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22/3/26

La pregunta es cómo crear las herramientas para el internet posnorteamericano que necesitamos... ahora está Trump y ya vemos el uso que hace del “internet americano”. Si la Corte Penal Internacional persigue a Netanyahu, los EEUU de Trump dejan a los magistrados sin sus correos, sus archivos, sus documentos… Lo que le falta es que sea posible sacar los datos de las plataformas estadounidenses y ponerlos en esas nuevas plataformas europeas alojadas en centros de datos europeos. Ningún ministerio va a copiar millones de documentos de Microsoft a una aplicación de Eurostack uno a uno. Necesitas herramientas y Microsoft no te las va a dar... La pregunta es cómo construimos esas herramientas que sean un puente entre el viejo internet en el que estamos atrapados y el internet posamericano que necesitamos para sobrevivir... la solución al puente está en legalizar la fuga, un proceso técnico para romper el bloqueo de los productos Apple] de esa tecnología... Eso sí está al alcance de la Unión Europea. No puede obligar a Apple a que haga nada, pero puede impedir que Apple lleve ante un tribunal europeo a una empresa española que cree una tienda de aplicaciones para el iPhone. Puede cambiar esa ley mañana. Eso no solo aceleraría el paso de los europeos fuera de las plataformas americanas, también crearían oportunidades de mercado... Pasa lo mismo con las compañías de teléfono: si estás en Vodafone y no te gusta, te vas a Orange, puede ser tan fácil como pegar tu número en una página web. Antes era mucho más caro, pero la UE intervino para crear la portabilidad... Es posible reproducir esa dinámica en nuestros sistemas digitales. Incluso es raro que no lo hayamos hecho ya (Cory Doctorow)

 "Cory Doctorow es autor de ciencia ficción, activista y periodista. Conocido por su actividad a favor del sotfware libre y el Creative Commons, publica en España Mierdificación. Qué hacer ante la apropiación de internet por las grandes tecnológicas (Capitán Swing, 2026). Se trata de un ensayo sobre la enshittification, el concepto creado por el propio Doctorow en un artículo en 2023 en su blog Pluralistic y con el que ha descrito la decadencia de las plataformas de internet o, al menos, el empeoramiento progresivo de sus servicios a particulares o empresas pequeñas para extraer de estos el máximo de rentas, sea en forma de datos, anuncios u otros servicios.

El autor atiende a El Salto a través de videollamada unos días antes de su viaje a nuestro país, donde va a presentar su nueva obra. Antes de empezar, Doctorow, que chapurrea algo de castellano, comenta la pérdida de ambigüedad de la traducción a nuestro idioma del concepto de enshittification: “Shit en inglés es tanto un sustantivo como un verbo, entonces enshittification es algo que ocurre, todo se convierte en mierda, pero también algo que alguien hace. En español sería ‘cagar’ y esa connotación se pierde en ‘mierdificación’”, explica. Para el autor “la ambigüedad funciona. Puede ser una característica [feature] y no un error [bug]”.

¿Diría que la idea de la ‘mierdificación’ de internet y las redes está más de actualidad ahora que hace cuatro años, cuando creó el término?
Sí, creo que sí. Cuando pensé en el concepto estaba intentando encontrar una palabra para describirlo todo. Durante 25 años he trabajado en la Electronic Frontier Foundation, una ONG cuyo objetivo es hacer que la gente reflexione sobre las políticas tecnológicas. Y el problema de intentar hacer que la gente piense sobre la política tecnológica son cuestiones muy abstractas, muy técnicas y siempre se refieren al futuro. Lo normal es que nos preocupemos por los problemas que son concretos e inmediatos.

Y los temas tecnológicos solo se vuelven concretos e inmediatos cuando es demasiado tarde para arreglarlos. Un poco como con el cambio climático. En 1980 era algo muy lejano, muy abstracto y ahora es muy concreto, pero porque todo está ardiendo. Así que pruebas todo tipo de tácticas para intentar que la gente se preocupe por esas políticas tecnológicas.

He usado parábolas, analogías… Escribo relatos y novelas de ciencia ficción. Y resulta que una palabra sucia es lo que realmente funciona. Fue como dar a la gente permiso para quejarse de algo que los estaba volviendo locos y no sabían por qué. Y, volviendo a la pregunta, sí, creo que la gente está en su derecho de estar más enfadada hoy que hace tres o cuatro años, sin duda.

Europa ha pasado 20 años aferrándose a dos creencias muy negativas. La primera, que la tecnología estadounidense era una plataforma neutral y tu gobierno podía usarla sin consecuencias. La segunda, que si las plataformas se comportaban “mal”, la respuesta era regularlas

En su ensayo habla sobre posibles soluciones. En Europa, ahora mismo tenemos gobiernos como el de Francia, que han abandonado todos los programas que vengan de Estados Unidos para sus comunicaciones, y el debate sobre cómo conseguir tanto una infraestructura física propia como plataformas en manos europeas, que parecen arreglos muy lejanos en el tiempo.
Europa ha pasado 20 años aferrándose a dos creencias muy negativas. La primera, que la tecnología estadounidense era una plataforma neutral y tu gobierno podía usarla sin consecuencias. La segunda, que si las plataformas se comportaban “mal”, la respuesta era regularlas, en lugar de reducir su poder. Y así se han perdido dos décadas con mandatos para la moderación de contenido o las infracciones de copyright. Algo que no ha funcionado, ¿verdad?

El problema es que cuanto más poderosas son las plataformas, menos les importa lo que exijas. Mira el GDPR [Reglamento General de Protección de Datos, RGPD o GDPR en inglés, vigente desde 2018]. Yo mismo hice lobby en Bruselas por él. Y las empresas tecnológicas no lo obedecen. Fingen que sí, bombardean a la gente con consultas sobre consentimiento y dicen que pueden espiarles porque es “un propósito legítimo”. Y si intentas disciplinarlos, se retiran a Irlanda, que es donde va a morir toda regulación tecnológica.

El DMA [Ley de Mercados Digitales, por sus siglas en inglés, Digital Markets Act, vigente desde 2024] fue el primer intento de reducir su poder, exigiendo que Apple o Google abriesen sus tiendas de aplicaciones, por ejemplo. Pero llegó tarde. Ya eran tan poderosas que les daba igual cumplir las reglas.

Con Biden en la Casa Blanca podía parecer que EEUU ayudarían a Europa, pero ahora está Trump y ya vemos el uso que hace del “internet americano”. Si la Corte Penal Internacional persigue a Netanyahu, los EEUU de Trump dejan a los magistrados sin sus correos, sus archivos, sus documentos… Si la Corte de Suprema de Brasil procesa a Jair Bolsonaro, lo mismo. Nadie puede permitirse que sus instituciones clave dependan de la tecnología de EEUU.

Así que llegamos a Eurostack, que es un intento de corregir los errores de los últimos 20 años. Son las dos respuestas a su pregunta: conseguir el hardware, la parte física, y unas plataformas 100% europeas. No quiero decir que sean objetivos fáciles, pero ambos tienen grandes grupos de interés detrás. Los inversores quieren construir centros de datos porque quieren ser propietarios, les encanta la idea de ingresos pasivos. Y algo parecido ocurre con las plataformas. El mundo está lleno de frikis que odian Facebook y les gustaría crear el suyo propio. No puedes girar sin toparte con alguien que está haciendo un reemplazo de Facebook, Twitter, YouTube o lo que sea.

Lo que le falta es que sea posible sacar los datos de las plataformas estadounidenses y ponerlos en esas nuevas plataformas europeas alojadas en centros de datos europeos. Ningún ministerio va a copiar millones de documentos de Microsoft a una aplicación de Eurostack uno a uno. Necesitas herramientas y Microsoft no te las va a dar.

La pregunta es cómo construimos esas herramientas que sean un puente entre el viejo internet en el que estamos atrapados y el internet posamericano que necesitamos para sobrevivir. Son soluciones lejanas en el tiempo, pero la solución al puente está en legalizar la fuga [‘jailbreak’, un proceso técnico para romper el bloqueo de los productos Apple] de esa tecnología. La directiva de copyright europea hace ilegal cualquier modificación sin permiso del creador, no del gobierno, sino de la empresa propietaria, desde 2001.

Eso sí está al alcance de la Unión Europea. No puede obligar a Apple a que haga nada, pero puede impedir que Apple lleve ante un tribunal europeo a una empresa española que cree una tienda de aplicaciones para el iPhone. Puede cambiar esa ley mañana. Eso no solo aceleraría el paso de los europeos fuera de las plataformas americanas, también crearían oportunidades de mercado. Las empresas americanas hacen millones de dólares que podrían hacer las empresas europeas.

Mientras el valor que los usuarios de la plataforma se dan unos a otros exceda el valor que Mark Zuckerberg extrae de ellos, la mayoría se quedarán

¿Y cómo facilitamos la salida a toda esa gente particular que no son expertos, ni trabajan para grandes empresas o el Estado?
Es la misma solución, donde entran la ingeniería inversa y el jailbreaking. En el libro cuento cómo Mark Zuckerberg consiguió que los usuarios dejasen MySpace para irse a Facebook. Tenía el mismo problema: la gente no se iba de MySpace porque ahí estaban todos sus amigos. Los economistas llaman a esto el problema de la acción colectivo. Y lo que hizo Zuckerberg fue darles un bot al que solo tenías que darle tu contraseña de la otra plataforma y trasladaría a Facebook todo lo que tenías allí.

El problema es que bajo el Artículo 6 de la Directiva de Copyright, si hicieras eso con Facebook, Mark Zuckerberg podría reducirte a escombros radioactivos. Cuando él lo hizo, fue progreso. Si nosotros se lo hacemos a él, es piratería. Y juegan con eso: si saben que tienen a sus usuarios atrapados, pueden abusar de ellos sin arriesgarse. Eso es la ‘mierdificación’ también.

Mark Zuckerberg quiere que le odies, pero solo un poco menos de lo que quieres a tus amigos, de forma que te quedarás en Facebook. ¿Cómo de importante es tener un sitio en el que organizarte con los otros padres para llevar a tus hijos al fútbol, encontrar clientes para tu negocios, hablar con tus parientes que están lejos? Mientras el valor que los usuarios de la plataforma se dan unos a otros exceda el valor que Mark Zuckerberg extrae de ellos, la mayoría se quedarán.

Pero, ¿y si bajas el coste de irse? Pasa lo mismo con las compañías de teléfono: si estás en Vodafone y no te gusta, te vas a Orange, puede ser tan fácil como pegar tu número en una página web. Antes era mucho más caro, pero la UE intervino para crear la portabilidad. A nadie le importa en qué red estás ahora, no vas a hacer que tus conocidos se cambian a la misma que tú. Es posible reproducir esa dinámica en nuestros sistemas digitales. Incluso es raro que no lo hayamos hecho ya. Es como si siguiesen en los años 90 y lo que hace falta es que las traigamos al siglo XXI.

