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28/3/23

A propósito de "Crítica de la razón puta. Cartografías del estigma de la prostitución" : Yo tenía una postura abolicionista cuando comencé a investigar la prostitución... tomé la decisión de realizar trabajo de campo porque concedí que quizás la realidad social de la prostitución tenía algo que enseñarme; y así fue, lo cambió todo... el discurso abolicionista pasa por encima de la mujer de carne y hueso en aras de la defensa de la mujer simbólica. Porque si la prioridad fuesen las mujeres reales que ejercen la prostitución no se aprobaría ninguna medida que aumentase su vulnerabilidad... Las trabajadoras sexuales en España tienen restringido el acceso a la vivienda, porque carecen de nómina para alquilar y eso beneficia a los empresarios, que solo les piden el pasaporte para alojarlas en los clubes. La ilegalización del alquiler de habitaciones que pretendía Podemos y que ahora está demandando el PSOE con su reforma del Código Penal, con toda la derecha a favor, complica todavía más este derecho. Gracias a la investigación de campo en países como Argentina o el informe de Amnistía Internacional en Noruega sabemos qué ocurre cuando se aplican estas políticas: incrementan los pisos clandestinos y los desahucios. Una voluntad política a la que de verdad le importe la seguridad y el bienestar de las mujeres que ejercen la prostitución estaría favoreciendo sus derechos sociales... Mientras tanto, las trabajadoras sexuales organizadas siguen tejiendo alianzas con los movimientos sociales y con otras mujeres precarias, dando ejemplo de lo que es el activismo: de base y colectivo

 "Crítica de la razón puta. Cartografías del estigma de la prostitución. Es el título del libro recientemente editado por la editorial La oveja roja. Su autora es Paula Sánchez Perera, titulada en filosofía, que ha recorrido un largo camino de investigación sobre el genérico tema del comercio sexual. Activista feminista, su tesis doctoral es precisamente la base de este interesantísimo libro, en el que ha recurrido de forma importante a conocer y reconocer a las propias trabajadores sexuales, en diversos ámbitos geográficos del Estado y de Argentina.

Begoña Zabala- Para escribir el libro y realizar la tesis, además del evidente trabajo de investigación bibliográfica y teórica, que aparece muy potente, ¿cómo te has enfrentado al tema del trabajo sexual desde la práctica y el conocimiento de las condiciones concretas de las trabajadoras. Me gustaría que comentases lo que ha sido tu actividad de inmersión real en el tema, contactos, entrevistas, acompañamientos, conocimientos. Y claro, la importancia que tiene para ti esta metodología.

Paula Sánchez. Yo tenía una postura abolicionista cuando comencé a investigar la prostitución, entonces para un TFM (Trabajo Fin de Máster), en el que como buena titulada en filosofía me limité a la teoría. Ya para la tesis doctoral tomé la decisión de realizar trabajo de campo porque concedí que quizás la realidad social de la prostitución tenía algo que enseñarme; y así fue, lo cambió todo. Estuve casi 5 años como voluntaria de intervención social en zonas de prostitución callejera de Madrid. Por eso, en el libro las vulneraciones de derechos (tanto las derivadas de la criminalización callejera como las que son fruto de la clandestinidad forzosa) se exponen a partir de casos de estudio del trabajo de campo. Además, al cambiar de postura entré en contacto con trabajadoras del sexo activistas y me decidí a entrevistarlas porque me interesaba especialmente su historia de resistencia frente al estigma, que se produce en el contexto de la militancia. Tanto para mi proceso de conversión personal como a la hora de privilegiar el análisis de las condiciones materiales esta metodología fue crucial, pero también el comprometerme con una epistemología feminista. Solo esta entiende que las trabajadoras del sexo no son sujetos de estudio, sino agentes de conocimiento sobre su realidad.

BZ. El estigma es el concepto estrella y central, si se puede hablar solo de uno, que atraviesa el libro y así aparece. Además de entrar en el concepto mismo para entendernos y ver de qué estamos hablando, ¿nos puedes contar cómo opera el estigma en lo concreto? ¿Deriva de la criminalización, de la marginación, de la estrechez moral y la doble vara de medir? Sí sería interesante ver cómo se pueden aminorar los efectos del estigma, mientras no desaparezca, si es que ello es posible.

Paula Sánchez. Un estigma no es un atributo concreto, sino un proceso social que surge cuando se interrelacionan varios componentes, como la marginación, el etiquetaje o la ausencia de poder social. Tampoco es un asunto individual, porque para que se genere un estigma se precisa de una estructura que lo estabilice, que en nuestro caso convierta una actividad en una identidad prefijada. Todos los juicios esencialistas sobre la prostitución beben de su estigma y tienen su origen en códigos normativos que separaron a unas mujeres de otras tejiendo una jerarquía de género. El código de Hammurabi de la antigua Mesopotamia y los modelos jurídicos decimonónicos estabilizaron una red de significados (pecadora, infecciosa, delincuente y víctima) que hoy perviven y se yuxtaponen, que incluso podemos rastrear en la prensa.

Ahora bien, en todas las sociedades patriarcales aparece como constante lo que las antropólogas han llamado el intercambio económico-sexual, que se produce en modalidades mistificadas como el matrimonio y otras que no, que son estigmatizadas. En otras palabras, lo que define y distingue a la prostitución del resto de instituciones del patriarcado es el estigma, por eso lo utilizo como hilo conductor a lo largo del libro para proponer una agenda alternativa para el debate, identificando las cuatro dimensiones de ese estigma. Una de ellas es la semántica, el significado de ese estigma y por qué tiene tanto que decirnos a todas las mujeres. En el patriarcado, mientras los hombres deben demostrar que son hombres, lo que a las mujeres cis se nos exige probar es que somos buenas. Esto lo vemos cada vez que salta a la palestra pública un caso de violencia sexual: para que la víctima resulte creíble se le exige probar que su reputación moral está intacta. Por eso digo que el estigma forma parte de la bipolaridad del género femenino, para el que dibuja un modelo de desviación social que desde la adolescencia aprendemos a rechazar porque sabemos que de lo contrario todo lo que nos ocurra será justificado como “culpa nuestra”. El estigma se constituye desde la antigua Mesopotamia hasta nuestros días como un dispositivo de control patriarcal de la reputación femenina, dividiéndonos en buenas y en malas para favorecer el control del trabajo reproductivo a través de la violencia simbólica y sexual. En síntesis, diría que ese estigma deriva de la moral patriarcal y su consiguiente institucionalización normativa a lo largo de los siglos.

¿Cómo reducir este estigma? Primero se debe de erradicar su dimensión estructural, es decir, su institucionalización normativa. Al igual que con el colectivo LGTBI, para poder trabajar en la reducción del estigma social antes debemos de eliminar la criminalización y el tratamiento legal discriminatorio. Entonces ya se puede trabajar en la dimensión social del estigma desde la educación en diferentes niveles y desde un enfoque multifactorial. Sin embargo, la dimensión semántica del estigma está instalada en el patriarcado mismo y requiere de un trabajo coordinado de los feminismos para derrocarla. Mientras haya guerra interna, habrá estigma, porque el estigma es una división de mujeres y requiere para su disolución que abracemos una sororidad radical en el movimiento. Es decir, que conquistemos la igualdad política entre las mujeres, reconociendo a la otra con capacidad de tomar decisiones responsables para su vida, aunque no fuesen las que tomaría una para sí misma.

BZ. Y hablando del estigma podemos ahora entrar también a ver si los clientes están también estigmatizados, o cómo están, y por qué los hombres que ejercen la prostitución tienen más disminuido los efectos negativos del estigma.

Paula Sánchez. Los clientes no tienen ni pueden llegar a tener ese estigma. Lo que ocurre es que, al relacionarse con trabajadoras sexuales, uno se contamina momentáneamente de su estigma, pero con dejar de consumir o confesarlo ese supuesto estigma se disuelve. Los clientes no pueden ser estigmatizados porque son hombres y la doble moral patriarcal dicta que los hombres, mientras se mantengan en la heterosexualidad, lo que hagan con su sexualidad no les marca ni les devalúa. Por esa misma razón el estigma que sufren los trabajadores sexuales es de otra clase, porque lo que a ellos les estigmatiza es principalmente la homosexualidad, más que la prostitución, que a menudo se intersecciona con otros ejes de opresión como la clase y la raza. De ahí que cuando el trabajador sexual sea un gigoló o un actor porno que solo realice prácticas heterosexuales es visto incluso como un arquetipo envidiable. En nuestra cultura los insultos característicos para cada género (puta para las mujeres, maricón para los hombres) ilustran perfectamente las raíces de los estigmas vinculados al género, pero no son intercambiables.

BZ. Un tema que me parece interesante para analizar en la actualidad es el de la legislación sobre la prostitución, en todos los campos y para todas las personas que resultan afectadas por ellas. Es decir, no solo las mujeres que ejercen la prostitución, sino las personas que tienen clubs y los regentan, o las personas que pueden alquilar pisos. Si se organizan en cooperativas las trabajadoras sexuales, ¿se verían afectadas de alguna forma las participantes? ¿Qué supone en términos legales y prácticos que no puedas montar un sindicato?

