Mostrando entradas con la etiqueta r. Religión y feminismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta r. Religión y feminismo. Mostrar todas las entradas

8/3/22

La única califa de la historia manda en Senegal... La ciudad de Thiés acoge un caso excepcional de dinastía califal femenina. Sus prácticas religiosas fusionan el islam moderado y las creencias ancestrales

 "Sokhna Saibata recibe tumbada de costado, con sencilla dignidad, apoyando la cabeza en su nudosa mano de dedos larguísimos. Viste un pulcro traje blanco nuclear que acompaña con accesorios chic: enormes gafas de sol hexagonales, reloj de piel, robustos anillos dorados. Su trono se alza apenas unos centimetros sobre el resto de la estancia, el porche de su vivienda en Keur Iyakhine (Thiés, Senegal). Un puñado de calles con urbanismo irregular. Polvoriento y colorista. Donde niños y animales circulan a su antojo. Similar a tantos barrios populares del país.

La visita se interrumpe por la llegada repentina de dos jóvenes forasteros. “Estamos de paso y nos han dicho que aquí vive una mujer que resuelve cualquier problema”, cuenta uno de ellos. Al otro ya le atiende Saibata con su heterodoxo arsenal curativo. Rezos y plegarias. Un tasbih, equivalente al rosario cristiano. Tejidos con supuestas propiedades espirituales. Versículos del Corán plastificados. Un portátil que reproduce vídeos del Gran Magal, la peregrinación a la ciudad santa de Touba, hito anual del muridismo, la cofradía sufí a la que pertenece Saibata.

El ritual sanador concluye con la ingesta de un brebaje marrón y grumoso. El enfermo bebe de un trago dos vasos, convulsiona levemente y vomita sobre una túnica fucsia eléctrico. Por exceso de fruición o como parte del proceso purificador. Mor Ba, secretario personal de Saibata, muestra reserva ante la duda y se limita a explicar que su jefa tiene soluciones para cualquier “dolencia de cuerpo y alma”. ¿Ingredientes del mejunje? “Receta mística de composición secreta”, responde Ba con sonrisa pícara.

Desde 2003, Saibata es la califa de Keur Iyakhine. Sucedió a su hermana, Sokhna Magat, fallecida ese año y que ostentó el cargo a partir de 1943, cuando murió el padre de ambas (aunque nacieron de madres diferentes, en una compleja genealogía poligámica). Antes de su muerte, Abdoulaye Yakhine, fundador del humilde califato, había predicho que ninguno de sus 14 hijos varones le sobreviviría. La visión, iluminada desde las alturas, se cumplió a rajatabla, asegura Ba. Saibata tiene dos hermanas menores que, en su momento, habrán de sucederla. Cuando estas fallezcan, nadie sabe con certeza quién tomará las riendas de esta peculiar dinastía califal femenina.

 Todo apunta a que Saibata es –amén de su hermana– la única califa que ha conocido el mundo musulmán. Cinco profesores de estudios islámicos consultados para este reportaje aseguran no conocer casos similares, presentes o pasados. Aunque ofrecen otros ejemplos de mujeres que lograron quebrar el monopolio de poder masculino en el islam. Son historias medievales que conjugan azar, conflictos sucesorios, carisma y bravura.

Desde la Universidad McGill (Montreal, Canadá), Rula J. Abisaab resalta la figura de Sayyida Hurra, reina de Yemen en el siglo XII. Abdel Haleem, director del Centro de Estudios Islámicos en la Universidad de Londres, pone en valor a Shajar al-Durr, sultana de Egipto durante tres meses cruciales en 1250, tiempo suficiente para expulsar del país a las tropas francesas en la Séptima Cruzada del rey Luis IX. También en el siglo XII, otra sultana, Razia o Radiyya, gobernó en Delhi (India) por un período de cuatro años, apunta desde la Universidad de Alicante el profesor Hany El Erian. Y Nadia Hindi, de la Universidad de Granada, recuerda que en la Edad Media abundaban las alimat (femenino de ulema). Eruditas que, señala Hindi, “recibían discípulos de todo el mundo islámico, tanto hombres como mujeres”.

A Isabel Romero, presidenta de la Junta Islámica en España, no le sorprende que el único califato femenino se haya dado en Senegal, donde “las cofradías funcionan con un alto grado de libertad y el islam, de por sí poco jerárquico, se ha fundido con las tradiciones autóctonas”, de fuerte raigambre matriarcal. “Hemos tropicalizado el Corán”, dice, tomando un café antes de la visita, Oumar Seye, un periodista local que ha colaborado estrechamente con Saibata y su entorno. “Me tiene especial aprecio: nada más conocerme, hace siete años, me nombró cheikh”. En Senegal, esta palabra designa simplemente a un sabio, aunque en otros países musulmanes se traduce por jeque.

 Romero añade que el propio término califa adquiere distintos significados según el contexto. Una definición genérica sería, según ella, “líder social y espiritual” de un territorio. Otra acepción se refiere a los sucesores del profeta Mahoma. Antiguamente, explica el profesor Haleem, los grandes califatos (Omeya, Abbasí, Otomano) aspiraban a dominar hasta el último confín musulmán. Hoy, el Estado Islámico –autoproclamado califato– reinterpreta el vocablo con ambición expansiva y muerte al infiel. En Keur Iyakhine, se decantan por la modestia geográfica y una retórica de paz.

Prueba de universalidad

El secretario Ba garantiza que el caso es absolutamente único. Vaticina incluso que el futuro confirmará la total exclusividad del califato que encabeza su maestra: “No habrá nunca, en ningún lugar del mundo, otras mujeres califa”. ¿Y si se repite, en Senegal u otros países, la ausencia de descendencia masculina? Ba duda unos instantes antes de aceptar tal posibilidad. “Lo especial de Keur Iyakhine no es tanto que el califa muriera sin hijos varones, sino su premonición de que serían sus hijas quienes continuarían el legado”, zanja.

La comunicación directa con Saibata topa con algunos obstáculos. Idiomáticos, ya que la anciana solo habla wolof (lengua mayoritaria en Senegal) y es Ba quien traduce al francés sus lacónicas respuestas. Con frecuencia, explayándose en detalles que no parecen haber salido de boca de la califa. Pero sobre todo porque, a sus 83 años, Saibata sigue con dificultad el hilo de la conversación. A veces cierra los ojos y se recuesta unos instantes sobre su lecho policromático. Otras se sumerge en ensoñaciones divinas y, en mitad de la charla, lanza al aire —con su voz quebrada de tono bajo— cánticos religiosos.

 Rodea a Saibata un grupo variopinto de talibés, discípulos que veneran y obedecen sin rechistar a un/a marabout/e (líder o lideresa) en las regiones con presencia musulmana del África occidental. Hay mujeres de sonrisa eterna que lucen llamativos estampados en sus boubous, vestido típico de Senegal. Hombres con raídas camisetas de equipos de fútbol europeos, en traje de chaqueta o peinados al estilo baye fall, rama del muridismo con estética parecida a los rastafaris. Algún chaval pulula con ojos curiosos. La califa da órdenes escuetas. Con un simple gesto, pide que la abaniquen o que alguien traiga unos refrescos para aliviar el seco calor saheliano. “Nadie en la familia murid osa poner en duda su estatus, la aceptación es plena”, continúa Ba.