¿Eso explica la paradoja de que todo el mundo cree que Google, Twitter y demás funcionan peor que nunca, pero no los abandonan?
En la economía neoclásica tienen esta idea llamada “preferencia revelada”. Significa que no importa lo que digas, si haces algo diferente, es porque secretamente prefieres lo que estás haciendo. Así que si dices “odio que invadan mi privacidad”, pero usas Facebook e invaden tu privacidad, realmente, no la valoras tanto. Creo que esto está mal. A veces es como si estudiar economía provocase una lesión neurológica muy específica que te hace incapaz de razonar sobre el poder. Las dinámicas de poder hacen que la gente haga cosas que no quiere hacer.

Mira, entre los grupos que están intentando muy fuerte establecerse fuera de Twitter están los activistas de lo que en EEUU se llama Black Twitter, que han creado su propio servidor en BlueSky, BlackSky, pero no acaban de marcharse del actual X. Quieren dejar Twitter porque son miembros de una minoría racial que allí está expuesta al abuso y al acoso, pero no quieren quedarse aislados, perder su red de apoyo digital. La gente puede quedarse en situaciones malas porque valoran a quienes les rodean.

Mira, mi familia son refugiados soviéticos. Mi abuela fue una niña soldado en el asedio de Leningrado, estuvo allí de los 12 a los 15 años arrastrando cadáveres y llevando munición a las líneas. De ahí se marchó a Siberia, donde conoció a mi abuelo, que era un refugiado polaco, tuvieron a mi padre y se marcharon a Canadá. Pero son los únicos. Todo el resto de su familia se quedó en Rusia, pasándolo muy mal, en la era soviética y después. La gente se queda en lugares donde no quiere estar.

La esperanza no es la creencia optimista de que puede existir una sociedad donde todo funcione siempre, sino pensar que podemos crear una sociedad que falle con elegancia. Donde, cuando las cosas salen mal, se arreglan

En su libro de ciencia ficción Radicalizado (Capitán Swing, 2022) adivinó, de alguna forma, a Luigi Magione en el relato que le da título, y llevó la ‘mierdificación’ al extremo antes de darle nombre en “Pan no autorizado”. Como autor de distopías, ¿por qué cree que no escribimos más sobre cómo salir de ellas?
Bueno, cada una de las historias de ese libro tiene algún tipo de final feliz. La utopía no consiste en romper la segunda Ley de la Termodinámica. Las cosas se desmoronan. Asumir que nada va a salir mal no es optimista, es idiota. Las personas que no pusieron suficientes botes salvavidas en el Titanic no fueron optimistas, fueron idiotas peligrosos. Creo que está bien, y que no es pesimista, imaginar que las cosas pueden romperse. Lo imperdonable es imaginar que no podemos arreglarlas. Por eso todas mis historias tratan sobre gente que arregla cosas.

Es cierto que se ve un futuro con cosas bastante malas en el horizonte. Hay muchos efectos del cambio climático que ya están fijados. No van a cambiar. Pero lo que hagamos con las inundaciones que están por venir depende de nosotros. ¿Se convertirá en algo como Mad Max? ¿O nos salvaremos mutuamente? Eso depende completamente de nosotros.

Para mí, la esperanza no es la creencia optimista de que puede existir una sociedad donde todo funcione siempre, sino pensar que podemos crear una sociedad que falle con elegancia. Donde, cuando las cosas salen mal, se arreglan. Es mejor tener un coche con frenos excelentes que uno que puede pasar de 0 a 200 km/h en tres segundos.

El lado positivo del desastre en el que nos encontramos es que las crisis provocan cambios, y las cosas que parecían impensables se vuelven inevitables. Cuando Putin invadió Ucrania y Europa perdió el acceso al gas ruso, el bloqueo sobre las energías renovables terminó. Europa pasó de estar 15 años retrasada en sus objetivos climáticos a ir 10 años adelantada. En Alemania, con este nuevo shock energético desde Irán, apenas les afecta porque ahora tienen muchísima energía solar. Claro que hay cosas de las que preocuparse. Toda esa energía solar está conectada a la nube china y Xi Jinping podría apagarla si quisiera. Es otra buena razón para derogar el Artículo 6 de la Directiva de Copyright, eliminar el firmware de esos inversores y baterías y reemplazarlo con software de código abierto cuanto antes. Voy a insistir en esta idea: en tiempos de grandes crisis, cosas que parecían impensables pueden volverse inevitables. Y Trump es una serie continua de crisis. Esta es nuestra oportunidad." 

(Entrevista a Cory Doctorow, El Salto, 22/03/26)

5/3/24

Max Fisher: “Silicon Valley quiere que creamos que no se puede tener lo bueno de las redes sin sufrir lo malo, pero no es cierto”... Estas compañías han sido tan efectivas en dominar completamente la forma en que consumimos información, la forma en que nos relacionamos unos con otros... La adicción es definitivamente una parte importante... están diseñadas para eso, para ser químicamente adictivas, para producir una respuesta de dopamina en tu cerebro. Algo a lo que es muy difícil renunciar... Facebook, Twitter, YouTube o Instagram están diseñadas para distorsionar lo que vemos y distorsionar nuestras experiencias para hacerlas más adictivas... Es difícil saber en qué momento se vieron obligados a admitir que sus productos son perjudiciales y no liberadores. Pero sabemos que están eligiendo no cambiarlos porque no quieren ganar menos dinero del que están ganando... pero sabemos que tecnológicamente es factible volver. Todo lo que tendrías que hacer es desactivar las funciones que maximizan la capacidad adictiva en las redes sociales. Las prioridades del algoritmo que determina lo que ves y el orden en que lo ves... Las empresas no lo van a hacer, y el Gobierno de los EEUU tampoco. Nuestro sistema político es demasiado disfuncional ahora mismo como para un reto así

 "En 2016 Donald Trump llegó a la Casa Blanca y el Reino Unido decidió irse de la UE. El mundo se preguntó qué estaba pasando. Las actividades de manipulación política en redes sociales rápidamente saltaron al centro de la escena y Facebook empezó a ocupar todas las portadas. Por primera vez, esas pequeñas aplicaciones de redes sociales que casi todo el mundo llevaba en sus teléfonos y se asociaban al progreso empezaron a fiscalizarse de manera diferente. El muro que escondía lo que sus algoritmos estaban causando a la sociedad había caído.

Las más prestigiosas cabeceras dedicaron algunos de sus mejores reporteros a investigar a las redes. Los titulares que empezaron a llegar no eran alentadores: el algoritmo de YouTube llevaba al usuario a una espiral de contenidos extremos. Facebook promueve los grupos antivacunas. Instagram sabe que es tóxico para los adolescentes pero no hace nada para arreglarlo. La lista sigue extendiéndose hoy.

Max Fisher fue uno de esos periodistas. Finalista del Premio Pulitzer en 2019 por su trabajo en The New York Times, en Las Redes del Caos. La historia secreta de cómo las redes sociales empobrecen la mente y erosionan el mundo (Península) ha investigado esa realidad que estaba quedando oculta y entrevistado a los protagonistas. En esta entrevista con elDiario.es explica cómo hemos llegado hasta aquí y se muestra poco optimista respecto a la solución: “No sé la respuesta, porque desactivar esas funciones sería pedir a las empresas que ganaran menos dinero, algo que ellas no van a hacer y el Gobierno de EEUU tampoco. Nuestro sistema político es demasiado disfuncional ahora mismo como para un reto así”.

Han pasado ocho años desde la primera elección de Trump y las acusaciones de manipulación de Facebook. El escándalo de Cambridge Analytica salió a la luz en 2018. Tres años después Frances Haugen advirtió que Instagram es tóxico para los adolescentes y la empresa lo sabe. Ahora Elon Musk está contaminando la esfera pública digital en directo desde Twitter. ¿Cree que la gente es consciente de la magnitud del impacto que los problemas de estas plataformas tienen en la sociedad?

Es increíble que ya hayan pasado ocho años desde que empezó todo esto. La sensación que tengo es que la gente en este momento es muy consciente (al menos de una manera que no era cuando empecé a trabajar en esto hace ocho años) de que las redes sociales son perjudiciales para ellos y por qué lo son. Pero a pesar de que tenemos la información, seguimos siendo muy susceptibles a ellas. Esto explica en parte porqué las plataformas son tan eficaces y tan poderosas. Son tan adictivas en la transmisión de información errónea que nos hace querer creer lo que vemos. Son tan eficaces para radicalizarnos de una forma de la que nos resulta muy difícil salir del círculo. Cuando empecé a trabajar en esto la gente era muy resistente a la idea, como incluso yo mismo al principio, de que una red social podría cambiar tus creencias o quién eres. Ahora creo que todos realmente aceptamos que esas pequeñas aplicaciones y esos teléfonos en los que invertimos tanto tiempo nos están cambiando. Y creo que eso es un gran avance, un gran paso para traer algún tipo de cambio. Aunque claramente no es suficiente por sí solo. 

 Sí, porque seguimos dentro. No queremos renunciar a lo que nos ofrecen. ¿Cree que es solo por su capacidad adictiva o diría que hay cierto síndrome de Estocolmo?

La adicción es definitivamente una parte importante de todo esto. También es por el hecho de que todo el mundo está en ellas. Yo sigo, no sé si usted también. Estas compañías han sido tan efectivas en dominar completamente la forma en que consumimos información, la forma en que nos relacionamos unos con otros, las formas en que podemos hacer cualquier cosa que exista en el mundo moderno, que no puedes no estar en las redes sociales. Y al mismo tiempo, cuando todo el mundo a tu alrededor está pasando horas al día en ellas, es muy difícil no hacer lo mismo porque esa es la norma, esa es la expectativa, y además es muy adictivo. El año pasado realizamos un experimento para un podcast en el que cada uno de nosotros intentaba superar la adicción a nuestros teléfonos, intentando todo tipo de trucos diferentes, como meterlo en una pequeña caja que se bloqueaba durante la noche, cambiando las pantallas a una escala de grises que la hiciera menos placentera, controlando la cantidad de tiempo que la pantalla estaba encendida... y fue muy, muy difícil. En mi caso, incluso como hemos hablado antes, sabiendo los daños que provocan las redes sociales, me resultaba muy, muy difícil ya ni siquiera dejarlo, sino sólo para pasar un poco menos de tiempo en ellas. Y el motivo es que están diseñadas para eso, para ser químicamente adictivas, para producir una respuesta de dopamina en tu cerebro. Algo a lo que es muy difícil renunciar.

