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14/4/21

La Universidad de Malmö, en Suecia, se ha convertido en el epicentro de una polémica racial surrealista... por estas imágenes

Las imágenes que desataron la polémica. (cedidas)

 "Si menciono la Universidad de Malmö, en Suecia, tienes todo el derecho del mundo a imaginarte un lugar aburrido en el que nunca pasa nada. Pues bien: este pacífico campus del país más civilizado del mundo se ha convertido en el epicentro de una polémica racial surrealista. El motivo, las imágenes que tienes arriba, que la profesora de sexología Mariah Larsson mostró en una clase sobre estereotipos raciales en Zoom.

Leo en el diario 'Sydsvenskan' una nota, escrita en tono escandalizado, que recoge las palabras de los estudiantes ofendidos y dice que la clase comenzó “con un PowerPoint con caras negras y amarillas. La palabra N también se mencionó en varias ocasiones”, y además se vieron fotos de “hombres negros bien dotados”. Esto último es falso. Como veremos en seguida, también en la apacible Suecia hay 'clickbait' y noticias exageradas para expandir la ofensa. De hecho, como recuerda el escritor Javier Benegas en 'La ideología invisible', Suecia es uno de los países del mundo más marcados por la corrección política y la cultura de la ofensa. 

 Al ser impactados por las imágenes, los estudiantes se dividieron. Unos consideraban que la cosa estaba muy interesante, pero otros, de la militancia 'woke', estallaron con la furia habitual y empezaron a protestar. No eran niños de 18 años recién llegados al mundo, sino estudiantes talludos, de posgrado, algunos de más de 30 años, mujeres blancas en su mayor parte. Para los ofendidos, mostrar caras de gente de otras razas en una clase sobre estereotipos raciales es una provocación. Algo parecido a un ataque racista.

Mientras las primeras diapositivas pasaban por las pantallas de Zoom, la profesora Mariah Larsson se dio cuenta de que el chat se llenaba de comentarios: “Tengo un problema con la representación del racismo”. “Creo que podemos saltarnos la palabra N”. “Cualquiera que quiera incluir imágenes racistas y verlas tal vez pueda buscarlas en Google. Así que las personas con su propia experiencia de racismo no tienen por qué ver estas fotos”, decían estas estudiantes.

 Larsson paró la presentación de diapositivas y trató de seguir la charla, pero la llama estaba prendida. La cosa venía de lejos. Los estudiantes ofendidos llevaban tiempo quejándose de que en su educación no hay suficiente perspectiva poscolonial. Polémicas como esta han azotado las universidades suecas en los últimos años. Para muchos alumnos, el nivel de corrección política no es lo bastante alto en clase, de modo que ocurren cosas como esta, es decir: se les presenta material didáctico que no ha pasado por los filtros necesarios de censura.

La universidad responde

Tras la clase virtual de Larsson, el ambiente de la universidad se enrareció a toda velocidad. Dado que no todos estaban ofendidos, en seguida se formaron dos tribus en guerra. “Ha sido tan tenso que muchos alumnos se sienten inseguros en clase y prefieren quedarse callados que estar expuestos a suspiros, ojos en blanco y ataques personales” dicen en 'Sydsvenskan', que ha dedicado varias noticias a la polémica. “Algunos ya han decidido dejar la educación debido al conflicto”.

Pero entonces ocurrió algo insólito que terminó de enrarecer el ambiente: la universidad, en lugar de plegarse a los deseos de sus estudiantes más ofendidos, se puso de parte de Larsson. En una carta de la dirección a la clase de posgrado, recordaron a los alumnos que “interrumpir o tratar de obstaculizar la enseñanza de los profesores puede ser tema de medidas disciplinarias en la universidad”. Estas palabras se recibieron como una amenaza grave por parte de los ofendidos, que decidieron recurrir a la prensa y las redes sociales.

 La estudiante Josefin Björck dice en otro artículo de 'Sydsvenskan' que aquella carta de la dirección “fue como una puñalada en el estómago. Estaba decepcionada y un poco asustada. Era un tono desagradable y amenazador”. Sin embargo, Maria Hjortsjö, jefa del departamento de Trabajo Social, dice en el mismo medio que la dirección de la facultad se había limitado a recordar a los estudiantes la Ordenanza de Educación Superior.

No importa. Para algunos alumnos, la universidad no está para enseñar desafiando los prejuicios del estudiante, y mucho menos para imponer orden después de una polémica agria para la convivencia, sino para plegarse a sus intuiciones y caprichos sentimentales. La negativa de la institución a tomar medidas exteriorizó, con la ayuda de los estudiantes convertidos en activistas, el conflicto. Anna Tenfält, directora de proyectos del Orgullo LGTB en Malmö, ha amenazado a la universidad con romper la colaboración con la institución si no se toman medidas de inmediato.

