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21/4/22

Varoufakis: Tan pronto como los conglomerados decididos a mercantilizar Internet se apoderaron de ella, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían una selección específica de personas... y las agrupaban para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El avance llegó cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos... Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio rendimiento en tiempo real, empezaron a comportarse como agentes, controlando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones... la tarea de infundir deseos en nuestra alma fue entregada a Alexa y Siri. ¿Qué hace exactamente Alexa? A medida que nos conoce, desarrolla una extraña capacidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, es decir, para darnos órdenes... los propietarios de este capital de mando algorítmico basado en la nube merecen un término que los distinga de los capitalistas tradicionales: "cloudalistas", una nueva clase dominante

 "El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los propietarios de una nueva forma de «capital de control» han ganado un poder exorbitante sobre todos los demás, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción.

Érase una vez. Los bienes de capital eran solo los medios de producción fabricados. El aparejo de pesca rescatado de Robinson Crusoe, el arado de un granjero y el horno de un herrero fueron bienes que ayudaron a producir una captura de peces más grande, más alimentos y herramientas de acero brillante. Luego, llegó el capitalismo y otorgó a los propietarios del capital dos nuevos poderes: el poder de obligar a los que no tienen capital a trabajar por un salario y el poder de establecer la agenda en las instituciones que formulan políticas. Hoy, sin embargo, está emergiendo una nueva forma de capital y está forjando una nueva clase dominante, quizás incluso un nuevo modo de producción.

El comienzo de este cambio fue la televisión comercial en abierto. La programación en sí no podía comercializarse, por lo que se utilizó para atraer la atención de los espectadores antes de venderla a los anunciantes. Los patrocinadores de los programas utilizaron su acceso a la atención de la gente para hacer algo audaz: encauzar las emociones (que habían escapado a la mercantilización) a la tarea de profundizar… la mercantilización.

La esencia del trabajo del publicista fue capturada en una línea pronunciada por Don Draper, el protagonista ficticio de la serie de televisión Mad Men, ambientada en la industria publicitaria de la década de 1960. Al asesorar a su protegida, Peggy, sobre cómo pensar sobre la barra de chocolate Hershey que su empresa vendía, Draper captó el espíritu de la época:

“No compras una barra Hershey por un par de onzas de chocolate. Lo compras para recuperar la sensación de ser amado que conociste cuando tu padre te compró una por cortar el césped”.

La comercialización masiva de la nostalgia a la que alude Draper marcó un punto de inflexión para el capitalismo. Draper señaló una mutación fundamental en su ADN. Fabricar eficientemente las cosas que la gente quería ya no era suficiente. Los deseos de la gente eran en sí mismos un producto que requería una hábil fabricación.

Tan pronto como los conglomerados se apoderaron del incipiente Internet decididos a mercantilizarlo, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían la orientación específica de personas, algo que la televisión no podía respaldar. Al principio, los algoritmos (como los utilizados por Google, Amazon y Netflix) identificaron grupos de usuarios con patrones y preferencias de búsqueda similares, agrupándolos para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El gran avance se produjo cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos.

Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio desempeño en tiempo real, comenzaron a comportarse como agentes, monitoreando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones. Fueron afectados por la forma en que afectaron a las personas. Antes de que nos diéramos cuenta, la tarea de inculcar deseos en nuestra alma fue arrebatada a Don y Peggy y entregada a Alexa y Siri. Quienes se preguntan cómo de real es la amenaza de la inteligencia artificial (IA) para los trabajos administrativos deberían preguntarse: ¿Qué hace exactamente Alexa?

Aparentemente, Alexa es un sirviente mecánico en el hogar al que podemos ordenar que apague las luces, pida leche, nos recuerde que llamemos a nuestras madres, etc. Por supuesto, Alexa es solo la fachada de una gigantesca red basada en la nube de inteligencia artificial que millones de usuarios entrenan varios miles de millones de veces por minuto. A medida que hablamos por teléfono, o nos movemos y hacemos cosas en la casa, aprende nuestras preferencias y hábitos. A medida que nos va conociendo, desarrolla una extraña habilidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, para manipularnos de manera efectiva.

Con dispositivos o aplicaciones similares a Alexa basados ​​en la nube en el papel que una vez ocupó Don Draper, nos encontramos en la más dialéctica de las regresiones infinitas: entrenamos el algoritmo para que nos entrene a servir los intereses de sus propietarios. Cuanto más lo hacemos, más rápido aprende el algoritmo cómo ayudarnos a entrenarlo para darnos órdenes. Como resultado, los dueños de este capital de control algorítmico basado en la nube merecen un término para distinguirlos de los capitalistas tradicionales.

Estos “nubelistas” son muy diferentes a los dueños de una firma de publicidad tradicional cuyos anuncios también podían convencernos de comprar lo que ni necesitábamos ni deseábamos. Por glamurosos o inspirados que hayan sido sus empleados, las empresas de publicidad como el ficticio Sterling Cooper en Mad Men vendían servicios a las corporaciones que intentaban vendernos cosas. En cambio, los nubelistas cuentan con dos nuevos poderes que los diferencian del tradicional sector de servicios.

En primer lugar, los especialistas en la nube pueden obtener grandes beneficios de los fabricantes cuyas cosas nos persuaden a comprar, porque el mismo capital de mando que nos hace querer esas cosas es la base de las plataformas (Amazon.com, por ejemplo) donde se realizan esas compras. Es como si Sterling Cooper se hiciera cargo de los mercados donde se venden los productos que anuncia. Los nubelistas están convirtiendo a los capitalistas convencionales en una nueva clase vasalla que debe rendirles tributo para tener la oportunidad de vendernos.

En segundo lugar, los mismos algoritmos que guían nuestras compras también tienen la capacidad subrepticia de ordenarnos  directamente que produzcamos nuevo capital de control para los nubelistas. Hacemos esto cada vez que publicamos fotos en Instagram, escribimos tweets, ofrecemos reseñas en libros de Amazon o simplemente nos movemos por la ciudad para que nuestros teléfonos aporten datos de congestión a Google Maps.

No es de extrañar, por lo tanto, que esté surgiendo una nueva clase dominante, compuesta por los propietarios de una nueva forma de capital basado en la nube que nos ordena reproducirlo dentro de su propio reino algorítmico de plataformas digitales especialmente diseñadas y fuera de los mercados laborales o de productos convencionales. El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los dueños del capital de control han obtenido un poder exorbitante sobre todos, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción."          (Yanis Varoufakis.  Rebelión, 19/04/22)

24/2/22

Varoufakis: el dinero de los bancos centrales ha sustituido a los beneficios capitalistas como combustible del sistema y las plataformas digitales de las grandes tecnologías han sustituido a los mercados como mecanismo de extracción de valor... eso es el tecnofeudalismo

 "(...) Profesor distinguido y autor prolífico, Varoufakis teoriza que el capitalismo tradicional ha sido sustituido por un sistema económico que él denomina "tecnofeudalismo".

