Mostrando entradas con la etiqueta Economía: deuda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Economía: deuda. Mostrar todas las entradas

14/11/23

La escasez artificial de bienes esenciales y dinero creadas por el sistema actual es ineficiente y depredador... un Estado que emite su propia moneda no convertible y no tiene deuda denominada en moneda extranjera nunca se enfrenta a una restricción financiera (o de oferta monetaria) en sus gastos. Solo existe una restricción real (de demanda monetaria) para el gasto público, y esa es la capacidad productiva de la economía, incluyendo límites sociales y ecológicos a la producción (Juan Laborda)

 "El actual sistema de gobernanza imperante en las democracias occidentales está completamente agotado. Bajo la promesa de libertad solo ha generado un aumento descomunal de la desigualdad, a través de una extracción continuada de rentas, tanto al factor trabajo como al capital productivo. Dicha vorágine extractivista se instrumentaliza a través de la monetización de toda actividad humana, devorando incluso todo aquello que se encuentra recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hoy todo se deja al libre albedrío del mercado –vivienda, alimentos, energía, luz, agua, pensiones, …- vía ese dulce y venenoso elixir que va inoculando la financiarización. Las consecuencias ya las conocemos: desigualdad, ineficiencia, cambio climático, auge de los fascismos…

Para ello sin duda se han creado dos escaseces ficticias. La primera, la escasez artificial de bienes esenciales. Bajo el actual sistema de gobernanza neoliberal, determinados bienes esenciales (vivienda, atención médica, transporte, alimentos, etc.) se convierten en mercancías y el acceso se regula a través de precios de mercado que a menudo son muy altos. La escasez artificial de bienes esenciales crea dependencias de crecimiento: si las mejoras en la productividad (o recesiones) conducen al desempleo, las personas sufren la pérdida de acceso a bienes esenciales y se necesita crecimiento para crear nuevos empleos y resolver la crisis social. Esta dinámica explica por qué, a pesar de los altos niveles de producción y uso de recursos en el capitalismo, muchas necesidades básicas siguen sin satisfacerse, incluso en países de altos ingresos. El capitalismo, bajo el actual sistema de gobernanza, es profundamente ineficiente y depredador.

Un enfoque alternativo debe abogar por la creación de servicios públicos universales y democráticos que ponga fin de manera permanente a la escasez artificial de satisfactores de necesidades clave. A la vez se debe incorporar una garantía de empleo público tendente a eliminar el desempleo involuntario y movilizar la mano de obra que permita lograr objetivos social y ecológicamente necesarios. Este enfoque garantiza un acceso seguro a medios de vida y bienes esenciales independientemente de las fluctuaciones en la producción agregada, desvinculando así el bienestar humano del crecimiento y haciendo posible reducir de manera justa y estable formas de producción destructivas y menos necesarias.

La falsa escasez del dinero

La segunda escasez ficticia, presente en el subconsciente de la mayoría de los economistas, es la falsa escasez de dinero. Tras la ruptura de Bretton Woods en 1971, la mayoría de gobiernos empezaron a emitir sus monedas mediante decretos legislativos bajo un tipo de cambio flotante. Un tipo de cambio flexible liberaba a la política monetaria de tener que defender una paridad fija. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria se podían concentrar en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo.

Los gobiernos que emiten sus propias monedas ya no tienen que financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se derivaba de la lógica del patrón oro y no era aplicable a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Cualquier país que emita deuda sólo en su propia moneda y tenga un tipo de cambio flotante es monetariamente soberano y jamás se puede quedar sin dinero. Sin embargo, bajo el capitalismo neoliberal, la continua apropiación y mercantilización de los sistemas de provisión social se ha extendido a la institución del dinero.

El Estado tiene la capacidad de crear dinero y gobernar el sistema monetario para movilizar la producción en función de objetivos sociales democráticamente ratificados. Sin embargo, este poder se ha asignado en gran medida a los bancos comerciales, con la inversión dominada por grandes empresas financieras y gestores de activos, mientras que los bancos centrales, aparentemente independientes, trabajan para estabilizar los mercados financieros privados y asegurar un proceso fluido de acumulación de capital.

Esta disposición del sistema monetario oculta la naturaleza sociopolítica del dinero, en consonancia con el proyecto neoliberal de “desencantar la política sustituyéndola por la economía”. En realidad, el dinero y las relaciones de deuda son procesos sociales que están insertos en, y refuerzan, las jerarquías y estructuras de poder existentes. El sistema monetario está políticamente y legalmente construido, ha funcionado de manera diferente en el pasado y funcionará de manera diferente en el futuro.

Cualquier instrumento de deuda funciona como dinero solo si es convertible a la par en las obligaciones del Estado. El dinero es una criatura del Estado. Dado que los bancos centrales son los únicos actores en el sistema monetario que no están sujetos a restricciones de liquidez, todos los demás emisores de crédito deben depender de la garantía de respaldo de los bancos centrales para que sus pasivos sean reconocidos como dinero. El Estado sigue siendo, por lo tanto, el garante de la validez del dinero y el funcionamiento del sistema monetario, y, por lo tanto, determina en última instancia qué se considera dinero. Como resultado, un Estado con soberanía monetaria siempre puede garantizar que sus pasivos sean aceptados como dinero. Es decir, puede permitirse pagar cualquier cosa que los trabajadores, los recursos y la tecnología disponibles en la economía nacional realmente puedan hacer.

En realidad, el Estado crea dinero cuando gasta. Los agentes privados se ven motivados a usar el dinero denominado en la unidad de cuenta determinada por el estado debido al marco legal e institucional impuesto por el Estado, que incluye el sistema de pagos, tarifas, multas y tributación. Cuando las empresas y los hogares pagan impuestos, la cuenta del estado se acredita de nuevo, lo que destruye efectivamente el dinero que inicialmente se había creado. En definitiva, un Estado que emite su propia moneda no convertible y no tiene deuda denominada en moneda extranjera nunca se enfrenta a una restricción financiera (o de oferta monetaria) en sus gastos. Solo existe una restricción real (de demanda monetaria) para el gasto público, y esa es la capacidad productiva de la economía (incluyendo límites sociales y ecológicos a la producción)."                 (Juan Laborda , El Salto, 11 nov 2023 )

3/2/23

Defensa del proteccionismo

 "Según Francis Marmande («La dure loi du marché», Revista «Ligues», París 1993), «el ideal del mercado es el mercado negro. (Este último) no es ni la desviación, ni la versión paralela del mercado a cielo abierto, sino la verdad, la purificación, la exaltación de la ley de la oferta y la demanda… La violación es la versión acelerada del mercado. La pólvora su símbolo, por excelencia, de rentabilidad».

En base a esta idea nació el capitalismo; hoy, doscientos cincuenta años después, sigue prosperando como sistema. Es, como ha dicho Ernest Mandel, la era del «Triunfal-capitalismo».

Pero el «Dios Mercado» ha sido en todo momento el eje de una historia que mezcla tragedia y progreso. Asi, Max Gallo, en su magnífico libro  Manifiesto sobre un oscuro fin de siglo, expone las consecuencias sociales de ese capitalismo liberal de la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del presente:

«Miseria obrera, fisiológica y moral; degradación de las condiciones de vida en los primeros decenios de la vida industrial; trabajo de los niños; enfermedades profesionales y accidentes de trabajo; hombres tratados como objetos desechables después de su uso; mujeres reducidas a la prostitución y al alcoholismo; ¿quién hará el recuento de las decenas de millones de vidas humilladas, saqueadas, destruidas, que el capitalismo -antes de que se organizase la resistencia obrera- arrojó a los altos hornos de  su crecimiento y enterró en los pozos mineros de sus crisis.»

Luego vinieron las luchas obreras, las Internacionales, los luchadores sindicalistas, socialistas y comunistas; y las reivindicaciones básicas: jornadas más cortas, vacaciones, salarios más dignos, desempleo, seguridad social, educación y sanidad, jubilación, conseguidas al precio de infinitas luchas sindicales, de la Revolución de Octubre, y del miedo al comunista “con el cuchillo entre los dientes.” Y también, para ser ecuánimes, gracias a un progreso tecnológico que, al llevar a la producción en masa de bienes, obligaba, necesariamente, a repartir medios de compra para absorber esa producción. Luego llegaron las guerras mundiales y de nuevo los infinitos sacrificios y, a cambio, el informe «Beveridge» y, en consecuencia, el «Estado de Bienestar», como compensación amén de como sostenedor del Estado Capitalista.

La propia ciencia económica progresó por la necesidad de superar las crisis cíclicas, rebasando la vieja teoría liberal de los ciclos «naturales», de la «mano invisible», y de las diversas «leyes de hierro», para sustituirla por la lucha contra el sub-consumo y por el papel del crédito, de los impuestos y de las obras públicas, bautizado todo ello unas veces con el nombre de Keynesianismo, otras con el de Planismo. Comenzó así, a partir de la década de los 30, una era de expansión y de progreso social. Luego, perdieron la guerra quienes la perdieron: el Fascismo y la Reacción, y como señala Samir Amin (en  La Gestión Capitaliste de la Crise, París, 1995): «el capitalista tuvo que ajustar sus estrategias a las condiciones sociales que las fuerzas populares y democráticas, reforzadas por la victoria antifascista, le impusieron. Lo contrario exactamente de las llamadas políticas de ajuste de nuestra época». Vinieron pues los tiempos en los que Samuelson pudo definir la economía como la «ciencia alegre del crecimiento», y los economistas hablar de la Edad de Oro, de los «gloriosos treinta años» y de los «milagros económicos» de la posguerra.

Porque el espacio generacional posterior a 1945 se caracterizó por un crecimiento extraordinario, de carácter fundamentalmente industrial, pero que arrastró consigo también a los demás sectores: una expansión industrial basada en las ramas química, electromecánica y siderúrgica, pujantes en la innovación tecnológica y esenciales a la hora de reconstruir una asolada Europa en un mundo entonces financieramente estabilizado por el predominio monetario y ban cario-empresarial norteamericano.

