Mostrando entradas con la etiqueta Política identitaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política identitaria. Mostrar todas las entradas

27/11/23

Cuando el «sentido común» lo dejamos en manos de la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado)... Cómo estará de extendida la percepción de la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura y la falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, que el primer ministro del Reino Unido ha nombrado a Esther McVey «ministra del sentido común» para la lucha contra lo ‘woke’... la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por unas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales... O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión

 "Hay noticias que nos pondrían poner sobre aviso de lo que se nos avecina, mucho más en tiempos de cambios de carteras ministeriales.

Me explico.

En una época parecida a la nuestra se encuentra el Reino Unido, de cambios de carteras me refiero. Rishi Sunak, el primer ministro, ha sufrido recientemente un terremoto en su gobierno y, para tratar de encarar lo mejor posible el año antes de las elecciones, no solo ha llamado a Cameron para que participe de nuevo en el gabinete –cosas más raras se han visto en política que recuperar al político que los metió en uno de los mayores desaguisados internacionales de los últimos tiempos–, sino que ha tenido que ampliar ministerios.

En concreto uno, el que me interesa, es el que a partir de ahora ocupará Esther McVey, superviviente de los gobiernos de Cameron, May y Johnson. Pero ¿quién es Esther McVey y qué puesto asumirá? Si recurres a la Wikipedia en español, no hay actualización profesional suya a partir de 2019; sin embargo, si te acercas a mirar la versión inglesa, añaden varias cosas, entre otras, que en la reorganización de noviembre de 2023, Rishi Sunak la ha nombrado ministra sin cartera con la tarea de liderar la agenda antiwoke del gobierno.

Y sí, tal cual lo digo, parece que esta diputada del ala dura de los tories ha sido designada por el primer ministro para velar contra la denominada cultura woke, y su «brazo armado», la cultura de la cancelación en el Reino Unido.

Y ahí es donde yo no puedo evitar una media sonrisa al enterarme de que han nombrado a una «ministra del sentido común» centrada en la lucha contra lo woke. Las palabras no son mías, proceden de la prensa británica. Cómo estarán las cosas para que un gobierno llegue a la conclusión de que la mera denominación y apelación del sentido común pueda serle rentable políticamente.

Es decir, cómo estará de extendida en gran parte de la población la percepción de que la locura, la falta de sensatez, la cancelación en nombre de lo políticamente correcto, la censura, el terraplanismo y falta de tolerancia frente a la pluralidad de opiniones, entre otras cosas, es bueno que sea objeto de control por parte de un gobierno… de derechas.

La definición de woke cambia según a quién le preguntes. El término deriva del inglés afroamericano y se empezó utilizando de forma razonable, en un intento de proteger –como no podía ser de otro modo– a las minorías, y, sobre todo, insistiendo en una crítica al racismo y al machismo imperante, en definitiva contra la desigualdad estructural. A partir del 2014 y con el movimiento Black Lives Matter se utilizó para «despertar» a la gente frente a la brutalidad policial en EE.UU. contra la comunidad negra.

 El problema es que, desde entonces, el término se ha utilizado para denunciar todo aquello que no gusta, en realidad, todo aquello que no sigue… lo que los wokes creen que hay que defender y de no ser así aplican su, temida, cultura de la cancelación, para acabar «asesinando» públicamente a aquel personaje que no repita el discurso que ellos defienden. Dicho de otro modo, la estrategia woke ha acabado siendo utilizada como arma arrojadiza por esas mismas minorías para hacerse con el poder –ideológico, cultural y social– sobre las mayorías. Sí, lo que debía ser un instrumento de alerta ante las injusticias que nos igualara a todos, ha acabado siendo una herramienta para darle el poder a unos pocos en base a un pensamiento único, escudados en las llamadas guerra culturales.

Hasta aquí, casi os diría que no pasa nada. El drama, sí, permitidme que me ponga un poco trágica, es que lo que podría quedarse en discusión familiar, o debate en un grupo de amigos, ha salido y ha llegado incluso a órganos más o menos con poder, consiguiendo, incluso, silenciar a personas y, claro está, a sus opiniones. O sea, ha acabado siendo una herramienta para limitar la libertad de expresión desde algunas minorías.

 Llegados a este punto, está claro que lo de menos es quién sea McVey, que dicho sea de paso tiene bastantes detractores en su país, lo verdaderamente interesante es que, finalmente, alguien se haya dado cuenta –hasta tal punto de crear un ministerio–, que no se puede normalizar la cancelación desde el punto de vista de una democracia. Y que, además, tenga que venir desde la derecha (los que históricamente han cancelado y censurado) y con la bandera del «sentido común».

Quizá, normalizando la sensatez, aunque sea de forma gubernamental; quizá, dejando que exista libertad de opinión y no censura; quizá, respetando los estudios científicos, podemos empezar a centrarnos en los temas verdaderamente importantes, como la escasez de viviendas asequibles, el aumento de las facturas de energía, las escaseces sanitarias o educativas, o los terribles niveles de pobreza que existen en algunas zonas. Lo triste es que ese campo discursivo se lo estamos dejando a la derecha, véase la nueva ministra británica.

Cómo de estúpidos han de ser los que tiene enfrente la derecha británica, cómo de evidente debe ser, que baste con apelar al sentido común, para ganarse el apoyo de la ciudadanía, aunque recurriendo a un ministerio sin cartera. Veremos si acabamos siguiendo el ejemplo.

Ya dijo alguien en España, viendo los derroteros de la guerra cultural que se está teniendo desde la izquierda, que ésta está perdiendo el sentido común, y que será la ultraderecha la que apele al sentido común, y, desgraciadamente, de seguir así, la gente terminará pensando que la ultraderecha es la que tiene sentido común."                   (Carmen Domingo, ethic, 27/11/23)

19/10/23

Contra la cultura de la cancelación, crítica de la cosmovisión woke... “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”

 "Para abrir el apetito lector y como paradigma de las consideraciones críticas de Carmen Domingo: “Quizás la cancelación que ha sido más virulenta en los últimos tiempos ha sido la que ha sufrido el feminismo de la mano de la izquierda posmoderna y su teoría del género, o teoría queer […] lo que no podemos perder de vista es el efecto colateral más evidente del predominio del género frente al sexo y a que eso determine, en realidad, lo que eres: el borrado de las mujeres”.

Componen el nuevo (y muy recomendable) libro de la autora de Con voz y voto. Mujer y política en España entre 1913 y 1945 la introducción -“El comienzo de una idea”-, cuatro capítulos – “El nuevo macartismo: La cultura de la cancelación”, “Quema de brujas en el siglo XXI”, “Soy una víctima, luego existo”, “A por el fin de la Cultura de la Cancelación”-, un sucinto e informativo apéndice (“Diccionario de la Cancelación”), la bibliografía (¡afortunadamente incluye las Imposturas intelectuales de Sokal y Bricmont!) y las notas. Falta, sin ser esencial en este caso, un índice de nombres. Abren el libro dos citas -Ray Bradbury, Bertrand Russell- y una ilustración de María Torre Sarmiento.

 Estamos ante un libro en el que la autora habla del impacto de la Cultura de la Cancelación en Occidente, una cultura que está haciendo mella en la que llama izquierda posmoderna de nuestro país, “una actitud cada vez más frecuente que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, económico, digital o social, a aquellas personas u organizaciones que, independientemente de la veracidad [validez] de sus argumentos, no cumplen con las expectativas de un sector de la sociedad que, en ese momento, ostenta cierto poder y lo ejerce limitando, con su intento de silencio al otro, la libertad de expresión. O sea cancelándolo”.

Domingo construye su crítica con fuerza argumentativa y con excelente prosa, una prosa que atrapa al lector o a la lectora desde la primera página, al tiempo que ilustra sus agudas e informadas críticas con sorprendentes ejemplos, sobre los que nos advierte: “Solo puedo añadir que todos y cada uno de los ejemplos que doy son ciertos por más que, por momentos, puedan parecer invenciones. La bibliografía y la hemeroteca confirman que la realidad, una vez más, supera con mucho a la ficción”. Uno de los más citados: el de J. K. Rowling y las presiones a las que se vio sometida por declarar su apoyo a Maya Forstater, una investigadora inglesa que fue despedida por haber tuiteado que, en términos biológicos, una mujer sigue siendo una mujer aunque se sienta y declare hombre.

Algunas de las tesis o posiciones centrales de Domingo:

1. La Cultura de la Cancelación no es, desde luego, algo asociado a la modernidad. “El hecho de ‘cancelar’ a alguien por lo que piensa existe tiempos inmemoriales”.

2. Pero la llamada Cancel Culture – “denunciar a personas, obras e instituciones de tener un comportamiento, a juicio de quien lo critica, inadecuado”- es consecuencia de un fenómeno reciente: “nace en Estados Unidos hace unos cuarenta años y ha ido creciendo y cogiendo fuerzas con su popularización en redes sociales y con la posibilidad de ejercer el anonimato en las mismas, dando un poder a los usuarios que no se había visto antes”. Y de las redes ha soltado a todas las áreas sociales e incluso a la Universidad, que, en opinión de Domingo, ha pasado en menos de cincuenta años de “ser centro del saber y la discusión a ser centro del pensamiento único desde el que, justamente, se aplica la reprobación”. De hecho, a día de hoy, los ejemplos más llamativos provienen de los EEUU y de muchas de sus universidades (Domingo hace referencia a la buena reacción que representa la declaración de las Universidades de Stanford y Chicago de 2022 con el título Restoring Academic Freedom) y, por lo general, añade, “de las universidades que se encuentran en los estados más demócratas”, es decir, con mayor poder institucional del Partido Demócrata USA.

3. Los canceladores, observa Domingo, “presumen de abanderar la lucha en defensa de necesitados y oprimidos y ejercen presión en nombre de LA justicia, o, en puridad, de SU justicia”. Surge de este modo una paradoja: “la paradoja de que el cancelado -hablamos de minorías- se convierte en el opresor y, lo que sorprende más, que las minorías no quieren ser integrados en la mayoría, sino, por asombroso que parezca, mandar sobre ella y acabar cancelándola”.

4. Estaríamos ante una policía del pensamiento que no emana de un estado sino de la propia sociedad, “de sus sectores más jóvenes y progresistas [personas nacidas a partir de los noventa] que a su vez forman parte de otro movimiento, el woke, entendiendo con ello que, como dice el verbo inglés, al estar despiertos, son más sensibles a la aplicación de la justicia”. En realidad, apunta críticamente Domingo, a su idea de la justicia, “por cuya bandera acaban actuando como inquisidores, o sea, de forma injusta”.

5. ¿Quiénes son? Se trataría de jóvenes, de generaciones hiperconectadas a través de las redes sociales que presumen de alta conciencia social. Jóvenes que “se creen comprometidos con esa izquierda identitaria y de minorías, por lo general relacionados con movimientos antirracistas, LGTBIQ+… e incluso infiltrados en el feminismo posmoderno, pero que han olvidado por completo, o desconocen, los valores de la izquierda”. Jóvenes, de tipología múltiple y variada, entre los que existe como nexo de unión una línea ideológica canceladora que se asocia a una izquierda posmoderna que “ha pasado de preocuparse por la igualdad y las necesidades sociales -trabajo, sanidad, educación-, a centrarse en las minorías”.

6. La praxis de estos colectivos de jóvenes, con redes de influencias cada vez mayores, consiguen que sus “conspiraciones tengan cada vez más fuerza en no pocos casos hasta lograr afectar a la vida intelectual y artística de la sociedad en su conjunto”.