"Un elemento central de la tesis de que el tecnofeudalismo es distinto del capitalismo es la observación de que, tras 2008, el auge de las plataformas digitales y, más recientemente, la pandemia, los dos principales motores del capitalismo han dejado de ser centrales en el sistema económico: los beneficios y los mercados.

"La búsqueda de beneficios, por supuesto, sigue impulsando a la mayoría de la gente. Y los mercados están en todas partes. Sin embargo, el amplio sistema en el que vivimos ya no está impulsado por los beneficios privados. Tampoco es, hoy en día, el mercado el principal mecanismo de extracción o creación de riqueza.

"¿Qué ha sustituido a los beneficios y a los mercados? La respuesta corta es: el dinero de los bancos centrales ha sustituido a los beneficios capitalistas como combustible del sistema y las plataformas digitales de las grandes tecnologías han sustituido a los mercados como mecanismo de extracción de valor.

"El dinero de los bancos centrales ha sustituido a los beneficios como motor del sistema: la rentabilidad ya no impulsa el sistema, aunque siga siendo el todo para los empresarios individuales. La evidencia indiscutible de que es el dinero del banco central, y no los beneficios, el que impulsa el sistema económico, está en todas partes.

"Un gran ejemplo es lo que ocurrió en Londres el 12 de agosto de 2020. Fue el día en que los mercados se enteraron de que la economía británica se había contraído de forma desastrosa, y mucho más de lo que los analistas esperaban (se había perdido más del 20% de la renta nacional en los primeros siete meses de 2020). Al conocer la sombría noticia, los financieros pensaron: "¡Genial! El Banco de Inglaterra, presa del pánico, imprimirá aún más libras y las canalizará para que compremos acciones. Es hora de comprar acciones".

"Esta es sólo una de las innumerables manifestaciones de una nueva realidad mundial: en Estados Unidos y en todo Occidente, los bancos centrales imprimen dinero que los financieros prestan a las empresas, que luego lo utilizan para recomprar sus acciones, cuyos precios se desvinculan así de los beneficios. Los nuevos barones, como resultado, expanden sus feudos, cortesía del dinero del Estado, ¡aunque nunca ganen un centavo de beneficio!

"Además, dictan las condiciones al supuesto soberano: los bancos centrales que los mantienen "líquidos". Mientras que la Fed, por ejemplo, se enorgullece de su poder e independencia, hoy es totalmente impotente para detener lo que comenzó en 2008: imprimir dinero en nombre de los banqueros y las corporaciones. Incluso si la Fed sospecha que, al mantener la liquidez de los barones corporativos, está precipitando la inflación, sabe que poner fin a la impresión de dinero hará caer la casa.

"El terror a provocar una avalancha de deudas incobrables y quiebras convierte a la Fed en rehén de su propia decisión de imprimir y le asegura que seguirá imprimiendo para mantener a los barones en liquidez.

"Esto no ha ocurrido nunca antes. Los poderosos bancos centrales, que hoy mantienen el sistema sin ayuda, nunca han tenido tan poco poder. Sólo en el feudalismo el soberano se sentía tan subordinado a sus barones, sin dejar de ser responsable de mantener todo el edificio.

"Las plataformas digitales están sustituyendo a los mercados: durante el siglo XX y hasta el día de hoy, los trabajadores de las grandes empresas oligopólicas capitalistas (como General Electric, Exxon-Mobil o General Motors) recibían aproximadamente el 80% de los ingresos de la empresa. Los trabajadores de las grandes empresas tecnológicas ni siquiera cobran el 1% de los ingresos de su empleador. Esto se debe a que la mano de obra asalariada realiza sólo una parte del trabajo del que se benefician las grandes tecnológicas. ¿Quién realiza la mayor parte del trabajo? La mayoría de los demás.

"Por primera vez en la historia, casi todo el mundo produce gratuitamente (a menudo con entusiasmo) el capital social de las grandes tecnológicas (eso es lo que significa subir cosas a Facebook o moverse mientras se está conectado a Google Maps). Eso nunca ha ocurrido bajo el capitalismo.

"La clave para entender nuestro nuevo sistema es darse cuenta de que las plataformas digitales no son una nueva forma de mercado. Que cuando uno entra en Facebook como usuario o en Google como empleado, sale del mercado y entra en un nuevo feudo tecnológico".

Curiosamente, Varoufakis ha propuesto recientemente una renta básica universal (UBI) financiada a través de las aportaciones generadas por los usuarios de los motores de búsqueda y las redes sociales. Como con cualquier sugerencia de UBI, dos cuestiones clave que surgen son si esto causaría inflación y si proporcionar a cada individuo un ingreso independientemente de sus circunstancias económicas puede ser realmente más justo que uno concebido sobre una base de comprobación de recursos.

"Que sea inflacionista y justo dependerá de cómo se financie. A diferencia de otros defensores del UBI, me opongo a la idea de pagarlo mediante impuestos. Si se les dice a los obreros que trabajan duro, o a los conductores de Deliveroo, que se les va a quitar una parte de sus escasos ingresos para pagar a los vagabundos y a los ricos, se reirán en su cara, como es lógico.

Del mismo modo, un UBI de este tipo puede resultar inflacionario. Sin embargo, si se financia, como propongo, mediante una combinación de redistribución de acciones (es decir, rendimientos del capital) y dinero del banco central, el UBI no será ni divisivo ni inflacionario.

"Déjenme explicarles. En primer lugar, la redistribución de las acciones. El capital siempre fue producido socialmente y sus rendimientos privatizados por la clase capitalista. Hoy en día, esto es mucho, mucho más, ya que toda la sociedad está produciendo el capital de las grandes tecnologías (con cada publicación en Facebook, cada búsqueda en Google, etc.), mientras que los rendimientos de todo ese capital son monopolizados por los capitalistas.

"Ya es hora de que exijamos que una parte, digamos el 10% para empezar, de las acciones de las empresas se transfiera a un fondo de capital social. Entonces los dividendos acumulados pueden ser uno de los dos flujos de ingresos que financien una renta básica.

"En segundo lugar, la financiación de los bancos centrales. Desde 2008, los bancos centrales han estado imprimiendo montañas de efectivo en nombre de los financieros. En otras palabras, el árbol del dinero se arranca a diario, pero el dinero que produce se desperdicia por completo (ya que se convierte en inflación de los precios de las acciones y de la vivienda). He aquí una idea: en lugar de financiar a los financieros para que hagan un daño incalculable, utilizar el árbol del dinero para financiar parte de la renta básica de todos.