Paula Sánchez. Es importante tener en cuenta que la legislación ha sido siempre bien diferente para la patronal, que ha estado reconocida por el Tribunal Supremo desde 2004, a partir del caso Mesalina, y que suele tener a las asalariadas trabajando en sus clubes como falsas autónomas. Esto lo explico en el libro a través de un caso de estudio, el de los procesos judiciales que emprendió Evelin Rochel contra su club de alterne y que nos permite entender toda la gama de derechos vulnerados a consecuencia de la clandestinidad forzosa en la que se ejerce.

Con respecto a las cooperativas de trabajo asociado, si bien son una solución para una minoría que reúne las condiciones, siempre que se han intentado conformar la administración, que tiene la última palabra, las ha obstaculizado. De todas formas, aunque es una vía interesante, desresponsabiliza al Estado de las protecciones laborales que quienes ejercen precisan.

Por otro lado, el sindicato OTRAS es perfectamente legal y así lo ratificó el Tribunal Supremo en 2020. El problema es que la relación laboral en prostitución continúa siendo ilegal, aunque sí esté reconocida en otras modalidades como el alterne o el porno. Llegamos así a una situación paradójica porque la actividad sindical está legitimada en la prostitución por cuenta propia, mientras que quienes estén por cuenta ajena carecen de herramientas para limitar el poder del empresario, hacer valer sus intereses, garantizar condiciones de trabajo, salud y seguridad mínimas e incluso denunciar la explotación laboral.

BZ. Con esta reciente ley de la libertad sexual, hubo unos momentos terribles y muy negativos para los derechos de las trabajadoras sexuales cuando, en fase de debate, se metió la tercería locativa como delictiva. Ya todas las discusiones que siguieron se fijaron ahí, exigiendo la eliminación de tal propuesta puesto que ninguneaba totalmente la voluntad y la capacidad de agencia de las trabajadoras, pues se introducía la coletilla de considerarlo delito "aunque se produzca con el consentimiento de las mujeres". ¿Qué opinas de esta penalización? Precisamente una ley que llaman del sí es sí, resultaría que sí se afirma la asertividad, pero no si es trabajadora sexual.

Paula Sánchez. Puede resultar paradójico que una ley que pretende afirmar y garantizar el consentimiento de las mujeres acabe anulando el de otras, pero no es ninguna paradoja: es una contradicción. Una contradicción perenne en el discurso abolicionista que pasa por encima de la mujer de carne y hueso en aras de la defensa de la mujer simbólica. Porque si la prioridad fuesen las mujeres reales que ejercen la prostitución no se aprobaría ninguna medida que aumentase su vulnerabilidad como esta, que las estaba desahuciando. Las trabajadoras sexuales en España tienen restringido de base el acceso a la vivienda, porque carecen de nómina para alquilar y eso beneficia a los empresarios, que solo les piden el pasaporte para alojarlas en los clubes. La ilegalización del alquiler de habitaciones que pretendía Podemos y que ahora está demandando el PSOE con su reforma del Código Penal, con toda la derecha a favor, complica todavía más este derecho. Gracias a la investigación de campo en países como Argentina o el informe de Amnistía Internacional en Noruega sabemos qué ocurre cuando se aplican estas políticas: incrementan los pisos clandestinos y los desahucios.

Una voluntad política a la que de verdad le importe la seguridad y el bienestar de las mujeres que ejercen la prostitución estaría favoreciendo sus derechos sociales, en lugar de dinamitarlos y, desde luego, derogaría la Ley mordaza que lleva siete años sancionándolas por desobediencia a la autoridad y exhibición obscena. En cambio, para esta falsa izquierda la prostitución es una cuestión recurrente con la que arañar votos, por las ansiedades sociales que vehicula, y librar la batalla por el liderazgo del movimiento feminista; es un símbolo. Mientras tanto, las trabajadoras sexuales organizadas siguen tejiendo alianzas con los movimientos sociales y con otras mujeres precarias, dando ejemplo de lo que es el activismo: de base y colectivo."                          

(Entrevista a Paula Sánchez Perera,  , Viento Sur, 24/Mar/2023)

15/3/23

Camila Sosa es escritora y actriz. Su primer libro ‘Las malas’ dio la vuelta al mundo: cuenta la historia de un grupo de prostitutas travestis que manejan la navaja y el humor.

 "A la argentina Camila Sosa (1982, La Falda, Córdoba) los libros y la escritura le han abierto puertas y cerrado miserias, pero salió de la prostitución agarrándose con uñas y dientes a los escenarios. Actualmente sigue siendo actriz y recita versos de Federico García Lorca como si fueran oraciones. Su primera obra teatral establecía símiles entre ser travesti y las miserias y dolores de cabeza de las mujeres de la ficción del poeta de Granada. La crítica quedó ojiplática.

En los despertares de la vida de Sosa hubo más espinas que rosas: “Cuando me enamoro de mis compañeritos de escuela rezo para que me vean como una nena. Cuando comienzo a florecer, rezo para que las tetas me crezcan durante la noche, para que mis padres me perdonen, para que me nazca una vagina entre las piernas. Pero no. Entre las piernas tengo un cuchillo”. Leer su primer libro, Las malas (Tusquets, 2020) es un regalo, es reír y llorar, es realismo mágico desbordado y una pluma afilada y precisa al contar la historia de un grupo de travestis tan bravas como rotas. “Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo”. Las malas ha tenido tanto boca a boca y aceptación que se ha convertido en un imprescindible.

Su nuevo libro, de relatos, se titula Soy una tonta por quererte (Tusquets, 2022) y con él confirma que la literatura es su refugio y que todas podemos guarecernos en él. El primer relato, Gracias, Difunta Correa es el único que bebe de la vida real de Sosa para hacer función de prólogo e hilo conductor con Las malas. La Grace y Don Sosa, es decir, sus padres, inician una peregrinación al templo de Difunta Correa para pedir que su hija salga de la prostitución. Meses más tarde estrena la obra de teatro que establece símiles entre la vida de Camila Sosa y las mujeres de la ficción lorquiana. El éxito sube como la espuma y ella consigue dedicarse a las tablas y al ejercicio de la escritura. Soy una tonta por quererte es un conjunto de relatos de ficción (menos el primero) en el que los protagonistas habitan en la violencia, el dolor, lo que algunos consideran los márgenes pero ella reclama como centro.

¿Por qué habla de sí misma como travesti y no como mujer transexual?

Cuando yo empecé a travestirme no existía el término de mujer trans, en todo caso existía la palabra transexual, que venía de la academia queer del norte de América y de Europa. Dejaban claro que tenías que haber hecho una reasignación genital para ser transexual. Por otro lado, está el perfil del insulto, que me parece maravilloso. A nosotras nos insultaban diciéndonos travestis, a todas. A las que tenían las tetas de silicona, las que tenían las tetas de gomaespuma, las que tenían pito, las que se vestían solo de noche, o las que se vestían de día y de noche. Todas éramos travestis. Esa palabra actuaba como insulto y como llamada. Luego empecé a leer a algunas teóricas que decían: trasgénero es tal cosa, mujer trans es tal otra, transformista es tal otra, y hacían una especie de pesquisa alrededor de los genitales y la cirugía. Yo no me puse las tetas hasta hace dos años, y me acostaba siendo travesti y me levantaba siendo travesti. Mujer trans, esas dos palabras, me parecen una higienización, un intento de borrar el pasado, como pedir prestado el término mujer. No me interesa esa nomenclatura, y menos intentar leernos como si fuéramos un diccionario. La identidad de las personas es un misterio para todas, no solo para las travestis. Me parece aberrante que las personas se laven la vida: como las que fueron prostitutas y ahora son mujeres de sociedad y nunca más hablan sobre su pasado. O las travestis que dicen “a mí nunca me discriminaron”. ¿Cómo puedes lavarte hasta tal punto la vida? ¿Dónde está tu experiencia, las manchas y las cicatrices de tu pasado?

Cuando dice “comencé a travestirme”, ¿a qué se refiere?

Cuando me vestí físicamente de mujer y salí a la calle. Sería con 13 años. Me escapaba por la ventana y caminaba sola de noche. Me hacía ropa con sábanas y cortinas. El travestismo tiene que ver con la astucia. Ser mujer o ser varón era algo que te daban; te lo enseñan tus padres, el colegio, la iglesia y tus amigos. Pero nadie te enseña a ser travesti, era algo que aprendías intuitivamente. Me acuerdo de las primeras tetas que me hice. No sé cómo se me ocurrió cortar un trozo de colchón con forma de teta y pintarle el pezón. Tenía 14 años y no se lo había visto a nadie, pero yo quería ir al boliche de travesti. La sensación era de poder. De muchísima potencia. Ahora no tengo ninguna sensación parecida. Yo me iba al colegio de madrugada, caminando, había robado una máscara de pestañas en una perfumería, y una cuadra antes de entrar al colegio me la ponía con muchísima sutileza y esa sensación era como levitar, como estar a veinte centímetros sobre el suelo. Era como un crimen, una traición… en un pueblo donde al final acabaron persiguiéndome con piedras por ser quien era.

¿Y su padre y su madre?

