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31/3/23

La huella nazi en los primeros pasos del franquismo

 "El mismo día en que las tropas germanas invadían Polonia, Adolf Hitler firmaba uno de los pocos documentos que le involucraría directamente en el primer proceso de exterminio dirigido por el Tercer Reich hacia un colectivo por razones puramente raciales. La carta, dirigida a su médico personal, Karl Brandt, y al jefe de la Cancillería del Reich, Philipp Bouhler, abrió la puerta durante los siguientes dos años al asesinato de miles de enfermos mentales de todos los asilos y centros psiquiátricos diseminados por Alemania y Austria.

Esta orden que incriminaría a gran parte del colectivo científico alemán formado por médicos, enfermeras, personal sanitario y químicos, con la colaboración de las administraciones municipales, llevaba el nombre en clave de “Aktion T4″. A finales de agosto de 1941, Hitler tuvo que suspender temporalmente el programa debido a las protestas de las iglesias católicas y protestantes, encabezadas por el cardenal Von Galen, y a las sospechas de los familiares de los pacientes, que comenzaron a desconfiar de las justificaciones y explicaciones ofrecidas en los certificados de defunción.

Si bien en España se desconocía el exterminio de aquellos pacientes en las cámaras de gas instaladas en centros operacionales como Hartheim o Grafeneck, no era nuevo, en cambio, el caluroso debate que había originado en 1933 entre la comunidad científica española la legislación nacionalsocialista que implantó la obligatoriedad de esterilizar las lebensunwertes leben (vidas inútiles). Durante la Segunda Guerra Mundial, y a diferencia de la intromisión propagandística en los ámbitos político, económico, social o cultural, la bibliografía sobre la cuestión racial en términos biológicos y genéticos tal y como se planteaba en el ideario nacionalsocialista no tuvo tanta ascendencia en la España ultraconservadora de los años cuarenta. Cabe destacar, aun así, el volumen Du und das Leben del futuro premio Nobel en 1973 y descubridor del lenguaje de las abejas Karl von Frisch, que llegaría a España en 1942 —escasos meses después, por tanto, de la cancelación de la Aktion T4— de la mano de la Editorial Labor con el título en español Tú y la vida. Una biología moderna para todos.

“La degeneración de la raza”

En este libro destacaban, por encima de todo, aquellas páginas en las que el etólogo austriaco y profesor de la Universidad de Múnich achacaba la degeneración de la raza humana a la protección excesiva que se hacía de los deficientes mentales, mientras que “la parte sana y valiosa del pueblo” limitaba su descendencia. De ahí que tomara partido por una política eugenésica del tipo genetista (potenciación de matrimonios racialmente puros, prohibición de la mezcla racial, obligatoriedad de la esterilización...) —que no conductista como la defendida por Vallejo-Nágera a través de los consejos prematrimoniales, que Von Frisch consideraba insuficientes para “evitar el mal”—.

Desde la Ley para la Protección de la Salud Hereditaria y las Leyes de Núremberg, estas medidas estaban protegiendo a la raza humana (aria) frente al paciente enfermo, que era una carga y una amenaza para la sociedad. Al final (recordemos que el libro fue publicado en su primera edición en 1936), su autor vaticinaba, con un lenguaje eufemístico similar al documento que el Führer firmaría tres años después, el cumplimiento de las “muertes dignas” de la Aktion T4: “Si el hombre intenta alguna vez llevar a cabo la supresión de los incapaces, debe emplear para ello, naturalmente, métodos de humanidad”.

Aquella frase retumbó en los oídos de las altas jerarquías eclesiásticas españolas, que censuraron el libro de Karl von Frisch no tan solo por hacer apología de la esterilización y de la eutanasia, sino también porque defendía la teoría darwinista del origen del hombre. Y es que la injerencia religiosa de la Iglesia sobre asuntos (pseudo)científicos no se distanciaba tampoco del influjo que, por otra parte, ejercía el ideario nacionalcatólico en la obra de personalidades como Antonio Vallejo- Nágera. La coyuntura internacional, con un Tercer Reich en la cúspide de sus conquistas, continuó manteniendo la llama del análisis y la formulación del concepto de raza, con el nazismo como referente, entre la intelectualidad española y, muy especialmente, entre sus más prominentes científicos, médicos y psiquiatras. En este último aspecto, tanto Vallejo-Nágera como Misael Bañuelos, que habían mantenido diferentes posiciones a la hora de pensar en la regeneración de la decadente raza hispana en Política racial del Nuevo Estado y Problemas de mi tiempo y de mi Patria, respectivamente, volvían a verse confrontados a través de los ensayos que publicaron a principios de la década de 1940.

Las teorías biotipológicas de Ernst Kretschmer

En la producción de Vallejo-Nágera de estos años hay que destacar el volumen Niños y jóvenes anormales.

Siguiendo la estela de sus libros publicados durante la Guerra Civil, el psiquiatra palentino continuaba abordando una de sus principales líneas de investigación: la degeneración racial. Como señalaba en la introducción, su objetivo consistía en estudiar la biopsicología de individuos “anormales” para indagar en métodos educativos que corrigieran desde la más tierna infancia sus defectos. Esto comprendía los casos de “deficiencia intelectual juvenil”, excluyendo “los grados profundos de idiotez e imbecibilidad” que resultaban “ineducables”. En comparación con la cúpula científica nazi que durante la publicación del libro estaba asesinando sin distinción a todos aquellos “oligofrénicos”, “niños imbéciles”, “débiles inestables”, “débiles pasivos” o “débiles activos” que eran susceptibles, según el autor, de “escolaridad” en centros especiales, Vallejo-Nágera volvía a rechazar la preeminencia del cuerpo (léase rasse en términos nacionalsocialistas) por encima del alma, puesto que en la personalidad y enfermedades mentales de un individuo influían diferentes fuerzas ambientales: climatológica, familiar, escolar, religiosa, económica, estética, social, política, etc. Abogaba, en cambio, por una simbiosis entre lo somático y lo espiritual que le llevaría a exponer y a defender las teorías biotipológicas de Ernst Kretschmer —quien llegó a colaborar con el régimen nazi a pesar de sus protestas iniciales en 1933—, en las que se establecía una conexión entre la figura corporal y las enfermedades psicológicas.

