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30/6/15

Existe una aceptación global del islam europeo

"(...) -J. Confavreux y C. Fouteau: ¿Existe una cultura musulmana europea común en los diferentes países de la Unión?

-Nilüfer Göle: Se está creando, especialmente a través de la forma de hacerse visible, que es parecida para los musulmanes de todos los países europeos: alrededor de las mezquitas, del velo, del hecho de comer halal y de todos esos elementos que permiten seguir siendo musulmán viviendo en Europa. 

Esta cultura es diferente de la cultura musulmana donde el islam es la religión mayoritaria. Durante mucho tiempo, los musulmanes que vivían en Europa estuvieron acomplejados. Cuanto más piadosos eran, más difícil les resultaba ser a la vez musulmán y europeo, y pensaban que para ser un verdadero musulmán era necesario ir a un país mayoritariamente musulmán, a ser posible árabe.

Este complejo se ha atenuado. He encontrado a muchas personas que habían hecho ese viaje a un país de mayoría musulmana y se habían decepcionado. No lo habían soportado porque ciertamente se sentían musulmanes pero también europeos.

Muchos no aceptaban, en particular, algunos aspectos de la ley islámica sobre la desigualdad entre los sexos o los castigos corporales. No poder proyectar la fe en un Estado, él mismo islámico, modifica la forma de vivir esta fe.

El aprendizaje de la religión es también muy diferente. La emigración ha roto las cadenas habituales de aprendizaje de la religión vía el barrio, la mezquita, el imán, la comunidad, la familia... En todos los países europeos hay una floración de nuevos lugares de aprendizaje del islam, bajo la forma de institutos de cultura del islam.

No existe una condición homogénea de los musulmanes europeos, pero el hecho de vivir su fe en un contexto europeo, de estar confrontados a experiencias de vida a la vez seculares y religiosas, crea una cultura específica. Esta interfaz, esta doble pertenencia, este doble trabajo, dan una conciencia mucho más aguda a los musulmanes de Europa, de su fe y de sus prácticas, conciencia que, a su vez, transforma su cultura religiosa y social tanto en el espacio público, en la relación con el otro o en las relaciones entre los sexos.

Todo esto debe construirse y reconstruirse, porque cada vez que un musulmán europeo vive su fe como un elemento personal, al mismo tiempo está confrontado a una percepción pública que es muy diferente de la que sería si viviera en un país de mayoría musulmana y en un estado islámico. 

Los musulmanes de Europa deben hacer entrar en contacto su propia fe y la percepción pública de ésta, la cual cristaliza las controversias que conocemos sobre el velo, el burka o la construcción de mezquitas...

-Estas controversias alrededor del islam en Europa, ¿son convergentes en los diferentes países de Europa, aunque cada espacio nacional tiene una relación y una historia divergente sobre la posición de la religión, el pasado migratorio o la representación de la comunidad nacional?

-Durante mucho tiempo se ha pensado que existía una excepcionalidad francesa sobre la laicidad o una británica sobre el multiculturalismo. Sin embargo, en el nuevo paisaje europeo, incluso en Gran Bretaña y los Países Bajos, a priori más abiertos a la presencia pública de musulmanes en su suelo, se resaltan sus “valores”, su “identidad” a la hora de preocuparse.

 El giro identitario es general y las controversias circulan a nivel europeo como se ha visto a propósito de la construcción de mezquitas después del referéndum sobre la cuestión de los minaretes en Suiza. Pero algunas controversias son a nivel local, o nacional como la de la circuncisión de los niños en Alemania.

Sin embargo, incluso si las controversias sobre el islam se plantean y se repiten a escala europea, la forma como se enmarcan los temas de debate varían. En Francia gira alrededor de la laicidad. En Alemania, sobre la Leitkultur (“cultura de referencia”). En los países nórdicos, donde los derechos de las minorías sexuales son muy importantes, se pone el acento en ellos, mucho más que en la igualad entre los sexos. En Italia, la cuestión del islam pasa por el prisma de su relación con el catolicismo.

Pero cada país, con sus referencias, plantea la misma cuestión: “¿En qué condiciones pueden ser integrados los musulmanes?” Con todo, efectivamente, la presencia musulmana en Francia o Alemania no tiene la misma historia, porque en una nación es consecuencia de un proceso colonial, al contrario de la otra. Sin embargo, muchos de los interrogantes sobre el papel y la naturaleza de un islam europeo son hoy en día semejantes.

-¿Se notan cortes generacionales importantes entre los musulmanes europeos?

-No he hecho una encuesta cuantitativa, pero existe un efecto generacional. Por ejemplo, los padres insistían mucho sobre el haram, lo prohibido, mientras que las generaciones recientes insisten en el halal, lo que es posible hacer, lo lícito.

Pero esta diferencia generacional se ve también en la actitud frente a la sociedad europea. Las generaciones más antiguas a menudo preferían vivir su fe de forma discreta, retirados, porque no sentían que pertenecieran verdaderamente al país en el que vivían. Las generaciones más jóvenes, que se sienten europeas, piden más integración en la ciudadanía europea y a la vez están mucho más enfrentados a los valores públicos de Europa.

