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28/5/24

Cuando se habla de la secesión de las élites se alude a gente que puede vivir y disfrutar de su tiempo sin alterarse por las acciones de los políticos, la subida de precios o las transformaciones en el empleo... se ha creado una capa social semejante a la aristocracia británica de finales del XIX, la que vivía de las rentas de la tierra. La de ahora es también rentista, pero su fuente de ingresos es otra... Las fábricas se llevaron a China y el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras occidentales decayó para que esta nueva nobleza del siglo XXI pudiera vivir su tiempo sin roces con la realidad. La globalización no se puso en marcha para generar más eficiencia económica, para que la productividad aumentase o para que la competitividad fuese mayor, sino para asentar la separación de estas élites... El capital está organizado de tal manera que ya no necesita inventar nuevos productos o servicios, ni poner en marcha nuevos negocios. Se limita a estar presente en el accionariado de grandes empresas monopolistas u oligopolistas, muchas de ellas de sectores que fueron públicos... La secesión de las élites es posible para una parte muy, muy pequeña de la población. Defender el mismo programa político que ellas no parece una buena idea

 "¡Menos protocolo y más patatas!, la novela de José Miguel Fernández Sastrón, exmarido de Simoneta Gómez-Acebo, hija de la infanta Pilar de Borbón, ha dado más munición a quienes caricaturizan a las clases altas españolas a partir de los viejos estereotipos, con señoras de apellidos compuestos que tienen su propio capellán, hijos vagos en consejos de administración de empresas familiares, las fincas y demás. Lo cierto es que los nuevos señoritos, las nuevas élites, distan ya de tales retratos.. Y no porque hayan constituido una clase avanzada, sino porque están de regreso: se parecen más a la clase rentista que componía la aristocracia británica de finales del XIX.

Lo que define a la nobleza económica contemporánea tiene que ver con la construcción de un mundo aparte, que no es afectado por las cuestiones esenciales de la vida en común. Lo señala bien Fernández Sastrón cuando describe las comidas en los restaurantes madrileños, en especial en Horcher, "un punto de encuentro. Es una especie de sede de toda la vida de los viejos y nuevos ricos. Las conversaciones que mantienen entre ellos las podríamos imaginar, desde fuera, relacionadas con las altas finanzas y no lo son. De lo que en realidad hablan es de la amante del otro, del vino carísimo que beben y de la próxima montería o viaje. Y acaban los almuerzos con la frase típica de "lo tuyo ya te lo arreglo después".

No hablan de finanzas, sino que sus conversaciones giran alrededor de chismes y ocio porque pueden permitirse una vida al margen, aquella que no es perturbada por aquello que sí nos preocupa al resto de los mortales. Pueden ignorar la política, porque entienden que la capacidad de los dirigentes nacionales de causarles daño es limitada, y la economía les perturba poco, ya que poseen recursos suficientes. Están alejados del cuerpo social y por lo tanto lo que pasa ahí fuera no les importa demasiado.

Lo explica de una manera directa, desde el dilentantismo y la ironía, Janan Ganesh, columnista de Financial Times: "¿Inflación? Puedo ahorrar sin sufrir. ¿El malestar de Europa? Soy móvil. Puedo escabullirme. La escena gastronómica de Singapur ha evolucionado mucho. ¿El Brexit? Las víctimas directas son los pequeños exportadores, los artistas en gira, o los investigadores científicos, no los columnistas mimados como yo. Londres es más cosmopolita, no menos, que en 2016. ¿Las infraestructuras? Algo precioso si vives en una región remota o desfavorecida, pero las principales ciudades del mundo rico están bien dotadas. ¿La educación? ¿El futuro lejano? ¿Las grandes guerras por los recursos de la década de 2070? No tengo hijos por los que temer. Amigos, parece que he salido de la Historia. Fuera de los temas obvios y eternos de los impuestos y la ley y el orden, el día a día me afecta poco. Me resulta estimulante observar la política, pero como un zoólogo observa una colonia de wombats".

