"Hay noticias que nos pondrían poner sobre aviso de lo que se nos avecina, mucho más en tiempos de cambios de carteras ministeriales.
Me explico.
En una época parecida a la nuestra se encuentra el Reino Unido, de cambios de carteras me refiero. Rishi Sunak, el primer ministro, ha sufrido recientemente un terremoto en su gobierno
y, para tratar de encarar lo mejor posible el año antes de las
elecciones, no solo ha llamado a Cameron para que participe de nuevo en
el gabinete –cosas más raras se han visto en política que recuperar al
político que los metió en uno de los mayores desaguisados
internacionales de los últimos tiempos–, sino que ha tenido que ampliar
ministerios.
En concreto uno, el que me interesa, es el que a partir de ahora ocupará Esther McVey,
superviviente de los gobiernos de Cameron, May y Johnson. Pero ¿quién
es Esther McVey y qué puesto asumirá? Si recurres a la Wikipedia en
español, no hay actualización profesional suya a partir de 2019; sin
embargo, si te acercas a mirar la versión inglesa, añaden varias cosas,
entre otras, que en la reorganización de noviembre de 2023, Rishi Sunak la ha nombrado ministra sin cartera con la tarea de liderar la agenda antiwoke del gobierno.
Y sí, tal cual lo digo, parece que esta diputada del ala dura de los tories ha sido designada por el primer ministro para velar contra la denominada cultura woke, y su «brazo armado», la cultura de la cancelación en el Reino Unido.
Y ahí es donde yo no puedo evitar una media sonrisa al enterarme de que han nombrado a una «ministra del sentido común» centrada en la lucha contra lo woke.
Las palabras no son mías, proceden de la prensa británica. Cómo estarán
las cosas para que un gobierno llegue a la conclusión de que la mera
denominación y apelación del sentido común pueda serle rentable
políticamente.
Es decir, cómo estará de extendida en gran parte de
la población la percepción de que la locura, la falta de sensatez, la
cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura, el
terraplanismo y falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones,
entre otras cosas, es bueno que sea objeto de control por parte de un gobierno… de derechas.
La definición de woke
cambia según a quién le preguntes. El término deriva del inglés
afroamericano y se empezó utilizando de forma razonable, en un intento
de proteger –como no podía ser de otro modo– a las minorías, y, sobre
todo, insistiendo en una crítica al racismo y al machismo imperante, en
definitiva contra la desigualdad estructural. A partir
del 2014 y con el movimiento Black Lives Matter se utilizó para
«despertar» a la gente frente a la brutalidad policial en EE.UU. contra
la comunidad negra.
El problema es que, desde entonces, el término se ha utilizado para
denunciar todo aquello que no gusta, en realidad, todo aquello que no
sigue… lo que los wokes creen que hay que defender y de no ser así aplican su, temida, cultura de la cancelación,
para acabar «asesinando» públicamente a aquel personaje que no repita
el discurso que ellos defienden. Dicho de otro modo, la estrategia woke
ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por esas mismas
minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre
las mayorías. Sí, lo que debía ser un instrumento de alerta ante las
injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta
para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales.
Hasta
aquí, casi os diría que no pasa nada. El drama, sí, permitidme que me
ponga un poco trágica, es que lo que podría quedarse en discusión
familiar, o debate en un grupo de amigos, ha salido y ha llegado incluso
a órganos más o menos con poder, consiguiendo, incluso, silenciar a
personas y, claro está, a sus opiniones. O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión desde algunas minorías.
Llegados a este punto, está claro que lo de menos es quién sea McVey,
que dicho sea de paso tiene bastantes detractores en su país, lo
verdaderamente interesante es que, finalmente, alguien se haya dado
cuenta –hasta tal punto de crear un ministerio–, que no se puede
normalizar la cancelación desde el punto de vista de una democracia. Y
que, además, tenga que venir desde la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado) y con la bandera del «sentido común».
Quizá,
normalizando la sensatez, aunque sea de forma gubernamental; quizá,
dejando que exista libertad de opinión y no censura; quizá, respetando
los estudios científicos, podemos empezar a centrarnos en los temas
verdaderamente importantes, como la escasez de viviendas asequibles, el
aumento de las facturas de energía, las escaseces sanitarias o
educativas, o los terribles niveles de pobreza que existen en algunas
zonas. Lo triste es que ese campo discursivo se lo estamos dejando a la derecha, véase la nueva ministra británica.
Cómo de estúpidos han de ser los que tiene enfrente la derecha británica, cómo de evidente debe ser, que baste con apelar al sentido común, para ganarse el apoyo de la ciudadanía, aunque recurriendo a un ministerio sin cartera. Veremos si acabamos siguiendo el ejemplo.
Ya
dijo alguien en España, viendo los derroteros de la guerra cultural que
se está teniendo desde la izquierda, que ésta está perdiendo el sentido
común, y que será la ultraderecha la que apele al sentido común, y,
desgraciadamente, de seguir así, la gente terminará pensando que la
ultraderecha es la que tiene sentido común." (Carmen Domingo, ethic, 27/11/23)
"Para abrir el apetito lector y como paradigma de las consideraciones críticas de Carmen Domingo: “Quizás
la cancelación que ha sido más virulenta en los últimos tiempos ha sido
la que ha sufrido el feminismo de la mano de la izquierda posmoderna y
su teoría del género, o teoría queer […] lo que no podemos perder de
vista es el efecto colateral más evidente del predominio del género
frente al sexo y a que eso determine, en realidad, lo que eres: el
borrado de las mujeres”.
Componen el nuevo (y muy recomendable) libro de la autora de Con voz y voto. Mujer y política en España entre 1913 y 1945
la introducción -“El comienzo de una idea”-, cuatro capítulos – “El
nuevo macartismo: La cultura de la cancelación”, “Quema de brujas en el
siglo XXI”, “Soy una víctima, luego existo”, “A por el fin de la Cultura
de la Cancelación”-, un sucinto e informativo apéndice (“Diccionario de
la Cancelación”), la bibliografía (¡afortunadamente incluye las Imposturas intelectuales
de Sokal y Bricmont!) y las notas. Falta, sin ser esencial en este
caso, un índice de nombres. Abren el libro dos citas -Ray Bradbury,
Bertrand Russell- y una ilustración de María Torre Sarmiento.
Estamos ante un libro en el que la autora habla del impacto de la
Cultura de la Cancelación en Occidente, una cultura que está haciendo
mella en la que llama izquierda posmoderna de nuestro país, “una
actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea
moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones
que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no
cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese
momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de
silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”.
Domingo construye su crítica con fuerza argumentativa y con excelente
prosa, una prosa que atrapa al lector o a la lectora desde la primera
página, al tiempo que ilustra sus agudas e informadas críticas con
sorprendentes ejemplos, sobre los que nos advierte: “Solo puedo
añadir que todos y cada uno de los ejemplos que doy son ciertos por más
que, por momentos, puedan parecer invenciones. La bibliografía y la
hemeroteca confirman que la realidad, una vez más, supera con mucho a la
ficción”. Uno de los más citados: el de J. K. Rowling y las
presiones a las que se vio sometida por declarar su apoyo a Maya
Forstater, una investigadora inglesa que fue despedida por haber
tuiteado que, en términos biológicos, una mujer sigue siendo una mujer
aunque se sienta y declare hombre.
Algunas de las tesis o posiciones centrales de Domingo:
1. La Cultura de la Cancelación no es, desde luego, algo asociado a la modernidad. “El hecho de ‘cancelar’ a alguien por lo que piensa existe tiempos inmemoriales”.
2. Pero la llamada Cancel Culture – “denunciar a personas, obras e instituciones de tener un comportamiento, a juicio de quien lo critica, inadecuado”- es consecuencia de un fenómeno reciente: “nace
en Estados Unidos hace unos cuarenta años y ha ido creciendo y cogiendo
fuerzas con su popularización en redes sociales y con la posibilidad de
ejercer el anonimato en las mismas, dando un poder a los usuarios que
no se había visto antes”. Y de las redes ha soltado a todas las
áreas sociales e incluso a la Universidad, que, en opinión de Domingo,
ha pasado en menos de cincuenta años de “ser centro del saber y la discusión a ser centro del pensamiento único desde el que, justamente, se aplica la reprobación”.
De hecho, a día de hoy, los ejemplos más llamativos provienen de los
EEUU y de muchas de sus universidades (Domingo hace referencia a la
buena reacción que representa la declaración de las Universidades de
Stanford y Chicago de 2022 con el título Restoring Academic Freedom) y, por lo general, añade, “de las universidades que se encuentran en los estados más demócratas”, es decir, con mayor poder institucional del Partido Demócrata USA.
3. Los canceladores, observa Domingo, “presumen de abanderar la
lucha en defensa de necesitados y oprimidos y ejercen presión en nombre
de LA justicia, o, en puridad, de SU justicia”. Surge de este modo una paradoja: “la
paradoja de que el cancelado -hablamos de minorías- se convierte en el
opresor y, lo que sorprende más, que las minorías no quieren ser
integrados en la mayoría, sino, por asombroso que parezca, mandar sobre
ella y acabar cancelándola”.
4. Estaríamos ante una policía del pensamiento que no emana de un estado sino de la propia sociedad, “de sus sectores más jóvenes y progresistas [personas nacidas a partir de los noventa] que a su vez forman parte de otro movimiento, el woke, entendiendo con ello que, como dice el verbo inglés, al estar despiertos, son más sensibles a la aplicación de la justicia”. En realidad, apunta críticamente Domingo, a su idea de la justicia, “por cuya bandera acaban actuando como inquisidores, o sea, de forma injusta”.
5. ¿Quiénes son? Se trataría de jóvenes, de generaciones
hiperconectadas a través de las redes sociales que presumen de alta
conciencia social. Jóvenes que “se creen comprometidos con esa
izquierda identitaria y de minorías, por lo general relacionados con
movimientos antirracistas, LGTBIQ+… e incluso infiltrados en el
feminismo posmoderno, pero que han olvidado por completo, o desconocen,
los valores de la izquierda”. Jóvenes, de tipología múltiple y
variada, entre los que existe como nexo de unión una línea ideológica
canceladora que se asocia a una izquierda posmoderna que “ha pasado de preocuparse por la igualdad y las necesidades sociales -trabajo, sanidad, educación-, a centrarse en las minorías”.
6. La praxis de estos colectivos de jóvenes, con redes de influencias cada vez mayores, consiguen que sus “conspiraciones
tengan cada vez más fuerza en no pocos casos hasta lograr afectar a la
vida intelectual y artística de la sociedad en su conjunto”.
Por qué ideas disparatadas, y en muchos casos crueles, se pregunta
Domingo, encuentran tanto en eco en ciertos grupos sociales. Su
hipótesis: “la eliminación de las Humanidades, entre las que se
encuentran la Filosofía y la Historia en los programas de enseñanza,
asignaturas que fomentan el pensamiento crítico, facilita la deglución
sin análisis de las causas que apelan a la emoción y destierran la razón”.
