Mostrando entradas con la etiqueta Economía: Globalización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Economía: Globalización. Mostrar todas las entradas

28/5/24

Cuando se habla de la secesión de las élites se alude a gente que puede vivir y disfrutar de su tiempo sin alterarse por las acciones de los políticos, la subida de precios o las transformaciones en el empleo... se ha creado una capa social semejante a la aristocracia británica de finales del XIX, la que vivía de las rentas de la tierra. La de ahora es también rentista, pero su fuente de ingresos es otra... Las fábricas se llevaron a China y el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras occidentales decayó para que esta nueva nobleza del siglo XXI pudiera vivir su tiempo sin roces con la realidad. La globalización no se puso en marcha para generar más eficiencia económica, para que la productividad aumentase o para que la competitividad fuese mayor, sino para asentar la separación de estas élites... El capital está organizado de tal manera que ya no necesita inventar nuevos productos o servicios, ni poner en marcha nuevos negocios. Se limita a estar presente en el accionariado de grandes empresas monopolistas u oligopolistas, muchas de ellas de sectores que fueron públicos... La secesión de las élites es posible para una parte muy, muy pequeña de la población. Defender el mismo programa político que ellas no parece una buena idea

 "¡Menos protocolo y más patatas!, la novela de José Miguel Fernández Sastrón, exmarido de Simoneta Gómez-Acebo, hija de la infanta Pilar de Borbón, ha dado más munición a quienes caricaturizan a las clases altas españolas a partir de los viejos estereotipos, con señoras de apellidos compuestos que tienen su propio capellán, hijos vagos en consejos de administración de empresas familiares, las fincas y demás. Lo cierto es que los nuevos señoritos, las nuevas élites, distan ya de tales retratos.. Y no porque hayan constituido una clase avanzada, sino porque están de regreso: se parecen más a la clase rentista que componía la aristocracia británica de finales del XIX.

Lo que define a la nobleza económica contemporánea tiene que ver con la construcción de un mundo aparte, que no es afectado por las cuestiones esenciales de la vida en común. Lo señala bien Fernández Sastrón cuando describe las comidas en los restaurantes madrileños, en especial en Horcher, "un punto de encuentro. Es una especie de sede de toda la vida de los viejos y nuevos ricos. Las conversaciones que mantienen entre ellos las podríamos imaginar, desde fuera, relacionadas con las altas finanzas y no lo son. De lo que en realidad hablan es de la amante del otro, del vino carísimo que beben y de la próxima montería o viaje. Y acaban los almuerzos con la frase típica de "lo tuyo ya te lo arreglo después".

No hablan de finanzas, sino que sus conversaciones giran alrededor de chismes y ocio porque pueden permitirse una vida al margen, aquella que no es perturbada por aquello que sí nos preocupa al resto de los mortales. Pueden ignorar la política, porque entienden que la capacidad de los dirigentes nacionales de causarles daño es limitada, y la economía les perturba poco, ya que poseen recursos suficientes. Están alejados del cuerpo social y por lo tanto lo que pasa ahí fuera no les importa demasiado.

Lo explica de una manera directa, desde el dilentantismo y la ironía, Janan Ganesh, columnista de Financial Times: "¿Inflación? Puedo ahorrar sin sufrir. ¿El malestar de Europa? Soy móvil. Puedo escabullirme. La escena gastronómica de Singapur ha evolucionado mucho. ¿El Brexit? Las víctimas directas son los pequeños exportadores, los artistas en gira, o los investigadores científicos, no los columnistas mimados como yo. Londres es más cosmopolita, no menos, que en 2016. ¿Las infraestructuras? Algo precioso si vives en una región remota o desfavorecida, pero las principales ciudades del mundo rico están bien dotadas. ¿La educación? ¿El futuro lejano? ¿Las grandes guerras por los recursos de la década de 2070? No tengo hijos por los que temer. Amigos, parece que he salido de la Historia. Fuera de los temas obvios y eternos de los impuestos y la ley y el orden, el día a día me afecta poco. Me resulta estimulante observar la política, pero como un zoólogo observa una colonia de wombats".

"Fuera de los temas obvios y eternos de los impuestos y la ley y el orden, la política me afecta poco"

Esta es la descripción real de una clase social que vive al margen, ya que posee los recursos y la posición precisos para no preocuparse de nada más que de malgastar su tiempo de ocio. Cuando se habla de la secesión de las élites es precisamente a esto a lo que se alude, a gente que puede vivir y disfrutar de su tiempo sin alterarse por las acciones de los políticos, la subida de precios o las transformaciones en el empleo. Parte del deseo aspiracional que circula por la sociedad tiene que ver con esto. También nos gustaría disfrutar de nuestra existencia sin preocuparnos de todas las fricciones que la vida cotidiana nos genera: obligaciones, pagos, programas políticos que nos afectan, preocupaciones ligadas a lo material y tantas otras cosas. Pero no podemos, porque vivimos en sociedad y no podemos separarnos de ella. Los ricos tampoco, pero a veces se van demasiado lejos.

Este es uno de esos momentos: se ha creado una capa social semejante a la aristocracia británica de finales del XIX, la que vivía de las rentas de la tierra. La de ahora es también rentista, pero su fuente de ingresos es otra.

Esta clase ha quedado constituida por la economía forjada en la era de la globalización feliz. Las fábricas se llevaron a China y el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras occidentales decayó para que esta nueva nobleza del siglo XXI pudiera vivir su tiempo sin roces con la realidad. La globalización no se puso en marcha para generar más eficiencia económica, para que la productividad aumentase o para que la competitividad fuese mayor, sino para asentar la separación de estas élites.

Ganar sin aportar siquiera capital

Uno de los mejores ejemplos de la economía rentista que se ha creado, y de cómo nos está influyendo, son los supermercados británicos. Como asegura Bloomberg, cadenas como Wm Morrison y Asda están siendo investigadas por, entre otros motivos, no trasladar la bajada de los precios a los consumidores. Ambas cadenas están soportando una enorme deuda contraída por los financieros que las adquirieron en 2021, y como esa deuda es ahora más cara por la subida de tipos, necesitan obtener más beneficios. Según asegura Liam Byrne, ex ministro laborista del Tesoro que preside el comité de negocios y comercio del Parlamento, "hay entre cuatro y cinco minoristas altamente apalancados como Morrison y Asda, empresas que emplean a cientos de miles de personas y que son propiedad de firmas de capital privado que están asumiendo oscuros riesgos. Es peligroso para el capitalismo británico".

No producen nada, simplemente compran algo ya existente con dinero que no tienen para venderlo tiempo después

Por explicarlo de otra manera. Los fondos de private equity compraron esas cadenas con dinero que obtuvieron prestado a cuenta de las empresas adquiridas. Normalmente, esos fondos, después de recortar todo tipo de costes, suelen vender la firma al cabo de un tiempo, generalmente cinco años, a otros fondos o a empresas del mismo sector comercial. No producen nada, simplemente compran algo ya existente con dinero que no aportan para venderlo tiempo después. Como lo hacen sin apenas invertir, las firmas adquiridas se cargan de deuda. Como hay que hacerlas eficientes, suelen recortar en mano de obra y en costes de proveedores. Y como la deuda hay que abonarla, los consumidores deben pagar precios más elevados. Esa es una de las principales causas de la inflación en los alimentos en Reino Unido. No es algo que ocurra en el extranjero, es una constante de este tipo de capitalismo.

El rentismo no lo constituyen, como se suele afirmar en redes sociales, esas personas que tienen un par de pisos para alquilar; no se trata de gente mayor robándole la vida a los jóvenes. El rentismo es una estructura de la economía que impulsa lo contrario del trickle-down: se trata de que el dinero fluya de abajo hacia arriba. El capital está organizado de tal manera que ya no necesita inventar nuevos productos o servicios, ni poner en marcha nuevos negocios. Se limita a estar presente en el accionariado de grandes empresas monopolistas u oligopolistas, muchas de ellas de sectores que fueron públicos, para aprovechar su poder de mercado y conseguir el mayor beneficio posible; o a realizar prácticas como las de Asda y Morrison en las que está inmerso buena parte del private equity; o a invertir en instrumentos ventajistas como el high frequency trading.

El libre mercado contra las clases medias altas

La separación entre las vidas de la nueva nobleza rentista y las nuestras es también la separación de sus economías y las nuestras. La mayor parte de la gente realiza una tarea por la que recibe una retribución, ya sea en forma de salario o de beneficio si es autónomo o tiene una empresa. El tipo de estructura en que se apoya la clase rentista no lo necesita, le basta sentarse a esperar que el dinero fluya de abajo arriba a través de mecanismos que extraen recursos de la economía productiva. Por eso en tantas ocasiones las cifras macroeconómicas y las de la economía cotidiana no encajan.

Hay mucha gente que apoya el libre mercado y que cree que el programa de ley, orden y bajos impuestos arreglará sus problemas. No es así

Este es uno de esos momentos. La inflación, con la pérdida de nivel de vida que aparejan precios tan elevados, en especial en los bienes esenciales, es el coste que estamos pagando para que los números cuadren por arriba. Como en crisis anteriores, es el común de los ciudadanos el que paga la factura.

Esta dinámica es la causa última del malestar de mucha gente, ya que deben encajar los golpes de la estructura económica que se articuló en la era del orden basado en reglas. Se menciona con mucha frecuencia la influencia política de los perdedores de la globalización, clases trabajadoras y habitantes de territorios en declive que giran hacia las derechas, pero se habla menos de un sector relevante, que constituye otra clase perdedora. A menudo, la gente enfadada suele pertenecer a clases medias y medias altas que apoyan el libre mercado y que creen que el programa de ley, orden y bajos impuestos que proponía Ganesh es el que solucionará sus problemas.