Camino al santuario donde reposan los restos del padre y la hermana de Saibata, Saliou Mbayé, hombre fornido de unos 60 años, resume su historia laboral: gracias a la califa, afirma, nunca le ha faltado trabajo. “Muchos aquí pueden dar fe de milagros y proezas”, señala Ba. A las puertas del mausoleo (austero por fuera, pleno de arabescos y filigranas en su interior), Samba Niang, otro talibé, apunta el motivo por el que el recinto se halla justo en medio de la avenida principal del barrio, lo que obliga a desviar lígeramente el tráfico. “Abdoulaye Yakhine supo que descansaría, como prueba de su universalidad, en la confluencia de dos caminos, uno que viene del este y otro del oeste”. Ba pinta algunos trazos del califa original: “Nació en 1880 en Arabia Saudí y vino a Senegal tras escuchar el mandato de Alá; no era blanco ni negro, se metamorfoseaba”.

Hace diez años, el actual presidente de Senegal, Macky Sall, visitó a Saibata durante su gira electoral por el país. Ba recuerda cómo la califa supo en seguida que, de 14 candidatos, él saldría elegido. El presidente no olvida la premonición, que fue acompañada por algunas oraciones de refuerzo. “Se refiere a ella como mi madre, mi maraboute”, dice con evidente orgullo el secretario personal.

Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Saibata aparece en los medios senegaleses como “modelo y ejemplo”, continúa Ba, quien parece debatirse en un tenso tira y afloja al reconocer la relevancia de la califa en la lucha feminista. Asegura que su figura ha contribuido “muy positivamente a la imagen de la mujer” en el país. Aunque al poco declara solemne que, en el Corán, no hay duda de que el “hombre es el maestro, con la mujer relegada a un segundo plano”. Y que así será –con la notable salvedad de la señora recostada a su vera– “hasta el fin de los tiempos”.

Guerra de sucesión

Autora de Revendications silencieuses (L´Harmattan) e investigadora del contexto sociorreligioso senegalés desde una perspectiva de género, Maimouna Eliane Thior confirma el respeto que inspira Saibata entre la comunidad murid. Admite que su plena aceptación se inscribe en un islam “tolerante y moderado”. Pero no piensa que la califa sirva como referente feminista, ya que su posición de poder llegó por herencia: “Simplemente estaba ahí”.

Quizá siguiendo la estela de Saibata y su hermana, otra mujer, Sokhna Aida Diallo, reclama desde hace dos años la sucesión del califato de los thiantacounes, dirigido por su marido, Béthio Thioune, hasta su muerte en 2019. La viuda –más joven que Saibata, muy mediática, siempre deslumbrante en sus apariciones públicas– insiste en un argumento de peso: su difunto esposo le reveló que ella sería su sucesora.

 El rechazo murid ha sido total, con repudio explícito del califa general de Touba (Serigne Mountakha Bassirou Mbacké), declaración de persona non grata en la ciudad santa e incluso asaltos violentos a su vivienda. En 2020, Aida Diallo visitó a Saibata en Thiés. Para Seye, que cubrió el acto, fue un claro ejemplo de “solidaridad entre mujeres”.

La cúpula de la cofradía recuerda que Aida Diallo no es descendiente directa del anterior califa, así que el cargo corresponde al primogénito, Serigne Saliou Thioune, cuya madre no es Aida Diallo, quinta esposa del anterior califa. Trama telenovelesca con herencia millonaria de por medio y la pugna por un califato mucho más poderoso que el de Keur Iyakhine. Seye opina que ser “joven y guapa” no ayuda a Aida Diallo. Y Eliane Thior coincide en que su imagen “no corresponde a una cierta idea de religiosidad”, por lo que las altas esferas del muridismo prefieren “invisibilizarla”.

Durante la despedida, Saibata regala otro momento de sincretismo religioso. Una breve ceremonia en la que se difuminan las fronteras entre islam y prácticas ancentrales. A su alrededor, en cuclillas, con actitud de ofrenda, las palmas de las manos formando un cuenco, nos reunimos Ba, Seye, una talibé y este periodista. La califa de Keur Iyakhine dispensa bendiciones y tararea melodías. Para terminar, escupe sucesivamente sobre nuestras manos, que a continuación nos restregamos por el rostro. Luego sonríe, agradece la visita y se reclina de nuevo, sosteniendo la cabeza en sus dedos infinitos."                          (Rodrigo Santodomingo, El País, 07/03/22)

 

 

9/9/21

No siempre hemos estado a la gresca con la guerra de sexos. No siempre hubo dominación. Ni siquiera es necesaria esa dominación. Hace mucho, existió otra forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más pacífica.... así pues: “La lucha del futuro será entre sistemas orientados a la dominación o a la asociación”

 "Riane Eisler (Viena, 1937) es esa profesora a la que recuerdas con cariño. Sonríe todo el rato, hace preguntas, dialoga. Que sea, también, una de las voces más autorizadas en el campo de la antropología y la sociología solo aumenta el disfrute de la conversación, claro...

En 1987 Riane publicó El Cáliz y la Espada, que ha sido traducido recientemente por la editorial Capitán Swing. “El libro más importante desde El origen de las especies de Darwin”, en palabras del antropólogo Ashley Montagu. Ya ven, casi nada. La tesis que Eisler sostiene allí, fundada con evidencias arqueológicas, es atractiva. ¿En resumen? Que no siempre hemos estado a la gresca con la guerra de sexos. 

Que no siempre hubo dominación. Que ni siquiera es necesaria esa dominación. Que, hace mucho, existió otra forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más pacífica. Ella agrupa todas esas ideas bajo un componente común: el culto a eso que denomina “la Diosa”. Deidad femenina, una y todas. Concepto que Riane desarrolla para mejor comprensión.

Pero eso es después. Como no todos los días tiene uno la posibilidad de conversar con una antropóloga de talla mundial empiezo por algo que me es cercano. La covada, nada menos, esa tradición según la cual el hombre reproducía los dolores del parto tendido junto a la mujer y más tarde era él quien se quedaba cuidando del recién nacido. Ya ven, costumbres raras que tenemos aquí, por el norte. Riane asiente y comienza la charla. Una clase erudita y divertida. Como el libro. No se lo pierdan.

No me resisto a empezar hablando de la covada...

Ah, sí la conozco. Sé vagamente de la institución, y sus orígenes. Cerca de los vascos, ¿no?

Sí, donde yo vivo, en Cantabria, tenemos constancia de ello a través de textos clásicos. 

Una zona más orientada a la asociación, y no al patriarcado o matriarcado. Tendemos a pensar que es una cosa u otra, y no necesariamente. Creo que la covada sobrevivió hasta épocas tardías, un remanente de la cultura anterior. Me encantaría saber más cosas sobre ello.

Hasta el siglo XIX se conserva en algunos sitios.

Sí, hasta los tiempos de Napoleón, creo...

Aquí tenemos una especie de matriarcado histórico del cual nos sentimos muy orgullosos. Es falso, pero aun así nos sentimos muy orgullosos...

¿En qué sentido? Me interesa mucho lo de la covada porque cuando los hombres se involucran más con los bebés está demostrado que su respuesta neuronal cambia. 

Bueno, hay pervivencias similares hasta época muy cercana, que tienen cierto aire. En el Valle de Soba, por ejemplo. La obligatoriedad de no mudarse la ropa durante la semana posterior al parto. Tiene en común ese momento trascendente...

Quizá era algo sagrado, algo que no se quería cambiar. Es una especulación. La existencia de sacerdotisas además de sacerdotes y todo eso en la zona, ¿no? 

