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29/1/16

El poder político está cambiando, se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho, mucho, más fácil de perder

"El poder ya no es como era antes. El venezolano Moisés Naím, en su best seller El Fin del Poder -libro que recomendó Mark Zuckerberg en su club de lectura online-, sostiene que está cambiando de manos y de forma; se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho, mucho, más fácil de perder. (...)

 Los ciudadanos, en la era de la Sociedad Red, están relacionados e informados como nunca antes. Son más críticos, exigentes, desconfiados y reactivos. Ya no se limitan a observar la realidad de forma pasiva, sino que también han desarrollado su capacidad de acción. (...)

Este nuevo ciudadano-elector está, además, sometido a un promedio de 3.000 impactos publicitarios diarios; un fenómeno que algunos expertos han llamado infoxicación. La publicidad ha perdido peso y terreno, ya no cambia percepciones, ni actitudes o conductas. 

Tiene tasas de retorno cada vez más ineficientes y la televisión ha perdido su peso hegemónico. Ante una sociedad de audiencias múltiples y diversas, de espectadores multipantalla y multiformato, se necesita menos publicidad y más comunicación.  (...9

Si la sociedad, como vimos, ha cambiado y está cambiando, la política también tiene que hacerlo. Las siguientes diez estrategias -antepuestas por el prefijo micro- nos ayudarán a pensar en esta nueva praxis electoral:

1. Microideas. El profesor David Perkins apunta que “es posible aprender a pensar mejor con estrategias sencillas que mejoran las capacidades que ya tenemos”. Así, ante la complejidad del mundo, se imponen soluciones prácticas, concretas, simples.

 Los grandes programas dan paso a propuestas centradas en la vida cotidiana y en los intereses pequeños. Son múltiples mensajes segmentados que se entrecruzan y conviven armoniosamente. Prevalecen las emociones… pensamos lo que sentimos y votamos lo que sentimos.

2. Microrrastros. El uso constante de la tecnología va dejando a nuestro paso huellas digitales. A partir de nuestro comportamiento en redes, se podría determinar con quiénes nos relacionamos, qué pensamos, qué decimos, qué nos gusta… quiénes somos. 

Los rastros semánticos en los buscadores (especialmente en Google), más la conversación en redes sociales, configuran una minería de datos que no puede desperdiciarse.

3. Microsegmentación. La micropolítica plantea la necesidad de ir más allá de la demoscopia tradicional. Las encuestas y los focus groups no son suficientes, dan fotografías incompletas de lo que piensa y siente la ciudadanía. Saber poco de muchos no sirve. 

Mejor será saber mucho de pocos; afinar la puntería al máximo para hacerles llegar a los votantes el mensaje oportuno; hablarles de lo que verdaderamente les importa y moviliza.

4. Microcomunicación. Cada vez se observa con mayor claridad cómo el marketing comienza a guiarse por la lógica de los micromomentos, que son las oportunidades específicas que las marcas buscan identificar para hacer llegar el mensaje adecuado, por el medio adecuado y hacia las personas adecuadas. 

Junto a esta búsqueda de los mejores momentos, hay una renovación total del lenguaje, mucho más simple y visual. De los grandes enunciados a los hashtags; del texto a la imagen y al video. Es la fuerza creativa del ARTivismo.

5. Microeventos. Se acabó el monopolio de los multitudinarios mítines de campaña. Se imponen, en su lugar, los actos reducidos, con pocos asistentes y de bajo coste. Se trata de encuentros más descentralizados, con escenografías sencillas que sugieren intimidad; ‘actos de bolsillo’ que son bastante más memorables que las concentraciones masivas.

6. Microacciones. Los modelos y los actores tradicionales anclados en viejas fórmulas para la acción política no parecen encajar en la demanda de una ciudadanía organizada en red. Se ‘comunica’ lo que se hace. No hay lugar para el oscurantismo ni para tomar decisiones sobre qué, cuándo y cómo se comunica.

 La política está vigilada y será mejor que se comunique lo que se hace y que se haga lo que se comunica. Internet, por otra parte, favorece la organización desde la base ciudadana, a menudo desde su vertiente más crítica… Es la movilización de las redes, el ACTivismo.

