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6/2/18

Miles de personas se reunieron en Davos. Nunca en la historia del mundo la cantidad de riqueza reunida por kilómetro cuadrado será tan elevada...

"Miles de personas se reunirán la semana que viene en Davos. Su riqueza conjunta alcanza varios cientos de miles de millones de dólares, quizás incluso se acerque al billón. Nunca en la historia del mundo la cantidad de riqueza reunida por kilómetro cuadrado será tan elevada. 

Y este año, por sexta o séptima vez consecutiva, estos capitanes de la industria, multimillonarios, empleadores de miles de personas en todos los rincones del mundo, abordarán uno de los temas principales: la desigualdad… 

Únicamente de pasada, y probablemente al margen del programa oficial, entrarán en asuntos como el tremendo poder monopolístico y monopsonístico de sus empresas; su capacidad de sacar provecho de las distintas jurisdicciones para evitar pagar impuestos; el modo en que prohíben la organización sindical en sus empresas; el modo de utilizar los servicios públicos de transportes de enfermos para transportar a trabajadores que se han desmayado por exceso de calor (para ahorrar gastos en el aire acondicionado); el modo de lograr que su plantilla complemente su salario a través de donaciones benéficas privadas; o quizás el modo de pagar el tipo impositivo medio entre el 0 y el 12% (de Trump a Romney). 

Si se trata de economías de mercado emergentes, también pueden intercambiar experiencias sobre el modo de retrasar el pago de salarios durante varios meses mientras invierten esos fondos para obtener elevados tipos de interés, la manera de ahorrar en las normas de protección laboral o el modo de comprar empresas privatizadas por cuatro chavos y después crear empresas fantasma en el Caribe o las islas del canal de la Mancha.


Aún así, la pobreza y la desigualdad, que como sabemos son los problemas que caracterizan nuestra época, estarán permanentemente en sus cabezas.


Simplemente, por alguna razón, nunca consiguen encontrar suficiente dinero, o tiempo, o quizás miembros de lobbies dispuestos a ayudar con las políticas que, durante las sesiones oficiales, todos coinciden que deberían adoptarse: aumentar los impuestos al 1% más rico y las grandes herencias; ofrecer salarios decentes o no retenerlos; reducir la brecha entre los sueldos de directivos y la media; gastar más dinero público en la educación pública; hacer más atractivo el acceso a los bienes financieros para las clases medias y trabajadoras; equilibrar los impuestos sobre el capital y el trabajo; reducir la corrupción en los contratos públicos y las privatizaciones.  


Puesto que han fracasado estrepitosamente a la hora de convencer a los gobiernos para que tomen medidas respecto a la creciente desigualdad –se lamentarán–, no es de sorprender que no se haya hecho nada.

 O, más bien, que se hayan adoptado políticas totalmente opuestas: tal y como prometió o amenazó que haría Trump, ha aprobado un recorte histórico para los ricos, al tiempo que Macron ha descubierto el atractivo de un thatcherismo moderno. Tampoco parece que se haya hecho nada destacable en las economías de mercado emergentes (quizás la única excepción importante sea la mano dura contra la corrupción en China).


Este retroceso a las relaciones empresariales y a las políticas fiscales de comienzos del siglo XIX, por extraño que parezca, está encabezado por gente que habla el lenguaje de la igualdad, el respeto, la participación y la transparencia. 

Ninguna de esas personas está a favor de “la ley del amo y el siervo” o de los trabajos forzados. Lo que ha ocurrido es que, durante los últimos cincuenta años o más, el lenguaje de la igualdad se ha aprovechado para aplicar las políticas estructuralmente más contrarias a la igualdad. 

Y, de hecho, es mucho más rentable llamar a los periodistas y hablarles sobre nebulosos proyectos según los cuales el 90% de la riqueza –a lo largo de un desconocido número de años y bajo incognoscibles prácticas contables– se entregará a organizaciones benéficas, que pagar a los proveedores y trabajadores precios razonables o dejar de vender información acerca de los usuarios de plataformas. 

Es más barato poner una pegatina de comercio justo que renunciar al uso de contratos de cero horas.

Son reacios a pagar un sueldo para vivir, pero financiarán una orquesta filarmónica; prohibirán los sindicatos, pero organizarán un taller sobre la transparencia de los gobiernos.