Uno de sus llamativos ejemplos de cancelación: “recientemente, en
algunas librerías parisinas se ha intentado cancelar a la reciente
Premio Nobel, Annie Ernaux, porque, decían, era antisemita, por su
posición frente al problema palestino”.
Ni que decir tiene que las críticas a lo woke provienen también de la derecha, incluso de la derecha extrema. No es esa la posición de Domingo: “También han criticado la penetración woke el presidente del Partido Conservador británico Oliver Dowden y Boris Johnson. Lo curioso es que la crítica a lo woke,
y lo que significa empaña las necesidades reales de la izquierda y por
lo que esta debería pelearse. Y así, de nuevo, el postureo woke maquila
en primer lugar, para pasar a olvidarse de las necesidades reales, del
trabajo, la educación, la sanidad y las obligaciones del estado para con
sus ciudadanos”.
No hay, por supuesto, en las venas y arterias de la escritura de Domingo ni una sola gota de transfobia. Con sus palabras: “Nada
tenía, ni tiene, que ver la falta de libertad de expresión con la
posibilidad de que las minorías irrumpan en el debate público y alcen su
voz”. En no pocas ocasiones, recuerda, “sus reivindicaciones
se han traducido en una mejora de la convivencia y del respeto a
distintas opciones vitales, como el matrimonio homosexual o la igualdad
de derechos laborales entre hombres y mujeres con independencia de su
origen y condición, entre otras muchas”. Pero, para Domingo, “formar parte de una minoría no te da la razón, ni ejercer el activismo desde una supuesta izquierda garantiza, per se, que se actúe y se piense correctamente”. Para la autora hemos de plantearnos “qué
ha pasado para que desde la izquierda, que antes trataba de integrar a
todos los colectivos y de garantizar que no hubiese diferencias entre
ellos, hoy baste con ser o sentirse un colectivo minoritario para
conseguir una visibilidad y un poder muy por encima de la representación
real e, incluso, la autoridad moral para excluir al resto. ¿Es esa la
izquierda que queremos?”. La pregunta, desde luego, es retórica." (Salvador López Arnal , Rebelión, 23/09/2023)
"La izquierda se ha estrellado en las recientes elecciones. Muchas
pueden haber sido las razones, y muchos los análisis e interpretaciones
que se han hecho y se seguirán haciendo. Nosotros vamos a centrarnos en
los errores de los marcos de debate impuestos por la izquierda y de la
batalla cultural. Igualmente intentaremos mostrar cómo se ha regalado a
la derecha y la ultraderecha muchos elementos que le han permitido
cabalgar electoralmente.
El resultado electoral de las pasadas elecciones municipales y
autonómicas depende, como es lógico, de muchos factores. Nosotros nos
vamos a detener solo en uno, en qué medida los temas de la agenda
mediática logran condicionar a los electores. Es decir, qué
asuntos terminan siendo importantes fruto de los medios de comunicación y
cuáles son los promovidos por los líderes de la izquierda como
centrales de su agenda informativa.
La agenda setting
Es de sobra conocido, que si imponer desde los medios una ideología no es fácil, sí que es más viable imponer la denominada agenda setting, es decir, los asuntos que las audiencias van a considerar más o menos importantes.
Veamos
un ejemplo. Cuando las encuestas preguntan qué asuntos del país
preocupan más a los ciudadanos, la respuesta es diferente a cuando, a
continuación, les preguntan, qué temas les preocupa a ellos
personalmente. En el primer caso se dejan llevar por los
problemas impuestos por la agenda setting (terrorismo, inseguridad
ciudadana…) y en el segundo por los reales que les acechan todos los
días (desempleo, sanidad…).
De modo que, cuando se acerca una cita electoral, todos los poderes en liza intentan imponer sus agendas: los mediáticos por un lado, y cada partido político por otro.
Pueden conseguirlo o no, pero también, en el caso de los partidos,
puede que se hayan equivocado a la hora de apostar por los temas de
agenda estrella. Especialmente los denominados guerra cultural.
Explotar las cuestiones identitarias
Por ejemplo, en esta campaña hemos comprobado
cómo la izquierda se dedicó a explotar las cuestiones identitarias, que
además quedaban muy vistosas en mítines e imágenes televisivas, para
poder captar votos: movimiento LGTB, racializados, discapacitados,
multiculturalidad…
El momento más surrealista fue cuando, en el mitin de Valencia, la ministra Irene Montero
dice que la candidata de Podemos a la alcaldía de la tercera ciudad del
país es la más adecuada porque es bollera, sorda y feminista. Sin tener
nada en contra de esas características, no parece un argumento de
validez política.
Mientras, en Chueca, triunfaban en
redes las performances de personas trans contorneándose en el escenario
al tiempo que los candidatos de Más Madrid o de Unidas Podemos aplaudían el ritmo de la música. Todas las candidaturas de izquierda exponían candidatos de raza negra o mujeres con hiyab como muestra de multirracialidad y multiculturalidad.
Heterosexuales aburridos
No se trata de que nos parezca mal que todos los elementos anteriores se incorporen a la propuesta política,
el problema es cuando los conviertes en tu principal patrimonio de
guerra cultural y en tu agenda mediática electoral, o el único mérito
para aspirar a recibir un voto.
Incluso si en tu
desorientada defensa de esas minorías no se te ocurre otra cosa que
decirle a una periodista “No hay nada más aburrido que una reunión de
tíos heterosexuales”. Es lo que dijo Yolanda Díaz en una conversación/entrevista con Jorge Javier Vázquez.
¿Existía
alguna forma más clara de dejarle a la derecha el regalo de la defensa
de los heterosexuales que llamarles gratuitamente aburridos? ¿De verdad
hacía falta eso para defender los derechos de los colectivos
homosexuales?
Ayuso y la libertad
Mientras tanto, la derecha, como
bien demostró Ayuso, apostó por la apropiación del término “libertad”
que, como todos sabemos, en el capitalismo, solo consiste en hacer lo
que te permita tu dinero. Ponía en la agenda las okupaciones de
vivienda. Que serían mentira, pero tampoco se entiende que desde la
izquierda combatieran las propuestas demagógicas de la derecha si, de
verdad, no había, tanta okupación.
La derecha
denunciaba una subida del precio de los alimentos, que era verdad,
apelaban a elementos culturales mucho más eficaces, como la identidad e
integridad de España, los valores tradicionales que, en lugar de ir superándolos por la izquierda, están siendo simplemente ridiculizados y humillados.
La gran paradoja es que al
final, ni siquiera esos sectores identitarios que centraron el discurso
de la izquierda les han apoyado, porque se ha demostrado que para
muchos de ellos su identidad sexual, su raza o su religión no era tan
prioritario como creían en la izquierda. Yolanda Díaz dijo:
“No entiendo que un gay vote a la derecha”. Y Alberto Olmos le respondió con lucidez.
“A diario veo camareros, conductores de autobús, camareras, conductoras
de autobús, un panadero. Las cajeras del Día. Las cajeras del Ahorra
Más. Y veo clientes en esos supermercados, por cientos en ocasiones.
Pero ninguno hace la compra como gay».
Esto es así porque la
orientación sexual hacia personas del mismo género no ocupa el cien por
cien del tiempo de las personas cuya orientación sexual se dirige hacia
personas de su mismo género. No llevan un cartel, un discurso, una banderita siempre.
La frase de Yolanda es verdaderamente triste. Si eres gay, no votas a la derecha: a la derecha la votas si eres de derechas, y miren por dónde hay gays de derechas.
En Chueca ganó la derecha
Y tanto que los hay, en el barrio madrileño de Chueca, icono del colectivo LGTB, ganó el PP, como está sucediendo en todas las elecciones.
Como señaló Jorge Alemán en la revista argentina
Página 12, “en los tiempos actuales de fragilidad y desamparo de los
sujetos, e insisto con esto, más allá de lo económico, las derechas
saben que incluso los sectores más vulnerables exigen identificaciones
fuertes, que se encarguen de ocultar tanto la división en antagonismos
que constituye a lo social como la propia fractura inaugural del sujeto
en los seres hablantes. Para esta operación la Ultraderecha es la agenda de promoción de un «yo fuerte». Un imaginario que por arcaico que sea, por anacrónico que parezca, prometa una identidad sin fisuras”.
La derecha se apropia de la identidad tradicional
Es
decir, mientras la izquierda, en su intento de presentarse como
moderna, multicultural y tolerante, llenaba sus escenarios y presentaba
como valor electoral de sus candidatos su raza o religión foránea o su
orientación sexual no tradicional, que se desplazan en bicicleta y
llevan dieta vegana; la derecha se quedaba con el regalo de reivindicar
la identidad tradicional, agredida, humillada y ridiculizada, según su
discurso, por ser heterosexual, blanca, comer carne y viajar en un coche
diesel.
Lo peligroso es que tampoco parece que se haya aprendido tras ver los resultados. El comunicado de Izquierda Unida habla de la necesidad de «desplegar sentimientos movilizadores».Como ha señalado Elisa Beni,
“¿Más sentimiento, más emociones y menos gestión es lo que proponen?
¿No ven que precisamente ha sido su transformación en izquierdas
identitarias, alejadas de la tradicional postura materialista que las
impregnaba, lo que les ha arrastrado a la derrota?”
Logros sociales del gobierno
Es verdad que el gobierno de coalición ha logrado objetivos sociales y económicos impensables
en un gobierno de derecha: aumento de las pensiones, subida del SMI,
ERTES para garantizar ingresos a muchos sectores durante la pandemia,
mejoras en la contratación laboral.
Pero no nos engañemos, muchas de esas medidas sociales no han sido tan exitosas como intentaron vender.
Y eso los electores lo han comprobado. El Ingreso Mínimo Vital no ha
funcionado, ha llegado a muchas menos personas de las que lo necesitan,
se calcula que solo llega a la quinta parte de la población que vive bajo el umbral de la pobreza. No deberían existir las colas para conseguir comida si esas personas tuvieran asegurado un ingreso de 565 euros al mes.
Los ERTES tampoco ayudaron a muchos empleados de la
hostelería que estaban contratados por pocas horas de jornada aunque
trabajaran la jornada completa, de modo que se encontraron en
la pandemia con unos ingresos menores de los que le correspondían porque
no habían cotizado por jornada completa.
Regulación del precio del alquiler
La
regulación del precio del alquiler no convence a nadie, entre otras
cosas porque se encuentra en una ley de rango nacional que establece que
esa regulación se debe aplicar en unas zonas que deben ser previamente
calificadas por las administraciones autonómicas. Es decir, no es aplicable por el gobierno que la ha aprobado.
Otras
medidas sociales que se aireaban no han sido capaces de aplicarlas ni
la sociedad veía cómo hacerlo. Es el caso de la limitación del precio de
los alimentos básicos que nunca se hizo. No bastaba con denunciar que
el dueño de Mercadona se está haciendo rico, había que mostrar la viabilidad de una medida de limitación de precios.