En su libro explica cómo Silicon Valley ha sido muy eficaz a la hora de apuntar a las personas más vulnerables a todo eso.

Sí. Una de las cosas que estas empresas han estado haciendo en los últimos años es esforzarse muy, muy duramente para expandirse en los países más pobres, en los países del sur global. Parte de la idea es que estos son lugares donde las tasas de adopción de Internet son todavía bajas y donde las instituciones locales como los medios de comunicación tradicionales pueden no estar tan bien establecidos. Así que lo que estas empresas han hecho es gastar una gran cantidad de dinero tratando de dominar a estas audiencias, financiando sus conexiones a Internet o incluso sus primeros teléfonos inteligentes con políticas como el zero-rating, en las que las compañías de redes sociales harán tratos con los operadores locales de telefonía para que la gente de, digamos, Kenia, donde las tarifas de Internet son muy caras, pueda tener su primer teléfono inteligente y los datos gratis para conectarse a Facebook. De esa forma, está claro que vas a usar Facebook para todo. Lo vas a usar para recibir noticias. Lo vas a usar para comunicarte con tus amigos. Vas a usarlo para comprar y vender cosas.

Entonces lo que sucede es que Facebook se convierte en el portal completamente dominante de cómo la gente usa Internet. Si Facebook fuera una plataforma más neutral, estaría bien. Pero, por supuesto, plataformas como Facebook o Twitter o YouTube o Instagram están diseñadas para distorsionar lo que vemos y distorsionar nuestras experiencias para hacerlas más adictivas. Así que si vas a un lugar que está empezando a entrar en Internet, como la India hace unos años, grandes partes del África subsahariana, grandes partes del sudeste asiático (sitios que Silicon Valley llama “los próximos mil millones de usuarios”), verás que la gente tiende a creer que Facebook es Internet. Piensan que son la misma cosa. El resultado es que esas sociedades son mucho más susceptibles a los daños de estas plataformas. 

 La realidad ha sido tan diferente del discurso inicial de estas compañías, cuando se vendían así mismas como disruptivas. Cuando hablaban de cambiar el mundo (para bien). ¿Cree que esa era su visión real o que ya entonces era un discurso de marketing?

Creo que al principio sí lo creían. Si nos fijamos en las formas en que estaban hablando entre sí dentro de Silicon Valley acerca de sus productos, creo que realmente creían que iban a liberar a la humanidad, revolucionar nuestro mundo, llevarnos a una especie de era totalmente nueva de una plaza pública digital iluminada. Pero el problema es que también se convencieron de que podían hacer sus productos adictivos, deliberadamente adictivos, para maximizar sus beneficios y que estos dos objetivos eran compatibles. Se dijeron a sí mismos que podían revolucionar el mundo y también hacer una enorme cantidad de dinero utilizando todos los trucos que podían para engañarnos y que pasáramos tanto tiempo con sus productos como fuera posible. Realmente creo que ellos confiaban en que podían hacer ambas cosas. Quizá fue porque muchos de ellos eran muy jóvenes. Eran muy idealistas. Estaban rodeados de una especie de bombo de Silicon Valley sobre la naturaleza inherentemente liberadora de la tecnología.

Después hubo un período en el que empezaron a ver las evidencias de que todo eso no era cierto. Empezaron a tener pruebas de que sus productos eran perjudiciales y no estaban haciendo lo que se suponía que iban a hacer. Creo que al principio de esa etapa hubo un cierto nivel de negación al respecto por su parte, estamos hablando de los años de 2011 a 2014, cuando comenzaron a ver los informes de que las personas se estaban radicalizando en las redes sociales, o de que se estaban usando para promover conspiraciones peligrosas, como los antivacunas. Ellos lo sentían como solo unos pocos efectos secundarios de productos que seguían siendo muy buenos para la gente. Pensaban que pasar más tiempo en las redes sociales seguía produciendo un bien neto para la gente. Pero sabemos que en algún punto alrededor de 2016 empezaron a tener pruebas irrefutables de sus propios investigadores, personas que trabajaban para ellos, de que sus productos, tal como están diseñados, son perjudiciales. Que están dañando a la gente a gran escala y que no se trata sólo de unas pocas manzanas podridas o casos extremos. Es difícil saber en qué momento se vieron obligados a admitir que sus productos son perjudiciales y no liberadores. Pero sabemos que están ahí ahora y que están eligiendo no cambiarlo porque no quieren ganar menos dinero del que están ganando.

 ¿Cree que es posible volver a esta etapa inicial o que es necesario un reinicio completo?

Sabemos que tecnológicamente es factible volver. Todo lo que tendrías que hacer es desactivar las funciones que maximizan la capacidad adictiva en las redes sociales. Las prioridades del algoritmo que determina lo que ves y el orden en que lo ves. Tal vez cosas como los contadores de 'me gusta' o los retuits, que sabemos que cambian la forma en que procesas la información y que son muy adictivas, pero también te hacen mucho más propenso a la desinformación de la radicalización. Tenemos investigaciones de cómo estas cosas se vinculan con comportamientos nocivos. Y sabemos que si las apagamos, tendríamos lo bueno de las redes sociales sin lo malo. Silicon Valley quiere que creamos que no se puede tener lo bueno de las redes sociales sin sufrir lo malo, pero eso no es cierto, porque ya tuvimos plataformas que eran mucho más neutrales y mucho menos dañinas. Así que tecnológicamente es factible. La cuestión es cómo hacer que eso ocurra. Y no sé la respuesta, porque desactivar estas funciones sería pedir a las empresas que ganaran menos dinero, algo que simplemente no van a hacer. Si el presidente de YouTube decidiera hacer eso serían despedidos por el jefe de Google. La junta los echaría. Las empresas no lo van a hacer, y el Gobierno de los EEUU tampoco. Nuestro sistema político es demasiado disfuncional ahora mismo como para un reto así.

 Su libro examina muchas consecuencias negativas de las redes, pero quiero preguntarle por una en concreto: el odio. ¿Por qué la gente es tan propensa a odiar en redes? ¿Por qué existe esa necesidad de atacar, de generar sensaciones negativas en otras personas?

Es cierto que es algo universal de estas plataformas, pero no solo por el odio, sino de generar un tipo específico de nosotros contra ellos. Mi tribu odia tu tribu. Creo que la razón es que es algo por lo que nuestros cerebros se sienten naturalmente muy atraídos. No es un instinto que las plataformas de medios sociales crearon, sino algo inherente en nosotros que están explotando. Tiene que ver con el entorno en el que evolucionamos, ya que nuestros cerebros no evolucionaron para ser perfectamente racionales. No evolucionaron para ser perfectos solucionadores de problemas lógicos que ponen la razón pura por encima de todo. Evolucionaron para ayudarnos a prosperar y sobrevivir en un entorno muy, muy específico en el que pasamos millones de años, que eran pequeñas tribus o pequeños grupos de alrededor de 100 a 150 personas que estaban en competencia con otros grupos. Y lo que eso significa es que nuestros cerebros se sienten muy atraídos por las cosas que cargan ese sentido de nuestra identidad con el resto de nuestra tribu, de sentirse amenazado por otra tribu o por algún otro grupo social que es diferente de nosotros. Tenemos la necesidad de reunir a los otros miembros de nuestro grupo para luchar o para destruir completamente este grupo que no nos gusta.

Este antiguo impulso está muy profundo en nuestras mentes. Creo que todos sabemos en cierto sentido que tenemos esa propensión, ¿verdad? Que tenemos esta capacidad de descartar las partes racionales de nuestra mente y volvernos, no sólo emocionales y odiosos, sino de subsumirnos en un grupo de una forma que puede ser realmente violenta y peligrosa. Hemos pasado miles de años tratando de desarrollar normas sociales, leyes y códigos sociales de comportamiento para tratar de controlar estos impulsos negativos. Las redes han aprendido cómo disparar esos impulsos y cómo sacarlos a relucir en nosotros, porque nos hace pasar más tiempo en la plataforma. Así Silicon Valley gana más dinero. Pero es muy, muy perjudicial para nosotros como sociedad.

Ese “ellos contra nosotros” ha tenido un enorme impacto en la política. Se rompen todos los puentes, parece imposible llegar a acuerdos, la polarización es extrema. ¿Cree que es posible salir de esa lógica mientras las redes, tal y como funcionan actualmente, sigan en el centro de la esfera pública?

Es una gran pregunta porque, por supuesto, hay muchas razones por las que estamos más polarizados políticamente que antes. No es solo culpa de las redes sociales y no quiero que suene como “la culpa de todo es de las redes”, pero es evidente que las redes empeoran la situación absolutamente. Si las redes no existieran la polarización política no desaparecería. Pero podemos decir que se reduciría sustancialmente. Esto lo sabemos porque ha habido muchos experimentos que se han hecho en los últimos años, donde los investigadores piden a la gente desactivar las redes sociales, incluso por un corto período de tiempo, sólo unas pocas semanas, y concluyen una y otra vez que hacer eso los hace menos polarizados y menos radicales en temas específicos. Los hace menos extremistas en sus opiniones políticas y más dispuestos al consenso. Así que en un mundo sin redes sociales la polarización política sería sin duda un problema mucho más fácil de resolver.

Hay mucha gente que está muy enfadada con los medios de comunicación por la implicación que han tenido en estos problemas. El clickbait, el ellos contra nosotros, las crónicas de “los zascas”. ¿Cree que han sido un actor más de este fenómeno o que se han visto arrastrados por lo que pasaba en las redes?

Es una buena pregunta. Creo que son ambas cosas. Ciertamente sé que cuando miro hacia atrás, a mis últimos 15 años como periodista, sé que cuando las redes sociales aparecieron por primera vez a principios de los 2000, pensé mucho en cómo promover mis historias en redes. En 2014, junto a algunos amigos, lanzamos una startup de noticias, Vox.com, que no tiene ninguna afiliación con el partido político español...

Lo sé.

Vale [risas]. El caso es que pensamos mucho sobre cómo escribir nuestros titulares. Cómo preparar nuestros mensajes de una manera que ayudara a encontrar una gran audiencia en Facebook y Twitter. Nunca inclinamos la información o cambiamos la información para tratar de complacer a los algoritmos de las redes sociales, pero sí pensamos en cómo presentar la información de forma que funcionara bien en redes. Hoy ya no lo hago porque creo que eso me llevaría en una dirección que no sería buena para mi trabajo. No sería bueno para los lectores. Pero en cuanto a quién tiene la culpa en última instancia, creo que las empresas de redes sabían que lo que estaban haciendo es perjudicial y dañino a una escala tan grande que no siento que sea mi culpa, como periodista, que hayan hecho lo que han hecho.

