Una vez las asambleas de taller de le SEAT de los años
setenta impusieron su poder en los talleres, y que los de oficinas no
se atrevían a bajar a taller; y que los capataces no se atrevían a abrir
boca, entonces instauraron la democracia, la democratización del centro
de trabajo, que consistía en unas nuevas normas, en unos nuevos hábitos
que regimentaban el hacer de la cadena productiva, la ordenaron de
forma más humana; e impusieron como costumbres y hábitos las demás
exigencias.
Entonces, pasó a ser costumbre, también impuesta y ya
establecida, el convocar asamblea para decidir. Pero esta otra nueva
costumbre, no era algo que se utilizara así como así: sencillamente, se
usaba de ella cuando había necesidad, que era cuando surgía un nuevo
problema detectado como tal por la mayoría, o cuando se apercibía un
atentado contra aquel orden impuesto por la mayoría, contra aquellas
costumbres y hábitos convertidos en los reproductivos.
Democracia era
ese control común e igualitario sobre la actividad que se ejercía
mediante los nuevos hábitos, cotidianos, construidos y constructores de
nuevo sentido común, creados por los agentes activos que operan cada
proceso práxico: entonces, el de la SEAT.
Todo orden social es un ethos, unas costumbres
cotidianas que organizan la actividad en sus microfundamentos. Esto es
así para toda sociedad, tanto democrática como oligárquica, pues toda
sociedad se basa en la costumbre, hábito, en lo que denominamos ethos,
eticidad,
moeurs,
sitte [costumbres]. Que es la verdadera constitución secreta de toda sociedad, tal como nos explica Hegel –
sittlichkeit-.
La democracia lucha por constituir su ethos, y la democracia es un
ethos, un ethos para la vida cotidiana, que da poder igual sobre la
actividad común.
Por tanto, se trata de luchar para poder crear en el
interior toda institución social, en los microfundamentos cotidianos
desde los que se genera la actividad que ellos organizan, las
costumbres, las reglas o normas, impuestas mediante la lucha
democratizadora, aceptadas e interiorizadas por quienes han luchado por
ellas, que dan a los miembros activos de cada microgrupo activo
organizado, la capacidad de control sobre la actividad que esa
institución, esa instancia social, genera a partir de sus miembros; unas
normas que repartan de forma igualitaria el hacer cotidiano, y el poder
sobre el mismo, sobre las responsabilidades y decisiones cotidianas que
dirigen el propio hacer.
Un orden democrático, de hacer entre iguales,
de hacer igualitariamente repartido, ha de consistir fundamentalmente en
un ethos, un mundo de costumbres impuestas por la mayoría que se hace
consuetudinario, como lo es todo mundo social de cualquier tipo. Y desde
luego, ha de haber la posibilidad de la convocatoria de asamblea para
revisar lo acordado.
No se trata de eliminar la vida cotidiana y
sustituirla por una vida pública y por la democracia. Se trata de
democratizar el hacer cotidiano. No se trata de vivir en lo excepcional,
de hacer que lo excepcional sea perpetuo.
De democratizar la vida cotidiana.
Exacto. De democratizar lo cotidiano.
El marxismo, y muy especialmente, además, el
hegelomarxismo, sostiene que la eticidad, es decir, sostiene que la vida
cotidiana, las costumbres y el saber hacer en que ellas se basan para
producir y reproducir el vivir, es un elemento ontológico inherente a
toda sociedad humana. Porque es algo inherente a nuestra forma de
relacionarnos y metabolizar con la naturaleza; tanto la "externa", como
la "interna" a nuestros cuerpos.
Precisamente la Escuela de Budapest, con el gran Georg
Lukács a su cabeza, ha polemizado ideológicamente con otras corrientes
ideológicas de tradición romántica, de la izquierda, que sostenían la
posibilidad de trascender la vida cotidiana, de anularla. Para estas
otras corrientes de pensamiento, la vida cotidiana no era sino la
consecuencia de un estadio histórico de la humanidad, el resultado de un
tipo de sociedad explotadora.
La vida cotidiana en su integridad era
una enajenación. Para el marxismo hegeliano, para el grupo de Budapest,
la vida, que es una instancia del vivir irrebasable, no tiene por qué
ser un ámbito de hacer humano enajenado; lo es, porque el capitalismo lo
organiza de forma enajenada, pero puede estar organizado conforme a
otras relaciones sociales.
Precisamente por ello, el grupo de Budapest,
insiste una y otra vez que hay que distinguir entre la producción del
vivir, entre la producción de las actividades mediante las que creamos
el mundo humano y la enajenación: entre la "Objetivación" de nuestra
actividad y la "Enajenación" de la misma.
