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11/10/26

La pornografía en línea sentó las bases del capitalismo de plataformas... la pornografía en línea ha influido profundamente en la forma en que las plataformas captan nuestra atención y en cómo nos presentamos en línea... muchas de las tecnologías destinadas a captar y monetizar nuestra atención fueron pioneras en los sitios web pornográficos, y se podría incluso afirmar que la vida digital en general funciona según la misma lógica de la excitación sin fin... en el trabajo en plataformas se nos anima a monetizar nuestra imagen y a competir por la atención en Internet... Muchos de estos aspectos ya se podían observar en las trabajadoras sexuales... construir un yo virtual para atraer la atención y vender una fantasía que otras personas puedan consumir. Ese es el núcleo del trabajo en plataformas hoy en día... todo el ecosistema virtual está diseñado para ser masturbatorio, en la medida en que ver pornografía consiste, en esencia, en satisfacer una necesidad psicosocial por uno mismo, fijándose en contenidos que han sido diseñados algorítmicamente para resultarle atractivos. Eso es lo que significa ver pornografía hoy en día. Y eso es también lo que significa hoy en día estar con el móvil... el «modelo de negocio masturbatorio» de Internet es este bucle de autogratificación y autoalivio en el que quedamos atrapados... Muchas personas que, por el motivo que sea, han empezado a pasar mucho tiempo en Internet descubren que nada en la realidad puede igualar la emoción, la intensidad y la rapidez con las que se sienten gratificadas y valoradas en la red. Y se entiende por qué. Si se está en contacto constante con personas que se muestran entusiasmados, optimistas y positivos, puede resultar bastante decepcionante salir al mundo real y tener que lidiar con relaciones auténticas (Patricia Nilsson)

"Los debates morales sobre el trabajo sexual suelen pasar por alto el efecto más amplio que tiene la pornografía en línea a la hora de moldear nuestra existencia digital. Más allá de ser un simple rincón de Internet, ha influido profundamente en la forma en que las plataformas captan nuestra atención y en cómo nos presentamos en línea.

La pornografía en línea suele considerarse un rincón de la red que no merece un análisis en profundidad. Y, sin embargo, resulta difícil ignorarla. En primer lugar, debido al enorme volumen de la industria de contenidos para adultos —un sector que, por sí solo, mueve alrededor de 97 000 millones de dólares al año en todo el mundo y que, en horas punta, acapara el 10 % de todo el tráfico de Internet—. Pero, más allá de eso, un análisis de su funcionamiento interno arroja luz sobre los mecanismos que rigen ese tipo especial de economía de la atención y de capitalismo de plataformas en el que todos estamos inmersos.

En Guilty Pleasure: The Pornification of the Internet, the Economy, and Everything Else, la periodista Patricia Nilsson analiza el lugar que ocupa el porno en el corazón del ecosistema digital actual. Tal y como explica la periodista del Financial Times, muchas de las tecnologías destinadas a captar y monetizar nuestra atención fueron pioneras en los sitios web pornográficos, y se podría incluso afirmar que la vida digital en general funciona según la misma lógica de la excitación sin fin.

Para Nilsson, «la cultura en línea funciona según la lógica onanista de la pornografía». En esta nueva economía de los creadores, todo el mundo se ve obligado a representar una versión exagerada y, a menudo, abiertamente sexualizada de sí mismo. En una entrevista para Jacobin, habló con Bartolomeo Sala sobre los efectos que esto está teniendo en las relaciones, en los usuarios y en los propios creadores.

Bartolomeo Sala: Usted comienza Guilty Pleasure analizando los argumentos a favor y en contra de la pornografía, que tienen su origen en debates que se remontan a la década de 1970. Expone la crítica, compartida tanto por las feministas de la segunda ola como por los conservadores, de que la pornografía debería ser censurada, ya que degrada a las mujeres («la pornografía es la teoría, la violación es la práctica») y socava la cohesión social. Por otro lado, analiza la experiencia de las trabajadoras sexuales y las profesionales del porno que la valoran por su potencial emancipador y transgresor. Sin embargo, continúa mostrando cómo este debate moral no tiene en cuenta el ecosistema digital específico en el que se produce, difunde y consume el porno. ¿Por qué cree que estas viejas actitudes ya no son suficientes y qué es lo que pasan por alto respecto a la economía política actual de la industria del porno?
 
Patricia Nilsson: Esa es una pregunta muy amplia. Mencionaré dos aspectos principales. En primer lugar, si hablamos de la pornografía desde la perspectiva de una crítica feminista tradicional —ya sea a favor o en contra—, creo que en algún momento del libro escribo que, a día de hoy, aún no hemos resuelto qué significa realmente el sexo para las mujeres. Ese es el elefante en la habitación. Me parece muy interesante lo que dice alguien como Ellen Willis: que las mujeres deberían formular sus propios deseos y fantasías sexuales y participar en el mundo como seres iguales. Pero la realidad es que sigue siendo un mundo dominado por las experiencias masculinas. Muchos de los debates actuales sobre el trabajo sexual pasan por alto el hecho de que tenemos una economía virtual que ahora depende por completo de la autoexplotación, lo cual va mucho más allá de lo puramente pornográfico. En cuanto a si estos debates ya no son realmente relevantes hoy en día, creo que estamos tan centrados en el sexo que no hemos logrado comprender mejor lo que significa la pornografía en la actualidad. ¿Por qué resulta tan vergonzoso, tan tabú, ser trabajadora sexual? ¿La idea de que uno se está vendiendo? ¿Qué significa ser trabajadora sexual en esta economía digital, en la que nos encontramos ante un paradigma de trabajo en plataformas en el que, en mayor o menor medida, se nos anima a monetizar nuestra imagen y a competir por la atención en Internet? Muchos de estos aspectos ya se podían observar en las trabajadoras sexuales, especialmente en las que trabajaban ante la cámara hace más de treinta años: reflexionar sobre su imagen en línea y construir un yo virtual para atraer la atención y vender una fantasía que otras personas puedan consumir. Ese es el núcleo del trabajo en plataformas hoy en día. Por eso creo que gran parte de los debates que mantenemos hoy en día sobre el trabajo sexual, especialmente la pornografía, pasan por alto el hecho de que contamos con una economía virtual que ahora depende por completo de este tipo de autoexplotación, la cual va mucho más allá de lo puramente pornográfico.
 
Bartolomeo SalaLa idea central de Guilty Pleasure es que el porno, lejos de ser «un espectáculo secundario trivial», es un elemento clave del capitalismo de plataformas que rige todos los aspectos de nuestras vidas. Muchas de las tecnologías que nos mantienen pegados a nuestros dispositivos, y que rastrean, supervisan y analizan todos y cada uno de nuestros comportamientos, fueron pioneras en los sitios web pornográficos. Hoy en día, la mayoría de los sitios de vídeos, como Pornhub y Youporn, son propiedad de un puñado de monopolistas respaldados por las grandes entidades financieras que, junto con los procesadores de pagos Visa y Mastercard, son en última instancia los árbitros de lo que se puede o no se puede mostrar en línea. ¿Podría explicarnos un poco más cómo la arquitectura de la economía de la atención es un producto de la pornografía en línea?
 
Patricia Nilsson: Cuando digo que la lógica de la pornografía dio forma al modelo de negocio de Internet, me refiero a que algunas de las primeras personas que empezaron a ganar dinero en línea lo hacían con la pornografía. Recuerdo haber hablado con un hombre que ganó mucho dinero en los años 90 y que me dijo: «Nunca quise ser pornógrafo. Solo quería ganar dinero en Internet. La pornografía resultó ser la forma de hacerlo». Muchos de estos primeros sitios web fueron los primeros en experimentar con cómo atraer a un gran número de personas en línea —para que permanecieran el mayor tiempo posible y volvieran con la mayor frecuencia posible— y cómo obtener beneficios de su atención. Tomemos como ejemplo el marketing de afiliados: cuando se aloja un enlace en su sitio web y, si alguien hace clic en él y es redirigido a otro sitio, se le paga por ello. Fabian Thylmann —el alemán conocido por inventar el modelo de negocio de los sitios de vídeos al incorporar capital de Wall Street— no creó sitios de vídeos. Lo que hizo fue desarrollar uno de los primeros programas de marketing de afiliados, que, en esencia, permitió a los sitios de vídeos realizar un seguimiento del comportamiento de los usuarios mientras permanecían en la plataforma. O, si nos fijamos en las cámaras web, fue pionero en la retransmisión en directo. Fue el lugar donde la gente pudo experimentar por primera vez con conceptos como los modelos de pago por minuto, llevar a los usuarios a salas privadas y utilizar fichas prepagadas para dar propinas. Todo ello está impulsando el modelo de negocio de plataformas como Twitch y TikTok y atrayendo a cada vez más personas hacia esta economía virtual. Los primeros sitios web pornográficos fueron los primeros en explorar cómo atraer a grandes cantidades de personas en línea y cómo obtener beneficios a partir de su atención. Pero las cámaras web también introdujeron una noción completamente extraordinaria de la identidad en línea: la idea de que podemos ser quien queramos ser o quien la persona al otro lado de la pantalla quiera que seamos. Esto no solo se aplica a nosotros mismos, sino también a lo habitual que se ha vuelto consumir a los demás, consumir la imagen de los demás. Con ello no me refiero únicamente a ver pornografía o a seguir a su influencer favorito en Instagram. Todo se ha convertido en esta forma de consumo. Así es como tenemos citas; así es como seguimos a nuestros amigos. Ahora vivo en Alemania. Antes vivía en el Reino Unido. Sé lo que ocurre en la vida de muchos de mis amigos porque consumo sus publicaciones. A eso me refiero cuando digo que la lógica del porno se ha infiltrado en Internet y lo ha influido todo.
 
