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2/12/24

Adam Tooze: A Estados Unidos le gusta presumir de ser el país más rico del mundo. Gasta más en sanidad que ningún otro país. Y sin embargo, su historial de mortalidad materna es desastroso. Las madres mueren a tasas mucho más altas que en otras economías avanzadas... La tasa de mortalidad materna de las mujeres negras en Estados Unidos es entre cuarenta y cincuenta veces mayor que la de las mujeres en Suiza... Resulta asombroso que esta cuestión no sea objeto de un examen de conciencia a escala nacional... Sabemos que la esperanza de vida general es menor en Estados Unidos y que la mortalidad infantil también es mayor. Así que no es de extrañar que la mortalidad materna también sea mala...

 "Si nos fijamos en las cifras mundiales de mortalidad materna, uno de los indicadores más básicos de la prestación de asistencia sanitaria y el bienestar de la sociedad, lo que más llama la atención son, ante todo, las enormes cifras de muertes maternas en África. Ese fue el tema del post de ayer (nº 1 de una nueva serie sobre reproducción social que me encuentro iniciando).

Lo segundo que llama la atención es la tendencia al deterioro de la mortalidad materna en Estados Unidos. A Estados Unidos le gusta presumir de ser el país más rico del mundo. Gasta más en sanidad que ningún otro país. Y sin embargo, según los datos de los CDC, refrendados por la OMS y muchos otros grupos de expertos, el historial de mortalidad materna de Estados Unidos es desastroso. Las madres mueren a tasas mucho más altas que en otras economías avanzadas.

Contrariamente a las tendencias de todas las demás economías avanzadas, los datos muestran una duplicación de la mortalidad materna en Estados Unidos. Para las mujeres nativas americanas y negras, las cifras son nada menos que drásticas. La tasa de mortalidad materna de las mujeres negras en Estados Unidos es entre cuarenta y cincuenta veces mayor que la de las mujeres en Suiza.

Resulta asombroso que esta cuestión no sea objeto de un examen de conciencia a escala nacional y ocupe el primer lugar en la lista de políticas. Que, en su lugar, el aborto y la defensa de los derechos reproductivos básicos sean el centro del polémico debate es un signo de perverso desvarío.

 La mortalidad materna es una de esas cosas crudas de Estados Unidos, que la mayoría de nosotros vislumbramos con asombro por el rabillo del ojo, en lugar de enfrentarnos a ella de frente. Perversamente, parte de esta aceptación tácita se debe al hecho de que las malas noticias sobre la mortalidad materna en Estados Unidos son tan obviamente parte de una pieza con tantas otras características terribles de la vida en Estados Unidos.

Sabemos que la esperanza de vida general es menor en Estados Unidos y que la mortalidad infantil también es mayor. Así que no es de extrañar que la mortalidad materna también sea mala.

Está claramente relacionada con la desigualdad generalizada y multidimensional, la pobreza, el acceso inadecuado a la atención sanitaria, la falta de derechos de las madres en el lugar de trabajo.

Las mujeres, y en particular las embarazadas, que se encuentran en la intersección de estas líneas corren claramente un alto riesgo.

A pesar de todo su exorbitante gasto sanitario, EE.UU. es el país con menor disponibilidad de personal médico pertinente.

La mala tendencia de los datos va de la mano de otras narrativas de deterioro como las «muertes por desesperación» y el aumento de la obesidad.

Por otro lado, también va de la mano de los riesgos de una sociedad que envejece y a la que le gustan las intervenciones médicas que conllevan riesgos. En este caso, un factor importante asociado a un mayor riesgo de complicaciones es el aumento de las tasas de cesáreas en la década de 2000, una tendencia que se ha estabilizado en los últimos diez años.

 Una característica sorprendente de la mortalidad materna en Estados Unidos es que dos tercios de las muertes maternas se producen después del parto.

Estados Unidos es el único país rico que no ofrece a las madres un permiso de maternidad obligatorio.

Especialmente entre las mujeres blancas, una gran parte de la mortalidad se produce después del parto y está relacionada con problemas de salud mental.

Pero, ¿se ajustan los datos a la realidad sobre el terreno?

Al menos algunos dentro del sistema sanitario estadounidense lo dudan. Varios equipos de expertos han trabajado con asiduidad sobre los datos y han llegado a la conclusión de que el aumento de la tasa se debe probablemente a un cambio en el sistema de notificación. Dudan no sólo de la tendencia, sino también de la tasa global de mortalidad. La conclusión de su investigación es que la tasa de mortalidad es la mitad de la cifra publicada por los CDC, es decir, más cercana a 10 por cada 100.000 nacidos vivos que a 22,3.

Esto ha llevado a Our World in Data y NPR a publicar informes que cuestionan la narrativa de la crisis.

Aunque parecen esfuerzos plausibles y de buena fe para aclarar las cosas, las revisiones no son, en sí mismas, generalmente aceptadas.Los CDC refutan las afirmaciones.
Otros estudiosos señalan que los métodos utilizados por los investigadores revisionistas tienden a subestimar la mortalidad.

Y si los problemas de presentación de datos son, de hecho, reales, ¿qué nos dice eso sobre el sistema? Me quedé rascándome la cabeza ante la idea de que introducir una pregunta adicional sobre el embarazo, en un proceso supuestamente controlado de gestión hospitalaria, pudiera generar tanto ruido.  

Si no podemos contar con que una simple casilla se marque de la manera correcta, ¿qué más se está informando incorrectamente? Si un formulario registra el hecho surrealista de la muerte de una mujer embarazada de 70 años, ¿cómo sabemos si lo que se ha registrado incorrectamente es el embarazo o la edad? 

Dejando de lado esas preguntas surrealistas, hay tres cosas que no parecen estar en disputa. 

1.- Incluso con los datos revisados, la tasa de mortalidad materna en los Estados Unidos es peor que en todos los países ricos comparables. 

2.- Incluso si la mortalidad materna no está aumentando en los Estados Unidos, no está mejorando como lo está haciendo en la mayoría de las demás economías avanzadas. Si uno supone que un sistema de atención de salud debería tratar de mejorar y que cualquier muerte materna en una sociedad rica es un desastre, esto es, en sí mismo, evidencia de un mal funcionamiento grave. El estancamiento de un nivel elevado de mortalidad es un signo de que algo va fundamentalmente mal. 

3.- Por último, nadie duda de que existen disparidades alarmantes en la mortalidad materna según la raza, que son una lacra para la sociedad estadounidense y ponen en tela de juicio cualquier noción de pertenencia a una comunidad de destino."

( Adam Tooze , blog, 24/11/24, traducción DEEPL, gráficos y enlaces en el original)

7/11/23

El estigma de la enfermedad... Los siglos que han estigmatizado la enfermedad no solo han hecho más difícil la vida a los enfermos concretos, también han negado lo más evidente de nuestra naturaleza, que somos un cuerpo y de él proceden nuestros pensamientos

 "“El enfermo no es culpable, no tiene por qué avergonzarse”. Así argumentaba hace unos días Siri Hustvedt en las antiguas caballerizas del Palacio de la Magdalena, en Santander. Su marido, Paul Auster, padece cáncer y ambos han tomado la decisión de hablar de ello públicamente. Hustvedt relató en la Universidad Menéndez Pelayo, donde fue a recoger su doctorado honoris causa, lo que ambos están viviendo. Convertir este asunto en una conversación natural es parte de su rebeldía ante el estigma que pesa sobre el cáncer.

En mi época de joven redactora en un periódico nacional, escribí y edité numerosos obituarios. La norma establecía que debíamos especificar la causa de la muerte. El latiguillo más frecuente era: “Murió tras una larga enfermedad”. Le pregunté a mi jefe por qué no lo llamábamos “cáncer” y me contestó que todo el mundo sabía que “larga enfermedad” es su sinónimo elegante: una reivindicación del tabú en nombre del buen gusto, como si enfermar o morir fuera una ordinariez. En el relato que Hustvedt va haciendo en su cuenta de Instagram, muestra un camino en el que las narrativas de la enfermedad ni se ocultan bajo el peso del estigma ni se airean en forma de pornografía.

No es fácil encontrar las palabras adecuadas, porque escasean los referentes. En su ensayo Sobre la enfermedad, Virginia Woolf escribió que no ha ocupado un lugar proporcional a sus méritos y merece ser uno de los principales temas literarios, “junto con el amor, la batalla y los celos”. Una mínima alteración de la salud trastoca nuestra visión de la vida y de nuestro propio cuerpo, y puede arrumbar convicciones profundas sobre el mundo y los otros. “Un ligero aumento de la temperatura”, dice ella, nos asoma a “asombrosos territorios desconocidos”, “precipicios y praderas salpicadas de flores brillantes”. Un leve acceso de gripe desvela “páramos y desiertos del alma”.

La enfermedad nos arranca de cuajo la certeza de que somos algo acabado y definido. Muestra al desnudo la variabilidad de eso llamado “yo”, que se desintegra ante una simple diarrea. Nos ayuda a comprender nuestra pequeñez. Quizá por esa forma en que nos obliga a ser humildes ha sido rechazada por el canon de los escritores. Nunca un gran poema épico ha versado sobre la gripe, una grave negligencia si nos creemos la aspiración de la literatura de servir como herramienta para el conocimiento del alma humana.