Para ver por qué este tipo de UBI, que prefiero llamar "dividendo básico", no es ni inflacionario ni injusto, considere lo siguiente: sí, todo el mundo lo cobra sin la ignominia de la comprobación de recursos. Pero, nada nos impide gravar a final de año la renta básica de los que superan una determinada renta a un tipo muy elevado.

"Además, el hecho de que la renta básica no haga subir los precios como respuesta al aumento del IVA o de los impuestos personales para financiarla, significa que no será inflacionaria per se. Sin embargo, si necesitamos mantener la inflación bajo control, el banco central puede reducir su uso del árbol monetario (es decir, imprimir menos dinero en efectivo) al tiempo que aumenta el porcentaje de acciones que las empresas deben aportar al fondo de capital social (es decir, socializar una mayor parte del capital)."

En cuanto a los consejos positivos y prácticos para los activistas, los defensores y los partidarios de la izquierda y el movimiento obrero en general de cara al futuro, Varoufakis reflexionó:

"No tengo palabras de gran sabiduría que ofrecer a los "irracionales" que quieren cambiar el mundo.

"Hablando por mí mismo, la vida simplemente no es divertida sin intentar constantemente civilizar un mundo enormemente irracional y, para colmo, sin instar constantemente a nuestros compañeros a tener cuidado con el poder concentrado (incluso dentro de nuestros propios movimientos y organizaciones)".

(Entrevista a Yanis Varoufakis , Daniel Powell, Brave New europe, 16/01/22; fuente: Morning Star; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

4/10/19

Las multinacionales tecnológicas han desarrollado (desde 2001, con google) toda una serie de instrumentos que permiten conocer con bastante precisión qué hacemos en nuestra vida cotidiana, los lugares que visitamos, nuestras preferencias de consumo, nuestro estado financiero, la salud de la que gozamos, las relaciones afectivas que mantenemos y muchos más aspectos de nuestra privacidad... que ofrece muchísimas probabilidades de saber qué haremos en el futuro... Las empresas sabrán con un elevado nivel de precisión cómo vamos a actuar... pudiendo alterar nuestro comportamiento... Convierten la experiencia humana en materia prima gratuita...

"'The Age of Surveillance Capitalism' (La era del capitalismo de vigilancia), el voluminoso libro de Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School, suscitó numerosos debates en el tiempo de su publicación. 

Sus análisis acerca de la acción de las empresas tecnológicas, del modelo de mercado que están construyendo y de las consecuencias que provocarán, alimentaron la reflexión tanto en los medios de comunicación anglosajones como en algunos sectores del mercado, preocupados por el auge de las Big Tech. El texto está en la mesa de lecturas de Ana Botín, y tiene su lógica.

La descripción que hace Zuboff de lo que nos espera no es nada halagüeña. Cifra el punto de partida de este nuevo capitalismo en 2001, cuando Google comenzó a recoger información de sus usuarios para afinar la publicidad. De esos datos utilizaba solo una parte, aquella que le era funcional, y desechaba el resto, hasta que sus directivos se apercibieron de que lo descartado también podía ser útil, ya que ofrecía numerosos rastros de las actividades cotidianas y del comportamiento de las personas que usaban el buscador.

 El siguiente paso fue el salto de Google a Facebook de Sheryl Sandberg, que demostró que ese modelo de negocio podía funcionar en otros ámbitos. A partir de entonces, se extendió a sectores como los seguros, las empresas médicas, las finanzas, la educación, el transporte o la venta de productos culturales.

Una red total

En la actualidad, estas firmas han desarrollado toda una serie de instrumentos que permiten conocer con bastante precisión qué hacemos en nuestra vida cotidiana, los lugares que visitamos, nuestras preferencias de consumo, nuestro estado financiero, la salud de la que gozamos, las relaciones afectivas que mantenemos y muchos más aspectos de nuestra privacidad. 

Cualquier dispositivo con acceso a Internet forma parte de una red de transmisión de información que cada vez será más amplia, ya que tales instrumentos van a estar más presentes en muchos más lugares, desde los hogares hasta numerosos espacios públicos.

La recolección de esa información y su tratamiento informático no solo concede un gran conocimiento sobre nuestra vida, sino que ofrece muchísimas probabilidades de saber qué haremos en el futuro. Ese es el centro del negocio de estas compañías, afirma Zuboff: los seres humanos nos hemos convertido en productos de predicción.

La desaparición de la incertidumbre

El capitalismo actual se basa en la medición y la auditoría y, a través de ellas, en la reducción de los riesgos. El modelo de la vigilancia da un paso más en ese camino, ya que el conocimiento exhaustivo de las acciones humanas y su tratamiento a través de algoritmos provocará (o eso se afirma) la desaparición de la incertidumbre. Las empresas sabrán con un elevado nivel de precisión cómo vamos a actuar y, por tanto, podrán realizar inversiones sustanciales con beneficios asegurados.

Esta conversión de la experiencia humana en materia prima gratuita, avisa Zuboff, genera un par de problemas graves. En cierta medida, la profesora estadounidense reproduce la teoría marxista sustituyendo el trabajo por los datos como nueva fuente de plusvalía, lo que llevaría a que nos convirtiésemos, según ese esquema, en productores pasivos de beneficio para las grandes empresas. 

Pero advierte de algo más, ya que el peligro reside en el siguiente paso, el de la conversión de nuestras sociedades en conductistas: las empresas no solo predecirían nuestro comportamiento, sino que podrían alterarlo, y la irrupción de Cambridge Analytica en el Brexit es un buen ejemplo de cómo influir radicalmente en las decisiones individuales. Las intenciones de fondo del capitalismo de la vigilancia no son ideológicas, subraya Zuboff, sino lucrativas: la pretensión es dirigir nuestra voluntad hacia gasto y consumos inducidos.

El final de la democracia

El segundo gran problema es político. Si ese conocimiento tan amplio de la privacidad y la mentalidad de cada ser humano, así como la capacidad de influir en nuestros comportamientos y decisiones, es empleado con fines de control ideológico, nos dirigiremos a un escenario nada democrático, en el que las estadísticas y los algoritmos sustituirán a los representantes elegidos y las instituciones que conocemos se desvanecerán bajo el peso de la inteligencia artificial. Zuboff advierte de esta nueva forma de absolutismo como un horizonte nada descartable y algunas señales en este sentido se están produciendo en China.

El problema es cómo evitar que estos graves peligros se desarrollen. La propuesta de Zuboff es la de la regulación, y es optimista en ese sentido, porque espera que una vez revelado cómo opera el capitalismo de la vigilancia, las instituciones sepan dar una respuesta legislativa al problema. La democracia suele ir por detrás del mercado, pero siempre reacciona, y este caso no será diferente.