Y, en tu opinión, ¿por qué se pierde esa matrilinealidad?

Bueno, creo que se perdió porque las culturas cercanas también cambiaron mucho. Incluso si hablas con algunas personas mayores puede que aún recuerden cómo se produjo ese cambio. Ahora estamos moviéndonos hacia un espacio más tendente a la asociación gracias al feminismo, y llevamos un montón de equipaje mental. De alguna manera los hombres (y algunas mujeres) piensan que las mujeres van a tomar el control, pero no se trata de eso, sino de ser compañeros.

Históricamente podríamos hablar mejor, en estas tierras, de matrilinealidad, y no matriarcado.

Sí, es distinto. Uso esa palabra, matriarcado, porque estoy tratando de explicarme con las categorías que nuestro lenguaje nos da. Ya sabes, sería hacer el juego al patriarcado usar las dos versiones de eliminación, de oposición. Hacer el juego a la derecha. Otras reglas, otros peligros. En cuanto a la matrilinealidad…, hablamos de una transmisión de la propiedad, pero es algo ficticio, porque el padre o marido era quien gestionaba esa propiedad. Seguía siendo parte de la familia. 

Eso que planteas sobre no usar las versiones de la eliminación es una idea potente, aún extraña para nuestra mentalidad de hoy. Normalmente vemos el mundo como un enfrentamiento, siempre a la contra. 

Claro, pero si miras el arte…, el arte no es “contra”..., el arte trata la interconexión. Animales, vegetales, hombres y mujeres. Es una visión diferente del mundo.

Pero hay autores que niegan esto... que defienden un arte, usando sus palabras, “contra”, lejos de la conectividad. Su libro es muy heterodoxo en este sentido.

Bueno, ya sabes, puedes ver por ejemplo las llamadas figuritas de Venus. Embarazadas, grandes pechos, la vulva claramente marcada. No es pornografía, no hay dominio sino una representación de algún tipo de sistema de creencias, un sistema de creencias que es distinto. Creo que para entender la interconexión lo primero que debemos hacer es comprenderla como un sistema de pensamiento, cambiar nuestra conciencia y darnos cuenta de que nuestras únicas alternativas no son dominar o ser dominado. Existe también la asociación. Es un gran salto mental. 

Precisamente sobre lo que menciona en relación a las Venus y su significado... Recientemente hubo en España una polémica con cierta exposición temporal en el Museo de El Prado que buscaba explicar algunas pinturas clásicas desde un nuevo punto de vista. O, mejor aún, recuperar la intención inicial de los artistas. Dicho de otra forma, recalcar que una “Venus” de Velázquez es una figura mitológica con significación detrás, sí, pero también una mujer desnuda, y que se pintaba así precisamente para satisfacer un gusto erótico. ¿Qué piensa sobre esto?

Bueno, hay claras diferencias entre lo erótico y lo pornográfico, claro. Y luego, una cosa es una Venus de Tiziano saliendo de las aguas, y otra las escenas que muestran violaciones, por ejemplo. Creo que estos últimos cuadros recogen imágenes claramente orientadas a la dominación. Las feministas hablan de una mirada masculina. Y sí, estamos tan acostumbradas al macho como norma que es un buen primer paso que estemos examinando de nuevo todos estos asuntos.

Siguiendo con las creencias... en su libro habla sobre la ‘Diosa’, y comenta que es una figura al mismo tiempo monoteísta y politeísta...

Sí, son figuras distintas. Hay diosas serpientes que aparecen en diferentes sitios como icono central, aunque asociadas a otras divinidades. Pero, en cierto sentido, su figura es también monoteísta, porque venera el poder de dar y nutrir la vida. Eso es lo que realmente son las figurillas de Venus. Pero la arqueología decidió, tras abandonar la idea meramente pornográfica, que eran figuritas sin mayor trascendencia. Es una negación de la realidad. Solo si tienes esta visión de dibujo animado sobre el hombre de las cavernas, con sus barbas y su cachiporra... lo interpretas de esa manera.

En el fondo, ese sincretismo monoteísta / politeísta aparece en otros sitios, ¿no? En la propia Biblia, por ejemplo, donde se puede leer sobre dioses y Dios, con minúsculas y mayúsculas...

Es plural, y la gente lo entendía así. La parte menos conocida de la Biblia es muy interesante, y he trabajado mucho sobre ella. Las dos historias de la creación de la Humanidad, por ejemplo. La de Adán y Eva es más tardía que la de los elohim. Muy interesante. Nos falta cambiar nuestra concepción mitológica ahí.

Sí, diferentes tradiciones en un libro de libros como es la Biblia…

Es que es muy sugestivo, y llama mucho la atención. Jeremías, por ejemplo. Allí lees a Jehová regañando, afeando que las mujeres horneen pasteles en honor de la Reina del Cielo. La Reina del Cielo, fíjate. Y ellas responden: ¿por qué habríamos de dejar estos sacrificios? Hay más paz y prosperidad si los hacemos. Está ahí, en la Biblia. Antes no me había percatado de ello, porque no estaba buscándolo. Pero está ahí. No lo veía porque no encajaba.

Claro, la Biblia es tan grande que siempre puedes encontrar cosas inesperadas. Es fascinante, pero...

Pero un poco peligroso, sí. Mira, otro ejemplo... el Cantar de los Cantares. Es totalmente erótico. Todo eso lo toco en El cáliz y la espada.

Vayamos a este libro, entonces. Escribe muchas veces sobre la “Vieja Europa”, tomándola como base para sus teorías. ¿Se pueden trasladar a otros lugares esas conclusiones? Si vamos a Asia, a Oceanía, ¿encontramos movimientos análogos a los descritos aquí?

Sí, claro. Mira el ejemplo del Japón... allí el emperador, para convertirse en ello, debía mantener relaciones sexuales y luego dormir con una sacerdotisa de la Diosa. Lo que no encaja con nuestra visión de la cultura japonesa, ¿no?, muy dominada por los hombres. Entonces... creo que podemos encontrar pistas aquí y allá. Me concentro principalmente en el área alrededor del Mediterráneo, porque es donde se encontraban la mayoría de excavaciones arqueológicas hasta hace poco tiempo. 

En nuestros días aún existen sociedades que se encuentran en el neolítico (estoy siendo deliberadamente simplificador, pero creo que entendemos a lo que me refiero). ¿Se han mantenido allí estas ideas sobre la Diosa?

Bueno, algunos lo hicieron. Mira los minangkabau (un grupo étnico de Indonesia). Aunque fueron conquistados por los musulmanes aún veneran las montañas, todas con nombres femeninos. Y es una cultura matrilineal. Hay más casos. Pero es muy claro que hubo un cambio en cierto momento, y eso aparece perfectamente plasmado en el Arte. Aparecen escenas violentas, con gobernantes (también dioses) que son diez veces más grandes que sus súbditos, gente situada en un espacio inferior. Ya no están todos de pie al mismo nivel y con idéntico tamaño, como ocurría cuando se representaba a la Diosa, sino que algunos tienen los brazos levantados en signo de adoración.

 Si abrimos los ojos podemos ver que el lenguaje es diferente, nos están vendiendo una forma diferente de ver el poder, una forma diferente de ver a las mujeres y a los hombres. Tenemos que ir investigando pistas como Sherlock Holmes, despojarnos de nociones preconcebidas. Volvemos a la Biblia. Las mujeres hacen una cosa maravillosa, que es dar vida. Pero este acto se considera sucio, dado que la mujer que da a luz debe ser purificada más tarde por un sacerdote masculino. Es una locura ¿no? No tiene ningún sentido. Hablamos de traer una vida al mundo. 