Aunque Vallejo-Nágera, como pedagogo y psiquiatra, buscó en los tres “biotipos” de Kretschmer una determinada orientación pedagógica para solventar la educación de los “niños y jóvenes anormales”, aquellas clasificaciones genéticas o biotipológicas quedaron tergiversadas por el contexto del Tercer Reich al que solo le importaba llevar a cabo una biopolítica racial que justificara el exterminio de deficientes mentales, gitanos, eslavos o judíos. Lejos de postulados educativos, pedagógicos, espirituales o religiosos se situaba, por el contrario, su partenaire en cuestiones eugenésicas, el doctor Misael Bañuelos. Con su obra más importante de los años cuarenta (Antropología actual de los españoles), Bañuelos aportaba a la bibliografía española uno de los pocos volúmenes sobre estudios raciales en consonancia con la política racista del Tercer Reich y con todos aquellos pioneros e inspiradores de la rassenkunde (ciencia racial) nazi como el conde de Gobineau, Houston Stewart Chamberlain, Alfred Rosenberg, Georges Vacher de Lapouge o Hans F. K. Günther. Emulando a este último antropólogo en Rassenkunde des deutschen Volkes (Ciencia racial del pueblo alemán, 1922) y su tesis de que los rasgos físicos de una raza correspondían a un carácter y temperamento específicos, Bañuelos se dedicaba a analizar todas las clases de razas que convivían en España. Destacaba el componente nórdico —pondrá como modelo histórico a Cervantes—, cuyos rasgos biotipológicos coincidirían, tanto en su belleza física como en la superioridad crítica e intelectual, con los de la mayoría de los “dominadores, señores y conductores de todos los pueblos del mundo culto”.

Bañuelos se apuntaba sin miramientos a la teoría rosenberguiana de que el esplendor o la decadencia de las naciones e imperios dependían de la cantidad de sangre nórdica que tuvieran sus dirigentes. Esta se encontraba especialmente entre la nobleza de Castilla, responsable directa de episodios de la historia de España de fuerte germanización como la presencia de los visigodos, el espíritu de la Reconquista o la colonización de América. Sin embargo, este elemento nórdico había ido disminuyendo desde la época de los Austrias, repercutiendo en el ámbito moral e intelectual de la vida nacional, hasta el punto en que podía observarse como en la España contemporánea prevalecía el componente racial preasiático, judío y oriental. Lo que no podía ocultar aquel volumen, que bebía desordenadamente del Ortega de España invertebrada o, especialmente, del último José Antonio de Germánicos contra bereberes, era su deplorable contenido racista: un racismo sin veladuras para afirmar no solo que la mezcla racial iba en perjuicio de la pureza aria, sino también para reiterar la obligación que tenían los países de proteger a los individuos mejor dotados a partir de una legislación como la alemana. Podemos concluir que, al igual que la ideología nacionalsocialista, su interpretación biológica de la raza no sería el único elemento que le distanciaría del catolicismo antirracista de Vallejo-Nágera. Misael Bañuelos dudaba, a la postre, de la eugenesia conductista promovida por su colega, porque decía estar seguro de la escasa influencia sobre las razas del “medio ambiente, nutrición, condiciones climáticas, género de vida y profesión”.                (Marco da Costa , El País, 29/03/23)

28/2/23

Las mujeres españolas que certificaron su “pureza aria” para casarse con nazis

 "A finales de los años treinta, las autoridades de Mallorca exigían pureza sanguínea a las interesadas en contraer matrimonio, una práctica de la que no se ha hallado constancia en el resto de Balears ni en otras regiones del Estado.

“Deseando demostrar que pertenezco a la raza Aria y no Hebraica, suplico a V.S. que se sirva expedirme un certificado en el que conste dicho concepto”. El 19 de enero de 1939, Margarita Horrach, vecina de Palma, se dirigía por escrito al auditor de guerra y entonces alcalde, Mateo Zaforteza Musoles, para acreditar que no tenía ascendencia judía. Como ella, al menos otras 45 mujeres, acompañadas por varios testigos, hacían lo propio ante los máximos responsables municipales. En plena vigencia de las leyes raciales y antisemitas de Núremberg –que preconizaban la superioridad de la raza aria–, las mujeres de Mallorca debían obtener un certificado de pureza sanguínea si querían contraer matrimonio con militares italianos y alemanes, una práctica de la que no se ha hallado constancia en el resto de Balears como tampoco en otras regiones españolas.

Ocultos en el hueco de una pared de la Secretaría General del Ajuntament de Palma, bajo una espesa nube de polvo y salpicados por excrementos de paloma, los expedientes de limpieza de sangre fueron hallados en 1998 por el historiador y entonces archivero Pedro de Montaner. Su mujer, la también historiadora Magdalena de Quiroga, decidió entonces documentar los casos e investigar qué fue lo que sucedió. A su juicio, que los papeles se encontrasen escondidos tras otros legajos es “una muestra clara de querer hacerlos invisibles”, como expone en el libro que, más de veinte años después del hallazgo, ha publicado bajo el título Expedientes de limpieza de sangre en Mallorca entre 1938 y 1940, recientemente editado por Llibres Ramon Llull.

“Al defenderme del judío, lucho por la obra del Supremo Creador”, dejó escrito Adolf Hitler en sus memorias, Mein Kampf (Mi lucha). Era 1935. El 15 de septiembre de ese año, la Alemania nazi daba luz verde a la Leyes de Ciudadanía del Reich y para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes, el cuerpo legal que legitimaba la persecución de los judíos en el país germano. Entre otros preceptos, las nuevas normas prohibían los matrimonios mixtos entre 'arios' y judíos y decretaban que los ya existentes debían disolverse. Centenares de parejas fueron convocadas por la Gestapo entre 1942 y 1943 para ser examinadas y detenidas provisionalmente. Varias semanas después, la mayoría de ellas serían deportadas a los campos de concentración de Auschwitz. 

 El espíritu de las Leyes de Núremberg no tardó en extenderse por Europa, llevando a países como Francia, Italia y Suecia a promulgar sus propias normas raciales. “Bastaba con que uno de los progenitores fuera de raza hebraica para que todo el peso de la ley cayera sobre la familia y los hijos o que perdiera la patria potestad sobre ellos”, subraya Quiroga respecto al país transalpino, que en 1938 daba luz verde a su Provvedimenti per la difesa della razza italiana. En la misma línea, Francia prohibió los matrimonios mixtos. Y Suecia fue mucho más allá. Como investigó Anders Largert –y recoge la historiadora mallorquina en su libro–, el país nórdico exigió a todo aquel que quisiera casarse con ciudadanos alemanes una “declaración de honor” que demostrase que ninguno de sus abuelos fuera descendiente de judíos e incluso, durante más de cuarenta años –hasta 1996–, llegó a esterilizar a 230.000 personas por razones de “higiene social y racial”.

Salvo en Mallorca, no hay expedientes similares en España

La investigadora señala que, en el caso de España, salvo en Mallorca, se desconoce la existencia de expedientes similares. “O desaparecieron o no se llegaron a elaborar”, recalca. Quiroga asevera que no hay que perder de vista la situación en la que se hallaban en la isla las familias oficialmente consideradas de ascendencia judía, que difería del resto del país en general y de Menorca y Eivissa en particular. Y es que las conversiones masivas llevadas a cabo durante los siglos XIV y XV habían prácticamente borrado el recuerdo de los antiguos apellidos judíos.

Sin embargo, en Mallorca, el hecho de que en el desaparecido convento de Santo Domingo fuesen expuestos públicamente los nombres de los condenados en los actos de fe del último tercio del siglo XVII –solo en 1679, ante una multitud expectante, se celebraron cinco actos de fe en los que fueron sentenciados 221 conversos– perpetuó su memoria.

