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31/10/23

Ignacio Ramonet: “Hoy en día es literalmente imposible saber si algo es cierto o es falso”... no solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y también una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades... Hay una crisis de la verdad. Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos. Peor que nunca... “Informarse cuesta”. No solo cuesta dinero, porque hay que abonarse a diferentes medios de información sino porque hay que dedicar mucho tiempo a consultar fuentes diferentes. Hay sitios especializados en la revelación del origen de las fotografías o vídeos. Hoy se puede saber, pero se necesita mucho tiempo. Un ciudadano normal no tiene tanto tiempo

 "Es bien difícil la situación hoy de la información. En este universo lo que está en crisis es la verdad”. “Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos”.  “Se ha alentado a grupos extremistas a pasar al acto en base a mentiras, a no reconocer resultados electorales y en base a bulos. No solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades”. Extracto de la entrevista al reconocido periodista y académico.

Tiene una amplia trayectoria periodística al frente de una publicación histórica como Le Monde Diplomatique. Cuenta decenas de libros publicados sobre comunicación, sociología o política internacional. Es doctor en Ciencias Sociales y catedrático de Teoría de la Comunicación. Ignacio Ramonet (Redondela, Pontevedra, 1943) no necesita mucha presentación. Recientemente ha publicado un nuevo libro. En “La era del conspiracionismo: Trump, el culto a la mentira y el asalto al Capitolio” (Clave Intelectual, 2022) se centra en desgranar todo lo que rodeó al impactante suceso que tuvo lugar en EEUU el 6 de enero de 2021. En esta entrevista con Público ofrece algunos detalles de lo que contiene la publicación. 

Al principio del libro escribe: “El asalto al Capitolio de enero de 2021 es un evento clave para el porvenir de la democracia, no solo en EEUU”. Lo califica como el “testimonio más impresionante de lo enfermo que está el sistema democrático”.  No parece un inicio demasiado esperanzador.

Hace unos días, Joe Biden hizo un discurso. Y dijo esencialmente, con respecto a los midterms (elecciones de medio mandato), ( ) que la democracia está amenazada. Él empezó su discurso diciendo: ¿Dónde está Nancy? Eso decía el tipo con un martillo en la mano que entró en la casa de los Pelosi y que atacó al marido. ¿Dónde está Nancy? es lo que decían el 6 de enero de 2021 los asaltantes al Capitolio, cuando la buscaban también para, literalmente, ejecutarla. La situación ha ido evolucionando en el peor de los sentidos…

¿Cree posible entonces que Trump vuelva a gobernar en EEUU?

No lo sabemos. Aún faltan dos años y pueden pasar muchas cosas. Pero hemos visto el peso que tiene Trump en este momento en el Partido Republicano. Cómo él está determinando a los candidatos y cómo los está eligiendo. Es verdad que hay una corriente anti Trump en su partido, pero por el momento no se ve quién podría ser candidato y presentarse a las primarias contra él. Tiene una maquinaria colosal, unos aportes financieros colosales, ha creado su red social, etc. Pero el hecho de que su íntimo amigo Elon Musk haya comprado ahora Twitter también nos dice que es posible que Trump regrese a esta red social. Trump, antes de que Instagram, Youtube o Facebook lo prohibieran, tenía como 150 millones de seguidores. Tenía una potencia comunicacional muy importante y hoy en día la sigue teniendo. 

¿Cuál sería ese Trump revanchista que regresaría? Con una Corte Suprema designada prácticamente por él mismo. En base además a una campaña basada en muchas mentiras. Es lo que decía Biden también el otro día, es el triunfo de la mentira si los republicanos ganasen…

Dice en el libro que la lección de lo que pasó en el Capitolio vale para otros contextos. Y aquí menciona a Jair Bolsonaro. Hemos visto cómo se resistía a reconocer  explíctamente su derrota frente a Lula. ¿Hay riesgo en Brasil de que no se respeten los resultados electorales y que pase como en EEEU?

Los resultados ya parece difícil que no se reconozcan. Implícitamente Bolsonaro no niega los resultados, sin aceptarlo explícitamente. Pero varios lugartenientes importantes suyos, en particular el nuevo gobernador electo en Sao Paulo, han reconocido la victoria de Lula. Lo que en Brasil puede ocurrir es un golpe de Estado militar. Lo que los bolsonaristas están pidiendo en este momento no es que Bolsonaro no reconozca la victoria de Lula. Es que los militares se apoderen de las riendas del Estado. Entonces este es el peligro del golpe de Estado. 

Lo del 6 de enero en EEUU, el hecho de asaltar un edificio emblemático, se había producido por ejemplo en Alemania cuando la extrema derecha asaltó el Bundestag. O cuando los fascistas italianos asaltaron la sede de la CGIL, el sindicato principal del país. Todo eso fue antes. Y luego, una vez se asaltó el Capitolio, mucha gente se sintió autorizada para asaltar edificios emblemáticos. Los camioneros canadienses cercaron el Parlamento de Canadá en Ottawa. Se ha alentado a grupos extremistas a pasar al acto en base a mentiras, a no reconocer resultados electorales y en base a bulos. Lo que trato de explicar es que no solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y también una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades. Por ejemplo, la situación de la clase media blanca en EEUU. 

De hecho en el libro destaca que muchas personas de clase trabajadora y media votaron en contra de los intereses de su clase por motivos identitarios. Y que cuando se vieron defraudadas comenzaron a abrazar las tesis conspiracionistas. ¿Qué lleva a una persona a abrazar este tipo de tesis?

Nosotros analizamos con una especie de parrilla marxista básica, y yo creo científica y social, que votan contra su clase social. Pero ellos no piensan en términos de clases sociales. Piensan, como Trump les incita a pensar, en términos de identidad racial o étnica. En tanto que como categoría étnica se sienten amenazados, porque son los blancos pobres rodeados de los inmigrantes no blancos que van subiendo desde el punto de vista social.

Entonces ellos se sienten amenazados y ya no tienen el estatuto que tuvieron en toda la historia de EEUU, que es la historia también de un genocidio, mediante el cual por el hecho de ser blanco ya era un estatuto privilegiado. Hoy lo están perdiendo. De ahí que ellos también favorezcan esta tesis, que la extrema derecha en Europa maneja mucho, de “la gran sustitución”. Es decir, están llegando inmigrantes gota a gota pero al cabo del tiempo nos van a sustituir, como ha pasado en algunos territorios, barrios o regiones. Como nos han sustituido desde el punto de vista electoral en algunas esferas locales, en los sindicatos u organizaciones de vecinos. Ellos se ven como un grupo étnico amenazado. Por eso todo esto tiene una dimensión muy racista. 