Por qué ideas disparatadas, y en muchos casos crueles, se pregunta Domingo, encuentran tanto en eco en ciertos grupos sociales. Su hipótesis: “la eliminación de las Humanidades, entre las que se encuentran la Filosofía y la Historia en los programas de enseñanza, asignaturas que fomentan el pensamiento crítico, facilita la deglución sin análisis de las causas que apelan a la emoción y destierran la razón”.

Uno de sus llamativos ejemplos de cancelación: “recientemente, en algunas librerías parisinas se ha intentado cancelar a la reciente Premio Nobel, Annie Ernaux, porque, decían, era antisemita, por su posición frente al problema palestino”.

Ni que decir tiene que las críticas a lo woke provienen también de la derecha, incluso de la derecha extrema. No es esa la posición de Domingo: “También han criticado la penetración woke el presidente del Partido Conservador británico Oliver Dowden y Boris Johnson. Lo curioso es que la crítica a lo woke, y lo que significa empaña las necesidades reales de la izquierda y por lo que esta debería pelearse. Y así, de nuevo, el postureo woke maquila en primer lugar, para pasar a olvidarse de las necesidades reales, del trabajo, la educación, la sanidad y las obligaciones del estado para con sus ciudadanos”.

No hay, por supuesto, en las venas y arterias de la escritura de Domingo ni una sola gota de transfobia. Con sus palabras: “Nada tenía, ni tiene, que ver la falta de libertad de expresión con la posibilidad de que las minorías irrumpan en el debate público y alcen su voz”. En no pocas ocasiones, recuerda, “sus reivindicaciones se han traducido en una mejora de la convivencia y del respeto a distintas opciones vitales, como el matrimonio homosexual o la igualdad de derechos laborales entre hombres y mujeres con independencia de su origen y condición, entre otras muchas”. Pero, para Domingo, “formar parte de una minoría no te da la razón, ni ejercer el activismo desde una supuesta izquierda garantiza, per se, que se actúe y se piense correctamente”. Para la autora hemos de plantearnos “qué ha pasado para que desde la izquierda, que antes trataba de integrar a todos los colectivos y de garantizar que no hubiese diferencias entre ellos, hoy baste con ser o sentirse un colectivo minoritario para conseguir una visibilidad y un poder muy por encima de la representación real e, incluso, la autoridad moral para excluir al resto. ¿Es esa la izquierda que queremos?”. La pregunta, desde luego, es retórica."                 (Salvador López Arnal , Rebelión, 23/09/2023)

6/9/23

Los errores de la izquierda en su batalla cultural... la izquierda se dedicó a explotar las cuestiones identitarias, que además quedaban muy vistosas en mítines e imágenes televisivas, para poder captar votos: movimiento LGTB, racializados, discapacitados, multiculturalidad… al final, ni siquiera esos sectores identitarios les han apoyado, porque se ha demostrado que para muchos de ellos su identidad sexual, su raza o su religión no era tan prioritario como creían en la izquierda... en el barrio madrileño de Chueca, icono del colectivo LGTB, ganó el PP, como está sucediendo en todas las elecciones... Es decir, mientras la izquierda, en su intento de presentarse como moderna, multicultural y tolerante, llenaba sus escenarios y presentaba como valor electoral de sus candidatos su raza o religión foránea o su orientación sexual no tradicional, que se desplazan en bicicleta y llevan dieta vegana; la derecha se quedaba con el regalo de reivindicar la identidad tradicional, agredida, humillada y ridiculizada, según su discurso, por ser heterosexual, blanca, comer carne y viajar en un coche diesel... la izquierda ha abrazado muchas batallas culturales, netamente de urbanitas acomodados, que no podían ser comprendidas por amplios sectores sociales, y que le han dejado un campo abierto a la derecha y ultraderecha. Una operación de defensa del mascotismo defendiendo que no se pueden dejar los perros atados esperando frente al supermercado o solos en el balcón, que los cazadores no pueden cruzar a sus animales de caza o que había que hacer un curso para tener una mascota, resultaba ridículo para una gran parte de la sociedad, en fechas en los que los alimentos subían un 15% (Pascual Serrano)

 "La izquierda se ha estrellado en las recientes elecciones. Muchas pueden haber sido las razones, y muchos los análisis e interpretaciones que se han hecho y se seguirán haciendo. Nosotros vamos a centrarnos en los errores de los marcos de debate impuestos por la izquierda y de la batalla cultural. Igualmente intentaremos mostrar cómo se ha regalado a la derecha y la ultraderecha muchos elementos que le han permitido cabalgar electoralmente.

 El resultado electoral de las pasadas elecciones municipales y autonómicas depende, como es lógico, de muchos factores. Nosotros nos vamos a detener solo en uno, en qué medida los temas de la agenda mediática logran condicionar a los electores. Es decir, qué asuntos terminan siendo importantes fruto de los medios de comunicación y cuáles son los promovidos por los líderes de la izquierda como centrales de su agenda informativa.

La agenda setting

Es de sobra conocido, que si imponer desde los medios una ideología no es fácil, sí que es más viable imponer la denominada agenda setting, es decir, los asuntos que las audiencias van a considerar más o menos importantes.

Veamos un ejemplo. Cuando las encuestas preguntan qué asuntos del país preocupan más a los ciudadanos, la respuesta es diferente a cuando, a continuación, les preguntan, qué temas les preocupa a ellos personalmente. En el primer caso se dejan llevar por los problemas impuestos por la agenda setting (terrorismo, inseguridad ciudadana…) y en el segundo por los reales que les acechan todos los días (desempleo, sanidad…).

De modo que, cuando se acerca una cita electoral, todos los poderes en liza intentan imponer sus agendas: los mediáticos por un lado, y cada partido político por otro. Pueden conseguirlo o no, pero también, en el caso de los partidos, puede que se hayan equivocado a la hora de apostar por los temas de agenda estrella. Especialmente los denominados guerra cultural.

Explotar las cuestiones identitarias

Por ejemplo, en esta campaña hemos comprobado cómo la izquierda se dedicó a explotar las cuestiones identitarias, que además quedaban muy vistosas en mítines e imágenes televisivas, para poder captar votos: movimiento LGTB, racializados, discapacitados, multiculturalidad…

 El momento más surrealista fue cuando, en el mitin de Valencia, la ministra Irene Montero dice que la candidata de Podemos a la alcaldía de la tercera ciudad del país es la más adecuada porque es bollera, sorda y feminista. Sin tener nada en contra de esas características, no parece un argumento de validez política.

Mientras, en Chueca, triunfaban en redes las performances de personas trans contorneándose en el escenario al tiempo que los candidatos de Más Madrid o de Unidas Podemos aplaudían el ritmo de la música. Todas las candidaturas de izquierda exponían candidatos de raza negra o mujeres con hiyab como muestra de multirracialidad y multiculturalidad.

Heterosexuales aburridos

No se trata de que nos parezca mal que todos los elementos anteriores se incorporen a la propuesta política, el problema es cuando los conviertes en tu principal patrimonio de guerra cultural y en tu agenda mediática electoral, o el único mérito para aspirar a recibir un voto.

Incluso si en tu desorientada defensa de esas minorías no se te ocurre otra cosa que decirle a una periodista “No hay nada más aburrido que una reunión de tíos heterosexuales”. Es lo que dijo Yolanda Díaz en una conversación/entrevista con Jorge Javier Vázquez.

¿Existía alguna forma más clara de dejarle a la derecha el regalo de la defensa de los heterosexuales que llamarles gratuitamente aburridos? ¿De verdad hacía falta eso para defender los derechos de los colectivos homosexuales?

Ayuso y la libertad

Mientras tanto, la derecha, como bien demostró Ayuso, apostó por la apropiación del término “libertad” que, como todos sabemos, en el capitalismo, solo consiste en hacer lo que te permita tu dinero. Ponía en la agenda las okupaciones de vivienda. Que serían mentira, pero tampoco se entiende que desde la izquierda combatieran las propuestas demagógicas de la derecha si, de verdad, no había, tanta okupación.

La derecha denunciaba una subida del precio de los alimentos, que era verdad, apelaban a elementos culturales mucho más eficaces, como la identidad e integridad de España, los valores tradicionales que, en lugar de ir superándolos por la izquierda, están siendo simplemente ridiculizados y humillados.

La gran paradoja es que al final, ni siquiera esos sectores identitarios que centraron el discurso de la izquierda les han apoyado, porque se ha demostrado que para muchos de ellos su identidad sexual, su raza o su religión no era tan prioritario como creían en la izquierda. Yolanda Díaz dijo:

“No entiendo que un gay vote a la derecha”. Y Alberto Olmos le respondió con lucidez. “A diario veo camareros, conductores de autobús, camareras, conductoras de autobús, un panadero. Las cajeras del Día. Las cajeras del Ahorra Más. Y veo clientes en esos supermercados, por cientos en ocasiones. Pero ninguno hace la compra como gay».

Esto es así porque la orientación sexual hacia personas del mismo género no ocupa el cien por cien del tiempo de las personas cuya orientación sexual se dirige hacia personas de su mismo género. No llevan un cartel, un discurso, una banderita siempre.

La frase de Yolanda es verdaderamente triste. Si eres gay, no votas a la derecha: a la derecha la votas si eres de derechas, y miren por dónde hay gays de derechas.

En Chueca ganó la derecha

Y tanto que los hay, en el barrio madrileño de Chueca, icono del colectivo LGTB, ganó el PP, como está sucediendo en todas las elecciones.

 Como señaló Jorge Alemán en la revista argentina Página 12, “en los tiempos actuales de fragilidad y desamparo de los sujetos, e insisto con esto, más allá de lo económico, las derechas saben que incluso los sectores más vulnerables exigen identificaciones fuertes, que se encarguen de ocultar tanto la división en antagonismos que constituye a lo social como la propia fractura inaugural del sujeto en los seres hablantes. Para esta operación la Ultraderecha es la agenda de promoción de un «yo fuerte». Un imaginario que por arcaico que sea, por anacrónico que parezca, prometa una identidad sin fisuras”.

La derecha se apropia de la identidad tradicional

Es decir, mientras la izquierda, en su intento de presentarse como moderna, multicultural y tolerante, llenaba sus escenarios y presentaba como valor electoral de sus candidatos su raza o religión foránea o su orientación sexual no tradicional, que se desplazan en bicicleta y llevan dieta vegana; la derecha se quedaba con el regalo de reivindicar la identidad tradicional, agredida, humillada y ridiculizada, según su discurso, por ser heterosexual, blanca, comer carne y viajar en un coche diesel.

Lo peligroso es que tampoco parece que se haya aprendido tras ver los resultados. El comunicado de Izquierda Unida habla de la necesidad de «desplegar sentimientos movilizadores». Como ha señalado Elisa Beni, “¿Más sentimiento, más emociones y menos gestión es lo que proponen? ¿No ven que precisamente ha sido su transformación en izquierdas identitarias, alejadas de la tradicional postura materialista que las impregnaba, lo que les ha arrastrado a la derrota?”

 Logros sociales del gobierno

Es verdad que el gobierno de coalición ha logrado objetivos sociales y económicos impensables en un gobierno de derecha: aumento de las pensiones, subida del SMI, ERTES para garantizar ingresos a muchos sectores durante la pandemia, mejoras en la contratación laboral.

