Muchos percibimos que no vivimos en una verdadera democracia, sino que los ricos controlan la política a través de diversos mecanismos. Pero ahora no es sólo una sensación, es algo demostrado con datos y estudios
En el estudio de Gilens (2005) se demostró que el sistema democrático
liberal tiende a frenar los cambios y a preservar el statu quo
(beneficiando obviamente a los ricos actuales). Incluso cuando el 90% de
la población quiere un cambio, la probabilidad de que suceda es del 44%
También se demostró que es más probable que se apliquen las políticas
que gustan al 10% más rico de la población que a las que gustan al
percentil 50 o al 10% más pobre de la población.
Pero es que cuando las preferencias de los ricos chocan contra las de
los pobres, entonces estos últimos nunca son escuchados, apoyen mucho o
poco la medida. Pasa algo muy parecido con los ciudadanos del percentil
50. Sólo importa la opinión de los ricos.
En el estudio se apunta a muchas explicaciones de estos resultados, pero
destaca el hecho de que la mayoría de las donaciones a las campañas
electorales provienen del 10% más rico. Quien paga manda. Tanto en EEUU,
como en Francia como en Corea del Sur.
El mismo estudio se actualizó en 2014 y ofreció los mismos resultados:
cuando los ricos quieren una cosa y el resto no, se salen con la suya.
El resto de la población apenas logra que su política salga adelante.
En el estudio de Bartels (2002) también se demuestra que, a mayores
ingresos, mayor es la probabilidad de que la política que prefieres sea
aplicada, y la que no prefieres rechazada. Esta probabilidad se dispara
en algunas políticas sensibles como el aumento del salario mínimo
Y ojo que esto no sólo ocurre para políticas económicas: también es
igual para políticas sociales como la regulación del aborto. Es decir,
los ricos no sólo maniobran para seguir siendo ricos, sino para imponer
su ideología al resto de la población.
Tanto los senadores del partido demócrata como los del republicano hacen
más caso conforme la gente tiene más dinero, pero especialmente le
ocurre a los del partido republicano. Solamente en políticas raciales,
el partido demócrata hace caso a las personas con bajos ingresos.
El estudio de Svallfors (2016) sobre Suecia es muy interesante: denuncia
que el poder ya no se encuentra en los partidos políticos sino en los
más de 2.000 profesionales de la políticas (consultoras, think tanks...)
que tienen muchos recursos y conocen el juego burocrático
Pero mi preferido es el estudio de Emeneger (2019) para Suiza: en él se
demuestra que los ricos lograron convencer a la gente para que votaran
en contra de un impuesto que sólo afectaba al 1,5% de la población, y
que beneficiaba al resto. El 71,1% voto que NO en contra de sus
intereses
Y todo ello a pesar de que la mayoría de los votantes suizos declararon
aspirar a una sociedad con menos desigualdades y que era muy improbable
que ellos fuesen afectados por dicho impuesto en algún momento.
El argumento que utilizaron los ricos era que el impuesto acabaría
provocando despidos en las pequeñas y medianas empresas, lo cual era
totalmente falso porque la propuesta de ley las blindaba. Ese argumento
falaz se repitió más que ningún otro en los medios.
"Da vergüenza ajena
presenciar cómo Zuckerberg ejecuta sentidos actos de contrición en
nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se
los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados
liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse
favorablemente ante la inminente administración Trump
Resulta patético ver a un súper billonario como Mark Zuckerberg
haciendo donaciones y arrastrándose por los pódcast y espacios más MAGA
con esa tortilla francesa mal hecha que se ha puesto en la cabeza. Da
vergüenza ajena presenciar cómo ejecuta sentidos actos de contrición en
nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se
los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los
malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra
recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump. Casi
inspiraría compasión si la mereciera; por mucho que pueda pagársela.
No llega al nivel de los saltitos anfetamínicos de Elon Musk en aquellos mítines inolvidables del road movie de la campaña presidencial, pero se acerca bastante y busca desesperadamente situarse a su estela. Su retirada de los verificadores de Facebook, Instagram y Threads
en nombre de la libertad de expresión y la insoportable censura de no
permitir que se proclame que las mujeres son enseres domésticos o que
los homosexuales y las personas trans son enfermos mentales se aproxima
bastante, en cambio, a la decisión de Jeff Bezos de impedir que The
Washington Post pidiera el voto para alguno de los candidatos o censurar una caricatura suya y de sus Bros rindiendo pleitesía al Bro en jefe, Donald Trump, a cambio de sacas de dinero como aquellas que enloquecían al tío Gilito.
Uno se pregunta para qué vale tener tantos miles de millones y
tanto poder si, al final, tienes que andar dejando que te rapen el pelo
en la plaza del pueblo o haciendo de Oberkapo del primer presidente
delincuente convicto de la historia de los USA. Si realmente merecerá la
pena haber acumulado tantos miles de millones para ahora andar de
palanganeros y aplaudidores de un delincuente para acumular otros
cuantos miles de millones más.
Trump ya los hizo aún más ricos sólo con su victoria.
La perspectiva de entrar ahora a saco en el botín de las finanzas
federales, bajarse aún más los impuestos y seguir esquilmando los
programas públicos financiados con los impuestos que sí pagan los demás,
ya les hace y les hará aún mucho más ricos. La administración Trump fue
y volverá a ser el ejemplo más perfecto y poderoso visto nunca sobre la
faz de la tierra de ese “Capitalismo granuja” teorizado y descrito por
el Nobel de economía Joseph Stiglitz —“Crony reinter capitalism, 2024”—, como la degeneración definitiva del llamado capitalismo de amiguetes —“Phony capitalism”. 2022—.
Ya no se trata solo de prevalerse de las relaciones
privilegiadas con el poder y los decisores para hacer negocios en el
límite de la ley y el mercado. Ahora se trata de hacerlos al margen o
fuera de la ley o cambiando las leyes para convertirlos en el santísimo
mercado.
Pero hay algo más tras semejante exuberancia irracional de
servilismo rentista. Les mueve la codicia, pero puede que aún les
incentive más el miedo a un Donald Trump que lleva cuatro años
prometiendo ajustar todas las cuentas pendientes con todos los traidores
tras su derrota en 2020. Saben que lo hará y sin piedad. Tantos
billones y ni siquiera les valen para dormir tranquilos. Efectivamente,
el miedo ha cambiado de bando, pero por las razones más inopinadas." (Antón Losada , eldiariio.es, 12/01/25)
"A principios de este mes, Kenneth Iwamasa, de 59 años, ayudante del
actor Matthew Perry, se declaró culpable de conspiración para
distribuir ketamina, la droga que provocó la muerte de su empleador. Muy
pocas personas conocen de primera mano la dinámica tóxica que puede
desarrollarse al asistir a un famoso o entienden el desequilibrio de
poder inherente que puede surgir. Yo sí los conozco.
En 1998 trabajé durante dos meses como asistente personal de Harvey
Weinstein. Fui testigo de las muchas formas en que su fama y su poder
distorsionaban el comportamiento de la gente que lo rodeaba y de cómo,
por ser su ayudante, se me consideraba menos que una persona. Mientras
era su empleada, intentó violarme. Durante años se me impidió hablar de
ello mediante un acuerdo de confidencialidad, hasta que pude hablar en 2019.
Por supuesto, hay una distinción fundamental entre Perry, una persona
adicta, y Weinstein, un violador. Perry no era el criminal que es
Weinstein, y su exempleado (y otros) están siendo acusados como sus
facilitadores, no siendo puestos en el centro de atención como las
víctimas de Perry.
Pero cuando leí sobre la imputación
de Iwamasa, comprendí perfectamente que del ayudante de un famoso se
puede esperar que haga todo lo que le pidan, independientemente de la
ética o la legalidad. Estas peticiones pueden ir desde decir mentiras
piadosas (por ejemplo, a una cónyuge iracunda que quiere saber dónde
está tu jefe) hasta conseguir caprichos ilícitos (como drogas). En el
enrarecido mundo de los famosos, los asistentes no suelen ser tratados
como personas. Son más bien accesorios: apenas remunerados, muy
prescindibles e intercambiables.
En la última década, he reflexionado profundamente sobre la complicidad y la culpabilidad. ¿Es cierto, como sostenía
el teólogo alemán Martin Niemöller, que quienes no se pronunciaron en
la Alemania nazi eran tan culpables como los carceleros? En mi opinión,
se trata de una falsa confusión. Como asistente, te encuentras en un
doble aprieto: casi no tienes poder, pero tienes una responsabilidad
desproporcionada. En un sentido fundamental, los asistentes no se
pertenecen a sí mismos.
Iwamasa vivía a tiempo completo con su jefe, presumiblemente para
poder estar a su servicio las veinticuatro horas del día. En mi época de
asistente, a menudo me veía como una mayordoma aterrorizada. Mi trabajo
consistía en ser invisible y estar en todas partes a la vez. Se trataba
de conjurar lo imposible y luego hacer que lo imposible pareciera que
nunca había ocurrido. Esa es la alquimia de la asistencia. Si te haces
notar, estás haciendo un mal trabajo. Solo habrás tenido éxito cuando
nadie se fije en ti ni en las cosas que has hecho realidad.
Weinstein me dijo una vez que le gustaban las chicas chinas porque son discretas, y me habló a menudo de la lealtad. Del mismo modo, los informes
sobre la presencia en las redes sociales de Iwamasa han detallado cómo
destacaba la discreción y la lealtad como atributos profesionales.
Palabras como discreto y leal suelen señalar a los clientes adinerados
que uno no solo mirará hacia otro lado cuando sea necesario, sino que
facilitará sus indiscreciones. Se esperaba de mí que guardara los
secretos de mi jefe, que protegiera su reputación y, en última
instancia, me convertí en su víctima.