De modo que, en un año, volverán a Davos y quizás se alcance un nuevo récord de riqueza en dólares por metro cuadrado, pero los temas, en las salas de conferencias y al margen del programa oficial, volverán a ser los mismos. Y esto seguirá siendo así… hasta que deje de serlo."                (Branco Milanović, doctor en Economía, especialista en desigualdad. CTXT, 31/01/18)

3/3/16

Manda el IBEX... ¿Pero quién manda en el IBEX?... una historia de la oligarquía española


" Hoy se acercan viejos fantasmas restauradores, maquilladores de la élite dirigente en diferentes periodos de la historia de España, aún activos gracias a los partidos emergentes y su necesidad de acercarse a su par ideológico. 

El empate técnico que dibujó el 20D y la consiguiente necesidad de generar alianzas ha hecho que todos participen en un juego de limpieza semántica del otro, de redefinición de los límites amigo-enemigo, reemplazando la crítica estructural del adversario (como expresión de unos intereses, como partido de clase, definido por una trayectoria histórica), por categorías líquidas político-partidarias (los partidos son sus líderes y sus votantes y, por tanto, susceptibles de cambios). 

Esto refleja el predominio de una forma cinematográfica y épica de leer las negociaciones y sus aristas (Pablo el villano, Pedro el inocente, Rajoy el inconsciente), propia de series como Juego de tronos o House of cards. Como consecuencia, el conflicto político queda circunscrito a una pugna parlamentaria entre líderes, evitando ver su origen más allá de esta.

Como herramienta pedagógica, quizá sería bueno rescatar la serie televisiva producida por Martin Scorsese, Boardwalk Empire, para interpretar la situación actual. En ella se retrata la vida del tesorero de la próspera Atlantic City (Steve Buscemi) a inicios del siglo XX, un cargo público (menor) dedicado a gestionar las arcas de la ciudad. No obstante, detrás de su pretendida función, se manifiesta su rol como articulador de los negocios de la urbe.

Como tal, recibe una renta de los negocios del lugar, promociona a aquellos que le han apoyado durante la campaña electoral, y hunde a aquellos que osan enfrentarse a él. Su posición viene facilitada por un hecho: él construyó aquel lugar y fue quien puso a cada uno de los que ocupan un puesto de importancia. Sin embargo, su poder se tuerce con la aprobación de la ley seca y la entrada de nuevos competidores.

Es la política vista desde el conflicto entre clases pudientes, y las transformaciones sociales que originaron dicho conflicto.

Siguiendo esta lectura, la política en España parece rodar hoy por similares derroteros. La corrupción estructural y las tres crisis sistémicas (del régimen político, del modelo financiero/económico, y del bloque mediático y propagandístico) que la acompañan así lo indican: en los últimos 25 años, la política (desde la monarquía hasta las pequeñas instituciones locales) ha servido para mediar y medrar entre empresarios necesitados de contratos, facilitando adjudicaciones, licencias, recalificaciones, favores, fusiones, tanto dentro como fuera del país.

Si apuntamos a la acumulación primigenia que ha resultado en esta capacidad intermediaria, veremos cómo los diferentes gobiernos de turno han facilitado durante décadas que gigantescos recursos (financieros, materiales, humanos) fueran desviados desde el Estado a determinadas manos.

Un ejemplo del peso de este capital transferido a manos privadas es que la capitalización de las seis empresas públicas que cotizaban en el Ibex35 en los años 90 (Fecsa, Repsol, Telefónica, Sevillana, Tabacalera y Endesa) suponía entonces casi el 40% de la capitalización del índice bursátil (38,14%); es decir, una sexta parte de las empresas concentraba más de un tercio de la capitalización del índice. 

Hoy, estas empresas siguen siendo fundamentales en el reparto de poder del Ibex. Pero la crisis ha movido las fichas y el poder se ha troceado entre distintas facciones.

Oligarquía política

Este capitalismo español concentrado ha ayudado a que los partidos y sus líderes se sitúen en una posición privilegiada dentro del poder económico, cual oligarquía perestroikiana, hasta ser un reflejo del mismo, ocupando así sus más altas posiciones. Los gobiernos de nuestra historia democrática y predemocrática se abrazan en el Ibex35, en un imparable juego de puertas giratorias. 

En el Grupo Santander están UCD, el PSOE y el PP: el actual vicepresidente, Matías Rodríguez Inciarte, fue ministro de la Presidencia con UCD; el consejero Guillermo de la Dehesa fue secretario de Estado de Economía y arquitecto de las privatizaciones en los 80 con el PSOE; Isabel Tocino, ministra de Medio Ambiente con el PP, también es consejera.