Quién puede desaparecer en un avión privado

Son gente que espera del Estado y de la democracia respeto a las instituciones, un buen funcionamiento de la justicia e impuestos bajos y que apoya a opciones políticas que basan su oferta electoral en esas promesas. Pero serán sistemáticamente defraudados, porque no es a ellos a quienes se está apelando. Los impuestos son un gran ejemplo: son más bajos que nunca para los grandes sectores rentistas, pero muy elevados para los trabajadores, los autónomos, las pymes e incluso los pequeños rentistas. Las bajadas de impuestos de los últimos tiempos no han ido destinadas a las clases sociales que los reclaman, sino a los rentistas. Y lo que estos dejan de aportar, debe afrontarlo el resto de la sociedad. Entre otras cosas, porque la deuda pública (a menudo en manos de grandes inversores) tiene que ser devuelta, y los impuestos también se destinan a eso. De modo que se produce la paradoja de que estas clases sociales molestas que esperan ley, orden y bajos impuestos están votando a opciones políticas que difícilmente van a cumplir lo que les prometen. Cuando se han desarrollado programas de gobierno que han ido en esa dirección, y el de Milei es un caso evidente, las consecuencias han sido dos: empobrecimiento de sus nacionales y satisfacción de los grandes acreedores rentistas, porque es justo el programa que necesitaban.

La secesión de las élites es posible para una parte muy pequeña de la población. Pero hay quienes defienden su mismo programa político

Esas clases medias y medias altas no han entendido todavía cómo funcionan las cosas, y por eso continúan dando su apoyo a opciones políticas que les mienten. Una anécdota descrita por la periodista Linette López, que la presenció en una edición de SALT, la gran conferencia de los inversores estadounidenses, ilustra hasta qué punto las vidas de las clases de verdad rentistas y las de las medias altas divergen. López preguntó a un multimillonario por la incertidumbre política, y la respuesta que recibió fue franca: a él no le preocupaba, porque tenía su dinero en las Islas Caimán o en Las Bahamas, y vivía un poco en todas partes. Pero, advirtió, para los simplemente ricos era otra cosa: "Ellos tienen que pagar la universidad de la Ivy League de sus hijos, la hipoteca de su casa de los Hamptons y los bienes de lujo que han adquirido. A ellos, la inestabilidad sí les puede perjudicar". Y, añade López, "acto seguido, subió a su avión privado y desapareció".

De manera que, salvo quienes puedan desaparecer en un avión privado, todos los demás están atados a su territorio. La secesión de las élites es posible para una parte muy, muy pequeña de la población. Defender el mismo programa político que ellas no parece una buena idea.

El camino de salida

Dos advertencias finales. Ganesh termina su artículo señalando que "la vida extrapolítica les parecerá a algunos inhumana. Para mí es un milagro de la modernidad. Lo que no será por mucho tiempo es excepcional". Tiene razón. Las cosas están cambiando. Hay suficiente gente enfadada con el tipo de economía existente como para provocar un giro. Y quizá en una mala dirección, porque la gente que reside en la vida extrapolítica desea conservar su posición de privilegio, lo que obliga a participar en la política de manera muy activa para mantenerla. Apoyarán opciones perniciosas. Toda la retórica sobre el autoritarismo tiene en estos sectores un apoyo sustancial.

La segunda cuestión, relacionada con la primera, es la condición indispensable para que la salida de este enredo sea positiva para una mayor parte de la población. La época que viene tras la globalización feliz es incierta, y aunque se estén adivinando ya los caminos que va a tomar, todavía no están bien definidos. Pero, gire hacia donde gire, si no nos alejamos de manera radical de esta estructura rentista de la economía, el mundo va a ser mucho más duro. Las transformaciones del orden global no van a ir solo de EEUU contra China, de rusos e iraníes o de las consecuencias de la guerra de Gaza. La economía planificada de los rentistas, que fueron los principales beneficiarios de los años globales, nos ha metido en un lío notable en todos los niveles y, para salir de él, tenemos que reorientar de manera decidida nuestras estructuras hacia lo productivo. De lo contrario, todo será arriba y abajo, señores y sirvientes, y no hay mejor manera de que Occidente decline en el mundo."              

( Esteban Hernández , El Confidencial, 27/05/24)

22/1/24

La globalización neoliberal: una nueva fe religiosa... Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización... En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%. Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera... Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 (Diego Fusaro)

 "Según la sintaxis de Gramsci, existe una «ideología» cuando «una clase determinada logra presentar y hacer aceptar las condiciones de su existencia y de su desarrollo como clase como un principio universal, como una concepción del mundo, como una religión».

El clímax esbozado por Gramsci es totalmente pertinente si nos referimos a la ideología de la globalización como una naturaleza dada, irreversible y fisiológica (globalismus sive natura). En el contexto del Nuevo Orden Mundial posterior a 1989 y de lo que se ha definido como «el gran tablero de ajedrez», se presenta como un «principio universal», porque es aceptado indiscriminadamente en todas las partes del mundo (es lo que podríamos llamar la globalización del concepto de globalización) y, al mismo tiempo, también es asumido por los dominados, que deberían oponerse a él con la mayor firmeza. Se presenta como una verdad indiscutible y universalmente válida, a la espera de ser ratificada y aceptada en forma de adaequatio cognitiva y política.

La globalización aparece así como una «visión del mundo», es decir, como un sistema articulado y omnicomprensivo, porque se ha estructurado en forma de perspectiva unitaria y sistemática, centrada en la desnacionalización del cosmopolitismo y en la eliminación de todas las limitaciones materiales e inmateriales a la libre circulación de mercancías y personas mercantilizadas, al flujo de capital financiero líquido y a la extensión infinita de los intereses competitivos de las clases dominantes.

Por último, adopta la forma de una «religión», porque se experimenta cada vez más como una fe indiscutible, muy por encima de los principios de la discusión racional socrática: quien no acepte el nuevo orden globalizado sin reflexión y con referencias fideístas será inmediatamente condenado al ostracismo, silenciado y estigmatizado por la policía de la lengua y los gendarmes del pensamiento como hereje o infiel, amenazando peligrosamente la estabilidad de la catequesis globalista y sus principales artículos de fe (libre circulación, apertura total de toda realidad material e inmaterial, competitividad sin fronteras, etc.). ). La globalización coincide así con el nuevo monoteísmo idólatra del mercado mundial, propio de una época que ya no cree en Dios, pero tampoco en el capital.

En términos generales, la globalización no es otra cosa que la teoría que describe, refleja y, a su vez, prescribe y glorifica el Nuevo Orden Mundial de clase postwestfaliano, surgido y estabilizado después de 1989 y que (por utilizar la fórmula de Lasch) ha sido elevado ideológicamente al rango de paraíso único. Este es el mundo totalmente subordinado al capital y al imperialismo centrado en Estados Unidos de los mercados de capital privado liberalizados, con la exportación colateral de la democracia de libre mercado y el libre deseo, y de la antropología del homo cosmopoliticus.

El poder simbólico del concepto de globalización es tan omnipresente que literalmente imposibilita el acceso al discurso público a cualquiera que se atreva a cuestionarlo. En este sentido, se parece más a una religión con un credo obligatorio que a una teoría sujeta a la libre discusión y a la hermenéutica de la razón dialógica.

A través de categorías que se han convertido en piedras angulares del neolenguaje capitalista, cualquier intento de limitar la invasión del mercado y de desafiar el dominio absoluto de la economía globalizada y centrada en Estados Unidos es demonizado como «totalitarismo», «fascismo», «estalinismo» o incluso «rojopardismo», la síntesis diabólica de lo anterior. El fundamentalismo liberal y el totalitarismo globalista de libre mercado también demuestran su incapacidad para admitir, incluso ex hypothesi, la posibilidad teórica de otros modos de existencia y producción.

Cualquier idea de un posible control de la economía y de una posible regulación del mercado y de la sociedad abierta (con un despotismo financiero integrado) conduciría infaliblemente, según el título de un conocido estudio de Hayek, al «camino de la servidumbre». Hayek afirma eufemísticamente: «el socialismo es esclavitud».

Evidentemente, el teorema de von Hayek y sus acólitos no tiene en cuenta el hecho de que el totalitarismo no es sólo el resultado de la planificación política, sino que también puede ser la consecuencia de la acción competitiva privada de las reglas políticas. En la Europa actual, además, el peligro no se encuentra en el nacionalismo y el retorno de los totalitarismos tradicionales, sino en el liberalismo de mercado hayekiano y la violencia invisible del garrote sutil de la economía despolitizada.

Por lo tanto, es imperativo descolonizar el imaginario de las actuales concepciones hegemónicas de la globalización e intentar redefinir su contenido de forma alternativa. Esto requiere una nueva comprensión marxiana de las relaciones sociales como móviles y conflictivas, donde la mirada cargada ideológicamente sólo registra cosas inertes y saneadas, rígidas e inmutables.

En otras palabras, necesitamos deconstruir la imagen hegemónica de la globalización, mostrando que está basada en las clases y no es neutral.

Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización.

Amartya Sen, por ejemplo, celebra enfáticamente la globalización por su mayor eficiencia en la división internacional del trabajo, por la reducción de los costes de producción, por el aumento exponencial de la productividad y (en una medida mucho más cuestionable) por la reducción de la pobreza y la mejora general de las condiciones de vida y de trabajo.

En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%.

Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera. Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 con la intensificación de la explotación y la mercantilización, del clasismo y del imperialismo.

A esta duplicidad hermenéutica, que preside la duplicidad de clase en el muy fracturado contexto post-1989, se refiere el interminable debate que ha interesado y sigue interesando a los dos focos de esta contraposición frontal: por un lado, los apologistas de la globalización; por otro, los que se dedican a elaborar los cahiers de doléances del globalismo.

