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15/4/10

Prejuicios históricos

"El responsable del primer prejuicio a eliminar es Davide Cantoni, un doctorando de 26 años de la Universidad de Harvard que acaba de colgar en la red un trabajo llamado Los efectos económicos de la reforma protestante donde desmonta con tanto cuidado como rigor la tesis clásica de que los protestantes son más eficientes e industriosos que los católicos.

Según dicha tesis, formulada por Max Weber en La ética protestante del capitalismo, pero sostenida también con variaciones por filósofos como Hegel o historiadores como Braudel, el protestantismo, con su énfasis en la responsabilidad individual, sería más compatible con la ciencia y el progreso económico que el catolicismo, históricamente hostil a la usura y promotor de la sumisión a la jerarquía frente al individualismo.

Atreverse con Weber en tu primera investigación relevante, con la que además quieres encontrar trabajo después, es una apuesta arriesgada. Si eres creyente, primero es Dios, claro está. Pero si eres sociólogo, primero es Weber. Pues, sintiéndolo mucho por Weber, Cantoni ha introducido en una base de datos las cifras de crecimiento económico de nada menos que 272 ciudades alemanas (162 luteranas, 88 católicas y 21 calvinistas) durante un periodo de 600 años (de 1300 a 1900) y, tras numerosas pruebas controlando diversas variables, ha llegado a la conclusión de que la religión no explica las diferencias de crecimiento de unas y otras. En otras palabras, frente a la creencia comúnmente establecida desde Weber, la religión no importa a la hora de explicar el progreso económico.

Así que los estudios sobre el impacto de la cultura y la religión sobre el rendimiento económico deberán ir pasando por boxes próximamente y someterse a rigurosas pruebas estadísticas para convencernos de que no se trata de un simple conjunto de prejuicios." (JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA: Prejuicios. El País, ed. Galicia, internacional, 05/04/2010, p. 8)

9/7/08

"La enfermedad holandesa"

“El petróleo es uno de los elementos centrales de nuestra forma de vida. Gracias a él, disfrutamos de unos niveles de bienestar inéditos en la historia de la humanidad. Teniendo en cuenta el rendimiento que obtenemos de cada barril de crudo, y dado el enorme poder adquisitivo de nuestras sociedades, aún a los precios actuales, el litro de gasolina sigue siendo un buen negocio para Occidente.

Pero el petróleo, que para nosotros es una bendición por la que estamos dispuestos a pagar casi cualquier precio, es a menudo para sus productores una maldición. Los economistas tienen identificados desde hace tiempo el sinnúmero de perjuicios que van asociados al descubrimiento de petróleo en un país: apreciación de la moneda, pérdida de competitividad exportadora, alta inflación y despilfarro de recursos públicos en proyectos tan grandes como inútiles. Como consecuencia de este conjunto de factores (conocidos como "enfermedad holandesa"), la mitad de los países productores de petróleo miembros de la OPEP son hoy más pobres que hace 30 años. Ejemplos como Canadá o Noruega, donde el petróleo se ha gestionado de manera eficaz, son la excepción a una desgraciada norma.

Para los países pobres o en vías de desarrollo, el oro negro puede suponer un drama aún mayor. Un reciente artículo de Michael L. Ross en la revista Foreign Affairs arroja un balance estremecedor: el petróleo tiende a reforzar las dictaduras; debilitar las democracias; incentivar la corrupción; alentar el separatismo y fomentar las guerras civiles. Casos como el de Guinea Ecuatorial ofrecen un buen ejemplo de hasta qué punto una tiranía pobre puede convertirse súbitamente en una cleptocracia inmune a la presión internacional.

Significativamente, hoy en día, un tercio de los conflictos bélicos del mundo tienen lugar en países productores de crudo. En ese sentido, el petróleo no se diferencia mucho de lo que significaron los diamantes en los años ochenta, cuando los seis grandes productores de África se vieron asolados por unos conflictos de inusitada crueldad. Por ello, el consumidor europeo, además de quejarse al llenar su depósito de combustible, hará bien en pensar en lo que se esconde detrás de cada preciado litro de gasolina.” (JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA: Barriles de sangre. El País, ed. Galicia, Internacional, 07/07/2008, p. 9)