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24/11/21

Angélica Liddell: “La tauromaquia va más allá de eso, pertenece al mundo de la poesía. El debate ético no me interesa. La sociedad está tan infantilizada que no es capaz de enfrentarse a la belleza del ritual. Para mí, librar al toro de lidia de la muerte es como blasfemar, es una blasfemia contra la belleza y contra lo sagrado... Nos dirigimos hacia una sociedad prohibicionista, higiénica y puritana, sin ninguna arista. Estamos privando a lo humano de su parte negra, de su parte de noche”


Imagen del teatro de Angelica Lidell 'Liebestod – El olor a sangre no se me quita de los ojos – Juan Belmonte', representada en el Festival de Avignon, en Francia.Christophe Raynaud de Lage

 "No era una plaza fácil, pero Angélica Liddell se presentó sin banderillero, esquivó casi todas las cornadas y logró salir por la puerta grande. La directora española estrenó en el Festival de Aviñón su nuevo espectáculo, Liebestod, esa “muerte de amor” con la que Wagner tituló el final de su ópera Tristán e Isolda, que Liddell también hace sonar en esta obra inclasificable, una historia de sus raíces y de sus abismos que juró que se inspira en la biografía de Juan Belmonte que firmó Manuel Chaves Nogales.

 Esperar algo parecido a un biopic del matador de toros era conocer mal la evolución reciente de la dramaturgia de Liddell, cada vez más compleja y hasta ininteligible, que hace caso omiso a las reglas aristotélicas y los consensos sociales, e incluso se nutre del rechazo ajeno, con el antagonismo como sempiterna postura estética y moral.

 Aun así, la sombra del torero poeta y suicida se ve por todas partes en esta función, acogida con una ovación en el comienzo de la 75ª edición del festival que la encumbró en 2010 con La casa de la fuerza, rompiendo con años de desprecio y marginalidad en la escena española y cuando ya estaba a punto de tirar la toalla. En la figura de Belmonte, Liddell encontró, asegura, un mellizo. “Al leer el libro de Chaves Nogales, me di cuenta de que decía cosas que podría haber firmado de mi puño y letra, frases que habían rodado en mi boca como una lengua antigua. 

Por ejemplo, que se torea como se es y que se torea como se ama”, decía ayer en su hotelito de dos estrellas de Aviñón, el lugar en el que Liddell se aloja por decisión propia en una habitación frugal, casi como en aquellos tiempos en que acudía a este festival con un falso carné de prensa y cenaba salchichas frías en su albergue de los suburbios.

 Liddell nunca ha visto una corrida —como tampoco las presenció Chaves Nogales—, lo que no le impide admirarlas. “La tauromaquia va más allá de eso, pertenece al mundo de la poesía. El debate ético no me interesa. La sociedad está tan infantilizada que no es capaz de enfrentarse a la belleza del ritual. Para mí, librar al toro de lidia de la muerte es como blasfemar, es una blasfemia contra la belleza y contra lo sagrado”, asegura.

 La directora protesta contra un mundo artístico “obsesionado por el deber, por complacer a todos los grupos sociales”. “Esa sociedad naíf de lo correcto y de los derechos roza la idiocia, como dice el gran Javier Marías. Nos dirigimos hacia una sociedad prohibicionista, higiénica y puritana, sin ninguna arista. Estamos privando a lo humano de su parte negra, de su parte de noche”. Ante esa “lacra”, Lidell aboga por un teatro convertido “en último reducto de transgresión”.

Su función da un nuevo ejemplo de ello. A las cinco de la tarde, como en el llanto de Lorca por el torero Ignacio Sánchez Mejías, empieza su obra en la Ópera de Aviñón, un tinglado provisional en la periferia de la ciudad de los Papas erigido mientras se restaura su sede histórica ubicada en el centro. Arranca con Liddell de negro estricto sirviéndose una copa de tinto y mutilándose las tibias, las falanges, la entrepierna. Un tic habitual en su teatro al que regresa ahora en este trabajo, encargado por otro enfant terrible como Milo Rau para el Teatro Nacional de Gante, y una escarificación simbólica que traduce “los riesgos espirituales” que ella asume al salir a escena. 

