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29/4/22

Pasolini quiso retratar especialmente la maniobra social y destructora que la sociedad de consumo -es decir, la producción de bienes en masa-, habría llevado a cabo transformando la sociedad con una envoltura de falso progresismo y tolerancia... Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo -entendida como entidad unificadora universal- como la más represiva de los totalitarismos... Este carácter destructor de la sociedad lo sufren primeramente los jóvenes. ‘El poder […] ha destruido toda cultura anterior para crear una cultura propia, hecha de pura producción y consumo y, por consiguiente, de falsa felicidad.’ Continúa después: Vuestras pocas élites cultas -socialistas, o radicales, o católicas avanzadas- quedan ahogadas por una parte por el conformismo y de otra por la desesperación. Los únicos que todavía se baten por una cultura y en nombre de la cultura son los jóvenes comunistas... apuesta por una ruptura frontal y sin diálogo de convivencia con la sociedad de consumo... Los valores preconsumistas: el honor, la confianza, la amistad, el homoerotismo, la virilidad o la dignidad, han sido sustituidos, las relaciones interpersonales completamente debilitadas, y la mujer, humillada

 "Imagínese una reunión entre Pier Paolo Pasolini y algún directivo de Netflix. La multinacional le explica que para hacer un guión llamativo, este ha de ser, por fuerza, inclusivo. La fuerza del guión se basaría en esto y no al contrario ¿Se acerca esto a la realidad actual tanto en Occidente como en Asia? Probablemente Pasolini se levantase de un portazo dando la respuesta. En 2022 se cumplen 100 años del director Pier Paolo Pasolini: homosexual, comunista, y contrario a la mediocridad que el capitalismo ha dirigido durante el siglo XX.

Además, fue, y es elogiado por ciertos sectores de la Iglesia Católica. La acepción por parte de la potestad eclesiástica le fue concedida por ‘El evangelio según San Mateo’ (1964). Se decía que tuvo que venir un ateo a rodar la mejor película sobre la vida de Jesucristo. Probablemente la clave de que gustara tanto es que el director viera la historia de Jesucristo como un ejemplo -de modernización social- opuesto a la modernidad. Algo así como una versión antropológica fuera de los estigmas de poder narrados en el cine de Hollywood. Jesucristo ríe, se enoja y duda.

 Es humano, a fin de cuentas. En definitiva, Pasolini recreaba entornos emocionales inclusivos sin ser este su foco de mira principal. Este modo de librepensamiento le hizo granjearse enemigos en todos los entornos que él consideraba dogmáticos en la sociedad italiana. Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo -entendida como entidad unificadora universal- como la más represiva de los totalitarismos.

Para el cine de corte social y realista, las condiciones materiales son cruciales para que la cinta funcione, es decir: retratar el momento preciso de la manera más concreta. Como en el ejemplo anterior, Pasolini viajó durante un año por los alrededores de Palestina e Israel para grabar El evangelio según San Mateo, y hasta contrató a un actor <virgen> -cinematográficamente hablando- (Enrique Irazoqui) delante de las cámaras para que la pureza del personaje fuera más real y evidente. Hasta cinco instituciones bancarias denegaron la financiación del proyecto por miedo a la censura.

El neorrealismo italiano supo retratar mejor que nadie la diferencia de clases y la crudeza de la pobreza que vivió Italia -especialmente en el sur- después de la segunda gran guerra. El cine italiano era impactante y demoledor, y también uno de los géneros más puros y cercanos a la realidad, donde todavía a día de hoy, no nos hemos acercado tanto a la realidad en términos de <reflejo social>. Pasolini quiso retratar especialmente la maniobra social y destructora que la sociedad de consumo -es decir, la producción de bienes en masa-, habría llevado a cabo transformando la sociedad con una envoltura de falso progresismo y tolerancia. Idea que, entre otros, desarrollaría Zizek en su obra En defensa de la intolerancia (1998). A lo largo de la historia, el concepto de tolerancia no ha actuado como idea positiva, donde Pasolini la cita exclusivamente con carácter nominal: es decir, como papel mojado. Sí lo ha hecho sin embargo la intolerancia (por ejemplo, podemos decir que los romanos no toleraban a los cristianos). Este carácter destructor de la sociedad lo sufren primeramente los jóvenes. ‘El poder […] ha destruido toda cultura anterior para crear una cultura propia, hecha de pura producción y consumo y, por consiguiente, de falsa felicidad.’ Continúa después: Vuestras pocas élites cultas -socialistas, o radicales, o católicas avanzadas- quedan ahogadas por una parte por el conformismo y de otra por la desesperación. Los únicos que todavía se baten por una cultura y en nombre de la cultura son los jóvenes comunistas.

Pasolini apuesta por una ruptura frontal y sin diálogo de convivencia con la sociedad de consumo. Sobre esta interpretación de la realidad, tanto el PSI como el PCI habrían caído en las mismas garras que la socialdemocracia cristiana: la aceptación de este desarrollo consumista con total identificación tanto en lo teórico como en lo práctico, y erráticos a la hora de interpretar la realidad. Quedarían siendo sin más sendos partidos en meros sustitutos de la socialdemocracia cristiana, donde no se podría hacer política, sino moral. Dentro de esta situación, la auto identificación con la etiqueta de <antifascista> estaría vacía, anulada de contenido.