En el libro doy el ejemplo de una mujer musulmana que lleva pañuelo y que se presenta a las elecciones en Dinamarca insistiendo sobre su tolerancia frente a las minorías sexuales. Actualmente a los musulmanes se les pide que den pruebas de que se acomodan a esta cultura europea. 

Esta generación deseosa de vivir en los países europeos y de tener una presencia en la vida pública, que quiere aproximarse a los demás y no vivir replegada en su comunidad, continuamente es requerida a mostrar que comparte ciertos valores comunes, aunque está impregnada de esos valores comunes.

-¿Existen comunidades musulmanas en los países de Europa que ha estudiado; o bien su cotidianidad como ciudadanos y como creyentes o no creyentes es demasiado heterogénea para constituir un hecho comunitario? 

-No es posible identificar a los musulmanes europeos en tanto que comunidades. Los musulmanes europeos son difíciles de ser percibidos en su conjunto porque son ciudadanos corrientes pero que manifiestan también, en razón de su fe, algunas diferencias en la vida pública. 

Estas diferencias pueden crear errores de percepción porque la mayoría de los musulmanes europeos, la mayor parte de los cuales se dicen italianos o alemanes antes que turcos o marroquíes, no desean diluirse, sino integrarse en un planteamiento de la ciudadanía que no es una asimilación conforme y completa con los valores dominantes sino un acuerdo entre sus dos pertenencias.

Se habla siempre de los musulmanes como de un problema porque se evocan los espacios que plantean problemas: las cárceles, las escuelas, los barrios calificados como guetos... En todos esos lugares, efectivamente, se constatan problemas de marginalización y de delincuencia que es preciso asumir. Sin embargo, desde hace 20 o 30 años se manifiesta en la vida pública por toda Europa una presencia musulmana fuera de estos lugares problemáticos... 

¿Qué decimos de esas clases medias ya integradas, que no forman una comunidad homogénea u organizada pero que, sin embargo, viven su fe en un espacio público europeo del que ya forman parte, en la escuela, en las empresas, en los centros de la ciudad? No existe un lenjuaje, un reconocimiento, para hablar de todos esos musulmanes que no están ni en una proyecto comunitarista ni en una lógica de radicalización.

-¿Significa esto que, a pesar del rechazo a veces virulento encarnado por la derecha radical y las polémicas mediáticas recurrentes e histéricas, existe una aceptación global del islam europeo?

-Si se reduce el espacio público a una serie de polémicas mediático-políticas, no se puede ver lo que muestra nuestro estudio. Si nos interesamos por la cotidianidad de los musulmanes corrientes, se constata la capacidad de establecer lazos y hacer sociedad. Por ejemplo, construir una mezquita supone intensas relaciones con el ayuntamiento y el vecindario y también supone integrarse a partir de ahí en la vida diaria... 

Pero no existe el lenguaje político para hablar de esto y hay un desfase respecto de la experiencia real vivida, porque se retienen sobre todo los carteles de propaganda suiza con minaretes mostrados como fusiles, y no se presta atención a lo que pasa normalmente cuando se construye una mezquita... (...)

-¿Es necesario, y en caso afirmativo cómo, definir los contornos de un islam europeo en términos de dogma y de práctica? ¿Existen personas que llevan a cabo este “aggiornamento”?

-Tariq Ramadan es la única figura europea que destaca en este tema, porque ha desacomplejado el sentimiento de los musulmanes dándoles un marco teológico compatible con el hecho de vivir en un país europeo, siendo a la vez europeo y musulmán, con una doble pertenencia. 

Ha explicado a los musulmanes que vivir en un país europeo no es un impedimento para su fe, en el momento que los musulmanes europeos se han definido poniendo distancia en relación con el país de origen de sus padres. Para mí, la crispación alrededor de esta figura muestra, más que sus ambigüedades, la dificultad de aceptar a los musulmanes europeos en la esfera pública."                     (Entrevista a Nilüfer Göle, socióloga franco-turca, Joseph Confavreux y Carine Fouteau , Mediapart, en Rebelión, 16/06/2015)

27/6/14

Emigrantes españoles: “nuestros padres se quedaron españoles", o "con el culo entre dos sillas"



Retrocedamos 50 años y caminemos por el Mercado de las Pulgas y Rue de Haute, en el centro de Bruselas, a menos de un kilómetro de la Grand Place. Es 1964 y el sonido ambiente de esa foto en blanco y negro es en castellano porque estamos en el “barrio más antiguo de Bruselas, donde llegaron los españoles a partir de los años 40”. 

Lo explica Isabel, una belga que hizo el camino inverso a los protagonistas de este reportaje. (...)

Los hijos, nietos e incluso bisnietos de esos pioneros, como la pequeña Laia, hija de Raquel Becerril, belga de nacimiento pero española de pasaporte, cuyos abuelos llegaron al despuntar los 60 a Bélgica, se han difuminado por los barrios y localidades belgas. (...)