"Fuera de los temas obvios y eternos de los impuestos y la ley y el orden, la política me afecta poco"

Esta es la descripción real de una clase social que vive al margen, ya que posee los recursos y la posición precisos para no preocuparse de nada más que de malgastar su tiempo de ocio. Cuando se habla de la secesión de las élites es precisamente a esto a lo que se alude, a gente que puede vivir y disfrutar de su tiempo sin alterarse por las acciones de los políticos, la subida de precios o las transformaciones en el empleo. Parte del deseo aspiracional que circula por la sociedad tiene que ver con esto. También nos gustaría disfrutar de nuestra existencia sin preocuparnos de todas las fricciones que la vida cotidiana nos genera: obligaciones, pagos, programas políticos que nos afectan, preocupaciones ligadas a lo material y tantas otras cosas. Pero no podemos, porque vivimos en sociedad y no podemos separarnos de ella. Los ricos tampoco, pero a veces se van demasiado lejos.

Este es uno de esos momentos: se ha creado una capa social semejante a la aristocracia británica de finales del XIX, la que vivía de las rentas de la tierra. La de ahora es también rentista, pero su fuente de ingresos es otra.

Esta clase ha quedado constituida por la economía forjada en la era de la globalización feliz. Las fábricas se llevaron a China y el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras occidentales decayó para que esta nueva nobleza del siglo XXI pudiera vivir su tiempo sin roces con la realidad. La globalización no se puso en marcha para generar más eficiencia económica, para que la productividad aumentase o para que la competitividad fuese mayor, sino para asentar la separación de estas élites.

Ganar sin aportar siquiera capital

Uno de los mejores ejemplos de la economía rentista que se ha creado, y de cómo nos está influyendo, son los supermercados británicos. Como asegura Bloomberg, cadenas como Wm Morrison y Asda están siendo investigadas por, entre otros motivos, no trasladar la bajada de los precios a los consumidores. Ambas cadenas están soportando una enorme deuda contraída por los financieros que las adquirieron en 2021, y como esa deuda es ahora más cara por la subida de tipos, necesitan obtener más beneficios. Según asegura Liam Byrne, ex ministro laborista del Tesoro que preside el comité de negocios y comercio del Parlamento, "hay entre cuatro y cinco minoristas altamente apalancados como Morrison y Asda, empresas que emplean a cientos de miles de personas y que son propiedad de firmas de capital privado que están asumiendo oscuros riesgos. Es peligroso para el capitalismo británico".

No producen nada, simplemente compran algo ya existente con dinero que no tienen para venderlo tiempo después

Por explicarlo de otra manera. Los fondos de private equity compraron esas cadenas con dinero que obtuvieron prestado a cuenta de las empresas adquiridas. Normalmente, esos fondos, después de recortar todo tipo de costes, suelen vender la firma al cabo de un tiempo, generalmente cinco años, a otros fondos o a empresas del mismo sector comercial. No producen nada, simplemente compran algo ya existente con dinero que no aportan para venderlo tiempo después. Como lo hacen sin apenas invertir, las firmas adquiridas se cargan de deuda. Como hay que hacerlas eficientes, suelen recortar en mano de obra y en costes de proveedores. Y como la deuda hay que abonarla, los consumidores deben pagar precios más elevados. Esa es una de las principales causas de la inflación en los alimentos en Reino Unido. No es algo que ocurra en el extranjero, es una constante de este tipo de capitalismo.

El rentismo no lo constituyen, como se suele afirmar en redes sociales, esas personas que tienen un par de pisos para alquilar; no se trata de gente mayor robándole la vida a los jóvenes. El rentismo es una estructura de la economía que impulsa lo contrario del trickle-down: se trata de que el dinero fluya de abajo hacia arriba. El capital está organizado de tal manera que ya no necesita inventar nuevos productos o servicios, ni poner en marcha nuevos negocios. Se limita a estar presente en el accionariado de grandes empresas monopolistas u oligopolistas, muchas de ellas de sectores que fueron públicos, para aprovechar su poder de mercado y conseguir el mayor beneficio posible; o a realizar prácticas como las de Asda y Morrison en las que está inmerso buena parte del private equity; o a invertir en instrumentos ventajistas como el high frequency trading.