Por otro lado, las agencias de noticias han sido realmente castigadas por las redes sociales. Ahora todas las principales plataformas son muy explícitas sobre el hecho de que sus algoritmos bajan la visibilidad de las noticias. Ya no quieren estar en el negocio de conectar a la gente con los medios de comunicación, así que han hecho mucho más difícil ser un medio de noticias en las redes sociales. Si la pregunta es: ¿contribuimos, contribuyeron los principales medios de comunicación a los problemas causados por las redes sociales? Mi respuesta sería que nos tomó más tiempo de lo que debería para despertar y ver esos problemas. Pero el hecho de que las empresas de redes sociales ahora nos vean como el enemigo, creo que te dice la respuesta a esa pregunta de si les estamos ayudando o no.

¿Es optimista respecto a iniciativas para regular las redes sociales de EEUU o ola UE? ¿O con acciones como las macrodemandas de los fiscales generales de EEUU?

Creo que hemos aprendido un par de lecciones sobre la regulación en los últimos años. Una de ellas es que las empresas de redes sociales, como ya no fingen ni intentan ser vistas como buenos actores de la democracia, ahora luchan abiertamente contra las regulaciones. Y vimos esto en Australia hace un par de años, cuando Australia trató de aprobar normas que obligan a las redes a pagar a los medios de comunicación por el uso de sus noticias. En respuesta, Facebook cerró todo el acceso a las noticias en la plataforma. El objetivo era perjudicar a la gente y tratar de coaccionar al gobierno australiano para que no aprobara una regulación que habría sido financieramente desventajosa para Facebook. Están haciendo lo mismo ahora en Canadá. Las regulaciones de la Unión Europea creo que han sido muy buenas y muchas de ellas han tenido mucho sentido para mí. Pero creo que hemos visto que no pueden hacer demasiado ante empresas que tienen su sede en los Estados Unidos. La UE puede imponer enormes multas, pero las empresas hacen tanto dinero que no cambia sus incentivos subyacentes de cómo se comportan y lo que hacen. Creo que los reguladores de la UE también saben esto y sienten la sensación de frustración y las limitaciones de su influencia.

Así que creo que realmente, por desgracia, la capacidad de cambiar las cosas se va a reducir a las regulaciones dentro de los Estados Unidos. La buena noticia es que la Comisión Federal de Comercio (FTC) que es el gran organismo regulador federal en los Estados Unidos, está siendo muy agresiva con estas empresas. El problema es que nuestro Congreso, nuestro poder legislativo, está muy dividido en este momento. Acabamos de tener grandes audiencias en Washington sobre el único tema en la regulación de las redes sociales donde hay acuerdo entre las dos partes, que es el daño a los niños. Lo único en lo que los dos partidos están de acuerdo es que tiene que haber una regulación para evitar daño a los niños, pero la disfuncionalidad es tan grande que han sido incapaces de aprobar un proyecto de ley que han estado negociando durante años.

El otro problema con las regulaciones de las agencias como la FTC es que están sujetas a revisión de los tribunales. En este momento hay un montón de jueces que han sido nombrados por la administración Trump que son muy hostiles a la regulación de las redes. Así que incluso si las agencias reguladoras traen estos casos realmente convincentes, se encontraran con esta oposición nombrada por Trump.

 ¿Cree que equiparar las redes sociales con el tabaco, como hacen los fiscales, es una buena metáfora?

Yo la uso todo el tiempo. Creo que es una forma muy útil de ilustrar la naturaleza del producto, que sabemos que es perjudicial. Pero también es muy difícil regularlo en el sentido estricto de que, legalmente, es muy difícil prohibir el tabaco. Los cigarrillos siguen existiendo en nuestra sociedad. Así que la respuesta reguladora a los cigarrillos es multas para impedir los peores abusos de las compañías, hacerlos menos atractivo y establecer un montón de regulaciones para desincentivar que se acceda a ellos. Y prohibirlo en el caso de los niños, porque sabemos que son mucho más susceptibles a los daños. Con las redes sociales pasa exactamente lo mismo. Una de las cosas más eficaces que el mundo hizo para combatir los daños de los cigarrillos fue simplemente crear conciencia de que son perjudiciales y establecer normas sociales en torno a ellos para cambiar comportamientos que hace 30 o 40 años todo el mundo consideraba normales, como fumar en todas partes. Podemos hacer lo mismo con las redes sociales."                  (Carlos del Castillo , eldiario.es, 2 de marzo de 2024)

1/8/23

¿Cómo accedieron Meta y Google a datos fiscales privados? Las empresas de declaración de impuestos han estado compartiendo información confidencial de millones de contribuyentes con Meta y Google; algunas desde hace más de una década... Meta aseguró haber utilizado los datos para dirigir anuncios a los usuarios en sus plataformas y entrenar sus programas de IA

 "Uno podría pensar, o al menos esperar, que los datos confidenciales, como las declaraciones de la renta, se guardan con sumo cuidado. Hace unas semanas, supimos que las empresas de declaración de impuestos han estado compartiendo información confidencial de millones de contribuyentes con Meta y Google; algunas desde hace más de una década.

Las empresas fiscales compartieron los datos a través de píxeles de seguimiento que se utilizan con fines publicitarios, según reveló un informe de investigación del Congreso de EE UU el 12 de julio. Muchas afirman haber eliminado los píxeles, pero no está claro si algunos datos sensibles siguen en poder de estas empresas tecnológicas. Los resultados exponen los importantes riesgos para la privacidad que plantean la publicidad y el intercambio de datos. Por lo tanto, puede que los reguladores hagan algo al respecto.

¿Cuál es la historia?

En noviembre de 2022, Markup publicó una investigación sobre empresas de declaración de impuestos como TaxAct, TaxSlayer y H&R block. Se descubrió que estos sitios enviaban datos a Meta a través de Meta Pixel, un código informático de uso común que a menudo está incrustado en las webs para rastrear a los usuarios. La noticia dio lugar a una investigación del Congreso de EE UU sobre las prácticas sobre los datos de las empresas fiscales. Ese informe, publicado el 12 de julio, mostró que la situación era peor de lo que sugería el informe bomba de Markup.

Las empresas tecnológicas tenían acceso desde 2011 a datos muy confidenciales, como los ingresos de millones de personas, el importe de sus devoluciones de impuestos e incluso su estado de inscripción en programas gubernamentales. Meta aseguró haber utilizado los datos para dirigir anuncios a los usuarios en sus plataformas y entrenar sus programas de IA. Al parecer, Google no utilizó la información para sus propios fines comerciales de manera tan directa como Meta. Aunque tampoco está claro si la empresa utilizó los datos en otros lugares, según explicó un asesor de la senadora Elizabeth Warren a CNN.

 Los expertos afirman que tanto las empresas de declaración de impuestos como las tecnológicas podrían enfrentarse a importantes consecuencias legales, como demandas privadas, desafíos de la Comisión Federal de Comercio (FTC, por sus siglas en inglés) e incluso cargos penales del gobierno federal estadounidense.

¿Qué son los píxeles de seguimiento?

En el epicentro de la controversia se encuentran los píxeles de seguimiento: unos fragmentos de código que muchas webs incrustan para obtener más información sobre el comportamiento de los usuarios. Algunos de los píxeles más utilizados son los de Google, Meta y Bing. Las webs que utilizan estos píxeles para recopilar información sobre sus propios usuarios a menudo acaban compartiendo esos datos con grandes empresas tecnológicas.

Los resultados pueden incluir información sobre dónde hacen clic los usuarios, qué escriben y cuánto tiempo se desplazan. De este tipo de actividades pueden extraerse datos muy sensibles, que se utilizan para orientar la publicidad en función de los intereses del usuario.

Los píxeles permiten que las webs se comuniquen con los servicios de publicidad a través de diferentes páginas y dispositivos, de modo que un proveedor pueda aprender sobre un usuario. Esto es diferente a las cookies, que almacenan información sobre el usuario, su ordenador y su comportamiento en cada web que visita. 

¿Cuáles son los riesgos?

Estos píxeles de seguimiento están por todas partes, y muchos anuncios online se colocan bajo su directriz. Así, contribuyen al modelo económico dominante en internet, que fomenta la recopilación de datos en aras de la publicidad selectiva y la hiperpersonalización online. A menudo, los usuarios no saben que las páginas que visitan tienen píxeles. En el pasado, los defensores de la privacidad han advertido sobre los píxeles que recogen datos de los usuarios sobre el acceso al aborto, por ejemplo.

"Este ecosistema incluye todo, desde recolectores de datos de primera mano, como aplicaciones y webs, hasta todas las herramientas de seguimiento y píxeles integrados, intercambios de publicidad online, corredores de datos y otros elementos tecnológicos que capturan y transmiten datos sobre las personas. Incluidos aquellos datos sensibles sobre salud, finanzas y, a menudo, a terceros", respondió Justin Sherman, investigador principal de la Escuela de Políticas Públicas Sanford de la Universidad de Duke (Carolina del Norte).

"El hilo subyacente es el mismo: los consumidores pueden ser más conscientes de cuántos datos recopila de manera directa una web, app o plataforma, pero la mayoría ignora cuántas empresas operan entre bastidores para recopilar datos similares o incluso más datos cada vez que se conectan", concluyó Sherman"               (Tate Ryan-mosley , MIT, 01 Agosto, 2023)

5/5/23

Kenneth Rogoff : Tal vez algún día recordaremos el espectáculo del interrogatorio al director ejecutivo de TikTok, Shou Zi Chew... Chew ganó puntos al indicar que si el objetivo que se busca prohibiendo TikTok es proteger a los votantes estadounidenses de ser espiados y manipulados, el Congreso debiera diseñar un plan que se ocupe también de los abusos de las plataformas con sede en EE. UU... Parece que todas las plataformas de redes sociales debieran ser reguladas por el gobierno... Desafortunadamente para TikTok, prohibir las empresas de propiedad china es mucho más fácil que regular a los gigantes tecnológicos... La capacidad de los anunciantes para llegar a las audiencias estadounidenses es precisamente lo que otorga valor a las plataformas de redes sociales. Si una plataforma es declarada ilegal, su valor para los anunciantes desaparece... TikTok está dando una buena batalla, pero es posible que la pierda... Si bien hay que atender a las preocupaciones legítimas de seguridad nacional vinculadas con TikTok, la prohibición directa no evitaría que los estadounidenses sean espiados y manipulados. Lamentablemente, también podría confirmar el inicio del fin de la Internet global

  "Tal vez algún día recordaremos el espectáculo del interrogatorio al director ejecutivo de TikTok, Shou Zi Chew, que tuvo lugar el 23 de marzo en el Congreso estadounidense, como un punto de inflexión en la historia de la globalización. Durante más de cinco horas de agresivos cuestionamientos, Chew —que no es chino sino Singapurense— defendió magníficamente el hecho de que su empresa sea China frente a la limitada comprensión del mundo tecnológico que tiene el Congreso.

