Clara Serra Sánchez es una filósofa, política y autora española especializada en feminismo
"Clara Serra Sánchez es profesora de filosofía e investigadora en la Universitat de Barcelona, exdiputada de Podemos en la Asamblea de Madrid y autora de numerosos artículos y libros, entre ellos: Leonas y zorras: estrategias políticas feministas (2018), Manual ultravioleta Feminismo para mirar el mundo (2019) y coordinadora de Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de identidad (2021).
Interviene en los debates feministas actuales poniendo en tensión
ciertas ideas y políticas hegemónicas que hoy despliegan algunas
corrientes feministas. Además, es una de las voces más críticas del
proyecto de Ley de libertades sexuales en España. En esta oportunidad, dialogamos sobre este aspecto, entre otros de sus interesantes planteamientos. ¿Cómo
pensamos la identidad? ¿Sólo «sí es sí»? ¿Cómo entiende el feminismo el
deseo? ¿Cuáles son los límites de una lucha que confía tanto en el
código penal?
GH
Hacés un cuestionamiento de las luchas políticas basadas en la identidad, incluso sos una de las autoras de Alianzas rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad. ¿Cuáles son los límites de las luchas centradas en la identidad?¿Por qué hablar de un feminismo que supere la identidad?
CS
En cierto sentido, toda política es una política de la identidad. Las identidades son construcciones sociales que las luchas políticas pueden utilizar para enfrentarse al poder.
En el caso del feminismo, es evidente que, por una parte, la identidad
de las mujeres tiene que ver con el hecho de que las mujeres compartimos
un lugar en el mundo, compartimos experiencias o incluso un destino
social o económico, y que eso tiene que ver con el patriarcado. Hacer uso de esa identidad es una forma de volverse contra la desigualdad. Pero solamente si es en un sentido estratégico.
Cuando las luchas políticas olvidan el carácter instrumental, y en
cierto sentido ficticio (construido) de las identidades, las luchas
pueden dejar de ser emancipatorias y, por el contrario, reproducir las
categorías del poder, esencializándolas y reificándolas.
El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer», sino que en cierta forma es destruirla
El objetivo del feminismo no es reproducir la categoría «mujer», sino que en cierta forma es destruirla. Es
decir, trabajar por un mundo en el que esa categoría pierda importancia
social y no lleve aparejado un destino para quienes la ocupan.
Luchamos por el derecho de las mujeres a ser diferentes entre nosotras y
para eso usamos instrumentalmente una palabra que ficciona nuestra
identidad. Cuando perdemos de vista este carácter ficticio, hacemos
políticas esencialistas y conservadoras que santifican y mitifican la
identidad de las mujeres. Yo me opongo a esos feminismos.
GH
Las agendas del feminismo están marcadas por un fuerte pedido
de intervención punitiva, de extensión del código penal para abordar
diversos problemas que le atañen. La ley de libertades sexuales que
aprobarán allá pareciera ser una gran demostración de eso. ¿Por qué
pensás que sucede algo así? ¿El endurecimiento del código penal es
compatible con el ideal de transformación social que podría contener el
feminismo?
CS
Creo, como algunos autores están subrayando en la actualidad, que la
fase actual del neoliberalismo se caracteriza por una deriva fuertemente
punitiva. Es el efecto del retraimiento del Estado de bienestar y las políticas sociales. Ante
el empobrecimiento masivo y la precarización de nuestras vidas hay una
creciente incertidumbre y aumenta la sensación de inseguridad, riesgo y
peligro social. Las políticas punitivas ponen como causa de ese
riesgo a determinados individuos, o determinados grupos, en lugar de
las políticas estructurales de empobrecimiento que generan fractura
social. La paz social y el orden se prometen, así, a través de soluciones punitivas. Esto
genera que, en las últimas décadas, los Estados liberales hayan
aumentado el recurso de endurecer sus códigos penales. No solo en
Estados Unidos, también en Europa.
Obviamente esto es incompatible, a mi entender, con las agendas de
las izquierdas, que deben apostar por políticas sociales y económicas
que enfrenten el neoliberalismo. Creo que determinadas izquierdas y también algunos feminismos están dejándose seducir por estas políticas punitivas y están siendo incautos colaboradores en este reforzamiento penal de las democracias liberales de nuestro presente.
