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3/10/22

Milanovic: la izquierda debería trabajar para crear un nuevo tipo de internacionalismo capaz de brindar una respuesta efectiva a la globalización

 "(...) PP: Esto nos conduce a mi próxima pregunta, que es sobre la globalización y las soberanías fragmentadas. Dijiste que, en vez de intentar volver a los años dorados de la época de Bretton Woods, la izquierda debería trabajar para crear un nuevo tipo de internacionalismo capaz de brindar una respuesta efectiva a la globalización. ¿Cómo sería? Quiero decir, más allá de la retórica de la solidaridad internacional, ¿qué concepto de soberanía hay detrás de esta idea? 

BM: Este es acaso el problema más grande, y no sé si puedo hacerle justicia. Empezaría respondiendo en términos negativos: creo que este anhelo de la época dorada del capitalismo o de Les Trente Glorieuses es absolutamente errado, porque las condiciones actuales cambiaron completamente. Pienso que todo el mundo tiene bastante claro que este período no volverá por arte de magia. Pero, aun así, tenemos gente en la izquierda que está a favor de limitar la migración y de restringir los flujos de capital, lo que es difícil porque implicaría hacer marcha atrás en el proceso de globalización, y esto tendría el efecto de reducir los ingresos a nivel mundial. Pienso que estas medidas reaccionarias son dañinas y tenemos que cuidarnos contra cierto impulso anti-internacionalista.

Me parece que la dificultad es básicamente que la izquierda estaba muy cómoda, por motivos históricos, trabajando dentro de los parámetros del Estado nación y proclamando al mismo tiempo una especie de solidaridad retórica con otros pueblos. Pero ahora tenemos un problema que es que las personas de los países pobres quieren mudarse a los países que tienen un Estado de bienestar, y esto potencialmente debilita la posición de los trabajadores nativos.

Por lo tanto, tenemos un conflicto real: ¿a quién representamos y cómo reconciliamos estas dos tendencias? (...)"               (Entrevista a Branko Milanovic, Pablo Pryluka, JACOBIN, 29/09/22)

10/8/21

Rosa Luxemburg y el internacionalismo

 "En muchos momentos de su larga historia, el movimiento obrero ha tenido que optar: o bien apoyar el nacionalismo, la defensa nacional y la guerra, o bien luchar por el internacionalismo: Proletarios de todos los países, ¡uníos! Esta elección trascendental ha determinado el curso de la historia en muchos momentos decisivos.

Pocas figuras del movimiento socialista han estado tan comprometidas con el programa internacionalista como Rosa Luxemburg. Era judía, polaca y alemana, pero su única matria fue la Internacional Socialista. Es cierto, sin embargo, que este internacionalismo radical le llevó a adoptar posiciones cuestionables sobre la cuestión nacional. 

Por ejemplo, con respecto a Polonia, su país natal, no solo se opuso al llamamiento a la independencia nacional polaca, planteado por los socialpatriotas del Partido Socialista Polaco de Józef Piłsudski, sino que también rechazó el apoyo de los bolcheviques al derecho de autodeterminación de Polonia (incluido el derecho a separarse de Rusia).

Hasta 1914 basó sus puntos de vista en argumentos economicistas: dado que la economía polaca ya estaba integrada en la rusa, la independencia de Polonia era una reivindicación puramente utópica, compartida únicamente por sectores aristocráticos reaccionarios o pequeñoburgueses. Asimismo concibió las naciones como fenómenos fundamentalmente culturales, proponiendo por ello la autonomía cultural como solución a las demandas nacionales. Su enfoque adolece precisamente de la dimensión política de la cuestión nacional, resaltada en los escritos de Vladimir Lenin sobre la cuestión: el derecho democrático de autodeterminación.

Sin embargo, en un artículo, al menos, abordó la cuestión de una manera mucho más abierta y dialéctica: la introducción de 1905 a la recopilación La cuestión polaca y el movimiento socialista. En este ensayo establece una cuidadosa distinción entre el derecho legítimo de toda nación a la independencia ‒“que se desprende de los principios elementales del socialismo”‒ y la deseabilidad de esta independencia para Polonia, que ella niega. Insiste asimismo en que la opresión nacional es “la opresión más insoportable por su barbaridad” y solo puede provocar “hostilidad y rebelión”/1. 

No obstante, algunos años después, en su cuaderno de notas de 1918 sobre la Revolución Rusa ‒que contiene críticas muy válidas a las restricciones a la democracia y la libertad por parte de los bolcheviques‒, vuelve a rechazar toda referencia al derecho de autodeterminación de las naciones, tachándola de “fraseología pequeñoburguesa vacía”/2.

La mayoría de comentarios sobre el internacionalismo de Rosa Luxemburg ‒incluidos algunos escritos del autor de estas líneas‒ abordan principalmente, y a veces exclusivamente, sus tesis cuestionables sobre los derechos nacionales. Lo que se echa en falta en este terreno, sin embargo, es el lado positivo de su punto de vista: su destacada contribución a la concepción marxista del internacionalismo proletario y su rechazo obstinado de cualquier concesión a las ideologías nacionalistas y chovinistas. En las páginas siguientes trataré de resumir brevemente esta contribución.

Georg Lukács, en su capítulo sobre “El marxismo de Rosa Luxemburg” de Historia y conciencia de clase (1923), alega que la categoría dialéctica de totalidad es “la verdadera portadora del principio revolucionario en la ciencia”/3. Para él, los escritos de Luxemburg, especialmente La acumulación de capital (1913), eran buenos ejemplos de este enfoque dialéctico. Pero cabe decir lo mismo de su internacionalismo: ella analizaba, comentaba y juzgaba todas las cuestiones sociales y políticas desde el punto de vista de la totalidad, es decir, desde la perspectiva de los intereses del movimiento obrero internacional. 