Recuerdo cómo uno de mis primeros amigos ingleses, hijo de una refinada familia de diplomáticos, pedía disculpas cuando le sonaban las tripas o estornudaba. Son actos autónomos de nuestro cuerpo, ¿de qué se disculpaba si no era responsable? Justamente de eso: de no poder controlarlo todo. Me asaltó la duda de si pediría perdón también por una erección. Hice trabajo de campo y descubrí que no. He aquí una de las claves: el cuerpo incontrolable de un varón es motivo de orgullo si muestra virilidad y vigor, pero es motivo de estigma si muestra vulnerabilidad. Por eso, en palabras de Woolf, “cualquier colegiala cuando se enamora cuenta con Shakespeare o Keats para expresar sus sentimientos”, pero para describir un dolor de cabeza “el lenguaje se agota de inmediato”.

Siri Hustvedt está ampliando los límites del lenguaje de la enfermedad con sus notas en Instagram: “Puede ser tentador considerar que Cancerlandia es un país aburrido, triste y peligroso, donde nadie realmente vive sino simplemente espera, un limbo de citas, tests, medicamentos, escáneres, que hay que soportar hasta que el paciente sea enviado al cielo de la vida o al infierno de la muerte. Esto es un error”. No nos habla no solo con palabras nuevas, sino de una distinta jerarquía de las emociones y los estados de ánimo. Si el amor nos transforma, los celos nos arrebatan y las batallas nos ennoblecen, como han cantado siempre los rapsodas, es hora también de admitir las profundas revelaciones que la enfermedad nos ofrece sobre nosotros mismos.

Muchos filósofos piensan que el cuerpo es eso que sirve para sujetar la cabeza. Desde Platón hasta Descartes, nos han hecho creer que el conocimiento del mundo obtenido a través de los sentidos es engañoso y que solo la mente acierta. La enfermedad nos indica lo contrario. En los ambiguos estados de conciencia en que nos sume, descubrimos que el cuerpo tiene una mente propia, y accedemos a ella sumidos en el drama de una dolencia. La mente que Descartes imagina diferenciada del cuerpo rechaza la corporeidad para disertar sobre ella con pompa y gravedad, pero sucumbe ante el escozor de una ampolla en el meñique. Cae frente al imperativo sensual de la enfermedad. Los siglos que han estigmatizado la enfermedad no solo han hecho más difícil la vida a los enfermos concretos, también han negado lo más evidente de nuestra naturaleza, que somos un cuerpo y de él proceden nuestros pensamientos."                 (Irene Lozano, El País, 13/09/23)

21/3/23

El nuevo perfil de la soledad: joven y precario

 "La mayoría de la población, un 77%, considera que la soledad no deseada es un problema social importante en España, según un estudio social de 40 dB. para EL PAÍS y la Cadena SER. Hay más mujeres que hombres en el grupo que opina que ese problema es muy grave y también son ellas las que en mayor medida dicen “escribir o llamar con cierta frecuencia” a las personas de su entorno que lo sufren. La soledad está cerca: un 42,3% dice conocer directamente a alguien en esa situación; sobre todo, amigos, y en torno al 22% de la población se ha sentido muy o bastante solo en el último año —de ellos, casi el 70% declara que la mayoría de las veces de forma no deseada—. La comunidad científica ha constatado que esas circunstancias son un factor de riesgo como el tabaquismo, la obesidad o la polución ambiental. El problema no es solo individual, sino de salud pública.

La encuesta, 2.000 entrevistas llevadas a cabo entre el 23 y el 26 de febrero, dibuja el retrato de la persona que se siente sola en España. Y no es el que la mayoría tiene en la cabeza. Un 65,5% cree que el colectivo que más sufre esa soledad no deseada es el de los mayores, pero al analizar el porcentaje de personas que han sentido mucha o bastante soledad en el último año sobre cada grupo de interés, casi el 37% son jóvenes de entre 18 y 24 años, seguidos por la franja de 25-34 (32,9%) y la de 35 a 44 (28,8%). Los porcentajes bajan hasta el 12,9% entre los mayores de 65 y al 13,4% en la franja de los 55 a los 64.

El estudio también revela que ese sentimiento de soledad, al igual que otras muchas cuestiones relacionadas con la salud, como la buena o mala alimentación, tiene mucho que ver con la situación económica: el porcentaje de personas que han sentido mucha o bastante soledad en el último año sobre cada grupo de interés dibuja diferencias importantes: el 33% de los parados se sienten solos; es decir, 10,9 puntos más que los que trabajan y 18,5 puntos porcentuales por encima de los pensionistas. También son los que en mayor medida aseguran no llegar a final de mes. El 27,4% de los estudiantes se sienten solos y entre los que trabajan influyen las condiciones laborales: la soledad no deseada afecta al 38,3% que lo hace en horas poco comunes, lo que, unido a la falta de recursos económicos, señalada como otra de las causas, les dificulta organizar planes de ocio con otros.

El género apenas influye: las mujeres se sienten algo más solas (23%) que los hombres (20,7%), pero sí es determinante el estado civil: el 32% de los solteros y el 26,3% de los separados o divorciados se sienten solos, frente al 14,4% de los casados.

Salud mental

Casi un 32% de los que dicen haber sentido mucha o bastante soledad en el último año asegura que no tiene relaciones regulares ni esporádicas con nadie. El 31,3% de los que tienen algún tipo de diversidad funcional o discapacidad se sienten solos. De media, están menos satisfechos y menos felices con su vida, se consideran en mayor medida “diferentes a los demás” y padecen más problemas de salud mental (32,9% frente a 12,9% de la población general).

Un estudio de la Fundación Mutua Madrileña y la Confederación Salud Mental, en el que han participado Twiga y 40dB. y que fue presentado el martes, reveló que cuatro de cada 10 españoles creen que no disfrutan de una buena salud mental; casi el 75% considera que ha empeorado para todos en los últimos años y un 40% de las personas diagnosticadas con un problema de este tipo habían sentido rechazo social por parte de su entorno. El informe también señalaba a los jóvenes como el colectivo más vulnerable: solo el 30,8% de los menores de 24 años considera que tiene una buena salud mental y las ideas o intentos de suicidio también son más frecuentes en esa franja de edad.

El sondeo de 40dB. muestra que quienes se sienten solos dedican más horas al día a las redes sociales y a los foros de internet y usan más a menudo aplicaciones para conocer gente o ligar. En La gran fragmentación (Arpa editores), el periodista de este diario Ricardo de Querol recoge el fenómeno de los llamados ermitaños digitales, en su mayoría varones entre los 20 y 30 años, “que pasan el día en la burbuja de su cuarto, refugiados en la consola, el ordenador o el móvil”. Se hace menos vida en común en espacios públicos, mientras se establecen relaciones más frías a través de internet o videojuegos.

La pandemia ya no es un factor tan determinante tres años después del confinamiento. Solo el 10,6% cita el “aislamiento de los demás por el covid-19″ como la causa de sus sentimientos de soledad y un 11,2% menciona “el fallecimiento de personas” de su entorno.

Red de apoyo

“La soledad es no tener con quién hablar, no tener con quién hablar de buena manera”, afirma el neurocientífico Mariano Sigman, autor de El poder de las palabras (Debate). Disponer de un amigo a quien confiarle lo importante, explicó en una entrevista en EL PAÍS, “es un enorme paracaídas para la salud. Hay mucha ciencia que muestra que cuando tienes esa persona, el devenir de toda tu salud mental y física es mucho mejor que si no la tienes. La soledad es tóxica”, afirma.

El estudio de 40dB. indaga también en las redes de apoyo de los españoles. La mayoría cuenta con esa red, aunque uno de cada tres asegura que no habla de su soledad porque no quiere o porque no tiene con quién hacerlo. Un tercio afirma no tener amigos suficientes a los que contar algo importante o un problema y en general se siente mayor facilidad para conversar sobre las verdaderas preocupaciones con la pareja o los amigos que con familiares. En el caso de las actividades lúdicas, un 27,2% dice tener pocos o ningún amigo con el que “salir a divertirse” y esos porcentajes suben en el caso de mayores de 65 y en la clase media-baja y baja.

Los que afirman haberse sentido bastante o muy solos en el último año son más propensos a no contarlo que la población general. Pero, en el caso de hacerlo, hablan en mayor medida con terapeutas y psicólogos y con desconocidos.

Preguntados sobre quiénes creen que tienen mayor capacidad para combatir el sentimiento de soledad no deseada, el 41,6% asegura que el entorno de quien lo sufre, el 15%, la persona que se encuentra en esa situación, un 10% el Gobierno central y un 7,5% los Ayuntamientos. Sin embargo, esos porcentajes varían entre los que se sienten solos, que atribuyen en menor medida al entorno la capacidad de combatir su soledad. Ante la pregunta de qué hacen para tratar de remediar la situación de los conocidos que se sienten solos, la mayoría (49,1%) afirma “estar más pendiente de esa persona”, un 45,6%, “escribirles o llamarlos con cierta frecuencia”; el 33,1% visitarlos; el 29,1% trata de hacer actividades con ellos; un 17,7%, dice “hacer lo posible para que busquen ayuda profesional o terapia”; un 6% contrata a alguien que los cuide o haga compañía y un 6,4% admite no hacer “nada”.

Por lugares, las clases y el trabajo son los espacios donde con más frecuencia los encuestados dicen haberse sentido solos, por encima del hogar, la calle, los comercios o los espacios de ocio como cines, bares o restaurantes.

A medida que se han conocido los efectos de ese sentimiento sobre la salud general, el problema ha ido ganando presencia en la agenda política y distintas administraciones han puesto en marcha iniciativas para combatirla, aunque todavía de manera insuficiente. El Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada apunta a que el problema afecta cada vez a más gente en España y en Europa. El Imserso ultima una estrategia al respecto. En el ámbito regional, varias comunidades cuentan con planes específicos. También los Ayuntamientos. En el de Barcelona, por ejemplo, destacan los programas Radars y Vincles. El perfil de la soledad, más joven de lo que habitualmente se piensa, también obligaría a replantearse el enfoque y la estrategia para combatirla. Los que se sienten solos se muestran menos seguros de ir a votar en las próximas elecciones que la población general y son más indecisos a la hora de tomar la decisión. También se posicionan ideológicamente en menor medida.