Y
todos recordamos que los dos casos de topes de precios que se han
aplicado, a las mascarillas y a los test de covid, se les estableció un
precio limitado que terminó siendo superior al que las empresas
terminaron vendiéndolo. En Portugal los supermercados vendían los test más baratos que en España sin que hubiera ninguna limitación de precio gubernamental.
Con la derecha hubiera sido peor
Por supuesto que si hubiera gobernando la derecha todo lo anterior hubiera sido peor. Pero eso no basta para conseguir que los ciudadanos te apoyen como mal menor.
Hace mucho que en España no se vota a favor de alguien, sino en contra
de alguien. Se vota a la contra, se vota para castigar. Recuerdo el
eslogan electoral que adoptó Herri Batasuna en unas elecciones europeas y
que le resultó muy exitoso: “Donde más les duele. Vota HB”. Por eso
muchos electores han votado encabronados contra el gobierno sin pararse a
pensar que la alternativa va a ser peor.
Contra el oligopolio de los medios de comunicación
Otro de los errores de la cosmovisión mediática de la izquierda ha sido embarcarse en una cruzada de denuncia de los medios de comunicación responsabilizándoles de todos los males que azotan a esa izquierda.
La existencia de un oligopolio mediático controlado por las
grandes empresas es una realidad incontestable, el sesgo informativo
generalizado a favor de los poderes establecidos es indiscutible,
pero centrar en ello una campaña electoral, desplazando propuestas
sociales o denuncias de otras injusticias, es dejarle un gran campo de
discurso a la derecha.
Si se quiere combatir el oligopolio se deberían haber hecho
propuestas de reforma durante la legislatura, no bastaba con llorar
durante la campaña electoral por la desigualdad de acceso a los medios y
su sesgo informativo. Eso no sirve para convencer del voto pocos días
antes de las elecciones, sirve para justificar tu derrota.
Mascotismo y culpabilización ecológica
Por último,
la izquierda ha abrazado muchas batallas culturales, netamente de
urbanitas acomodados, que no podían ser comprendidas por amplios
sectores sociales, y que le han dejado un campo abierto a la derecha y
ultraderecha.
Una operación de defensa del
mascotismo defendiendo que no se pueden dejar los perros atados
esperando frente al supermercado o solos en el balcón, que los cazadores
no pueden cruzar a sus animales de caza o que había que hacer un curso
para tener una mascota, resultaba ridículo para una gran parte de la sociedad, en fechas en los que los alimentos subían un 15%, . Y, lo que es peor, suponía un caramelo para la derecha que avanzaba en el mundo rural.
O
un discurso medioambiental centrado en culpabilizar a los que comen
carne, tienen un coche diesel o no reciclan usando cuatro contenedores
en sus cocinas de cuatro metros cuadrados.
Otro caramelo para
la derecha, que hace bandera de comer carne o comprende a los
habitantes rurales de clase humilde que solo disponen de su coche de
diez años para desplazarse a la ciudad.
En conclusión, la izquierda ha perdido la batalla cultural y mediática.
Es verdad que el panorama de los medios es adverso, siempre lo fue. El
problema es que los marcos en los que la propia izquierda ha situado los
debates han sido erróneos, han supuesto regalos culturales para la
derecha y un sentimiento de orfandad para grandes sectores sociales de
la izquierda, que no se reconocían en esa agenda." (Pascual Serrano
"EL brutal asesinato de Tyre Nichols a manos de cinco policías negros de Memphis debería bastar para hacer implosionar la fantasía de que la política de la identidad y la diversidad resolverán la decadencia social, económica y política que asola a Estados Unidos. No sólo los ex agentes son negros, sino que el departamento de policía de la ciudad está dirigido por Cerelyn Davis, una mujer negra. Nada de esto ayudó a Nichols, otra víctima de un linchamiento policial moderno.
Los militaristas, los corporativistas, los oligarcas, los políticos, los académicos y los conglomerados mediáticos defienden la política de la identidad y la diversidad porque no hace nada para abordar las injusticias sistémicas o el azote de la guerra permanente que asola a EE.UU. Es un truco publicitario, una marca, utilizada para enmascarar la creciente desigualdad social y la locura imperial. Ocupa a los liberales y a los educados con un activismo de boutique, que no sólo es ineficaz sino que exacerba la división entre los privilegiados y una clase trabajadora en profunda penuria económica. Los que tienen regañan a los que no tienen por sus malos modales, su racismo, su insensibilidad lingüística y su chabacanería, mientras ignoran las causas profundas de su penuria económica. Los oligarcas no podrían estar más contentos.
¿Mejoró la vida de los nativos americanos como resultado de la legislación que ordenaba la asimilación y la revocación de los títulos de propiedad de las tierras tribales impulsada por Charles Curtis, el primer vicepresidente nativo americano? ¿Estamos mejor con Clarence Thomas, que se opone a la discriminación positiva, en el Tribunal Supremo, o con Victoria Nuland, una halcón de la guerra en el Departamento de Estado? ¿Es nuestra perpetuación de la guerra permanente más aceptable porque Lloyd Austin, un afroamericano, es el Secretario de Defensa? ¿Es el ejército más humano porque acepta soldados transexuales? ¿Se ha mejorado la desigualdad social y el estado de vigilancia que la controla porque Sundar Pichai, nacido en la India, es el consejero delegado de Google y Alphabet?
¿Ha mejorado la industria armamentística porque Kathy J. Warden, una mujer, es la consejera delegada de Northop Grumman, y otra mujer, Phebe Novakovic, es la consejera delegada de General Dynamics? ¿Están mejor las familias trabajadoras con Janet Yellen, que promueve el aumento del desempleo y la "inseguridad laboral" para reducir la inflación, como Secretaria del Tesoro? ¿Mejora la industria cinematográfica cuando una directora, Kathryn Bigelow, hace "Zero Dark Thirty", que es propaganda para la CIA? Echa un vistazo a este anuncio de reclutamiento publicado por la CIA. Resume lo absurdo de dónde hemos llegado.
Los regímenes coloniales encuentran líderes indígenas obedientes -François Duvalier "Papa Doc" en Haití, Anastasio Somoza en Nicaragua, Mobutu Sese Seko en el Congo, Mohammad Reza Pahlavi en Irán- dispuestos a hacer el trabajo sucio mientras explotan y saquean los países que controlan. Para frustrar las aspiraciones populares de justicia, las fuerzas policiales coloniales cometieron habitualmente atrocidades en nombre de los opresores. Los luchadores por la libertad indígenas que luchan en apoyo de los pobres y los marginados suelen ser expulsados del poder o asesinados, como ocurrió con el líder independentista congoleño Patrice Lumumba y el presidente chileno Salvador Allende.
El jefe lakota Toro Sentado fue abatido a tiros por miembros de su propia tribu, que servían en el cuerpo de policía de la reserva de Standing Rock. Si te pones del lado de los oprimidos, casi siempre acabarás siendo tratado como tal. Por eso el FBI, junto con la policía de Chicago, asesinó a Fred Hampton y casi con toda seguridad estuvo implicado en el asesinato de Malcolm X, que se refería a los barrios urbanos empobrecidos como "colonias internas". Las fuerzas policiales militarizadas de Estados Unidos funcionan como ejércitos de ocupación. Los policías que mataron a Tyre Nichols no son diferentes de los de las fuerzas policiales de reserva y coloniales.
Vivimos bajo una especie de colonialismo corporativo. Los motores de la supremacía blanca, que construyeron las formas de racismo institucional y económico que mantienen pobres a los pobres, se ocultan tras atractivas personalidades políticas como Barack Obama, a quien Cornel West llamó "una mascota negra para Wall Street". Estos rostros de la diversidad son examinados y seleccionados por la clase dominante. Obama fue preparado y promovido por la maquinaria política de Chicago, una de las más sucias y corruptas del país.
"Es un insulto a los movimientos organizados de personas que estas instituciones dicen querer incluir", me dijo en 2018 Glen Ford, el difunto editor de The Black Agenda Report. "Estas instituciones escriben el guion. Es su drama. Eligen a los actores, las caras negras, marrones, amarillas y rojas que quieran".
Ford llamó "representacionalistas" a los que promueven la política de identidad, que "quieren ver a algunos negros representados en todos los sectores de liderazgo, en todos los sectores de la sociedad". Quieren científicos negros. Quieren estrellas de cine negras. Quieren académicos negros en Harvard. Quieren negros en Wall Street. Pero es sólo representación. Eso es todo".
El peaje cobrado por el capitalismo corporativo a las personas que estos "representacionistas" dicen representar pone al descubierto la estafa. Los afroamericanos han perdido el 40% de su riqueza desde el colapso financiero de 2008 por el impacto desproporcionado de la caída del valor de la vivienda, los préstamos abusivos, las ejecuciones hipotecarias y la pérdida de empleo. Tienen la segunda tasa más alta de pobreza, con un 21,7 por ciento, después de los nativos americanos, con un 25,9 por ciento, seguidos de los hispanos, con un 17,6 por ciento, y los blancos, con un 9,5 por ciento, según la Oficina del Censo de Estados Unidos y el Departamento de Salud y Servicios Humanos.
En 2021, los niños negros y los nativos americanos vivían en la pobreza con un 28% y un 25% respectivamente, seguidos de los hispanos con un 25% y los blancos con un 10%. Casi el 40 por ciento de las personas sin hogar del país son afroamericanos, aunque los negros representan alrededor del 14 por ciento de nuestra población. Esta cifra no incluye a las personas que viven en viviendas ruinosas y hacinadas o con familiares o amigos debido a dificultades económicas. Los afroamericanos son encarcelados casi cinco veces más que los blancos.
La política de identidad y la diversidad permiten a los liberales regodearse en una empalagosa superioridad moral mientras castigan, censuran y deploran a quienes no se ajustan lingüísticamente al discurso políticamente correcto. Son los nuevos jacobinos. Este juego disfraza su pasividad ante el abuso empresarial, el neoliberalismo, la guerra permanente y el recorte de las libertades civiles. No se enfrentan a las instituciones que orquestan la injusticia social y económica. Buscan hacer más apetecible a la clase dominante.
Con el apoyo del Partido Demócrata, los medios de comunicación liberales, el mundo académico y las plataformas de medios sociales de Silicon Valley, demonizan a las víctimas del golpe de Estado corporativo y de la desindustrialización. Establecen sus principales alianzas políticas con quienes abrazan la política de la identidad, ya sea en Wall Street o en el Pentágono. Son los idiotas útiles de la clase multimillonaria, cruzados morales que amplían las divisiones dentro de la sociedad que los oligarcas gobernantes fomentan para mantener el control.
La diversidad es importante. Pero la diversidad, cuando carece de una agenda política que luche contra el opresor en nombre de los oprimidos, es un escaparate. Se trata de incorporar a un segmento minúsculo de los marginados por la sociedad a estructuras injustas para perpetuarlas.