Sin embargo, a partir del inicio de la década de los 70, el panorama cambia. Y las curvas de crecimiento se tornan mis oscilantes, con dientes de sierra cada vez más profundos, a la vez que el crecimiento se ralentiza. Y hoy, el mundo desarrollado y  maduro se enfrenta a una doble crisis económica: de ciclo y de mutación estructural. A su vez, en el resto del mundo, surge el contragolpe de la crisis de los «desarrollados».

Al agotamiento de las potencialidades de crecimiento económico de posguerra por el lado de la oferta, tanto del factor de materias primas (excepto la energía) como del tecnológico (se está ralentizando notoriamente la innovación excepto en algunos sectores de las comunicaciones), se suma un fenómeno de agotamiento del crecimiento por el lado de la demanda en la CE y en USA. Por otra parte, en cuanto a los precios, nos hallamos en fase descendiente del ciclo Kondratiev y, además, en una fase negativa de endeudamiento empresarial (ciclo Haberle-Sicogne).

No contribuyen a reanimar la demanda los descensos continuados de la natalidad, la debilidad estructuralmente congénita del sector exterior, la deslocalización industrial que crea paro y deprime aún más la demanda, la crisis de la inversión (también por la caída de las tasas de acumulación y de beneficio del capital), la caída del crecimiento de la productividad, los errores de la política monetarista y el flotamiento de los keynesianos ante una estanflación persistente, así como un descenso de la capacidad adquisitiva del Tercer Mundo.

Todo ello ha configurado una crisis económica de carácter pre-depresivo o, cuando mínimo, recesivo de caídas múltiples que, para colmo, coincide con un cambio estructural profundo como es, a través de la mecanización, el orillamiento del trabajo humano del proceso productivo, y por ende la llegada de la era del trabajo sobrante. Mas, como dice el proverbio, «si los imbéciles volasen taparían el sol», (o quizá tratarían de gestionar la crisis  de «forma capitalista»).

De esta guisa, al inicio de esta década de los 90 el panorama de la reacción frente a la crisis es el siguiente: Triunfo del monetarismo, del equilibrio presupuestario (aún a costa de la reducción de gastos sociales esenciales no solo para los trabajadores sino incluso para la supervivencia de la actividad económica), del dinero caro, de la productividad a toda costa, y del absoluto y total predominio de la economía sobre la política (sobre el destino social común, el gobierno de los hombres, la solidaridad entre las personas). Todo esto se ha agravado porque las medidas adoptadas sólo tienen en cuenta soluciones favorables al capital.

Como primer ejemplo: la inflación perjudica el rendimiento del capital. Se luchará pues prioritariamente contra ella aun cuando jamás se ha conocido, en la historia económica, crecimiento sin algo de inflación; así son sacrificados el consumo, el empleo…

Segundo ejemplo: se luchará tanto más contra la inflación en lugar de contra el paro cuanto que, a menor paro, mayor precio del trabajo, con lo que no sólo puede reactivarse la inflación sino que caerán los beneficios empresariales; descenso del paro implicará pues, ante la pasividad del Estado, partidos y sindicatos, descenso de la bolsa. A su vez, se reducirá el consumo interno, pues éste será visto como una causa de aumento de la inflación; por ello, no se hará nada o poco, o con poca convicción para remediar la caida del consumo…

Tercer ejemplo: mantener tasas altas de rendimiento en épocas de tendencia a la caída de beneficios sólo se puede obtener:

–Por saltos tecnológicos fuertes

–Dopando el consumo (pero eso podría provocar inflación)

–Consiguiendo dinero barato: hay que crear abundancia de medios monetarios a disposición de la inversión (dado que abundancia implica abaratamiento!

Entonces, sobre la base de un postulado no sólo injusto sino falso (a saber, que las pensiones sólo son financiadas a través de las previas cotizaciones de los trabajadores, pero que dadas las actuales pirámides de edad y el paro, disminuye la cifra de cotizantes), se incita a la población a recurrir a los fondos privados de pensiones, es decir, se obliga a un sobre-ahorro forzoso y se cancela una parte del ahorro previo de los trabajadores cuando se reducen sus pensiones públicas. Paralelamente se reducirá la presión fiscal sobre los ricos para financiar de nuevo más ahorro excedentario. Igualmente, se generalizarán los impuestos indirectos sobre el consumo para de nuevo gravar el consumo, y otra vez descargar impositivamente las rentas altas.

Cuarto ejemplo: libertad de circulación de capitales, alias «Mundialización», para compensar la tendencia a la baja de los beneficios del capital, y así poder moverse libremente hacia donde quieran sus dueños, hacia donde consigan más rentabilidad.

Esta última es la medida más importante en defensa del capital,  pomposamente llamada «Mundialización de la economía» o «Globalización». Pero esta «Mundialización» sólo existe para:

–Favorecer las exportaciones, es decir, frenar el consumo interno (con los corolarios ya vistos: menos consumo, más ahorro, menos inflación, etc.); es el mismo «rollo» que antaño el mito del libre comercio.

–Favorecer la acumulación de capitales: la competitividad económica requiere concentración…

–Para hallar oportunidades (productos, países, etc..) nuevas donde invertir con la seguridad de poder repatriar beneficios y capital, pero, sobre todo, poder hallar inversiones más rentables…

Este punto de la libertad absoluta de acumulación de capitales es esencial para todos aquellos que han descrito el llamado «proceso de Mundialización»: Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Ricardo Petrella, Samir Amin, J.F. Kahn, José Mª Vidal Villa, etc.. Este último afirma (en su libro Mundialización, 1995): «La Mundialización requiere la libre movilidad de capital a escala mundial. Este es uno de los aspectos en los cuales el proceso está más avanzado». Pero las consecuencias son terribles:

  1. Economías desestabilizadas (véase México y el impacto de su crisis sobre la lira, la libra, la corona sueca, la peseta…).
  2. Quiebra de las soberanías nacionales (intervenciones cada vez más frecuentes y duras del FMI, préstamos a cambio de garantías abusivas).

Y quien se desvía es literalmente atracado; véase el caso ruso: el atraco a este país está siendo llevado a cabo mediante el llamado «método de la deuda» o de la «puesta al paso» o «sincronización económica».

El «Método de la deuda» nació en el siglo XIX y fue aplicado entonces, con éxito, en América Latina y Oriente Medio, y en África y América Latina durante el actual siglo. Ahora, ese «método» le está siendo aplicado a Rusia; consiste en hacer que:

  1. El deudor se endeude imprudentemente e invierta mal o gaste lo prestado.
  2. Para devolver el préstamo, el deudor tiene que aumentar (como le señala el FMI) sus exportaciones, para lo cual aplica programas de ajuste que son, esencialmente, programas de generación artificial de excedentes económicos que poder exportar (por ejemplo, mediante la política de los llamados «precios reales»).
  3. Ahora bien, el endeudado exportador ni está seguro de poder mantener los precios de venta de sus productos, ni tampoco que el mercado internacional adquiera ese excedente de bienes, apareciendo el riesgo de paro y de ralentización de la actividad económica… Si el deudor consigue pagar sus deudas, sale del atolladero; si no, tendrá que volver a pedir prestado para pagar los plazos de aquéllas… lo cual sólo obtendrá si aplica aún con más rigor la política de ajuste estructural propuesta por el FMI, o sea, desregulación de los mercados, austeridad fiscal, devaluaciones monetarias, descenso de los salarios, alza de los tipos de interés, privatizaciones, etc.
  4. Y ello con consecuencias reales tales como que el país endeudado (en este caso Rusia) tenderá a vender cada vez más sus materias primas para obtener ingresos inmediatos, aunque sea rompiendo precios (es decir, malvendiendo).
  5. Lo cual beneficiará sobre todo al extranjero (que compra esas materias primas baratas y esos bienes vendidos a bajo precio) y no a la industria rusa (la cual no podrá disponer ni de esas materias primas baratas ni de esos bienes a bajo precio).
  6. Lo que el país deudor ingresará por esas ventas tomará inmediatamente camino de los bancos de los países acreedores (el famoso «servicio de deuda»).
  7. No sólo no se impedirá la huida de capitales {llamada «libre circulación de capitales») sino que ésta será alentada. La inquietud que genera la aparición de dificultades económicas cada vez mayores en el deudor expulsará los capitales hacia los acreedores…
  8. Paralelamente, se producirá una «dolarización» de facto de la economía: con cada devaluación (exigida por la política de ajuste del FMI), mayor será la tendencia a huir de la moneda nacional (el rublo), para refugiarse en la moneda acreedora (dólar y otras).
  9. Aparición del «narco-capitalismo». En el país deudor, ante la desaparición de los ingresos clásicos la crisis económica incitará a comportamientos individuales y grupales que permitan ingresos alternativos: droga, corrupción, ilegalidades varias… Además, el sector «narco-capitalista» tiene como principal función permitir que una parte de los dólares pagados en concepto de servicio de la deuda vuelva al país deudor…
  10. Mientras los acreedores recuperan su dinero, (y ello les hace la espera más interesante) pueden participar en la invasión de! País deudor por productos de los países acreedores (pues el FMI y el G7exigen siempre la liberalización de intercambios) y en la compra de las privatizaciones, adquiriendo las más interesantes y a buen precio. Habitualmente, ello acentúa el deterioro económico, pues las privatizaciones suelen acarrear más despidos.
  1. Si se ve que el país deudor puede «quebrar», para paliar que suspenda el pago de la deuda se le pedirán garantías físicas (caso del petróleo mexicano), o financieras (caso de las aduanas otomanas), u otras (compromisos de desarme, o de no rearme), o de realineamiento en política exterior (caso de Rusia).