En el caso de Weinstein, podemos señalar a todo un círculo de
personas que permitieron su actividad delictiva, incluidos, entre otros,
contables, miembros de la junta directiva, abogados, todos los cuales
tenían acceso al dinero y el poder que les permitía defenderse. Los
famosos pueden verse rodeados de una corriente de aduladores que les
dicen que están por encima de la ley. Pocos se atrevieron a decirle a
Weinstein que no podía hacer algo o que había ido demasiado lejos.
El sistema que permite este desequilibrio va mucho más allá del
privilegio. En lo que respecta a las indiscreciones de Weinstein hacia
las mujeres (en otras palabras, las violaciones), sus facilitadores no
se limitaron a decirle que se saldría con la suya. Lo que es más
peligroso, le hicieron creer que tenía el derecho divino de hacer lo que
quisiera, con argumentos como: eres un genio creativo y necesitas
inspirarte en algún sitio, o eres un buen hombre con debilidad por las
mujeres guapas. Weinstein pasó décadas cultivando su propia imagen de
genio torturado. Cayó en su propio mito, y lo consumió.
Los asistentes son a menudo conscientes de este comportamiento, pero
tienen poco poder y pocas opciones frente a él. He intentado describir
en vano esta sensación de entrampamiento a personas ajenas a la
industria cinematográfica. Me han preguntado por qué no conseguí otro
trabajo. Las imágenes recientes de Weinstein, encorvado y tembloroso
sobre su andador, han destruido las imágenes del magnate de los medios
de comunicación en el cenit de su poder, pero en 1998, era casi
imposible conseguir una reunión con el hombre, y mucho menos trabajar en
su oficina. Una vez allí, podía ser despedida de un momento a otro, y
era plenamente consciente de que supondría la pérdida no solo de ese
trabajo, sino de cualquier otro en la industria cinematográfica. La
lista negra era permanente.
Como su asistente, no tenía identidad propia. Borrada mi identidad y
reducidas mis necesidades, me sentía como un fantasma cuyo destino
estaba ligado a mi empleador. Esta trágica dependencia unidireccional
nunca está más clara que cuando se trata del mundo legal. Como asistente
personal, si alguna vez te piden que hagas algo éticamente dudoso, te
tranquilizan de inmediato, como me ocurrió a mí: no te preocupes, nunca
te meterás en problemas. Harvey tiene a su disposición a los mejores
abogados del mundo. Ese punto de vista me desconcertaba. Siempre me
daban ganas de replicar: “Sí, él los tiene, pero yo no”.
Si soy (y lo soy) una entidad jurídica distinta de la persona a la
que asisto, la responsabilidad de mis actos es solo mía. ¿Qué importa,
entonces, cuánto dinero tenía Weinstein o qué abogados tenía en
marcación rápida?
Existe un riesgo tácito más oscuro: si tu disputa legal es con tu
empleador, no hay salida. Como asistente, tu identidad, por no hablar de
tu medio de vida, está tan ligada a tu empleador que la sociedad te ve
como una sola entidad, pero el sistema legal no.
Esa simbiosis se deshizo en el caso de Iwamasa. La muerte de Perry
rompió su conexión para siempre. Perry (y sus abultados bolsillos) ya no
están para proteger al asistente. Sin ese patrocinio, el sistema legal
ha venido por él.
No me sorprende que Iwamasa se declarara culpable. El ayudante, que
suele ser invisible, se encuentra de repente en el centro del escenario,
el último lugar en el que está preparado para estar. Además de
invisible, el asistente también puede estar sin dinero, sin poder y ser
un objetivo vulnerable. Es demasiado fácil convertir al mayordomo en el
chivo expiatorio."
(Rowena Chiu , activista y exasistente. Revista de prensa, 24/08/24. Este artículo, publicado originalmente en The New York Times)
"Gregorio Morán (Oviedo, 1947) es uno de los últimos cronistas políticos chapados a la antigua. De esos que vivieron los tiempos en los que las oficinas de los periódicos olían al humo rancio de los puros y en los que los periodistas redactaban sus noticias acompañados por el ruido ametrallador del teletipo de la habitación de al lado.
Como antiguo partícipe de la oposición contra el franquismo, conoce de primera mano la historia de la Transición (1975-1982) y de los primeros años de la democracia. Ello le ha llevado a escribir algunos libros muy relevantes sobre el tema, incluyendo una biografía de Adolfo Suárez que el propio exmandatario valoró antes de su muerte como la mejor que se había realizado nunca.
A poco tiempo de terminar el año 2023, Morán vuelve a la carga con un texto inédito sobre otro de los líderes políticos más importantes del siglo XX en España: Felipe González. En esta entrevista podrán comprobar que el filo de su lengua es equiparable al de su legendaria pluma...
Su nueva obra narra la biografía política de una de las figuras institucionales más polémicas de la historia de España: la del expresidente del Gobierno Felipe González, que se mantuvo en el cargo durante 14 años consecutivos. ¿Cómo lo definiría? Limitándome al periodo en el que estuvo al frente del Ejecutivo, lo compararía con un jugador de billar. Y después de 1996, el año en el que abandonó la presidencia, lo describiría mediante una metáfora que él mismo utilizó: la del jarrón chino.
Creo que es bastante acertada, ya que el antiguo secretario general del PSOE se convirtió en un gran armatoste al que nadie sabía dónde colocar. Y ahora ya ha adquirido el papel de una maceta, porque está opinando sobre la vida política a pesar de que, supuestamente, se había retirado de ella. Antes ni siquiera se le habría ocurrido hacer algo parecido por temor a ser indiscreto...
Por lo tanto, hay una pregunta importante que todos los españoles deberíamos hacernos: ¿Qué es lo que ha incitado a González a cambiar su papel de jarrón chino por el de maceta con raíces?
Creo que está bastante claro, pues el tema ha suscitado mucho debate estos meses: los últimos movimientos políticos de Pedro Sánchez. ¿En qué términos describiría la trayectoria gubernamental de su antecesor sevillano? El de Felipe es un caso singular, ya que fue el primer dirigente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en llegar al Gobierno respaldado por una mayoría absoluta de su propia formación en el Congreso. Recuerde que, desde su fundación en 1879 y hasta ese momento, la organización había formado parte de varios Consejos de Ministros, pero siempre en coalición con otras fuerzas políticas.
Además, el cierre de la Transición que él mismo protagonizó supuso una estabilización de la vida democrática. A partir de esta fecha, hubo varias etapas que yo intento señalar en la biografía.
Como jugador de billar, y no es una expresión frívola, sino auténtica, González tuvo que enfrentarse a las bolas que rodaban sobre el tapete. En algunas ocasiones lo hizo con una gran brillantez, y en otras con evidente torpeza. A veces, tuvo que jugar a la modalidad americana, teniendo que hacer desaparecer algunas bolas que ya no le eran útiles...
Sin ser demasiado específico, los 14 años en los que transcurrió su presidencia podrían dividirse en dos periodos: el de la década de 1980, en el que Alfonso Guerra fue su compañero de mesa, y el de los años 1990, cuando se vio forzado a jugar solo y con las bolas que tenía a mano.
De alguna manera, la presencia y la ausencia de su vicepresidente marcaron tanto la composición de los distintos Ejecutivos como la manera de actuar de González. Llopis representaba la traición. Si hubiera seguido siendo el secretario general, el PSOE nunca habría llegado al poder
Los dos eran miembros de la facción «interior» del partido que, en el Congreso de Suresnes (1974), propició el derribo de Rodolfo Llopis y de los últimos dirigentes “históricos” de la formación. ¿Qué motivos tenían para ello? Llopis era un viejo funcionario que había sido miembro de la masonería y director general de Primera Enseñanza durante la II República (1931-1939). Su estilo era el propio de una época que ya había caído en el olvido. Él representaba la traición, y los dirigentes más jóvenes tenían otras ideas. Si hubiera seguido siendo el secretario general, el PSOE nunca habría llegado al poder. Su destino habría sido similar al del comunista Santiago Carrillo.
González empezó a construir su «nuevo» partido en 1974, y terminó de consolidarlo el 15 de junio de 1977 con la celebración de las primeras elecciones democráticas del país desde el fin de la Guerra Civil (1936-1939). La ratificación absoluta de su éxito la obtendría el 28 de octubre de 1982, cuando ganó unos nuevos comicios con la mayoría absoluta que antes mencionábamos.
Esa organización ya era la de Felipe González. Pienso que los analistas, que suelen ser mucho más jóvenes que yo, no saben valorar que no es la misma que la de Pedro Sánchez. No obstante, tanto la una como la otra son poco descriptibles sin el peso del poder. Las dos tenían y tienen escasa viabilidad fuera de él. De ahí los esfuerzos que, cada uno en su momento, han hecho por mantenerlo.
Tras la «depuración», los «vascosevillanos» se dedicaron a transformar al PSOE en un partido socialdemócrata. En su libro, usted menciona al empresario Friedrich Karl Flick, al sindicalista Dieter Konecki y a la Fundación Friedrich Ebert como agentes clave en este proceso. ¿Hasta dónde llegó la influencia del socialismo alemán dentro del nuevo movimiento político español? El segundo personaje que usted ha nombrado fue decisivo a la hora de modernizar la máquina política «felipista». Cuando González lanzó aquella intransigente frase de «o el marxismo o yo», el hombre que trabajaba en la sombra era Konecki.
Durante los primeros años de la Transición, Enrique Tierno Galván, que luego se convertiría en alcalde de la ciudad de Madrid, tenía aspiraciones de sustituir a González en el secretariado general. Pero el alemán le advirtió de que las deudas acumuladas por su Partido Socialista Popular (PSP), integrado dentro del PSOE, eran tan importantes que era mejor que se lo pensara con calma.