Se enteraron por un amigo de mi papá. Tuve la sensación de que me odiaban. La cultura occidental enseña a odiar a las travestis. A mí me han llegado a insultar nenes que van a la escuela primaria. Nunca pude recurrir a mis padres para pedirles ayuda. Después de muchos años me dije: “Eran campesinos, no tenían otra salida, qué podían hacer”. El mundo y la sociedad, todo estaba dispuesto para que ellos tuvieran ese terror. Se acostaban a la noche y les escuchaba hablar: “¿Qué vamos a hacer?”. Mi papá decía: “Lo voy a mandar a una escuela militar”. Pero, ¿cómo podían reaccionar? En la tele éramos burladas, en los medios de comunicación nos ridiculizaban. Para ellos era lo peor que les podía pasar.

Cuenta que la literatura le salvó la vida porque era un espacio que se le permitía, que cuando la veían sumergida un libro la dejaban tranquila.

Sí, era una extorsión. Ellos respetaban que yo leyera y fuera culta. Para ellos era importante porque mis abuelos eran analfabetos y mis tías ni siquiera finalizaron la secundaria. Además era buena alumna. Siempre tenía 10 y los maestros me elogiaban. De hecho, fui abanderada [el alumno o alumna que tiene mejor promedio es el que lleva la bandera de Argentina en los actos escolares]. Ellos sentían orgullo y decían: “Mi hijo escribe”, y me dejaban tranquila.

Se fue a Córdoba a estudiar biología…

Sí, pero cuando llegué a inscribirme había mirado mal la fecha y estaba cerrada. Acabé anotándome en Comunicación Social. Era lo que estudiaba mi medio hermano más grande y, como a mí me interesaba escribir, pensé que podía hacer algo bueno de eso. Igualmente yo me tenía que ir del pueblo, si me quedaba me iban a terminar matando.

¿Ha vuelto al pueblo?

Siempre, mis padres viven ahí. Hay un poema de Sharon Olds que dice algo así como: “El daño que mi padre me hizo se está retirando”. Ahora, cuando voy al pueblo, no hay nadie. Las personas que me perseguían y que me cerraban la puerta no existen más. Y yo voy a pasear con mi mamá, al río, a tomar mate… por la noche salimos a cenar a algún restaurante. Durante mucho tiempo, cuando iba, conectaba con el miedo que pasé allí. Pero estos últimos años eso dejó de tener importancia. El daño que me hicieron se está retirando.

Estudiando Comunicación Social conoció al que sigue siendo hoy su mejor amigo.

Toda la vida con él. Él era maricón y, como se dice, volaron las plumas. Nos vimos y nos enamoramos. Hace trece o catorce años se fue de viaje por toda Latinoamérica y yo estuve dos meses tirada en una cama de la tristeza que tenía porque se había ido. Un amor enorme. Hicimos en la universidad un taller de teatro, y al tercer año me dijo que se iba a estudiar Teatro. Y yo le dije, “pues vamos”. Cuando entré en la Facultad de Teatro vino un profesor y me dijo: “¿Vos cómo te llamas?”. Habían tomado lista por Cristian Omar Sosa Villada y yo, discretamente, dije: “Soy yo”. Él me preguntó: “Pero, ¿cómo te llamas?”. Le dije que Camila, tachó el nombre y puso Camila. Sentí que estaba en casa. Casi todos mis amigos son de esa época. Pero no acabé ni Comunicación Social ni Teatro. Ejerzo ilegalmente la teatralidad y la comunicación [ríe]. Me van a llevar presa. Ojalá que sea una cárcel de hombres para yo ser la reina [nos reímos].

Es increíble lo culta y cómica que es usted. Digo increíble por la potencia con que conjuga ambas.

Di un taller de dos años en una cárcel de mujeres. Antes las travestis iban a la cárcel de hombres, pero con la Ley de Identidad de Género del 2012 las trasladan a la cárcel de mujeres. Iba allí y las ponía a leer. Al principio llegaba con libros con mucho tinte social. Con textos del poeta villero Camilo Blajaquis, un pive que estuvo preso por robo y empezó a escribir en un taller de la cárcel. O Réquiem para una reclusa de Faulkner. Y ellas me decían: “Pero si eso lo vivimos todos los días”. Lo mismo sucede cuando a las travestis les dan para leer mis novelas [ríe]. Inmediatamente se enganchaban a la lectura. Quiero contar esto porque a las travas les preguntaba si le gustaba estar más en la cárcel de mujeres o en la de varones. Y me decían: “La de varones, porque a las minas les gusta mucho el puterío y el chisme; y allá se follaba todas las noches”. Maravillosas.

¿Cómo sobrevivía en Córdoba mientras estudiaba?

Prostituyéndome. Estuve del 2000 al 2009. Nueve años. Se sobrevive con viveza travesti y con droga y con alcohol. Teníamos que estar anestesiadas. Más allá de los crímenes, con las travestis pasa una cosa curiosa, los hombres tienen una especie de miedo. Nosotras habíamos sembrado la idea de que éramos verdaderamente muy peligrosas. Muy deseables porque era todo prohibido. Las travestis rellenábamos la materia oscura del deseo: la oleosa, la que se te pega y queda pringosa. Y eso es lo que desean.

¿Cómo era la cooperación y la ayuda entre travestis prostitutas?

Llevábamos navajas, algunas les robaban a los hombres. He visto travestis dejar a hombres convulsionando en la calle a golpe de taconazos. No era algo continuo, ni existía por sí solo, existía en cuanto en tanto había un enemigo. A veces las enemigas éramos nosotras mismas, entre nosotras. Pero si aparecía la policía o algún cliente pelotudo todas cerrábamos filas. Eso que se dice ahora con tanta liviandad de la sororidad era lo que hacíamos todos los días. A veces a una le iba el día muy bien y decía: “Venid a comer a casa”.

Cuenta que a la prostitución llegó por la pobreza y que siendo pobre es complicadísimo salir de ahí. Usted ha sido la excepción que confirma la regla.

Me empujaban a ser pobre y no tenía ninguna posibilidad de hacer otra cosa. Hice esfuerzos: limpiaba casas, cosía ropa, hacía remiendos, vendía cosas en la calle. El capitalismo es un sistema prostituyente. No sé qué diferencia hay entre ser prostituta y tener que estar catorce horas filmando el capítulo de una miniserie. También pones el cuerpo, también te manipulan, no hay descanso. Todos estamos poniendo el cuerpo de alguna manera. La cuestión de la prostitución es el cuerpo, y todavía hay mucho tabú. Como dice Margarite Duras, hay matrimonios en los que la esposa es una prostituta privada. Lo que no puede ocurrir bajo ninguna circunstancia es que el cuerpo de una mujer o el cuerpo de una travesti esté gestionado por un tratante.

¿Echa de menos algo de aquella época?

Sí, todo. Ahora estoy siempre cansada y en esa época no lo estaba. También guardo algunas buenas amigas. Pero sobre todo echo de menos el salvajismo, la juventud y el vivir de noche."           (Rocío Niebla  ,  Rebelión, 08/10/2022)

31/8/22

Madame Claude, la madame de los políticos, banqueros, industriales e intelectuales de los 60 y 70 del pasado siglo, entre los que se encontraba el presidente Kennedy

 "Proxenetismo: violencia mental y emocional.

 Para el DRAE proxenetismo es el acto u oficio de proxeneta, definiendo al proxeneta como aquella persona que obtiene beneficio de la prostitución de otra.

Técnicas del proxeneta

Básicamente estas son las principales técnicas de un proxeneta con la prostituta:

1. Adulación y enamoramiento. El proxeneta identifica a una mujer en situación de vulnerabilidad. La adula, le promete una vida estable y amorosa. Una vez enamorada, usa chantajes sutiles y luego la invita a actuar por amor.

2. Traslado y endeudamiento. El tratante promete una vida de progreso en otro lugar, convenciéndola de que ella no tiene nada que perder y mucho que ganar. Pero cuando la mujer llega a su destino, la realidad es otra. A cambio, se exige el pago de una deuda más alta que el costo real. Cuando la víctima evalúa sus alternativas, reconoce que está sola, bajo la presión de intereses diarios y la necesidad de enviar dinero a su familia. Empieza a considerar las ofertas del proxeneta.

3. Inducción a la prostitución y a la pornografía. El proxeneta le hace ver que en la prostitución podrá empezar a ganar dinero rápidamente. Con el tiempo, el proxeneta facilita una primera violación a cambio de dinero. A pesar de ella quedar destrozada, su nuevo contexto y sus nuevos amigos le hacen creer que esa es la mejor alternativa.

4. Adicciones forzadas. El proxeneta también induce y vende droga y alcohol a la mujer prostituida, para que ella apague su sufrimiento mental. La vida en la prostitución es insostenible, las exigencias de los hombres son cada vez más traumatizantes, ella siente alivio temporal al dolor y a los síntomas de estrés postraumático.

5. Aislamiento y privación sensorial. La mujer vive y es prostituida en espacios reducidos, sin objetos familiares o vínculos afectivos. El proxeneta logra así mantenerla desorientada y dependiente.

6. Agotamiento y debilitamiento físico. Las luces, el ruido, el frío… la falta de descanso y alimentación adecuada aumentan su vulnerabilidad y disminuyen su capacidad de autoprotección. La cantidad de encuentros con hombres la agota. Si la mujer se queja por cansancio, el proxeneta la amenaza con castigos y deudas.