 Durante los ensayos, Liddell visionó un sinfín de vídeos de Jean Rouch, el pionero del cine etnológico que filmó los rituales animistas en África. “Someter el cuerpo a alteraciones físicas te permite dar el salto al trance. Podría decir que ellos son mis maestros”, ironiza la directora, que hace un guiño a esas culturas, aunque sea a ritmo de pasodoble y vestida con traje de luces, en un apoteósico tramo final.

 Liebestod lleva el subtítulo de El olor a sangre no se me quita de los ojos, frase inspirada en una cita de Francis Bacon, cuya ojerosa mirada también irrumpe en el escenario, en el sobrecargado juego de referencias que Liddell suele proponer al espectador. La obra debía estrenarse en la edición de 2020, que fue suspendida por la pandemia. Liddell no lo vivió con frustración: esta larga gestación de dos años permitió que su texto circulase por otros derroteros, que cree que han enriquecido el resultado. “Irrumpió lo que me faltaba, que era el enamoramiento. Si se hubiera estrenado un año antes, no hubiera estado recorrida por la misma fuerza. No estarían el salvajismo, la tragedia y el dolor que implica el amor. 

La obra ha cambiado al 100%”, asegura Liddell, que en este 2021 ha salido de un ayuno mediático en el que llevaba metida cinco años, un periodo de depresión y luto por la muerte de sus padres en el que no concedió ni una sola entrevista. Aunque esta felicidad aparente tenga, como casi siempre en ella, un reverso amargo. “Cuando me enamoro corro peligro de muerte, como dice Emmanuel Carrère en Yoga. Lo más peligroso que me puede pasar en la vida es enamorarme”, asegura Liddell, que vive esperando que la dejen, sometida al terror incesante de amar y no ser correspondida.

 Mientras cuelga de los cuernos de un toro inerte al que recita frases de Cioran o perrea con sevillanas de Los Marismeños como telón de fondo, Liddell establece un paralelismo entre tauromaquia y teatro. “Por si esos imbéciles son incapaces de comprenderlo, dígales que el toreo es un ejercicio espiritual”, reza su primera frase.

Deambula sobre las tablas lamentando un terrible mal de amores, antes de embarcarse en un stand-up tremendista durante el que, micrófono en mano, pronuncia injurias a diestro y siniestro. Contra sus admiradores, “mentecatos, mujeres y maricones” que llenan las papeleras de sus habitaciones de hotel con sus cartas llenas de esos elogios que tanto aborrece. Contra las actrices, “más puercas que las putas, porque ellas no engañan”. Contra el Me Too, como ya hacía en su obra The Scarlet Letter: “A los actores habría que dirigirlos con un látigo. Tanta denuncia y tanta hostia…”. 

Contra Francia, donde “los jóvenes de 16 años se manifiestan por sus pensiones”, una sociedad que le asquea por su elitismo, su desacralización y sus huelgas. Lo más admirable es que la faena terminara con vítores, tal vez porque nadie se lleva peor parte que ella misma en este reparto de mandobles: “¿Quién irá a recoger tus cenizas? Eres ya una puta vieja y no has conseguido que nadie te quiera. Estás aquí para buscar el amor de estos desconocidos. Estás trabajando en este teatro porque nadie te ama en el mundo real”. Lo confirma en la entrevista, a modo de conclusión: “Mi toro no es el público, sino el propio escenario”.                 (Alex Vicente, El País, 10/07/21)

15/11/21

Angélica Liddell: “Tauromaquia y teatro forman parte de la idea de tragedia griega”... es “la muerte rodeada de la más deslumbrante belleza, como decía Lorca”

 "A la dramaturga española Angélica Liddell el Festival francés de Aviñón le hizo recuperar la fe en el arte y el teatro en su primera visita a la muestra hace diez años. Ahora vuelve con el estreno de “Liebestod”, un homenaje al torero Juan Belmonte.