Es una visión un poco pesimista, parece. Es como si toda nuestra evolución cultural hubiese sido trenzada para alejarnos de la Diosa y lo que representa. 

Bueno, pero también hay tendencias actuales en otra dirección. Piensa en el movimiento Black Lives Matter, por ejemplo. De hecho, si miro la Historia Moderna mi teoría es que es en períodos de desequilibrio, como el cambio que estamos viviendo desde que se puso en marcha la Revolución Industrial hace 300 años, surgen movimientos sociales progresistas que desafían lo preestablecido, ya sea el derecho divino a reinar, o el derecho divino a que los hombres estén por encima de mujeres y niños, o el derecho divino a que exista una raza superior. Hasta podemos hablar aquí del movimiento ecologista, que desafía nuestra, antaño idealizada, conquista y dominación de la naturaleza. Que no es sostenible, por supuesto. 

Creo que si examinamos lo que está sucediendo hoy, cuando cambiamos muy rápidamente, es una oportunidad ideal para acelerar estos movimientos. El Centro de Estudios de Asociaciones (entidad con base en California, de la cual Riane es presidenta) está promoviendo una campaña para que el asociacionismo se convierta en la corriente principal de nuestros días. Sé que no es fácil porque la gente está atrapada en... En fin, Trump dijo que todo trata sobre la dominación, ¿no?, y si te dominan eres débil. Para él no hay una alternativa de asociación. Pero una de las contribuciones de este libro es mostrar que una configuración social diferente es posible. Con todo, debemos ser holísticos, mirar a mujeres y niños no solo en la llamada esfera pública. 

En mi último libro, publicado por Oxford University Press, cito estudios demostrando que hay personas criadas en la dominación. Y uno de los rasgos que compartían esas personas era un verdadero malestar y disgusto por las mujeres que son más asertivas fuera del rol convencional. Otro estudio, que no aparece en el libro porque no lo descubrí hasta más tarde, trataba sobre cómo criaban esas personas a sus propios hijos. Primaba para ellos la obediencia, el castigo, no tanto el desarrollo humano. Se ponían muy nerviosos cuando sus hijos mostraban conductas independientes.

Es un cambio de paradigma, general.

Lo es. Tenemos un sistema oculto de valores que incluye siempre el dinero como eje central. Piensa en la cárcel... La capacidad económica es un denominador punitivo. Y siempre hay dinero para investigación armamentística. Pero, de alguna manera, no existen suficientes fondos para las personas delicadas, femeninas, que cuidan de la naturaleza. Así que, para mí, la lucha del futuro no será entre derecha e izquierda, religiosa y secular, oriental y occidental, porque las categorías son realmente distracciones. La lucha será entre sistemas orientados a la dominación y a la asociación. Entonces podremos tener una esperanza, sí.

Volvamos al arte prehistórico. Muy cerca de donde estoy ahora se encuentra el Monte Castillo. Allí hay muchas manos fijadas “en negativo” sobre los muros. Manos grandes y manos más pequeñas. Tradicionalmente estas últimas eran consideradas como manos de niño, fueron muy pocos los autores que dijeran, oye, igual es una mano femenina...

Es una falta de reflexión, claro. Ahora ya no se podría dar, porque sabemos que hay diferencias entre los dedos del hombre y de la mujer. Tiende a haberlas, mejor dicho, así que se puede establecer a quién perteneció esa mano. Conocí una vez un profesor universitario que se dio cuenta de esto. “Dios mío, esto son manos de mujer”. Sucede que no escribió el artículo donde plasmaba tal descubrimiento hasta después de abandonar la Academia... Esto es interesante, porque muestra cómo el mundillo académico está aún muy atascado en ideas previas. A eso hay que añadir que tenemos normalmente un enfoque disciplinario (también yo), pero si queremos conectar los puntos debemos observar varias disciplinas. No podemos centrarnos solo en una u otra, hay que descubrir juntos...

Existe una teoría reciente que habla sobre la posibilidad, solo la posibilidad, de que las pinturas de Altamira estuvieran hechas por mujeres. Únicamente eso, la idea... y ya es suficientemente polémica. 

Sí, puede ser el comienzo de algún cambio, y esto es importante. Pero es muy, muy lento. Y a veces arrastras problemas mentales. También yo, claro, todos hemos sido adoctrinados. Pienso en David F. Noble, el historiador de la Ciencia. Escribió un libro titulado A world without women, donde señalaba que la ciencia moderna occidental, que comenzó hace 600 o 700 años, surge en un entorno clerical totalmente masculino. Ahí comienza esta cultura. Esta visión, un reconocimiento como el que hace Noble, tiene solo medio siglo, así que quienes lo sostienen son, aún, tipos marginales. 

Y, con todo, cada vez se pueden leer a más mujeres dentro del campo de los estudios prehistóricos...

Bien, veamos entonces cuántas de estas mujeres pueden liberarse de todo lo que les han enseñado. Esa es la cuestión. Junto con otra: ¿cuántos hombres pueden liberarse de eso mismo? Creo que tienes razón en que, al menos en teoría, los estudios de hoy están más motivados para encontrar pruebas que no solo marginen o ignoren a las mujeres. Pero sigue habiendo vehículos que permiten encajar todo en la vieja visión, claro...

Una última pregunta... publicó El cáliz y la espada en 1987...

Sí, lo escribí en 1986, y con motivo del treinta aniversario añadí un nuevo epílogo...

¿Cree que ha cambiado algo? Desde que apareció el libro...

Yo creo que sí. Lo que comentábamos antes sobre las manos, por ejemplo, es un símbolo de algo que ciertamente ha cambiado. Las evidencias que manejamos hoy en día sobre el hecho de que había diferentes culturas son muy, muy fuertes. En otras palabras, la arqueología muestra que nuestra relación con la guerra tiene cinco o diez mil años de antigüedad, no más, y eso es algo para reflexionar. En fin, Pinker aún no acepta esto, ya sabes, hay personas que simplemente están ancladas en su visión. Él se aferra a su idea de que somos inherentemente belicosos, somos inherentemente malos. Algunos se enganchan a sus viejas enseñanzas. Pero hay cambios..."             (Entrevista a Riane Eisler, Marcos Pereda, CTXT, 26/08/21)

13/4/21

Moras como Dios manda. Hay una reislamización en la cuestión de los derechos de las mujeres que está contando con el beneplácito de académicos, feministas relativistas y sectores de la izquierda... Apliquemos esta lógica a la inversa: establezcamos que para hablar de los derechos de la mujer en España consideremos que las únicas voces representativas sean las que pertenezcan al Opus Dei, y que la opinión de los obispos más reaccionarios tendrá que ser tenida en cuenta si no se quiere incurrir en cristianofobia

 "¿Acaso no soy yo una mujer? Llevo días con la conocida frase de la abolicionista Sojourner Truth cruzándome el pensamiento de forma reiterada. ¿Somos mujeres las mujeres que hemos nacido en familias musulmanas? ¿Somos seres humanos? ¿Podemos aspirar a la igualdad como cualquier otra mujer? ¿Es posible para nosotras una libertad plena, sin más condicionantes que los establecidos por ley para el conjunto de ciudadanos?