Por otro lado, a Iglesia no sería más que una institución financiera y una potencia extranjera, ya que queda anulada -al disminuir drásticamente el activismo católico- a la hora de proporcionar los principios y valores cristianos entre un número mínimo de feligreses.

Utilizando términos como <conformidad> o <desesperación>, Pasolini circula entre la corriente existencialista característica de finales del XIX y principios del XX. Estas dos características citadas serían consecuencia de un cambio generacional más profundo que el que dio mundo en las épocas paleo industrial y preindustrial. Los valores preconsumistas: el honor, la confianza, la amistad, el homoerotismo, la virilidad o la dignidad, han sido sustituidos, las relaciones interpersonales completamente debilitadas, y la mujer, humillada.

La indistinción entre los conceptos de diversidad e igualdad que vemos hoy en día en las apelaciones a las políticas identitarias están presentes en el autor a través de la crítica de ambos: la diversidad, como culpa de ser diferente, y la igualdad, de por sí sola retratada en Italia. De nuevo cito al autor: lo que ha cambiado […] no es el lenguaje de las cosas: lo que ha cambiado son las cosas mismas. Y han cambiado de un modo radical. Es pues, conclusivamente, la sociedad de consumo donde ha de hacerse la crítica política para una transformación radical de la realidad.

En una sociedad donde impera la elección del consumidor a modo de elige-tu-propia-aventura, sobran las ideas y faltan ideólogos. El espectador elige cómo (además de cuánto) va a ser el impacto de su elección. Realmente esta libertad de elección debería ser magnificadora, pero lo cierto es que nos mueve lentamente a una realidad artificial y adulterada, más cerca de la ficción que de la propia realidad. Curioso que ya lo defendiera Oscar Wilde hablando en este caso de la literatura: Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial […] pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria’.

Dentro de esta perspectiva, Bong Joo-Ho nos muestra en Parasite (estrenada en 2019) una Corea del Sur sumida en la diferencia de clases. Podríamos suponer que La lucha de clases es cuestionable o creíble, pero la diferencia de clases es innegable. Hay un elemento clave que hace que esta diferencia social de clases (actualmente sumergida en el posmodernismo) funcione: A la clase obrera lo que le preocupa constantemente es la falta de dinero; a la alta burguesía, el tiempo.

La violencia no solamente se muestra de manera física. Vemos una familia trabajando desde casa en una cadena de montaje preocupada por no tener una conexión wifi decente; otra, preocupada por no sacar adelante el ingenio artístico del portentoso hijo pequeño de la familia por medio de clases particulares privadas (mal llamado aburrimiento, algo, por otro lado, que la ‘clase media’ no ha llevado nunca muy bien).

Una clase retroalimenta a la otra: donde lo que importa para unos es el tiempo, concepto que es subjetivo y relativista, para otros, es el dinero, concepto más objetivo y materialista. En resumidas cuentas, lo que debería preocupar a uno lo tiene el otro, y viceversa. En esta mezcolanza de atributos, el capitalismo defendería que esta diferencia social es natural y además es solventada por el intercambio de bienes comunes y materiales.

Sin embargo, Bong Joo-Ho recurre a la resolución del conflicto por medio de la violencia, donde la burguesía y el proletariado (en ausencia de una clase media que parece desmantelada) son sujetos incapaces de entenderse entre sí. Resulta evidente que la familia pobre de la película parasita a la rica, pero la idea es darse cuenta totalmente de lo contrario. La edulcoración de estos opuestos hace cada vez menos visible las luchas simbióticas entre clases, y en resumen, que importe menos al espectador de clase media, quien se encuentra según su juicio ‘teóricamente’ igual de alejado de ambas clases, en un especie de centro no muy bien definido.

A medida que se discute sobre la lealtad del asunto de la lucha de clases, el tercer punto de la tríada en la industria audiovisual lo aporta de manera muy inteligente lo que anteriormente definía Pasolini como la sociedad de consumo. Pasolini pensaba que la sociedad de consumo llegaría al más extremo de los totalitarismos, pues lo tiene fácil: A diferencia de lo que ambas clases sociales aspiran a alcanzar, ésta lo tiene todo a su mano. Tanto el dinero como el tiempo. La sociedad de consumo: testifica a los espectadores (por ejemplo, cancelando series a destiempo), modifica la estética visual en aras de producir mayor ingresos en cuanto a merchandising (Star Wars vs Lego), alarga obras literarias cerradas añadiendo fantasía y excesiva duración a las adaptaciones (The Hobbit), hace que las plataformas digitales sean accesibles 24 horas, y pasados los años y las décadas,  reanuda remakes y continuaciones sin sentido alguno.

Como el ángel seductor que recorre Teorema, tanto la burguesía como el proletariado serán perjudicadas por la sociedad de consumo, y las únicas entidades ganadoras dentro del posmodernismo audiovisual, serán las multinacionales y las grandes compañías."                   (Adolfo M. Rodríguez, El Papel)

13/7/20

Más de 150 intelectuales reivindican en Estados Unidos el derecho a discrepar. Autores y académicos como Noam Chomsky, Gloria Steinem, Ian Buruma, Margaret Atwood, Mark Lilla o Martin Amis firman una carta contra la "intolerancia” de cierto activismo progresista, que hace mella en ambientes académicos y culturales, donde hay señalamiento y boicoteo, “castigos desproporcionados” y una consiguiente “aversión al riesgo” o autocensura que empobrece el debate público

 "Una carta sobre la justicia y el debate abierto. Texto íntegro de la carta publicada en la revista 'Harper's' y firmada por más de 150 intelectuales sobre la naturaleza del debate en EE UU.