La crisis que atravesamos no es una crisis económica sencilla. Así, no es normal el nulo impacto económico positivo de la guerra contra Irak, dada la reconocida eficacia de los conflictos bélicos contra las crisis cíclicas del capitalismo. Los periodos de retroceso o de estancamiento se alternan con  recuperaciones ficticias o muy cortas. Japón y Alemania están cada vez peor, Francia no despega, y los casos de USA y UK se basan en la creación de empleos precarios y son relanzamientos momentáneos causados por la disminución del endeudamiento y, a veces el aumento del beneficio empresarial, pero con nula reactivación del consumo.

Esta crisis está repercutiendo cada vez más negativamente sobre lo que queda del Estado de Bienestar. ¿Cuáles son los ejes del asalto al que éste está sometido? Amén del artificial y forzado descenso del nivel de vida (por la creación forzada de excedentes para las exportaciones, del descenso de los salarios monetarios y de los reales y del fomento del sobre-ahorro de las clases menos pudientes), están las privatizaciones masivas en muy sabrosas condiciones para el capital, el recorte paulatino de los seguros de desempleo y de jubilación, y el de las prestaciones sanitarias y educativas…

Todo ello con un trasfondo de retorno a las argumentaciones reaccionarias sobre la inutilidad del progreso social y el carácter intrínsecamente vago de los trabajadores a los que el seguro de desempleo o salarios decentes «desmotivan» o vuelven aún más perezosos…

Como la mayoría de los economistas no corrigen el tiro, como se obstinan en que la equivocada es la realidad, sólo cabe pensar:

  1. Que los economistas creen sinceramente que hay que volver al monetarismo clásico: una «gestión capitalista de la crisis» intentará sobrellevarla hasta su término, hasta que las curvas, «naturalmente», vuelvan a ascender. Lástima, el economista especialista en econometría, Timbergen, ha calculado que los dramas sociales de nuestra época quedarán resueltos, de aplicarse las recetas del Banco Mundial y del FMI, en unos ¡908 años!
  2. Que entre ellos abunden los tontos.
  3. Que se dedican a encubrir, con pseudo-cíencia, una actitud de clase o favorable a determinadas clases sociales.

Porque hay evidencias de las que, sin embargo, nadie habla. En el interior del sistema, el obrero, el trabajador, el Estado de Bienestar se enfrentan a tres volantes de paro:

  1. el coyuntural, derivado de la incapacidad de los actuales dirigentes de hallar soluciones imaginativas para combatir la «sequedad» de las recuperaciones
  2. el estructural, derivado del orillamiento del trabajo por la robotizacion

Ambos son remediables mediante el reconocimiento: 1°) de que la sociedad industrial ha resuelto el problema de la producción; 2º) pero no el del consumo; 3º) que éste último ya no se puede resolver vía salarios; 4º) por lo que hay que ir a una primera desconexión histórica: la de la remuneración exclusivamente por el trabajo, por una parte, y enfocar la cuestión de la reducción del tiempo de trabajo, por la otra…

A esos dos volantes de paro hay que añadir otro, también interior: c) el de la nueva modalidad de trabajo servil para jóvenes, y el constituido por los esfuerzos tendentes a aplazar la edad de jubilación (medida absurda, por cuanto a los 60 años, la mitad de los trabajadores llevan ya años sin trabajo).

Pero hay más: es necesaria una segunda desconexión, porque el mayor y más inmediato peligro para el mundo del trabajo y para el Estado de Bienestar es que corre el riesgo de «taiwanización», derivado de la imposición del libre comercio y de la libre circulación de capitales. Es el cuarto cinturón, exterior. Y agravado por la deslocalización.

Ya hemos visto por qué ejes es asaltado el Estado de Bienestar. A lo que se va es a la destrucción de la mayor parte de lo arrancado. Como  apunta Samir Amin, «el paro es deseado, por el Estado del capital, para romper lo conseguido por el movimiento obrero». Porque si en economías de predominio de la demanda o de «crecimiento autocentrado», el mercado interior es el eje y, para absorber los excedentes, hay que subir el nivel de salarios y, por ello, el de vida, en el modelo de libre cambio, por el contrario, juega de lleno la rivalidad salarial. Con claridad, el efecto real, hoy, del libre cambio, de la mundialización, es el predominio casi absoluto del capital y el derrumbamiento del modelo de protección social. En el estudio magistral, llevado a cabo por Paul Bairoch, titulado Myths e t paradoxes de l’histoire económique, bastan doscientas noventa páginas para destrozar la tesis de que el libre cambio favoreció históricamente a los pueblos, excepto (y no siempre tampoco) a la Gran Bretaña y luego al mundo anglosajón. Bairoch demuestra, con cifras irrefutables, que la imagen de un «siglo XIX paraíso del proteccionismo» es radicalmente falsa. La consideración de la década de los 20, en este siglo, como una década proteccionista es, igualmente, falsa, como lo es la acusación hecha al proteccionismo de haber sido el causante de la gran crisis del 29: el  proteccionismo ni fue la causa del crack, ni una de ellas. Sencillamente, no existió en el periodo considerado.

Pero, además, prosigue Bairoch, tampoco es cierto que los periodos considerados más librecambistas lo fueran realmente; sin embargo, sí que puede ya establecerse una identidad entre los periodos de mayor crecimiento económico y un mayor grado de proteccionismo (o, lo que es lo mismo, de menor liberalización legal de los intercambios). Mas aún; increíble, pero cierto: los años de mayor grado de protección lo han sido también de un desarrollo más vigoroso de los intercambios exteriores.

En realidad, siempre según Bairoch, no ha habido más que dos fases de libre-cambio real en Europa: entre 1860 y 1879, a consecuencia del Tratado Anglo-francés al respecto; y, un siglo después, desde mediados de la década de los 60 hasta la actualidad.

Ahora bien, además de la crisis del 29, el mundo no ha conocido más que dos crisis de igual o similar magnitud: la de 1869-1873, con una caída brutal del P B por habitante; y la actual… «No al proteccionismo», «No al desarrollo aurocentrado», es pues el primer tabú que debe ser abandonado, sin rubor ni duda alguna. Ello tanto más cuanto la obligación de centrar el crecimiento económico en el propio mercado continental (hablamos siempre de mercado continental, no de mercado nacional) obliga a fomentar el consumo interno y el alza del nivel de vida de la propia población, y a respetar e incluso a potenciar el «Welfare State». Proteccionismo, es decir, la protección de grandes espacios económicos frente a otros, de manera que no se permita la generación de más del 12-15% del PNB por el sector exterior de la economía considerada, y que equivale pues, sobre todo hoy, a más nivel de vida y mayor bienestar social.

 Y no se argumente que ello frenaría el progreso técnico. Los actuales procesos de concentración de capital sí que son peligrosos; pero bloques de 350-400 ó más millones de habitantes son el primer seguro contra aquello. Deniro de los bloques autocentrados, habría una libertad radical de comercio y circulación de capitales y, por ello, una rivalidad, empresarial y  tecnológica, real: no se permitirá a las empresas cubrir más de una cuota dada de mercado del bloque geográfico de crecimiento autocentrado. Hacia fuera, complementariedad y rivalidad limitada.

Además, cerrar hasta el 15% los Bloques «autocentrados» es lo único que puede obligar a los demás Bloques a tener que absorber el excedente productivo a través de la demanda interna; y por ello, esta es la mejor arma contra el subdesarrollo y contra la dictadura económica y social del capital. Recuérdese, finalmente, que:

  1. Hay que rechazar, por falsa, la afirmación según la cual existe una relación inversa entre mayor «Estado de Bienestar» y competitividad. Lo cierto es que esta última requiere la existencia de un elevado número de empresas, lo cual a su vez exige un gran mercado, única garantía de que exista una demanda amplia y sostenida…
  2. La economía sólo crece, real y duraderamente, gracias al mercado interno…
  3. Al mercado exterior sólo pueden ir los excedentes reales, no los creados artificialmente.
  4. Aumentar estos excedentes bajando el nivel de vida de la población, es decir, disminuyendo la demanda interna, sólo producirá dificultades mayores para, cuando el tirón del comercio exterior se agote, volver a requerir una demanda interna -repito, deprimida hoy adrede- para tirar del carro."                   (Jorge Verstrynge , El Viejo Topo,  09/12/22)

19/8/22

No se trata de recaudar más para poder gastar más sino de decidir qué gasto queremos que haga el Estado primero, y qué actividades y personas deben ver reducido su poder de compra en función de criterios de pleno empleo, distribución de renta y riqueza y estabilidad de precios... La inflación quizá sea un impuesto a los pobres, pero se suele combatir dejando a parte de esos pobres sin empleo, o sea, sin renta. Es decir, para que unos conserven su poder de compra otros deben perderlo completamente... La política de estabilización de precios debe basarse en un análisis riguroso de sus causas en primer lugar. Rara vez es un problema de exceso de demanda y por eso la peor respuesta es deprimir la demanda

Stuart Medina Miltim @SMiltim

Cosas que la teoría monetaria moderna te obliga a cuestionar.

Un superávit comercial no es un éxito. Significa que estás enviando recursos reales al extranjero a cambio de meros apuntes contables. Rusia sabe para qué sirven esos registros si no puedes movilizarlos por culpa de las sanciones.

El superávit fiscal no refleja una gestión prudente del gobierno sino una obcecación que reduce la posición financiera neta del sector privado y puede llevar la economía a una recesión. La posición financiera del Estado debe responder a la necesidad de estabilizar la coyuntura.

Para crear empleo se dice que la economía debe crecer. Pero quizá se pueda evitar esa ley de hierro con un plan de empleo garantizado.

Los impuestos no financian el gasto público pero sin ellos el dinero no vale nada. Si entiendes esto puedes repensar la función de los tributos.

No se trata de recaudar más para poder gastar más sino de decidir qué gasto queremos que haga el Estado primero y qué actividades y personas deben ver reducido su poder de compra en función de criterios de pleno empleo, distribución de renta y riqueza y estabilidad de precios.

La inflación quizá sea un impuesto a los pobres pero se suele combatir dejando a parte de esos pobres sin empleo, o sea, sin renta. Es decir, para que unos conserven su poder de compra otros deben perderlo completamente.