Estas preguntas pueden parecer absurdas, pero no lo son a la luz de algunos fenómenos sorprendentes que estamos viendo en los últimos tiempos. Poco me habría podido imaginar hace un cuarto de siglo, cuando descubrí la rabia feroz de Nawal El Saadawi, que a día de hoy me encontraría con voces supuestamente expertas, en medios, academia y administraciones varias, defendiendo la misoginia de la que nos ha costado tanto escapar. 

O que la promoción de nuestro machismo contaría con el silencio cómplice de algunas feministas muy beligerantes contra las injerencias de la Iglesia, pero sospechosamente calladas ante los embates del islamismo. Aquí es donde cabe repetirse la pregunta: ¿acaso no somos nosotras mujeres?

Hay hombres, españoles de nacimiento, alguno sin confesión religiosa conocida, otros conversos voluntarios al islam, que se dedican a pregonar las virtudes igualitarias de las doctrinas difundidas por Mahoma. En lo que es un sorprendente triple salto de mansplaining se permiten el lujo de: 1) contarnos lo que es ser mujer musulmana y en qué consiste el machismo que sufrimos; 2) explicarnos muy pacientemente cómo tenemos que ser feministas, y 3) describirnos, para que lo entendamos, el racismo que sufrimos. 

Es una lástima que Rebecca Solnit no haya tenido el gusto de encontrarse con estos hombres que nos cuentan cosas. Es de agradecer su muestra de tanta paciencia y generosidad para instruir a estas pobres e ignorantes moritas.

Por otro lado, también contamos con mujeres españolas que merecen todo nuestro respeto porque han dedicado algunos años a estudiarnos: no han nacido en una familia musulmana, no han vivido en un país musulmán, pero saben que para respetarnos, y no caer en la islamofobia, tienen que matizar, considerar todos los puntos de vista, analizar el asunto desde distintas ópticas, etcétera. Que después de tanta investigación ellas acaben defendiendo la misma misoginia de siempre será una simple casualidad. ¿Qué más da que algunas musulmanas les contemos que la discriminación, aunque se vista de discurso posmoderno superinclusivo, discriminación es?

Ellas han escogido, entre todas, a las musulmanas como Dios manda, las que cumplen con los requisitos necesarios para tener derecho a hablar: creyentes, islamistas, tapadas y sumisas ante las normas patriarcales. Eso sí, a estas moras ejemplares les conceden el derecho a expresar su malestar siempre y cuando lo hagan dentro de la comunidad. Es decir: que el machismo, cuando es musulmán, como los trapos sucios, hay que lavarlo en casa. 

Callar, ir con cuidado, negar la propia realidad porque ellas, las expertas en nosotras, se han otorgado el derecho de hablar por nosotras. Habrá que agradecerles su paternal protección. Para estas expertas, las voces disidentes no existen, las exmusulmanas, tampoco. No hay pensadoras, ni periodistas, ni movimientos feministas laicos en los países musulmanes. No hay mujeres jóvenes dando su testimonio, ni mujeres valientes relatando las consecuencias de su rebelión contra el machismo, reivindicando su derecho a ser libres. 

Cuando son preguntadas por estos testimonios, las amables expertas en nosotras, aducen que se trata de excepciones, experiencias personales. Y es que cuando el asunto a tratar es el machismo en el islam, parece que no es necesario acreditar conocimiento sobre feminismo. Que uno de los eslóganes más conocidos de este movimiento sea que “lo personal es político” no es algo que se tenga en cuenta si “lo personal” tiene que ver con una religión ajena a la propia realidad.

Para pontificar sobre el oxímoron llamado “feminismo islámico” parece que el único corpus textual que hay que tener presente es el religioso. No encuentran ninguna contradicción en echar mano de las fuentes fundamentales de nuestro patriarcado milenario para hablar de feminismo. Mejor atender a los discursos de los teólogos de barbas largas, que nos cuentan lo bien que estamos las mujeres en el islam, que leer a Simone de Beauvoir.

Para estas expertas tan ponderadas, con un sentido de la justicia muy por encima de quienes simplemente nos negamos a aceptar que se nos relegue a ser ciudadanas de segunda, para ellas, las niñas, en caso de ser hijas de familias musulmanas, no merecen crecer en igualdad, ni que no se censuren sus cuerpos, ni dejar de ser educadas para someterse a lo que Emilia Pardo Bazán llamó “trabajos maternales forzados”. Que sean víctimas de violencia por querer escapar al destino de madres y esposas no parece una información que ponga en duda sus muy académicas investigaciones.

No les importa saber que hay niñas en España, hoy, no en el siglo XIX, no en el nacionalcatolicismo, sino en democracia, que viven midiendo el largo de sus jerséis porque si enseñan demasiado, si llevan ropas demasiado ajustadas, si un mechón de pelo escapa a la tela que lo oculta, serán castigadas. Tampoco les preocupa que algunas no lleguen nunca a aprender a nadar. O que miles de chicas sean empujadas a matrimonios precoces, porque el culto a la virginidad y el honor son una presión insoportable de la que intentan zafarse como pueden, aunque sea metiéndose en la boca del lobo.

 Hablan y escriben como si Nawal el Saadawi o Wasilah Tamzali no hubieran existido nunca, no hubieran escrito ni hablado. Las únicas voces que tienen en cuenta son las de aquellas que no tienen problema alguno en asumir como identidad la opresión que ha rebajado nuestra existencia. Las cómplices del patriarcado que repiten sin sonrojarse manipulaciones y falsedades sobre la supuesta igualdad imperante en la religión inventada por Mahoma.

Ellas, las veladas, protegidas y promovidas por ciertos sectores de la izquierda y de un pseudofeminismo capaz de renunciar a sus principios a la mínima de cambio, ellas sí son consideradas representativas. A pesar de que la identidad que dicen defender diste mucho de la de sus propias madres, musulmanas de toda la vida que nunca creyeron que un trozo de tela pudiera contener la profundidad de su fe. 

A pesar de que, en algunos casos, han sido reclutadas, formadas y adoctrinadas por organizaciones con un proyecto religioso político, que se declaren simpatizantes de los Hermanos Musulmanes, que citen con toda la naturalidad del mundo a Ibn Taymiyya, precursor y faro ideológico de los movimientos fundamentalistas modernos.

Y es que algunos entendidos y entendidas en islam en España, en las últimas décadas parecen tener como principal objetivo contribuir al desconocimiento general que sobre la materia tiene la población, asimilando, sin complejo alguno, la religión con sus manifestaciones más conservadoras, reaccionarias o políticas. La reislamización, en este caso, ya no necesita de imanes ni mezquitas, tiene el beneplácito de académicos, feministas relativistas y ciertos sectores de la izquierda.

Apliquemos esta lógica a la inversa: establezcamos que para hablar de los derechos de la mujer en España haya que hacer una relectura de la Biblia y consideremos que las únicas voces representativas en cuestiones de feminismo sean las que pertenezcan al Opus Dei, y que la opinión de los obispos más reaccionarios tendrá que ser tenida en cuenta si no se quiere incurrir en cristianofobia. Absurdo, ¿verdad?"                      (Najat El Hachmi es escritora, El País, 10/04/21)

19/5/15

Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo

"El pasado 19 de marzo, cuando los titulares de prensa se hicieron eco de la muerte de una joven afgana, el mundo se dividió entre los escandalizados por las connotaciones heréticas de su supuesto delito y los horrorizados por la brutalidad del castigo que había recibido. 