Hogar medio

El 30,7% vive con su pareja e hijos. Los siguen quienes viven solo con su pareja (25,4%) y los que residen con algún progenitor u otros familiares (14,7%). En el colectivo que vive solo (12,5%) predominan los mayores de 55 años y la clase media-baja y baja. A más de la mitad de los que no comparten su residencia con nadie les gustaría seguir así, aunque las personas que viven acompañadas muestran un nivel de satisfacción mayor con su situación: casi el 90% la mantendría. La mitad de la población (52,9%) dice estar contenta con el reparto de su tiempo, pero casi cuatro de cada 10 preferirían que aumentasen los momentos en compañía.

Los hogares españoles encogen. En 1970 eran de casi cuatro personas. Disminuye la natalidad, aumentan los divorcios y la esperanza de vida. Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística apuntan que, en 2037, uno de cada tres hogares albergará a alguien solo.

La soledad deseada

Existe también una soledad deseada. Más del 56% de los que viven solos aseguran que le gustaría seguir haciéndolo frente al 43,6% que preferiría compañía. Entre los que viven acompañados, sin embargo, solo uno de cada 10 querría vivir solo. También hay actividades, como ir al médico, que prefieren hacerse en solitario, frente a otras como comer, viajar, ir al cine, al teatro o a conciertos, en las que se desea la compañía. Para dormir, el 38,9% prefiere estar solo, el 49,3% acompañado y a un 11,9% le es indiferente."               (Natalia Junquera , Yolanda Clemente , El País, 19/03/23)

10/8/22

Estados Unidos, ¿tierra de los moribundos? Un alarmante estudio muestra que Estados Unidos está matando a su propia población... Los investigadores descubren ahora que el panorama de las deficiencias sanitarias es aún más grave de lo que ya sabíamos... en el año 2019, el número de "muertes excesivas" anuales alcanzó la impresionante cifra de 656.353... En 2021, se elevó a 1.092.293... Basándose en la edad a la que sucumbieron y en el número de años que se podría haber esperado que vivieran si hubieran nacido en Finlandia, España, o Japón, se calcula que en un solo año, 2021, Estados Unidos sufrió 25 millones de años de vida perdidos... El capitalismo desenfrenado no es bueno para la esperanza de vida... Una serie de artículos sobre la presión ejercida por el capital riesgo sobre las salas de urgencias para que reduzcan los costes ha puesto de manifiesto el peligro que supone para las vidas de los estadounidenses esta parte rapaz del sector financiero, que exprime cada vez más los beneficios de los cuerpos humanos

 "Con su poderío económico y militar, Estados Unidos es difícil de superar en cuanto a maravillas tecnológicas, exploración espacial y universidades de primera categoría. Pero en lo que respecta a la salud, un requisito fundamental para una vida plena, Estados Unidos no está cumpliendo y no lo ha hecho durante mucho tiempo. Los investigadores descubren ahora que el panorama de las deficiencias sanitarias es aún más grave de lo que ya sabíamos.

Un montón de estudios han llamado la atención sobre el hecho de que en el país que ocupa el primer puesto en gasto sanitario per cápita, la gente vive menos, se siente más deprimida y es más probable que se salte el tratamiento debido al coste que en muchas naciones desarrolladas. En una clasificación de 11 países de renta alta elaborada por el Fondo de la Commonwealth en 2021, el sistema sanitario estadounidense quedó en último lugar, con los peores resultados de todas las naciones estudiadas.

"La única riqueza es la vida", escribió el crítico del siglo XIX John Ruskin. Investigaciones recientes indican que Estados Unidos puede ser rico en dólares, pero se está empobreciendo en los aspectos más importantes.

En un nuevo y sorprendente informe, "Missing Americans: Early Death in the United States, 1933-2021", el profesor de salud global y epidemiología de la Universidad de Boston, Jacob Bor, y sus colegas analizaron los datos de los CDC y de una base de datos de mortalidad global. Durante el periodo investigado, compararon las tasas de mortalidad de Estados Unidos con las de Canadá, Japón y 16 países de Europa Occidental. ¿Cuántas vidas estadounidenses se habrían salvado cada año, se preguntaron los investigadores, si las tasas de mortalidad de Estados Unidos hubieran sido iguales a las de otros países ricos?

La respuesta es un número asombroso.

Millones perdidos

Según los investigadores, Estados Unidos comenzó en 1933 a la cabeza de la sanidad mundial, mostrando una ventaja significativa en las tasas de mortalidad con respecto a los países de su entorno estudiados. Pero a partir de la década de 1970, algo se torció. 

En general, los estadounidenses comenzaron a morir a tasas más altas que sus pares, una tendencia que creció de manera constante y tomó fuerza en la década de 2000.

Para el año 2019, el número de "muertes excesivas" anuales había alcanzado la impresionante cifra de 656.353. Bor y sus colegas se refieren a estas personas que murieron como "estadounidenses desaparecidos": los amigos, familiares y colegas que todavía estarían con nosotros si solo la atención sanitaria y la política social modernas de Estados Unidos estuvieran a la altura de sus primeras promesas.

Consideremos que la cifra de 656.353 estadounidenses desaparecidos es el número de muertes en exceso solo en el año 2019. En un solo año, perdimos -innecesariamente- más que la población de Detroit, Las Vegas o Baltimore. Más que Atlanta y Miami juntas. Y esto fue antes de la pandemia. En 2021, el número de estadounidenses desaparecidos se elevó a 1.092.293, muchos más de los que se pueden poner en los cartones de leche. Y lo que es peor: la mitad eran menores de 65 años.

Bor y sus colegas investigadores descubrieron que, en promedio, no sólo había más estadounidenses que morían en relación con sus pares en el extranjero, sino que las muertes eran cada vez más jóvenes.

Se trata de seres humanos que no tenían que dejarnos. Personas que tenían hijos, ancianos y vecinos que cuidar. Contribuciones que hacer. Amor y risas que compartir. Los investigadores encontraron una forma inquietante de ayudarnos a visualizar la profunda profundidad de la tragedia. Basándose en la edad a la que sucumbieron los estadounidenses y en el número de años que se podría haber esperado que vivieran si hubieran nacido en Finlandia, España, Japón o los demás países estudiados, Bor y sus colegas tabulan que en un solo año, 2021, Estados Unidos sufrió 25 millones de años de vida perdidos.

De nuevo, la cifra de 25 millones de años de vida perdidos es sólo para el año 2021. En 2022, al morir aún más personas a los 60 años en lugar de a los 80, se perderán millones de años de vida en el futuro. Se supone que el coronavirus se ceba con mayor virulencia en las personas mayores, pero en Estados Unidos, las personas que aún están en edad de trabajar han fallecido a un ritmo mayor durante la pandemia que en otros países similares, como ha ocurrido durante años. No es de extrañar que los negros y los nativos americanos representen una parte desproporcionada de esos años y vidas desaparecidas.

¿Qué ha cambiado?

¿Por qué, en un país que tiene tanto que gastar -y que gasta tanto en atención médica- se acortan tantas vidas? ¿Cómo empezamos tan bien y acabamos tan mal?

Bor señala que la ventaja de la mortalidad estadounidense a finales de la década de 1930 y en la de 1940 se vio afectada por las altas tasas de mortalidad de los países pares debido a la Segunda Guerra Mundial y que la desventaja de gran parte de Europa y Japón probablemente continuó durante una década después de la guerra debido a la devastación generalizada. Pero también señala otros factores que probablemente ayudaron a los estadounidenses a vivir más tiempo hasta la década de 1950, como la fuerza relativa del trabajo organizado y el consiguiente aumento de los salarios, además de las grandes inversiones públicas que ayudaron a impulsar la clase media, como la ley GI y la promoción de la propiedad de viviendas de alto valor (con la advertencia de que estas ventajas estaban disponibles principalmente para los estadounidenses blancos).

Bor observa que el período posterior de ventaja de la mortalidad estadounidense se vio probablemente reforzado por la Guerra contra la Pobreza del presidente Johnson y la marcada expansión de la red de seguridad mediante Medicare y Medicaid, así como la integración racial de los hospitales en 1963 y la regulación medioambiental que hizo que el agua y el aire fueran más saludables. "Todos estos programas y políticas tomaron algunos de los avances que se produjeron en la década de 1950 y los ampliaron para que no fueran sólo las personas con ingresos de clase media y los blancos los que tuvieran acceso a los factores determinantes de una vida sana y larga", explica.

Sin embargo, incluso durante el periodo de ventajas relativas en materia de mortalidad, la desigualdad y el racismo estructural de Estados Unidos probablemente impidieron que el historial de longevidad del país fuera tan bueno como podría haber sido. Las poblaciones de mayor edad en EE.UU. han tendido a tener mejores resultados de mortalidad en relación con sus países pares que los grupos más jóvenes. Bor cita el hecho de que los estadounidenses tienen que llegar a los 65 años antes de que entren en vigor prestaciones como la asistencia sanitaria universal, lo que repercute negativamente en la esperanza de vida de los más jóvenes. Esta tendencia relacionada con la edad cambió un poco entre 1980 y 2000, pero los investigadores descubrieron que en la década de 2000, el panorama de la mortalidad relacionada con la edad es claro: la historia de la desventaja de Estados Unidos se refiere principalmente a las personas menores de 65 años que mueren a tasas más altas que en los países de su entorno.