Los primeros (que, a grandes rasgos, pueden calificarse de mundialistas, pese a la caleidoscópica pluralidad de sus posiciones) ensalzan las virtudes de la mercantilización del mundo. En cambio, los segundos (que sólo coinciden en parte con aquellos a quienes el debate público ha bautizado como «soberanistas») subrayan las contradicciones y el carácter eminentemente regresivo del marco anterior centrado en las soberanías nacionales.

En resumen, y sin entrar en los entresijos de un debate prácticamente inabarcable por la cantidad de contenidos y la diversidad de enfoques, los panegiristas del globalismo insisten en la forma en que la mundialización extiende la revolución industrial, el progreso y las conquistas de Occidente a todo el mundo; o, dicho de otro modo, en la forma en que «universaliza» los logros de una humanidad entendida de algún modo como «superior» y, por tanto, con derecho a organizar el «expediente único» del desarrollo lineal de todos los pueblos del planeta.

Incluso los escritores más sobriamente escépticos sobre el valor axiológico de la globalización, como Stiglitz, parecen sufrir una atracción magnética y en última instancia injustificada por la labor de transformar el mundo en un mercado. Para Stiglitz y su optimismo reformista, este proceso, que al mismo tiempo «planetariza» la desigualdad y la miseria capitalista, no merece ser abandonado por los desarrollos y cambios que podría provocar."

(Diego Fusaro, Jaque al neoliberalismo, 30/12/23, fuente:  Euro Synergies)

17/7/23

Milanovic constata que la desigualdad mundial empezó a descender hace unas dos décadas... ¿Significa esto que el capitalismo está logrando reducir la desigualdad y que ahora existe una gran convergencia? No, porque la disminución se debe en realidad al crecimiento de los ingresos de un solo país: China... exceptuando a esta nación, la desigualdad ha aumentado en casi todas las grandes economías... Si se excluye a China de los datos, no hay convergencia global... Y lo que es más importante, las clases medias de todos los países ricos han descendido en la clasificación mundial (Michael Roberts)

 "Branco Milanovic, antiguo economista jefe del Banco Mundial, se ha convertido en el principal analista de la desigualdad mundial.  A partir de su libro Worlds Apart (Mundos aparte), publicado en 2005, ha documentado las tendencias de la desigualdad mundial de ingresos (no tanto de riqueza) desde la revolución industrial y desde que el capitalismo se convirtió en el modo de producción dominante en todo el mundo.  

En ese libro, calculó que la desigualdad global de ingresos (y riqueza) era de "20:80" (es decir, que el 80% de los 6.600 millones de habitantes del mundo de entonces podían clasificarse como pobres) y que la situación estaba empeorando, no mejorando, incluso si se tienen en cuenta los entonces florecientes BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

En aquel momento presentó los cambios en los ingresos reales de la población mundial en varios percentiles de la distribución de la renta y elaboró lo que pasó a llamarse el "gráfico del elefante", es decir, que las grandes mejoras en los niveles de ingresos se encontraban en el rango medio de ingresos, mientras que los muy pobres y los que se encontraban en los rangos superiores de ingresos (excepto los extremadamente ricos) en realidad perdían terreno.

Esto sugirió a muchos que la desigualdad global estaba disminuyendo porque los ingresos medios de todo el mundo habían aumentado.  Había una gran convergencia, no divergencia.

 Pero el gráfico del elefante ocultaba la realidad.  Este próspero grupo de renta media se debe casi por completo a China.  La economía china ha sacado a más de 900 millones de chinos de la pobreza extrema en sólo tres décadas y los ingresos medios se han disparado, sobre todo en las dos últimas décadas.  Si se excluye a China, el gráfico del elefante se derrumba.  Ni el resto de Asia ni India han logrado una mejora semejante de los ingresos medios. Hay muchas otras razones para ser escépticos sobre el gráfico del elefante y las conclusiones que se pueden extraer de él.

Pero ahora Milanovic ha actualizado sus estimaciones sobre la desigualdad mundial en un nuevo estudio. Algunos periodistas han titulado los resultados como "El mundo es el más igualitario que ha sido en más de un siglo". Suena muy bien - pero de nuevo, el diablo está en los detalles.

Hay dos factores en la desigualdad mundial: la desigualdad entre los ingresos nacionales per cápita y la desigualdad de ingresos de las personas dentro de las naciones.  En trabajos anteriores, Milanovic argumentó que la primera es más importante en la desigualdad global general de las personas que la segunda.  Es decir, que el lugar donde vives es más importante que tus ingresos en ese país en comparación con los de los más ricos de allí.

 En su último trabajo, Milanovic vuelve a estimar la desigualdad mundial entre 1820 y 1980, reevalúa los resultados hasta 2013 y presenta nuevas estimaciones de la desigualdad para 2018. Concluye que, históricamente, la desigualdad mundial ha seguido tres épocas: la primera, desde 1820 hasta 1950, caracterizada por el aumento de las diferencias de ingresos entre países y el incremento de las desigualdades dentro de los países; la segunda, desde 1950 hasta la última década del siglo XX, con una desigualdad mundial y entre países muy elevada; y la actual, de disminución de la desigualdad gracias al aumento de los ingresos asiáticos, especialmente chinos.

Según Milanovic, desde el advenimiento de la Revolución Industrial a principios del siglo XIX hasta aproximadamente mediados del siglo XX, la desigualdad mundial aumentó a medida que la riqueza se concentraba en los países industrializados occidentales. Alcanzó su punto álgido durante la Guerra Fría, cuando el planeta se dividía en "Primer Mundo", "Segundo Mundo" y "Tercer Mundo", tres niveles de desarrollo económico. Pero entonces, hace unos 20 años, la desigualdad mundial empezó a disminuir, en gran parte gracias al auge económico de China, que hasta hace poco era el país más poblado del mundo. La desigualdad mundial alcanzó su punto álgido en el índice de Gini de 69,4 en 1988. Bajó a 60,1 en 2018, un nivel que no se veía desde finales del siglo XIX.

 La primera era de la desigualdad mundial se extendió aproximadamente desde 1820 hasta 1950, un período caracterizado por el aumento constante de la desigualdad. En la época de la Revolución Industrial (aproximadamente 1820), la desigualdad mundial era más bien modesta. El PIB del país más rico (el Reino Unido) era cinco veces mayor que el del país más pobre (Nepal) en 1820. (La relación equivalente entre los PIB de los países más ricos y más pobres hoy en día es de más de 100 a 1).

El crecimiento de la desigualdad mundial durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX estuvo impulsado tanto por el aumento de las diferencias entre los distintos países (medidas por las diferencias en sus PIB per cápita) como por el aumento de las desigualdades dentro de los países (medidas por las diferencias en los ingresos de los ciudadanos de un determinado país). Las diferencias entre países reflejaban lo que los historiadores económicos han denominado la Gran Divergencia, la creciente disparidad entre, por un lado, los países industrializados de Europa Occidental, Norteamérica y, más tarde, Japón y, por otro, China, India, el subcontinente africano, Oriente Medio y América Latina, donde la renta per cápita se estancó o incluso disminuyó.  En efecto, se trataba de una medida cuantitativa de la dominación de un pequeño bloque de países imperialistas sobre el resto.

 Pero Milanovic constata que la desigualdad mundial empezó a descender hace unas dos décadas. Ha descendido de 70 puntos Gini en torno al año 2000 a 60 puntos Gini dos décadas después.Esta disminución de la desigualdad mundial, que se ha producido en el breve lapso de 20 años, es más precipitada que el aumento de la desigualdad mundial durante el siglo XIX.

¿Significa esto que el capitalismo está logrando reducir la desigualdad y que ahora existe una gran convergencia?  No, porque la disminución se debe en realidad al crecimiento de los ingresos de un solo país:China.Y al mismo tiempo que el rápido crecimiento de China reducía el índice global de desigualdad; dentro de las economías, la desigualdad ha aumentado en casi todas las grandes economías.

 Además, las rentas más altas del mundo siguen viviendo en el bloque imperialista. En 1988, 207 millones de personas formaban el cinco por ciento de los que más ganaban en el mundo; en 2018, esa cifra era de 330 millones, lo que refleja tanto el aumento de la población mundial como la ampliación de los datos disponibles.  Los estadounidenses constituyen la pluralidad de este grupo. Tanto en 1988 como en 2018, más del 40% de los ricos del mundo eran ciudadanos estadounidenses. Le siguen los ciudadanos británicos, japoneses y alemanes. En conjunto, los occidentales (incluido Japón) representan casi el 80% del grupo. Los chinos de las zonas urbanas no han entrado a formar parte de la población con poder adquisitivo mundial hasta hace poco. Pero su cuota sigue siendo pequeña, del 1,6% en 2008 al 5,0% en 2018.Si se excluye a China de los datos, no hay convergencia global.  Como China ha dejado vacantes muchos de los puestos en la parte inferior de la distribución, ahora los ocupan sobre todo los hogares indios más pobres, que ahora tienen un nivel de vida inferior al de sus homólogos chinos.

Y en el bloque imperialista, los grupos de ingresos más bajos han perdido terreno globalmente.  Las familias italianas más pobres estaban en el 30% superior de la distribución mundial de la renta en 1988, pero ahora apenas llegan a la mitad superior. Y lo que es más importante, las clases medias de todos los países ricos han descendido en la clasificación mundial.Se trata de una reorganización posicional de grandes proporciones; obsérvese el aumento de la posición de los perceptores de rentas más bajas en China de 1988 a 2018 y el descenso de la posición global de los deciles inferiores en Italia y Alemania, e incluso en Polonia, donde el 10% superior también subió significativamente.

El declive afectó también a EE.UU., donde alrededor del 30-40% de la distribución se sitúa ahora globalmente más abajo que en 1988. Por supuesto, los más ricos de EE.UU. siguen estando en la cima mundial.

Es probable que la desigualdad mundial no siga disminuyendo a partir de ahora.  Eso se debe a que el fenomenal crecimiento de China puede haber cerrado un poco la brecha de ingresos con los países imperialistas, pero todavía está muy por detrás.

