"A finales de los años treinta, las autoridades de Mallorca exigían
pureza sanguínea a las interesadas en contraer matrimonio, una práctica
de la que no se ha hallado constancia en el resto de Balears ni en otras
regiones del Estado.
“Deseando demostrar que pertenezco a la raza Aria y no Hebraica,
suplico a V.S. que se sirva expedirme un certificado en el que conste
dicho concepto”. El 19 de enero de 1939, Margarita Horrach, vecina de
Palma, se dirigía por escrito al auditor de guerra y entonces alcalde,
Mateo Zaforteza Musoles, para acreditar que no tenía ascendencia judía.
Como ella, al menos otras 45 mujeres, acompañadas por varios testigos,
hacían lo propio ante los máximos responsables municipales. En plena
vigencia de las leyes raciales y antisemitas de Núremberg –que
preconizaban la superioridad de la raza aria–, las mujeres de Mallorca
debían obtener un certificado de pureza sanguínea si querían contraer
matrimonio con militares italianos y alemanes, una práctica de la que no
se ha hallado constancia en el resto de Balears como tampoco en otras
regiones españolas.
Ocultos en el hueco de una pared de la Secretaría General del
Ajuntament de Palma, bajo una espesa nube de polvo y salpicados por
excrementos de paloma, los expedientes de limpieza de sangre fueron
hallados en 1998 por el historiador y entonces archivero Pedro de
Montaner. Su mujer, la también historiadora Magdalena de Quiroga,
decidió entonces documentar los casos e investigar qué fue lo que
sucedió. A su juicio, que los papeles se encontrasen escondidos tras
otros legajos es “una muestra clara de querer hacerlos invisibles”, como
expone en el libro que, más de veinte años después del hallazgo, ha
publicado bajo el título Expedientes de limpieza de sangre en Mallorca entre 1938 y 1940, recientemente editado por Llibres Ramon Llull.
“Al defenderme del judío, lucho por la obra del Supremo Creador”, dejó escrito Adolf Hitler en sus memorias, Mein Kampf (Mi lucha).
Era 1935. El 15 de septiembre de ese año, la Alemania nazi daba luz
verde a la Leyes de Ciudadanía del Reich y para la Protección de la
Sangre y el Honor Alemanes, el cuerpo legal que legitimaba la
persecución de los judíos en el país germano. Entre otros preceptos, las
nuevas normas prohibían los matrimonios mixtos entre 'arios' y judíos y
decretaban que los ya existentes debían disolverse. Centenares de
parejas fueron convocadas por la Gestapo entre 1942 y 1943 para ser
examinadas y detenidas provisionalmente. Varias semanas después, la
mayoría de ellas serían deportadas a los campos de concentración de
Auschwitz.
El espíritu de las Leyes de Núremberg no tardó en extenderse por
Europa, llevando a países como Francia, Italia y Suecia a promulgar sus
propias normas raciales. “Bastaba con que uno de los progenitores fuera
de raza hebraica para que todo el peso de la ley cayera sobre la
familia y los hijos o que perdiera la patria potestad sobre ellos”,
subraya Quiroga respecto al país transalpino, que en 1938 daba luz verde
a su Provvedimenti per la difesa della razza italiana. En la
misma línea, Francia prohibió los matrimonios mixtos. Y Suecia fue mucho
más allá. Como investigó Anders Largert –y recoge la historiadora
mallorquina en su libro–, el país nórdico exigió a todo aquel que
quisiera casarse con ciudadanos alemanes una “declaración de honor” que
demostrase que ninguno de sus abuelos fuera descendiente de judíos e
incluso, durante más de cuarenta años –hasta 1996–, llegó a esterilizar a
230.000 personas por razones de “higiene social y racial”.
Salvo en Mallorca, no hay expedientes similares en España
La investigadora señala que, en el caso de España, salvo en
Mallorca, se desconoce la existencia de expedientes similares. “O
desaparecieron o no se llegaron a elaborar”, recalca. Quiroga asevera
que no hay que perder de vista la situación en la que se hallaban en la
isla las familias oficialmente consideradas de ascendencia judía, que
difería del resto del país en general y de Menorca y Eivissa en
particular. Y es que las conversiones masivas llevadas a cabo durante
los siglos XIV y XV habían prácticamente borrado el recuerdo de los
antiguos apellidos judíos.
Sin embargo, en Mallorca, el hecho de que en el desaparecido
convento de Santo Domingo fuesen expuestos públicamente los nombres de
los condenados en los actos de fe del último tercio del siglo XVII –solo
en 1679, ante una multitud expectante, se celebraron cinco actos de fe
en los que fueron sentenciados 221 conversos– perpetuó su memoria.
La principal particularidad que unía a todos ellos eran 15
apellidos (Aguiló, Bonnín, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó,
Piña, Pomar, Segura, Tarongí, Valls, Valentí y Valleriola) que conforman
el núcleo del linaje de los 'xuetes', nombre con el que se conoce a los
descendientes de una parte de los judíos mallorquines convertidos al
cristianismo. Como explica Quiroga, al término del Antiguo Régimen unas
2.000 personas (un 3% de la población de Palma) portaban estos
apellidos. Otros aspectos que les caracterizaban eran que prácticamente
todos ellos vivían y trabajaban en unas calles muy concretas de la
ciudad (en torno al antiguo 'call jueu'), se dedicaban principalmente al
comercio o a la joyería y mantenían unas estrictas relaciones
endogámicas.