En Gas Natural, nuestro presidente más longevo (14 años), Felipe González, fue consejero hasta el año pasado; retrocediendo al Ibex de los años 90, encontramos a otro expresidente, Leopoldo Calvo Sotelo, como consejero de Ferrovial; y en otra gran constructora, OHL, se unen pasado y presente: su actual presidente y propietario, Juan Miguel Villar Mir, remite a la Transición --fue vicepresidente y ministro de Economía del primer Gobierno del Rey (1975)--; su actual CEO, peso pesado en los dos Gabinetes de Aznar, es Josep Piqué, ex ministro de Exteriores, Industria,  Ciencia y ex portavoz del gobierno.

Los políticos que acaban en el Ibex no son sujetos aislados, sino que tienen una singularidad y una unidad específica como grupo, lo que les constituye como un bloque de poder ‘económico’: se extienden por 29 de las 35 empresas del Ibex35 actual.

 Forman así parte de un grupo de presión muy relevante, pues el simple estornudo de estas empresas asusta a toda la economía: su cotización es una muestra de salud interna y muchas de ellas entran, por su riesgo sistémico, en la lista de las ‘entidades susceptibles de rescate’, las denominadas “too big to fail”.

Ese grupo de políticos/empresarios forma, junto a los empresarios puros, una clase pacíficamente desunida dentro del Ibex35, en el que hoy se cruzan alianzas y enfrentamientos y se desarrolla la pugna por conseguir la posición dominante en la economía. Hay mucho en juego. 

En un país vigilado muy de cerca por la Troika y más endeudado que nunca (casi el 100% del PIB), la capitalización de las 35 empresas del principal índice bursátil equivale a la mitad del Producto Interior Bruto español: 547.785 millones, aportando 18.173 millones (en 2014) a las arcas del Estado por impuestos de sociedades (un 40,5% de los 44.823 millones que se recaudaban al inicio de la crisis, en 2007, según un informe de CC.OO).

Durante dos largas décadas todo fue bien para las grandes empresas del Ibex y su imperio: la unidad del bloque estaba garantizada por el Estado y por las cajas de ahorro, es decir, por consejeros políticos y el riego de capital de las cajas y el Estado. 

Durante este tiempo, se repartieron el poder PP y PSOE, apoyándose en cajas de ahorros y en el control de la SEPI (el grupo industrial estatal, antes conocido como INI y INH) según el gobierno de turno. Pero la larga recesión y las medidas impuestas por Europa torcieron este equilibrio.

Reparto PSOE-PP

El reparto vigente en 2010 daba a los tecnócratas del PSOE influencia en un área del Ibex35 que incluía a las antiguas empresas públicas (Telefónica, Repsol, Endesa), las participadas por el Estado (Red Eléctrica o Enagás) y el Banco Santander, al cual benefició en los años 90 (concurso mediante) con la adjudicación de un Banesto expropiado, convirtiendo así el banco de la familia Botín en la mayor entidad financiera del país.

Los mandarines del PP, por el contrario, se habían ido extendiendo por múltiples sectores, constituyendo un holding de eléctricas, seguros, tecnológicas y alimentación, a partir de su control de Caja Madrid y Bancaja. Ambas cajas, controladas por el exvicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, Rodrigo Rato y por José Luis Olivas (expresidente de la Generalitat Valenciana con el PP), y finalmente fusionadas en Bankia, disfrutaban en 2010, ya bien entrada la crisis económica, de una posición oligopólica en el Ibex35, con la participación en un total de ocho sociedades del índice (Indra, Iberia, Mapfre, Iberdrola, Ebro Foods, Enagás y BME), siendo dominantes en las tres primeras, e indirectamente, controlando un área mucho más amplia, a través de las participaciones de sus participadas. Sólo había un accionista con un poder similar en el Ibex35 en 2010: La Caixa (con seis participadas).

Ni siquiera el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue un problema para el poderío del PP/Ibex. El presidente socialista dio el visto bueno, aunque no fuera de su agrado, a la fusión de Bancaja y Caja Madrid en diciembre de 2010, las dos cajas madres del gran proyecto económico del PP y sus empresarios afines: Valencia y Madrid.

En Valencia, Bancaja siempre fue un fiel aliado para financiar el imperio del PP: fútbol, construcción, arte y espectáculos. 