Bartolomeo Sala: Creo que ha respondido perfectamente a mi siguiente pregunta, que versaba sobre su afirmación de que «la cultura en línea funciona según la lógica onanista del porno». Sin embargo, antes de pasar a la idea clave del libro, me preguntaba si podría explicarme un poco más cómo el ecosistema del porno moderno refleja el tipo específico de capitalismo bajo el que todos vivimos. Usted analiza en profundidad, por ejemplo, cómo la situación actual —en la que la concentración extrema va de la mano de la falta de rendición de cuentas— surgió a raíz de una ley federal estadounidense concreta, la Sección 230, que, en nombre de la libertad de expresión, exime de responsabilidad a las plataformas de contenido generado por los usuarios siempre que eliminen los contenidos violentos, ilegales o simplemente subidos sin consentimiento. ¿Podría explicarme cómo se llegó a esta situación? ¿Y cómo este acuerdo, en el que el derecho a la censura queda a discreción de poderosos actores financieros, refleja una amenaza más general para la libertad de expresión?
 
Patricia Nilsson: Justo antes de entrar en la Sección 230, ya que la ha mencionado, lo que quiero decir cuando hablo del «modelo de negocio masturbatorio de Internet» es que todo el ecosistema virtual está diseñado para ser masturbatorio, en la medida en que ver pornografía consiste, en esencia, en satisfacer una necesidad psicosocial por uno mismo, fijándose en contenidos que han sido diseñados algorítmicamente para resultarle atractivos. Eso es lo que significa ver pornografía hoy en día. Y eso es también lo que significa hoy en día estar con el móvil. Ya sabe, son lo mismo. ¿Conoce el «gooning»?
  • Bartolomeo Sala: Por desgracia, sí; recuerdo el artículo de Harper’s cuando se publicó.
Patricia Nilsson: No es algo tan descabellado como se pretende hacer creer. El «gooning» es el extremo de un espectro en el que todos nos encontramos de una forma u otra. A eso me refiero con el «modelo de negocio masturbatorio» de Internet: lo que realmente estamos haciendo es quedar atrapados en este bucle de autogratificación y autoalivio. Por eso cogemos nuestros teléfonos. Queremos calmarnos. Sobre la Sección 230 y la libertad de expresión: no soy experta en la cuestión de la regulación. No soy una defensora acérrima de la «Sección 230 a toda costa». Creo que para todos es obvio que hay algo profundamente erróneo en el mundo digital y que debemos cambiarlo de alguna manera. Al mismo tiempo, sostengo en el libro que la regulación de Internet, en muchos sentidos, ha estado impulsada históricamente por un intento de regular la pornografía, lo que ha tenido numerosas consecuencias no deseadas. La Sección 230 tenía por objeto impedir que las empresas privadas tuvieran demasiado poder sobre lo que los individuos pueden decir. Y con la erosión de la Sección 230, esto es exactamente lo que hemos estado presenciando. Las retransmisiones por cámara web introdujeron una noción completamente extraordinaria de la identidad en línea: la idea de que podemos ser quien queramos ser o quien la persona al otro lado de la pantalla quiera que seamos. Visa y MasterCard se han convertido en los reguladores de facto de la pornografía. No desean desempeñar este papel, pero lo tienen. Hace un par de años, un grupo de presión les obligó a retirar más de diez millones de vídeos de Pornhub. Una vez más, se podría argumentar: «No debería permitirse que cuentas no verificadas subieran contenido pornográfico», por lo que tal vez esto sea algo positivo. Sin embargo, se pasa por alto el aspecto más importante: que este tipo de presión existe y que las empresas privadas pueden forzar la retirada de contenidos de esta manera. Y en un mundo como el nuestro, en el que las cosas cambian muy rápidamente, puede imaginarse adónde conduce eso.
 
Bartolomeo Sala. Un aspecto del porno diseñado algorítmicamente para mantenernos enganchados es cómo este bucle de «autogratificación compulsiva: deseo, estimulación y alivio temporal» conduce directamente a la «extremización del porno» y a la consiguiente moldeación de las preferencias sexuales de las personas. Si el objetivo del juego es mantener su atención el mayor tiempo posible, tiene sentido que sus preferencias se vean impulsadas algorítmicamente hacia material más intenso y fetichista a medida que la novedad se desvanece y entra en juego la habituación. Sin embargo, me interesa más preguntarle cómo estos incentivos perversos (juego de palabras intencionado) han conducido también a lo que usted caracteriza como una mercantilización sin precedentes del yo. OnlyFans podría ser el ejemplo más notable de esta nueva economía de creadores que difumina la distinción no solo entre contenido pornográfico y no pornográfico, sino también entre el trabajo y la vida cotidiana, la intimidad y su representación. Usted escribe, en relación con las «thirst traps», que «en la economía de las plataformas, la autopresentación sexual no es más que otra forma de crear una marca personal que sirve tanto como fuente de validación como de posible fuente de ingresos». ¿Podría hablarme más sobre esta economía en auge: la cuidadosa puesta en escena de la autenticidad que requiere, pero también el tipo específico de alienación y agotamiento que genera?
 
Patricia Nilsson: Hay una cita en el libro de Bryce Adams en la que explica por qué decidió convertirse en creadora de contenido en OnlyFans. Afirma que, si TikTok está repleto de personas —principalmente mujeres— que representan constantemente estas versiones abiertamente erotizadas de sí mismas, entonces, lógicamente, ¿por qué no sacar provecho económico de ello, si de todos modos voy a estar representando constantemente mi yo sexual de esta manera? Creo que esto resulta muy interesante por dos razones. Desde el punto de vista del consumidor: ¿qué nos ocurre cuando consumimos este tipo de contenido? ¿Puede llegar a sustituir a la realidad? Creo que estamos empezando a ver que sí puede. Muchas personas que, por el motivo que sea, han empezado a pasar mucho tiempo en Internet descubren que nada en la realidad puede igualar la emoción, la intensidad y la rapidez con las que se sienten gratificadas y valoradas en la red. Y se entiende por qué. Si se está en contacto constante con artistas que se muestran entusiasmados, optimistas y positivos, puede resultar bastante decepcionante salir al mundo real y tener que lidiar con relaciones auténticas. Si le preocupa la situación de las mujeres que se dedican al trabajo sexual, lo que se busca es la legalización y la creación de un marco en el que se puedan estandarizar los salarios y erradicar a los agentes y estudios explotadores. Sin embargo, esto es algo que también observé con mucha claridad en las propias artistas, personas que eligen dedicarse a este tipo de trabajo. Muchas de las personas con las que hablé —artistas de OnlyFans o que se dedican al «camming», por ejemplo— no desean tener un trabajo convencional. Ese es el motivo principal: la idea de tener que ir a una oficina todos los días, tratar con gente, tener un jefe y lidiar con los compañeros de trabajo. Muchas de las personas con las que hablé describen sentir una profunda ansiedad o, simplemente, no sentirse cómodas estando con gente en persona. Ser trabajadora sexual en línea y ganar dinero mediante estas interacciones mediadas por Internet resulta mucho más seguro, ya que ni siquiera tienen que salir de su habitación. En el último capítulo, entrevisté a una artista llamada Lizzy Capri, que era una minicelebridad de YouTube antes de lanzar su cuenta de OnlyFans. Me contó que, según su visión del mundo, todos somos o bien consumidores o bien intérpretes, y que ella prefiere con mucho ser intérprete, una creadora. Me explicaba que, si no tuviera el incentivo de grabarse haciendo cosas y compartirlas, a menudo le faltaría la motivación para hacer absolutamente nada. Acabaría simplemente tumbada en su sofá todo el día.
 
Bartolomeo Sala: Esto es lo que resulta tan distópico de OnlyFans y de artistas como Bryce Adams. Es como la última etapa de la subsunción capitalista, en la que la vida misma se convierte en un espectáculo erotizado. A diferencia de las páginas de vídeos, no actúa como válvula de escape para nuestros impulsos sexuales más primarios. Parece responder a un anhelo de conexión demasiado real, pero, en última instancia, es un simulacro diseñado para sumirnos cada vez más profundamente en este tipo de intimidad parasocial de carácter voyeurista.
 
