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30/3/24

El 73% de los estadounidenses responden que el «sueño americano» es mentira

 "Si hay un tópico que se ha cultivado en la imaginario mundial, desde el mensaje de Hollywood al discurso religioso o el empresarial, es que América (aquí ya está la primera mentira confundiendo América con Estados Unidos) era la tierra de las oportunidades; y de ahí la expresión del «sueño americano». Ese sueño que llevaba a miles de personas a trabajar duro con la idea de que terminarían teniendo el coche y la vivienda adosada de los protagonistas de las series de televisión sobre la supuesta clase media.

Pero parece que lo del sueño americano cada vez se lo creen menos los que mejor pueden comprobar si es verdad o mentira, es decir, los estadounidenses. Una nueva encuesta de ABC News/Ipsos revela que poco más de una cuarta parte de los norteamericanos dicen que el sueño americano sigue siendo cierto, aproximadamente la mitad de lo que lo dijo hace 13 años.

Lo de «si trabajas duro conseguirás salir adelante», solo se lo creen un 27 % cuando en 2010 era el 50 %. El 18 % dice ahora que eso nunca fue cierto, mientras que en 2020 lo decían solo el 4 %.

La diferencia por sectores también es muy elocuente. Si observamos los grupos de edad, comprobamos que los más jóvenes, de 18 a 29 años, es el que más se ha desilusionado. Los que se lo creen han caído 35 puntos, del 56 % en 2010 al 21 % ahora.

Y si nos vamos a las razas, también hay diferencias. La proporción de personas de raza negra que dicen que todavía se mantiene cierto ha caído en 34 puntos, hasta el 21 %, en comparación con una caída de 22 puntos del resto de razas. De hecho, el 32 % dice que el sueño americano nunca se mantuvo cierto, una cifra que sube 23 puntos respecto a 2010. En otros grupos solo sube del 13 al 16.

Entre las personas que viven en hogares con ingresos por debajo de los 50.000 dólares al año, sólo el 18 % dice que el sueño americano todavía es cierto

Los ingresos también diferencian las opiniones. Entre las personas de los hogares con ingresos de menos de 50.000 dólares al año, sólo el 18 % dice que el sueño americano todavía es cierto. Sube al 27 % en el tramo de entre 50.000 y 100.000, y alcanza al 33 % entre los de más de cien mil dólares.

El perfil de los sectores sociales es muy claro: los jóvenes, negros y pobres son los que han comprobado que no es verdad. Precisamente a los que iba dirigido el mensaje de que trabajes mucho y lograrás tu sueño.

Que el mundo siga creyendo algo sobre Estados Unidos que el 73 % de los que allí viven dicen que es mentira, es una clara prueba de la campaña de imagen que ese país ha logrado vender a muchos ciudadanos del planeta, que todavía siguen creyendo en el sueño «americano»."                 (Pascual Serrano  , Mundo Obrero, 30/03/2024)

10/10/23

La epidemia de la desesperación... "no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad"... entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas... a 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos... entre ellos, los adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles aparatos dentales... entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa... Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo... No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación... el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico, la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad... el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera» (Helena Villar)

 "Jenny Roberts entra con un busto de plástico a la sala y lo coloca con delicadeza en la mesa. A continuación, abre el kit que contiene el Naxolone, la medicación necesaria para revertir una sobredosis de opiáceos. Con la pericia de una enfermera o un médico explica cómo revivir el muñeco inerte que tenemos delante. Lo hace de forma casi automática, no en vano 15 mil personas han aprendido en dos años gracias a ella.

En su rostro no hay atisbo del drama que, apenas cinco años antes, la empujó a enseñar a los demás a intentar burlar la muerte. El día en que Jenny encontró a su hermano menor Chris tendido en el salón de casa pensó que podía ser como las anteriores veces, ya eran seis años entrando y saliendo de tratamientos, pero esta vez no volvió a respirar. «Ni siquiera sabía que existía un medicamento para revertir esa situación.

Cuando me enteré, empecé a pensar en todas esas familias que iban a pasar por lo mismo, por lo que decidimos crear una fundación con el nombre de mi hermano con esta única misión: salvar vidas.» En el momento de la entrevista, al menos 86 personas habían vuelto a abrir los ojos gracias al entrenamiento impartido por Jenny, quien da el dato con un orgullo tímido, para nada triunfal.

Aún queda demasiado por hacer: «no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad y no es que se despertasen un día y dijeran, oye, creo que me he vuelto adicto a los opioides. Cada camino es diferente aunque, por supuesto, de lo que más se hable sea de la medicación recetada».

Según una investigación del diario The Washington Post basado en datos federales, entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas. Un volumen que, además, se disparó a medida que la epidemia iba siendo más mortal, llegando al punto de cobrarse un centenar de vidas al día.

Para hacernos una idea, en 2014, cada 15 minutos nacía en el país un bebé con síndrome de abstinencia neonatal –cada 25 minutos en 2020–; según un estudio basado en la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud, a más de la tercera parte de los adultos, 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos, y en 2016 hubo más muertes por este motivo que por violencia armada.

Este tipo de medicación altamente adictiva está tan normalizada que el primer ejemplo que me puso un exdrogodependiente y activista al que entrevisté fue el enganche temprano de adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles bráckets o aparatos dentales. Así, los estupefacientes en este país son ingeridos de una manera tan masiva que no parece exagerado afirmar que el Soma[1] de la distopía de Huxley, Un mundo feliz, es una realidad en los Estados Unidos actuales. Detrás, sobre todo, seis compañías distribuidoras: McKesson Corp., Cardinal Health, Walgreens, AmerisourceBergen, CVS y Walmart, y tres fabricantes: SpecGx, una subsidiaria de Mallinckrodt; Actavis Pharma, y Par Pharmaceutical, una subsidiaria de Endo Pharmaceuticals. «Se las comen como si fueran Doritos. Haremos más», escribiría en un correo electrónico, filtrado posteriormente, Victor Borelli, gerente nacional de cuentas del mayor fabricante de opiáceos de Estados Unidos.

Pese a la ingente cantidad de pruebas y al dolor inflingido, la mayoría de los responsables resolvieron cualquier demanda con acuerdos sellados a base de millones de billetes de dólar. Tampoco fueron obligados a dejar de producir la droga. Una paradoja constante en este país, donde es más común de lo que parece pasar buena parte de tu vida en la cárcel por consumir o menudear con drogas si se es un ciudadano pobre.

La dureza del castigo penal por consumo, sin embargo, no evita lo siguiente: pese a la referencia de Jenny al perfil universal del adicto, existe una mayor incidencia entre jóvenes y adultos jóvenes. Así, la principal causa de muerte entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, con una enorme ventaja sobre los siguientes de la lista. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa.

Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo. Estados Unidos es el único país avanzado del mundo donde la flecha de la esperanza de vida se movió en la dirección equivocada de 2014 a 2017. Si entre 1959 y 2014 aumentó de los 69,9 años a los 78,9 años, el promedio tres años más tarde era de 78,6. Aunque la tendencia logró revertirse tímidamente en años recientes, la pandemia la empujó por debajo de los setenta y ocho años, niveles inferiores a los de Líbano, Chile o Cuba, países con un PIB muy inferior.

Esto es sumamente sangrante para el orgullo de la nación que se autoerige como modelo si tenemos en cuenta que en 1960 los estadounidenses tenían la esperanza de vida más alta del mundo. «Es un problema desgarrador» y «extremadamente insólito», llegó a admitir la propia presidenta de la Reserva Federal en 2017. Janet Yellen, ahora actual secretaria del Tesoro, reconoció que el nivel de consumo de estupefacientes era tal que estaba reduciendo el número de población activa.

No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Yellen, por otro lado, también destacó lo siguiente: cuando la tasa de población activa se reduce, el paro también.

Otro factor que, por lo tanto, evidencia lo expuesto anteriormente: había que mirar con lupa los en principio espectaculares datos de desempleo. Es decir, dicho problema se termina si los parados acaban en la cárcel, son drogodependientes o directamente se mueren.

En su obra Deaths of despair, Anne Case y Angus Deaton vinculan de manera magistral el papel que la clase y la educación, y, por tanto, el sistema, desempeñan en la era de la angustia a la que se ha visto abocada la otrora nación de los sueños: «para la clase trabajadora blanca, la América de hoy se ha convertido en una tierra de familias rotas y pocas perspectivas. Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación». Una de las cuestiones más interesantes de su estudio es que Case y Deaton ponen el foco más allá de la desigualdad racial, situándolo en la clase trabajadora blanca y más concretamente en los hombres. En este sentido, no es que nieguen el racismo sistémico y estructural, todo lo contrario, pretenden llamar la atención sobre el hecho de que, si hay algo realmente transversal en la actualidad, es el flagelo a la clase trabajadora.

Así, si bien, tal y como apuntan los datos, las tasas de mortalidad entre los afroamericanos siguen siendo las más altas, la diferencia entre este grupo y el de los blancos ha disminuido de manera muy considerable entre 1990 y 2015. En este sentido, la brecha real se sitúa entre quienes tienen y quienes no tienen un título universitario; coincidiendo además con las respuestas a encuestas sobre sufrimiento y dolor. Volviendo al objeto principal de su análisis –los hombres blancos–, si el salario medio de los varones estadounidenses se ha estancado de forma generalizada, el poder adquisitivo en el caso de los blancos sin educación superior se redujo un 13% entre 1979 y 2017, periodo durante el cual el ingreso nacional per cápita creció un 85%.