El libre mercado contra las clases medias altas

La separación entre las vidas de la nueva nobleza rentista y las nuestras es también la separación de sus economías y las nuestras. La mayor parte de la gente realiza una tarea por la que recibe una retribución, ya sea en forma de salario o de beneficio si es autónomo o tiene una empresa. El tipo de estructura en que se apoya la clase rentista no lo necesita, le basta sentarse a esperar que el dinero fluya de abajo arriba a través de mecanismos que extraen recursos de la economía productiva. Por eso en tantas ocasiones las cifras macroeconómicas y las de la economía cotidiana no encajan.

Hay mucha gente que apoya el libre mercado y que cree que el programa de ley, orden y bajos impuestos arreglará sus problemas. No es así

Este es uno de esos momentos. La inflación, con la pérdida de nivel de vida que aparejan precios tan elevados, en especial en los bienes esenciales, es el coste que estamos pagando para que los números cuadren por arriba. Como en crisis anteriores, es el común de los ciudadanos el que paga la factura.

Esta dinámica es la causa última del malestar de mucha gente, ya que deben encajar los golpes de la estructura económica que se articuló en la era del orden basado en reglas. Se menciona con mucha frecuencia la influencia política de los perdedores de la globalización, clases trabajadoras y habitantes de territorios en declive que giran hacia las derechas, pero se habla menos de un sector relevante, que constituye otra clase perdedora. A menudo, la gente enfadada suele pertenecer a clases medias y medias altas que apoyan el libre mercado y que creen que el programa de ley, orden y bajos impuestos que proponía Ganesh es el que solucionará sus problemas.

Quién puede desaparecer en un avión privado

Son gente que espera del Estado y de la democracia respeto a las instituciones, un buen funcionamiento de la justicia e impuestos bajos y que apoya a opciones políticas que basan su oferta electoral en esas promesas. Pero serán sistemáticamente defraudados, porque no es a ellos a quienes se está apelando. Los impuestos son un gran ejemplo: son más bajos que nunca para los grandes sectores rentistas, pero muy elevados para los trabajadores, los autónomos, las pymes e incluso los pequeños rentistas. Las bajadas de impuestos de los últimos tiempos no han ido destinadas a las clases sociales que los reclaman, sino a los rentistas. Y lo que estos dejan de aportar, debe afrontarlo el resto de la sociedad. Entre otras cosas, porque la deuda pública (a menudo en manos de grandes inversores) tiene que ser devuelta, y los impuestos también se destinan a eso. De modo que se produce la paradoja de que estas clases sociales molestas que esperan ley, orden y bajos impuestos están votando a opciones políticas que difícilmente van a cumplir lo que les prometen. Cuando se han desarrollado programas de gobierno que han ido en esa dirección, y el de Milei es un caso evidente, las consecuencias han sido dos: empobrecimiento de sus nacionales y satisfacción de los grandes acreedores rentistas, porque es justo el programa que necesitaban.

La secesión de las élites es posible para una parte muy pequeña de la población. Pero hay quienes defienden su mismo programa político

Esas clases medias y medias altas no han entendido todavía cómo funcionan las cosas, y por eso continúan dando su apoyo a opciones políticas que les mienten. Una anécdota descrita por la periodista Linette López, que la presenció en una edición de SALT, la gran conferencia de los inversores estadounidenses, ilustra hasta qué punto las vidas de las clases de verdad rentistas y las de las medias altas divergen. López preguntó a un multimillonario por la incertidumbre política, y la respuesta que recibió fue franca: a él no le preocupaba, porque tenía su dinero en las Islas Caimán o en Las Bahamas, y vivía un poco en todas partes. Pero, advirtió, para los simplemente ricos era otra cosa: "Ellos tienen que pagar la universidad de la Ivy League de sus hijos, la hipoteca de su casa de los Hamptons y los bienes de lujo que han adquirido. A ellos, la inestabilidad sí les puede perjudicar". Y, añade López, "acto seguido, subió a su avión privado y desapareció".

De manera que, salvo quienes puedan desaparecer en un avión privado, todos los demás están atados a su territorio. La secesión de las élites es posible para una parte muy, muy pequeña de la población. Defender el mismo programa político que ellas no parece una buena idea.