 Y la diferencia de ingresos entre China y la mayoría de los demás países más pobres ha aumentado porque estos últimos apenas avanzan en la reducción de la diferencia con el bloque imperialista. Como dice Milanovic: "Una vez que sacamos a China del cuadro, el siguiente motor de la reducción de la desigualdad mundial es India, pero el crecimiento de India empezó a chisporrotear incluso antes de la crisis financiera mundial".

Además, el crecimiento demográfico más rápido del mundo se registra en África.  Así pues, para que la desigualdad mundial disminuya a base de reducir la brecha entre países ricos y pobres, África debe empezar a aumentar su renta per cápita a un ritmo del 6-7% anual.  África no tiene ninguna posibilidad de lograr ese crecimiento; al contrario, su participación en el PIB mundial es la misma que en 1980 y ha perdido terreno en la década de 2010.

En todo caso, es probable que se reanude la gran divergencia."               (

16/2/23

Tendencias a largo plazo en la era del declive del capitalismo neoliberal... la reestructuración económica neoliberal restableció el dominio del capital estadounidense sobre el trabajo y los movimientos populares en el interior, al tiempo que restauró firmemente la hegemonía del capital estadounidense sobre sus competidores capitalistas en el exterior... La tendencia crónica de menor crecimiento después de 2008, los episodios de inestabilidad de los mercados financieros y las múltiples recesiones -moderadas y profundas- han debilitado la hegemonía del imperialismo estadounidense... A medida que el sistema capitalista mundial se ha vuelto más inestable económicamente, la inestabilidad política ha seguido a su vez, tanto dentro de los Estados nación capitalistas como entre ellos... Las relaciones políticas democráticas se están deteriorando. Las formas de democracia capitalista, incluso limitada, son cada vez menos toleradas por las élites y están siendo neutralizadas o eliminadas. A medida que se desmorona el orden económico neoliberal, también lo hacen las relaciones sociales y políticas basadas en él

 "La economía capitalista mundial se encuentra en una coyuntura histórica.  La reestructuración económica mundial que comenzó hace aproximadamente cuatro décadas -a menudo asociada con el término neoliberalismo- ha seguido su curso. Tres crisis sucesivas en aproximadamente la última década la han perturbado hasta la médula: la Gran Recesión y el colapso financiero, la crisis de Covid, y la guerra entre la OTAN y Rusia en Ucrania y sus sanciones mundiales asociadas y la bifurcación emergente de la economía capitalista mundial.

La reestructuración neoliberal de la economía capitalista, que se originó en las economías anglo-estadounidenses a finales de la década de 1970 y posteriormente se extendió en menor medida a otras economías capitalistas avanzadas, comenzó a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 como respuesta a la anterior crisis económica mundial de la década de 1970. La reestructuración neoliberal pretendía, y en gran medida consiguió, reordenar las relaciones económicas interclasistas internas entre el capital y el trabajo dentro de las economías capitalistas avanzadas -Estados Unidos y el Reino Unido en particular-, así como las relaciones intraclasistas entre las clases capitalistas a escala mundial.  De este modo, la reestructuración económica neoliberal restableció el dominio del capital estadounidense sobre el trabajo y los movimientos populares en el interior, al tiempo que restauró firmemente la hegemonía del capital estadounidense sobre sus competidores capitalistas en el exterior.

 Estos cambios relativos en las relaciones interclasistas e intraclasistas se ampliaron y profundizaron durante las tres décadas siguientes, de 1980 a 2007-08 aproximadamente, en gran medida en beneficio de los capitalistas estadounidenses. Por lo tanto, la reestructuración neoliberal se entiende mejor como una consecuencia clasista del proyecto imperial estadounidense y no como una forma de "globalización", término este último que oculta la naturaleza imperialista clasista esencial del régimen neoliberal con su combinación histórica única de políticas fiscales, monetarias, industriales y externas (comercio/divisas).

Sin embargo, durante su fase de expansión, de 1980 a 2008 aproximadamente, también se agudizaron las contradicciones asociadas a la combinación específica de políticas y relaciones de clase del neoliberalismo.  Estas contradicciones se intensificaron después del año 2000, estallando visiblemente en la crisis financiera y económica mundial (también conocida como la Gran Recesión) en 2008-10 en los EE.UU., en 2008-15 en Europa y Japón, y en otras economías capitalistas casi avanzadas en diferentes momentos entre 2008-15.

La década 2010-2019 que siguió a la Gran Recesión y al colapso financiero se caracterizó por tasas crónicamente bajas de crecimiento real en comparación con las décadas anteriores; crecientes niveles de deuda (soberana, corporativa y de los hogares) y problemas de servicio de la deuda; un cambio cada vez mayor hacia la inversión en activos financieros en relación con la inversión en activos reales; guerras comerciales mundiales y competencia intercapitalista; creciente desigualdad de ingresos y riqueza entre las clases; intensificación de la explotación de las clases trabajadoras y debilitamiento de los sindicatos y partidos de la clase trabajadora; y una disminución de la eficiencia y eficacia de las "herramientas" tradicionales de política monetaria, fiscal y otras políticas económicas para estabilizar y hacer crecer la economía.

La débil y desigual recuperación mundial de 2010-19 chocó posteriormente contra otro segundo muro con la crisis sanitaria mundial de Covid y la profunda recesión de 2020-21. El neoliberalismo se volvió aún más inestable y sus contradicciones -arraigadas en las tendencias anteriores- se intensificaron aún más. Una tercera sacudida a la economía capitalista mundial siguió rápidamente a la caída de los Covid. Justo cuando la recuperación de la economía mundial comenzó tímidamente a mediados de 2021, la guerra de Ucrania y las sanciones económicas de EE.UU. y el G7 contra Rusia y sus socios económicos estallaron en 2022 desestabilizando aún más las cadenas mundiales de suministro, el comercio de mercancías y los flujos de capital monetario.

La economía capitalista mundial aún no se ha dado cuenta de todas las consecuencias de su triple crisis de la última década larga, es decir, la lenta recuperación económica parcial posterior a 2010, el inmediatamente posterior colapso económico de Covid de 2020-21 superpuesto a esa débil recuperación de 2010-19, seguido por la tercera sacudida al comercio capitalista mundial y las relaciones financieras que se produjo en 2022 en forma de guerra y sanciones que continúan.

 Algunas tendencias económicas clave a largo plazo

Para situar en su contexto la coyuntura actual de la economía capitalista mundial, es necesario comprender algunas de las tendencias y condiciones capitalistas más importantes de las últimas cuatro décadas. Estas ocho tendencias incluyen:

    + El capitalismo mundial nunca se recuperó del todo de la Gran Recesión que estalló en 2008. En las economías capitalistas avanzadas en particular, el crecimiento anual real del PIB fue aproximadamente la mitad del crecimiento medio del cuarto de siglo anterior, 1982-2007. El crecimiento posterior a 2008 se caracterizó por repetidas recesiones breves y poco profundas seguidas de recuperaciones económicas débiles y parciales.

    + A la década 2010-19 le siguió rápidamente la más profunda Covid precipitó el cierre económico mundial, que se produjo entre marzo de 2020 y abril de 2022 en las economías del G7 y hasta diciembre de 2022 en China. A su vez, la crisis económica Covid provocó importantes cambios estructurales en los mercados de productos y de trabajo a escala mundial, lo que frenó aún más la recuperación económica a largo plazo y generó simultáneamente presiones inflacionistas que no se veían desde la fase final de la crisis de los años setenta.

    + Durante el periodo posterior a 2008-10 y la superposición de la crisis de Covid, se ha hecho cada vez más evidente que las herramientas económicas tradicionales del Capitalismo (políticas fiscales, monetarias y de comercio/tipo de cambio de divisas) para estabilizar los ciclos económicos y garantizar la estabilidad financiera se han vuelto progresivamente menos eficientes en la consecución de sus objetivos oficiales. La ineficiencia en este sentido se refiere a la condición de que se requiere una mayor cantidad de estímulo fiscal-monetario para generar una menor respuesta positiva en el crecimiento económico a lo largo del tiempo; y, a la inversa, se requiere una mayor cantidad de contracción fiscal-monetaria para generar una menor tasa de inflación. En resumen, la crisis de Covid y la recesión de 2020-21 exacerbaron aún más la creciente ineficacia de las respuestas de política fiscal-monetaria.  También lo ha hecho el posterior choque de la guerra y las sanciones que comenzaron en 2022 y el aparente objetivo de EE.UU./G7 de bifurcar la economía mundial de bienes y flujos de dinero.

    + El capitalismo se ha financiarizado cada vez más durante la era neoliberal (1979-2022), desplazándose en términos relativos hacia la inversión en activos financieros -es decir, la creación de beneficios del capital monetario- a expensas de la inversión en activos reales que crea bienes y servicios que producen puestos de trabajo, ingresos reales y beneficios de la actividad no financiera. La financiarización del capital mundial ha generado una serie acelerada de nuevas formas de instrumentos financieros, nuevas instituciones financieras para comprar y vender esos instrumentos, y una nueva élite del capital financiero mundial, económica y políticamente poderosa, como agentes subyacentes. La financiarización provoca el desplazamiento de la inversión real en bienes y servicios al desviar el capital monetario hacia los mercados de activos financieros (acciones, bonos, divisas, derivados, etc.).

    + El cambio tecnológico se está convirtiendo en la principal "fuerza de producción" del capitalismo de finales del siglo XX y principios del XXI. Ha permitido la financiarización global, ha lanzado nuevas líneas de productos, ha comenzado a sustituir el dinero fiduciario por el digital y ha cambiado radicalmente las relaciones económicas en el trabajo en detrimento de las clases trabajadoras al permitir la generalización del empleo precario, el trabajo gig y, más recientemente, lo que será el desplazamiento de decenas de millones de trabajadores más que se han dedicado a ocupaciones de simple toma de decisiones. Las máquinas de software capaces de automantenerse, autoeducarse, comunicarse en lenguaje natural y reproducirse a sí mismas desplazarán la toma de decisiones por parte del trabajo humano. En 2030, no menos del 30% de todas las ocupaciones del mundo se verán afectadas negativamente.