La falta de trabajo estable o de calidad, argumentan, ha conllevado además una desintegración de las antiguas costumbres sociales de clase, como el formar una familia y tener hijos, por lo que el sujeto se ha encontrado de repente en una situación vital sin perspectiva conocida. Cualquier ávido lector podría argumentar que esto no sólo sucede en Estados Unidos, sino en buena parte del mundo occidental.

Sin embargo, elementos como los que vamos describiendo, como el poder de las grandes empresas sobre los brazos legislativos y judiciales del Estado, la ausencia de una sanidad universal y de un sistema social básico, la agonía del sindicalismo o las enormes dificultades de acceso a una educación superior son excepcionalmente definitivos en la situación de unos ciudadanos alimentados por los mitos del individualismo y la tierra de las oportunidades.

«Hay algo de ser pobre en este país que es super deprimente. Vienes aquí y vas a lugares desfavorecidos, y, por encima de todo, del crimen o de todo aquello que no tienen, está lo siguiente: la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad. Para mí, el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico.» Carol Graham es investigadora especialista en pobreza, desigualdad y salud pública del Instituto Brookings. Tras años de estudio en América Latina, al regresar a su país se dio cuenta de que había un elemento diferencial que se le estaba escapando y decidió medir la falta de esperanza.

Empecé comparando las actitudes acerca de que si un individuo trabaja duro en este país puede subir en el escalafón social, es decir, hice la clásica pregunta basada en el sueño americano. Comparé las respuestas obtenidas en América Latina y Estados Unidos, y cómo varían entre pobres y ricos. Lo que encontré fue fascinante. En América Latina, los pobres y los ricos casi contestaban igual, con un «no», y no había diferencias estadísticas. Sin embargo, aquí, había una diferencia de casi 20 veces entre pobres y ricos.

Es decir, en Estados Unidos, aquellos que no están en los estratos más bajos creen fervientemente que es por méritos propios. O lo que es lo mismo, los ricos que siempre lo han sido creen que quienes no lo son pueden llegar a serlo mediante esfuerzo y trabajo. Dicho desprecio e incomprensión son fatales en el caso de la población blanca, a la que se presupone que debería irle bien por su condición social. Graham lo explica de este modo:

El suicidio y la depresión son menos comunes en pobres de América Latina, y, en Estados Unidos, lo son menos entre los latinos y los afroamericanos que entre los blancos, porque los primeros no tienen el estigma y, por ejemplo, sus familias los ayudan. Para los blancos, el devenir pobre en los últimos tiempos ha sido un gran shock; de hecho, siguen siendo el grupo más opuesto a las ayudas gubernamentales porque lo relacionan con las minorías.

Graham pone como ejemplo de esta disociación el programa sanitario impulsado por Barack Obama, el llamado Obamacare, asegurando que muchos beneficiarios acabaron por votar a Donald Trump, contrario al mismo. «Es increíble. Hay cosas que puedo explicar y otras cosas que no puedo explicar, pero lo que sí puedo afirmar en función de los resultados de mis estudios es que este tipo captó la frustración con promesas que no tenían que ver con la realidad. Cuando la gente está en situación de perder es mucho más fácil manipularlos.» Graham desgrana el siguiente perfil:

Aquellos hombres ahora sin trabajo o con empleos precarios que se dedicaban a oficios manuales, pesados, difíciles, como minas, factorías…, que además conllevan estilos de vida no muy sanos, con lesiones o dolores. En este contexto, además, las compañías de opiáceos empezaron a repartirlos como caramelos. Se creó la tormenta perfecta: un mercado saturado de opiáceos, altas tasas de desesperación, falta de ayuda comunal y, en muchos casos, lugares completamente aislados. Ve al Misuri rural, vas a encontrar la nada.

Es decir, el votante blanco de clase trabajadora, un tercio del total de los adultos estadounidenses y que en esas elecciones serían decisivos en la victoria de Donald Trump. Siguiendo el ejemplo del Obamacare, poco después de las elecciones en las que el republicano saldría ganador, una reportera de la publicación VOX se acercó a Kentucky a preguntar a beneficiarios de dicho programa sanitario qué los había llevado a votar en contra de sus intereses.

En general, todos le contestaron que creían en la promesa de que Donald Trump mejoraría aún más su plan de salud, pese a no haber concretado cómo. Meses después, la misma periodista regresó para tantear los ánimos. Si bien se encontró con una decepción generalizada, también con justificaciones de que el presidente lo estaba haciendo muy bien en otras áreas como la inmigración, además del clásico: «Como decía mi padre, este es y será un condado republicano».

Este ejemplo sobre el terreno coincidiría con un análisis hecho por The Atlantic en el que, contrariamente a la narrativa de que solamente la pobreza o la ansiedad económica impulsaron ese voto hacia Donald Trump, fue la ansiedad cultural lo que definitivamente los empujó a decidirse por el republicano. En resumen, aquellos que aseguraban sentirse como un extraño en Estados Unidos, que apoyaban la deportación de inmigrantes o que no creían que a mayor educación su situación individual pudiera mejorar.

Así, la publicación destacó que el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera». Además, el 87% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que dijeron estar a favor de una política de identificación y deportación de inmigrantes ilegales también le votaron. Finalmente, un 61% de los hombres blancos de clase trabajadora aseguraron que invertir en una carrera universitaria es «una apuesta arriesgada».

Este texto es un extracto del capítulo III (Cómo sobrevive y se sobrevive al sistema) del libro de Helena Villar “Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream”. Editorial Akal. Colección A Fondo. Publicado con la autorización de la editorial y de la autora."

(Helena Villar , Venezuela News, 21/09/23)

12/1/23

¿Quiénes son esos esclavos unidos a los que hace alusión? Los esclavos unidos son la clase trabajadora estadounidense, una enorme masa social que lucha a diario por sobrevivir al neoliberalismo salvaje... sus expectativas se han reducido a intentar cubrir sus necesidades básicas sin tener margen para un traspiés... «Estados Unidos es una corporatocracia, es decir, el poder del estado ha sido transferido a las corporaciones.»... el sadismo define casi todas las experiencias culturales, sociales y políticas de los Estados Unidos... «a medida que las cosas se desmoronan, se abraza el sadismo como una forma de afrontar la hostilidad de un universo indiferente. Una vez roto el vínculo con un objetivo común, una sociedad fracturada se refugia en el culto al yo». Estados Unidos funciona (y a la vez se condena) en pro de un individualismo atroz, en el que no existe un bien común y social, donde prima el lucro y el mantenimiento de un sistema que sólo se sostiene a base de competencia cruel e imperialismo

 "Licenciada en Periodismo por la UAB, master en Televisión por la Universidad Rey Juan Carlos I, Helena Villar trabajó inicialmente en El País y en la Agencia EFE de Barcelona.

Tras cursar el Master, entró a formar parte de Televisión Española –Canal 24 horas, informativos, TVE Catalunya, España directo– hasta noviembre de 2014. Fue entonces cuando pasó a formar parte de la plantilla de RT en español como corresponsal de la cadena en España, hasta que en en junio de 2017 fue nombrada corresponsal en Washington DC, con movilidad por todo Estados Unidos.

Em 2021 publicó en Akal: Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream, prologado por Chris Hedges. En él centramos nuestra conversación.

 ¿Quiénes son esos esclavos unidos a los que hace alusión el libro que publicó en Akal en 2021? ¿Por qué habla de la otra cara del American Dream?

Los esclavos unidos son la clase trabajadora estadounidense, una enorme masa social que lucha a diario por sobrevivir al neoliberalismo salvaje. Cautivos de un sistema que lleva apretándoles las tuercas desde el reaganismo, sus expectativas se han reducido a intentar cubrir sus necesidades básicas sin tener margen para un traspiés, debido a que el colchón social en Estados Unidos es prácticamente inexistente. Esto en un contexto en el que afrontan un futuro incierto de un imperio en decadencia. Conscientes de ello, la élite dominante se empeña una y otra vez en reinventar un sistema que lleva numerosas crisis presentando claras muestras de agotamiento, a costa del aumento de las desigualdades y el autoritarismo que lo sustenta.

Una de las preguntas que Pascual Serrano, director de la colección, me hizo en pleno proceso de edición es por qué había escrito «la otra cara» y no «la cara oculta». Mi respuesta fue clara: lo que yo presento en la obra no es un fenómeno que esté escondido, sino una realidad que cualquiera puede comprobar por sí mismo y que además está sustentada por datos, análisis y estudios. Otra cuestión es que la imagen edulcorada que Estados Unidos proyecta al mundo y que consumimos en España a través de los medios de comunicación y de su poderosa maquinaria de ficción sea completamente diferente a la realidad de la gran mayoría de los ciudadanos de este país.

 Chris Hedges abre el prólogo que ha escrito para su libro con estas palabras: «Como deja claro Helena Villar en este libro, el sadismo define casi todas las experiencias culturales, sociales y políticas de los Estados Unidos» (Tampoco usted se queda atrás en el epílogo: «Estados Unidos es la nación de la libertad que solo da el tener dinero, de la prosperidad de unos pocos y, más bien, de la pesadilla para la minorías y clase trabajadora en general»). ¿Sadismo no es palabra exagerada? Si fuera ajustada, ¿cómo consiguen tanto apoyo ciudadano las instituciones de una sociedad con esa característica?

 Como Chris Hedges ha tenido completa libertad a la hora de escribir el prólogo y es él quien utiliza esa palabra, supongo que esta sería más bien una pregunta para él. Sin embargo, creo que es un ángulo de apreciación muy acertado. Tal y como él explica parafraseando a Johan Huizinga, «a medida que las cosas se desmoronan, se abraza el sadismo como una forma de afrontar la hostilidad de un universo indiferente. Una vez roto el vínculo con un objetivo común, una sociedad fracturada se refugia en el culto al yo». Estados Unidos funciona (y a la vez se condena) en pro de un individualismo atroz, en el que no existe un bien común y social, donde prima el lucro y el mantenimiento de un sistema que sólo se sostiene a base de competencia cruel e imperialismo. En este sentido, ser capo o colaboracionista de la corporatocracia dominante se convierte en la mayor aspiración de dicha masa social para salir de cualquier sector de la población condenado por el sistema.