El año en el que las cifras de mortalidad general de Estados Unidos divergen de las de otras naciones ricas es 1980, según los resultados de los investigadores. Si le viene a la mente el nombre de Ronald Reagan, no es el único: Bor señala que un debate en Twitter sobre el trabajo del equipo se ha centrado en esta asociación. Sin embargo, subraya que la historia es más complicada que la presidencia de un hombre y los cambios políticos que conlleva, y cita múltiples factores como el aumento de las muertes relacionadas con los opioides en la década de 2000, así como el incremento de las muertes por obesidad, diabetes y síndrome metabólico. La violencia con armas de fuego también ha aumentado el número relativo de muertes en Estados Unidos.

Al considerar la creciente brecha entre EE.UU. y los países de su entorno en la década de 2000, Bor señala el trabajo de los economistas de Princeton Anne Case y Angus Deaton sobre las "muertes por desesperación", término que designa las vidas perdidas por causas evitables como el suicidio, la sobredosis de drogas y el alcoholismo. Investigadores como la socióloga Shannon Monnat, que ha estudiado la crisis de los opioides, se han basado en este trabajo, tratando de entender por qué estas muertes se producen con tanta frecuencia en Estados Unidos.

Bor menciona los factores de estrés combinados de la dislocación económica debida a la globalización y a la pérdida de puestos de trabajo y oportunidades económicas en algunas partes del país, especialmente entre los que carecen de títulos universitarios, y las implicaciones sociales de estas tendencias, como el creciente número de hombres sin trabajo que ya no son considerados material para el marido y, por tanto, pierden el apoyo social que conlleva el matrimonio. El problema se agrava, en opinión de Bor, por "la incapacidad de nuestra política para abordarlo, o incluso para verlo venir, y esto ocurría tanto con George W. Bush como con Obama".

Como Bor y sus investigadores señalan, la desigualdad es sin duda una gran parte del panorama. En 2017, el economista Peter Temin describió cómo Estados Unidos comenzó a divergir en lo que son esencialmente dos naciones separadas en la década de 1970. Una nación -alrededor del 20% de la población total- se jacta de tener educación universitaria, buenos empleos y acceso a una atención médica de calidad. La otra nación, en la que reside el 80% de la población, está atascada con salarios bajos, trabajos inseguros, menos oportunidades de educación y una asistencia sanitaria inasequible e inadecuada. Estas son las personas que enferman más y mueren más jóvenes que antes. Temin observa que la estructura económica de EE.UU. se parece ahora mucho más a la de una nación en desarrollo que a la de una superpotencia rica, lo que puede ayudar a explicar por qué las tasas de mortalidad del país en su conjunto no pueden competir con las de otros países similares en los que esa bifurcación es menos pronunciada. Thomas Ferguson, Director de Investigación del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico (INET), ha estudiado el creciente giro de Estados Unidos hacia la política impulsada por el dinero, que ha dado lugar a que las políticas de mentalidad pública den paso a las de libre mercado, que no tienen en cuenta las necesidades de la mayoría.

Estos dos mundos, el de los altos ingresos y el de los bajos salarios, interactúan cada vez menos, lo que podría explicar por qué muchos estadounidenses acomodados, incluidos los médicos que los atienden, no son conscientes de lo grave que se ha vuelto el historial sanitario general del país o de cuántos mueren jóvenes en comparación con otras naciones similares.

Pero el mundo de los salarios bajos sabe algo de primera mano. La crisis de Covid ha ilustrado cómo muchos estadounidenses no son simplemente ignorados, sino que se les pone directamente en peligro: se espera que sacrifiquen sus propias vidas en beneficio de los ricos. Esta actitud fue expresada sucintamente por Dan Patrick, vicegobernador de Texas, mientras la pandemia hacía estragos: "Hay cosas más importantes que vivir", afirmó. ¿Como una economía que beneficia principalmente a unos pocos?

Bor reconoce la necesidad de debatir políticas que ayuden a Estados Unidos a dar un giro a su pésimo historial de mortalidad, pero cree que el primer paso es concienciar al público de la urgencia de la situación. Incluso él, que es epidemiólogo, se ha visto sorprendido por lo que él y sus colegas han encontrado. "Lo que me ha sorprendido de esta investigación es lo enorme que es el número de estadounidenses desaparecidos, y lo poco que forma parte de nuestra conversación pública... Estoy seguro de que si se hiciera una encuesta, la gente no tendría ni idea de la magnitud del exceso de mortalidad en EE.UU. Estamos muy atrasados".

¿Un giro a peor?

Desgraciadamente, si Estados Unidos fuera un paciente, el médico probablemente estaría prediciendo un giro a peor.

Para empezar, la respuesta de la nación a la pandemia ha sido ampliamente criticada, con datos que muestran claramente que el récord de Estados Unidos en salvar a la gente de los estragos del virus está por debajo de la media en el mundo y entre los peores entre las naciones desarrolladas y de altos ingresos. Sin duda, eso no ayuda a la crisis de mortalidad.

En general, la fractura del país en una economía dual no está mejorando. Para añadir más tensión, Peter Temin ha iluminado en su libro más reciente que las disparidades raciales en la economía estadounidense parecen estar empeorando, no mejorando.

El capitalismo desenfrenado no es bueno para la esperanza de vida. Por ejemplo, la creciente entrada del capital privado en la sanidad desde los años 80 en EE.UU. ha alarmado a muchos expertos, como ha destacado INET en la investigación de Eileen Appelbaum y Rosemary Batt, y también en el trabajo de Thomas Ferguson, Paul Jorgensen y Jie Chen sobre las contribuciones políticas del capital privado. 

Una serie de artículos sobre la presión ejercida por el capital riesgo sobre las salas de urgencias para que reduzcan los costes ha puesto de manifiesto el peligro que supone para las vidas de los estadounidenses esta parte rapaz del sector financiero, que exprime cada vez más los beneficios de los cuerpos humanos.

Mientras tanto, a medida que la salud de los estadounidenses se deteriora, el Tribunal Supremo ataca la regulación medioambiental y la protección de las armas, y asesta un golpe espantoso a la salud de las mujeres. Si los programas y políticas estadounidenses de la década de 1960 ampliaron los logros de la década de 1950, muchos de los de la década de 2020 están haciendo lo contrario: están intensificando los fracasos de las décadas pasadas.

"Es una de las trágicas ironías de nuestra época", dice Bor. "Poblaciones que han visto algunas de las peores tendencias en los resultados de salud en los últimos 40 años están eligiendo líderes que exacerbarán aún más esas tendencias a través de políticas que son contrarias a la salud pública, ya sea la falta de expansión de Medicaid, la falta de regulación de las armas o las restricciones al aborto que conducirán a consecuencias negativas para la salud de las mujeres a corto y largo plazo."

Todo esto apunta a la incómoda realidad de que la democracia estadounidense no está funcionando como debería. Cuando los funcionarios elegidos no reflejan la voluntad del pueblo, que seguramente, al nivel más básico, es vivir, entonces algo ha ido mal. "Lo que más me frustra es que en una democracia se esperaría que el sistema político respondiera cuando hay una crisis sanitaria masiva, cuando la realidad material de la gente ha disminuido", dice Bor. "Lo que ves es exactamente lo contrario. Parece muy sombrío, pero luego piensas, caramba, tiene que haber una oportunidad para una nueva política aquí".               
     

(Lynn Parramore, Brave New Europe, 08/08/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

25/4/22

Mariana Mazzucato: Cómo diseñar un fondo de preparación y respuesta frente a las pandemias... Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad... Un paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado para lograr la misión de Salud para Todos de la OMS

 "Con más de dos tercios de la población del continente africano todavía sin vacunar contra la COVID-19, está claro que el régimen global de preparación y respuesta frente a las pandemias (PRP) sigue estando seriamente subfinanciado y no cuenta con sistemas de entrega eficaces y resilientes. 

Si bien el Acelerador de Herramientas de Acceso contra la COVID-19 (Access to COVID-19 Tools Accelerator (ACT-A)) ha ayudado a abordar la enorme desigualdad en el acceso a las pruebas, tratamientos y vacunas, carece del respaldo necesario para apoyar de manera integral a los países de bajos ingresos.

Estudios científicos y económicos han demostrado que una futura pandemia que se transmita por vía aérea podría matar a millones de personas y causar un caos económico, especialmente en el contexto de una urbanización en aumento e intensificación del cambio climático. Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad. Al igual que con la lucha contra el cambio climático, los costes de la inacción son mucho mayores que los de actuar a tiempo.

 En octubre pasado, la Presidencia italiana del G20 publicó un mapa de ruta de PRP para asegurar que el mundo esté mejor preparado para el próximo desafío de salud global. En los próximos días, los ministros de finanzas y directores de los bancos centrales de los países del G20 recibirán un informe de avances de la Fuerza de Tareas Conjunta sobre Finanzas y Salud del G20, la entidad creada para monitorear su desempeño. Un próximo paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado. La OMS y el Banco Mundial estiman que existe una brecha de financiación de al menos $10, 5 mil millones para el PRP. 

Debemos considerar esa cifra como el mínimo absoluto de fondos adicionales necesarios cada año para asegurar un acceso igualitario a las vacunas, las pruebas y las terapias, la vigilancia de patógenos, e investigación y desarrollo, la manufactura y la infraestructura de salud. No hay ninguna buena razón para que el G20 no sea capaz de reunir otros $10,5 mil millones al año. Es una ínfima fracción de los billones de dólares destinados a mitigar la actual pandemia, por no mencionar los billones que se perderían en caso de otra crisis sanitaria global. 