Una clase que impartí en una prisión de máxima seguridad de Nueva Jersey escribió "Enjaulados", una obra sobre sus vidas. La obra se representó durante casi un mes en el teatro The Passage de Trenton (Nueva Jersey), donde se agotaron las entradas casi todas las noches. Posteriormente fue publicada por Haymarket Books. Los 28 alumnos de la clase insistieron en que el funcionario de prisiones de la historia no fuera blanco. Era demasiado fácil, decían. Era una farsa que permite a la gente simplificar y enmascarar el aparato opresor de los bancos, las empresas, la policía, los tribunales y el sistema penitenciario, todos los cuales contratan a personas con diversidad. Estos sistemas de explotación y opresión internas deben ser atacados y desmantelados, sin importar a quién empleen.
Mi libro, "Nuestra clase: Trauma and Transformation in an American Prison", utiliza la experiencia de escribir la obra para contar las historias de mis alumnos y transmitirles su profunda comprensión de las fuerzas represivas y las instituciones que se alzan contra ellos, sus familias y sus comunidades. Puede ver mi entrevista en dos partes con Hugh Hamilton sobre "Nuestra clase" aquí y aquí.
La última obra de August Wilson, "Radio Golf", predijo hacia dónde se dirigían la diversidad y las políticas de identidad desprovistas de conciencia de clase. En la obra, Harmond Wilks, un promotor inmobiliario educado en la Ivy League, está a punto de lanzar su campaña para convertirse en el primer alcalde negro de Pittsburgh. Su mujer, Meme, aspira a convertirse en secretaria de prensa del gobernador. Wilks, que navega por el universo de privilegios, negocios, búsqueda de estatus y golf de los blancos, debe desinfectar y negar su identidad. Roosevelt Hicks, compañero de habitación de Wilk en Cornell y vicepresidente del Mellon Bank, es su socio. Sterling Johnson, cuyo barrio Wilks y Hicks están presionando para que la ciudad lo declare en ruinas y así poder arrasarlo para su multimillonario proyecto urbanístico, le dice a Hicks:
¿Sabes lo que eres? Me llevó un tiempo darme cuenta. Eres un negro. Los blancos se confunden y te llaman negro, pero no lo saben como yo. Yo sé la verdad. Soy un negro. Los negros son lo peor de la creación de Dios. Los negros tienen estilo. (...). Un perro sabe que es un perro. Un gato sabe que es un gato. Pero un negro no sabe que es un negro. Cree que es un hombre blanco.
Terribles fuerzas depredadoras están carcomiendo el país. Los corporativistas, militaristas y mandarines políticos que les sirven son el enemigo. Nuestro trabajo no es hacerlas más atractivas, sino destruirlas. Hay entre nosotros auténticos luchadores por la libertad de todas las etnias y orígenes cuya integridad no les permite servir al sistema de totalitarismo invertido que ha destruido nuestra democracia, empobrecido la nación y perpetuado guerras interminables. La diversidad, cuando sirve a los oprimidos, es una ventaja, pero es una estafa cuando sirve a los opresores."
(Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, brave New europe, 06/02/23; traducción DEEPL)
"El reproche habitual de los liberal-conservadores hacia la llamada
cultura ‘woke’ (también conocida como ‘cultura de la cancelación') es
que les parece demasiado radical: sus partisanos quieren destruir todas
las estatuas, purgar nuestros museos, privarnos por completo de nuestra
memoria colectiva y purificar el lenguaje cotidiano imponiendo su
jerigonza insípida, fruto de la censura.
En este asunto, creo que Ben Burgis
acierta cuando defiende que los agentes de la cultura de la cancelación
son ‘comediantes en un mundo en llamas’: lejos de ser ‘demasiado
radicales’, su imposición de nuevas reglas y prohibicioneses un caso ejemplar de pseudoactividad, de como asegurarse de que nada va a cambiar por el método de fingir actividad frenéticamente.
No nos puede sorprender que nuevas formas de capital, en particular los magnates anti-Trump de las tecnológicas (Google,
Apple, Facebook…), apoyen de manera apasionada las luchas feministas y
antirracistas: nuestra realidad es un capitalismo ‘woke’. No se cambian
las cosas realmente prescribiendo medidas que nos llevan a un balance
‘justo’ superficial, que no ataca las causas últimas de los
desequilibrios.
Este es el último caso de lucha políticamente correcta contra los
privilegios: el Departamento de Educación de California propuso que las
diferencias entre los estudiantes con buen expediente y sus compañeros
con peores notas desaparezcan: los profesores deben contener a quienes
destacan y estimular a los menos dotados, tratándoles como si fueran
iguales en sus habilidades. ¿Justificación? “Rechazamos la idea de talento y
de habilidades naturales”, ya que “no hay un corte que determine quién
es talentoso y quién no”. El objetivo radica en “reemplazar el concepto
de talento innato en matemáticas por el reconocimiento de cada
estudiante transita un camino de mejora”.
Estamos ante un caso ejemplar de falso igualitarismo destinado a
alimentar odio y envidia. Necesitamos buenos matemáticos dedicados a la
ciencia avanzada y las medidas que se proponen no ayudan a ello.
La solución: ¿por qué no reclamar mejor educación para todos y mejores
condiciones de vida para los pobres? Es sencillo imaginar el próximo
paso de este falso igualitarismo: ¿no es un caso de suprema injusticia
que algunos individuos sean sexualmente mucho más atractivos que otros?
La sexualidad, en efecto, es un territorio de terrible injusticia y
desigualdad… La igualdad del disfrute sexual es el último sueño de este
falso igualitarismo.
Zizek y el deseo femenino
Existen unas pocas voces de oposición izquierdista auténtica en esta
marea de falsa justicia: además de Burgis, debo mencionar a Angela Nagle y Katherine Angel. El único problema que tengo con el libro de Nagle es el título: Mujeres y deseo en la era del consentimiento: el sexo de mañana volverá a ser bueno.
La afirmación parece implicar que el sexo alguna vez fue bueno, en el
sentido de no antagonista, y que volverá a serlo de nuevo. En muy pocas
ocasiones he leído un libro con el que estuviera tan completamente de
acuerdo en su premisa básica, recogida en un párrafo de la publicidad
editorial, que cito aquí ampliamente, sin vergüenza: “Las mujeres están
en aprietos: en nombre del consentimiento y del empoderamiento, se ven
obligadas a expresar sus deseos de manera clara y con confianza.
Mientras tanto, los expertos en conductas sexuales sugieren que el deseo femenino emerge de manera lenta.
Los hombres insisten en que conocen los mecanismos de lo que las
mujeres buscan, y también sus deseos. Mientras tanto, la violencia
sexual abunda.
En este ambiente, ¿cómo pueden las mujeres saber lo que
quieren? ¿Y por qué esperamos que lo sepan? Katherine Angel
desafía nuestras Asunciones sobre deseo femenino. ¿Por qué, se pregunta
la autora, debe esperarse que sepamos lo que deseamos? ¿Y cómo de en
serio podemos tomarnos la violencia sexual cuando no saber exactamente lo que queremos es clave en nuestro erotismo y nuestra personalidad?”
Las partes en cursiva (que son mías) resultan cruciales: cualquier
teoría feminista debería tener en cuenta el ‘no-saber’ como una pieza
clave de la sexualidad y basar su oposición a la violencia en las
relaciones sexuales no en explica términos usuales de “solo sí significa
sí”, sino evocar ese ‘no-saber’. Este es el motivo por el que el lema
de que las mujeres “deben proclamar sus deseos de manera clara y con
confianza” no es solo una imposición sexual, sino una desexualización,
una defensa del ‘sexo sin sexo’. Por eso el feminismo, en algunas instancias, refuerza precisamente ese ‘avergonzar y silenciar’
la sexualidad femenina al que dice oponerse.
Lo rechazable de los
avances sexuales masculinos no es solo la violencia directa, física o
psíquica, sino también la presunción de qué el hombre sabe lo que la
mujer confusa ignora (y que ese saber legitima su violencia). Un hombre
es violento incluso cuando trata a una mujer con respeto si asume de
manera condescendiente que conoce sus deseos mejor que ella.
Esto no implica de ninguna manera que el deseo femenino tenga alguna
deficiencia comparado con el masculino (que se supone que saben lo que
quieren): la lección de los psicoanalistas es que siempre existe una
distancia que separa lo que queremos de lo que deseamos. Puede ocurrir
que yo no solo desee algo sino que quiera obtenerlo sin pedirlo
explícitamente, fingiendo que me ha sido impuesto, y que pedirlo de
manera directa arruinase el placer.
De manera inversa, puedo querer algo, soñar sobre ello, pero no desear obtenerlo:
mi consistencia subjetiva puede depender por completo de no obtenerlo y
si lo obtuviera colapsaría mi subjetividad. Debemos tener siempre en
mente que una de las formas más brutales formas de violencia ocurre
cuando algo que deseamos secretamente, o con lo que fantaseamos (pero
que no estamos preparados para hacer en la vida real), nos es impuesto
por una fuerza exterior.
Las censuras cruciales
La única forma de sexo que encaja perfectamente con el criterio de la corrección política es el contrato sadomasoquista.
Los partisanos de la izquierda políticamente correcta a menudo
reprochan a sus críticos que se centran demasiado en los excesos de la
corrección política, por ejemplo los aspectos censores de la cultura de
la cancelación y la cultura ‘woke’, ignorando formas de censura mucho
más graves. En el Reino Unido tenemos el servicio secreto MI6 con
derecho de veto en cualquier instancia estatal y académica, controles policiales de la actividad sindical,
regulaciones secretas sobre lo que puede publicarse en medios de
comunicación, interrogatorios a menores musulmanes sobre actividades
terroristas, por no hablar del encarcelamiento ilegal de Julian Assange…
Estoy de acuerdo en que este listado reúne pecados más graves que la
cultura de la cancelación, pero creo que todo esto proporciona el
argumento definitivo contra la cultura ‘woke’ y sus regulaciones
políticamente correctas: ¿por qué, entonces, la izquierda se centra en
aspectos menores de nuestro lenguaje cotidiano en vez de hacerlo en
estas cuestiones más relevantes que hemos citado? No sorprende que el
propio Assange fuese atacado por algunas feministas políticamente
correctas de Suecia (pero no solo de Suecia) que se negaron a apoyarle porque se tomaban muy en serio las acusaciones de conductas sexuales inapropiadas
(luego desestimadas por las autoridades judiciales de Suecia). Parece
que una infracción menor de las reglas políticamente correctas fuese más
importante que ser víctima de la maquinaria del terror estatal.
En cualquier caso, la posición ‘woke’ toca un aspecto realmente
importante en la reproducción de la hegemonía. Me refiero a las reacción
del sistema, que cambia desde ridiculizar a sus oponentes a ser presa
del pánico y tratar de suprimir el antagonismo por la vía legal. Muchas
veces encontramos en los medios quejas sobre los “excesos” de las
teorías de raza o género que piden volver a las narrativas hegemónicas
sobre el pasado americano.