El camino de salida

Dos advertencias finales. Ganesh termina su artículo señalando que "la vida extrapolítica les parecerá a algunos inhumana. Para mí es un milagro de la modernidad. Lo que no será por mucho tiempo es excepcional". Tiene razón. Las cosas están cambiando. Hay suficiente gente enfadada con el tipo de economía existente como para provocar un giro. Y quizá en una mala dirección, porque la gente que reside en la vida extrapolítica desea conservar su posición de privilegio, lo que obliga a participar en la política de manera muy activa para mantenerla. Apoyarán opciones perniciosas. Toda la retórica sobre el autoritarismo tiene en estos sectores un apoyo sustancial.

La segunda cuestión, relacionada con la primera, es la condición indispensable para que la salida de este enredo sea positiva para una mayor parte de la población. La época que viene tras la globalización feliz es incierta, y aunque se estén adivinando ya los caminos que va a tomar, todavía no están bien definidos. Pero, gire hacia donde gire, si no nos alejamos de manera radical de esta estructura rentista de la economía, el mundo va a ser mucho más duro. Las transformaciones del orden global no van a ir solo de EEUU contra China, de rusos e iraníes o de las consecuencias de la guerra de Gaza. La economía planificada de los rentistas, que fueron los principales beneficiarios de los años globales, nos ha metido en un lío notable en todos los niveles y, para salir de él, tenemos que reorientar de manera decidida nuestras estructuras hacia lo productivo. De lo contrario, todo será arriba y abajo, señores y sirvientes, y no hay mejor manera de que Occidente decline en el mundo."              

( Esteban Hernández , El Confidencial, 27/05/24)

6/11/18

Las élites culturales perdieron la confianza en los valores de Occidente, refugiándose en nuevos movimientos (como el feminismo, los movimientos LGBT, etc.) que "no tienen nada en común entre ellos"... las nuevas elites, especialmente las clases profesionales, miran a las masas con una mezcla de desprecio y aprehensión"... igual que a los valores familiares, al patriotismo, a la religión, pero también al racismo, a la homofobia,,,

"El libro de Christopher Lasch se publicó en 1995, cuando el gran intelectual estadounidense ya llevaba un año muerto y se presenta como una acusación fundamental de esa "traición de la democracia", que lleva como subtítulo.

 Ataque con la mirada de aquellos que se están separando de la vida, y puede decir todo, aquellas élites que se han reducido a estar radicalmente separadas del resto de la sociedad y ahora "tienen una visión esencialmente turística del mundo". 

 Más o menos el mismo año, Richard Rorty, que sobrevivirá durante una década abundante, escribió algo muy similar, en "Una izquierda para el próximo siglo", en el que acusó a la "clase cosmopolita" de no tener sentido de comunalidad con El resto de la sociedad.  

Personas que se sienten cómodas solo en aviones, cuando van de un lugar a otro [1], y que juzgan a la clase media como "tecnológicamente atrasada, políticamente reaccionaria, represora en la moral sexual, retrospectiva en los gustos culturales". Una clase, por lo tanto, cuyo carácter distintivo es la arrogancia y un sentido de superioridad.(...) 

La pregunta que Lasch plantea en su último trabajo, escrita con la ayuda de su hija mientras la enfermedad terminaba su curso, es si "la democracia tiene futuro". Si los problemas estrechamente relacionados con el declive de la industria manufacturera, la contracción de la clase media, el crecimiento de la pobreza, el aumento de la delincuencia, el narcotráfico y la degradación de las ciudades, todavía dejarán espacio para ello. 

 Al igual que Dahrendorf, Lasch acusa a las "clases privilegiadas" de haberse separado y de constituir una nueva élite formada "no solo por gerentes de grandes empresas, sino por todas aquellas profesiones que producen y manipulan información: el alma del mercado. global "y que con el tiempo se han vuelto cada vez más cosmopolitas y móviles.

 La necesidad de moverse, como un requisito para hacer una carrera, es de hecho el factor que determina la "mentalidad turística" insurgente y que aleja a la democracia. Precisamente de esa unidad básica de democracia que son comunidades capaces de autogobierno (y no individuos).Para Lasch, al final, es precisamente el declive de estas comunidades para cuestionar el futuro de la democracia.Las élites culturales [5] finalmente perdieron la confianza en los valores de Occidente, refugiándose en nuevos movimientos (como el feminismo, los movimientos LGBT, etc.) que "no tienen nada en común entre ellos" y, de hecho, solo tienen uno "Afirmación coherente", que es "la anexión en las estructuras dominantes". En otras palabras, para Lasch, han perdido la perspectiva de la transformación revolucionaria de las relaciones sociales, en favor de una demanda liberal de integración.