Esta totalidad dialéctica no era una abstracción, un universalismo vacío, o un conglomerado de seres indiferenciados; en efecto, Luxemburg sabía muy bien que el proletariado internacional era una pluralidad humana compuesta de gente que tenía sus propias culturas, lenguas e historias; sus condiciones de vida y de trabajo también eran muy distintas. 

En La acumulación de capital hay una larga descripción del trabajo forzoso en las minas y plantaciones de Sudáfrica: nada equivalente podía encontrarse en fábricas alemanas. Pero esta diversidad, dice, no debería ser un obstáculo a la acción común. En otras palabras, para ella, al igual que para Marx y Engels, el internacionalismo significaba Proletarier aller Länder, vereinigt euch!, la unidad de la clase trabajadora de todos los países contra su enemigo común: el sistema capitalista, el imperialismo, las guerras imperialistas.

Por eso Luxemburg rechazó, poco después de su traslado a Alemania y su adhesión a las filas del Partido Socialdemócrata (SPD), toda concesión al militarismo, a los créditos de guerra, a las expediciones navales, etcétera. Mientras que el ala derecha socialdemócrata ‒incluidos Wolfgang Heine y Max Schippel‒ eran propensos a negociar acuerdos con el gobierno del káiser sobre estas cuestiones, ella denunció abiertamente tales capitulaciones, supuestamente justificadas por la “necesidad de crear puestos de trabajo”. El historiador Peter Nettl, en su biografía ‒útil, aunque limitada‒ de Luxemburg, se equivoca totalmente cuando considera que su oposición internacionalista a tales concesiones era un “ejercicio fútil y formal”, basado en la creencia de que el desempleo es un estímulo necesario para la lucha de clases/4.

Para Luxemburg, el internacionalismo no se limitaba, como pensaban tantos otros socialistas de su época, a los países europeos. Desde muy temprano, antes que la mayoría de los demás líderes socialistas, se opuso activamente a las políticas coloniales de los Estados imperiales europeos, y no ocultó sus simpatías por las luchas de los pueblos coloniales. Esto incluía, por supuesto, las guerras coloniales de Alemania en África, como la represión brutal de la revuelta del pueblo herero en África del Sudoeste (1904). En un discurso público de junio de 1911, explicó: “Los hereros son un pueblo negro que vive desde hace siglos en su tierra… Su crimen fue resistirse a los esclavistas blancos… y defender su tierra (Heimat) contra los invasores extranjeros… En esta guerra, las armas alemanas también se cubrieron de gloria… Mataron a los hombres, y las mujeres y menores… fueron empujadas al desierto ardiente/5.

En un escrito de 1902, Martinique, denuncia los crímenes del colonialismo occidental en las Antillas, Madagascar, Filipinas y, sobre todo, en China, donde Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania “se unieron en una gran liga de naciones” para asesinar y saquear el país. No olvida el imperialismo estadounidense, recordando cómo el “Senado de la caña de azúcar” en Washington envió “un cañón detrás de otro, un buque de guerra detrás de otro, millones y millones de dólares de oro, a Cuba para sembrar muerte y devastación”/6.

Al tiempo que condenaba las pretensiones imperialistas alemanas en el Norte de África ‒el llamado incidente de Marruecos en 1911, cuando Alemania envió buques de guerra a Agadir‒, calificó el colonialismo francés en Argelia de intento brutal de imponer la propiedad privada burguesa contra el antiguo comunismo clánico de las tribus árabes/7. En sus lecciones de economía política en la escuela de formación del SPD en 1907-1908, destacaba la conexión entre el comunismo moderno de las masas proletarias de los países capitalistas avanzados y los “antiguos vestigios comunistas que ofrecen una férrea resistencia en los países coloniales al avance” de la dominación imperial “hambrienta de beneficios”/8. Y en su ensayo económico más importante, La acumulación de capital (1913), explica que la acumulación capitalista a escala global no solo es una fase temprana, sino un proceso permanente de expropiación violenta:

La acumulación de capital, vista como proceso histórico, emplea la fuerza como arma permanente, no solo en su génesis, sino continuamente hasta el día de hoy. Desde el punto de vista de las sociedades primitivas implicadas, es una cuestión de vida o muerte; para ellas no cabe ninguna actitud que no sea de oposición y lucha hasta el final… De ahí que la permanente ocupación de las colonias por los militares, las revueltas indígenas y las expediciones punitivas sean el pan de cada día para cualquier régimen colonial/9.

Eran muy pocos los socialistas que en aquel entonces no solo denunciaban las expediciones coloniales, sino que también justificaban la resistencia de los pueblos colonizados y sus luchas. Esta actitud revela la naturaleza verdaderamente universal del internacionalismo de Luxemburg, por mucho que, por supuesto, su atención se centrara en Europa.

Luxemburg vio muy claramente el creciente peligro de una guerra europea y nunca dejó de denunciar los preparativos bélicos del gobierno imperial alemán. El 13 de septiembre de 1913 concluyó una charla que daba en Bockenheim, una ciudad próxima a Fráncfort, con una solemne declaración internacionalista: “Si piensan que vamos a blandir las armas asesinas contra nuestros hermanos franceses y de otros países, gritaremos: ‘¡No lo haremos jamás!’” De inmediato la fiscalía la acusó de “promover públicamente el incumplimiento de la ley”. En el juicio, que tuvo lugar en febrero de 1914, Luxemburg pronunció un valiente discurso, atacando el militarismo y la política belicista y citando una resolución de la Conferencia de Bruselas de 1868 de la Primera Internacional: en caso de guerra, la clase trabajadora debe declarar una huelga general. El discurso se imprimió en la prensa socialista y pasó a ser un texto clásico de la literatura antiguerra. La condenaron a un año de cárcel, pero las autoridades no se atrevieron a detenerla hasta después del comienzo de la guerra, en 1915/10.