Hubo españoles que escogieron o se vieron forzados a viajar a los vecinos europeos, a Francia, Luxemburgo o Bélgica. José Eloy fue uno de ellos. Tras permanecer en 1939 en el campo de concentración de Argelès, acabó en la década de los 40 en Le Havre, Normandía, donde fundó una familia que mantiene vínculos con el país del ancestro. Su nieto, Nicolás Albert, vive en París pero habla perfectamente castellano. (...9

El historiador de la Universidad Libre de Bruselas, Ismael Rodríguez Barrio, explica que entre 1945 y 1956 los trabajadores españoles en el país eran pocos. Pero, “entre 1956 y 1965, tiene lugar el reclutamiento oficial para las minas.

  En 1962, los permisos de trabajo se otorgan no sólo para las minas, sino también para otros sectores diferentes como las canteras, la metalurgia o el trabajo doméstico”. Empieza la gran explosión migratoria al país gracias a la firma del Acuerdo Hispano-Belga de Emigración el 28 de noviembre de 1956.

 Los españoles fueron parte de la carne de cañón de la bataille du carbón, la batalla del carbón, que libró Bélgica tras la Segunda Guerra Mundial para incrementar a pasos agigantados su producción y, así, atender la reconstrucción del país. “Mi abuelo trabajó en la mina y nunca se quejó. Trabajó y se adaptó, porque antes había empleo a punta pala”, dice Maximino. 

Hablamos de trabajadores con contratos de cinco años. “Eras legal, legítimamente, venías con papeles, puestos de trabajo, menos casa traías todo”, explica Facundo Hernández, que llegó a Bruselas en 1968. Pero sí, a muchos incluso se les daba alojamiento, como al padre de Matilde López, la madre de Raquel.

El desarrollo económico fomenta la emigración masiva a Bélgica, un país que ha pasado desapercibido en favor de destinos más populares como Suiza o Alemania. Pero Bélgica acogió a más de 100.000 españoles que entraron a trabajar con contrato también en la metalurgia, la industria pesada, la construcción y, ellas, las mujeres, en el servicio doméstico. 

En cuanto podían se traían a su familia. Así fue como llegaron también Inocencio Becerril y su mujer, Matilde, cuando eran niños.

El Instituto Español de Emigración (IEE) cifró en un millón de personas la emigración que entre 1959 y 1973 salió a Europa, el 70% de todos los españoles que en un breve periodo de 15 años partieron con destino al extranjero. El acuerdo entre España y Bélgica fue el primero de una serie de tratados similares con Alemania, Suiza, Holanda o Francia. 

Crearon, como recoge el libro Mineros, sirvientas y militantes de la historiadora Ana Fernández Asperilla, un éxodo hacia las sociedades centroeuropeas, porque la investigadora suma las cifras de irregulares y sus cálculos ascienden a dos millones.

 Emigrantes españoles con destino a Holanda en los años 50 (por la ropa, me parecen de los 60)

 Las leyes y organismos creados regularizaron un fenómeno que en los 50 era clandestino o irregular. Así ocurrió en Suiza, adonde llegan españoles desde finales de esa década y no será hasta 1961 cuando el IEE tome las riendas paulatinamente. 

Según sus cifras, más de 650.000 personas se desplazaron a trabajar entre 1964 y 1971 con un contrato anual, que podía renovarse cada año, o uno como temporeros por ocho meses. Alemania, por su parte, recibió entre el 62 y el 77 a más de 350.000 trabajadores españoles, aunque las autoridades germanas elevan la cifra a un millón de personas al incluir a quienes no formaban parte de esta 'emigración asistida'.  (...)

Hasta el ducado centroeuropeo llegó Facundo antes de pasar por Bélgica, un 15 de diciembre de 1964. Aunque en su caso fue sin los 'papeles' pactados por el franquismo, su hermano sí los obtuvo para salir “en una expedición de emigrantes del Instituto de Emigración con la que pasó a Francia y luego ya a Luxemburgo”.

 La reagrupación familiar no sólo se daba entre padres e hijos. En la localidad de acogida esperaba una extensa comunidad de españoles para engañar al subconsciente con la falsa ilusión de una segunda patria.

En Bruselas, los entrevistados hablan de más de 500 personas reunidas cada noche del 31 de diciembre en el Centro García Lorca. En las costas de Normandía, para nada un paradigma de la emigración económica, Nicolás Albert bucea en la memoria de su padre y explica cómo “las familias españolas pasaban todos los domingos juntas. Allí mi abuelo José Eloy conoció a mi abuela y fundaron una familia”.

 Inocencio y Matilde se conocieron en la boda de un familiar, una celebración entre españoles, y reconocen que en su juventud salían con parejas similares a cenar. Aun así, enseguida aclaran que “nuestros padres se quedaron españoles, nosotros no somos españoles, tenemos un fondo pero no la misma mentalidad”. 

 Raquel vive entre esas dos aguas y explica que de pequeña, junto a su prima, en el colegio flamenco les llamaban "las españolas". De adolescente, su pandilla de amigos estaba integrada por bastantes españoles que disfrutaban de su tiempo de ocio en Saint-Gilles, el barrio donde 40 años antes habían desembarcado los emigrantes pioneros.