La principal particularidad que unía a todos ellos eran 15 apellidos (Aguiló, Bonnín, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Piña, Pomar, Segura, Tarongí, Valls, Valentí y Valleriola) que conforman el núcleo del linaje de los 'xuetes', nombre con el que se conoce a los descendientes de una parte de los judíos mallorquines convertidos al cristianismo. Como explica Quiroga, al término del Antiguo Régimen unas 2.000 personas (un 3% de la población de Palma) portaban estos apellidos. Otros aspectos que les caracterizaban eran que prácticamente todos ellos vivían y trabajaban en unas calles muy concretas de la ciudad (en torno al antiguo 'call jueu'), se dedicaban principalmente al comercio o a la joyería y mantenían unas estrictas relaciones endogámicas.

“La perpetuación en el tiempo de algunos de los rasgos más característicos de la apariencia física de los 'xuetes' se explica, precisamente, por la endogamia y las estrechas relaciones de consanguinidad mantenidas entre los distintos grupos y subgrupos de la Gent del Carrer [como se denominaba a este colectivo]”, explica Quiroga. La persecución de los conversos a partir de un auto de fe dictado por las autoridades inquisitoriales en 1673 –que consagró oficialmente a los 'xuetes' como 'grupo judaizante'– creó entre ellos “un espíritu de defensa contra la hostilidad exterior, que se traduciría en actos de socorro mutuo y solidaridad”, añade. Ya a finales del siglo XVIII, Carlos III intentó erradicar, mediante las Reales Cédulas de 1782, 1785 y 1788, la marginación a la que se encontraban sometidos los 'xuetes' anulando todo tipo de diferencias entre estos y el resto de mallorquines.

Sin embargo, el estigma no desapareció por completo y así fue testimoniado a finales de los años treinta, mientras las fuerzas fascistas de Benito Mussolini se asentaban en Mallorca para apoyar la sublevación militar contra la Segunda República y la Alemania nazi embestía imparable Europa. “Hitler insistía en que la contienda española continuase de manera que la presencia italiana en Mallorca pudiera continuar”, subraya Quiroga en su libro, en el que explica cómo, en poco tiempo, la cifra de pilotos y mecánicos procedentes del país transalpino alcanzó el millar.

Los italianos comenzaron a “lucirse” por las calles de Palma

Fue entonces cuando, relata, los italianos comenzaron a “lucirse”, dejándose ver por toda la isla y, sobre todo, en Palma. Su presencia era habitual en el muy transitado paseo del Borne y “las mujeres de todas las edades no ocultaban su entusiasmo por aquellos jóvenes que tan simpáticos se sabía mostrar, y ello exaltaba los celos de los mallorquines, que tenían hacia ellos un sentimiento de rabia”, como dejó plasmado el historiador Josep Massot i Muntaner en su obra La Guerra Civil a Mallorca. ¿Cuál era el problema? La investigadora explica que la política de exterminio de los judíos inspirada por el gobierno alemán encontró “un campo perfectamente cultivado en Mallorca, en donde 'se sabía' que persistía un marcado desprecio hacia los descendientes de los judíos conversos”.

Como detalla Quiroga, conocedores de la existencia del problema 'xueta' y de la posibilidad de identificarlos por sus apellidos, grupos nazis dependientes del gobierno alemán reclamaron a España un censo de los descendientes de los judíos mallorquines para poder deportarlos en su momento a los campos de concentración, como estaban haciendo los de Francia e Italia. Ante tal petición, el entonces Obispo de Mallorca, Josep Miralles, intervino directamente para impedir que se entregasen las listas, en las que figuraban los portadores de los 15 apellidos 'xuetes'. Sin embargo, la presencia de tropas alemanas e italianas en la isla obligaba a los futuros pretendientes alemanes e italianos a demostrar la pureza de sangre de sus prometidas. Fue entonces cuando comenzaron a tramitarse los certificados que acreditasen que las mujeres no tenían ascendencia judía para poder casarse con ellos.

 Los documentos hallados en el Ajuntament de Palma configuran un fondo inédito compuesto por 46 'expedientes sobre no pertenecer a la raza judaica', como subraya la historiadora que ha investigado los casos. Cada uno de los expedientes consta de tres partes: una instancia escrita a mano o a máquina por la interesada o bien por sus padres dirigida al alcalde en la que solicitan un certificado de no pertenencia a la raza judaica o bien de pertenencia a la raza aria –o “Ariana” en algunos casos, por su equivalencia en italiano–. Para ello, se presentaban varios testigos, además del propio juramento. Otra de las partes la constituía el testimonio jurado y firmado de los testigos sobre la limpieza de sangre de la interesada –la limpieza afectaba a los apellidos paternos y maternos–, mientras que por último se expedía el propio certificado en el que se hacía constar que la mujer no pertenecía a la “raza hebraica”.

En el escrito presentado por Margarita H., además de su deseo de demostrar su pureza, también añadía que nunca había pedido limosna mientras que otro de los escritos, el de Francisca Besalduch, finalizaba con un “Dios guarde España y a V.E. muchos años” y un “¡Viva España! – iSaludo a Franco! – ¡Arriba España!”.

En ninguno de los escritos aparecía el nombre de la persona con quien la suplicante deseaba contraer matrimonio y, en varios de los documentos, tampoco se hizo constar para qué se había solicitado. “Es claro que, en el caso concreto de Mallorca, la indicación de no portar los conocidos apellidos de judíos –es decir, los apellidos chuetas– debió considerarse definitiva para probar la limpieza de sangre”, comenta Quiroga, quien considera innegable que los consulados interesados dispusieron de listados de 'xuetes' y que “no les fue extraña la problemática social de la isla”, sostiene.

A juicio de la historiadora, el responsable del archivo municipal de Palma debió de ocultar los expedientes al fondo de una pared del Ajuntament “probablemente por miedo a futuras represalias, o simplemente por vergüenza, en cualquier momento de la dictadura franquista”. “Puede ser, como ha sucedido tantas veces con los perseguidos y las minorías en general, para ocultar la realidad a las generaciones futuras”, sentencia."                      (esther Ballesteros, eldiario.es, 12/10/22)

16/9/22

Levi, Améry, Wiesel, Kertész, Semprún... o cómo relatar lo inimaginable... el Holocausto

 "La barbarie humana tiene en los campos de exterminio nazi uno de sus ejemplos más infames. Algunos de los rescatados hace 70 años de ese infierno, coincidiendo con el fin de la Segunda Guerra Mundial, dejaron testimonio escrito del profundo trauma que dejó un antes y un después de Auschwitz.

A partir de 1945 y de forma gradual, el Holocausto o la "Shoah", como también se conoce, se convirtió en un asunto literario y filosófico de primer orden en la segunda mitad del siglo XX.