Las malas noticias

Sin embargo, hay dos malas noticias para esa postura optimista, y están relacionadas. Tomar conciencia de un problema y promulgar normas para solucionarlo no arregla por sí mismo las cosas. Hay asuntos recientes (sin ir más lejos, el cambio climático) que nos demuestran que es necesario algo más que la voluntad legislativa para enderezar un mal rumbo. En segundo lugar, centrarse en la regulación de los datos es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema está en otra parte.

En última instancia, no es una cuestión de la tecnología y de su uso indebido, sino de poder. Las Big Tech son grandes antes que tecnológicas: son en primer lugar monopolios, el modelo de negocio preferido por Silicon Valley y por los fondos de inversión. Esa posición dominante les permite una grandísima libertad de acción que utilizan para dominar a sus competidores, para crecer más rápido y externalizar sus costes, pero también para extraer más rentabilidad de sus usuarios y clientes, y para todo ello poseen una libertad de medios amplísima. En este sentido, la regulación siempre llega por detrás de las prácticas, y a menudo no hace más que limitar de un modo insuficiente su capacidad de acción.

Una partida de poder

Por lo tanto, la regulación de los datos es una acción que deberá acometerse de un modo decidido, sin duda, pero el problema está en otra parte. Y, probablemente, quienes mejor hayan entendido qué acciones institucionales deben realizarse no hayan sido los nuevos especialistas en tecnología, sino los viejos expertos 'antitrust'. Lo que se juega es una partida de poder y nos afecta a todos.

Y, desde luego, a los bancos, por lo que es natural que la presidenta del Banco Santander esté interesada en saber cómo funciona la competencia. Las grandes tecnológicas no solamente cuentan con una posición privilegiada para dominar o eliminar a los rivales de su sector, sino que poseen el poder suficiente como para abordar sectores que no les eran propios y arrebatarles buena parte de su negocio. La banca es uno de ellos. El músculo financiero de las Big Tech, las nuevas posibilidades que abren la recolección de datos y su tratamiento, el respaldo de sus países (las grandes tecnológicas son estadounidenses o chinas), su fuerza para hacer 'lobby' y la capacidad de innovar en medios técnicos hacen de estas empresas rivales demasiado poderosos para la banca europea.

Cuando Jaime Guardiola, consejero delegado de Banco Sabadell, aseguraba que "en Europa hemos sido muy torpes" al abrir los datos de un sector clave como la banca a sus rivales y que a él también le gustaría acceder a los datos de Amazon, no hacía más que poner de manifiesto esta debilidad estructural. Las endebles recomendaciones de flexibilidad y agilidad a la hora de competir de la Autoridad Bancaria Europea son una muestra más de quién tiene mayor fuerza, ya que son los consejos típicos que se dan a la parte perdedora.

Combatir el tamaño con el tamaño

Las Big Tech están entrando ya en parcelas del sector bancario, como los medios de pago o los préstamos personalizados, en los que la rentabilidad es mayor. Y todo esto en un instante en que las firmas europeas sufren la competencia en un mundo global de las entidades estadounidenses y chinas, bastante más fuertes.

La opción más probable, al igual que ocurrió en otros sectores, es la de combatir el tamaño con el tamaño. Las recomendaciones de impulsar la concentración bancaria para crear entidades europeas más grandes son muy frecuentes. De ocurrir así, las nuevas entidades ganarían en poder de resistencia y tratarían de aumentar su rentabilidad a través de su capacidad de intermediación. Lo cual, a su vez, generaría distorsiones para los intermediados, y particularmente para los consumidores y clientes, que cargarían sobre sus espaldas las pérdidas que las Big Tech ocasionan a los bancos.
Cómo cambiar el escenario

Este es un ejemplo más, en un sector que se creía poco vulnerable, de la recomposición del mercado que las tecnológicas están llevando a cabo. Para afrontar sus notables efectos negativos, la mirada de Zuboff es útil solo parcialmente. Los datos son una más de las manifestaciones, particularmente importante pero no nuclear, de esta nueva clase de poder. La solución puede estar mucho más en el creciente movimiento antimonopolio, que trata de asegurar otro tipo de funcionamiento del mercado, que en la simple regulación de los datos. 

En la medida en que el poder se concentra, también lo hacen los instrumentos a su disposición, así como aumentan sus efectos. En ese escenario, el pez grande está en disposición de comerse todo lo que encuentra a su paso. Quizá sea hora de plantearse cómo cambiar el escenario."                (Esteban Hernández, El Confidencial, 29/09/19)

26/1/18

Dos trabajadores de IKEA fueron despedidos porque sus vidas no podían encajar en el algoritmo que gobierna la fuerza de trabajo

"(...) “Somos los que hacemos los robots, con nuestro propio trabajo”, dice. “Establecemos los criterios con los que operan. Y luego les enseñamos a aprender cómo mejorar. 

El problema no es que los robots nos estén robando nuestro trabajo, sino que seguimos trabajando más y más, y que las plataformas se están fragmentando y haciendo invisible el trabajo que es necesario para que funcionen los algoritmos”. Le entrevistó Roberto Ciccarelli para Il Manifestó.

Roberto Ciccarelli - En Italia ha habido mucha discusión sobre el despido de dos trabajadores de IKEA, Marica en Corsico y Claudio en Bari. Fueron despedidos porque sus vidas no podían encajar en el algoritmo que gobierna la fuerza de trabajo. ¿Hemos vuelto de nuevo al siglo XIX?

Antonio Casilli - El capitalismo de las plataformas digitales hace que la disciplina laboral sea 
más rígida, ya que impone supuestas mediciones “científicas” y evaluaciones que pueden parecerse a los de la vieja fabricación industrial.

 La diferencia clave es que los trabajadores, a cambio de su sumisión a esta disciplina, no reciben la seguridad social y la representación política que tenían antes a cambio de su subordinación. 

Este nuevo taylorismo tiene todos los inconvenientes y ninguno de los antiguos beneficios. Los trabajadores están atrapados dentro de una contradicción: subordinados y precarios, al mismo tiempo.

Después de la huelga en Amazon en Piacenza, aconsejó a los sindicatos que también deben prestar atención a la política de los datos, no sólo a la política laboral. ¿Qué significa eso?

En Piacenza, se vio sólo la punta del iceberg. Fue una huelga en una ubicación física, por mejores condiciones de trabajo en relación con los activos materiales. Hay otra parte entera del Amazon, que durante años ha estado en lucha.

 Me refiero a los micro-trabajadores de Amazon Mechanical Turk, un sistema para la creación y formación de inteligencia artificial que se alimenta de micro-trabajadores, las personas pagan poco a poco, sólo unos pocos centavos, por tareas de datos, imagen y gestión de texto. 