Mientras que muchos otros socialistas y marxistas en Europa apoyaban a sus propios gobiernos en agosto de 1914, al comienzo de la primera guerra mundial, en nombre de la defensa de la patria, Luxemburg trató inmediatamente de organizar la oposición a la guerra imperialista. Sus escritos durante estos cruciales primeros meses no hacen ninguna concesión a la agresiva ideología patriótica oficial, al tiempo que desarrollan argumentos cada vez más críticos contra la miserable traición a los principios del internacionalismo proletario por parte de la dirección del SPD.

Para explicar lo que su biógrafo califica de “odio creciente” hacia la política del SPD, Nettl apunta a un “potente elemento personal”: “la eterna impaciencia y frustración, nunca superada, de emigrantes como Rosa Luxemburg con los pesados alemanes oficiales”. Lamentablemente, esta explicación personal no es muy útil, puesto que, como reconoce el propio Nettl, la oposición a la guerra en el seno del SPD no se limitaba a emigrantes extranjeros, sino que incluía a varias figuras genuinamente alemanas, entre ellas a Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin/11.

De hecho, el motivo de la indignación de Luxemburg ante la capitulación socialpatriótica de agosto de 1914 no era la impaciencia de la emigrante, sino el compromiso de por vida con el internacionalismo. Encarcelada varias veces por su propaganda antimilitarista y antinacionalista, resumió su punto de vista, coherente con sus principios, en un ensayo de 1916 titulado Entweder-oder (O lo uno, o lo otro), publicado por la Liga Espartaco en forma de panfleto clandestino: “La patria del proletariado, cuya defensa prima sobre todo lo demás, es la Internacional Socialista.” Pasó la hora de las medias tintas y las vacilaciones: ahora tocaba elegir lo uno o lo otro. “O bien la traición abierta y desvergonzada a la Internacional…, o bien tomar en serio a la Internacional, de manera que se convierta… en un bastión del proletariado socialista mundial y de la paz en el mundo/12.”

Dado que la Segunda Internacional había sucumbido bajo el impacto de lo que Luxemburg calificó de socialchovinismo ‒sustituyendo el lema Proletarios de todos los países, ¡uníos! por la propuesta Proletarios de todos los países, ¡cortaros el cuello unos a otros!‒, lanzó el llamamiento a constituir una nueva Internacional. En su propuesta, donde esbozó los principios básicos de esta futura Internacional, afirmó lo siguiente: “No puede haber socialismo al margen de la solidaridad internacional del proletariado y no puede haber socialismo sin lucha de clases. El proletariado socialista no puede renunciar a la lucha de clases ni a la solidaridad internacional, tanto en la paz como en la guerra, sin cometer suicidio/13.” Esta era, por supuesto, una respuesta al argumento hipócrita del influyente teórico Karl Kautsky de que la Internacional era un instrumento para tiempos de paz, pero por desgracia inadecuado para afrontar una situación de guerra, una idea que le sirvió de justificación del apoyo a la defensa nacional de Alemania en 1914.

Entweder-oder incluye una declaración personal en forma de confesión emotiva de los valores éticos y políticos más queridos de Luxemburg: “La fraternidad internacional de la clase trabajadora es para mí lo más eminente y sagrado que hay en la Tierra, es la estrella que me guía, mi ideal, mi patria; ¡prefiero morir antes que renunciar a este ideal!/14”

Luxemburg resultó ser profética con sus advertencias contra los males del imperialismo, del nacionalismo y del militarismo. Una profeta no es alguien que predice milagrosamente el futuro, sino alguien que, como Amós e Isaías, advierte a la gente de la catástrofe que se avecina a menos que se actúe colectivamente para prevenirla. Entre otros pronósticos, advirtió de que siempre habrá nuevas guerras mientras sigan existiendo el imperialismo y el capitalismo:

La paz mundial no puede garantizarse con planes tan utópicos o básicamente reaccionarios como los tribunales de arbitraje internacionales compuestos por diplomáticos capitalistas, tratados de desarme…, federaciones europeas, uniones aduaneras centroeuropeas,  Estados nacionales tampón y cosas por el estilo. El imperialismo, el militarismo y las guerras no desaparecerán ni se condenarán mientras se mantenga intacta la dominación de las clases capitalistas/15.

Calificó el nacionalismo de enemigo mortal de la clase obrera y del movimiento socialista y de caldo de cultivo del militarismo y la guerra. “La tarea inmediata del socialismo”, escribió en 1916, “será la liberación intelectual del proletariado de la dominación burguesa que se expresa en la influencia de la ideología nacionalista/16.” En el Fragmento sobre la guerra, la cuestión nacional y la revolución (1918) se lamenta del súbito ascenso de movimientos nacionalistas durante el último año de la guerra: “en el Brocken nacionalista se celebra hoy la noche de Walpurgis” (en referencia a la fiesta de las brujas de la mitología germánica). Estos movimientos son de naturaleza muy diversa, pues algunos son la expresión de clases burguesas menos desarrolladas (como en los Balcanes), mientras que otros, como el nacionalismo italiano, son puramente imperiales-coloniales. Esta “explosión mundial actual de nacionalismos” abarca una colorida variedad de intereses particulares, pero les une un interés común que se deriva de la situación histórica excepcional creada por Octubre de 1917: luchar contra la revolución proletaria mundial/17.

Lo que ella entendía por nacionalismo no era, desde luego, la cultura nacional, o la identidad nacional de distintos pueblos, sino la ideología que hace de La Nación el valor político supremo, al que debe supeditarse todo lo demás (“Deutschland über alles”).

Sus advertencias fueron proféticas, en la medida en que algunos de los peores crímenes del siglo xx ‒de la primera a la segunda guerra mundial (Auschwitz, Hiroshima) y después‒ se cometieron en nombre del nacionalismo, de la hegemonía nacional, de la defensa nacional, del espacio vital para la nación, etc. El propio estalinismo es producto de una degeneración nacionalista del Estado soviético, expresada en el lema del socialismo en un solo país. Se pueden criticar algunas de las posiciones de Luxemburg en relación con las reivindicaciones nacionales, pero lo cierto es que percibió los peligros de la política del Estado nacional: conflictos territoriales, limpieza étnica, opresión de las minorías. Por supuesto, no pudo predecir genocidios.

