocativo Regis Debray, exguerrillero, exasesor de Mitterrand, autor de una interesante Crítica de la razón política, escribió un largo artículo titulado ¿Demócratas o republicanos?, artículo que no puede leerse sin emoción y –enseguida– sin preocupación. Fue rescatado y largamente difundido de nuevo en 2015, tras el atroz atentado contra el Charlie Hebdo, y su éxito transversal, a partir de entonces, se explica por el hecho de que concentra el mínimo común denominador entre las izquierdas y las derechas francesas: ese republicanismo cuyos valores defienden por igual la “ley contra el separatismo islamista” de Macron y la islamofobia militante de Le Pen o Zemmour.

 Como indica el propio título, en su texto Debray distingue entre “democracia” y “república” para reivindicar la segunda como forma política superior. En el mundo, dice, ya solo hay democracias –allí donde las hay–; únicamente en Francia sigue habiendo república, ahora amenazada o desgastada –eso sí– por la sombra democrática que se proyecta desde el resto de Europa y desde los EE.UU. Decir “república francesa”, pues, es una redundancia; la república es francesa; y Francia, si no quiere dejar de ser francesa, sólo puede ser republicana.

¿Pero qué es para Debray una “república”? Debray, a veces con frases de una belleza retórica incontestable, va desgranando las diferencias entre las “democracias” y la “república”, que yo resumo aquí muy rápidamente mediante una lista de oposiciones binarias. La república, explica el autor, es laicismo frente a religiosidad; razonabilidad frente a producción y comercio; excelencia en el foro frente a excelencia en el mercado; ciudadanía frente a comunidad; hermandad frente a ancestralidad; educación frente a tradición; universalidad frente a localidad; unidad frente a pluralidad; centralización frente a comunitarismo y particularismo; Estado frente a sociedad; esprit frente a literalidad; ayuntamiento y escuela frente a catedral y centro comercial; pueblo frente a muchedumbre; debate frente a comunicación; verdad frente a consenso. 

A Debray, muy en la línea de Boutmy, le interesa subrayar la paradójica excepción francesa como el último islote de universalidad en el mundo, y para ello tiene que desmarcarse al mismo tiempo del “espíritu protestante” y del politeísmo católico, a los que une de un modo forzado allí donde más chocan entre sí: oponer, por ejemplo, el ayuntamiento y la escuela a la catedral y el comercio, como si no pudiesen compartir el mismo espacio, es olvidar además que, para muchos cristianos, inspirados en el Evangelio, el comercio y el templo son incompatibles entre sí. Lo mismo para el Estado y la sociedad, de cuyo equilibrio depende el cumplimiento de la divisa jacobina: libertad, igualdad, fraternidad. 

En la casilla “república”, por lo demás, se incluyen algunos valores por todos compartidos junto a otros (unidad,  centralización, verdad) incompatibles, a mi juicio, con un régimen realmente republicano. Su conclusión pesimista, en todo caso, es la de que incluso en Francia está venciendo la democracia y que, frente a ella, hay que “volver a traer” la república; hay que elegir, sí, entre la “regresión” religiosa y el “regreso” a la República –ahora necesariamente con mayúsculas y encarnada en la Nación francesa–.  

No se puede no estar de acuerdo con Debray en que estamos viviendo una regresión religiosa, pero no estoy seguro de que este republicanismo anti-demócrata no forme parte de ella. Uno de los puntos fundamentales del republicanismo que Debray comparte con Mélenchon, Macron y Zemmour es el así llamado “laicismo”, concebido, como hemos visto, contra el islam y como en el espejo del islamismo, con sus takfires excluyentes y su horror castizo a la fitna.

 Ahora bien, dentro de la propia tradición liberal francesa, heredera asimismo de la Ilustración y de la revolución de 1789, encontramos muy pronto la voz alternativa de Benjamin Constant, a quien cito largamente en mi libro Islamofobia (2015) y cuya definición del laicismo es sencilla y tajante: “El Estado no puede imponer ni rechazar ningún culto”. 

De este principio –en el que se basa, por cierto, el artículo 18 sobre la libertad religiosa de la Declaración de DD.HH. de la ONU– el liberal francés saca conclusiones que deberían ser evidentes para todos. En su obra de 1815, Principios de política aplicables a todos los gobiernos representativos, Constant escribirá que “la intolerancia civil es tan peligrosa, más absurda y, sobre todo, más injusta que la intolerancia religiosa” porque “toda nación que cede a la fuerza en materia de conciencia es una nación de tal modo vil y corrompida que no se puede esperar nada de ella, ni en el terreno de la razón ni en de la libertad”. 

Y añade, contra sus compatriotas republicanos de hogaño: “el que prohíbe en nombre de la razón la superstición, el que proscribe en nombre de Dios la razón independiente, merecen por igual el desprecio de los hombres de bien”. Reparemos en que Constant no siente la menor inclinación religiosa; es ateo y considera la religión una “superstición”. Pero advierte contra los peligros de convertir la lucha contra la superstición en un nuevo culto; no podemos perseguir la superstición, dice, sin convertirnos en aquello mismo que perseguimos. Porque, en definitiva, lo único que podemos calificar de “religioso” es la persecución misma, ya se trate de una teocracia que persigue el ateísmo o de una república que persigue a los musulmanes. Toda persecución es religiosa y, por lo tanto, no laica; y el laicismo sólo puede ser, en contraste, una batalla contra la persecución bajo todas sus formas y ropajes.

 El laicismo solo consiste, pues, en esta doble operación: la de asegurar la libertad religiosa de los ciudadanos y la de asegurar que ningún lobby religioso (o –añadiría– económico) se adueñe de las riendas del Estado y de las vidas de los ciudadanos. En este sentido, es mucho más laico, a mi juicio, el gesto del papa Francisco de conceder la comunión a Biden, contra sus perseguidores dentro de la Iglesia, que el de Zemmour de quitar el velo, mediante violencia mediática, a una compatriota musulmana; o que el de la muy republicana Marine Le Pen, quien en julio de 2021 firmó una declaración, junto a Orbán, Abascal y Salvini, en defensa de una Europa cristiana como baluarte contra le grand remplacement. 

El vídeo de Zemmour y Rachida expone la normal islamofobia de un país en el que el único consenso entre la mayor parte de los partidos políticos es el de concebir el republicanismo como una forma de racismo, lo que sería una contradicción histórica si ese mismo republicanismo, como el casticismo español, no se sintiese orgulloso de su pasado colonial y no reivindicase –como Ayuso la labor civilizatoria de España en América– la expansión de la idea universal de DD.HH. a través de su violación concreta en las colonias. 

Cada país inventa su propia manera de perseguir al otro; y Francia, cuya influencia ha sido notoria en el continente, ofrece el suyo como modelo copiado ya por todas las ultraderechas europeas. Habría que intentar que no saliera de allí y que, al contrario de lo que ocurre en la nación vecina, donde ganará las elecciones –no importa quién las gane– la islamofobia de Zemmour, nuestros partidos, nuestros intelectuales y nuestras izquierdas se tomen en serio el peligro que entraña la construcción de un enemigo interno. Luchar contra la islamofobia es luchar por la libertad religiosa, es decir, por el laicismo, es decir, por la república; es decir, por la pluralidad frente a la unidad, por la federación frente a la centralización, por la comunidad frente al patriotismo, por la disputa democrática frente a la verdad imperativa. 