Estos trabajadores deben organizarse para luchar por una mejor remuneración y condiciones de trabajo más humanas. En este caso, los sindicatos tienen que recuperar el terreno perdido, porque los “Turkers” realizan tareas que son demasiado pequeñas para que se les tome en cuenta.

¿Los sindicatos lo hacen?

Sí, aunque hay varias iniciativas diferentes de momento que trabajan a escala nacional. En Alemania, los trabajadores del metal de IGMetall han proporcionado una plataforma para las demandas de estos trabajadores: FairCrowdWork. En Francia, la CGT ha creado Syndicoop, que ayuda a los sindicatos a organizar los empleados en torno a una campaña. 

En Bélgica, SMart: una cooperativa, no un sindicato, que trabaja con los trabajadores independientes y también con los trabajadores que hacen las entregas a domicilio ( “riders”). 

Está teniendo lugar un proceso por el que los sindicatos clásicos están tratando de “plataformarse” a sí mismos, mientras que las cooperativas desarrollan los servicios de manera colaborativa para los trabajadores en las plataformas.

A partir de las luchas de los “riders” italianos, surgió la reivindicación de que se deben asimilarse al convenio de los trabajadores de logística. ¿Es lo mismo en Francia y en otros países?

En la economía de demanda, los servicios basados en plataformas en tiempo real y los productos son el foco de una importante disputa legal y política con respecto a la contractualización de los trabajadores. Hasta ahora, el objetivo ha sido el de regularizar su situación en un convenio del sector que se aplicaría a la zona cubierta por la plataforma. 

En el caso de Uber, en Estados Unidos, Europa y Corea del Sur las luchas laborales están convergiendo hacia pedir su reconocimiento como trabajadores del transporte urbano. Para Amazon, los trabajadores están buscando la aplicación del convenio de los trabajadores de correos. El plan de acción aún necesita ser ampliado mucho más.

¿Cómo?

Mediante el reconocimiento de todos los micro-trabajos realizados por los trabajadores “click”, incluso a lo que se paga unos pocos centavos por pieza para realizar tareas tales como la gestión de datos, imágenes o textos. Su trabajo es útil para el aprendizaje de las máquinas, para enseñar a una máquina la manera de aprender y la creación de inteligencia artificial.

Y ¿cómo se puede lograr esto?

Todo está ligado a la cantidad de información que se produce, y cómo y en qué medida las plataformas se están aprovechando de esta producción de datos. Uber se queda entre el 20 y el 40 por ciento de cada transacción que tiene lugar en su plataforma, y es plenamente consciente del valor de lo que está produciendo. 

Parte de la riqueza producida, debe ser distribuida a los trabajadores de las plataformas. Si bien no sería un salario, tal redistribución sería más equitativa que la situación existente.

¿Qué otros ejemplos hay de micro-trabajo digital?

Hay muchos. Es un mercado mundial que cuenta al menos con 100 millones de trabajadores. En China, India, Filipinas e Indonesia, existen plataformas y servicios que son poco conocidos en Europa. Estos trabajadores hacen una muy amplia gama de puestos de trabajo, que permiten a las economías occidentales digitales funcionar.

 En estos países, se pueden encontrar a los evaluadores del motor de búsqueda de Google (raters). Son los trabajadores que comprueban si los resultados de una búsqueda son apropiados y corrigen la gama de resultados ajustando el algoritmo. También están los moderadores de contenido en Facebook o Youtube, que pasan sus días juzgando si los videos o las fotos particulares respetan los términos y condiciones de las plataformas. 

Son los que enseñan a los algoritmos de filtrado qué contenido debe ser censurado. También podemos mencionar a los trabajadores “clic” que están compartiendo, “enlazando,” y promocionando la publicidad o los vídeos de las celebridades, a los que se paga aún menos de un centavo por cada clic. Estas personas son el verdadero motor que está detrás del marketing viral, que llevan a las más famosas marcas a las redes sociales.

La economía de demanda es también una economía de la reputación y una economía de la atención, donde la figura del consumidor es fundamental. ¿Cómo pueden los trabajadores involucrar a los consumidores en sus reivindicaciones?

En primer lugar, mediante el reconocimiento de que el consumidor realiza el mismo tipo de trabajo que el repartidor de Deliveroo o el micro-trabajador de Mechanical Turk de Amazon.

¿Cuál es el trabajo que realiza el consumidor?

Producen datos también. Estos datos son utilizados para entrenar la inteligencia artificial. El consumidor produce una masa crítica de intercambios y transacciones que permiten que la plataforma exista en el mercado. Un consumidor es una parte activa y fundamental de la existencia del algoritmo.

 Llevan a cabo una gran cantidad de acciones productivas todos los días, que son similares a las de los trabajadores digitales. Incluso los usuarios en Youtube están ejerciendo la moderación de vídeo de forma gratuita, informando de los que no son adecuados. Cualquier persona que utiliza Google está entrenando el algoritmo del motor de búsqueda para obtener los términos más buscado, a menudo sobre la base de las palabras introducidas en él, por nosotros y por otros.

 El consumidor es un productor. Los límites entre estos actores económicos están convergiendo, hasta el punto que podemos decir que cuando una plataforma no quiere pagar, te llaman un “consumidor”, mientras que, si están dispuestos a pagar (un poco), te llaman un trabajador por tarea o micro-trabajador.

Usted ha hablado de “trabajo gratuito”, ¿qué papel desempeña en la economía digital?

Este “trabajo gratuito” ya fue definido por Tiziana Terranova hace 20 años. Incluso entonces, estar en línea era trabajar, ya que se produce contenidos para sitios web y para los sitios que fueron llamados “portales” en su momento. 

Durante la última década, esta idea de trabajo gratuito ha cambiado, ya que nos dimos cuenta de que las plataformas no sólo están comprando y vendiendo nuestro contenido - lo más importante es que están comprando y vendiendo nuestros datos personales y la información personal: Qué marcas nos gusta o el tiempo que se suele escuchar música; o donde estamos, a través de GPS. 

El trabajo gratuito del usuario de Internet no es un trabajo creativo, sino un trabajo sin conciencia, y mucho menos satisfactorio, ya que es invisible. Como tal, es alienante, en la medida en que no nos damos cuenta para que son los datos útiles, y cómo se van a utilizar, cuando resolvemos un “captcha” en Google o añadimos una etiqueta a una imagen en Instagram.


¿Qué información se utiliza?

No solo se utiliza para producir valor monetario para las grandes plataformas que compran y venden información, sino también para crear valor para la automatización: formar a la inteligencia artificial, enseñar a las salas de chat a comunicarse con los humanos, y crear asistentes virtuales como Siri en el iPhone o Alexa en Amazon, que nos hablan y nos ayudan a tomar decisiones, o incluso hacer ellos en lugar de nosotros.