 Un ejemplo: la caja compró suelo –sin valor según el juez Andreu-- por valor de 86 millones a Enrique Ortiz, amigo de la alcaldesa alicantina Sonia Castelló y de Aurelio Izquierdo, director general de Bancaja, con el que compartía juergas en prostíbulos y yates. La caja se sumaba así al apoyo de la CAM, que había llegado a financiar con 150 millones al constructor. 

También insufló oxígeno a proyectos faraónicos, como Terra Mítica (200 millones junto a la CAM) o la Ciudad de la Luz (que costó una cifra similar y que estos días sale, por segunda vez, a subasta pública). La incursión de Bancaja en el fútbol no fue menor: colaboró como si no hubiera un mañana en la financiación del Valencia C.F., con el cual tenía en 2008 una deuda de 308 millones.

En el imperio levantino no se ponía el sol: la caja hizo inversiones hasta en el Caribe, en la sociedad Grand Coral, que operaba en México, con préstamos y compra de acciones por valor de 100 millones. A partir de maniobras fraudulentas de ampliación de capital, los socios alicantinos Juan Ferrí y José Baldó (dueños del 35% de Grand Coral) se embolsaron 47,4 millones de la caja, según un informe de Bankia.

 El presidente de Bancaja y posterior vicepresidente de Bankia, José Luis Olivas, está hoy imputado por estafa y malversación. Como medida de gracia, el juez Juan Pablo González le ha concedido el desbloqueo de 3.500 euros al mes.

Blesa, Aznar y compañía

En Madrid, la caja controlada por Miguel Blesa, el viejo amigo de José María Aznar, tuvo una actuación similar, aunque, dado su tamaño, el brazo financiero de la casa ayudaba a círculos empresariales más exclusivos. Ahí quedan los créditos a múltiples empresarios, algunos de ellos encarcelados hoy. 

Por ejemplo, a Díaz Ferrán, consejero en Bankia (131 millones, de los que el 15% ha quedado impagado); al exvicepresidente de la CEOE y también consejero en Bankia, Arturo Fernández (2 millones), o a los todopoderosos Florentino Pérez (620 millones, aún sin cuantificar los que proceden de Bankia), Esther Koplowitz (1.000 millones en créditos junto al BBVA, cuyo pago ha sido pospuesto a 2018), Villar Mir (344 millones al 0% de interés, concedidos mientras López Madrid, su yerno, era consejero) o al dueño de la quebrada Martinsa Fadesa, Fernando Martín (1.000 millones para la compra de Fadesa a Manuel Jové, autorizados por el responsable de créditos a empresas Carlos Vela, quien después pasó a ser CEO del grupo constructor).


Pero Caja Madrid no es sólo la gran acreedora de las fortunas del ladrillazo español. Su política como brazo financiero de proyectos de envergadura le llevó a igualar a su amiga valenciana, financiando un parque temático para Madrid, el Parque Warner, al cual concedió un crédito de 211 millones. O el fichaje de Cristiano Ronaldo (76,5 millones). O dando crédito a mansalva a medios de comunicación. 

Su radio de acción no sólo abarcaba la tierra patria. Su política de compras le llevó muy cerca de Bancaja, a Florida, donde se hizo con el City National Bank of Florida, por 1.134 millones, que finalmente fue vendido en 2013 por 683 millones, casi la mitad de lo que costó. Esta fue una operación investigada por el juez Elpidio Silva, que le supuso ser apartado de la carrera judicial.

El destino quiso que la unión en 2010 del imperio del PP en Valencia (Bancaja) y Madrid (Caja Madrid) se hiciera con la bendición del PSOE. No sólo dio su visto bueno en esta ocasión, sino que posteriormente, Elena Salgado (ministra de Economía, hoy en Enel) permitió su salida a Bolsa en mayo de 2011, en un proceso para el cual las cuentas fueron “maquilladas”, en palabras de los peritos del Banco de España al servicio de la Audiencia Nacional y del juez Andreu.

 Veredicto que no comparten el FROB y la CNMV, esta última investigada por la Audiencia Nacional por una presunta trama de cobros por la cual se pudo beneficiar a, entre otras, Bankia, en su salida a Bolsa. Están siendo investigados los responsables del presunto regulador desde la etapa de Zapatero: Manuel Conthe (hoy en Acerinox y participante en muchos de los actos de Ciudadanos), Julio Segura Sánchez (en el cargo durante la salida a Bolsa), y Elvira Rodríguez (actualmente en funciones).