Hoy, la cuestión del internacionalismo ha vuelto a adquirir protagonismo. La globalización del capital ha impuesto su poder a escala planetaria hasta un grado que no tiene precedentes en la historia, favoreciendo unos niveles obscenos de desigualdad y provocando consecuencias catastróficas para el medio ambiente (cambio climático). A través de sus instituciones –FMI, Banco Mundial, OMC, G-8– ha logrado crear un bloque unido de las clases capitalistas dominantes en torno al neoliberalismo y la desregulación. Las clases subalternas van a la zaga, están fragmentadas y dispersas y carecen de formas eficientes de organización internacional.

El principal signo de esperanza es el nuevo movimiento internacional por la justicia global, que siembra las simientes de una nueva cultura internacionalista. La convergencia de socialistas, sindicalistas, feministas, ecologistas, gentes trabajadoras y campesinas, comunidades indígenas, redes de acción directa en la lucha común contra la globalización empresarial, es decir, capitalista, constituye un paso adelante importante. El legado de Rosa Luxemburg no puede dar todas las respuestas, pero sí sugerir algunas lecciones importantes para este movimiento:

  1. I) El enemigo no es la globalización, ni simplemente el neoliberalismo, sino el propio sistema capitalista mundial.
  2. II) Mientras prevalezca este sistema habrá nuevas guerras, nuevas intervenciones imperialistas, nuevas purgas étnicas.

III) La alternativa a la hegemonía capitalista global no es la soberanía nacional, la defensa de lo nacional frente a lo global. Es globalizar, o sea, internacionalizar, la resistencia.

  1. IV) El sistema capitalista incuba el nacionalismo, la xenofobia, el racismo, así como formas fascistas o semifascistas, que suponen un peligro mortal para la democracia y el socialismo.
  2. V) La alternativa a los imperios no es una forma regulada, humanizada, de capitalismo, sino una nueva civilización mundial socialista y democrática.

El internacionalismo de Rosa Luxemburg es particularmente relevante en el siglo xxi para una cuestión que en su época era prácticamente desconocida: la crisis ecológica. El cambio climático no conoce fronteras nacionales, es una cuestión global que solo puede abordarse a escala internacional. Esto lo comprendió bien una improbable heredera de Luxemburg, la joven Greta Thunberg, que llamó a una exitosa huelga escolar global que movilizó a millones de jóvenes en todo el mundo.

El cambio climático representa la mayor amenaza para la vida en la historia de la humanidad. Algunos gobiernos burgueses (Trump, Bolsonaro) niegan el cambio climático y, en nombre del interés nacional, promueven enérgicamente los combustibles fósiles; otros (Europa, EE UU bajo Biden y Canadá) pretenden adoptar algunas medidas para reducir sus emisiones de carbono, pero sin ningún resultado efectivo. Todos están comprometidos con las reglas del mercado y de la acumulación de capital, actuando en función de las necesidades de la competitividad de sus economías nacionales.

Para parafrasear un conocido pasaje de Walter Benjamin: o bien activamos los frenos de emergencia revolucionarios para parar el tren de la civilización industrial capitalista moderna, o bien este proseguirá su carrera suicida al abismo, la catástrofe ecológica. En esto también pasó la hora de las medidas tintas. O lo uno, o lo otro, entweder-oder."

(Michael Löwy, profesor de la École des hautes études en sciences sociales, Viento Sur, 05/08/21)

21/4/21

Pulvar, un ex presentador de noticias negro, que se presenta por los socialistas en las próximas elecciones regionales, dijo: 'los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos'

 "Los partidos de izquierda franceses se han desencadenado en una amarga lucha sobre si se debe pedir a los blancos que se callen, o que se les prohíba directamente, durante las reuniones sobre cuestiones de las minorías. 

La controversia estalló después de las revelaciones de que un sindicato de estudiantes de izquierda, llamado UNEF, organiza reuniones que están fuera del alcance de los miembros blancos. Anne Hidalgo, alcaldesa de París y aspirante a presidente socialista, intervino el miércoles después de que una candidata del mismo partido, Audrey Pulvar, no condenara tales reuniones.

 “El campo de la política no es una sesión de terapia, es el dominio de lo universal, donde buscamos la unidad y defendemos nuestros valores laicistas”, dijo Hidalgo en BFMTV. 

 Pulvar, un ex presentador de noticias negro que se postula bajo la bandera socialista en las próximas elecciones regionales, dijo el domingo que los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero que “sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos. . 

" Cuando se le preguntó si habría dicho lo mismo, Hidalgo respondió que "obviamente no". El enfrentamiento por los grupos de discusión no blancos ha reavivado un debate en Francia sobre la creciente influencia de las políticas de identidad al estilo estadounidense y cómo desafía las tradiciones políticas existentes en el país.

 Los comentarios de Pulvar indignaron a la extrema derecha y a la derecha, y Valérie Pecresse, rival de Les Républicains de derecha, acusó a Pulvar de promover "un tono" aceptable "de racismo". Pero también provocaron enojo entre la vieja guardia del Partido Socialista, que busca reconstruirse después de una sorprendente derrota en las elecciones de 2017.

 Para muchos de la izquierda, los valores universales de égalité, fraternité, liberté deberían trascender las alianzas religiosas o étnicas, y se necesita más integración y asimilación, no menos, en la lucha por la justicia social. Esta facción no comprende la llegada de la nueva guardia a través de organizaciones como UNEF. 

 Las palabras de Pulvar son "más que torpes, son lamentables, no se corresponden con nuestras ideas comunes, no se debe pedir a nadie que se quede callado", dijo Olivier Faure, líder del Partido Socialista en el canal de televisión francés LCI. “En última instancia, [los grupos de discusión no blancos] conducen a la segregación y eso es algo con lo que no puedo estar de acuerdo”, dijo Richard Yung, un senador socialista. "Deberíamos poder hablar juntos, estar en desacuerdo, incluso oponernos en la misma habitación".