Pero no nos engañemos, muchas de esas medidas sociales no han sido tan exitosas como intentaron vender. Y eso los electores lo han comprobado. El Ingreso Mínimo Vital no ha funcionado, ha llegado a muchas menos personas de las que lo necesitan, se calcula que solo llega a la quinta parte de la población que vive bajo el umbral de la pobreza. No deberían existir las colas para conseguir comida si esas personas tuvieran asegurado un ingreso de 565 euros al mes. 

 Los ERTES tampoco ayudaron a muchos empleados de la hostelería que estaban contratados por pocas horas de jornada aunque trabajaran la jornada completa, de modo que se encontraron en la pandemia con unos ingresos menores de los que le correspondían porque no habían cotizado por jornada completa.

Regulación del precio del alquiler

La regulación del precio del alquiler no convence a nadie, entre otras cosas porque se encuentra en una ley de rango nacional que establece que esa regulación se debe aplicar en unas zonas que deben ser previamente calificadas por las administraciones autonómicas. Es decir, no es aplicable por el gobierno que la ha aprobado.

Otras medidas sociales que se aireaban no han sido capaces de aplicarlas ni la sociedad veía cómo hacerlo. Es el caso de la limitación del precio de los alimentos básicos que nunca se hizo. No bastaba con denunciar que el dueño de Mercadona se está haciendo rico, había que mostrar la viabilidad de una medida de limitación de precios.

Y todos recordamos que los dos casos de topes de precios que se han aplicado, a las mascarillas y a los test de covid, se les estableció un precio limitado que terminó siendo superior al que las empresas terminaron vendiéndolo. En Portugal los supermercados vendían los test más baratos que en España sin que hubiera ninguna limitación de precio gubernamental.

Con la derecha hubiera sido peor

Por supuesto que si hubiera gobernando la derecha todo lo anterior hubiera sido peor. Pero eso no basta para conseguir que los ciudadanos te apoyen como mal menor. Hace mucho que en España no se vota a favor de alguien, sino en contra de alguien. Se vota a la contra, se vota para castigar. Recuerdo el eslogan electoral que adoptó Herri Batasuna en unas elecciones europeas y que le resultó muy exitoso: “Donde más les duele. Vota HB”. Por eso muchos electores han votado encabronados contra el gobierno sin pararse a pensar que la alternativa va a ser peor.

Contra el oligopolio de los medios de comunicación

Otro de los errores de la cosmovisión mediática de la izquierda ha sido embarcarse en una cruzada de denuncia de los medios de comunicación responsabilizándoles de todos los males que azotan a esa izquierda.

La existencia de un oligopolio mediático controlado por las grandes empresas es una realidad incontestable, el sesgo informativo generalizado a favor de los poderes establecidos es indiscutible, pero centrar en ello una campaña electoral, desplazando propuestas sociales o denuncias de otras injusticias, es dejarle un gran campo de discurso a la derecha.

 Si se quiere combatir el oligopolio se deberían haber hecho propuestas de reforma durante la legislatura, no bastaba con llorar durante la campaña electoral por la desigualdad de acceso a los medios y su sesgo informativo. Eso no sirve para convencer del voto pocos días antes de las elecciones, sirve para justificar tu derrota.

Mascotismo y culpabilización ecológica

Por último, la izquierda ha abrazado muchas batallas culturales, netamente de urbanitas acomodados, que no podían ser comprendidas por amplios sectores sociales, y que le han dejado un campo abierto a la derecha y ultraderecha.

Una operación de defensa del mascotismo defendiendo que no se pueden dejar los perros atados esperando frente al supermercado o solos en el balcón, que los cazadores no pueden cruzar a sus animales de caza o que había que hacer un curso para tener una mascota, resultaba ridículo para una gran parte de la sociedad, en fechas en los que los alimentos subían un 15%, . Y, lo que es peor, suponía un caramelo para la derecha que avanzaba en el mundo rural.

O un discurso medioambiental centrado en culpabilizar a los que comen carne, tienen un coche diesel o no reciclan usando cuatro contenedores en sus cocinas de cuatro metros cuadrados.

Otro caramelo para la derecha, que hace bandera de comer carne o comprende a los habitantes rurales de clase humilde que solo disponen de su coche de diez años para desplazarse a la ciudad.

En conclusión, la izquierda ha perdido la batalla cultural y mediática. Es verdad que el panorama de los medios es adverso, siempre lo fue. El problema es que los marcos en los que la propia izquierda ha situado los debates han sido erróneos, han supuesto regalos culturales para la derecha y un sentimiento de orfandad para grandes sectores sociales de la izquierda, que no se reconocían en esa agenda."                 (

9/2/23

EL brutal asesinato de Tyre Nichols a manos de cinco policías negros de Memphis debería bastar para hacer implosionar la fantasía de que la política de la identidad y la diversidad resolverán la decadencia social, económica y política que asola a Estados Unidos. No sólo los ex agentes son negros, sino que el departamento de policía de la ciudad está dirigido por Cerelyn Davis, una mujer negra... Nada de esto ayudó a Nichols, otra víctima de un linchamiento policial moderno. Los militaristas, los corporativistas, los oligarcas, los políticos, los académicos y los conglomerados mediáticos defienden la política de la identidad y la diversidad porque no hace nada para abordar las injusticias sistémicas o el azote de la guerra permanente que asola a EE.UU. Es un truco publicitario, una marca, utilizada para enmascarar la creciente desigualdad social y la locura imperial... "Estas instituciones escriben el guion. Es su drama. Eligen a los actores, las caras negras, marrones, amarillas y rojas que quieran... Quieren científicos negros. Quieren estrellas de cine negras. Quieren académicos negros en Harvard. Quieren negros en Wall Street. Pero es sólo representación. Eso es todo"... La política de identidad y la diversidad permiten a los liberales regodearse en una empalagosa superioridad moral... disfrazan su pasividad ante el abuso empresarial, el neoliberalismo, la guerra permanente y el recorte de las libertades civiles. No se enfrentan a las instituciones que orquestan la injusticia social y económica... La diversidad es importante. Pero la diversidad, cuando carece de una agenda política que luche contra el opresor en nombre de los oprimidos, es un escaparate

 "EL brutal asesinato de Tyre Nichols a manos de cinco policías negros de Memphis debería bastar para hacer implosionar la fantasía de que la política de la identidad y la diversidad resolverán la decadencia social, económica y política que asola a Estados Unidos. No sólo los ex agentes son negros, sino que el departamento de policía de la ciudad está dirigido por Cerelyn Davis, una mujer negra. Nada de esto ayudó a Nichols, otra víctima de un linchamiento policial moderno.

Los militaristas, los corporativistas, los oligarcas, los políticos, los académicos y los conglomerados mediáticos defienden la política de la identidad y la diversidad porque no hace nada para abordar las injusticias sistémicas o el azote de la guerra permanente que asola a EE.UU. Es un truco publicitario, una marca, utilizada para enmascarar la creciente desigualdad social y la locura imperial. Ocupa a los liberales y a los educados con un activismo de boutique, que no sólo es ineficaz sino que exacerba la división entre los privilegiados y una clase trabajadora en profunda penuria económica. Los que tienen regañan a los que no tienen por sus malos modales, su racismo, su insensibilidad lingüística y su chabacanería, mientras ignoran las causas profundas de su penuria económica. Los oligarcas no podrían estar más contentos.

¿Mejoró la vida de los nativos americanos como resultado de la legislación que ordenaba la asimilación y la revocación de los títulos de propiedad de las tierras tribales impulsada por Charles Curtis, el primer vicepresidente nativo americano? ¿Estamos mejor con Clarence Thomas, que se opone a la discriminación positiva, en el Tribunal Supremo, o con Victoria Nuland, una halcón de la guerra en el Departamento de Estado? ¿Es nuestra perpetuación de la guerra permanente más aceptable porque Lloyd Austin, un afroamericano, es el Secretario de Defensa? ¿Es el ejército más humano porque acepta soldados transexuales? ¿Se ha mejorado la desigualdad social y el estado de vigilancia que la controla porque Sundar Pichai, nacido en la India, es el consejero delegado de Google y Alphabet? 

¿Ha mejorado la industria armamentística porque Kathy J. Warden, una mujer, es la consejera delegada de Northop Grumman, y otra mujer, Phebe Novakovic, es la consejera delegada de General Dynamics? ¿Están mejor las familias trabajadoras con Janet Yellen, que promueve el aumento del desempleo y la "inseguridad laboral" para reducir la inflación, como Secretaria del Tesoro? ¿Mejora la industria cinematográfica cuando una directora, Kathryn Bigelow, hace "Zero Dark Thirty", que es propaganda para la CIA? Echa un vistazo a este anuncio de reclutamiento publicado por la CIA. Resume lo absurdo de dónde hemos llegado.

 Los regímenes coloniales encuentran líderes indígenas obedientes -François Duvalier "Papa Doc" en Haití, Anastasio Somoza en Nicaragua, Mobutu Sese Seko en el Congo, Mohammad Reza Pahlavi en Irán- dispuestos a hacer el trabajo sucio mientras explotan y saquean los países que controlan. Para frustrar las aspiraciones populares de justicia, las fuerzas policiales coloniales cometieron habitualmente atrocidades en nombre de los opresores. Los luchadores por la libertad indígenas que luchan en apoyo de los pobres y los marginados suelen ser expulsados del poder o asesinados, como ocurrió con el líder independentista congoleño Patrice Lumumba y el presidente chileno Salvador Allende. 

El jefe lakota Toro Sentado fue abatido a tiros por miembros de su propia tribu, que servían en el cuerpo de policía de la reserva de Standing Rock. Si te pones del lado de los oprimidos, casi siempre acabarás siendo tratado como tal. Por eso el FBI, junto con la policía de Chicago, asesinó a Fred Hampton y casi con toda seguridad estuvo implicado en el asesinato de Malcolm X, que se refería a los barrios urbanos empobrecidos como "colonias internas". Las fuerzas policiales militarizadas de Estados Unidos funcionan como ejércitos de ocupación. Los policías que mataron a Tyre Nichols no son diferentes de los de las fuerzas policiales de reserva y coloniales.

Vivimos bajo una especie de colonialismo corporativo. Los motores de la supremacía blanca, que construyeron las formas de racismo institucional y económico que mantienen pobres a los pobres, se ocultan tras atractivas personalidades políticas como Barack Obama, a quien Cornel West llamó "una mascota negra para Wall Street". Estos rostros de la diversidad son examinados y seleccionados por la clase dominante. Obama fue preparado y promovido por la maquinaria política de Chicago, una de las más sucias y corruptas del país.

 "Es un insulto a los movimientos organizados de personas que estas instituciones dicen querer incluir", me dijo en 2018 Glen Ford, el difunto editor de The Black Agenda Report. "Estas instituciones escriben el guion. Es su drama. Eligen a los actores, las caras negras, marrones, amarillas y rojas que quieran".

Ford llamó "representacionalistas" a los que promueven la política de identidad, que "quieren ver a algunos negros representados en todos los sectores de liderazgo, en todos los sectores de la sociedad". Quieren científicos negros. Quieren estrellas de cine negras. Quieren académicos negros en Harvard. Quieren negros en Wall Street. Pero es sólo representación. Eso es todo".