Respecto al apoyo institucional, la realidad es que la democracia estadounidense y las instituciones que la sustentan se enfrentan a una crisis de credibilidad. Desgranar las condiciones de cada una de ellas me tomaría bastante tiempo y líneas, pero sirvan algunos datos como ejemplo: 7 de cada 10 estadounidenses abogan por el fin del bipartidismo, la confianza en la Corte Suprema está en mínimos históricos, son más los ciudadanos que desconfían de los medios de comunicación tradicionales que los que no, y los índices de apoyo presidenciales raramente superan el 50%.

Muy, pero que muy significativos, y no muy conocidos.

A la vez, es cierto que la idea abstracta de Estados Unidos como el mejor país posible es una afirmación compartida a nivel interno incluso por los más pobres y castigados. Existen numerosos factores que lo explican y desgrano en el libro, como los altos índices de religiosidad en lo que consideran «la nación de Dios», el mantra de que es «la tierra de la abundancia» y la creencia de la libertad salvaguardada por el ejército. Todos estos mitos, que sustentan a esta nación y han sido impuestos a fuego, sangre e ignorancia, pueden ser fácilmente desenmascarados. Creo que uno de los mecanismos que mejor explican su mantenimiento es, volviendo al inicio de esta respuesta, el ultra individualismo. Frente a la venta continua de una nación perfecta, donde todo se reduce al yo y ese yo, siendo cualquiera, puede triunfar; cuando el sujeto fracasa jamás culpa al estado o al sistema. Esto se traduce, por ejemplo, en unos índices de suicidio, drogadicción y alcoholismo masivos. De nuevo, datos y realidad frente a percepciones y propaganda.

En la misma línea: ¿cómo es posible que un régimen político y social de estas características tenga tanta aceptación internacional? Para muchos ciudadanos del mundo USA sigue siendo algo así como el Paraíso terrenal (o metáfora afín)

 La mayoría de los ciudadanos desconocen los mecanismos necesarios que mantienen el sistema capitalista en el que viven, muchos ni siquiera han oído hablar de imperialismo en su vida y todos están expuestos permanentemente a la propaganda que valida dicho sistema. Dicha propaganda se centra en reforzar mitos y folclore y destacar logros, minimizando los problemas sistémicos y generales. Fuera de este país, todos conocemos a pies juntillas cómo son las cafeterías y moteles de carretera, los espectaculares fuegos artificiales del 4 de julio, los apartamentos compartidos por veinteañeros en Nueva York o las juergas de Las Vegas; pero estoy segura de que, si hiciéramos una encuesta, muchos desconocen que en Estados Unidos no hay bajas por enfermedad o maternales garantizadas por ley o que un elevado porcentaje de estadounidenses no saben ni lo que son las vacaciones.

Coincido con su apreciación, yo mismo desconocía algunas de esas situaciones. (...)

 Esclavos Unidos no es un libro antiamericano, como tampoco lo son mis directos, reportajes o especiales de la corresponsalía. De hecho, Esclavos Unidos es un canto y un reconocimiento a la clase trabajadora estadounidense. A sus derrotas, pero también a su resistencia. También es una obra de aviso al resto de trabajadores que viven en países cuyas principales fuerzas políticas básicamente se centran en replicar el modelo estadounidense. Es una advertencia sobre lo que está por llegar o ya están adoptando, que dista bastante de lo que consumen en Netflix.

Desde su punto de vista, ¿Estados Unidos es un país plenamente democrático? ¿Qué tipo de democracia es la democracia usamericana?

Estados Unidos es una democracia con grandes fallas sistémicas que no sólo no trata de enmendarlas, sino que trabaja por reforzarlas y eliminar cualquier atisbo de progreso en ese sentido. Estados Unidos es una democracia que durante el pasado medio siglo ha trabajado para restringir el derecho al voto, con la aprobación de leyes de supresión de votantes, manipulación y redistribución de distritos electorales o ampliación de dificultades para ejercer dicho derecho. Esto, en un contexto cuyo principal enemigo de dicha democracia es el propio sistema electoral, de carácter indirecto. En el libro explico largo y tendido en qué consiste pero, básicamente y a modo de resumen, se trata de una democracia en la que puede llegar a la presidencia quien ni siquiera ha obtenido el mayor número de votos por parte de la ciudadanía.

Efectivamente, lo hemos visto en varias elecciones presidenciales.

Por si fuera poco, la representación en el Senado, cámara legislativa por excelencia, es extremadamente injusta y dispone de mecanismos tan viciados, antidemocráticos y reaccionarios como el llamado filibusterismo. Todo esto, en un contexto en el que el bipartidismo está completamente blindado y el acceso a la carrera política, salvo contadas excepciones, es imposible sin una enorme estructura financiera detrás, que sólo se obtiene o bien mediante la fortuna individual (élites jugando a la política) o con las corporaciones/lobbies apostando por ti como caballo ganador (y posteriormente cobrándose la apuesta en forma de políticas afines a sus intereses).

El título de su prefacio: «La tormenta perfecta. Cómo la COVID-19 desnudó la crueldad del sistema». ¿Sigue desnudo el sistema a día de hoy?

Inicié la escritura del libro antes del estallido de la pandemia. Cuando llegó, entendí que debía tratarla mínimamente, pero intentando explicar que la COVID simplemente supuso acelerar o poner de manifiesto los problemas sistémicos que este país ya padecía y que sigue padeciendo. De este modo, escogí una de las semanas fatídicas en cuanto a los efectos de la misma en Estados Unidos para elaborar una especie de introducción y dar algunas pinceladas de los temas que posteriormente iba a tratar en el libro. En esa introducción se habla del catastrófico sistema de salud de este país, del uso de los fondos públicos como instrumento de apoyo a las corporaciones y la élite en lugar de redistribución de la riqueza para combatir la desigualdad, de la masa de esclavos abocada a trabajar en condiciones precarias que pueden llevarles a la muerte, de las crueles condiciones de la enorme masa social encarcelada o de la superficialidad y fragilidad de cualquier mínima esperanza de cambio progresista (ni siquiera de izquierdas), entre otros temas.

Usted que ha vivido en tierras americanas en ambas presidencias, ¿observa diferencias sustantivas entre el EEUU trumpista y el EEUU bidenista?

Empecé a escribir el libro con la idea de que se publicara de cara a las elecciones presidenciales pero, debido a la pandemia y la maternidad, me fue imposible. Sin embargo, en seguida me alegré de que no hubiera sido así porque uno de los mitos que pretendo derribar es el de achacar todos los males de este país a Donald Trump. Siguiendo con el símil médico, la realidad es que Trump tan sólo supuso un síntoma llamativo de la verdadera enfermedad: el neoliberalismo capitalista. Fue utilizado como muñeco de feria para expiar males que son sistémicos y producto del sistema, tal y como desgrano en el libro. A su vez, también sirvió para canalizar una respuesta populista, en este caso de derechas, a la frustración y descontento crecientes en amplias masas de la sociedad estadounidense.

Demócratas y republicanos son dos caras de la misma moneda. Los primeros son más de guardar formas, apostar por discursos elocuentes que luego no llegan a nada o cooptar pulsiones progresistas para posteriormente neutralizarlas en el aparato del partido. Es imposible un cambio de izquierdas en un sistema político alimentado y sostenido por corporaciones y blindado en pro y para la élite. Para hacernos una idea, ante la debacle social y económica derivada de la pandemia, y con un legislativo y un ejecutivo demócratas, Joe Biden no ha sido siquiera capaz de aprobar su gran promesa de campaña (es decir, mecanismo de contención de explosión social) y principal punto en su agenda: la ley social Build Back Better. Un proyecto de ley fallido que ya llegó a votación con grandes recortes a la par que concesiones. La segunda mayor partida del mismo era una bajada de impuestos a clases pudientes y ni aún así, es decir, ni sobornando a los ricos, ha sido capaz de avanzar una mínima agenda social.

Tomo una idea de Erich Fried: ¿quién manda realmente en Estados Unidos en su opinión? ¿El Gran Hermano Amazon, Elon Musk, Google, Apple, Bill Gates,..? ¿El complejo militar-industrial? ¿El Pentágono? ¿Todos ellos?

Estados Unidos es una corporatocracia, es decir, el poder del estado ha sido transferido a las corporaciones. A esto se le añade que, en las últimas décadas y con el de aumento de la desigualdad, el país se ha convertido básicamente en una suerte de plutocracia. Es decir, una forma de oligarquía en la que el gobierno está en manos de la clase acaudalada y dominante, aquellos que controlan dichas corporaciones. La barrera entre el estado y lo privado prácticamente se ha esfumado.

 Sirva como ejemplo el Pentágono. Defensa es la mayor partida presupuestaria del país, representando más de la mitad del total del desembolso. Básicamente, se trata de transferir la mayor parte de los impuestos recaudados a la ciudadanía al engorde de un enorme sistema de empresas contratistas militares y, a su vez, la que quizá sea una de las mayores burocracias del planeta: el Pentágono, que a su vez actúa como intermediario para estas empresas. Uno de los puntos que mejor ilustra el hecho de que la corporatocracia apuntala y trasciende al bipartidismo de este país, es que tanto el actual secretario de defensa de la Administración Biden como el anterior, de la Administración Trump, salen del mismo sitio: de una de estas empresas, concretamente de Raytheon.