 No es lo que quise decir 

La reacción violenta contra Pulvar fue tal que se sintió obligada a justificar sus declaraciones, sin llegar a disculparse. “Algunos pensaron que le estaba diciendo a la gente que guardara silencio. Eso está mal ”, escribió en Le Monde. “Algunos pensaron que quería excluirlos, eso no es lo que dije ni lo que quise decir. Siempre he sido partidario de hablar, de discutir ”. 

 Chloé Morin, investigadora de la Fundación Jean Jaurès y ex asesora de un gobierno socialista, dijo que esta era la última señal de “un verdadero abismo entre generaciones”. “Y el abismo es cada vez mayor porque lo que era un movimiento ultra-minoritario hace un par de años, está cada vez más presente en el personal de la extrema izquierda y el Partido Verde”, agregó. 

Pulvar encontró más partidarios entre sus rivales en el partido de extrema izquierda France Unbowed y con los Verdes que entre el Partido Socialista que oficialmente la respalda. "Audrey Pulvar no es racista", tuiteó Jean-Luc Mélenchon, el líder de France Unbowed. “Ella entiende lo que es un grupo de discusión. Quienes le atacan están mostrando sus opiniones sexistas y prejuiciosas ".

 La extrema izquierda ve la pretendida defensa de los valores políticos tradicionales como un ataque velado contra las minorías que buscan la emancipación. “Nadie se queja cuando ves reuniones de directorio en las grandes empresas de Francia que son exclusivamente masculinas y totalmente blancas”, dijo Eric Coquerel, diputado de France Unbowed. “No se puede negar a las víctimas del racismo el derecho a decirlo y denunciarlo en nombre del universalismo. El universalismo es una buena idea, pero no es una máquina que borra la discriminación ".

 ¿Una muestra de lo que vendrá? 

La controversia es el último ejemplo de las divisiones internas de la izquierda en un momento crucial. (...)

 El lunes, el líder verde Yannick Jadot pidió a los líderes de izquierda que se unan y discutan un proyecto común de izquierda para luchar contra el presidente Emmanuel Macron, "que no nos protege de la extrema derecha ni del cambio climático". 

 Los principales partidos de izquierda acordaron reunirse y señalaron que podría ser difícil encontrar puntos en común. “El problema de la izquierda es que se sigue disparando en el pie”, dijo el investigador Morin."                      (Clea Caulcutt  , POLITICO, 01/04/ 21; traducción google)

7/1/21

El libro de Yanis Varoufakis: ¿Qué vendrá después del capitalismo? Es el momento de formar una Internacional Progresista eficaz y exitosa, o compartiremos la culpa del fracaso de la humanidad en servir a las personas y al planeta... necesitamos una tasa impositiva corporativa mínima global del 25%, que luego se redistribuya en todo el mundo... convertir a todos los empleados de las empresas en socios igualitarios... y una Unión de Compensación Monetaria Internacional

 "(...)  La pregunta que plantearé hoy tiene dos ejes. El primero es ¿por qué y para qué necesitamos una Internacional Progresista? Y la segunda parte de la misma pregunta es ¿por qué la Internacional Progresista necesita pensar en un poscapitalismo?

 La era en la que vivimos será recordada por la marcha triunfal de un autoritarismo gemelo bajo el que la mayor parte de la humanidad expe-rimenta dificultades innecesarias y el ecosistema del planeta sufre un cambio climático evitable.Pero quiero ir un poco más atrás en el tiempo. 

Durante un breve período, lo que Eric Hobs-bawm describió como el corto siglo XX, las fuerzas del establishment se unieron para hacer fren-te a los desafíos de una variedad de progresistas que buscaban cambiar el mundo. Quizá recuer-den que fueron los socialdemócratas originales quienes buscaron redistribuir el poder entre el capital y los trabajadores dentro del capitalismo, por ejemplo, los regímenes vinculados a la Unión Soviética experimentaron con modos de producción no capitalistas pero centralizados, Yugoslavia se esforzó por alcanzar la autogestión, hubo movimientos de liberación nacional en África y Asia y surgió el partido verde radical original en lugares como Alemania occidental.En ese entonces, el establishment estaba unido contra todos esos progresistas que de-safiaban la autoridad.

 Crecí en Atenas bajo una dictadura fascista de derecha que fue instigada por Estados Unidos durante el go-bierno de Lyndon Johnson. Paradójicamente, los gobiernos más progresistas de los Estados Unidos en lo que respecta a la política inter-na, la sociedad en general y los movimientos de derechos civiles fueron, sin embargo, los que no dudaron en apuntalar a los fascistas en Grecia o en bombardear Vietnam. De hecho, lo que ahora llamamos el establish-ment liberal utilizó a fascistas y déspo-tas locales libremente para establecer el llamado estilo de vida occidental.  

El miedo y el aborrecimiento al populismo de derecha que podemos encontrar hoy en cada página del New York Times no existía en ese entonces. El establishment liberal solo retrató como enemigos de la libertad a los progresistas, nunca a los monstruos como Papadopoulos o Pinochet.La situación cambió notablemente después de 2008, el año en que el sistema financiero occidental se derrumbó. Tras veinticinco años de financiarización, bajo el manto de una ideo-logía llamada neoliberalismo, el capitalismo global atravesó una crisis similar a la de 1929 que lo puso prácticamente de rodillas. 

La reacción inmediata fue utilizar las imprentas de los bancos centrales, pero también transferir las enormes pérdidas bancarias a los ciudadanos más débiles de todo el mundo con el fin de reavivar las instituciones financieras y los merca-dos. Esta combinación de socialismo para unos pocos y de estricta austeridad para las masas generó dos reacciones. 

