30/6/15
Existe una aceptación global del islam europeo
27/6/14
Emigrantes españoles: “nuestros padres se quedaron españoles", o "con el culo entre dos sillas"
15/10/13
"Los inmigrantes sufren depresión y estrés al chocar con muros sociales"
10/11/11
"Dejó una nota de despedida en la que explicaba que no encontraba fuerzas suficientes para hacer frente al cuidado de sus dos hermanos menores, de 7 y 11 años"
No es difícil imaginar que se dieran situaciones similares en Andalucía, Galicia o Extremadura en la década de los 60, durante la emigración española a Alemania, Suiza o Francia. Por ello, deberíamos ser más sensibles si cabe con una tragedia que no hace mucho sufrimos en carne propia.
Pero más allá de las frías cifras oficiales, se encuentra el drama personal e individual de cada familia. Su conocimiento provoca una mayor sensibilidad hacia el fenómeno. Esto es lo que impulsó al realizador Ionut Carpatorea a rodar “Solo en casa. Una tragedia rumana”, documental en el que se abordan algunos de los casos más mediatizados de los últimos años.
Dramas como el del niño de 11 años Razvan Suculiuc. Niño estudioso e introvertido, al saber que su madre no iba a volver a Rumanía para celebrar en familia la Pascua planificó su suicidio. Dijo a sus compañeros de clase con absoluta sangre fría que iba a traer a su madre de vuelta en dos días, aunque fuera lo último que hiciera. Al llegar a casa se ahorcó.
El padre del pequeño Razvan creyó que era mejor no dar por teléfono tan brutal noticia, por lo que dijo a su mujer Liliana que debía volver inmediatamente a Rumanía porque él había perdido el trabajo y debían reorganizarse urgentemente; al llegar a la estación de autobuses para iniciar el viaje de vuelta, el conductor del autobús le dijo a Liliana si ella era “la madre del niño muerto”.
O como la del adolescente de 15 años Claudiu Popovici, de Botosan. Antes de suicidarse, dejó una nota de despedida en la que explicaba que no encontraba fuerzas suficientes para hacer frente al cuidado de sus dos hermanos menores, de 7 y 11 años.
El número oficial de niños o adolescentes que se han quitado la vida en Rumanía durante los últimos ocho años es de 22 casos. No obstante, en una sociedad tan tradicionalista y con una influencia tan grande de la Iglesia Ortodoxa, el número real es con toda seguridad superior, aunque imposible de conocer con exactitud.
La insensibilidad del clero rumano llega al límite de impedir en algunas comunas rurales el entierro del niño en campo santo, por ser éste un suicida. Siguen anclados en posturas intransigentes propias del mismísimo Agustín de Hipona, quien consideraba el suicidio algo pecaminoso e imperdonable. El suicidio infantil y juvenil es, por tanto, un tabú que se camufla baja la apariencia de accidente. (...)
Siendo el caso de los niños suicidas el más llamativo mediáticamente, no es el único. Cuando los padres deciden emigrar, se produce también una ruptura de las relaciones paterno-filiales que, cuando el tiempo es muy prolongado, puede llegar a un punto de no retorno.
Éste es el caso de Andreea Chisliciuc, madre de una niña que en la actualidad tiene 14 años. No se lo pensó dos veces y decidió aceptar una oferta de trabajo en el campo onubense, con el propósito de ahorrar algo de dinero y volver a Bucarest.
Volteando tristemente los ojos en derredor explica cómo “la partida en la estación de autobuses fue algo inenarrable, no hay palabras suficientemente precisas para expresar el dolor que sentí, es como si dejara una parte de mí aquí”. Tal vez la expresión de César Vallejo dolor en los cojones del alma le sirviera, aunque fuera remotamente.
A continuación, durante meses, “el teléfono se convirtió en el objeto más importante para la familia, pues no pasaba día en el que no llamara varias veces para ver qué hacía, aunque sólo fuera con la intención de escuchar su voz unos segundos”.
Con el paso de los años, pese a la visita anual de Navidad o Pascua “pues no podía materialmente sufragarme más viajes, teniendo en cuenta los ahorros y los envíos realizados a la familia”, la relación con su hija perdió la intensidad que siempre había tenido.
Nadie elige las cosas que ama ni la intensidad con la que lo hace, y uno de los efectos de una prolongada ausencia es que los niños llegan a perder parte del lazo emocional que los une con sus padres emigrados." (Rebelión, 10/11/2011, 'Niños suicidas en Rumanía ',Eduardo Salceda,Rebelión )
8/11/10
"La frivolidad nos salva, por eso las mujeres somos menos aburridas"
Cuenta la historia de una madre malagueña, Pilar (Carmen Maura), que tras enviudar en los setenta emigra a Francia, y la de sus tres hijas, nacidas en España, criadas en las afueras de París y lastradas para siempre por una nostalgia que les impide ser felices.
Pregunta. ¿Qué tal su experiencia como cineasta?
Respuesta. Me ha encantado. Amo la música, la pintura, la literatura... Y el cine permite hacerlo todo: jugar con el sonido, con el movimiento, con la música...