Es una transformación singular, el centro de gravedad crítico se ha movido a lo que llama "los liberales de las clases medias altas" que simplemente no pueden entender por qué sus valores no son compartidos por las masas (probablemente distraídos). de necesidades triviales). De ello se deduce que "al mismo tiempo, arrogantes e inseguras, las nuevas elites, especialmente las clases profesionales, miran a las masas con una mezcla de desprecio y aprehensión" (p.30). Y con esta actitud de desprecio y aprensión, también miran todo lo que se opone al progreso: a los valores familiares, al patriotismo, a la religión, pero también al racismo, a la homofobia, ... (...)"                           

(Christopher Lasch, “La ribellione delle élite” di Alessandro Visalli, Sinistrainrete, 10/10/18)

29/6/18

La principal herramienta de las diferentes congregaciones católicas para garantizar su influencia sobre el IBEX 35

"Son las 8.30 de la mañana y un grupo de 12 personas –nueve hombres, tres mujeres– con look ejecutivo acompaña la liturgia. Las bancas son de acero inoxidable y están forradas en cuero. La estancia está revestida de madera. La virgen del altar luce una discreta bandera de España y el cristo, tallado con sumo realismo, da la espalda a la imponente Sierra Norte de Madrid. 

Termina la ceremonia y la mayoría de los 12 feligreses sale rápidamente de la sobria y refinada instancia. Dos asistentes se acercan teléfono en mano al hombre corpulento y de aire aristocrático que permanece arrodillado en primera fila. Le susurran algo al oído. Los aleja sin siquiera mirarlos con un ademán casi imperceptible y prosigue con sus oraciones.

 Cada día miles de personas transitan por las inmediaciones de Torre Espacio de Madrid, el cuarto edificio más alto de España, sede de OHL, la constructora de Juan Miguel Villar Mir, y de su propiedad hasta finales de 2015. Desde el aeropuerto de Barajas se divisa la bandera española que ondea en su azotea y marca el fin del Paseo de la Castellana.

 Lo que no se ve es que su piso 33 (casualmente la edad asignada a la muerte de Cristo) alberga la capilla más alta de España, “la iglesia más cercana a Dios”, como la definen muchos. Hasta hace poco, los noctámbulos podían observar el parpadeo de la luz verde de su sagrario desde la calle.

La torre del Grupo Villar Mir no es la única sede empresarial que posee una capilla autorizada y bendecida por el arzobispo de Madrid. También la sede del Banco Santander o la de Telefónica en Las Tablas cuentan con las suyas, entre otras empresas. En los tres casos, las compañías aseguran que tomaron la decisión a petición de su plantilla, y no por iniciativa de sus presidentes y consejeros ejecutivos.

La cercanía de la élite empresarial española y la Iglesia católica en España viene de lejos, aunque su punto álgido más reciente se produjo durante el franquismo, cuya ideología se basaba en la doctrina nacionalcatólica. En aquella época brilló con especial intensidad el Opus Dei. Con la vuelta de la democracia y la apertura económica de España, el interés de la ciudadanía por la religión cayó considerablemente. Hoy en día su poder es menos visible que antaño, pero es fácil adivinar el rastro de la Iglesia católica en los principales círculos del poder ejecutivo, judicial, legislativo, periodístico y, con discreción y vigor, del económico.

MÁSTERS DE REFERENCIA

La principal herramienta de las diferentes congregaciones católicas para garantizar su influencia sobre los directivos es la educación. La Iglesia está detrás del nacimiento de las universidades en el mundo occidental, desde la Sorbona de París hasta Oxford, pasando por la Universidad de Cambridge y también la de Salamanca, el centro universitario más antiguo de España. 

Para asegurar el poder de la institución hoy ya no importan tanto los estudios de Teología o Humanidades, sino la formación empresarial, especialmente los famosos y cotizados Máster en Administración de Empresa, los MBA, como se les conoce y reconoce mundialmente por sus siglas en inglés. En España existen varias escuelas de negocios en manos de la Iglesia que pertenece a la élite mundial, sobre todo el IESE Business School de la Universidad de Navarra, propiedad del Opus Dei, el ESADE, que en 1995 se integró a la Universidad Ramon Llull, y el ICADE de la Universidad Pontificia Comillas, ambas controladas por la Compañía de Jesús.