La ley de libertades sexuales, como muchas de las propuestas
que en el contexto norteamericano y anglosajón se han puesto en marcha
contra la violencia sexual, tiene una clara apuesta por el código penal
como mecanismo fundamental de corrección y pretendida transformación
social. También algunas políticas LGTB tienen hoy en día un excesivo uso de las vías punitivas en su combate contra los “delitos de odio” y eso ha sido criticado por activistas LGTB y queer críticos como es el caso de Dean Spade.
GH
Hoy se habla muchísimo del consentimiento, y no por nada esta
ley a la que nos referimos es nombrada como la ley del «sólo sí es sí».
En varias oportunidades marcaste que resulta problemático pasar de
decir «no es no» a «sólo sí es sí». ¿Cuál es la diferencia entre una y
otra?
CS
Básicamente se cambia de un marco en el que se entiende que las
mujeres son capaces de decir que «no» (y se las anima y empodera para
decirlo), a un marco en el que, en la medida en que la sexualidad es
siempre peligrosa o intimidatoria para las mujeres, esa opción es
siempre imposible. Esto me parece altamente problemático, es una
elección que creo que deberíamos debatir con mucha calma y cuidado. ¿Estamos
dispuestas a asumir esa imposibilidad y dejar de trabajar por una
sociedad en la que digamos «no»? ¿Qué cosas perdemos por el camino al
asumir ese marco?
Esto no me parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como seres temerosos del sexo.
Quienes defienden el lema del «solo sí es sí» lo presentan como un
marco superador y mejor porque es afirmativo, pero creo que esto es
totalmente equivocado; el lema «solo si es “sí”» cobra sentido
únicamente en un marco en el que se ha extendido el campo del no, es decir, en el que hemos decidido asumir como regla que, en principio y por defecto, las mujeres no quieren sexo. Esto no me parece que rompa en modo alguno con la imagen tradicional de las mujeres como seres temerosos del sexo.
Es más, es la sociedad patriarcal la que nos ha educado en la creencia
de que ser una mujer decente es estar indispuesta al sexo, no desearlo,
no estar esperándolo. Me parece correcto, por supuesto, cuestionar que
un silencio sea tomado siempre que los hombres quieran como un «sí», qué
duda cabe, pero me parece muy problemático que la respuesta a eso sea
establecer categóricamente que todo silencio es un «no». El problema,
justamente, es que estos marcos del consentimiento afirmativo tienen la
necesidad de meter todo en el saco de un clarísimo «sí» o de un
clarísimo «no». Esta clarificación exhaustiva de la sexualidad se lleva
por delante el campo del «no sé». Es decir, yo defendería que, además de
cosas que los sujetos saben que quieren y cosas que los sujetos saben
que no quieren, existe un amplio margen de cosas que caen en el campo
del no saber, de la duda y la incertidumbre (¡incertidumbre no solo de
lo que el otro desea sino de lo que uno mismo o una misma desea!).
Cuando el feminismo dice «no es no» creo que no cabe inferir que todo lo
que no sea un «no» es un «sí»; más allá del «no» puede haber un
«quizás», un «no sé» o un «ya veremos». En los marcos que se están
imponiendo -en los que el «solo sí es sí» es un criterio para distinguir
el sexo consentido de la violencia y el crimen sexual- estamos diciendo
claramente que la ley puede y debe tomar toda ausencia de «sí» como un
clarísimo «no», tan clarísimo como para implicar un delito penal
exactamente igual que si la mujer hubiera dicho «no». Hay algo que se ha
perdido por el camino. Pretender iluminar por completo el sexo y
erradicar el espacio para el no saber no me parece en absoluto un avance
feminista y, de hecho, me parece que limita la exploración sexual de
las mujeres en los territorios opacos de su propio deseo y las convierte
en responsables de responder a la exigencia de saber y decir siempre
claramente lo que desean. El problema es que no siempre sabemos lo que
deseamos y que tenemos derecho a no saberlo, a dudarlo, a explorarlo, a
descubrirlo.