En él, icono de la tauromaquia y emblema del sevillano barrio de Triana, encontró Liddell un reflejo de su trabajo y su particular sentimiento trágico de la vida, que ha traspuesto en “Liebestod. El olor de sangre no se me quita de los ojos. Juan Belmonte”, estrenada esta semana en Aviñón y que irá después al Grec de Barcelona.

“Creo que la tauromaquia y el teatro forman parte de la idea de tragedia griega, donde el acto es una liturgia”, dice Liddell en una entrevista con EFE.

La entrevista debía tener lugar en uno de los palacetes que Aviñón moviliza en esta 75 edición de su festival, pero Liddell cambia de opinión media hora antes y la conversación tiene lugar por teléfono.

Al parecer, la dramaturga ha cancelado a última hora la mayoría de encuentros con la prensa, confirmando así su rechazo a todo aquello que huele a sistema y orden.

A los críticos y al público les responde con las palabras de Belmonte, recogidas por el periodista Manuel Chaves Nogales en la biografía de 1935: “Dentro de dos horas estaréis en vuestra casa cenando como si nada”.

Liddell desata pasiones: el público reacciona abucheando o levantándose para aplaudir. Su forma de escupir sobre el mundo, su puesta en escénica, a menudo violenta y escatológica, no es apta para todos. “Se torea como se es”, decía Belmonte. En el teatro, tampoco cabe el engaño.

“El artista que trabaja con pudor no es una artista, es un cobarde. No se puede trabajar con la idea de agradar”, dice la figuerense, de 55 años.

WAGNER Y LAS GRECAS

“No, no puedo vivir yo sin su amor. No viviré, no viviré”. Lo canta Liddell a voces y podrían ser sus palabras, pero es el éxito del grupo español Las Grecas de 1974, Asingara, protagonista de esta representación musical en la que también suena Wagner, creación de una mujer “enamorada y mortal”.

Enamorada de un hombre, dice, porque esta obra ha ido creciendo a medida que crecía un enamoramiento. Y mortal porque “el amor siempre es mortal”.

– ¿Se crea mejor en el amor o en el desamor?

– Es que el amor, como yo lo entiendo, es trágico.

– ¿El sentimiento de tragedia, que marcó la vida de Belmonte, es inherente al artista?

– Por supuesto. El arte solo puede existir si uno tiene el sentimiento trágico de la vida, como decía Unamuno. Eso no se puede fingir.

 Liddell no finge. O lo hace muy bien. Lo que recita en la obra le sale de las tripas, y se hace cortes en pies y manos para llenarse de sangre, estampa de sacrificio inspirada de la lidia y en Jesucristo.

 Aficionada a la tauromaquia, “la muerte rodeada de la más deslumbrante belleza, como decía Lorca”, Liddell, mujer de contrastes, revela también su gusto por el fútbol, que ya no sigue tanto.

“Echo de menos a Juanito. Ahora todo es muy ‘fair play’, hasta el VAR. Se ha perdido la dureza, la idea del enemigo”, explica.

Percibe en él la misma lacra que achaca al toreo actual y al arte.

“Tuve un encuentro maravilloso con Rafael de Paula, el último torero trágico. Me hago cargo de sus palabras cuando habla del embuste actual de la fiesta. Y eso es una cosa bastante general en todas las artes”, defiende.

La directora cree que los gestores en Europa tienen miedo a que las obras no sean complacientes, lo que explica que algunas de sus piezas salgan de España sin haber sido estrenadas en su país, y de ahí que se sienta en comunión con en este festival.

“Cuando en España lo único que nos daban eran pelos, llegar aquí en 2010 y tener un patio de butacas en pie con la misma obra… eso fue muy grande. Aviñón fue un nacimiento”.           (María Díaz Valderrama, HolaNews, 10/07/21)

18/7/17

Francia: nueva esencia de la tauromaquia. Un concepto diferente del espectáculo y el creciente número de toreros, ganaderías y novilleros animan la fiesta de los toros en las plazas del sur del país

"El anfiteatro romano de Arlés recupera su función litúrgica, hedonista y sociológica 20 siglos después de haberse erigido en el promontorio que otea la Camarga. Un combate estilizado del toro y el hombre. 