La Doctora en Sociología y experta en migraciones de la Universidad de A Coruña, Laura Oso, habla de otras emigrantes laborales, unas auténticas pioneras. Las mujeres que en los 60 protagonizaron hacia Francia su primera salida al exterior sin una tutela masculina, para trabajar como empleadas del hogar o porteras.

 "Tienen un proceso de migración circular, viven entre los dos países e incluso entre ellas tienen una expresión que es con 'el culo entre dos sillas'”. Con ella pretendían explicar cómo en Francia eran españolas pero en España las consideraban francesas. 

De madre belga, padre griego y belga de nacimiento, Isabel vive una realidad similar “porque crecí allí (en España), mis padres se fueron cuando tenía tres años, estudié y no volví a Bélgica hasta los 14 años. Me siento belga pero tengo un problema de identidad, tengo una educación muy española”.

Bruno Tur, en su trabajo Estereotipos y representaciones sobre la inmigración española en Francia, afirma “que partieron solas para emplearse en el servicio doméstico en París” y romper así con la imagen otorgada por el franquismo, como amas de casa y argamasa familiar 'intramuros' y con la presión colectiva que sólo veía peligros para ellas y un Rubicón de madurez para ellos. 

 El investigador del Centre de Recheches Ibériques et Ibéro Américaines de la Université de París, señala que los peligros eran “caer en una red de prostitución o ser engañadas por un hombre” además de entrar en “contacto con la sociedad francesa, que supuestamente pervertía a las jóvenes y las alejaba de la moralidad sana”.

En 1968, Francia albergaba en torno a 600.000 españoles y casi un 50%, 284.000 concretamente, eran mujeres. El reagrupamiento familiar de los emigrados durante los años 50 y la llegada de estas mujeres pioneras, que dieron pie al mito de 'Conchita' en Francia, según explica la Profesora Titular de la Universidad de A Coruña, explican esta igualdad de ambos géneros al otro lado de los Pirineos. 

Y “aunque la comunidad era cerrada, incluso con matrimonios de hijos españoles” dice Oso, su descendencia tuvo una integración socioeconómica buena, con estudios medio-altos y bastante movilidad intergeneracional.


El mito del retorno está presente desde los primeros emigrados hasta sus descendientes, de forma simbólica o como voluntad manifiesta de regresar a la tierra de los ancestros. Desde Nicolás, que aprendió el castellano porque su abuelo exiliado le hablaba en ese idioma, o Inocencio y Matilde que debían hablarlo nada más entrar en casa aunque sus padres les dijeran que en las calles bruselenses lo hicieran en francés, hasta la de los emigrados que tras varios años en el destino, ahorran y pueden volver.

“Los españoles antiguos, los de la generación de mis padres, aquí no se quedan”, afirma Maximino sobre la presencia en Bélgica de los primeros emigrantes. Sucedería en varias etapas, pero normalmente al finalizar sus contratos laborales regresaban con unas mejores condiciones económicas a España. 

“Mis padres ahorraron un poco y sólo pasaron 15 años en Bélgica”, reconoce Inocencio, para ejemplificar un proceso difícil de cuantificar pero que ocurre.

Sin embargo, él ya no lo hará entre otros motivos porque prefiere la sanidad belga y, aunque resulte paradójico, también la comida en este país. Habla de las diferentes culturas gastronómicas que hay Bruselas, un mestizaje de sabores que afirma no encontrar en España. 

Un símbolo de que ya está plenamente integrado. Palabras que seguro chocarían a Maximino que, ante la pregunta de por qué quiere regresar cuando ya ha nacido en Bélgica, se asombra y responde taxativamente “mi sangre es española. Si un día me jubilo, si llego, volvería a España”.

El mito del retorno está presente en las mayores y en los jóvenes como las tortugas y los elefantes, según la doctora en sociología. Los descendientes serían las primeras porque regresan a donde se ha nacido, al lugar de su familia. Los elefantes serían los emigrados de los 50 y 60, que de mayores vuelven para morir."       ( , El Confidencial,

15/10/13

"Los inmigrantes sufren depresión y estrés al chocar con muros sociales"

"Francisco Collazos dice que su trabajo consiste en "medicalizar la pobreza". (...)

Cada día atiende a decenas de inmigrantes con cuadros de ansiedad y depresión provocados por sus dificultades económicas y sus escasas perspectivas de futuro. El mejor medicamento para ello es, según el doctor, la integración social, (...)

¿Qué es lo que cuentan más a menudo los inmigrantes cuando llegan al psiquiatra?

En general son personas que llegan con un cuadro ansioso-depresivo relacionado con problemas graves, problemas como una orden de desahucio, falta de permiso de trabajo, falta de permiso para reagrupar a sus familias o situaciones de explotación laboral odiosas.
¿Cuentan con apoyos, al menos afectivos? 

Lo que más me encuentro es la fragilidad de la red de apoyo. El apoyo del núcleo familiar suele ser mucho más reducido, incluso la red de amigos, donde, más o menos, suele haber códigos de cierta lealtad, como entre los paquistaníes.
¿Cuál sería una respuesta eficaz?