La política de estabilización de precios debe basarse en un análisis riguroso de sus causas en primer lugar. Rara vez es un problema de exceso de demanda y por eso la peor respuesta es deprimir la demanda.

La política monetaria es poco o nada útil para gestionar el ciclo económico. Mejor dejar los tipos de interés permanentemente en el 0%.

3:06 p. m. · 11 ago. 2022 de Cudillero, España
6 Retweets 15 Me gusta

 

9/6/22

Malos tiempos para la ortodoxia económica... Desde la teoría del dinero, la teoría del consumidor, pasando por el papel de la deuda pública y de la deuda privada, o la teoría de la inflación, todo eran cuentos infantiles que acabaron deviniendo en cuentos de terror... así lo indican estudios de la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Servicio de Estudios de la Reserva Federal de New York, o el Premio Nobel, Paul Romer

 "La evidencia empírica contra la ortodoxia dominante se acumula. Ya es abrumadora. Nuevas investigaciones echan por tierra los manuales macroeconómicos utilizados en la inmensa mayoría de las universidades, dominados por una ortodoxia monetarista y neokeynesiana que ya se debería reciclar. Quien se atreve de nuevo a desmentir años y décadas de otro relato económico, a modo de cuento infantil devenido en novela de terror, ha sido la Reserva Federal de los Estados Unidos. 

El documento de trabajo “Who Killed the Phillips Curve? A Murder Mystery”, publicado este 20 de mayo, y perteneciente a la Serie de Discusión de Finanzas y Economía, echa por tierra la ficción monetaria de que las presiones inflacionistas eran, en última instancia, el producto de una política gubernamental irresponsable diseñada para reducir el desempleo por debajo de una "tasa natural". ¡A buenas horas mangas verdes!

 Lo más relevante de dicho documento de trabajo es que sus autores afirman de manera solemne: “En la actualidad, no tenemos una teoría de la dinámica de la inflación que funcione lo suficientemente bien como para ser útil para el negocio de la formulación de la política monetaria en tiempo real”. En otras palabras, confiar en los enfoques dominantes ha dado lugar a que los llamados "expertos" no tengan ni idea de los fenómenos sobre los que se explayan y, lo que es más importante, sobre los que elaboran políticas que repercuten negativamente en millones de trabajadores y sus familias. 

Decir que no tienen una teoría de la dinámica de la inflación es una declaración de su ignorancia, pero no de que no exista una teoría de la dinámica de la inflación que capte más o menos la evolución de los datos. Esta existe, desde la tradición postkeynesiana, cuyos economistas ya desarrollaron una teoría de la inflación viable y que la vienen utilizando durante décadas. Solo los prejuicios y el pensamiento gregario de la corriente dominante es lo que les han impedido verlo. Hasta ahora.

 Pero a perro flaco todo son pulgas, y no hay dos sin tres. Otro documento de trabajo reciente, también de este mes de mayo, esta vez del Servicio de Estudios de la Reserva Federal de New York, “Modigliani Meets Minsky: Inequality, Debt, and Financial Fragility in America, 1950-2016”, echa por tierra la teoría del consumo neoclásica y el papel de la deuda privada. Como ya dijimos, la deuda privada no es neutra, importa y mucho. Los autores estudian el aumento secular de la deuda de los hogares estadounidenses y su relación con la creciente desigualdad de ingresos y la fragilidad financiera. Demuestran que el aumento de los préstamos por parte de las familias de clase media con un bajo crecimiento de los ingresos desempeñó un papel fundamental en el aumento del endeudamiento.

 La relación entre la deuda y los ingresos ha aumentado de forma espectacular para los hogares situados entre los percentiles 50 y 90 de la distribución de ingresos. Mientras que el crecimiento de sus ingresos era bajo, las familias de clase media se endeudaron contra las considerables ganancias de riqueza de la vivienda por el aumento de los precios de la misma. Los préstamos sobre el patrimonio de la vivienda representan aproximadamente la mitad del aumento de la deuda inmobiliaria en Estados Unidos entre los años 80 y 2007. 

El consiguiente aumento de la deuda hizo que los balances fueran más sensibles a las fluctuaciones de los ingresos y del precio de la vivienda y convirtió a la clase media estadounidense en el epicentro de la creciente fragilidad financiera. ¡Si Minsky levantara la cabeza!

 En definitiva, los últimos años están siendo sin duda un quebradero de cabeza para la escuela dominante, aquella que falseo a Keynes, para volver a las andadas de la economía clásica. Me refiero al enfoque neokeynesiano dominante. Desde la teoría del dinero, la teoría del consumidor, pasando por el papel de la deuda pública y de la deuda privada, o la teoría de la inflación, todo eran cuentos infantiles que acabaron deviniendo en cuentos de terror.

 Hace muchos años, allá por 1995, el economista e historiador del pensamiento económico Robert Heilbroner y su pupilo William Milberg publicaron un libro premonitorio con un título muy sugerente, “The Crisis of Visoon of Modern Economic Thought”. Heilbroner y Milberg afirmaban ya en 1995 que una demoledora crisis, más amplia y profunda que nunca, estaba afectando a la teoría económica moderna. La crisis en cuestión era consecuencia de la ausencia de una visión, de un conjunto de aquellos conceptos políticos y sociales compartidos, de los que depende, en última instancia, la economía. A la decadencia de la perspectiva económica le siguieron diversas tendencias cuyo denominador común era una impecable elegancia a la hora de exponer los términos, acompañada de una absoluta inoperancia en su aplicación práctica.

En esta misma línea, hubo quien dio un paso adelante y abandonó el lado oscuro y tenebroso de la ortodoxia, el premio Nobel de economía 2018, Paul Romer. Recuerden su artículo imprescindible para todo estudiante de economía, y que tantas veces hemos citado aquí, “The Trouble with Macroeconomics”. El resumen del artículo no puede ser más demoledor: “En los últimos tres decenios, los métodos y conclusiones de la macroeconomía se han deteriorado hasta el punto de que gran parte de la labor en esta esfera ya no puede calificarse de investigación científica. El tratamiento de la identificación en los modelos macroeconómicos no es más creíble que en los grandes modelos keynesianos de primera generación, y es peor porque es mucho más opaco. La mayor preocupación es que la pseudociencia macroeconómica está socavando las normas de la ciencia en toda la economía. Si es así, todos los dominios de política que toca la economía podrían perder la acumulación de conocimientos útiles que caracterizan a la verdadera ciencia, el mayor invento humano".

El problema es que estas teorías, idealizadas por los macroeconomistas, han sido aplicadas por banqueros, industriales, tecnócratas y políticos –resultan hilarantes las intervenciones del gobernador de Banco de España cuyos discursos denotan que quienes se lo preparan ni siquiera se han leído las nuevas investigaciones-. La Macroeconomía de la corriente dominante ha demostrado ser inútil y peligrosa para la gestión de la economía real, constituyendo una posición puramente ideológica capaz de ignorar y negar las causas de la Gran Recesión."                    (Juan Laborda  , Vox Populi, 02/06/22)

13/1/22

Condonar las deudas impagables... El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas»... De eso se trató el primer sermón de Jesús... La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Pagar se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor... Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal... como hoy y como en Roma... Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese»... Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma, y sucede hoy

"Hace siglos que las deudas y el endeudamiento tienen efectos nocivos sobre las sociedades humanas. En el mundo antiguo, los gobernantes y sus súbditos tenían una solución: conocida como jubileo de deuda, esta práctica implicaba la supresión incondicional y periódica de toda obligación contraída. Hoy necesitamos recuperarla.

Aun cuando sea uno de los problemas más persistentes que atormentan nuestro mundo, las deudas son un hecho. La vivienda, el consumo cotidiano, en ciertos casos la educación y, si uno vive en Estados Unidos, la atención médica, dependen del endeudamiento. Uno de los resultados de esta situación son las crisis económicas periódicas a las que estamos tan acostumbrados. Cada vez que emergen estas crisis, surgen distintos pedidos que apuntan a condonar las deudas. Pero las clases dominantes y todo un ejército de «analistas» argumentan que debemos limitar esas soluciones que tienden a llevar al caos y al desorden.

No es eso lo que piensa Michael Hudson. Economista, exempleado del Chase Manhattan Bank y asesor de múltiples gobiernos, incluido el de Washington, es autor de Super Imperialism, obra importantísima en la que explica que la emergencia del sistema monetario internacional fundado en el dólar durante la época de la posguerra terminó financiando el gasto ilimitado del complejo militar estadounidense.

Hudson, quien hoy se desempeña como profesor de Economía en la Universidad de Missouri-Kansas, emprendió una investigación histórica con el fin de descubrir los orígenes de la deuda y de la propiedad privada. Conversó con Branko Marcetic, editor de Jacobin, sobre los resultados de su investigación, publicados en su libro de 2018 …and forgive them their debts: Lending, Foreclosure, and Redemption from Bronze Age Finance to the Jubilee Year. La obra abarca desde la condonación de las deudas en las sociedades antiguas hasta los importantes errores que determinan nuestra comprensión del cristianismo. La conversación fue editada en aras de la brevedad y la claridad, pero se puede escuchar completa en inglés aquí.
 

Tu estudio de la historia humana indica que nuestra relación moderna con la deuda y la forma en que la comprendemos es bastante singular. ¿Cuál era la relación de las antiguas sociedades con la deuda y cómo la mantenían bajo control?

MH: En las sociedades antiguas casi todas las deudas eran interpersonales, eran lo que los europeos denominaban deudas tipo wergeld. Si lastimabas a alguien, si le rompías un brazo o si lo matabas, había dos opciones: o tenías un feudo, y tu familia luchaba con su familia, o el conflicto se solucionaba mediante una indemnización. Con el tiempo, el pago de la wergeld, sin importar si fuera en dinero, esclavas o ganado —estos últimos casos eran más comunes cuando el asunto era muy serio— se convirtió en la palabra para designar las deudas, la ofensa, o incluso en un sinónimo de «pecado». El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas».