7. Microrreacciones. La velocidad aumenta y las reacciones, por lo tanto, deben volverse inmediatas. Nikesh Arora, quien fuera representante de Google, decía: “La competencia ya no será entre grandes y pequeños, sino entre rápidos y lentos”. 

Los equipos de campaña y activistas se vuelven comandos de guerrilla comunicacional, de intervención y respuesta rápida. El timing electoral ya no es planificado de una vez y para toda la campaña, sino que se convierte en un cúmulo de reacciones, propias y ajenas, superpuestas, simultáneas.

8. Microrredes. El comportamiento de redes es viral, no secuencial. La ciudadanía se organiza en redes y comunidades en torno a intereses comunes. La estructura vertical y centralizada ha mutado hacia una distribuida que favorece los movimientos bottom-up. 

Hay una Red, pero infinitas pequeñas comunidades radiales. El interés por el análisis de su evolución y conversación es constante, igual que la necesidad de identificar patrones de comportamiento.

9. Microinfluencias. Los mensajes que se elaboran y difunden desde las organizaciones cada vez son menos eficaces, pero cuando estos mismos mensajes son contados por otros, las posibilidades de impactar a las personas aumentan. Hoy en día prevalece la credibilidad de aquellos que son como nosotros, el poder del boca a boca se ha vuelto decisivo. 

Te convence alguien cercano, próximo, que tiene (o crees que tiene) el aval de una trayectoria y un comportamiento ejemplares. Por ello, se vuelve esencial identificar a los influencers, a los grandes y pequeños, a los offline y a los online.

10. Microcandidato. Los candidatos ya no son ‘propiedad’ exclusiva de los partidos. Con frecuencia irrumpen outsiders y renovadores que trastocan las estructuras de poder clientelar, territorial, históricas. 

Y cuando no es así, el fenómeno de la personalización hace que el contrato (el compromiso) sea directamente con los electores, sin intermediarios, pero también sin amparo. De ‘el candidato’ a ‘mi candidato’. Relaciones más directas, mayor accountability.

Estas diez estrategias micro conforman un nuevo paradigma, caracterizado por sentimientos, emociones, relaciones, comunidades y valores. Si se pretende llegar lejos, mejor será dando pasos cortos y seguros; es la metáfora del martillo pequeño: agilidad, precisión, persistencia, constancia y focalización. De la masificación a la personalización; de lo macro a lo micro."                  (Antoni Gutierréz-Rubí, 10/01/16, Publicado en: El Telégrafo , Ecuador)

27/3/14

La deshonestidad de un representante político es directamente proporcional a la dejadez y el cinismo de sus electores

"Según Medvic, la ‘trampa de las expectativas’ surge de tres grandes contradicciones que subyacen en nuestras expectativas respecto de los políticos:

a) Esperamos de los dirigentes políticos que lideren, que marquen orientaciones a la ciudadanía y, a la vez, que estén dispuestos a ser dirigidos por los ciudadanos.
b) Esperamos líderes políticos que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, y a la vez estén dispuestos a renunciar a ellos, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en todas las grandes materias con sus oponentes.
c) Finalmente, esperamos líderes de cualidades excepcionales, de formación y  comportamiento sobresalientes, a la vez que se muestren ordinarios, cercanos al individuo común y representativos del mainstream social. 

No es muy difícil observar que, ante tales contradicciones, es muy probable que nuestras expectativas sobre los representantes políticos acaben viéndose defraudadas y alimenten la desafección contra lo político.

Hay dos elementos en la historia y en la cultura política españolas que alimentan esa ‘trampa de las expectativas’. Por un lado, la relevancia dada al valor del igualitarismo (que no significa necesariamente lo mismo que igualdad) que vino de la mano de la democratización posfranquista, y que tiende a valorar negativamente cualquier atisbo aparente o difuso de exclusividad o excelencia social o cultural.

Por otro lado, la historia de violencia política y autoritarismo que ha acompañado la tortuosa consolidación de la democracia en nuestro país ha contribuido a estigmatizar el carácter inherentemente conflictivo que acompaña a todo proceso y debate políticos. 

No soportamos el tono de contraste que suele rodear cualquier controversia política, y no hemos sido educados –en general– para sobrellevarlo de forma cordial y sosegada. ¿Hemos presenciado alguna vez a alguien que pierde los nervios porque otro le llevaba la contraria en una discusión política? ¿Sabemos admitir honestamente la relatividad de nuestras propias convicciones políticas cuando otro trata de refutárnoslas? 