El gobierno de Biden considera a TikTok como una posible amenaza para la seguridad nacional y desea que la empresa china controlante, ByteDance, venda la plataforma a una empresa estadounidense o enfrente una posible prohibición. Chew, sin embargo, propone que ByteDance mantenga el control mayoritario de TikTok, pero que sus operaciones estadounidenses queden completamente a cargo del gigante tecnológico tejano Oracle, que almacenaría todos los datos de los usuarios estadounidenses en sus servidores y controlaría la manera en que los algoritmos de TikTok recomiendan contenidos. 

Mientras tanto, el gobierno chino afirmó que se opondrá a una venta forzada. Pero la probabilidad de que el «Proyecto Texas» de Chew convenza al Congreso o al presidente Joe Biden parece remota. Los responsables de las políticas estadounidenses no confían demasiado en las intenciones del gobierno chino... por buenos motivos. 

Durante años los hackers chinos, supuestamente con apoyo estatal, han atacado incesantemente al gobierno y a las empresas estadounidenses, desviando billones de dólares de propiedad intelectual. Aunque es difícil obtener números concretos, la omnipresencia de los hackeos chinos encendió las alarmas de los expertos en todo el mundo, especialmente en los países de la ASEAN. 

La ofensiva bipartidista para limitar a TikTok refleja la creciente desconfianza hacia China, una de las poquísimas cosas en que los demócratas y los republicanos coinciden en Washington. Aunque la propia China tiene un «gran cortafuegos» que de hecho bloquea a las plataformas de Internet de propiedad estadounidense, la prohibición propuesta por EE. UU. podría acelerar la tendencia a la desglobalización. 

Pero despotricar contra TikTok puede resultar más fácil que prohibirlo. Con 150 millones de usuarios estadounidenses es una de las aplicaciones más populares en el país. Según se informa, los adultos estadounidenses pasan en promedio 56 minutos diarios en la plataforma. Desde el punto de vista de la política interna, hay una diferencia gigantesca entre la prohibición propuesta para TikTok y la reciente prohibición estadounidense a la venta e importación de equipos de comunicaciones y video de fabricantes chinos como Huawei. 

Además de la multitud de TikTokers que se ganan la vida en la plataforma y se convertirían en víctimas colaterales en caso de una prohibición, la aplicación es extraordinariamente popular entre los votantes de menos de 30 años, y las encuestas indican que casi dos tercios de los jóvenes se oponen a la prohibición. Dado que esa cohorte etaria exhibe una fuerte tendencia demócrata, su oposición podría afectar las chances reelectorales de Biden. La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, que cuenta con el respaldo de los milenials y miembros de la generación Z, ya señaló su rechazo a la prohibición (por supuesto, expresó sus preocupaciones a través de TikTok). 

Chew ciertamente ganó puntos entre los jóvenes. Si el objetivo que se busca prohibiendo TikTok es proteger a los votantes estadounidenses de ser espiados y manipulados, sostuvo, el Congreso debiera entonces diseñar un plan que se ocupe también de los abusos de las plataformas con sede en EE. UU. (a quienes se les hace agua la boca ante la perspectiva de que echen del país a su mayor competidor). 

Después de todo, el escándalo de Cambridge Analytica demostró que la desinformación y las violaciones de Facebook a la privacidad ayudaron en última instancia a que el expresidente estadounidense Donald Trump ganara las elecciones de 2016. Y el psicólogo Robert Epstein sostuvo que el motor de búsqueda de Google manipuló a los votantes en favor de los candidatos demócratas (aunque el impacto cuantitativo de este hecho es discutible).

Chew, entonces, tiene razón. Parece que todas las plataformas de redes sociales debieran ser reguladas por el gobierno. La Comisión Federal de Comercio está considerando una ofensiva contra la vigilancia comercial y las prácticas inseguras de gestión de datos de los gigantes de la tecnología, mientras que posiblemente Twitter —que desde hace mucho constituye un profundo problema como fuente de desinformación y difamación— haya empeorado desde que Elon Musk la compró. 

 Desafortunadamente para TikTok, prohibir las empresas de propiedad china es mucho más fácil que regular a los gigantes tecnológicos. Más allá de su inmensa popularidad, TikTok es tan solo uno de los frentes de la guerra tecnológica actual entre EE. UU. y China, que incluye también esfuerzo por convencer a los aliados estadounidenses de prohibir que Huawei construya su redes 5G, y las recientes restricciones gubernamentales a la venta de semiconductores avanzados a empresas chinas. 

Además, aunque la propuesta del Proyecto Texas de TikTok parece sensata, cuesta creer que a los hackers chinos no les resultaría más fácil robar datos de una plataforma cuya empresa controlante tiene sede en Pekín. La creciente y amarga rivalidad entre EE. UU. y China no deja demasiado margen para un acuerdo que atienda a las preocupaciones de ambos países por la seguridad. Por ejemplo, China podría repensar sus políticas proteccionistas y permitir que las empresas tecnológicas estadounidenses operen en su mercado local, pero eso haría peligrar el férreo control de las autoridades sobre el ecosistema informativo. 

De igual manera, EE. UU. podría exigir que las operaciones estadounidenses de TikTok se vendan con una prima significativa que represente una compensación parcial por lo que el gobierno chino llamó «un robo»; pero aunque esta solución al menos muestra cierto respeto por el derecho internacional, es difícil que consiga apoyo, dado que China nunca pagó a las empresas estadounidenses por la propiedad intelectual que les robó durante años. 

 Quienes quitan importancia al devastador efecto que podría tener la prohibición estadounidense de TikTok no entienden la economía de las redes sociales. La capacidad de los anunciantes para llegar a las audiencias estadounidenses es precisamente lo que otorga valor a las plataformas de redes sociales. Si una plataforma es declarada ilegal, su valor para los anunciantes desaparece. 

Aunque indudablemente algunos usuarios intentarían eludir la prohibición mediante redes privadas virtuales (VPN, por su sigla en inglés), esto podría resultar difícil y no evitaría la pérdida de ingresos por publicidad. TikTok está dando una buena batalla, pero es posible que la pierda. Según se informa, los legisladores estadounidenses están avanzando en sus planes para prohibir la plataforma. 

Si bien hay que atender a las preocupaciones legítimas de seguridad nacional vinculadas con TikTok, la prohibición directa no evitaría que los estadounidenses sean espiados y manipulados. Lamentablemente, también podría confirmar el inicio del fin de la Internet global."          (

10/3/23

Según los tecnooptimistas, una sociedad algorítmica será mucho mejor que cualquier cosa que podamos crear con mercados y burocracia... A diferencia del mercado, un algoritmo puede ver más allá de la demanda remunerada de los ricos y de los costos monetarios impuestos por quienes han conseguido hacerse con los derechos de propiedad. Y a diferencia de la burocracia, una sociedad algorítmica reconocerá que las personas son distintas y no tratará de meterlas a todas en la misma bolsa. Ya no serán los «expertos» quienes decidan qué categoría le corresponde a cada cual. En vez de eso, surgirán en forma espontánea grupos de afinidad, a partir de las preferencias reveladas expresadas por las palabras y acciones de las personas. Se movilizarán los recursos al servicio de cada individuo, aprovechando el poder único de las economías de escala.

 "En mi opinión, el texto de economía política más profundo y sagaz escrito en la década de 2010 no es ni un trabajo de investigación ni una monografía ni un libro en el sentido tradicional. Es un libro electrónico que recoge las opiniones vertidas en un simposio virtual organizado por el blog de política Crooked Timber. Un grupo de académicos e intelectuales convocados por el politólogo Henry Farrell apeló a un nuevo modo de comunicación impresa para comentar el muy interesante libro de Francis Spufford Red Plenty [Abundancia roja].

En Red Plenty, Spufford analiza el asombrosamente fallido intento de la Unión Soviética de usar la burocracia y la matemática para crear una sociedad mejor que la que podía lograrse a través del mercado. Pero cada vez que releo el texto del simposio, me asombra la penetración de los participantes en relación con los dilemas irresolubles que genera la economía de mercado moderna en sí. También me asombra la habilidad con que el simposio usó las nuevas tecnologías para impulsar un cambio cualitativo en el modo de comunicarnos y entender el mundo juntos.

Llevo algún tiempo pensando en estas cuestiones porque hace poco Farrell publicó un nuevo artículo titulado «The Moral Economy of High-Tech Modernism». Farrell y la socióloga Marion Fourcade sostienen que Internet y su progenie (eso que denominan «modernismo de alta tecnología») están provocando en el mundo cambios tan profundos como el ascenso de la economía de mercado y la burocratización de la sociedad bajo el Estado moderno.

Este argumento se relaciona con el fundamento mismo de la sociedad humana. Como individuos separados, los seres humanos somos débiles y desvalidos. Sólo podemos sobrevivir con el conocimiento que obtenemos viviendo dentro de una cultura. Pero para tener una cultura o producir cualquier cosa, necesitamos organizarnos y coordinarnos en una entidad distribuida con inteligencia colectiva. A lo largo de los milenios, hemos tenido en general tres modos diferentes de mantener esa organización.

El primero es la redistribución, donde hay un flujo de información, recursos y productos útiles hacia un nodo concentrador del que vuelven a salir en la forma de asignación de tareas, herramientas, recompensas o apoyo social. El segundo modo es la reciprocidad, donde cada familia se encuentra vinculada con otras en relaciones duraderas de intercambio de obsequios que tienden hacia un equilibrio aproximado. Y como en la mayoría de las sociedades humanas sólo hay seis grados de separación, las necesidades de una unidad cualquiera afectarán las acciones de muchas otras. El tercer modo es la democracia, donde la gente usa el debate y la discusión para alcanzar un consenso aproximado y obtener apoyo mayoritario a un plan acordado.

Por supuesto que cada modo de organización implica un modo de distribución y de legitimación, en respuesta a la pregunta de quién debe recibir una proporción mayor de los bienes (quién debe ser «más igual» que los otros). Con la redistribución, se confiere poder a quien está en el centro del sistema; con la reciprocidad, a quienes cuentan con más recursos y amigos; y con la democracia, a quienes tienen más capacidad de persuasión.