En la Mesopotamia, sociedad agraria, las deudas solían contraerse contra los palacios y los templos. Las obligaciones se pagaban a lo largo de todo el año. Durante el tercer milenio de Sumeria, o el segundo de Babilonia, el cliente que asistía a un bar en el año de cosechas, emitía una especie de bono que garantizaba el derecho a animales, agua o productos agrícolas futuros: la operación era una forma de crédito. Las deudas se pagaban en especie en los locales de trillado. Una unidad de grano equivalía a una unidad de plata.

Pero sucedía que se perdieran las cosechas, que hubiera una guerra o una sequía, y entonces era imposible pagar. En esa época, como estipulaban las leyes de Hammurabi, uno decía: «Si Hadad, dios de la tormenta, viene y arruina la cosecha, entonces no es necesario pagar las deudas». Básicamente, así funcionaba la sociedad durante el tercer y segundo milenios, incluso durante la primera parte del tercero. Cuando un nuevo gobernante subía al trono, o cuando había otros motivos —se terminaba una guerra o algo por el estilo—, las deudas se cancelaban, se liberaba a los sirvientes de sus cargas para que volvieran con sus familias y se les perdonaban los compromisos que habían asumido. Pues, en caso de no condonar las deudas, ¿qué habría sucedido? Todas esas personas se hubiesen convertido de pronto en servidores del acreedor, es decir, de una persona más rica que no necesariamente gobernaba.

BM: Tu análisis también muestra que este tema ocupa el centro de las historias bíblicas con las que creemos estar tan familiarizados.

MH: De eso se trató el primer sermón de Jesús. Cuando fue a la sinagoga, extendió el pergamino de Isaías el profeta, dijo, «He venido a proclamar el año del Señor», que era el año de cancelación de las deudas —el año de jubileo— que los judíos habían adoptado de los babilonios, igual que había hecho todo el Oriente Medio. Los que tradujeron la Biblia no tenían idea de lo que significaban estas palabras. ¿Qué significa, «El año del Señor»? ¿Qué significa «deror»? En realidad, el texto habla de la condonación de las deudas.
Esto quedó claro recién cuando los asiriólogos empezaron a estudiar los mecanismos de condonación de las deudas en el Oriente Medio, del mismo modo que los antropólogos descubrieron que los pueblos originarios de América y los antiguos pueblos de Europa habían recurrido a estas prácticas para recuperar el equilibrio social. La idea era simple: ¿Cómo evitar que la sociedad se desestabilice y polarice? Cancelando las deudas.

BM: ¿Cómo cambió esta actitud hacia la deuda y hacia la condonación de las deudas a lo largo de la historia?

MH: El concepto de interés no existía en Occidente. No hay rastros de él en ningún documento griego del lineal B, escritura que abarca el período de 1600 a 1200 antes de Cristo. Alrededor del siglo ocho antes de Cristo apareció por primera vez la idea de deuda que rinde interés, y los jefes tribales de repente se convirtieron en lo que algunos historiadores denominan familias mafiosas. Descubrieron un modo de monopolizar la tierra que sirvió hasta los siglos séptimo y sexto antes de Cristo. Hubo revoluciones en todas partes, sobre todo en Grecia y en Italia. Los reformadores terminaron siendo conocidos como «tiranos».

Toda la lucha de estas sociedades antiguas se reducía a lo siguiente: ¿Cómo evitar que la población cayera en la esclavitud? La preocupación de los palacios tenía sentido. Si los pequeños terratenientes que pagaban impuestos contraían deudas demasiado grandes con sus acreedores y se veían obligados a trabajar en sus tierras en vez de bajo el sistema de la corvea —es decir, en vez de construir los muros de los palacios y cavar canales de irrigación—, no serían capaces de pagar el plusproducto de granos y de trabajo que necesitaba la nobleza. Por lo tanto, los acreedores tomarían el poder.

Los gobernantes de todo el Oriente Medio y probablemente los primeros reyes de Roma, decían: «Lo único que debemos evitar es que la clase de los acreedores se convierta en una oligarquía independiente. Pues si se vuelve independiente de nosotros y se apropia del excedente económico, utilizará ese trabajo para contratar un ejército, nos derrocarán y se convertirán en el Estado».

Así que siempre existió una lucha entre el Estado que protege a la sociedad y la clase de los acreedores —la oligarquía—, que buscaba su independencia y no quería condonar las deudas. Y fue una lucha que se propagó hasta cuatro siglos antes de Cristo. Los primeros cristianos eran básicamente defensores del año de jubileo, es decir, intentaban condonar las deudas.

BM:  ¿Cómo se presenta la deuda y el poder creciente de los acreedores en la compleja historia de Roma?

MH: En Roma, cerca del 509 antes de Cristo, los malos reyes fueron derrocados por una oligarquía que básicamente pretendía reducir al resto de la población romana a la servidumbre. Toda la República fue un largo proceso de revueltas que apuntaban a la condonación de las deudas y a la redistribución de las tierras. Es decir, apuntaban contra la democracia. Para la oligarquía, democracia significaba que todos los acreedores eran iguales y, por lo tanto, implicaba la libertad de esclavizar al resto de la población.

En síntesis, en la Antigüedad la democracia significaba la servidumbre de la mayor parte de la población. Aristóteles es muy claro. Dice: «Muchas ciudades tienen constituciones que parecen democracias, pero en realidad son oligarquías». Y, de hecho, toda democracia —escribe Aristóteles— tiende a convertirse en una oligarquía, pues los ricos se hacen más ricos; después la oligarquía se convierte en una aristocracia hereditaria y los nobles dominan el resto de la sociedad.

Todos estos antecedentes llevan al mundo moderno, que puso fin a la condonación de las deudas, que hasta entonces había servido para liberar a las poblaciones de la esclavitud y de la servidumbre. La idea subyacente a este cambio es que la ley es inexorable.

Los historiadores de hoy suelen decir: «Bueno, chicos, el Imperio romano no estaba tan mal, miren toda la plata que hizo». Pero la riqueza estaba concentrada en el 1% de la población, mientras que el otro 99% estaba atado a la tierra. Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese». Toda esa idea es antirromana.

Ahora bien, toda economía es planificada. La pregunta es: ¿Quiénes la planifican? ¿Deben planificarla los acreedores, como sucedió hasta hoy? ¿O llegará un gobierno, o un gobernante, que dirá «Mi trabajo es mantener a la sociedad estable y evitar sus desgarramientos y garantizar que sobreviva y avance»? A los acreedores no les interesa esa resistencia. Sus plazos son más bien cortos.

BM: Puesto que vivimos en sociedades con altos niveles de endeudamiento, ¿qué enseñanzas nos deja tu estudio a la hora de abordar la recuperación pospandémica?

MH:  La tendencia de toda economía que tiene una deuda que rinde interés es a que la deuda crezca más rápido que la economía en su conjunto. Observamos que las deudas se duplican a un ritmo demasiado acelerado y las economías nunca fueron capaces de acoplarse a él. La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Paga se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor, en el sentido de que tiene que pagar con trabajo, o con cualquier cosa que produzca. Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal.

Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma. Por eso la República romana condujo al Imperio romano.

Se volvió una sociedad centralizada. La tendencia de toda economía financierizada apunta a la centralización. Cuando se centraliza la riqueza, se centralizan en manos de las clases financieras el poder político y la toma de decisiones y, en última instancia, la fuerza militar."                               (Entrevista con Michael Hudson , JACOBIN, 12/01/22)

27/10/21

Una visión alternativa de la deuda pública... Lo que sí es muy preocupante para muchos economistas y no se comenta en ningún medio de comunicación europeo, es que España no tenga soberanía monetaria... lo que dificulta enormemente la financiación ya que no somos soberanos para emitir dinero, o elegir el tipo de interés de las emisiones de deuda, y encima, estamos a merced de los especuladores financieros... cuando se les preguntó a los congresistas norteamericanos si querrían hacer desaparecer toda la deuda pública, contestaron que sí rápidamente, pero, cuando se les explicó que esto supondría la desaparición de todos los títulos del tesoro de las carteras del sector privado, se opusieron rotundamente. No entendían que ambas caras de la moneda están indisolublemente unidas

 "El otro día me comentaba una persona que la deuda pública era muy elevada y en consecuencia deberíamos pagar muchos más impuestos en el futuro y que esto supondría una pesada carga para nuestros hijos y nietos. Pocos días antes, la Sra. Calviño dijo las mismas palabras en una entrevista en la cadena Ser, también dijo que ser progresista es disminuir la deuda pública y por lo tanto contribuir a la justicia intergeneracional.

Por muy intuitivo y repetido que sea este argumento, es totalmente falso. Como dice Warren Mosler, es un fraude inocente de política económica. Mirarse la deuda pública de un país desde el punto de vista de una familia o una empresa, es un error.

En primer lugar, porque las familias y empresas son usuarias de la moneda y las naciones son emisoras de la misma. Las familias necesitan ingresar dinero para poder pagar la deuda y estos ingresos son limitados. Aparte de eso, muy a menudo miramos las deudas de manera sesgada, tendemos a mirar la parte del pasivo financiero, debemos mucho dinero al banco, y no miramos la otra contrapartida, el activo real, tenemos una vivienda donde poder vivir, por ejemplo.

En segundo lugar, un estado no es una economía doméstica, las emisiones de deuda pública cuentan con el apoyo del banco central. A las familias y las empresas no vendrá el banco central a apoyarlos a la hora de pagar sus préstamos. Un estado con soberanía monetaria es el emisor del dinero y nunca puede quebrar, siempre y cuando no emita deuda en moneda extranjera o fije su moneda a otra o al oro. Por lo tanto, la deuda pública nacional no se parece ni de lejos a una deuda privada familiar, así pues, usar la palabra “deuda” sólo induce a confusión, así como una angustia innecesaria. Algunos economistas, como Stephanie Kelton, proponen llamarlo ahorro o activos financieros del sector privado.