Un médico no tiene recursos para hacer frente a todos los problemas que escucha, que son sociales. Si fuera omnipotente, mi respuesta debería ser facilitarles los papeles, un trabajo o la reagrupación familiar. Mientras no se resuelva todo eso, la persona vive inmersa en un grado de incertidumbre que genera mucho dolor psíquico y este dolor es inevitable en estas condiciones de vida. Al final, medicamos la pobreza.

 ¿Qué le cuentan sobre la decisión de emigrar?

Uno necesita un sentido. Por ejemplo, poder ayudar a las familias del país de origen hace que uno no se sienta afectado psíquicamente por sentirse en minoría o por notar que la gente lo mira de una cierta manera. Vive en España, pero no vive aquí de forma afectiva, sus motivaciones vitales se relacionan con la familia de su país. 

Muchos se enfrentan luego a una especie de fracaso vital, porque llega un momento en que no existe nada que les vincule con nada, son los invisibles de nuestra sociedad, para empezar, por causas económicas. Y si aquí no encuentran nada, se van, como una hoja que se la lleva el viento. 

Eso supone mucho dolor mental, no es sano. Y huelga decir que el sistema mismo empuja a las personas cada vez más a este tipo de enfermedades mentales. Cuando pregunto a mis pacientes si quieren volver a su país, la mayoría me dice que no.

¿Por qué?

Algunos me hablan de la falta de futuro, del hecho de que uno no puede hacer nada con su vida en su país. Ahora en España se habla de la generación sin futuro, pero existen lugares en el mundo donde la falta de futuro ha sido la normalidad para miles de personas desde siempre. 

Y en España muchas veces tampoco tienen nada o a nadie.

Sí, y es cuando les explico que su "enfermedad" tiene mucho que ver con su situación económica y si regresaran, su "enfermedad" mejoraría. Además, existe un segundo condicionante muy claro: si el inmigrante está fracasando en su decisión de traerse aquí a la familia, eso se vive como un fracaso vital. Cuando llaman a sus familias no cuentan lo que les pasa de verdad, porque desde allí cuesta entender lo que significa pasarlo mal aquí. 

¿Puede comprenderse la desesperación de alguien que llega en patera? 

Existe un tipo de pobreza que uno de aquí sólo puede imaginarla, la vemos desde fuera, pero no sabemos cómo se vive por dentro. Países con una situación de inmovilismo económico y social. Y la sensación de falta de futuro no se puede juzgar o comprender si uno no vive en una sociedad donde eso sea un estado habitual. 

Aquí, el escaparate brillante está tan cerca que la persona piensa: "Algo me tocará a mí también". Pero incluso entre los inmigrantes que no vivieron este tipo de experiencias, existe también mucha desilusión.

 Cuanto más altas son las aspiraciones, más dolorosas son las caídas mentales que las personas sufren y este caso se da sobre todo entre los inmigrantes con estudios superiores que, al llegar a España, vivieron una decepción en el ámbito profesional o personal. 

Los muros en Europa no han caído...

No, en absoluto, están presentes, sólo que los muros de hoy en día no son visibles. Además de los muros legales, los inmigrantes que quieren ser uno más de la nueva sociedad, igual que un autóctono, y disfrutar de las mismas garantías que ofrece la sociedad a partir del principio de igualdad, son los que más estrés y depresión padecen porque se encuentran con los muros sociales. 

Existen las puertas invisibles de la sociedad española, que son las que resultan más difíciles de abrir. Como te llames Mamadou, tú no vas a ocupar este puesto, por muy preparado que estés. Y eso está estudiado. La gente que hace este intento de traspasar los muros sociales vive un nivel de estrés inmenso. Es una paradoja. Claro, todo el mundo dice: ¿Qué quieres que hagan los inmigrantes? 

"Que se integren", es la respuesta común. 

Sí, pero para que uno se integre, las puertas de tu casa se deben abrir de verdad. Y en España no se las hemos abierto. Por razones obvias, por miedo, para empezar. La única sociedad que puede hacer una apuesta decidida será una sociedad que no tenga miedo al otro, que no tenga miedo a los paquistaníes, a los rumanos, a los africanos, sino que hable de ciudadanos iguales, con acceso al trabajo y a los recursos.

Entonces algunos dirán que los recursos son limitados...

Entonces, si no les damos acceso a lo básico, como formación, vivienda y trabajo, no podemos decir que queremos que sean parte de nuestra sociedad. Por ejemplo, en España, relacionamos a la persona con sus orígenes, aunque creemos que no somos racistas. Entonces reconozcamos que en España fomentamos dos sociedades paralelas."              (Público, 03/10/2013)

10/11/11

"Dejó una nota de despedida en la que explicaba que no encontraba fuerzas suficientes para hacer frente al cuidado de sus dos hermanos menores, de 7 y 11 años"

"El grueso de la emigración rumana procede de las zonas más rurales y atrasadas económicamente de Moldova (Suceava, Bacau, Botosani o Galati), del norte de Transilvania (Maramures) u Oltenia.

No es difícil imaginar que se dieran situaciones similares en Andalucía, Galicia o Extremadura en la década de los 60, durante la emigración española a Alemania, Suiza o Francia. Por ello, deberíamos ser más sensibles si cabe con una tragedia que no hace mucho sufrimos en carne propia.