 Nuestras instituciones culturales se enfrentan a un momento de prueba. Las potentes protestas por la justicia racial y social están derivando a otras exigencias atrasadas de reforma del sistema policial, junto con llamamientos más amplios por una mayor igualdad e inclusión en nuestra sociedad, especialmente en lo que se refiere a la educación superior, el periodismo, la filantropía y las artes. Pero este necesario ajuste de cuentas también ha hecho que se intensifique un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica.

 Al mismo tiempo que aplaudimos el primer paso adelante, también alzamos nuestras voces contra el segundo. Las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno en el mundo y tienen a un poderoso aliado en Donald Trump, quien representa una verdadera amenaza a la democracia. No se puede permitir que la resistencia imponga su propio estilo de dogma y coerción, algo que los demagogos de la derecha ya están explotando. La inclusión democrática que queremos solo se puede lograr si nos expresamos en contra del clima intolerante que se ha establecido por doquier.

El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura: hay una intolerancia a los puntos de vista contrarios, un gusto por avergonzar públicamente y condenar al ostracismo, y una tendencia a disolver cuestiones políticas complejas en una certeza moral cegadora. 

Defendemos el valor de la réplica contundente e incluso corrosiva desde todos los sectores. 

Ahora, sin embargo, resulta demasiado común escuchar los llamamientos a los castigos rápidos y severos en respuesta a lo que se percibe como transgresiones del habla y el pensamiento. Más preocupante aún, los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de reformas pensadas. 

Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos de literatura; investigadores despedidos por difundir un estudio académico revisado por otros profesionales; jefes de organizaciones expulsados por lo que a veces son simples torpezas. 

Cualesquiera que sean los argumentos que rodean a cada incidente en particular, el resultado ha consistido en estrechar constantemente los límites de lo que se puede decir sin amenaza de represalias. Ya estamos pagando el precio con una mayor aversión al riesgo por parte de escritores, artistas y periodistas, que temen por sus medios de vida si se apartan del consenso, o incluso si no están de acuerdo con el suficiente celo.

Esta atmósfera agobiante afectará en última instancia a las causas más vitales de nuestro tiempo. La restricción del debate, la lleve a cabo un Gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a aquellos sin poder y merma la capacidad para la participación democrática de todos. La manera de derrotar las malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. 

Rechazamos la disyuntiva falaz entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas. Si no defendemos aquello de lo que depende nuestro propio trabajo, no deberíamos esperar que el público o el estado lo defiendan por nosotros.

La carta publicada en inglés en ‘Harper’s Magazine', en su versión en inglés."             (El País, 08/07/20)


"Más de 150 escritores, académicos e intelectuales ―entre los que figuran Noam Chomsky, Salman Rushdie, Gloria Steinem, Margaret Atwood o Martin Amis, entre otros― han firmado una carta abierta en la que denuncian una creciente “intolerancia” por parte del activismo progresista estadounidense hacia ideas discrepantes.

 Tal y como expone el escrito, consideran que esto hace mella en ambientes académicos y culturales, donde hay señalamiento y boicoteo, “castigos desproporcionados” y una consiguiente “aversión al riesgo” o autocensura que empobrece el debate público. “Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, señalan.

 El texto, publicado este martes en la revista Harper’s bajo el título Una carta sobre la justicia y el debate abierto, aplaude las protestas por la justicia racial y social, por una mayor igualdad e inclusión, pero alerta de que este “necesario ajuste de cuentas” ha intensificado también “un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica”.

 “Las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno en el mundo y tienen a un poderoso aliado en Donald Trump, quien representa una verdadera amenaza a la democracia, pero no se puede permitir que la resistencia imponga su propio estilo de dogma y coerción”, señalan los autores.

La carta aborda una polémica candente en Estados Unidos, sobre si el nuevo umbral de tolerancia cero hacia inequidades como el racismo, el sexismo o la homofobia está alimentando también algunos excesos que buscan silenciar cualquier disidencia. Los críticos suelen referirse a esto como cancel culture, cuya traducción literal sería “cultura de la cancelación” y que hace referencia a los vetos y señalamiento a creadores o docentes por cualquier desvío de la norma; o woke culture (derivado del inglés, despertar), que hace referencia a una actitud de alerta permanente.

“El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura”, señala la carta, que no menciona directamente recientes polémicas concretas con nombres y apellidos, pero sí se explaya en describir situaciones.

 “Los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de aplicar reformas pensadas. Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos”, describe el texto, entre otros ejemplos.

Uno de las polémicas recientes fue la dimisión de James Bennet como jefe de opinión de The New York Times, a principios de este mes. El motivo fue la publicación de una tribuna del senador republicano Tom Cotton, en la que el político pedía una respuesta militar a las protestas y disturbios por la muerte del afroamericano George Floyd. El torrente de críticas dentro y fuera de la redacción llevó a Bennet a ofrecer su renuncia y pedir disculpas. Este admitió que no debía haber publicado esa tribuna y que no había sido editada con suficiente rigor.