En este contexto, muchos de los más convencidos se vuelven sectarios de sus ideas y pierden cualquier sospecha de duda. Pero la amplia mayoría desarrolla una cultura política ‘naíf’, desprendida y escéptica ante lo político. 

No es de extrañar que en 2002, en plena época de bonanza económica y bajo desempleo, la política suscitara a los españoles ‘desconfianza’ (28,8%), ‘indiferencia’ (27,2%) y ‘aburrimiento’ (14,8%), y que el 65,4% nunca o raramente hablara de política con otras personas.

¿Quizá esto pueda cambiar con el renovado interés por la política que ha traído la crisis económica actual, tal como nos explicaba Carol Galais?

Para Medvic, esta cultura de la desconfianza se manifiesta en una visión hipercrítica de la política y de los políticos, que se traduce en los frecuentes prejuicios con que muchos ciudadanos abordan tanto la vida pública como la vida privada de los políticos.

En cuanto a la vida pública, los ciudadanos suelen reprochar a sus representantes el populismo, el electoralismo y el partidismo de sus planteamientos. Por un lado, los políticos tienden a abusar de los mensajes populistas para atraerse el apoyo de los ciudadanos. Pero no es menos cierto que los ciudadanos parecen muy proclives a responder positivamente a las ofertas más populistas que les hacen sus representantes, siempre que estas puedan resultarles individualmente beneficiosas. 

Por otro lado, suele reprocharse que los políticos estén pensando siempre en las próximas elecciones. Ciertamente suele ser así, aunque con ello olvidamos que el horizonte electoral es el principal estímulo para que los políticos traten de mantener y reforzar el apoyo de sus electores, y, por lo tanto, les incentiva a una cierta rendición de cuentas y un seguimiento atento de las preferencias de estos. 

Finalmente, se acusa a los políticos de mostrarse siempre excesivamente partidistas en sus posiciones y demasiado críticos de entrada con las propuestas de sus adversarios. No obstante, hay que recordar la importancia que los electores dan a la claridad –a menudo simplista– en las posiciones políticas de sus representantes. Muchos electores son incluso más propensos a votar ‘en contra’ de otras posiciones o líderes políticos que a favor de su propio partido.

La valoración respecto de la vida privada de los políticos es si cabe aún más dura. Tenemos ciudadanos hipercríticos con las cualidades morales de sus representantes, a los que se les recrimina cualquier atisbo de ambición personal –a pesar de que una cierta dosis de ambición resulta inexcusable para soportar los elevados costes personales que genera la participación en política, como recuerda el Joseph A. Schlesinger en su clásico Ambition and politics (Rand McNally, 1966)– y de hipocresía –aunque esta sea en buena medida necesaria para mantener la convivencia cordial del sistema político en general y el ‘fair play’ en la disputa política en particular, como señala David Runciman en su 'Political hypocrisy' (Princeton University Press, 2010)–.

Y por encima de todo, los ciudadanos se muestran tremendamente exigentes en términos morales ante la mentira, el engaño y el uso de lo público en beneficio propio. El 60,6% de los españoles consideran que la desconfianza ante los políticos está relacionada con la corrupción que supuestamente muchos practican. 

El problema es que no sólo luego esa exigencia moral no se traduce automáticamente en castigo electoral ante los políticos, sino que los propios ciudadanos parecen sucumbir demasiadas veces a la tentación de tales defectos, o al menos se muestran socialmente más permisivos de lo que sugieren sus expectativas políticas.

26/4/13

"El único sentimiento del poder es el de seguir siendo el poder"

"El nuevo largometraje de Pierre Schoeller, El ejercicio del poder, examina a la clase política -una casta sin ideología- que dirige hoy los gobiernos europeos, analiza capa a capa todos sus elementos, y, finalmente, concluye un retrato de sus mandatarios.

 Son políticos que, aun con voluntad de servir al pueblo, son incapaces de ello, atrapados en un ritmo vertiginoso de toma de decisiones, manipulados y presionados desde varios frentes, y, sobre todo, subyugados por el brillo del poder, que, como dice el director, "no tiene sentimientos". Son políticos devorados por este sistema de Estado.(...)
 