En todo caso, para tener éxito el FFI debería cumplir con cuatro condiciones. 

La primera es que no debe financiarse mediante promesas o iniciativas de reposición ocasionales, ya que son demasiado inestables. En su lugar, los gobiernos deben acordar la entrega por adelantado de los fondos para los primeros cinco años, al tiempo que adoptan medidas para generar compromisos financieros para el FFI en sus presupuestos anuales. 

 Este fondo inicial debería promover mecanismos financieros combinados e innovadores para apalancar las inversiones del FFI. Los gobiernos, bancos de desarrollo, filántropos y corporaciones ya están creando nuevas formas de colaboración para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas. Los líderes del G20 deben crear un grupo de expertos para identificar mejores prácticas de los modelos de financiación verdes que se puedan utilizar para inversiones en PRP. 

Más aún, debido a que los países de ingresos bajos y medios enfrentan estrechas limitaciones fiscales, toda inversión adicional que hagan en sus sistemas de salud pública y PRP debería ser reconocida como contribución en especie al FFI (siempre que sea compatible con los objetivos generales del fondo).

 Segundo, el FFI debería contar con un mecanismo de evaluación basado en indicadores acordados en común sobre el impacto socioeconómico de una inversión, para asegurar el uso eficiente de estos nuevos recursos y dar confianza a los donantes de que hay un retorno medible de su compromiso de largo plazo con el FFI. 

Tercero, la financiación del FFI no debe socavar programas que estén dando respuesta a otras necesidades urgentes de salud pública. Los aportes de los países de ingresos altos se deberían hacer en adición a la ayuda para el desarrollo oficial ya existente, a fin de asegurar que el FFI no signifique recortes a otras partidas destinadas a ayudas. 

 Por último, como reconoció la Declaración de Roma de los Líderes del G20, el FFI debe apuntar a un acceso universal y una gobernanza inclusiva para asegurar su legitimidad ante los países de ingresos bajos y medios. Por ejemplo, la innovación y producción farmacéuticas deberían estar regidas por el principio de inteligencia colectiva, que llama al aprovechamiento común más amplio posible de los conocimientos subyacentes,

 El FFI debe alejarse del marco ya caduco y desigual de donantes y beneficiarios. La representación dentro de su estructura de gobernanza formal se debería distribuir por igual entre países de ingresos bajos, medios y altos. Asimismo, debe haber un núcleo de instituciones de implementación global y regional, como la OMS y los Centros de Control de Enfermedades africanos, así como representación de expertos independientes de toda la sociedad. 

Para evitar disputas burocráticas entre entidades de gobernanza global, el Banco Mundial debería albergar al FFI, con la OMS desempeñando un papel líder en el desarrollo y ejecución de estrategias. Al mismo tiempo, ambas organizaciones deberán reconocer que la mejor manera de desarrollar conocimientos, experiencia y capacidad es fomentar la máxima participación de todos los actores interesados, a través de relaciones de colaboración plenamente transparentes. La Presidencia de Indonesia del G20 de este año debe asegurar que el FFI se haga realidad. 

Pero primero, quienes se reúnan en los encuentros de primavera del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional deben ponerse de acuerdo sobre su financiación y arquitectura, garantizando que el FFI cumpla con las cuatro condiciones descritas arriba. Si algo nos ha enseñado la pandemia de COVID-19, es que necesitamos un radical cambio de dirección. Un PRP bien diseñado y completamente financiado es un paso crucial en el camino a lograr la misión de Salud para Todos de la OMS."                     ( , 

17/2/21

La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho. No hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido. Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. ¿Cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos

 "La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho.Se alude a ella continuamente en los medios de comunicación, que tratan de esbozar la amenaza que se cierne sobre la sociedad apoyándose en declaraciones de profesionales y datos sobre el incremento del consumo de psicofármacos. 

En otro plano, alguien como Bernie Sanders ha hecho referencia a los estragos causados por el aislamiento y la ansiedad en el primer párrafo de su artículo de opinión sobre las medidas que debe tomar la Administración de Joe Biden en los primeros compases de la nueva legislatura.

 La idea de que el sufrimiento psíquico de la gente es un problema de primer orden ha conseguido desbordar los márgenes de lo clínico y de la experiencia individual, lo que ofrece la oportunidad de pensar la salud mental sin los reduccionismos a los que estamos acostumbrados. 

Que se acepte la conexión directa entre el contexto y los denominados “trastornos mentales” puede parecer algo evidente a primera vista, pero lo cierto es que no ha sido ni es la tendencia dominante en psiquiatría. La interpretación hegemónica es biologicista, lo que quiere decir que los problemas de salud mental son considerados básicamente como desajustes bioquímicos. 

Así pues, la “enfermedad mental” se presenta como una patología análoga al resto de afecciones tratadas por la medicina, una disfuncionalidad cuyo abordaje es esencialmente farmacológico. Este es el motivo por el que a la mayoría de las personas que hemos sido atendidas en consultas psiquiátricas nunca nos han preguntado por lo que estaba ocurriendo en nuestras vidas, pero sí hemos escuchado reiteradamente que debemos tomarnos los psicofármacos recetados de la misma manera que un diabético tiene que ponerse la insulina.

 Un argumento que responde más a un anhelo que a los hechos, y que ha sido refutado hasta la saciedad por pacientes, profesionales e investigadores ajenos a esta forma de simplificar la complejidad de los fenómenos mentales, pero que, aun así, sigue vigente porque concuerda con un modo de concebir la realidad que cuenta con entusiastas y poderosos defensores.

 La apología extrema de la individualización que celebra la ideología neoliberal no solo se queda en las dinámicas de consumo, la configuración del sistema productivo o el quehacer institucional, también atraviesa otros territorios menos evidentes, entre los que se encuentra el cómo se percibe y gestiona la salud mental. Hacer del sufrimiento psíquico un problema estrictamente individual responde a la lógica que gobierna el mundo. Un mundo que hoy se cae a pedazos.

 La crisis global que ha provocado el coronavirus está tensando buena parte de las contradicciones sobre las que se asienta la organización de la vida que conocemos. Son muchas las viejas verdades que ya no se podrán sostener sin caer en el ridículo. No, no hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido, no hay nada parecido a una insulina para los problemas de salud mental que nos asolan. Nunca lo hubo. 

Al igual que no existen pruebas médicas objetivas que sirvan para diagnosticar la “enfermedad mental”, solo entrevistas subjetivas, y tampoco demostración empírica alguna de que la depresión, la ansiedad o la psicosis sean causadas por desequilibrios bioquímicos (como suele decir Joanna Moncrieff, profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, no se tiene la menor idea de cómo es un cerebro químicamente equilibrado).

Si todo esto fuera así, si los diagnósticos psiquiátricos tuvieran una base fundamentalmente biológica que pudiera subsanarse con medicación, no habría tanto de qué preocuparse en la actual situación: se podría prever el crecimiento de los casos en base a una prevalencia estimada y habría una solución farmacológica ya inventada desde hace décadas para ellos. 

Pero no, el problema de la salud mental estaba antes de la covid, las consultas psiquiátricas y el consumo de psicofármacos crecían desde hacía décadas sin que se produjera un verdadero cuestionamiento social acerca de los factores que propiciaban semejante escalada. La anterior crisis económica dio numerosas pistas al respecto, pero el modelo asistencial permaneció intacto. 

Las investigaciones sobre Procesos de desahucio y salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública y Los riesgos de la crisis económica en la salud mental en España: evidencias en los centros de Primaria o el más reciente informe del Observatorio Desc sobre Emergencia habitacional, pobreza energética y salud en Barcelona son claras muestras de ello. La irrupción del virus nos acerca a toda velocidad a un horizonte que llevamos tiempo atisbando.

 Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. En el caso de las experiencias psicóticas o el diagnóstico de esquizofrenia, por ejemplo, se ha estudiado su relación con las experiencias traumáticas, la pobreza o el desempleo. Lejos de querer defender la existencia una única causa, ni tampoco descartar la influencia de la biología (lo cual sería absurdo), creo honestamente que las vidas que vivimos son lo que mejor explica nuestro sufrimiento psíquico. 

Esta perspectiva, que nada tiene de novedosa, acarrea una serie de consecuencias lógicas y políticas que la han hecho sumamente impopular en determinados ámbitos. Para empezar, apela directamente a la responsabilidad social, es decir, si el contexto que habitamos empuja a una parte más que relevante de la ciudadanía a la atención psiquiátrica, parece urgente revisar el cómo estamos viviendo. 

También saca la salud mental del campo acotado de la psiquiatría y la psicología y hace de ella una preocupación compartida, ya que deja de ser una cuestión circunscrita únicamente a los individuos y sus dolencias. Plantea, entre otras muchas cuestiones, los límites de un modelo centrado en el fármaco, pues medicalizar la existencia no ofrece una salida real a los problemas de la gente.

 Porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de que no pueden ofrecerse soluciones individuales a problemas que son colectivos si lo que se busca es la reducción significativa del sufrimiento. A la larga es insostenible. Toda alfombra tiene una cantidad limitada de mierda que puede esconder, y esta ya rebosaba.

 Desgraciadamente, este es un momento perfecto para evaluar cómo afronta esta sociedad el deterioro del bienestar mental de las personas. Padecer ansiedad, estar deprimido o incluso tener experiencias psíquicas inusuales como la disociación u oír voces en un contexto como el actual no significa tener una enfermedad, es una respuesta humana a una situación extrema de confusión, precariedad y aislamiento. 