Muchos supervivientes quisieron testimoniar sobre el sufrimiento y la desesperanza de esa inhumanidad, mientras en el plano filosófico surgía el concepto del "deber de memoria" y en el jurídico el de "crimen contra la humanidad".

Primo Levi, Jean Améry, Paul Celan y Tadeusz Borowski dejaron en sus escritos la dolorosa memoria de sus vivencias en Auschwitz, en los que trataron de exortizar el desgarro que tanto horror les produjo, pero no fue suficiente y terminaron suicidándose.

Levi (1999-1987) firmó la "Trilogía de Auschwitz", formada por "Si esto es un hombre" (considerada una de las mejores obras del siglo XX), "La tregua" y "Los salvados y los hundidos".

"Cada cual vivió el campo a su modo", decía Levi, italiano de origen sefardí que quería "no vivir y contar, sino vivir para contar" las atrocidades de las que fue testigo y que le hicieron saber lo que verdaderamente significa "yacer en el fondo".

Y la deshumanización, el aniquilamiento del cuerpo y del alma hasta que la persona queda reducida a la nada, que llevó a Levi a decir que habían sobrevivido los peores, en una selección negativa.

Para la memoria queda "Nuestro hogar es Auschwitz" y "Adiós a María", obras de gran crudeza del polaco Tadeus Borowsky (1922-1951), que trabajó en la sección de experimentación médica.

"Quien ha sufrido la tortura ya no puede sentir el mundo como su hogar", decía el intelectual austríaco Jean Améry (1912-1978), quien desarrolló esa perdida de confianza en la sociedad en "Más allá de la culpa y la expiación", al tiempo que clamaba justicia.

De Paul Celan (1920-1970), considerado como el más grande lírico en alemán de la posguerra, es el estremecedor poema sobre el Holocausto, "Muerte en fuga", que contradice la afirmación de Theodor Adorno de que tras Auschwitz no se podía escribir poesía.

Poesía, ensayo, teatro o novela; cualquier género vale para abordar la mayor experiencia traumática del siglo XX en Europa.

Pilar clave de esa literatura es "La noche", del premio nobel de la Paz Elie Wiesel (1928), a la siguió "El alba" y "El día".

"Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo (...) Nunca olvidaré aquel humo. Nunca olvidaré las caras pequeñas de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espiral de humo bajo un silencioso cielo azul. Nunca olvidaré estas llamas que consumieron para siempre mi fe".

Y nunca olvidó, como tampoco lo hicieron el francés Robert Antelme en "La especie humana", un relato de "horror peor que la muerte" y de reflexión sobre la vulnerabilidad del ser humano.

Ni el psicólogo austríaco Victor Frankl (1905-1997), quien mantuvo en "El hombre en busca de sentido" que incluso en la situación más extrema el hombre puede sobrevivir gracias a su dimensión espiritual.

El deber de memoria llevó al premio nobel de Literatura húngaro Imre Kertész (1929) a exponer en su trilogía "Sin destino", "Fiasco" y "Kaddish por el hijo no nacido" su filosofía de que Auschwitz y la "Shoah" forman parte de la cultura europea.

Novelar sus vivencias, pero 20 años después, fue lo que hizo el español Jorge Semprún (1923-2011) en "El largo viaje", un libro mítico en la lucha contra el olvido, y en "Viviré con su nombre, morirá con el mío" y "La escritura o la vida".

Existen cientos de testimonios escritos, grabados en audio y vídeo, en fotos, en museos de gran rigor y el propio campo de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, pero la mayoría de los testigos del Holocausto ya han fallecido. Los que quedan tienen más de 70 años.

Mantener presente la memoria para las generaciones que no vivieron la II Guerra Mundial es vital, según Elie Wiesel, para "protegernos" del fascismo y del antisemitismo, aún presentes."              (Catalina Guerrero, EFE, 30/01/15)

1/3/17

¿Por qué crece la extrema derecha fascista? En Alemania... por...

"En este análisis se rastrean las claves que han hecho del partido Alternative für Deutschland un actor relevante en un país donde hasta hace pocos años los movimientos políticos de extrema derecha eran marginales y se enfrentaban a una rotunda condena por parte de las instituciones y la opinión pública. 

En el origen del Rechtspopulismus. Trasfondo académico

Como en otros países europeos, habría que buscar el origen del que algunos denominan populismo alemán de derechas en el revisionismo histórico y en la banalización sistemática de los crímenes cometidos en nombre de y con la colaboración de una buena parte del pueblo alemán durante el régimen nacionalsocialista.

Aunque éste no es, por supuesto, un tema prominente en discursos electorales dirigidos a un ciudadano medio alejado de los debates entre historiadores y filósofos, el germen de la ruptura de tabús que ha hecho posible la entrada en escena de un discurso del odio contra el extranjero como el que vehicula el partido Alternative für Deutschland (Alternativa por Alemania, AfD en sus siglas alemanas) no se explica sin una cierta mirada al trasfondo académico en el que se origina.

Hasta finales de los ochenta, cuando la República Federal Alemana absorbió a la Democrática con el beneplácito de la comunidad internacional, la legitimación del nacionalsocialismo y sus crímenes como “respuesta comprensible” a la amenaza comunista en Alemania y Europa era una especie de bilis mal digerida que rumiaban en las esquinas intelectuales conservadores como Ernst Nolte o Joachim Fest, con una presencia importante en los órganos oficiales de conformación vertical de la opinión pública (Fest fue editor de la sección cultural del conocido diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung durante veinte años, entre 1973 y 1993) pero incapaces de intervenir con contundencia en la esfera de opinión verdaderamente decisiva en las democracias liberales, la esfera de la opinión plébica (de plebe: conformada por el rumor, el bulo, el meme).

Utillaje conceptual: “prensa de la mentira”, “traidores al pueblo” y “sobreextranjerización” 

Aunque Alternative für Deutschland no tiene una posición oficial con respecto al régimen nacionalsocialista y se muestra –por su antiislamismo-- favorable a la agresiva política de Israel en Oriente Próximo (de ahí que sea habitual, por ejemplo, ver banderas israelíes en las manifestaciones y eventos convocados por la organización), algunos de los conceptos políticos que manejan sus portavoces y simpatizantes no dejan lugar a dudas con respecto a la existencia de peligrosas continuidades entre la extrema derecha tradicional alemana y esta extrema derecha vestida de seda.

Nos referimos a conceptos como Lügenpresse o “prensa de la mentira”, expresión con la que la AfD y sus simpatizantes identifican a los supuestos “medios del régimen”, cadenas de televisión, periódicos y radios, en los que, supuestamente, se ofrece una imagen negativa de la “lucha por la salvación de la patria” que la organización encabeza.

 Tendremos ocasión de contrastar más adelante si, realmente, estos medios del régimen son tan críticos con la AfD como los impulsores del partido intentan hacer creer. Recordemos, de pasada, que el concepto Lügenpresse fue una de las expresiones recurrentes en el discurso nazi, empleada, entre otros, por el orquestador de la propaganda del régimen, Joseph Goebbels. 