Estamos en mitad de una contraofensiva reaccionaria para reafirmar y blanquear el mito americano.
Nuevas leyes propuestas en al menos quince estados de EE.UU. proponen
prohibir la enseñanza de la teoría crítica sobre la raza, el Proyecto 1619 del New York Times,
y también cualesquiera ‘conceptos divisivos’. A los niños se le debe
enseñar una falsa versión de la fundación de los Estados Unidos que se
parece más a un parto mítico virginal que a la realidad sangrienta y
dolorosa.
Doctrinas divisivas
En Idaho, el gobernador Bill Little firmó una ley
por la que las escuelas no pueden enseñar teoría crítica de la raza , de
la que se afirmaba que “inflama y exacerba divisiones sobre la base del
sexo, raza, etnicidad, religión, color, origen nacional, de manera contraria a la unidad de la nación y del bienestar del estado de Idaho y sus ciudadanos”. La teniente-gobernador del estado, Janice McGeachin,
estableció una fuerza de trabajo para “examinar el adoctrinamiento en
la educación de Idaho y proteger a nuestros jóvenes del azote de la
teoría crítica de la raza, el socialismo, el comunismo y el marxismo”.
¿Son las teoría prohibidas realmente divisivas? Sí, pero solo en el
preciso de que se oponen (se separan respecto) al mito oficial
hegemónico que es ya ‘divisivo en su esencia’: excluyendo a determinados
grupos y posiciones, a los que coloca en una posición subordinada. Más
allá de todo esto, está claro que los partisanos de los mitos oficiales no se preocupan tanto por la verdad como por la estabilidad
de los mitos fundadores. Estos partisanos, y no las personas
menospreciadas por ellos como ‘relativistas culturales’, están
incurriendo en una posverdad; les gusta mencionar los “hechos
alternativos”, pero se niegan a aceptar mitos fundacionales
alternativos.
A la vez que criticamos la cultura de cancelación, siempre debemos
tener en mente que compartimos sus objetivos (los del feminismo, el
antirracismo, etcétera) ya que nuestra crítica radica en la ineficiencia
para llegar a ellos. Con los defensores de los mitos fundacionales, la
historia es muy diferente: sus objetivos son inaceptables, por lo que
esperamos que nunca los alcancen. " (Slajov Zizek , Vox Populi, 17/06/21)
"(...) Aunque el Partido Laborista pueda restar importancia al Brexit y evitar discutir lo que podría llamarse "la cuestión nacional" en la política británica, el problema no desaparecerá. Habría sido mucho mejor para el partido haber aceptado que la búsqueda de la autodeterminación nacional es una de las fuerzas impulsoras del mundo moderno y no puede tratarse como un accidente desafortunado.
La identidad comunitaria ya no está arraigada en la clase, en la medida en que siempre lo estuvo, sino que es el producto de la brecha cada vez más profunda entre las regiones metropolitanas prósperas y las que quedan atrás; la división geográfica coincide en parte con el creciente enfrentamiento entre los educados y los no educados y los jóvenes y los ancianos.
El nacionalismo populista se ha conectado a estas diferencias, pero también ha agregado otras más venenosas a su arsenal político. Como fórmula para ganar y mantener el poder, comenzó a tomar su forma final hace unos 25 años, aunque sus mayores triunfos son mucho más recientes.
La primera vez que vi que Benjamin Netanyahu lo utilizó con éxito cuando fue elegido primer ministro israelí en 1996, un trabajo que todavía ocupa a pesar de algunas interrupciones y constantes acusaciones de corrupción.
El líder israelí ha tenido muchos emuladores a lo largo de los años, particularmente en la última década.
Desde Brasil hasta Filipinas y desde Turquía hasta la India, los políticos afirman estar reafirmando el poder de su estado nacional. Lo describen como amenazado desde una miríada de direcciones, a menudo demonizando a una minoría doméstica como los palestinos en Israel, los musulmanes en Francia, los negros y los inmigrantes en los Estados Unidos, los kurdos en Turquía.
Por lo general, existe un culto a la personalidad, con seguidores que atribuyen poderes mágicos a líderes como Donald Trump en los EE. UU., Narendra Modi en la India, Recep Tayyip Erdogan en Turquía; lamentablemente, la lista es demasiado larga para dar todos los nombres.
El fenómeno a veces se denomina pluto-populismo, porque suele haber un núcleo de plutócratas que buscan promover y explotar el éxito del movimiento. Los beneficios para ellos vienen en forma de impuestos más bajos, menos regulación de negocios y contratos rentables, mientras que la parte genuinamente populista y socialmente radical de su programa es marginada y olvidada. Trump entregó rápidamente a sus ricos partidarios los impuestos y las regulaciones, pero la reconstrucción de la infraestructura estadounidense y el regreso de empleos industriales bien remunerados nunca sucedieron.
El auge del nacionalismo populista en todo el mundo puede dar la impresión de que es una apisonadora política imparable. Sin embargo, el éxito de los líderes tóxicos a menudo se ha derivado de una espectacular incompetencia y una división rencorosa por parte de sus oponentes. Donald Trump declaró con frecuencia que no habría sido elegido sin Hillary Clinton librando la peor campaña presidencial en la historia de Estados Unidos.
La variante británica del nacionalismo populista puede ser menos violenta y caótica que sus contrapartes en otros lugares, pero comparte muchas de sus características.
Lo que hundió al laborismo en Hartlepool y en otros lugares no fue principalmente “Covid y Corbyn”, como declaró el ex ministro de Tony Blair, Lord Mandleson, sino las consecuencias a largo plazo del Brexit que destruyeron las alianzas progresistas de las que dependía el laborismo.
Y el Brexit fue en sí mismo solo un síntoma de la medida en que cada cuestión política importante ahora adquiere una forma nacional o tiene un aspecto nacional importante. La votación por el Brexit, y por lo tanto por una cierta versión del nacionalismo inglés, por parte de los antiguos votantes laboristas en lugares como los valles galeses y el noreste industrial puede haber comenzado como un voto de protesta contra el statu quo político y social, pero rápidamente se convirtió en parte de la identidad de esos votantes.
Revertir la votación del referéndum nunca iba a ser factible y los intentos de hacerlo solo provocaron una poderosa contrarreacción.
La tendencia populista-nacionalista no es irreversible pero será difícil de lograr. Trump perdió la Casa Blanca, aunque solo por un pelo, solo por su grotesco mal manejo de la epidemia de Covid-19.
Por el contrario, Johnson y los conservadores se benefician de reclamar todo el crédito por el éxito del programa de vacunación, aunque esto fue más una consecuencia de la calidad de la ciencia británica y del NHS.
Los laboristas, y otros oponentes del nacionalismo populista, nunca se han enfrentado realmente a sus fortalezas y debilidades en Inglaterra y Escocia.
Nunca debería haber sido considerado como uno de los trucos sucios de la historia o como una fase dañina pero temporal. La búsqueda de la libertad nacional y la autodeterminación es una de las grandes fuerzas progresistas del mundo y nunca debe entregarse dócilmente a los demagogos de derecha como vehículo para sus creencias tóxicas." (Patrick Cockburn, Brave New Europe, 11/05/21)
"Los partidos de izquierda franceses se han desencadenado en una amarga lucha sobre si se debe pedir a los blancos que se callen, o que se les prohíba directamente, durante las reuniones sobre cuestiones de las minorías.
La controversia estalló después de las revelaciones de que un sindicato de estudiantes de izquierda, llamado UNEF, organiza reuniones que están fuera del alcance de los miembros blancos.
Anne Hidalgo, alcaldesa de París y aspirante a presidente socialista, intervino el miércoles después de que una candidata del mismo partido, Audrey Pulvar, no condenara tales reuniones.
“El campo de la política no es una sesión de terapia, es el dominio de lo universal, donde buscamos la unidad y defendemos nuestros valores laicistas”, dijo Hidalgo en BFMTV.
Pulvar, un ex presentador de noticias negro que se postula bajo la bandera socialista en las próximas elecciones regionales, dijo el domingo que los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero que “sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos. .
"
Cuando se le preguntó si habría dicho lo mismo, Hidalgo respondió que "obviamente no".
El enfrentamiento por los grupos de discusión no blancos ha reavivado un debate en Francia sobre la creciente influencia de las políticas de identidad al estilo estadounidense y cómo desafía las tradiciones políticas existentes en el país.
Los comentarios de Pulvar indignaron a la extrema derecha y a la derecha, y Valérie Pecresse, rival de Les Républicains de derecha, acusó a Pulvar de promover "un tono" aceptable "de racismo".
Pero también provocaron enojo entre la vieja guardia del Partido Socialista, que busca reconstruirse después de una sorprendente derrota en las elecciones de 2017.
Para muchos de la izquierda, los valores universales de égalité, fraternité, liberté deberían trascender las alianzas religiosas o étnicas, y se necesita más integración y asimilación, no menos, en la lucha por la justicia social. Esta facción no comprende la llegada de la nueva guardia a través de organizaciones como UNEF.
Las palabras de Pulvar son "más que torpes, son lamentables, no se corresponden con nuestras ideas comunes, no se debe pedir a nadie que se quede callado", dijo Olivier Faure, líder del Partido Socialista en el canal de televisión francés LCI.
“En última instancia, [los grupos de discusión no blancos] conducen a la segregación y eso es algo con lo que no puedo estar de acuerdo”, dijo Richard Yung, un senador socialista. "Deberíamos poder hablar juntos, estar en desacuerdo, incluso oponernos en la misma habitación".
No es lo que quise decir
La reacción violenta contra Pulvar fue tal que se sintió obligada a justificar sus declaraciones, sin llegar a disculparse. “Algunos pensaron que le estaba diciendo a la gente que guardara silencio. Eso está mal ”, escribió en Le Monde. “Algunos pensaron que quería excluirlos, eso no es lo que dije ni lo que quise decir. Siempre he sido partidario de hablar, de discutir ”.
Chloé Morin, investigadora de la Fundación Jean Jaurès y ex asesora de un gobierno socialista, dijo que esta era la última señal de “un verdadero abismo entre generaciones”.
“Y el abismo es cada vez mayor porque lo que era un movimiento ultra-minoritario hace un par de años, está cada vez más presente en el personal de la extrema izquierda y el Partido Verde”, agregó.
Pulvar encontró más partidarios entre sus rivales en el partido de extrema izquierda France Unbowed y con los Verdes que entre el Partido Socialista que oficialmente la respalda.
"Audrey Pulvar no es racista", tuiteó Jean-Luc Mélenchon, el líder de France Unbowed. “Ella entiende lo que es un grupo de discusión. Quienes le atacan están mostrando sus opiniones sexistas y prejuiciosas ".
La extrema izquierda ve la pretendida defensa de los valores políticos tradicionales como un ataque velado contra las minorías que buscan la emancipación.
“Nadie se queja cuando ves reuniones de directorio en las grandes empresas de Francia que son exclusivamente masculinas y totalmente blancas”, dijo Eric Coquerel, diputado de France Unbowed.