Llegar ahora a esta conclusión no es complicado, nos basta con mirarnos a nosotros mismos y a nuestro alrededor: el juicio se bloquea con pensamientos recurrentes, la incertidumbre paraliza, algunas ideas desembocan en paranoias, cuesta dormir [inciso: mientras escribo estos párrafos he hablado por teléfono con mi madre, una estoica mujer castellana de 75 años que ha dicho: “Si esto sigue así nos vamos a volver todos locos”]. 

 Nuestro propio día a día nos hace bastante más intuitivo el pensar que los problemas de nuestra salud mental están localizados en la vida que creer que lo están el cerebro. ¿Por qué no reflexionar también sobre cómo ha podido afectar el estrés continuado o un conjunto de experiencias negativas a todas esas personas que ya tenían diagnosticados trastornos mentales antes de la pandemia? Sin duda se podrían extraer valiosas conclusiones prácticas de ello…

 Solo si vamos más allá del qué nos está pasando, de la mera constatación de que la gente está sufriendo con todo lo que sucede, podremos plantearnos qué hacer al respecto. La consigna generalizada parece ser invertir en salud mental… ¿pero en qué consiste esa inversión?, ¿más gasto farmacéutico, más personal sanitario, mayor capacidad diagnóstica, más camas en las unidades agudos? Que las plantillas de los dispositivos en salud mental están mermadas es un hecho de sobra conocido. 

Que la posibilidad de ver a un psicólogo en la sanidad pública suele ser escasa, también. Sin embargo, centrar las necesidades exclusivamente en ello parece presuponer que tenemos un modelo correcto falto de medios, algo que cualquier visita a un centro de salud mental o una planta de psiquiatría pone seriamente en cuestión. Hay que mirar a todo lo que falla antes, esa es la idea implícita en el verbo “prevenir”. Voy a poner un ejemplo concreto que quizás ayude a ilustrar lo que estoy tratando de trasmitir:

Un compañero ha sufrido dos ingresos prácticamente consecutivos durante el confinamiento, un total de ocho semanas. Uno de los detonantes, si no el principal, fue la vulnerabilidad económica, ya que sus ingresos se vieron suspendidos por la situación sanitaria y quedaba fuera de las medidas de protección social al formar parte de la llamada economía sumergida. 

Cuando le dieron el alta se le facilitó el número de teléfono del trabajador social que le correspondía por zona para que tramitara el Ingreso Mínimo Vital. Nunca nadie atendió a ese teléfono, consiguió presentar la documentación por su cuenta y casi medio año después no tiene ninguna noticia al respecto (una situación compartida por cientos de miles de ciudadanos, tal y como vienen señalando movimientos sociales y sindicatos desde hace meses).

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas,

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas, pero ¿cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? 

Yendo más allá de estrictas necesidades materiales: ¿cómo nadie te va a enseñar a lidiar con el aislamiento cuando el futuro inmediato se caracteriza por el distanciamiento social? o ¿cómo aprender a gestionar la ansiedad provocada por la inseguridad si los vaticinios fallan día tras día desde hace diez meses? Por eso, por tentador que parezca en un primer momento, pedir psicoterapeutas para todos y todas lleva a otro callejón sin salida. No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos.

 De silenciar históricamente la salud mental se ha pasado a alarmar sobre la necesidad de tenerla en cuenta (la próxima ola de estos tiempos pandémicos), hay quienes han ido más allá y han exigido recursos. De acuerdo, ahora hace falta definirlos, plasmar su traducción práctica para hacer frente a los efectos que está teniendo en la población el miedo, la pérdida, la ausencia de control sobre las propias vidas y la precarización acelerada, cuando no directamente la pobreza.

 Una perspectiva que tiene que implicar a quienes han experimentado y experimentan el sufrimiento psíquico, a quienes tienen un conocimiento directo de lo que funciona y de lo que no cuando se necesita ayuda. Y que a su vez exige romper con todos los discursos que se quedan y agotan en los síntomas y obvian la vinculación con una vida que a todas luces está funcionando mal. 

Porque invertir en salud mental supone muchísimo más que “reforzar los dispositivos de salud mental de manera que puedan hacer frente a las necesidades no atendidas y afrontar el [aumento] previsible de la demanda” (Editorial del 11 de enero de El País); es hacer políticas que combatan la desigualdad y ofrezcan un sostén efectivo a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Y a partir de ahí, avanzar.

Ya no tiene sentido seguir pensando en la locura como algo situado al margen, algo ajeno. Está demasiado presente en nuestra cotidianidad para seguir desviando la mirada. Las consecuencias psicológicas de la pandemia evidencian que el sufrimiento psíquico es un problema que debe ser afrontado colectivamente.

 Su politización conlleva exigir con carácter de urgencia los mecanismos necesarios para minimizar su magnitud e impacto, pero desde luego no se queda solo ahí. Significa trabajar por agrietar los tabúes, reconocernos vulnerables a las acometidas de la vida y trazar un camino común a partir de ese reconocimiento. Asumir, en definitiva, que la construcción de una sociedad más libre y justa es por principio un problema de salud mental."              (Fernando Balius, CTXT, 09/02/21)

 

 

29/12/20

Argentina: Soy ginecóloga y objetora de conciencia del aborto. Y aun así lucho por legalizarlo...

 "Soy una doctora católica, madre de cuatro hijos y objetora de conciencia del aborto, que intenta conciliar su religión con la salud pública. Porque la realidad que yo vivo es que todas las mujeres abortan. Aborta la casada, la soltera, la católica, la judía, la atea. Abortan las que no usan métodos anticonceptivos y a las que les falló el método. Abortan las mujeres analfabetas y las que tienen títulos universitarios. La diferencia, sin embargo, está en las condiciones sanitarias bajo las cuales abortan. Y eso depende, siempre, de sus posibilidades económicas.

Vivo en la provincia de Tucumán, en Argentina, declarada provida por su legislatura y cuyo porcentaje de personas viviendo bajo la línea de pobreza es de 41.50%. Es un lugar donde los derechos reproductivos de la mujer no se aplican de manera uniforme, no está adherida a la Ley de Salud Sexual y Procreación Responsable y no tiene protocolo de la interrupción legal del embarazo. Es decir, es la tierra que le niega todas las herramientas a las mujeres; les niega educación; les niega anticoncepción; y cuando quedan embarazadas sin desearlo, les niegan la interrupción legal, incluyendo a las niñas violadas.

Bajo estas circunstancias se vivió en Tucumán el caso de Belén: una mujer que estuvo presa 29 meses por un aborto espontáneo. Su historia se publicó en el libro Somos Belén, de Ana Elena Correa. Sin embargo, no todas somos Belén, porque a la cárcel solo van las pobres.

Eso ha sido lo que he visto durante mi carrera. En mi consultorio privado, donde ejerzo hace 16 años, no llamé una sola vez a la policía. En cambio, en el hospital público, atendía con una al lado.

Yo también ejercí violencia obstétrica sobre mujeres que estaban bajo mi cuidado en el sistema público. Ejercí sobre ellas, sin duda alguna, un abuso de poder, exponiéndolas ante la policía, juzgándolas o interrogándolas de una manera cruel. Yo sé que no tengo redención ni tengo perdón. Pero tengo claridad de que fui parte del problema y que hoy lo busco solucionar.

Así me crucé con el caso de “Lucía”, una niña de 11 años proveniente de una zona rural, abusada y embarazada por su abuelastro de 65 años. Cuando Lucía se puso en contacto con el sistema de salud y fue declarada embarazada, dijo: “Quiero que me saquen lo que el viejo me puso adentro”. La niña estuvo en el hospital durante un mes en el que se retrasó y obstaculizó la interrupción, y en el que todos los profesionales de salud se declararon objetores de conciencia.

La realidad, sin embargo, parece haber sido otra. La fiscal penal de la provincia había emitido un oficio al hospital para que no se realice la interrupción. Es decir, se estaba torturando a una niña por orden directa de la Fiscalía de Homicidios. Cuando una jueza de familia ordenó la interrupción legal en un plazo perentorio de 48 horas, el Ministerio de Salud de la provincia tuvo que convocar efectores del sistema privado para el acto médico, porque nadie lo quería hacer en el público.

Hasta el día de hoy, los dos médicos actuantes, entre los que me incluyo, tenemos abierta una causa penal de investigación por homicidio agravado por la interrupción legal de “Lucía” con causal de violación y salud. No archivan nuestra causa. Se siguen gastando fondos públicos en un aborto no punible en una clara maniobra para disciplinar a todo el personal de salud por parte del estado provincial.

En este caso, yo, que iba de acompañante, terminé colaborando con el procedimiento médico a pesar de ser objetora. Continúo siendo católica y con mi fe intacta, porque, como lo veo, las creencias personales no pueden superar los derechos de las personas. Si un médico no está dispuesto a cumplir con la ley, no puede ejercer su profesión.

Hace unos días hablé con “Lucía”, quien logró su interrupción porque no se calló. Gritó hasta que la escuchó el estado y el mundo. En esta conversación, me dio un mensaje para los senadores que este 29 de diciembre decidirán sobre el proyecto de ley para legalizar el aborto en Argentina: “Deciles que cuando ellos dicen que el aborto no es legal, los médicos se confunden y creen que ningún aborto es legal y se enojan con nosotras, aunque seamos menores. Deciles que no tarden ni un solo segundo”.

Las mujeres instruidas hablamos de techos de cristal cuando no podemos acceder a puestos de poder en las empresas o en las instituciones públicas. Las personas gestantes más humildes, obligadas a parir una y otra vez, hablan de pisos pegajosos. No se atreven ni a soñar con educación y con empleos de calidad.