Rachida nunca debió cambiar su velo por una corbata. "                     (Santiago Alba Rico , CTXT,  28/01/22)

19/2/21

Hay más suecos que italianos que tienen puntos de vista antifeministas... La Europa del odio...

 "Pocos considerarían a Italia, conocida por su política "machista" y sus líderes de extrema derecha que promueven los roles de género "tradicionales", como un punto de acceso para los valores feministas en Europa. Pero una nueva encuesta, realizada a fines de 2020 y publicada ayer, sugiere que esto puede estar cambiando.  

De los ocho países europeos incluidos en la encuesta, que contó con 12.000 encuestados, los italianos eran los menos propensos a culpar al feminismo de los sentimientos de marginación y demonización de los hombres. 

 Mientras tanto, en Suecia, considerada durante mucho tiempo como un bastión de las políticas progresistas de igualdad de género, más personas (41 por ciento) que en cualquier otro lugar encuestado dijeron estar al menos de acuerdo con la afirmación: 'Es culpa del feminismo que algunos hombres se sientan marginados de la sociedad y demonizado. 

 Daniel Poohl, editor en jefe del grupo sueco anti-extremismo Expo, dijo a openDemocracy que "las sorprendentes opiniones antifeministas de los suecos" podrían explicarse en parte como una reacción violenta a los movimientos feministas exitosos. "Algunas victorias del feminismo sueco en los últimos años podrían haber activado el surgimiento de fuertes actitudes opuestas", dijo.

 Después de Suecia, alrededor del 30 por ciento de los participantes en Polonia expresaron opiniones antifeministas, seguidos por el Reino Unido (28 por ciento), Francia (26 por ciento), Hungría (22 por ciento), Alemania (19 por ciento) y el Holanda (15 por ciento). Sin embargo, solo el 13 por ciento de los encuestados italianos expresó tales opiniones y el 65 por ciento dijo que estaba muy o algo en desacuerdo con ellas. Simone Rafael de la Fundación Amadeu Antonio en Alemania, que encargó la investigación junto con Expo y HOPE not Hate en el Reino Unido, calificó la magnitud de la opinión antifeminista en Europa como "muy preocupante". 

Nick Lowles, director ejecutivo de HOPE not Hate, agregó que, en muchos países, una 'agenda antifeminismo' ahora está 'envuelta en las crecientes guerras culturales de derecha que es mucho más agresiva, retórica bastante violenta y se usa particularmente por hombres más jóvenes '. 

"Estado de odio" 

La encuesta de los grupos anti-extremismo se encargó como parte de un nuevo informe titulado "Estado del odio: extremismo de extrema derecha en Europa". También reveló que al menos una cuarta parte de los encuestados dijeron que tenían sentimientos negativos hacia los musulmanes. Casi un tercio reflejaba opiniones hostiles hacia los inmigrantes en general y más de un tercio reflejaba esas opiniones sobre los romaníes. 

 “Este informe muestra que la amenaza contra la democracia está cambiando de forma y estrategia. La extrema derecha de hoy es un movimiento transnacional que organiza a sus partidarios a través de redes en lugar de organizaciones anticuadas ", dijo Poohl. Antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2019, openDemocracy descubrió cómo una docena de grupos "fundamentalistas" de derecha cristiana de Estados Unidos habían invertido al menos 50 millones de dólares de dinero oscuro en Europa durante una década, impulsando a la extrema derecha que buscaba victorias récord ese año. Lowles dijo que las ideologías extremistas ahora están "internacionalizadas como nunca antes", y "la resistencia también debe serlo".

Según la encuesta, la mayoría de los encuestados en Hungría tienen opiniones negativas hacia los inmigrantes (60 por ciento) y los musulmanes (54 por ciento). Estas cifras son aproximadamente el doble que en el Reino Unido, donde el 30% tiene esa opinión sobre los inmigrantes y el 26% sobre los musulmanes. Cuando se les preguntó si simpatizaban con las protestas de Black Lives Matter contra el racismo y la discriminación contra las minorías, la mayoría de los encuestados en Alemania (52 por ciento), Suecia (51 por ciento) y el Reino Unido (51 por ciento) dijeron que sí. Este no fue el caso en ninguno de los otros países encuestados.
 
 "Gran desconfianza" en las autoridades 
 
El informe también destacó un "pozo profundo de desconfianza" en las autoridades, y agregó que los populistas y extremistas de toda Europa podrían intentar explotar ese entorno. El desencanto político fue particularmente pronunciado en Italia y Francia, donde el 79% y el 67% de los encuestados, respectivamente, dijeron que pensaban que su sistema político estaba total o parcialmente roto.
 
 Estas cifras también fueron elevadas en Polonia (63 por ciento), el Reino Unido (58 por ciento) y Hungría (55 por ciento). `` La escena europea de extrema derecha y antidemocrática está conectada de muchas maneras en la actualidad: es el antisemitismo, la islamofobia y el pensamiento de supremacía blanca lo que concuerdan los enemigos de extrema derecha de la democracia '', concluyó Anetta Kahane, presidenta de Amadeu Antonio Fundación. Este informe, argumentó, "hace visibles los puntos en común de que debemos luchar juntos para proteger la democracia y los derechos humanos en Europa".   
 
 ( , Social europe,   This article was originally published on opendemocracy.net)

11/4/19

La actual clase dirigente israelí, cuando se critica algo de la política de Netanyahu (que se puede criticar prácticamente todo), sale con lo de “usted es antisemita”. Algo que, evidentemente, no es verdad...

"(...) Lío en el laborismo británico, profanaciones de tumbas judías en Francia, polémica en el Senado americano… ¿Vuelve el antisemitismo o siempre ha estado presente?

El propio concepto de antisemitismo ya es en sí mismo un poco absurdo, porque convencionalmente confina lo que llamamos o se consideran a sí mismos judíos. Pero, de acuerdo con el origen bíblico (Sem, Can y Jafet) son semitas todos los que no son negros de África (Jafet) ni europeos blancos del primer día. Los árabes, los persas… son semitas. 

Pero esto es igual que se explique una o diez veces porque, sociológicamente, lo que ha quedado es el término semita, semitismo o antisemitismo. En épocas más crudas, se deriva a judíos, judaísmo conspiración judía, etc. El termino semita es, en fin, un constructo social, que ha venido para quedarse. 

La actual clase dirigente israelí, cuando se critica algo de la política de Netanyahu (que se puede criticar prácticamente todo), sale con lo de “usted es antisemita”. Algo que, evidentemente, no es verdad.

¿Dónde están las fuentes del antisemitismo?

Estamos hablando de algo que tiene más de mil años. En diversos lugares de Europa, hay una fijación que es una especie de “Guadiana del antisemitismo”. Lo que va cambiando es la nota a pie de página, que lo justifica. 

Ahora es, por supuesto, el Estado de Israel, que existe desde 1948. Es cierto que el llamado “Plan Sionista” empezó en 1897, cuando en el Congreso de Basilea, Teodor Hersel vinculó la salida del “problema judío” a que hubiera un Estado, en el que se pudieran refugiar los judíos. Cosa que aún se discute si era un Estado para los judíos, de los judíos, o Estado judío.

¿Tiene algo que ver el cristianismo con el antisemitismo?

Toda esta parte, que en Semana Santa alentábamos con carracas y palmones, de “a matar judíos”, es la parte siniestra de la responsabilidad de la Iglesia Católica en el antisemitismo, a lo largo de siglos, que les funcionó perfectamente. La Iglesia tenía en la Edad Media un poder real mayor que el de los nobles. 