Tierno Galván entendió la advertencia a la perfección, así que se retiró del camino del que, tiempo después, llegaría a ser presidente del Gobierno. Había otros candidatos de menor cuantía, como Luis Gómez Llorente, aunque no tenían nada que hacer frente al andaluz. Estoy seguro de que Redondo habrá jugado al mus, pero no creo que se haya acercado nunca a un billar
¿Nicolás Redondo pudo haber dado un paso adelante? No. Él no decidió rebelarse hasta la huelga general de diciembre de 1988, cuando el PSOE y la Unión General de Trabajadores (UGT) rompieron sus tradicionales relaciones. No tenía nada que hacer frente a la brillantez, la edad, la arrogancia y el talento político de González. Ni como orador, ni como «maniobrero». Estoy seguro de que Redondo habrá jugado al mus, pero no creo que se haya acercado nunca a un billar.
Como decía usted hace un momento, el tándem formado por Felipe González y Alfonso Guerra pasó a liderar al PSOE a mediados de los años 1970. El primero fue su «rostro» público durante dos décadas. ¿Qué papel tuvo el segundo dentro de él? Consolidó el partido. Javier Solanita Solana fue el anzuelo que los socialistas utilizaron en aquellos años para atraerse a todos los elementos políticos situados a la izquierda del Partido Comunista de España (PCE). Sin embargo, Guerra se encontraba detrás suya. Fue el verdadero responsable de tejer los entramados de relaciones con otros grupos y de organizar el nuevo PSOE a escala nacional.
Tanto él como González recibieron la noticia de que habían ganado las elecciones generales de 1982 en una suite del Hotel Palace de Madrid. Hay una famosa foto que les hicieron asomados al balcón en el momento de la victoria. En ella, Guerra sostenía en el aire la mano del nuevo «Moisés».
Aquella pareja parecía indestructible. Aunque gobernar es muy difícil, y el desgaste de hacerlo le fue pasando factura a Felipe hasta que Alfonso se convirtió en otra bola con la que hubo de jugar.
Esto ocurrió en 1990. Ocho años antes, el dúo formó la cúpula de un nuevo Ejecutivo. Aun con su nuevo cargo, Guerra siguió siendo el «hombre» del Gobierno en el partido. ¿Por qué? Porque, para bien y para mal de González, su mano derecha todavía era la que lo controlaba. La conocida huelga general de 1988 expuso algunas de las diferencias que acabaron por romper su relación, pero la fractura final solo se produjo en el año que usted menciona, cuando el presidente se vio obligado a prescindir de ella hasta en el propio PSOE.
La caída de Alfonso tuvo una consecuencia muy importante: el ascenso de Carlos Solchaga a la jefatura de la mayoría socialista en el Congreso de los Diputados. Este dirigente navarro pasó a ser el orientador, divulgador e incitador de las decisiones tomadas por el partido y su secretario general, y acabó convertido en todo un líder político.
Usted mismo afirma que Narcís Serra pasó a ser el «hombre de confianza» del presidente tras la marcha de Guerra. ¿Quién llegó a ser más importante dentro del Gobierno, Solchaga o el exministro de Defensa? Serra nunca dejó de ser un político de oficina. Solchaga era un individuo con convicciones propias. Estas no eran precisamente socialistas, aunque eso era lo de menos. Para que entienda lo que quiero decir, le voy a explicar una anécdota personal.
Yo le conocí en Bilbao, más o menos alrededor del año 1978. Y observé que poseía una dualidad insólita que, quizá, nunca se ha señalado hasta ahora. Era el asesor de la UGT en Vizcaya y, al mismo tiempo, era el hombre del empresario Pedro Toledo en el Banco de Vizcaya. Esto puede parecer paradójico, pero, entonces, a nadie le alarmaba.
Por lo que dice, parece que Guerra era un hombre más izquierdista que González. ¿Cómo se sitúa uno a la izquierda o a la derecha? En mi opinión, depende de si está o no en el poder. Hasta que llega a él, todo el mundo es mucho más radical. Fíjese en el caso de François Mitterrand, que es de manual...
Guerra se encargaba de las relaciones con los sindicatos y las bases del PSOE. Por ejemplo, comprobaba que los mítines de mineros que se celebraban todos los años en Rodiezmo de la Tercia, en las montañas leonesas y asturianas, no se les fueran de las manos a los dirigentes del Sindicato de los Obreros Mineros de Asturias (SOMA-FITAG-UGT) que los organizaban.
Por cierto, en aquella región residía un personaje de suma importancia en la historia de los últimos años del «felipismo», José Ángel Fernández Villa, que estuvo implicado en todas las tramas de corrupción habidas y por haber en la década de 1990.
La gente siempre piensa en el exdirector general de la Guardia Civil, Luis Roldán, cuando se le habla de los procesos judiciales por malversación de la época. Pero este señor era el típico trepa que sale de la nada y se convierte en multimillonario. En los años 1990, cuando empezaron a saltar los escándalos ya fraguados en los 1980, había muchos individuos como él. Cada comunidad autónoma tenía uno, como mínimo. Su caso formaba parte de un entramado general. Carrillo o Pasionaria pertenecían a un pasado que la gente ni siquiera quería recordar
Ha aludido al PCE. Los comunistas españoles lideraron la lucha de la oposición democrática contra la dictadura franquista. Sin embargo, a pesar de la limitada actuación del PSOE en este mismo marco, el Partido Socialista fue la segunda fuerza más votada en las elecciones generales de 1977 y 1979. ¿Cómo fue posible la materialización de este «sorpasso» por la derecha? Por un problema generacional. La cúpula del Partido Comunista no estaba dispuesta a asumir que personas como Carrillo o Pasionaria pertenecían a un pasado que la gente ni siquiera quería recordar.
A sus homólogos socialistas no les podía frenar ese obstáculo... Estaban mucho más cerca del imaginario del votante y del ciudadano. Aunque, en realidad, esto representaba una contradicción, ya que las bases del PCE siempre estuvieron mucho más implicadas con la sociedad que los escasos militantes del PSOE.
Toda esta cuestión tiene que ver con el peso del exilio. Santiago Carrillo creía que la mochila que llevaba encima desde que cruzó a Francia en 1939 sería fundamental para su supervivencia política cuando se implantara un régimen democrático en España. Las cosas no fueron como él las había previsto, y los socialistas le ganaron la partida porque estaban libre de esas cargas.
En octubre de 1982, la victoria de la formación de González sobre el resto de las organizaciones políticas fue total. ¿Por qué? La Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez se resquebrajaba por sus luchas intestinas. La derecha clásica española no tenía opciones, estaba hipotecada por completo. Y el Partido Socialista representaba la idea del cambio.
Ese último concepto no cuadraba con la escasa experiencia política de los nuevos gobernantes del país, quienes tampoco habían ideado grandes planes de transformación para él. ¿Cómo solucionaron esta falta de concreción? Si tú tienes el poder en tus manos, puedes arreglar lo que sea. Lamento tener que recurrir otra vez al presente más inmediato, pero, ¿puede usted evaluar las promesas del Sánchez de 2014 comparándolas con las que hace en la actualidad? No, ¿verdad? Porque el único hilo conductor que hay entre ellas es el poder.
En política, este es el único elemento que consigue explicar lo inexplicable. Los medios de comunicación, e incluso los periodistas y tertulianos independientes, estarán dispuestos no solo a aceptar lo que tú propongas, sino a encontrar justificaciones que tú ni siquiera habías pensado para desarrollar tu plan.
Lo que más sorprendió al PSOE de Felipe González, y no digamos al de Sánchez, es que, cuando llegaron al poder, se encontraron con que podían hacer todo lo que quisieran porque siempre encontrarían a una mayoría de medios, ideólogos y juristas que explicarían cómo lo imposible se había vuelto posible.
En el libro, analiza usted el nombramiento de Miguel Boyer como ministro de Economía en el primer Ejecutivo de González. ¿Su designación marcó un desvío del programa socialdemócrata del PSOE hacia el ultraliberalismo? Boyer se incorporó a la organización en el último momento. Él había sido uno de los pocos militantes de la Agrupación Socialista Universitaria (ASU) en los primeros años del franquismo tecnocrático. Sus posturas derechistas le hicieron abandonar la militancia socialista y afiliarse al Partido Socialdemócrata de Francisco Fernández Ordóñez, de donde le recuperó González tiempo después. De todo ello se deduce que el exministro siempre se encuadró en el espectro ideológico de la socialdemocracia.
Junto a Carlos Solchaga, representó una de las dos patas en las que se apoyó la política económica del «felipismo». Tuvo que dejar su cargo cuando intentó echarle un pulso al presidente con el objetivo de sustituir a Guerra. El que años después sería jefe de la mayoría del PSOE en el Congreso acabó reemplazándole a él por su atrevimiento.
González y Guerra no tenían ni pajolera idea sobre economía, al igual que gran parte de mi generación. Éramos tan ingenuos que pensábamos que la lucha ideológica era más importante que la económica... Boyer y Solchaga nunca tuvieron ese problema.
La política neoliberal se importó a España después de que ocurrieran dos acontecimientos internacionales de suma importancia: la ascensión de Reagan a la presidencia de EE UU en 1981 y la ruptura del Gobierno de unidad izquierdista de Francia en 1984. El presidente Mitterrand cambió la orientación progresista de sus políticas porque las clases medias que le habían apoyado hasta entonces se estaban disolviendo.
El giro del Partido Socialista Francés fue imitado en toda Europa. Le siguieron sus homólogos italiano, portugués, griego y español. Se puede reflexionar sobre si había alguna otra opción en aquel momento... Pero me parece que esta es una pregunta muy conservadora, porque sí la había. Si no, todos los habitantes del continente hubieran votado a los partidarios de la aplicación de programas neoliberales. Es verdad que el PSOE se dio un castañazo en las europeas de 1994. Sin embargo, allí se puede votar en conciencia. En las generales, solo se puede hacer por interés
La conversación nos lleva de nuevo al papel del poder como engranaje esencial de la vida política... Claro. Lo único que uno necesita es ganar las elecciones. Y, perdone, pero, en los comicios de 1986, González se vio consolidado. De hecho, cuando perdió ante Aznar diez años después, lo hizo por un margen mínimo. Es verdad que el PSOE se dio un castañazo en las europeas de 1994. Sin embargo, allí se puede votar en conciencia. En las generales, solo se puede hacer por interés.