El verdadero problema llegó con el rescate a Bankia. La casa Aznar había depositado ahí todas sus esperanzas de control y poder: ahí estaban todos los proyectos apadrinados durante tres lustros por el Partido Popular, y todos sus compañeros de viaje, empresarios, conseguidores y capitalistas, unos renombrados y otros menos conocidos. 

Ahí estaban los créditos concedidos a dedo, pero también las participaciones en empresas que permitían al Partido Popular mantener un gran poder intermediario dentro del Ibex35. Todos los indicios apuntan hoy a que Caja Madrid sirvió de tabla de salvación para el poder económico cuando llegó la crisis.

Pero dos años después, años de Púnica y Taula, todo se torció. Las pérdidas reales que anunció Bankia en diciembre de 2012, próximas a los 20.000 millones, quedaban fuera del alcance del FROB, así que el Gobierno Rajoy tuvo que acudir a un crédito concedido por el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad). 

La aprobación del préstamo, que incluye tres tramos hasta llegar a los 100.000 millones (el 10% de la deuda pública actual), la realizó Mariano Rajoy en el momento de mayor especulación sobre la prima de riesgo, que había llegado a los 610 puntos en agosto de 2012.

Llegan los americanos

Ya en diciembre, con el rescate debajo del brazo, el Gobierno firma las condiciones incluidas en el memorando de entendimiento. Su aplicación implicaba limitar el control de las cajas de ahorros sobre las empresas en las que participaban (se reduce a cuatro), transformarlas todas en bancos (y a las fundaciones en tenedoras de acciones), y evitar la participación de políticos en ellas.

 Era el programa perfecto para limitar el poder de las cajas y facilitar la entrada de un nuevo competidor en el quebrantado pastel económico: los fondos y los bancos custodio estadounidenses.

Este hecho supuso un duro golpe para Aznar. Al aplicar esas condiciones a Bankia, Rajoy, su sucesor designado, le había robado el muñeco con el que había dominado el Ibex35. Rajoy defenestró a la cúpula de Bankia, retiró a Rato e impuso un consejo de administración dominado por un ex del BBVA, Ignacio Goirigolzarri. Indirectamente, con esa acción puso toda clase de información no solo en manos de la Troika sino también en manos de los competidores, los fondos de inversión que controlan el BBVA. 

Los mismos que hoy han logrado poner en su órbita de control a Bankia. Presionado por Alemania, Draghi y el FMI, el Gobierno de Rajoy se desprenderá unos meses después del holding Bankia: el 12% de IAG (junio de 2013), el 20,14% de Indra (agosto de 2013), el 4,94% de Iberdrola (abril de 2014), el 19,07% de Metrovacesa (diciembre del 2014), y la joya de la corona, el 15% de Mapfre (septiembre de 2014).

Sin mover una ceja, y quizá sin proponérselo, Rajoy había ganado la partida a su expatrón y a su gran enemiga, Esperanza Aguirre.

Aznar y la presidenta del PP madrileño se quedaron de repente sin su inmenso poder de intermediación, si bien es cierto que el cerebro de la operación todavía podía recurrir a sus delfines, Francisco González (BBVA), Pablo Isla (Inditex) y César Alierta (Telefónica), a los cuales colocó en puestos clave durante su mandato. Pero nada era lo mismo, pues sin dominar el aparato de créditos, favores y participaciones, ya no tenía poder económico sobre ellos.

Aznar respondió a la situación creando el Instituto Atlántico de Gobierno, en el cual reunió a sus otrora beneficiados y benefactores. En el consejo directivo del instituto que preside figuran numerosas autoridades “amigas” de empresas del Ibex35: Alierta (Telefónica), Borja Prado (Endesa), Josep Piqué (OHL), Javier Monzón (Indra), Javier Benjumea (Abengoa), Antonio Brufau (Repsol), María Dolores Dancausa (Bankinter) o Antonio Huertas (Mapfre).

Como consecuencia de la intervención de Bankia, la influencia del PP sobre el Ibex quedó en manos de Rajoy, quien a través de la SEPI controla (en funciones) Ebro Foods, Enagás, Indra y Red Eléctrica; y, a través del FROB, también Bankia y otras entidades financieras rescatadas, como Banco Mare Nostrum o Banco CEISS.