Otro de los grandes mitos de defensa de la democracia estadounidense es la separación de poderes y su mecanismo de ‘checks and balances’, que podríamos traducir como frenos y contrapesos. Sin embargo, más allá de las disputas que puedan surgir entre ejecutivo, legislativo y judicial, la realidad es que todo el sistema se asienta sobre el capital, por lo que a la larga y en caso de conflicto, siempre se resolverá en favor de éste, aunque normalmente sea contrario al interés general. Incluso cuando un individuo o grupo social logra ganar en tribunales a corporaciones o industrias, en la mayoría de los casos el litigio siempre se resuelve con el pago de multas que suelen ser inferiores a los beneficios recogidos durante la perpetuación del daño. En el libro pongo como ejemplo a los fabricantes de opiáceos.

El movimiento social que está detrás de Bernie Sanders, ¿representa en su opinión una alternativa de izquierdas y con futuro?

El movimiento social detrás de Bernie Sanders tuvo una importancia enorme en las dos anteriores elecciones presidenciales a la hora de demostrar la dimensión del descontento entre las masas populares estadounidenses y dar forma a ciertas reivindicaciones que estaban diluidas en diferentes organizaciones civiles. Sin embargo, tras lo sucedido, creo que lo más importante del fenómeno Sanders fue poner en claro las limitaciones del sistema político estadounidense. Sirvió para revelar que está diseñado para garantizar que ninguna salida populista triunfe por la izquierda, tal y como explico en el libro. Para ello, ni siquiera hay que desplegar una gran ofensiva desde la derecha; la reacción más peligrosa y efectiva surge desde el propio aparato político y mediático del establishment demócrata. Me gustaría decir que la clase dirigente sintió la presión, tomó nota y se consiguieron concesiones. Desgraciadamente no ha sido así. No obstante, sí me gustaría reconocer que el fenómeno sirvió para generar conciencia en determinados asuntos, como la importancia de la sindicación y, en respuesta a la parálisis política, se están dando una serie de intentos por impulsarla entre los trabajadores en determinadas industrias y empleos tradicionalmente muy precarios.

En cuanto a Sanders…

Creo oportuno aclarar que Bernie Sanders puede ser considerado de izquierdas desde una perspectiva estadounidense pero, fuera de los marcos de este país, Sanders no deja de ser un socialdemócrata progresista que a nivel discursivo en política exterior nunca ha supuesto una verdadera ruptura con el imperialismo y compra el concepto del enemigo exterior ruso/chino.

Le cito de nuevo: «La macabra paradoja es la siguiente: no hay nación en el planeta que gaste más dinero en atención médica. El gasto en salud por persona en Estados Unidos fue de 10.224 $ en 2017, un 28% más alto que Suiza, el siguiente de la lista, una diferencia que se ha agrandado a lo largo de las últimas cuatro décadas». ¿A qué vienen entonces las críticas que suelen hacerse, y que usted también hace, al sistema médico usamericano? A mayo gasto médico, mayor calidad y más protección ciudadana. ¿No es eso?

Esa última frase es falaz. Sería lógica si no fuera porque, tal y como explico en el libro, el sistema de salud estadounidense, donde no existe el acceso gratuito ni universal, es un enorme fraude en el que las burbujas de precios, los abusos a los clientes y los sobrecostes con la connivencia estatal son el pan de cada día. El resultado no es sólo la imposibilidad de contabilizar el número de muertes por falta de atención médica, sino la ausencia de voluntad política para hacerlo. Sin embargo, sí sabemos, por ejemplo, que Estados Unidos registra el número más alto de muertes evitables por servicios médicos entre países homologables por PIB, o que medio millón de familias se declaran en bancarrota anualmente por no poder hacer frente a las facturas médicas. En Estados Unidos, 4 de cada 5 diabéticos han contraído una deuda media de nueve mil dólares poder hacer frente al pago de la insulina que necesitan para vivir. ¿Cómo se explica? Básicamente porque el lobby farmacéutico tiene comprado el Congreso, siendo la mayor puerta giratoria entre los representantes públicos estadounidenses.

 Habla usted del caballo de Troya de las escuelas chárteres. ¿Qué escuelas son esas? ¿Por qué son un caballo de Troya?

Las escuelas chárteres son similares a las escuelas concertadas en España, pero con importantes diferencias. Reciben fondos gubernamentales pese a operar de manera independiente respecto al sistema escolar del estado de turno y, en el caso de Estados Unidos, están exentas de muchas regulaciones a las que se somete a la pública, desde los planes de estudio hasta las condiciones laborales de los profesores (aquí hay que recordar el muy desregulado marco laboral estadounidense).

Tal y como relato en Esclavos Unidos, en la práctica supone alertar un sistema educativo con disparidad de contenido y método (es decir, establecer diferencias educativas entre alumnos del mismo nivel en función de la escuela a la que acuden) o que las directivas marquen las condiciones del trabajo ante la práctica ausencia de un control efectivo sobre el uso de dichos fondos públicos. Esto se da, a la vez, en un contexto de recortes brutales y falta de atención a las escuelas públicas que dura ya décadas. Por lo tanto, cada vez que una de estas escuelas abre al lado de una pública, ésta pierde alumnos y como consecuencia directa, dinero. Diversos análisis muestran que el drenaje de dichos fondos deja a la pública en la estacada, porque tiene que seguir manteniendo diversos costes fijos mientras pierde en pro de las chárteres, que al final no son más que financiación pública de un instrumento para desregular y reventar poco a poco el maltrecho sistema público. (...)"              (Entrevista a Helena Villar, Salvador López Arnal, Espai Marx, 18/12/22)

10/8/22

Estados Unidos, ¿tierra de los moribundos? Un alarmante estudio muestra que Estados Unidos está matando a su propia población... Los investigadores descubren ahora que el panorama de las deficiencias sanitarias es aún más grave de lo que ya sabíamos... en el año 2019, el número de "muertes excesivas" anuales alcanzó la impresionante cifra de 656.353... En 2021, se elevó a 1.092.293... Basándose en la edad a la que sucumbieron y en el número de años que se podría haber esperado que vivieran si hubieran nacido en Finlandia, España, o Japón, se calcula que en un solo año, 2021, Estados Unidos sufrió 25 millones de años de vida perdidos... El capitalismo desenfrenado no es bueno para la esperanza de vida... Una serie de artículos sobre la presión ejercida por el capital riesgo sobre las salas de urgencias para que reduzcan los costes ha puesto de manifiesto el peligro que supone para las vidas de los estadounidenses esta parte rapaz del sector financiero, que exprime cada vez más los beneficios de los cuerpos humanos

 "Con su poderío económico y militar, Estados Unidos es difícil de superar en cuanto a maravillas tecnológicas, exploración espacial y universidades de primera categoría. Pero en lo que respecta a la salud, un requisito fundamental para una vida plena, Estados Unidos no está cumpliendo y no lo ha hecho durante mucho tiempo. Los investigadores descubren ahora que el panorama de las deficiencias sanitarias es aún más grave de lo que ya sabíamos.

Un montón de estudios han llamado la atención sobre el hecho de que en el país que ocupa el primer puesto en gasto sanitario per cápita, la gente vive menos, se siente más deprimida y es más probable que se salte el tratamiento debido al coste que en muchas naciones desarrolladas. En una clasificación de 11 países de renta alta elaborada por el Fondo de la Commonwealth en 2021, el sistema sanitario estadounidense quedó en último lugar, con los peores resultados de todas las naciones estudiadas.

"La única riqueza es la vida", escribió el crítico del siglo XIX John Ruskin. Investigaciones recientes indican que Estados Unidos puede ser rico en dólares, pero se está empobreciendo en los aspectos más importantes.

En un nuevo y sorprendente informe, "Missing Americans: Early Death in the United States, 1933-2021", el profesor de salud global y epidemiología de la Universidad de Boston, Jacob Bor, y sus colegas analizaron los datos de los CDC y de una base de datos de mortalidad global. Durante el periodo investigado, compararon las tasas de mortalidad de Estados Unidos con las de Canadá, Japón y 16 países de Europa Occidental. ¿Cuántas vidas estadounidenses se habrían salvado cada año, se preguntaron los investigadores, si las tasas de mortalidad de Estados Unidos hubieran sido iguales a las de otros países ricos?

La respuesta es un número asombroso.

Millones perdidos

Según los investigadores, Estados Unidos comenzó en 1933 a la cabeza de la sanidad mundial, mostrando una ventaja significativa en las tasas de mortalidad con respecto a los países de su entorno estudiados. Pero a partir de la década de 1970, algo se torció. 

En general, los estadounidenses comenzaron a morir a tasas más altas que sus pares, una tendencia que creció de manera constante y tomó fuerza en la década de 2000.

Para el año 2019, el número de "muertes excesivas" anuales había alcanzado la impresionante cifra de 656.353. Bor y sus colegas se refieren a estas personas que murieron como "estadounidenses desaparecidos": los amigos, familiares y colegas que todavía estarían con nosotros si solo la atención sanitaria y la política social modernas de Estados Unidos estuvieran a la altura de sus primeras promesas.

Consideremos que la cifra de 656.353 estadounidenses desaparecidos es el número de muertes en exceso solo en el año 2019. En un solo año, perdimos -innecesariamente- más que la población de Detroit, Las Vegas o Baltimore. Más que Atlanta y Miami juntas. Y esto fue antes de la pandemia. En 2021, el número de estadounidenses desaparecidos se elevó a 1.092.293, muchos más de los que se pueden poner en los cartones de leche. Y lo que es peor: la mitad eran menores de 65 años.