P. ¿Por qué España?
R. Yo no soy de origen francés. Mi madre es húngara y mi padre, ruso. Crecí siendo un poco de ninguna parte. A cambio, había una mujer, Andrea Peralta, española, que cuidaba de nosotros, que nos llevó con ella a España, a un apartamento que tenía en Málaga.
Así que España, para mí, es en cierta manera el lugar de las raíces de la infancia. Si tengo que evocar un país a la hora de explicar el desarraigo, ese es España. Aunque mis padres siempre quisieron que yo fuera solo francesa.
P. ¿Nunca les preguntó por sus países de origen?
R. Cuando era niña, no.
P. ¿Y después?
R. Sí, pero seguían sin querer responderme.
P. Es extraño.
R. No tanto. Mis padres, para empezar, no guardaron ningún lazo con su tierra de origen. Es el destino de muchos judíos en el siglo XX. Son gente con mucha capacidad para desarraigarse.
P. ¿El desarraigo explica la soledad y la tristeza de esas tres hermanas?
R. Bueno, ellas son completamente francesas, aunque su infancia es española. Pero sí, creo que la sensación de no ser de ninguna parte, que yo he padecido, es a la vez una suerte, porque no se arrastra un pasado, pero conduce a la soledad.
P. ¿La padeció de niña?
R. Cuando yo iba al colegio, en las vacaciones, los otros niños decían: 'Yo me voy a Normandía, a casa de mi tía', 'Me voy a Bretaña, a casa de mi prima'. Y yo me quedaba en Saint Cloud, en la periferia de París, que era un lugar completamente nuevo, sin identidad clara, soportando la sensación de no ser de ninguna parte.
P. Según la película, uno solo es feliz de niño.
R. La película no es autobiográfica. En mi caso es todo lo contrario. Yo no fui muy feliz en la infancia. Comencé a vivir a la edad adulta. Y estoy convencida, tras examinar mi vida y la de mis amigos, que una infancia muy feliz no es un buen negocio para la vida.
P. ¿Ah, no?
R. No. La gente que no ha sido muy feliz en la infancia tiene más armas. Los que han vivido una infancia feliz arrastran para siempre una nostalgia del paraíso. (...)
P. Usted ha dicho que le gusta la frivolidad.
R. Me encanta.
P. Leyendo sus libros o viendo su película no lo parece. Son más bien tristes. O al menos muy serios.
R. ¡Son serios en el fondo, pero también graciosos durante mucho tiempo! En fin, si el mundo fuera alegre, yo no escribiría. Y la palabra frivolidad es un poco peligrosa. No me gusta nada la futilidad, lo que no es profundo, lo que no mira al interior de las cosas.
Pero la frivolidad es otra cosa: que a uno le guste ir bien vestido, reírse con tonterías... La frivolidad nos salva. Y por eso, muchas veces, las mujeres son menos aburridas que los hombres. Las mujeres pueden hablar de la muerte y dos segundos después del color de un vestido y las dos cosas forman parte de la vida. Eso es una forma de inteligencia." (El País, 05/11/2010, p. 43)
11/11/08
La mujer emigrante, por primera vez sostén de la familia, gracias a la Western Unión, y a las "remesas sociales"
"Las familias transnacionales son configuraciones transitorias a la espera de un retorno al país de origen o de una reagrupación que no siempre se da", explica el profesor de Antropología de la UNED Raúl Sánchez Molina. "Estas familias han existido siempre, pero las de ahora presentan una característica singular: la mujer, sobre todo la latinoamericana y la filipina, está adquiriendo protagonismo dentro de estructuras patriarcales, y emigra masivamente". (...)
Vino con la intención de quedarse sólo un año para sufragar las deudas del marido, que quedó en Bolivia con los hijos. Luego se sumaron los gastos de la carrera universitaria del mayor, y ahora ya no piensa en volver. "Aquí hay más oportunidades, un futuro mejor, sobre todo, para los chicos, pero mi marido no quiere oír hablar de ello. Yo quisiera traerme a los pequeños, y mi hijo mayor lo entiende y me apoya. Pero mi marido está atascado allá y no tolera que se lo plantee. Yo tengo una visión distinta, aquí aprendes muchas cosas", explica.
La imposibilidad de "hacer entender" al marido es una de las grietas en esta "familia transoceánica", como las llaman en la Asociación de Cooperación Bolivia-España (ACOBE), de la que Sandra es voluntaria. "El hombre está descolocado. Se ve en casa, al cuidado de los hijos, y no se reconoce", explica Josune Huidobro, responsable de acción social de esta asociación. (...)