Pero más allá de las frías cifras oficiales, se encuentra el drama personal e individual de cada familia. Su conocimiento provoca una mayor sensibilidad hacia el fenómeno. Esto es lo que impulsó al realizador Ionut Carpatorea a rodar “Solo en casa. Una tragedia rumana”, documental en el que se abordan algunos de los casos más mediatizados de los últimos años.

Dramas como el del niño de 11 años Razvan Suculiuc. Niño estudioso e introvertido, al saber que su madre no iba a volver a Rumanía para celebrar en familia la Pascua planificó su suicidio. Dijo a sus compañeros de clase con absoluta sangre fría que iba a traer a su madre de vuelta en dos días, aunque fuera lo último que hiciera. Al llegar a casa se ahorcó.

El padre del pequeño Razvan creyó que era mejor no dar por teléfono tan brutal noticia, por lo que dijo a su mujer Liliana que debía volver inmediatamente a Rumanía porque él había perdido el trabajo y debían reorganizarse urgentemente; al llegar a la estación de autobuses para iniciar el viaje de vuelta, el conductor del autobús le dijo a Liliana si ella era “la madre del niño muerto”.

O como la del adolescente de 15 años Claudiu Popovici, de Botosan. Antes de suicidarse, dejó una nota de despedida en la que explicaba que no encontraba fuerzas suficientes para hacer frente al cuidado de sus dos hermanos menores, de 7 y 11 años.

El número oficial de niños o adolescentes que se han quitado la vida en Rumanía durante los últimos ocho años es de 22 casos. No obstante, en una sociedad tan tradicionalista y con una influencia tan grande de la Iglesia Ortodoxa, el número real es con toda seguridad superior, aunque imposible de conocer con exactitud.

La insensibilidad del clero rumano llega al límite de impedir en algunas comunas rurales el entierro del niño en campo santo, por ser éste un suicida. Siguen anclados en posturas intransigentes propias del mismísimo Agustín de Hipona, quien consideraba el suicidio algo pecaminoso e imperdonable. El suicidio infantil y juvenil es, por tanto, un tabú que se camufla baja la apariencia de accidente. (...)

Siendo el caso de los niños suicidas el más llamativo mediáticamente, no es el único. Cuando los padres deciden emigrar, se produce también una ruptura de las relaciones paterno-filiales que, cuando el tiempo es muy prolongado, puede llegar a un punto de no retorno.

Éste es el caso de Andreea Chisliciuc, madre de una niña que en la actualidad tiene 14 años. No se lo pensó dos veces y decidió aceptar una oferta de trabajo en el campo onubense, con el propósito de ahorrar algo de dinero y volver a Bucarest.
Volteando tristemente los ojos en derredor explica cómo “la partida en la estación de autobuses fue algo inenarrable, no hay palabras suficientemente precisas para expresar el dolor que sentí, es como si dejara una parte de mí aquí”. Tal vez la expresión de César Vallejo dolor en los cojones del alma le sirviera, aunque fuera remotamente.

A continuación, durante meses, “el teléfono se convirtió en el objeto más importante para la familia, pues no pasaba día en el que no llamara varias veces para ver qué hacía, aunque sólo fuera con la intención de escuchar su voz unos segundos”.

Con el paso de los años, pese a la visita anual de Navidad o Pascua “pues no podía materialmente sufragarme más viajes, teniendo en cuenta los ahorros y los envíos realizados a la familia”, la relación con su hija perdió la intensidad que siempre había tenido.

Nadie elige las cosas que ama ni la intensidad con la que lo hace, y uno de los efectos de una prolongada ausencia es que los niños llegan a perder parte del lazo emocional que los une con sus padres emigrados." (Rebelión, 10/11/2011, 'Niños suicidas en Rumanía ',Eduardo Salceda,Rebelión )

8/11/10

"La frivolidad nos salva, por eso las mujeres somos menos aburridas"

"(Yasmina Reza) Hoy se inaugura el festival de cine europeo de Sevilla donde se podrá ver su primera película, escrita y dirigida por ella, Chicas, titulada así, en español.

Cuenta la historia de una madre malagueña, Pilar (Carmen Maura), que tras enviudar en los setenta emigra a Francia, y la de sus tres hijas, nacidas en España, criadas en las afueras de París y lastradas para siempre por una nostalgia que les impide ser felices.

Pregunta. ¿Qué tal su experiencia como cineasta?

Respuesta. Me ha encantado. Amo la música, la pintura, la literatura... Y el cine permite hacerlo todo: jugar con el sonido, con el movimiento, con la música...

P. ¿Por qué España?

R. Yo no soy de origen francés. Mi madre es húngara y mi padre, ruso. Crecí siendo un poco de ninguna parte. A cambio, había una mujer, Andrea Peralta, española, que cuidaba de nosotros, que nos llevó con ella a España, a un apartamento que tenía en Málaga.