Patricia Nilsson: Creo que en el libro digo que OnlyFans es la unión de los matices pornográficos de Internet y la economía de los influencers que ha surgido de ella. Los creadores de OnlyFans no necesitan aprender ninguna habilidad nueva. Simplemente realizan el tipo de trabajo en plataformas que a todos nos han enseñado a hacer desde que éramos niños, que consiste esencialmente en publicar fotos de uno mismo y ser «auténtico» —y lo que quiero decir con eso es este tipo concreto de representación de la autenticidad—. Lo que me pareció realmente interesante en el tipo de conversaciones que mantuve con Bryce fue la forma en que ella habla de cómo la gente anhela un nuevo tipo de conexión. Lo que ofrece OnlyFans es esa sensación de que estamos entre bastidores, de que, en última instancia, estamos llegando a conocer a la verdadera Bryce.
 
Bartolomeo Sala: En el libro, usted evita deliberadamente proponer soluciones. En el epílogo, describe cómo la IA, como herramienta más perfecta para agregar y reproducir nuestras fantasías más oscuras, podría sumirnos cada vez más en este mundo de sombras que prospera aún más al funcionar como sustituto de la intimidad y la conexión de las que carecemos en la vida real. Aun así, se cuida de no avivar el pánico moral en torno a la pornografía. Las costumbres sexuales son porosas y están en constante cambio. También muestra cómo la censura suele acabar perjudicando a los propios creadores, que de repente se ven privados de las fuentes de ingresos y las protecciones que ofrece la vida digital. ¿Cuáles cree que deberían ser los principios básicos de una agenda progresista para abordar este tema con seriedad?
 
Patricia Nilsson: En lo que respecta específicamente a la industria del porno, creo que es muy complicado, porque la mayor parte del contenido que se consume en un lugar como el Reino Unido no se produce allí, sobre todo ahora que la producción de porno ha quedado prácticamente prohibida. Fíjese en las mujeres que, sobre todo antes de la guerra [de Ucrania], fueron trasladadas en avión a Praga. No se trata de actrices porno; son simplemente civiles a las que se las trae allí y se les dice: «Oye, puedes ganar, digamos, 5.000 € en una semana». Esa es una cantidad de dinero que les cambia la vida. Así que la gente acude y hace lo que se le dice. Muchas de estas mujeres, por supuesto, no hablan checo ni inglés. Pero el quid de la cuestión es que no son ciudadanas de la UE. Por eso no pueden acudir a la policía si algo sale mal. Lo mismo ocurre en Colombia, uno de los países donde la industria de las cámaras web está creciendo con mayor rapidez. No está regulada en absoluto, y muchas de estas modelos de cámara web se ven obligadas a trabajar casi todos los días. Muchos de ellos desearían venir a Occidente y dedicarse a otros tipos de trabajo, pero no pueden. Creo que, con mucha frecuencia, tendemos a decir: «Se está obligando a las mujeres a hacer esto, se trata de tráfico sexual». Por supuesto, hay casos en los que se somete a las mujeres a contratos coercitivos de los que no pueden liberarse. Pero, en una medida muy, muy grande, son los propios hombres los que eligen hacerlo. Así pues, la pregunta es: ¿por qué eligen hacerlo? Esto puede ampliarse a la pregunta de por qué tanta gente hoy en día prefiere ser creadora de contenido en OnlyFans en lugar de, por ejemplo, ir a la universidad y conseguir un empleo o trabajar en un almacén de Amazon. ¿Qué dicen estas elecciones sobre las decisiones que no se toman o que no se pueden tomar? Dejando todo eso a un lado, si le preocupan estas mujeres que se dedican a este tipo de trabajo sexual, lo que usted desea es la legalización. Lo que desea es la creación de algún tipo de marco normativo que permita establecer una cierta estandarización salarial y erradicar a los agentes y estudios explotadores. Lo que desea es crear ecosistemas en los que las actrices porno y las trabajadoras sexuales en línea puedan acudir a la policía si les ocurre algo malo, donde puedan ayudarse mutuamente a denunciar a los clientes explotadores, etc."

(Patricia Nilsson,  autora de Guilty Pleasure: The Pornification of the Internet, the Economy, and Everything Else., Bartolomeo Sala , JACOBIN, 09/10/26, traducción Salvador L. Arnal) 

27/9/23

¿Es posible un porno ético? Es un porno que, lejos de querer clasificar, de evitar ciertas prácticas y de marginar algunos gustos, lo que quiere hacer es incluirlos... Mientras que en la mayoría de producciones que se pueden ver en internet estas son siempre pasivas y se limitan a dejarse hacer, aquí «la mujer aparece como un ente activo al mismo nivel que sus compañeros hombres, tiene algo que aportar»

 "«Imaginen una escena, una escena porno, ¿qué ven? A una mujer rubia con un vestido ajustado, labios rojos, unos pechos como melones. Entre los labios de la mujer, un pene, un pene del tamaño de un semental. ¿Por qué esta mujer le está haciendo una mamada? Porque este buen hombre se le acercó y la rescató cuando su coche se averió. Después él eyacula sobre su cara y ella sonríe con una sonrisa de falso placer. Eso es el porno. Y es hora de que el porno cambie». Así inauguró Erika Lust, directora y productora de cine porno desde 2004, su charla TED en diciembre de 2014. La cineasta llamó a la transformación de una industria cuyo consumo sigue siendo tabú, pero factura miles de millones de euros al año. Y que, junto al dinero, acumula, cada vez más, denuncias de malas praxis laborales hacia sus trabajadores, incluídas falta de garantías higiénicas y abusos en los rodajes. En los casi tres años que han pasado desde la reivindicación de Lust, han proliferado artículos y voces, internas y externas, que celebran la llegada de un porno alternativo, conocido como ético y feminista. Pero, ¿existe realmente? Y si la respuesta es afirmativa, ¿se produce y consume en España?

El actor porno Sylvan Gavroche considera que antes de analizar la nueva forma de crear, hay que entender que «todo el porno feminista es ético, pero no todo el porno ético es feminista». La industria pornográfica está experimentando no solo una transformación, sino dos fundamentales que «pueden ir juntas de la mano o pueden ir separadas», señala Anneke Necro, actriz y cineasta porno y cofundadora de Mantis Lab.

El porno ético apela a todo lo que un consumidor no percibe cuando ve una película o un corto. Es aquel en el que se trabaja con «unas condiciones laborales justas», dice Anneke. Tanto ella como Sylvan señalan que una gran parte de las productoras no respetan las condiciones elementales de cualquier trabajo, como puede ser dar de alta a los empleados en la Seguridad Social u ofrecer un sueldo acorde al trabajo realizado.

Además, Sylvan añade las siguientes condiciones que debe reunir el porno ético para poder llamarse así: «Que nos pregunten si queremos usar o no preservativo, que sepas con quién vas a trabajar antes de llegar al rodaje, si se trabaja a partir de ciertas horas que haya comida y que haya instalaciones para ducharte y lavarte. Para mí, una cosa muy importante, incluso muchísimo más que el tema económico, es conocer antes del rodaje el guion. Es decir, que no solo sepas qué práctica vas a hacer sino qué tipo de escena, qué es lo que vas a interpretar para poder decidir si estás de acuerdo o no», matiza Anneke.

Frente a lo que no se ve (pero importa), se encuentra la manera de hacer y entender la industria que sí tiene cambios muy visibles: el porno feminista. En palabras de Anneke, «es un porno inclusivo que lo que quiere es abarcar el máximo de prácticas y de matices que puede haber en la erótica y en el sexo. Es un porno que, lejos de querer clasificar, de evitar ciertas prácticas y de marginar algunos gustos, lo que quiere hacer es incluirlos». Un factor determinante del porno feminista es el rol de la mujer. Mientras que en la mayoría de producciones que se pueden ver en internet estas son siempre pasivas y se limitan a dejarse hacer, aquí «la mujer aparece como un ente activo al mismo nivel que sus compañeros hombres, tiene algo que aportar», aclara Anneke.

 La realidad de esta ola de cambios es que raramente aparecen los conceptos de porno ético y porno feminista juntos en la misma producción. «Es más fácil que te paguen y que te hagan un contrato en condiciones que plantear prácticas feministas adecuadas», opina Sylvan. Por su parte, Anneke considera que uno de los grandes obstáculos a los que se enfrenta el porno con ambas características es la pérdida de dinero en el porno global. En los últimos años, las plataformas de internet (tubes) que ofrecen contenido gratis y en buena calidad se han convertido en un verdadero problema dentro de una industria acostumbrada a facturar mucho dinero sin dificultad. El último informe (2016) de PornHub, el portal web líder de contenido xxx, muestra unas cifras de consumo astronómicas: 23.000 millones de visitas anuales a la página y un tiempo de visionado total equivalente a 524.375 años.