Una comunidad heterogénea que celebra un rito pagano, eucarístico. Y una voz metálica que resuena por los altavoces, anunciando la celebración de “una novillada cien por cien francesa”. La reivindicación del animador se recibe entre ovaciones. Y alude al paseíllo de una terna de chavales locales —Andy Younes, Tibo García, Adrien Salenc— que van a lidiar reses de seis ganaderías francesas. Imposible imaginarlo hace unos años.

Y no digamos hace unas décadas, cuando Simón Casas, empresario de Las Ventas desde esta misma temporada, formó el primer sindicato de toreros franceses con Nimeño I. Eran los únicos afiliados. Y estaban aislados, pero obstinados también en levantarse contra la discriminación que ejercía la colonización española. Se sentían exiliados, clandestinos. Soñaban con introducir la revolución de la tauromaquia francesa.

Francia constituye en 2017 un territorio autosuficiente de ganaderías (49), plazas (51), grandes ferias (7), toreros en activo (10), primeras figuras —Sebastián Castella, Juan Bautista, Lea Vicens— y profesionales en todos los ámbitos —empresarios, banderilleros, picadores...—, y su posición de minoría exótica y de marginación predispuso una conciencia de militancia y de autodefensa que ahora sirve de modelo de urgencia al complejo de superioridad español.

 Más aún cuando Cataluña ha dado por abolidas las corridas. Se antoja estrafalaria la situación de los aficionados catalanes, constreñidos a cruzar la frontera de los Pirineos para participar de un espectáculo reprobado en su tierra, seña en algún tiempo de la españolidad.


La paella y la sangría se consumen en Arlés con la avidez de la promiscuidad cultural. Y bailan flamenco los arlesianos. E identifican el anfiteatro romano como un templo identitario. Y lo abarrotan por fuera y por dentro, acompasando el pasodoble como el himno iniciático a la corrida de toros, aunque todos los festejos empiezan con la obertura de Carmen, la ópera del compositor francés Georges Bizet. Y aunque los altavoces proclamen el hito regional de la “novillada cien por cien francesa”.

No se trata de una apropiación, sino de una merecida y trabajada asimilación. Francia fue el primer país que declaró la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial (2011). Lo hizo cumpliendo con escrúpulo los requisitos técnicos y conceptuales de la Unesco —estética, tradición, creatividad, acervo...— y consolidando una protección cuyo origen se remonta a 1951, cuando se proclamó una ley que prohibía la tauromaquia —y las peleas de gallos, y el maltrato animal— excepto donde estaba acreditada una tradición continuada. 

Es la famosa excepción cultural. Es el caso de Arlés. Y de Nimes. Y de Béziers. Tres arenas señeras del sudeste francés que rivalizan con las ferias principales del suroeste. Sobre todo con Bayona, Dax, Mont-de-Marsan y Vic-Fezensac.

“La necesidad de defender la tauromaquia casi en una situación de asedio nos ha convertido en pioneros de las iniciativas políticas”, explica André Viard. Fue matador de toros. Escribe, pinta, filosofa. Y desempeña la presidencia del Observatorio Nacional de las Culturas Taurinas, cuya función activista y pedagógica tanto reivindica el valor ecológico, medioambiental de la tauromaquia como la justifica desde un punto de vista ético y estético. 

“España ha dado por descontado que el toreo iba a ser eterno. Y que no era necesario protegerlo. Por eso allí se ha reaccionado tarde. Ha predominado la desunión de unos y otros sectores. No ha sabido utilizarse el marketing, una de las armas que mejor emplean los animalistas. Y se ha incurrido en una desesperante pasividad”.


La paella y la sangría se consumen en Arles. Y bailan flamenco los arlesianos. Aunque los altavoces proclamen el hito regional de la "novillada cien por cien francesa".