La consecuencia más inmediata de este cambio de cromos es que, si el PP no lograra acceder al Gobierno en las sesiones de investidura o elecciones venideras, quedará sin ninguna capacidad de control sobre un buen número de sociedades del Ibex35.

Y no sólo eso, sino que quien controle la galaxia Bankia controlará un sinfín de créditos que sostienen todavía a muchas de las grandes fortunas y empresas que van en dirección a la quiebra y cuya subsistencia depende del gran respirador artificial.

En el nuevo Ibex35 post Bankia, la partida ha pasado de ser un juego de dos (La Caixa y Caja Madrid como accionistas de múltiples empresas) a una que incluye a tres actores: un PP que se aferra a la SEPI y el FROB para no perder el control de lo que fue su imperio; un sector mayoritario, vinculado a las antiguas empresas públicas o concertadas (Telefónica, Repsol, Iberia, Endesa), hoy en la órbita del Santander, BBVA y los fondos de inversión (Chase Nominees, Bank of New York Mellon, State Street Bank), y en particular de Blackrock; y por último, un tercer sector de empresas, el único articulado por una entidad de capital nacional: La Caixa.

Blackrock, el actor emergente

El nuevo actor emergente, Blackrock, ha ganado terreno con la crisis y tiene hoy repartidos 12.000 millones por empresas del Ibex35. Su ascenso ha sido meteórico. En 2010 solo tenía participaciones en dos empresas (Telefónica y Gamesa); en 2013 tenía participación en doce sociedades del Ibex35, y en 2016 han pasado a ser 19. 

Sus principales referentes en España son el BBVA y el Santander, los cuales han tenido tradicionalmente bancos custodio como accionistas de referencia (State Street Bank y New York Mellon, y Chase Nominees, entre otros). Los bancos fueron los precursores de la invasión fondista, con Telefónica, la primera empresa del Ibex35 que introdujo a Blackrock como accionista.

El candidato Pedro Sánchez ha tenido varias ocasiones para conocerles. En junio de 2015, fue invitado a una reunión del Club Bilderberg (junto a Ana Patricia Botín y Juan Luis Cebrián) en la que estaba el vicepresidente de Blacrock, Philipp Hildebrand, aunque finalmente el líder socialista no acudió. No obstante, según la agenda del PSOE, dos meses después, el secretario de economía del PSOE, Manuel de la Rocha, se reunió con Jim Barry, responsable de Infraestructura de Blackrock, en Ferraz. 

Su presidente, Larry Fink, un asiduo al foro de Davos, es autor de varias frases memorables. Una afirma: “Hay que educar a la población [en Europa] para que vote al líder correcto que tome las medidas correctas”. En otra aconsejaba esperar el momento oportuno, cuando suceden fuertes caídas y hay pánico en las bolsas, para comprar acciones: “Antes de comprar hay que ver sangre en las calles”.

En una entrevista concedida a El País durante una visita a España en junio del año pasado, Fink advertía: “Quien gobierne en España (…) debe de ser responsable de los compromisos adquiridos, que son compromisos de Estado y no de un gobierno concreto”.

Blackrock es la mayor gestora de fondos del mundo: maneja una cartera de 4,2 billones de euros, cuatro veces el PIB español.

Galaxia Fainé

Otro de los actores poderosos del actual Ibex35 es Caixabank (La Caixa), el holding catalán comandado por el pío y opusdeísta Isidro Fainé. Es la única gran caja que no tiene participación del FROB, al igual que otras cajas menores reconvertidas, como Ibercaja, Kutxabank, Liberbank y Unicaja, cuyo accionista de referencia es la fundación.

 Fainé suele ser discreto con sus preferencias, y le cuesta entrar en el juego de apariencias y amistades madrileño, pero no ha podido ocultar su preferencia por un gobierno estable: “Si se hace un gobierno estable habrá inversiones”, dijo en la presentación de resultados de La Caixa en enero de este año.

Cabe recordar que Fainé conoce bien las virtudes y las debilidades de Albert Rivera porque fue su jefe (supremo) en La Caixa, y que fue el único patrón del Ibex (junto a Josep Oliú, del Sabadell, o Salvador Alemany, de Abertis) que no acudió en octubre, dos meses antes de las elecciones, a la reunión organizada por el lobby del Ibex35, Puente Aéreo, con el candidato de Ciudadanos. Fainé sabe lo importante que es 2016, con una agenda de fusiones recomendadas por la Unión Europea, que acercan a La Caixa al Banco Popular o Ibercaja.