En contra de lo que se cree, los impuestos no financian el gasto público nacional ni sirven para pagar la deuda pública y la deuda pública no será una pesada carga para nuestros hijos y nietos, que consumirán lo que puedan producir en el futuro, ya que no se pueden enviar bienes y servicios al pasado a través del tiempo. Además, podrán disfrutar de las infraestructuras pagadas con esta deuda que aumentarán la capacidad productiva de la economía y su bienestar.

Por otra parte, en economía, toda deuda tiene una contrapartida, un crédito. Es lo que en contabilidad se denomina partida doble. Es incuestionable que cuando una persona gasta otra ingresa y cuando una se endeuda otra obtiene un crédito.

En consecuencia, la deuda pública es la cantidad de dinero que ha emitido el gobierno y todavía no ha grabado mediante impuestos, por lo que coincidiría con la cantidad de ahorro privado de familias y empresas. Como dice Randall Wray, los llamamientos a recortar la deuda pública, son por identidad contable, llamamientos a recortar nuestra riqueza financiera. Los partidarios de la austeridad fiscal son, por definición, destructores de riqueza.

 Además, no se pueden obviar los activos reales que representa la deuda pública. Sin deuda pública, no tendríamos servicios de sanidad, educación, justicia, infraestructuras, defensa, etcétera.

Históricamente, casi siempre que un gobierno se ha obsesionado en intentar eliminar la deuda pública ha provocado una grave crisis, como, por ejemplo, el crack del 29. Y esto es así, porque cuando se elimina la deuda pública se elimina la riqueza del sector privado y lo obliga a endeudarse. Curiosamente, nunca se dice nada sobre la deuda privada que es muchísimo más inestable macroeconómicamente. Tal vez es porque la deuda privada genera grandes beneficios para la banca comercial privada.

Teniendo en cuenta que el déficit público y la deuda pública son herramientas de política económica, no son intrínsecamente buenas ni malas.

Pero, si se convence a la población de que hay que hacer algo para poner límite a cifras tan grandes y aterradoras de deuda pública (obviando la crisis sanitaria y financiera que todavía estamos sufriendo), si se consigue crear indignación popular generalizada sobre la deuda pública, será mucho más fácil llevar a cabo dolorosos recortes que perjudicarán a la mayoría de la población. 

Según Frank Newman, ex secretario adjunto del Tesoro de Estados Unidos, los mitos y los mal entendidos sobre la deuda nacional han incentivado políticas que han provocado que:

  • El crecimiento económico se haya ralentizado innecesariamente provocando altas tasas de paro.
  • Se hayan provocado fuertes recortes en servicios públicos.
  • Se haya dejado de invertir en investigación y desarrollo.
  • Las infraestructuras del país estén en precarias condiciones.
  • Se haya dificultado enormemente la lucha contra el cambio climático

Los gobiernos con soberanía monetaria emiten bonos de deuda pública para fijar los tipos de interés drenando reservas del sistema bancario; es una operación de política monetaria, no es una operación de financiación, porque son los emisores en monopolio del dinero. También lo hacen por inercia, porque es una práctica anticuada proveniente de antes de 1971 cuando estaba en vigor el patrón oro, definido por Keynes, como una bárbara reliquia. No hay ninguna ley natural o económica que obligue a un estado con soberanía monetaria a emitir deuda pública.

Una anécdota curiosa explicada en el libro El mito del déficit, es que, cuando se les preguntó a los congresistas norteamericanos si querrían hacer desaparecer toda la deuda pública, contestaron que sí rápidamente, pero, cuando se les explicó que esto supondría la desaparición de todos los títulos del tesoro de las carteras del sector privado, se opusieron rotundamente. No entendían que ambas caras de la moneda están indisolublemente unidas.

En conclusión, la deuda pública no es tan mala y preocupante como nos quieren hacer creer, y querer reducir la cantidad de deuda pública porque supera un porcentaje arbitrario sobre el PIB sin tener en cuenta otros indicadores como por ejemplo la tasa de paro o la inflación, no tiene ningún sentido económico. Lo que hay detrás de este mensaje catastrofista sobre la deuda pública tiene mucho de ideología y poco de fundamento empírico, ideología neoliberal con un principal objetivo: neutralizar artificialmente el poder de financiación del estado para poder privatizar lo máximo posible. 

Lo que sí es muy preocupante para muchos economistas y no se comenta en ningún medio de comunicación europeo, es que España no tenga soberanía monetaria. La mayoría de la población critica el euro porque los precios subieron, pero no se dan cuenta que esto es insignificante comparado con el hecho de no poder emitir tu propia moneda. Los países que usan el euro en Europa o el franco CFA en África, por ejemplo, a diferencia de la mayoría de países del mundo que tienen su propia moneda, como EEUU, Japón, Gran Bretaña, Canadá o Australia, no pueden llevar a cabo una política monetaria y fiscal de manera autónoma y al servicio de los sus ciudadanos, les dificulta enormemente la financiación ya que no son soberanos para emitir dinero, o elegir el tipo de interés de sus emisiones de deuda, y encima, están a merced de los especuladores financieros o de la “buena voluntad” de una entidad “independiente” que es el Banco Central Europeo.

Todo ello, provoca que no se puedan llevar a cabo de manera eficaz, políticas de pleno empleo, de investigación y desarrollo, de lucha contra el cambio climático, de reindustrialización o de tener un buen sistema sanitario y educativo.

Como decía el economista Wynne Godley, el poder de emitir su propio dinero, de hacer giros en su propio banco central, es la principal característica que define la independencia nacional. Si un país renuncia o pierde este poder, adquiere el estatus de autoridad local o colonia.

Lamentablemente, España renunció a este poder al entrar en el euro, y pasó de ser un país emisor de su moneda, a simplemente, un país usuario de una moneda, con todas las consecuencias que ello implica."               (Rafael Carretero Moreno , red mmt,  18/08/21)

11/6/21

Branko Milanović: El principal impulso de la caída de los regímenes comunistas fue la deuda... el deseo de reformar su economía utilizando créditos occidentales creó una poderosa combustión que, con bastante rapidez (en menos de una década), rompió la espalda del comunismo, destino del que se salvó China

"En un excelente libro "Cómo China escapó de la terapia de choque" en cuyo lanzamiento fui uno de los ponentes (junto con Jamie Galbraith y Bin Wong), Isabella Weber analiza, entre otras cosas, cómo China escapó de la terapia de choque y el Big Bang, y creó, o tropezó con su propio camino hacia el crecimiento económico. 
 
Weber menciona solo de pasada que China también escapó de otra posible calamidad: la trampa de la deuda. Esa amenaza se cernió alrededor de 1978 cuando Hua Guofeng quiso relanzar la economía utilizando el enfoque de Europa del Este para el crecimiento económico. Weber escribe sobre las delegaciones económicas chinas que fueron a Hungría y Yugoslavia en 1988 para discutir la experiencia de las reformas en estos dos países; regresaron con una evaluación bastante negativa, basada en un crecimiento anémico y una alta inflación en estos países. 
 
Pero supongo que también podrían haber regresado con una advertencia sobre no caer en la trampa de la deuda. Por lo tanto, vale la pena examinar más de cerca cómo Yugoslavia, Rumania, Polonia y Hungría, todos ellos se involucraron de manera independiente en la década de 1970, después de la crisis del petróleo y cuando los petrodólares eran abundantes, en préstamos a gran escala de fuentes públicas y privadas en el Oeste. El endeudamiento respondió al deseo de acelerar el crecimiento, el proceso que también motivó las reformas económicas en Yugoslavia en 1965, Hungría en 1968 y el cambio de gobierno en Polonia en 1970 después de los disturbios de Gdansk. 
 
La idea que los reformadores tenían en mente era pedir prestado a Occidente, usar los fondos para construir industrias de sustitución de importaciones (como de hecho se hacía en la mayor parte del mundo en esos días), o una producción orientada a la exportación que genera ingresos en divisas. En cualquier caso, esperaban, los préstamos se pagarían por sí solos.
 
 Los países ahorrarían el dinero que gastaban en importaciones en moneda fuerte produciendo las "cosas" en casa, o se convertirían en exportadores a Occidente. (Polonia tenía su programa bajo Gierek más claramente definido). Además, pedir prestado era políticamente preferible a tratar de atraer a inversores extranjeros (occidentales). Cuando pide prestado, obviamente conserva el control total sobre el uso de dicho dinero; se puede optar por cumplir con otros objetivos como ayudar al desarrollo de las regiones más pobres, obtener apoyo político o incluso utilizar los fondos para el consumo. Con los inversores extranjeros, uno se limita a aceptar lo que le gusta.
 
 Esa lógica llevó, como es bien sabido, a todos los países socialistas a un callejón sin salida. Sus inversiones fueron ineficientes, las nuevas empresas se convirtieron en una carga. (Hay un libro muy bonito sobre las inversiones yugoslavas más derrochadoras del período, publicado en 1990, que leí entonces y aún guardo en mi estantería. Se titula, en la traducción al inglés, "Entre las ruinas de las inversiones desperdiciadas" de Ratko Bošković). Por lo tanto, la tasa de rendimiento del dinero prestado era más baja que la tasa de interés que pagaban los países por sus préstamos occidentales. 
 
No es imposible, creo, que la tasa de rendimiento haya sido incluso negativa. En cualquier caso, significa que todos los países socialistas que se embarcaron en una ola de endeudamiento en los años setenta, de repente, cuando las tasas de interés estadounidenses y mundiales aumentaron tras el shock de Volcker, tuvieron que transferir un porcentaje significativo de su PIB al exterior.
 
 (Se podría argumentar que Volcker terminó así con el socialismo en estos países. Por supuesto, este es un comentario un tanto gracioso, porque lo que terminó con el socialismo fue, entre otras cosas, que las inversiones eran ineficientes. El choque de Volcker simplemente lo dejó en claro). La incapacidad para pagar el servicio de la deuda se manifestó de formas diferentes pero relacionadas. 
 