“Es muy importante para nosotros que todas las organizaciones con las que trabajamos tengan los mismos valores básicos. En primer lugar, es inaceptable que haya racismo y discriminación durante las conferencias”, ha dicho Tenfält. “Queremos colaborar con la universidad y nos gustaría tenerlos en el World Pride, pero después de todo esto les hemos pedido que apliquen un plan de acción y expliquen cómo pretenden manejar las inquietudes y problemas que existen”.

 Según publica la prensa, varias organizaciones más, además de políticos e investigadores de la Universidad de Malmö y otras, han expresado su apoyo a la protesta estudiantil. Incluido el foro de justicia afrosueco, que calificó de "deplorable" la respuesta de la dirección y exigió que la universidad no solo se disculpe, sino que también elabore un "plan de acción y directrices sobre el racismo y otras formas de opresión". 

 Pero ¿existen esos problemas? Es decir: ¿realmente hay racismo en la Universidad de Malmö? Por desgracia, responder no es sencillo en el siglo XXI. Cuando entran "otras formas de opresión", los hechos no cuentan para nada. Hablamos de un racismo cuántico que solo existe cuando alguien lo siente, independientemente de lo que haya ocurrido. “Algunos alumnos lo perciben, luego hay otros que no lo perciben así. La situación es muy compleja”, expresaba en un artículo la jefa del departamento de Trabajo Social, sin mojarse demasiado.

La profesora toma la palabra

No ocurre todos los días en Suecia que una facultad se ponga de parte de una profesora invitada tras una polémica que implica el racismo. De modo que contacto con Mariah Larsson.

PREGUNTA. ¿Cuál es su opinión general sobre esta polémica?

RESPUESTA. Mi problema es principalmente pedagógico: quiero que mis alumnos se sientan seguros en el aula, y quiero que puedan protestar y expresar preguntas críticas, pero mi trabajo no es ponerlo todo en segundo plano para protegerlos. Es difícil darles los mismos resultados de aprendizaje sin mostrar, por ejemplo, esas imágenes. ¿Cómo puedo enseñar un material visual sin utilizar un material visual?

 P. En la prensa se habla de “hombres negros bien dotados”. ¿Podrías explicar cuáles eran las imágenes?

R. Es falso que hubiera hombres negros bien dotados. Más adelante, había algunas imágenes de tono erótico, pero ni siquiera llegué a mostrarlas, todo se interrumpió antes. Las imágenes eran: un envoltorio de caramelo sueco que cambió su diseño a principios de la década de 2010; el emperador Ming de 'Flash Gordon' (1980) interpretado por el actor Max von Sydow con la cara pintada de amarillo; Fu Manchu interpretado por Henry Brandon; un personaje de un libro infantil sueco llamado Lilla Hjärtat (Corazón Pequeño) que causó revuelo en 2012, y la portada de uno de los libros de Pippi Calzaslargas, de Astrid Lindgren.

P. ¿Dirías que hay un problema de susceptibilidad entre los alumnos?

R. Entre algunos alumnos, no todos. En el plano más amplio, tales conflictos pueden llevar a los profesores a andar de puntillas en temas controvertidos e incluso, en situaciones de enseñanza, a evitarlos por completo. Esto, diría yo, es un gran problema, y puedo remitirle a la declaración de Chicago. [Se refiere a un alarmante documento publicado sobre los casos de censura en los campus estadounidenses].

 P. ¿Los estudiantes hablaron contigo personalmente o simplemente se quejaron en público?

R. Esto sucedió en Zoom. Aproximadamente a los cinco minutos de conferencia, descubrí que habían estado protestando en el chat. Dejé de compartir la pantalla y escuché sus comentarios un rato. Luego intenté dar la conferencia sin el PowerPoint. No salió muy bien, en mi opinión. Después, escribieron un artículo de opinión que se publicó en el periódico y luego, más tarde, fueron entrevistados por un periodista de ese mismo medio, que escribió un artículo muy escandaloso, tergiversando mi PowerPoint y haciendo que mi conferencia pareciera sobre pornografía 'hardcore' racista. No lo es. Concluía con una discusión sobre la pornografía interracial y dos ejemplos de la historia del cine pornográfico, pero la mayor parte trataba sobre la historia del arte, el cine y la historia de las ideas.