Todos en el Ibex se juegan mucho con el próximo Gobierno, pues de él dependerá inclinar hacia un lado u otro la balanza de poder entre las tres galaxias dominantes (SEPI, Caixa, Blackrock). 

Se podría hacer una hipotética lectura de los bandos del Ibex35 y de sus preferencias políticas, aunque evidentemente nunca sería una correlación perfecta. Pero lo que se puede afirmar es que el núcleo de las grandes empresas españolas se ha dividido en tres zonas de influencia que coinciden con los tres partidos que hoy se postulan (entre trucos, silencios y teatro) para formar la gran coalición.

 También, que hay en curso un clima social y un choque de trenes entre las clases pudientes que amenaza con llevarse todo lo que fue --y también lo que puede llegar a ser-- el PP, y que de ello depende que este siga controlando los resortes del Estado y su gran caja fuerte, todavía en manos de Bankia-FROB.

Por otro lado, sorprende el mutismo en las negociaciones sobre el futuro de Bankia y otras entidades intervenidas por el FROB, ante la anunciada nueva fase de concentración del sector bancario.

Y por último, parece evidente que los grandes capitales del Ibex35 y sus gestores, ante la situación de parálisis política, no pueden dejar que sus padrinos se enfrenten --o peor, que opten por peligrosos derroteros--. De ahí su esfuerzo por mediar en su reconciliación, y su mal disimulado interés en apartar como sea a Podemos de un hipotético Gobierno de coalición.

Cada cual puede sacar sus propias conclusiones. Pero que nadie se equivoque: las negociaciones por la investidura de 2016 tienen detrás una agenda que no vemos. Y en la portada de esa agenda pone IBEX. Aunque el mundo cambia muy deprisa y, como sugería Aleixandre, cabe la posibilidad de que esas cuatro letras y dos números sean solo las marionetas (las plumas alisadas) de unos titiriteros más grandes, cuyo rostro y nombre apenas distinguimos... "                    (Rubén Juste de Ancos, Contexto, 01/03/16)

11/3/14

100 familias dominan todos los centros de poder de Navarra, orbitando en la esfera del Opus Dei

"Parafraseando a Wright Mills en su libro “The Power Elite” (1.956), el establishment navarro sería “el grupo élite formado por la unión de las sub-élites política, económica, universitaria y mass media de Navarra”, lobbys de presión que estarían interconectadas mediante “una alianza inquieta basada en su comunidad de intereses económicos y amalgamada por la defensa a ultranza de la “unidad identitaria de Navarra” , doctrina que tendría su plasmación práctica en la perpetuación “sine die” del sistema feudal político-económico imperante en Navarra desde la Guerra Civil del 1939 (...) 

Así, cerca de 100 familias o clanes familiares dominarían todos los centros de poder económico, político, universitario y mediático de la Comunidad Foral, aunque tan sólo serian satélites orbitando en la esfera de gravedad del Opus Dei, élite Alfa que habría fagocitado todas las sub-élites del establishment navarro convirtiendo a la Comunidad Foral en un coto feudal en pleno siglo XXI, es decir, una distopía de naturaleza real (no ficticia). (...)

El término distopía fue acuñado a finales del siglo XIX por John Stuart Mill en contraposición al término eutopía o utopía, empleado por Tomas Moro para designar a un lugar o sociedad ideal. Así, distopía sería “una utopía negativa donde la realidad transcurre en términos antagónicos a los de una sociedad ideal”.

Las distopías se ubican en ambientes cerrados o claustrofóbicos enmarcados en sistemas seudo-democráticos donde la élite gobernante (establishment) se cree investida del derecho a invadir todos los ámbitos de la realidad en sus planos físico y virtual , no dudando en restringir los derechos básicos de la ciudadanía y estigmatizar a todos los sectores refractarios a la doctrina oficial del establishment con un anatema recurrente (...)"         (Germán Gorraiz López, Attac España, 02/03/2014)


3/6/12

El clientelismo griego

"Márkaris, nacido en Estambul, de padres de origen griego y armenio, se estableció en Atenas cuando era un treintañero y sigue viendo los problemas inherentes de Grecia con la visión de un forastero. "Se trata de un sistema que se ha creado día a día, desde el inicio del siglo y se ha acelerado en los últimos 30 años", comentaba.