En primer lugar, redujo la inversión real a nivel mundial (las empresas podían ver que las masas no tenían dinero para comprar sus pro-ductos, por lo que no invirtieron). Al mismo tiempo, las imprentas de los bancos centrales produjeron enormes cantidades de efectivo, lo que dio liquidez principalmente a los ricos. El resultado fue, por un lado, el descontento de la mayoría y, por el otro, estupendas riquezas para la oligarquía.En segundo lugar, propició el surgimiento de movimientos progresistas, levantamientos, como el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos y Gran Bretaña, los “indignados” en España y los aganaktismeni aquí en Grecia, y diversas fuerzas de izquierda que llegaron a manos de algunos líderes políticos en Améri-ca Latina. 

Pero el establishment logró aplacar-los de manera eficiente y directa (por ejemplo, el aplastamiento de la Primavera Griega en el verano de 2015) o indirecta por medio del es-tancamiento del capitalismo global (por ejem-plo, recordemos los regímenes progresistas la-tinoamericanos que fueron socavados cuando la demanda china de sus exportaciones colapsó debido al desequilibrio entre el ahorro global y la inversión global).

 Debido a que las causas progresistas fueron silenciadas una a una, el descontento de las ma-sas tuvo que encontrar una forma de expresión. Fue entonces cuando surgió un período de gue-rra posmoderna que imitó el ascenso de Mus-solini, quien prometió cuidar a los más débiles y hacerlos sentir orgullosos de ser italianos. 

 Nuestra generación fue testigo de lo que yo lla-mo el ascenso de la internacional nacionalista. La expresión derechista del Brexit. ¿Recuerdan el eslogan? “Queremos recuperar a nuestro país”, o Donald Trump, quien afirmó que se ocuparía de aquellos que Wall Street dejó de lado. Bolsonaro, Modi, Le Pen, Salvini, Orban.

 Es así que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la gran contienda política no se dio entre el establishment y una variedad de movimientos progresistas, sino entre diferentes partes del establishment autoritario: una parte se presenta como incondicional de la democra-cia liberal, la otra, como la representante de la democracia iliberal. 

Por supuesto, esta contien-da entre el establishment liberal y la internacio-nal nacionalista fue completamente ilusoria. Macron, el presidente de Francia, necesitaba a Le Pen, sin quien nunca se habría convertido en presidente. 

Y Marine Le Pen necesitaba a Ma-cron y al establishment liberal, cuyas políticas de austeridad avivaban la llama del descontento que la convertía en actora política.Sin embargo, el hecho de que el establishmentliberal y la internacional nacionalista fueran en realidad cómplices no significa que el conflicto cultural y personal entre ellos no fuera auténtico.  

La contienda era “auténtica”, por ejemplo, entre Hillary Clinton y Donald Trump, a pesar de la falta de una diferencia política real entre ellos. Por ejemplo, cuando Trump se mudó a la Casa Blanca, en lugar de drenar el pantano, contrató profesionales de Wall Street y los puso en el Departamento del Tesoro. 

Por lo tanto, a pesar de esta diferencia política inexistente entre ellos, la auténtica contienda entre estas figuras hizo casi imposible que los progresistas fueran escuchados debido a la cacofonía que provocó el conflicto.

 Es por ello, amigos míos, que necesitamos una Internacional Progresista. Porque la falsa oposición entre las dos variantes del autoritarismo gemelo (el establishment liberal y la internacional nacionalista) amenaza a la humanidad, ya que nos atrapa en una agenda de normalidad que destruye los proyectos de vida y desperdicia las oportunidades de poner fin al cambio climático.

 ¿Cómo podemos superar la opresión del auto-ritarismo gemelo? 

Recordemos nuestras derrotas en Grecia en julio de 2015, cuando tuvo lugar una rebelión progresista prometedora contra la “austeridad para el pueblo” y los “rescates para la oligarquía”. O bien el exitoso socavamiento de Jeremy Corbyn y Bernie Sanders dentro de sus propios partidos. Corbyn y Bernie Sanders, como les sucedió a los líderes progresistas populares de Brasil, Bolivia y Ecuador, fueron expulsados de la contienda política. Observemos el modo en que se coloca un velo de silencio sobre las valientes luchas por la autodeterminación de innumerables comunidades en África y la India. 

Analicemos atentamente este sinnúmero de derrotas. Seguramente coincidamos en que solo una Internacional Progresista eficaz y bien organizada podría prevenirlas. 

Compañeros, ¿acaso no ha llegado el momen-to de que los progresistas emulen a los banqueros y fascistas de la siguiente manera: mediante el uso, la implementación y la reactivación del internacionalismo? ¿Acaso no es momento de seguir su ejemplo, de unirnos más allá de las fronteras mediante una agenda común, de crear una narrativa común, de poner nuestras capacidades al servicio de la misma agenda a favor de la mayoría, deimplementar un plan de inversión conjunta para salvar el planeta? Este es el momento.

 Creo que ha llegado. Ahora es momento de formar una Internacional Progresista eficaz y exitosa, o compartiremos la culpa del fracaso de la humanidad en servir a las personas y al planeta.Pero, escucho que muchos de ustedes preguntan: “¿qué implica la Internacional Progresista en términos prácticos?”. “¿Qué significa en la práctica?”.

 Si bien un proyecto tan grande no puede basarse en un modelo ajeno y debe construirse de manera orgánica y democrática a través de la colaboración masiva de ideas, una cosa está clara, al menos para mí: la Internacional Progresista no tendrá éxito si simplemente emula esfuerzos, como el Foro Social Mundial o el formato de discusión abierta brillante de Occupy Wall Street o de los “indignados”, que brindó una plataforma para que todos se expresaran. 

Necesitamos algo de lo que carecieron los primeros intentos de unir a los progresistas: un programa común y un plan de acción colectiva.

 Ya he hablado a favor de confrontar el in-ternacionalismo de los banqueros y los fascistas con un internacionalismo progresista. No olvidemos que los fascistas y los banqueros tienen un programa común. Ya sea que hablemos con un banquero en Chile o con uno en Suiza, escucharemos la misma historia: que la ingeniería financiera proporciona el capital necesario para invertir en todo lo que necesitamos, que la privatización es una necesidad que solo los tontos y los pensadores irracionales disputan, que es necesario ofrecer a los inversores certeza frente a las legislaturas, los populistas, los parlamentos y los tribunales locales. 