Los campus modernos del IESE en Madrid y Barcelona, por ejemplo, incorporan iglesias, y en sus aulas hay crucifijos y estatuas de la virgen María. De esta forma, Dios tiene una presencia discreta en la formación de los futuros líderes empresariales mientras aprenden las últimas teorías de gestión o los retos de la economía digital. Y va más allá de los estudios.

 En abril se celebra una reunión de exalumnos de su MBA en Madrid, una “oportunidad de venir a pasar un buen rato con tus compañeros y amigos”, según reza la invitación en la web del IESE. Tras la recepción se oficia una “Santa Misa por los Antiguos Alumnos del MBA, especialmente aquellos fallecidos en 2017”. Los directores dan la bienvenida y un experto habla sobre “la escalera de la digitalización” antes de cerrar el evento con un cóctel.

El poder de la escuela de negocios del Opus y sus vínculos con las grandes empresas quedó reflejado en la última gran reunión anual de exalumnos que se celebró en noviembre de 2017, también en Madrid (la de este año será en octubre en Nueva York). Unas 3.000 personas de diferentes países participaron en las jornadas con charlas del antiguo alumnado como Fuencisla Clemares, la directora general de Google para España y Portugal, Helena Herrero, presidenta de HP para España y Portugal o Marta Martínez, responsable de IBM en la Península Ibérica.

 También habló el astronauta Pedro Duque, y el jefe del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Félix Sanz Roldán, dio una conferencia sobre ciberseguridad. La reunión incluyó una cena de gala en el Casino de Madrid y torneos de golf, pádel y atletismo con fines benéficos en las instalaciones de la Ciudad Financiera del Banco Santander en Boadilla del Monte.

El IESE, al igual que el ESADE y el ICADE, no esconden sus vínculos con la Iglesia ni su vocación de transmitir valores religiosos. En su página web, el instituto vinculado al Opus explica que “está comprometido con la formación de líderes que aspiran a ejercer una influencia positiva y duradera sobre las personas, las empresas y la sociedad”. 

Y sigue: “En definitiva, promueve la formación de empresarios y directivos a quienes se pueda confiar el futuro de las compañías y de las instituciones sociales”. Luego se afirma que “los valores éticos de la escuela se basan en la tradición cristiana, de la que derivan el progreso social y humano en Europa y en países de otros continentes”. 

El director general del IESE, el alemán Franz Heukamp, es numerario del Opus Dei, pero entre el centenar de profesores del centro no todos son católicos, ni mucho menos el alumnado. La influencia se ejerce de forma más sutil, como refleja un vídeo promocional que apela a los valores con frases en inglés como “si crees que puedes contribuir a construir un mundo mejor”, “si crees que puedes ayudar” para terminar en forma de crescendo en la palabra “creer” (“believe”).

La doctrina acompaña los estudios en estos centros pero no forma parte del currículum. “El plan de estudios es totalmente laico”, asegura Mikel Sáez de Vicuña, que estudió Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Deusto, ligada a los jesuitas. 

Aun así, no duda del motivo de la presencia tan extendida de la Iglesia en estos centros. “Creo que son ámbitos en los que quieren dominar los medios, las empresas, formando alumnos. Tiene bastante sentido”, dice este vasco que ahora trabaja en marketing del sector vinícola y agradece la formación que obtuvo en Deusto.

Llama la atención la predilección de los centros religiosos por formar a futuros empresarios y profesionales de la comunicación. En España existen 14 universidades que tienen relación con distintas órdenes católicas. En todas se enseña empresariales y en 11 se imparten grados de periodismo. “Son dos carreras muy demandadas, como también Medicina o Ingeniería”, explican desde el departamento de prensa del Opus Dei. 

Entonces, ¿se trata simplemente de ofrecer lo que pide el mercado, como hace cualquier empresa privada? Parece que no es el objetivo porque en el Opus subrayan: “La educación no es un negocio para nosotros”. En efecto, el IESE es una sociedad sin ánimo de lucro, aunque en 2017 obtuvo un beneficio antes de impuestos de 814.000 euros con una facturación de 106 millones, según las cuentas auditadas por la consultora multinacional KPMG. Las altas tasas de los máster aportan 96 millones de euros y el resto son becas, donaciones e ingresos financieros.