A raíz del mismo conflicto, el 10 de junio, la Poetry Foundation anunció la dimisión de dos de sus dirigentes después de una carta de protesta de 30 autores que consideraron tibio el comunicado de denuncia de la violencia policial. También dimitieron la presidenta del Círculo Nacional de Críticos de Libros y otros cinco miembros entre críticas de racismo y violaciones de la privacidad por un rifirrafe en las redes sociales. 

Un analista electoral, David Shor, fue despedido de la plataforma Civis Analytics tras la tormenta que se generó por haber tuiteado el estudio académico de un profesor de Princeton que alertaba de los efectos perversos de las protestas violentas. Según relató The New York Magazine, algunos empleados de la firma consideraron que el tuit de Shor “ponía en riesgo su seguridad”.

Guerra cultural 

El debate sobre dónde acaba la tolerancia cero hacia los abusos y dónde empieza a “cancelarse” la discrepancia también se extiende a la actual revisión de las estatuas y los monumentos nacionales. El presidente Donald Trump, que ha abrazado la guerra cultural como uno de sus argumentos de campaña, se centró en este asunto en un largo discurso del pasado viernes por la noche, en la víspera de la fiesta nacional del 4 de julio.

 “En nuestras escuelas, nuestras redacciones, hasta en nuestros consejos de administración hay un nuevo fascismo de extrema izquierda que pide lealtad absoluta. Si no hablas su idioma, practicas sus rituales, recitas sus mantras y sigues sus mandamientos, serás censurado, perseguido y castigado”, dijo.

Los intelectuales en su carta califican al presidente de “amenaza para la democracia”, pero advierten: “La restricción del debate, la lleva a cabo un Gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a aquellos sin poder y merma la capacidad para la participación democrática de todos”.

 “La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, concluyen."                 (Amanda Mars, El País, 07/07/20)


"Mark Lilla: “Estamos en un nuevo siglo XIX”. Impulsor de la polémica carta, suscrita por 150 intelectuales, en la que se denuncia la “intolerancia” de cierto activismo progresista, el politólogo y ensayista estadounidense responde a la ola de críticas.

No tiene cuenta de Twitter, pero el politólogo y ensayista Mark Lilla (Detroit, 64 años), profesor de Historia de las Ideas en la Universidad de Columbia en Nueva York y autor, entre otros libros, de El regreso liberal y Pensadores temerarios, no es ajeno a la polémica en redes sociales. 

La tribuna que publicó en The New York Times tras la victoria de Trump en 2016, en la que reclamaba que la izquierda en EE UU abandonara la “era del liberalismo identitario” y buscara la unidad frente a la especificidad de las minorías, fue su bautismo en el convulso mundo de las broncas en redes. Esta semana ha vuelto a lo que llama “la cloaca” por la ya célebre carta abierta publicada en Harper’s.

Lilla fue uno de los impulsores de ese texto en el que se denuncia la “intolerancia” de un cierto activismo progresista que ha conducido a despidos de editores y la anulación de la publicación de libros. Los 150 intelectuales que firmaron, entre los que estaban Noam Chomsky, Gloria Steinem, Martin Amis o Margaret Atwood, reclaman el derecho a disentir sin que eso ponga en peligro el puesto de trabajo de nadie, y rechazan la autocensura que sienten que impera. Metido en el fragor de la batalla por la defensa de la carta, Lilla accede a contestar unas preguntas por videoconferencia y se muestra algo agitado.

Pregunta. ¿Cuál fue el principio de la carta?

Respuesta. Tras el despido de James Bennet, el director de opinión de The New York Times, hace unas semanas [tras publicar una tribuna del senador republicano Tom Cotton que reclamaba el despliegue del Ejército contra los manifestantes tras la muerte de George Floyd], un grupo empezamos a escribirnos y ese intercambio de ideas finalmente cuajó.

P. Muchos críticos han señalado que los firmantes gozan de amplio reconocimiento y de tribunas para exponer sus opiniones.

R. Desde que existe Twitter nadie está silenciado, todo el mundo puede entrar en cualquier discusión y ese diferencial de poder no es exacto. Reducen todo a una lucha de poder y no hablan de lo que la carta plantea. Además, dan por hecho que la gente de una misma raza o género tiene los mismos intereses y opiniones, y esto lo ha firmado gente diversa.

P. ¿Por qué no mencionaron el caso que inspiró esta iniciativa?

R. Se trataba de denunciar un clima general, no un caso concreto. Lo de Bennet tiene que ver con peleas en The New York Times sobre las tribunas, pero también con que él no hizo su trabajo [no la leyó antes de que se publicara]. Lo que hemos tratado de capturar es el clima, algo complicado porque puedes sentir la presión barométrica pero eso no siempre significa que puedas señalar lo que ocurre. La gente perteneciente a minorías entiende muy bien esto cuando denuncia que trabaja en un lugar en el que hay un ambiente hostil hacia ellos, es muy difícil hablar de cosas concretas. Creo que hoy hay una psicología de intimidación y miedo, una cobardía a la que nos hemos visto arrastrados.