Cuando había un problema serio, como la peste, se recurría a un chivo expiatorio, diciendo que los culpables eran los judíos, que habían envenenado los pozos. Ahora nadie se cree esto, pero Tahar ben Jelloun, que es árabe, decía el otro día en un artículo, que según una encuesta a los “chalecos amarillos”, el 44% comparte la idea de que existe una conspiración judía mundial.

Puede parecer que lo de los progomos ha sido más bien cosa de Rusia y países del Este ¿Es esto cierto?

Aquí mismo, junto a la muralla de Barcelona, el 5, 6 y 7 de agosto de 1391, hubo un gran progom en Barcelona, alentado por diversos caudillos locales, haciendo valer que los judíos hacían rituales sanguinarios con niños cristianos. 

Posiblemente, los micro-historiadores nos podrían explicar que en aquel año hubo aquí alguna crisis económica, social, hambre, enfermedades… Arrasaban la Judería, entraban en las casas, se llevaban la gente a las iglesias y les conminaban a convertirse al cristianismo. Los que no lo hacían eran ejecutados en la misma puerta de la iglesia. El ejemplo de Barcelona fue seguido al de poco en Tudela y Valencia.

Has citado la Judería (barrio judío) ¿Eran estos barrios una especie de ghettos a los que eran confinados los judíos?

Bajo el Islam de los Omeyas era, por lo visto, habitual que las autoridades se rodearan de médicos, astrónomos… y, sobre todo, administradores judíos. A partir del siglo XV, esta tradición la mantiene solamente el Imperio Otomano. El Islam considera que cristianos y musulmanes son gente del libro; ni infieles, ni idólatras. En Europa se expulsa a los judíos de varios países y se produce una diáspora. 

Así, por ejemplo, en la comunidad judía de Tesalónica, que fue exterminada como la de Sarajevo por los nazis, se hablaba catalán antiguo. Y los judíos que permanecieron acababan auto-confinándose, porque se les obligaba a llevar un tipo de sombrero y de vestimenta que los identificaba. En Inglaterra, en el norte de la Francia medieval…, esto fue lo habitual.

¿También en Alemania?

En Alemania no se perseguía a los judíos, De repente, se lo inventan los nazis y hacen más que todos los demás juntos. Se sentían protegidos y por eso muchos pensaron que no les pasaría nada con el nazismo. Y, en contra de lo que se piensa, los judíos del Este eran muy pobres. Vivían apartados de todas las profesiones medianamente rentables. 

En fotos antiguas se ven pueblos, que no eran guettos, de Estonia, Lituania, Polonia, Rusia…, que ponen los pelos de punta. Lo curioso del antisemitismo moderno, el de los nazis, es que se produzca en un contexto de alto desarrollo cultural, en una sociedad avanzada… 

En los años que van desde el final de la II Guerra Mundial al ascenso del Hitler al poder, la nación entera compra una narrativa contra los judíos que no tiene ni pies ni cabeza. Así, el antisemitismo se convierte en una emoción colectiva de proporciones inconmensurables. Y las emociones colectivas, como bien sabemos, son muy malas.

¿Qué peste es la que sufre Alemania en aquéllos años para hacer volver a hacer de los judíos el chivo expiatorio?

En los años 20, 30 no se vieron venir las cosas, pero en Alemania existían todas las condiciones para vincular el resentimiento por las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles, el nacionalismo revanchista que de ello se derivaba, por la crisis del sistema político de la República de Weimar y, la resultante, que no solo se traduce solo en un nacionalismo virulento, sino militarista y contra los judíos.

 Hitler hace que factores percibidos por la gente como ciertos, se traduzcan en que detrás de todo hay una conspiración judía mundial. La crisis económica del 29 viene a corroborar, según esa lectura, la existencia de la maquinación. A diferencia de las zonas rurales más atrasadas de Rusia, donde históricamente habían tenido lugar los progoms, esto ocurre en Alemania. 

Cosa que da miedo, ahora incluso más que hace 50 años. Es que por muchos análisis racionales que se hagan, a veces en las sociedades pasan cosas que se perciben cuando ya es demasiado tarde.

En Italia está, al parecer, muy de moda esto de la conspiración mundial para, en su caso, acabar con la cultura italiana y los italianos… ¿Y nosotros?

Un diputado independentista, que aún formaba hasta ahora parte del Congreso de los Diputados, dijo hace pocos años que, en 1714, el pueblo catalán se levantó en defensa de la República. El historiador Joan Culla, que es soberanista, le respondió que en 1714 hubo en Europa una guerra mundial y en aquel momento, los líderes catalanes apostaron por el rey equivocado. Cosa que, de otro lado, no tuvo ningún impacto.

 “Nos roban 13.000 millones al año”, se ha dicho, sin cortarse un pelo ¡Oiga, esto no se lo cree nadie ni harto de vino! Pero es igual. Hay gente que ha decidido creérselo y luego, por ese boquete, entra el resto. En momentos de vulnerabilidad social colectiva, si se dan una serie de circunstancias (crisis económica, medios de comunicación manipulados, malestar colectivo…) a la historia puedes hacerle decir lo que quieras.

¿El “nos roban” (a los italianos, franceses, etc. los inmigrantes; a los catalanes España; a los norteamericanos, todos…, no parece resumir de algún modo esto de la conspiración?

Donald Trump lo dice, pero él sabe que todo esto es mentira y, además, le da igual, porque es un poco un psicópata, que tiene una amoralidad congénita. Con tal de conseguir lo que él quiere, todo lo demás da igual. Trump cada vez que dice una tontería está pensando en las próximas elecciones. De todos los presidentes norteamericanos es quizá el más pro-israelí, pero no necesariamente afín al lobby judío americano, que está más fragmentado de lo que se supone. 

El tal sentido, cabe decir que el conflicto israelo-palestino se ha convertido en EE.UU. en una cuestión de política interior. Y en Israel, por supuesto. El cartel que anunciaba hace poco mes de un año la visita de Trump a Israel, decía, emulando el eslogan trumpista, “Volvamos a hacer América grande”, “Hagamos Israel, todavía más grande”.

 No entiendo esto del antisemitismo, cabalgando durante cinco siglos. Cambiando de discurso, que compran sociedades enfermas o vulnerables. León Poliakov dedicó cinco tomos a explicarlo, pero no sirve de nada."

(Entrevista a Pere Vilanova, catedrático de ciencia política de la Universidad de Barcelona. Viajero empedernido, colaboró con la revista Altaïr. Ha vivido en varios países y conoce bien Oriente Medio y los Balcanes. Viejo comunista, mal reciclado. Ha publicado Jerusalén y el proceso de paz en Oriente Medio. El Triangle, 30/03/19)

27/2/19

El fascismo es la abolición pura y simple del imperio de la ley. Hoy, una parte de la población, musulmanes, emigrantes, romaníes y barrios de clase trabajadora, ya está recibiendo un tratamiento excepcional. El fascismo es la extensión de este tipo de tratamiento a sectores cada vez más amplios. El autoritarismo ya está alimentando la dinámica fascista fortaleciendo sus organizaciones y acostumbrando a las clases dominantes al uso de procedimientos antidemocráticos, y a una represión hasta hace poco inconcebible en una “democracia”. La ideología neofascista puede ser ultra-conservadora con los derechos de las mujeres y los homosexuales (en Brasil, por ejemplo), o por el contrario, presentarse como defensora de estos derechos (que estarían amenazados por parte de los extranjeros) en especial por los musulmanes en los Países Bajos y en la extrema derecha francesa...