    + La explotación capitalista de la clase trabajadora se ha intensificado, ampliando tanto las formas tradicionales como las nuevas de explotación laboral. Las formas tradicionales de explotación se han intensificado. También lo han hecho las formas de explotación secundaria, a medida que los capitalistas desarrollan nuevas formas de reclamar y recuperar los salarios pagados anteriormente. Los salarios reales se comprimen con el tiempo y el nivel de vida medio se reduce. La magnitud de los ingresos transferidos del trabajo al capital sólo en los EE.UU. se refleja en las corporaciones Fortune 500 que devuelven a sus accionistas desde 2010 hasta 2019 una cantidad de no menos de 15 billones de dólares en recompras de acciones y pagos de dividendos.

    + La tendencia crónica de menor crecimiento después de 2008, los episodios de inestabilidad de los mercados financieros y las múltiples recesiones -moderadas y profundas- han debilitado la hegemonía del imperialismo estadounidense. A medida que más economías nacionales buscan la independencia económica o se atreven a desafiar esa hegemonía, las élites estadounidenses han respondido de forma cada vez más agresiva y violenta, participando en la desestabilización política interna de los regímenes, empleando confiscaciones directas de activos, sanciones económicas y de otro tipo, e iniciando guerras directamente o por delegación. Estas respuestas de los imperialistas estadounidenses están provocando un mayor lastre para el crecimiento económico mundial y están desestabilizando el comercio mundial y los flujos de divisas.

 + A medida que el sistema capitalista mundial se ha vuelto más inestable económicamente, la inestabilidad política ha seguido a su vez, tanto dentro de los Estados nación capitalistas como entre ellos. El giro a la derecha de los partidos políticos, los movimientos, los medios de comunicación y los gobiernos de los Estados capitalistas se está produciendo en más países de todo el mundo. Las relaciones políticas democráticas se están deteriorando. Las formas de democracia capitalista, incluso limitada, son cada vez menos toleradas por las élites y están siendo neutralizadas o eliminadas. A medida que se desmorona el orden económico neoliberal, también lo hacen las relaciones sociales y políticas basadas en él."                 

(Jack Rasmus es autor de "El azote del neoliberalismo: La política económica estadounidense de Reagan a Trump", Brave New europe, 24/01/23)

3/2/23

Defensa del proteccionismo

 "Según Francis Marmande («La dure loi du marché», Revista «Ligues», París 1993), «el ideal del mercado es el mercado negro. (Este último) no es ni la desviación, ni la versión paralela del mercado a cielo abierto, sino la verdad, la purificación, la exaltación de la ley de la oferta y la demanda… La violación es la versión acelerada del mercado. La pólvora su símbolo, por excelencia, de rentabilidad».

En base a esta idea nació el capitalismo; hoy, doscientos cincuenta años después, sigue prosperando como sistema. Es, como ha dicho Ernest Mandel, la era del «Triunfal-capitalismo».

Pero el «Dios Mercado» ha sido en todo momento el eje de una historia que mezcla tragedia y progreso. Asi, Max Gallo, en su magnífico libro  Manifiesto sobre un oscuro fin de siglo, expone las consecuencias sociales de ese capitalismo liberal de la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del presente:

«Miseria obrera, fisiológica y moral; degradación de las condiciones de vida en los primeros decenios de la vida industrial; trabajo de los niños; enfermedades profesionales y accidentes de trabajo; hombres tratados como objetos desechables después de su uso; mujeres reducidas a la prostitución y al alcoholismo; ¿quién hará el recuento de las decenas de millones de vidas humilladas, saqueadas, destruidas, que el capitalismo -antes de que se organizase la resistencia obrera- arrojó a los altos hornos de  su crecimiento y enterró en los pozos mineros de sus crisis.»

Luego vinieron las luchas obreras, las Internacionales, los luchadores sindicalistas, socialistas y comunistas; y las reivindicaciones básicas: jornadas más cortas, vacaciones, salarios más dignos, desempleo, seguridad social, educación y sanidad, jubilación, conseguidas al precio de infinitas luchas sindicales, de la Revolución de Octubre, y del miedo al comunista “con el cuchillo entre los dientes.” Y también, para ser ecuánimes, gracias a un progreso tecnológico que, al llevar a la producción en masa de bienes, obligaba, necesariamente, a repartir medios de compra para absorber esa producción. Luego llegaron las guerras mundiales y de nuevo los infinitos sacrificios y, a cambio, el informe «Beveridge» y, en consecuencia, el «Estado de Bienestar», como compensación amén de como sostenedor del Estado Capitalista.

La propia ciencia económica progresó por la necesidad de superar las crisis cíclicas, rebasando la vieja teoría liberal de los ciclos «naturales», de la «mano invisible», y de las diversas «leyes de hierro», para sustituirla por la lucha contra el sub-consumo y por el papel del crédito, de los impuestos y de las obras públicas, bautizado todo ello unas veces con el nombre de Keynesianismo, otras con el de Planismo. Comenzó así, a partir de la década de los 30, una era de expansión y de progreso social. Luego, perdieron la guerra quienes la perdieron: el Fascismo y la Reacción, y como señala Samir Amin (en  La Gestión Capitaliste de la Crise, París, 1995): «el capitalista tuvo que ajustar sus estrategias a las condiciones sociales que las fuerzas populares y democráticas, reforzadas por la victoria antifascista, le impusieron. Lo contrario exactamente de las llamadas políticas de ajuste de nuestra época». Vinieron pues los tiempos en los que Samuelson pudo definir la economía como la «ciencia alegre del crecimiento», y los economistas hablar de la Edad de Oro, de los «gloriosos treinta años» y de los «milagros económicos» de la posguerra.

Porque el espacio generacional posterior a 1945 se caracterizó por un crecimiento extraordinario, de carácter fundamentalmente industrial, pero que arrastró consigo también a los demás sectores: una expansión industrial basada en las ramas química, electromecánica y siderúrgica, pujantes en la innovación tecnológica y esenciales a la hora de reconstruir una asolada Europa en un mundo entonces financieramente estabilizado por el predominio monetario y ban cario-empresarial norteamericano.

Sin embargo, a partir del inicio de la década de los 70, el panorama cambia. Y las curvas de crecimiento se tornan mis oscilantes, con dientes de sierra cada vez más profundos, a la vez que el crecimiento se ralentiza. Y hoy, el mundo desarrollado y  maduro se enfrenta a una doble crisis económica: de ciclo y de mutación estructural. A su vez, en el resto del mundo, surge el contragolpe de la crisis de los «desarrollados».

Al agotamiento de las potencialidades de crecimiento económico de posguerra por el lado de la oferta, tanto del factor de materias primas (excepto la energía) como del tecnológico (se está ralentizando notoriamente la innovación excepto en algunos sectores de las comunicaciones), se suma un fenómeno de agotamiento del crecimiento por el lado de la demanda en la CE y en USA. Por otra parte, en cuanto a los precios, nos hallamos en fase descendiente del ciclo Kondratiev y, además, en una fase negativa de endeudamiento empresarial (ciclo Haberle-Sicogne).

No contribuyen a reanimar la demanda los descensos continuados de la natalidad, la debilidad estructuralmente congénita del sector exterior, la deslocalización industrial que crea paro y deprime aún más la demanda, la crisis de la inversión (también por la caída de las tasas de acumulación y de beneficio del capital), la caída del crecimiento de la productividad, los errores de la política monetarista y el flotamiento de los keynesianos ante una estanflación persistente, así como un descenso de la capacidad adquisitiva del Tercer Mundo.

Todo ello ha configurado una crisis económica de carácter pre-depresivo o, cuando mínimo, recesivo de caídas múltiples que, para colmo, coincide con un cambio estructural profundo como es, a través de la mecanización, el orillamiento del trabajo humano del proceso productivo, y por ende la llegada de la era del trabajo sobrante. Mas, como dice el proverbio, «si los imbéciles volasen taparían el sol», (o quizá tratarían de gestionar la crisis  de «forma capitalista»).

De esta guisa, al inicio de esta década de los 90 el panorama de la reacción frente a la crisis es el siguiente: Triunfo del monetarismo, del equilibrio presupuestario (aún a costa de la reducción de gastos sociales esenciales no solo para los trabajadores sino incluso para la supervivencia de la actividad económica), del dinero caro, de la productividad a toda costa, y del absoluto y total predominio de la economía sobre la política (sobre el destino social común, el gobierno de los hombres, la solidaridad entre las personas). Todo esto se ha agravado porque las medidas adoptadas sólo tienen en cuenta soluciones favorables al capital.

Como primer ejemplo: la inflación perjudica el rendimiento del capital. Se luchará pues prioritariamente contra ella aun cuando jamás se ha conocido, en la historia económica, crecimiento sin algo de inflación; así son sacrificados el consumo, el empleo…

Segundo ejemplo: se luchará tanto más contra la inflación en lugar de contra el paro cuanto que, a menor paro, mayor precio del trabajo, con lo que no sólo puede reactivarse la inflación sino que caerán los beneficios empresariales; descenso del paro implicará pues, ante la pasividad del Estado, partidos y sindicatos, descenso de la bolsa. A su vez, se reducirá el consumo interno, pues éste será visto como una causa de aumento de la inflación; por ello, no se hará nada o poco, o con poca convicción para remediar la caida del consumo…

Tercer ejemplo: mantener tasas altas de rendimiento en épocas de tendencia a la caída de beneficios sólo se puede obtener:

–Por saltos tecnológicos fuertes

–Dopando el consumo (pero eso podría provocar inflación)

–Consiguiendo dinero barato: hay que crear abundancia de medios monetarios a disposición de la inversión (dado que abundancia implica abaratamiento!