P. ¿La universidad finalmente actuará? ¿Te has sentido apoyada por la institución?

R. Sí, me he sentido apoyada. La Universidad de Malmö tomó medidas, respondiendo a los estudiantes que protestaban, y mediante un artículo de opinión más general coescrito por los respectivos rectores de las universidades de Malmö y Lund. Ha habido casos anteriores en Suecia similares al mío, en que la universidad en cuestión no apoyó al profesor. Esta es, creo, la primera vez en Suecia que una universidad toma partido por un profesor o un conferenciante invitado."                (Juan Soto Ivars, El Cofidencial. 01/04/21)

3/8/20

El racismo está compuesto por un conjunto de prejuicios aprendidos en el medio donde se crece, vistos como naturales; son clichés reafirmados en la interacción debido a que generalmente una situación de desigualdad lo favorece. Por ser tan cotidiano y no existir una reflexión al respecto, el racismo común suele no ser consciente.

"Como siempre, lo que sucede en Estados Unidos repercute estrepitosamente en México. Las manifestaciones desatadas por el asesinato de George Floyd han puesto aquí el problema del racismo bajo los reflectores. 

Si bien la historia en ambas naciones es similar: pueblos originarios vapuleados y poblaciones africanas introducidas como esclavos, la diferencia es que la dimensión social de este asunto es allá mil veces mayor a la que ha tenido en nuestra sociedad, en donde apenas hace una década se habla de ello y aún cuesta mencionar el término —¿será más bien clasismo? todavía se pregunta. 

Además, allá el racismo institucional ha sido puesto en evidencia de manera contundente, como se puede ver, por ejemplo, en el libro de Michelle Alexander, The New Jim Crow, o en The Case for Reparations, un brillante artículo de Ta-Nehisi Coates. La manera como el Estado en sus distintos niveles, tanto federales como estatales —empezando por las de impartición de justicia—, en conjunción con inmobiliarias, bancos y otras instancias privadas han entretejido una malla de segregación que ha mantenido a la población afroamericana en barrios con malos servicios, pésimas escuelas y una policía que la hostiga permanentemente y provoca su encarcelamiento de manera irrefrenable es muestra de cómo funciona el racismo institucional.

 A éste se suma el racismo común, que hace aún más lacerante tal discriminación, con frecuentes episodios de violencia directa por parte de personas y grupos supremacistas; ambos intrincados en una espiral perversa.

El racismo está compuesto por un conjunto de prejuicios aprendidos en el medio donde se crece, vistos como naturales; son clichés reafirmados en la interacción debido a que generalmente una situación de desigualdad lo favorece. Por ser tan cotidiano y no existir una reflexión al respecto, el racismo común suele no ser consciente. 

El institucional opera a otra escala, más sofisticadamente, con prejuicios similares a los del común pero contenidos, cubiertos por un halo de neutralidad, de objetividad —como cuando un grupo técnico presenta una política pública; hereda por tanto modos acuñados por el racismo científico del siglo XIX y de mitad del XX.

 En México el racismo común empieza a ser criticado, se habla de cómo se presenta en distintos ámbitos, desde un edificio de lujo en donde un condómino agrede a un guardia que cuida de la entrada hasta un presidente municipal que dice que las mujeres indígenas huelen mal. El caso más reciente es el reclamo de la esposa del presidente de México al comediante Chumel Torres, invitado por la Conapred a un debate acerca del racismo, pidiéndole una disculpa por haber llamado a su hijo con un epíteto racista.

No obstante, poco reconocemos las facetas del racismo institucional. Si uno se remite al siglo XIX, el auge del racismo, se encontrará con leyes que fomentan la inmigración de población europea blanca emitidas tras largos debates parlamentarios para saber qué tipo de población era mejor, descartando abiertamente la asiática y casi vetando la africana; están las condenas a la propiedad colectiva de las comunidades indígenas seguidas de leyes que promueven la propiedad individual y otorgan los terrenos de éstas a compañías extranjeras “que sí sabrán cómo trabajarlas”, la persecución a la medicina indígena por ser considerada superstición, la denigración de la población indígena —mayoritaria en el país— calificada por médicos como degenerada por su alimentación a base de maíz y otros aspectos de su modo de vida, a la vez que se enaltece a los “indios antiguo de raza pura”, presentados cual griegos o romanos en la pintura de la época. Y aún más.