La alarma de la prohibición catalana estimuló la reacción. Los toros pasaban de la tutela del Ministerio de Interior a la cartera del Ministerio Cultura (2011). Se declararon patrimonio histórico cultural en 2013. Y se les garantizó una protección legislativa, inmune a las competencias que pretendieran atribuirse las comunidades autónomas.

 “La cuestión es que no basta únicamente con blindar los toros”, razona André Viard. “Hay que crear un modelo de espectáculo. Atraer a los públicos. Saber exponer las cualidades de la tauromaquia en este mundo complejo, globalizado. Francia necesita a España porque España es la casa madre de la tauromaquia. Y España necesita a Francia porque aquí hemos avanzado mucho en el camino del porvenir”.

Aficionados con voz y voto

El modelo francés muestra una adhesión desacomplejada a los toros, heterogeneidad de público, mezcolanza de generaciones e implicación de los espectadores. Muchas de las plazas llegan al extremo de “alojarlos” en las comisiones taurinas, organismos municipales donde los aficionados tienen voz y hasta voto en la confección de los carteles, en la expresión de sus preferencias.

Desconcierta el silencio, la actitud observadora, a veces gélida, del público taurino francés, pero esta misma idiosincrasia cartesiana a medida de un partido de tenis perfila a un aficionado más culto, más instruido. Y más leído también, como invitan a pensar los escaparates de las librerías que jalonan las calles céntricas de Arlés.


Bullían en las fiestas de Semana Santa. Impresionaba la “españolización” de los hábitos festivos y hedonistas. Y se vivía la tauromaquia a todas las horas —encierros, festejos de recortadores camargueses— y en todas las modalidades. Incluida la tertulia vespertina del Ayuntamiento. O las clases prácticas de toreo de salón para aficionados.

Tiene Simón Casas razones para sentirse gratificado, reconocido. Su modelo de productor creativo en Nimes y de agitador de ideas representa hoy el hito embrionario de la tauromaquia francesa. Especialmente desde finales de los ochenta, cuando el visionario extorero atrajo al anfiteatro romano los grandes acontecimientos. 

Litri y Camino reaparecieron con el pelo blanco para dar la alternativa a sus hijos en 1987. Luego sobrevinieron los doctorados de Jesulín de Ubrique, Manuel Caballero, Chamaco, Cristina Sánchez, El Juli, incluso la reciente alternativa de Roca Rey.

“Los toros eran en Francia un espectáculo importado. Se nos discriminaba como franceses. Y nuestras plazas no eran sino colonias españolas. Ahora hemos arraigado la fiesta por nosotros mismos. No desde el revanchismo, sino desde la identificación y la asimilación. Vivimos el toreo como una fiesta nuestra, o también nuestra.

 Francia ha conseguido ser autosuficiente. Y no estoy hablando de chovinismo, sino del proceso con el que hemos revitalizado e integrado la cultura mediterránea del toro”, señala Simón Casas.


Francia necesita a España porque España es la casa madre de la tauromaquia. Y España necesita a Francia porque aquí hemos avanzado mucho en el camino del porvenir".

La mejor evidencia se encuentra en el campo. Fue la antiquísima ganadería de Hubert Yonnet la primera que debutó en Las Ventas (1991). Y la pionera de una implantación ganadera que se extiende desde las Landas hasta la Camarga. Aquí, el toro de lidia, el toro bravo, se ha arraigado como el arroz. Se ha fortalecido con la sal. Y se ha multiplicado como símbolo de la marisma en la desembocadura del Ródano.

Bien lo saben Andy Younes, Tibo García y Adrian Salenc. Sus nombres resonaban en la megafonía de Arlés como valedores de una generación que ya no necesita cruzar la frontera para aprender el oficio y torear en el campo. Han podido mirarse en el espejo de las grandes figuras. Que son Juan Bautista y Sebastian Castella. 

Y que se hicieron toreros porque de chavales les estimuló que un compatriota suyo, Nimeño II, fuera capaz de abrir la puerta grande de Las Ventas cuando el adjetivo de francés tenía connotaciones peyorativas. O se observaba con el recelo de un exotismo.