Por otra parte, que las mujeres digan «sí» en estos nuevos marcos actuales no implica tomar la iniciativa sexual. Decir,
pronunciar o explicitar un «sí» es contestar, es responder a la
demanda, a la pregunta o a la propuesta del otro (y contestar a lo que
el otro plantea, además, afirmativamente). Para mí, un
feminismo que pretenda defender las desobediencias femeninas tiene que
poner el acento en la dirección contraria: defender la iniciativa sexual
de las mujeres en la búsqueda de su placer y sus deseos; es decir, ser
nosotras las que proponen, las que buscan al otro, las que se arriesgan,
las que exploran. O sea, las que en todo caso, si esto fuera un
diálogo, estarían en el lugar de quien pregunta, no de quien contesta.
En los imaginarios sexuales que instauran los marcos del consentimiento
sexual, ha sido borrado este lugar, se generaliza la posición de espera y
de pasividad de las mujeres, se niegan y ocultan justamente las
desobediencias femeninas, han desaparecido del mapa las chicas malas de
toda la vida, las que tienen más ganas de sexo que los hombres y las que
toman, contra los mandatos patriarcales, la iniciativa. La
visibilización de esa posibilidad es fundamental, creo, precisamente
porque ilumina algo muy importante. Las mujeres, cuando toman la
iniciativa sexual, no siempre preguntan y ni esperan a tener un «sí»
explícito por el otro lado o una claridad total. ¿Deberán empezar a
hacerlo como requisito para no cometer un delito? ¿Podrían, bajo estos
nuevos marcos jurídicos (y su aplicación por parte de una judicatura
conservadora), ser más mujeres acusadas de acoso sexual?
Me parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los riesgos que implica la negociación sexual.
Me parece irremediable que tomar la iniciativa es, precisamente, asumir los riesgos que implica la negociación sexual. Es decir, el hecho de que no siempre está claro lo que quiere el otro. ¿No demuestran, justamente muchas mujeres, que
se puede tener una iniciativa sin contar con la claridad absoluta y, al
mismo tiempo, sin ejercer violencia contra el otro? ¿No ha de ser ese el camino a seguir? Creo
que una educación sexual feminista tiene que enseñar a los hombres a
que se puede seducir sin violentar. Como también creo que una educación
feminista tiene que enseñar a las mujeres a que recibir un «no», no es
un ultraje vergonzoso o humillante. Si queremos animar a las mujeres
para que puedan tomar los caminos que la cultura patriarcal siempre nos
ha prohibido creo que la enseñanza debe ser: puedes lanzarte,
arriesgarte, tratar de seducir a la otra persona y, si esa otra persona
no quiere, esto no debe ser vivido como una humillación para las
mujeres. Ser parte activa es, también, asumir que puedes recibir una
negativa, que puedes haberte equivocado al interpretar al otro, que
puedes haberte lanzado pero el otro no ha seguido el juego. Faltan en
nuestros imaginarios sexuales más hombres que pudieran decir que no (frente
a la idea del hombre con un deseo potente y siempre activo, que creo
que forma parte de las exigencias de la masculinidad) y más
mujeres que asumen los inevitables riesgos que implica toda negociación
sexual (que nunca podrá ser totalmente nítida, clara y transparente). La
conquista del terreno de la exploración, la posibilidad de adentrarse
en un terreno sexual donde cabe el malentendido o el desencuentro con el
otro, va de la mano de la conquista del «no es no». Se trata de un
excelente lema feminista porque comunica a todas las mujeres que decir
«no» es posible, que no tenemos que estar dispuestas y disponibles para
complacer los deseos de los hombres. Como también comunica a los hombres
que ese «no» debe ser siempre respetado.
Creo que, con respecto a estos objetivos que acabo de señalar, los
actuales marcos que estamos instaurando son regresivos, suponen un paso
atrás más que un paso hacia adelante. El hombre sigue siendo la parte
activa y la mujer la que responde a lo que le proponen otros. Y la
sexualidad es un terreno tan hostil para las mujeres que no somos
nosotras nunca capaces ni de emprenden la seducción ni de decir «no» a
los deseos de los hombres. Me parece un marco conservador que en
ningún modo está rompiendo con los viejos roles y papeles que nos
asignaron a unas y a otros, sino que está redibujándolos desde la ley.
Es un feminismo que asume la indefensión femenina en vez de trabajar
por el empoderamiento y que, al asumir que no hay capacidad de decir que
no, entrega al Estado el deber de decir «no», y de forma preventiva,
por todas nosotras.