La cartera de Interior fue ocupada por José Barrionuevo, quien, junto con su subsecretario, Rafael Vera, y el general de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo, fue uno de los grandes planificadores de la «guerra sucia» contra ETA. Usted describe al ministro como a un hombre que no reunía las condiciones para el puesto que le habían dado... Había sido el responsable político de la Policía Municipal de Madrid. Ese era su único haber en aquel siniestro mundo. No deberían haberlo colocado en esa posición.
Los escándalos sobre la colaboración de su ministerio con los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) surgieron en 1988 y se extendieron a lo largo de los años 1990. ¿Hasta qué punto estuvieron implicadas las instituciones en sus crímenes? No tuvieron necesidad de participar en ellos de manera directa. Los que los ejecutaron siempre fueron otros. No obstante, tuvieron una actitud más que benevolente hacia los miembros del GAL. Los jurisconsultos dicen que el silencio no significa ni sí ni no... Yo no comparto esa opinión. Para mí, el asentimiento es una forma velada de afirmación.
Usted asegura que la exposición de los GAL ante la opinión pública fue uno de los motivos por los que el PSOE perdió las elecciones de 1996. Hubo otros: las escuchas ilegales del CESID; la huelga general de 1988; el cambio de postura respecto a la entrada en la OTAN... ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? Todo ello se fue sumando, pero el propio Felipe fue quien expresó la razón fundamental de su fracaso. «A nosotros nos derrotó la corrupción», dijo en su última intervención como secretario general del Partido Socialista. No se regalaba nada. Todo se cobraba de diferentes maneras. Los miembros de la cúpula socialista y los propietarios de los media se hicieron ricos
Según lo que expone en la biografía, para encubrir todas sus contradicciones y fallos, González y su equipo se aseguraron de establecer un férreo control de los principales medios de comunicación de nuestro país. ¿Cómo lo hicieron? A través del intercambio de favores. Usted solo tiene que buscar la historia de Jesús Polanco y del grupo Prisa para entenderlo. Es bastante obvio. No se regalaba nada. Todo se cobraba de diferentes maneras. Los miembros de la cúpula socialista y los propietarios de los media se hicieron ricos.
Entonces, ¿la cuestión se reducía a una mera transacción empresarial? Claro. Con perdón, pero, en política, hay que apelar siempre a la famosa frase de El Padrino: «No es nada personal, solo negocios»."
"La gente sencilla, de a pie, la buena gente…, difusa, pero
identificable en sus hechos, de la que hablas en tu novela, parece estar
por encima del bien y del mal, moralmente blindada ¿Por qué?
En todo esto hay una responsabilidad
personal, de la que nadie quiere ni oír hablar. En todas las sociedades
existe una gran pluralidad, muchos puntos de vista. Incluso en las más
autoritarias, en su interior, son plurales, aunque esta pluralidad esté
acallada o reprimida. Son plurales porque los seres humanos lo somos.
Pero en las sociedades también existe lo que podríamos llamar una
mentalidad colectiva, una línea de pensamiento mayoritaria y que, más o
menos, acaba imponiéndose; que tiende a identificarse con la gente
corriente, la gente común. Es la que piensa como todo el mundo, la que
no sobresale particularmente por sus actos, ni valiente ni cobarde, que
se limita a sobrevivir lo más cómodamente que puede y que comulga con
esa mentalidad colectiva.
Asume como propios y reproduce los discursos
preponderantes en la sociedad. Cuando vives en un mundo pacífico,
democrático, de relativa libertad, esta gente contribuye vivamente a la
consolidación de ese estatus. Pero, ¿Qué pasa cuando esto empieza a
alterarse? ¿Cuándo aparece la frustración y la gente comienza a tener
miedo? El peligro está en que esa misma gente se convierte en el
baluarte principal del horror que se avecina. Con la misma naturalidad
con que antes aceptaban la libertad, acaban aceptando el nazismo o
cualquier otra cosa que venga de por medio. Los grandes problemas
sociales no los generan los psicópatas. Pueden, eso sí, aprovecharse de
las circunstancias en las cuales se va imponiendo una mentalidad
siniestra.
Hannah Arend, Jonathan Littell aluden al pacífico tendero que, al
hilo de las circunstancias, acaba en carnicero sin escrúpulos en un
campo de exterminio…
Arendt entra en una parte, digamos,
patológica. No tanto del que mata al otro a hachazos, sino del que va
firmando, registrando las órdenes para que todo eso ocurra. De todos los
que están contribuyendo a que el psicópata que está al final de la
cadena ejecute la monstruosidad, pero que son tan responsables como él.
Quien diseña la política de exterminio judío no va personalmente matando
judíos. En “Odio” juego con esa idea, porque en una de las dos
historias que componen la novela, que transcurre en el Londres de 1868,
el personaje. MR. Wildwood, es
dueño de una tienda de bastones. Un día entra en la tienda un tal Hyde,
quejándose de que su bastón se le ha roto. El comerciante acaba
deduciendo que Mr. Hyde utiliza el bastón para matar, y le construye uno
con cabeza de águila, puntiagudo, para que mate mejor. Pone todo su
empeño de artesano al servicio de que su producto sea lo más eficaz para
los fines de su cliente. En su buena mentalidad de gente de orden, está
haciendo su trabajo perfectamente. Como los burócratas, que llevaban la
contabilidad de cuanto gas había que comprar para las cámaras de la
muerte.
¿Dónde buscar, si es posible hacerlo, este mal? ¿En la naturaleza humana, la religión, el orden de las cosas…?
Creo que la mayor parte de la gente
que comete atrocidades y, sobre todo, que apoya, aplaude, permite,
contribuye…, a que se cometan, lo hace siempre desde posiciones, yo
diría que de buena conciencia. Eso ocurre en todo. En las religiones,
particularmente, porque juegan permanentemente, no con la buena
conciencia, sino con la mejor de las conciencias, ya que hablan
directamente con Dios. En la toma de Jerusalén, de la primera Cruzada,
hubo una matanza brutal, que el canónigo y cronista Raimundo de
Aguilers, describe diciendo que el templo de Salomón se convirtió en una
laguna de sangre en la que flotaban cadáveres: “un espectáculo
maravilloso, que alegra la vista” ¿Por qué? Porque estaban exterminando
al enemigo. Algo que también puede ocurrir en religiones laicas como,
por ejemplo, el estalinismo. En los sistemas donde hay una verdad
absoluta y, en consecuencia, una demonización absoluta del adversario,
sea real o inventado, el odio llega a la gente, que acaba aplaudiendo
monstruosidades.
La novela establece, digamos, una secuencia del odio, en la que
la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el
racismo y la xenofobia…
En el fondo, está el odio al otro, al
diferente. Es un odio por sustitución. La gente enmascara el odio hacia
sí mismo porque no es capaz de conseguir las cosas. El odio contra una
sociedad o unas circunstancias que te impiden lograr lo que buscas en la
vida (como no tienen ni el valor ni los medios parea enfrentarse a lo
que de verdad le está haciendo la vida difícil) deriva es un odio por
sustitución. Hay que buscar un culpable. Porque muchas veces el culpable
de tu desgracia eres tú mismo. Pero ¿Quién tiene el coraje enfrentarme a
sí mismo?
Siempre se busca un culpable, cuanto
más ajeno, más distinto, más identificable como otro, mejor. Los
primeros cursos de la escuela del odio al otro se hacen en el ámbito más
doméstico, y son sobre la misoginia, el odio a la muerte que,
generalmente, es heredado. Los odios, lamentablemente, se heredan.
¿Resulta el patriotismo, versus nacionalismo, un caldo de cultivo especialmente propicio a la deriva social violenta?
El patriotismo, entendido como amor a
la patria, no tendría por qué ser refugio de nada. Pero le pasa lo
mismo que a la religión. El hecho de creer en la existencia de Dios no
tendría por qué ser algo nocivo para los demás. El problema está en que
hay tendencias a que eso fácilmente derive hacia actitudes agresivas. Si
construyes tu identidad nacional sobre el orgullo de ser lo que eres y
relacionarte de manera fraternal con el resto de la humanidad, no pasa
nada. Pero si lo haces a partir de detestar fanáticamente a tu
adversario, entonces resulta muy fácil que eso acabe derivando hacia
formas de intolerancia. En España, por desgracia, tenemos la peor
experiencia nacionalista, que es el nacionalismo español, que ahora está
de revival. Ni el vasco, ni el catalán pueden compararse a él. En
cualquier caso, los nacionalismos periféricos deberían fijarse bien en
el nacionalismo español para no caer en los mismos errores y horrores.
¿Y qué decir de la relación entre odio personal y el colectivo, como el que de algún modo describe Canetti en “Masa y poder”?
He vivido durante años en el País
Vasco, además como periodista, y allí he visto que la violencia es un
problema social, colectivo, pero también en gran medida, personal y
familiar. Había odios heredados en familia. Hay odios prácticamente
inevitables, y la cuestión está en como lo gestionas. Pero hay también
odios preventivos. A ti no te ha pasado nada, pero odias a algo
imaginario. En el País Vasco se mezclaron ambos tipos de odio. Los odios
se heredan.
Formas parte de una familia y el yo
está lleno de historias, elementos que so son tuyos; la escuela donde te
han educado; las convivencias… Toda esa suma de individualidades, van
impregnándose del discurso general y viceversa.
La fealdad es también protagonista en tu novela ¿Tiene que ver con el odio, y viceversa?
La novela transcurre en los paisajes
del Londres victoriano y el París de los atentados yihadistas. En
literatura, las descripciones no deberían ser decorativas, sino activas.