Debemos legalizar el aborto. Los médicos y las personas gestantes necesitamos leyes claras y regulación del gobierno. Necesitamos poder trabajar con tranquilidad. Pero, sobre todo, necesitamos poder velar por el bienestar de todas las mujeres. El obligar a niñas violadas a parir no es un hecho inocente. El no respetar los derechos reproductivos de las mujeres y obrar sobre sus cuerpos no es un hecho ingenuo. Si dominamos los cuerpos de las mujeres, dominamos sus futuros."                       (Cecilia Ousset , Revista de prensa, 26/12/20; fuente: The Washington Post)

9/5/19

¿Cómo impacta la pobreza en los genes? Según un estudio reciente, la pobreza marcaría el ADN, hecho que afectaría a la salud humana

"El estatus socioeconómico influye en el bienestar de las personas. En términos generales, la falta de educación e ingresos se asocia con un mayor riesgo de padecer distintas enfermedades, como cardiopatías, diabetes, depresión o cáncer. 

De hecho, la pobreza podría incluso modificar nuestros genes. Así concluye una investigación publicada en tiempo reciente por la revista American Journal of Physical Anthropology.
 
En el estudio, realizado por científicos de las Universidades del Noroeste de Illinois, la Columbia Británica, Filadelfia, Manitoba y San Carlos de Filipinas, participaron 489 ciudadanos filipinos, la mayoría de sexo femenino, nacidos en 1983. A los 21 años de edad, los voluntarios donaron muestras para el análisis completo de su ADN.

Tras considerar variables como los ingresos y los bienes familiares, así como la educación de ambos progenitores y la de los propios sujetos, los investigadores clasificaron a los participantes en dos grupos: humildes y acomodados. Interesantemente, hallaron que cada grupo presentaba un patrón de metilación del ADN característico. 

Estas marcas epigenéticas presentes en ciertas áreas del genoma, actúan como interruptores capaces de controlar la actividad de los genes sin alterar su secuencia. En concreto, los científicos identificaron 2546 metilaciones asociadas a 1537 genes.

Para los autores, Michael S. Kobor y su equipo, este resultado sugiere la existencia de un mecanismo molecular mediante el cual la pobreza podría influir en múltiples procesos fisiológicos. Los datos preliminares apuntan a que la función inmunológica, junto con el desarrollo del esqueleto y el sistema nervioso central experimentarían los cambios más notables.

Sin embargo, antes de inferir cualquier conclusión, los científicos señalan que realizarán más estudios. En el presente trabajo, el análisis solo incluye muestras de sangre, por lo que se desconoce el impacto del estatus socioeconómico sobre el epigenoma de otras células y tejidos. De confirmarse la relación entre la epigenética y la pobreza ello permitiría ahondar en el modo en que el estatus socioeconómico impacta la salud humana, y por consiguiente ayudar a prevenir enfermedades.

Referencia: «Genome-wide análisis of DNA methylation in relation to socioeconomic status during development and early adulthood», de T. W. McDade et al., en American Journal of Physical Anthropology; 169, pp 3-11, publicado el 16 de febrero de 2019.

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 (Marta Pulido Salgado , investigadora en neurobiología celular, Investigación y Ciencia, 09/04/19)

20/9/18

A la gente trabajadora nos alimentan con basura. La gran mayoría de alimentos son una mezcla poco saludable de azúcares, aceites de muy baja calidad (palma, colza), conservantes, almidón, agua y saborizantes. ¿Cómo es posible comprar una hamburguesa o una lasaña de carne por sólo 1€? Lo es porque, aparte de elaborarse y servirse gracias al trabajo ultraprecario, suelen contener más basura disfrazada que alimentos reales. Las supuestas “pechugas de pavo” que nos venden en formato fiambre tienen menos de un 50% de carne de pavo y son más bien un preparado de almidón, agua y saborizantes como el glutamato...

"Pasear por un supermercado es recorrer pasillos repletos de productos anteriormente conocidos como comida, especialmente si nuestro presupuesto es limitado. La gran mayoría de alimentos son una mezcla poco saludable de azúcares, aceites de muy baja calidad (palma, colza), conservantes, almidón, agua y saborizantes.

Comer en restaurantes, especialmente aquellos de comida barata que frecuentamos la mayoría de personas trabajadoras (como pizzerías, hamburgueserías de comida rápida, restaurantes chinos u otros establecimientos similares) no mejora las perspectivas. Y lo mismo ocurre al adquirir alimentos precocinados y otros ultraprocesados.

 ¿Cómo es posible comprar una hamburguesa o una lasaña de carne por sólo 1€? Lo es porque, aparte de elaborarse y servirse gracias al trabajo ultraprecario, suelen contener más basura disfrazada que alimentos reales. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda reducir el consumo de estos alimentos, ya que existen estudios científicos que han relacionado el consumo de carnes procesadas (como son también el bacon, las salchichas, la mortadela y el choped o los nuggets, entre otras) con un mayor riesgo de sufrir cancer o enfermedades cardiovasculares.

Hablando de carnes, la sección de embutidos envasados y, especialmente, las carnes magras como el pavo, son un engaño aterrador. Las supuestas “pechugas de pavo” que nos venden en formato fiambre tienen menos de un 50% de carne de pavo y son más bien un preparado de almidón, agua y saborizantes como el glutamato. 

Existe comida para perros de mayor calidad. Tampoco cambia nada el optar entre marcas blancas y otras marcas. La mayoría de las marcas más conocidas se encarecen como consecuencia de su mayor inversión en publicidad o en un diseño atractivo del envase. Sin embargo, habitualmente su calidad es similar y, en algunos casos, incluso inferior.

¿Por qué resulta más barata la comida basura que una dieta saludable? Los procesos industriales, la globalización y, más en concreto, el capitalismo, han dado pie a que esto ocurra. No se necesita que las personas trabajadoras estemos sanas, sólo que nos alimentemos con cualquier cosa para seguir produciendo y no desfallecer. 

Lo justo para que tampoco colapsemos de enfermedades crónicas una sanidad cada vez más infrafinanciada. Podríamos hablar también de los zumos envasados o la leche; de los abusos de toda la cadena industrial de producción agrícola, pesquera o ganadera; de las cantidades de azucar en cereales, galletas o artículos dirigidos a los más pequeños… únicamente para redundar en la cuestión de cómo se produce y se consume bajo el capitalismo, un sistema tóxico con la vida y el medio que no tiene problemas en envenenar a la mayoría de la población con tal de mantener los beneficios de unos pocos. 

Nos venden basura con apariencia de comida sana a bajo precio para que llenemos el estómago y, desde los legisladores a los supermercados pasando por cada uno de los intermediarios de esta cadena, todos contribuyen a mantener la industria funcionando. Salimos perdiendo los productores primarios, los trabajadores de las empresas intermediarias y la gran mayoría de consumidores. 

En definitiva, salimos perdiendo toda la gente trabajadora, una mayoría de la sociedad atenazada por la pinza que generan los bajos salarios y el alto coste de comer algo que no sea basura.

A pesar de habernos inculcado con disciplina la mercantilización, no ha podido hacernos olvidar del todo los alimentos locales, con una producción distribuida y no industrial. Permanece nuestro deseo de comer comida de verdad, con sabor y de buena calidad.

Es tan claro este deseo que el propio capitalismo se ha adaptado para tratar de sacar beneficio de la alimentación sana convirtiéndola en una línea más del supermercado, la de los productos bio o ecológicos. Esto no es más que un sucedaneo (a un alto precio) de lo que nos ofrecen otras formas producción y de relación social. 

Un ejemplo de ello son los grupos de consumo organizados para eliminar intermediarios entre productores y consumidores de producción, y que impulsan las prácticas agroecológicas. También es un ejemplo la subsistencia de cierta economía del don lejos de las ciudades, donde los vecinos se regalan patatas, pimientos u otros productos que sobran de la cosecha y que prefieren compartir antes de que se echen a perder.

Lejos de idealizar un pasado anterior al triunfo casi absoluto de la economía de mercado, el objetivo hoy es construir nuevas prácticas en torno al deseo de comer bien, local, sin productos tóxicos o aditivos insalubres y sin destruir el medio. 

La izquierda, especialmente los anarquistas, llevamos años proponiendo una alternativa basada en el consumo local, la soberanía alimentaria, la agroecología, las dietas vegetarianas o veganas, el consumo consciente… Principios y formas de consumo y producción que permiten no sólo una alimentación más saludable, sino sobre todo una relación más sana entre las personas, con el resto de seres vivos y con el medio en que vivimos. 

Impulsar los grupos de consumo, las huertas urbanas o incluso la vuelta a lo rural son sólo pequeños pasos a contracorriente, mientras la mayoría de la gente trabajadora aún compramos en el supermercado o en restaurantes de comida basura.

 También la lucha sindical, tanto por la mejora de las condiciones de trabajo como por la denuncia de prácticas industriales insalubres, permite ensanchar los estrechos márgenes de acción. Disputarle a la economía de mercado la hegemonía sobre nuestra alimentación, como sobre otros tantos otros derechos, va a requerir de audacia y multitud de estrategias conjuntas."                  (Liberty Cravan , El Viejo Topo Express, 18/09/18. Artículo publicado originalmente en Regeneración

7/3/18

La depresión como problema social y político

"Tras el programa de Salvados, “Uno de cada cinco”, los artículos sobre depresión se amontonan en los medios de comunicación. La finalidad del programa de La Sexta respondía a la necesidad de visibilizar el fenómeno, y este objetivo parece cumplido. O al menos parece que se está cumpliendo. 