Un toro de Miura malogró la carrera del maestro en 1989. Lo hizo en Arlés. Y la tragedia predispuso su suicidio, de forma que Nimeño II, hermano de Nimeño I, se convirtió en el primer mártir de la historia de la tauromaquia contemporánea. Y en el héroe de una revolución que convierte a Francia en la vanguardia de este espectáculo.

Es el viaje de la clandestinidad al reconocimiento. El viaje que hizo la Viridiana de Buñuel para torear la censura franquista. No requisaron la película en la frontera porque iba escondida entre los avíos de la cuadrilla de Pedrés. Y llegó a tiempo de estrenarse en Cannes, como alegoría de la libertad.

 Y como paradoja premonitoria de la coyuntura contemporánea de los aficionados catalanes. También ellos tienen que cruzar la frontera y acomodarse en los tendidos de Arlés para aplaudir a los artífices y protagonistas de una novillada “cien por cien francesa”.


Sebastián Castella, máxima figura


Si Nimeño II puede considerarse el primer torero francés “aceptado” en el escalafón español, Sebastián Castella alcanzó la categoría de máxima figura. Llegó a torear hasta 90 tardes en 2006. Y consiguió en 2015 abrir por cuarta vez la puerta grande de Las Ventas. Son evidencias estadísticas de un torero de “ida y vuelta” que nació en Béziers, de padre español, pero que se terminó forjando en Sevilla, a la vera del maestro José Antonio Campuzano.

El mestizaje explica su acento andaluz y se añade a la peculiaridad de una madre polaca. Castella, como Juan Bautista, es referencia de las principales ferias contemporáneas y afronta su decimoctava temporada de matador en una posición de madurez. Un torero vertical, hierático, que tomó la alternativa en Béziers y que adquirió una gran repercusión en las plazas mexicanas. Torea en Sevilla el 5 de mayo y dos tardes en Madrid, en San Isidro, el 19 y el 26 de mayo."                ( , El País, 27/04/17) 

14/7/17

EL PAÍS envió a su becario estadounidense a Pamplona para ver si Hemingway tenía razón...y esto es lo que se encontró

"Ya sé lo que estáis pensando: un estadounidense que trabaja de periodista en Europa decide visitar Pamplona para observar y participar en las fiestas anuales de San Fermín. ¿Es posible ser menos original, o más imitador de Ernest Hemingway? La respuesta es: probablemente no. Pero eso no me detuvo: el fin de semana pasado, me pegué el viaje desde Madrid para ver con mis propios ojos por qué la gente monta tanta historia con esto de los Sanfermines.

Mientras que el tren se acercaba a la estación en la tarde del sábado, volví a ojear los últimos capítulos de mi ajado ejemplar de Fiesta (o The Sun Also Rises en inglés) para refrescar mi memoria y recordar las cosas que supuestamente hacen de este evento algo que hay que ver a toda costa; ya sea por la energía de una fiesta incesante, por el subidón de adrenalina de los peligrosísimos encierros, o por los vistosos pases de las corridas, con su enorme capacidad de seducción y fascinación.

 Tras aguantar las charlas de algunos de mis amigos madrileños por el hecho de asistir (y, por ende, apoyar) el festival, debido a cuestiones éticas relacionadas con la crueldad contra los animales, llegué a los Sanfermines con una mente abierta.

Lo que presencié fue un espectáculo increíble, pero complejo. Me apunté a las fiestas e incluso conseguí ver una corrida de toros. Pero el mejor momento de todo el fin de semana, con gran diferencia, fue el encierro del domingo por la mañana.

Para poder verlo bien, decidí pagar 100 euros para reservar sitio en un balcón en la calle Estafeta después de que un colega en EE UU me informara de que presentarme en un encierro sin planificación previa sería como aparecer en Times Square a las 23.30 en Nochevieja y pretender ver la bola caer. La analogía era buena.

En mi caso, la reserva, más que un balcón, resultó ser una barricada provisional hecha para ver el encierro casi a ras del suelo desde uno de los restaurantes en Estafeta. Desde esta posición estuvimos especialmente cerca de la acción (incluso alcanzamos a “chocar esos cinco” con los mozos mientras esperaban a que salieran los toros).