¿Y en España estamos a salvo de riesgos parecidos?

En la época de Obama, hace unos ocho años, el Tea Party nos parecía lo más a la extrema derecha que podíamos imaginar, lo más irracional desde el punto de vista político. Con cosas tan reaccionarias y alejadas del progreso, del curso de la historia. Y hoy el Tea Party es casi una organización democrática modélica frente a las nuevas extremas derechas. En Europa mira lo que acaba ocurrir en Italia. Un siglo después de la marcha sobre Italia, Giorgia Meloni está ahí reivindicando a Mussolini. La extrema derecha ha ganado las elecciones en Suecia, que era un ejemplo de socialdemocracia. En Francia el primer partido es el de Le Pen. Vemos cómo ese modelo americano que parece lejano o exótico y adaptado a una cultura americana muy poco estructurada según sus nuestros criterios académicos y educacionales. Pero las extremas derechas aquí también van subiendo. Por las mismas razones, la cuestión de la inmigración es extremadamente rentable con estas teorías. 

“Hay una crisis de la verdad”

En el libro se relatan todos los bulos relacionados con las teorías conspiracionistas de la era Trump y posterior. Pone un poco los pelos de punta especialmente todo lo relacionado con el Pizzagate, la red pedófila satánica… Y que hubiera total impunidad para difundir ese tipo de informaciones. 

Las redes sociales han creado la idea de que finalmente descubres que tus ideas que no te atrevías a expresar porque te avergonzaban, porque no estaban en el ámbito de lo aceptable, resulta que hay miles de personas que las tienen. De cualquier tipo. Entonces uno piensa que no está solo como pensador de tal idea torcida. Eso alienta a afirmarse en una sociedad que lo exige, a tener personalidad e identidad comunicacional. Estos canales favorecen esto. Esta expresión salvaje se fue corrigiendo últimamente. Y en particular después del asalto al Capitolio las grandes redes tomaron la decisión de moderar mucho más para ir eliminando a aquellos que difundían bulos o tesis racistas. Pero ahora vemos cómo Elon Musk, al comprar Twitter, dice que va a restablecer la libertad, que la libertad de expresión está muy limitada. No sabemos qué va a ser esta cuestión. 

Es muy crítico con las redes sociales y el uso que se le da. ¿Qué puede hacer un ciudadano en este contexto para informarse con cierto rigor?

Es bien difícil la situación hoy de la información. En este universo que describimos aquí lo que está en crisis es la verdad. Es decir, en particular yo desarrollo casi un capítulo sobre la crisis de la verdad, la historia de la verdad. Esto es una realidad hoy en día. Hoy en día literalmente es imposible saber si algo es cierto o es falso. Estamos ante una de las mayores crisis geopolíticas de los últimos 60 o 70 años, que es la guerra de Ucrania. Mira cuanta gente confundida hay. No digo que nadie tenga la verdad absoluta pero es muy difícil saber algunas cosas. Por ejemplo, ¿quién bombardea la central nuclear de Zaporiya? No tenemos una respuesta convincente para un razonamiento racional. Porque si son los rusos, ¿por qué se van a bombardear ellos que están ahí? Y si son los ucranianos, ¿por qué dicen que son los rusos?

En el libro hay un pequeño capítulo sobre esta guerra y es usted muy crítico con el papel de los grandes medios de comunicación. 

En general, unos y otros. No creo que los rusos tengan una visión muy objetiva de la guerra tampoco. 

Insisto entonces de nuevo en qué puede hacer un ciudadano con ánimo de informarse correctamente

Hay una crisis de la verdad. Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos. Peor que nunca. Quizás lo que hay que decir es que informarse siempre ha sido difícil. Nunca ha sido fácil. Siempre hemos tenido la esperanza de que llegaría una tecnología que nos iba a permitir informarnos bien. Una tecnología o una política como la democratización de la información en la época del Informe McBride. Pero hoy se ha realizado la democratización de la información y estamos en una confusión muy importante. Repito, informarse siempre ha sido difícil.

Yo escribí un artículo hace un tiempo llamado “Informarse cuesta”. No solo cuesta dinero, porque hay que abonarse a diferentes medios de información sino porque hay que dedicar mucho tiempo a consultar fuentes diferentes. Hay sitios especializados en la revelación del origen de las fotografías o vídeos. Hoy se puede saber, pero se necesita mucho tiempo. Un ciudadano normal no tiene tanto tiempo. Quiere abrir el noticiero de televisión y que le digan la verdad. Eso hoy no es posible. 

Hablamos todo el rato de la extrema derecha pero quería preguntarle si la izquierda está a salvo de las teorías conspiracionistas sin fundamento.

La izquierda no está a salvo. La izquierda también entra en el conspiracionismo, ocurre cualquier cosa y la culpa es del imperialismo. Es muy fácil decirlo. Te voy a dar dos ejemplos. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, una parte de la izquierda le hizo una acogida mundial a la tesis de Thierry Meyssan que decía que eso había sido el gran embuste de nuestro tiempo, que nunca había habido un ataque contra las Torres Gemelas. Y que había sido un autoatentado hecho por el Pentágono. Eso, parte de la izquierda lo recibió y lo repitió. No toda la izquierda, yo me considero de izquierdas y combatimos esa tesis como irracional y complotista.

El otro ejemplo es que en los medios de izquierdas se lee regularmente que el grupo de Bildelberg es el amo del mundo y que todo lo que ocurre tiene que ver con eso. Para una parte de la izquierda, Bildelberg son los reptilianos. La izquierda no está a salvo del complotismo. Una cosa que digo es que los complots existen de verdad. No muy lejos de aquí se asesinó a Prim, que fue víctima de un complot que aún hoy en día no se ha podido dilucidar."                 

(Entrevista a Ignacio Ramonet, Colectivo Luis Emilio Recabarren, 14/12/22)

15/12/21

Las nuevas derechas son parte también de una decepción con la globalización tal y como la conocemos... Recuperan formas mucho menos cosmopolitas, vemos una derechas más antisistema, que capturan mucho más el inconformismo que el optimismo sobre el futuro Estas derechas parten de la idea de que la izquierda gobierna en los resortes del poder mundial, puede ser mediante Soros, el marxismo cultural, etc. Nos remiten la idea de que ellos combaten desde abajo los poderes de las élites. Y eso define mucho este tipo de derechas, que pueden ir desde Vox, a Bolsonaro o Trump.

 "¿La rebeldía se volvió de derechas? Este es el llamativo título del libro (Clave Intelectual, 2021) publicado recientemente en nuestro país por Pablo Stefanoni. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (Argentina), ejerce también como periodista siendo jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y es colaborador en diferentes medios como Le Monde Diplomatique y Ctxt. 