«Si ya el porno mainstream está en las últimas, imagínate lo difícil que es sacar adelante una productora de porno alternativo. El problema de las pequeñas productoras y empresas de este tipo de porno es que, muchas veces, no pueden garantizar unos sueldos acordes a lo que se debería pagar. No es porque no se quiera o porque no se valore el trabajo, es porque es imposible», sentencia la cineasta. Aun así, reconoce que a ella el capital no es lo que más le interesa, por lo que «muchas veces el porno feminista es más una acción política que las ganas reales de montar una empresa».

 Anneke reconoce que siempre ha sido muy tozuda y reivindicativa. Dos facetas que lleva al máximo cuando se trata de denunciar la mercantilización del porno ético y feminista: «Nos encontramos con señores hablando de porno ético cuando todas sabemos que no pagan a sus actrices», dice, en referencia a las charlas que las productoras de público masivo ofrecen en los distintos salones eróticos de España. «Han encontrado un mercado y lo quieren explotar y eso es una falta de respeto enorme hacia todas las mujeres que llevan décadas, porque parece que el porno feminista y ético es algo de ahora, pero no es así, hay mujeres que llevan muchos años dejándose el alma y la vida para que ahora vengan productoras horripilantes cuyo contenido es lo peor a aprovecharse del feminismo», sentencia.

Los hombres también necesitan porno feminista

«El feminismo es vuestra lucha (la de las mujeres) y no podemos abanderarnos de ella, pero si creemos que el machismo y el patriarcado traen beneficios para el hombre, vamos mal», considera Sylvan. Añade que dentro de la industria se ha encontrado con que sus compañeros tratan cuidadosamente el tema porque «cualquier hombre que empiece a entender un poco el feminismo dice: ‘esto es mi culpa’». Sylvan opina que dentro de la industria el machismo supone un foco de presión para los hombres que acaba siendo un problema, además de la despersonalización que casi siempre viven y que les reduce a «un pene que tiene que estar siempre a tope sin quejarse». Anneke comparte la visión de Sylvan y lo demuestra cada vez que tiene ocasión. «Esta lucha también va con ellos, es de los pocos lugares en que un hombre cobra menos que una mujer. A nosotras nos hacen mil cosas degradantes, pero a ellos también».

El porno feminista y ético no solo beneficia a los profesionales de la industria; para los consumidores también puede suponer un punto de inflexión. Erika Lust, en una entrevista concedida a Fotogramas el año pasado señalaba la importancia de consumir (buen) porno de una manera muy gráfica: «En España, la educación sexual sigue siendo catastrófica, por lo que el porno ha asumido esta función. Y no siempre es recomendable, porque en Internet hay muchos Torbe… Es como dejar la educación sobre las drogas a los traficantes de drogas». Lust se refería a la detención del empresario porno acusado, entre otras cosas, de explotación de menores.

Sylvan reconoce que si «hubiese visto (de adolescente) vídeos como los de Erika Lust, mis expectativas respecto al sexo habrían sido otras. En vez de pensar ‘voy a reventar a esta chica’ habría pensado ‘esta chica también necesita disfrutar’». Anneke defiende que «dentro de la buena pornografía puedes encerrar muchos mensajes y la gente los capta y los recibe de una manera positiva y los acaba aplicando a su vida»."                 (Alejandra Espino, Ethic, 30/10/17)

1/9/23

Cómo influye el porno en los jóvenes... Los jóvenes y adolescentes aprenden conductas sexuales y establecen una normalización erótica teniendo como referente la pornografía... En el caso de los hombres jóvenes, encontramos una base de evidencia creciente entre ver pornografía y el comportamiento sexual violento o abusivo... las diferencias individuales, por ejemplo las características de personalidad, son cruciales para determinar si el consumo de pornografía y/o de pornografía violenta puede o no conducir a situaciones de violencia sexual... también es importante resaltar que los efectos del consumo de pornografía pueden ser positivos y neutros. El consumo de pornografía también se ha relacionado con la experimentación del placer sexual, el incremento de conocimientos técnicos sobre la sexualidad, y el aumento de la autoestima y la satisfacción sexual. Estos hallazgos sobre los efectos del consumo de pornografía sugieren que censurar la pornografía privaría a los jóvenes de algunos beneficios

 "(...) La adopción de las redes sociales como una forma de vida y el desarrollo de las tecnologías móviles posibilitan que los jóvenes generen y difundan sus propias narrativas pornográficas. La curiosidad sexual es una característica de esta etapa y no debería sorprender que los jóvenes sean receptivos a estas imágenes y quieran además experimentar con ellas (Braun-Courville y Rojas 2009; Neinstein 2008). Obviamente, esta forma de comunicación, es decir, el uso de la autorrepresentación visual de carácter erótico en el mundo digital, plantea varios interrogantes sobre la dinámica entre público-privado y autenticidad-teatralización: ¿cómo se representa el yo en línea? ¿Coincide con la expresión del yo en el mundo no virtual? ¿Qué impacto tiene en la salud mental y en su desarrollo que sean los jóvenes quienes de forma no coercitiva estén creando su propia pornografía? ¿Se fomenta así su autonomía sexual o su hipersexualización?

Las principales motivaciones para buscar material sexualmente explícito en internet son: satisfacer la curiosidad, obtener información sobre prácticas eróticas y buscar estímulos para la excitación sexual y la masturbación (Bragg 2006; Kubicek et al. 2010; Horvath et al. 2013; Albury 2014). También podemos encontrar otras razones como el consumo de dicho material para cumplir con las expectativas normativas de género y como modo de «alfabetización» para luego dar a conocer al grupo de iguales el conocimiento sexual (Allen, 2011). Recientemente, algunos estudios han explorado la relación entre consumo de pornografía en el contexto de la pandemia de covid-19, identificando que las motivaciones de regulación del aburrimiento, el estrés y la excitación sexual eran las más frecuentes (Maes y Vandenbosch, 2022).

Como se puede observar, el uso de pornografía no se reduce a una actividad exclusivamente recreativa. Los jóvenes y adolescentes aprenden conductas sexuales y establecen una normalización erótica teniendo como referente la pornografía. Por ejemplo, muchos buscan lo que puede ser anatómicamente posible y se preguntan por qué a determinadas personas les puede gustar tal práctica erótica. ¿Es por libre elección? ¿O fueron obligadas? ¿Seré un bicho raro si no me gusta eso, si no me excito cuando alguien que me atrae me hace tal cosa? ¿Lo que se ve en el porno sucede realmente o luego fue editado? La duda, la fascinación, la curiosidad y la repulsión son reacciones que no pueden disociarse cuando hablamos de pornografía y juventud.

 

La exposición de los nativos digitales al material sexualmente explícito se ha dado tan deprisa que es difícil medir científicamente sus efectos, sobre todo a largo plazo. Si bien quedan muchas preguntas por responder con respecto al grado de influencia de la pornografía en el comportamiento sexual, la literatura científica ya perfila algunas relaciones.

Dado que los jóvenes pueden carecer de educación sexual de calidad y de una experiencia de la vida real para comprender el contenido sexualmente explícito en perspectiva, pueden adoptar actitudes y expectativas poco realistas sobre el comportamiento sexual (Ward 2003; Braun-Courville y Rojas 2009). El uso de la pornografía se ha asociado con actitudes sexuales más permisivas, con creencias sexuales estereotipadas sobre el género, con una mayor disposición al sexo casual y más experiencias de violencia sexual, tanto en términos de perpetración como de victimización (Peter y Valkenburg, 2016).

Algunos estudios apuntan que la visualización excesiva puede provocar un efecto de habituación o desensibilización, reforzar los estereotipos sexuales (Duquet, 2013) e influir negativamente en el autoconcepto, la imagen corporal y la sensación de capacidad sexual, tanto en mujeres como en varones (Marzano y Rozier, 2005; Fitzpatrick 2007; Owens et al., 2012). Otras investigaciones han asociado el consumo de pornografía con una actitud negativa hacia el uso del condón (Wingood et al. 2001). No obstante, este último hallazgo es cuestionado en otros estudios (Braun-Courville y Rojas, 2009; Ybarra, Strasburger y Mitchell, 2014).

Por otro lado, la relación entre consumo de pornografía y la agresión sexual ha sido ampliamente investigada. Aunque el consumo de pornografía violenta es poco habitual (Ybarra et al., 2011; Baer et al., 2015 y Shor y Seida, 2019), se puede hablar de una asociación confiable entre el uso frecuente de este tipo de pornografía y los comportamientos sexualmente agresivos. En concreto, el consumo de pornografía violenta y la agresión sexual se asocia con hombres que presentan un alto riesgo de agresión sexual (Malamuth et al., 2012; Wright et al., 2016; Malamuth, 2018).