Por lo tanto, ¿es el trabajo digital la característica común de las luchas de los mensajeros en bicicleta de Foodora o Deliveroo, de los trabajadores de Amazon y de los trabajadores “clic”?

Sí, estas luchas están unidas por una forma diferente de trabajo que las que hemos estado acostumbrados en el siglo pasado. Hoy en día, el trabajo digital se realiza a través de las plataformas digitales, que deben tener en cuenta un tipo de organización productiva. Además, estas plataformas son empresas y mercados. Amazon es una empresa más tradicional con una cultura brutal de disciplina laboral, como se puede ver, por ejemplo, en sus almacenes, pero también en sus oficinas. 

Sin embargo, Amazon es también un mercado, un mercado basado en un enorme catálogo de productos y en una forma menos conocida del comercio: la de datos. Deliveroo es lo mismo: es una empresa, con empleados y recursos tangibles e intangibles, y, al mismo tiempo, es un mercado de trabajo que conecta a los clientes, las tareas productivas y los trabajadores mensajeros.

 En este caso, la plataforma utiliza un tipo de algoritmo asociativo, crea una relación entre los diferentes sujetos. Para Amazon, la relación es entre aquellos que producen un artículo y los que lo compran. (...)

Los gigantes digitales no deben ser gravados sobre la base de la cantidad de datos de los centros u oficinas que tienen en un país, sino sobre la base de los datos producidos por los usuarios de las plataformas. Si hay 30 millones de usuarios de Google en Italia, es justo gravar Google basándose  en las ganancias que obtienen de las actividades de estos usuarios. (...)"          (Antonio Casilli  . Profesor de la Télécom ParisTech. Sin Permiso, 20/01/18)

29/11/17

Siglo XXI: la tensa relación entre capitalismo y democracia salta por los aires... se derribará la arquitectura básica de parlamentos, tribunales públicos y estructuras de derechos humanos a través de acuerdos de comercio e inversión

"(...) El capitalismo atraviesa en la actualidad una fase de mutación. Se estaría así preparando en este siglo una nueva forma de organización social a nivel planetario, como respuesta a la crisis civilizatoria en ciernes. 

En esta línea, quienes detentan el poder ya están realizando notables transformaciones —que plantean irlas impulsando en las próximas décadas— para enfrentar tanto el colapso ecológico como, sobre todo, las perspectivas de un crecimiento económico muy débil. Lo que se pretende es ampliar las posibilidades de reproducción capitalista, en un momento crítico de significativas amenazas.

De este modo, se intensifica y amplía el radio de acción de algunas inercias sistémicas —mercantilización, protagonismo del poder corporativo, concentración y centralización del capital— y se revisa la arquitectura político-cultural hegemónica en el siglo XX, ya que esta colisiona con unos horizontes poco halagüeños.  (...)

Siglo XXI de inercias y de cambios. Cambios profundos para mantener, en un momento crítico, la inercia capitalista: su necesidad de reproducción permanente. Un capitalismo herido que se dispone, en una huida hacia adelante, a desmantelar parcialmente el modelo de organización global edificado en torno a sí mismo en la segunda mitad del siglo XX porque ya no le es funcional.  (...)

La economía es lo primero. Y si antes podían permitirse espacios y sectores definidos desde parámetros diferentes —o en la periferia— de la lógica capitalista, ahora es crucial integrarlos definitivamente en esta. Se lanza así una ofensiva contra todo aquello que aún no está bajo el control del poder corporativo para trascender toda frontera sectorial, geográfica, política y cultural que ponga en cuestión el flujo capitalista. Una apuesta, en definitiva, por la mercantilización de la vida, por el control de su espectro completo, por la hegemonía sin parangón del poder corporativo, ya sin ropajes ni subterfugios.

Dimensiones del capitalismo del siglo XXI

En este siglo XXI, el capitalismo se redefine bajo nuevos parámetros políticos, económicos y culturales. Mismas esencias, menos límites a su actuación, un relato más bronco y violento. En síntesis: un renovado modelo económico que, para que la rueda no se detenga, busca nuevas formas de reproducción y blinda las ya existentes. 

En el ámbito político, se apuesta por una gobernanza corporativa global; esto es, un gobierno de facto de las grandes empresas que sin eliminar a las instituciones, ampute sus capacidades en favor de las corporaciones. 

En lo que se refiere al imaginario cultural, se abandona progresivamente la deslegitimada agenda de colores en favor de una dinámica de fascismo social, más adecuada a una realidad donde se hace patente que no todas las vidas tienen valor, ni siquiera son posibles.

Respecto a la dimensión económica, se pretende mercantilizar todo ámbito de la vida. Con una énfasis especial en los bienes naturales, los servicios, lo digital y la esfera de lo público. Y es que estos, además de extender la frontera mercantil global, garantizan el negocio en base a las necesidades humanas básicas, y por tanto permanentes (educación, salud, vivienda, alimentación, bienes naturales, etc.), ahondando en el férreo control del trabajo, los territorios y los bienes naturales escasos. 

 Complementariamente, y ante las escasas vías de reproducción en otras esferas, se redobla la apuesta especulativa mediante el blindaje de la desregulación financiera, que bien pudiera generar otro estallido como el de 2008. Con una mirada de largo alcance, se prefigura una nueva onda expansiva a partir del desarrollo de la automatización, la robotización, la economía digital y el “capitalismo verde”.

En la dimensión política, se trata de eliminar toda traba democrática al natural desempeño económico. La democracia no puede poner ya freno a los negocios, y estos deben realizarse bajo la primacía de la absoluta seguridad jurídica. Este principio se convierte en valor supremo, por lo que se revisan los fundamentos del modelo liberal-representativo en lo que respecta a las capacidades legislativas y judiciales. 

La tensa relación entre capitalismo y democracia explota por los aires, y en el altar de la reproducción del capital se derriba la arquitectura institucional básica de parlamentos, tribunales públicos y estructuras multilaterales de derechos humanos, principalmente a través de la nueva oleada de acuerdos de comercio e inversión.

En este contexto, el comercio y la inversión se esencializan, implantando de manera definitiva la lex mercatoria: la democracia empezaría ahí donde terminan los mercados capitalistas. En esa misma lógica, las decisiones estratégicas se elevan y se corporativizan todavía más, priorizando los ámbitos de decisión regionales y multilaterales, así como la participación activa de las grandes empresas en ellas. Y no solo de forma indirecta sino directamente, dentro del mismo proceso de elaboración política y contando con una justicia ad hoc.