Mediante el empleo de este concepto se pretende inmunizar contra toda crítica a los seguidores del partido y a las personas a las que se intenta atraer al mismo, planteando la existencia de una gran conspiración (de los intelectuales liberales y de izquierda, los grandes grupos de capital que financian los medios y los medios estatales controlados por el gobierno) contra la misma Verdad. No por azar el lema escogido por la AfD para sus últimas campañas electorales ha sido el de “Mut zur Wahrheit!” (¡Coraje hacia la verdad!).

Conceptos como “Volksverräter” (“traidor al pueblo”), empleados por la AfD para referirse a los miembros de otros partidos políticos, traidores al pueblo alemán con una política de fronteras abiertas destinada a acabar –por disolución racial y cultural-- con ese mismo pueblo, tampoco dejan lugar a dudas sobre el régimen y las ideas con las que entronca la pretendidamente “nueva” política de la AfD. Se trata de un concepto que Adolf Hitler empleó profusamente en las décadas de los veinte y treinta para referirse a los políticos alemanes que habían negociado la capitulación de Alemania en la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles.

 Los AfDistas vuelven a manejar impunemente este peligroso y revanchista concepto político en todas sus manifestaciones y eventos, en los que quizás la imagen más presente sea la de los numerosos carteles con el rostro de la canciller Angela Merkel acompañada de la nauseabunda etiqueta de “Volksverräterin”.

Términos como “Überfremdung”, otra invención conceptual de los nazis sin traducción directa en castellano (prueba la artificialidad de la palabra el que para traducirla al castellano haya que recurrir al circunloquio “sobre extranjerización”) o “Völkisch”, que identifica lo popular con lo nacional en un sentido excluyente, figuran también en un diccionario claramente escrito en caracteres góticos.    
   
El establishment judicial alemán: tolerancia radical al odio extremo 

A pesar de estas continuidades evidentes, la hábil supresión de toda manifestación de odio hacia los judíos, de las apologías abiertas del Tercer Reich o las absurdas negaciones del hecho inédito e inconmensurable del Holocausto que se encontraban en el programa de las formaciones de extrema derecha que la precedieron (y con las que, de hecho, la AfD comparte el noventa y nueve por ciento de sus posiciones políticas) han permitido al partido beneficiarse de una tolerancia judicial y mediática con la que no contó, por ejemplo, uno de sus antecesores, el Partido Socialista del Reich (SRP), prohibido en 1951.

En este sentido, el Tribunal Constitucional alemán ha jugado un papel importantísimo en la ruptura de tabús que explica la irrupción en la arena política de viejos y nuevos discursos del odio.

 Aunque no referida directamente a la AfD, la sentencia final con la que se cerró recientemente el largo proceso judicial abierto en 2013 para que se ilegalizara al Nationaldemokratischen Partei Deutschlands (NPD), un partido antisemita que niega el Holocausto y defiende abiertamente los “logros” de la Alemania del Tercer Reich, es un elemento que jugará un papel fundamental en la vida política alemana de los próximos años.

 El fallo del tribunal, pronunciado el pasado 17 de enero, constata que el NPD es un partido que ataca abiertamente los valores constitucionales y hace apología de la violencia contra los judíos y los extranjeros. Sin embargo, en virtud de lo que el tribunal considera como “una escasa relevancia en la vida política alemana” (dado su escaso atractivo electoral), considera su prohibición como una medida no justificada y que, de tomarse, resultaría desproporcionada.
Una sentencia semejante resulta, sin lugar a dudas, un espaldarazo del sistema judicial a la inclusión del discurso del odio en el menú democrático. La falacia liberal de la posibilidad y deseabilidad de una tolerancia total supone, como en otros casos, aceptar que los intolerantes sean admitidos como un jugador más en la competición democrática.

Esta tolerancia extrema hacia la extrema derecha aparece, además, en claro contraste con la legislación y sentencias judiciales que, poco a poco, han ido arrinconando a la izquierda revolucionaria en posiciones socialdemócratas y pacifistas, al ser catalogada toda llamada a la insurrección violenta, la presión “física” sobre empresarios y políticos o el mero sabotaje industrial como apología del terrorismo.

 De ahí que, aunque la AfD guste de presentarse como el partido antisistema por excelencia en la actual coyuntura política alemana, lo cierto es que se beneficia de un innegable trato de favor por parte del establishment judicial. En una perspectiva histórica ampliada al siglo XX, tal trato no debería resultar demasiado sorprendente.

 No, al menos, si se piensa en la decisiva participación que el Juristenstand tuvo en la construcción del régimen nacionalsocialista en los años veinte y treinta y en el importante rol vertebrador y legitimador que categorías jurídico-políticas como las desarrolladas por el jurista Carl Schmitt (conceptualizador de una política en la que el otro –el diferente, extranjero, opositor-- aparece designado como enemigo y se justifica un estado de excepción permanente como remedio al caos y al desorden) jugaron en el Estado nazi.
La creación de la AfD (2013). Marketing político y estrategas del Berliner Kreis
Como en muchos otros casos, la consigna de ser y representar una alternativa al sistema se revela falsa si echamos también una ligera ojeada a la trayectoria política de los principales cargos políticos de la AfD.

Sus tres principales fundadores y portavoces (Petry, Adam y Lücke, impulsores de la creación del partido en febrero de 2013) tuvieron un pasado político en la CDU, el gran partido conservador alemán en el sistema de partidos establecido tras la Segunda Guerra Mundial, al que pertenece la canciller Angela Merkel. Frauke Petry, elegida, no por azar, como la principal portavoz del partido, es la que menos huellas tenía que borrar, al no haber ocupado cargos importantes antes de formar la AfD.

Supuesta ‘cara nueva’ de la política alemana, Frauke Petry –que ahora considera a los conservadores uno de los “partidos del cártel”-- fue, en todo caso, miembro activo de la CDU por varios años.
El segundo de los progenitores de la AfD, Bernd Lücke, fue miembro de la CDU durante 33 años, ocupó varios cargos públicos relevantes y se distanció de los conservadores por su falta de agresividad hacia el Estado del Bienestar.

En efecto, hasta el momento de su entrada en la AfD, uno de los ingredientes más habituales y entrañables en todo desayuno auténticamente alemán (junto al pan integral, las salchichas y el Schorle) era uno de los repetitivos manifiestos neoliberales de Bernd Lücke.

Publicados en la amplia variedad de diarios a los que, más tarde, denigraría como Lügenpresse, Lücke nunca bajó los brazos en su lucha por las privatizaciones y el abaratamiento sistemático de la fuerza de trabajo, en su opinión el factor que mantenía estancada a la economía alemana.
Cabe preguntarse, en este sentido, si acaso la AfD y su discurso del odio no habrán sido la estrategia de evangelización elegida por Lücke y la derecha empresarial en su Segunda Venida a los desayunos auténticamente alemanes.