Con la llegada de la modernidad, añadimos dos modos más: la economía de mercado, tal como la organiza la clase empresarial; y la burocracia, tal como la organiza el Estado moderno. El mercado no tiene igual en cuanto herramienta para derivar a la multitud la búsqueda de soluciones a los problemas. Pero en la práctica, sólo llega a satisfacer las demandas de los ricos, asegurando un uso eficiente de aquellas cosas que tienen precio de mercado.

Por su parte, la burocracia tiene un poder y una capacidad únicos para clasificar y estandarizar, lo que le permite ver el panorama completo allí donde un sistema recíproco o uno redistributivo no podrían hacerlo. Pero por supuesto, también puede dar lugar a muchas ineficiencias.

Nuestra poderosa pero muy deficiente y desigual civilización se creó sumando los mercados y la burocracia a los tres modos de organización originales. Pero Farrell y Fourcade advierten que ahora estamos sumando un sexto modo: el algoritmo.

Según los tecnooptimistas, una sociedad algorítmica será mucho mejor que cualquier cosa que podamos crear con mercados y burocracia. A diferencia del mercado, un algoritmo puede ver más allá de la demanda remunerada de los ricos y de los costos monetarios impuestos por quienes han conseguido hacerse con los derechos de propiedad. Y a diferencia de la burocracia, una sociedad algorítmica reconocerá que las personas son distintas y no tratará de meterlas a todas en la misma bolsa.

Ya no serán los «expertos» quienes decidan qué categoría le corresponde a cada cual. En vez de eso, surgirán en forma espontánea grupos de afinidad, a partir de las preferencias reveladas expresadas por las palabras y acciones de las personas. Se movilizarán los recursos al servicio de cada individuo, aprovechando el poder único de las economías de escala.

¿Deberíamos compartir todos esta esperanza? Es verdad que al surgir como nuevo modo de organización, la burocracia eliminó formas tácitas de conocimiento, interrumpió el curso habitual de las vidas de la gente (con toda su complejidad) y encasilló a las personas en categorías que eran útiles ante todo para quienes manejaban los resortes del poder. Por su parte, los mercados introdujeron enormes y costosas externalidades nuevas al priorizar las necesidades de los ricos. Pero ¿hay razones para pensar que una sociedad algorítmica corregirá estas falencias o que no introducirá nuevos y enormes problemas propios?

Para entender lo que está en juego aquí, puede servirnos la idea de pensar «rápido» o pensar «despacio» del Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman. Una sociedad algorítmica solamente servirá a nuestra parte de «pensamiento rápido», la que busca estar siempre enganchada a algo interesante (es decir, emociones fuertes). Así como los mercados atienden a las necesidades de los ricos, los algoritmos atienden a nuestros peores impulsos.

Una sociedad de gente que se lo pasa haciendo clic de enlace en enlace no es lo que uno llamaría una «utopía». Pero me temo que es el lugar al que nos están llevando las tendencias actuales."

(, Professor of Economics at the University of California, Project syndicate, 06/03/23)

2/12/22

Elon Musk ahora es el orgulloso propietario de Twitter. El peligro aquí no es que tengamos un multimillonario truhan entre nosotros, eso ya ha ocurrido antes y volverá a ocurrir, sino que tenga el control de lo que él mismo ha denominado, y con razón, nuestra “plaza central digital”... Musk es el rostro del capitalismo extremo basado en la tecnología del siglo XXI, así como los barones ladrones encarnaron el exuberante y expansivo capitalismo industrial de finales del siglo XIX y principios del XX... Musk ha aprovechado las oportunidades que han surgido en un aparato estatal regulador que se desintegra rápidamente y ha reunido un pequeño ejército de inversionistas y una flota de cabilderos, abogados y admiradores (conocidos como Mosqueteros)... Las empresas de Musk y su fortuna se crearon con subsidios de miles de millones de dólares para su empresa de coches eléctricos, Tesla, y miles de millones más en contratos de la NASA para transportar astronautas estadounidenses al espacio, lanzar satélites y proporcionar servicios de internet de alta velocidad mediante su flota de casi 3000 satélites... Lo que hace a Musk especialmente poderoso y posiblemente más peligroso es su capacidad para promover sus negocios e ideas políticas con un tuit... un Twitter propiedad de Musk y controlado por él permita, en nombre de la libertad de expresión, tuitear información falsa y desinformación ad infinitum, siempre y cuando desacredite a sus opositores políticos y tanto él como sus aliados se vean aclamados y enriquecidos... Elon Musk es un producto de nuestra época... no es el brillante y exitoso empresario por mérito propio que interpreta en los medios. Al contrario, su éxito ha sido impulsado y pagado con el dinero de los contribuyentes y secundado por funcionarios del gobierno que le han permitido ejercer un control cada vez mayor sobre nuestra economía y nuestra política

 "Elon Musk ahora es el orgulloso propietario de Twitter. El peligro aquí no es que tengamos un multimillonario truhan entre nosotros —eso ya ha ocurrido antes y volverá a ocurrir—, sino que tenga el control de lo que él mismo ha denominado, y con razón, nuestra “plaza central digital”.

Musk es el rostro del capitalismo extremo basado en la tecnología del siglo XXI, así como los barones ladrones, quienes construyeron nuestros ferrocarriles, y Andrew Carnegie, quien suministró acero a esos ferrocarriles y a los constructores de las ciudades estadounidenses modernas, encarnaron el exuberante y expansivo capitalismo industrial de finales del siglo XIX y principios del XX.

Musk ha aprovechado las oportunidades que han surgido en un aparato estatal regulador que se desintegra rápidamente y ha reunido un pequeño ejército de inversionistas y una flota de cabilderos, abogados y admiradores (conocidos como Mosqueteros). Ha buscado posicionarse como genio tecnológico que puede romper las reglas, explotar y extirpar a quienes trabajan para él, ridiculizar a quienes se interponen en su camino y hacer lo que quiere con su riqueza porque beneficia a la humanidad. Rescatará el planeta con sus autos eléctricos y salvará a Ucrania con sus sistemas de satélites, pero para hacer estas buenas acciones debe ser liberado de las interferencias del gobierno.

Durante más de dos siglos, magnates estadounidenses como Musk han transformado nuestra economía y nuestra vida cotidiana (y se han enriquecido) mediante una estrategia ganadora en colaboración con los gobiernos. Solicitaron y recibieron de esos gobiernos enormes subsidios y protección, pero con la exigencia de que los dejaran en paz para manejar sus negocios a su antojo. Los barones ladrones de los ferrocarriles construyeron sus fortunas con terrenos suministrados por el gobierno donde colocaron sus vías y luego cobraron subvenciones del gobierno por cada kilómetro construido.

Carnegie y los barones del acero eligieron a legisladores y presidentes republicanos que se comprometieron a proteger los beneficios de sus empresas imponiendo altos aranceles a los competidores extranjeros. 

Las empresas de Musk y su fortuna se crearon con subsidios de miles de millones de dólares para su empresa de coches eléctricos, Tesla, y miles de millones más en contratos de la NASA para transportar astronautas estadounidenses al espacio, lanzar satélites y proporcionar servicios de internet de alta velocidad mediante su flota de casi 3000 satélites.

 Lo que hace a Musk especialmente poderoso y posiblemente más peligroso que los magnates de la era industrial es su capacidad para promover sus negocios e ideas políticas con un tuit. El efecto de esas comunicaciones instantáneas se ve reforzado por su sólida comprensión de la dinámica de los medios y del mercado en esta era de acciones meme, trading intradiario, comunicaciones instantáneas, información falsa y desinformación.

Carnegie nunca volvió públicas sus empresas porque no quería estar sujeto a inversionistas externos, a influencias ni a las condiciones del mercado. Musk ha hecho lo contrario. Su riqueza no deriva de las fábricas que ha construido, los productos que vende o los bienes inmuebles que ha adquirido, sino de los miles de millones de dólares en acciones de Tesla, SpaceX, empresas de criptomonedas y Twitter que posee.

En agosto de 2018, tuiteó que estaba considerando volver privada a Tesla a 420 dólares por acción. La Comisión de Bolsa y Valores dijo que los “tuits engañosos” de Musk causaron que el precio de las acciones de Tesla aumentaran más del seis por ciento y lo castigaron con cargos por fraude de valores. Después aceptó renunciar al puesto de presidente de Tesla y pagar una multa de 20 millones de dólares. Tesla pagó 20 millones de dólares más.

 El patriarca de la familia Kennedy, Joseph P. Kennedy, siempre fue experto en manipular los precios de las acciones, pero, como primer presidente de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC, por su sigla en inglés), temía que el capitalismo nunca se recuperara de la Gran Depresión si los manipuladores y defraudadores eran libres de hacer lo que quisieran. Bajo el mandato de Kennedy, la comisión prohibió muchas de las prácticas que él había explotado para hacer su fortuna, incluyendo la venta al descubierto con información privilegiada.

Musk no tiene esos temores ni esos escrúpulos. Como señaló The Economist en abril, Musk “promueve la idea de que las reglas normales de la inversión no son aplicables. Describe a los guardianes de la competencia leal —reguladores y consejos— como enemigos mezquinos del progreso”. Llama a los funcionarios de la SEC “esos bastardos”.

La probable consecuencia de que Twitter sea ahora propiedad de Musk será una disrupción tanto política como económica. Al declarar que pretende permitir que Donald Trump regrese a la red social, ha dejado clara su oposición a la vigilancia de la información falsa y la desinformación política. Se ha autoproclamado un “absolutista de la libertad de expresión” y ha repetido varias veces que se opone a la censura y la limitará, y que es probable que relaje las reglas de moderación de contenido.

No es poco razonable esperar que un Twitter propiedad de Musk y controlado por él permita, en nombre de la libertad de expresión, tuitear información falsa y desinformación ad infinitum, siempre y cuando desacredite a sus opositores políticos y tanto él como sus aliados se vean aclamados y enriquecidos.

 Musk tiene razón en que debe honrarse y protegerse la “libertad de expresión”. Pero ¿no es hora de que, como pueblo y nación, entablemos un debate público amplio e inclusivo sobre cuándo y cómo la libertad de expresión puede crear “un peligro claro y presente” —como escribió el juez Oliver Wendell Holmes Jr. hace un siglo— y si necesitamos que el gobierno encuentre una manera, a través de la ley, la regulación o la persuasión, de evitar que esto ocurra?

Elon Musk es un producto de su época, pero también de la nuestra. En lugar de debatir o burlarse de su influencia, debemos reconocer que no es el brillante y exitoso empresario por mérito propio que interpreta en los medios de comunicación. Por el contrario, su éxito ha sido impulsado y pagado con el dinero de los contribuyentes y secundado por funcionarios del gobierno que les han permitido a él y a otros empresarios multimillonarios ejercer un control cada vez mayor sobre nuestra economía y nuestra política."                      