Entonces, sobre la base de un postulado no sólo injusto sino falso (a saber, que las pensiones sólo son financiadas a través de las previas cotizaciones de los trabajadores, pero que dadas las actuales pirámides de edad y el paro, disminuye la cifra de cotizantes), se incita a la población a recurrir a los fondos privados de pensiones, es decir, se obliga a un sobre-ahorro forzoso y se cancela una parte del ahorro previo de los trabajadores cuando se reducen sus pensiones públicas. Paralelamente se reducirá la presión fiscal sobre los ricos para financiar de nuevo más ahorro excedentario. Igualmente, se generalizarán los impuestos indirectos sobre el consumo para de nuevo gravar el consumo, y otra vez descargar impositivamente las rentas altas.

Cuarto ejemplo: libertad de circulación de capitales, alias «Mundialización», para compensar la tendencia a la baja de los beneficios del capital, y así poder moverse libremente hacia donde quieran sus dueños, hacia donde consigan más rentabilidad.

Esta última es la medida más importante en defensa del capital,  pomposamente llamada «Mundialización de la economía» o «Globalización». Pero esta «Mundialización» sólo existe para:

–Favorecer las exportaciones, es decir, frenar el consumo interno (con los corolarios ya vistos: menos consumo, más ahorro, menos inflación, etc.); es el mismo «rollo» que antaño el mito del libre comercio.

–Favorecer la acumulación de capitales: la competitividad económica requiere concentración…

–Para hallar oportunidades (productos, países, etc..) nuevas donde invertir con la seguridad de poder repatriar beneficios y capital, pero, sobre todo, poder hallar inversiones más rentables…

Este punto de la libertad absoluta de acumulación de capitales es esencial para todos aquellos que han descrito el llamado «proceso de Mundialización»: Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Ricardo Petrella, Samir Amin, J.F. Kahn, José Mª Vidal Villa, etc.. Este último afirma (en su libro Mundialización, 1995): «La Mundialización requiere la libre movilidad de capital a escala mundial. Este es uno de los aspectos en los cuales el proceso está más avanzado». Pero las consecuencias son terribles:

  1. Economías desestabilizadas (véase México y el impacto de su crisis sobre la lira, la libra, la corona sueca, la peseta…).
  2. Quiebra de las soberanías nacionales (intervenciones cada vez más frecuentes y duras del FMI, préstamos a cambio de garantías abusivas).

Y quien se desvía es literalmente atracado; véase el caso ruso: el atraco a este país está siendo llevado a cabo mediante el llamado «método de la deuda» o de la «puesta al paso» o «sincronización económica».

El «Método de la deuda» nació en el siglo XIX y fue aplicado entonces, con éxito, en América Latina y Oriente Medio, y en África y América Latina durante el actual siglo. Ahora, ese «método» le está siendo aplicado a Rusia; consiste en hacer que:

  1. El deudor se endeude imprudentemente e invierta mal o gaste lo prestado.
  2. Para devolver el préstamo, el deudor tiene que aumentar (como le señala el FMI) sus exportaciones, para lo cual aplica programas de ajuste que son, esencialmente, programas de generación artificial de excedentes económicos que poder exportar (por ejemplo, mediante la política de los llamados «precios reales»).
  3. Ahora bien, el endeudado exportador ni está seguro de poder mantener los precios de venta de sus productos, ni tampoco que el mercado internacional adquiera ese excedente de bienes, apareciendo el riesgo de paro y de ralentización de la actividad económica… Si el deudor consigue pagar sus deudas, sale del atolladero; si no, tendrá que volver a pedir prestado para pagar los plazos de aquéllas… lo cual sólo obtendrá si aplica aún con más rigor la política de ajuste estructural propuesta por el FMI, o sea, desregulación de los mercados, austeridad fiscal, devaluaciones monetarias, descenso de los salarios, alza de los tipos de interés, privatizaciones, etc.
  4. Y ello con consecuencias reales tales como que el país endeudado (en este caso Rusia) tenderá a vender cada vez más sus materias primas para obtener ingresos inmediatos, aunque sea rompiendo precios (es decir, malvendiendo).
  5. Lo cual beneficiará sobre todo al extranjero (que compra esas materias primas baratas y esos bienes vendidos a bajo precio) y no a la industria rusa (la cual no podrá disponer ni de esas materias primas baratas ni de esos bienes a bajo precio).
  6. Lo que el país deudor ingresará por esas ventas tomará inmediatamente camino de los bancos de los países acreedores (el famoso «servicio de deuda»).
  7. No sólo no se impedirá la huida de capitales {llamada «libre circulación de capitales») sino que ésta será alentada. La inquietud que genera la aparición de dificultades económicas cada vez mayores en el deudor expulsará los capitales hacia los acreedores…
  8. Paralelamente, se producirá una «dolarización» de facto de la economía: con cada devaluación (exigida por la política de ajuste del FMI), mayor será la tendencia a huir de la moneda nacional (el rublo), para refugiarse en la moneda acreedora (dólar y otras).
  9. Aparición del «narco-capitalismo». En el país deudor, ante la desaparición de los ingresos clásicos la crisis económica incitará a comportamientos individuales y grupales que permitan ingresos alternativos: droga, corrupción, ilegalidades varias… Además, el sector «narco-capitalista» tiene como principal función permitir que una parte de los dólares pagados en concepto de servicio de la deuda vuelva al país deudor…
  10. Mientras los acreedores recuperan su dinero, (y ello les hace la espera más interesante) pueden participar en la invasión de! País deudor por productos de los países acreedores (pues el FMI y el G7exigen siempre la liberalización de intercambios) y en la compra de las privatizaciones, adquiriendo las más interesantes y a buen precio. Habitualmente, ello acentúa el deterioro económico, pues las privatizaciones suelen acarrear más despidos.
  1. Si se ve que el país deudor puede «quebrar», para paliar que suspenda el pago de la deuda se le pedirán garantías físicas (caso del petróleo mexicano), o financieras (caso de las aduanas otomanas), u otras (compromisos de desarme, o de no rearme), o de realineamiento en política exterior (caso de Rusia).

La crisis que atravesamos no es una crisis económica sencilla. Así, no es normal el nulo impacto económico positivo de la guerra contra Irak, dada la reconocida eficacia de los conflictos bélicos contra las crisis cíclicas del capitalismo. Los periodos de retroceso o de estancamiento se alternan con  recuperaciones ficticias o muy cortas. Japón y Alemania están cada vez peor, Francia no despega, y los casos de USA y UK se basan en la creación de empleos precarios y son relanzamientos momentáneos causados por la disminución del endeudamiento y, a veces el aumento del beneficio empresarial, pero con nula reactivación del consumo.

Esta crisis está repercutiendo cada vez más negativamente sobre lo que queda del Estado de Bienestar. ¿Cuáles son los ejes del asalto al que éste está sometido? Amén del artificial y forzado descenso del nivel de vida (por la creación forzada de excedentes para las exportaciones, del descenso de los salarios monetarios y de los reales y del fomento del sobre-ahorro de las clases menos pudientes), están las privatizaciones masivas en muy sabrosas condiciones para el capital, el recorte paulatino de los seguros de desempleo y de jubilación, y el de las prestaciones sanitarias y educativas…

Todo ello con un trasfondo de retorno a las argumentaciones reaccionarias sobre la inutilidad del progreso social y el carácter intrínsecamente vago de los trabajadores a los que el seguro de desempleo o salarios decentes «desmotivan» o vuelven aún más perezosos…

Como la mayoría de los economistas no corrigen el tiro, como se obstinan en que la equivocada es la realidad, sólo cabe pensar:

  1. Que los economistas creen sinceramente que hay que volver al monetarismo clásico: una «gestión capitalista de la crisis» intentará sobrellevarla hasta su término, hasta que las curvas, «naturalmente», vuelvan a ascender. Lástima, el economista especialista en econometría, Timbergen, ha calculado que los dramas sociales de nuestra época quedarán resueltos, de aplicarse las recetas del Banco Mundial y del FMI, en unos ¡908 años!
  2. Que entre ellos abunden los tontos.
  3. Que se dedican a encubrir, con pseudo-cíencia, una actitud de clase o favorable a determinadas clases sociales.

Porque hay evidencias de las que, sin embargo, nadie habla. En el interior del sistema, el obrero, el trabajador, el Estado de Bienestar se enfrentan a tres volantes de paro:

  1. el coyuntural, derivado de la incapacidad de los actuales dirigentes de hallar soluciones imaginativas para combatir la «sequedad» de las recuperaciones
  2. el estructural, derivado del orillamiento del trabajo por la robotizacion

Ambos son remediables mediante el reconocimiento: 1°) de que la sociedad industrial ha resuelto el problema de la producción; 2º) pero no el del consumo; 3º) que éste último ya no se puede resolver vía salarios; 4º) por lo que hay que ir a una primera desconexión histórica: la de la remuneración exclusivamente por el trabajo, por una parte, y enfocar la cuestión de la reducción del tiempo de trabajo, por la otra…

A esos dos volantes de paro hay que añadir otro, también interior: c) el de la nueva modalidad de trabajo servil para jóvenes, y el constituido por los esfuerzos tendentes a aplazar la edad de jubilación (medida absurda, por cuanto a los 60 años, la mitad de los trabajadores llevan ya años sin trabajo).

Pero hay más: es necesaria una segunda desconexión, porque el mayor y más inmediato peligro para el mundo del trabajo y para el Estado de Bienestar es que corre el riesgo de «taiwanización», derivado de la imposición del libre comercio y de la libre circulación de capitales. Es el cuarto cinturón, exterior. Y agravado por la deslocalización.