En su libro desgrana algunos aspectos sobre cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común y por qué la izquierda está perdiendo la iniciativa, especialmente en la llamada "batalla cultural". En esta entrevista con Público profundiza en algunas de las cuestiones tratadas en la publicación. 

Autores como Steven Forti denominan a la nueva derecha como "extrema derecha 2.0". Muchos otros coinciden en señalar que el fenómeno vivido actualmente es completamente nuevo. ¿Cómo acotaría la definición de esta ultraderecha tan presente en la actualidad?

Coincido en que hay un fenómeno nuevo. Y definir lo nuevo puede ser un poco tramposo, porque alguien puede decir que hay elementos de continuidad con cosas previas. Nada es totalmente nuevo, eso es una obviedad en política. Pero sí creo que es nuevo, o que es una derecha sobre la que vale la pena indagar respecto a las derechas liberales y conservadoras que conocíamos. 

Creo que hay un quiebro sobre todo en la visión optimista de las derechas liberal-conservadoras, que después de la victoria en la Guerra Fría se potenciaron con la idea de combinar democracia liberal y economía de mercado. Había una visión optimista en eso. Casi en sentido teológico de que el viento de la historia conducía hacia un lugar donde el liberalismo económico y político iban a converger, y el futuro iba a ser mejor que el pasado. Me parece que las nuevas derechas son parte también de una decepción con la globalización tal y como la conocemos. 

Recuperan formas mucho menos cosmopolitas, aunque la visión de las antiguas derechas pudieran ser imperialistas, había una lectura cosmopolita en la idea de concebir la democracia. Eso se quebró y vemos una derechas más antisistema, que capturan mucho más el inconformismo que el optimismo sobre el futuro. 

El título del libro es de por sí provocador. Lanza una pregunta llamativa. ¿La rebeldía se ha vuelto de derechas?

Un título es una especie de pacto entre el contenido del libro o los intereses editoriales. El título intenta capturar algo del libro y generar una expectativa. Me parece que la pregunta es fiel al contenido. Más que un libro sobre extremas derechas, es sobre el vínculo del progresismo y sus dificultades para seguir capturando el inconformismo social. En ese sentido, la rebeldía, más que a ganar elecciones y demás, va hacia una actitud y una batalla cultural. Las derechas están dando esa batalla. 

El progresismo sigue ganando elecciones pero el punto para mí no es ese. Es centrar el foco en la batalla cultural que están dando esas derechas y apuntan al sentido común, algo que era muy familiar al progresismo. Las derechas piensan que están dando una batalla frente a la dictadura progresista, se escucha mucho lo de la incorreción política frente a una corrección que sería casi orwelliana. 

Eso de "la derecha sin complejos"...

Sí, sin complejos frente a un progresismo que domina el mundo. Hace poco, en la última Convención Nacional Conservadora, Marcos Rubio (senador republicano de EEUU) decía que las grandes empresas ya no eran aliadas de los conservadores y la derecha porque los grandes empresarios también se volvieron progresistas. Y que casi no había dentro gente de derechas. 

Eso, desde la izquierda se puede considera como que es una estupidez. Pero articula mucho la visión del mundo de las derechas. Se puso mucho de moda en este sentido el término woke, que habla del racismo estructural y el machismo y que las empresas se unieron a ello. Esa idea es muy común en las nuevas derechas.

 Las derechas conservadoras de los años 80 y 90 consideraban que ellos habían ganado la Guerra Fría y dominaban el mundo. Estas derechas parten de la idea de que la izquierda gobierna en los resortes del poder mundial, puede ser mediante Soros, el marxismo cultural, etc. Nos remiten la idea de que ellos combaten desde abajo los poderes de las élites. Y eso define mucho este tipo de derechas, que pueden ir desde Vox, a Bolsonaro o Trump.

En el libro apunta una idea, relacionada con esto, de que el progresismo se ha conformado con defender el 'statu quo', el sistema. Y que eso es una paradoja

Tiene que ver con la crisis de la idea de futuro para la izquierda y para el mundo. La izquierda necesitaba ideas de futuro para funcionar. Esa frase de Marx de que la revolución saca la poesía del futuro y no del pasado. La utopía de la izquierda siempre se proyectaba al futuro. Mientras que ciertas derechas sacaban las utopías del pasado. En parte, crecientemente el progresismo está pensando en épocas doradas, solo que en vez de volver al Imperio Español, volver al Estado de Bienestar de hace unos años. 

 Me parece que uno de los problemas más grandes y difíciles del progresismo es que el futuro cada vez rima más don distopía que con utopía. Si el futuro va a ser peor, eso tiende a una posición conservadora para defender lo que hay porque lo que va a venir es el despotismo de los algoritmos, la uberización del mundo o la precariedad. Es una dificultad que no es fácil de resolver para la izquierda. 

Habla también en el libro de la relación entre las nuevas derechas y las más tradicionales. ¿Hay también una pugna importante entre ellas?

"El rechazo al sistema político es un combustible para esta nueva derecha, algo que en otro momento quizás podía capturar mejor la izquierda"

Hay una crisis de la socialdemocracia, en cuanto a su rumbo e identidad y proyecto. Y en la centro derecha y derecha tradicional también tiene esa crisis. Porque también mantienen cierto optimismo en cuanto a la globalización. Hay una pugna con derechas que van surgiendo. Lo que pasó con Vox y el PP también pasa en otros lugares. Kast, en Chile, también salió de la derecha tradicional chilena y hoy se la ha comido. En Argentina no pasa eso de manera tan fuerte. 

Pero en el espacio que se articula en torno a Mauricio Macri, aunque las fuerzas situadas a su derecha son pequeñas, generan tensiones. De hecho hay una parte del PRO que representa el propio Macri que han salido a apoyar a Kast. Hay como un duelo interno entre halcones y palomas. Es la misma tensión. Algo parecido a lo que pasa con el PP aquí, derechizarse en parte para decantar ese nuevo clima. Y es una tendencia, aunque en cada país depende de las correlaciones de fuerzas.

El centro derecha pasa por dificultades para atraer el entusiasmo y es parte de la crisis de la política tradicional. La idea de la casta circula por muchos países. En Argentina la han usado como discurso, explícitamente su estratega dijo que lo había tomado de Podemos. En Chile, el candidato Franco Parisi también lo usó. El rechazo al sistema político es un combustible para esta nueva derecha, algo que en otro momento quizás podía capturar mejor la izquierda.