En Yugoslavia, condujo a un endeudamiento masivo del FMI. El préstamo del FMI a Yugoslavia en 1981 fue el mayor préstamo que el FMI había otorgado hasta ese momento. ¡Esto, a un país de 20 millones de habitantes! Pero Yugoslavia era estratégicamente importante para Occidente. (Hay que recordar que el préstamo se produjo en el apogeo de las tensiones de la Guerra Fría, aproximadamente un año después de la invasión de Afganistán, que hizo que la importancia estratégica de Yugoslavia fuera aún mayor. Occidente siempre pensó que los soviéticos se estaban aprovechando de Yugoslavia para traerla Aunque Occidente no estaba dispuesto a perdonar los préstamos comerciales anteriores, estaba dispuesto a ayudar (o "ayudar") abriendo los grifos del FMI. Yugoslavia nunca logró salir de la "trampa de la deuda", y a mediados de la década de 1980, la hiperinflación y el alto desempleo juvenil, junto con el problema irresoluble de Kosovo, llevaron la atención de las élites políticas hacia el nacionalismo.
 
 Pero creo que hay pocas dudas de que la catástrofe económica de la década de 1980 allanó el camino. En Polonia, la crisis de la balanza de pagos llevó a los intentos de imponer la austeridad, que en condiciones de una clase trabajadora eternamente inquieta, creó la “Solidaridad” y trajo un nuevo cambio de gobierno. (Gierek cayó en la misma prueba que lo llevó al poder en 1970). Polonia impuso la ley marcial en diciembre de 1981 y dejó de cumplir con el Club de París. Aunque Polonia ya era miembro del FMI y del Banco Mundial, no recibió apoyo de ninguno de ellos. Técnicamente, la ausencia de préstamos se explicaba por su estado de incumplimiento, pero, por supuesto, la verdadera razón era política.
 
 Estados Unidos no iba a rescatar a un régimen comunista que acababa de imponer el estado de emergencia y prohibir un sindicato anticomunista de diez millones de personas. En 1988, Polonia intentó otro programa de austeridad ("La operación de precios e ingresos") que no era muy diferente del programa Balcerowicz un año después. Pero fracasó por la falta de voluntad de los trabajadores para aceptar recortes salariales. Se suponía que las conversaciones de la Mesa Redonda resolverían el estancamiento, y lo hicieron reemplazando (bastante inesperadamente) al partido comunista en el gobierno, abriendo el camino a la reprogramación de la deuda polaca y a la implementación del programa Balcerowicz. 
 
 En Rumanía, la crisis de la deuda llevó a Ceausescu a decidir emprender un curso acelerado de pago de la deuda externa, con el fin de deshacerse para siempre de la intromisión económica extranjera. Impuso medidas increíblemente austeras, incluidos cortes draconianos de electricidad, reducción de la disponibilidad de alimentos, etc. En 1989, Ceausescu era una figura solitaria en Europa y fue derrocado en un golpe de estado.
 
 Hungría cojeó con un bajo crecimiento y problemas permanentes de balanza de pagos, sin ni siquiera estar en mora, o incluso reprogramar su deuda. (Algunos húngaros solían quejarse de que, después de 1989, Polonia consiguió la condonación del 65% de su deuda, mientras que Hungría tuvo que devolverlo todo). El cambio de régimen se produjo también en Hungría.
 
 Sin embargo, China evitó todo esto, tal vez por pura suerte de ser un reformador tardío y ver a dónde conducía el endeudamiento sin un cambio en la estructura de la gobernanza económica. 
 
También escapó del Big Bang, habiendo llegado, como detalla Weber, tres veces en un abrir y cerrar de ojos para implementarlo. A diferencia de la represión en Polonia que dejó a Jaruzelski en un limbo, la violencia de Tiananmen de 1989 desplazó irónicamente las energías del cambio político al desarrollo económico. 
Cuando Deng hizo su famosa "gira por el sur" en 1992 (que hizo como, técnicamente, un ciudadano privado), China estaba lista para adoptar el otro camino: atraer inversiones extranjeras y de la diáspora, adquirir tecnología extranjera y emular a los países de Asia oriental y sus economías “milagrosas”.
 
 La historia que se cuenta aquí es importante por dos razones. Primero, en comprender las fuentes del éxito chino que no fueron planificadas, sino producto de una serie de acontecimientos fortuitos. En segundo lugar, hacernos comprender que el principal impulso de la caída de los regímenes comunistas fue económico. 
 
A los politólogos occidentales les encanta escribir sobre la "libertad" y el "espíritu de 1989", etc. A menudo no saben mucho sobre la economía comunista, ni tienen una idea de cuán ineficientes son las economías, y el deseo de reformarlas utilizando créditos occidentales creó una poderosa combustión que, con bastante rapidez (en menos de una década), rompió la espalda del comunismo."                   (Branko Milanović, brave New Europe, 02/06/21, traducción google)

5/4/21

Que casi cinco millones de españoles no puedan trabajar aunque quieran, eso es una crisis... Que el déficit del Estado del año pasado casi llegue al 11%, y la deuda pública ascienda hoy al 120% del Producto Interior Bruto, no es una crisis sino que son desequilibrios macroeconómicos a los que algún día (no ahora) habrá que dar solución... Los déficits no impidieron que Franklin Delano Roosevelt pusiera en práctica el new deal, ni tampoco disuadieron a John F. Kennedy de impulsar un programa para enviar al hombre a la Luna, ni jamás privaron a algunos políticos de cualquier parte de apoyar conflictos, olvidándose de la tabarra del equilibrio presupuestario

 "Sufrir diariamente un centenar de muertos, o 200 o 500, como efecto más nocivo de la pandemia del coronavirus, esto sí que es una crisis. Que casi cinco millones de españoles no puedan trabajar aunque quieran, eso es una crisis. Que el total de ciudadanos en situación de pobreza severa (los que viven con menos de 16 euros al día) superen al final de este año los cinco millones, o que los pobres relativos (con 24 euros al día) lleguen al 23% del total de la población, es una crisis. Que el salario mínimo anual sea de 13.300 euros mientras los principales ejecutivos del Ibex 35 cobran 138 veces lo que sus empleados peor pagados (179.400 euros), es motivo de una crisis. Etcétera.

Que el déficit del Estado del año pasado casi llegue al 11%, y la deuda pública ascienda hoy al 120% del Producto Interior Bruto, no es una crisis sino que son desequilibrios macroeconómicos a los que algún día (no ahora) habrá que dar solución. 

Como ambos porcentajes sirven para financiar el gasto público, el catedrático de Historia Francisco Comín los ponía en contexto en este mismo periódico: el porcentaje de gasto público sobre el PIB se disparó durante el año pasado del 42% a aproximadamente el 51%; sólo en periodos de guerras o turbulencias económicas, políticas o sociales se han alcanzado tasas del gasto público superiores en relación al PIB. Ni durante la democracia ni con el franquismo se registraron ritmos de incremento superiores. Habría que retroceder a la Guerra Civil para hallar alzas mayores. Voluntaria u obligadamente se está desarrollando ante nuestros ojos, sin teorización previa alguna, un cambio de paradigma en la política económica.

Estos días se ha publicado en España un libro bien interesante por polémico: El mito del déficit, de la profesora norteamericana Stephanie Kelton (Taurus). Por la formación neoclásica de la mayor parte de los economistas en activo es difícil que ellos compartan las tesis de Kelton. Incluso bastantes de aquellos que rompieron con esa ortodoxia y se adentraron en alguna de las escuelas del keynesianismo no logran compartir las tesis de la Teoría Monetaria Moderna (TMM) que desarrolla esta profesora que ha sido economista jefe del Comité de Presupuestos del Senado de EE UU, y sus colegas de la Universidad de Misuri-Kansas City como Randall Wray, William Black o Michael Hudson.

El libro combate al menos media docena de mitos que, según la autora, recaen sobre la maldad ontológica de los déficits públicos; por ejemplo, la idea (tantas veces repetida entre nosotros) de que el Gobierno debe diseñar los Presupuestos como lo haría una familia o un hogar, lo que no tiene en cuenta que el Gobierno tiene el poder de emitir moneda (los países que tienen soberanía monetaria: EEUU, Canadá, Australia, Japón, Canadá…).

 O que los déficits representan una carga para las siguientes generaciones, abrumadas por una deuda disfrutada por sus predecesores; o que son perjudiciales porque expulsan a la inversión privada, ya que no la financian; o que el aumento de los derechos socioeconómicos siempre conlleva dificultades que acaban llevando al déficit el debate. Mariana Mazzucato, otra economista muy relevante, ha escrito que después de leer el libro de Kelton “nunca volverán a pensar en el presupuesto público como quien maneja una economía doméstica”.

La TMM es una teoría económica que defiende que un Estado soberanamente monetario tiene una capacidad ilimitada para pagar los bienes que desee comprar o cumplir con los pagos prometidos. La insolvencia y la bancarrota de ese Estado no son posibles ya que siempre puede pagar. Los límites del déficit no están en la capacidad del Estado para gastar dinero, sino en resistir las presiones inflacionistas. Los déficits no impidieron que Franklin Delano Roosevelt pusiera en práctica el new deal, ni tampoco disuadieron a John F. Kennedy de impulsar un programa para enviar al hombre a la Luna, ni jamás privaron a algunos políticos de cualquier parte de apoyar conflictos, olvidándose de la tabarra del equilibrio presupuestario."                 (Joaquín Estefanía, El País, 01/04/21)

12/1/21

Acerca de la financiación de la deuda pública

 "Recuerda en uno de sus hermosos y profundos textos Rafael Sánchez Ferlosio una anécdota del emperador Vespasiano, quien había mandado instalar letrinas de pago por toda Roma, cosa que  algunos cortesanos  opinaban impropio en la medida que el decoro del imperio podía verse ensuciado por tan sucia forma de financiación. 

