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15/1/10

Las crisis del capitalismo... las del siglo XX... y su solución... la guerra...

"La Gran Depresión de 1929 planteó una formidable aporía. El Estado que se proclamaba económicamente neutral y lo manifestaba a través de sus presupuestos de déficit cero se halló en la tesitura de romper ese principio sagrado para afrontar las consecuencias mundanas de un desempleo desconocido.

Los temores a la agitación sindical y el auge de los partidos marxistas no parecían infundados si se tenía en cuenta la conjunción del fuerte empobrecimiento proletario y el ejemplar escaparate, entonces en apariencia brillante, del comunismo en la URSS.

El Estado, en fin, abandonó su doctrina, su sagrada doctrina inspirada en el perfecto orden del Universo que habían trasladado a las creencias generales, tanto la ciencia económica como la física newtoniana, y pecó.

Impulsada la Hacienda norteamericana por el keynesianismo y el miedo cerval a la revolución obrera, pecó. Deshizo la paridad entre ingresos y gastos, despilfarró, dio lasitud al gasto y, como en el Plan E de Zapatero, sembró de dinero público el sistema, fuera para pintar farolas, para alquitranar vías o ensanchar aceras.

De ese modo, puso dinero en el bolsillo de los más desamparados y, con ello, además de paliar su ánimo subversivo, les brindó una capacidad de compra que beneficiaría la facturación de las empresas y evitaría, en mayor o menor grado, que el desbordante aumento del paro agigantara la calamidad.

Tal como ha ocurrido ahora con el Plan E, los desempleados disminuyeron en los primeros meses, pero más tarde, puesto que nada fundamental se había corregido, regresaron las altas cifras de desempleados. ¿Qué hacer?

No se sabía qué hacer, tal como ahora traslucen los llamados líderes. Fue el estallido de la II Guerra Mundial y la frenética actividad de la industria armamentística y no armamentística en Estados Unidos proveyendo al país y a Europa la que procuró el incremento de puestos de trabajo y, años después, el pleno empleo.

Las espléndidas dos décadas que vivió Estados Unidos y, como derivación Europa, tras la II Guerra Mundial, fueron paradójicamente el efecto de la muerte: la muerte de 60 millones de personas y la devastación de la industria europea aportó dos benefactores efectos.

De una parte, la destrucción de la maquinaria obsoleta en Alemania, Inglaterra o Francia permitió instalar tecnologías de nueva generación que, además, contrariamente a lo que siempre había sucedido, no echó obreros a la calle. Los obreros se hallaban de antemano diezmados por la gran matanza y hallaron su puesto en la nueva producción.

Complementariamente, el gran desarrollo de la actividad económica incrementó la recaudación fiscal y los déficits públicos pudieron enjugarse en poco tiempo.

La Guerra provocó pues el milagro del mayor desarrollo de la sociedad y de la clase media, recordados como los de mayor bienestar occidental." (VICENTE VERDÚ: Aporías de la nueva década (1). El País, ed. Galicia, sociedad, 02/01/2010,p. 34 )

14/4/08

Er fumbol...

“¿El fútbol? Si tanto nos gusta el fútbol a los aficionados es por lo mucho que se parece a la vida o, mejor, a las promesas de felicidad que la vida podría sembrar sobre nuestra biografía y de una manera tan sencilla como la de pasar a una semifinal. Contemplar el partido ganado, presenciar la escena, hallarse sentado ante los 90 minutos o los 90 años, y disfrutar con los goles no sería otra cosa que saborear nuestro propio equipaje vivencial sometido, como las incidencias del encuentro, a las más azarosas y diversas circunstancias pero venciendo, al cabo, la dificultad. De hecho, el trance de algunos pasajes de nuestra vida calca el desarrollo del carrusel deportivo que, en sus idas y venidas, transmite tanto la jornada de nuestro equipo como una maqueta de alguna vicisitud vital.

Los no aficionados hallarán su reflejo en otras referencias pero para el hincha el fútbol constituye, por antonomasia, la posible metáfora de su propio quehacer. Su equipo forma cuerpo con su aventura, los resultados puntean su felicidad o su tristeza, su decepción o su esperanza, y con una ventaja incomparable: cada temporada aparece como otra inauguración saneada, el viaje reiniciado desde cero para volver a probar.

De este modo, el orden del fútbol es un rico festival de oportunidades perdidas y ganadas, extraviadas y reencontradas, sucesivos estrenos que impulsan creer en la suerte de la reencarnación, el lavado de los errores o la prolongación del honor. La vida sin fin, sin muerte, en suma.

La vida sentida de verdad y, a la vez, comportándose de mentirijillas. Es decir, sin sentido. (…)

¿La enseñanza del encuentro? El encuentro incide en el mundo de lo invisible e indescifrable y, en consecuencia, resalta la primacía de lo mágico repartiendo placer o dolor arbitrariamente entre la orgía del absurdo y la paradoja.

¿Una calamidad para el hincha? Ciertamente la frustración se hizo tan profunda en el ánimo del hincha que favorecía el deseo de morir, pero el hincha se alimenta de estos vaivenes de la muerte y de la vida, de la sepultura, la ignominia y la resurrección. El hincha creyó morir, pero, enseguida, una lacerante lucidez aprendida de la experiencia futbolística y el carácter de sus derrotas, devolvió al conocimiento feliz de su contingencia y a la esperanza de otra oportunidad que borrará del cuerpo colectivo la figurada muerte y anticipará, para la próxima final, la reaparición de su imaginada fiesta.” (VICENTE VERDÚ: Getafe o el sentido de la vida. El País, ed. Galicia, sociedad, 12/04/2008, p. 38)

25/2/08

El fútbol, sustituto de la revolución

“Si el fútbol terminara en el espacio del campo y en los 90 minutos del encuentro no pasaría de ser más que una distracción. Se trata, por el contrario, de una pasión que justificadamente se alista junto a las grandes pasiones y, si se husmea en ella, acogiendo incluso a dos o tres.

Cuando la vida pública desfallece hoy, desacreditada, corrupta y aburrida, la militancia futbolística sostiene el ansia de vida colectiva y participación. El deporte… ha venido a erigirse, acabada la misa, consumida la política y cancelada la revolución, en el más ferviente acontecimiento de masas, droga dura o síntesis de las viejas drogas, utópicas o no, que movilizaban a la población. Ni la música logra efectos parecidos puesto que el fútbol no es sólo una potente reunión circunstancial, sino una convivencia esencial y sin pausas. (…)

La hinchada es capaz de engullir las particularidades y generar una conciencia que impulsa a la compañía, la ilusión, la esperanza o la recompensa para todos a la vez… el equipo se perfila con una nitidez simbólica que proporciona una identidad tan oportuna como real. Nunca obtiene mayor carácter una formación que mediante la confrontación. (…)

Ganar o perder en colectividad, verse triunfante o derrotado como grupo, constituye la base de su apego. (…)

El amor y la guerra, el duelo y la gloria, la frustración y la esperanza, oscilan desde la vida al fútbol y del fútbol a la vida. ¿Se puede permanecer todavía al margen de esta afición?” (VICENTE VERDÚ: El fútbol mejora a la política. El País. Ed. Galicia, Sociedad, 23/02/2008, p. 40)