 A la vez, se impulsa un relato cultural que cierra el círculo del proyecto. Frente a la deslegitimación de la agenda de colores neoliberal, que pretendía trasladar una mirada progresista y universalista sobre la globalización, se va posicionando otro imaginario más acorde con la realidad de violencia y exclusión generalizada. 

Gana espacio pues un discurso de fascismo social, de miedo y confrontación con el otro que, incluso manteniendo cierto pluralismo político, preconiza la ley del más fuerte. Ya parece que no hay sitio para todos y todas, y que solo algunas vidas son vivibles. Y se abunda en la guerra con el otro, con lo diferente, desde sentidos comunes explícitamente reaccionarios. 

A su vez, como referencia normativa se proyecta un individualismo extremo, moderno, conectado y con acceso a todo —como puede ejemplificarse en algunos casos de la “economía colaborativa”— que invisibiliza, en el voluminoso iceberg oculto bajo el agua, una realidad de servidumbre e hipersegmentación a costa del individualismo de la clase privilegiada.

El capitalismo del siglo XXI conforma un nuevo proyecto que desmantela los mínimos democráticos en el marco del gobierno de hecho de las empresas transnacionales, bajo un patrón de apropiación militar y corporativo del territorio. Un proyecto que ensaya una muy cuestionable onda expansiva de crecimiento económico, sin garantía alguna de alcanzar la productividad esperada, pero que en todo caso nos aboca a una constante de incertidumbre y especulación. Y que ahonda además en el abismo social y el colapso ecológico; frente a agendas inclusivas y pacíficas, nos ofrece fascismo social, miedo y guerra. 

Con la nueva oleada de tratados de comercio e inversión como uno de los hitos principales de su agenda, mediante la que se trata de derribar toda frontera sectorial, geográfica, política y cultural a los negocios, los mercados y el poder corporativo."                (Gonzalo Fernández, El Salto, 21/11/17)

16/11/17

El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

"(...) Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.

En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” 

Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump- presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”

En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

La ruptura del vínculo

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.

 En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios

Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.

Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. 

 En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.

Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios.

 Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.

Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.

Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?

Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.

Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.

Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

  Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.

No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.

Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.

Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

El traje nuevo del Gran Hermano

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia" con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.

Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.

Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.

Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo.

 Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.

Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.

Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.

Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.

A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

Una herramienta de control

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”, advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.

Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.
Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.

Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.

Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.

Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.

Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.

Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.

El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.

Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.

En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.

Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.

Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas."                 (Samuel Earle  , Sin Permiso, 01/11/2017)

7/7/17

Una vida que se basta a sí misma: la revancha de los "valores del sur"

"En los años 70, el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini propuso pensar el conflicto político como una disputa fundamentalmente antropológica: entre diferentes modos de ser, sensibilidades, ideas de felicidad. Una fuerza política no es nada (no tiene ninguna fuerza) si no arraiga en un "mundo" que rivalice con el dominante en términos de formas de vida deseables.

Mientras los "hombres políticos" de su tiempo (dirigentes de partido, militantes de vanguardia, teóricos críticos) miraban hacia el poder estatal como el lugar privilegiado para la transformación social (se toma el poder y desde arriba se cambia la sociedad), Pasolini advertía –con sensibilidad poética, esto es,sismográfica– que el capitalismo estaba avanzando mediante un proceso de "homologación cultural" que arruinaba los "mundos otros" (campesinos, proletarios, subproletarios) contagiando los valores y modelos del consumo "horizontalmente": a través de la moda, la publicidad, la información, la televisión, la cultura de masas, etc. 

El nuevo poder no emana, irradia o desciende desde un lugar central, sino que se propaga "indirectamente, en la vivencia, lo existencial, lo concreto", decía Pasolini.

En el vestir y en los andares, en la seriedad y las sonrisas, en la gesticulación y los comportamientos, el poeta descifraba los signos de una "mutación antropológica" en marcha: la revolución del consumo. Frenarla desde el poder político sería como tratar de contener una inundación con una manguera. 

No es posible imponer otros contenidos o finalidades a un mismo marco de acumulación y crecimiento. Es más bien al revés: el modo de producción-consumo será el que determine los márgenes del poder político. Una civilización sólo se para con otra. Son necesarios otros vestires y otros andares, otra seriedad y otras sonrisas, otra gesticulación y otros comportamientos.

La disputa política (la que no es simple juego de tronos) expresa un "desacuerdo ético" entre diferentes ideas de la vida o, mejor, de la buena vida. No ideas que flotan por ahí o se enuncian retóricamente, sino ideas prácticas encarnadas, materializadas, inscritas en los gestos y los dispositivos más cotidianos (Facebook, Uber o Airbnb son figuras del deseo, de ahí su fuerza). 

¿Qué podría decirnos una mirada antropológica sobre la política? ¿Qué mundos colisionan hoy? ¿En qué desacuerdos éticos sobre la vida buena podrían aflorar acciones políticas transformadoras?  (...)

La socialidad del sur 

Según el sociólogo (de la vida cotidiana) Michel Maffesoli, siempre ha existido, insistido y resistido una “socialidad del sur”. Una socialidad difusa, sumergida y oculta, difícil de ver pero presente, capaz de rebelarse y activarse si resulta amenazada. Una dinámica informal (formas de vínculo, de pertenencia subjetiva, de hacer práctico) determinante en la vida diaria, como substrato o “manto freático” de la existencia colectiva. 

¿En qué consiste esta socialidad del sur? En primer lugar, es un impulso vital, a-racional. Una voluntad de vivir, un querer vivir. Pero no vivir de cualquier modo, sino afirmando un tipo de vínculo, un tipo de existencia, una cierta idea de felicidad: un estar-juntos antropológico. Es también un conjunto de saberes y estrategias para reproducir esos vínculos, esas formas de vida.

Ese "sur" se refiere original e históricamente a los países mediterráneos y latinoamericanos, pero se convierte enseguida en la obra del autor en una noción más movediza que apunta a "valores" y "climas afectivos" más que a una localización geográfica.

 En ese sentido, hay "sur en el norte", como también hay "norte en el sur". Colonia (vividora, alegre, habladora, proletaria) sería el "sur" en Alemania y la financiera Frankfurt, el "Norte".

Podemos entresacar ahora cinco "valores" (lo que vale) para esta socialidad del sur:

—en primer lugar, el presente: la vida no se proyecta "hacia adelante" (un futuro de salvación, de perfección), sino que se afirma "ahora". Esa cierta despreocupación hacia el mañana no excluye (¿paradójicamente?) una obstinación por reproducirse y durar. La temporalidad de la socialidad del sur es intensa y no extensa, pero ella se empeña en "perseverar en su ser".