Después de la Revolución se pretendía que tales ideas desaparecieran y desde el Gobierno se emprende la “redención del indio” para “sacarlo” de la marginación en que fue sometido tanto tiempo. Las políticas impulsadas a partir de entonces para tan noble fin no difieren mucho de las del despiadado régimen porfirista: buscan a como dé lugar la integración y desaparición de las comunidades y sus lenguas, hacer “productivo” su trabajo, incentivar la propiedad individual, llevar semillas mejoradas y tecnología moderna para “sacarlos del atraso” propio de sus modos tradicionales, que dejen atrás su medicina —empirismo dicen ahora—, y en los libros de texto no hallan tampoco un lugar digno; la población de origen africano no existe, apenas se habla de Yanga en un par de páginas en los de historia.

Me ha tocado ver el racismo institucional en acción en distintas comunidades indígenas: el Procede —que pretendía individualizar la propiedad colectiva para tornarla “productiva”—, la coerción de Sedesol para que se abandone la medicina propia, el chantaje de la de Agricultura para que hagan como el técnico dice —aunque éste no tenga idea de ciertos factores locales—, el engaño de la educación intercultural y otras tantas más. La constante es la misma: los indígenas son considerados como atrasados, reacios al cambio, ignorantes y recelosos, una masa impredecible que con gran facilidad se deja manipular por gente de fuera —recordemos los comentarios cuando inició el movimiento zapatista. Siguen siendo vistos como menores de edad, así se les catalogó en la Colonia.

Me parece legítimo que alguien pida disculpas a un comediante que vehicula un racismo naturalizado por la sociedad, pero igualmente legítimo me parecería que el Gobierno ofreciera disculpas a los pueblos indígenas por tratarlos como menores de edad, como atrasados, por considerarlos “inmóviles en el tiempo”, por invocar nuevamente su redención, por querer llevarles tecnologías modernas cuyas consecuencias nefastas son bien conocidas —como las plantaciones de árboles exóticos—, por incluirlos en megaproyectos sin su consentimiento, destinándolos a ser mano de obra barata al servicio de “los inversionistas”, el elemento activo desde esta perspectiva. El tren maya es un clásico en este sentido. Un proyecto basado en una serie de políticas públicas que implican una visión racista de los pueblos mayas, vistos como incapaces de decidir su futuro, en su modo de vivir, su manera de relacionarse con el mundo.

El Gobierno de la 4T ha tenido aciertos indudables, pero en su relación con los pueblos indígenas ha sido tan errático como los anteriores. El solo hecho de no respetar la consulta informada para llevar a cabo un proyecto en sus territorios es ya ultrajante; el trato del mismo presidente en esta relación deja mucho que desear: privilegiar la propiedad individual al proponerles proyectos, poner en manos de empresarios el diseño de las plantaciones y no consultar a los afectados, además de sus ideas sobre los indígenas que afloran en ocasiones, como cuando en Ocosingo en una asamblea dijo a los ahí reunidos que ya era hora de dejar la hamaca y ponerse a trabajar, al más puro estilo finquero o de político liberal del siglo XIX, que es el ideario que más bien parece seguir en su relación y trato para con estos pueblos.

Estoy convencido de que sólo la constancia de la sociedad civil organizada podrá atajar el racismo prevaleciente y la prueba es lo que en este momento acontece en Estados Unidos —décadas de lucha y reflexión— y el efecto que ha tenido en este sentido el movimiento zapatista aquí. Pero si verdaderamente este Gobierno quisiera aportar algo, tendría que emprender un ejercicio de autocrítica al respecto, que fuera incluso atrás en el tiempo: desde reconocer el genocidio de los pueblos Seri y Yaqui perpetrado por el Estado Mexicano, la guerra de exterminio contra los mayas y otras tantas rebeliones injustamente sofocadas en todo el país, pasando por la imagen que se ha mantenido en los libros de texto que glorifican a las civilizaciones prehispánicos a la vez que muestran a sus descendientes como pueblos-en-desaparición, simples “restos”, mero folklore y ahora diversidad cultural por aquello de lo políticamente correcto; y la invisibilización de los pueblos negros —su historia de esclavitud y lucha por la libertad; y las matanzas de chinos y japoneses... hasta llegar al racismo implícito en políticas públicas actuales. Muchos monumentos por derribar."

(César Carrillo Trueba es biólogo y antropólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM. El País, 14/07/20)

27/7/20

No necesito mensajes de ‘amor’ de mis amigos blancos. Como hombre negro, lo que realmente siento —en todo momento— es temor de morir. Lo que siento es un miedo persistente a morir. Los emojis de corazón y las vibras positivas no ayudan...

"Mi libro saldrá a la venta en unos meses y no sé si estaré vivo para verlo porque soy un hombre negro.