"(...)En el libro “La posibilidad del fascismo”, has escrito : “este texto tiene como objetivo provocar un debate acerca de nuestra situación actual ” ¿Podrías  explicarnos a qué te refieres con esa frase?

El deseo de escribir este libro está radicado tanto en una insatisfacción intelectual como en el sentimiento de que estamos viviendo un momento histórico cuya naturaleza extremadamente preocupante y peligrosa no parece ser tomada en serio.

Existe, me parece, una paradoja bastante extraña. Por toda una serie de razones analizadas en el libro, surgió una amenaza fascista de un nuevo tipo, desde la década de 1980 en Francia (también en otros países aunque en fechas diferentes)y se ha desarrollado desde entonces, pero, a medida que aumenta el peligro, la sensibilidad ante el peligro parece debilitarse.

Tengo la sensación de que nos hemos acostumbrado a la idea que la extrema derecha este progresando en las elecciones y esto se percibe falsamente como inexorable. Se han trivializado sus “ideas” y estás se difunden en el campo político-mediático, parea terminar arraigadas en el cuerpo social. Sin embargo,  la posibilidad que la extrema derecha termine conquistando el poder político (sola o en forma de alianza) no se toma en serio.

Pero esto no es una hipótesis abstracta. En Europa está Italia (donde la Lega, está en el gobierno) y Austria; también hay otros casos en el mundo: India, Israel y Brasil con la victoria electoral de un candidato fascista en la primera potencia económica de América Latina. La creencia que la extrema derecha contemporánea no podría conquistar el poder se ha vuelto insostenible.

Otra forma de eludir el peligro fascista es afirmar que esta extrema derecha no tiene nada de “fascista”. Otros no quieren reconocer la amenaza fascista afirmando que las “ideas” fascistas ya estarían gobernando.

En realidad los partidos de derecha están utilizando la retórica ultra y racista de la extrema derecha porque hay una  complicidad entre las élites políticas ante la posible llegada de los regímenes neo-fascistas.

Por lo tanto, el libro es una llamada de atención que pretende demostrar la urgencia de combatir el fascismo de manera frontal. Tanto en sus formas organizadas como las políticas que lo alimentan.

Me refiero a las políticas neoliberales, al endurecimiento autoritario de los estados y al auge del racismo y la xenofobia. Estas dos peleas están entrelazadas y uno no debería tener que elegir entre un enemigo “principal” (que sería Macron, porque ya está en el poder)  y un enemigo “secundario” que existiría sólo como una marioneta para asustarnos.

Durante mucho tiempo he estado leyendo estudios de la historia del fascismo “clásico” o  investigaciones detalladas de la sociología política sobre la extrema derecha contemporánea. Me he encontrado con un  panorama académico extremadamente fragmentado . En la práctica este tipo de investigaciones han favorecido una despolitización del análisis del fascismo porque a menudo toman la forma de un discurso “contra el ascenso de los extremos” o “contra la violencia”.

Pocos investigadores están tratando de construir una comprensión histórica y sociológicamente sólida del fenómeno político que enfrentamos actualmente en Francia y en otros países.

En  múltiples publicaciones sobre “el regreso a la década de 1930”, se rechaza una repetición idéntica a la experiencia fascista vivida por Italia o Alemania ¿Según  Alain Bihr, el fascismo fue producto de una coyuntura muy particular, y por tanto este término sólo debería utilizarse para denominar el fascismo histórico?

 Creo que si ese argumento fuera rigurosamente respetado sería necesario deshacerse de una gran parte de los conceptos utilizados por las ciencias sociales y por (casi todo) el marco teórico del marxismo. Tomemos el ejemplo del concepto (importante en la tradición marxista) del bonapartismo, que es un concepto casi tan central como el imperialismo.

Es bastante obvio que lo que Marx destaca en su elaboración está asociado con una situación histórica muy específica (las luchas de clases en Francia entre 1848 y 1852 y  con un movimiento político particular (en torno a Louis -Napoleón Bonaparte). El concepto, sin embargo, permite pensar otras situaciones históricas y otros movimientos políticos, y ha sido usado, en particular por August Thalheimer, para pensar sobre el fascismo.

La negativa a cuestionar la actual realidad de las sociedades capitalistas y los movimientos de extrema derecha, con la categoría de fascismo me parece derivar de una concepción muy cuestionable en el uso de los conceptos: una concepción frugal, estenográfica.

Para esta visión, un buen concepto es una descripción histórica o sociológica lo más precisa posible de un fenómeno en particular, pero tan precisa que el concepto ya no permite una comparación real o un extensión como generalidad. Entonces si uno empuja el argumento hasta el final, se encontrará con tantas categorías y conceptos como se puedan distinguir  los movimientos o regímenes.  [1] .
Mi libro persigue un objetivo opuesto.  

Se basa en la idea de que se puede llegar a comprender las lógicas sociales, los proyectos políticos y las dinámicas históricas que son similares aunque no sean idénticos. Hay que pensarlas a través del mismo concepto, incluso si se desarrollan en contextos muy diversos, obviamente con formas específicas que dependen de otros contextos y a los que debemos darles toda su importancia.

Es cierto que existe el peligro inverso: utilizar conceptos tan generales y abstractos que no nos permiten captar ninguna realidad histórica concreta. Por otro lado creo  que mi uso de la categoría fascismo no cae en asimilarlo a la categoría “populismo” , porque un concepto como el populismo es tan general que pretende atraparlo todo

No creo que solo podamos definir el fascismo a partir del uso de la violencia política como se hace a menudo. La violencia fue, de hecho, fundamental para el fascismo histórico, aunque, contrariamente a la idea dominante, los fascistas no llegaron al poder sin ser mayoría en las elecciones.
Sin embargo, la violencia ha marcado históricamente todas las ideologías políticas y todos los tipos de régimen. Basta recordar la increíble violencia que utilizaron los países colonialistas de regímenes considerados “democráticos” (la Tercera República en Francia, por ejemplo) o, la represión a los levantamientos populares por los “regímenes democrático”.

Como ideología política, el fascismo puede describirse (a partir de la obra de Zeev Sternhell) como una síntesis compleja que plantea como ideal, una sociedad reconciliada consigo misma, pero nunca se plantea  la abolición de la explotación sino que absolutiza  la Nación y que a la vez, una rebelión reaccionaria contra las ideas de la ilustración, los derechos humanos, la democracia. [3] 

Como práctica política, el fascismo sistematizó la milicia (lo que los italianos llamaban escuadrismo) según una lógica paramilitar y extra-estatal, implementada previamente por el Ku Klux Klan contra los negros en los Estados Unidos[4] , pero también contra los judíos en la Rusia zarista.

En otras palabras, en un sentido purista el fascismo es un proyecto político de regeneración nacional que utiliza la violencia sistemáticamente y que combina la acción de organizaciones estatales con  milicias extra-estatales para reprimir violentamente cualquier fermento de conflicto o división nacional. El fascismo es una articulación entre un nacionalismo extremo concebido como “religión política” y una “militarización de la política”, para usar las palabras del historiador Emilio Gentile.

Lejos de llamar fascista a nuestra era (o post-fascista) o predecir el inevitable advenimiento del fascismo en el siglo XXI, tu libro está más interesado en las crisis sociales que podrían crear las condiciones del fascismo. En el segundo capítulo, explicas que  la crisis del capitalismo hacen posible la hipótesis fascista: ¿por qué te  parece esencial comprender la especificidad de la situación actual?