El peaje cobrado por el capitalismo corporativo a las personas que estos "representacionistas" dicen representar pone al descubierto la estafa. Los afroamericanos han perdido el 40% de su riqueza desde el colapso financiero de 2008 por el impacto desproporcionado de la caída del valor de la vivienda, los préstamos abusivos, las ejecuciones hipotecarias y la pérdida de empleo. Tienen la segunda tasa más alta de pobreza, con un 21,7 por ciento, después de los nativos americanos, con un 25,9 por ciento, seguidos de los hispanos, con un 17,6 por ciento, y los blancos, con un 9,5 por ciento, según la Oficina del Censo de Estados Unidos y el Departamento de Salud y Servicios Humanos. 

En 2021, los niños negros y los nativos americanos vivían en la pobreza con un 28% y un 25% respectivamente, seguidos de los hispanos con un 25% y los blancos con un 10%. Casi el 40 por ciento de las personas sin hogar del país son afroamericanos, aunque los negros representan alrededor del 14 por ciento de nuestra población. Esta cifra no incluye a las personas que viven en viviendas ruinosas y hacinadas o con familiares o amigos debido a dificultades económicas. Los afroamericanos son encarcelados casi cinco veces más que los blancos.

 La política de identidad y la diversidad permiten a los liberales regodearse en una empalagosa superioridad moral mientras castigan, censuran y deploran a quienes no se ajustan lingüísticamente al discurso políticamente correcto. Son los nuevos jacobinos. Este juego disfraza su pasividad ante el abuso empresarial, el neoliberalismo, la guerra permanente y el recorte de las libertades civiles. No se enfrentan a las instituciones que orquestan la injusticia social y económica. Buscan hacer más apetecible a la clase dominante. 

Con el apoyo del Partido Demócrata, los medios de comunicación liberales, el mundo académico y las plataformas de medios sociales de Silicon Valley, demonizan a las víctimas del golpe de Estado corporativo y de la desindustrialización. Establecen sus principales alianzas políticas con quienes abrazan la política de la identidad, ya sea en Wall Street o en el Pentágono. Son los idiotas útiles de la clase multimillonaria, cruzados morales que amplían las divisiones dentro de la sociedad que los oligarcas gobernantes fomentan para mantener el control.

La diversidad es importante. Pero la diversidad, cuando carece de una agenda política que luche contra el opresor en nombre de los oprimidos, es un escaparate. Se trata de incorporar a un segmento minúsculo de los marginados por la sociedad a estructuras injustas para perpetuarlas.

Una clase que impartí en una prisión de máxima seguridad de Nueva Jersey escribió "Enjaulados", una obra sobre sus vidas. La obra se representó durante casi un mes en el teatro The Passage de Trenton (Nueva Jersey), donde se agotaron las entradas casi todas las noches. Posteriormente fue publicada por Haymarket Books. Los 28 alumnos de la clase insistieron en que el funcionario de prisiones de la historia no fuera blanco. Era demasiado fácil, decían. Era una farsa que permite a la gente simplificar y enmascarar el aparato opresor de los bancos, las empresas, la policía, los tribunales y el sistema penitenciario, todos los cuales contratan a personas con diversidad. Estos sistemas de explotación y opresión internas deben ser atacados y desmantelados, sin importar a quién empleen.

Mi libro, "Nuestra clase: Trauma and Transformation in an American Prison", utiliza la experiencia de escribir la obra para contar las historias de mis alumnos y transmitirles su profunda comprensión de las fuerzas represivas y las instituciones que se alzan contra ellos, sus familias y sus comunidades. Puede ver mi entrevista en dos partes con Hugh Hamilton sobre "Nuestra clase" aquí y aquí.

La última obra de August Wilson, "Radio Golf", predijo hacia dónde se dirigían la diversidad y las políticas de identidad desprovistas de conciencia de clase. En la obra, Harmond Wilks, un promotor inmobiliario educado en la Ivy League, está a punto de lanzar su campaña para convertirse en el primer alcalde negro de Pittsburgh. Su mujer, Meme, aspira a convertirse en secretaria de prensa del gobernador. Wilks, que navega por el universo de privilegios, negocios, búsqueda de estatus y golf de los blancos, debe desinfectar y negar su identidad. Roosevelt Hicks, compañero de habitación de Wilk en Cornell y vicepresidente del Mellon Bank, es su socio. Sterling Johnson, cuyo barrio Wilks y Hicks están presionando para que la ciudad lo declare en ruinas y así poder arrasarlo para su multimillonario proyecto urbanístico, le dice a Hicks: 

¿Sabes lo que eres? Me llevó un tiempo darme cuenta. Eres un negro. Los blancos se confunden y te llaman negro, pero no lo saben como yo. Yo sé la verdad. Soy un negro. Los negros son lo peor de la creación de Dios. Los negros tienen estilo. (...). Un perro sabe que es un perro. Un gato sabe que es un gato. Pero un negro no sabe que es un negro. Cree que es un hombre blanco.

Terribles fuerzas depredadoras están carcomiendo el país. Los corporativistas, militaristas y mandarines políticos que les sirven son el enemigo. Nuestro trabajo no es hacerlas más atractivas, sino destruirlas. Hay entre nosotros auténticos luchadores por la libertad de todas las etnias y orígenes cuya integridad no les permite servir al sistema de totalitarismo invertido que ha destruido nuestra democracia, empobrecido la nación y perpetuado guerras interminables. La diversidad, cuando sirve a los oprimidos, es una ventaja, pero es una estafa cuando sirve a los opresores."  
             

(Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, brave New europe, 06/02/23; traducción DEEPL)

10/11/21

La imposición de nuevas reglas y prohibiciones por la cultura 'woke', por la cultura de la cancelación, la de lo politicamente correcto, es un caso ejemplar de pseudoactividad... compartimos sus objetivos (los del feminismo, el antirracismo, etcétera) ya que nuestra crítica radica en la ineficiencia para llegar a ellos

 "El reproche habitual de los liberal-conservadores hacia la llamada cultura ‘woke’ (también conocida como ‘cultura de la cancelación') es que les parece demasiado radical: sus partisanos quieren destruir todas las estatuas, purgar nuestros museos, privarnos por completo de nuestra memoria colectiva y purificar el lenguaje cotidiano imponiendo su jerigonza insípida, fruto de la censura.

 En este asunto, creo que Ben Burgis acierta cuando defiende que los agentes de la cultura de la cancelación son ‘comediantes en un mundo en llamas’: lejos de ser ‘demasiado radicales’, su imposición de nuevas reglas y prohibiciones es un caso ejemplar de pseudoactividad, de como asegurarse de que nada va a cambiar por el método de fingir actividad frenéticamente. 

No nos puede sorprender que nuevas formas de capital, en particular los magnates anti-Trump de las tecnológicas (Google, Apple, Facebook…), apoyen de manera apasionada las luchas feministas y antirracistas: nuestra realidad es un capitalismo ‘woke’. No se cambian las cosas realmente prescribiendo medidas que nos llevan a un balance ‘justo’ superficial, que no ataca las causas últimas de los desequilibrios. 

Este es el último caso de lucha políticamente correcta contra los privilegios: el Departamento de Educación de California propuso que las diferencias entre los estudiantes con buen expediente y sus compañeros con peores notas desaparezcan: los profesores deben contener a quienes destacan y estimular a los menos dotados, tratándoles como si fueran iguales en sus habilidades. ¿Justificación? “Rechazamos la idea de talento y de habilidades naturales”, ya que “no hay un corte que determine quién es talentoso y quién no”. El objetivo radica en “reemplazar el concepto de talento innato en matemáticas por el reconocimiento de cada estudiante transita un camino de mejora”. 

Estamos ante un caso ejemplar de falso igualitarismo destinado a alimentar odio y envidia. Necesitamos buenos matemáticos dedicados a la ciencia avanzada y las medidas que se proponen no ayudan a ello. La solución: ¿por qué no reclamar mejor educación para todos y mejores condiciones de vida para los pobres? Es sencillo imaginar el próximo paso de este falso igualitarismo: ¿no es un caso de suprema injusticia que algunos individuos sean sexualmente mucho más atractivos que otros? La sexualidad, en efecto, es un territorio de terrible injusticia y desigualdad… La igualdad del disfrute sexual es el último sueño de este falso igualitarismo. 

Zizek y el deseo femenino

Existen unas pocas voces de oposición izquierdista auténtica en esta marea de falsa justicia: además de Burgis, debo mencionar a Angela Nagle y Katherine Angel. El único problema que tengo con el libro de Nagle es el título: Mujeres y deseo en la era del consentimiento: el sexo de mañana volverá a ser bueno. 

 La afirmación parece implicar que el sexo alguna vez fue bueno, en el sentido de no antagonista, y que volverá a serlo de nuevo. En muy pocas ocasiones he leído un libro con el que estuviera tan completamente de acuerdo en su premisa básica, recogida en un párrafo de la publicidad editorial, que cito aquí ampliamente, sin vergüenza: “Las mujeres están en aprietos: en nombre del consentimiento y del empoderamiento, se ven obligadas a expresar sus deseos de manera clara y con confianza. 

Mientras tanto, los expertos en conductas sexuales sugieren que el deseo femenino emerge de manera lenta. Los hombres insisten en que conocen los mecanismos de lo que las mujeres buscan, y también sus deseos. Mientras tanto, la violencia sexual abunda. 

En este ambiente, ¿cómo pueden las mujeres saber lo que quieren? ¿Y por qué esperamos que lo sepan? Katherine Angel desafía nuestras Asunciones sobre deseo femenino. ¿Por qué, se pregunta la autora, debe esperarse que sepamos lo que deseamos? ¿Y cómo de en serio podemos tomarnos la violencia sexual cuando no saber exactamente lo que queremos es clave en nuestro erotismo y nuestra personalidad?”

Las partes en cursiva (que son mías) resultan cruciales: cualquier teoría feminista debería tener en cuenta el ‘no-saber’ como una pieza clave de la sexualidad y basar su oposición a la violencia en las relaciones sexuales no en explica términos usuales de “solo sí significa sí”, sino evocar ese ‘no-saber’. Este es el motivo por el que el lema de que las mujeres “deben proclamar sus deseos de manera clara y con confianza” no es solo una imposición sexual, sino una desexualización, una defensa del ‘sexo sin sexo’. Por eso el feminismo, en algunas instancias, refuerza precisamente ese ‘avergonzar y silenciar’ la sexualidad femenina al que dice oponerse.

 Lo rechazable de los avances sexuales masculinos no es solo la violencia directa, física o psíquica, sino también la presunción de qué el hombre sabe lo que la mujer confusa ignora (y que ese saber legitima su violencia). Un hombre es violento incluso cuando trata a una mujer con respeto si asume de manera condescendiente que conoce sus deseos mejor que ella.

 Esto no implica de ninguna manera que el deseo femenino tenga alguna deficiencia comparado con el masculino (que se supone que saben lo que quieren): la lección de los psicoanalistas es que siempre existe una distancia que separa lo que queremos de lo que deseamos. Puede ocurrir que yo no solo desee algo sino que quiera obtenerlo sin pedirlo explícitamente, fingiendo que me ha sido impuesto, y que pedirlo de manera directa arruinase el placer.

 De manera inversa, puedo querer algo, soñar sobre ello, pero no desear obtenerlo: mi consistencia subjetiva puede depender por completo de no obtenerlo y si lo obtuviera colapsaría mi subjetividad. Debemos tener siempre en mente que una de las formas más brutales formas de violencia ocurre cuando algo que deseamos secretamente, o con lo que fantaseamos (pero que no estamos preparados para hacer en la vida real), nos es impuesto por una fuerza exterior. 