Pero varias semanas después cambió la situación: la fisura se situaba entre los que se escandalizaban al enterarse de que las acusaciones de blasfemia eran falsas y los horrorizados al saber que, para empezar, se pudiera linchar a alguien por ese motivo.

¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o patear, golpear, quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia? ¿Dónde está verdaderamente el delito, en vender supersticiones en nombre de la religión o en vulnerar las convenciones culturales discutiendo con un clérigo por embaucar a los crédulos? 

¿Acaso la fe musulmana descansa principalmente en los textos fundamentales del profeta o en los comentarios de los hombres que los interpretan? ¿Tiene una mujer derecho a señalar la diferencia entre unos y otros? Desde el trágico final de Farkhunda la opinión pública ha oscilado de un lado a otro, poniendo de manifiesto que, en el mundo islámico, se ahonda cada vez más la brecha entre las mujeres y la jerarquía religiosa.

No es la primera vez que una mujer ha sido acusada de blasfemia por la ortodoxia, ni será la última. Y, a lo largo de la historia, tampoco ha sido la religión islámica la única en la que las mujeres se han llevado la peor parte de las violentas represalias del clero masculino. 

Consciente o inconscientemente, lo que líderes religiosos de toda laya han hecho realmente durante los últimos seis mil años al sancionar el sometimiento de la mujer es, más que difundir las enseñanzas espirituales del hinduismo, el judaísmo, el budismo, el cristianismo y el islam, fomentar arraigadas costumbres patriarcales. 

Pero la discusión registrada en Kabul el pasado marzo supone un auténtico movimiento sísmico en la ancestral historia de la desigualdad de género. Está directamente relacionada con la crisis de la modernidad que, iniciada a mediados del siglo XIX en Oriente Medio, ahora se está extendiendo por todos los países del mundo.

Lo que casi nadie sabe es que el crimen que tuvo lugar en Kabul, a plena luz del día y bajo la mirada de las cámaras de vídeo, estuvo precedido, hace más de ciento sesenta años, por otro registrado en medio de un sofocante secreto en Teherán. 

Una tórrida noche de agosto de 1852, una joven de talento, erudita y conocida por sus polémicas ideas, fue estrangulada en los alrededores de la capital persa y enterrada bajo un cúmulo de piedras. Creía que había que distinguir entre las verdades espirituales y las tradiciones supersticiosas. Su delito fue utilizar esas ideas para criticar al orden religioso de su tiempo. Se llamaba Tahirih Qurratu'l-Ayn.

En las escuelas teológicas de Kerbala y Nayaf, Tahirih era muy admirada por su elocuencia y conocimientos jurídicos, pero también había levantado ampollas dentro de la comunidad eclesiástica. En contra de las normas, había adoptado el papel de profesora, no de acólita, vulnerando además las costumbres al indicar a los alumnos que recalcaran su independencia espiritual luciendo indumentaria colorista durante el mes de Muharram. 

Lo peor de todo es que dio la vuelta al rol femenino al divorciarse de su marido y presentarse en público sin velo. Ante el horror y la indignación de la ortodoxia chií y suní, insistió en que había llegado el momento de anular la sharía.

Está claro que los más amenazados por esas ideas eran los clérigos. Al igual que el ulema de Kabul cuya reacción ante Farkhunda incitó a una frenética turba juvenil a cometer un horrendo crimen, el orden religioso de Irán se vio zarandeado por los argumentos de Tahirih, sintiendo que esa mujer cuestionaba peligrosamente su posición. 

Mientras ella fuera fuerte, ellos se sentirían débiles; mientras su popularidad aumentara entre las mujeres, ellos verían minada su influencia. Así que la vilipendiaron y difamaron, haciendo todo lo posible por cercenar su influencia y silenciarla. A la vista de ello, poco puede sorprender que acabara siendo estrangulada por difundir las heréticas enseñanzas del Bab.

Las fisuras que surgen entre las creencias personales y la tradición cultural siempre han sido un semillero de disyuntivas morales. Tahirih y Farkhunda podrían haber acatado las costumbres seculares y cerrar la boca; podrían haber aceptado el antiguo modelo femenino, evitando la confrontación con las autoridades religiosas. 

Pero insistieron en distinguir entre superstición e investigación racional, entre la letra y el espíritu del Corán. Y su coraje planteó cuestiones esenciales sobre la autoridad sacerdotal. Al principio, cuando se acusó a Farkhunda de quemar un Corán, se dijo que el hombre con el que había estado discutiendo era un “ulema”. 

Después, cuando quedó claro que de lo que había discutido con él era de la venta de talismanes y tawiz a los incautos, se le describió simplemente como un “ayudante” de la mezquita. Al final, cuando se determinó que la muchacha asesinada no había cometido ni apostasía ni blasfemia, los reporteros le convirtieron en un “buhonero”.

Y la mengua de categoría externa que fue experimentando este hombre anónimo no fue nada en comparación con su humillación interior. Fuera quien fuera, una muchacha le había superado con su argumentación; esa interlocutora conocía mejor que él el Corán y cuando la multitud se fue congregando a su alrededor atraída por la discusión, ese hombre debió de enfrentarse a un terrible dilema. 

Podía perder su reputación, su forma de ganarse el sustento y probablemente la vida, o darle la vuelta a la situación y acusar a esa mocosa que le superaba en conocimientos sagrados de cometer la blasfemia en la que él estaba incurriendo. Optó por lo segundo.

Independientemente de que vivamos en Kabul o en Nueva York, la relevancia de la disyuntiva moral salta a la vista, porque atraviesa el cuerpo de la mujer actual, dejando patente la violación de sus derechos. 

Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo. Cuando cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal, en sus relaciones íntimas, en su derecho a trabajar, a viajar, en los derechos legales sobre sus hijos, está teniendo lugar una redefinición de la fe que va más allá de cualquier manifestación externa de liberación.

Es la misma revolución que tuvo lugar en Turquía este mismo año, cuando, contraviniendo de manera flagrante las costumbres, las mujeres de la provincia meridional de Mersin, con el rostro embadurnado de pintura roja, se negaron a que los hombres tocaran el ataúd de Özgecan Aslan, la estudiante de psicología de veinte años que, después de ser violada por un grupo de hombres en un autobús, fue asesinada a puñaladas y quemada. 

Esta revolución la plasmaron de nuevo las afganas que, cubriéndose con la máscara ensangrentada que representaba el rostro de Farkhunda, rompieron con la tradición al rechazar la presidencia del ulema en Kabul e insistir en ser las únicas portadoras del féretro durante el entierro de la asesinada. 

Esas mujeres seguían el ejemplo de Tahirih. Su capacidad para distinguir entre las creencias y las convenciones culturales, entre la fe y la costumbre, es un símbolo de nuestro tiempo. Ellas se encuentran en la encrucijada de un cambio con inmensas repercusiones para todos."               

(  , El país,   9 MAY 2015 , Bahiyyih Nakhjavani es escritora. Autora de los libros La fábula de la alforja robada y La mujer que leía demasiado. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo)

11/10/12

Se quitan el velo al entrar al establecimiento y se lo ponen al salir.... Durante siete años de sus vidas se las humilla mañana y tarde

"C. Delcroix: ¿Puedes hablar también de la muy profunda alterización de los árabes y de los negros, a los que en la sociedad francesa presenta como responsables de la violencia sexista de forma unilateral[1]? ¿Cómo apareció esta oposición entre los sexistas y los antirracistas?