“No se puede negar a las víctimas del racismo el derecho a decirlo y denunciarlo en nombre del universalismo. El universalismo es una buena idea, pero no es una máquina que borra la discriminación ".
¿Una muestra de lo que vendrá?
La controversia es el último ejemplo de las divisiones internas de la izquierda en un momento crucial. (...)
El lunes, el líder verde Yannick Jadot pidió a los líderes de izquierda que se unan y discutan un proyecto común de izquierda para luchar contra el presidente Emmanuel Macron, "que no nos protege de la extrema derecha ni del cambio climático".
Los principales partidos de izquierda acordaron reunirse y señalaron que podría ser difícil encontrar puntos en común.“El problema de la izquierda es que se sigue disparando en el pie”, dijo el investigador Morin." (Clea Caulcutt , POLITICO, 01/04/ 21; traducción google)
Esta batalla cultural que trata de ganar –o que ya “está ganando”– la
derecha radical es uno de los factores analizados en el estudio De los Neocon a los Neonazis: la extrema derecha en el Estado español llevado a cabo por la Fundación Rosa Luxemburgo y coordinado por Ramos.
En el extenso informe, los diferentes autores y autoras que han participado en su elaboración destripan la ofensiva reaccionaria que se viene fraguando en España desde hace décadas:
“El Estado español no es un territorio ajeno y para la oficina en
Madrid de la Fundación era importante empezar por hacer un mapeo que
identificara los tentáculos de la ultraderecha española”, explican desde
la organización.
Para
Ramos, históricamente se ha prestado poca atención a la extrema derecha
en España antes de la irrupción de Vox en el panorama político: “Hoy en
día parece que se ha puesto de moda pero el análisis se centra demasiado en Vox y no miran a lo que hay a su alrededor”, defiende. Así, el trabajo realiza “una descripción minuciosa de todo el cosmos” de la derecha radical en España.
Para entender el momento actual, viran el foco hacia al pasado, hacia la revuelta neoconservadora iniciada después de que el Partido Popular perdiese las elecciones del año 2004. Fue a partir de ese momento cuando la maquinaria compuesta por medios de comunicación, think tanks y lobbies ultraconservadores comienza esta batalla cultural contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, sirviendo las teorías conspiranoicas de 11-M como elemento vehiculador. Una situación y unas estrategias con muchas similitudes a las utilizadas tras el inicio de la pandemia de la COVID-19.
A
pesar de la apertura del objetivo, no dejan de lado a la formación de
Santiago Abascal, a la que dedican diferentes capítulos, “porque es Vox quien siembra una normalización de fascismo
de la que se aprovecha el resto de la extrema derecha española”, ha
subrayado Miquel Ramos durante la presentación de informe. Es por ello
que analizan su ideología, su estrategia de comunicación, su relación con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, su vinculación con organizaciones neonazis, sus relaciones internacionales…
A partir de ahí, tanto Ramos como la abogada Nora Rodríguez, coautura del informe, destripan también a la ultraderecha extraparlamentaria
y a aquellos grupos y organizaciones sociales que sin presentarse a las
elecciones creen que “es importante conocer”. Una extensa radiografía
en la que se incluye la presencia de esta ideología en determinados
ambientes como el deporte –“principalmente el fútbol”– o en la “subucultura musical del odio”.
¿Una internacional reaccionaria?
Autores como Robert Paxton sostienen la dificultad de la creación de una “internacional fascista”,
ya que el fascismo “no es para la exportación: cada movimiento guarda
celosamente su propia receta para el resurgir nacional y los dirigentes
fascistas parecen sentir poco parentesco, o ninguno, con sus primos
extranjeros”, explica en Anatomía del fascismo.
Para la Fundación Rosa Luxemburgo, vinculada al partido alemán Die
Linke, sí que existe un elemento que vertebra a la extrema derecha
universal: las guerras de género. “Es el pilar básico.
Aunque haya varias extremas derechas, algunas con una vertiente más
ultracatólica y ultraconservadora y otras que utilizan los derechos de
las mujeres blancas para esconder una agenda islamófoba, lo que las une a
todas es la lucha contra las cuestiones de género”, explican.
Por
ello, también dedican algunos capítulos a la batalla de la ultraderecha
contra el feminismo y a determinadas conexiones internacionales de la
derecha radical española, principalmente con países del Este de Europa
como Rusia y Ucrania.
La abogada Nora Rodríguez hace hincapié en la parte judicial de la lucha contra este tipo de ideología, centrándose en el terrorismo de extrema derecha y en los delitos de odio: “No es que haya habido muchas operaciones policiales en este Estado contra la ultraderecha, pero sí es interesante ver que nunca se les ha juzgado por terrorismo.
Cuando son condenados es por tenencia de armas, organización criminal,
etc, pero con penas muy bajas. A nivel policial a veces sí que se hace
un buen trabajo pero a nivel judicial queda en nada”, asegura." (Dani Rodriguez, La Marea, 16/03/21)
"A pesar del auge del posmodernismo en la izquierda, sus valores e ideas
rara vez se comprenden bien. Este texto busca abonar a la comprensión de
esos postulados, que, afirma la autora, "socavan la credibilidad de la
izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional,
tribal y ‘premoderna’."
El posmodernismo representa una amenaza
no solo para la democracia liberal, sino para la modernidad misma. La
frase puede parecer osada o incluso hiperbólica, pero la realidad es que
el cúmulo de ideas y valores al interior del posmodernismo ha saltado
los límites de la academia y adquirido gran importancia cultural en la
sociedad occidental. Los “síntomas” irracionales e identitarios del
posmodernismo son fáciles de distinguir y han sido ampliamente
criticados, sin embargo, el ethos que subyace a ellos no se
comprende bien.
Así sucede en parte porque los posmodernos rara vez
explican sus argumentos con claridad, y en parte como consecuencia de
las contradicciones e inconsistencias inherentes a un pensamiento que
niega la existencia de una realidad estable o de un conocimiento
confiable. Sin embargo, al interior del posmodernismo hay ideas
consistentes y comprenderlas es crucial si vamos a buscar
contrarrestarlas. Son la base de los problemas que vemos hoy con el
activismo por la justicia social, socavan la credibilidad de la
izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional,
tribal y “premoderna”.
El posmodernismo, en su acepción más
sencilla, es un movimiento artístico y filosófico que comenzó en Francia
en los años sesenta y produjo obras de arte desconcertantes y una
“teoría” aún más desconcertante. Echó mano del arte avant-garde
y del surrealismo y de ideas filosóficas de décadas anteriores, en
particular de Nietzsche y Heidegger, de quienes tomó su anti-realismo y
su rechazo al concepto del individuo unificado y coherente. Se opuso al
humanismo liberal de los movimientos modernistas en el arte y las ideas,
el cual, según los proponentes del posmodernismo, ingenuamente
universalizaba una experiencia occidental, clasemediera y de hombres
blancos.
Bajo la misma acusación rechazó la
filosofía que valora la ética, la razón y la claridad. El
estructuralismo, un movimiento que (a menudo con exceso de confianza)
intentó analizar la cultura humana y la psicología según una serie de
relaciones estructurales consistentes, fue blanco de ataques. El
marxismo, con su comprensión de la sociedad a través de estructuras de
clase y económicas, fue considerado igualmente rígido y simplista. Por
sobre todas las cosas, los posmodernos atacaron a la ciencia y su
objetivo de alcanzar el conocimiento objetivo de una realidad que existe
independiente de las percepciones humanas, las cuales consideraban
simplemente otra ideología construida y dominada por los presupuestos
occidentales y burgueses. Decididamente de izquierda, el posmodernismo
tuvo un ethos tanto nihilista como revolucionario que resonó con el zeitgeist
de posguerra y post-imperio en Occidente. Conforme el posmodernismo se
desarrolló y diversificó, su fase deconstructiva, inicialmente más
intensa, se volvió algo secundario (pero aún fundamental) para su fase
revolucionaria de “políticas identitarias”.
Un punto de discusión ha sido si el
posmodernismo surge en reacción contra la modernidad. La era moderna es
un periodo de la historia que vio el auge del humanismo renacentista, la
ilustración, la revolución científica y el desarrollo de los valores
liberales y los derechos humanos; un periodo en el que las sociedades
occidentales poco a poco comenzaron a considerar a la razón y la ciencia
como superiores a la fe y la superstición en tanto vías de acceso al
conocimiento, y desarrollaron un concepto de la persona como miembro de
la raza humana merecedor de derechos y libertades, y no como integrante
de una serie de colectivos, sometida a rígidos roles sociales
jerárquicos.
La Encyclopaedia Britannica
dice que el posmodernismo “es en su mayoría, una reacción en contra de
los presupuestos y valores de la época moderna en la historia occidental
(en específico la europea)”, mientras que la Stanford Encyclopaedia of Philosophy
niega esto y dice: “Más bien, sus diferencias se hallan al interior de
la modernidad en sí, y el posmodernismo es una continuación del
pensamiento moderno en un modo distinto”. Yo sugeriría que la diferencia
está en si consideramos a la modernidad en términos de lo producido o
de lo destruido. Si entendemos la esencia de la modernidad como el
desarrollo de la ciencia y la razón, así como del humanismo y el
liberalismo universal, entonces los posmodernos se plantean en oposición
a esto. Si pensamos que la modernidad derriba las estructuras de poder,
incluido el feudalismo, la iglesia, el patriarcado y el imperio, los
posmodernos intentan continuar con este proyecto, pero sus objetivos
ahora son la ciencia, la razón, el humanismo y el liberalismo. En
consecuencia, las raíces del posmodernismo son inherentemente políticas y
revolucionarias, aunque en un sentido destructivo, o como ellos lo
dirían, en un sentido deconstructivo.
El término “posmodernismo” fue propuesto por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna,
la cual definió como una “incredulidad respecto de los metarrelatos”.
Un metarrelato es una explicación amplia y coherente para los grandes
fenómenos. Las religiones y otras ideologías totalizantes son
metarrelatos que intentan explicar el sentido de la vida o todos los
males de la sociedad. Lyotard proponía reemplazarlos con “minirrelatos”
para dirigirse a verdades de dimensiones más pequeñas y personales. Se
dirigía así al cristianismo y al marxismo, pero también a la ciencia.
Según él, “Hay un hermanamiento entre
el tipo de lenguaje que se llama ciencia y ese otro que se llama ética y
política”. Al vincular a la ciencia y al conocimiento que produce con
el gobierno y el poder, lo que hace es rechazar su postulado de
objetividad. Lyotard describe esta condición posmoderna descreída como
algo generalizado, y dice que desde el final del siglo XIX comenzó una
“erosión interna del principio de legitimidad del saber” que provocó un
cambio en el estatus del conocimiento. Para la década de los sesenta, la
“duda” y la “desmoralización” de los científicos “interfiere con el
problema esencial, que es el de la legitimación.” No importa cuántos
científicos digan que no están desmoralizados ni tienen más dudas de las
que corresponde a un grupo de personas que trabajan con un método cuyos
resultados siempre son provisionales y cuyas hipótesis nunca quedan
“probadas”; nada lo disuadió.