Ya que ha salido el asunto de Argentina, y como conocedor de su realidad, ¿quién es Javier Milei? Hemos visto una conexión en su discurso "libertario" con Isabel Díaz Ayuso y otras fuerzas similares

Díaz Ayuso y Vox son casi indistinguibles para el antiprogresismo fuera de España. Mucha gente ni siquiera distingue bien que son de partidos distintos. Porque ponen vídeos de Youtube donde se ataca al comunismo e incluso creo que no distinguen a Ayuso de Rocío Monasterio en términos de partido. Las ven como gente de derechas "sin complejos". Milei es un economista que siempre se dedicó a ello. 

Se definía como anarcocapitalistas. Cuando él saltó a la política, hace poco, tuvo que empezar a hablar de otras cosas. Él compró de manera poco dirigida todo el discurso de la alt-right. Se definió como simpatizante de Trump y participa en actos con Vox. Es un caso particular, un personaje distinto a los liberales clásicos, que eran mucho más elitistas y formales. Milei es un showman, expresa un tipo de derechas sin complejos, dice que Keynes era un hijo de puta, que el keynesianismo solo sirve para políticos ladrones, que la justicia social es una mierda, etc.

 En otros países no llegó la derecha por el lado de los libertarios de derechas o paleolibertarios. Pero él conecta con un clima global, con el antiprogresismo. Todas estas derechas están unidas bajo ese paraguas antiprogresista. Y la idea de la libertad como bandera política. Con la pandemia, ese libertarismo anti Estado se potenció en muchos lugares. Ayuso hizo campaña por la libertad contra el comunismo. Las derechas capturaron eso con la pandemia y cualquier acto de regulación lo ven como totalitario, sumado al uso reciente de la vuelta al discurso anti comunista, que parece efectivo y Milei también usa. 

Hay dos asuntos concretos que trata en profundidad en el libro. Uno de ellos es el "homonacionalismo". Esa reivindicación que hacen algunas de estas nuevas derechas de la homosexualidad

En Francia es mucho más claro que aquí. Porque hay figuras de extrema derecha homosexuales más fuertes. Y en Holanda u otros países del norte. Hay un punto que es la laicidad frente al Islam que usan algunas extremas derechas. Marine Le Pen o la extrema derecha holandesa es un ejemplo. Ahí hay una clara diferencia con Vox, que aparece como una derecha conservadora más parecida a la de Polonia o Hungría, tradicionalista. 

La cuestión del Islam facilita a la extrema derecha presentarse como defensora real de los derechos de los homosexuales porque, según su discurso, la izquierda abre fronteras y eso islamiza sociedades. Ese es su argumento. Ojo porque Vox lo empieza a usar. Hay algún tuit de Hermann Tertsch diciendo que en Hungría los gays están más seguros que en Alemania o Francia. Ese es el discurso, que ellos van a proteger más a los homosexuales que los progresistas y que en Hungría, como cierra fronteras, van a estar más seguros que en Madrid.

El otro asunto es el acercamiento de la extrema derecha al ecologismo. ¿Qué supone?

Muchas veces el ecologismo progresista piensa que la lucha contra el cambio climático debe ser solidaria y global porque todos estamos en la nave tierra. Me interesaba presentar otra idea, que es lo que algunos llaman la filosofía del bote salvavidas. El que está en el bote tiene que tratar de evitar que otros suban porque sino se va a hundir. Empieza a haber discursos en algunos países que articulan la defensa del medio ambiente con posiciones reaccionarias, como por ejemplo antiinmigración. 

 Hay una frase, que se reprodujo en las redes, que decía: "salvar árboles, no refugiados". Una idea que articula la lucha por el planeta diciendo que los que defienden la tierra son los del propio lugar, los originarios de cada sitio. Y no los inmigrantes. Es una cuestión anti globalista y reaccionaria de defensa de lo local. Hay que estar preparado para esas discusiones porque van a venir en algún momento y ya se están dando en algunos lugares. 

Usted, como periodista, ¿qué piensa sobre el papel de los medios de comunicación en el surgimiento de estos fenómenos de la nueva derecha? ¿qué se puede hacer para contrarrestarlos?

Es un debate difícil. Hay que tratar de entender más lo que hay detrás de estas derechas. Muchas veces creo que el discurso progresista está desenfocado y los acusa de cosas que aparentemente no son. Y puede ser contraproducente. De hecho, el discurso antifascista lo está siendo, no termina de funcionar muchas veces. Y les da cierto aire de victimización. Hay que ver sus debilidades y posicionamientos. 

Por otro lado, desde el progresismo se cree a veces que ellos son los que les dan voz a la gente. Y las nuevas derechas crecen sin depender de los medios grandes, con sus propios mecanismos. De todos modos, los medios grandes tienen un papel. Zemmour en Francia es un producto clásicos de los medios, igual que Milei. 

Los medios sí tienen una responsabilidad. Es difícil decir que hay que quitarles el micrófono pero sí hay que pensar cómo fortalecer la cultura democrática, potenciar la conversación pública. Muchas veces, como se depende tanto de los clicks, se usan a estas figuras para obtener visitas. Hay que mirar bien eso. Los medios deberían tener un papel en evitar que ciertas posiciones reaccionarias se asienten. Pero no tengo como la gran respuesta a este tema. "      (Entrevista a Pablo Stefanoni, Miguel Muñoz, Público,  05/12/21)

15/11/21

La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra... la izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”... derecha es el populismo trumpista, las paranoias conspirativas y su curso retrógrado, antisemita, chauvinista, contra lo extranjero y diferente

 "La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables, dice Oskar Lafontaine: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra. No se puede ser de izquierdas sin combatir un sistema socioeconómico que pone el beneficio y la explotación en el centro de la economía humana hasta el punto de poner en peligro el futuro de la especie. No es de izquierda quien no repudia el dominio económico y militar de las naciones más fuertes en las relaciones internacionales. 

Es decir, la izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”. A partir de ahí los programas de transformación, las reformas, los pragmatismos y los posibilismos son cuestiones de táctica, objeto de legítimo y necesario debate, pero obviar alguno de estos vectores fundamentales, o sustituirlos por “estilos de vida”, deja al sujeto fuera de la izquierda. 

La actual confusión, crisis y debilidad de la izquierda en Occidente tiene que ver con la falta de claridad respecto a este consenso general básico. La derecha es otro asunto. No está en crisis pero está dividida. 

El libro de la periodista de derechas americana Anne Applebaum, Twilight of Democracy trata sobre eso. En el coro de plañideras por la división de la derecha, en un vector “liberal” y otro “iliberal”, fenómeno generalizado en Europa y Estados Unidos, el libro de Applebaum es ejemplar por la ceguera del asombro que expresa. 