 Durante los minutos previos a las ocho de la mañana, nuestro guía nos dijo que si íbamos a grabar el encierro, deberíamos encontrar la manera de levantar la vista de nuestras cámaras. Este consejo se reveló fundamental.



Aunque solo llegué a ver 15 segundos de acción desde mi puesto en la barricada, estuve boquiabierto durante cada uno de esos segundos. La emoción en estado puro que sentí —sobre todo al estar tan cerca del suelo— la bofetada de aire en la cara al pasar la multitud frente a nosotros, el hecho de ver a esos gigantescos animales corriendo por esas calles tan estrechas… en esos pocos segundos, sentí que pude apreciar, aunque fuera tan solo un poquito, lo que deben experimentar los mozos cuando tienen a los toros prácticamente encima.

Estar ahí no tiene nada que ver con verlo por la tele. El corazón te late más rápido, te fijas en los detalles. Recuerdo que, unos momentos antes de que comenzara el encierro, vi a un joven español no mucho más mayor que yo agachado y cabizbajo.

Primero pensé que estaría estirándose. Pero luego le vi santiguarse, y me di cuenta de que estaba rezando. En ese instante, comprendí que lo que estaba viendo era algo más que un paroxismo de animales y alcohol. Para muchos, también es algo muy serio.

Hay que decir que algunos de los rumores son ciertos. Puedo dar fe de que los Sanfermines son realmente una fiesta ininterrumpida de nueve días de duración. Después del encierro, salí de Estafeta sobre las ocho y media de la mañana y me topé con un hombre tumbado en un saco de dormir sobre el césped, rodeado de basura y bebiendo de una botella grande de sangría. Y es que para los auténticos devotos de la fiesta, no hay tiempo para el descanso.



Cuando acaba el encierro, los toros se pasan el día en la plaza, esperando su turno para la corrida de la tarde. Yo que ya andaba preocupado por el hecho de ir a un evento de este tipo, me llevé una sorpresa al descubrir que la controversia no se limita a las grandes ciudades españolas como Barcelona o Madrid, como pensé en un primer momento.

Durante la corrida, un español que aparentaba mi edad se me acercó y, con evidentes signos de intoxicación etílica, me preguntó si me gustaba lo que estaba viendo. Sintiéndome confuso, le contesté con preguntas. Descubrí que era un pamplonica que no soporta las corridas de toros. “¿Así que esta es tu primera vez?”, le dije. “No, qué va”, me contestó. “Llevo viniendo todos los días de esta semana”.

“¿Y por qué sigues viniendo?”, proseguí yo. “Por esto”, replicó, refiriéndose al ambiente en las gradas y dando cuidadosamente la espalda al ruedo mientras hablaba conmigo. “¿Pero podrías ir de marcha fuera de aquí, no?” “No, no” insistió el chaval. “No es lo mismo”.

De hecho, era casi como si hubiera dos eventos paralelos dentro de la plaza: uno en el ruedo y otro en las gradas y tendidos. Mientras que en corridas normales la gente suele estar callada, observando los pases del torero (o eso me cuentan), en los Sanfermines el público se dedica a una variedad de actividades —desde entonar cánticos futbolísticos, hasta el lanzamiento de cerveza y sangría a otras zonas de la plaza—. Calculo que me cayeron bebidas encima cada 20 minutos, de media (el atuendo blanco que traje desde Madrid no logró hacer el camino de vuelta).

Ver la corrida fue algo menos encantador que ver el encierro. Tras presenciarlo, no hay duda de que sentí respeto por lo que se podría considerar una forma de arte, pero aún así fue difícil de soportar lo que, en esencia, es la tortura teatralizada de un animal, una reliquia de otros tiempos más bárbaros.