De momento no sólo han logrado colar en el discurso político cotidiano ideas consideradas tabú hasta hace pocos años, sino que (para expresarnos en la jerga de moda) han colocado en el centro del tablero político auténticos disparates y multitud de propuestas vulneradoras de los derechos humanos más esenciales, que ahora se consideran no sólo como debatibles, sino implementables y hasta dignas de encomio.

 No hay que olvidar, en este sentido, que un inmigrante calumniado, aislado y condenado perpetuamente a un estatuto jurídico de ilegalidad es, en realidad, un no-ciudadano y, sobre todo, un trabajador que carece de derechos y ni siquiera puede reclamarlos. Sobre este tipo de trabajadores y trabajadoras, el empresario puede ejercer impunemente un alto grado de violencia  económica, física y hasta sexual, como prueban la multitud de abusos que se registran tanto en Alemania como en nuestro país.
En cuanto al tercer padre-fundador de la AfD, Konrad Adam, su intimidad con el sistema resultará fuera de dudas si aclaramos que también fue miembro destacado de la CDU durante varias décadas y de su think tank, el Berliner Kreis (Círculo Berlinés, si lo traducimos al castellano; para ser aún más claros, la FAES germana).

Sus relaciones con la Lügenpresse fueron también estrechas, cariñosas y redituables, pues entre 1979 y 2000 fue redactor del ya citado Frankfurter Allgemeinen Zeitung. Entre 2000 y 2007 fue, además, corresponsal en jefe del periódico Die Welt.
La lista de antisistema reclutados por la AfD es demasiado larga como para ser condensada en un artículo. Mencionemos, a título de ejemplo, que otro de los  portavoces destacados del partido, Alexander Gauland, tiene un perfil prácticamente idéntico al de Adam: alto cargo de la CDU durante cuarenta años, miembro del Berliner Kreis y editor por largo tiempo de otro importante diario conservador (el Märkische Allgemeine).
A estas alturas de la exposición, los lectores críticos estarán, posiblemente, planteándose la pregunta de si esta AfD ‘revolucionaria’ no es, en realidad, un partido paraestatal surgido de las cavernas del Berliner Kreis. Pese a que su nacimiento y consolidación pueden explicarse sólo apelando a las  razones históricas de largo alcance que mencioné, la breve historia de la AfD resulta un indicativo claro de que su causa más inmediata radica en una perspicaz estrategia de marketing político.
Puesto que el nicho de mercado electoral racista y antimusulmán estaba ya, en cierta forma, perfilado y ‘existe’ en todos los países occidentales donde se combinan altas tasas de inmigración y una tolerancia judicial y mediática hacia los discursos alentadores del odio racial y cultural, muchos de ellos vecinos de Alemania, los antiguos miembros del Berliner Kreis a los que nos hemos referido no habrían hecho más que apropiárselo tras rediseñar de forma pragmática el ideario político tradicional de las formaciones de extrema derecha precedentes (adiós al antisionismo).

Utilizando además la etiqueta neutra de “Alternativa por Alemania” que, aunque patriótica, no incorpora referencias a lo Nac/zional o al Reich, el partido se abre a un campo potencial de votantes sin techo definido.
(Continuará…)2                  (José Luis Egío, CTXT, 08/02/17)

12/4/16

La historia y el Tercer Reich

"En el ranking de los hechos históricos que han sido objeto del mayor número de publicaciones a nivel global, destacan tres temas que han gozado de la predilección de los especialistas: la Guerra Civil española, la I Guerra Mundial y, a muchísima distancia en el primer puesto, se encuentran el nazismo y la II Guerra Mundial.

 Al referirnos a estos, estamos hablando de un fenómeno histórico que ha propiciado kilómetros y kilómetros de páginas de bibliografía académica (su faceta divulgativa en la literatura la multiplica exponencialmente), que hacen casi inmanejable el conocimiento de todo lo que se publica, teniendo en cuenta que el Holocausto judío por sí solo, es un capítulo con material ingente.

Para ayudarnos a entender cómo ha cambiado nuestra concepción de la Alemania nazi en los últimos 15 años, su nuevo contexto de estudio y las características de la sociedad y dictadura nacionalsocialistas, contamos ahora con El Tercer Reich, en la historia y la memoria (Pasado y Presente), de Richard J. Evans, profesor emérito de la Universidad de Cambridge y miembro de la British Academy y la Royal Historical Society. 

Evans, autor de una monumental trilogía de la era nazi (publicada en la década pasada por Editorial Península), reúne ahora una colección de ensayos y reseñas publicados en medios anglosajones como The London Review of Books, en donde analiza críticamente los trabajos más trascendentes de muchos de los expertos sobre la materia, prestando especial atención al nexo cada vez más intrincado entre historia y memoria, cuestión que aquí en España llevamos años tratando de conciliar con un éxito bastante desigual.

 Para el autor, “la memoria debe someterse al escrutinio detallado de la historia si quiere gozar de solidez, en tanto que las implicaciones de la historia para la memoria colectiva del nazismo en nuestros días deben ser expresadas con precisión y pasión”. 

El volumen contiene 25 capítulos independientes dentro de 7 unidades temáticas y esa apuesta por ofrecer este material fragmentado en un solo bloque nos permite apreciar el vasto conocimiento de Evans sobre las más variadas cuestiones del Tercer Reich. 

En ellos se examinan desde aspectos personales de Adolf Hitler, hasta las megalómanas implicaciones de sus planes para conseguir el dominio del mundo tras una ulterior victoria sobre Estados Unidos y la fantasmagórica conspiración judía mundial, a la vez que se dedica una unidad aparte al Holocausto

 Si hay algo criticable en el libro es la reiteración de algunos argumentos que, a causa de la primigenia dispersión de los artículos, es algo imposible de solucionar, al solaparse algunos de los temas tratados a lo largo del libro. Evans no olvida contextualizar los derroteros elegidos por los primeros estudiosos del nazismo. 

En las décadas posteriores a la guerra mundial, surgen en Alemania los enfoques intencionalista y funcionalista. Los primeros colocaron a Hitler en el centro de sus teorías, entendían que todo ocurrió porque así lo quiso el Führer y así lo tenía planeado de antemano, mientras que los segundos concluyeron que este se vio obligado a improvisar sobre la marcha. 

Tampoco faltaron a la cita intelectuales marxistas con el concepto de clase y los antagonismos y divisiones sociales como base estructural de su labor investigadora ni los que fijaron su atención en las raíces nacionales del nazismo, en la continuidad entre la Alemania imperial y el Tercer Reich. 

En cualquier caso, desde 1990, los historiadores de la Alemania de Hitler se han centrado de forma cada vez mas exclusiva en el Holocausto, y la ideología y el factor racial han pasado a ser el eje vertebrador de la historiografía y es aquí donde innegablemente Richard J. Evans se mueve con más comodidad.