“La perpetuación en el tiempo de algunos de los rasgos más
característicos de la apariencia física de los 'xuetes' se explica,
precisamente, por la endogamia y las estrechas relaciones de
consanguinidad mantenidas entre los distintos grupos y subgrupos de la
Gent del Carrer [como se denominaba a este colectivo]”, explica Quiroga.
La persecución de los conversos a partir de un auto de fe dictado por
las autoridades inquisitoriales en 1673 –que consagró oficialmente a los
'xuetes' como 'grupo judaizante'– creó entre ellos “un espíritu de
defensa contra la hostilidad exterior, que se traduciría en actos de
socorro mutuo y solidaridad”, añade. Ya a finales del siglo XVIII,
Carlos III intentó erradicar, mediante las Reales Cédulas de 1782, 1785 y
1788, la marginación a la que se encontraban sometidos los 'xuetes'
anulando todo tipo de diferencias entre estos y el resto de
mallorquines.
Sin embargo, el estigma no desapareció por completo y así fue
testimoniado a finales de los años treinta, mientras las fuerzas
fascistas de Benito Mussolini se asentaban en Mallorca para apoyar la
sublevación militar contra la Segunda República y la Alemania nazi
embestía imparable Europa. “Hitler insistía en que la contienda española
continuase de manera que la presencia italiana en Mallorca pudiera
continuar”, subraya Quiroga en su libro, en el que explica cómo, en poco
tiempo, la cifra de pilotos y mecánicos procedentes del país
transalpino alcanzó el millar.
Los italianos comenzaron a “lucirse” por las calles de Palma
Fue entonces cuando, relata, los italianos comenzaron a
“lucirse”, dejándose ver por toda la isla y, sobre todo, en Palma. Su
presencia era habitual en el muy transitado paseo del Borne y “las
mujeres de todas las edades no ocultaban su entusiasmo por aquellos
jóvenes que tan simpáticos se sabía mostrar, y ello exaltaba los celos
de los mallorquines, que tenían hacia ellos un sentimiento de rabia”,
como dejó plasmado el historiador Josep Massot i Muntaner en su obra La Guerra Civil a Mallorca.
¿Cuál era el problema? La investigadora explica que la política de
exterminio de los judíos inspirada por el gobierno alemán encontró “un
campo perfectamente cultivado en Mallorca, en donde 'se sabía' que
persistía un marcado desprecio hacia los descendientes de los judíos
conversos”.
Como detalla Quiroga, conocedores de la existencia del problema
'xueta' y de la posibilidad de identificarlos por sus apellidos, grupos
nazis dependientes del gobierno alemán reclamaron a España un censo de
los descendientes de los judíos mallorquines para poder deportarlos en
su momento a los campos de concentración, como estaban haciendo los de
Francia e Italia. Ante tal petición, el entonces Obispo de Mallorca,
Josep Miralles, intervino directamente para impedir que se entregasen
las listas, en las que figuraban los portadores de los 15 apellidos
'xuetes'. Sin embargo, la presencia de tropas alemanas e italianas en la
isla obligaba a los futuros pretendientes alemanes e italianos a
demostrar la pureza de sangre de sus prometidas. Fue entonces cuando
comenzaron a tramitarse los certificados que acreditasen que las mujeres
no tenían ascendencia judía para poder casarse con ellos.
Los documentos hallados en el Ajuntament de Palma configuran un
fondo inédito compuesto por 46 'expedientes sobre no pertenecer a la
raza judaica', como subraya la historiadora que ha investigado los
casos. Cada uno de los expedientes consta de tres partes: una instancia
escrita a mano o a máquina por la interesada o bien por sus padres
dirigida al alcalde en la que solicitan un certificado de no pertenencia
a la raza judaica o bien de pertenencia a la raza aria –o “Ariana” en
algunos casos, por su equivalencia en italiano–. Para ello, se
presentaban varios testigos, además del propio juramento. Otra de las
partes la constituía el testimonio jurado y firmado de los testigos
sobre la limpieza de sangre de la interesada –la limpieza afectaba a los
apellidos paternos y maternos–, mientras que por último se expedía el
propio certificado en el que se hacía constar que la mujer no pertenecía
a la “raza hebraica”.
En el escrito presentado por Margarita H., además de su deseo de
demostrar su pureza, también añadía que nunca había pedido limosna
mientras que otro de los escritos, el de Francisca Besalduch, finalizaba
con un “Dios guarde España y a V.E. muchos años” y un “¡Viva España! –
iSaludo a Franco! – ¡Arriba España!”.
En ninguno de los escritos aparecía el nombre de la persona con
quien la suplicante deseaba contraer matrimonio y, en varios de los
documentos, tampoco se hizo constar para qué se había solicitado. “Es
claro que, en el caso concreto de Mallorca, la indicación de no portar
los conocidos apellidos de judíos –es decir, los apellidos chuetas–
debió considerarse definitiva para probar la limpieza de sangre”,
comenta Quiroga, quien considera innegable que los consulados
interesados dispusieron de listados de 'xuetes' y que “no les fue
extraña la problemática social de la isla”, sostiene.
A juicio de la historiadora, el responsable del archivo
municipal de Palma debió de ocultar los expedientes al fondo de una
pared del Ajuntament “probablemente por miedo a futuras represalias, o
simplemente por vergüenza, en cualquier momento de la dictadura
franquista”. “Puede ser, como ha sucedido tantas veces con los
perseguidos y las minorías en general, para ocultar la realidad a las
generaciones futuras”, sentencia." (esther Ballesteros, eldiario.es, 12/10/22)