Applebaum es una cold warrior de los tiempos actuales, una puesta al día de aquel Robert Conquest ayudante del Pentágono en las cruzadas de la guerra fría, cuyo principal mérito fue multiplicar por cinco las cifras, ya de por sí suficientemente horrorosas, de la represión estalinista. 

Cuando Gorbachov abrió los archivos y los números de Conquest se hundieron estrepitosamente, el viejo agente del Information Research Department (IRD), la unidad secreta de propaganda de la inteligencia británica, tuvo la desfachatez de mantenerse en sus trece. Hoy sus libros están completamente desacreditados. Applebaum es una especie de segunda versión de eso. 

Como Conquest, esta autora también escribió premiados libros militantes sobre el Gulag y la hambruna de Ucrania. Académicamente no aportan nada, pero encajan muy bien con la propaganda atlantista hoy requerida para mantener bien dividido el continente y bien demonizada a Rusia.

 Su último libro, traducido al español como El ocaso de la democracia, la seducción del autoritarismo, es interesante porque va más allá de ese servicio. Ejemplifica la incapacidad de la derecha “liberal” para explicar la génesis del trumpismo y sus epígonos europeos como reacción a la propia gestión neoliberal de las últimas décadas. Precisamente por eso, su éxito editorial está garantizado.

Applebaum llegó a Varsovia en 1988 como corresponsal de The Economist, sumó la particular visión polaca de la historia europea (“víctimas de los dos totalitarismos”) a su propio bagaje derechista y se casó en 1992 con el periodista Radosław (Radek) Sikorski, brillante estrella ascendente polaca de la derecha liberal europea que llegó a ser ministro de defensa y exteriores de su país.

 El libro de Applebaum expresa el asombro por la deserción en masa del liberalismo de la derecha polaca para abrazar el populismo trumpista de los hermanos Kaczynski, sus paranoias conspirativas y su curso retrógrado, antisemita, chauvinista y ultracatólico contra lo extranjero y diferente. En ese giro, la autora pierde amigos, se distancia de antiguos compañeros de viaje polacos y europeos, y a la hora de explicar los motivos elude cualquier examen introspectivo.

 Desde finales de los ochenta, toda la reforma liberal-thatcherista de Leszek Balcerowicz (su nombre era invocado con devoción por los liberales de mentalidad estalinista de la escuela de Yegor Gaidar en la Rusia de los noventa) puso en manos del capital extranjero el patrimonio nacional, más del 30% de la industria y el 70% de los activos bancarios, así como el relato que de ello se hacía, el 80% de la prensa escrita. Y todo el proceso se hizo con nocturnidad, sin la menor consulta.

 “El grueso de las decisiones estratégicas del devenir postcomunista del país fue tomado sin consulta o mandato democrático, el orden político que presidió la aplicación del liberalismo económico en Polonia fue en sí mismo una forma de autoritarismo sin control pese a estar apoyado por los demócratas liberales en Polonia y Occidente”, resume Gavin Rae. El referéndum que aprobó la constitución tuvo una participación del 43%, el ingreso en la UE fue apoyado por el 42% (2004) y la inclusión en la OTAN (1999) ni siquiera fue consultada. Es decir: el autoritarismo ahora denunciado ya era una realidad cuando los amigos de Applebaum estaban en el poder como respetables liberales europeístas y atlantistas.

La nueva economía llevó a dos millones de polacos a tenerse que buscar la vida en el extranjero mientras en 2012 el 25% del empleo era temporal. Convertido en símbolo de la corrupción elitista liberal, el propio marido de Applebaum fue pillado en el llamado “Waitergate” comparando las relaciones de Polonia con Estados Unidos con el sexo oral (algo bastante exacto y aplicable al conjunto de la UE) en el curso de una comida de 500 dólares a base de langosta a cuenta del erario público…

 Todo esto tiene cronologías similares en muchos países de Europa. En Francia, con la sociedad más despierta, la reacción –lo que representa el lepenismo– fue mucho más temprana, pero cambiando fechas y nombres cada país puede aportar su propia crónica propiciadora de la marea antiliberal en el campo de la derecha.

En lugar de revisar los resultados de las décadas anteriores, Applebaum prefiere achacar el espectáculo polaco a explicaciones mucho más cómodas como el legado del comunismo, el conservadurismo de la Iglesia católica, las paranoias de la población y sus xenofobias. Su libro expone una deshonesta ceguera ante los desastres propiciados por la amplia derecha neoliberal, un espectro que no solo en Alemania incluye a verdes y socialdemócratas, y es como la traducción al europeo de la leyenda americana que explica el éxito popular del trumpismo en la “injerencia” rusa y otras simplezas.

La degradación de la mayoría, el obsceno enriquecimiento de unos pocos y el descrédito de los medios de comunicación en manos de magnates que han hecho “sexy” al autoritarismo desaparecen del análisis. En su lugar se propone una especie de psicoanálisis, sobre el rechazo del comunitarismo y de ese “estilo de vida” (Sarah Wagenknecht de Die Linke en su libro Die Selbstgerechten – Los Arrogantes) que también es casi el único atributo de gran parte de la “izquierda”. Igualdad y equidad reducidas a “igualdad de género” y similares, la broma del lenguaje inclusivo (gloriosamente rechazado en Francia), justicia como asunto identitario, y caridad hacia los emigrantes, que también la necesitan, en lugar de encarar el imperialismo, el belicismo, la deuda ecológica y el comercio injusto que está en la base de los flujos migratorios Sur/Norte. 

En la última masacre de palestinos protagonizada por Israel en mayo, desencadenada por el ataque a la mezquita al-Aqsa de Jerusalén en pleno Ramadán (¿qué pasaría si la basílica de San Pedro del Vaticano se llenara de gases y balas de goma israelíes en Pascua?), el periodista brasileño Pepe Escobar presentaba así la realidad de la democracia liberal occidental realmente existente: “Bombardeamos sedes de medios de comunicación y destruimos la libertad de prensa en un campo de concentración a cielo abierto mientras prohibimos manifestaciones pacíficas (Francia) en condiciones de estado de excepción en el corazón de Europa”.

El asombro liberal expresa una incapacidad de comprensión relacionada con la decadencia de las democracias de baja intensidad occidentales en el siglo XXI y la deshonestidad intelectual de sus propagandistas.

Una encuesta de abril reveló que por primera vez la confianza del público en los medios de comunicación en Estados Unidos está por debajo del 50%. “Malas noticias para los periodistas: el público no comparte nuestros valores”, tituló The Washington Post, el diario propiedad del quinto hombre más rico del mundo de cuyo consejo editorial forma parte, precisamente, Anne Applebaum. 