Educar es una función de la que las madres no hacen dejación ni en la distancia. (...)"En estas mujeres se da una sobrecarga de funciones. No sólo dejan atrás a sus hijos para cuidar los de otros, también se ven privadas de herramientas para desarrollar una actitud educativa normal hacia sus propios hijos: pueden caer en el error de transmitirles su ansiedad, consentirles en exceso o sobrecargarles de regalos que generan fantasías. Son mujeres que trabajan 14 ó 16 horas al día por y para sus hijos. Hay que tener en cuenta que estas familias no se rompen, sólo entran en una fase distinta. El proyecto común sigue existiendo, por eso es vital alimentar la sensación de apego. También es fundamental no instalarse en el pasado, pero tampoco supeditarse a un futuro lejano"
Psicológicamente, las madres que emigran deben "hacer el duelo" antes de proceder a reconstruir a golpe de teléfono o e-mail la unidad familiar, y eso implica un gran desgaste psicológico. (...)
la salud mental y física de las madres migrantes acusa una serie de trastornos: "Ansiedad, merma de autoestima, insomnio, casos de anorexia y avitaminosis, sin contar dolores inespecíficos de estómago, dolencias musculares, alergias y todo tipo de afecciones dermatológicas...", enumera Ana Bellocchio. Y depresión. (...)
La experiencia de emigrar transforma también la sociedad emisora. La influencia que en la transmisión de conocimientos y valores ejerce la mujer emigrante, contribuye en gran medida a mejorar el estado de salud y reducir las tasas de mortalidad infantil gracias a la educación en salud que reciben en los países de destino, según un informe del Banco Mundial. Esa transmisión entra dentro de lo que los expertos denominan "remesas sociales": intercambios de ideas, recursos prácticos, consejos, actitudes y aptitudes que las familias transnacionales incorporan al bagaje común. La consideración social del esfuerzo que supone a estas mujeres emigrar es también un valor añadido. "El papel que la mujer tiene en el contexto social se fortalece", apunta Ana Bellocchio. Fátima Ahmadi lo corrobora: "En mi país lo que yo hago, tanto familiar como socialmente, está muy valorado". (...)
Protagonistas de un fenómeno imparable, el de la feminización de la emigración, estas madres-maná, cabezas de un nuevo modelo de familia, la transnacional o "de techos abiertos" -en definición de Nora Rodríguez-, contribuyen sobremanera a que la rueda implacable de la globalización siga girando. " (El País, ed. Galicia, 08/11/2008, p. 32/3)
22/5/08
El origen social del rencor
“El hombre, un mexicano de treinta y tantos, me contó su vida, animado por esa voz que surgía del asiento trasero, la mía, que le preguntaba con esa falta de prudencia que desplegamos con la gente a la que no volveremos a ver. Él respondía como si yo no existiera, como si en el coche viajara la voz de su conciencia:
-Llegué a Nueva York un mes de febrero. Tenía 15 años, vine solo, no conocía a nadie y sólo llevaba una cazadora. Imagínese el frío que hace en esta ciudad en febrero. Me eché a trabajar en lo que fuera, en las vías del metro empecé. Trabajé 20 horas al día, pero no me importaba, porque el mundo que yo había dejado atrás era mucho peor.
Yo fui infeliz desde que nací. A los seis años me puse a trabajar porque no teníamos padre y mi madre nos abandonó a mi hermanito y a mí para irse con otro hombre. Mi hermanito era dos años menor que yo. Por las noches dormíamos abrazados y yo le acariciaba la cabeza y le decía: "No llores, hermano, que todo irá bien". Yo no lloraba delante de él, ¿sabe?, porque me sentía como su padre, pero a veces, cuando me tiraba a la calle temprano buscando trabajos de carga para que nos dieran algo de comer, pensaba en Dios.
En aquellos años estuve verdaderamente enojado con él. No se puede tratar así a dos pobres criaturas. "¿Por qué a mí?", le decía. A veces me consolaba pensando que tal vez era una prueba que Él nos mandaba y debíamos superar. Cuando me vine, mi hermano se quedó en México con una tía que le maltrataba de mala manera. Un día le rompió la cabeza con un palo. Pero ¿qué iba yo a hacer?, tenía que buscarme un futuro. Por eso vine. A los dos años llegó él, en otro invierno, igual de poco abrigado. Él lo tuvo muy claro desde el principio: trabajó 20 horas al día, como un animal; hizo dinero, volvió a México y se compró un camión.
Yo, en cambio, me lié, me casé, he tenido hijos... Mis hijos son los únicos que me quitan un poco esta frialdad de corazón que me ha quedado. Mi mujer se queja muchas veces. No es que yo la trate mal, entiende, yo no le pego ni nada, pero soy frío. No sé cómo explicarlo, es como si no tuviera la capacidad de querer del todo a nadie. Si tuviera dinero, iría a un psicólogo, pero como no puedo, estoy condenado a ser como soy. A mi hermano lo quise mucho, claro, era lo único que tenía en el mundo, pero desde que nos hicimos hombres la cosa cambió. Ya no podemos demostrarnos lo que sentimos.
Cuando lo veo siento el impulso de abrazarle como cuando era pequeño, pero no podemos, ni él ni yo. No nos parecería normal, nos veríamos raros, ¿entiende? Así que ya nada es como fue. Con mi madre hablo de vez en cuando. Incluso le he mandado dinero para ella y sus nuevos hijos. Es una forma que tengo de que el rencor no acabe conmigo, porque el rencor te mina por dentro; así que intento perdonarla, ya la castigará Dios si es que lo considera oportuno, pero hay días..., hay días en que el rencor es superior a tu voluntad.