P. ¿Cómo siente que ha evolucionado la política identitaria desde que publicó su artículo y su libro?

R. Como ha señalado Andrew Sullivan, hemos pasado a vivir todos en un campus universitario. A nuestros hijos se les educa con una conciencia racial y dentro de una narrativa determinada sobre la historia de EE UU. Y esto tiene aspectos positivos. El asesinato de George Floyd ha demostrado que el país estaba listo para abordar el tema racial. Esto es muy bueno. Pero también parece que nos ha conducido a un tipo de política histérica y performativa.

P. ¿Cómo se ha llegado a esto?

R. En EE UU lo que está pasando no es algo tan nuevo. Al final del siglo XX el país no se movió hacia el siglo XXI sino que regresó realmente al siglo XIX. Y aquel siglo trató de fervor religioso, denuncias, censura, indiferencia a las artes, filisteos. Estamos en un nuevo siglo XIX.

P. ¿Quisieron subir el volumen y generar debate y polémica con la carta?

R. Vimos que nadie estaba alzando la voz frente a las campañas de señalamiento. Ahora tenemos a 100 personas más que quieren sumarse. También creímos que la carta sería ignorada. Y, por último, valoramos que podría desatar una tormenta de mierda y esto es lo que ha ocurrido.

P. ¿Cuáles son sus primeras conclusiones sobre semejante tormenta?

R. Es demasiado pronto, estoy en medio apagando fuegos cada media hora. Es deprimente ver el nivel de la discusión y el rencor que hay en la sociedad estadounidense. Este es un momento increíblemente importante con la covid-19, las manifestaciones, Trump, las elecciones. Eso es lo que preocupa a la gente progresista, no lo demás. No soy optimista.

P. Muchos apuntan que la carta le hace el juego a Trump y da munición a la derecha radical. ¿Qué responde a esto?

R. Lo mismo que Orwell cuando habló de la gente que quiere silenciar el intelecto y el debate. Ellos siempre dirán que al hablar y decir la verdad estás beneficiando al otro lado. Pero la verdad nunca es enemiga de la causa.

P. ¿Eran conscientes de que incluir a J. K. Rowling sería aún más controvertido que la propia carta?

R. Hicimos una lista al principio para ver a quien contactaríamos. Algunos querían decírselo a ella porque ha sufrido parte de lo que denuncia carta. No preví que esto sería una excusa para que alguna gente dijera que el texto es tránsfobo. Es una locura, porque no hay una palabra sobre ese tema, y hay un par de personas transgénero que firmaron también y han sido muy atacadas. Esto muestra el tipo de fanatismo y solipsismo que hay. Malcolm Gladwell ha escrito que firmó precisamente porque había otros firmantes cuyos puntos de vista en otros asuntos detesta. Eso es lo que hace que una sociedad sea liberal.

P. ¿Esta discusión ha revigorizado a la clase intelectual estadounidense?

R. Más bien ha revelado cómo de mal está la cosa. Alguien ha escrito que puede que la carta en sí no se sostenga a priori muy bien, pero la reacción en su contra realmente ha demostrado cuánta razón contiene.





"Y la carta de los intelectuales desató la tormenta.  La misiva firmada por 150 personalidades contra la “intolerancia” del activismo progresista enciende un agrio debate, que se libra sobre todo en las redes sociales.

 Firmantes que se han retractado, otros que han defendido orgullosos el escrito, periodistas que han denunciado a compañeros y un torrente de críticas en las redes sociales. La carta abierta firmada por más de 150 intelectuales —entre otros, por figuras de primer orden como Noam Chomsky, Gloria Steinem, Ian Buruma o Margaret Atwood— hecha pública el martes en la revista Harper’s ha avivado una intensa polémica.

El texto alertaba contra una creciente “intolerancia” del activismo progresista en el debate público, aunque expresaba su apoyo a las protestas y denuncias que desde la muerte de George Floyd han tomado las calles y las redes. Entre las respuestas que el texto ha recibido ha habido réplicas agudas, pero también reproches aparatosos que acaban por corroborar precisamente lo que denuncia el escrito.

El episodio en sí refleja lo que se debate estos días en el país más poderoso del mundo: dónde acaba la libertad de expresión y empieza la incitación al odio, cuál es el límite entre la tolerancia cero al abuso y la censura. Los despidos en el mundo académico y editorial y el acoso en las redes era lo que los 150 firmantes parece que querían denunciar y de alguna manera han fomentado. También encarna el pulso que se libra entre las voces anónimas o alternativas y los altavoces académicos y culturales tradicionales, que en la era de las redes sociales se topan con detractores estruendosos.

“No firmé la carta cuando me lo pidieron hace nueve días porque pude ver en 90 segundos que era fatua, una chorrada vanidosa que sencillamente iba a enfadar a la gente a la que supuestamente quería apelar”, escribió Richard Kim, director ejecutivo del Huffpost. Linda Holmes, escritora y presentadora de un programa cultural de la radio pública NPR, señaló que la misiva “es de gente infeliz porque ya no dirigen la conversación y va dirigida a otra gente que ellos creen que también están infelices porque no la dirigen”.