Esos espacios son el espejo del alma de esos personajes. Están en
lugares feos, horrendos, sucios, de costumbres depravadas… Yo nací en el
franquismo y aquello lo veía muy claro de niño. Pensaba que aquello no
podía ser todo. Y fue la frase de André Bretón en el Manifiesto
Surrealista “La existencia está en otra parte”, la que me ayudó a salir
adelante. Cuando me fui del País Vasco a París me topé con una belleza
que te cura el alma. Allí fui donde me di cuenta de que la belleza ayuda
a vivir.
¿Es, en, en fin, el miedo la madre de todas las batallas del odio?
En Perú, un grupo de periodistas
fueron masacrados por los lugareños de una localidad que los tomaron por
guerrilleros de Sendero Luminoso ¿Por qué? Por extraños, por raros, por
ser de ciudad, porque venían de otro sitio, porque no son como
nosotros… O sea, el enemigo. El culpable de todo lo que ha pasado, pasa y
pasará. Ese mecanismo esencial del miedo y la frustración está en el
origen del odio y sus manifestaciones."
"Si bien es difícil negar que la historia esté llena de
conspiraciones, lo es mucho más afirmar que esta sea, en sí misma, una
conspiración. De esta manera concluía el sociólogo Charles W. Mills en
su libro ‘La élite del poder’, la obra que, en el año 1956, diseccionaba
por primera vez la estructura nacional del poder norteamericano. En un
complejo análisis lleno de matices, Mills distinguía tres altos círculos cuya
combinación, mezcla y comunión estaba en el origen de las decisiones
más importantes para los Estados Unidos, y por tanto, para el resto del
mundo en aquella nueva etapa de posguerra.
Dichos altos círculos hacían
referencia a los directivos militares, cercanos a las empresas de
armamento, a los grandes empresarios y a los dirigentes políticos. Un
alto empresario que estuviera en muchos consejos de administración y que
tuviera contactos con las empresas de armas detentaría probablemente
mucha influencia sobre las decisiones del gobierno federal. Estos
perfiles híbridos, que en España suelen comenzar su carrera profesional
al adquirir una plaza de alto funcionario, como los célebres abogados
del Estado, configuran la clase dominante.
Uno de los seguidores de la escuela de Mills, William Domhoff,
avanzó en este esquema de dominación a partir de su obra ‘¿Quién
gobierna Estados Unidos?’ Actualizada desde 1969 hasta el año 2020 en un
total de diez versiones, este trabajo amplía el estudio de Mills a
otras entidades aparentemente separadas del mundo corporativo, como las
más importantes universidades, las fundaciones, los ‘think tank’ y otros
tipos de instituciones sin ánimo de lucro. La clase dominante se
organiza y evoluciona con las décadas: esta se divide entre los ricos
corporativos, la élite del poder y las redes de planificación de
políticas públicas; la clave está en cómo todas las instituciones
ejercen como mecanismos de cohesión y de adaptación a las cambiantes
circunstancias del entorno económico y social. Más que una
planificación, existe una dinámica históricamente construida.
A partir de estos dos análisis, entre otros muchos, tenemos una
aproximación de cómo se genera y se mantiene la profunda conciencia de
clase de los más poderosos: la socialización de la clase dominante se
prolonga en escuelas, grupos de iguales y clubes elitistas. Sin embargo,
pese a estas ventajas, ni Mills ni Domhoff negaron nunca que Estados
Unidos, con todos sus defectos, fuera una democracia. En ella conviven
múltiples intereses que llevan a la élite a continuos enfrentamientos
internos y desacuerdos -para España podemos recordar el eterno
contencioso entre el constructor Florentino Pérez y el eléctrico Ignacio
Sánchez Galán-; los sindicatos -otro tipo de élite en sus niveles
superiores, para algunos estudiosos- han tenido una variable capacidad
de interlocución en los acuerdos laborales; los movimientos sociales
ejercen también influencia, así como otros grupos de la sociedad civil;
además, pese al retroceso que se ha producido en las últimas décadas,
son múltiples los medios de comunicación locales, comunitarios e
independientes que permiten la expresión de los intereses del público, y
por tanto, de la democracia.
Estos trabajos no permiten establecer una conclusión que quepa
en una sola línea. Plantean un marco de análisis y siembran muchas
dudas. Y es que una cosa es la ciencia social -con sus defectos y sus
aproximaciones a veces demasiado rudimentarias- y otra, la superchería. Y
si la primera exige un gran esfuerzo, la segunda ofrece una respuesta
rápida, sencilla y reconfortante a nuestros más urgentes desvelos. Una
buena terapia psicológica suele iniciarse admitiendo sus propias
limitaciones; una pseudoterapia, en competición con la primera, ha de
mostrarse mucho más atrevida y categórica. Algo así sucede con las
teorías de la dominación y del poder, cuya eterna y recurrente
deformación es el archipiélago de las teorías de la conspiración, un
nuevo opio popular digital que plantea historias fascinantes dirigidas a
unas masas mareadas por el constante flujo de información malsonante y
mal explicada.
El ensayista y profesor Ignacio Ramonet ha publicado
recientemente ‘La era del conspiracionismo. Trump, el culto a la mentira
y el asalto al Capitolio’. Centrado en los Estados Unidos -uno de los
principales emisores de gases contaminantes, pero también de todo tipo
de modas y tendencias sociales a veces no muy ejemplares-, este trabajo
repasa algunos de los rumores virales que más influencia han adquirido
en una sociedad norteamericana que parece haber cruzado el Rubicón de la
explicación conspiratoria desde la extraña victoria de Donald Trump en
2016. Las tramas de demócratas pederastas que beben sangre infantil,
portadora del adenocromo, santo grial de la energía vital y de la
juventud, se combinan con el ‘Pizzagate’, el papel asesino en la sombra
de la política demócrata ‘Killary Clinton’; a estos delirios pueden
añadirse otros, como la denuncia de una trama mundial para instalarnos
un chip rastreador a través de las vacunas contra el Covid-19, los
sospechosos rastros que dejan los aviones en el cielo (los
‘chemtrails’), hasta llegar a la mismísima planicie terráquea y a los
reptilianos de David Icke.
Se trata, en definitiva, de un culto a la mentira, y también a
una imaginación anfetamínica, que responde a las dificultades de un
mundo en constante transformación, un planeta que marcha a toda
velocidad solapando innovaciones mientras se consolida en un creciente
desarraigo social que prefiere ser ignorado. Con este caldo de cultivo,
la impaciencia ante la desazón de un mundo difícil de comprender queda
aliviada por la metadona complotista. Si no entendemos lo que pasa, es
porque ‘ellos’, los que mueven los hilos, quieren que así sea...
Progresivamente carentes de vínculos sociales profundos y
enfangados en un cinismo que pretende protegernos de la recurrente
decepción que las instituciones -la política, la justicia, los
sindicatos, la Iglesia…- nos producen, los ciudadanos navegamos en una
altamar de incertidumbre que la ficticia batalla entre medios de
comunicación e ideologías no hace sino empeorar. En esta situación
cercana a la anomia que ya detectara en el siglo XIX uno de los primeros
sociólogos, Émile Durkheim, ciertas teorías simplificadas se combinan
para ascender al rango de creencias, y para prometer un oasis al que
agarrarse al final del tormentoso horizonte. Los creyentes se sienten
temporalmente aliviados hasta el próximo revés, y encuentran en las
redes sociales de Internet a un conjunto de próximos con más síntomas en
común que tiempo para compartir sentimientos y circunstancias reales.
La curva de estas dopadas creencias es exponencial, convergiendo hacia
el delirio: lo que buscamos, al final, es sentirnos parte de algo,
queridos, aceptados, escuchados. El alarido del converso contra la
conspiración mundial es un grito de dolor y de impotencia no atendido.
La explicación complotista o conspirativa se ha convertido en
toda una institución alternativa en estos tiempos de incertidumbre
radical. Muerta la religión, la fe, que mueve montañas, sigue tratando
de excavar una ruta llena de pureza para explicar con la misma
inmediatez de la sociedad actual una enorme y desasosegante complejidad.
La conjura es uno de los nuevos ansiolíticos, que en altas dosis,
produce una creciente tolerancia. A los seguidores de estas
explicaciones mágicas se les exime de la costosa y pegajosa duda, y
liberados de esta, promueven un nuevo populismo: los que mueven los
hilos son unos cuantos malvados que, conectados internacionalmente,
planean cada movimiento de lo que en el futuro será la historia de la
humanidad. Resta descubrir el complot, hacerles caer, y comenzar todo de
nuevo. Pero hasta entonces, sigamos conectados en las catacumbas
digitales, donde el solaz del simulado apoyo mutuo nos seguirá alejando,
poco a poco, de una realidad social que no nos quiere, no nos cuida y
nos es cada vez más adversa. " (Andrés Villena Oliver , eldiario.es, 18/01/23)
"El ser humano es político por naturaleza y necesita líderes políticos.
El perfil de un político debería ser el de una persona que se siente
comprometida con su comunidad y que está dispuesta a ponerse al servicio
de esta para mejorar su calidad de vida. Sin embargo, muchas personas
que sufren distintos trastornos mentales, la mayoría trastornos de personalidad, han encontrado en la política el contexto ideal donde desarrollarse.
Cuando sus respectivas psicopatologías representarían una dificultad
de adaptación en la sociedad de ciudadanos de a pie, el sistema político
les brinda la posibilidad de un desarrollo personal en el que la
psicopatología se nutre del microcosmos de la clase política, sin
representar un problema para la persona que lo padece.
Así, el trastorno de personalidad narcisista se satisface con la notoriedad de ser político y la percepción subjetiva de poder sobre los demás. El trastorno de personalidad antisocial está encontrando un contexto muy confortable con el auge de la extrema derecha,
o incluso el trastorno histriónico de la personalidad encuentra en las
sedes parlamentarias el lugar ideal donde escenificar sus espectáculos.