No es un asunto de hartazgo con la defensa del privilegio oligárquico, no es una cuestión de la obscena y sistemática justificación del statu quo imperial y de la grosera y más cínica manipulación informativa. Es un asunto de “tecnologías”, del “Internet”, de las “noticias falsas” –como si estas no fueran diarias en la prensa establecida desde siempre– cuando no culpa del pueblo ignorante que ha dejado de sintonizar con unos “valores”... Independientemente de estos diagnósticos, la reacción sigue su curso. A quienes no entienden su sentido solo les queda asombrarse."               (Rafael Poch  , CTXT, 9/06/2021)

18/3/21

“No estamos entendiendo que la batalla cultural la está ganando la extrema derecha»

 "Ayuso no diría la barbaridad sobre el fascismo y el lado bueno de la historia si no fuese porque la extrema derecha está ganando este relato. Y no lo estamos entendiendo”, explica el periodista especializado en ultraderecha y colaborador de lamarea.com Miquel Ramos. 

Esta batalla cultural que trata de ganar –o que ya “está ganando”–  la derecha radical es uno de los factores analizados en el estudio De los Neocon a los Neonazis: la extrema derecha en el Estado español llevado a cabo por la Fundación Rosa Luxemburgo y coordinado por Ramos.

En el extenso informe, los diferentes autores y autoras que han participado en su elaboración destripan la ofensiva reaccionaria que se viene fraguando en España desde hace décadas: “El Estado español no es un territorio ajeno y para la oficina en Madrid de la Fundación era importante empezar por hacer un mapeo que identificara los tentáculos de la ultraderecha española”, explican desde la organización.

Para Ramos, históricamente se ha prestado poca atención a la extrema derecha en España antes de la irrupción de Vox en el panorama político: “Hoy en día parece que se ha puesto de moda pero el análisis se centra demasiado en Vox y no miran a lo que hay a su alrededor”, defiende. Así, el trabajo realiza “una descripción minuciosa de todo el cosmos” de la derecha radical en España.

 Para entender el momento actual, viran el foco hacia al pasado, hacia la revuelta neoconservadora iniciada después de que el Partido Popular perdiese las elecciones del año 2004. Fue a partir de ese momento cuando la maquinaria compuesta por medios de comunicación, think tanks y lobbies ultraconservadores comienza esta batalla cultural contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, sirviendo las teorías conspiranoicas de 11-M como elemento vehiculador. Una situación y unas estrategias con muchas similitudes a las utilizadas tras el inicio de la pandemia de la COVID-19.

A pesar de la apertura del objetivo, no dejan de lado a la formación de Santiago Abascal, a la que dedican diferentes capítulos, “porque es Vox quien siembra una normalización de fascismo de la que se aprovecha el resto de la extrema derecha española”, ha subrayado Miquel Ramos durante la presentación de informe. Es por ello que analizan su ideología, su estrategia de comunicación, su relación con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, su vinculación con organizaciones neonazis, sus relaciones internacionales…

A partir de ahí, tanto Ramos como la abogada Nora Rodríguez, coautura del informe, destripan también a la ultraderecha extraparlamentaria y a aquellos grupos y organizaciones sociales que sin presentarse a las elecciones creen que “es importante conocer”. Una extensa radiografía en la que se incluye la presencia de esta ideología en determinados ambientes como el deporte –“principalmente el fútbol”– o en la “subucultura musical del odio”.

¿Una internacional reaccionaria?

Autores como Robert Paxton sostienen la dificultad de la creación de una “internacional fascista”, ya que el fascismo “no es para la exportación: cada movimiento guarda celosamente su propia receta para el resurgir nacional y los dirigentes fascistas parecen sentir poco parentesco, o ninguno, con sus primos extranjeros”, explica en Anatomía del fascismo.

 Para la Fundación Rosa Luxemburgo, vinculada al partido alemán Die Linke, sí que existe un elemento que vertebra a la extrema derecha universal: las guerras de género. “Es el pilar básico. Aunque haya varias extremas derechas, algunas con una vertiente más ultracatólica y ultraconservadora y otras que utilizan los derechos de las mujeres blancas para esconder una agenda islamófoba, lo que las une a todas es la lucha contra las cuestiones de género”, explican.

Por ello, también dedican algunos capítulos a la batalla de la ultraderecha contra el feminismo y a determinadas conexiones internacionales de la derecha radical española, principalmente con países del Este de Europa como Rusia y Ucrania.

La abogada Nora Rodríguez hace hincapié en la parte judicial de la lucha contra este tipo de ideología, centrándose en el terrorismo de extrema derecha y en los delitos de odio: “No es que haya habido muchas operaciones policiales en este Estado contra la ultraderecha, pero sí es interesante ver que nunca se les ha juzgado por terrorismo. Cuando son condenados es por tenencia de armas, organización criminal, etc, pero con penas muy bajas. A nivel policial a veces sí que se hace un buen trabajo pero a nivel judicial queda en nada”, asegura."                      (Dani Rodriguez, La Marea, 16/03/21)

1/3/17

¿Por qué crece la extrema derecha fascista? En Alemania... por...

"En este análisis se rastrean las claves que han hecho del partido Alternative für Deutschland un actor relevante en un país donde hasta hace pocos años los movimientos políticos de extrema derecha eran marginales y se enfrentaban a una rotunda condena por parte de las instituciones y la opinión pública. 

En el origen del Rechtspopulismus. Trasfondo académico

Como en otros países europeos, habría que buscar el origen del que algunos denominan populismo alemán de derechas en el revisionismo histórico y en la banalización sistemática de los crímenes cometidos en nombre de y con la colaboración de una buena parte del pueblo alemán durante el régimen nacionalsocialista.

Aunque éste no es, por supuesto, un tema prominente en discursos electorales dirigidos a un ciudadano medio alejado de los debates entre historiadores y filósofos, el germen de la ruptura de tabús que ha hecho posible la entrada en escena de un discurso del odio contra el extranjero como el que vehicula el partido Alternative für Deutschland (Alternativa por Alemania, AfD en sus siglas alemanas) no se explica sin una cierta mirada al trasfondo académico en el que se origina.

Hasta finales de los ochenta, cuando la República Federal Alemana absorbió a la Democrática con el beneplácito de la comunidad internacional, la legitimación del nacionalsocialismo y sus crímenes como “respuesta comprensible” a la amenaza comunista en Alemania y Europa era una especie de bilis mal digerida que rumiaban en las esquinas intelectuales conservadores como Ernst Nolte o Joachim Fest, con una presencia importante en los órganos oficiales de conformación vertical de la opinión pública (Fest fue editor de la sección cultural del conocido diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung durante veinte años, entre 1973 y 1993) pero incapaces de intervenir con contundencia en la esfera de opinión verdaderamente decisiva en las democracias liberales, la esfera de la opinión plébica (de plebe: conformada por el rumor, el bulo, el meme).