En el caso de los hombres jóvenes, también encontramos una base de evidencia creciente entre ver pornografía y el comportamiento sexual violento o abusivo (Stanley et al., 2018; Huntington, Pearlman y Orchowski, 2022). Estos resultados muestran como las diferencias individuales, por ejemplo, las características de personalidad, son cruciales para determinar si el consumo de pornografía y/o de pornografía violenta puede o no conducir a situaciones de violencia sexual (Malamuth y Hupin, 2005).

El uso excesivo y problemático de la pornografía (también denominado como «adicción al porno» o «adicción al cibersexo») constituye otra de las preocupaciones sociales más comunes con respecto a los posibles efectos del porno (Wéry y Billieux, 2017).  La adicción al cibersexo se define como un «patrón de mala adaptación del comportamiento sexual en línea, que conduce a un deterioro o angustia clínicamente significativos» (Dhuffar y Griffiths, 2015). Aunque el diagnóstico para esta condición clínica es a día de hoy controvertido, algunos modelos proponen los siguientes criterios para hablar de adicción a la pornografía: tiempo/esfuerzo excesivo dedicado a la búsqueda de material pornográfico; deterioro del autocontrol; incumplimiento de las responsabilidades familiares, sociales o laborales; y persistencia de dicha conducta sexual a pesar de sus consecuencias (Wéry y Billieux, 2017).

La prevalencia de esta condición clínica en consumidores de pornografía parece bastante baja, algunos estudios estiman que oscila entre el 0,8 y el 8% (Ballester-Arnal et al., 2016; Bőthe et al., 2020). No obstante, las investigaciones al respecto son todavía escasas y apenas han profundizado en poblaciones específicas como los adolescentes (Ballester-Arnal et al., 2022).

Aunque los posibles efectos negativos puedan incentivar la batalla moral y política de nuestros tiempos, también es importante resaltar que los efectos del consumo de pornografía pueden ser positivos y neutros. El consumo de pornografía también se ha relacionado con la experimentación del placer sexual (Peter y Valkenburg, 2016), el incremento de conocimientos técnicos sobre la sexualidad (Litsou et al., 2021) y el aumento de la autoestima y la satisfacción sexual (Prause, Moholy y Staley, 2014; Kvalem et al., 2014). Estos hallazgos sobre los efectos del consumo de pornografía sugieren que censurar la pornografía privaría a los jóvenes de algunos beneficios. Quizá la responsabilidad colectiva no esté en pedir que el porno sea más educativo (dado que su función no es hacer pedagogía) sino en fomentar una educación sexual que integre a la comunidad y no descuide a la población más vulnerable."               (Loola Pérez , Ethic,  22/08/23)

15/6/22

Profesionales del porno: “El consentimiento es el pilar de nuestro trabajo”... “Es común escuchar a gente que ha pasado por esta industria afirmar que gracias al porno ha aprendido el valor del consentimiento mutuo y a respetar sus límites en el sexo, y también debemos recordar que son muchas las mujeres, trabajadoras sexuales de todo tipo, que se sienten empoderadas por lo que hacen”

"Una mujer despliega una pantalla en el aire y accede a un catálogo de hombres. Elige cuatro, que se materializan en unos segundos en la habitación para dar lugar a una escena de media hora de sexo en grupo. La escena pertenece a la película Hologang (2021), de Paulita Pappel, y se enmarca dentro de Hardwerk, una de sus líneas de trabajo: el “gangbang feminista”. Pappel hace también lo que ella llama “porno documental” en Lustery y es curadora del Festival de Cine Porno de Berlín. “En las películas que hago, el concepto lo desarrollamos junto a la persona que va a estar en el centro; lo primero que hacemos es mandarles una lista larguísima con opciones que esa persona rellena poniendo cuál es su experiencia con esos actos y cuántas ganas tiene de hacerlo en el contexto del shooting”, explica Pappel a El Salto.

Erika Lust, directora de cine porno y referencia del porno para mujeres, también pone el consentimiento en el centro del discurso sobre su trabajo: “Gran parte del porno se construye desde los pilares del consentimiento”, dice. Pero su apuesta va más allá: “Es común escuchar a gente que ha pasado por esta industria afirmar que gracias al porno ha aprendido el valor del consentimiento mutuo y a respetar sus límites en el sexo, y también debemos recordar que son muchas las mujeres, trabajadoras sexuales de todo tipo, que se sienten empoderadas por lo que hacen”.

Pappel y Lust piden que la conversación en torno al porno sea más profunda, empezando por poner freno al discurso que establece una relación causal entre la violencia sexual y el consumo de pornografía. A sus voces se suman la directora, performer e integrante del sindicato OTRAS Anneke Necro y al director de cine adulto gay Noel Alejandro. Estas cuatro personas firmaban esta semana un comunicado en el que expresaban su preocupación por la proposición de ley para prohibir el proxenetismo del Grupo Socialista en el Congreso, cuya toma en consideración fue aprobada este miércoles.

Los socialistas niegan que su propuesta vaya dirigida a tomar medidas contra la pornografía. Sin embargo, las personas que firman este comunicado se muestran preocupadas. En primer lugar, porque “cualquier medida que afecte a las trabajadoras sexuales nos afecta a nosotras”. En segundo lugar, porque la redacción que les puso en alerta —“el hecho de convenir la práctica de actos de naturaleza sexual a cambio de dinero u otro tipo de prestación de contenido económico, será castigado con multa de doce a veinticuatro meses”— sigue intacta en el texto que comienza su tramitación. En tercer lugar, porque la propia Adriana Lastra, que defendió la propuesta en el Congreso, la dibujó como el inicio de futuras medidas abolicionistas. Y, por último, porque una parte del movimiento feminista en el que se enmarca ese abolicionismo de la prostitución es también abolicionista de la pornografía.

“Bajo esta propuesta hay una ignorancia que raya en sexismo y misoginia pretendiendo ser lo contrario: el trabajo sexual solo es seguro cuando es descriminalizado”, lamentan. Estas cuatro personas comparten la necesidad de hablar de pornografía en unos términos más complejos, donde entren factores como el modo en el que se consume pornografía o el poder de las grandes empresas tecnológicas.
El porno no es un producto homogéneo

“La industria del porno es mucho más compleja de lo que las instituciones y los medios quieren presentar”, asegura Lust. La directora de cine porno reconoce que existe una gran cantidad de porno online que normaliza la violencia contra las mujeres, aunque añade un matiz a esta afirmación: es porno gratuito. Frente a ello, asegura que cada vez hay más alternativas de contenidos independientes que condenan esta violencia, al tiempo que un esfuerzo en general en la industria mainstream —aún insuficiente— para hacer las cosas mejor. Para Lust, la pregunta que hay que hacerse es por qué existe tanto porno sexista, racista y homófobo.

“Cuando se ve pornografía gratis en los sitios de porno propiedad de Mindgeek, como son Pornhub, YouPorn o RedTube, se está apoyando un modelo de negocio basado en la piratería y las malas condiciones de trabajo mientras se valida una representación pobre y estrecha del sexo y la sexualidad”, ahonda. En ese sentido, la responsabilidad es, sobre todo, de los consumidores: “Cuando se paga por pornografía que no se basa en la explotación, el racismo, la misoginia, la homofobia y la transfobia, se está enviando el mensaje de que estos no son los valores que el consumidor apoya”.

Anneke Necro explica cómo encontró en una página web gratuita un vídeo protagonizado por ella donde, tras la edición, se había borrado el consentimiento y la idea original del contenido. La supresión de algunas imágenes y un nuevo título convirtieron su vídeo en una cosa muy diferente. “Pero eso no lo hace una productora, sino que lo hace una persona anónima”, explica. Eso, además, se convierte en accesible de forma gratuita a personas que no se han desarrollado sexualmente ni tienen estrategias para verlo de una manera crítica.

Noel Alejandro insiste en vincular la palabra consentimiento a la producción de cine porno. “El cine para adultos se construye a través del consentimiento, si no sería flashmob o sería un delito grabado con una cámara”. Alejandro se pregunta en qué lugar queda el cine adulto dirigido a hombres gays en el debate que hay en las redes y en los medios si el argumento principal es que prohibiendo el cine porno se protege a las mujeres.

Este director está detrás de un tipo de cine que considera difícil de catalogar: en sus películas se tratan temas como el VIH, la salud mental o el consumo de drogas. En unas semanas, este productor estrena No me olvidéis, un título inspirado en el corto de Almodóvar La voz humana donde el protagonista se enfrenta al miedo de morir solo... “¡Y además hay sexo! ¿Qué más quieres?”. Alejandro reivindica su trabajo: “Este cine muestra la sexualidad de una manera más natural, un poquito más bella, y creo que da pie a que muchas personas vean el sexo entre hombres como algo de lo que no hay que avergonzarse”.
Adolescencia y consumo de porno

En septiembre de 2020, Save the Children daba a conocer el informe sobre adolescentes y consumo de pornografía (Des)información sexual: pornografía y adolescencia. Este estudio indica que los adolescentes acceden a contenidos pornográficos por primera vez a los 12 años y que casi siete de cada 10 (el 68,2%) la consumen de forma frecuente. Un consumo que se produce en la intimidad (93,9%) y en el teléfono móvil, y se centra en contenidos gratuitos online (98,5%), “basados de manera mayoritaria en la violencia y la desigualdad”. El estudio se hizo sobre la participación de 1.753 chicos y chicas de entre 13 y 17 años y señala que más de la mitad de los y las adolescentes que ven contenidos pornográficos se inspiran en ellos para sus propias experiencias y que para el 30% estos vídeos son su única fuente de información sobre sexualidad.