(David Nasaw es profesor emérito de historia en el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, The New York Times, 01/11/22)

9/8/22

El diseño de una red como Twitter favorece el enfrentamiento y el conflicto... comer o no carne, reciclar o no, llevar la mascota al veterinario o no, y hasta encender el aire acondicionado se ha convertido en una cuestión moral que puede provocar la sanción social. Para ir repartiendo sanciones y poniéndose medallas se necesitan las redes sociales. Y todo eso lleva incluida la ira contra el díscolo... podemos decir que las redes sociales hacen negocio con nuestra indignación moral igual que las webs de pornografía hacen negocio con nuestra sexualidad: se aprovechan de una tecla de la naturaleza humana

 "El flamante nuevo director de The New York Times, Joe Kahn, que tomó posesión de su nuevo cargo el pasado mes de junio ha recomendado a sus periodistas que no usen Twitter “demasiado”. Así lo explicaba en una entrevista en el diario ABC: “no queremos que la gente se tome Twitter como si representara a la audiencia, que es mucho más amplia y rica. Deberíamos estar siempre dispuestos a escuchar las críticas, pero en las redes sociales no son tan útiles y tampoco son representativas. Queremos que los periodistas sigan su misión periodística al margen de las redes”. Según Kahn, la recomendación “es un mensaje para que los periodistas se centren en lo importante. Twitter genera debates muy tóxicos y no deberíamos utilizarlo como una especie de barómetro de lo que es bueno y lo que no”. 

Ya son muchos los especialistas que llaman la atención sobre la estrecha relación entre las redes sociales -y especialmente Twitter- y la ira. O más bien, la explotación de la ira como gancho para conseguir usuarios y actividad en las redes. Toda la vida existieron los cotilleos, primero en las sociedades, y después en la prensa que descubrió que las emociones disparaban las audiencias. Ahora las redes saben que los contenidos que incorporan emociones morales, y en especial la ira, generan más likes, más retuits y, por tanto, más caja. La neurocientífica estadounidense Molly Crockett, especialista en estudiar la moralidad, señala que las redes sociales son superestímulos para la indignación moral y la disparan por encima de lo que sucede en la vida real, sobre todo en Twitter. 

El psiquiatra Pablo Malo, en su obra “Los peligros de la moralidad” explica que para expresar la indignación moral contra alguien, en la vida real hay que enfrentarse cara a cara con los malos o incluso llegar a la agresión física, lo que implica riesgos. Pero en el mundo digital se puede expresar la ira tecleando una frase en un momento desde la comodidad de nuestra habitación. No somos igual de beligerantes con el que nos indignamos si viaja con nosotros en el metro, que el que nos indigna cuando estamos frente al ordenador. De ahí que el umbral para expresar la ira es mucho más bajo en el mundo digital. Todos conocemos algún amigo, usuario de Twitter, que, en persona, es mucho más sereno y conciliador que en sus tuits. 

Y es que, según Malo, “el diseño de una red como Twitter favorece el enfrentamiento y el conflicto”. Por eso ya va siendo habitual en Twitter impedir que los usuarios puedan responder a tus tuits, bloquear masivamente o denunciar a algunos usuarios que insultan o amenazan. Si a ello le añadimos la capacidad que tiene la red social para descontextualizar y manipular, entenderemos que el director de New York Times pida a sus periodistas que no tenga mucho en consideración Twitter. 

Ingenuo, Pablo Malo plantea que los ingenieros de las redes deberían “buscar diseños que favorezcan el diálogo sin acaloramiento y la cooperación constructiva en las conversaciones y debates”. 

Le llamo ingenuo por dos motivos que, creo, hacen imposible que eso suceda. En primer lugar porque, como también analiza en su libro, hemos llegado a una sociedad hipermoral donde necesitamos potenciar todos nuestros instintos y actitudes destinadas a lograr la aceptación grupal y, al mismo tiempo, la sanción contra el no aceptado. Es decir, una sociedad del postureo meritorio/castigador. Ahora comer o no carne, reciclar o no, llevar la mascota al veterinario o no, y hasta encender el aire acondicionado se ha convertido en una cuestión moral que puede provocar la sanción social. Para ir repartiendo sanciones y poniéndose medallas se necesitan las redes sociales. Y todo eso lleva incluida la ira contra el díscolo. 

Por otro lado, como también afirma Molly Crockett, “en cierta manera podemos decir que las redes sociales hacen negocio con nuestra indignación moral igual que las webs de pornografía hacen negocio con nuestra sexualidad: se aprovechan de una tecla de la naturaleza humana”.

Visto lo visto, uno diría que las redes sociales, por su diseño y por su negocio, se han mostrado no solo como un obstáculo para el buen periodismo, sino también como un grave problema para la convivencia. Y no parece que ninguna autoridad esté dispuesta a ponerle el cascabel gato. "                 (Pascual serrano, eldiario.es, 30/07/22)

8/7/22

La censura de YouTube es una amenaza para la izquierda

 "«Hay algo raro que ocurre con los números en ciertos temas». Rania Khalek se acuerda de todas las veces en que YouTube pareció fastidiarla. Hubo una ocasión en la que Khalek, presentadora de Dispatches from the Underclass en Breakthrough News, una organización de medios de comunicación online de izquierda, contó con el historiador Vijay Prashad para discutir cómo la guerra en Ucrania estaba remodelando el orden global. La retransmisión en directo fue un éxito para el canal de noticias políticas sin ánimo de lucro —«Creo que fue la más vista que hemos tenido nunca en una retransmisión en directo», dice Khalek—, pero al día siguiente los miles de visitas por hora que había recibido se redujeron drásticamente.

No fue la única vez. Tras observar que toda la cobertura del canal sobre la guerra en Etiopía funcionaba especialmente bien, Breakthrough viajó allí para producir una serie de reportajes, visitando las zonas de guerra y hablando con la población local. «El primer par de reportajes funcionó bien, pero de repente hubo un gran bajón», recuerda. «O toda nuestra audiencia etíope desapareció por completo, o algo raro está ocurriendo». Una historia similar, dice, con su trabajo sobre temas relacionados con Palestina.

Las cosas no eran así normalmente en la plataforma. «Cuando un vídeo obtiene un cierto número de visitas en la primera hora, te haces una idea de lo bien que le va a ir durante la semana», dice. «Pero a veces, un vídeo tiene un rendimiento increíble en la primera o segunda hora, y luego baja».

Khalek es sólo una de las muchas figuras mediáticas de izquierdas que se han visto afectadas negativamente por las políticas de moderación de contenidos de la plataforma. Supresión, desmonetización, eliminación directa de contenidos: a medida que ha crecido el impulso de la censura tecnológica, aparentemente para apuntar a la «desinformación» y al extremismo en línea, los medios de comunicación independientes de izquierda han sufrido todo esto y más, atrapados en la red expansiva que los censores de YouTube, demasiado entusiastas, con exceso de trabajo o automatizados, han lanzado sobre el contenido de sus plataformas.

 

Postes en la máquina

Jordan Chariton conoce las políticas de «moderación de contenidos» de YouTube. El fundador y presentador del outlet independiente Status Coup ha visto cómo sus vídeos han sido eliminados y suprimidos en serie por la plataforma desde que lanzó el outlet en 2018, un patrón que, según él, se está intensificando.

«Creo que la supresión ha empeorado y la censura ha empeorado, específicamente después del 6 de enero y de COVID», dice.

Incluso antes de los disturbios en el Capitolio, dice Chariton, YouTube había retirado siete u ocho vídeos de él mismo o de su camarógrafo entrevistando a los partidarios de Trump y rebatiendo sus delirios de «Stop the Steal». Entonces, el 6 de enero, el videógrafo Jon Farina fue a DC para filmar una transmisión en vivo de la protesta del día para Status Coup, que resultó ser un gran triunfo. El número de espectadores en directo alcanzó los treinta mil, un récord para el medio, y, habiendo capturado lo que se convertiría en un clip icónico de un oficial de policía del Capitolio siendo atascado contra una puerta por los manifestantes, Status Coup licenció sus imágenes a un conjunto de medios de comunicación nacionales y extranjeros, incluyendo ABC, CNN y NBC, que, como Chariton le dijo a Matt Taibbi, utilizaron las imágenes y los recuerdos de Farina como base para su propia cobertura. Menos de un mes después, desapareció.

El material violaba la «política de spam, prácticas engañosas y estafas» de YouTube, según informó la plataforma a Chariton, recordándole que «no se permite el contenido que avance afirmaciones falsas de que el fraude generalizado, los errores o los fallos cambiaron el resultado de las elecciones presidenciales de EE.UU. en 2020».

«Para colmo de males, los puntos de venta a los que concedimos la licencia pudieron colgarlo en YouTube sin problemas», dice Chariton. En abril de 2021, calculó que YouTube había retirado hasta diez vídeos de Status Coup de entrevistadores rebatiendo las afirmaciones de los partidarios de Trump sobre las elecciones, y les advirtió de que una nueva infracción les llevaría a una prohibición de una semana. «Sinceramente, no sé cuánto tiempo más podrá sobrevivir Status Coup», tuiteó entonces, con las vistas y el crecimiento de suscriptores cayendo en picado.

«Parece que se trata de un algoritmo robotizado que no sabe distinguir entre desmentir mentiras y avanzar en ellas», afirma.

Status Coup fue víctima de un cambio tardío en la política de la plataforma tecnológica, propiedad de Google, después de que YouTube recibiera fuertes críticas por no seguir el ejemplo de Twitter y Facebook a la hora de limitar el alcance de los contenidos que cuestionan el resultado de las elecciones. Ryan Grim, de The Intercept, se enfrentó al mismo problema cuando era el copresentador progresista designado de Rising, el programa matutino de política de The Hill, que fue suspendido en la plataforma por reproducir clips de dos discursos de Trump sin que los presentadores identificaran explícitamente que contenían afirmaciones falsas sobre las elecciones, incluso cuando se referían a Trump como un «loco».

«El propio algoritmo de YouTube ha creado todo un movimiento que cree en falsas teorías de la conspiración, pero si entrevistas a las personas reales que han envenenado, te opones y publicas las entrevistas, te quitan el canal», tuiteó más tarde Grim. No es ni mucho menos una práctica nueva de YouTube, que una vez retiró un vídeo que criticaba el revisionismo del Holocausto porque confundió el escrutinio del concepto con la promoción. Peor aún, ni siquiera fue eficaz: la creencia de que las elecciones de 2020 fueron robadas en realidad creció y se extendió a medida que YouTube y otras plataformas intensificaron sus esfuerzos de censura, probablemente porque, como concluyó el Centro Berkman Klein para Internet y la Sociedad, la campaña de desinformación sobre las elecciones de 2020 fue «dirigida en gran medida por las élites políticas y los medios de comunicación».