El político protagonista de su película es un hombre trabajador, inteligente, humano... No es, desde luego, la visión que hoy tienen los ciudadanos españoles de sus políticos...

Pero en la película también se ve un estado de impotencia del político. Los políticos tienen las llaves de la casa, pero tienen las manos atadas. Lo peligroso es que cuanto más se acerca uno al centro del poder, más tienes la sensación de que son muy pocos los medios que tienen para poder actuar. 

Esta no es una película sobre corrupción, sino sobre las debilidades de los políticos en esa capacidad de acción.

¿Qué otras debilidades ha descubierto sobre los políticos al hacer esta película?

He tenido la sensación de que una vez en el poder es cuando se preguntan ¿qué se hace ahora? Es la sensación de que los políticos descubren el poder cuando llegan, que no han podido anticiparse a sus problemas antes. Pero pienso entonces en un panadero que no sabe qué hacer cuando está ante el horno y es absurdo.

Su protagonista, su ministro de Transportes, parece un buen tipo, pero a la hora de la verdad...

Sí, en la película vemos a un hombre generoso, compasivo, humano... pero hay algo más fuerte por encima de eso, algo que pesará sobre él. El poder no tiene sentimientos. El único sentimiento del poder es el de seguir siendo el poder. 

El poder no tiene sentimientos y los políticos no tienen ideología. Y ésta no es una cuestión de moral, es de naturaleza. Es como un hombre que lleve dentro un demonio. A veces yo también tenía la sensación de que estaba rodando a un demonio.

No es una película partidista, ni siquiera es sobre los políticos, realmente, ¿la intención última era hacer un retrato del poder? 

Sí. No pretendía retratar a un ministro para demonizarle ni destrozarle ni para lo contrario. Este es un tipo normal y corriente, que se vuelve un poco alocado en el gobierno, pero solo porque el mundo de hoy vive en un estado de desastre y el político también está al borde de ese desastre. 

Nosotros, los ciudadanos, vivimos ese desastre, lo sufrimos, transforma nuestras vidas, pero el político, además, está atrapado en ese movimiento de desastre."         (Público, 25/04/2013)

9/3/10

Los políticos somos marionetas que braceamos"

"Se dedicó a la política como consecuencia de la medicina -es técnico en salud pública- y tiene previsto volver a la medicina política, a Asturias, en cuanto acabe la legislatura. "Los políticos han dejado que la economía la manejen otros", dice. "La gente se ha dado cuenta de que los políticos somos marionetas que braceamos y sobreactuamos, pero no tenemos la importancia que podríamos tener en sus vidas". (GASPAR LLAMAZARES: "Los políticos somos marionetas que braceamos". El País, ed. Galicia, última, 17/02/2009)

13/2/08

A vueltas con D. Carlos Marx

“Hace siglo y medio, Karl Marx predecía que el capitalismo moderno sería incapaz de producir una distribución de la renta aceptable. La riqueza crecería, pero beneficiaría a unos pocos, no a la mayoría, y esta injusticia provocaría revueltas y revoluciones, las cuales tendrían como consecuencia un sistema nuevo, mejor, más justo, más equitativo y mucho más igualitario.

Desde entonces, los economistas convencionales se han ganado la vida explicando por qué Marx se equivocaba. Sí, el trauma del desequilibrio inicial de la revolución industrial estuvo y está asociado con un rápido aumento de la desigualdad, a medida que se abren oportunidades para la agresividad y el espíritu emprendedor, y el precio de mercado exigido por unas aptitudes escasas y esenciales se pone por las nubes.

Pero esto era -o se suponía que era- transitorio.

Una sociedad agrícola tecnológicamente estancada está destinada a ser extremadamente desigual: mediante la fuerza y el fraude, la clase alta hace bajar el nivel de vida de los campesinos hasta reducirlo a la mera subsistencia y se queda con el excedente en forma de renta sobre la tierra que controla. Las elevadas rentas pagadas a los terratenientes nobles aumentan la riqueza y el poder de éstos, al proporcionarles recursos para mantener controlados a los campesinos e incrementar su excedente.

Los economistas convencionales sostienen en cambio que una sociedad industrial tecnológicamente avanzada tenía por fuerza que ser diferente. En primer lugar, los recursos esenciales que alcanzan precios elevados y, por lo tanto, producen riqueza no son fijos, como la tierra, sino variables: la capacidad de los trabajadores cualificados y de los técnicos, la energía y la experiencia de los emprendedores, y las máquinas y los edificios son cosas que pueden multiplicarse.