La noche del lunes 1 de junio, mi agente, una mujer blanca y liberal de treinta y tantos años, me envió un correo electrónico para informarme que iba a posponer una reunión importante que teníamos con mi editor al día siguiente. La agencia que representa mi libro quería cumplir con el Blackout Day (día del apagón) “en honor a George Floyd, Ahmaud Arbery, Breonna Taylor y otros incontables hombres y mujeres negros que han sido maltratados y asesinados de manera injustificable”.

La editorial planeaba “emplear ese tiempo para reflexionar y pensar en acciones a largo plazo que pudiéramos llevar a cabo como individuos y como organización para hacer frente al racismo sistémico que persiste en nuestros negocios y nuestras comunidades”, me explicó mi agente.

Para decirlo en otras palabras, mi agente estaba posponiendo una reunión necesaria para finalizar y publicar a tiempo mi libro —que trata de cómo los negros podemos aplicar en nuestras carreras las lecciones obtenidas de experiencias traumáticas— con la finalidad de que los blancos pudieran reflexionar sobre cómo ayudar a los negros. Repliqué, insistiendo en que nuestra reunión tuviera lugar como lo habíamos planeado porque las vidas de la gente de color están en peligro y no se debería desaprovechar el impulso que podría tener en este momento un libro escrito para los negros solo porque los blancos quieren ser empáticos.


El comportamiento de esta agencia es algo común en este momento. La gente blanca me está haciendo a un lado a mí y a otros como yo para aliviar su propia culpa y probar que son distintos a Derek Chauvin, el agente de policía que fue despedido y acusado del asesinato de George Floyd en Mineápolis, y a Amy Cooper, quien trató de usar como arma su raza blanca al llamar a la policía con el fin de denunciar falsamente a Christian Cooper, un observador de aves en Central Park, en Nueva York.

A los negros nos están pisoteando en el proceso. Muchos blancos que conozco están haciendo un gran alboroto por sus sentimientos de culpa y sus intentos exagerados de mostrar empatía. Yo he tratado de evitarlos lo más posible mientras trato de vivir, apoyar a mi familia y amigos negros y seguir con las actividades de la vida cotidiana como trabajar, mudarme a un nuevo apartamento y cocinar la cena para mi novia.

Sin embargo, con total desvergüenza como siempre, los blancos que tienen mi teléfono han estado buscando la manera de consumir mi tiempo y energía. Algunos son amigos; otros, antiguos compañeros de trabajo y conocidos a los que intencionalmente he sacado de mi vida en aras de mi paz mental. Varias veces a la semana recibo varios mensajes de texto como este, de la semana pasada:

“Hola amigo. Solo quería contactarte y hacerte saber que te quiero y valoro profundamente que estés en mi vida y que tus historias estén en el mundo. Y lo lamento mucho. Este país está muy mal, enfermo y lleno de racismo. Perdón. Creo que estoy cansado de esto; mientras tanto, me duermo en mis laureles de privilegio blanco. Te quiero y estoy aquí para luchar y ser útil de todas las formas posibles. **Emojis de corazón**”.

Casi todos los mensajes terminan con seis palabras opresivas: “No sientas la necesidad de contestar”.

Esta gente no solo me está usando como su basurero de culpa y vergüenza, sino que además me está indicando qué no debo sentir, silenciándome en el proceso. En una admisión inusualmente honesta de desequilibrio de poder, el mensajero me informa que no tengo que responder (menos mal, gracias). Esto implica que sin importar si respondo o no —y por lo general no lo hago— el intercambio está completo porque se transmitió el mensaje. El mensajero puede dormir más tranquilamente en sus “laureles de privilegio blanco”.

Muchos de mis amigos negros me dicen que ellos también están recibiendo a raudales estos mensajes unidireccionales que exudan culpa blanca.

Es posible que estas personas blancas que tienen mi teléfono hayan malinterpretado lo que necesito en este momento. A juzgar por el tono ligero, casi juguetón, de los mensajes que están enviando, parece que piensan que lo que experimento en esta era de asesinatos e intentos de asesinato perpetrados contra negros es un vago malestar que puede aliviarse con un abrazo virtual.

Como hombre negro, lo que realmente siento —en todo momento— es temor de morir, temor de no volver a casa cuando salgo a dar mi caminata matutina por Central Park o al 7-Eleven por un té helado AriZona. Temo no llegar a celebrar el cuadragésimo aniversario de bodas de mis padres, no poder hacer otro depósito en la cuenta de mi sobrino en su tercer cumpleaños, no poder salir a bailar con mi pareja a sus bares favoritos del barrio de Bedford-Stuyvesant en Brooklyn.