Yo estoy de acuerdo, por supuesto, en que las leyes deben ser
reformadas para delimitar algunas circunstancias en las que las mujeres
no pueden decir que no (obviamente, los casos de violaciones
en condiciones de no consciencia, o consumo de alcohol o drogas, exigen
estar entendidos en nuestra legislaciones como circunstancias en la que,
en ausencia de fuerza e intimidación, el consentimiento está
imposibilitado) pero eso debe ser más una excepción que una regla.
Evidentemente debemos mejorar nuestras legislaciones para que el
derecho pueda reconocer adecuadamente esas situaciones u otras que
impliquen una dificultad para el consentimiento, una imposibilidad de
decir que no.
Pero las normas que se están aprobando en algunos países suponen algo sustancialmente distinto. No están completando lagunas o deficiencias, están redibujando por entero la manera de pensar la sexualidad. Instauran
un marco que ha extendido el peligro sexual de tal modo que las mujeres
han perdido, para siempre y en todo contexto, la posibilidad de
expresar un «no», y eso nos lleva inevitablemente a enfoques
paternalistas y securitarios.
GH
También respecto al consentimiento, hacés una diferenciación
que me pareció muy interesante entre voluntad y deseo. ¿Por qué es
importante distinguirlo? ¿Podrías desarrollar esa idea?
CS
Creo que las actuales políticas sobre el consentimiento están construyéndose sobre una
peligrosa confusión entre voluntad y deseo por la que no se sabe muy
bien si consentir es lo mismo que elegir una cosa o que desearla. Y no
son lo mismo. Una mujer puede elegir tener una relación sexual
sin desearla y puede consentir sin deseo, no solo en el marco del
trabajo sexual, sino también, en muchas situaciones de la vida
cotidiana. Obviamente me parece positivo que aspiremos a que las
relaciones sexuales sean deseadas, pero me parece muy peligroso hacer del «sexo deseado» el criterio del derecho penal para delimitar la violencia sexual. Se
puede consentir o elegir tener sexo sin deseo y eso ha de ser respetado
como una elección del sujeto, pero, además, es que se puede desear algo
y, a la vez, oponerse a ello y decir que «no». Estos feminismos
actuales que confunden voluntad y deseo y hablan de «consentimiento
entusiasta», o de que una violación es una relación «no deseada», me
parece que conllevan inevitablemente una visión moralista sobre el sexo en
la que, al final, se está volviendo al modelo tradicional y patriarcal
del amor, el sexo amoroso o el sexo bueno como sexo típicamente propio
de las mujeres.
El
derecho debe mantenerse lo más lejos posible de pretender conocer y
juzgar lo que desean interna y profundamente las personas.
En efecto, la adecuación del deseo y la voluntad— querer lo que deseas y desear lo que quieres— podemos
denominarlo «amor» y es importante que esa sea una opción, incluso algo
muy deseable en la vida sexual. Pero las mujeres no siempre follan por
amor, no siempre están reconciliadas con sus fantasías y sus deseos y el feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también, a una sexualidad que ha sido reservada para los hombres.
Por cierto que, la confusión entre deseo y voluntad, es decir, la
identificación de la violación como una violación del deseo, es lo que
ha llevado tradicionalmente a pensar -y a juzgar por parte de algunos
jueces- que las malas mujeres, las que desean incorrectamente, las que
desean demasiado, nunca podrían ser objeto de una violación porque de
algún modo han deseado lo que les ha pasado. Virginie Despentes hablaba
en Teoría King Kong de su propia violación y, al mismo tiempo,
de las fantasías de violación que la habían acompañado siempre. Un
feminismo que deposite en el deseo la verdad, la autenticidad y la
pureza y lo invista como el criterio de validez frente a la violencia
sexual ¿como aborda el hecho de que las mujeres deseamos cosas que no
elegimos? No solo hay que defender que las mujeres no desean según los
imaginarios del poder patriarcal. Hay que ir más allá: incluso
si las mujeres desearan o fantasearan con cosas que tiene que ver con el
poder, la dominación o la violencia, pueden decidir no llevar a cabo
esos deseos, pueden mantenerlo en la esfera de la ficción, pueden decir
que no con la voluntad, y ese ha de ser el único criterio válido para
delimitar una agresión sexual. Si no, el feminismo empezará a
penalizar a las mujeres por sus deseos o a instaurar un ideario
moralista por el cual la buena feminista, la buena mujer, no tiene
incongruencias, contradicciones o desacuerdos jamás entre lo que quiere y
lo que desea. Necesitamos un feminismo que enfrente la violencia pero,
al mismo tiempo, conserve para las mujeres la posibilidad de no siempre
desear lo que quieren y no siempre querer lo que desean. Así que la
violación no es un atentado contra el deseo, es un atentado contra la
voluntad. Y, por cierto, el derecho debe
mantenerse lo más lejos posible de pretender conocer y juzgar lo que
desean interna y profundamente las personas. Esa pretensión es
inevitablemente totalitaria y conduce directamente al moralismo y al
punitivismo penal.