Después de la corrida, me fui a tomar unas tapas y unas bebidas en el centro. Pero de nuevo volví a demostrar que no soy un español de verdad: para la una de la madrugada ya había vuelto a mi alojamiento, donde caí como un plomo."                 (   , El País, 12/07/17)

2/6/11

"Ese momento absolutamente mágico... cuando surge la unión entre el toro, el torero y la plaza"

"La tauromaquia es otro regalo que me hizo la fotografía. No creo haber visto ni ser capaz de asistir a una corrida sin tener una cámara delante de los ojos. Si lo hiciera, seguiría buscando el encuadre, desesperándome por no poder capar ese momento absolutamente mágico que todo aficionado a los toros busca volver a vivir, esta emoción que te transporta cuando surge la unión entre el toro, el torero y la plaza. Me emociona tanto la tauromaquia que recordando estos momentos con gente que siente como yo, me emociono de nuevo.

Confieso que mi pasión por la tauromaquia me llegó de mi pasión por la danza, un tema que me ha gustado retratar desde mis inicios en la fotografía. En el 92 y durante una serie de años, me convertí en una habitual de las plazas. Lo que primero me atrajo fue la sensualidad, la belleza, el juego de seducción y baile entre torero y toro.

El torero tiene una forma muy peculiar de mirar al toro. Veo en ella la mezcla de seducción, dominación y abandono que observo en la mirada del amante. A medida que me fui metiendo, descubrí que lo que sucedía en el ruedo era el retrato de lo que somos los españoles, de cómo amamos, de nuestro vínculo con la muerte, de cómo nos gusta bailar a la vida.

He tenido la suerte de fotografiar dos generaciones de toreros. De la primera, no olvidaré nunca tres corridas con José Mari Manzanares, Joselito y Julio Aparicio en las que pude experimentar ese éxtasis que engancha tanto. La suerte que más me gusta es la capa y me fascinaba cómo Joselito acariciaba el capote.

Trabajando con la generación joven, con toreros como el Juli, José María Manzanares hijo, Morante de la Puebla o Cayetano, mides todo lo que hemos cambiado los españoles en estas dos décadas. Hoy, la tauromaquia conserva su misterio pero es más libre, más innovadora, más creativa.

Un bailarín nace y muere bailarín. Más de una vez me ha pasada preguntar "¿Tú has bailado, verdad?" y comprobar mi teoría. Al torero, le pasa igual. Más allá de la planta, les delata su generosidad, su peculiar forma de pensar y ver la vida.

Hace un año, estuve con Esplá. Me encantó verle fuera de la plaza. Está prácticamente retirado y cuando estuve con él se dedicaba a investigar la nada. Sin duda, un buen tema para un torero. El traje de luces, no se lo pueden quitar, está siempre con ellos. O por lo menos, así lo siento.

Para mí, la tauromaquia es ambigua. Te cuenta una historia u otra según cómo la mires. El toro lo veo como este minotauro mítico, digno y majestuoso. Si yo fuera toro, preferiría mil veces ser toro de lidia y morir en la plaza que en un matadero.

Me parecería un crimen que una fiesta tan propia de nuestros signos de identidad y nuestra cultura desaparezca. Hay que luchar por ella." (ISABEL MUÑOZ: Retrato de la tauromaquia. El País, 24/05/2011)

El novillero mexicano Sergio Flores durante una de sus faenas de muleta

"Un francés, un mexicano y un español.

¿Saben aquel de un francés, un mexicano y un español que lidiaron una preciosa novillada de cinco pelajes diferentes -negros primero y último; colorado el segundo, jabonero el tercero, castaño el cuarto y negro chorreado el quinto- y juego desigual, y que, sin cortar orejas, salieron de la plaza pero con la dignidad de haber estado a la altura de la exigente tarde? ¿Saben aquel de un francés, un mexicano y un español que lidiaron una preciosa novillada de cinco pelajes diferentes -negros primero y último; colorado el segundo, jabonero el tercero, castaño el cuarto y negro chorreado el quinto- y juego desigual, y que, sin cortar orejas, salieron de la plaza pero con la dignidad de haber estado a la altura de la exigente tarde?" (El País, 24/05/2011, p. 45)