Ch. Delphy: La sociedad francesa en su conjunto, con la ayuda de una gran parte de las mujeres que se dicen feministas, ha logrado matar dos pájaros de un tiro: por una parte, acusar a toda una parte de la población de defectos innobles (no solo sería sexista, sino también homófoba y antisemita) y, por otra, absolver completamente de sexismo a la sociedad dominante. 

El resultado es que ya no se habla del sexismo general de nuestra sociedad, generalizando a todos los hombres. Por ejemplo, Élisabeth Badinter pretende que «entre los franceses de origen, ya sea en el judaísmo o el catolicismo, no se puede decir que haya una opresión de las mujeres»[2].

Ahora bien, cuando creamos el movimiento feminista en 1970 no estábamos pensando en el sexismo de los árabes. Como todos los trabajadores inmigrantes, trataban de hacerse olvidar y nosotros, como blancas, no teníamos prácticamente ninguna relación con ellos. Se pensaba en el sexismo de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros compañeros.

 ¡Y de pronto nos enteramos de que no hay opresión de la mujer «entre las francesas de origen»! Se vieron varias manifestaciones contra la violencia ejercida contra cuatro mujeres: las cuatro tenían nombre árabes. Poco tiempo después se publicó la Encuesta Nacional sobre la Violencia de las Mujeres en Francia (ENVEFF, por sus siglas en francés)[3]. 

Y hoy se hacen recuentos cada año; cada semana dos o tres mujeres mueren a manos de su marido o compañero. Pero, ¿dónde se menciona en estas manifestaciones a las Monique, a las francesas asesinadas por sus compañeros blancos como ellas? (...)

Ahí es donde estamos hoy en día. Una sola operación ha hecho progresar el racismo al tiempo que vuelve invisible el sexismo: el de los blanco, porque el sexismo «no existe entre ellos», y el de los negros y árabes, porque es indudablemente racista convertirlos en los chivos expiatorios. (...)

Sé que esta aserción va en contra de la percepción que hay en la población, incluidos los sociólogos. Esta percepción es que los africanos en general son más sexistas que los «occidentales». 

Se trata de este a priori que se ejerce respecto a personas de origen africano, aunque ellas mismas hayan nacido y hayan sido educadas en Francia o en otro país occidental. Pero nosotros las miramos de una manera que en vez de buscar las similitudes entre ellas y los demás franceses, busca las diferencias: supone, busca y encuentra unas diferencias y las resalta en detrimento de las similitudes. (...)

Roland Pfefferkorn: A propósito del pañuelo o del velo, me gustaría que volvieras sobre cómo se han utilizado las comparaciones internacionales selectivas en la argumentación en relación a la situación francesa. Me parece claro que se desplazan las problemáticas y que, al mismo tiempo, este desplazamiento permite privilegiar lo emocional en muchas personas. ¿Puedes volver sobre este uso selectivo de las comparaciones internacionales?

Ch. Delphy: Hace poco hablaba con una periodista de la televisión del debate sobre la prohibición del velo en la escuela y del hecho de que esto penalizara a jóvenes francesas. Ella estaba de acuerdo, pero creía que esta prohibición podía ayudar… ¡a las iraníes! 

Cuando le pregunté en qué sentido, me respondió que podía «ser un signo». Pero, ¿un signo de qué y dirigido hacia qué? No se podía entender que ella quería decir que inscribiéndose dentro del mito nacional que ve a Francia como el faro y guía de las naciones. 

Dentro de este paradigma, en cuanto los franceses hacen algo, en el extranjero se dicen: «¡Ah, los franceses hacen esto! ¡Debe de ser interesante! ¿Y si hacemos lo mismo?». Pero los demás países no dicen eso, están dentro de su propio mito nacional, no en el nuestro, y no nos ven como un ejemplo.  (...)

De la misma manera no se quiere tener en cuenta lo que puede ocurrir a Francia. Oigo a muchas personas decir que la ley de 2004 que prohíbe el pañuelo en la escuela está muy bien: «Todo fue muy bien», queriendo decir con ello que las chicas se quitan el velo (y de las que no se lo quitan y no van a clase no se habla, es de mala educación).

 En efecto, ¿qué pueden hacer estas chicas? Se quitan el velo al entrar al establecimiento y se lo ponen al salir. Todo ha ido muy bien en el sentido de que no ha habido bombas en las escuelas. Pero, al fin y al cabo, hay que mirar más lejos: estas chicas van a la escuela y después al instituto durante siete años.

 Durante siete años de sus vidas se las humilla mañana y tarde (y en el intervalo) porque todas sus compañeras saben que llevan pañuelo y que están obligadas a quitárselo a la puerta del establecimiento. Se van a convertir en adultas. 

Los argelinos no han olvidado los 130 años de colonización ni los ocho años de guerra. ¿Van a olvidar estas chicas estos siete años de humillación? No lo creo.

Cuando se conviertan en adultas es cuando se verá lo que se ha hecho, se verá realmente el resultado de la ley. Se ha vuelto a crear otra separación, como si no hubiera ya bastantes. Se han empeorado las cosas. 

Y es que si llevan el velo es porque hay algo que no funciona y lo que no funciona es, para empezar, el racismo que padecen. Si no, no llevarían ese pañuelo, que no es un pañuelo magrebí. No es la continuación de una tradición o de una costumbre familiar. La mitad o más de sus padres, lejos de obligarlas a llevarlo, se oponen a ello.

 En las generaciones de los padres eso prácticamente no se hacía. Esa generación creía en la integración. Pero la generación siguiente ha visto el resultado de esta creencia: para la nueva generación no hay integración y a sus padres les han engañado como a chinos."                    (Rebelión, 11/10/2012, Daniel Bertaux, Catherine Delcroix y Roland Pfefferkorn, http://Migrations et sociétés)

27/9/12

¿Jesús casado? Probablemente...

"Por supuesto, un manuscrito. Hasta hace un siglo, en el mercado de antigüedades de El Cairo se podían encontrar libros en papiro con los que revolucionar la historia de las religiones. 

Le ocurrió en 1896 a Carl Reinhardt, cuando compró uno escrito en copto a principios del siglo II. Lo depositó en el Museo Egipcio de Berlín y no fue desvelado hasta 1955 por el egiptólogo Carl Schmidt. Resultó ser El Evangelio de María y agitó las investigaciones sobre el protagonismo de las mujeres en las primeras comunidades cristianas.

 En una religión cuyas jerarquías desprecian, e incluso detestan, a la mujer, reabría el viejo debate sobre el estado civil de Jesús, el fundador cristiano. Así lo subrayó entonces Karen King, reputada catedrática en la Universidad de Harvard, que ofreció en 2006 otra traducción y un estudio riguroso (en español lo editó Poliedro, traducido por Marco Aurelio Galmarini).

Ahora vuelve otro papiro. Al comprado por Reinhardt le faltaban las seis primeras páginas y cuatro más del centro. Karen King cree que eran la clave de un hecho que se ha querido ocultar como si fuese peligroso. 

La semana pasada ha dado a conocer el texto en el que se dice que Jesús se casó. La tradición cristiana imperante siempre ha dicho que no lo estaba, a pesar de no existir evidencias que respalden tal afirmación o la contraria.

“Si en los primeros textos no hay referencias al matrimonio de Jesús, es porque en el contexto judío lo normal era que estuviera casado. ¿Por qué, entonces, las reacciones, más viscerales que argumentadas, en contra? 