Utillaje conceptual: “prensa de la mentira”, “traidores al pueblo” y “sobreextranjerización” 

Aunque Alternative für Deutschland no tiene una posición oficial con respecto al régimen nacionalsocialista y se muestra –por su antiislamismo-- favorable a la agresiva política de Israel en Oriente Próximo (de ahí que sea habitual, por ejemplo, ver banderas israelíes en las manifestaciones y eventos convocados por la organización), algunos de los conceptos políticos que manejan sus portavoces y simpatizantes no dejan lugar a dudas con respecto a la existencia de peligrosas continuidades entre la extrema derecha tradicional alemana y esta extrema derecha vestida de seda.

Nos referimos a conceptos como Lügenpresse o “prensa de la mentira”, expresión con la que la AfD y sus simpatizantes identifican a los supuestos “medios del régimen”, cadenas de televisión, periódicos y radios, en los que, supuestamente, se ofrece una imagen negativa de la “lucha por la salvación de la patria” que la organización encabeza.

 Tendremos ocasión de contrastar más adelante si, realmente, estos medios del régimen son tan críticos con la AfD como los impulsores del partido intentan hacer creer. Recordemos, de pasada, que el concepto Lügenpresse fue una de las expresiones recurrentes en el discurso nazi, empleada, entre otros, por el orquestador de la propaganda del régimen, Joseph Goebbels. 

Mediante el empleo de este concepto se pretende inmunizar contra toda crítica a los seguidores del partido y a las personas a las que se intenta atraer al mismo, planteando la existencia de una gran conspiración (de los intelectuales liberales y de izquierda, los grandes grupos de capital que financian los medios y los medios estatales controlados por el gobierno) contra la misma Verdad. No por azar el lema escogido por la AfD para sus últimas campañas electorales ha sido el de “Mut zur Wahrheit!” (¡Coraje hacia la verdad!).

Conceptos como “Volksverräter” (“traidor al pueblo”), empleados por la AfD para referirse a los miembros de otros partidos políticos, traidores al pueblo alemán con una política de fronteras abiertas destinada a acabar –por disolución racial y cultural-- con ese mismo pueblo, tampoco dejan lugar a dudas sobre el régimen y las ideas con las que entronca la pretendidamente “nueva” política de la AfD. Se trata de un concepto que Adolf Hitler empleó profusamente en las décadas de los veinte y treinta para referirse a los políticos alemanes que habían negociado la capitulación de Alemania en la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles.

 Los AfDistas vuelven a manejar impunemente este peligroso y revanchista concepto político en todas sus manifestaciones y eventos, en los que quizás la imagen más presente sea la de los numerosos carteles con el rostro de la canciller Angela Merkel acompañada de la nauseabunda etiqueta de “Volksverräterin”.

Términos como “Überfremdung”, otra invención conceptual de los nazis sin traducción directa en castellano (prueba la artificialidad de la palabra el que para traducirla al castellano haya que recurrir al circunloquio “sobre extranjerización”) o “Völkisch”, que identifica lo popular con lo nacional en un sentido excluyente, figuran también en un diccionario claramente escrito en caracteres góticos.    
   
El establishment judicial alemán: tolerancia radical al odio extremo 

A pesar de estas continuidades evidentes, la hábil supresión de toda manifestación de odio hacia los judíos, de las apologías abiertas del Tercer Reich o las absurdas negaciones del hecho inédito e inconmensurable del Holocausto que se encontraban en el programa de las formaciones de extrema derecha que la precedieron (y con las que, de hecho, la AfD comparte el noventa y nueve por ciento de sus posiciones políticas) han permitido al partido beneficiarse de una tolerancia judicial y mediática con la que no contó, por ejemplo, uno de sus antecesores, el Partido Socialista del Reich (SRP), prohibido en 1951.

En este sentido, el Tribunal Constitucional alemán ha jugado un papel importantísimo en la ruptura de tabús que explica la irrupción en la arena política de viejos y nuevos discursos del odio.

 Aunque no referida directamente a la AfD, la sentencia final con la que se cerró recientemente el largo proceso judicial abierto en 2013 para que se ilegalizara al Nationaldemokratischen Partei Deutschlands (NPD), un partido antisemita que niega el Holocausto y defiende abiertamente los “logros” de la Alemania del Tercer Reich, es un elemento que jugará un papel fundamental en la vida política alemana de los próximos años.

 El fallo del tribunal, pronunciado el pasado 17 de enero, constata que el NPD es un partido que ataca abiertamente los valores constitucionales y hace apología de la violencia contra los judíos y los extranjeros. Sin embargo, en virtud de lo que el tribunal considera como “una escasa relevancia en la vida política alemana” (dado su escaso atractivo electoral), considera su prohibición como una medida no justificada y que, de tomarse, resultaría desproporcionada.
Una sentencia semejante resulta, sin lugar a dudas, un espaldarazo del sistema judicial a la inclusión del discurso del odio en el menú democrático. La falacia liberal de la posibilidad y deseabilidad de una tolerancia total supone, como en otros casos, aceptar que los intolerantes sean admitidos como un jugador más en la competición democrática.

Esta tolerancia extrema hacia la extrema derecha aparece, además, en claro contraste con la legislación y sentencias judiciales que, poco a poco, han ido arrinconando a la izquierda revolucionaria en posiciones socialdemócratas y pacifistas, al ser catalogada toda llamada a la insurrección violenta, la presión “física” sobre empresarios y políticos o el mero sabotaje industrial como apología del terrorismo.

 De ahí que, aunque la AfD guste de presentarse como el partido antisistema por excelencia en la actual coyuntura política alemana, lo cierto es que se beneficia de un innegable trato de favor por parte del establishment judicial. En una perspectiva histórica ampliada al siglo XX, tal trato no debería resultar demasiado sorprendente.

 No, al menos, si se piensa en la decisiva participación que el Juristenstand tuvo en la construcción del régimen nacionalsocialista en los años veinte y treinta y en el importante rol vertebrador y legitimador que categorías jurídico-políticas como las desarrolladas por el jurista Carl Schmitt (conceptualizador de una política en la que el otro –el diferente, extranjero, opositor-- aparece designado como enemigo y se justifica un estado de excepción permanente como remedio al caos y al desorden) jugaron en el Estado nazi.
La creación de la AfD (2013). Marketing político y estrategas del Berliner Kreis
Como en muchos otros casos, la consigna de ser y representar una alternativa al sistema se revela falsa si echamos también una ligera ojeada a la trayectoria política de los principales cargos políticos de la AfD.