Las censuras cruciales

La única forma de sexo que encaja perfectamente con el criterio de la corrección política es el contrato sadomasoquista.

  Los partisanos de la izquierda políticamente correcta a menudo reprochan a sus críticos que se centran demasiado en los excesos de la corrección política, por ejemplo los aspectos censores de la cultura de la cancelación y la cultura ‘woke’, ignorando formas de censura mucho más graves. En el Reino Unido tenemos el servicio secreto MI6 con derecho de veto en cualquier instancia estatal y académica, controles policiales de la actividad sindical, regulaciones secretas sobre lo que puede publicarse en medios de comunicación, interrogatorios a menores musulmanes sobre actividades terroristas, por no hablar del encarcelamiento ilegal de Julian Assange…

 Estoy de acuerdo en que este listado reúne pecados más graves que la cultura de la cancelación, pero creo que todo esto proporciona el argumento definitivo contra la cultura ‘woke’ y sus regulaciones políticamente correctas: ¿por qué, entonces, la izquierda se centra en aspectos menores de nuestro lenguaje cotidiano en vez de hacerlo en estas cuestiones más relevantes que hemos citado? No sorprende que el propio Assange fuese atacado por algunas feministas políticamente correctas de Suecia (pero no solo de Suecia) que se negaron a apoyarle porque se tomaban muy en serio las acusaciones de conductas sexuales inapropiadas (luego desestimadas por las autoridades judiciales de Suecia).  Parece que una infracción menor de las reglas políticamente correctas fuese más importante que ser víctima de la maquinaria del terror estatal. 

En cualquier caso, la posición ‘woke’ toca un aspecto realmente importante en la reproducción de la hegemonía. Me refiero a las reacción del sistema, que cambia desde ridiculizar a sus oponentes a ser presa del pánico y tratar de suprimir el antagonismo por la vía legal. Muchas veces encontramos en los medios quejas sobre los “excesos” de las teorías de raza o género que piden volver a las narrativas hegemónicas sobre el pasado americano. 

Estamos en mitad de una contraofensiva reaccionaria para reafirmar y blanquear el mito americano. Nuevas leyes propuestas en al menos quince estados de EE.UU. proponen prohibir la enseñanza de la teoría crítica sobre la raza, el Proyecto 1619 del New York Times, y también cualesquiera ‘conceptos divisivos’. A los niños se le debe enseñar una falsa versión de la fundación de los Estados Unidos que se parece más a un parto mítico virginal que a la realidad sangrienta y dolorosa. 

Doctrinas divisivas

En Idaho, el gobernador Bill Little firmó una ley por la que las escuelas no pueden enseñar teoría crítica de la raza , de la que se afirmaba que “inflama y exacerba divisiones sobre la base del sexo, raza, etnicidad, religión, color, origen nacional, de manera contraria a la unidad de la nación y del bienestar del estado de Idaho y sus ciudadanos”. La teniente-gobernador del estado, Janice McGeachin, estableció una fuerza de trabajo para “examinar el adoctrinamiento en la educación de Idaho y proteger a nuestros jóvenes del azote de la teoría crítica de la raza, el socialismo, el comunismo y el marxismo”.

 ¿Son las teoría prohibidas realmente divisivas? Sí, pero solo en el preciso de que se oponen (se separan respecto) al mito oficial hegemónico que es ya ‘divisivo en su esencia’: excluyendo a determinados grupos y posiciones, a los que coloca en una posición subordinada. Más allá de todo esto, está claro que los partisanos de los mitos oficiales no se preocupan tanto por la verdad como por la estabilidad de los mitos fundadores. Estos partisanos, y no las personas menospreciadas por ellos como ‘relativistas culturales’, están incurriendo en una posverdad; les gusta mencionar los  “hechos alternativos”, pero se niegan a aceptar mitos fundacionales alternativos.  

A la vez que criticamos la cultura de cancelación, siempre debemos tener en mente que compartimos sus objetivos (los del feminismo, el antirracismo, etcétera) ya que nuestra crítica radica en la ineficiencia para llegar a ellos. Con los defensores de los mitos fundacionales, la historia es muy diferente: sus objetivos son inaceptables, por lo que esperamos que nunca los alcancen. "           (Slajov Zizek  , Vox Populi, 17/06/21)

17/5/21

El nacionalismo populista es un pluto-populismo, porque suele haber un núcleo de plutócratas que buscan promover y explotar el éxito del movimiento... pero La búsqueda de la libertad nacional y la autodeterminación es una de las grandes fuerzas progresistas del mundo y nunca debe entregarse dócilmente a los demagogos de derecha

 "(...) Aunque el Partido Laborista pueda restar importancia al Brexit y evitar discutir lo que podría llamarse "la cuestión nacional" en la política británica, el problema no desaparecerá. Habría sido mucho mejor para el partido haber aceptado que la búsqueda de la autodeterminación nacional es una de las fuerzas impulsoras del mundo moderno y no puede tratarse como un accidente desafortunado.

 La identidad comunitaria ya no está arraigada en la clase, en la medida en que siempre lo estuvo, sino que es el producto de la brecha cada vez más profunda entre las regiones metropolitanas prósperas y las que quedan atrás; la división geográfica coincide en parte con el creciente enfrentamiento entre los educados y los no educados y los jóvenes y los ancianos.

 El nacionalismo populista se ha conectado a estas diferencias, pero también ha agregado otras más venenosas a su arsenal político. Como fórmula para ganar y mantener el poder, comenzó a tomar su forma final hace unos 25 años, aunque sus mayores triunfos son mucho más recientes. 

La primera vez que vi que Benjamin Netanyahu lo utilizó con éxito cuando fue elegido primer ministro israelí en 1996, un trabajo que todavía ocupa a pesar de algunas interrupciones y constantes acusaciones de corrupción. El líder israelí ha tenido muchos emuladores a lo largo de los años, particularmente en la última década. 

Desde Brasil hasta Filipinas y desde Turquía hasta la India, los políticos afirman estar reafirmando el poder de su estado nacional. Lo describen como amenazado desde una miríada de direcciones, a menudo demonizando a una minoría doméstica como los palestinos en Israel, los musulmanes en Francia, los negros y los inmigrantes en los Estados Unidos, los kurdos en Turquía.

 Por lo general, existe un culto a la personalidad, con seguidores que atribuyen poderes mágicos a líderes como Donald Trump en los EE. UU., Narendra Modi en la India, Recep Tayyip Erdogan en Turquía; lamentablemente, la lista es demasiado larga para dar todos los nombres. 

 El fenómeno a veces se denomina pluto-populismo, porque suele haber un núcleo de plutócratas que buscan promover y explotar el éxito del movimiento. Los beneficios para ellos vienen en forma de impuestos más bajos, menos regulación de negocios y contratos rentables, mientras que la parte genuinamente populista y socialmente radical de su programa es marginada y olvidada. Trump entregó rápidamente a sus ricos partidarios los impuestos y las regulaciones, pero la reconstrucción de la infraestructura estadounidense y el regreso de empleos industriales bien remunerados nunca sucedieron. 

El auge del nacionalismo populista en todo el mundo puede dar la impresión de que es una apisonadora política imparable. Sin embargo, el éxito de los líderes tóxicos a menudo se ha derivado de una espectacular incompetencia y una división rencorosa por parte de sus oponentes. Donald Trump declaró con frecuencia que no habría sido elegido sin Hillary Clinton librando la peor campaña presidencial en la historia de Estados Unidos. 

 La variante británica del nacionalismo populista puede ser menos violenta y caótica que sus contrapartes en otros lugares, pero comparte muchas de sus características. Lo que hundió al laborismo en Hartlepool y en otros lugares no fue principalmente “Covid y Corbyn”, como declaró el ex ministro de Tony Blair, Lord Mandleson, sino las consecuencias a largo plazo del Brexit que destruyeron las alianzas progresistas de las que dependía el laborismo. 
 
Y el Brexit fue en sí mismo solo un síntoma de la medida en que cada cuestión política importante ahora adquiere una forma nacional o tiene un aspecto nacional importante. La votación por el Brexit, y por lo tanto por una cierta versión del nacionalismo inglés, por parte de los antiguos votantes laboristas en lugares como los valles galeses y el noreste industrial puede haber comenzado como un voto de protesta contra el statu quo político y social, pero rápidamente se convirtió en parte de la identidad de esos votantes. 
 
Revertir la votación del referéndum nunca iba a ser factible y los intentos de hacerlo solo provocaron una poderosa contrarreacción. La tendencia populista-nacionalista no es irreversible pero será difícil de lograr. Trump perdió la Casa Blanca, aunque solo por un pelo, solo por su grotesco mal manejo de la epidemia de Covid-19.
 
 Por el contrario, Johnson y los conservadores se benefician de reclamar todo el crédito por el éxito del programa de vacunación, aunque esto fue más una consecuencia de la calidad de la ciencia británica y del NHS. Los laboristas, y otros oponentes del nacionalismo populista, nunca se han enfrentado realmente a sus fortalezas y debilidades en Inglaterra y Escocia. 
 
Nunca debería haber sido considerado como uno de los trucos sucios de la historia o como una fase dañina pero temporal. La búsqueda de la libertad nacional y la autodeterminación es una de las grandes fuerzas progresistas del mundo y nunca debe entregarse dócilmente a los demagogos de derecha como vehículo para sus creencias tóxicas."                    (Patrick Cockburn, Brave New Europe, 11/05/21)

21/4/21

Pulvar, un ex presentador de noticias negro, que se presenta por los socialistas en las próximas elecciones regionales, dijo: 'los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos'

 "Los partidos de izquierda franceses se han desencadenado en una amarga lucha sobre si se debe pedir a los blancos que se callen, o que se les prohíba directamente, durante las reuniones sobre cuestiones de las minorías. 

La controversia estalló después de las revelaciones de que un sindicato de estudiantes de izquierda, llamado UNEF, organiza reuniones que están fuera del alcance de los miembros blancos. Anne Hidalgo, alcaldesa de París y aspirante a presidente socialista, intervino el miércoles después de que una candidata del mismo partido, Audrey Pulvar, no condenara tales reuniones.

 “El campo de la política no es una sesión de terapia, es el dominio de lo universal, donde buscamos la unidad y defendemos nuestros valores laicistas”, dijo Hidalgo en BFMTV. 

 Pulvar, un ex presentador de noticias negro que se postula bajo la bandera socialista en las próximas elecciones regionales, dijo el domingo que los blancos no deberían ser excluidos de los grupos de discusión sobre temas de minorías, pero que “sin embargo, se les puede pedir que se mantengan callados y sean espectadores silenciosos. . 

" Cuando se le preguntó si habría dicho lo mismo, Hidalgo respondió que "obviamente no". El enfrentamiento por los grupos de discusión no blancos ha reavivado un debate en Francia sobre la creciente influencia de las políticas de identidad al estilo estadounidense y cómo desafía las tradiciones políticas existentes en el país.

 Los comentarios de Pulvar indignaron a la extrema derecha y a la derecha, y Valérie Pecresse, rival de Les Républicains de derecha, acusó a Pulvar de promover "un tono" aceptable "de racismo". Pero también provocaron enojo entre la vieja guardia del Partido Socialista, que busca reconstruirse después de una sorprendente derrota en las elecciones de 2017.

 Para muchos de la izquierda, los valores universales de égalité, fraternité, liberté deberían trascender las alianzas religiosas o étnicas, y se necesita más integración y asimilación, no menos, en la lucha por la justicia social. Esta facción no comprende la llegada de la nueva guardia a través de organizaciones como UNEF. 