Bor y sus colegas investigadores descubrieron que, en promedio, no sólo había más estadounidenses que morían en relación con sus pares en el extranjero, sino que las muertes eran cada vez más jóvenes.

Se trata de seres humanos que no tenían que dejarnos. Personas que tenían hijos, ancianos y vecinos que cuidar. Contribuciones que hacer. Amor y risas que compartir. Los investigadores encontraron una forma inquietante de ayudarnos a visualizar la profunda profundidad de la tragedia. Basándose en la edad a la que sucumbieron los estadounidenses y en el número de años que se podría haber esperado que vivieran si hubieran nacido en Finlandia, España, Japón o los demás países estudiados, Bor y sus colegas tabulan que en un solo año, 2021, Estados Unidos sufrió 25 millones de años de vida perdidos.

De nuevo, la cifra de 25 millones de años de vida perdidos es sólo para el año 2021. En 2022, al morir aún más personas a los 60 años en lugar de a los 80, se perderán millones de años de vida en el futuro. Se supone que el coronavirus se ceba con mayor virulencia en las personas mayores, pero en Estados Unidos, las personas que aún están en edad de trabajar han fallecido a un ritmo mayor durante la pandemia que en otros países similares, como ha ocurrido durante años. No es de extrañar que los negros y los nativos americanos representen una parte desproporcionada de esos años y vidas desaparecidas.

¿Qué ha cambiado?

¿Por qué, en un país que tiene tanto que gastar -y que gasta tanto en atención médica- se acortan tantas vidas? ¿Cómo empezamos tan bien y acabamos tan mal?

Bor señala que la ventaja de la mortalidad estadounidense a finales de la década de 1930 y en la de 1940 se vio afectada por las altas tasas de mortalidad de los países pares debido a la Segunda Guerra Mundial y que la desventaja de gran parte de Europa y Japón probablemente continuó durante una década después de la guerra debido a la devastación generalizada. Pero también señala otros factores que probablemente ayudaron a los estadounidenses a vivir más tiempo hasta la década de 1950, como la fuerza relativa del trabajo organizado y el consiguiente aumento de los salarios, además de las grandes inversiones públicas que ayudaron a impulsar la clase media, como la ley GI y la promoción de la propiedad de viviendas de alto valor (con la advertencia de que estas ventajas estaban disponibles principalmente para los estadounidenses blancos).

Bor observa que el período posterior de ventaja de la mortalidad estadounidense se vio probablemente reforzado por la Guerra contra la Pobreza del presidente Johnson y la marcada expansión de la red de seguridad mediante Medicare y Medicaid, así como la integración racial de los hospitales en 1963 y la regulación medioambiental que hizo que el agua y el aire fueran más saludables. "Todos estos programas y políticas tomaron algunos de los avances que se produjeron en la década de 1950 y los ampliaron para que no fueran sólo las personas con ingresos de clase media y los blancos los que tuvieran acceso a los factores determinantes de una vida sana y larga", explica.

Sin embargo, incluso durante el periodo de ventajas relativas en materia de mortalidad, la desigualdad y el racismo estructural de Estados Unidos probablemente impidieron que el historial de longevidad del país fuera tan bueno como podría haber sido. Las poblaciones de mayor edad en EE.UU. han tendido a tener mejores resultados de mortalidad en relación con sus países pares que los grupos más jóvenes. Bor cita el hecho de que los estadounidenses tienen que llegar a los 65 años antes de que entren en vigor prestaciones como la asistencia sanitaria universal, lo que repercute negativamente en la esperanza de vida de los más jóvenes. Esta tendencia relacionada con la edad cambió un poco entre 1980 y 2000, pero los investigadores descubrieron que en la década de 2000, el panorama de la mortalidad relacionada con la edad es claro: la historia de la desventaja de Estados Unidos se refiere principalmente a las personas menores de 65 años que mueren a tasas más altas que en los países de su entorno.

El año en el que las cifras de mortalidad general de Estados Unidos divergen de las de otras naciones ricas es 1980, según los resultados de los investigadores. Si le viene a la mente el nombre de Ronald Reagan, no es el único: Bor señala que un debate en Twitter sobre el trabajo del equipo se ha centrado en esta asociación. Sin embargo, subraya que la historia es más complicada que la presidencia de un hombre y los cambios políticos que conlleva, y cita múltiples factores como el aumento de las muertes relacionadas con los opioides en la década de 2000, así como el incremento de las muertes por obesidad, diabetes y síndrome metabólico. La violencia con armas de fuego también ha aumentado el número relativo de muertes en Estados Unidos.

Al considerar la creciente brecha entre EE.UU. y los países de su entorno en la década de 2000, Bor señala el trabajo de los economistas de Princeton Anne Case y Angus Deaton sobre las "muertes por desesperación", término que designa las vidas perdidas por causas evitables como el suicidio, la sobredosis de drogas y el alcoholismo. Investigadores como la socióloga Shannon Monnat, que ha estudiado la crisis de los opioides, se han basado en este trabajo, tratando de entender por qué estas muertes se producen con tanta frecuencia en Estados Unidos.

Bor menciona los factores de estrés combinados de la dislocación económica debida a la globalización y a la pérdida de puestos de trabajo y oportunidades económicas en algunas partes del país, especialmente entre los que carecen de títulos universitarios, y las implicaciones sociales de estas tendencias, como el creciente número de hombres sin trabajo que ya no son considerados material para el marido y, por tanto, pierden el apoyo social que conlleva el matrimonio. El problema se agrava, en opinión de Bor, por "la incapacidad de nuestra política para abordarlo, o incluso para verlo venir, y esto ocurría tanto con George W. Bush como con Obama".

Como Bor y sus investigadores señalan, la desigualdad es sin duda una gran parte del panorama. En 2017, el economista Peter Temin describió cómo Estados Unidos comenzó a divergir en lo que son esencialmente dos naciones separadas en la década de 1970. Una nación -alrededor del 20% de la población total- se jacta de tener educación universitaria, buenos empleos y acceso a una atención médica de calidad. La otra nación, en la que reside el 80% de la población, está atascada con salarios bajos, trabajos inseguros, menos oportunidades de educación y una asistencia sanitaria inasequible e inadecuada. Estas son las personas que enferman más y mueren más jóvenes que antes. Temin observa que la estructura económica de EE.UU. se parece ahora mucho más a la de una nación en desarrollo que a la de una superpotencia rica, lo que puede ayudar a explicar por qué las tasas de mortalidad del país en su conjunto no pueden competir con las de otros países similares en los que esa bifurcación es menos pronunciada. Thomas Ferguson, Director de Investigación del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico (INET), ha estudiado el creciente giro de Estados Unidos hacia la política impulsada por el dinero, que ha dado lugar a que las políticas de mentalidad pública den paso a las de libre mercado, que no tienen en cuenta las necesidades de la mayoría.

Estos dos mundos, el de los altos ingresos y el de los bajos salarios, interactúan cada vez menos, lo que podría explicar por qué muchos estadounidenses acomodados, incluidos los médicos que los atienden, no son conscientes de lo grave que se ha vuelto el historial sanitario general del país o de cuántos mueren jóvenes en comparación con otras naciones similares.

Pero el mundo de los salarios bajos sabe algo de primera mano. La crisis de Covid ha ilustrado cómo muchos estadounidenses no son simplemente ignorados, sino que se les pone directamente en peligro: se espera que sacrifiquen sus propias vidas en beneficio de los ricos. Esta actitud fue expresada sucintamente por Dan Patrick, vicegobernador de Texas, mientras la pandemia hacía estragos: "Hay cosas más importantes que vivir", afirmó. ¿Como una economía que beneficia principalmente a unos pocos?

Bor reconoce la necesidad de debatir políticas que ayuden a Estados Unidos a dar un giro a su pésimo historial de mortalidad, pero cree que el primer paso es concienciar al público de la urgencia de la situación. Incluso él, que es epidemiólogo, se ha visto sorprendido por lo que él y sus colegas han encontrado. "Lo que me ha sorprendido de esta investigación es lo enorme que es el número de estadounidenses desaparecidos, y lo poco que forma parte de nuestra conversación pública... Estoy seguro de que si se hiciera una encuesta, la gente no tendría ni idea de la magnitud del exceso de mortalidad en EE.UU. Estamos muy atrasados".

¿Un giro a peor?

Desgraciadamente, si Estados Unidos fuera un paciente, el médico probablemente estaría prediciendo un giro a peor.

Para empezar, la respuesta de la nación a la pandemia ha sido ampliamente criticada, con datos que muestran claramente que el récord de Estados Unidos en salvar a la gente de los estragos del virus está por debajo de la media en el mundo y entre los peores entre las naciones desarrolladas y de altos ingresos. Sin duda, eso no ayuda a la crisis de mortalidad.

En general, la fractura del país en una economía dual no está mejorando. Para añadir más tensión, Peter Temin ha iluminado en su libro más reciente que las disparidades raciales en la economía estadounidense parecen estar empeorando, no mejorando.

El capitalismo desenfrenado no es bueno para la esperanza de vida. Por ejemplo, la creciente entrada del capital privado en la sanidad desde los años 80 en EE.UU. ha alarmado a muchos expertos, como ha destacado INET en la investigación de Eileen Appelbaum y Rosemary Batt, y también en el trabajo de Thomas Ferguson, Paul Jorgensen y Jie Chen sobre las contribuciones políticas del capital privado. 

Una serie de artículos sobre la presión ejercida por el capital riesgo sobre las salas de urgencias para que reduzcan los costes ha puesto de manifiesto el peligro que supone para las vidas de los estadounidenses esta parte rapaz del sector financiero, que exprime cada vez más los beneficios de los cuerpos humanos.