7. Amenazas y degradación. Es común que se le exija la cooperación con la red invisible de la que es parte. La mujer es constantemente degradada mediante el abuso verbal. El proxeneta la logra debilitar mental y emocionalmente y que ella asuma la responsabilidad del abuso y los castigos.

8. Torturas. La mujer se disocia o desconecta para controlar el dolor de las perversiones de los que pagan por sexo. El proxeneta cuando la castiga le golpea en el cráneo, porque ahí no se notan las heridas.

9. Indulgencias ocasionales. El proxeneta genera competencia entre las mujeres, refuerza la idea de adecuar sus cuerpos para complacer el deseo de los hombres. La mujer debe permanecer atenta para tratar de complacerlo siempre. Ahora ella ve el mundo y se ve a sí misma como la ve el proxeneta.

10. Omnipotencia. El proxeneta logra que la mujer no sólo sienta miedo a la muerte, sino gratitud por dejarla vivir (Síndrome de Estocolmo).

Madame Claude

Como ejemplo ilustrativo de proxenetismo, voy a comentar el caso de Madame Claude, fue la proxeneta más conocida de la Francia de los sesenta y setenta del siglo XX, época en la que regentó una red de prostitución de lujo. Trabajó con aproximadamente de 500 mujeres, y también varias decenas de hombres, en su mayoría modelos e intérpretes que intentaban hacer carrera en el París de la época. Políticos, banqueros, industriales e intelectuales recurrieron a sus servicios. 

Entre sus clientes se citan personalidades como John F. Kennedy; el enlace se organizó directamente entre Madame Claude y Pierre Salinger, el secretario de prensa de Kennedy. Cuando Salinger propuso el arreglo por primera vez, Claude lo rechazó, temiendo las muchas cosas que podrían salir mal si la visita del presidente a una prostituta se descontrolaba. Pero Salinger, el cerebro detrás de muchos de los discursos más impactantes de Kennedy, convenció a Claude de que cualquier problema podría funcionar a su favor, que un escándalo la convertiría en una leyenda para los franceses que se sienten cómodos con el sexo, y que un coqueteo exitoso la llamaría la atención. de los hombres más poderosos del mundo. (el Heraldo de México, 11-04-20121). 

En cambio, Madame Claude siempre insistió en no revelar los nombres de los franceses que frecuentaron su salón, situado en el exclusivo distrito 16 de la capital francesa. Fue una apreciada informadora de los servicios secretos, que no dudaron en protegerla durante años a cambio de sus revelaciones. 

Con la llegada de Valéry Giscard d’Estaing al Elíseo en 1974, el proxenetismo empezó a ser duramente perseguido, tras haber sido medianamente tolerado. La confidente en la sombra perdió entonces todos sus privilegios. Perseguida por estafar 11 millones de francos a Hacienda, decidió exiliarse en Estados Unidos, antes de volver a Francia a mediados de los ochenta para montar un negocio de call girls, idea importada de su país de acogida.

Ley de Libertad Sexual

En España, la Ley de Garantías de la Libertad Sexual, aprobada el martes 10 de Julio pasado en segunda vuelta por el Consejo de ministros, incluye en su texto penas de hasta 3 años de cárcel para los dueños de prostíbulos, así como el cierre del local. Este castigo se aplica independientemente de que la persona prostituida haya dado su consentimiento. 

Esta norma, más conocida como la ley de 'solo sí es sí', se impulsó tras la sentencia del caso de 'La Manada' de Pamplona. El Gobierno castigará el proxenetismo con hasta 3 años de cárcel y el cierre de los locales. Esta figura, que se eliminó del Código Penal en 1995, penaliza a los dueños de locales de prostitución. En concreto, la Ley de 'solo sí es sí' recoge "con ánimo de lucro y de manera habitual destine un inmueble, local o establecimiento, o cualquier que quien otro espacio, abierto o no al público, a favorecer la explotación de la prostitución de otra persona", será "castigado con pena de prisión de uno a tres años y multa de seis a dieciocho meses sin perjuicio de la clausura" del local.

Destaca que "la pena se impondrá en su mitad superior cuando la prostitución se ejerza a partir de un acto de violencia, intimidación, engaño o abuso". Con esta reforma del Código Penal se amplía la legislación actual en esta materia, que sí recogía como delito el coaccionar, engañar o abusar de alguien para prostituirlo en beneficio propio. Pero, además, la Ley de 'solo sí es sí' amplía las penas para estos últimos. Si ahora el Código Penal recoge estas penas de entre dos y cinco años, y multa de doce a veinticuatro meses; el nuevo texto del Gobierno recoge penas de entre tres a seis años y multa de dieciocho a veinticuatro meses. También se incluye un nuevo supuesto por el que se le aplicará al autor del delito las penas previstas en su mitad superior: que la víctima esté en estado de gestación.

Por último, compartir esta reflexión sobre el paradigma del sexo de Woody Allen: “El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores”."            (J. M. Manzano Callejo, Nueva Tribuna.es, 26/08/22)

3/3/22

"Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente"

 "Cuando su madre se moría, Julián Herbert (Acapulco, 1971) se sentó a su lado a limpiarla. Y a escribir. Canción de tumba (Random House) es la historia de esa madre, que se ganaba la vida como prostituta, y la suya propia, plagada de huidas y búsquedas en las adicciones. También su poesía o cuentos son una celebración desatada y una lucha contra sí mismo, su miedo y su soberbia. “Lo malo de ser hijo de una puta es que muchos actúan como si la puta fueras tú”, dice mientras caminamos en Ciudad de México. Pide que le disculpe: él tiene que andar por el lado de la calzada. Es su instinto protector. “O machista, si quieres”. 

En un puesto de tacos pide un sidral. No para de dar pesos a todo el que le pide. “Es parte de estar aquí. En Saltillo es distinto”. Acaba de llegar en autobús para devolver a su hijo Leo a su madre. Tiene dos hijos anteriores. “Y la hija de Sylvia, de 18 años, que he adoptado”. ¿De dónde saca fuerza para casarse cada vez? “Le tengo mucha fe a la vida de pareja”.

“Soy un huérfano cínico, ex hijo de puta que ha leído a San Juan de la Cruz: sé que la tribu no me dará palabras más puras que las vulgares de Lorenzo Santamaría para hablarle a mi hijo: ‘Para que no me olvides, ni siquiera un momento”. ¿La vida está en esas canciones?

Son una de las grandes escuelas. Pero varía. El Gangnam Style no me dice nada. Y Bad Bunny, tampoco. Lo tradicional es lo que va quedando.

¿Hace falta que nos haga llorar?

Puede hacernos bailar. Dos o tres de Madonna. O Zorba el Griego, que tras la muerte de su hijo baila de dolor. El baile y el llanto tienen una conexión profunda.

Cuando reivindica a Santamaría, ¿crítica el esnobismo de cierta escritura?

No. Creo en el lenguaje culto. Lo que no encuentro es distancia. Mi trabajo es reducir esa distancia artificial entre la alta y la baja cultura.

¿Qué la ha provocado?

Pasar la vista por encima de las cosas y no entrar en ellas. Venía caminando con el GPS. Es enloquecedor. Uno puede sentarse a mirar un mapa o caminar, pero las dos cosas a la vez…

Cuando quiso ser padre con 21 años, su madre le dijo: “Ya no eres mi hijo, cabrón, no eres más que un perro rabioso”.

Mi mamá creció con un lenguaje sumamente violento. Su experiencia del mundo era la que reflejaba su lenguaje. Palabras que me resultaban habituales hace 15 años ahora me parecen violentas.

¿Por ejemplo?

Cabrón. Aprendí a ser muy mal hablado desde niño, pero en mi casa no se decían obscenidades: ni referencias a partes del cuerpo ni asuntos sexuales. Mientras me relacioné con mujeres de mi misma clase social no era un problema. Mis últimas dos parejas vienen de la clase media ilustrada. No me han impuesto un lenguaje, pero la experiencia cambia. La forma violenta del lenguaje tiene momentos de insulto y momentos en los que la costumbre hace que no se perciba como insulto.

 A su madre acabó limpiándola cuando estaba “borracha de transfusiones”. ¿Hay forma de amor mayor que cuidar?

La gravedad y la gracia, de Simone Weil, dice que no podemos dar a quienes amamos más de lo que nos da una obra de arte: que nos mejora la vida porque existe. Para mí, ese es el sentimiento del amor: dar. Creo que los sufrimientos amorosos tienen que ver con que no podemos dejar de ser egoístas. El amor no hace sufrir. Es el egoísmo de querer que las cosas sean como tú quieres y las personas se queden y no se mueran sometiéndose a tu voluntad. Eso no es amor. Son cosas que estorban al amor y a las que no podemos renunciar porque no somos monjes.

Acompañando a su madre, durante su leucemia mielítica, escribió su obra maestra Canción de tumba, a tumba abierta como casi todo lo que hace. ¿Fue un escape? ¿Una defensa?

Creo en la experiencia radical de la escritura. No quisiera escribir de otra manera. Aunque dejé de escribir poesía cuando Leonardo aprendió a hablar: qué flojera escribir obras maestras sin parar como esos novelistas tipo Vargas Llosa.