Lust sabe que la probabilidad de que la pornografía en línea gratuita sea la exposición de las personas adolescentes al sexo es muy alta y por eso, reciban o no educación sexual en la escuela, cree que las familias deben ser proactivas y hablar con los chavales de pornografía, algo a lo que se refiere como “alfabetización pornográfica” y en lo que ahonda con su proyecto The Porn Conversation. “Tener conversaciones continuadas con nuestros hijos los alienta a pensar críticamente sobre el contenido que consumen y los mensajes que reciben a través de la pornografía en línea gratuita”. Eso es imprescindible para construir sus propios significados a partir de lo que ven, en lugar de verse influenciados por ello a primera vista, argumenta.

Por eso ella habla de la necesidad de una alfabetización pornográfica: “La alfabetización pornográfica nos enseña que la pornografía no es una entidad separada que existe por sí misma; refleja descaradamente la tergiversación de los grupos marginados y el consentimiento que ya existe en la sociedad. Tal como ocurre en la mayoría de los medios de comunicación, cosifica a las actrices mientras reduce el deseo masculino a un impulso de conquista y posesión”.

Pero, más allá de esa necesaria “conversación sobre porno”, las personas entrevistadas —cuyos contenidos se pueden ver en plataformas previo registro y pago— advierten: los contenidos pornográficos no están dirigidos a personas menores de edad y es responsabilidad de las empresas tecnológicas garantizar que no pueden acceder a ellos. Noel Alejandro denuncia, además, que cuando se plantean medidas en ese sentido, se hace poniendo la responsabilidad en los productores, abriendo así la posibilidad de que sean ellos quienes asuman posibles sanciones.
Lo que dicen los estudios

“Relacionan las agresiones sexuales en manada al consumo de porno online cada vez más frecuente en menores”. “La raíz de las violaciones grupales: masculinidad patriarcal, educación sexual nula y el porno como guía erótica”. Son solo dos titulares de la última semana. A ellos se suman muchas voces que se dicen expertas y que en los medios, o en las redes, han asegurado en los últimos días y a raíz del debate suscitado por la propuesta del PSOE que la violencia sexual y el consumo de pornografía van de la mano.

Sin embargo, voces expertas preguntadas por la periodista Noemí López Trujillo para un reportaje en Newtral concluyen que no es posible establecer una relación causal y directa entre pornografía y violencia sexual. El artículo cita un informe en el que cuatro investigadoras de la Universidad de Santiago de Compostela revisaron estudios sobre la relación entre el consumo de pornografía y las agresiones sexuales y concluyeron que no es posible establecer esa relación al no existir consenso entre los diversos investigadores sobre esta asociación. Sí consideran que se puede observar“que el uso de este material explícito da lugar a consecuencias individuales a nivel de expectativas en cuanto a las relaciones sexuales y a la formación de ciertas creencias sexistas, destacando la afirmación del mito de violación y de los roles de género, los cuales son representados en la gran mayoría de películas pornográficas”, recoge la periodista.

Anneke Necro introduce otro factor: que estos estudios vienen sesgados desde su origen. Para explicarlo, aporta un poco de contexto histórico y menciona los estudios que se empiezan a realizar en Estados Unidos afinalesde los años 60, en el ámbito de la psiquiatría, después de que el presidente Lyndon B. Johnson crease la Comisión Presidencial sobre Obscenidad y Pornografía. “Por un lado se pretendía demostrar lo problemático de ver porno y por otro lado, se utilizó para crear los códigos de producción del cine explícito una vez la ley Hays [un código de producción cinematográfico que determinaba qué se podía ver en pantalla y qué no] fue abolida”, dice Necro.

A día de hoy, ese sesgo viene dado por estudios difundidos por organizaciones de corte católico como Exodus Cry, cita, que define como “una organización católica que se dedica a hacer tratamientos de conversión para personas LGTBQ y que pretende criminalizar el porno”.

Paulita Pappel también señala este sesgo y apunta a otra organización, Fight the new drug, mientras pide a los medios que sean responsables cuando utilizan sus datos como fuente. “Antes se usaba el argumento de que el porno era pecado y ahora lo que se dice es que crea adicción”, explica a El Salto.

Pappel argumenta que la existencia de la violación es previa a la de la pornografía y que, además, no hay ningún estudio que pruebe que la violencia sexual haya crecido en el momento en el que la pornografía se hace más accesible con internet: “Es falso decir que la pornografía genera violencia y es un grandísimo problema decirlo porque estamos desviando la mirada del problema real, que es el sexismo en la sociedad y la falta de una aceptación del consentimiento de las mujeres y de todas las personas”.
Porno ético

Las cuatro personas entrevistadas para este reportaje tienen en común hacer un porno fuera del mainstream. Pero, ¿es eso porno ético? Para Lust, hacer películas porno producidas éticamente tiene que ver con las condiciones laborales de quienes participan en ellas. Por eso, el porno ético solo se puede encontrar tras un muro de pago, asegura. Otra etiqueta que usa Lust es “alternativo”, en el que “se hacen visibles diferentes cuerpos, prácticas, orientaciones”.

Anneke Necro encuentra confusa la etiqueta de “porno ético”. “Yo la he utilizado durante un tiempo, pero ahora la veo problemática porque establece una división entre porno bueno y porno malo, donde este último sería el porno mainstream... y ahí también hay personas cuyas vidas deben contar, independientemente de que a nivel de discurso nos pueda o no interesar”. Además, prosigue, un porno que se considere feminista por su enfoque puede no ser ético si se produce desde la precariedad.

También para Paulita Pappel el término “porno ético” es problemático. Aunque entiende que haya servido para hacer visible que el porno no es homogéneo y que existe un porno donde hay una preocupación no solo por las condiciones laborales de las trabajadores y trabajadores, sino también por mostrar diversidad de cuerpos y prácticas sexuales, hoy pide que el enfoque sea otro: “Si no es ético, no es porno”.          (Patricia Reguero Ríos  , El Salto, 11 jun 2022)

22/10/21

OnlyFans: La ‘uberización’ del porno...

 "Arantxa, de 23 años, estudió un grado superior de Fotografía e Ilustración. Hasta hace año y medio trabajaba en producción, organizando sesiones de fotos. Ahora vive de los desnudos suyos que cuelga en internet. 

Del contenido erótico y sexual (vídeos y fotos) que elabora en su casa en Parla, a las afueras de Madrid, y retransmite online. “Soy streamer de porno”, describe su trabajo. En el último año se ha convertido en una estrella de OnlyFans (OF), una red social exclusiva para adultos creada en 2016 y poco conocida hasta la pandemia.

La plataforma está formada por canales privados, accesibles solo bajo suscripción, en los que una persona emite contenido. Como si fuese un servicio de streaming, los fans abonan mensualmente una cantidad estipulada por el streamer: de un puñado de dólares —la divisa de la red son los dólares estadounidenses— hasta los 15 o 20. Dinero a cambio de intimidad. En esos canales prima el contenido pornográfico. Durante la pandemia, OF ha multiplicado por seis sus adeptos: si a finales de 2019 rozaba los 20 millones de usuarios, un año después la empresa superaba los 120 millones.

Arantxa también vivió ese boom en su perfil. Antes de empezar en la red compaginaba el trabajo de asistente de foto con otros encargos, como los posados para desnudos artísticos. “Pensé en aprovechar ese material para sacar algo de pasta”, recuerda. Se estrenó en octubre de 2019 con el nombre de Ultra Babee (el resto de sus datos personales ha sido alterado por petición de la entrevistada).

 El primer día de emisión fue una sorpresa: “Facturé 1.000 dólares [unos 820 euros]”, recuerda Arantxa, que había calculado sacarse unos cientos de euros mensualmente. La red se queda el 20% de los ingresos generados por sus streamers. “Enseguida lo visualicé como una oportunidad laboral seria; un trabajo cuyo objetivo es excitar a los demás”, describe. La suscripción a su canal cuesta 10 dólares (algo más de 8 euros) al mes. Arrancó con 1.000 seguidores; ya supera los 20.000. “Aunque yo no lo sabía, había mucha gente esperando ese contenido”, explica.