“Herido y encarcelado, Adolf Hitler sigue siendo para nosotros el mismo que, intacto y en libertad, era: el necio más sustancioso que desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un necio cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un necio sin medida ni freno. Un necio monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima”. 

De esta manera irónica, mordaz e inteligente, describía Eugenio Xammar, corresponsal en Berlín de La Veu de Catalunya y Ahora en las turbulentas décadas de entreguerras, en una impagable entrevista a Adolf Hitler tras su intento de golpe de Estado de 1923 (El huevo de la serpiente, Ed. Acantilado), coincidiendo en esta descripción tan prematura y aguda del personaje con la idea actual que Evans y otros historiadores como Ian Kershaw tienen de su personalidad. 

El profesor británico no rehuye el envite de diseccionarlo y elige caminos llenos de interés como su relación con Eva Braun o la controvertida faceta de la posible locura del dictador nazi. ¿Podía un ser diabólico tener una relación sentimental y sexual normal? ¿estaba enfermo Hitler? 

Este aspecto de las enfermedades del Führer ha dado pie a escribir incontables páginas, en gran parte subproductos carentes de un mínimo de rigor. Evans, en su reseña de Was Hitler ill? (2013),de Eberle y Neumann, concurre con su amigo Kershaw, el biógrafo más reconocido del dictador, en que no estaba loco ni trastornado y era por completo responsable de sus actos. Como dijo este a EL PAÍS, “es cierto que la maldad de Hitler resulta más aterradora sin su locura”.
                      
Evans es un investigador todoterreno del nazismo pero si brilla especialmente es como historiador de lo social. Su análisis de los marginados sociales del Reich es sobresaliente y nos lanza un aviso necesario y útil para cualquier investigador del genocidio nazi: “El proceso no supuso un regreso a lo salvaje, describirlo como tal equivale a usar este vocablo en un sentido moral más que histórico, y en consecuencia, impide la comprensión seria y bien informada de la propensión nazi al exterminio”. 

 ¿Podemos juzgar moralmente el comportamiento de la sociedad alemana por su actitud frente al nazismo entre 1933 y 1945? ¿hubo coacción o hubo consentimiento? ¿cuál fue la reacción del alemán de a pie ante la deportación y asesinato masivo de judíos? Evans es taxativo y afirma que la violencia y el terror sufridos en todas las regiones europeas conquistadas desde 1939, en particular en el Este y por los judíos, formaban parte de la teoría y la práctica del nacionalsocialismo y fue algo que ya experimentaron en sus carnes millones de alemanes en mayor o menor grado, judíos, marginados sociales, y sectores de todo el arco político desde 1933.

La fortuna no fue esquiva con Hitler en casos concretos como el de la situación económica. Se hizo con las riendas de Alemania en el momento en que lo peor de la Gran Depresión ya había pasado y el rearme fue la medida que consolidó la recuperación económica, hasta el punto de acaparar en vísperas de la guerra la quinta parte del gasto estatal. 

 Pero, ¿cuál era la fuerza que guió a los gestores de la industria armamentística alemana? Una vez más, Evans ve necesario recurrir a la ideología para comprender a gente como Albert Speer, el ministro de Armamento, que en 1942, cuando los economistas nazis más realistas daban la guerra por perdida, el creía que no había nada irrealizable si mediaba “el triunfo de la voluntad”; o la gestión de compañías tan señeras como la Krupp, “foco, símbolo y beneficiario de las fuerzas más siniestras que han tenido bajo amenaza a la paz de Europa”, según el fiscal del proceso de Núremberg de 1947 a los industriales alemanes.
                            
Evans aborda el genocidio judío tratando de compararlo con otros asesinatos masivos del siglo XX. El mismo concepto de la comparación ya es un problema, pues muchos intelectuales lo definieron como crimen sin precedentes ni parangón en la historia. Las colectivizaciones forzosas en Ucrania en los años treinta, el exterminio de los armenios de 1915-16, las matanzas de tutsis en Ruanda en 1994… 

¿Tenía finalmente la “solución final” de los nazis a la cuestión judía rasgos que la hicieron diferente del resto de genocidios? Europa oriental sufrió la guerra de manera mucho más profunda que el resto de Europa con la puesta en marcha del macabro Plan General del Este de Heinrich Himmler, el jefe de la SS, que proponía la muerte por hambre de entre 30 y 45 millones de eslavos y judíos, y esta zona del mapa también sufrió las decisiones de Yósif Stalin, que tenía otros intereses en el control del territorio que incluían deportaciones y homicidios masivos.

 ¿Cuáles fueron los procedimientos y motivaciones de ambos dictadores en sus programas de genocidio y asesinatos en masa? Evans aprovecha este artículo para hacer una crítica muy dura al trabajo de Timothy Snyder, Tierras de sangre (Galaxia Gutenberg), del que no salva ni la prosa. Las nuevas teorías de Snyder sobre los genocidios habidos en Europa oriental durante este periodo han contado con la aclamación de muchos expertos sobre el nazismo, lo que provoca dudas sobre la ecuanimidad de Evans en su análisis.

 De hecho, acaba de publicar Tierra negra (Galaxia Gutenberg), un ensayo que plantea los posibles riesgos de repetición del Holocausto en un futuro incierto, que ha sido muy bien recibido por la crítica.

 Queda patente que el nazismo y Hitler como asuntos a tratar por los historiadores siguen siendo un filón inagotable en donde el rigor científico de autores como Evans es necesario para aportar luz al conocimiento del hombre que con su régimen político personificó la maldad humana y provocó la guerra más devastadora de la historia."            ( El País, 25 de enero de 2016)

9/10/15

El movimiento eugenésico noerteamericano... la inspiración de Hitler

 
Conferencia sobre la eugenesia celebrada en Kansas en 1925. / Age Photostock

"El lío va a ser cuando lo descubra Donald Trump. El año próximo, mientras las internas norteamericanas derramen su luz sobre Occidente, se cumplirán cien años de un libro que influyó como pocos en la vida de ese país –y que tantos, después, quisieron olvidar.

Su autor, Madison Grant, había nacido en 1865 en Nueva York, en una de esas familias que se decían patricias porque habían desembarcado en el siglo XVII, cuando había que ser muy pobre para migrar a ese islote salvaje. 

Grant se educó en Yale y Columbia, se recibió de abogado, no ejerció porque no necesitaba y se dedicó, sobre todo, a la caza mayor. De ahí su interés por las ciencias naturales, que pronto se le volvió monomanía. En 1916, ya cincuentón, publicó su ópera magna: se llamaba The Passing of the Great Race –La Caída de la Gran Raza– y fue un éxito.

La Gran Raza era, por supuesto, la blanca, y el libro se dolía por su supuesta decadencia. Para explicarla empezaba por una clasificación donde dividía a los “caucasoides” –muy superiores a los “negroides” y “mongoloides”– en tres clases.