Habla de Leo, como si no tuviera tres hijos.

Nació cuando yo ya era un hombre más enfocado en la paternidad. Pero tiene 12 años. Está a punto de salir de mi marco de referencias. Adoro ser papá.

¿Cuál es el cansancio del padre?

El normal es físico: seguirlo cuando aprende a caminar. Pero lo extenuante es el asunto de las neuronas-espejo: uno siempre está leyendo a los demás en cada rasgo.

¿Tiene que ver con la ausencia de un padre en su vida?

Seguramente. No sé porque no tengo esa experiencia. Mi experiencia de ser hijo está acotada a ser hijo de mi mamá.

Guadalupe, Lorena, Vicky, Juana. Su madre cambiaba de nombre como las de otros cambian de peinado.

Era una experiencia de la identidad. Y la mexicanidad. Una de las formas de expresar el clasismo aquí es sabiendo cuántas generaciones has sido dueño de tu nombre. No lo vi hasta que jugué con eso en la novela. Los que no venimos de ningún lado no venimos tampoco de ningún nombre.

Su nombre de prostituta, Marisela Acosta, era fijo.

Sí. El único. Mi abuelo biológico se llamaba Pedro Acosta, aunque a ella la adoptó mi abuelo Marcelino.

De sus cuatro hermanos, solo usted viajaba con ella. Y cambiaba de colegio: Acapulco, Laredo, Oaxaca. ¿Por qué?

Mis hermanos se enfadarán, pero pienso que era su consentido. O esa es la fantasía que me hago. De ella aprendí a ir por el mundo como si todas las cosas fueran tuyas.

¿Sintió también lástima por ella? ¿Vergüenza?

De niño, no. Me dio en algún momento pena ajena verla muy borracha cuando volvía de trabajar. Su trabajo me avergonzó de mayor. Estaba muy resentido.

¿No sintió agradecimiento porque los sacara ­adelante?

Es que en la adolescencia te resientes con tu papá incluso si es Carlos Slim. Yo tenía además buenas herramientas para articular mi resentimiento: la pobreza, la prostitución. Eso se volvió para mí un tabú. Para mi hermano mayor, que vive en Japón, sigue siéndolo.

Vivieron en un cuarto levantado con bloques de hormigón y un techo de cartón donde entraban a gatas. Escribió: “Tres años de pobreza extrema no destruyen”. ¿Qué destruye?

Esa frase hoy la veo demasiado entusiasta. Hubo huellas que surgieron después. Lo que hace sangrar las heridas, viejas o nuevas, siempre es lo mismo: el orgullo, la soberbia. Lo que me ha hecho pedazos siempre no ha sido lo que he sufrido, sino no saber administrar las recompensas de la vida. No tener espesor emocional ni una visión suficientemente generosa. Lo más destructivo ha sido, y sigue siendo, lidiar con la soberbia. Soy un hombre muy soberbio. Eso es veneno puro. Y siempre se disfraza de una cosa nueva.

De un desahucio salvó las Obras completas de Oscar Wilde y el tomo 13 de la Nueva enciclopedia temática. ¿Cómo llega a leer y escribir quien no tiene nada?

No necesitas ni ser pobre ni ser rico para escribir. Va a suceder. Uno fantasea con eso, pero pienso que lo supe siempre.

Margarito J. Hernández, el último marido de su madre, le dijo que sería escritor.

Sí. Cuando mi madre me enseñó las primeras letras y logré escribir una palabra lloré. Walter Benjamin cuenta que empezamos a leer antes de saber leer: uno lee el clima, las expresiones… Antes del lenguaje ya existía una forma de leer.

También le recomendó que se fuera de México, que aquí era peso muerto.

Es la lectura de los periodistas: los escritores no le sirven de nada al país.

¿Era periodista?

Del tipo rancho-corrupto mexicano con una visión utilitaria y cínica. ¿De qué vas a vivir? Vas a morir de hambre. Mi hermano Jorge también creía que había que irse de México.

Y se fue a Japón.

Sí. Yo no me fui ni de Saltillo. Un poco para ir contra esa opinión.

¿Se quedó por resistencia?

Puede. Pero todo el tiempo tengo que vigilar que no sea mi soberbia.

¿Por qué salvó las Obras completas de Oscar ­Wilde?

Para ir en contra de ellas. Es un gran maestro de lo que no quisiera ser. Me gusta mucho que estemos aquí donde las mesas están medio jodidas. Vivo en un edificio viejo frente a una zapatería que antes era un cine. En los cuarenta, Edward Hopper pasó por Saltillo y pintó ese cine que veo todos los días. No es que yo viva allí por eso, pero por qué tiene que venir un tipo educado en Chicago para decirte que eso es importante y aquello otro bonito. ¿Por qué no puedes verlo tú? Si estás pensando en irte, no lo ves.

 Se queda, pero es autocrítico.

Creo en la figura de los aguafiestas. La única manera en la que pueden cumplir con su deber es yendo a una fiesta. La relación que tengo con México es intensa pero alejada del mexicano perpetuamente enamorado de su tierra.

¿López Obrador se ha vuelto muy populista?

Hay algo que cuesta ver desde fuera y desde ciertas clases sociales que se preguntan cómo es posible que siga teniendo tanta aceptación. Tras 70 años de gobernantes que nos han arruinado, es difícil cuestionar los errores de un tipo que lleva tres años montando un desbarajuste. No es que no haya corrupción ahora, seguro que hay mucha de la que todavía no nos hemos enterado. No es que el Gobierno sea honesto. Pero sí creo que hay un cambio de dinámica respecto a la corrupción. Y ese tema no se alcanza a ver. Creo que ha habido decisiones legislativas de largo plazo, como realizar consultas. Hacer el plebiscito ahora para él es decorativo: una manera de demostrar que tiene el poder. Pero como norma legislativa de futuro es importante. Significa que el presidente deberá enfrentarse a un control. Esas decisiones serán buenas a largo plazo. Pero lo que se ve ahora es nefastísimo. Se parece demasiado al pasado.

Se define como hartista: hace arte con el hartazgo.

Supongo que aprendí a ir a los extremos. Yo quiero más, de todo.

¿Le viene de la pobreza?

Seguramente. Pero aunque sigo lidiando con esa necesidad del hartazgo, ya no lo veo como una virtud, sino como uno de mis defectos. Es una de las múltiples encarnaciones de la soberbia.

 Hay mucho humor en lo que escribe.

Creo que viene de mi mamá, en el fondo sabes que todo es un poco ridículo, dramático pero chistoso. Poderte burlar de ti mismo es importante. Hay una sensibilidad que reacciona peor o mejor al ridículo. En parte viene dada por la cultura y en parte por el temperamento. Todos hemos estado haciendo el amor en una posición ridícula, ¿no? Casi todo puede ser ridículo. Piénsalo: tú y yo no nos conocemos y estamos hablando como si nos conociéramos desde hace 30 años.

Las drogas le dieron para un libro, Cocaína. “Tu novia te quiere, pero las montañitas blancas te quieren más”.

Son un sustituto de muchas cosas: una pareja o haber crecido sin padre. Todos somos yonquis de algo.

¿Sintió la tentación de pensar que cualquier derrumbe le iba a convertir en mejor escritor?

 Lo importante es la condición yonqui. No se me ha quitado. Ni se me va a quitar. Me engancharé con otras cosas. La diferencia es que ahora, cuando estoy crudo y me levanto por la mañana, tengo claro con qué tiene que ver mi sensación de resaca: con haberme burlado de alguien, con haber controlado un grado de ira. Son los restos de la vida emocional. He descubierto que necesito estar sobrio para poder ver esos restos y armar algo con eso. De la otra manera, la resaca es como la plastilina, que llega en colores y al mezclarla se vuelve toda de color marrón y pierde los colores. Si te detienes cuando todavía existen los colores, con eso se puede construir.

Ganó 100.000 pesos por un libro y compró bourbon y cocaína con la voluntad de suicidarse. Tenía dos hijos. Había dejado y vuelto a la cocaína.

Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente.

Lleva sobrio tres años.

Estoy ahora como recién licenciado, comprendiendo la sobriedad.

¿Cuántas veces lo ha dejado y ha vuelto?

Como cinco. Pero nunca había estado tres años. Ahora estoy en un programa. Antes siempre pensé que mi voluntad iba a poder controlar eso.

La soberbia.

Exacto. Aceptar que no podía fue liberador. Hace años hice un viaje a Baja California. Un pescador me contó su vida. Era muy hablantín. Dijo que siempre había sido pescador clandestino. Y hacía poco había entrado a trabajar como comisario del mar. “Me mandaron al mar para sacarme del mar”, decía. Entraron a su casa a revisarla y no encontraron nada. Pero esa noche él se despertó para mirar a sus hijos y al día siguiente pidió trabajo. Le dije que escribiría esa historia. Y hace algo más de tres años, Leo estaba conmigo un fin de semana. Me hice unas rayas y fui a ver cómo dormía. Me acordé de la historia del pescador. No fue una gran aventura. Fue eso: verlo.

No hay sobredosis mayor que la realidad.