Pero el miedo no aparece únicamente a consecuencia de los asesinatos de negros como George Floyd, Breonna Taylor y Trayvon Martin, que se viralizaron. Es un temor latente en cada momento de mi vida.

No se siente como el rechazo hueco de una ruptura desagradable. No es la decepción punzante de no obtener un ascenso. Lo que siento es un miedo persistente a morir. Los emojis de corazón y las vibras positivas no ayudan.

He practicado separarme de la distracción de ese temor desde que tengo 7 años, cuando vi por primera vez las imágenes del rostro y el cuerpo desfigurado de Emmett Till en la clase de ciencias sociales de mi escuela primaria. Ese desapego me permite hacer cosas muy básicas como levantarme de la cama en la mañana, ganarme la vida y disfrutar de la música sin sufrir de un continuo estado de pavor.

Cuando me envían mensajes de texto y me dicen que “solo están pensando en mí” porque este temor se volvió momentáneamente evidente para ustedes después de que vieron las atrocidades mostradas por CNN, me generan una carga. Me invitan a consolarlos, a responderles y a decirles que no es su culpa y que ustedes son especiales. Eso es un ataque a mi dignidad y me deshumaniza.


Cuando me dicen que puedo contar con ustedes para decirles cómo me siento, se trata de un acto de intimidad forzada y es un golpe para el desapego que tan intencionalmente he construido a lo largo de mi vida. Me obligan a desenterrar sentimientos profundamente dolorosos que he escondido por salud mental para evitar ofenderlos. Porque sé que ofenderlos es peligroso.

Cuando me dicen que no tengo que contestar, me despojan del último pedazo de voluntad que poseo en este intercambio que no pedí al darme permiso de hacer lo que de todos modos habría hecho.

Así que, por favor, dejen de mandarme su #amor. Dejen de mandarme vibras positivas. Dejen de comentarme lo que piensan. A continuación, tres sugerencias sobre otras cosas que pueden hacer y que tendrán un mayor impacto inmediato:
  • Dinero: Para fondos que pagan los costos legales de los negros que han sido arrestados, encarcelados o asesinados injustamente o para apoyar a los políticos negros que contienden a un cargo público.
  • Mensajes: Para sus parientes y seres queridos diciéndoles que no los van a visitar ni responderán sus llamadas telefónicas sino hasta que realicen acciones significativas para apoyar las vidas negras, ya sea mediante la participación en protestas o contribuciones financieras.
  • Protección: Para los compañeros negros que salen a manifestarse y corren mayor riesgo de salir lesionados durante las protestas.
Sí, estas acciones pueden sonar serias, pero ustedes insisten en que me quieren y el amor exige sacrificios. Los mensajes de texto son ilimitados en muchos planes de telefonía celular. Mandar emoticonos no representa ningún sacrificio.

Si sienten la necesidad de saber cómo me siento porque soy su amigo negro, olvídenlo. Yo les diré lo que necesito. Si no reciben un mensaje mío, ese es el mensaje."

(Chad Sanders (@ChadSand)) es autor del libro de próxima publicación Black Magic. The New York Times, 12/06/20)

20/7/20

El racismo que practican las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización

"Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma “marrón”. En el imaginario colectivo racista en América Latina es un color asociado a la suciedad. ¿Es posible resignificar una palabra para reclamar una identidad?

 Es probable que ninguna persona marrón pueda olvidar la primera vez que alguien le sugirió que se bañara, señalando una supuesta suciedad de su piel. A mí me lo dijeron en una playa limeña. Recuerdo cómo al volver a casa lloré restregando cien veces la esponja a ver si se borraban las partes más oscuras de mi piel. No sé cuántas veces he tenido que decir la frase “soy así” a gente que ha sentido como legítima su curiosidad por la gradiente de marrones que sube y baja caprichosamente en mi epidermis.

Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma marrón. En el imaginario colectivo racista es un color alevosamente asociado a la suciedad, incluso al excremento. Y eso que hay muchísimas cosas marrones hermosas, como la tierra, las hojas en otoño, las galletas recién horneadas. Pero no. A las niñas y niños peruanos, en gran parte marrones, nos enseñan en el colegio que el rosa pálido de nuestros lápices es el “color piel” y el que se parece a nuestra piel, el “caqui”. Hace unos años, una persona racista se hizo famosa en Perú porque insultó a otra llamándola “color puerta”.

¿Es posible un orgullo marrón, un orgullo color puerta? Hoy, una comunidad expropia la etiqueta que servía para despreciar y decide recuperarla resignificada para reclamar una identidad. Son personas a las que durante años se intentó meter en el mismo saco de “lo mestizo”, como parte del proyecto civilizatorio blanco de borrado cultural y étnico. Rotulados como morenos, trigueños, cobrizos, cholos, los descendientes de indígenas que sufrieron directamente la violencia colonial se acuerpan para rechazar la opresión racial. Este es nuestro momento.