De hecho, para comprender el fascismo es esencial entender que es un producto del capitalismo: “El que no quiere hablar sobre el capitalismo debe guardar silencio sobre el fascismo”, dijo Horkheimer con razón.

Pero esta buena definición es insuficiente, porque es demasiado general. Cualquier crisis del capitalismo no produce fascismo:  aunque triunfó en la década de 1930 en Alemania ( por los efectos de la caída del mercado de valores de 1929) no logró imponerse en los Estados Unidos donde la crisis también tuvo aspectos catastróficos.

Así que la crisis económica del capitalismo no nos llevan necesariamente al fascismo, incluso si la crisis económica es la base sobre la cual puede florecer el nacionalismo xenófobo, el racismo y el autoritarismo.

Para ser más precisos, el fascismo es el resultado de una crisis hegemónica, es decir, de un debilitamiento de la capacidad de la burguesía para organizar su dominación política y de una situación en que la izquierda y el movimiento obrero es suficientemente fuerte como para aparecer como una amenaza, pero es demasiado débil para imponer una solución a la crisis política [5]

Para comprender nuestra actual situación, es importante comprender la actual crisis de hegemonía y su origen: la imposición de políticas neoliberales a partir de la década de 1980. Estas políticas han ayudado a restaurar parcialmente las tasas de ganancias (que habían disminuido en la década de 1970), pero al mismo tiempo ha desestructurado el tejido social y especialmente todo lo que proporcionaba un puente entre la población y la sociedad civil, por un lado y,  el campo político y el Estado por el otro.  Estas mediaciones garantizaban una cierta estabilidad política.

En otras palabras, el neoliberalismo al poner en crisis el sistema se convierte en un “agente de la autodestrucción del capitalismo”.  Lo que está en crisis, como señala Neil Davidson, son las mediaciones políticas , las mediaciones ideológicas y las mediaciones institucionales que dieron cierta legitimidad al capitalismo.

Dado que la crisis del capitalismo se está desarrollando en todas partes y en todos los países (donde se han implementado las políticas neoliberales) la amenaza fascista se está extendiendo hoy por el mundo. Detona  con intensidades desiguales y en diferentes formas dependiendo de diferentes factores como la historia política de cada país, sus luchas sociales, etc. También es importante el lugar en que las naciones están ubicados en el reparto del sistema imperialista mundial, este lugar necesariamente influye en el contenido y las formas de aparición de los nacionalismos extremos constituidos por el fascismo.

Están los fascismos que se desarrollan en un capitalismo en pleno declive (Francia y Gran Bretaña, por ejemplo) la ideología fascista adopta formas más defensivas y electorales (lo que no significa menos peligrosas) y más orientado hacia la restauración de lo antiguo, especialmente al dominio de sus  industria y de su poder militar. 

También están  los fascismos que se desarrollan en los capitalismos ascendentes (India y Brasil, por ejemplo), donde la ideología fascista adopta formas más ofensivas , en la medida que estas potencias – en ascenso-  aspiran a conquistar un nuevo lugar en el capitalismo mundial.

Las antiguas naciones imperialistas hoy están en pleno declive. Pero pese a que la hegemonía neoliberal está fuertemente cuestionada por la movilización social  el  peligro fascista ha vuelva aparecer en Francia, en Alemania, en España. En estos países hay un extrema derecha organizada que tiene fundamentos esencialmente xenófobos e islamófobos alimentados por un pasado colonial
En gran parte de Europa los partidos políticos tradicionales están debilitados y casi no hay izquierda. 

No estoy hablando de esa “derecha acomplejada” en que se convirtió en el PS, según la palabras de Frédéric Lordon. Estoy hablando de la necesidad de una izquierda  capaz de transformarse en una alternativa de poder con un proyecto creíble para las clases populares. En tal situación es inevitable un aumento del peligro fascista.

Aunque no comparas el fascismo con el autoritarismo, dedicas un capítulo entero al autoritarismo dentro del estado neoliberal, describiendo cómo el fascismo se alimenta de ese autoritarismo ¿El autoritarismo puede aumentar los riesgos de fascistización de la sociedad?

El autoritarismo no significa fascismo, y me gustaría enfatizar este punto. Las “democracias occidentales ” entre sus procedimientos habituales, tienen muchos momentos autoritarios. Por ejemplo, cuando reprimen las protestas  con dureza o con derramamiento de sangre, cuando se olvida de los resultados electorales y se gobierna por decreto, cuando se espía a los militantes revolucionarios, etc. Todo esto de ninguna manera es ajeno a las “democracias capitalistas” (un cuasi oxímoron), especialmente cuando la respuesta popular hace frágil al régimen.

Esto es lo que estamos experimentando actualmente en muchos países y particularmente en Francia: es la crisis de la hegemonía lo que explica el endurecimiento autoritario. Pero todo esto no debe confundirse con el fascismo, porque este actúa  de manera diferente: no solo ataca a los militantes revolucionarios, aplasta todas las formas de protesta ( incluidas las más moderadas),  limita el ejercicio de los derechos democráticos y las libertades públicas, sino que también las suprime por completo y prohíbe las protestas sin excepción. No hace que la impugnación al régimen sea más difícil, lo hace imposible,

Dicho de otra manera, el fascismo es la abolición pura y simple de lo que se llama el imperio de la ley. Sabemos que hoy una parte de la población, musulmanes, emigrantes, romaníes y los barrios de clase trabajadora, ya está recibiendo un tratamiento excepcional. El fascismo es la extensión de este tipo de tratamiento a sectores cada vez más amplios, pero también la intensificación de un régimen excepcional, que puede llegar hasta la deportación en masa e incluso hasta el exterminio ( si hay una  guerra de por medio).

Por lo tanto, existe una diferencia entre un estado fuerte (o autoritario) y el fascismo, y esta diferencia  tiene consecuencias importantes para la práctica política. Pero esto no significa que debamos considerar el autoritarismo como un “mal menor”.

El autoritarismo ya está alimentando la dinámica fascista, está contribuyendo al fortalecimiento de las organizaciones fascistas y probablemente preparando el terreno para el establecimiento de una dictadura fascista .

El autoritarismo tiende a acostumbrar a las clases dominantes al uso de procedimientos antidemocráticos y a la represión, que hasta hace poco eran inconcebibles en una “democracia”. Y el autoritarismo tiende  a legitimar las soluciones ultra-autoritarias defendidas por la extrema derecha y está realizando alianzas con esa derecha extrema.

El endurecimiento autoritario favorece el empoderamiento del aparato represivo del estado, otorgándole una capacidad de acción cada vez más importante, en particular a los servicios que están a cargo de las tareas más brutales del estado. También sabemos por experiencia que la extrema derecha esta arraigada en estos servicios policiales.

Con el refuerzo autoritario el estado crea una base institucional ; un arsenal legal que proporciona a los fascistas instrumentos de acción pública, que en un futuro les permitiría reprimir de forma rápida y muy severa cualquier forma de oposición, prohibir a las organizaciones sociales y políticas: en resumen instalar y consolidar su poder sin tener que abandonar la legalidad.

La Quinta República en Francia se está alejando de los estándares democráticos mínimos al otorgarle al Presidente de la República prerrogativas que incluyen la facultad de suspender las libertades públicas (con los “plenos poderes” el Presidente se puede instalar  el “estado de sitio” ).
Con el auge del autoritarismo se puede acostumbrar a las personas a restringir sus derechos políticos y limitar sus libertades públicas, pero, sobre todo, a considerar legítimo el tratamiento violento y arbitrario de sectores de la población.