Aprendí que hay trucos para curarse. Me levanto a las seis de la mañana. Hago una serie de lecturas. Medito. Corro cinco kilómetros. Subo y bajo las escaleras. Hago una hora de pesas. Eso me toma hasta las once de la mañana. Pero me da resistencia. Llego arrastrándome a la medianoche. Y ahí necesito cortar lazos. Menos con Sylvia [Georgina Estrada, también escritora y su pareja], corto con el resto del mundo. Y, claro, no eres buen amigo, no eres buen anfitrión. Jamás había disfrutado de la soledad no creativa. Cuando levantas pesas no tienes chance ni de pensar.

 Al final tienen razón los fanáticos del gimnasio.

Hay una cosa de ellos que no me gusta: están muy preocupados por cómo se ven.

Es una religión y para usted una salvación.

El control del cuerpo te da distancia.

A la edad de Leo, su hermano mayor lo salvó de ser violado por lo menos en tres ocasiones. Y le explicó cuáles eran los riesgos con los que tendría que vivir hasta convertirse en adulto.

La violación podía llegar de otros niños, de profesores, de adultos… Ojalá se tratara solo de protegerte de la curiosidad de otros niños.

Su hermano Jorge lo salvó porque él lo había ­vivido.

Sí. Me quiso avisar. Es un tipo fuerte. De esos peces que nadan con agresividad. Desde joven dijo que quería saber idiomas, salir del país, tener tres hijos, y… lo ha hecho.

Desde los 33 años canta en bandas de rock con nombres como Madrastras, La Dictadora, Bruja…

Ahora el grupo se llama Los Tigres de Borges.

¡Menos mal!

La música fue lo primero que llegó. Empecé escribiendo canciones con 15 años. Y con 18 cantaba en bares de Saltillo por unas monedas. Nunca he sido notable. Como dice Borges, con muy poco éxito, pero con mucha vocación.

De Saltillo, donde vive, ha escrito: “Se habla del problema de la entrada de droga en la frontera, no del tráfico de armas”.

El fiscal de EE UU considera que las drogas son ilegales en origen. Las armas, no. ¿Cómo llegan las armas a México? Los narcos tienen una cantidad de armamento impresionante que no se fabrica aquí. El periodismo no lo está cubriendo. Estados Unidos acusa a México de la entrada de drogas, pero la de armas ni se considera.

¿Qué teme ahora?

No entender cómo lidiar con las cosas de la manera menos destructiva posible. Lo que yo no entendía antes es que las crisis tienen una razón de ser. Y lo que necesito es verlas venir. Y aceptar que no tengo control sobre lo que va a venir. A Leo le van a pasar muchas cosas que yo no voy a poder controlar. No sé si Sylvia se va a enamorar de otro. No sé si tendremos dinero suficiente. Antes todo eso era mi sentido de la realidad. Ahora acepto la incertidumbre. Es esperanzador saber que hay una crisis a la vuelta de la esquina."                                     ( Anatxu Zabalbeascoa , El País Semanal,  24/12/21)

2/12/21

Clara Serra: «Algunos feminismos están dejándose seducir por el punitivismo neoliberal»... La trabajadora sexual, como figura, resulta inasumible para una concepción sobre la sexualidad que ha extendido tanto el peligro que acaba poniendo en cuestión la capacidad de decir «no» de las mujeres... cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. Esta contradicción recorre la actual ley de libertades sexuales del gobierno español de modo radical... es una ley que apuesta por establecer delitos «aun con el consentimiento» de las mujeres. Es una contradicción insalvable. En Estados Unidos, el feminismo abolicionista se alió políticamente con la administración de Reagan en la instauración de un marco feminista que era muy funcional a la batalla cultural de la derecha en la perpetuación de una moral sexual puritana

Clara Serra Sánchez es una filósofa, política y autora española especializada en feminismo

 "Clara Serra Sánchez es profesora de filosofía e investigadora en la Universitat de Barcelona, exdiputada de Podemos en la Asamblea de Madrid y autora de numerosos artículos y libros, entre ellos: Leonas y zorras: estrategias políticas feministas (2018), Manual ultravioleta Feminismo para mirar el mundo (2019) y coordinadora de Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de identidad (2021).

Interviene en los debates feministas actuales poniendo en tensión ciertas ideas y políticas hegemónicas que hoy despliegan algunas corrientes feministas. Además, es una de las voces más críticas del proyecto de Ley de libertades sexuales en España. En esta oportunidad, dialogamos sobre este aspecto, entre otros de sus interesantes planteamientos. ¿Cómo pensamos la identidad? ¿Sólo «sí es sí»? ¿Cómo entiende el feminismo el deseo? ¿Cuáles son los límites de una lucha que confía tanto en el código penal?

GH

Hacés un cuestionamiento de las luchas políticas basadas en la identidad,  incluso sos una de las autoras de Alianzas rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad. ¿Cuáles son los límites de las luchas centradas en la identidad?¿Por qué hablar de un feminismo que supere la identidad? 

CS

En cierto sentido, toda política es una política de la identidad. Las identidades son construcciones sociales que las luchas políticas pueden utilizar para enfrentarse al poder. En el caso del feminismo, es evidente que, por una parte, la identidad de las mujeres tiene que ver con el hecho de que las mujeres compartimos un lugar en el mundo, compartimos experiencias o incluso un destino social o económico, y que eso tiene que ver con el patriarcado. Hacer uso de esa identidad es una forma de volverse contra la desigualdad. Pero solamente si es en un sentido estratégico.

Cuando las luchas políticas olvidan el carácter instrumental,  y en cierto sentido ficticio (construido) de las identidades, las luchas pueden dejar de ser emancipatorias y, por el contrario, reproducir las categorías del poder, esencializándolas y reificándolas.

El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer», sino que en cierta forma es destruirla

El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer», sino que en cierta forma es destruirla. Es decir, trabajar por un mundo en el que esa categoría pierda importancia social y no lleve aparejado un destino para quienes la ocupan. Luchamos por el derecho de las mujeres a ser diferentes entre nosotras y para eso usamos instrumentalmente una palabra que ficciona nuestra identidad. Cuando perdemos de vista este carácter ficticio, hacemos políticas esencialistas y conservadoras que santifican y mitifican la identidad de las mujeres. Yo me opongo a esos feminismos.

GH

Las agendas del feminismo están marcadas por un fuerte pedido de intervención punitiva, de extensión del código penal para abordar diversos problemas que le atañen. La ley de libertades sexuales que aprobarán allá pareciera ser una gran demostración de eso. ¿Por qué pensás que sucede algo así? ¿El endurecimiento del código penal es compatible con el ideal de transformación social que podría contener el feminismo?

CS

Creo, como algunos autores están subrayando en la actualidad, que la fase actual del neoliberalismo se caracteriza por una deriva fuertemente punitiva. Es el efecto del retraimiento del Estado de bienestar y las políticas sociales. Ante el empobrecimiento masivo y la precarización de nuestras vidas hay una creciente incertidumbre y aumenta la sensación de inseguridad, riesgo y peligro social. Las políticas punitivas ponen como causa de ese riesgo a determinados individuos, o determinados grupos, en lugar de las políticas estructurales de empobrecimiento que generan fractura social. La paz social y el orden se prometen, así, a través de soluciones punitivas. Esto genera que, en las últimas décadas, los Estados liberales hayan aumentado el recurso de endurecer sus códigos penales. No solo en Estados Unidos, también en Europa.

Obviamente esto es incompatible, a mi entender, con las agendas de las izquierdas, que deben apostar por políticas sociales y económicas que enfrenten el neoliberalismo. Creo que determinadas izquierdas y también algunos feminismos están dejándose seducir por estas políticas punitivas y están siendo incautos colaboradores en este reforzamiento penal de las democracias liberales de nuestro presente.

La ley de libertades sexuales, como muchas de las propuestas que en el contexto norteamericano y anglosajón se han puesto en marcha contra la violencia sexual, tiene una clara apuesta por el código penal como mecanismo fundamental de corrección y pretendida transformación social. También algunas políticas LGTB tienen hoy en día un excesivo uso de las vías punitivas en su combate contra los “delitos de odio” y eso ha sido criticado por activistas LGTB y queer críticos como es el caso de Dean Spade.

GH

Hoy se habla muchísimo del consentimiento, y no por nada esta ley a la que nos referimos es nombrada como la ley del «sólo sí es sí». En varias oportunidades marcaste que resulta problemático pasar de decir «no es no» a «sólo sí es sí». ¿Cuál es la diferencia entre una y otra?

CS

Básicamente se cambia de un marco en el que se entiende que las mujeres son capaces de decir que «no» (y se las anima y empodera para decirlo), a un marco en el que, en la medida en que la sexualidad es siempre peligrosa o intimidatoria para las mujeres, esa opción es siempre imposible. Esto me parece altamente problemático, es una elección que creo que deberíamos debatir con mucha calma y cuidado. ¿Estamos dispuestas a asumir esa imposibilidad y dejar de trabajar por una sociedad en la que digamos «no»? ¿Qué cosas perdemos por el camino al asumir ese marco?

Esto no me parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como seres temerosos del sexo.