Buena compañía

El caso de la escritora Jennifer Finney Boylan, una de las firmantes, ha sido uno de los más sorprendentes, ya que tras el revuelo que ha generado el escrito se ha retractado. “No sabía quién más iba a firmar esa carta. Pensé que significaba respaldar un mensaje bienintencionado, aunque vago, en contra del señalamiento en Internet. Sabía que Chomsky, Steinem y Atwood estaban ahí y pensé: ‘Buena compañía’. Tendré que cargar con las consecuencias. Lo siento mucho”, señaló. 

A muchos de los firmantes se le ha echado en cara que aceptaran sumarse junto a algunas de las personalidades que ahí aparecen, y a otros simplemente se les ataca por la posición de “privilegio” que ocupan. La escritora y columnista Meghan Daum se defendía aclarando que “es el deber de gente con una tribuna plantarse y denunciar lo que está pasando”.

La historiadora Kerri Greenidge, afroamericana, tuiteó por la mañana que había pedido a Harper’s que quitara su nombre. La revista respondió que había confirmado cada firma, incluida la suya, pero que atendería su petición. Al mediodía Greenidge restringió la visibilidad de su cuenta de Twitter, que pasó a ser privada.

Que la mayor parte de rifirrafes tengan lugar en Twitter no es anecdótico. Esta red es el agente decisivo en un cambio de paradigma, que ha democratizado el debate público pero también ha dado alas a campañas de boicoteo y acoso. “El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado”, señalaba la carta abierta, y subrayaba como ejemplo el despido de editores, la retirada de libros y el veto a periodistas y profesores.

Entre los firmantes hay personalidades muy diversas, pero todas consolidadas y conocidas. Una voz de la izquierda como Noam Chomsky coincide en la lista de firmantes con la histórica feminista Gloria Steinem o el politólogo conservador Francis Fukuyama. Uno de los impulsores del escrito, el escritor afroamericano Thomas Chatterton Williams, respondió a los reproches: “Algunos críticos dicen de la carta cosas como ‘Esto solo es gente asustada que teme los cambios’. No, esto es gente preocupada por el clima de intolerancia, que cree que la justicia y la libertad están unidos indisolublemente. La gente asustada no firmó”, apuntó, si bien añadió que muchos lo hicieron con miedo.

En la extensa lista figura, por ejemplo, Matthew Yglesias, un escritor y articulista en la publicación Vox. Otra de las firmas de dicho medio, Emily VanDerWerff, que es transgénero, hizo pública una carta que había enviado a los editores del medio de comunicación deplorando que Yglesias formase parte de esa carta, firmada también por “varios prominentes anti-trans”. Esto, dijo, hace su trabajo “más difícil” a partir de ahora, si bien, recalcó, no quería ninguna represalia para el autor. “Esto consolidaría la idea de que es un mártir”, afirmó.

Se refería, aunque sin mencionarlo, a la famosa escritora J. K. Rowling, creadora de la saga Harry Potter, que lleva tiempo en el ojo del huracán por sus críticas hacia las teorías queer sobre el género. Rowling, que ha sido acusada de transfobia,  se declaró “muy orgullosa” de haber firmado una carta en defensa de “un principio fundacional de las sociedades liberales, la libertad de expresión debate y pensamiento”.

Esa misma libertad -y ahí estriba el debate- es la que también arrogan para sí todos sus críticos en Twitter.  “Esta es la primera vez en la historia de América que gente aparte de la financiada por Nueva York y Washington tiene la oportunidad de que se oigan sus voces y los firmantes de Haper’s pierden los papeles porque hay gente malvada con ellos en Twitter, qué embarazoso”, escribió uno de ellos."                       (Amanda Mars, El País, 08/07/20)


 "Auge y caída de J. K. Rowling. La autora de ‘Harry Potter’, enfrentada por sus opiniones a los transgénero, es una de las firmantes más controvertidas de la misiva suscrita por 150 intelectuales.

Érase una vez, podría decirse —puesto que la historia tiene algo de fábula, aunque envenenada—, una madre soltera que dio forma a una saga millonaria en una cafetería. No había calefacción en su casa, tenía un bebé que cuidar, y no quería que pasase frío. Desde la cafetería —de la que hoy es propietaria, The Elephant House— veía un castillo, porque estaba en Edimburgo. Lo convirtió en una escuela de magos, a la que acudiría un niño dickensiano —huérfano y maldito—con el poder para acabar con todos los males.

Así Joanne Rowling se hizo popular. Casi no hubo niño nacido en los noventa que no leyera sus libros. Su nombre, escondido en las iniciales J. K., se instaló en el Olimpo de aquellos que hacen fácil lo más difícil: crear lectores. Capaz de convertir un libro en el más esperado de los objetos —cada nueva entrega era un acontecimiento mundial—, dirigiéndose al público más complejo, el adolescente, J. K. Rowling consintió en dejar que el monstruo creciera y acabara hasta con su última oportunidad de escapar de él.

Sus intentos por distanciarse del universo juvenil —la novela Una vacante imprevista y la serie noir firmada como Robert Galbraith— y acercarse a la literatura para adultos menoscabaron, en cierta manera, su imagen perfecta, pese a contener el principal ingrediente que hizo de la saga de Harry Potter un superventas: vivísimos personajes, en lo que parece un cruce perfecto entre Stephen King y Roald Dahl. Se decía, y ella no abría el pico al respecto, que sus lectores habían permitido a Barack Obama llegar a presidente de Estados Unidos, por su visión tan aperturista del mundo. A posteriori, tal vez su obsesión por no conceder entrevistas tuviese algo de prudente, dadas sus no siempre tan progresistas opiniones.