En Lyotard vemos dos cosas: un
relativismo epistémico explícito (una creencia en verdades o hechos
personales o culturalmente específicos), y el privilegio de la
“experiencia vivida” por encima de la evidencia empírica. Vemos también
la promoción de una versión del pluralismo que privilegia las opiniones
de grupos minoritarios por encima del consenso general de científicos o
de la ética liberal democrática, a quienes se caracteriza como
autoritarios y dogmáticos. Todo esto es consistente con el pensamiento
posmoderno.
La obra de Michel Foucault se centra en
el lenguaje y el relativismo, aunque aplicado a la historia y la
cultura. Bautizó su aproximación como “arqueología” porque consideraba
que estaba “descubriendo” aspectos de la cultura histórica por medio de
los discursos registrados (un habla que promueve o asume una perspectiva
particular). Para Foucault, los discursos controlan lo que puede
“conocerse”; en distintos periodos y lugares, distintos sistemas de
poder institucional controlan los discursos. Por eso, el conocimiento es
un producto directo del poder. “En una cultura y en un momento dados,
solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad
de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede
silenciosamente investida en una práctica”.1
Yendo
más allá, las personas en sí mismas están construidas culturalmente.
“El individuo, con sus características, su identidad, en su hilvanado
consigo mismo, es el producto de una relación de poder que se ejerce
sobre los cuerpos, las multiplicidades, los movimientos, los deseos, las
fuerzas”.2
Casi
no deja espacio a la agencia individual o a la autonomía. Como ha dicho
Christopher Butler, Foucault “depende de la creencia en la maldad
inherente a la posición de clase o la posición profesional del
individuo, entendida como ‘discurso’, sin importar la moralidad de su
conducta individual”.3
Presenta
al feudalismo medieval y a la democracia liberal moderna como sistemas
igualmente opresivos, y es partidario de atacar y criticar a las
instituciones para desenmascarar la “violencia política que se ha
ejercido a través de éstas de manera oculta”.4
En Foucault vemos la expresión más
extrema del relativismo cultural leído a través de las estructuras de
poder, en las que la humanidad y la individualidad compartida están casi
completamente ausentes. Al contrario, las personas se construyen por
medio de su posición en relación con ideas culturales dominantes, ya sea
como opresores o como oprimidos. Judith Butler echó mano de Foucault
para elaborar su postura fundamental en la teoría queer que se
enfoca en la construcción cultural del género, Edward Said para sus
postulados sobre el poscolonialismo y el “orientalismo”, y Kimberlé
Crenshaw en su desarrollo de la “interseccionalidad” y las políticas de
la identidad. Lo vemos también en la equiparación del lenguaje con la
violencia y la coerción, y la equiparación de la razón y el liberalismo
universal con la opresión.
Fue Jacques Derrida quien propuso el
concepto de “deconstrucción”, y también se sumó a la discusión sobre el
constructivismo cultural y el relativismo cultural y personal. Se enfocó
aún más explícitamente en el lenguaje. Su pronunciamiento más famoso,
“no hay nada fuera del texto” tiene que ver con su rechazo a la idea de
que las palabras se refieren a algo directamente. Más bien, “solo hay
contextos sin un centro de anclaje absoluto”.
Por
eso, el autor de un texto no es la autoridad sobre su significado. El
lector o escucha produce su propio significado igualmente válido y cada
texto “engendra infinitos nuevos contextos en un sentido absolutamente
no saturable”. Derrida propuso el término différance, derivado
del verbo “differer”, que significa tanto “posponer” como “diferir”.
Esto quería indicar que no solo el significado nunca es definitivo sino
que está construido por medio de diferencias, en especial por
oposiciones. La palabra “joven”, solo tiene sentido en relación con la
palabra “viejo”, y decía Derrida, siguiendo a Saussure, que el
significado se construye por medio del conflicto entre estas oposiciones
elementales que, para él, siempre son un positivo y un negativo.
“Hombre” es positivo y “mujer” negativo. “Occidente” es positivo y
“Oriente” negativo. Insistía en que “No estamos ante una coexistencia
pacífica de un vis-a-vis, sino ante una jerarquía violenta. Uno de los
dos términos se impone al otro (axiológica, lógicamente, etc.), se
encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado,
invertir la jerarquía”.
La
deconstrucción, entonces, implica invertir estas jerarquías percibidas;
hacer que “mujer” y “Oriente” sean positivas, y “hombre” y “Occidente”
sean negativas. Esto se debe hacer irónicamente para revelar la
naturaleza arbitraria y culturalmente construida de estas oposiciones
percibidas en un conflicto desigual.
En Derrida hay mucho más relativismo,
tanto cultural como epistémico, y más justificaciones para las políticas
de la identidad. Hay una negativa explícita a considerar que las
diferencias pueden ser algo más que oposicionales, y por lo mismo un
rechazo a los valores del liberalismo derivado de la Ilustración que
busca sobreponerse a las diferencias y enfocarse en los derechos humanos
universales y la libertad y el empoderamiento individual. Estamos ante
la base de una “misandria irónica”, del mantra “el racismo inverso no es
real” y la idea de que la identidad dicta lo que puede ser entendido.
Vemos también un rechazo a la necesidad de que haya claridad en el habla
y en los argumentos; a entender el punto de vista del otro y evitar
malas interpretaciones. La intención del hablante es irrelevante. Lo que
importa es el impacto del habla. Esto, junto con las ideas de Foucault,
son la base de las creencias actuales en la naturaleza profundamente
peligrosa de las “microagresiones” y el mal uso de la terminología
relacionada con el género, la raza y la sexualidad.
Lyotard, Foucault y Derrida son tres de
los “padres fundadores” del posmodernismo, pero sus ideas comparten
temas con otros “teóricos” influyentes y fueron suscritas por
posmodernos posteriores que las aplicaron a una gran variedad de
disciplinas dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Hemos
visto que estas ideas incluyen una alta sensibilidad al lenguaje a nivel
de la palabra y la sensación de que lo que el hablante quiere decir es
menos importante que cómo es interpretado, sin importar lo radical que
sea esa interpretación. La humanidad compartida y la individualidad son
en esencia ilusiones y las personas son propagadoras o víctimas de
discursos dependiendo de su posición social, una posición que depende de
su identidad más que de su involucramiento individual con la sociedad.
La moral es culturalmente relativa, la realidad también. La evidencia
empírica es vista con sospecha y lo mismo pasa con ideas culturalmente
dominantes como la ciencia, la razón y el liberalismo universal. Se
trata de valores de la Ilustración que son ingenuos, totalizadores y
opresivos, y destruirlos es una necesidad moral. Importan mucho más la
experiencia vivida, los relatos y las creencias de los grupos
“marginalizados”, todas igualmente “verdaderas” y preferidas por encima
de los valores de la Ilustración para así revertir la construcción
social opresiva, injusta y totalmente arbitraria de la realidad, la
moral y el conocimiento.
El deseo de “destruir” el status quo,
de desafiar los valores ampliamente difundidos y defender a los
marginados es en esencia algo absolutamente liberal. Estar en oposición a
esto es decididamente conservador. Esa es la realidad histórica, pero
estamos en un punto único en la historia en la que el status quo es en
general bastante liberal, con un liberalismo que defiende los valores de
la libertad, los derechos igualitarios y las oportunidades para todos
sin importar la raza, el género o el sexo. El resultado es una confusión
en la que los liberales de toda la vida que quieren conservar este tipo
de status quo liberal son considerados conservadores, y aquellos que
quieren evitar el conservadurismo a toda costa terminan defendiendo el
irracionalismo y el iliberalismo. Mientras que los primeros posmodernos
desafiaron al discurso con discurso, los activistas motivados por sus
ideas se han vuelto cada vez más autoritarios y llevan aquellas ideas a
su conclusión lógica. La libertad de expresión está bajo ataque porque
el habla es ahora considerada peligrosa. Tan peligrosa que las personas
que se consideraban liberales pueden justificar el responder al habla
con violencia. Argumentar un punto de manera persuasiva por medio de
argumentos razonados ha sido remplazado cada vez más con referencias a
la identidad y con pura ira.
A pesar de la evidencia que indica que
el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y la xenofobia están
en sus niveles históricos más bajos en las sociedades occidentales, los
académicos de izquierda y los activistas en favor de la justicia social
manifiestan un pesimismo fatalista, habilitado por las prácticas de
“lectura” interpretativa posmoderna que dan valor al sesgo de
confirmación. El poder autoritario de los académicos y activistas
posmodernos parece ser invisible para ellos, aunque es evidente para
todos los demás. Como escribe Andrew Sullivan sobre la
interseccionalidad:
Propone una ortodoxia
clásica por medio de la cual se explica toda la experiencia humana –y
por medio de la cual toda habla debe ser filtrada… Como sucedió con los
puritanos de la antigua Nueva Inglaterra, la interseccionalidad controla
el lenguaje y los términos del discurso.
El posmodernismo se ha convertido en un
metarrelato lyotardiano, un sistema foucaultiano de poder discursivo y
una jerarquía opresiva derridiana.
Con frecuencia los filósofos le han
señalado a los posmodernos el problema lógico de la autoreferencialidad.
Sin embargo, estos no lo han resuelto de manera convincente. Como
señala Christopher Butler, “la plausibilidad del argumento de Lyotard
sobre el declive de los metarrelatos a final del siglo XX depende de
recurrir a la condición cultural de una minoría intelectual”. En otras
palabras, el argumento de Lyotard surge de los discursos que lo rodean
en su burbuja académica burguesa y, de hecho, se trata de un metarrelato
del que él no tiene la menor duda. Así mismo, el argumento de Foucault
sobre el conocimiento como algo contingente a la historia debe ser
contingente a la historia también y uno se pregunta por qué Derrida se
ocupó de explicar la maleabalidad infinita de los textos con ese nivel
de detalle si yo puedo leer su obra y decir que se trata de un cuento
sobre conejitos con el mismo grado de autoridad que él.
Obviamente esta no es la única crítica
que se le hace al posmodernismo. El problema más evidente del
relativismo cultural epistémico ya ha sido abordado por filósofos y
científicos. El filósofo David Detmer en Challenging Postmodernism, dice:
Consideremos este
ejemplo, planteado por Erazim Kohak, “Cuando intento, sin éxito, meter
una pelota de tenis dentro de una botella de vino, no necesito probar
con distintas botellas de vino ni con distintas pelotas de tenis,
aplicando los cánones de inducción planteados por Mill, para llegar a la
hipótesis de que las pelotas de tenis no caben en las botellas de
vino”… Ahora estamos en la posición de invertir la cancha ante [los
argumentos de relativismo cultural del posmodernismo] y plantear la
pregunta, “¿Si yo considero que las pelotas de tenis no caben en las
botellas de vino, ¿puede demostrar con precisión cómo es que mi género,
ubicación histórica y espacial, clase social, grupo étnico, etc., mina
la objetividad de mi juicio?”