Así que España, para mí, es en cierta manera el lugar de las raíces de la infancia. Si tengo que evocar un país a la hora de explicar el desarraigo, ese es España. Aunque mis padres siempre quisieron que yo fuera solo francesa.

P. ¿Nunca les preguntó por sus países de origen?

R. Cuando era niña, no.

P. ¿Y después?

R. Sí, pero seguían sin querer responderme.

P. Es extraño.

R. No tanto. Mis padres, para empezar, no guardaron ningún lazo con su tierra de origen. Es el destino de muchos judíos en el siglo XX. Son gente con mucha capacidad para desarraigarse.

P. ¿El desarraigo explica la soledad y la tristeza de esas tres hermanas?

R. Bueno, ellas son completamente francesas, aunque su infancia es española. Pero sí, creo que la sensación de no ser de ninguna parte, que yo he padecido, es a la vez una suerte, porque no se arrastra un pasado, pero conduce a la soledad.

P. ¿La padeció de niña?

R. Cuando yo iba al colegio, en las vacaciones, los otros niños decían: 'Yo me voy a Normandía, a casa de mi tía', 'Me voy a Bretaña, a casa de mi prima'. Y yo me quedaba en Saint Cloud, en la periferia de París, que era un lugar completamente nuevo, sin identidad clara, soportando la sensación de no ser de ninguna parte.

P. Según la película, uno solo es feliz de niño.

R. La película no es autobiográfica. En mi caso es todo lo contrario. Yo no fui muy feliz en la infancia. Comencé a vivir a la edad adulta. Y estoy convencida, tras examinar mi vida y la de mis amigos, que una infancia muy feliz no es un buen negocio para la vida.

P. ¿Ah, no?

R. No. La gente que no ha sido muy feliz en la infancia tiene más armas. Los que han vivido una infancia feliz arrastran para siempre una nostalgia del paraíso. (...)

P. Usted ha dicho que le gusta la frivolidad.

R. Me encanta.

P. Leyendo sus libros o viendo su película no lo parece. Son más bien tristes. O al menos muy serios.

R. ¡Son serios en el fondo, pero también graciosos durante mucho tiempo! En fin, si el mundo fuera alegre, yo no escribiría. Y la palabra frivolidad es un poco peligrosa. No me gusta nada la futilidad, lo que no es profundo, lo que no mira al interior de las cosas.

Pero la frivolidad es otra cosa: que a uno le guste ir bien vestido, reírse con tonterías... La frivolidad nos salva. Y por eso, muchas veces, las mujeres son menos aburridas que los hombres. Las mujeres pueden hablar de la muerte y dos segundos después del color de un vestido y las dos cosas forman parte de la vida. Eso es una forma de inteligencia." (El País, 05/11/2010, p. 43)

11/11/08

La mujer emigrante, por primera vez sostén de la familia, gracias a la Western Unión, y a las "remesas sociales"

"Las mujeres inmigrantes revolucionan el modelo patriarcal al convertirse en sostén de sus hijos - Las madres asumen a distancia la desgarradora relación con unos niños desde otro continente.

"Las familias transnacionales son configuraciones transitorias a la espera de un retorno al país de origen o de una reagrupación que no siempre se da", explica el profesor de Antropología de la UNED Raúl Sánchez Molina. "Estas familias han existido siempre, pero las de ahora presentan una característica singular: la mujer, sobre todo la latinoamericana y la filipina, está adquiriendo protagonismo dentro de estructuras patriarcales, y emigra masivamente". (...)

Vino con la intención de quedarse sólo un año para sufragar las deudas del marido, que quedó en Bolivia con los hijos. Luego se sumaron los gastos de la carrera universitaria del mayor, y ahora ya no piensa en volver. "Aquí hay más oportunidades, un futuro mejor, sobre todo, para los chicos, pero mi marido no quiere oír hablar de ello. Yo quisiera traerme a los pequeños, y mi hijo mayor lo entiende y me apoya. Pero mi marido está atascado allá y no tolera que se lo plantee. Yo tengo una visión distinta, aquí aprendes muchas cosas", explica.

La imposibilidad de "hacer entender" al marido es una de las grietas en esta "familia transoceánica", como las llaman en la Asociación de Cooperación Bolivia-España (ACOBE), de la que Sandra es voluntaria. "El hombre está descolocado. Se ve en casa, al cuidado de los hijos, y no se reconoce", explica Josune Huidobro, responsable de acción social de esta asociación. (...)

Educar es una función de la que las madres no hacen dejación ni en la distancia. (...)

"En estas mujeres se da una sobrecarga de funciones. No sólo dejan atrás a sus hijos para cuidar los de otros, también se ven privadas de herramientas para desarrollar una actitud educativa normal hacia sus propios hijos: pueden caer en el error de transmitirles su ansiedad, consentirles en exceso o sobrecargarles de regalos que generan fantasías. Son mujeres que trabajan 14 ó 16 horas al día por y para sus hijos. Hay que tener en cuenta que estas familias no se rompen, sólo entran en una fase distinta. El proyecto común sigue existiendo, por eso es vital alimentar la sensación de apego. También es fundamental no instalarse en el pasado, pero tampoco supeditarse a un futuro lejano"

Psicológicamente, las madres que emigran deben "hacer el duelo" antes de proceder a reconstruir a golpe de teléfono o e-mail la unidad familiar, y eso implica un gran desgaste psicológico. (...)

la salud mental y física de las madres migrantes acusa una serie de trastornos: "Ansiedad, merma de autoestima, insomnio, casos de anorexia y avitaminosis, sin contar dolores inespecíficos de estómago, dolencias musculares, alergias y todo tipo de afecciones dermatológicas...", enumera Ana Bellocchio. Y depresión. (...)