En los análisis ortodoxos del fascismo de algunos “marxistas”, se reduce el fascismo a una simple herramienta de la clase dominante. ¿ Usted habla de “entender el carácter multiclasista ” del fascismo para comprender la situación actual y la posibilidad del fascismo?

Lo que dije anteriormente sobre el fascismo como producto de una crisis de hegemonía permite entender que no es una simple herramienta de la burguesía que podría utilizar cuando lo necesite con urgencia.

El fascismo no responde a una simple “necesidad” del capitalismo en un momento dado de su historia. La clase dominante prefiere mantener las formas “democráticas” de dominación política. En particular porque crean la ilusión de participación pública en la toma de decisiones y porque hace posible operar la conciliación entre los diversos intereses ( a veces contradictorios) de las diferentes fracciones que conforman la clase dominante.

Pero lo que es abstracto no siempre es cierto en una situación histórica concreta. Cuando el capitalismo entra en una crisis multiforme y estructural, cuando la inestabilidad política se vuelve tal que la situación parece ingobernable (lo que no significa que las clases populares tengan la ofensiva) una fracción de la clase dominante puede verse tentada por la “solución” fascista.

La conquista del poder por parte de los fascistas y la construcción de una dictadura fascista, serán el resultado de una alianza entre los sectores tradicionales de la clase dominante y el propio movimiento fascista. Con un agregado: el sector conservador se justificará asimismo con la ilusión que pueden dominar fácilmente al fascismo.

Aquellos que afirman que el marxismo tiene una concepción mecanicista del curso de la historia, de hecho tienen una ilusión intelectualista (“escolástica”, como diría Bourdieu) que consiste en construir un esquema teórico e imaginar que la historia (pasado, presente y futuro) operaría invariablemente de acuerdo con ese esquema.

Este enfoque es erróneo, incluso cuando se acerque a procesos históricos reales, ya que postula que el futuro de las sociedades se ajustaría de alguna manera a las “leyes de la historia”.

Toda la historia del siglo 20 ha negado a los pensadores del “sentido común de la II ª Internacional” (con Kautsky a la cabeza) por lo que que hay que deshacerse de ellos de forma permanente.

¡Pero el problema es aún más serio cuando el esquema es esencialmente incorrecto!  Este es el caso de la idea pseudo-marxista que el fascismo es la solución que la burguesía usaría cuando su poder esté amenazado por una ofensiva revolucionaria de la clase trabajadora. Este análisis lleva a afirmar, hoy en día, que el fascismo no sería relevante, ya que no habría ninguna ofensiva revolucionaria en el horizonte y por lo tanto no habría razón para que la clase dominante use el fascismo.

Históricamente, este esquema es falso porque, en los casos de Italia y Alemania, la burguesía abrió  las puertas a los fascistas en un momento en que la clase obrera estaba en retroceso y ya no tenía la capacidad de tomar el poder.

En el libro “El nacimiento del fascismo” Angelo Tasca habla del  régimen fascista como una contrarrevolución “póstuma y preventiva”, y tiene razón: el fascismo se propone  terminar definitivamente un ciclo histórico en el que el movimiento obrero ha podido amenazar el orden capitalista y prevenir su cualquier revolución por venir.

Hay que entender que la burguesía es una clase cuyo poder se basa en la propiedad económica pero que es estructuralmente débil a nivel político.[6] Por tanto el actor de la contrarrevolución fascista no es simplemente la clase dominante, aunque obviamente hay sectores de esta clase, especialmente los terratenientes, en el fascismo italiano.

En realidad el principal actor de esta contrarrevolución es el fascismo en sí mismo,  porque es un movimiento de masas, que logró convertirse en un actor político inevitable y en un posible recurso, para  una situación de ingobernabilidad , a la que contribuyó con su acción, tanto a nivel parlamentario como en la calle.

Hoy el fascismo sería impensable si creemos que el programa de la extrema derecha contemporánea no se corresponde con las “necesidades del capital”, mientras que, según la tesis más generalizada de cierta izquierda , el fascismo histórico habría correspondido a las tendencias del capitalismo de su tiempo, a saber; una intervención más fuerte del Estado en la economía, etc.

Hay una inconsecuencia básica en esta tesis, tan común en ciertaizquierda, además del hecho que los fascistas no tendrán ningún problema para cambiar radicalmente sus programas electorales una vez en el poder [7].

La primera es que es altamente cuestionable que el fascismo en realidad correspondiera a las necesidades básicas del capital, [8] a pesar que ciertamente correspondía a las necesidades inmediatas de al menos un sector de los capitalistas italianos o alemanes. Más bien creo que las modalidades NO fascistas de una mayor intervención estatal en la economía, , implementado en otros lugares (especialmente en los Estados Unidos), correspondió con el necesidades de la clase capitalista en su conjunto.[9] .

El segundo problema es el más importante: en el régimen capitalista, un fenómeno político como el fascismo puede ocurrir no solo porque el sistema no cumpla con las necesidades de la acumulación de capital, sino por desequilibrios y las contradicciones insolubles. – o al menos difícilmente solucionables por medios ordinarios . En este caso, una parte de la clase dominante puede apoyar a los fascistas con la esperanza que en el ejercicio del poder por los fascistas , estos sean económicamente “razonables”, es decir, a no obstaculicen la satisfacción de sus intereses.

Entonces, en la extrema derecha contemporánea hay ciertos aspectos de su programa, por ejemplo el euroescepticismo, que pueden estar en contradicción con los intereses o necesidades del capitalismo.
Probablemente por esto el FN de Francia ha sacado de su programa esta reivindicación en la última elección presidencial. Como lo explico en el libro, un partido de extrema derecha fascista nunca se decidara a  salir del euro o de la UE.

¿Significa esto que la extrema derecha no tiene ninguna posibilidad de llegar al poder? No, porque ni ayer ni hoy el éxito de los fascistas está basado en el hecho que ellos serían los únicos defensores de los intereses del capital.

Los fascistas pueden conquistar el poder cuando, al final de una crisis de prolongada de hegemonía, han logrado construir una coalición de intereses heterogéneos y obtener una recepción masiva, principalmente sobre la base de una ideología nacionalista extrema  y. en una situación de ingobernabilidad. Esta tendencia lleva a algunos sectores de la clase dominante a verlos como una solución, abriéndole las puertas del poder con alianzas políticas.

Aunque las fuerzas de extrema derecha, se nutren de una agenda política usted niegan  equiparar el racismo estatal francés con el fascismo. Entonces, ¿ Porque  el racismo es nueva “posibilidad de fascismo”?

Para hacer la conexión con la pregunta anterior, otro defecto central de ciertos “marxistas” no es tomar en serio lo que es específico y autónomo en el campo de la ideología y la política.
En el enfoque economicista que acabo de mencionar, el fascismo se reduce a una solución adoptada por el capital ante una crisis de su sistema en el marco de una ofensiva revolucionaria del proletariado.

 ¿Entonces por qué debemos tomar en serio, intelectual y políticamente, las transformaciones ideológicas que, durante un largo período de tiempo han favorecido a los fascistas?

Al repetir que el fascismo tendría como función principal, o incluso única, aplastar el movimiento obrero [10] , olvidamos que el nazismo no podría haberse desarrollado, convertirse en un movimiento de masas y, por lo tanto, parecer una solución para los ojos de una parte de la clase dominante alemana, sin un enraizamiento de ideologías pan-alemanas y antisemitas durante varias décadas.