OF reparte una media de 200 millones de euros mensuales entre sus creadores, según datos que la compañía publicó a principios de 2021. Desde la empresa insisten en que la plataforma acoge todo tipo de contenido —a menudo citan a celebrities como Cardi B o Bella Thorne con la intención de reafirmarse—, pero la realidad es tozuda: el sexo domina. Aunque existen otras redes que funcionan de manera similar —Patreon, Manyvids, JustForFans…—, OF es la más concurrida. “Generas contenidos, generas beneficios”, resume Arantxa, que no desvela lo que gana al mes. Manuel Reyes, de 29 años y anfitrión de otro perfil con cierto éxito en la Red (solo en Instagram supera los 100.000 seguidores), está especializado en contenido gay. Calcula que obtiene entre 2.000 y 2.500 euros mensuales. “Hay meses más buenos y otros más malos”, avisa, “hay mucha competencia”.

El consejero delegado de OF, Tim Stokely, define el modelo como una “revolución” de las relaciones entre creadores de contenidos y seguidores. Otras voces hablan de la uberización del porno. Es decir, la desaparición de los intermediarios. Un concepto que en la mayoría de casos (Airbnb, Uber, Glovo…) produce convulsiones en el ámbito al que afecta.

 “Cuando empezamos, había un montón de gente haciendo contenido maravilloso gratuitamente. Había una manera clara de aprovecharlo: con el botón de pago”, explicaba Stokely el pasado marzo en la revista GQ. Celebraba haber llegado al millón de creadores. Parecen pocos —representan menos de un 1% de los suscritos—, pero son suficientes: todos los demás miran y, sobre todo, pagan.

Más allá de mostrar su cuerpo desnudo, Arantxa explica la filosofía que aplica en su canal: “Quiero que haya una calidad, un cuidado”. Aprovecha su experiencia fotográfica para iluminar perfectamente su pubis en una foto que sube acompañada del siguiente mensaje: “Espero que disfrutes estar aquí conmigo”. 

También piensa el encuadre para los vídeos en los que aparece practicando sexo con su pareja. Para verlos enteros hay que realizar un pago extra. Actualmente, ambos viven de lo que genera el canal. Él dejó el trabajo hace unos meses para apoyarla: “Me hace fotos y participa como invitado. Pero la protagonista soy yo”. También cree que es importante publicar con regularidad y material de calidad: “Dedico al canal entre seis y ocho horas al día. Y no es solo sexo, sino más bien intimidad. Lo que muestro de mí es verdad: soy yo recortada por mí misma”. La joven cree que el mejor contenido es la relación que establece con sus fans: “Es una fórmula buena para que la gente te ame”. También para que no se borren al mes siguiente.

Para la socióloga Rosa Cobo, experta en prostitución y pornografía, “este fenómeno evidencia la grave crisis de intimidad que sufre la sociedad”. Todo comenzó con las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram…) y su estrategia de ofrecer cariño digital en forma de like a cambio de que mostrásemos nuestras vidas sin pudor. Las apps sexuales no solo enseñaron a sus usuarios a hacerse desnudos y vídeos, sino también a enviarlos de manera alegre y despreocupada a desconocidos. Si el sexting (suma de sex, sexo, y texting, enviar mensajes de texto) era común antes de la pandemia, tras esta se volvió cotidiano. “En este ecosistema, dar el salto a OF no es difícil”, apunta Cobo. “Pasar al porno es muy fácil. Y el porno siempre ha tenido vínculos con la prostitución”.

Amaranta Hank ha trabajado como actriz porno. Tiene 28 años, nació en Cúcuta (Colombia) y vive en Argentina. Estudió Periodismo y ahora cursa Psicología. Dejó el “porno mainstream” hace dos años, asustada por un pequeño brote de VIH entre actores del gremio. Empezó en OF y con el “modelaje webcam”: emisiones en directo de vídeos eroticosexuales. Habla de OF como un espacio de “empoderamiento”. 

“Hay feminismos que quieren abolir esto porque dicen que las mujeres nos vendemos como mercadería. Yo creo que esto nos ha convertido en feministas sin saberlo”, defiende Hank. Para ella, el ámbito virtual le genera más seguridad que el analógico. “La pornografía es mejor que la calle. Y esto es mejor que el porno, donde te puedes encontrar con productoras que te dicen que te llevan de viaje a rodar unas escenas y acaban excediéndose y explotándote”, resume.

 La lista de excesos va desde la demanda de servicios sexuales hasta el consumo de drogas en una fiesta: “En OF, si un usuario se pone pesado o pide cosas que no quieres hacer, lo bloqueas y ya está. Soy yo la que decide sobre mi cuerpo. Dejo de ser un objeto sexual. Ahí está mi fuerza”.

“Esa premisa se da de bruces con la idea de empoderamiento”, replica la socióloga Cobo. “La explotación no se disuelve si yo la consiento. Es una idea que responde a la lógica de legitimación del capitalismo. Discursos que blanquean, en este caso el porno y la prostitución, en un intento de despolitizar ambos conceptos. La finalidad última es presentarlos en sociedad como unas prácticas radicalmente libres y aceptables cuando se trata de una manera más de mercantilizar la sexualidad”.

 No hay duda de que la tecnología, en este caso la irrupción del modelo de suscripción, ha afectado de lleno a la industria del sexo. “Dibujan una nueva deriva del sistema”, concluye Lluís Ballester, doctor en Sociología, experto en juventud y prostitución y profesor en la Universitat de les Illes Balears. Para él es una manera de “sofisticar el propio sistema prostitucional”, ya que estas redes frivolizan con la prostitución y se convierten en “puertas de acceso” a la misma: “Crean catálogos de cuerpos, mayoritariamente femeninos, listos para ser consumidos; son como el Amazon del sexo”.

“Muchas redes sociales han descubierto que los espacios con más seguimiento son justamente los de contenido sexual”, continúa el sociólogo. Es común que los creadores de OF anuncien en las redes las novedades que cuelgan o que promocionen su cuenta como una especie de escaparate. “Lo anuncio en Twitter y en Instagram”, cuenta Reyes, que empezó en OF en 2019. “En Twitter subo tráileres de un minuto porque no hay censura; el porno está permitido”. El contenido erótico es un nicho que ha ido quedándose hueco al ir siendo vetado.

 Así, en Instagram y Facebook el límite son los pezones al descubierto; en YouTube hay algunos vídeos que no pasan el filtro; TikTok regula lo que se publica… El porno quedó durante mucho tiempo concentrado en Tumblr, pero esta también lo eliminó. “OF ha evolucionado hacia ese nicho promoviendo una hipersexualización y la autoexplotación sexual a través de la producción y distribución de imágenes y vídeos sexualmente explícitos”, agrega el sociólogo Ballester.

La pornografía es la descripción o representación de escenas de sexo. Hay ejemplos a lo largo de toda la historia de la humanidad. La más antigua, la Venus de Willendorf, una estatuilla paleolítica de casi 30.000 años de antigüedad. Son famosos por sus escenas de sexo los petroglifos de Kangjiashimenji, esculpidos hace más de 3.000 años en una roca en la región de Xinjiang, en el noroeste de China.

 En Pompeya hay grabados en los que aparecen dos hombres penetrándose; y Gustave Courbet con El origen del mundo tensionó a la sociedad de finales del XIX con su excelsa representación de la vulva. Ahora, la provocación que buscaba Courbet no tendría mucho efecto. Siete de cada 10 menores de entre 13 y 17 años consumieron porno el año pasado, según un informe de Save the Children. Ballester, investigador del grupo Jóvenes e Inclusión y autor de investigaciones como Estudio sobre la educación afectiva y sexual o Prevalencia del abuso sexual en la infancia, alarma sobre la temprana edad de exposición: “Hay grandes consumidores de porno con 12 años. Chavales que se pasan de tres a cuatro horas diarias viéndolo. A los 20, su imaginario sexual habrá pasado por 5.000, 6.000 o 7.000 horas de porno. ¿Alguien cree que no les afecta?”

De una u otra manera, gracias a la tecnología el porno se ha hecho ubicuo. La revolución que vivió el sector en los setenta del siglo pasado, de la mano del VHS, se vio superada —y arrasada— por la llegada de internet y las webs especializadas. Si la apertura de Pornhub marcó un hito, la ruptura de las entidades de pago de Visa y Mastercard con este portal, en diciembre de 2020, le puso fin a una época. Ambas compañías, que seguían la estela de PayPal, anunciaron que dejaban de operar con Pornhub porque albergaba “contenido ilegal”. 

 Se referían a vídeos protagonizados por menores, así como otros que simulan (o no) violaciones. Tanto Visa como Mastercard operan en OF. De hecho, para abrirse un perfil es obligatorio registrar una tarjeta de crédito. Sus responsables asocian esta obligatoriedad a la exclusión de los menores de la red. Además, afirman mantener una estricta política de vigilancia sobre sus cuentas para suspenderlas si incumpliesen las normas de acceso.