—en segundo lugar, el vínculo: La vida se da en continuidad con otros, entramada con otros, enredada con otros. No solamente por necesidad, sino también por el placer de compartir. El vínculo más apreciado es el vínculo cercano, próximo, al alcance de la mano (lo táctil como valor). Este "aquí" no nos separa de lo que está "allí" (lo lejano), sino al revés: a partir de lo que vivimos "aquí" nos puede resonar algo "allí".

—en tercer lugar, lo trágico: la asunción de la anarquía de lo que hay, de lo que es. No se trata de "solucionar" o "superar" lo dado (incierto, oscuro, múltiple), sino más bien de saber "componérselas" con ello. Otra relación pues con el mal, el riesgo o la muerte, que no son algo a erradicar (según las lógicas imperantes del control, la securización y la previsibilidad total), sino un costado de la vida (y también pueden ser fuerza, palanca, si nos sabemos componer).

—en cuarto lugar, lo dionisíaco: no la vida encerrada en uno mismo (trabajo, éxito, progreso), sino la vida "extática" que busca salir de sí a través del goce del cuerpo, el gusto por la máscara y el disfraz (las apariencias), la fusión con el otro en las celebraciones colectivas (musicales, deportivas, religiosas), etc. Exceso, derroche, vértigo, entrega, destrucción: lo "dionisíaco" son tanteos con la alteridad.

—por último, el doble juego: no la pasión por lo recto, lo frontal y lo explícito, sino por el desvío, la astucia, el apaño, el rebusque, la brega, la duplicidad, el disimulo, el juego con la ley y la norma, las estrategias informales de conservación y supervivencia (mía y de los míos). No la pasión por corregir y enderezar, sino por sortear, regatear, driblar y burlar.

La crisis como ocasión 
Los economistas neoliberales hacen su propia lectura "antropológica" del mundo y concluyen que la crisis económica de 2008 tiene que ver con la "insuficiente movilidad geográfica", el "limitado espíritu emprendedor", el "colchón familiar", el "trabajo informal" o la "indiferencia (o incluso la repugnancia) hacia el enriquecimiento" aún demasiado presentes en los países del sur (los llamados PIGS: Portugal, Italia, Grecia, España, ninguno de ellos un país protestante, por cierto). Al trasluz de estos análisis, vemos a la socialidad del sur en acción.

¿Podemos leer la gestión neoliberal de la crisis como la tentativa de suprimir por fin todas esas "inadecuaciones culturales" y acelerar así "el devenir mundo del capital" (Laval y Dardot)?

 La crisis de la deuda sería de ese modo la ocasión perfecta para desatar la "destrucción creativa" de todo aquello que, dentro y fuera de nosotros mismos, nos indispone para pensarnos y actuar como simples átomos sociales, partículas egocéntricas desvinculadas, máquinas del cálculo egoísta. Costumbres y vínculos, apegos y solidaridades. 

Eliminando las protecciones sociales, fragilizando los derechos asociados al trabajo, favoreciendo el endeudamiento general de los estudiantes y las familias, precarizando, reduciendo los salarios y el gasto social, se trata de fomentar el "sálvese quien pueda" y destruir todo aquello que permita a la gente cualquier margen de libertad con respecto al mercado.

 Todo lo que hay "entre" los seres y hace de ellos algo más que "partículas elementales" en competencia: lazos de mil clases, derechos conquistados, lugares vivos, recursos públicos y comunes, redes de solidaridad y apoyo, circuitos no mercantiles de bienes y servicios, etc. La base material de cualquier autonomía. Gobernar hoy consiste precisamente en erosionar ese "entre", esa trama densa de lazos, afectos, apoyo mutuo...

Pero justo cuando se quería "extirpar", la socialidad del sur se tensa y activa. En la España de la crisis han proliferado por ejemplo los micro-grupos informales de solidaridad y apoyo mutuo (familiares, vecinales, amistosos) que han atemperado los efectos devastadores de la gestión neoliberal de la crisis: miedo, soledad y desamparo. Una proliferación que impugna en sí misma el paradigma liberal-individualista: "cada uno tiene su vida".

Justo cuando se nos dijo que "habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades" y tocaba expiar y pagar, los valores del sur se toman su revancha, afirmando y difundiendo otras ideas de riqueza y felicidad: más basadas en el presente que en el futuro, en los vínculos que en la soledad, en el tiempo disponible y no en la vida para el trabajo, en la empatía y no en la competencia, en el disfrute de la gracia más que en la culpa por la deuda.

El nuevo espíritu del capitalismo 
Más difícil todavía. Según algunos autores, estaríamos atravesando hoy el pasaje hacia la superación (¿intensificación, radicalización?) del antiguo "espíritu" del capitalismo cuyos orígenes estudió Weber.

Por ejemplo, según Franco Berardi (Bifo), la burguesía aún "vivía en los vínculos" (con una comunidad, unos lugares, unos bienes físicos, una clase trabajadora que no podía suprimir, la relación entre valor y tiempo de trabajo). Sin embargo, el capitalismo financiero es mucho más abstracto: no se identifica con ningún lugar, con ninguna población concreta, con ninguna clase del trabajo, con ninguna regla, aunque sus decisiones tengan consecuencias (devastadoras) sobre lugares, poblaciones, trabajadores, etc.

Por otro lado, según Christian Laval y Pierre Dardot, esta lógica de acumulación infinita del capital se ha vuelto hoy una "modalidad subjetiva". ¿Qué quiere decir esto? Pues que al "homo economicus" (definido por la prudencia, la ponderación, el equilibrio en los intercambios, la felicidad sin excesos, la balanza de los esfuerzos y los placeres) le sustituye el "empresario de sí mismo" (definido por la competencia y la autosuperación constante: vivir en el riesgo, ir más allá de uno mismo, asumir un desequilibrio permanente, no descansar o pararse jamás, poner todo el goce en la autosuperación). Una expresión resume según los autores franceses el tipo subjetivo del capitalismo actual: "siempre más". El gozo de la ilimitación.

En esta transformación habría que reevaluar seguramente la resistencia que presenta la "socialidad del sur", cuando por ejemplo la cultura capitalista hoy ya no exige la represión de lo afectivo/pasional, sino más bien su completa instrumentalización al servicio de la lógica del beneficio: la instrumentalización de lo íntimo. 

 Pero sin duda la afirmación de una "vida que se basta a sí misma" sigue siendo absolutamente subversiva (¿más que nunca?). Una vida que no persigue extraer y acumular "siempre más", sino que se vive en el gozo de cuidar y compartir, lo más cercanamente posible, aquello que nos ha sido dado, aquí y ahora.

La insurrección de la socialidad del sur consistiría en afirmar políticamente esta otra idea de felicidad, esta potencia subterránea, este mar de fondo."               (Amador Fernández-Savater