Ya hemos visto por qué ejes es asaltado el Estado de Bienestar. A lo que se va es a la destrucción de la mayor parte de lo arrancado. Como  apunta Samir Amin, «el paro es deseado, por el Estado del capital, para romper lo conseguido por el movimiento obrero». Porque si en economías de predominio de la demanda o de «crecimiento autocentrado», el mercado interior es el eje y, para absorber los excedentes, hay que subir el nivel de salarios y, por ello, el de vida, en el modelo de libre cambio, por el contrario, juega de lleno la rivalidad salarial. Con claridad, el efecto real, hoy, del libre cambio, de la mundialización, es el predominio casi absoluto del capital y el derrumbamiento del modelo de protección social. En el estudio magistral, llevado a cabo por Paul Bairoch, titulado Myths e t paradoxes de l’histoire económique, bastan doscientas noventa páginas para destrozar la tesis de que el libre cambio favoreció históricamente a los pueblos, excepto (y no siempre tampoco) a la Gran Bretaña y luego al mundo anglosajón. Bairoch demuestra, con cifras irrefutables, que la imagen de un «siglo XIX paraíso del proteccionismo» es radicalmente falsa. La consideración de la década de los 20, en este siglo, como una década proteccionista es, igualmente, falsa, como lo es la acusación hecha al proteccionismo de haber sido el causante de la gran crisis del 29: el  proteccionismo ni fue la causa del crack, ni una de ellas. Sencillamente, no existió en el periodo considerado.

Pero, además, prosigue Bairoch, tampoco es cierto que los periodos considerados más librecambistas lo fueran realmente; sin embargo, sí que puede ya establecerse una identidad entre los periodos de mayor crecimiento económico y un mayor grado de proteccionismo (o, lo que es lo mismo, de menor liberalización legal de los intercambios). Mas aún; increíble, pero cierto: los años de mayor grado de protección lo han sido también de un desarrollo más vigoroso de los intercambios exteriores.

En realidad, siempre según Bairoch, no ha habido más que dos fases de libre-cambio real en Europa: entre 1860 y 1879, a consecuencia del Tratado Anglo-francés al respecto; y, un siglo después, desde mediados de la década de los 60 hasta la actualidad.

Ahora bien, además de la crisis del 29, el mundo no ha conocido más que dos crisis de igual o similar magnitud: la de 1869-1873, con una caída brutal del P B por habitante; y la actual… «No al proteccionismo», «No al desarrollo aurocentrado», es pues el primer tabú que debe ser abandonado, sin rubor ni duda alguna. Ello tanto más cuanto la obligación de centrar el crecimiento económico en el propio mercado continental (hablamos siempre de mercado continental, no de mercado nacional) obliga a fomentar el consumo interno y el alza del nivel de vida de la propia población, y a respetar e incluso a potenciar el «Welfare State». Proteccionismo, es decir, la protección de grandes espacios económicos frente a otros, de manera que no se permita la generación de más del 12-15% del PNB por el sector exterior de la economía considerada, y que equivale pues, sobre todo hoy, a más nivel de vida y mayor bienestar social.

 Y no se argumente que ello frenaría el progreso técnico. Los actuales procesos de concentración de capital sí que son peligrosos; pero bloques de 350-400 ó más millones de habitantes son el primer seguro contra aquello. Deniro de los bloques autocentrados, habría una libertad radical de comercio y circulación de capitales y, por ello, una rivalidad, empresarial y  tecnológica, real: no se permitirá a las empresas cubrir más de una cuota dada de mercado del bloque geográfico de crecimiento autocentrado. Hacia fuera, complementariedad y rivalidad limitada.

Además, cerrar hasta el 15% los Bloques «autocentrados» es lo único que puede obligar a los demás Bloques a tener que absorber el excedente productivo a través de la demanda interna; y por ello, esta es la mejor arma contra el subdesarrollo y contra la dictadura económica y social del capital. Recuérdese, finalmente, que:

  1. Hay que rechazar, por falsa, la afirmación según la cual existe una relación inversa entre mayor «Estado de Bienestar» y competitividad. Lo cierto es que esta última requiere la existencia de un elevado número de empresas, lo cual a su vez exige un gran mercado, única garantía de que exista una demanda amplia y sostenida…
  2. La economía sólo crece, real y duraderamente, gracias al mercado interno…
  3. Al mercado exterior sólo pueden ir los excedentes reales, no los creados artificialmente.
  4. Aumentar estos excedentes bajando el nivel de vida de la población, es decir, disminuyendo la demanda interna, sólo producirá dificultades mayores para, cuando el tirón del comercio exterior se agote, volver a requerir una demanda interna -repito, deprimida hoy adrede- para tirar del carro."                   (Jorge Verstrynge , El Viejo Topo,  09/12/22)

12/1/23

En este año que acaba, la ideología económica neoliberal ha hecho un ridículo histórico... A Lizz Truss le ha correspondido protagonizar el coitus interruptus más clamoroso de la política económica... provocó tal desastre que solo pudo aguantar 45 días aplicando esas ideas... desde que se aplicaron políticas liberales, la tasa de crecimiento fue menor y cayeron los ingresos de la inmensa mayoría de la población y de las pequeñas empresas. Los capitales se orientaron hacia las finanzas especulativas, más rentables que la actividad productiva. así que las crisis, la deuda y la desigualdad alcanzaron los niveles más elevados de la historia contemporánea... Hasta la pandemia, todo se disimulaba por el poder de las grandes empresas que dominan los medios de comunicación... La crisis que empezó en 2007 fue un primer aviso... con la del covid-19, el planeta se vio envuelto en un shock tan traumático, que Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como máscaras y otros equipos de protección... Para evitar que la economía colapsara, los gobiernos tuvieron que intervenir masivamente, los servicios públicos resultaron esenciales y los principios neoliberales se guardaron en el cajón. Ningún gobierno tuvo la insensatez de aplicarlos. Y cuando lo hicieron, como ocurrió con la política de vacunas, se produjo un desastre... la aplicación de las reglas neoliberales de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio inhibió la producción de vacunas en muchas partes del mundo... por todo esto, hoy, los organismos internacionales piden a los gobiernos que establezcan impuestos sobre los más ricos y las ganancias extraordinarias

 "Hasta que estalló la pandemia, los efectos negativos de las políticas neoliberales se disimularon sin demasiada dificultad gracias al enorme poder mediático y cultural de las grandes corporaciones. La crisis de la covid-19 demostró, ya sin paliativos, que sus principios de actuación sirven para que ganen más dinero los ricos, pero no para resolver los problemas socioeconómicos de mayor envergadura. En este año que acaba, la ideología económica neoliberal ha hecho un ridículo histórico.

Desde finales de los años setenta del siglo pasado se comenzaron a aplicar en casi todo el mundo políticas económicas inspiradas en el liberalismo decimonónico. Sus principios son bien conocidos: el mercado es el único sistema que resuelve bien los problemas económicos; el capital y las empresas son racionales y, por tanto, quienes mejor saben las decisiones que hay que tomar para que la economía funcione de la mejor manera, de modo que hay que darles la mayor libertad posible; no hay que preocuparse si la renta se concentra en los más ricos porque se producirá un goteo que hará que los ingresos lleguen a todos; la intervención del Estado es nefasta, cuanto menos impuestos se establezcan más se recaudará y lo mejor es que cada cual se resuelva sus problemas, dejando que la caridad y la buena voluntad ayude a los necesitados.

Las consecuencias de la puesta en marcha de estas políticas están perfectamente documentadas en cientos de estadísticas e investigaciones. La tasa de crecimiento de la actividad económica fue menor y cayeron los ingresos de la inmensa mayoría de la población y de las pequeñas y medianas empresas. Buscando el mayor beneficio, los capitales se orientaron hacia las finanzas especulativas, más rentables que la actividad productiva. En consecuencia de ambas circunstancias, el número de crisis, la deuda y la desigualdad alcanzaron los niveles más elevados de la historia contemporánea. El neoliberalismo fue extraordinariamente exitoso para proporcionar beneficios más elevados a las grandes corporaciones empresariales y financieras, pero debilitó a la economía productiva y la capacidad de creación de valor y riqueza: hambriento de la ganancia que se podía obtener sin límite, el capitalismo se consumía a sí mismo y enfermó de empacho.

Hasta la pandemia, todo eso se disimulaba sin problemas gracias al poder inmenso de las grandes empresas que dominan los medios de comunicación, mantienen grupos de presión capaces de influir en las decisiones políticas, y financian a académicos, magistrados, policías, militares, periodistas, partidos, organizaciones no gubernamentales o fundaciones para que difundan o apliquen las ideas que les benefician.

La crisis que empezó en 2007 fue un primer aviso y ya antes de la del covid-19 muchos dirigentes de las mayores empresas y bancos mundiales comenzaron a darse cuenta de que las cosas estaban fallando y de que ese capitalismo voraz y embriagado de beneficio y poder estaba destrozando sus propios cimientos. Comenzaron a hablar sin ambages de la necesidad de "reiniciarlo" pero la covid-19 puso todo patas arriba.

Cuando el planeta se vio envuelto en un shock tan traumático, ya no se pudo disimular lo que estaba pasando: una globalización concebida y diseñada con el exclusivo propósito de dar plena libertad al capital para que produzca con el menor coste posible y obtenga el máximo beneficio generaba un déficit extraordinario en seguridad y riesgos muy costosos; y dejar que solo los mercados y la iniciativa privada resolvieran los problemas económicos se reveló como suicida. Como escribió hace unos meses Joseph Stiglitz, "Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como máscaras y otros equipos de protección, y mucho menos artículos más sofisticados como pruebas y ventiladores". Para evitar que la economía colapsara, los gobiernos tuvieron que intervenir masivamente, los servicios públicos resultaron esenciales y los principios neoliberales se guardaron en el cajón. Ningún gobierno tuvo la insensatez de aplicarlos. Y cuando lo hicieron, como ocurrió con la política de vacunas, se produjo un desastre. Como también dice Stiglitz, la aplicación de las reglas neoliberales de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio inhibió la producción de vacunas en muchas partes del mundo, provocando la muerte innecesaria de miles de personas.