Para las carreras relacionadas con la dirección de empresas, los centros privados son considerados superiores a las universidades públicas y ocupan puestos muy altos en los ránkings internacionales de escuelas de negocio. Sin embargo, la mejor business school de España, según la última lista elaborada por el Financial Times, es el Instituto de Empresa (IE), una universidad privada de carácter laico. 

Ocupa el puesto número tres en este ránking europeo, por delante del IESE (séptimo) y ESADE (octavo). No es solo la calidad académica la que atrae a alumnos y alumnas de todo el mundo a cursar un Máster en Administración de Empresa cuya matrícula supera los 70.000 euros. Un aspecto clave son los contactos con los compañeros de clase, forjar redes, networking.
“La universidad privada gana a la universidad pública en el aspecto importante de trabajos post-graduación. 

A diferencia de las universidades públicas, las privadas han desarrollado durante años redes de contactos entre antiguos alumnos, así como asociaciones que los agrupan, y consiguen que estos tengan a bien contratar a su vez graduados de dichas universidades”, explica Alfonso Novales Cinca, catedrático de Fundamentos de Análisis Económico de la pública Universidad Complutense de Madrid.

 “En las universidades privadas, los graduados tienen una sensación de pertenencia que las públicas no han hecho nada en lograr, probablemente porque han considerado de forma casi despectiva esta sensibilidad”, concluye Novales. Saéz de Vizkuña, el alumno de la Universidad de Deusto, coincide en este diagnóstico. “En mi caso y en el de la mayoría de mis compañeros influyó bastante el hecho de que la red de contactos de la privada tenga más calidad y dé más garantías que en la universidad pública”, afirma.

De ahí que las escuelas de negocio dediquen muchos esfuerzos y recursos a cultivar y mantener las redes de sus exalumnos, con grupos de alumni divididos por años, geografías o carreras. El IESE presume de contar con más de 40.000 antiguos alumnos registrados en estas agrupaciones. 

Hay beneficios especiales y las reuniones habituales no son simplemente encuentros para tomar copas sino que siempre ofrecen algo especial, ya sea una visita a Silicon Valley, al Estadio Santiago Bernabéu o un concierto en el Palau de la Música de Barcelona. Pero el elemento clave de estas redes, por supuesto, son los contactos con directivos y profesionales de las principales empresas en todo el mundo. 

Este sistema empieza a funcionar ya antes de llegar a la educación superior, como por ejemplo en el prestigioso Colegio Nuestra Señora del Pilar en Madrid, por donde han pasado un sinfín de políticos y empresarios. Cuando fue presidente del Gobierno, José María Aznar se acordó de su compañero de pupitre del Pilar, Juan Villalonga, para dirigir Telefónica, todavía en manos del Estado.

Con la formación de directivos en sus escuelas de negocio, la Iglesia intenta asegurar su influencia en las élites empresariales. De las 433 personas que se sientan en los consejos de administración del Ibex 35, 170 han tenido relación en calidad de estudiante, docente o como miembro de los órganos de gobierno de una o varias universidades privadas ligadas a la Iglesia [ver tabla]. 

La presencia es especialmente elevada en sectores estratégicos, como el de las telecomunicaciones (el 60,8% de los consejeros había tenido o mantiene relación con estos centros educativos) o el energético (43,6%). También llama la atención la proporción de consejeros ligados a estas instituciones en los principales bancos de España y en empresas constructoras e inmobiliarias, que por la naturaleza de su negocio están más expuestas a decisiones políticas (adjudicación de obras públicas, regulación, etcétera). Entre los 433 consejeros analizados (la mayoría son hombres), 74 habían pasado por el IESE y 50 por ICADE.

La escuela de negocios del Opus Dei es, sin duda, la líder entre los centros de la Iglesia para mayor gloria de esta Prelatura católica, que no suele exponer su enorme influencia en público. Una de las pocas rendijas que dejó entrever su poder fue la beatificación de Álvaro Portillo, líder del Opus en España durante varias décadas. 