Quienes defienden el lema del «solo sí es sí» lo presentan como un marco superador y mejor porque es afirmativo, pero creo que esto es totalmente equivocado; el lema «solo si es “sí”» cobra sentido únicamente en un marco en el que se ha extendido el campo del no, es decir, en el que hemos decidido asumir como regla que, en principio y por defecto, las mujeres no quieren sexo. Esto no me parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como seres temerosos del sexo. Es más, es la sociedad patriarcal la que nos ha educado en la creencia de que ser una mujer decente es estar indispuesta al sexo, no desearlo, no estar esperándolo. Me parece correcto, por supuesto, cuestionar que un silencio sea tomado siempre que los hombres quieran como un «sí», qué duda cabe, pero me parece muy problemático que la respuesta a eso sea establecer categóricamente que todo silencio es un «no». El problema, justamente, es que estos marcos del consentimiento afirmativo tienen la necesidad de meter todo en el saco de un clarísimo «sí» o de un clarísimo «no». Esta clarificación exhaustiva de la sexualidad se lleva por delante el campo del «no sé». Es decir, yo defendería que, además de cosas que los sujetos saben que quieren y cosas que los sujetos saben que no quieren, existe un amplio margen de cosas que caen en el campo del no saber, de la duda y la incertidumbre (¡incertidumbre no solo de lo que el otro desea sino de lo que uno mismo o una misma desea!). Cuando el feminismo dice «no es no» creo que no cabe inferir que todo lo que no sea un «no» es un «sí»; más allá del «no» puede haber un «quizás», un «no sé» o un «ya veremos». En los marcos que se están imponiendo -en los que el «solo sí es sí» es un criterio para distinguir el sexo consentido de la violencia y el crimen sexual- estamos diciendo claramente que la ley puede y debe tomar toda ausencia de «sí» como un clarísimo «no», tan clarísimo como para implicar un delito penal exactamente igual que si la mujer hubiera dicho «no». Hay algo que se ha perdido por el camino. Pretender iluminar por completo el sexo y erradicar el espacio para el no saber no me parece en absoluto un avance feminista y, de hecho, me parece que limita la exploración sexual de las mujeres en los territorios opacos de su propio deseo y las convierte en responsables de responder a la exigencia de saber y decir siempre claramente lo que desean. El problema es que no siempre sabemos lo que deseamos y que tenemos derecho a no saberlo, a dudarlo, a explorarlo, a descubrirlo.

Por otra parte, que las mujeres digan «sí» en estos nuevos marcos actuales no implica tomar la iniciativa sexual. Decir, pronunciar o explicitar un «sí» es contestar, es responder a la demanda, a la pregunta o a la propuesta del otro (y contestar a lo que el otro plantea, además, afirmativamente). Para mí, un feminismo que pretenda defender las desobediencias femeninas tiene que poner el acento en la dirección contraria: defender la iniciativa sexual de las mujeres en la búsqueda de su placer y sus deseos; es decir, ser nosotras las que proponen, las que buscan al otro, las que se arriesgan, las que exploran. O sea, las que en todo caso, si esto fuera un diálogo, estarían en el lugar de quien pregunta, no de quien contesta. En los imaginarios sexuales que instauran los marcos del consentimiento sexual, ha sido borrado este lugar, se generaliza la posición de espera y de pasividad de las mujeres, se niegan y ocultan justamente las desobediencias femeninas, han desaparecido del mapa las chicas malas de toda la vida, las que tienen más ganas de sexo que los hombres y las que toman, contra los mandatos patriarcales, la iniciativa. La visibilización de esa posibilidad es fundamental, creo, precisamente porque ilumina algo muy importante. Las mujeres, cuando toman la iniciativa sexual, no siempre preguntan y ni esperan a tener un «sí» explícito por el otro lado o una claridad total. ¿Deberán empezar a hacerlo como requisito para no cometer un delito? ¿Podrían, bajo estos nuevos marcos jurídicos (y su aplicación por parte de una judicatura conservadora), ser más mujeres acusadas de acoso sexual?

Me parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los riesgos que implica la negociación sexual.

Me parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los riesgos que implica la negociación sexual. Es decir, el hecho de que no siempre está claro lo que quiere el otro. ¿No demuestran, justamente muchas mujeres, que se puede tener una iniciativa sin contar con la claridad absoluta y, al mismo tiempo, sin  ejercer violencia contra el otro? ¿No ha de ser ese el camino a seguir? Creo que una educación sexual feminista tiene que enseñar a los hombres a que se puede seducir sin violentar. Como también creo que una educación feminista tiene que enseñar a las mujeres a que recibir un «no», no es un ultraje vergonzoso o humillante. Si queremos animar a las mujeres para que puedan tomar los caminos que la cultura patriarcal siempre nos ha prohibido creo que la enseñanza debe ser: puedes lanzarte, arriesgarte, tratar de seducir a la otra persona y, si esa otra persona no quiere, esto no debe ser vivido como una humillación para las mujeres. Ser parte activa es, también, asumir que puedes recibir una negativa, que puedes haberte equivocado al interpretar al otro, que puedes haberte lanzado pero el otro no ha seguido el juego. Faltan en nuestros imaginarios sexuales más hombres que pudieran decir que no (frente a la idea del hombre con un deseo potente y siempre activo, que creo que forma parte de las exigencias de la masculinidad) y más mujeres que asumen los inevitables riesgos que implica toda negociación sexual (que nunca podrá ser totalmente nítida, clara y transparente). La conquista del terreno de la exploración, la posibilidad de adentrarse en un terreno sexual donde cabe el malentendido o el desencuentro con el otro, va de la mano de la conquista del «no es no». Se trata de un excelente lema feminista porque comunica a todas las mujeres que decir «no» es posible, que no tenemos que estar dispuestas y disponibles para complacer los deseos de los hombres. Como también comunica a los hombres que ese «no» debe ser siempre respetado.

Creo que, con respecto a estos objetivos que acabo de señalar, los actuales marcos que estamos instaurando son regresivos, suponen un paso atrás más que un paso hacia adelante.  El hombre sigue siendo la parte activa y la mujer la que responde a lo que le proponen otros. Y la sexualidad es un terreno tan hostil para las mujeres que no somos nosotras nunca capaces ni de emprenden la seducción ni de decir «no» a los deseos de los hombres. Me parece un marco conservador que en ningún modo está rompiendo con los viejos roles y papeles que nos asignaron a unas y a otros, sino que está redibujándolos desde la ley. Es un feminismo que asume la indefensión femenina en vez de trabajar por el empoderamiento y que, al asumir que no hay capacidad de decir que no, entrega al Estado el deber de decir «no», y de forma preventiva, por todas nosotras. 

Yo estoy de acuerdo, por supuesto, en que las leyes deben ser reformadas para delimitar algunas circunstancias en las que las mujeres no pueden decir que no (obviamente, los casos de violaciones en condiciones de no consciencia, o consumo de alcohol o drogas, exigen estar entendidos en nuestra legislaciones como circunstancias en la que, en ausencia de fuerza e intimidación, el consentimiento está imposibilitado) pero eso debe ser más una excepción que una regla. Evidentemente debemos mejorar nuestras legislaciones para que el derecho pueda reconocer adecuadamente esas situaciones u otras que impliquen una dificultad para el consentimiento, una imposibilidad de decir que no.

Pero las normas que se están aprobando en algunos países suponen algo sustancialmente distinto. No están completando lagunas o deficiencias, están redibujando por entero la manera de pensar la sexualidad. Instauran un marco que ha extendido el peligro sexual de tal modo que las mujeres han perdido, para siempre y en todo contexto, la posibilidad de expresar un «no», y eso nos lleva inevitablemente a enfoques paternalistas y securitarios.

GH

También respecto al consentimiento, hacés una diferenciación que me pareció muy interesante entre  voluntad y deseo. ¿Por qué es importante distinguirlo? ¿Podrías desarrollar esa idea?

CS

Creo que las actuales políticas sobre el consentimiento están construyéndose sobre una peligrosa confusión entre voluntad y deseo por la que no se sabe muy bien si consentir es lo mismo que elegir una cosa o que desearla. Y no son lo mismo. Una mujer puede elegir tener una relación sexual sin desearla y puede consentir sin deseo, no solo en el marco del trabajo sexual, sino también, en muchas situaciones de la vida cotidiana. Obviamente me parece positivo que aspiremos a que las relaciones sexuales sean deseadas, pero me parece muy peligroso hacer del «sexo deseado» el criterio del derecho penal para delimitar la violencia sexual. Se puede consentir o elegir tener sexo sin deseo y eso ha de ser respetado como una elección del sujeto, pero, además, es que se puede desear algo y, a la vez, oponerse a ello y decir que «no». Estos feminismos actuales que confunden voluntad y deseo y hablan de «consentimiento entusiasta», o de que una violación es una relación «no deseada», me parece que conllevan inevitablemente una visión moralista sobre el sexo en la que, al final, se está volviendo al modelo tradicional y patriarcal del amor, el sexo amoroso o el sexo bueno como sexo típicamente propio de las mujeres.

El derecho debe mantenerse lo más lejos posible de pretender conocer y juzgar lo que desean interna y profundamente las personas.