 Los “nórdicos” eran los mejores, después venían los “alpinos” y, al final, lacra viciosa perezosa y boba, los “mediterráneos”: griegos, italianos, españoles. De donde su tesis central: la inmigración indiscriminada de esos inferiores estaba destruyendo América; los brutos se reproducían tanto, con tal carga genética, que arruinaban el nórdico pueblo americano. 

Era una vergüenza, decía Grant, que sus compatriotas “quisieran vivir unas pocas generaciones de vida fácil y lujosa” importando esa mano de obra barata que arrasaría su raza.

América se derrumbaba, pero Grant le ofrecía sus soluciones: para los casos más extremos de la degradación proponía “un rígido sistema de selección a través de la eliminación de los débiles o incapacitados –los fracasados sociales– que en cien años nos permitirá deshacernos de los indeseables que colman nuestras cárceles, hospitales y manicomios”. Ni siquiera era necesario matarlos, decía: alcanzaba con esterilizarlos.

 “Es una solución práctica, piadosa e inevitable que puede ser aplicada a un círculo creciente de desechos sociales, empezando por el criminal, el enfermo y el loco para extenderla gradualmente a los tipos que podríamos llamar ya no defectuosos, sino débiles, y por fin a los tipos raciales inútiles”.

La eugenesia era una corriente poderosa, y La Caída fue su estandarte. Su prédica funcionó: pocos años después la Suprema Corte americana declaró constitucional la esterilización de los “débiles mentales”. En la década siguiente unas 60.000 mujeres fueron esterilizadas.

Fue uno de los grandes éxitos de Grant y los suyos; el mayor llegó cuando su insistencia consiguió acabar con la inmigración que había conformado su país. La Inmigration Act promulgada en 1924 por un Gobierno republicano estableció cuotas que limitaban al máximo la llegada de italianos, polacos, chinos, japoneses, judíos varios y cerró la primera gran ola migratoria americana.

La Caída de la Gran Raza se reimprime cada tanto, aunque sus editores no se atreven a poner en tapa la opinión de Adolf Hitler: “Este libro es mi biblia”. Dichas así, a lo bestia, sus ideas pueden sonar intolerables o ridículas. En su momento se consideraban científicas y produjeron efectos importantes: su recuerdo sirve para preguntarse qué ideas que tomamos en serio parecerán ridículas o intolerables en unas pocas décadas. 

Y, de todas formas, tras el mínimo barniz de la corrección política, sus conceptos reaparecen en cada patera mediterránea, en cada Trump gritando, en tantas charlas de café.

Madison Grant murió en 1937. Su libro se estudiaba, sus ideas influían, sus discípulos medraban. Él, mientras tanto, obsesionado por conservar, había dedicado sus últimas décadas al ecologismo, y descolló: se le debe, dicen, la supervivencia del bisonte y otras grandes bestias que el hombre amenazaba."                (   , El País, 22 SEP 2015)

9/2/10

La definición de nazismo

"El historiador catalán Ferran Gallego ha explicado hoy, en una conferencia en el Instituto de Estudios Europeos de Valladolid, que "el nazismo triunfó porque ofrecía lo que la sociedad necesitaba para sentirse segura".

Su disertación, que ha llevado por título 'Nazismo: la ideología de la comunidad y la exclusión del otro (...)

Entre los motivos que llevaron al triunfo del nazismo, Gallego también ha señalado el hecho de que la sociedad alemana tenía una cultura antidemocrática previa sin la cual "no hubiese sido posible entender el apoyo a Hitler".

"Los nazis querían construir una raza homogénea a través de la limpieza de sangre que los riñones dañados de la democracia no habían podido depurar", ha señalado Gallego, quien ha recordado que objetivo final del régimen era "crear un gran imperio de hombres superiores".

Gallego ha querido explicar en su intervención "cómo millones de personas hicieron posible la masacre de Auschwitz", ya que aunque resulta "muy fácil comprender el dolor de las víctimas" también "es importante entender que nosotros podríamos ser verdugos", según ha precisado en declaraciones a Efe.

"Hay personas que por su pasividad podrían apoyar una ideología de exclusión y construir sobre esa idea un proyecto político de una sociedad que quiere preservarse y defenderse en unos tiempos de inseguridad como los que tenemos ahora", ha señalado durante su intervención.

El historiador ha manifestado su deseo de hacer ver "cómo detrás de esa barbarie hay una lógica y no solamente una patología".

"Solemos pensar que los nazis actuaban porque les gustaba matar, y lo cierto es que tenían ideas y un proyecto que aceptó la sociedad alemana por unos u otros motivos", ha observado este experto en la extrema derecha." (ADN.es, 07/05/2009)

4/9/09

El stalinismo, el nazismo... y la izquierda

"P. ¿Cuál es su percepción fundamental?

R. Mi problema es el siguiente: nosotros, la izquierda, aún no disponemos de una buena teoría sobre lo que fue el estalinismo. La Escuela de Francfort, Jurgen Habermas, todos estaban obsesionados con el marxismo y con el antisemitismo, pero no dijeron nada del estalinismo. Existe un libro de Herbert Marcuse, ya lo sé, pero no es más que una interpretación de los textos de los congresos del PCUS. Si lee usted a Habermas no podrá adivinar que mientras el filósofo escribía, había dos Alemanias. Un amigo de la Escuela de Francfort me explicó que no abordaron el estalinismo para no parecer anticomunistas. ¿Cómo? ¡Pero si eran abiertamente anticomunistas! ¡Algunos apoyaron la intervención estadounidense en Vietnam! ¿Cuál es la percepción fundamental de la Escuela de Francfort? Lo que llaman la dialéctica de la Ilustración, es decir, que existe un potencial opresivo totalitario en la Ilustración moderna europea.

¿Hay mejor ejemplo de ello que el estalinismo? Mientras el fascismo estaba abiertamente en contra de la Ilustración, el estalinismo constituía una Ilustración radical. No digo que el estalinismo fuera mejor que el nazismo, digo que hay en él algo realmente enigmático y desconocido. Un detalle revelador: los presos del Gulag tenían la obligación de enviar a Stalin telegramas de felicitación por su cumpleaños. ¿Se imagina a los judíos de Auschwitz felicitando a Hitler? Por la misma razón, los nazis no organizaron juicios para que los judíos confesaran que participaban en una conspiración mundial contra Alemania. Los estalinistas, en cambio, necesitaban confesiones y arrepentimientos, porque consideraban que incluso un traidor formaba parte de la razón universal y podía ver su propia mentira.

P. El nazismo y el estalinismo desembocan igualmente en un antisemitismo brutal.

R. Es la modernidad. Hasta la Revolución Francesa, el objetivo consistía en bautizar y cristianizar a los judíos. Se creía en la emancipación. Después decidimos que el problema radicaba en su naturaleza y por tanto sólo cabía matarlos. Es curioso, los modernos creemos ser más "liberales" que los premodernos y no es así." (Slavoj Zizek: "Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido y más generoso, ¿en qué queda la ética?". El País, babelia, 25/03/2006, p. 2/3)