Recuerdo esas reflexiones.
Hemos hablado antes de Màrkus. También Heller (Sacristán la tradujo al
castellano). Y Lukács por supuesto.
Para la corriente romántica, la vida cotidiana, por su
naturaleza, es la enajenación, y debe ser liquidada y trascendida. Esta
otra tradición, de cuño romántico, fue propuesta por diferentes
corrientes de pensamiento, entre ellas, por la Internacional
Situacionista, una corriente de pensamiento de izquierdas muy fuerte
durante mayo del 68, que se constituye en vísperas del estallido de
dicho movimiento y cuyos primeros pensadores –cuyos primeros espadas-
son personas de valía intelectual.
Una posición también asumida por un
pensador marxista interesante, Henri Lefebvre, francés y relacionado con
Guy Debord, el cerebro del situacionismo.
Paco Fernández Buey, que lo
tenían en mucha consideración, hablo de él y la internacional
situacionista en algunos de sus libros. En, por ejemplo, Por una universidad democrática. Perdona por la interrupción.
Fue Lukács el que investigó y elaboró reflexión sobre
la vida cotidiana y sobre la democratización de la misma, con
consciencia de lo que se estaba dirimiendo en este gran debate y lo
peligroso que resultaba excluir de la política la mayor parte del hacer
social humano.
Toda su gran obra de madurez versa sobre este tema. Lo
trata en su
Estética, en su
Ontología del ser social, en su manuscrito sobre ética; en sus entrevistas, en la obra sobre la Democracia –en castellano se titula
El hombre y la democracia-.
Y también sus discípulos: Ágnes Héller desarrolla las ideas elaboradas por el maestro en su
Sociología de la vida cotidiana, en
Instinto agresividad y carácter, en
Teoría de los sentimientos, en
Teoría de las necesidades radicales en Marx, en
Historia y vida cotidiana, en
La revolución de la vida cotidiana,
etc..
También Gyorgy Márkus, e Istvan Meszaros trabajaron en esta
línea, conscientes de su importancia. Por ejemplo, es muy importante la
reflexión de Meszaros sobre la enajenación, en la que distingue,
precisamente, tal como lo hace Lukács, entre objetivación práxica humana
y enajenación,
La teoría de la enajenación en Marx.
Los marxistas estamos por crear una cotidianidad más
plena, no por la opción romántica de sustituirla, no por el
excepcionalismo vital: siempre habrá que cuidar de los niños, habrá que
metabolizar con la naturaleza, padecer resfriados, guisar comida, ir a
la compra, lavar ropa, habrá que trabajar, habrá que sembrar patatas,
etc. Pues, eso, debe ser democratizado; la democratización del vivir
cotidiano es la lucha por una vida cotidiana satisfactoria, plena.
El
ser humano no solo debe pintar, hacer poesía, deliberar en el ágora
sobre la suerte de la polis en los momentos excepcionales; debe cazar,
sembrar, pescar, acudir al trabajo, ir a la tienda, tomar el autobús,
recibir un no, atender a un enfermo…-para decirlo remedando a Marx-. La
democracia es la lucha por la cotidianidad rica, no por su aniquilación.
No puede ser una actividad que sustituya al ethos, a la cotidianidad,
sino un hacer mediante el que nos hacemos con el control sobre nuestra
propia actividad social cotidiana, y lo democratizamos creando un nuevo
ethos cotidiano, unas nuevas costumbres.
Precisamente porque la vida
cotidiana es una característica ontológica humana, la democracia es
fundamental. Y por ello preocupó a Lukács, que reflexionó sobre la
democracia como lucha por la democratización del vivir cotidiano.
De
poderse dar una sociedad en la que la vida cotidiana pudiera ser
trascendida, y cada cual pudiera suprimir de su vivir los límites que le
impone el metabolismo con la naturaleza, la democracia sería en todo
caso un instrumento para alcanzar ese futuro estadio. Lukács reflexionó
sobre la democracia de forma creativa y su legado al respecto es muy
valioso. Cuántas infamias basadas en la ignorancia no se han dicho
contra este gran pensador marxista.
Sí, no son pocas. También aquí, entre nosotros.
Este debate sobre la vida cotidiana, de fines de los
años sesenta, y de los setenta, es otro de los grandes debates sobre
cuestiones candentes que han sido borrados de los libros, de las
memorias, precisamente porque fue un debate de izquierdas, un debate
potentísimo, de la izquierda. Ningún manual sobre filosofía del siglo XX
tiene ni tan siquiera un capítulo dedicado a él.