 Las palabras de Pulvar son "más que torpes, son lamentables, no se corresponden con nuestras ideas comunes, no se debe pedir a nadie que se quede callado", dijo Olivier Faure, líder del Partido Socialista en el canal de televisión francés LCI. “En última instancia, [los grupos de discusión no blancos] conducen a la segregación y eso es algo con lo que no puedo estar de acuerdo”, dijo Richard Yung, un senador socialista. "Deberíamos poder hablar juntos, estar en desacuerdo, incluso oponernos en la misma habitación".

 No es lo que quise decir 

La reacción violenta contra Pulvar fue tal que se sintió obligada a justificar sus declaraciones, sin llegar a disculparse. “Algunos pensaron que le estaba diciendo a la gente que guardara silencio. Eso está mal ”, escribió en Le Monde. “Algunos pensaron que quería excluirlos, eso no es lo que dije ni lo que quise decir. Siempre he sido partidario de hablar, de discutir ”. 

 Chloé Morin, investigadora de la Fundación Jean Jaurès y ex asesora de un gobierno socialista, dijo que esta era la última señal de “un verdadero abismo entre generaciones”. “Y el abismo es cada vez mayor porque lo que era un movimiento ultra-minoritario hace un par de años, está cada vez más presente en el personal de la extrema izquierda y el Partido Verde”, agregó. 

Pulvar encontró más partidarios entre sus rivales en el partido de extrema izquierda France Unbowed y con los Verdes que entre el Partido Socialista que oficialmente la respalda. "Audrey Pulvar no es racista", tuiteó Jean-Luc Mélenchon, el líder de France Unbowed. “Ella entiende lo que es un grupo de discusión. Quienes le atacan están mostrando sus opiniones sexistas y prejuiciosas ".

 La extrema izquierda ve la pretendida defensa de los valores políticos tradicionales como un ataque velado contra las minorías que buscan la emancipación. “Nadie se queja cuando ves reuniones de directorio en las grandes empresas de Francia que son exclusivamente masculinas y totalmente blancas”, dijo Eric Coquerel, diputado de France Unbowed. “No se puede negar a las víctimas del racismo el derecho a decirlo y denunciarlo en nombre del universalismo. El universalismo es una buena idea, pero no es una máquina que borra la discriminación ".

 ¿Una muestra de lo que vendrá? 

La controversia es el último ejemplo de las divisiones internas de la izquierda en un momento crucial. (...)

 El lunes, el líder verde Yannick Jadot pidió a los líderes de izquierda que se unan y discutan un proyecto común de izquierda para luchar contra el presidente Emmanuel Macron, "que no nos protege de la extrema derecha ni del cambio climático". 

 Los principales partidos de izquierda acordaron reunirse y señalaron que podría ser difícil encontrar puntos en común. “El problema de la izquierda es que se sigue disparando en el pie”, dijo el investigador Morin."                      (Clea Caulcutt  , POLITICO, 01/04/ 21; traducción google)

18/3/21

“No estamos entendiendo que la batalla cultural la está ganando la extrema derecha»

 "Ayuso no diría la barbaridad sobre el fascismo y el lado bueno de la historia si no fuese porque la extrema derecha está ganando este relato. Y no lo estamos entendiendo”, explica el periodista especializado en ultraderecha y colaborador de lamarea.com Miquel Ramos. 

Esta batalla cultural que trata de ganar –o que ya “está ganando”–  la derecha radical es uno de los factores analizados en el estudio De los Neocon a los Neonazis: la extrema derecha en el Estado español llevado a cabo por la Fundación Rosa Luxemburgo y coordinado por Ramos.

En el extenso informe, los diferentes autores y autoras que han participado en su elaboración destripan la ofensiva reaccionaria que se viene fraguando en España desde hace décadas: “El Estado español no es un territorio ajeno y para la oficina en Madrid de la Fundación era importante empezar por hacer un mapeo que identificara los tentáculos de la ultraderecha española”, explican desde la organización.

Para Ramos, históricamente se ha prestado poca atención a la extrema derecha en España antes de la irrupción de Vox en el panorama político: “Hoy en día parece que se ha puesto de moda pero el análisis se centra demasiado en Vox y no miran a lo que hay a su alrededor”, defiende. Así, el trabajo realiza “una descripción minuciosa de todo el cosmos” de la derecha radical en España.

 Para entender el momento actual, viran el foco hacia al pasado, hacia la revuelta neoconservadora iniciada después de que el Partido Popular perdiese las elecciones del año 2004. Fue a partir de ese momento cuando la maquinaria compuesta por medios de comunicación, think tanks y lobbies ultraconservadores comienza esta batalla cultural contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, sirviendo las teorías conspiranoicas de 11-M como elemento vehiculador. Una situación y unas estrategias con muchas similitudes a las utilizadas tras el inicio de la pandemia de la COVID-19.

A pesar de la apertura del objetivo, no dejan de lado a la formación de Santiago Abascal, a la que dedican diferentes capítulos, “porque es Vox quien siembra una normalización de fascismo de la que se aprovecha el resto de la extrema derecha española”, ha subrayado Miquel Ramos durante la presentación de informe. Es por ello que analizan su ideología, su estrategia de comunicación, su relación con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, su vinculación con organizaciones neonazis, sus relaciones internacionales…

A partir de ahí, tanto Ramos como la abogada Nora Rodríguez, coautura del informe, destripan también a la ultraderecha extraparlamentaria y a aquellos grupos y organizaciones sociales que sin presentarse a las elecciones creen que “es importante conocer”. Una extensa radiografía en la que se incluye la presencia de esta ideología en determinados ambientes como el deporte –“principalmente el fútbol”– o en la “subucultura musical del odio”.

¿Una internacional reaccionaria?

Autores como Robert Paxton sostienen la dificultad de la creación de una “internacional fascista”, ya que el fascismo “no es para la exportación: cada movimiento guarda celosamente su propia receta para el resurgir nacional y los dirigentes fascistas parecen sentir poco parentesco, o ninguno, con sus primos extranjeros”, explica en Anatomía del fascismo.

 Para la Fundación Rosa Luxemburgo, vinculada al partido alemán Die Linke, sí que existe un elemento que vertebra a la extrema derecha universal: las guerras de género. “Es el pilar básico. Aunque haya varias extremas derechas, algunas con una vertiente más ultracatólica y ultraconservadora y otras que utilizan los derechos de las mujeres blancas para esconder una agenda islamófoba, lo que las une a todas es la lucha contra las cuestiones de género”, explican.

Por ello, también dedican algunos capítulos a la batalla de la ultraderecha contra el feminismo y a determinadas conexiones internacionales de la derecha radical española, principalmente con países del Este de Europa como Rusia y Ucrania.

La abogada Nora Rodríguez hace hincapié en la parte judicial de la lucha contra este tipo de ideología, centrándose en el terrorismo de extrema derecha y en los delitos de odio: “No es que haya habido muchas operaciones policiales en este Estado contra la ultraderecha, pero sí es interesante ver que nunca se les ha juzgado por terrorismo. Cuando son condenados es por tenencia de armas, organización criminal, etc, pero con penas muy bajas. A nivel policial a veces sí que se hace un buen trabajo pero a nivel judicial queda en nada”, asegura."                      (Dani Rodriguez, La Marea, 16/03/21)

10/3/21

Cómo los “intelectuales” franceses arruinaron Occidente: la explicación del posmodernismo y sus consecuencias... sus postulados "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’."

 "A pesar del auge del posmodernismo en la izquierda, sus valores e ideas rara vez se comprenden bien. Este texto busca abonar a la comprensión de esos postulados, que, afirma la autora, "socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y ‘premoderna’." 

 El posmodernismo representa una amenaza no solo para la democracia liberal, sino para la modernidad misma. La frase puede parecer osada o incluso hiperbólica, pero la realidad es que el cúmulo de ideas y valores al interior del posmodernismo ha saltado los límites de la academia y adquirido gran importancia cultural en la sociedad occidental. Los “síntomas” irracionales e identitarios del posmodernismo son fáciles de distinguir y han sido ampliamente criticados, sin embargo, el ethos que subyace a ellos no se comprende bien. 

Así sucede en parte porque los posmodernos rara vez explican sus argumentos con claridad, y en parte como consecuencia de las contradicciones e inconsistencias inherentes a un pensamiento que niega la existencia de una realidad estable o de un conocimiento confiable. Sin embargo, al interior del posmodernismo hay ideas consistentes y comprenderlas es crucial si vamos a buscar contrarrestarlas. Son la base de los problemas que vemos hoy con el activismo por la justicia social, socavan la credibilidad de la izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional, tribal y “premoderna”.

El posmodernismo, en su acepción más sencilla, es un movimiento artístico y filosófico que comenzó en Francia en los años sesenta y produjo obras de arte desconcertantes y una “teoría” aún más desconcertante. Echó mano del arte avant-garde y del surrealismo y de ideas filosóficas de décadas anteriores, en particular de Nietzsche y Heidegger, de quienes tomó su anti-realismo y su rechazo al concepto del individuo unificado y coherente. Se opuso al humanismo liberal de los movimientos modernistas en el arte y las ideas, el cual, según los proponentes del posmodernismo, ingenuamente universalizaba una experiencia occidental, clasemediera y de hombres blancos.

Bajo la misma acusación rechazó la filosofía que valora la ética, la razón y la claridad. El estructuralismo, un movimiento que (a menudo con exceso de confianza) intentó analizar la cultura humana y la psicología según una serie de relaciones estructurales consistentes, fue blanco de ataques. El marxismo, con su comprensión de la sociedad a través de estructuras de clase y económicas, fue considerado igualmente rígido y simplista. Por sobre todas las cosas, los posmodernos atacaron a la ciencia y su objetivo de alcanzar el conocimiento objetivo de una realidad que existe independiente de las percepciones humanas, las cuales consideraban simplemente otra ideología construida y dominada por los presupuestos occidentales y burgueses. Decididamente de izquierda, el posmodernismo tuvo un ethos tanto nihilista como revolucionario que resonó con el zeitgeist de posguerra y post-imperio en Occidente. Conforme el posmodernismo se desarrolló y diversificó, su fase deconstructiva, inicialmente más intensa, se volvió algo secundario (pero aún fundamental) para su fase revolucionaria de “políticas identitarias”.

Un punto de discusión ha sido si el posmodernismo surge en reacción contra la modernidad. La era moderna es un periodo de la historia que vio el auge del humanismo renacentista, la ilustración, la revolución científica y el desarrollo de los valores liberales y los derechos humanos; un periodo en el que las sociedades occidentales poco a poco comenzaron a considerar a la razón y la ciencia como superiores a la fe y la superstición en tanto vías de acceso al conocimiento, y desarrollaron un concepto de la persona como miembro de la raza humana merecedor de derechos y libertades, y no como integrante de una serie de colectivos, sometida a rígidos roles sociales jerárquicos.