El economicismo va tan lejos que hace ininteligible el genocidio de judíos, gitanos y eslavos : si el nazismo fue solo el  representante del capital alemán que aspiraba a destruir el movimiento obrero para salvaguardar sus intereses, ¿por qué gastar tanta energía en exterminar a los judíos y a otros pueblos de Europa? ¿Por qué se empeñó en una empresa monstruosa que no tiene ninguna racionalidad económica capitalista?

Para entender el fascismo de nuestro tiempo, es necesario buscar en las últimas décadas, en el campo intelectual como en el campo político, los materiales que se ha producido para constituir una nueva ideología fascista.

Aunque  está en fase de construcción, la ideología no está unificada globalmente. Hoy está basada en un conjunto de axiomas convergentes, todos los cuales están referidos a un nacionalismo xenófobo (obviamente para la extrema derecha el enemigo común son los inmigrantes), que ha evolucionado históricamente y que adopta variadas formas. Según las tradiciones intelectuales y políticas de cada país.
La ideología neofascista puede ser ultra conservadora con los derechos de las mujeres y los homosexuales  (en Brasil, por ejemplo), o por el contrario, presentarse como defensora de estos derechos (que estarían amenazados por parte de los extranjeros) en especial por los musulmanes en los Países Bajos y en la extrema derecha francesa.  Principalmente se ha estigmatizado a los musulmanes (en Europa occidental), a los negros (en los Estados Unidos), a los judíos (en Europa del Este).

Por lo general, tienen ideas ultra-productivistas (el crecimiento industrial es concebido como una condición para el renacimiento de la nación), aunque también hay corrientes que defienden formas de eco-fascismo.

Para volver específicamente al racismo, este un punto me pareció muy importante cuando estaba preparando este libro. En la izquierda francesa y en la extrema izquierda de la década de 1980, en el marco de lo que podría llamarse la ” SOS-Racismo”, el racismo solía considerarse como ideas reducidas solo a la extrema derecha y se excluía cualquier consideración por los mecanismos de producción sujetos a una supuesta inferioridad racial (discriminación en la contratación y en la promoción, segregación racial en el espacio público y en los alquileres, acoso policial y la violencia impune, etc.).

 Y, sin embargo, la extrema derecha seguía siendo vista como “el peor enemigo de la clase trabajadora”; sin mención explícitamente, a aquellos segmentos de la clase trabajadora que fueron principalmente blanco de la FN,

Obviamente, la xenofobia y el racismo fue el motor del desarrollo de la extrema derecha, pero cierta izquierda tendía a ver el fenómeno como un virus ideológico impuesto desde afuera para dividir a la clase halagando a los trabajadores con prejuicios arcaicos de una parte del pueblo francés.
El panorama es muy diferente si consideramos que el racismo colonial fue un aspecto central en la construcción del Estado francés con fuertes implicaciones en la formación de la clase obrera en Francia.

Le Pen no es simplemente el que inocula el virus. El y su hija son el síntoma más visibles de una enfermedad de larga data en la sociedad y en la política francesa [11] . Un síntoma que permite proyectar los rasgos de una sociedad en que un solo individuo concentra la ideología racista y la asume explícitamente.

Criticar la demonización de Le Pen, no es para mitigar su carácter racista y xenófobo, lo hago porque esta demonización tiene esencialmente una función de escapatoria, que permite olvidar la escala, la sistematicidad y la transversalidad del racismo en la sociedad francesa.

Entonces, lo que traté de hacer en el capítulo del libro es describir la dialéctica entre la ofensiva nacionalista y racista en Francia y el desarrollo de la extrema derecha, que puede describirse como la tendencia más brutalmente racista del nacionalismo francés, cuyo proyecto se identifica plenamente con una purificación etno-racial del cuerpo nacional francés.

Esto me llevó a examinar dos cosas : por un lado, el papel central, que ha jugado el FN por imponer un doble consenso xenófobo e islamófobo en la política francesa desde finales de los años 80.
Este análisis implica enfatizar la responsabilidad de los partidos gobernantes, y especialmente del PS, que primero se unió al consenso anti-migratorio, para después ser una de las puntas de lanza de la ofensiva islamofóbica en los años 2000.

Por otro lado, la centralidad del racismo y la xenofobia en la ideología del FN, no es el resultado de una amenaza para los trabajadores franceses o un desafío socioeconómico desviado. La “ofensiva blanca” de  FN no es comprensible sin el proceso que Sadri Khiari llama “el poder indígena”, que documenta y analiza brillantemente en su libro “La contrarrevolución colonial en Francia”.

Un ejemplo reciente ha sido la reacción el poder político, ante las manifestaciones masivas de solidaridad con Gaza. En ese momento hubo una represión extremadamente brutal que marcó el comienzo de la ofensiva autoritaria del gobierno de Hollande-Valls-Macron.

Usted dedica un capítulo a la extrema derecha, específicamente a la FN, ¿Qué opina del debate sobre la naturaleza fascista (o no) de la FN?

Le dedico sólo lo un capítulo porque es un error fundamental reducir lo que yo llamo dinámicas fascistas a una única pregunta acerca de una partido que encarna el proyecto fascista, dejando de lado los factores (económicos, sociales, políticos e ideológicos), pero también dejando de lado el tipo de crisis que hace posible el fascismo, lo que el historiador Geoff Eley denominó “las crisis que producen el fascismo” [12] . Por lo tanto, es necesario tratar esta encarnación organizacional como un elemento, de hecho central (pero uno más entre otros) de la dinámica fascista.

Obviamente, ha sido y es rentable para los partidos dominantes, ayer el PS, hoy el partido de Macron , centre el debate en el FN: les permite desvanecer las políticas que han liderado, uno de cuyos efectos ha sido el crecimiento del  FN. Esto se debe a que el PS ha gobernado alineado con la derecha, o para ser más precisos se ha  unido a políticas neoliberales, xenófobas y de seguridad represiva. 

 El PS ha inducido un consenso extremadamente mortal el pueblo. Hoy millones de personas han llegado a considerar que “la derecha y la izquierda son lo mismo”, lo que sin duda ha abierto un espacio político al FN.

Pero hay un segundo problema: el debate sobre la “naturaleza” (fascista o no) de la FN está sistemáticamente mal planteado. En primer lugar, hay que destacar que ninguna organización tiene una “naturaleza” (es decir, una esencia fijada de una vez por todas por su genealogía) .

Todas las organizaciones evolucionan de acuerdo a las luchas internas por el poder y su entorno externo, por lo que una organización puede ir de la derecha al fascismo (esta es la reciente trayectoria de la AFD en Alemania), y un partido fascista puede transformarse en una organización de derecha clásica. 

Este segundo caso ocurrió en Italia, donde la principal organización europea neofascista de la post-guerra, el MSI (Movimiento Social Italiano), se convirtió gradualmente – bajo el nombre de Alianza Nacional – en un grupo de la derecha conservadora.

Pero sobre todo, la naturaleza fascista o no fascista del FN generalmente se evalúa sobre la base de la presencia de militantes que asumen explícitamente la herencia fascista, o que muestran los rasgos más visibles de pertenencia al movimiento fascista, o porque tiene miembros que militan en organizaciones claramente fascistas o neofascistas.

Sin embargo, dada la ilegitimidad de todo lo que se asocia con el fascismo, es difícil ver a los líderes de la FN como una marca explícita con el fascismo histórico que los condenaría a la marginalidad política.