GH
En reiteradas ocasiones insistís sobre la importancia de que el feminismo retome su diálogo con el psicoanálisis. ¿Por qué?
CS
Justamente por este punto. El psicoanálisis es una filosofía
para sujetos incongruentes, fraccionados, con una contradicción interior
por la cual el deseo está relacionado con el subconsciente o, lo que es
lo mismo, no siempre (incluso casi nunca) sabemos lo que deseamos.
Esta es la perspectiva a partir de la cual ha de ser pensada la
violencia sexual y el papel del derecho. Hay unos feminismos actuales, diría que son los hegemónicos, que piensan el mundo a partir de un modelo de sujeto coherente, sin fisuras, reconciliado angelicalmente consigo mismo. Un sujeto, incluso capaz de conocer, verbalizar y explicitar sus propios deseos.
El feminismo debe reivindicar el derecho de las mujeres, también, a una sexualidad que ha sido reservada para los hombres.
Esta perspectiva por la cual no resulta problemática la transparencia
de los deseos es una perspectiva profundamente voluntarista, racional y
liberal, acríticamente liberal. Restituye al sujeto masculino
de la razón y la voluntad que la cultura patriarcal y neoliberal ha
encumbrado y que justamente el feminismo debe poner en cuestión. El
psicoanálisis, como gran parte de la teoría crítica feminista, ha
criticado los delirios masculinos que acompañan a esos sujetos hechos a
sí mismos que siempre saben lo que quieren y creo que desde esa
perspectiva es imposible no ver un voluntarismo muy acrítico y
problemático en muchos de los actuales discursos sobre la sexualidad.
Si los discursos feministas van a prometer a las mujeres
estar a salvo de la violencia a través de un escenario del consenso,
pacto y contrato sexual que implica decir lo que deseamos y explicitar
nuestro deseo, creo que nos están prometiendo seguridad sexual a cambio
de convertirnos en esos sujetos masculinos de la modernidad. Creo
que ese pacto no merece la pena, que debemos rechazarlo. Los feminismos
deben trabajar contra la violencia sin pedir a las mujeres que, para
poder esperar estar a salvo, se conviertan en seres luminosos e
iluminados que conozcan y puedan contestar siempre con claridad acerca
de lo que desean. Ese es justamente el reto propiamente feminista y creo
que para trabajar en ese camino hay que salir de las limitaciones de
los actuales marcos del consentimiento o, mejor dicho, salir de las
concepciones del consentimiento que están en las actuales políticas
hechas en nombre del consentimiento.
GH
Podríamos decir que los debates actuales que atraviesa al
feminismo en realidad son históricos. Creo que vos lo planteás muy bien
en varias de tus intervenciones, recuperando aquellas discusiones de los
feminismos a partir de los años 80. Si bien es otro contexto, ¿hay
cierta radicalización de estos debates? ¿Cómo se explica este fenómeno
en la actualidad?
CS
En efecto, los debates que acontecieron a partir de los años 80 en el
contexto americano explican muy bien las preguntas y los desacuerdos
actuales; esos debates siempre han estado ahí, nunca se fueron del todo porque nunca se superaron.
Hay muchas maneras feministas de pensar la sexualidad, la violencia
sexual y la libertad sexual. Y a los actuales debates les preceden
distintas genealogías. La mía es la del feminismo prosex y queer que se
opuso a las leyes de prohibición de la pornografía y que defendió el
derecho de las mujeres a jugar en el terreno de la ficción con los roles
de poder (BDSM) y la necesidad de no juzgar los deseos femeninos desde
una nueva normatividad moral feminista, que apostó siempre por ampliar
la libertad (también la sexual) fuera de los marcos securitarios del
derecho penal. En efecto, en esas estamos también ahora.