De manera similar, cada vez que hablamos con un miembro de la internacional nacionalista, escuchamos la misma historia: que las cercas fronterizas electrificadas son esenciales para las democracias soberanas, que el trabajo migrante amenaza nuestra cultura y nuestro sistema de bienestar social, que es importante proteger a los nativos al mismo tiempo que se dificulta la vida de aquellos considerados ciudadanos menos leales o dignos, o que profesan la religión equivocada. 

Mi punto es el siguiente. Los progresistas también necesitan un programa común. También debemos tener un solo discurso con una misma voz humanista y programática en todo el mundo. 

Por supuesto, el discurso no sirve un propósito si no está respaldado por la acción. El establish-ment liberal no tiene este problema, ya que gobierna en casi todas partes y, aunque no sea parte real del gobierno, ciertamente está en el poder. Las acciones de sus políticos, burócratas y banqueros tienen un impacto en el mundo cada segundo del día, de manera permanente y consistente para promover su propio programa común colectivo. 

 La internacional nacionalista también influye en el mundo. Ya sea a través de la violencia en las calles de Portland o de El Pireo, o mediante las políticas de Trump, Bolsonaro y Modi, siempre actúan en total armonía con su agenda común misantrópica, xenófoba y reaccionaria. Tenemos que emularlos también en este sentido: tenemos que planificar y llevar a cabo acciones colectivas. 

En resumen, la Internacional Progresista necesita dos cosas: un programa común y un plan de acción colectiva poco común.¿Qué plan de acción colectiva deberíamos concebir? (...)

 ¿Cómo debería ser nuestro plan común? ¿Por qué deberíamos luchar?La buena noticia es que tenemos una gran variedad de Green New Deals en-tre los que podemos elegir. Sin embargo, si bien cada uno propone ideas útiles, es necesario sintetizarlas en un plan global, coherente y coordinado a nivel internacio-nal, un Green New Deal que sea común a todos los progresistas.

 Sabemos lo que debemos hacer, lo que debe ser parte integral de esta red internacional. Necesitamos que la generación de energía cambie por completo de modo que se reemplace el consumo de combustibles fósiles por el de energías renovables. 

Necesitamos que el transporte terrestre sea eléctrico, mientras que el transporte aéreo y el transporte maríti-mo deben recurrir a nuevos combustibles sin carbono, como el hidrógeno. La producción de carne debe disminuir de forma significativa, y debemos hacer un mayor énfasis en los cultivos de plantas orgánicas. Necesitamos límites estrictos al crecimiento físico (desde la producción de toxinas y CO2 hasta el cemento). 

También sabemos que todo esto costará al menos USD 8 trillones anuales. Necesitamos crear, visualizar y planificar instituciones que coordinen los diversos trabajos y distribuyan los costos y los beneficios entre el Norte global y el Sur global. Sin duda, la tarea parece enorme. En un mundo donde incluso el modesto Acuerdo de París está hecho trizas, es muy fácil rendirse y que triunfe la desesperanza. 

Esta es precisamente la razón por la que necesitamos una narrativa del New Deal a escala global.

 Franklin D. Roosevelt tuvo éxito en 1933 porque llegó en el momento en que las uvas de la ira “se están llenando y se vuelven pesadas, listas para la vendimia”. (...) El éxito del New Deal fue presentar un plan que tenía sentido para quienes habían perdido la esperanza y ofrecerles oportunidades a los emprendedores. 

Se trató de un plan que cambió el marco con el que la mayo-ría de las personas valoraba sus circunstancias y capacidades colectivas.Las cuestiones clave con respecto a la financiación y distribución también se pueden responder a través de este nuevo marco. Los USD 8 trillones que necesitamos anualmente se pueden financiar tanto con fuentes públicas como privadas. Las finanzas públicas, al igual que en el New Deal original, deben involucrar instrumentos financieros como bonos transnacionales e impuestos neutrales a las ganancias sobre el carbono, para que el dinero recaudado de los impuestos al diesel pueda ser devuelto a los ciudadanos más pobres que dependen de los automóviles diesel, para así fortalecerlos en general y también permitirles comprar un automóvil eléctrico. 

Mientras tanto, ¿cómo derrotamos la evasión fiscal sin una tasa impositiva corporativa efecti-va mínima global, es decir, el internacionalismo, una tasa impositiva corporativa mínima del 25%, que luego se redistribuya en todo el mundo te-niendo en cuenta la distribución geográfica de las ventas que generan las multinacionales?Para invertir estos recursos en inversiones ecológicas, necesitamos nuevas organizaciones, como una nueva Organización para la Coope-ración Ambiental de Emergencia (OEEC), homónima de la OEEC original que se utilizó en la década de los cincuenta para canalizar la financiación del Plan Marshall hacia Europa con el fin de reconstruir el continente. Esta vez no reconstruiremos, sino que construiremos nuevas tecnologías verdes, será una transición verde.

 No reconstruiremos la contaminante industria marrón. La OEEC, por lo tanto, combinaría la capacidad intelectual de la comunidad científica internacional en algo así como un Proyecto Manhattan verde, que en lugar producir asesinatos en masa, tendría como objetivo evitar la extinción. 

Si somos aún más ambiciosos, la Internacional Progresista podría proponer una Unión de Compensación Monetaria Internacional, del tipo que sugirió John Maynard Keynes durante la conferencia de Bretton Woods en 1944, que incluiría restricciones bien diseñadas a los movimientos de capital. Al reequilibrar los salarios, el comercio y las finanzas a escala mundial, tanto la migración involuntaria como el desempleo involuntario retrocederían, y se pondría fin al pánico moral con respecto al derecho humano a movernos libremente por el planeta. 