Pero cualquier
pensador que trate de dar respuesta a la pregunta sobre lo que puede ser
modificado, y a lo que debe ser modificado si de veras se quiere que
haya una transformación revolucionaria del mundo, una mutación onto
antropológica de la civilización; cualquier pensador que trate de
reflexionar sobre lo que son los fundamentos ontológicos, antropológicos
del ser humano, y cuáles son los fundamentos en los que se enraíza y se
genera la explotación, debe volver sobre este gran debate sobre la vida
cotidiana y sus costumbres, sus sitte, sobre la eticità, sobre el
ethos. Y sobre la democracia como democratización de los mismos
Si estas líneas, y otras anteriores, todas ellas
espoleadas por tus preguntas, sirven para que se comience a hacer una
transmisión de legado intelectual, si sirven para que las nuevas
generaciones de izquierda conozcan su patrimonio, puedan acceder a una
primera aproximación al mismo, saber, si quiera, de la importancia de
los debates habidos, de su existencia, tú y yo estamos haciendo lo que
debemos, lo que nos toca, Salvador.
Sobre todo lo haces tú, querido
Joaquín, pero muchas, muchas gracias por la inclusión, eres muy
generoso conmigo. Una duda: ¿por qué insistes tanto en el uso de la
expresión "marxismo hegeliano"? ¿Ese es el "verdadero" marxismo en tu
opinión? ¿No vale cualquier otra lectura de la tradición?
Digamos en primer lugar que lo que surge de la lectura
de Marx una vez se lo imbrica en su tradición filosófica, la hegeliana,
es una interpretación muy distinta de Marx, podríamos decir que
"alternativa".
Es una alternativa de pensamiento frente al cientifismo,
al objetivismo evolucionista de la historia, a la teoría de elites, al
economicismo, incluso los más cautos y refinados, y a la política
institucionalista. En lo que a mí hace, no me he metido en Hegel por
capricho, ni por tradición, ni por necesidad académica, para buscarme un
nicho académico.
Ha sido la reflexión de decenios. El darme cuenta de
que unos determinados autores sí me daban respuestas a lo que sucedía en
política, a la derrota e inanidad política de la izquierda, a su
integración, previa a su corrupción. El descubrir –a veces había sido
ocultado: el caso de Gramsci, el caso de Togliatti- que eran hegelos… la
verdad es que tardé mucho en hacer caso a mi profesora Giulia Adinolfi,
que a fines de los setenta me había dicho que tenía que leer el
capítulo cinco de
La Fenomenología del Espíritu, y que usara la versión francesa…
Aparte de eso, los nuevos estudios sobre la obra de
Marx, -estudios "nuevos" que ya se inician con Rosdolsky, que pone en
claro cómo Marx tira de Hegel en los
Grundrisse…-
los de los estudiosos actuales que investigan para la publicación de la
Nueva Mega, que, como sabes, es la edición de las obras completas de
Marx y Engels, los de los filólogos marxianos, etcétera, los que van a
los textos de Marx, van por aquí.
Voy finalizando. "Colectivo de
luminarias de turno que dirijan el nuevo partido que pretende alcanzar
las instituciones para crear el mundo en siete días". ¿Un "zass en la
boca", que diría Sheldon Cooper, a intentos como el de Podemos o En comú
Podem?
Es una crítica a la teoría de élites, dentro de la
cual se incluye la teoría de la vanguardia. Crítica en general y para
todos. Referido al ahora, me resultaba más interesante mostrar cómo toda
la izquierda funciona sobre ese modelo, incluso izquierda académica
que, aparentemente, es más dada a las cautelas democráticas. Pero ese es
el proyecto, el modelo proyectivo de toda la izquierda. Carece de la
noción de que la política es razón práctica creadora de realidad
ejecutable solo por las mayorías sociales organizadas.
Por eso, cuando
se enfrentan con el análisis de procesos históricos democrático
populares, revolucionarios, que se han hecho monstruosos debido al poder
de las elites, rechazan mirar el asunto de cara, y buscan
justificaciones en el excepcionalismo de maldad de los dirigentes: "fue
Stalin"; por tanto, si yo mandara, yo no sería como Stalin, porque todo
fue consecuencia de su maldad demoníaca.
O en los "partidos
estalinistas" que lo fueron porque todos sus dirigentes eran unos
vesánicos… No, amigos: es la élite, es el elitismo, es el creerse que
uno sabe más y por eso, los votantes del Brexit son "unos lerdos
"equivocaos"…; es el tipo jerárquico de estructura, el auto considerarse
la fuerza intelectual que cambia la realidad, la pretensión de que es
la teoría la que proporciona las alternativas y el saber qué es lo
justo, eso es lo que genera el autoritarismo. Eso, analizado a partir de
las fuerzas de la socialdemocracia, ya lo habían visto los Pareto,
Mosca, Mitchels… a su modo.