Las razones tienen que ver con el sexo. Porque cae por tierra todo fundamento cristológico del celibato impuesto a los sacerdotes; porque pierde justificación la superioridad de la vida consagrada a Dios sobre la vida de los cristianos seglares, y porque se desmonta la visión negativa que la Iglesia tiene de la sexualidad y la consiguiente represión sexual que impone”, sostiene el teólogo Juan José Tamayo, autor de tres libros sobre la vida y la obra de Jesús de Nazaret.
 
En El Evangelio de María hay un diálogo de Jesús con los discípulos después de la resurrección. Entre ellos está María de Magdala (vulgarmente, la Magdalena), que antes había revelado enseñanzas que ella misma recibió en una visión del resucitado. Algunos discípulos se enfadan. 

¿Cómo podía Jesús escoger a una mujer como interlocutora, marginando a Pedro, por ejemplo? Otros reprochan a Pedro el trato que da a Magdalena: “Si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? El Salvador la conocía profundamente. Por eso la amó más que a nosotros. Lo que debería darnos vergüenza”.

Otro fragmento contiene esta cita: “Y Jesús les dijo: mi mujer”. A la discusión sobre si esa mujer merece ser parte de la comunidad, Jesús contesta: “Ella puede ser mi discípula también”. Con esta frase, la tesis de san Pablo ordenando callar a las mujeres en las asambleas saltaría por los aires de forma clamorosa.

Son legión los Padres de la Iglesia que detestan a la mujer. Pablo de Tarso: “Es bueno para el hombre abstenerse de mujer”. Agustín de Hipona: “El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer”. Tomás de Aquino: “La mujer es un hombre malogrado”. 

 Juan Damasceno: “La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, ella ha expulsado a Adán del Paraíso”. Tertuliano: “No está permitido que una mujer hable en la Iglesia, ni bautizar, ni ofrecer la eucaristía, ni participar en las funciones masculinas, y mucho menos en el sacerdocio”.
 
Pese a haber habido en la historia no pocos papas casados y con hijos, se ha impuesto la idea de que, si el celibato era superior y el matrimonio inferior aunque lícito, el sexo sería en consecuencia un acto perverso y un pecado lícito solo en el matrimonio.

 Lo dijo pronto el obispo Ambrosio de Milán (373-397): “La vida conyugal es incompatible con una carrera en la Iglesia. Incluso un buen matrimonio es la esclavitud”.

Es la tesis del fundador del Opus Dei, el ya santo Josemaría Escrivá de Balaguer, en la máxima 28 de Camino, el libro de cabecera de sus influyentes seguidores: “El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo”.

En el Vaticano, centro del imperio católico, nunca se aceptará que Jesús fue un hombre casado. Descuartizaría las bases en las que basa su vasto poder desde que el emperador Constantino consagró el cristianismo como fe oficial de su imperio. 

Para ello hubo de intervenir enérgicamente en favor de la facción que sostenía que Jesús era hijo de Dios, incluso él mismo Dios y uno de los componentes de la ahora llamada Santísima Trinidad.
 
La principal consecuencia de la intervención de Constantino fue, sin embargo, la conversión de los cristianos en un poder con vocación de dominar el mundo con un Estado propio en la sede misma del ya caído Imperio Romano. Nada de eso pudo imaginarlo el fundador. Como dijo el clásico, Jesús anunció el Reino de Dios, y lo que vino fue la Iglesia, con poder, influencia y lujos sin cuento.

El emperador intervino —Concilio de Nicea, año 325— para poner paz entre disputadores teológicos, pero la realidad fue bien otra. Allí se engendraron incontables guerras de religión, terribles persecuciones —los hasta entonces cristianos perseguidos se iban a convertir en feroces perseguidores— y tiempos de inquisiciones y autos de fe. Voltaire calculó en su tiempo que la religión había causado un millón de muertos por siglo.

Eran la consecuencia de otra proclamación conciliar, de arrogante ignorancia: la que sostuvo hasta hace 50 años que “fuera de esa Iglesia no hay salvación” (Concilio Ecuménico de Florencia, 1442), con estas palabras: 

“La Santa Iglesia Romana cree firmemente, confiesa y proclama que nadie fuera de la Iglesia católica, sea pagano o judío, no creyente o separado de la unidad, participa de la vida eterna, sino que cae en el fuego eterno que ha sido preparado por el demonio y sus ángeles, a no ser que se incorpore a ella antes de la muerte”.  (...)

Impuesta la tesis de que Jesús es Dios —e hijo de Dios—, ¿cómo sostener que se hubiese casado con mujer terrenal e incluso que tuviese hijos? No podía ser. Dios no se casa.

 La fórmula fue radical: la proclamación de unos pocos escritos canónicos (cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis) y una radical eliminación del resto de los escritos, varios de ellos también conocidos hasta entonces —y ahora— como evangelios, a ser posible en el fuego. (...)

“El papiro desvelado por Karen King confirma lo que teólogas y teólogos hemos afirmado hace tiempo”, sostiene Margarita Pintos, presidenta de la Asociación para el Diálogo Interreligioso.

 “En el siglo primero, la normalidad era que hombres y mujeres se emparejasen para tener descendencia, y más en familias judías que esperaban a un Mesías liberador. Pero identificar a esa mujer con María Magdalena es una lectura patriarcal. No podemos imaginar que una mujer por sí misma, sin referencia a un varón, sea libre, independiente y depositaria del anuncio de la Resurrección. 

Siempre que aparece un documento que pone a Jesús en relación con alguna mujer, se la quiere identificar como su madre, su esposa, su amante, etcétera. Las mujeres que vivieron en la proximidad de Jesús fueron, seguramente, personas peculiares, con pensamiento propio, dispuestas a poner en práctica una noticia liberadora para sus vidas sometidas al orden patriarcal. 

En el discipulado igualitario de Jesús encontraron ese espacio para desarrollarse en libertad. Por su valía personal fueron depositarias del anuncio de la resurrección, predicaron en las ciudades del Imperio y a muchas les costó la vida”, añade la teóloga. (...)

“Jesús pudo estar casado y haber formado una familia. El modelo de familia defendido por el Evangelio tendría más peso si el mismo Mesías hubiera formado una. Durante años se dio por sentado que Jesús tuvo hermanos e incluso una compañera, que bien podría haber sido María Magdalena.

 Fue bastante después, atendiendo a criterios patriarcales, cuando la Iglesia acabó por institucionalizarse, cuando se cerró la vía de que Jesús hubiera podido tener una familia. La mujer era símbolo de pecado, y el celibato acabó imponiéndose como un modo de superioridad del hombre sobre la mujer. 

Ahí María, o la mujer de Jesús si tuviera otro nombre, no tenía cabida. Así se impuso la castidad como modelo de perfección, pese a que los eclesiásticos no han sido precisamente un ejemplo de cumplimiento”.

El teólogo Tamayo toma la idea de san Josemaría (“si Jesús hubiera estado casado pasaría a ser tropa”) para recordar que cada vez que los investigadores, sobre todo las investigadoras feministas, plantean la posibilidad de que Jesús estuviera casado, la jerarquía católica pone el grito en el cielo. 

“Lo hacen como si se tratara de una verdad de fe, cuando no pertenece al núcleo del cristianismo y resulta irrelevante en los evangelios, que destacan las excelentes relaciones de Jesús con las mujeres y de ellas con Jesús”.          (El País, 24/09/2012)