Este tema tiende a poner en segundo plano los dos criterios más relevantes para la caracterización de la FN: su ideología (el tipo de proyecto político defendido, que se encuentra en los discursos, los programas electorales, las declaraciones de sus líderes, investigaciones realizadas, etc.), y su práctica.

En el libro digo que si tomamos en serio estos dos criterios: ideología y practica , me parece que estamos obligados a caracterizar al FN, no como un partido populista sino como un partido fascista sin terminar o en  fase de preparación. De hecho, si actualmente no tiene un aparato de violencia característico de los movimientos fascistas clásicos [13] es porque su proyecto fascista no tiene necesidad de decir su nombre y tampoco necesita, por ahora, del escuadrismo.

¿Cuáles son los principales obstáculos que la izquierda tendrá que superar para enfrentar la “posibilidad del fascismo”?

En primer lugar, se debe tener en cuenta que la izquierda francesa posiblemente se haya librado del PS. Este es un punto importante ya que este partido ha constituido,  desde su giro neoliberal, un actor central en la estabilización política del capitalismo francés, un capitalismo. sacudido por la “contestación multiforme de Mayo del 68″ [14].

Luego el PS se sumó alegremente a la ofensiva neoliberal, xenófoba y autoritaria. Así que fue una cerrojo que tuvo que ser volado. Su brutal declive, a pesar que tuvo todas las palancas del poder político en 2012, marca una oportunidad histórica para que surja una nueva fuerza política, incluso si el logro de este objetivo enfrenta obstáculos serios.

Mi hipótesis es que el antifascismo podría jugar un papel positivo como catalizador político, pero bajo ciertas condiciones.

El primero, el más obvio, es rechazar la reducción del antifascismo a una postura moral de indignación a los discursos de la extrema derecha. La indignación no es en sí misma problemática pero, si la reducimos es una simple reacción individual, será fácilmente recuperable por los partidos dominantes y, en última instancia, inofensiva, porque es  incapaz de aunar responsabilidades y tareas políticas colectivas.

De la misma manera, hay que advertir contra la tentación intelectualista de reducir el antifascismo a una refutación puramente intelectual de los “argumentos” de la extrema derecha.
No es que debamos negarnos a enfrentar el fascismo en el terreno de las ideas, pero no podemos engañarnos a nosotros mismos en este punto: su progreso no es principalmente el producto de victorias intelectuales sino de las condiciones económicas, sociales y políticas,

Transformar estas condiciones debe estar en el primer lugar de la acción política. Tanto la indignación como la batalla intelectual son productivas sólo si forman parte de una lucha colectiva por otra sociedad, en otras palabras, por una política de la emancipación.

Una segunda condición es deshacerse de la ilusión institucional que se manifiesta en dos niveles. El primero es lo que se llama el “frente republicano”, que consiste, para decirlo rápidamente, en la alianza política con todas las fuerzas no fascistas.

Este enfoque es puramente defensivo, estrictamente electoral y pone a los antifascistas junto a partidos cuyas políticas continúan alimentando el ascenso de los fascistas. De hecho esta política justifica la idea promovida por la extrema derecha , que se autodenomina como la  única amenaza para el sistema y  por  tanto, la única alternativa.

Al rechazo del enfoque del “frente republicano” no excluimos un llamado a votar para eliminar el peligro inmediato de una victoria fascista en las elecciones, si al menos esta apelación se distingue claramente de cualquier forma de alianza y  si está acompañada por una crítica pública a  las fuerzas burguesas o “reformistas”.

Hay que combinar la estrategia de lucha antifascista con un proyecto político de ruptura con el orden existente.

Por lo tanto, fue justo llamar a votar por Haddad en Brasil para enfrentar el peligro representado por Bolsonaro, pero no se debe entregar un cheque en blanco al PT . Hay que insistir en las movilizaciones posteriores a las elecciones para rechazar la extrema derecha.

La ilusión institucional es también la creencia que  las instituciones políticas y de los estados “democráticos” pueden “digerir” los movimientos fascistas, y prevenir la dictaduras. Todo esto que se afirmaba que el siglo 20  ha sido contradicho por la historia . Y es la gente – especialmente las minorías y los activistas del movimiento obrero – los que pagaron el precio de estas creencias . Hay varias razones para esto, pero podemos mencionar dos rápidamente.

En primer lugar, todos los regímenes “democráticos” prevén medidas excepcionales que el ejecutivo puede usar en circunstancias en que la seguridad del estado se considera “amenazada”: los fascistas generalmente sólo  tienen que utilizar estos procedimientos legales para instalarse en el  poder y construir la dictadura.

El estado no es un árbitro neutral. Cuando facciones más prominentes de las clases ricas deciden apoyar a un partido fascista, el estado, especialmente el aparato estatal represivo, no sólo hace la vista gorda ante sus acciones criminales, sino que también colabora activamente con ellos, destruyendo el movimiento obrero y armando a las pandillas fascistas. Esperar que la policía, el ejército o la justicia nos protejan de los fascistas, es cavar nuestra propia tumba.

Por lo tanto, cualquier iniciativa que vaya en la dirección de la autodefensa popular debe ser acogida positivamente, alentada y sistematizada por las organizaciones sociales.

Una tercera condición es el rechazo a un sectarismo que puede tomar diferentes formas (construcción del único partido verdaderamente revolucionario, pretensión de encarnar a la clase obrera, etc.). 

Todas estas pretensiones conducen negarse a ponerse de pie y aislarse . Hay que poner de pie a todos aquellos que aceptan un programa de defensa de los intereses de la mayoría de la población, la mayoría que lucha contra la opresión, y  por conquistar una verdadera democracia (que presupone tomar el poder sobre la producción, socializando  la economía).

El frente antifascista de nuestro tiempo puede parecer difícil de construir, porque hoy en día no puede ser decretado desde arriba por fuerzas limitadas y fragmentadas. Esto no significa que no se debe perseguir con obstinación y paciencia, porque no se puede simplemente esperar que una movilización espontánea alcance la unidad antifascista .

Las organizaciones políticas, sindicales y asociativas tienen y tendrán un papel que desempeñar, pero su implementación debe estar vinculada orgánicamente a la vida de los ciudadanos , más que sus miembros o simpatizantes.

Una cuarta condición es la estrecha conexión que debe establecerse entre el antifascismo y el antirracismo político.  El racismo, especialmente el islamofóbico y las políticas anti-migratorias son productos sociales cuyo resultado final puede ser el fascismo. Ningún antifascismo serio puede ignorar este problema. El frente antifascista debe, por lo tanto, extenderse a todas las organizaciones y colectivos que luchan contra las opresiones estructurales.

Para concluir, diría que si la cuestión del fascismo es tan crucial para nosotros, es que, más allá de la resistencia inmediata, plantea el problema de la alternativa, la peste marrón no puede ser derrotada por una lucha estrictamente defensiva, pero si puede ser vencida por una lucha que asuma la conquista del poder.

El fascismo puede definirse como el movimiento real que, en una época de crisis orgánica del capitalismo, perpetúa el orden establecido con el terror . Sin embargo el fascismo se presenta asimismo como radical e incluso revolucionario. Por tanto una defensa que acepte el mundo tal como no sólo es muy poco atractiva y nos  llevará al fracaso. 

Hay que generar un  “movimiento real que cambie el estado actual de cosas” del que hablaron Marx y Engels. Depende de nosotros, colectivamente, imaginar sus formas y forjar los medios."

(Entrevista al historiador Ugo Palheta realizada por Selim Nadi ( Revista francesa Contratemps”), en Krítica, 07/02/19)