En las últimas semanas, con el trasfondo de Black Lives Matter y en buena medida activados por el gran impulso que vive la lucha contra la discriminación en el mundo, activistas de varios países de América Latina han señalado cómo funciona históricamente el racismo también hacia las personas marrones para acuñar simbólicamente algo así como un Brown Lives Matter, pero aplicado a cada casa.

 Así, se ha cuestionado en Argentina, la hipocresía de colocarse el lema importado de Estados Unidos mientras allí se sigue ejerciendo discriminación contra migrantes andinos y contra sus propios compatriotas de ese origen, por lo general olvidados por la idea de una Argentina blanca y porteña. Allí está esa señora que le enmendó la plana a un presentador de televisión que le preguntó de dónde había migrado: “Soy salteña —contestó—. Se les olvida que los argentinos somos coyas”. Los coyas son los pueblos indígenas originarios del norte de Argentina. Se les olvida, como se les olvida también que existen afroargentinos.

En la pandemia, que ha sido ese gran amplificador de nuestras miserias y desigualdades, quienes retornaron de Lima hacia sus comunidades, por hambre, caminando y exponiéndose a la enfermedad, no fueron blancos sino cholos e indígenas pobres. En Perú, a inicios de junio, había en promedio una prueba de la COVID-19 por cada cincuenta personas, mientras que en las localidades de los indígenas awajún, había aproximadamente una por cada 494, según un análisis de Ojo Público. 

Quienes mueren en las olas de frío, en los huaycos, en las inundaciones y en las pandemias son siempre los mismos. Es a las comunidades indígenas a quienes el gobierno peruano ha querido negar agencia y participación política para acelerar la sesión de sus territorios a las mineras. Ese abandono histórico, se llama racismo. Empecemos a llamar por fin a las cosas por su nombre.

El racismo que practican las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización. El color de piel sigue determinando el lugar que ocupas en la sociedad. La idea de que las personas tienen lo que tienen o han llegado a dónde han llegado solo con base en su esfuerzo y su valor o talento personal, esa fábula del capitalismo, es negar siglos de historia colonial.

En el Perú, los niños también crecemos rogando ser menos cholos para ser menos discriminados. Nadie quiere ser el más cholo, el más marrón, el más negro, porque para muchos más racialidad significa más acoso y exclusión, también más pobreza. Y eso que según los últimos censos, que ya incluían la autoidentificación étnica, más del 60 por ciento de la población se define como “mestiza”, mientras los blancos no llegan ni al 6 por ciento. Sin embargo, en los puestos de poder aún se ven indígenas solo como cuotas.

Y es que en mi país los racistas todavía nos mandan a bañar. Hace unos meses, durante un debate electoral, un candidato blanco le entregó a otro no blanco un jabón. Tras la polémica, por primera vez un acto racista fue tratado como tal y condenado masivamente. Por fin parecía alejarse la costumbre de endilgar supuestos complejos de inferioridad a quienes son en realidad víctimas del racismo. El candidato del jabón no fue elegido y la fiscalía abrió una investigación contra él por discriminación.

¿Algo está cambiando? Desde hace solo pocos años existen instancias del gobierno para alertar contra el racismo en el Perú y más políticas públicas antidiscriminación, pero aún queda mucho por hacer.

La buena noticia es que, pese a que el acoso racista aún es habitual en calles y redes, la organización y el orgullo son cada vez más fuertes. Hay afrodescendientes y cholos activando y poniendo el cuerpo, haciendo esforzada pedagogía cada día en los medios, publicando libros, ofreciendo talleres y participando en debates y charlas como “Quiénes somos las marronas”, que dio hace poco Primakabra, activista marrón y disidente sexual.

Lo que viene ocurriendo ha provocado litros de “white tears”, como se llama con humor al modo en que responden las personas blancas a estos cuestionamientos. Este también es su momento: deben revisar la manera en que se han beneficiado de este sistema que prioriza, cuida y enaltece unos cuerpos sobre otros. Deben saber que para desmontar este orden aún colonial solo hay un camino: participar de la lucha política antirracista. No será sencillo, porque no es fácil aceptar que incluso sus buenas intenciones están asentadas en una construcción racista y clasista. Pero se tiene que hacer.