Cuando se decía que pronto entraríamos de nuevo en la normalidad, las cosas volvieron a complicarse. La inseguridad y los bloqueos derivados de la globalización neoliberal, el enorme poder sobre los precios de las grandes empresas, la crisis climática, la especulación financiera, la debilidad del tejido empresarial que se dedica a crear riqueza y los problemas geopolíticos asociados a una sociedad mundial gobernada por los mercados y los capitales y no por instituciones democráticas... es decir, los grandes problemas que habían venido generando casi cuarenta años de políticas neoliberales se hicieron más patentes que nunca y han hecho que 2022 haya sido el año en que se ha desatado una nueva crisis. La describo con detalle en un libro de Ediciones Deusto que estará a la venta a finales del próximo enero con el título Más difícil todavía.

Pero lo interesante de lo ocurrido en estos últimos 12 meses es que la ideología económica neoliberal no solo se ha mostrado de nuevo como incapaz de proporcionar algo más que beneficios a los más ricos. Ha sido el año en el que ha quedado públicamente en evidencia, haciendo un espantoso ridículo.

A los neoliberales británicos y a Lizz Truss en particular les ha correspondido el honor de protagonizar el coitus interruptus más clamoroso y transparente de la historia de la política económica. Después de repetir como papagayos el mantra neoliberal, asegurando que la solución frente a la caída de la actividad económica era bajar impuestos a los ricos, reducir el gasto público y dar plena vía libre a los mercados, provocaron tal desastre que solo pudieron aguantar cuarenta y cinco días aplicando esas ideas desde el gobierno.

No ha sido esa la única marcha atrás en 2022 del neoliberalismo económico. En España se ha tenido que reconocer que las subidas del salario mínimo han ayudado a reactivar el mercado interno gracias al mayor consumo de los trabajadores de menor renta y que no ha tenido los efectos devastadores anunciados; la bondad para fortalecer el empleo de las reformas laborales que desactivaban los aspectos más negativos de las anteriores de perfil más neoliberal; o que bajar impuestos no es lo que aumenta la recaudación. En Europa se ha terminado aceptando que hay que corregir a los mercados para frenar la subida de precios, que las empresas no sobreviven sin el apoyo del Estado, o que las inversiones públicas son imprescindibles; la ley para la reducción de la inflación o la nueva estrategia industrial de Biden son misiles en la línea de flotación de la ideología neoliberal; y los organismos internacionales piden a los gobiernos que establezcan impuestos sobre los más ricos y las ganancias extraordinarias. Por no hablar del cambio de estrategia de miles de empresas de todo el mundo para evitar los fallos de seguridad y resiliencia a los que ha llevado el buscar tan solo el mínimo coste.

Escribió Stendhal en La cartuja de Parma que "no existe lo ridículo cuando nadie lo nota". A los neoliberales se les ha notado en este año que acaba. Los ideólogos y los burócratas de la patronal no lo reconocerán, a quien se juega los cuartos más le vale ser realistas, darse cuenta de lo que se nos viene encima y cambiar de discurso y estrategia."                     (Juan Torres López , Público, 29/12/22)

14/12/22

Los nuevos extractores de renta ya no solo se quedan con las plusvalías de los trabajadores... Trabajadores y empresarios se están convirtiendo en los esclavos de los nuevos señores feudales, aquellos que extraen las rentas del suelo, de la vivienda, del espacio radioeléctrico, del ciberespacio, del medio ambiente, del trabajo, de todo. Y de esto va el capitalismo actual. La confrontación entre rentistas y el resto... Los buscadores de rentas han actuado a sus anchas, con el consentimiento o aquiescencia del poder político. Durante esta fase, los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo... Durante este período, los grandes evasores de impuestos se frotaban las manos observando cómo no se hacía nada contra los paraísos fiscales -Luxemburgo, Suiza, Singapur…-... el capital se estancó. Durante esos años, el principal motor de la actividad económica fueron actividades especulativas financiadas con deuda... Parafraseando a Frank Delano Roosvelt, ello requiere luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, y los intereses bélicos

 "Uno de los aspectos que más me sorprende en la actualidad es el carácter psicopático y las propuestas distópicas de los que se autodenominan liberales. No muestran el más mínimo atisbo de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, y mucho menos una compasión ante los más débiles. Su individualismo extremo y la ausencia en sus postulados del bien común los han convertido en una ideología tremendamente perniciosa. 

Se refleja en su visión de los salarios, del acceso a la vivienda, de las pensiones, de lo que está sucediendo con los precios de la luz, de la energía, de los alimentos... Lo peor es que aún no se han dado cuenta de que sus propuestas y sus recomendaciones nos han traído un nuevo feudalismo, aderezado con una ineficiencia económica creciente. Su actitud haría sonrojar a los liberales del siglo XIX.

Los actuales defensores del liberalismo, aquellos que se alzan contra el papel del Estado en la economía, no solo no han manifestado especial interés hacia el bienestar de las clases trabajadoras, ni deseo de elevar sus salarios, sino que han negado toda justicia al empleo de los poderes gubernamentales con ese propósito. La doctrina liberal dominante se ha entremezclado con las teorías que arrojan sobre las leyes de la naturaleza la responsabilidad de la miseria de las clases trabajadoras, y fomentan una profunda indiferencia y culpabilidad hacia sus padecimientos. 

Por ello los liberales condenan la intervención gubernamental respecto de las horas de trabajo, del tipo de los salarios, del empleo de las mujeres, de la acción de los sindicatos, proclamando que la ley de la oferta y la demanda es el único regulador verdadero y justo. Han ignorado de manera sistemática la monstruosa injusticia de la distribución actual de la renta y la riqueza. Pero además nos han traído uno de los períodos históricos de mayor ineficiencia económica.

Los extractores de rentas, esos nuevos señores feudales

Disiento profundamente de quienes dicen que al Estado no le incumbe ocuparse del nivel de los salarios, ni del salario mínimo o máximo, ni de la jornada laboral, ni del salario de las mujeres. Todo lo contrario, el aumento de los salarios es un fin legítimo de la política económica. Elevar y mantener los salarios es el objetivo que deben buscar todos aquellos que viven de los mismos, y los trabajadores tienen el derecho de defender toda medida que conduzca a este resultado. En realidad el liberalismo que emergió con la llegada de Margaret Thatcher y Ronald Reagan al poder tenía como objetivo último debilitar al factor trabajo y reducir los salarios. En ese contexto el único elemento de mejora social fue la deuda, diseminada además por un sistema bancario que fue desregulado y abandonado a la suerte de la autorregulación, toda una infamia económica.

“El capitalismo está bajo una seria amenaza porque ha dejado de proveer para las masas. Y, cuando eso sucede, las masas se rebelan contra el capitalismo”. Esta advertencia no la realizó ningún marxista irredento. Fue un aviso en toda regla del que fuera economista del Fondo Monetario Internacional y exgobernador del Banco Central de la India, Raghuram Rajan. En el trasfondo, la falta de oportunidades, la desigualdad extrema, y cómo los mercados y los gobiernos, guiados por esa broma pesada de gobernanza económica llamada neoliberalismo, han dejado a la mayoría de la ciudadanía colgada de un hilo muy fino.

El capitalismo en su fase actual está en una fase de degeneración. La financiarización de la economía global ha propagado una clase de rentistas que nada tienen que envidiar a los del medievo. Las sociedades, incluso las aparentemente democráticas, vuelven a estar regidas por una red de relaciones señoriales, donde un estamento privilegiado, conectado e imbricado en los gobiernos de turno, se dedica a extraer las rentas y riquezas del resto de la ciudadanía. Y esa superclase controla casi todos los tentáculos del poder, incluidos los medios de desinformación masiva.

Los nuevos extractores de renta ya no solo se quedan con las plusvalías de los trabajadores. Es mucho peor de lo que incluso Marx podía intuir. Van más allá de lo inimaginable. Se están apropiando también de las rentas generadas por quienes producen. Trabajadores y empresarios se están convirtiendo en los esclavos de los nuevos señores feudales, aquellos que extraen las rentas del suelo, de la vivienda, del espacio radioeléctrico, del ciberespacio, del medio ambiente, del trabajo, de todo. Y de esto va el capitalismo actual. La confrontación entre rentistas y el resto. El problema es la actitud de complacencia de los gobiernos de turno, controlados desde la sombra por esa superclase de rentistas que rige el planeta, y cuyas actividades no están sujetas a ningún control democrático.

Los buscadores de rentas han actuado a sus anchas, con el consentimiento o aquiescencia del poder político. Durante esta fase, los salarios de los trabajadores han perdido poder adquisitivo, mientras se cerraban empresas bajo el pretexto de buscar mayores ganancias a través de la explotación de mano de obra barata en el extranjero. Durante este período, los grandes evasores de impuestos se frotaban las manos observando cómo no se hacía nada contra los paraísos fiscales -Luxemburgo, Suiza, Singapur…-. Durante ese tiempo, excluyendo la tierra y la vivienda, el capital se estancó. Durante esos años, el principal motor de la actividad económica fueron actividades especulativas financiadas con deuda.

En este contexto, si aquellos que rigen nuestro devenir quieren realmente que el sistema capitalista no acabe colapsando, como advierte Raghuram Rajan, deben empezar por plantar cara a rentistas de distinto pelaje. El sistema actual no proporciona igualdad de oportunidades. Es urgente mejorar las oportunidades de la gente, y ello pasa sin duda por una reactivación del control democrático del poder y un fortalecimiento del Estado. Parafraseando a Frank Delano Roosvelt, ello requiere luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, y los intereses bélicos."                   (Juan Laborda  , El Salto, 10/12/22)