En efecto, la adecuación del deseo y la voluntad— querer lo que deseas y desear lo que quieres— podemos denominarlo «amor» y es importante que esa sea una opción, incluso algo muy deseable en la vida sexual. Pero las mujeres no siempre follan por amor, no siempre están reconciliadas con sus fantasías y sus deseos y el feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también,  a una sexualidad que ha sido reservada para los hombres. Por cierto que, la confusión entre deseo y voluntad, es decir, la identificación de la violación como una violación del deseo, es lo que ha llevado tradicionalmente a pensar -y a juzgar por parte de algunos jueces- que las malas mujeres, las que desean incorrectamente, las que desean demasiado, nunca podrían ser objeto de una violación porque de algún modo han deseado lo que les ha pasado. Virginie Despentes hablaba en Teoría King Kong de su propia violación y, al mismo tiempo, de las fantasías de violación que la habían acompañado siempre. Un feminismo que deposite en el deseo la verdad, la autenticidad y la pureza y lo invista como el criterio de validez frente a la violencia sexual ¿como aborda el hecho de que las mujeres deseamos cosas que no elegimos? No solo hay que defender que las mujeres no desean según los imaginarios del poder patriarcal. Hay que ir más allá: incluso si las mujeres desearan o fantasearan con cosas que tiene que ver con el poder, la dominación o la violencia, pueden decidir no llevar a cabo esos deseos, pueden mantenerlo en la esfera de la ficción, pueden decir que no con la voluntad, y ese ha de ser el único criterio válido para delimitar una agresión sexual. Si no, el feminismo empezará a penalizar a las mujeres por sus deseos o a instaurar un ideario moralista por el cual la buena feminista, la buena mujer, no tiene incongruencias, contradicciones o desacuerdos jamás entre lo que quiere y lo que desea. Necesitamos un feminismo que enfrente la violencia pero, al mismo tiempo, conserve para las mujeres la posibilidad de no siempre desear lo que quieren y no siempre querer lo que desean. Así que la violación no es un atentado contra el deseo, es un atentado contra la voluntad. Y, por cierto, el derecho debe mantenerse lo más lejos posible de pretender conocer y juzgar lo que desean interna y profundamente las personas. Esa pretensión es inevitablemente totalitaria y conduce directamente al moralismo y al punitivismo penal.

GH

En reiteradas ocasiones insistís sobre la importancia de que el feminismo retome su diálogo con el psicoanálisis. ¿Por qué?

CS

Justamente por este punto. El psicoanálisis es una filosofía para sujetos incongruentes, fraccionados, con una contradicción interior por la cual el deseo está relacionado con el subconsciente o, lo que es lo mismo, no siempre (incluso casi nunca) sabemos lo que deseamos. Esta es la perspectiva a partir de la cual ha de ser pensada la violencia sexual y el papel del derecho. Hay unos feminismos actuales, diría que son los hegemónicos, que piensan el mundo a partir de un modelo de sujeto coherente, sin fisuras, reconciliado angelicalmente consigo mismo. Un sujeto, incluso capaz de conocer, verbalizar y explicitar sus propios deseos.

El feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también,  a una sexualidad que ha sido reservada para los hombres.

Esta perspectiva por la cual no resulta problemática la transparencia de los deseos es una perspectiva profundamente voluntarista, racional y liberal, acríticamente liberal. Restituye al sujeto masculino de la razón y la voluntad que la cultura patriarcal y neoliberal ha encumbrado y que justamente el feminismo debe poner en cuestión. El psicoanálisis, como gran parte de la teoría crítica feminista, ha criticado los delirios masculinos que acompañan a esos sujetos hechos a sí mismos que siempre saben lo que quieren y creo que desde esa perspectiva es imposible no ver un voluntarismo muy acrítico y problemático en muchos de los actuales discursos sobre la sexualidad.

Si los discursos feministas van a prometer a las mujeres estar a salvo de la violencia a través de un escenario del consenso, pacto y contrato sexual que implica decir lo que deseamos y explicitar nuestro deseo, creo que nos están prometiendo seguridad sexual a cambio de convertirnos en esos sujetos masculinos de la modernidad. Creo que ese pacto no merece la pena, que debemos rechazarlo. Los feminismos deben trabajar contra la violencia sin pedir a las mujeres que, para poder esperar estar a salvo, se conviertan en seres luminosos e iluminados que conozcan y puedan contestar siempre con claridad acerca de lo que desean. Ese es justamente el reto propiamente feminista y creo que para trabajar en ese camino hay que salir de las limitaciones de los actuales marcos del consentimiento o, mejor dicho, salir de las concepciones del consentimiento que están en las actuales políticas hechas en nombre del consentimiento.

GH

Podríamos decir que los debates actuales que atraviesa al feminismo en realidad son históricos. Creo que vos lo planteás muy bien en varias de tus intervenciones, recuperando aquellas discusiones de los feminismos a partir de los años 80. Si bien es otro contexto, ¿hay cierta radicalización de estos debates? ¿Cómo se explica este fenómeno en la actualidad?

CS

En efecto, los debates que acontecieron a partir de los años 80 en el contexto americano explican muy bien las preguntas y los desacuerdos actuales; esos debates siempre han estado ahí, nunca se fueron del todo porque nunca se superaron. Hay muchas maneras feministas de pensar la sexualidad, la violencia sexual y la libertad sexual. Y a los actuales debates les preceden distintas genealogías. La mía es la del feminismo prosex y queer que se opuso a las leyes de prohibición de la pornografía y que defendió el derecho de las mujeres a jugar en el terreno de la ficción con los roles de poder (BDSM) y la necesidad de no juzgar los deseos femeninos desde una nueva normatividad moral feminista, que apostó siempre por ampliar la libertad (también la sexual) fuera de los marcos securitarios del derecho penal. En efecto, en esas estamos también ahora.

GH

¿Las políticas que estigmatizan y criminalizan el trabajo sexual se cristalizan en estas discusiones históricas? ¿Cómo habría que pensar la hostilidad que se libera, incluso desde el feminismo, contra las trabajadoras sexuales?

CS

La trabajadora sexual, como figura, resulta inasumible para una concepción sobre la sexualidad que ha extendido tanto el peligro que acaba poniendo en cuestión y, como decía antes, de manera ilimitada, la capacidad de decir «no» de las mujeres. Es decir, para una concepción que ha renunciado a considerar que las mujeres tengan voluntad autónoma y capacidad de que esa voluntad se pueda abrir paso en el terreno de la sexualidad. La cuestión del trabajo sexual revela las contradicciones del feminismo radical abolicionista y su deriva hacia una concepción paternalista en la que las mujeres no tienen mayoría de edad. Si decir «no» es siempre imposible, si el mundo sexual es tan desigual y tan hostil, que los hombres siempre tienen el poder y las mujeres no lo tienen, entonces al final también el «SI» de las mujeres acabará siendo puesto en duda. Porque ha sido ya puesta en duda la voluntad libre y la capacidad de consentir de las mujeres en el terreno sexual.

Así pues, los actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan inevitablemente hacia el marco del «sí es no» en el que, en efecto, cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. Esta contradicción recorre la actual ley de libertades sexuales del gobierno español de modo radical. Es una ley que se ha defendido como la puesta en el centro del consentimiento de las mujeres y, sin embargo, es una ley que apuesta por establecer delitos «aun con el consentimiento» de las mujeres. Es una contradicción insalvable. Y esa contradicción se debe a que, a pesar de los discursos políticos, las actuales leyes del consentimiento afirmativo no están suponiendo la novedad de valorar el consentimiento como el criterio para delimitar la violencia sexual.

Los actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan inevitablemente hacia el marco del «sí es no» en el que, en efecto, cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. 

Obviamente en los códigos penales modernos, también en el caso español, ya era el consentimiento el criterio que usaba el derecho penal para proteger la libertad sexual. La novedad es otra: una nueva manera de entender el consentimiento, una nueva manera de delimitarlo y de entender cuándo y cómo se manifiesta, que redibuja sus límites y las técnicas jurídicas para considerarlo probado. La filosofía sobre la sexualidad que subyace a estas nuevas doctrinas jurídicas acaba no tanto en un respeto hacia el consentimiento sino más bien en su puesta en duda y en la decisión de considerarlo a veces enteramente prescindible. 

GH

En diferentes lugares del mundo, emergen o se consolidan grupos de extrema derecha. ¿Creés que las posturas conservadoras dentro del feminismo se relacionan con esto?  ¿O se vinculan con otros factores?

CS

No estoy muy de acuerdo con amalgamar las derivas conservadoras o más reaccionarias de las izquierdas con la ultraderecha. Me parece que son cosas diferentes y no las entendemos mejor por decir que «son lo mismo». Ahora bien, evidentemente tenemos que plantearnos cuánto convergen y qué sinergias se producen. En Estados Unidos, el feminismo abolicionista se alió políticamente con la administración de Reagan en la instauración de un marco feminista que era muy funcional a la batalla cultural de la derecha en la perpetuación de una moral sexual puritana. Creo que esta pregunta debe ser pensada también hoy. Hasta qué punto algunos de los discursos sobre la sexualidad que están defendiendo ciertos feminismos no están consolidando marcos conservadores y nuevas versiones del puritanismo en un contexto en el que tenemos fuerzas políticas reaccionarias decididas a limitar nuestra libertad sexual."

(Entrevista a  Clara Serra, filósofa, política y autora española especializada en feminismo. Guillermina Huarte, JACOBIN América Latina, 29/11/21)