La respuesta de Vespasiano, según lo cuenta  Suetonio en su obra De uita duodecim Caesarum, libri VIII, (Vida de los Doce Césares), se la dió “a su hijo Tito , que también le reprochaba el haber creado un impuesto sobre la orina” . A él, “le acercó a las narices el dinero de la primera recaudación, preguntándole si le molestaba el olor, y al contestarle Tito; “Non olet”, le replicó: “Y sin embargo es el producto de la orina””.

Sí, es cierto: el dinero “no huele”, venga de donde venga, por más oscura que sea su procedencia. ¿ Se niegan acaso los comerciantes a venderles a los acaudalados traficantes de drogas o de armas,  o a los mercenarios o a los dictatoriales jeques árabes o a sus familias cuando “honran” sus afamados locales? ¿les cierran acaso sus puertas los restaurantes u hoteles de moda? ¿no les hacen, más bien, reverencias los vendedores de vehículos de lujo, yates o aviones privados?

He recordado esta anécdota clásica tras leer el artículo que el famoso economista Raghuram G.Rajan ha publicado en el Proyect Syndicate este 30 de noviembre pasado con el título “¿Cuánta deuda es demasiada?” (se puede leer en español en el siguiente enlace:  https://www.project-syndicate.org/commentary/borrowing-and-spending-limits-in-ultra-low-interest-rate-environment-by-raghuram-rajan-2020-11/spanish

En su artículo, Rajan lanza un aviso respecto a los posibles problemas que el mundo puede afrontar a consecuencia de las nuevas emisiones de deuda pública que los gobiernos de todos los países  se están viendo obligados a hacer para financiar el incrementos de gastos en los que han tendido que incurrir para hacer frente a la pandemia de COVID-19.

Su “análisis” se centra en el caso de los EE.UU y sobre todo puede leerse como un ataque frontal a la llamada Teoría Monetaria Moderna, (TMM) para la que un gobierno que tenga soberanía monetaria o sea que controle la emisión de su propia moneda (o sea, que tenga el monopolio en la emisión de dinero legal) no tiene problemas a la hora de financiar sus déficits públicos pues siempre puede recurrir al Banco central y venderle su deuda. Hay, por supuesto, un límite a esa “barra libre” de la que dispone un gobierno monetariamente soberano, y es la inflación. La financiación monetaria del déficit público no tendrá obstáculo alguno mientras haya recursos productivos ociosos, es decir, mientras haya desempleo. También, la posible depreciación de la moneda puede poner ciertos límites a esa “financiación” gratuita del déficit público que sostienen los partidarios de la TMM.

Obviamente, si hay un país donde la TMM podría aplicarse pues cumple los criterios exigidos sería EE.UU. Al revés de España, que depende del Banco Central Europeo y éste de lo que decidan los “alemanes”, el gobierno norteamericano no sólo tiene soberanía monetaria y desempleo, sino que al ser el dólar la moneda de reserva central del sistema de pagos internacional, no cabe imaginar que ese tipo de financiación de su déficit le fuese a suponer una gran depreciación, aunque los productores americanos bien que la ansían para intentar recuperar algo de competitividad en los mercados internacionales de bienes y servicios.

Pues bien, para “bajarles los pies a la tierra” a esos ilusos de la TMM, aparece Rajan. Sí, acepta, ahora los tipos de interés están por los suelos, e incluso son negativos , por lo que es un buen momento para endeudarse como prescriben no sólo los economistas de la Teoría Monetaria Moderna sino otros, nada radicales, como por ejemplo Olivier Blanchard.

Pero, hay que tener cuidado con toda “teoría” (Rajan pone la palabra “teoría” entre comillas para dar a entender que no la considera merecedora de semejante honor) “que promete algo sin pedir nada a cambio” . Hay que tratarlas con escepticismo, venden “espejitos de colores”. Es esta opinión generalizada entre  todos aquellos que “piensan” que el lema que debe inscribirse en la entrada de toda Facultad de Economía es  NADA ES GRATIS.

No, dice Rajan, NADA ES GRATIS. Ni tampoco lo es la financiación monetaria del déficit. Hay un límite a la cantidad de deuda que un gobierno puede emitir aun en las condiciones actuales tan propicias para la aplicación de la TMM. Y cito al pie de la letra:

“Eso nos remonta a la pregunta inicial sobre cuánta deuda puede emitir un gobierno. No basta con que un gobierno garantice que puede realizar sus pagos de intereses; también debe demostrar que él y sus sucesores pueden pagar la deuda principal. Algunos lectores protestarán diciendo que un gobierno no tiene que pagar la deuda, porque puede emitir nueva deuda para pagar la deuda que vence. Pero los inversores comprarán esa deuda sólo si confían en que el gobierno puede pagar toda su deuda con sus ingresos prospectivos. Muchos mercados emergentes han enfrentado una “repentina interrupción” de deuda mucho antes de alcanzar un pleno empleo, debido a una evaporación de la confianza de los mercados en su capacidad de reestructuración de la deuda.
En otras palabras, el inversor en deuda nueva tiene que confiar en que los ingresos tributarios actuales y futuros del gobierno (netos de gasto crítico) serán suficientes para pagar su deuda acumulada. Hay un límite, pero si los fondos recaudados a través de la nueva deuda se invierten en proyectos de infraestructura de alto retorno, probablemente nunca se ponga a prueba –los ingresos futuros adicionales pagarán la deuda adicional-. Si, por el contrario, el dinero se gasta en un apoyo necesario a los hogares pobres y vulnerables, el límite finalmente estará a la vista.”.

Por supuesto, Rajan es consciente de que en los duros tiempos que corren, con los muertos por COVID acumulándose en las morgues, la defensa de la austeridad puede ser tildada de indiferencia moral, e incluso de maldad. Por ello, acaba su texto así:

“Éste no es un argumento para una austeridad inmediata. En la medida que los gobiernos puedan ponerle una meta al gasto para proteger la capacidad económica de los hogares y las empresas durante la pandemia, recuperarán esas inversiones a través de ingresos futuros”.

Pero, ¡cuidado”, ultima Rajan como neoliberal y economista neoclásico puro y duro:

“El gasto público, sin embargo, debe ser sensato, y no estar basado en un pensamiento monetario mágico“

Y es que economistas de verdad, economistas “comme il faut”, los economistas “sensatos” y “científicos” y no “mágicos” sólo lo son “ellos”, los neoclásicos, los neoliberales.

No es el momento de que me ría de esa creencia estúpida. Tan sólo me referiré al argumento de Rajan. Obsérvese que toda la argumentación de Rajan descansa en la idea de que sólo hay UN tipo de dinero que sirve para pagar la deuda pública, aquel que “huele”  a “sangre, sudor y lágrimas”, aquel que viene de los impuestos y por tanto de exacciones que el gobierno hace a los ciudadanos, dinero – pues – que estos han tenido que “ganar” duramente, sufriendo, que surge por tanto de  sus dolorosos y olorosos esfuerzos productivos, de sus desvelos y trabajos. (Recuérdese aquí su prescripción según la cual el inversos “bueno”, el correcto, no puede aceptar cualquier como remuneración de la deida que ha compra sino sólo la que procede de ingresos tributarios, de impuestos:  “el inversor en deuda nueva tiene que confiar en que los ingresos tributarios actuales y futuros del gobierno (netos de gasto crítico) serán suficientes para pagar su deuda acumulada”).

Pero no, como bien sabía Vespasiano y todo un economista como Rajan ignora, es que el dinero no “huele”. que aquellos que compran deuda pública, quieren que se les pague el principal y los intereses, en dinero, venga este de donde venga. Y les debe dar  igual, a menos que sean unos sádicos, si ese dinero viene empapado de los sudores y olores del trabajo de las gentes o si viene limpito y oliendo a tinta recién impresa de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Lo importante es que sea DINERO: algo que sirve como unidad de cuenta, medio de pago y depósito de valor. Pedir, exigir -como lo hace R.Rajan y los demás economistas neoclásicos- que la deuda pública sea pagada con “el sudor de la frente” de quienes no la tienen es una estupidez económica, si la alternativa igualmente (o más) es eficiente pagarla con dinero, con billetes que no cuesta nada hacerlos. Una estupidez que responde, sin duda, a la idea de que, a fin de cuentas, el dinero es en última parte algo costoso de producir, como el oro. Sí, realmente, en el fondo, el cerebro de los economistas neoclásicos nunca ha logrado superar el “salvaje” (en opinión de Keynes) estadio del “patrón-oro: No conciben la existencia de un dinero que no sea el dinero-mercancía, el dinero que cuesta el ser producido. Por eso no entienden nada del mundo moderno.

Dicho de otra manera, la defensa de Rajan de que la deuda pública ha de ser siempre pagada con dinero procedente de impuestos, o sea, costando esfuerzo y penalidades a quienes al final la pagan  con sus trabajos y vida, que la pagan así a quienes la han comprado previamente (o sea, los pudientes), no tiene ninguna lógica económica en las condiciones que define la Teoría Monetaria Moderna. Responde por ello más bien a un programa político muy determinado. Un programa que cuestiona la ayuda a los “pobres y vulnerables” como improductiva, pues no genera  impuestos en la cuantía necesaria para pagarla. Un programa, en suma. que defiende la desigualdad y la exclusión social, que -para colmo- pretende que la “Ciencia” Económica lo avala.

¡Cómo se les nota a estos “economistas” cuando su “ciencia” no es más que “ideología”!

Nota: Sobre esto del dinero-“sangre-sudor-y-lágromas” y del dinero-“gratis””, másd o menos, he escrito ya muchas veces. Por ejemplo en https://www.rankia.com/blog/oikonomia/4630289-casa-papel-lecciones-economicas-profesor  donde  -por una vez- los guionistas de una serie televisiva “acertaron”, lo que es difícil y digno por ello de ser reconocido."                  (Fernando Esteve Mora , redmmt, 16/12/20)