El trastorno de personalidad obsesivo-compulsiva ha encontrado su
espacio en la politización de la justicia. Lo mismo ocurre con la
psicopatía, la sociopatía y los déficits graves de autoestima, que
encuentran en el poder el mejor antídoto.
Enfermedades mentales en el ruedo político
El psiquiatra y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Francisco Alonso Fernández ya se preguntaba en 1978:
“¿Cuántos políticos, llevados por factores personales, han cometido
errores en sus gestiones? (…) Cuando un político no disfruta de un
estado de salud mental aceptable, su conducta rezuma peligrosidad”.
¿Hay determinadas enfermedades mentales que encuentran en el ruedo
político un ecosistema de desarrollo? ¿Son los hemiciclos parlamentarios
lo mismo que el lienzo y el pincel con el que Salvador Dalí pudo
convertir su “locura” en arte? En cualquier caso, no tiene las mismas
consecuencias una obra de arte surrealista que una toma de decisiones
sesgada por una eventual distorsión de la realidad.
También podemos verlo en sentido contrario. ¿Es la actividad política
un factor de riesgo para desarrollar la “locura”? El neurólogo David
Owen estudió durante siete años el cerebro de los líderes políticos y concluyó que:
“El poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes”.
Factores de riesgo
La secuencia sería la siguiente: un ciudadano con factores de riesgo
de determinadas psicopatologías entra en política y, abruptamente,
alcanza cotas de poder inimaginables para él. Quizá al principio sienta
dudas sobre su capacidad de gestionar ese poder, pero rápidamente le
aparece el grupo de incondicionales que le reconocen su valía,
precisamente por el poder que ostenta.
A partir de aquí empieza a creer que está ahí por mérito propio y que
por lo tanto queda situado por encima de los demás mortales. En este
punto se entra en el momento megalomaníaco,
creyéndose infalible e insustituible (de ahí que tan pocos políticos
dimitan, negando sus propios errores, y aferrándose adictivamente al
poder).
El siguiente paso consiste en realizar grandes planes para los que
quizás tendrá la necesidad de perpetuarse, incluso cambiando las leyes
que limitan la permanencia en el poder. Y por fin se llega a la etapa
paranoide, en la que percibe que todo el mundo está contra él. Ya no
distingue entre diferencias ideológicas, sino que solo es capaz de
entender el “si no estás conmigo, estás contra mí”.
Esto le aleja y le aísla por completo de la sociedad que le eligió.
La única salida es dejar de escuchar, ir hacia adelante al precio que
sea, aunque implique el sacrificio de miles de vidas humanas, tomando
decisiones sin permitir recibir asesoramiento y ajeno a la pérdida de la
capacidad de autocrítica ante los propios errores. Finalmente “cae” del
poder y el baño de realidad implica un duelo imposible de elaborar, de
modo que lo más probable es que desarrolle una clínica depresiva.
Síndrome de Hubris: orgullo desmedido y arrogancia
Esta sintomatología ya se observó en la Grecia clásica y se ha definido como el síndrome de Hubris.
En griego antiguo, húbris (ὕϐρις) significa orgullo desmedido,
arrogancia y presunción. Se caracteriza por un ego exageradamente
sobredimensionado, ambición sin límite, actitud desafiante y temeraria,
insolencia y un sesgo cognitivo que hace creer a quien lo padece que
merece mucho más que el resto de los seres humanos, a quienes desprecia.
Síntomas del síndrome de Hubris:
Exceso de autoconfianza.
Conductas imprudentes.
Gran sentimiento de superioridad. Arrogancia, soberbia y chulería.
Preocupación exagerada por la autoimagen personal.
Pasión por el lujo y las excentricidades.
Convicción de que todo vale; el rival debe ser derrotado a cualquier precio.
Creencia irracional de infalibilidad. Incapacidad de autocrítica y de
asumir las responsabilidades de sus decisiones, que nunca reconocerá
como erróneas.
Desprecio por el asesoramiento profesional, que implicaría reconocer que otras personas saben más que ellos.
Distanciamiento gradual de la realidad. Carencia de empatía, humanidad y compasión.
Incapacidad absoluta para la elaboración del duelo por la pérdida del
rol de poder, que se solventa mediante las llamadas “puertas
giratorias”, o que se mitiga mediante sustanciosas pagas vitalicias.
A pesar de que el síndrome de Hubris responde más a una
caracterización sociológica, la psicología y psiquiatría siempre han
reconocido los efectos que el poder puede generar en la salud mental.
Como dice el proverbio, “aquel a quien los dioses quieren destruir,
primero lo vuelven loco”.
Un problema que se retroalimenta
Nos encontramos, pues, ante un problema circular que se
retroalimenta. Los factores de riesgo de determinadas psicopatologías
empujan al sujeto a encontrar en el ruedo político un ecosistema que
tendría la función de normalizar los síntomas de la enfermedad mental.
Una vez dentro de la clase política, la actual aristocracia, el poder
alimenta los factores de riesgo psicopatológico personales dentro de un
gueto que los normaliza, pero el coste se paga en sintomatología de
Hubris.
Sin duda, una espiral de la que resulta casi imposible salir, que
cada vez aleja más al sujeto de la realidad. Y esta es, precisamente, la
definición más simple de la psicopatología." (Contrainformación, 02/01/23)
"Hace varios años, la Editorial Popular del Estado chino introdujo
la traducción al inglés de extractos de los discursos de Xi Jinping y,
en algunos casos, de sus escritos bajo el título de "Anécdotas y dichos
de Xi Jinping". El original se publicó en chino en 2017. El enlace al
libro está disponible aquí. (...)
El
libro consta de dos partes. La primera está dirigida al lector chino,
trata temas chinos (pero también hasta cierto punto globales), y utiliza
sobre todo los ejemplos, proyectados como metáforas, de la milenaria
historia china, los casos de individuos extraordinarios de la época
maoísta, e incluso algunos del período contemporáneo de construcción del
"socialismo con características chinas." La segunda parte (mucho menos
interesante) es una recopilación de varios discursos pronunciados por Xi
en ocasiones de reuniones internacionales (las conversaciones con Obama
figuran allí dos veces, pero no está Putin). Se supone que la segunda
parte muestra la interacción benévola de China con el resto del mundo,
pero su carácter programático la hace mucho menos interesante. La única
excepción es cuando Xi habla de fútbol, al que es realmente aficionado, y
donde sus opiniones son interesantes.
El énfasis indiscutible en
la parte "china" del libro está en los asuntos de gobierno. Dando
numerosos ejemplos de la historia china de gobernantes y sus ayudantes
que se preocupaban por el bienestar de la gente, vivían modestamente
("Uno debe ser el primero cuando se ocupa de los asuntos del Estado, el
último cuando se ocupa de los asuntos personales"), se esforzaban por
mejorar moral y educativamente, Xi propone una teoría de la gobernanza
que se basa en la virtud de los gobernantes y en los resultados
obtenidos, no en el procedimiento. Mientras que las teorías occidentales
hacen hincapié en el aspecto procedimental (cómo se selecciona a un
gobernante, si es mediante un proceso democrático bien establecido o
no), la preocupación de Xi son los resultados. La premisa tácita no es
discutir cómo se selecciona a alguien para gobernar -y esto se aplica no
sólo a los altos cargos, sino a todos los puestos, desde el nivel más
bajo del condado hasta el jefe del CPC- sino el éxito que tienen en el
cumplimiento de sus funciones. El éxito se define en términos de mejora
del bienestar y la felicidad de las personas a las que gobiernan.
El
buen gobierno en sí, como en una historia de la antigua China contada
por Xi, no tiene por qué ser estructuralmente el mismo. Tres gobernantes
diferentes, escribe Xi, impusieron el gobierno justo mediante
mecanismos distintos: uno por su atención a los detalles y por el
control de todos los gastos del gobierno partida por partida; otro por
su buen carácter; y el tercero por los castigos severos. La corrupción
se erradicó bajo cada uno de los tres gobernantes, pero por una razón
diferente: bajo el primero, la gente no podía hacer trampas; bajo el
segundo, se avergonzaba de hacerlas; bajo el tercero, se les castigaba
si hacían trampas. Xi, que contó esa historia en 2004, no revela cuál de
las tres formas prefiere.
En todos los casos de un buen
gobierno, se hace hincapié en las características individuales de los
gobernantes. Como mencionan los editores, si en la China feudal existían
muchos gobernantes y funcionarios virtuosos y concienzudos, ¿no sería
aún más probable que los comunistas más conscientes de la ideología y
orientados al pueblo se preocuparan por sus conciudadanos? Lo que se
necesita, escriben, es "moralidad por dentro y virtud por fuera"; lo que
se busca es el gobierno de la virtud, y por la virtud.
Pero,
¿cómo lograr ese gobierno? Obviamente, teniendo gobernantes morales. De
ahí -el lector empieza a darse cuenta- la campaña ideológica de Xi: si
se desprecia la ideología confuciana-comunista y todo se valora
simplemente en términos de dinero y éxito económico, no puede haber un
gobierno moral y virtuoso. Citando a Confucio, como hacen los editores,
"si uno se permite seguir el beneficio en su comportamiento, habrá
muchos con motivo de queja". Podría haber un procedimiento justo de
selección de gobernantes, digamos, por elección, pero no necesariamente
una regla virtuosa. Esto último sólo puede asegurarse mediante la
educación de los gobernantes.
La pregunta clave, sin respuesta en
el libro, se convierte entonces en: ¿es posible lograr un
"rejuvenecimiento" educativo y moral en las actuales condiciones
"normales" del capitalismo, en las que la mayoría de la población
considera que ganar dinero es el objetivo más elevado que revela también
la propia valía individual? ¿Pueden los ejemplos traídos de la era
revolucionaria, del foro de Yen'an, del primer Mao, etc. ser relevantes
para una nueva generación criada en el mundo de la comercialización
implacable? Se puede dudar. Esto no hace que la campaña ideológica
llevada a cabo por Xi (incluyendo probablemente este libro) sea menos
relevante, sino que la hace más. Sin embargo, la probabilidad de éxito
de esa campaña no es muy alta. Xi está luchando contra el espíritu de
los tiempos, y aunque su lucha puede estar impulsada por un genuino
deseo de crear una China moralmente superior, las probabilidades de
tener éxito en este empeño no son, me temo, especialmente altas.