La Encyclopaedia Britannica dice que el posmodernismo “es en su mayoría, una reacción en contra de los presupuestos y valores de la época moderna en la historia occidental (en específico la europea)”, mientras que la Stanford Encyclopaedia of Philosophy niega esto y dice: “Más bien, sus diferencias se hallan al interior de la modernidad en sí, y el posmodernismo es una continuación del pensamiento moderno en un modo distinto”. Yo sugeriría que la diferencia está en si consideramos a la modernidad en términos de lo producido o de lo destruido. Si entendemos la esencia de la modernidad como el desarrollo de la ciencia y la razón, así como del humanismo y el liberalismo universal, entonces los posmodernos se plantean en oposición a esto. Si pensamos que la modernidad derriba las estructuras de poder, incluido el feudalismo, la iglesia, el patriarcado y el imperio, los posmodernos intentan continuar con este proyecto, pero sus objetivos ahora son la ciencia, la razón, el humanismo y el liberalismo. En consecuencia, las raíces del posmodernismo son inherentemente políticas y revolucionarias, aunque en un sentido destructivo, o como ellos lo dirían, en un sentido deconstructivo.

El término “posmodernismo” fue propuesto por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna, la cual definió como una “incredulidad respecto de los metarrelatos”. Un metarrelato es una explicación amplia y coherente para los grandes fenómenos. Las religiones y otras ideologías totalizantes son metarrelatos que intentan explicar el sentido de la vida o todos los males de la sociedad. Lyotard proponía reemplazarlos con “minirrelatos” para dirigirse a verdades de dimensiones más pequeñas y personales. Se dirigía así al cristianismo y al marxismo, pero también a la ciencia.

 Según él, “Hay un hermanamiento entre el tipo de lenguaje que se llama ciencia y ese otro que se llama ética y política”. Al vincular a la ciencia y al conocimiento que produce con el gobierno y el poder, lo que hace es rechazar su postulado de objetividad. Lyotard describe esta condición posmoderna descreída como algo generalizado, y dice que desde el final del siglo XIX comenzó una “erosión interna del principio de legitimidad del saber” que provocó un cambio en el estatus del conocimiento. Para la década de los sesenta, la “duda” y la “desmoralización” de los científicos “interfiere con el problema esencial, que es el de la legitimación.” No importa cuántos científicos digan que no están desmoralizados ni tienen más dudas de las que corresponde a un grupo de personas que trabajan con un método cuyos resultados siempre son provisionales y cuyas hipótesis nunca quedan “probadas”; nada lo disuadió.

En Lyotard vemos dos cosas: un relativismo epistémico explícito (una creencia en verdades o hechos personales o culturalmente específicos), y el privilegio de la “experiencia vivida” por encima de la evidencia empírica. Vemos también la promoción de una versión del pluralismo que privilegia las opiniones de grupos minoritarios por encima del consenso general de científicos o de la ética liberal democrática, a quienes se caracteriza como autoritarios y dogmáticos. Todo esto es consistente con el pensamiento posmoderno.

La obra de Michel Foucault se centra en el lenguaje y el relativismo, aunque aplicado a la historia y la cultura. Bautizó su aproximación como “arqueología” porque consideraba que estaba “descubriendo” aspectos de la cultura histórica por medio de los discursos registrados (un habla que promueve o asume una perspectiva particular). Para Foucault, los discursos controlan lo que puede “conocerse”; en distintos periodos y lugares, distintos sistemas de poder institucional controlan los discursos. Por eso, el conocimiento es un producto directo del poder. “En una cultura y en un momento dados, solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede silenciosamente investida en una práctica”.1

 Yendo más allá, las personas en sí mismas están construidas culturalmente. “El individuo, con sus características, su identidad, en su hilvanado consigo mismo, es el producto de una relación de poder que se ejerce sobre los cuerpos, las multiplicidades, los movimientos, los deseos, las fuerzas”.2

 Casi no deja espacio a la agencia individual o a la autonomía. Como ha dicho Christopher Butler, Foucault “depende de la creencia en la maldad inherente a la posición de clase o la posición profesional del individuo, entendida como ‘discurso’, sin importar la moralidad de su conducta individual”. 3

 Presenta al feudalismo medieval y a la democracia liberal moderna como sistemas igualmente opresivos, y es partidario de atacar y criticar a las instituciones para desenmascarar la “violencia política que se ha ejercido a través de éstas de manera oculta”. 4

En Foucault vemos la expresión más extrema del relativismo cultural leído a través de las estructuras de poder, en las que la humanidad y la individualidad compartida están casi completamente ausentes. Al contrario, las personas se construyen por medio de su posición en relación con ideas culturales dominantes, ya sea como opresores o como oprimidos. Judith Butler echó mano de Foucault para elaborar su postura fundamental en la teoría queer que se enfoca en la construcción cultural del género, Edward Said para sus postulados sobre el poscolonialismo y el “orientalismo”, y Kimberlé Crenshaw en su desarrollo de la “interseccionalidad” y las políticas de la identidad. Lo vemos también en la equiparación del lenguaje con la violencia y la coerción, y la equiparación de la razón y el liberalismo universal con la opresión.

Fue Jacques Derrida quien propuso el concepto de “deconstrucción”, y también se sumó a la discusión sobre el constructivismo cultural y el relativismo cultural y personal. Se enfocó aún más explícitamente en el lenguaje. Su pronunciamiento más famoso, “no hay nada fuera del texto” tiene que ver con su rechazo a la idea de que las palabras se refieren a algo directamente. Más bien, “solo hay contextos sin un centro de anclaje absoluto”.

Por eso, el autor de un texto no es la autoridad sobre su significado. El lector o escucha produce su propio significado igualmente válido y cada texto “engendra infinitos nuevos contextos en un sentido absolutamente no saturable”. Derrida propuso el término différance, derivado del verbo “differer”, que significa tanto “posponer” como “diferir”. Esto quería indicar que no solo el significado nunca es definitivo sino que está construido por medio de diferencias, en especial por oposiciones. La palabra “joven”, solo tiene sentido en relación con la palabra “viejo”, y decía Derrida, siguiendo a Saussure, que el significado se construye por medio del conflicto entre estas oposiciones elementales que, para él, siempre son un positivo y un negativo. “Hombre” es positivo y “mujer” negativo. “Occidente” es positivo y “Oriente” negativo. Insistía en que “No estamos ante una coexistencia pacífica de un vis-a-vis, sino ante una jerarquía violenta. Uno de los dos términos se impone al otro (axiológica, lógicamente, etc.), se encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado, invertir la jerarquía”.

 La deconstrucción, entonces, implica invertir estas jerarquías percibidas; hacer que “mujer” y “Oriente” sean positivas, y “hombre” y “Occidente” sean negativas. Esto se debe hacer irónicamente para revelar la naturaleza arbitraria y culturalmente construida de estas oposiciones percibidas en un conflicto desigual.

En Derrida hay mucho más relativismo, tanto cultural como epistémico, y más justificaciones para las políticas de la identidad. Hay una negativa explícita a considerar que las diferencias pueden ser algo más que oposicionales, y por lo mismo un rechazo a los valores del liberalismo derivado de la Ilustración que busca sobreponerse a las diferencias y enfocarse en los derechos humanos universales y la libertad y el empoderamiento individual. Estamos ante la base de una “misandria irónica”, del mantra “el racismo inverso no es real” y la idea de que la identidad dicta lo que puede ser entendido. Vemos también un rechazo a la necesidad de que haya claridad en el habla y en los argumentos; a entender el punto de vista del otro y evitar malas interpretaciones. La intención del hablante es irrelevante. Lo que importa es el impacto del habla. Esto, junto con las ideas de Foucault, son la base de las creencias actuales en la naturaleza profundamente peligrosa de las “microagresiones” y el mal uso de la terminología relacionada con el género, la raza y la sexualidad.

 Lyotard, Foucault y Derrida son tres de los “padres fundadores” del posmodernismo, pero sus ideas comparten temas con otros “teóricos” influyentes y fueron suscritas por posmodernos posteriores que las aplicaron a una gran variedad de disciplinas dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Hemos visto que estas ideas incluyen una alta sensibilidad al lenguaje a nivel de la palabra y la sensación de que lo que el hablante quiere decir es menos importante que cómo es interpretado, sin importar lo radical que sea esa interpretación. La humanidad compartida y la individualidad son en esencia ilusiones y las personas son propagadoras o víctimas de discursos dependiendo de su posición social, una posición que depende de su identidad más que de su involucramiento individual con la sociedad. La moral es culturalmente relativa, la realidad también. La evidencia empírica es vista con sospecha y lo mismo pasa con ideas culturalmente dominantes como la ciencia, la razón y el liberalismo universal. Se trata de valores de la Ilustración que son ingenuos, totalizadores y opresivos, y destruirlos es una necesidad moral. Importan mucho más la experiencia vivida, los relatos y las creencias de los grupos “marginalizados”, todas igualmente “verdaderas” y preferidas por encima de los valores de la Ilustración para así revertir la construcción social opresiva, injusta y totalmente arbitraria de la realidad, la moral y el conocimiento.

El deseo de “destruir” el status quo, de desafiar los valores ampliamente difundidos y defender a los marginados es en esencia algo absolutamente liberal. Estar en oposición a esto es decididamente conservador. Esa es la realidad histórica, pero estamos en un punto único en la historia en la que el status quo es en general bastante liberal, con un liberalismo que defiende los valores de la libertad, los derechos igualitarios y las oportunidades para todos sin importar la raza, el género o el sexo. El resultado es una confusión en la que los liberales de toda la vida que quieren conservar este tipo de status quo liberal son considerados conservadores, y aquellos que quieren evitar el conservadurismo a toda costa terminan defendiendo el irracionalismo y el iliberalismo. Mientras que los primeros posmodernos desafiaron al discurso con discurso, los activistas motivados por sus ideas se han vuelto cada vez más autoritarios y llevan aquellas ideas a su conclusión lógica. La libertad de expresión está bajo ataque porque el habla es ahora considerada peligrosa. Tan peligrosa que las personas que se consideraban liberales pueden justificar el responder al habla con violencia. Argumentar un punto de manera persuasiva por medio de argumentos razonados ha sido remplazado cada vez más con referencias a la identidad y con pura ira.

A pesar de la evidencia que indica que el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y la xenofobia están en sus niveles históricos más bajos en las sociedades occidentales, los académicos de izquierda y los activistas en favor de la justicia social manifiestan un pesimismo fatalista, habilitado por las prácticas de “lectura” interpretativa posmoderna que dan valor al sesgo de confirmación. El poder autoritario de los académicos y activistas posmodernos parece ser invisible para ellos, aunque es evidente para todos los demás. Como escribe Andrew Sullivan sobre la interseccionalidad:

Propone una ortodoxia clásica por medio de la cual se explica toda la experiencia humana –y por medio de la cual toda habla debe ser filtrada… Como sucedió con los puritanos de la antigua Nueva Inglaterra, la interseccionalidad controla el lenguaje y los términos del discurso.

El posmodernismo se ha convertido en un metarrelato lyotardiano, un sistema foucaultiano de poder discursivo y una jerarquía opresiva derridiana.

 Con frecuencia los filósofos le han señalado a los posmodernos el problema lógico de la autoreferencialidad. Sin embargo, estos no lo han resuelto de manera convincente. Como señala Christopher Butler, “la plausibilidad del argumento de Lyotard sobre el declive de los metarrelatos a final del siglo XX depende de recurrir a la condición cultural de una minoría intelectual”. En otras palabras, el argumento de Lyotard surge de los discursos que lo rodean en su burbuja académica burguesa y, de hecho, se trata de un metarrelato del que él no tiene la menor duda. Así mismo, el argumento de Foucault sobre el conocimiento como algo contingente a la historia debe ser contingente a la historia también y uno se pregunta por qué Derrida se ocupó de explicar la maleabalidad infinita de los textos con ese nivel de detalle si yo puedo leer su obra y decir que se trata de un cuento sobre conejitos con el mismo grado de autoridad que él.