GH
¿Las políticas que estigmatizan y criminalizan el trabajo
sexual se cristalizan en estas discusiones históricas? ¿Cómo habría que
pensar la hostilidad que se libera, incluso desde el feminismo, contra
las trabajadoras sexuales?
CS
La trabajadora sexual, como figura, resulta inasumible para una
concepción sobre la sexualidad que ha extendido tanto el peligro que
acaba poniendo en cuestión y, como decía antes, de manera ilimitada, la
capacidad de decir «no» de las mujeres. Es
decir, para una concepción que ha renunciado a considerar que las
mujeres tengan voluntad autónoma y capacidad de que esa voluntad se
pueda abrir paso en el terreno de la sexualidad. La cuestión
del trabajo sexual revela las contradicciones del feminismo radical
abolicionista y su deriva hacia una concepción paternalista en la que
las mujeres no tienen mayoría de edad. Si decir «no» es siempre
imposible, si el mundo sexual es tan desigual y tan hostil, que los
hombres siempre tienen el poder y las mujeres no lo tienen, entonces al
final también el «SI» de las mujeres acabará siendo puesto en duda. Porque ha sido ya puesta en duda la voluntad libre y la capacidad de consentir de las mujeres en el terreno sexual.
Así pues, los actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan
inevitablemente hacia el marco del «sí es no» en el que, en efecto,
cuando una actriz porno o una trabajadora dice «SI», es inválido. Esta contradicción recorre la actual ley de libertades sexuales del gobierno español de modo radical. Es
una ley que se ha defendido como la puesta en el centro del
consentimiento de las mujeres y, sin embargo, es una ley que apuesta por
establecer delitos «aun con el consentimiento» de las mujeres. Es una contradicción insalvable.
Y esa contradicción se debe a que, a pesar de los discursos políticos,
las actuales leyes del consentimiento afirmativo no están suponiendo la
novedad de valorar el consentimiento como el criterio para delimitar la
violencia sexual.
Los
actuales marcos del «solo sí es sí» se deslizan inevitablemente hacia
el marco del «sí es no» en el que, en efecto, cuando una actriz porno o
una trabajadora dice «SI», es inválido.
Obviamente en los códigos penales modernos, también en el caso
español, ya era el consentimiento el criterio que usaba el derecho penal
para proteger la libertad sexual. La novedad es otra: una nueva manera
de entender el consentimiento, una nueva manera de delimitarlo y de
entender cuándo y cómo se manifiesta, que redibuja sus límites y las
técnicas jurídicas para considerarlo probado. La filosofía sobre
la sexualidad que subyace a estas nuevas doctrinas jurídicas acaba no
tanto en un respeto hacia el consentimiento sino más bien en su puesta
en duda y en la decisión de considerarlo a veces enteramente
prescindible.
GH
En diferentes lugares del mundo, emergen o se consolidan
grupos de extrema derecha. ¿Creés que las posturas conservadoras dentro
del feminismo se relacionan con esto? ¿O se vinculan con otros
factores?
CS
No estoy muy de acuerdo con amalgamar las derivas conservadoras o más reaccionarias de las izquierdas con la ultraderecha. Me parece que son cosas diferentes y no las entendemos mejor por decir que «son lo mismo». Ahora bien, evidentemente tenemos que plantearnos cuánto convergen y qué sinergias se producen. En
Estados Unidos, el feminismo abolicionista se alió políticamente con la
administración de Reagan en la instauración de un marco feminista que
era muy funcional a la batalla cultural de la derecha en la perpetuación
de una moral sexual puritana. Creo que esta pregunta debe ser
pensada también hoy. Hasta qué punto algunos de los discursos sobre la
sexualidad que están defendiendo ciertos feminismos no están
consolidando marcos conservadores y nuevas versiones del puritanismo en
un contexto en el que tenemos fuerzas políticas reaccionarias decididas a
limitar nuestra libertad sexual."
(Entrevista a Clara Serra, filósofa, política y autora española especializada en feminismo. Guillermina Huarte, JACOBIN América Latina, 29/11/21)