Pero,
quizás, Xi podría responder con la historia, contada por Mao en 1942,
del viejo loco que intenta mover dos montañas. En la versión de Mao, las
dos montañas eran el feudalismo y el colonialismo. Fueron eliminadas.
En la versión de Xi, podrían ser la codicia y la
indiferencia." (Branko Milanović, Brave New Europe, 14/08/22; traducción DEEPL)
"Los dos millones de muertes que han resultado de la
mala gestión de las élites gobernantes de la pandemia global serán
eclipsadas por lo que vendrá después. La catástrofe global que nos aguarda,
ya incrustada en el ecosistema por la incapacidad de frenar el uso de
combustibles fósiles y la agricultura animal, presagia nuevas pandemias
más mortíferas, migraciones masivas de miles de millones de personas
desesperadas, caída de los rendimientos de los cultivos, hambruna masiva
y colapso de sistemas.
La ciencia que dilucida esta muerte social es conocida por las élites gobernantes.
La ciencia que nos advirtió sobre esta pandemia, y otras que vendrán
después, es conocida por las élites gobernantes. La ciencia que muestra
que no detener las emisiones de carbono conducirá a una crisis climática
y, en última instancia, a la extinción de la especie humana y la
mayoría de las otras especies, es conocida por las élites gobernantes.
No pueden alegar ignorancia. Solo indiferencia.
Los hechos son incontrovertibles. Cada una de las
últimas cuatro décadas ha sido más calurosa que la anterior. En 2018, el
Panel Internacional de Cambio Climático de la ONU publicó un informe
especial sobre los efectos sistémicos de un aumento de 1,5 grados
Celsius (2,7 grados Fahrenheit) en las temperaturas. Es una lectura muy
lúgubre. Los aumentos vertiginosos de la temperatura (ya estamos 1,2
grados Celsius, 2,16 grados Fahrenheit por encima de los niveles
preindustriales) ya están integrados en el sistema, lo que significa que
incluso si detuviéramos todas las emisiones de carbono hoy, todavía nos
enfrentamos a una catástrofe.
Cualquier cosa por encima de un aumento
de temperatura de 1,5 grados centígrados hará que la tierra sea
inhabitable. Ahora se espera que el hielo del Ártico junto con la capa
de hielo de Groenlandia se derrita independientemente de cuánto
reduzcamos las emisiones de carbono. Un aumento de siete metros (23
pies) en el nivel del mar, que es lo que ocurrirá una vez que
desaparezca el hielo, significa que todos los pueblos y ciudades de la
costa al nivel del mar tendrán que ser evacuados.
Roger Hallam, cofundador de Extinction Rebellion, cuyos actos no
violentos de desobediencia civil masiva ofrecen la última y mejor
oportunidad para salvarnos, lo expone en este vídeo:
A medida que empeore la crisis climática, las restricciones políticas se endurecerán, lo que dificultará la resistencia pública.
No vivimos, todavía, en el brutal estado orwelliano que aparece en el
horizonte, uno donde todos los disidentes sufrirán el destino de Julian
Assange. Pero este estado orwelliano no está lejos. Esto hace imperativo
que actuemos ahora.
Las élites gobernantes, a pesar del colapso ecológico acelerado y
tangible, nos apaciguan, ya sea con gestos sin sentido o con negación.
Son los arquitectos del asesinato social.
El asesinato social, como señaló Friedrich Engels en su libro de 1845 «La condición de la clase trabajadora en Inglaterra»,
una de las obras más importantes de la historia social, está integrado
en el sistema capitalista. Las élites gobernantes, escribe Engels,
aquellas que tienen «control social y político», fueron conscientes de
que las duras condiciones de vida y de trabajo durante la revolución
industrial condenaban a los trabajadores a «una muerte prematura y
antinatural»:
“Cuando un individuo inflige daño corporal a otro de tal manera
que resulta en la muerte, lo llamamos homicidio involuntario; cuando el
asaltante sabe de antemano que la herida será fatal, llamamos asesinato a
su hecho. Pero cuando la sociedad coloca a cientos de
proletarios en una situación tal que inevitablemente se enfrentarán a
una muerte prematura y antinatural, esta muerte es de carácter violento
tanto como lo es la que se produce por espada o bala; cuando
priva a miles de lo necesario para la vida, los coloca en condiciones en
las que no pueden vivir, los obliga, mediante el fuerte brazo de la
ley, a permanecer en tales condiciones hasta que sobreviene la muerte,
que es la consecuencia inevitable, sabe que estos miles de víctimas
deben perecer y, sin embargo, permite que se mantengan estas
condiciones, su acto es un asesinato con tanta seguridad como lo es
cuando afecta a un solo individuo; asesinato disfrazado, malicioso,
asesinato del que nadie puede defenderse, que no parece lo que es,
porque nadie ve al asesino, porque la muerte de la víctima parece
natural, ya que el delito es más de omisión que de comisión. Pero el
asesinato permanece.»
La clase dominante dedica enormes recursos a enmascarar este asesinato social.
Controlan la narrativa en la prensa. Falsifican la ciencia y los datos,
como lo ha hecho la industria de los combustibles fósiles durante
décadas. Establecieron comités, comisiones y organismos internacionales,
como las cumbres climáticas de la ONU, para pretender abordar el
problema. O para negar la existencia del problema.
Los científicos han advertido durante mucho tiempo que a medida que aumentan las temperaturas globales, aumentan las precipitaciones y las olas de calor en muchas partes del mundo,
y con ello las enfermedades infecciosas propagadas por animales merman
las poblaciones durante todo el año incluidas las de las regiones del
norte. Pandemias como el VIH /SIDA, que ha matado a aproximadamente 36
millones de personas, la gripe asiática, que mató entre uno y cuatro
millones, y el COVID-19, que ya ha matado a más de 2,5 millones, se
propagarán por todo el mundo en cepas cada vez más virulentas, a menudo
mutando más allá de nuestro control.
El uso indebido de antibióticos en
la industria cárnica, que representa el 80% de todo el uso de
antibióticos, ha producido cepas de bacterias que son resistentes a los
antibióticos y fatales. Una versión moderna de la Peste Negra, que en el
siglo XIV provocó la muerte de entre 75 y 200 millones de personas,
acabando quizás con la mitad de la población europea, es, probablemente,
inevitable mientras las industrias farmacéutica y médica estén
configuradas para hacer dinero en lugar de proteger y salvar vidas.
Incluso con las vacunas, carecemos de la infraestructura
nacional para distribuirlas de manera eficiente porque las ganancias
triunfan sobre la salud. Y los del sur global están, como de
costumbre, abandonados, como si las enfermedades que los matan nunca los
alcanzaran. La decisión de Israel de distribuir vacunas COVID-19 a
hasta 19 países mientras se niega a vacunar a los 5 millones de
palestinos que viven bajo su ocupación es emblemática de la asombrosa
miopía de la élite gobernante, sin mencionar la inmoralidad.
Lo que está ocurriendo no es negligencia. No es
ineptitud. No es un incumplimiento de la política. Es un asesinato. Es
asesinato porque es premeditado. Es un asesinato porque las clases
dominantes mundiales tomaron una decisión consciente para extinguir la
vida en lugar de protegerla. Es un asesinato porque las ganancias, a
pesar de las estadísticas sólidas, las crecientes alteraciones
climáticas y los modelos científicos, se consideran más importantes que
la vida y la supervivencia humanas.
Las élites prosperan en este sistema, siempre que sirvan a los dictados de lo que Lewis Mumford llamó la «megamáquina», la convergencia de ciencia, economía,
técnica y poder político unificados en una estructura burocrática
integrada cuyo único objetivo es perpetuarse. Esta estructura, señaló
Mumford, es la antítesis de los «valores que mejoran la vida». Pero
desafiar a la megamáquina, nombrar y condenar su deseo de muerte, es ser
expulsado de su santuario interior. Hay, sin duda, algunos dentro de la
megamáquina que temen al futuro, que quizás incluso están consternados
por el asesinato social, pero no quieren perder su trabajo y su estatus
social para convertirse en parias.
Los recursos masivos asignados a las fuerzas armadas, que cuando los
costes de la Administración de Veteranos se agregan al presupuesto del
Departamento de Defensa llegan a 826.000 millones de dólares al año, son
el ejemplo más evidente de nuestra locura suicida, sintomática de todas
las civilizaciones en decadencia que desperdician recursos en
instituciones y proyectos que aceleren su declive.
El ejército estadounidense, que representa el 38% del gasto militar en todo el mundo, es incapaz de combatir la verdadera crisis.
Los aviones de combate, satélites, portaaviones, flotas de buques de
guerra, submarinos nucleares, misiles, tanques y vastos arsenales de
armamento son inútiles contra las pandemias y la crisis climática. La
máquina de guerra no hace nada para mitigar el sufrimiento humano
causado por entornos degradados que enferman y envenenan a las
poblaciones o hacen que la vida sea insostenible. La contaminación del
aire ya mata a unos 200.000 estadounidenses al año, mientras que los
niños en ciudades deterioradas como Flint, Michigan, sufren daños de por
vida debido a la contaminación por plomo del agua potable.
El enjuiciamiento de guerras interminables e inútiles, que cuestan
entre $ 5 y $ 7 billones, el mantenimiento de unas 800 bases militares
en más de 70 países, junto con el fraude endémico, el despilfarro y la
mala gestión por parte del Pentágono en un momento en que la
supervivencia de la especie está en peligro, es en sí mismo una especie
de juego autodestructivo. El Pentágono ha gastado más de 67.000 millones
solo en un sistema de defensa de misiles balísticos que pocos creen que
realmente funcionará y miles de millones más en una serie de sistemas
de armas fallidos, incluido el destructor Zumwalt de 22.000 millones. Y,
además de todo esto, el ejército de EE. UU. emitió 1.200 millones de
toneladas métricas de emisiones de carbono entre 2001 y 2017, el doble
de la producción anual de los vehículos de pasajeros del país.