Mientras tanto, a medida que la salud de los estadounidenses se deteriora, el Tribunal Supremo ataca la regulación medioambiental y la protección de las armas, y asesta un golpe espantoso a la salud de las mujeres. Si los programas y políticas estadounidenses de la década de 1960 ampliaron los logros de la década de 1950, muchos de los de la década de 2020 están haciendo lo contrario: están intensificando los fracasos de las décadas pasadas.

"Es una de las trágicas ironías de nuestra época", dice Bor. "Poblaciones que han visto algunas de las peores tendencias en los resultados de salud en los últimos 40 años están eligiendo líderes que exacerbarán aún más esas tendencias a través de políticas que son contrarias a la salud pública, ya sea la falta de expansión de Medicaid, la falta de regulación de las armas o las restricciones al aborto que conducirán a consecuencias negativas para la salud de las mujeres a corto y largo plazo."

Todo esto apunta a la incómoda realidad de que la democracia estadounidense no está funcionando como debería. Cuando los funcionarios elegidos no reflejan la voluntad del pueblo, que seguramente, al nivel más básico, es vivir, entonces algo ha ido mal. "Lo que más me frustra es que en una democracia se esperaría que el sistema político respondiera cuando hay una crisis sanitaria masiva, cuando la realidad material de la gente ha disminuido", dice Bor. "Lo que ves es exactamente lo contrario. Parece muy sombrío, pero luego piensas, caramba, tiene que haber una oportunidad para una nueva política aquí".               
     

(Lynn Parramore, Brave New Europe, 08/08/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

1/8/22

El sentido de identidad estadounidense es la creencia en el "sueño americano", un ideal imaginario que ofrece un camino de prosperidad que va de los harapos a la riqueza... cuando, entre todas las naciones desarrolladas, EE.UU. se ha convertido en el país en el que es más probable que el estatus económico y social se herede y que el esfuerzo individual o incluso la genialidad no permitan conseguir nada destacable... cuando, de todas las naciones del mundo actual, es China la que ofrece más oportunidades de progreso y prosperidad creciente y, lo que es más importante, la que proporciona esta oferta a prácticamente toda la población de la nación... Es China, y no Estados Unidos, la que ha creado un entorno con un potencial de progreso verdadero y casi universal para todos

 "Estados Unidos tiene una de las ideologías nacionalistas más arraigadas de cualquier nación. Junto con las grandes histerias de masas sobre el patriotismo y la libertad, uno de los eslabones más dominantes de la cadena ideológica que crea el sentido de identidad estadounidense es la creencia en el "sueño americano", un ideal imaginario que ofrece un camino de prosperidad que va de los harapos a la riqueza.

 En este universo mítico, todas las oportunidades están disponibles por igual para todos los ciudadanos, en una tierra en la que incluso aquellos que no tienen credenciales, educación o experiencia pueden acumular riquezas incalculables e incluso llegar a ser el presidente del país. En este contexto, Estados Unidos es un mito utópico fantástico promovido por la maquinaria de propaganda como un concepto idealista de Shangri-la de oportunidades y esperanza, donde incluso los más desfavorecidos tienen una oportunidad justa de riqueza y fama.

Los estadounidenses creen casi universalmente que son únicos en este sentido, ya que Estados Unidos se define prácticamente como la tierra de las oportunidades, pero esto siempre ha sido un engaño. Si bien es cierto que EE.UU. ha acumulado comparativamente más individuos ricos que otras naciones, y que este estatus se ha transmitido al mundo como prueba de virtud, esto es mucho más una acusación de la naturaleza depredadora y antisocial del capitalismo de estilo americano que de la equidad y la oportunidad. Es cierto que la forma exclusivamente depredadora del capitalismo estadounidense creará algunos tipos de oportunidades que no existen en otros países, pero podemos desarrollar un argumento muy sólido de que no debería permitirse la existencia de esos tipos. No borremos 2008 de nuestra memoria demasiado pronto. Además, ha habido muy pocas grandes fortunas personales creadas en EE.UU. que no hayan ido acompañadas de la comisión de crímenes aún mayores, y los ejecutivos de un gran número de multinacionales estadounidenses, desde la United Fruit Company y la Standard Oil de los Rockefeller hasta Coca-Cola y Wal-Mart, deberían haber sido juzgados y ejecutados por crímenes contra la humanidad.

En efecto, EE.UU. tiene un gran número de multimillonarios, pero esto se ve directamente compensado por la gran disminución de la clase media y el enorme y creciente número de empobrecidos. La élite del 1%, los banqueros e industriales que controlan el gobierno, forzaron la legislación que los liberó de impuestos y regulaciones para permitir esa libre acumulación de riqueza. El hecho de que en otras naciones occidentales haya menos ricos extremos se ve directamente compensado por su correspondiente falta de pobreza. Basta con examinar los datos sobre la desigualdad de ingresos para darse cuenta de que las oportunidades en Estados Unidos están cada vez más reservadas a unos pocos privilegiados y que las masas no sólo están excluidas por diseño, sino que están siendo saqueadas por esos mismos pocos privilegiados.

Como ocurre con casi todas las demás afirmaciones estadounidenses de supremacía, los pocos ejemplos que se ofrecen de algo son prácticamente los únicos que existen. Los estadounidenses señalarán con orgullo a un Bill Gates o a un Warren Buffett como prueba de la veracidad de su convicción, pero Gates (William H. Gates III) era la tercera generación de la vieja guardia cuya familia estaba conectada en los niveles más altos y no, como dice el mito, un desconocido friki de la informática que abandonó Harvard y encontró oro con una buena idea. En cualquier caso, Gates y Buffett son dos individuos de 300 millones, y la brutal verdad que parece escapar a la conciencia de los estadounidenses es que estos dos acumularon su riqueza mientras decenas de millones de personas perdían sus hogares y sus empleos. 

Los estadounidenses señalan con orgullo a Apple, con sus beneficios acumulados en el extranjero de 300.000 millones de dólares, como prueba de las posibilidades ilimitadas de Estados Unidos, pero aparentemente son incapaces de ver a los millones que viven en ciudades de tiendas de campaña y duermen en las alcantarillas de Las Vegas como un resultado inevitable de la acumulación de esos mismos 300.000 millones de dólares. Y también son incapaces de ver la criminalidad de empresas como Foxconn en China que producen esos productos de Apple en lo que son esencialmente campos de concentración de trabajo forzado. Los ricos de todas las naciones no se hacen ricos porque sean más inteligentes, sino aprovechándose y casi siempre embruteciendo a los menos afortunados.

Podemos crear fácilmente una analogía casi perfecta con el sueño americano: "Todos los estadounidenses tienen la oportunidad de aprender a volar. No en un avión, sino como Superman, surcando el aire con superpoderes místicos". Por supuesto, si examinamos el panorama, encontramos muy pocos individuos que parezcan haber aprovechado esta gran oportunidad, pero esta falta de pruebas no invalida en absoluto nuestra premisa. Del mismo modo, podemos afirmar que todos los estadounidenses tienen la oportunidad de hacerse ricos y tener éxito. De nuevo, cuando examinamos el panorama, encontramos muy pocos individuos que lo hayan conseguido, pero de nuevo la falta de pruebas no sirve para invalidar nuestra premisa. Por supuesto, todo el argumento es una tontería.

 El éxito de Warren Buffett no indica más que un individuo afortunado y con talento que estuvo en los lugares adecuados en los momentos adecuados y que es notable sólo por su rareza. Tenemos unos cuantos Elon Musks y otros como él, pero de nuevo esto no es indicativo de nada. Si el sueño americano, tal y como se plantea, es real, necesitamos al menos muchas decenas de millones de individuos que hayan alcanzado alguna medida razonable de este sueño. Pero no existen, y la razón por la que no existen es que toda la narrativa del sueño americano es un fraude.

Mientras el gobierno estadounidense, controlado por sus banqueros y financieros, su élite corporativa multinacional y la FED, ha estado trabajando durante décadas para eviscerar a las clases media y baja y para efectuar una transferencia continua y masiva de riqueza al 1% superior, el 99% inferior ha estado cantando las alabanzas del sistema capitalista "democrático" del que se ha abusado progresivamente para facilitar esta transferencia. En realidad, están alabando los mismos componentes de su sistema que los están arrastrando más a la pobreza cada año que pasa. No se me ocurre mayor tributo al poder de la propaganda que el hecho de que una nación cada vez más empobrecida, inculta y desempleada no sólo esté ciega ante la fabricación deliberada de su propia desgracia, sino que adore el sistema que la permitió y venere a los individuos que la causaron.

Cabe destacar que la religión desempeña un importante papel de apoyo en la propagación de este fraude. Las versiones simplistas y simplonas del cristianismo estadounidense, con su visión bidimensional y fuertemente moralista del mundo, fomentan la creencia en el eventual triunfo de la virtud, siendo el trabajo duro, por supuesto, una característica de la virtud y el éxito una medida de su práctica. En este contexto y bajo este adoctrinamiento es perfectamente plausible que la culpa del fracaso de uno para "tener éxito" se atribuya a las propias deficiencias, y de hecho se considera como una queja culpar al sistema en lugar de a nosotros mismos por nuestra falta de progreso. Todo el mito, la base del Sueño Americano, es que el capitalismo al estilo de Estados Unidos enriquecerá automáticamente a cualquiera que trabaje duro, llenando a los individuos de una esperanza ilusoria que rara vez se hace realidad, al tiempo que les anima a culparse a sí mismos cuando fracasan.