Y la visibilidad del sufrimiento supone una buena noticia, porque conciencia sobre una problemática que merece respeto, espacio para el que la padece, y una comprensión que no siempre encuentra. O no siempre le damos. Habitualmente, con lo que la persona que experimenta depresión se encuentra suele ser con el reproche y la incomprensión fruto del desconocimiento.

Sin embargo, hablar sobre depresión resulta mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Ya no sólo porque existe la necesidad de establecer una línea divisoria muy clara entre lo que se entiende coloquialmente por depresión y lo que se entiende en términos clínicos, sino también porque se hace necesario reflexionar de manera muy profunda sobre la etiología del trastorno: un afrontamiento médico o una comprensión relacional y social. 

Ahí se establece un choque importante, dentro del cual el reportaje de Salvados, de una manera intencional o no, presentó una perspectiva muy alineada con el campo biologicista, que comprende el trastorno psicológico como enfermedad.

Al pensar en la depresión, la primera duda que uno se plantea es si debemos hablar de “enfermedad” o de “trastorno”. El pasado junio se celebró en la ciudad de Oviedo el III Congreso Nacional de Psicología. El coloquio tras una mesa redonda titulada “Estigma y enfermedad mental” se abrió precisamente haciendo alusión al propio término.

 ¿No supone hablar de “enfermedad mental” un elemento estigmatizante en sí mismo? Los ponentes explicaron rápidamente la situación con la que la práctica profesional de la psicología choca día a día, especialmente cuando se interviene en ámbitos de escasos recursos: hablar en términos de enfermedad, en lugar de en términos conductuales y relacionales, supone una concesión que la psicología hace al modelo médico. 

Modelo que le es ajeno. Explicaban que esta concesión responde a su necesidad práctica de lograr una comunicación comprensiva con agentes sociales. Profesionales de intervención muy activa, como los que organizaban la mesa, necesitan ir a la búsqueda del apoyo de instituciones, al tiempo que precisan de la atención de la población. Cualquier institución o persona ajena a las ciencias Psi- comprende con mayor facilidad qué objetivo se persigue al hablar de “enfermedad” y no de “trastorno”.

Sin embargo, hablar de enfermedad, como decía, implica una concesión al modelo médico al permitir reducir la depresión, o cualquier trastorno psicológico, a los mismos términos que una afección vírica. Así, se enfoca como una dolencia médica, biológica, individual, de origen en este caso inespecífico y tratable con psicofármacos. 

Sin embargo, la depresión no se puede comprender teniendo en cuenta únicamente argumentos biológicos, ni mucho menos es exclusivamente individual, ni se soluciona con psicofármacos, que pueden aplacar los síntomas, pero no inciden en los factores que la desencadenaron. La clave de todo ello está en el origen, y el enfoque derivado del mismo: si se deja de buscar literalmente entre las neuronas y se comienza a indagar en el ámbito relacional de las personas, el origen de la depresión se torna específico rápidamente.

Cuando fuera de ámbitos profesionales se trata de deconstruir el modelo médico en la psicología resulta fácil proyectar una imagen de banalización de los trastornos psicológicos. Nada más lejos. Lo más tajante que se puede sacar en claro de toda la discusión actual sobre la depresión y los trastornos psicológicos está en la capacidad de despertar sentimientos empáticos respecto a estos procesos.

Lograr transmitir el tremendo sufrimiento que supone para las personas atravesar un trance como este resulta un paso verdaderamente crucial. El hecho de que la depresión implique un genuino sufrimiento para la persona que la experimenta y su entorno representa un punto de partida común para todas las perspectivas de análisis posible. Sin embargo, la OMS estima que casi 2,5 millones de personas sufrieron depresión en España en 2015. 

Y estima también que la prevalencia de trastornos psicológicos de todo tipo se encuentra en crecimiento, y que lo hace “especialmente en países con mayor población de bajos ingresos”. Otro dato lo aporta Universidad de Granada y de la Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP). 

Estos investigadores han mostrado recientemente que el empobrecimiento impacta directamente sobre la salud mental. En su investigación apuntan que más del 90% de personas analizadas, todas ellas víctimas de desahucio, experimentaba puntuaciones patológicas en depresión. 

Ante estos datos, el modelo médico carece de argumentos. ¿Cómo explica una perspectiva biologicista un incremento tal de las cifras de depresión? ¿Cómo argumenta el hecho de que varíe la prevalencia en función del contexto? ¿Cómo interpreta, sobre todo, que los trastornos psicológicos impacten más sobre unas clases sociales que sobre otras?

De este modo, parece clara la necesidad de enfocar la depresión a partir de términos relacionales. Igual que el periodista se hace las preguntas "qué", "quién", "cuándo", "dónde" y "por qué" en su trabajo. O debería hacérselas. 

El psicólogo, pertenezca a la corriente que pertenezca, cuenta, o debería contar, con la herramienta básica de la explicación de la conducta a partir de los antecedentes, la conducta y sus consecuencias. 

De esta forma, si la crisis económica ha disparado la prescripción de psicofármacos en las consultas de atención primaria, o si los problemas laborales relacionados con el estrés y el desgaste se relacionan con la aparición de depresión, en los antecedentes se ha de acudir también a estos elementos contextuales. Porque lo cierto es que es necesario que la intervención sobre la depresión se realice sobre los antecedentes y la conducta.

En torno a esta idea, Ian Parker, referente en las corrientes críticas con la psicología normativa, utiliza un término tremendamente útil: el dolor social. Cuando se habla de que la depresión causa un tremendo sufrimiento, resulta mucho más explicativo pensar en ese sufrimiento como un dolor social que como un dolor físico, incluso más explicativo que pensar en un dolor emocional.

 Los trastornos psicológicos son propios de un contexto: un lugar, un entorno y un momento concretos, con lo cual son la expresión de un dolor social, fruto de ese contexto y esas circunstancias.

En ese sentido, se observa que trastornos de identidad, como el trastorno de personalidad múltiple, harto conocido por su cualidad teatral, sucede en Norteamérica, pero apenas se desarrolla en Europa. Zygmunt Bauman, en sus teorías sobre la ética del trabajo, dispuso una capacidad quirúrgica para analizar las diferencias en procesos identitarios a ambos lados del Atlántico. 

Mostró cómo la ética del trabajo en Estados Unidos se hallaba relacionada con la realización personal, con la necesidad de crecimiento y con lo que se ha dado en llamar el “sueño americano”, mientras que en Europa tuvo más que ver con la consecución de derechos y estabilidad. 

El capitalismo significó así dos cosas diferentes en el mismo momento temporal para dos lugares distintos del planeta: en Estados Unidos significó una oportunidad personal de transformarse en una versión más exitosa de uno mismo, y en Europa una oportunidad para alcanzar estabilidad, en gran parte otorgada a través del proyecto social de un estado (o región). 

Exactamente lo contrario, y en ambos casos igual de fraudulento. Sin duda, bajo esta explicación social cobra sentido que el trastorno de personalidad múltiple sea algo localizado casi exclusivamente en Estados Unidos, donde encuentra mayor concordancia con su contexto social.

De esta forma, si el trastorno psicológico se comprende como fenómeno social (o psicosocial), el ánimo de intervención también debe serlo. La psicología clínica interviene sobre personas concretas, individuos o grupos muy pequeños, pero si los antecedentes son sociales, las ciencias del estudio de la conducta necesitan abrir sus miras, empoderadas, y proceder con una ambición transformadora de las relaciones. Un motor de cambio a todos los niveles, al ser la salud mental una cuestión de salud pública. 

Ya que es indudable que el hecho de acudir al incremento de prevalencia de trastornos junto a una prescripción de psicofármacos cada vez mayor esconde problemáticas sociales profundas e insidiosas que precisan una transformación integral.

Bajo esta óptica, cabe preguntarse qué papel juegan psicólogos y psiquiatras en la conformación de la realidad. Autores como Amparo Serrano, el psiquiatra Guillermo Rendueles o la intelectual Nancy Fraser hablan con claridad sobre este aspecto desde distintas perspectivas. 

 Las ciencias psicológicas aportaron y aportan herramientas para crear y mantener discurso neoliberal, individualista y culpabilizante con las personas. A medida que las ciencias Psi- individualizantes han crecido en corpus explicativo, un mayor abanico de conductas se convierte en problemático. 

Este hecho, por ejemplo, ha venido transformando el conflicto social y laboral en un problema, y luego el problema en enfermedad. Se ha desnaturalizado así el conflicto social, arrebatándole su potencial transformador, para hacer de él una problemática individual, de la que evidentemente se responsabiliza (o culpabiliza) al propio sujeto. Un discurso muy convenientemente concordante con el de los poderes neoliberales, que se encuentra cómodo cargando sobre el ámbito privado lo que son dinámicas intrínsecamente públicas.

Comprender el trastorno mental como enfermedad lo desconecta de lo social, lo encierra en la intimidad, y lo afronta con una intervención meramente farmacológica que no ataja ni una sola de las circunstancias que desencadenaron ese proceso doloroso. Ante esta perspectiva, la responsabilidad de los poderes políticos es dar respuesta a los trastornos mentales en su perspectiva psicosocial, a través de legislación y recursos, y atendiendo a las conclusiones de la investigación.

 Esta es una reclamación que se está realizando a nivel internacional numerosas organizaciones relacionadas con el ámbito de la salud mental a través de la plataforma europea común EU Health Policy Platform."                     (Jose A. Llosa. Equipo de investigación Workforall, Universidad de Oviedo. CTXT, 28/02/18)