El sistema en cuestión se denomina habitualmente clientelismo. En dicho sistema, la élite griega, integrada por los armadores, los médicos, los abogados y los periodistas más destacados, crean los dos principales partidos y consiguen los puestos más altos de la administración pública para sus hijos e hijas a cambio de inversiones, así como una exención fiscal de por vida. 

Se trataba de un pacto insostenible que se ocultó en las cuentas nacionales y que se desenmascaró de un modo espectacular cuando el país ya no pudo pedir préstamos a los mercados internacionales para costear sus hábitos.

Cuando el Gobierno saliente la emprendió contra los médicos atenienses en un intento tardío de recaudar algunos ingresos, descubrió que la mayoría no había pagado nada, ya que había declarado que sus ingresos se encontraban justo por debajo del umbral de exención tributaria de 12.000 euros, aunque conducían coches cuyo valor era varias veces superior a esa cantidad. 

En el duelo de poder entre los reformistas en el Gobierno y la élite, perdieron los reformistas. El Gobierno se hundió y las elecciones de la semana pasada sólo aportaron estancamiento y la incierta perspectiva de otras elecciones.

Entre tanto, los ricos siguen atestando los restaurantes y los bares más elegantes de la ciudad mientras que la clase obrera y gran parte de la clase media se enfrentan a la indigencia. El mismo Márkaris vive en un modesto piso de un bloque del centro de Atenas que claramente solía ser mucho más agradable. 

Ahora, la ira salpica las paredes en forma de grafiti que amenazan a los inmigrantes con la expulsión o con algo peor. Sus libros están repletos de sus observaciones de la crisis que se está desarrollando."           (Presseurop,16 mayo 2012, The Guardian Londres)

3/3/11

"Democracias occidentales asumen ciertos planteamientos de las autocracias, por efecto de la globalización"

"Lo afirma el ensayista John Kampfner, exdirector de New Statesman.

Estos veinte años de creación de riqueza globalizada han transformado el concepto de libertad en gobiernos e individuos.

La libertad sublime es la económica: ganar dinero, conservarlo y consumir.El resto de las libertades se han sometido a este fin; te-nemos hasta dirigentes políticos que incitan a ir de compras como deber patriótico. (...)

Había nacido un conformismo cultural una mentalidad gregaria que brindaba un entorno fácil para que los poderosos actua-sen a sus anchas.Para cuando estalló la gran burbuja, las desigualdades de la economía mundial eran más que evidentes.

En Estados Unidos, en el año 2007 había mil multimillonarios, en comparación con trece en 1985.

Según la revista Forbes, desde hace años árbitro oficial de las fortunas de los súper ricos, el embriagador coctel del crecimiento económico mundial y los precios en alza de los activos creó 178 nuevos multimi-llonarios en tan solo doce meses.

"Este es el año más rico en la historia de la humanidad", declaró el fundador de la revista, Steve Forbes. (...)

En cada país los ciudadanos escogieron cuáles de esas libertades querían conservar y cuáles desechar. En cuanto a la seguridad nacional, las clases acomodadas eran ca-tegóricas con que el Estado debía asumir tantos poderes como pudiese para frenar cualquier fuerza susceptible de poner sus vidas en peligro.

Por lo tanto, cualquier supuesto extremista, extranjero o miembro de una minoría que no pareciese respetable debía cargar con todo el peso de la ley.Una de las consecuencias de la globalización -con su fusión de los gustos de los consumidores- fue un sentimiento creciente de chovinismo nacional y local.La falta de solidaridad social produjo una nueva forma de libertad individualizada.

La inmensa mayoría de los ciudadanos se volvió individualista en sus costumbres, pensamientos y prácticas cotidianas.Les dejaban actuar libremente como agentes individuales, pero sin animarles a ir más allá, lo que dejó un vacío para los líderes carismáticos, las políticas de identidad populista, trabajasen en armonía con una cultura de celebridades estúpidas. (...)

Lo que ha ocurrido es que se ha estrechado la sima entre las democracias y las autocracias. Ambas han comenzado a asumir manifestaciones de la otra, y cada una ha trazado a su conveniencia la linea que separa las libertades privadas de las públicas.

En Occidente, con la libertad de expresión considerada cada vez más como un problema por resolver y no como un derecho fundamental, con un control policial de las manifestaciones populares cada vez más severo, con más y más gente a la que hay que vigilar según el Estado, los castigos contra los que "causan problemas" ya no son algo que suene tan lejano." (El País, Domingo, 13/02/2011, p. 5, citado por El Mañana - 20 Febrero 2011)