Pero la desinformación electoral no es el único tema al que parece dirigirse YouTube.

«Cuando hago algo con Amazon en el titular en un livestream, generalmente no supera los doscientos espectadores en directo, mientras que otros temas están entre los doscientos cincuenta y los cuatrocientos», dice Chariton. Cuando los espectadores se suscriben a un canal, se supone que reciben una notificación hasta tres veces al día cada vez que hay un nuevo vídeo o livestream, algo que los administradores del canal pueden ver en su extremo. Así es como Chariton sabe que YouTube ha tomado la costumbre de no enviar notificaciones sobre los vídeos de Amazon, Flint y el fundador de WikiLeaks, Julian Assange.

The Serfs, un podcast de comedia que cubre las noticias políticas desde una perspectiva de izquierdas, vio cómo sus dos canales de YouTube eran eliminados sumariamente sin una huelga o advertencia, la primera vez sobre esa misma base de estafas y malas prácticas, y más tarde, por acusaciones de «acoso, amenazas y ciberacoso». En otro incidente, cuando el podcast hizo un sketch sobre Mark Randazza, un abogado defensor de la libertad de expresión que representa a supremacistas blancos y otras figuras de extrema derecha, miles de usuarios lo marcaron al instante como discurso de odio.

«Las dos veces [que se retiraron los canales] fueron por lo que sospecho que fueron campañas de marcaje masivo», dice Lance, el presentador de The Serfs, y YouTube señala los vídeos de Serfs que apuntan a Joe Rogan, al YouTuber PewDiePie y al ex alumno de Infowars Paul Joseph Watson. «Por lo demás, es la muy habitual desmonetización que supone discutir cualquier cosa relacionada con LGBTQIA+».

Voces autorizadas

Al igual que con todas las plataformas tecnológicas, el régimen de censura de YouTube —o «moderación de contenidos», como lo llaman eufemísticamente sus defensores— se intensificó realmente en 2016 y después. A medida que los políticos y los medios de comunicación liberales recurrían cada vez más a la desinformación en línea para explicar las elecciones de 2016 y otras conmociones políticas, una serie de escándalos sobre contenidos infantiles extremistas e inapropiados produjeron una serie de revueltas de anunciantes denominadas «Adpocalypse». En respuesta, YouTube emitió una amplia orden de desmonetización contra todo el contenido «no apto para anunciantes», una categoría que incluía «temas controvertidos» y «eventos sensibles». Los canales de noticias y de política sufrieron un golpe inmediato.

«Pasé de ganar un dinero decente a ganar cero dólares y cero centavos de la noche a la mañana», ha declarado Kyle Kulinski, presentador del programa de entrevistas políticas de izquierdas Secular Talk.

Siguieron más escándalos sobre el discurso de odio y el extremismo, y YouTube intensificó su programa de censura en respuesta. En 2019, lanzó una política de promoción de lo que llamó «voces autorizadas» en la plataforma, que el jefe de producto Neal Mohan definió como «fuentes de noticias que tienen un historial de credibilidad y relevancia», una publicación en el blog de YouTube que señala a CNN y Fox como ejemplos. La consejera delegada Susan Wojcicki señaló igualmente «cualquier cosa que vaya en contra de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud» como ejemplo de lo que se eliminaría, una categoría que, en varias ocasiones, habría incluido otras voces autorizadas, como los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.

El resultado es un sistema de censura de dos niveles, confuso y opaco, en el que los medios pequeños e independientes tienen pocos recursos cuando se producen errores, lo que, como ha reconocido el propio YouTube, ocurre con regularidad.

Al haber pasado del programa Hill’s Rising al programa Breaking Points, financiado por los oyentes, Krystal Ball vio de primera mano cómo funciona esta dinámica. Ball agradece que ella y el copresentador Saagar Enjeti hayan podido «jugar en el cajón de arena del Capitolio” y aprender qué temas se desmonetizan y cuáles no, dice, lo que informó su decisión de optar por un modelo de negocio basado en los suscriptores. Pero la diferencia de trato desde que se independizó es palpable.

«Saagar y yo hacemos lo mismo que la Colina, en general nuestras opiniones son más o menos las mismas o incluso más altas, pero ya no recibimos los segmentos súper virales que antes», dice. «Si eres un periodista independiente y no tienes esa credencial de ‘fuente confiable’, te golpean. Lo negarán, pero hemos visto con nuestra propia experiencia la forma en que el contenido va en una dirección frente a cuando estás bajo el paraguas corporativo».

Los moderadores «te dan una explicación vaga o general» de por qué se ha censurado un vídeo, dice, mientras que el funcionamiento del algoritmo sólo se puede discernir con la experiencia. Ocasionalmente, obtendrán más información de un contacto directo que tengan en YouTube. Pero incluso eso es más que la mayoría de los canales independientes de la plataforma.

«Los controles y equilibrios para los canales más pequeños son abismales», dice Lance, de The Serfs. «Los canales con millones de suscriptores tienen representantes reales con los que pueden contactar. Pero si eres un pequeño izquierdista con quinientos suscriptores, lo más probable es que tu canal sea retirado simplemente si recibe unos cientos de informes porque alguien publicó un enlace en 4chan».

«Se limitan a citar la huelga y a decir que es desinformación electoral», dice Chariton. «No te dicen dónde estaba en el vídeo, qué se decía. Eso es casi censura en la sombra».

Cuando hablamos, Chariton había recurrido recientemente con éxito un «strike” dictado por los moderadores. Pero a los creadores de contenidos sólo se les concede una apelación. E incluso ese, sospecha, sólo ganó porque levantó un escándalo en Twitter, respaldado por otros nombres de la izquierda como Ball y Grim.

Los Serfs no tuvieron tanta suerte. Cuando publicaron un vídeo cómico en la manifestación de camioneros en Vancouver a principios de este año, donde Lance dice que «gritaron un montón de tonterías”, «cosas como: ‘Justin Trudeau está poniendo su semen en el suministro de agua. No te bebas su semen’», dice. El programa fue eliminado definitivamente de su canal por ser información médica errónea, y su apelación fue rechazada. Y aunque los grandes canales que tuvieron la oportunidad de construir su audiencia y establecerse antes de los cambios de YouTube después de 2016 podrían ser capaces de capear estos problemas, todo tiene un efecto escalofriante en los puntos de venta más pequeños y nuevos.

«A veces tengo que detenerme en historias que antes no habría detenido», dice Chariton. «Ni siquiera sabes qué es lo que puedes decir o hacer que puede violar los términos de YouTube». Debido a que el algoritmo parece enterrar la información real sobre el terreno —lo que Status Coup se enorgullece de hacer— Chariton dice que se ha encontrado con que tiene que «hacer cosas más tópicas y llamativas para que la gente entre por la puerta».

«Es mucho más difícil para las nuevas voces independientes”, dice Ball. «Hay un montón de voces maravillosas e inteligentes que pueden ofrecer un nuevo desafío al sistema y que simplemente nunca serán escuchadas».

Es hora de preocuparse

Hoy en día, la izquierda tiende a despreciar el tema de la censura tecnológica. Sacar a relucir este tipo de preocupaciones es muy probable que provoque apatía, si no un apoyo total a la política. Después de todo, la respuesta típica es que los centros de poder van a censurar inevitablemente a la izquierda pase lo que pase; así que, ¿por qué no seguir la corriente y al menos eliminar algunas voces nocivas de la extrema derecha en el proceso?

Pero la gente con la que hablé veía las cosas de otra manera. «Lo que acaba ocurriendo es que, aunque los gigantes de la tecnología supriman a la extrema derecha, la izquierda no tiene dinero detrás, y la derecha sí. Pueden crear su propia plataforma», dice Khalek. «Entiendo la inclinación, pero no vivimos en un país donde la izquierda manda. Vivimos en un país donde todo en Internet es propiedad de multimillonarios».

Chariton cambió de opinión sobre este mismo tema después de experimentar de primera mano los peligros de los esfuerzos de censura de las empresas. Después de pedir que los medios de comunicación que promovieran la campaña «Stop the Steal» de Trump fueran retirados del aire a raíz del 6 de enero, Chariton renunció al tuit un mes después, tras sus propias peleas con los censores de YouTube por sus imágenes del evento. Las corporaciones que controlan la prensa estadounidense, escribió, estaban ahora trabajando con Silicon Valley para purgar los pocos medios independientes de izquierda que existían.

«Una de las grandes razones por las que me he mantenido en la crisis de Flint durante años es porque los medios de comunicación dominantes han impulsado la mentira de que ya se ha acabado. He estado allí más de veinte veces y no es cierto», dice. «Una de las razones por las que los medios de comunicación dominantes son capaces de declarar narrativas es porque los medios independientes no tienen micrófono. Y cuando los medios independientes son censurados, sólo tienes un montón de ovejas».

«Es peligroso creer en una política que desafía al poder», dice Ball. «La izquierda será golpeada más consistentemente porque desafía más consistentemente al poder».

De hecho, los creadores de contenidos de derechas siguen prosperando en YouTube y otras plataformas tecnológicas, e incluso son favorecidos por ellas, y han recurrido a dinero de capital riesgo para poner en marcha sus propias plataformas libres de censura, como la competidora de YouTube, Rumble. Fuera de Internet, la derecha tiene ahora el mayor propietario de emisoras de televisión locales del país, y al menos tres redes de cable distintas, incluyendo, a través de Fox, varios de los programas de mayor audiencia en las noticias por cable.

También es imposible no notar que, a pesar de un régimen de censura en línea que ha aumentado radicalmente desde 2016, los problemas de desinformación y extremismo político parecen haber empeorado. Tampoco ha disminuido la creencia del público estadounidense en una variedad de falsedades. La censura tecnológica, al parecer, ha demostrado ser una solución inadecuada para los mismos problemas que justifican su existencia. Y para la izquierda, puede reflejar o incluso estar contribuyendo a un desorden posterior a 2020 que ha ayudado a alimentar una desilusión con la labor de persuasión y construcción de coaliciones.

«Creo que tenemos que creer en la democracia y tener confianza en que podemos participar, en que podemos debatir y en que nuestros argumentos son lo suficientemente fuertes como para ganar el día», dice Ball. «En el momento en que se va por el camino de pensar que el problema son las personas individuales que necesitan ser silenciadas en lugar de los grandes sistemas que necesitan ser reformados, se hace imposible la solidaridad y la acción colectiva». «Es una forma de antipolítica», concluye."          ( , JACOBIN, 06/07/22)