Dentro de una década, veremos a la actual clase dominante mundial como la más criminal en la historia de la humanidad,
condenando deliberadamente a millones y millones de personas a morir,
incluidas las de esta pandemia, que empequeñecen los excesos asesinos de
los asesinos del pasado, incluidos los europeos que llevaron a cabo el
genocidio de los pueblos indígenas en las Américas, los nazis que
exterminaron a unos 12 millones de personas, los estalinistas o la
Revolución Cultural de Mao. Este es el mayor crimen contra la humanidad
jamás cometido. Se está cometiendo frente a nosotros. Y, con pocas
excepciones, voluntariamente nos llevan como ovejas al matadero.
No es que la mayoría de la gente tenga fe en las élites gobernantes.
Saben que están siendo traicionados. Se sienten vulnerables y asustados.
Entienden que su miseria no es reconocida y carece de importancia para
las élites globales, que han concentrado cantidades asombrosas de riqueza y poder en las manos de una pequeña camarilla de oligarcas rapaces.
La rabia que muchos sienten por el abandono se expresa a menudo en una solidaridad envenenada. Esta
solidaridad envenenada une a los marginados en torno a los crímenes de
odio, el racismo, los incipientes actos de venganza contra los chivos
expiatorios, el chovinismo religioso y étnico y la violencia nihilista. Fomenta cultos de crisis, como los construidos por los fascistas cristianos, y eleva a demagogos como Donald Trump.
Las divisiones sociales benefician a la clase dominante, que ha
construido silos de medios que alimentan el odio empaquetado a la
demografía competitiva. Cuanto mayores son los antagonismos sociales, menos tienen que temer las élites.
Si quienes se apoderan de la solidaridad envenenada se vuelven
numéricamente superiores (casi la mitad del electorado estadounidense
rechaza a la clase dominante tradicional y abraza las teorías de la
conspiración y un demagogo), las élites se adaptarán a la nueva
configuración de poder, que acelerará el asesinato social.
La administración Biden no llevará a cabo las reformas económicas, políticas, sociales o ambientales que nos salvarán.
La industria de los combustibles fósiles seguirá extrayendo petróleo.
Las guerras no terminarán. La desigualdad social aumentará. El control
gubernamental, con sus fuerzas policiales militarizadas de ocupación
interna, vigilancia total y pérdida de libertades civiles, se expandirá.
Nuevas pandemias, junto con sequías, incendios forestales, huracanes
monstruosos, olas de calor devastadoras e inundaciones, devastarán el
país, así como una población agobiada por un sistema de atención médica
con fines de lucro que no está diseñado o equipado para lidiar con una
crisis de salud nacional.
El mal que hace posible este asesinato social es colectivo. Es perpetrado por burócratas
y tecnócratas incoloros producidos en escuelas de negocios, facultades
de derecho, programas de administración y universidades de élite.
Estos administradores de sistemas llevan a cabo las tareas
incrementales que hacen que los vastos y complicados sistemas de
explotación y muerte funcionen. Recopilan, almacenan y manipulan
nuestros datos personales para los monopolios digitales y el estado de
seguridad y vigilancia. Engrasan las ruedas de ExxonMobil, BP y Goldman
Sachs. Escriben las leyes aprobadas por la clase política comprada y
pagada. Pilotan los drones aéreos que aterrorizan a los pobres en
Afganistán, Irak, Siria y Pakistán. Se benefician de las guerras
interminables. Son los anunciantes corporativos, los especialistas en
relaciones públicas y los expertos en televisión que inundan las ondas
de radio con mentiras. Manejan los bancos. Supervisan las cárceles.
Emiten los formularios. Procesan los papeles.
Niegan cupones de
alimentos y cobertura médica a unos y beneficios de desempleo a otros.
Realizan los desalojos. Hacen cumplir las leyes y los reglamentos. No
hacen preguntas. Viven en un vacío intelectual, un mundo de minucias
embrutecedoras. Son los «hombres huecos» de T.S. Eliot, «los hombres
disecados». “Forma sin forma, sombra sin color”, escribe el poeta.
«Fuerza paralizada, gesto sin movimiento».
Estos hombres de la administración hicieron posible los genocidios
del pasado, desde el exterminio de los nativos americanos hasta la
matanza turca de los armenios, el Holocausto nazi y las liquidaciones de
Stalin. Mantuvieron los trenes en funcionamiento. Completaron el
papeleo. Se apoderaron de la propiedad y confiscaron las cuentas
bancarias. Ellos hicieron el procesamiento. Racionaron la comida.
Administraron los campos de concentración y las cámaras de gas. Hicieron
cumplir la ley. Hicieron su trabajo.
Estos administradores de sistemas, sin educación en todo menos en su pequeña especialidad técnica, carecen del lenguaje y la autonomía moral para cuestionar los presupuestos o las estructuras reinantes.
Hannah Arendt en «Eichmann in Jerusalem» escribe que Adolf Eichmann
estaba motivado por «una extraordinaria diligencia en velar por su
progreso personal». Se unió al Partido Nazi porque fue un buen paso en
su carrera. Arendt continuó:
“El problema con Eichmann era precisamente que muchos eran como
él, y que muchos no eran ni pervertidos ni sádicos, eran, y siguen
siendo, terriblemente y aterradoramente normales.
Cuanto más se le escuchaba, más obvio se hacía que su incapacidad
para hablar estaba estrechamente relacionada con la incapacidad para
pensar, es decir, pensar desde el punto de vista de otra persona. No fue
posible comunicarse con él, no porque mintiera, sino porque estaba
rodeado por la más sólida salvaguarda contra las palabras y la presencia
de otros, y por lo tanto de la realidad como tal”.
El novelista ruso Vasily Grossman en su libro “Forever Flowing”
observó que “el nuevo estado no requería santos apóstoles, constructores
fanáticos e inspirados, discípulos fieles y devotos. El nuevo estado ni
siquiera requería sirvientes, solo empleados». Esta ignorancia
metafísica alimenta el asesinato social.
No podemos absorber emocionalmente la magnitud de la catástrofe que se avecina y, por lo tanto, no actuamos.
En el documental sobre el Holocausto de Claude Lanzmann, «Shoah»,
se entrevista a Filip Müller, un judío checo que sobrevivió a las
liquidaciones en Auschwitz como miembro del «detalle especial».
“Un día de 1943, cuando ya estaba en el Crematorio 5, llegó un
tren de Bialystok. Un preso en el ‘detalle especial’ vio a una mujer en
el ‘cuarto de desvestirse’ que era la esposa de un amigo suyo. Él salió
directo y le dijo: ‘Vas a ser exterminada. En tres horas, serás cenizas.
La mujer le creyó porque lo conocía. Corrió por todas partes y advirtió
a las otras mujeres. ‘Nos van a matar. Nos van a gasear. Las madres que
llevaban a sus hijos a hombros no querían oír eso. Decidieron que la
mujer estaba loca. La ahuyentaron. Entonces, fue a los hombres. En vano.
No es que no le creyeran. Habían oído rumores en el gueto de Bialystok o
en Grodno y en otros lugares. ¿Pero quién quería escuchar eso? Cuando
vio que nadie la escucharía, se rasgó toda la cara. Por desesperación.
En estado de shock. Y empezó a gritar”.
¿Cómo resistimos? ¿Por qué, si este asesinato social es inevitable,
como creo que lo es, no nos defendemos? ¿Por qué no ceder al cinismo y a
la desesperación? ¿Por qué no retirarnos y pasar nuestras vidas
intentando saciar nuestras necesidades y deseos privados? Todos somos
cómplices, paralizados por la fuerza abrumadora de la megamáquina y
atados a su energía destructiva por los espacios asignados dentro de su
enorme maquinaria».
Sin embargo, no actuar, y esto significa llevar a cabo actos masivos y
sostenidos de desobediencia civil no violenta en un intento de aplastar
la megamáquina, es muerte espiritual. Es sucumbir al cinismo, el
hedonismo y el entumecimiento que ha convertido en engranajes humanos a
los administradores de sistemas y tecnócratas que orquestan este
asesinato social. Es entregar nuestra humanidad. Es convertirse en cómplice.
Albert Camus escribe que “una de las únicas posiciones
filosóficas coherentes es la revuelta. Es un enfrentamiento constante
entre el hombre y su oscuridad. No es una aspiración, porque carece de
esperanza. Esa revuelta es la certeza de un destino aplastante, sin la
resignación que debería acompañarla”.
“Un hombre vivo puede ser esclavizado y reducido a la condición
histórica de un objeto”, advierte Camus. «Pero si muere negándose a ser
esclavizado, reafirma la existencia de otro tipo de naturaleza humana
que se niega a ser clasificada como objeto».
La capacidad de ejercer la autonomía moral, de negarse a
cooperar, de destrozar la megamáquina, nos ofrece la única posibilidad
que nos queda para la libertad personal y una vida con sentido.
La rebelión es su propia justificación. Erosiona, aunque de manera
imperceptible, las estructuras de opresión. Sostiene las brasas de la
empatía y la compasión, así como la justicia. Estas brasas no son
insignificantes. Mantienen viva la capacidad de ser humanos. Mantienen
viva la posibilidad, por débil que sea, de que se puedan detener las
fuerzas que están orquestando nuestro asesinato social. La rebelión debe
abrazarse, finalmente, no solo por lo que logrará, sino por lo que nos
permitirá llegar a ser. En ese devenir encontramos esperanza." (Artículo escrito por Chris Hedges en Scheerpost. , El Captor, 06/03/21)