La necesidad de una agenda común y un plan de acción colectivo común implica que la Internacional Progresista debe incluir una organización internacional. La gran pregunta para todos los involucrados en la magnífica iniciativa de la Internacional Progresista es la siguiente: ¿cómo podemos crear esta organización esencial sin convertirnos en presa de los escollos organizativos habituales, como la burocracia, la exclusión, los juegos de poder que tienen lugar dentro de nuestras organizaciones? 

Esta es una pregunta difícil, para la que no tengo respuesta, y que los miembros del Conse-jo de la Internacional Progresista deben abordar. Sin embargo, no tener una respuesta a esta al-tura es algo bueno, ya que debemos descubrirla juntos. Debemos buscar financiación de manera colectiva, colaborar de forma masiva, cocrear.El único punto que quiero señalar en este momento es que la dificultad de responder a esta pregunta sobre cómo establecer una organización eficaz no es excusa para no continuar. Los ban-queros y los fascistas han encontrado respuestas.  

Para nosotros los progresistas, que tenemos una aversión natural a las jerarquías, las buro-cracias y las usurpaciones del patriarcado y el paternalismo, es más difícil lograrlo. Se nos dificulta organizarnos a escala global, pero tenemos el deber de encontrar respuestas. (...)

 Nuestra Internacional Progresista debe tener en cuenta seriamente la posibilidad de que no solo valga la pena terminar con el capitalismo por las válidas razones progresistas y socialistas, sino, lo que es más urgente, debe considerar que el capitalismo sufre un espasmo y está dando lugar a un poscapitalismo distópico en este mismo momento. Si estoy en lo cierto al respecto, incluso los miembros de la Internacional Progresista que albergan esperanzas de civilizar el capitalismo, deben considerar la posibilidad de que la Internacional Progresista tenga el deber de mirar más allá del capitalismo, de hecho, de planificar un poscapitalismo humanista decente. (...)

En un libro que se publicó esta semana, llama-do Another Now, trato de imaginar que mi gene-ración respondió en 2008 al colapso de los merca-dos financieros. Seamos creativos e imaginemos que organizamos pacíficamente una revolución de alta tecnología que condujo a una democracia económica poscapitalista. ¿Cómo sería?

 Para ser atractivo, nuestro poscapitalismo debería presentar mercados de bienes y servicios. (...)

¿Puede funcionar una economía avanzada sin mercados laborales? Por supuesto que sí. Enmen-dar la ley corporativa para convertir a todos los empleados en socios igualitarios, otorgándoles un voto no negociable por persona, una acción por persona, es una propuesta tan radical hoy como lo fue el sufragio universal en el siglo XIX. 

Al otorgar a los empleados el derecho a voto, una idea propuesta por los primeros anarcosindi-calistas en la década de 1920, se pone fin a la distinción entre salarios y ganancias, y las nuevas herramientas de colaboración digital están listas para eliminar todas las ineficiencias que, de otro modo, obstaculizarían las perspectivas de una corporación gestionada democráticamente. 

 La posibilidad de un proceso de producción de vida económica democratizado se vuelve distinta, lo que provocaría la desaparición de los mercados de acciones y la necesidad de una deuda gigantesca para financiar fusiones y adquisiciones.Los bancos centrales, que brindan a todos los ciudadanos de su país una cuenta bancaria digital gratuita, están pensando en hacerlo bajo el capitalismo.

 Una vez que desaparezca el apalancamiento de la deuda de las fusiones y adqui-siciones vinculadas a los mercados de acciones y la banca personal, ¿de qué servirán los bancos? ¿También desaparecerán? Goldman Sachs y otros grupos similares se extinguirán, sin que siquiera necesitemos prohibirlos legalmente. 

¿Qué pasaría si lleváramos esta idea más allá y propusiéramos que el banco central también acreditara a cada una de esas cuentas un estipendio mensual fijo (un dividendo básico universal)?  

Como todos usarían su cuenta del banco central para realizar pagos internos, la mayor parte del dinero acuñado por el banco central se transferirá a su libro de contabilidad. Además, el banco central podría otorgar una cierta cantidad de di-nero a todos los recién nacidos, un fondo fiduciario que utilizarían al cumplir 18 años. 

Por lo tanto, las personas en el sistema de mercado, el sistema de mercado socialista poscapitalista, recibirían dos tipos de ingresos. Por un lado, dinero que ingresa como dividendos sociales y que proviene de la participación en las ganancias por trabajar en una empresa corposindicalista. En esta economía, ¿cómo se financiaría el gobierno? No se necesitarían más los impuestos a las ganancias, no se necesitarían más los impuestos sobre las ventas. En cambio, tres tipos de impuestos financiarían esta clase de gobierno. 

Primero, un impuesto a todas las empresas, que serían cooperativas, solo sobre el 5% de sus ingresos. 

En segundo lugar, un impuesto al carbono. Siempre lo necesitaremos hasta que logremos una economía con cero emisiones de carbono. 

Y en tercer lugar, el producto del arrendamiento de tierras (que pertenecería en su totalidad a la comunidad) para uso privado y por tiempo limitado, cuyo alquiler también iría a la comunidad. 

Una vez que se incorpora este principio, un modelo socialista de mercado surge por sí solo.  

Cuando están liberadas del poder corporativo, de la indignidad impuesta a los necesitados por parte del Estado de bienestar y de la tiranía de la contienda entre ganancias y salarios, las personas y las comunidades pueden comenzar a imaginar nuevas formas de desplegar sus talentos y creatividad.

 En resumen, frente a la onerosa tarea de luchar contra los autoritarismos gemelos, los progresistas necesitamos un plan, una organización común y una voluntad común de concebir el poscapitalismo juntos. Nuestra Internacional Progresista es una oportunidad única para satisfacer estas tres necesidades. En todo el mundo. Podemos hacerlo."

Yanis Varoufakis: ¿Qué vendrá después del capitalismo?... Libros CLACSO, Libro digital, 2020... ver en PDF