Suele decirse que se tarda años en construir una reputación pero bastan cinco minutos para arruinarla. Hoy en día, bastan un tuit y un enzarzamiento virtual. Por la boca muere el pez. Y también J. K. Rowling para muchos fans, que han desterrado su nombre de todo lo que tiene que ver con la saga y la acusan ya de antisemitismo —los duendes de Gringotts tienen mucho de la caricatura que los nazis hacían de los judíos—, antifeminismo —el rol de Hermione es siempre secundario—, discriminación hacia los gordos o clasismo. El detonante fue su reacción a un artículo llamado Creando un mundo poscovid-19 más igualitario para las personas que menstrúan, asegurando que a esas personas antes se las llamaba mujeres.

La comunidad trans y, en general, muchos de sus seguidores lo entendieron como un ataque transfóbico, del que Rowling se defendió insistiendo en que no había que eliminar el género biológico de la ecuación y justificándose, en su web, ante la misoginia sufrida y su lucha como mujer que nació “20 años antes” de lo que le hubiera gustado. Se la incluyó automáticamente en el bando de las llamadas TERF, las feministas transexcluyentes, pero la puntilla la puso Stephen King. Primero compartió un mensaje de la escritora sobre la violencia de los hombres contra las mujeres. En cuanto ella se lo agradeció, declarándose fan, contraatacó: “Las mujeres trans son mujeres”. En segundos, Rowling borró la conversación, pero eso no impidió que se convirtiera en el hazmerreír de Twitter.

El último capítulo de su caída en desgracia —hasta los actores de las películas de Harry Potter han lanzado diatribas contra ella— tiene forma de carta. Rowling es una de los 150 escritores y profesores que han suscrito un texto en el que denuncian la intolerancia de lo que llaman “la cultura de la cancelación”. Salman Rushdie, Margaret Atwood, y Gloria Steinem, entre otros, también firmaron la carta. Pero seguramente ha sido el nombre de la madre del niño mago el que más incomodidad ha causado entre algunos de esos mismos firmantes. Muchos han afirmado que no sabían quiénes eran los demás nombres que se habían sumado a la carta hasta que se publicó esta semana en la revista Harper’s.

El debate, y la guerra, han vuelto a Twitter. Aunque el de Rowling se dirige ahora solo a los niños: cuelga incesantemente los dibujos que le hacen llegar sus seguidores más pequeños. No en vano, algunos de ellos ilustrarán la edición en papel de The Ickabog, el cuento infantil que distribuye por entregas de forma gratuita desde el inicio de la pandemia."                  (Laura Fernández, El País, 12/07/20)

23/2/15

Todas las opiniones son respetables". Pues no, ni mucho menos. Todas las personas deben ser respetadas, eso sí, sean cuales fueren sus opiniones

"Empecemos por descartar un tópico bobo y falso: "Todas las opiniones son respetables". Pues no, ni mucho menos. Todas las personas deben ser respetadas, eso sí, sean cuales fueren sus opiniones. 

Si alguien sostiene que dos y dos son cinco, no por ello debe ser encarcelado, ni ejecutado en la plaza pública (tampoco recomendado como profesor de aritmética). Pero su opinión puede y debe ser refutada, rechazada y, si viene al caso, ridiculizada. Las opiniones o creencias no son propiedad intangible de cada cual, porque en cuanto se expresan pueden y deben ser discutidas (etimológicamente, zarandeadas como quien tira de un arbusto para comprobar la solidez de sus raíces).

 Todo el progreso intelectual humano viene de la discusión de opiniones santificadas por la costumbre o la superstición. En las democracias, el precio que pagamos por poder expresar sin tapujos nuestras opiniones y creencias es el riesgo de verlas puestas en solfa por otros. Nadie tiene derecho a decir que, quien lo hace, le "hiere" en su fe o en lo más íntimo. 

Hay que aceptar la diferencia entre nuestra integridad física o nuestras posesiones materiales y las ideas que profesamos. Quien no las comparte o las toma a chufla no nos está atacando como si nos apuñalase. Al contrario, al desmentirnos es guardián de nuestra cordura, porque nos obliga a distinguir entre lo que pensamos y lo que somos. 

Por lo demás, recordemos a Thomas Jefferson, cuando decía, más o menos, "si mi vecino no roba mi bolsa o quiebra mi pierna, me da igual que crea en un dios, en tres o en ninguno".

 Se ha puesto de moda que quienes detestan ver sus opiniones ridiculizadas o discutidas lo atribuyan a una "fobia" contra ellos. Llamarla así es una forma de convertir cualquier animadversión, por razonada que esté, en una especie de enfermedad o plaga social. Pero, como queda dicho, la fobia consiste en perseguir con saña a personas, no en rechazar o zarandear creencias y costumbres. 