Un autor escribió que, como casi todo en EE.UU., el Sueño Americano es una mentira, pero este mito es "tan psicológicamente seductor para aquellos que son ambiciosos y albergan esperanzas de un futuro mejor que la propia propaganda crea devotos seguidores incluso en ausencia de toda evidencia". Esta es realmente una de las grandes tragedias de la vida humana en Estados Unidos, que tantos millones de personas crean fervientemente en lo que es simplemente un cuento de hadas, diciéndose a sí mismos que "siempre hay posibilidades", cuando una mirada lúcida a su alrededor debería hacer que la mayoría saliera corriendo hacia la puerta. Y siempre son los más inocentes y crédulos, los ignorantes y desinformados, los más vulnerables, los más susceptibles a esta viciosa propaganda, como demuestran empresas como Amway.

A veces parece que la mitad del contenido de las librerías estadounidenses consiste en lo que llamamos libros de "autoayuda", destinados a darnos "el verdadero secreto" del éxito y la riqueza. Por supuesto, si un libro lograra eso, no habría necesidad de un segundo. El secreto que contienen estos libros se limita en su mayoría a alguna variación de "Tienes que creer". Y cuando no consigues encontrar oro, como inevitablemente ocurrirá, es que tu creencia no era lo suficientemente fuerte.

La realidad es que las oportunidades y el camino hacia la riqueza sólo existen hoy en día para los bien conectados, y que pocos de los brillantes, laboriosos y bien educados llegan a alcanzar la riqueza o la fama, aunque la mayoría de los estadounidenses siguen engañados creyendo que estos objetivos son realmente alcanzables. Antes era un axioma que una marea creciente levanta todos los barcos, pero en los últimos 50 años sólo han subido los yates de lujo, con el 1% superior acumulando la mayor parte de los ingresos y activos para sí mismo, mientras que la clase media ha perdido terreno constantemente y ha sido prácticamente destruida. 

Con la creciente financiarización y desindustrialización de la economía estadounidense, con la FED diseñando repetidamente auges y caídas, cada una con su correspondiente transferencia masiva de riqueza, la montaña hacia la riqueza se ha convertido en una subida muy empinada para el ciudadano medio. Muchos autores han señalado que un rasgo distintivo de la sociedad estadounidense es la estratificación social cada vez mayor, según la cual los miembros de la clase baja casi no tienen posibilidades de ascender ni siquiera a la clase media, y mucho menos de aspirar a la riqueza o a la alta sociedad. Entre todas las naciones desarrolladas, EE.UU. se ha convertido en el país en el que es más probable que el estatus económico y social se herede y que el esfuerzo individual o incluso la genialidad no permitan conseguir nada destacable.

También hay que tener en cuenta que los pueblos de todas las naciones albergan esperanzas de progreso, de mejora de sus vidas, de aumento de la prosperidad, de ausencia de carencias y necesidades, y los estadounidenses no son los únicos en este sentido. Y también hay que tener en cuenta que las oportunidades para ese progreso nunca se han limitado a los Estados Unidos, y de hecho los Estados Unidos nunca han sido únicos en este sentido. De hecho, muchas naciones tienen niveles de vida más altos y sociedades mucho más compasivas que las de Estados Unidos, y siempre ha sido tan fácil "triunfar" en Canadá, Alemania o Italia como en Estados Unidos. A pesar del excepcionalismo y el patrioterismo estadounidenses, el camino hacia el éxito o la cima nunca ha sido notablemente más fácil en Estados Unidos que en muchas otras naciones.

Y, por último, de todas las naciones del mundo actual, es China la que ofrece más oportunidades de progreso y prosperidad creciente y, lo que es más importante, la que proporciona esta oferta a prácticamente toda la población de la nación. Si bien es cierto que en China, al igual que en todas las naciones, sólo las buenas conexiones y la buena crianza le conseguirán a uno una invitación a una cena en la embajada, también es cierto que en China, como en ninguna otra nación del mundo hoy en día, una proporción tan alta de la población puede albergar esperanzas para el futuro con una probabilidad tan alta de que se hagan realidad. 

Es China, y no Estados Unidos, la que ha creado un entorno con un potencial de progreso verdadero y casi universal para todos. Y, aunque muchos estadounidenses se nieguen a creerlo, es la calidad de los líderes chinos, el hecho de que el sistema de gobierno de partido único de China y la versión única de capitalismo socialista de China lo que lo ha hecho posible. Los mismos factores a los que los estadounidenses han atribuido el presunto éxito de su nación son en realidad los mismos elementos que están destruyendo su sueño americano. 

Los signos de ambas afirmaciones son obvios dondequiera que uno se preocupe por mirar, pero para cuando los estadounidenses despejen sus mentes de las nubes de la propaganda será demasiado tarde. No estoy tan preocupado por los estadounidenses, pero me preocupa enormemente que demasiados chinos tampoco despejen sus mentes de la propaganda y la falsa marca hasta que sea demasiado tarde."

(  ha sido profesor visitante en la Universidad Fudan de Shanghai, The Unz Review, 26/07/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

20/11/20

EEUU ha replicado el orden aristocrático europeo que rechazó en sus orígenes porque la movilidad social del país depende de lo que heredas de tus padres... "La división de clases en EEUU es tan extrema que no es una democracia real"

 "Una extensa investigación ha llevado a Nancy Isenberg, escritora y profesora de Historia de la Universidad Estatal de Luisiana, a concluir que EEUU ha ocultado deliberadamente su propia historia de clases sociales; que el mito del 'sueño americano' no existe; y que EEUU "ha replicado el orden aristocrático" europeo que rechazó en sus orígenes porque la movilidad social del país "depende de lo que heredas de tus padres en lugar de tener servicios sociales que hagan que sea una cuestión de mérito". Su trabajo está recogido en el ensayo 'White trash: los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses' (Capitán Swing).

¿Por qué ha ocultado EEUU deliberadamente su historia de clases sociales?

Creo que parte del problema es que en EEUU prestamos mucha atención, incluso hoy en día, a celebrar nuestro nacimiento como país independiente. Todas los Estados-nación crean mitos de lo que representa su Gobierno y su país y nuestro mito se fundó en el rechazo del sistema de clases que existía en Europa. Rechazar la aristocracia, los títulos, la monarquía. Tomar esa identidad política implicaba que siempre había una tensión a la hora de discutir cuestiones de clase en el país.

Aunque hay un intento de negar la clase –ligado al mito de que América es la tierra de las oportunidades y que todo el mundo puede experimentar la movilidad social, lo cual no es cierto–, a menudo esta emerge y se convierte en parte del debate político. Incluso la Guerra Civil es sobre raza y clase. Con el New Deal y la Gran Depresión tanta gente se quedó sin trabajo que de repente ya no podían utilizar la lógica de que son los perezosos los que no trabajan. De pronto tuvieron que reconocer que Estados Unidos no sólo ha experimentado una movilidad ascendente, sino que experimentamos más movilidad descendente. Para los estadounidenses, este es un tema realmente difícil de hablar.

¿Diría usted que existe el 'sueño americano' para la clase trabajadora blanca de EEUU?

Las personas que apoyan a Donald Trump no es que adoren al presidente, sino que lo que realmente les gusta es que ha creado un espacio donde de repente la gente tiene que prestar atención a la clase obrera blanca. De pronto tienen un defensor. De pronto tienen un espacio en los medios de comunicación donde antes habían sido completamente ignorados. 

La mayoría de las personas que votó a Trump en 2016 no cree en el mito de la meritocracia –trabaja duro y serás recompensado–. En la práctica, este mito no se les aplica. Poco más de un tercio de los estadounidenses llega a tener títulos universitarios. La idea de ir a la universidad, algo que realmente cambia tus ingresos, no se aplica a ellos. También tienen miedo de perder su estatus en lugar de poder ascender, que es en lo que se centran los demócratas. No creen en la idea del profesional formado porque saben que eso no va a ser alcanzable para ellos y probablemente ni siquiera para sus hijos. Lo que quieren es ser recompensados con un retorno a los empleos de clase trabajadora más estables que han desaparecido porque todos se han llevado a otros países.

Es difícil entender cómo estas personas llegaron a votar y convertirse en convencidos seguidores de Trump en 2016 si, como usted dice, el presidente está tan lejos de ellos y no se identifica con sus intereses.

Vivimos en un mundo de ideología y la gente en EEUU se piensa que tenemos más movilidad social que cualquier otro país del mundo, lo cual no es cierto. Está probado estadísticamente. Países como Suecia y Dinamarca tienen más movilidad social porque proveen servicios sociales. En este país, la familia promedio tiene que contribuir con el 50% de su riqueza a sus hijos. Hemos replicado el orden aristocrático porque todo depende de lo que heredas de tus padres en lugar de tener servicios sociales que hagan que sea una cuestión de mérito. Pero la mayoría de los estadounidenses saben muy poco sobre su historia y repiten una y otra vez el mito [del 'sueño americano']. 

Nuestra división de clases es tan extrema que no es una democracia real. En el Congreso son todos millonarios. Esa es realmente una de las cosas que ha cambiado sustancialmente. Inicialmente en nuestro país, si estabas en el Congreso, no ganabas mucho dinero. En 1817 decidieron aumentar sus salarios a unos 16 dólares. El problema entonces es que había que ser rico para servir en el Congreso. Pero ahora hemos ido al extremo opuesto donde toda esta gente está vinculada a grupos de presión, se gastan una fortuna en sus campañas y están totalmente fuera de contacto con la sociedad. Pasan la mayor parte del tiempo al teléfono tratando de recaudar dinero.  