Puede que las redes marquen el comienzo del fin de la pornografía tal y como la conocíamos. “[OnlyFans] le está poniendo el pie encima a la estética y al discurso de la pornografía convencional. Creo que la palabra pornografía se está disolviendo”, resume la ex actriz porno Hank. “Ha dejado de ser solo un vídeo donde se ve una penetración. 

Esto es un nuevo concepto, una nueva forma de trabajo sexual”, agrega. En algunas ocasiones, los creadores de contenido emiten un vídeo de mayor duración —o morbo, según se mire— y cobran un extra por verlo entero. Otras veces, los usuarios dan propinas y en ocasiones realizan peticiones. “Emocionalmente no me gusta aceptarlas. Me siento de otra manera. Prefiero grabar mis cosas”, dice Arantxa. 

Por su parte, Reyes cuenta que ha vendido ropa usada y realizado vídeos personalizados: “Me han pedido cosas, pero soy bastante discreto con mis fans”. “A mí me han pedido una paja por Skype o me han hecho insinuaciones sexuales”, cuenta Óscar Sinela. Tiene 32 años, es actor (fue Quino en Física o Química) y comenzó en la red en agosto de 2020: “La necesidad extrema me ha llevado a esto”. Cobra 13 dólares y no tiene muchos seguidores. Los meses buenos gana unos 500 euros. “Solo he tenido dos”, matiza, “lo normal es sacarme entre 30 y 50”.

La precariedad es para la socióloga Rosa Cobo la base de estos fenómenos: “La tasa de paro en gente joven alcanza el 40%. No es un detalle irrelevante”. “Como no enseño el pito, pierdo seguidores”, argumenta Sinela que sube imágenes sensuales, pero nunca sexuales: “Cada foto que subo la acompaño con una frase célebre”.

 Afirma que nunca le han pedido servicios sexuales a cambio de “propinas”. “Obviamente, es un lugar en el que la gente busca contenido pornográfico. Pero porno no es lo mismo que prostitución”, remarca. “Hago esto con orgullo, porque me estoy ganando la vida. También te digo: si me sale otro trabajo, no descarto dejarlo”. Por su parte, Arantxa está abierta a estar en OF “todo lo que pueda durar”: “Estoy pensando en montar mi empresa. Antes hacía ilustración y nadie me conocía. Ahora tengo un público”.                     (Pablo León , |Elena Vierna Carrasco , El País Semanal, 25/06/21)

11/10/19

El porno como aliado potencial

"¿Y tú, cómo aprendiste a follar?”. Con esta pregunta, la actriz, directora y productora de películas porno Silvia Rubí sacudió las redes sociales en el vídeo promocional del Salón Erótico de Barcelona 2018. 

De alguna manera, el Salón se conjuraba a un cambio de enfoque argumentando que “en una sociedad sin educación sexual, era obligatorio que el porno cambiara”. Coincido con el diagnóstico de esa frase, así que este año he ido a visitar el Salón Erótico, para ver si este cambio se había producido.

En el porno mainstream las mujeres pocas veces tienen la iniciativa. Los hombres son activos, decididos y las mujeres pasivas, cuando no serviles. Los cuerpos de actores y actrices responden a un canon de belleza tan estricto como inalcanzable para la mayoría. Esta pornografía puede agradar a muchas personas (entre ellas mujeres) y esto no tiene nada de malo. Las preferencias individuales no son condenables. 

El problema es que este porno mainstream –que es la enorme mayoría del que se consume– transmite una imagen del sexo estereotipada y alejada de la realidad. Esto significa que la mayoría de niñas, niños y adolescentes aprenden a tener relaciones sexuales a partir de una ficción que crea expectativas irreales y promueve un reparto de roles y prácticas que parecen inamovibles, donde el placer de la mujer está supeditado al mandato masculino.

Por eso, el primer mérito del cambio que ha iniciado el Salón Erótico es romper el silencio sobre el porno y, más generalmente, sobre el sexo. Los vídeos del año pasado y de este pusieron a mucha gente a hablar de la posibilidad de otra pornografía y estoy segura de que quienes hayan asistido al evento este año también le habrán dado muchas vueltas al tema. Donde antes hacían colas decenas de hombres para ver un gangbang, este año ha habido algunos espectáculos sexuales antinormativos y charlas de educación sexual repletas de gente.

 Donde se reproducía el porno heterosexual súper normativo, ahora hay espectáculos llenos de diversidad sexual y de género, donde el reparto de roles varía de una forma inimaginable hace solo unos años. Y sexo tántrico. Y prácticas de dominación sexual, BDSM, sadomasoquismo… prácticas que pueden gustarnos o no. Pero ese, ya es otro debate.

Hay quien defiende que el objetivo de las feministas debería ser hacer desaparecer esta industria. Que daña la dignidad de las mujeres y sería mejor que las y los jóvenes no fuesen espectadores de este tipo de práctica sexual. De hecho, cada vez que alguien habla de pornografía en el debate público –a no ser que sea para condenarla sin paliativos– se produce un gran revuelo. Si queremos que los jóvenes tengan relaciones sexuales igualitarias, reforcemos la educación sexual, dirán algunas. De acuerdo, pero no es suficiente.

Yo estuve escolarizada en un colegio de monjas y, como para muchas personas de mi generación, la sexualidad solo existía como un peligro: el de quedarte embarazada, el de contraer una infección de transmisión sexual… Nunca nos hablaron de sexo desde una perspectiva de libertad y de placer. 

Es obvio que algo de este pensamiento persiste hoy en día en nuestro país, aparentemente tan abierto y moderno, lo que explica las resistencias a introducir en las instituciones educativas una educación sexual que vaya más allá de la prevención en salud. Diría, incluso, que seguimos estancados en el modelo del tabú que me acompañó a mí en la adolescencia y que fue una losa para nuestros padres y madres.

Es obvio que necesitamos una educación sexual más completa, y esto es responsabilidad de las instituciones, pero no es suficiente. Por mucho que reforcemos la educación sexual en los centros educativos, seguirá siendo mayor la influencia de los contenidos pornográficos que encontrarán fácilmente en Internet, a través de móviles y ordenadores. 

En cada estudio que pone luz sobre el consumo de pornografía, la edad de inicio se avanza. Los últimos estudios ya sitúan en nueve o diez años la edad a la que algunas niñas y niños empiezan a ver pornografía, coincidiendo con el adelanto de la edad a la que se tiene el primer móvil. Y mientras la edad del primer móvil se reduce rápidamente, en el abordaje completo y educativo de la sexualidad no vamos tan rápido.


Por eso también hay que cambiar el porno. Por eso es una buena noticia que este año el Salón Erótico de Barcelona haya iniciado un cambio, alejándose de las grandes productoras y dejando espacio a una pornografía alejada del estricto reparto de roles del porno mainstream. Este porno, que a veces llamamos “feminista”, incluye otros tipos de cuerpos, también los que salen del binarismo hombre-mujer, y los que salen de la idea hegemónica de “cuerpo perfecto”, que tantas falsas expectativas crea. 

Es hacia aquí hacia donde se debería apuntar: cambiar el porno y fomentar una educación sexual completa y valiente. Entender el porno como un aliado potencial de la educación sexual, no como un enemigo.


Como explica Bel Olid en su libro Follem?, nos falta mucho para llegar a un mundo donde las sexualidades se puedan vivir libremente. Nos queda mucho camino por recorrer y mucho que hablar. Por eso, en lugar de condenar la pornografía y eventos como el Salón Erótico sin paliativos, vale la pena estar atentas a los cambios que se producen en este sector, que –nos guste o no– tiene más influencia en la sexualidad que cualquier política educativa, por importante que estas sean."         (Laura Pérez Castaño, teniente de alcalde de Barcelona, CTXT, 09/10/19)                        

30/1/08

Subjetividades tóxico-pornográficas

“El éxito de la tecnociencia contemporánea es transformar nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra erección en Viagra, nuestra fertilidad/esterilidad en píldora, nuestro sida en triterapia. Sin que sea posible saber quién viene antes, si la depresión o el Prozac, si el Viagra o la erección, si la testosterona o la masculinidad, si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida. Esta producción en auto-feedback es la propia del poder farmacopornográfico.

La sociedad contemporánea está habitada por subjetividades toxicopornográficas: subjetividades que se definen por la sustancia (o sustancias) que domina sus metabolismos, por las prótesis cibernéticas a través de las que se vuelven agentes, por los tipos de deseos farmacopornográficos que orientan sus acciones. Así, hablaremos de sujetos Prozac, sujetos cannabis, sujetos cocaína, sujetos alcohol, sujetos ritalina, sujetos cortisona, sujetos silicona, sujetos heterovaginales, sujetos doblepenetración, sujetos Viagra, etcétera.” (Beatriz Preciado: Farmacopornografía. El País, ed. Galicia, Domingo, 27/01/2008, p. 16/7)