El difunto adquirió su condición de beato por orden del Vaticano en un acto masivo en la capital española en 2014. El evento estuvo financiado por Telefónica, El Corte Inglés –su actual presidente, Dimas Gimeno, estudió en la San Pablo CEU (creada por la Asociación Católica de Propagandistas) y el IESE– y Madrid Vivo, una fundación presidida por el arzobispo de Madrid y el abogado Javier Cremades, y que en su patronato cuenta con algunas de las compañías más ilustres del Ibex: Endesa, FCC, Acciona e incluso Unidad Editorial, propietaria de los diarios El Mundo, Expansión y Marca, entre otros. 

Esta afluencia de grandes empresas a la beatificación de San Álvaro Portillo sorprendió a Fiona Maharg-Bravo, excorresponsal de la agencia Reuters en España, que lo expresó en un artículo: “Tal y como demostraron los mormones en Estados Unidos, las ideas comunes pueden crear fácilmente una esfera informal de influencia”. Desde enero de este año, Maharg-Bravo es directora de comunicación internacional de Telefónica.

El año pasado, el Opus, que efectivamente dirigía la economía española durante la dictadura de Franco, sufrió un duro recorte de su influencia en el Ibex 35 con la desaparición del Banco Popular. La entidad fue el bastión más poderoso en manos de la Prelatura, que controlaba más del 10% de las acciones a través de la Sindicatura de Accionistas y la Unión Europea de Inversiones, que representaban el capital de familias del Opus. 

Este predominio empezó a tambalear con la entrada en el capital del grupo mexicano de Antonio del Valle, a su vez miembro de la congregación de los Legionarios de Cristo, una secta católica rival del Opus. Aseguran conocedores del sector financiero que la competencia y los desencuentros entre los dos grupos de accionistas tenía mucho que ver con el derrumbe del Banco Popular, que fue intervenido por las autoridades europeas en junio de 2017 y vendido al Santander.

Los estrechos vínculos con los exalumnos y las empresas también se traducen en beneficios económicos para las universidades de la Iglesia en forma de generosos patrocinios de los eventos, revistas o incluso los campus. El constructor Villar Mir no solo tiene la capilla más alta del país en la Torre Espacio, también da nombre a un aula en la sede del IESE en Madrid. Luego está el Aula BBVA. 

 Los máximos responsables del Ibex 35 suelen dar conferencias en estas universidades. Recientemente, pasaron por las aulas del IESE el presidente de Enagás, Antonio Llardén, el consejero delegado de Amadeus, Luis Maroto, el hoy jefe de Gas Natural Fenosa, y Francisco Reynés, que había estudiado allí. Borja Prado, presidente de Endesa, no ha sido alumnos en ninguno de estos centros y, sin embargo, fue él quien creó la beca Endesa para financiar carreras en ICADE. 

Por su parte, Ana Botín, presidenta del Santander, tampoco está vinculada a estos centros, pero el banco que dirige también cuenta con una beca especial para estudiar en las universidades de Deusto, Comillas, IESE y ESADE. Los bancos Sabadell y Caixabank ofrecen préstamos con “tasas de interés muy competitivas” para los alumnos del IESE y Comillas. Las grandes empresas, naturalmente, también ofrecen becas para instituciones privadas laicas como el mencionado Instituto de Empresa.

El dinero de las empresas también contribuirá a la anunciada ampliación del campus del IESE en Madrid, que pretende aumentar en un 50% su actividad docente. La inversión será de 24 millones de euros, de los que el centro asumirá 7,2. 

Desde la escuela aseguran que “por ahora” no pueden dar los nombres de quién se ha involucrado más en el proyecto. En un sistema económico que fomenta la creación de élites, las escuelas de negocios son una de las principales puertas de entrada a este mundo, y la Iglesia controla buena parte de los accesos.

El ESADE de Barcelona explica que la presencia de la Compañía de Jesús en sus órganos de gobierno –los jesuitas nombran al director general– “además de inspiradora de valores cristianos y de la espiritualidad ignaciana, aporta una tradición de más de 450 años en la formación de personas, líderes en diversos campos, al servicio del bien común y de la transformación social”, según su página web. 450 años formando líderes. Nada menos."             ( , La Marea, 18/05/18)