 

Cuando esta gente eligió a Trump, también estaban rechazando al Partido Republicano. Estaban cansados del político al uso. La otra cosa que hace Trump que les atrae y que fue una de las claves de su éxito es la forma en que habla. Les encanta que hable a la gente a la cara, que sea grosero... Y confunden eso con la autenticidad. Es muy triste que los estadounidenses acepten esto, pero tristemente se remonta al siglo XIX. En el siglo XIX, los políticos de la élite iban al interior del país y lanzaban sus mensajes a la gente pobre que vivía en las cabañas. Y por un momento tenían que hablar su idioma. Pero tan pronto como se iban, ya no tenían ninguna obligación de apoyar ninguna política que realmente les beneficiase.

¿Por qué es tan importante la intersección de clase y raza que resulta en la 'escoria blanca'? ¿Qué le diferencia del resto de la clase trabajadora del país?

Creo que eso es muy importante. Voy a enfatizar dos grandes tendencias que suceden en la historia de EEUU sobre la intersección de raza y clase. Una es que las élites sureñas a menudo manipulaban la tensión entre los blancos pobres y los afroamericanos pobres. En la Guerra Civil, por ejemplo, cuando la Confederación era un Gobierno muy elitista, incluso pensaron en negar a los blancos pobres el derecho al voto. Tenían un profundo temor de que su población blanca pobre apoyara a Lincoln porque este prometía la Ley de la Granja –permitir a pequeños ganaderos y agricultores el acceso a tierras del Gobierno– y la concesión de tierras a los sin tierra. Entonces, las élites sureñas trataron a menudo de atraer a los blancos pobres. Lo que hicieron durante la Guerra Civil fue decirles que si apoyaban a Lincoln iban a perder su estatus y se convertirían en el equivalente a un esclavo. Siempre explotaron esa tensión. 

Eso también pasó cuando el movimiento populista a finales del siglo XIX trató de movilizar los intereses de los negros de la clase trabajadora y los sureños blancos pobres de clase trabajadora. Las élites sureñas trataron de romper esa alianza y trataron de asegurarse de que los blancos pobres estaban alineados con otros blancos de la élite o de la clase media. Eso siempre ha sido una tensión incómoda. Hacer imposible que los blancos y negros pobres creen una alianza de clase trabajadora ha sido una constante. Esta es la única tensión que se repite una y otra vez en la historia de EEUU. Pero hubo gente que trató de romper esta dinámica, como Martin Luther King (MLK). 

La gente se olvida de que MLK decía que hay que abordar la raza y la clase. No se puede asumir que la gente y sus vidas están definidas por una sola variable. La sociedad es compleja. Sin embargo, los medios de comunicación siempre quieren simplificar las cosas y terminan convirtiéndose en un disco rayado. En este sentido, la mayor parte del enfoque en estas elecciones es simplemente hablar del nacionalismo blanco todo el tiempo que, aunque refleja una parte del electorado de Trump, no refleja todo. 

Estamos en un dilema donde a menudo no conocemos el pasado y en el presente existe una jerarquía de opresiones. Esencialmente tenemos que decir siempre que la raza está en el centro de todo, cuando en realidad puede ser raza y clase. No se pierde nada al decir esto y no entiendo por qué los periodistas tienen esta especie de dogma. Hacen una genuflexión y dicen: "raza, raza, raza, raza". Y luego se pierden el panorama general. Se pierden que la raza y la clase pueden operar al unísono para oprimir a ciertos grupos de manera diferente. La clase importa tanto como la raza en lo que respecta a la fuente de esa opresión.

¿Por qué sostiene que los orígenes de la 'escoria blanca' se remontan a la colonización británica? ¿Cómo ha sobrevivido este sistema hasta nuestros días?

[Reino Unido] quería deshacerse de los pobres en el 'nuevo mundo', que no era la tierra de la libertad, sino precisamente lo contrario. El 'nuevo mundo' era básicamente un asilo para pobres para aliviar la presión económica sobre Gran Bretaña. La razón por la que el lenguaje para referirse a estas personas ha persistido y permanecido vivo tiene que ver con la persistencia de los pobres de zonas rurales. Son a menudo los pobres más invisibles, pero en cierto sentido tienen mucha influencia política, especialmente en el sur, por la forma injusta en que se cuentan los votos y la forma en que funciona el colegio electoral.

Esta división entre lo urbano y lo rural sigue vigente a día de hoy. Muchas de las personas que van a los mítines de Trump se identifican con un personaje rural: la forma en que llevan las gorras de trabajo, la forma en que llevan los vaqueros y camisetas. Están invocando una especie de identidad más antigua de estadounidenses rural."                   (Entrevista a Nancy Isenberg, historiadora, Javier Biosca, eldiario.es, 29/10/20)

19/7/18

El hundimiento de la clase media americana... y su sustitución por la 'clase media precaria'

"Tanto estudiar y tanta formación intelectual para acabar siendo invisible. Esta es la sensación que tuvo Alissa Quart cuando llegó al mostrador de recepción del Columbia College de Chicago y preguntó por la profesora Brianne Bolin.
–¿Bolin? Lo siento, ese nombre no me sale en la lista.

No aparecía pese a que llevaba mucho tiempo enseñando composición literaria en ese centro. Ninguna extensión telefónica, ni soñar con una oficina en su condición de profesora adjunta.

Una vez que la contactó, Bolin emergió de la oscuridad. A Quart le llamaron la atención sus gafas, con una visible reparación casera a base de celo. Le explicó que se le habían roto hacía unos meses y no se podía permitir comprar unas nuevas. “En ese momento tenía 55 dólares en su cuenta y una deuda en la tarjeta de crédito de 3.000. Iba con un mes de retraso en el abono de los 975 dólares del alquiler de su piso de dos habitaciones”, escribe Quart.

Brianne fue una estudiante brillante que no tuvo problemas en encontrar trabajo tras licenciarse. Todo cambió a los 28 años, al quedar embarazada. Supo que criaría en solitario a su hijo. Las cosas se complicaron aún más. Finn nació con parálisis cerebral.

En el 2008 regresó a Chicago y en el Columbia le advirtieron que no obtendría un trabajo fijo. Eso era de otra época. Ahí seguía, cuidando a su hijo y sobreviviendo con un sueldo insuficiente –recibe food stamps (la ayuda federal para alimentos)–. 

Descrita como “una híper educada pobre”, es una más de los protagonistas reales de Squeezed (exprimidos), Por qué nuestras familias no pueden permitirse América, libro en el que Alissa Quart desgrana el hundimiento del pilar de la idiosincrasia de Estados Unidos y su famoso sueño.

No hace tanto, la expresión clase media era sinónimo de seguridad y complacencia. Ya no. “Todavía operamos bajo el mito de que, como sociedad, podemos ascender a la clase media y luego subir a otra clase”, indicó Quart en la presentación celebrada en el Barnes & Noble del Upper West Side de Manhattan.

 “En la actualidad no disponemos de esa movilidad ascendente, no podemos anticipar que nuestros hijos tendrán algo mejor que nosotros”, ratificó.
Esta presentación es como la cuadratura del círculo. 

En el entarimado, para formularle cuestiones, se hallaba George Packer, periodista de The New Yorker y autor de una de las obras esenciales para entender la evolución de EE.UU. En The unwinding (2013, publicada por Debate en el 2015 como El desmoronamiento), Packer profundiza en el proceso de descomposición a partir de las desigualdades económicas, la laminación de las clases medias, las deslocalizaciones industriales, la polarización política o desregulación y el poder de los grupos de presión y Wall Street. 

El volumen de Quart se adentra en esa clase media que, según el Pew Reserach Center, se ha encogido hasta el vuelco histórico de que la suma de ricos y pobres (121,3 millones) supera a sus 120,8 millones.


En el reverso de la gloria económica que pregona el presidente Donald Trump, Quart se centra más en la pérdida de calidad de ese estatus mítico que en el terreno de las cifras. En el recorrido por sus páginas surge Mat Barry, profesor de Historia en un instituto de la Bahía de San Francisco, que por la tarde-noche ha de conducir para Uber. 

El boom tecnológico ha provocado tal encarecimiento de la vivienda que precisa ingresos extra. “Son clase media pero clase trabajadora en términos de ganancias, al filo de ser pobres, sin acceso a los beneficios que estos reciben”, recalca.

Sin embargo, la mayoría de sus personajes reales ingresan de 45.000 a 125.000 dólares anuales, por encima de los 35.000 del límite que marca la pobreza. La autora recuerda que el 65% de los americanos subsiste con la preocupación de pagar sus facturas. “Una de las razones para la ansiedad es que la vida de clase media es ahora un 30% más cara que hace 20 años”, subraya. El coste de la vivienda, la sanidad o la educación se han doblado mientras que los salarios se han estancado.

Aplica el término de “la clase media precaria”. Se inspira en la expresión que el economista Guy Standing utilizó para definir a los obreros, sometidos a ocupaciones temporales, a tiempo parcial y mal pagados.

Ella lo usa para este otro grupo que se supone debía configurar una burguesía sólida, “gente que cree que por su preparación y trayectoria debería hallarse en una cómoda clase media, pero no les funciona y ven que las ventajas se han evaporado”, apuntó.

“Veo este libro –afirmó en su respuesta a Packer– como una ocasión para que los ciudadanos tomen conciencia, que dejen de autoinculparse y vean que lo que falla es el sistema, que entiendan los mecanismos del sistema que han hecho imposible que te sobrepongas a las dificultades financieras, para que no te puedas seguir culpando”.

Quart lo tiene claro: “Culpo a la concentración de la riqueza, a los impuestos que benefician a las corporaciones o a la desregulación de la industria”.           (Francesc Peirón, La Vanguardia, 15/07/18)