En consecuencia, los precios elevados de los recursos escasos no conducen a juegos políticos de transferencia de suma cero o suma negativa, sino a juegos económicos de suma positiva basados en la formación de más trabajadores cualificados y técnicos, en el apoyo a más emprendedores y administradores, y en la inversión en más máquinas y edificios.

En segundo lugar, la política democrática equilibra el mercado. El Estado educa e invierte, con lo que aumenta la oferta y reduce la prima obtenida por los trabajadores cualificados. Además proporciona seguridad social mediante la imposición de tributos a los ricos y la redistribución de beneficios a los menos afortunados. El economista Simon Kuznets planteaba la existencia de un aumento de la desigualdad con la industrialización, seguido de un descenso a niveles socialdemócratas.

Pero, en la pasada generación, la confianza en la curva de Kuznets ha desaparecido. (…)

Pero el problema no se limita a las altas finanzas. La pega es la incapacidad más general de la competencia de mercado para generar proveedores alternativos y rebajar las fortunas que nuestra actual generación de príncipes mercantiles exige por su trabajo.” (J. BRADFORD DELONG: Otra vez a la sombra de Marx. EL País, ed.galicia, Negocios, 10/02/2008, p. 2)

27/12/07

La política... post-heroica... es la que nos toca

“Vivimos en un mundo sin épica o, al menos, en el que los relatos épicos han perdido plausibilidad y capacidad de movilizar.

Esto se traduce en el hecho de que la política se ha horizontalizado, es decir, se ha situado en el espacio humano, demasiado humano, sin sublimidad, sin verticalidad, en el que no hay nada protegido absolutamente de la crítica, de la erosión del tiempo y de la creciente complejidad social. La idea del "desencantamiento" ha acompañado al desarrollo de la política en los últimos tiempos. (…)

El final de los héroes es el final de un modelo de orden social que resulta de la aplicación de un saber asegurado, orientado hacia el consenso social y presidido por un liderazgo unificador.

Una consecuencia clara de todo ello es que la confrontación política ha de ser entendida de otra manera. Las irritaciones políticas, como el desorden en cualquier sistema, pueden ser vistas como una oportunidad de aprender. Se trataría de interpretar el espacio político como un lugar donde rige especialmente una cultura de lo provisorio, del ensayo y la discrepancia reconocida. En vez de la actitud que descalifica al adversario político desde una pretendida superioridad, el objetivo de una política postheroica sería desarrollar la disposición de aprender, de autocrítica y exploración de nuevas posibilidades. (…)

La idea de "desmoralizar" la confrontación política, aunque esto parezca paradójico, conduce a una mayor responsabilidad política. El recurso a la ideología y a la ética ha funcionado como una gran disculpa en los tiempos heroicos. El hecho de que las decisiones políticas no puedan justificarse absolutamente a partir de unos principios incontestables implica que hay que responder de ellas de acuerdo con criterios puramente políticos. Ninguna maniobra retórica puede disimular completamente el hecho de que no existe una política correcta per se y, por consiguiente, hay un ámbito de discrepancia legítima de la que no cabe deducir que alguien esté moralmente equivocado cuando no coincide con la mayoría triunfante. (…)

Así pues, las promesas heroicas de un control político sobre la sociedad están obsoletas. ¿Cómo actuar en esa pérdida de seguridad?

Una teoría postheroica de la política no implica una política impotente, pero exige otra manera de entender el poder y transitar hacia una manera de hacer la política más relacional y cooperativa, que no esté pensada sobre la idea de la jerarquía y el control. Será socialmente relevante y sobrevivirá como instancia de configuración social en la medida en que desarrolle una espacial capacidad de observar y aprender. Pero entonces, como advertía Niklas Luhmann, la política debe entender su relación con la sociedad como una relación de aprendizaje y no de enseñanza. La política sirve para que la sociedad reflexione sobre sí misma como totalidad y aprenda a gestionar su incierto futuro colectivo. Nada más y nada menos. (DANIEL INNERARITY: Una política sin héroes. El País, ed. Galicia, Opinión, 26/12/2007, pp. 29)