Hay, además, una creciente tribu de jóvenes disidentes de los estereotipos raciales en toda la región, que reivindican el orgullo marrón, su arte, sus historias, combatiendo la estética dominante, reivindicándose a través de fotos y videos como cuerpos que importan, que son bellos y dignos del deseo, de amor y cuidados. Pelean contra esos lugares comunes que relacionan, por ejemplo, al marrón con la sumisión, la pobreza y el dolor.

La activista Sandra Hoyos, del colectivo argentino Identidad marrón, siente que lo marrón es sobre todo una identidad política. Lo que se viene, pues, es resistencia y lucha, desde los cuerpos negros y marrones.

Si seguimos trabajando contra el racismo, quizás algún día a Marco ya no le vuelvan a prohibir entrar a una discoteca, ni vuelvan a confundir a Joseph con el camarero de la ceremonia del premio que se había ganado él. Ni a mí con la niñera de mi hijo. Ni a Rosa con la ladrona del supermercado. Ni a ningún niño o niña la manden a bañar por ser marrón."

(Gabriela Wiener es escritora, periodista y colaboradora regular de The New York Times, 14/04/20)

5/1/11

El racismo... ¿de los fuertes?

"El gran arte de la política consiste en tener en cuenta a los diferentes grupos, a las innumerables minorías y acomodarlos a todos. Un Estado decente debe demostrar solidaridad: únicamente tiene razón de ser si todos sus ciudadanos cuentan por igual, independientemente de cuánto dinero aporten a las arcas estatales.

Por desgracia, Alemania cada vez practica más una política de doble compasión. “Si queremos tener compasión por los que no cumplen las expectativas de rendimiento, también debemos tenerla por los que las superan”, afirma la canciller, que es una forma de dividir a la sociedad.

En la misma línea, una persona que superaba los objetivos en la junta ejecutiva del Banco Federal intentó dividir a las personas en dos categorías: los buenos y los tontos. Sólo los “productivos” merecen respeto, decía su mensaje.

Hacer el trabajo que los alemanes no quieren

Pero la “productividad” no es una cualidad humana, sino que es un término del sector de la fabricación. El hombre es más que un factor de producción: avanza cuando hace algo con pasión, no bajo presión para producir o rendir. Pero los que ven la vida como una ecuación de coste-beneficio se desconciertan ante la idea de la “pasión”.

Su sueño es una sociedad que se ha deshecho de las personas inútiles, de todos esos tipos improductivos que no producen ningún valor añadido respetable, se visten raros y por si fuera poco, hablan un alemán deficiente.

Como las personas que llegaron a Alemania para hacer el trabajo que los alemanes no querían hacer. Se suponía que tenían que sacar carbón de las profundidades de las minas y luego desaparecer, desvanecerse en el aire o convertirse ellos mismos en carbón.

No sé cómo los alemanes se imaginaron que los mineros volverían, en cualquier caso nadie pensó que se quedarían, que se traerían a sus esposas y engendrarían hijos que ahora se dedican a cantar rap.

Desde el punto de vista de un contable, sería conveniente deshacerse de estas personas. Entonces Alemania sería la tierra de los fuertes y de los inteligentes: siempre podemos traer a otros bobos del extranjero para que hagan el trabajo sucio y cuando llegue el momento oportuno, hostigarles de nuevo tras una serie de pruebas genéticas.

Se ha intentado separar a los débiles de los fuertes, a los correctos de los incorrectos, una y otra vez, no sólo en Alemania. Pero todos esos intentos han sido fallidos. Los fuertes siempre acaban estirando la pata junto a los débiles. Todo un enigma.

Al parecer, los fuertes y los débiles dependen mortalmente unos de los otros. Simplemente no pueden sobrevivir el uno sin el otro. Tan pronto como los débiles desaparecen, los primeros fuertes empiezan a debilitarse y acaban fuera de juego. Nadie en el planeta consigue su propio rescate privado, ni siquiera el director del Banco Federal. O todos o ninguno.

Los débiles y los fuertes estarán encadenados entre sí para siempre. En los días buenos, apreciarán el valor de estar juntos. En los malos, los agitadores sembrarán disputas e ira entre ellos. Y al ver que es mucho más sencillo pelearse entre sí que ayudarse, los agitadores y los falsos consejeros a menudo se saldrán con la suya.

Esto debería llevarles al octavo círculo del infierno de Dante, junto al resto de asesores fraudulentos. O quizás al noveno, con los traidores. Al parecer ahí abajo hace frío y es deprimente, se congelan con el hielo y nadie ayuda al prójimo." (Wladimir Kaminen: En el octavo círculo del infierno. PressEurop, 03 enero 2011, citando a Die Tageszeitung Berlín