Sin embargo, ningún posmoderno le ha
explicado su razonamiento, y más bien describe una conversación
desconcertante que tuvo con la filósofa posmoderna Laurie Calhoun:
Cuando tuve la
oportunidad de preguntarle si era o no era verdad que las jirafas son
más altas que las hormigas, me dijo que no era un hecho sino un artículo
de fe religiosa en nuestra cultura.
Los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont hablaron de este mismo problema desde la perspectiva de la ciencia en su libro: Fashionable nonsense: Postmodern intellectuals’ abuse of science:
¿Quién puede negar en
serio el “gran relato” de la evolución, salvo alguien que esté atenazado
por un relato mayor y mucho menos plausible como el creacionismo? ¿Y
quién querría negar la verdad de cierta física elemental? La respuesta
es “algunos posmodernos”.
y
Hay algo muy extraño en
la creencia de que al buscar leyes causales o una teoría unificada, o
al preguntar si los átomos obedecen las leyes de la mecánica cuántica,
las actividades de los científicos son inherentemente “burguesas” o
“eurocéntricas” o “masculinistas” o incluso “militaristas”.
¿Cuánto amenaza el posmodernismo a la ciencia? Sin duda existen algunos ataques externos.En una protesta reciente en contra de
una charla dada por Charles Murray en Middlebury, la gente que
protestaba gritaba al unísono:
La ciencia siempre se
ha usado para legitimar el racismo, el sexismo, el clasismo, la
transfobia, la discriminación contra las personas con discapacidad y la
homofobia, todo planteado como racional y como un hecho, y apoyado por
el gobierno y el estado. En el mundo de ahora hay muy poco que sea un
‘hecho verdadero.
9
Cuando
los organizadores de la Marcha por la Ciencia tuitearon: “la
colonización, el racismo, la migración, los derechos nativos, el
sexismo, la discriminación por discapacidad, la queer-, trans-,
intersexfobia y la justicia económica son temas científicos”
10
,
de inmediato muchos científicos criticaron que se politizara la ciencia
y se perdiera de vista el énfasis en mantener a la ciencia lejos de las
manos de la ideología interseccional. En Sudáfrica, el movimiento de
estudiantes progresistas #ScienceMustFall y #DecolonizeScience anunció
que la ciencia era solo un modo de conocimiento que a la gente se le
había enseñado a aceptar. Sugirieron que la brujería era una
alternativa.
A pesar de esto, la ciencia como
metodología no se irá a ningún lado. No puede “adaptarse” para incluir
al relativismo epistémico y los “conocimientos alternativos”. Puede, sin
embargo, perder la confianza del público y por lo mismo, el
financiamiento público, y esta es una amenaza que no puede desestimarse.
Además, en un momento en el que los líderes del mundo dudan del cambio
climático, los padres creen en la falsedad de que las vacunas causan
autismo y las personas buscan homeópatas y naturistas para resolver
problemas médicos serios, seguir minando la confianza de las personas en
las ciencias empíricas es tan peligroso que representa una amenaza
existencial.
Las ciencias sociales y las
humanidades, sin embargo, están en riesgo de cambiar hasta quedar
irreconocibles. Algunas disciplinas dentro de las ciencias sociales ya
han cambiado. La antropología cultural, la sociología, los estudios de
género, por ejemplo, han sucumbido casi completamente al relativismo
moral y al relativismo epistémico. En mi experiencia, las letras
inglesas también están enseñando una ortodoxia enteramente posmoderna.
La filosofía, como hemos visto, está dividida. Lo mismo la historia.
Los posmodernos con frecuencia critican
a los historiadores empíricos por asegurar que saben lo que sucedió en
el pasado. Christopher Butler recuerda la acusación de Diane Purkiss en
cuanto a que, cuando mostró evidencia de que las acusadas de brujería
eran por lo general mujeres mendicantes y sin poder, Keith Thomas
habilitaba un mito que funda la identidad histórica de los hombres en la
“impotencia y el silencio de las mujeres”. Es de suponerse que debió
haber dicho, contra la evidencia, que se trataba de mujeres ricas, o
mejor aún, de hombres. Dice Butler:
Pareciera que los
argumentos empíricos de Thomas simplemente contradicen el principio
organizador del relato histórico de Purkiss: que debe ser utilizado para
apoyar las nociones contemporáneas de empoderamiento femenino.
Yo me topé con el mismo problema cuando
intenté escribir sobre raza y género en el siglo XVII. Había postulado
que al público de Shakespeare no le habría costado entender la atracción
de Otelo, un soldado cristiano de raza negra, hacia Desdémona, una
mujer blanca, porque el prejuicio contra el color de la piel no se hizo
prevalente hasta más adelante en el siglo, cuando el comercio de
esclavos en el Atlántico adquirió más fuerza, y que las diferencias
religiosas y nacionales eran mucho más profundas antes.
Un eminente profesor me informó que la
mía era una postura problemática y me preguntó cómo se sentirían las
comunidades afroamericanas en Estados Unidos ahora por mi aseveración.
Si las personas afroamericanas se sentían incómodas, era la implicación,
entonces mi postulado tuvo que haber sido falso en el siglo XVII o
sería moralmente equivocado mencionarlo ahora. En palabras de
Christopher Butler:
El pensamiento
posmoderno percibe que la cultura contiene una serie de historias que
están en perpetua competencia cuya efectividad depende no tanto de
recurrir a un estándar independiente de evaluación, y sí de recurrir a
las comunidades en las que circulan.
Temo por el futuro de las humanidades.
Pero los peligros del posmodernismo no
se limitan a ciertos núcleos de la sociedad aglutinados en torno de la
academia y la justicia social. Las ideas relativistas, la sensibilidad
al lenguaje y el enfoque en la identidad por encima de la humanidad o la
individualidad se han vuelto más dominantes en la sociedad en general.
Es mucho más sencillo decir lo que uno siente que examinar rigurosamente
la evidencia. La libertad de “interpretar” la realidad según los
valores de cada quien se alimenta de la tendencia muy humana de recurrir
al sesgo de confirmación y al razonamiento motivado.
Se ha vuelto un lugar común señalar que
la extrema derecha ahora utiliza la política de identidad y el
relativismo epistémico de una manera muy similar a la izquierda
posmoderna. Claro, ciertos elementos de la extrema derecha siempre han
sido divisivos en términos de raza, género y sexualidad, y dados a hacer
propias perspectivas irracionales y anticientíficas. Sin embargo el
posmodernismo ha producido una cultura mucho más receptiva a esto. Kenan
Malik ha descrito este cambio así:
Cuando propuse que la
idea de “hechos alternativos” se basa en “una serie de conceptos que en
décadas recientes han sido utilizados por radicales”, no me refería a
que Kellyanne Conway ni Steve Bannon, mucho menos Donald Trump, hubieran
estado leyendo a Foucault y a Baudrillard… Más bien son sectores de la
academia y de la izquierda quienes en décadas recientes han ayudado a
crear una cultura en la que el relativismo de los hechos y el
conocimiento no resulta algo problemático, y por lo mismo es más
sencillo para la derecha reaccionaria no solo reapropiarse de ella, sino
promover estas ideas reaccionarias.
Esta “serie de conceptos” amenazan con
regresarnos a una época previa a la Ilustración, cuando la “razón” se
consideraba no solo inferior a la fe, sino que también era considerada
un pecado. James K. A. Smith, un teólogo reformista y profesor de
filosofía, ha visto lo provechoso que esto resulta para el cristianismo y
considera al posmodernismo como “un viento fresco del Espíritu, enviado
para revitalizar los huesos secos de la iglesia”. En Who’s afraid of postmodernism?: Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church, dice:
Estar comprometidos con
el posmodernismo nos invita a mirar hacia atrás. Veremos que mucho de
lo que sucede bajo el auspicio de la filosofía posmoderna tiene un ojo
en las fuentes antiguas y medievales, y constituye una importante
recuperación de modos de conocimiento, de ser y de hacer premodernos.
y
El posmodernismo puede
ser un catalizador para que la iglesia recupere la fe, no como un
sistema de verdad dictado por una razón neutral, sino como una historia
que requiere “ojos que vean y oídos que escuchen”.
Quienes estamos en la izquierda debemos
temerle a lo que “nuestro lado” ha producido. Claro, no todos los
problemas de la sociedad son producto del pensamiento posmoderno, y no
sirve de nada sugerir que así es. El alza del populismo y el
nacionalismo en Estados Unidos y en Europa también tiene su origen en
una extrema derecha fortalecida y en el miedo al islamismo provocado por
la crisis de refugiados. Estar rígidamente en contra de los “guerreros
de la justicia social” y echarle la culpa de todo a este elemento de la
izquierda adolece a su vez de razonamiento motivado y sesgo de
confirmación. La izquierda no es responsable de la extrema derecha ni de
la derecha religiosa ni del nacionalismo secular, pero sí es
responsable por no hacerle frente de manera razonable a preocupaciones
razonables, y por lo mismo provocar que sea más difícil que las personas
razonables la apoyen. Es responsable de su propia fragmentación, de sus
exigencias de pureza y de las divisiones que provoca y que hacen que la
extrema derecha parezca coherente y unida en comparación.
Para recuperar la credibilidad, la
izquierda debe recuperar el liberalismo fuerte, coherente y razonable.
Para hacer esto, necesitamos vencer por la vía del discurso a la
izquierda posmoderna. Necesitamos hacerle frente a sus oposiciones,
divisiones y jerarquías con principios universales de libertad, igualdad
y justicia. Debe haber una consistencia entre los principios liberales
en oposición a todos los intentos por evaluar o limitar a las personas
por raza, género o sexualidad. Debemos atender las preocupaciones sobre
migración, globalización y políticas de identidad autoritarias que dan
poder a la extrema derecha en lugar de tildar a las personas que las
expresan de “racistas”, “sexistas” u “homofóbicas”, y acusarlas de
violencia verbal. Podemos hacer esto y al mismo tiempo oponernos a las
facciones autoritarias de la derecha que son realmente racistas,
sexistas y homofóbicas, pero que ahora se esconden tras la fachada de
ser una oposición razonable a la izquierda posmoderna.
Nuestra crisis actual no es una que
enfrente a la izquierda contra la derecha, sino una en la que la
consistencia, la razón y el liberalismo universal están enfrentadas a la
inconsistencia, el irracionalismo, las certidumbres fanáticas y el
autoritarismo sectario. El futuro de la libertad, la igualdad y la
justicia se ve igual de desolador si la izquierda posmoderna o la
extrema derecha ganan la guerra actual. Aquellos que valoramos la
democracia liberal y los frutos de la Ilustración, la revolución
científica y la modernidad misma, debemos ofrecer una mejor opción."
(Helen Pluckrose Este artículo fue publicado originalmente en Areo y se reproduce con autorización. )