Lo curioso es que la apelación a las "fobias" es selectiva: no he oído hablar de "nazifobia" para descalificar a quienes detestamos a los nazis, ni de "lepenfobia" para los que no quieren manifestarse por París con Marine Le Pen y sus huestes (actitud por cierto que me parece más fóbica que democráticamente razonable). Pues bien, no es fobia antisemita oponerse a la política de Israel en Gaza, ni fobia anticatalana cuestionar las manipulaciones de los nacionalistas en Cataluña, ni fobia antivasca denunciar a ETA y sus servicios auxiliares.

 También sobran argumentos contra la teoría y práctica del islam, lo mismo que no faltan contra el catolicismo. Si no hubiera sido por los adversarios que no respetaron las creencias religiosas, seguiría habiendo aún sacrificios humanos. Los semilistillos que se encrespan si se invoca un "derecho a la blasfemia" quieren un Occidente sin Voltaire o Nietzsche y comprenden que se quemase a Giordano Bruno. 

 Si un particular o una institución se sienten calumniados, insultados o difamados harán bien en acudir a defender su causa ante los tribunales. Pero, por favor, sin atribuir fobias a quienes les llevan la contraria, a modo de coraza que les dispense de argumentar."                ( /   , El País,  16 ENE 2015)

15/12/09

El Islam, Europa, la tolerancia... el racismo... La prohibición de los minaretes en Suiza revela un miedo a lo musulmán que trasciende ideologías

"El voto masivo en Suiza a favor de prohibir la construcción de alminares en las mezquitas ha desatado condenas internacionales, pero demuestra que el recelo ante el islam no está sólo en manos de un puñado de extremistas de ultraderecha. Votantes de izquierda y derecha dieron el sí a una iniciativa que otros partidos populistas quieren ahora copiar en Italia, Holanda, Bélgica o Dinamarca. El continente que según algunas estimaciones será el hogar de 35 millones de musulmanes en 2025, vive incómodo algo que ya forma parte de su identidad. (...)

Y es que tras el referéndum del domingo no estaba sólo la opinión sobre los minaretes. "El verdadero asunto de fondo es la aceptación del islam y del pluralismo religioso", opina el sociólogo italiano Stefano Allievi. "Europa ha cambiado y los ciudadanos lo perciben, pero nadie les ha explicado los cambios", añade. "El voto de los suizos es sintomático de lo mal que afronta Europa su multiculturalidad", valora la arabista Luz Gómez García. (...)

Fernando Reinares, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, cree que las sociedades europeas están inquietas por el acomodo del islam a los valores y procedimientos democráticos en la medida en que los sectores salafistas van ganando terreno. "Esta inquietud genera en muchas ocasiones hostilidad al extranjero y en este caso islamofobia". (...)

El rápido cambio demográfico está detrás de los recelos. Muchos barrios europeos han experimentado en muy poco tiempo una transformación radical en su paisaje humano y arquitectónico. En algunas ciudades los inmigrantes constituyen cerca del 30% de la población. Las encuestas revelan que el 57% de los europeos opina que en su país "hay demasiados extranjeros".

Ante ese panorama, algunos líderes de opinión se han dedicado a agitar los miedos. Sus predicciones exageradas afirman que la población musulmana será mayoritaria en pocas generaciones debido a las altas tasas de inmigración y fertilidad. (...)

El caso es que los musulmanes se integran más en Estados Unidos que en Europa. Así lo reconocen en las encuestas las comunidades islámicas de EE UU y Canadá (donde sólo se sienten aislados de la sociedad un 15% y un 20%, respectivamente). En contraste, un 38% de los musulmanes de Alemania, un 35% del Reino Unido y un 29% de Francia no se sienten integrados en absoluto en sus nuevos países. "Mientras que el cristianismo se muere en Europa", afirma el sociólogo Jean Ziegler "esa vitalidad del islam es lo que nos da tanto miedo".

Con gran sorpresa, los analistas constatan que en Suiza al carro de la derecha nacionalista se apuntaron "compañeros de ruta insólitos: feministas, socialistas y diversos colectivos tradicionalmente considerados progresistas". ¿Cómo puede ser posible tal fenómeno? Esther Mamarbachi, presentadora de la televisión suiza de padre sirio y madre española, asegura que "muchas mujeres europeas perciben al islam como una religión en la que la igualdad hombre-mujer no está exactamente acentuada".

La suiza Mireille Vallette, autora de Islamofobia o desconfianza legítima comparte el análisis: "Lo que ocurre es que las caras visibles del islam no nos dan respuestas satisfactorias a preguntas como qué ocurre con la poligamia, o los matrimonios forzados, o la ablación femenina. Y creo que son todas cuestiones que para una mujer deberían ser tenidas especialmente en cuenta".

En todo caso, como asegura la arabista Gómez García, ante el temor a unos valores represores no se puede responder con la reprocidad. "No nos podemos homologar con esos países porque repriman a sus minorías cristianas. Tenemos que mirar al asunto desde la lente democrática". (El País, ed. Galicia, 02/12/2009, p. 28)

"Shabana lanza un mensaje para las mujeres de las sociedades de acogida: "Tenéis que ayudarnos". ¿Cómo? "Aceptándonos como personas, sin pensar en si somos paquistaníes o musulmanas". Y, sin dudarlo, admite que para su hija, que roza los cuatro años, prefiere "los valores de aquí" que los de su país de origen." (SHABANA CHOHDRY: "Para mi hija prefiero los valores de aquí". el País, ed. Galicia, última, 02/12/2009 )