Sus tres principales fundadores y portavoces (Petry, Adam y Lücke, impulsores de la creación del partido en febrero de 2013) tuvieron un pasado político en la CDU, el gran partido conservador alemán en el sistema de partidos establecido tras la Segunda Guerra Mundial, al que pertenece la canciller Angela Merkel. Frauke Petry, elegida, no por azar, como la principal portavoz del partido, es la que menos huellas tenía que borrar, al no haber ocupado cargos importantes antes de formar la AfD.

Supuesta ‘cara nueva’ de la política alemana, Frauke Petry –que ahora considera a los conservadores uno de los “partidos del cártel”-- fue, en todo caso, miembro activo de la CDU por varios años.
El segundo de los progenitores de la AfD, Bernd Lücke, fue miembro de la CDU durante 33 años, ocupó varios cargos públicos relevantes y se distanció de los conservadores por su falta de agresividad hacia el Estado del Bienestar.

En efecto, hasta el momento de su entrada en la AfD, uno de los ingredientes más habituales y entrañables en todo desayuno auténticamente alemán (junto al pan integral, las salchichas y el Schorle) era uno de los repetitivos manifiestos neoliberales de Bernd Lücke.

Publicados en la amplia variedad de diarios a los que, más tarde, denigraría como Lügenpresse, Lücke nunca bajó los brazos en su lucha por las privatizaciones y el abaratamiento sistemático de la fuerza de trabajo, en su opinión el factor que mantenía estancada a la economía alemana.
Cabe preguntarse, en este sentido, si acaso la AfD y su discurso del odio no habrán sido la estrategia de evangelización elegida por Lücke y la derecha empresarial en su Segunda Venida a los desayunos auténticamente alemanes.

De momento no sólo han logrado colar en el discurso político cotidiano ideas consideradas tabú hasta hace pocos años, sino que (para expresarnos en la jerga de moda) han colocado en el centro del tablero político auténticos disparates y multitud de propuestas vulneradoras de los derechos humanos más esenciales, que ahora se consideran no sólo como debatibles, sino implementables y hasta dignas de encomio.

 No hay que olvidar, en este sentido, que un inmigrante calumniado, aislado y condenado perpetuamente a un estatuto jurídico de ilegalidad es, en realidad, un no-ciudadano y, sobre todo, un trabajador que carece de derechos y ni siquiera puede reclamarlos. Sobre este tipo de trabajadores y trabajadoras, el empresario puede ejercer impunemente un alto grado de violencia  económica, física y hasta sexual, como prueban la multitud de abusos que se registran tanto en Alemania como en nuestro país.
En cuanto al tercer padre-fundador de la AfD, Konrad Adam, su intimidad con el sistema resultará fuera de dudas si aclaramos que también fue miembro destacado de la CDU durante varias décadas y de su think tank, el Berliner Kreis (Círculo Berlinés, si lo traducimos al castellano; para ser aún más claros, la FAES germana).

Sus relaciones con la Lügenpresse fueron también estrechas, cariñosas y redituables, pues entre 1979 y 2000 fue redactor del ya citado Frankfurter Allgemeinen Zeitung. Entre 2000 y 2007 fue, además, corresponsal en jefe del periódico Die Welt.
La lista de antisistema reclutados por la AfD es demasiado larga como para ser condensada en un artículo. Mencionemos, a título de ejemplo, que otro de los  portavoces destacados del partido, Alexander Gauland, tiene un perfil prácticamente idéntico al de Adam: alto cargo de la CDU durante cuarenta años, miembro del Berliner Kreis y editor por largo tiempo de otro importante diario conservador (el Märkische Allgemeine).
A estas alturas de la exposición, los lectores críticos estarán, posiblemente, planteándose la pregunta de si esta AfD ‘revolucionaria’ no es, en realidad, un partido paraestatal surgido de las cavernas del Berliner Kreis. Pese a que su nacimiento y consolidación pueden explicarse sólo apelando a las  razones históricas de largo alcance que mencioné, la breve historia de la AfD resulta un indicativo claro de que su causa más inmediata radica en una perspicaz estrategia de marketing político.
Puesto que el nicho de mercado electoral racista y antimusulmán estaba ya, en cierta forma, perfilado y ‘existe’ en todos los países occidentales donde se combinan altas tasas de inmigración y una tolerancia judicial y mediática hacia los discursos alentadores del odio racial y cultural, muchos de ellos vecinos de Alemania, los antiguos miembros del Berliner Kreis a los que nos hemos referido no habrían hecho más que apropiárselo tras rediseñar de forma pragmática el ideario político tradicional de las formaciones de extrema derecha precedentes (adiós al antisionismo).

Utilizando además la etiqueta neutra de “Alternativa por Alemania” que, aunque patriótica, no incorpora referencias a lo Nac/zional o al Reich, el partido se abre a un campo potencial de votantes sin techo definido.
(Continuará…)2                  (José Luis Egío, CTXT, 08/02/17)

17/4/09

La extrema derecha americana no está contenta con Obama

"¿Cómo define el DHS el extremismo de derechas? Como aquel cuyos grupos tienen como orientación los crímenes de odio (los basados en el sexo, la religión o la etnia) o desafían la autoridad federal. Este extremismo también puede centrar sus amenazas sobre un asunto concreto, como el aborto o la inmigración.

Y por supuesto, la elección del presidente Barack Obama, cuya llegada a la Casa Blanca ha supuesto un aliciente para el alistamiento en las filas ultras. "Muchos extremistas de derechas son contrarios a la nueva Administración y la consideran una amenaza", anota el informe. "En dos ocasiones antes de los comicios [en noviembre de 2008], esos extremistas parecieron estar en la etapa inicial de alguna actividad amenazadora contra el candidato demócrata, pero intervinieron las fuerzas de la ley", señala. (...)

La recesión económica y la elección del primer presidente negro en la historia del país han hecho que aumente en Estados Unidos el extremismo de derechas, que recluta nuevos miembros entre los veteranos de guerra frustrados que vuelven de Irak o Afganistán, según un informe del Departamento de Seguridad Interior conocido ayer. Estos grupos de ultraderecha explotan el miedo de los ciudadanos y utilizan los desahucios, el paro y la pobreza como caldo de cultivo perfecto para que los descontentos con el sistema se sumen a sus filas. (...)

El informe del Departamento de Seguridad Interior (DHS, en sus siglas en inglés) recalca que los veteranos de guerra son un blanco perfecto para los grupos ultras por sus altas cualificaciones para el combate y su falta de perspectivas cuando retornan a la vida civil." (El País, ed. Galicia, Internacional , 16/04/2009, p. 5)