Obviamente esta no es la única crítica que se le hace al posmodernismo. El problema más evidente del relativismo cultural epistémico ya ha sido abordado por filósofos y científicos. El filósofo David Detmer en Challenging Postmodernism, dice:

Consideremos este ejemplo, planteado por Erazim Kohak, “Cuando intento, sin éxito, meter una pelota de tenis dentro de una botella de vino, no necesito probar con distintas botellas de vino ni con distintas pelotas de tenis, aplicando los cánones de inducción planteados por Mill, para llegar a la hipótesis de que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino”… Ahora estamos en la posición de invertir la cancha ante [los argumentos de relativismo cultural del posmodernismo] y plantear la pregunta, “¿Si yo considero que las pelotas de tenis no caben en las botellas de vino, ¿puede demostrar con precisión cómo es que mi género, ubicación histórica y espacial, clase social, grupo étnico, etc., mina la objetividad de mi juicio?”

Sin embargo, ningún posmoderno le ha explicado su razonamiento, y más bien describe una conversación desconcertante que tuvo con la filósofa posmoderna Laurie Calhoun:

Cuando tuve la oportunidad de preguntarle si era o no era verdad que las jirafas son más altas que las hormigas, me dijo que no era un hecho sino un artículo de fe religiosa en nuestra cultura.

Los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont hablaron de este mismo problema desde la perspectiva de la ciencia en su libro: Fashionable nonsense: Postmodern intellectuals’ abuse of science:

¿Quién puede negar en serio el “gran relato” de la evolución, salvo alguien que esté atenazado por un relato mayor y mucho menos plausible como el creacionismo? ¿Y quién querría negar la verdad de cierta física elemental? La respuesta es “algunos posmodernos”.

y

Hay algo muy extraño en la creencia de que al buscar leyes causales o una teoría unificada, o al preguntar si los átomos obedecen las leyes de la mecánica cuántica, las actividades de los científicos son inherentemente “burguesas” o “eurocéntricas” o “masculinistas” o incluso “militaristas”.

¿Cuánto amenaza el posmodernismo a la ciencia? Sin duda existen algunos ataques externos. En una protesta reciente en contra de una charla dada por Charles Murray en Middlebury, la gente que protestaba gritaba al unísono:

La ciencia siempre se ha usado para legitimar el racismo, el sexismo, el clasismo, la transfobia, la discriminación contra las personas con discapacidad y la homofobia, todo planteado como racional y como un hecho, y apoyado por el gobierno y el estado. En el mundo de ahora hay muy poco que sea un ‘hecho verdadero.

9

Cuando los organizadores de la Marcha por la Ciencia tuitearon: “la colonización, el racismo, la migración, los derechos nativos, el sexismo, la discriminación por discapacidad, la queer-, trans-, intersexfobia y la justicia económica son temas científicos”

10

, de inmediato muchos científicos criticaron que se politizara la ciencia y se perdiera de vista el énfasis en mantener a la ciencia lejos de las manos de la ideología interseccional. En Sudáfrica, el movimiento de estudiantes progresistas #ScienceMustFall y #DecolonizeScience anunció que la ciencia era solo un modo de conocimiento que a la gente se le había enseñado a aceptar. Sugirieron que la brujería era una alternativa.

A pesar de esto, la ciencia como metodología no se irá a ningún lado. No puede “adaptarse” para incluir al relativismo epistémico y los “conocimientos alternativos”. Puede, sin embargo, perder la confianza del público y por lo mismo, el financiamiento público, y esta es una amenaza que no puede desestimarse. Además, en un momento en el que los líderes del mundo dudan del cambio climático, los padres creen en la falsedad de que las vacunas causan autismo y las personas buscan homeópatas y naturistas para resolver problemas médicos serios, seguir minando la confianza de las personas en las ciencias empíricas es tan peligroso que representa una amenaza existencial.

Las ciencias sociales y las humanidades, sin embargo, están en riesgo de cambiar hasta quedar irreconocibles. Algunas disciplinas dentro de las ciencias sociales ya han cambiado. La antropología cultural, la sociología, los estudios de género, por ejemplo, han sucumbido casi completamente al relativismo moral y al relativismo epistémico. En mi experiencia, las letras inglesas también están enseñando una ortodoxia enteramente posmoderna. La filosofía, como hemos visto, está dividida. Lo mismo la historia.

Los posmodernos con frecuencia critican a los historiadores empíricos por asegurar que saben lo que sucedió en el pasado. Christopher Butler recuerda la acusación de Diane Purkiss en cuanto a que, cuando mostró evidencia de que las acusadas de brujería eran por lo general mujeres mendicantes y sin poder, Keith Thomas habilitaba un mito que funda la identidad histórica de los hombres en la “impotencia y el silencio de las mujeres”. Es de suponerse que debió haber dicho, contra la evidencia, que se trataba de mujeres ricas, o mejor aún, de hombres. Dice Butler:

Pareciera que los argumentos empíricos de Thomas simplemente contradicen el principio organizador del relato histórico de Purkiss: que debe ser utilizado para apoyar las nociones contemporáneas de empoderamiento femenino.

Yo me topé con el mismo problema cuando intenté escribir sobre raza y género en el siglo XVII. Había postulado que al público de Shakespeare no le habría costado entender la atracción de Otelo, un soldado cristiano de raza negra, hacia Desdémona, una mujer blanca, porque el prejuicio contra el color de la piel no se hizo prevalente hasta más adelante en el siglo, cuando el comercio de esclavos en el Atlántico adquirió más fuerza, y que las diferencias religiosas y nacionales eran mucho más profundas antes.

 Un eminente profesor me informó que la mía era una postura problemática y me preguntó cómo se sentirían las comunidades afroamericanas en Estados Unidos ahora por mi aseveración. Si las personas afroamericanas se sentían incómodas, era la implicación, entonces mi postulado tuvo que haber sido falso en el siglo XVII o sería moralmente equivocado mencionarlo ahora. En palabras de Christopher Butler:

El pensamiento posmoderno percibe que la cultura contiene una serie de historias que están en perpetua competencia cuya efectividad depende no tanto de recurrir a un estándar independiente de evaluación, y sí de recurrir a las comunidades en las que circulan.

Temo por el futuro de las humanidades.

Pero los peligros del posmodernismo no se limitan a ciertos núcleos de la sociedad aglutinados en torno de la academia y la justicia social. Las ideas relativistas, la sensibilidad al lenguaje y el enfoque en la identidad por encima de la humanidad o la individualidad se han vuelto más dominantes en la sociedad en general. Es mucho más sencillo decir lo que uno siente que examinar rigurosamente la evidencia. La libertad de “interpretar” la realidad según los valores de cada quien se alimenta de la tendencia muy humana de recurrir al sesgo de confirmación y al razonamiento motivado.

 Se ha vuelto un lugar común señalar que la extrema derecha ahora utiliza la política de identidad y el relativismo epistémico de una manera muy similar a la izquierda posmoderna. Claro, ciertos elementos de la extrema derecha siempre han sido divisivos en términos de raza, género y sexualidad, y dados a hacer propias perspectivas irracionales y anticientíficas. Sin embargo el posmodernismo ha producido una cultura mucho más receptiva a esto. Kenan Malik ha descrito este cambio así:

Cuando propuse que la idea de “hechos alternativos” se basa en “una serie de conceptos que en décadas recientes han sido utilizados por radicales”, no me refería a que Kellyanne Conway ni Steve Bannon, mucho menos Donald Trump, hubieran estado leyendo a Foucault y a Baudrillard… Más bien son sectores de la academia y de la izquierda quienes en décadas recientes han ayudado a crear una cultura en la que el relativismo de los hechos y el conocimiento no resulta algo problemático, y por lo mismo es más sencillo para la derecha reaccionaria no solo reapropiarse de ella, sino promover estas ideas reaccionarias.

Esta “serie de conceptos” amenazan con regresarnos a una época previa a la Ilustración, cuando la “razón” se consideraba no solo inferior a la fe, sino que también era considerada un pecado. James K. A. Smith, un teólogo reformista y profesor de filosofía, ha visto lo provechoso que esto resulta para el cristianismo y considera al posmodernismo como “un viento fresco del Espíritu, enviado para revitalizar los huesos secos de la iglesia”. En Who’s afraid of postmodernism?: Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church, dice:

Estar comprometidos con el posmodernismo nos invita a mirar hacia atrás. Veremos que mucho de lo que sucede bajo el auspicio de la filosofía posmoderna tiene un ojo en las fuentes antiguas y medievales, y constituye una importante recuperación de modos de conocimiento, de ser y de hacer premodernos.

y

El posmodernismo puede ser un catalizador para que la iglesia recupere la fe, no como un sistema de verdad dictado por una razón neutral, sino como una historia que requiere “ojos que vean y oídos que escuchen”.

Quienes estamos en la izquierda debemos temerle a lo que “nuestro lado” ha producido. Claro, no todos los problemas de la sociedad son producto del pensamiento posmoderno, y no sirve de nada sugerir que así es. El alza del populismo y el nacionalismo en Estados Unidos y en Europa también tiene su origen en una extrema derecha fortalecida y en el miedo al islamismo provocado por la crisis de refugiados. Estar rígidamente en contra de los “guerreros de la justicia social” y echarle la culpa de todo a este elemento de la izquierda adolece a su vez de razonamiento motivado y sesgo de confirmación. La izquierda no es responsable de la extrema derecha ni de la derecha religiosa ni del nacionalismo secular, pero sí es responsable por no hacerle frente de manera razonable a preocupaciones razonables, y por lo mismo provocar que sea más difícil que las personas razonables la apoyen. Es responsable de su propia fragmentación, de sus exigencias de pureza y de las divisiones que provoca y que hacen que la extrema derecha parezca coherente y unida en comparación.

 Para recuperar la credibilidad, la izquierda debe recuperar el liberalismo fuerte, coherente y razonable. Para hacer esto, necesitamos vencer por la vía del discurso a la izquierda posmoderna. Necesitamos hacerle frente a sus oposiciones, divisiones y jerarquías con principios universales de libertad, igualdad y justicia. Debe haber una consistencia entre los principios liberales en oposición a todos los intentos por evaluar o limitar a las personas por raza, género o sexualidad. Debemos atender las preocupaciones sobre migración, globalización y políticas de identidad autoritarias que dan poder a la extrema derecha en lugar de tildar a las personas que las expresan de “racistas”, “sexistas” u “homofóbicas”, y acusarlas de violencia verbal. Podemos hacer esto y al mismo tiempo oponernos a las facciones autoritarias de la derecha que son realmente racistas, sexistas y homofóbicas, pero que ahora se esconden tras la fachada de ser una oposición razonable a la izquierda posmoderna.

Nuestra crisis actual no es una que enfrente a la izquierda contra la derecha, sino una en la que la consistencia, la razón y el liberalismo universal están enfrentadas a la inconsistencia, el irracionalismo, las certidumbres fanáticas y el autoritarismo sectario. El futuro de la libertad, la igualdad y la justicia se ve igual de desolador si la izquierda posmoderna o la extrema derecha ganan la guerra actual. Aquellos que valoramos la democracia liberal y los frutos de la Ilustración, la revolución científica y la modernidad misma, debemos ofrecer una mejor opción."

(Helen Pluckrose   Este artículo fue publicado originalmente en Areo y se reproduce con autorización. )