La experiencia de emigrar transforma también la sociedad emisora. La influencia que en la transmisión de conocimientos y valores ejerce la mujer emigrante, contribuye en gran medida a mejorar el estado de salud y reducir las tasas de mortalidad infantil gracias a la educación en salud que reciben en los países de destino, según un informe del Banco Mundial. Esa transmisión entra dentro de lo que los expertos denominan "remesas sociales": intercambios de ideas, recursos prácticos, consejos, actitudes y aptitudes que las familias transnacionales incorporan al bagaje común. La consideración social del esfuerzo que supone a estas mujeres emigrar es también un valor añadido. "El papel que la mujer tiene en el contexto social se fortalece", apunta Ana Bellocchio. Fátima Ahmadi lo corrobora: "En mi país lo que yo hago, tanto familiar como socialmente, está muy valorado". (...)

Protagonistas de un fenómeno imparable, el de la feminización de la emigración, estas madres-maná, cabezas de un nuevo modelo de familia, la transnacional o "de techos abiertos" -en definición de Nora Rodríguez-, contribuyen sobremanera a que la rueda implacable de la globalización siga girando. " (El País, ed. Galicia, 08/11/2008, p. 32/3)

22/5/08

El origen social del rencor

“El hombre, un mexicano de treinta y tantos, me contó su vida, animado por esa voz que surgía del asiento trasero, la mía, que le preguntaba con esa falta de prudencia que desplegamos con la gente a la que no volveremos a ver. Él respondía como si yo no existiera, como si en el coche viajara la voz de su conciencia:

-Llegué a Nueva York un mes de febrero. Tenía 15 años, vine solo, no conocía a nadie y sólo llevaba una cazadora. Imagínese el frío que hace en esta ciudad en febrero. Me eché a trabajar en lo que fuera, en las vías del metro empecé. Trabajé 20 horas al día, pero no me importaba, porque el mundo que yo había dejado atrás era mucho peor.

Yo fui infeliz desde que nací. A los seis años me puse a trabajar porque no teníamos padre y mi madre nos abandonó a mi hermanito y a mí para irse con otro hombre. Mi hermanito era dos años menor que yo. Por las noches dormíamos abrazados y yo le acariciaba la cabeza y le decía: "No llores, hermano, que todo irá bien". Yo no lloraba delante de él, ¿sabe?, porque me sentía como su padre, pero a veces, cuando me tiraba a la calle temprano buscando trabajos de carga para que nos dieran algo de comer, pensaba en Dios.

En aquellos años estuve verdaderamente enojado con él. No se puede tratar así a dos pobres criaturas. "¿Por qué a mí?", le decía. A veces me consolaba pensando que tal vez era una prueba que Él nos mandaba y debíamos superar. Cuando me vine, mi hermano se quedó en México con una tía que le maltrataba de mala manera. Un día le rompió la cabeza con un palo. Pero ¿qué iba yo a hacer?, tenía que buscarme un futuro. Por eso vine. A los dos años llegó él, en otro invierno, igual de poco abrigado. Él lo tuvo muy claro desde el principio: trabajó 20 horas al día, como un animal; hizo dinero, volvió a México y se compró un camión.

Yo, en cambio, me lié, me casé, he tenido hijos... Mis hijos son los únicos que me quitan un poco esta frialdad de corazón que me ha quedado. Mi mujer se queja muchas veces. No es que yo la trate mal, entiende, yo no le pego ni nada, pero soy frío. No sé cómo explicarlo, es como si no tuviera la capacidad de querer del todo a nadie. Si tuviera dinero, iría a un psicólogo, pero como no puedo, estoy condenado a ser como soy. A mi hermano lo quise mucho, claro, era lo único que tenía en el mundo, pero desde que nos hicimos hombres la cosa cambió. Ya no podemos demostrarnos lo que sentimos.

Cuando lo veo siento el impulso de abrazarle como cuando era pequeño, pero no podemos, ni él ni yo. No nos parecería normal, nos veríamos raros, ¿entiende? Así que ya nada es como fue. Con mi madre hablo de vez en cuando. Incluso le he mandado dinero para ella y sus nuevos hijos. Es una forma que tengo de que el rencor no acabe conmigo, porque el rencor te mina por dentro; así que intento perdonarla, ya la castigará Dios si es que lo considera oportuno, pero hay días..., hay días en que el rencor es superior a tu voluntad.

-Me puede dejar aquí.

-Con lo contento que yo estaba... Mire lo triste que me he quedado.” (Elvira Lindo: La vida es un trayecto. El País, ed. Galicia, Domingo, 18/05/2008, p. 17)