Por cierto, ¿los votantes que dado la victoria a Trump tampoco son unos lerdos equivocados?
Lo que me propones es una valoración política de la
validez de los procesos electorales –en el límite, de la propia
democracia-… a ver si me sé explicar.
Seguro que te sabes explicar. Inténtalo.
Equivocados pueden haberlo sido los votantes que,
queriendo haber metido en la urna una papeleta, metieron otra por
equivocación. Lo que ha ocurrido, creo que debe ser explicado de otra
manera.
Lo que vemos es una deslegitimación del régimen
político estadounidense, y, en realidad, de todo el sistema político
europeo occidental, o así lo piensa Ignacio Ramonet, en un artículo a
bote pronto, en el que dice que el caso de Trump es prueba de que hemos
entrado en una nueva época o nuevo mundo que no conocemos.
Creo que la noticia es que las fuerzas que deberían
haber sido progresistas, favorables a las clases populares, en EEUU y en
Europa, se mantienen como el pilar del neoliberalismo: globalización,
desregulación de los mercados y, entre ellos, los capitales financieros,
especulación salvaje, deslocalización de empresas, pérdida de puestos
de trabajo, etcétera.
Y, encima y contra toda razón, contra todo sentido
común y experiencia inmediata de las clases populares, declarando que
todo eso produce bienes sin cuento, prosperidad y redistribución,
puestos de trabajo etc.
Es una ofensa a la inteligencia y al sentido común crítico. A su vida, a sus experiencias reales.
Escribía en un artículo muy reciente Dani Rodrik, el
economista turco que trabaja en Oxford, que si los economistas no
hubiesen mentido tanto, si no hubiesen dejado su papel de estudiosos
para convertirse en el caballo de batalla partidario del neoliberalismo y
la globalización, quizá hubieran tenido mayor crédito ante la opinión
pública y hubiesen podido combatir a Trump eficazmente.
Pero, defendiendo la liquidación de la soberanía
económica, ¿cómo van a poder hacer eso, tanto los economistas como los
políticos?
En otro artículo, este mismo autor nos recordaba que
los padres del desmedulamiento completo de la soberanía económica, y de
la instalación del neoliberalismo en Europa, no fueron las derechas,
sino gente como Jacques Delors, tecnócratas socialdemócratas.
Pues bueno. Ahora esas fuerzas no tienen credibilidad.
En EEUU, durante los ocho años con Obama, todo siguió este curso. Se
insiste en las políticas racistas de Trump. Pero la prensa más ecuánime
ha reconocido que no es más racista el electorado de Trump que el de la
señora Clinton.
Es más, James Petras ha escrito durante estos días que
si Trump se propone expulsar a 3 millones de emigrantes, Obama expulsó a
dos millones. Una vez, desde la izquierda, o desde las fuerzas
progresistas, se abre la puerta al racismo –en "clave bien temperado"-
puede no haber freno luego.
En fin, y para resumir lo que pienso…
Adelante con el resumen.
Todo eso ha tenido como consecuencia que se haya
abierto la posibilidad de que un multimillonario se presente ante las
clases populares como un
outsider político, se enfrente contra el sistema partitocrático, y contra el proyecto económico
mainstream, neoliberal, asuma un proyecto económico anti desregulación, proteccionista y gane las elecciones.
Podemos tacharlo de demagogo, pero su triunfo ha
venido servido por la demagogia mentirosa de todas las demás fuerzas y
personalidades progresistas.
Si la izquierda, o las fuerzas progresistas no cumplen
con su papel, tiran las banderas, mienten y hacen demagogia, otros
tomarán esas banderas, con los fines que sea; en EEUU, en Francia, y
donde sea.
Y los explotados y los trabajadores, una vez desengañados de
unas fuerzas políticas, a falta de proyecto propio, de organización de
masas, y fuerzas políticas de los explotados, a falta de otro proyecto,
no tienen por qué no tratar de ver si las soluciones de otros son
mejores. En situaciones de deslegitimación del proyecto capitalista, la
derrota de la izquierda siempre precedió el ascenso del fascismo.
Y eso, el ascenso del fascismo, es lo que puede suceder en estos momentos. (...)" (Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y Estado republicano. Crítica del republicanismo liberal, Salvador López Arnal , Rebelión, 23/01/17)